domingo, 20 de noviembre de 2016

Jesús es el instrumento de la misericordia del Padre. Catequesis de Papa Francisco (7 de septiembre de 2016).



 Jesús es el instrumento de la misericordia del Padre. Catequesis de Papa Francisco (7 de septiembre
de 2016). Dios no mandó a su Hijo al mundo para castigar a los pecadores ni aniquilar a los malos. Por el contrario, a ellos se les dirige la invitación a la conversión para que, viendo los signos de la bondad divina, puedan encontrar el camino de vuelta. Comprometámonos a no interponer ningún obstáculo al obrar misericordioso del Padre, y pidamos el don de una fe grande para ser nosotros también signos e instrumentos de misericordia.
 Cfr. Papa Francisco, Audiencia general del 7 de septiembre de 2016
Hemos escuchado un texto del Evangelio de Mateo (11,2-6). La pretensión del evangelista es hacernos entrar más profundamente en el misterio de Jesús, para captar su bondad y su misericordia. El episodio es el siguiente: Juan Bautista manda a sus discípulos a Jesús —Juan estaba en la cárcel— para hacerle una pregunta muy clara: ¿Eres tú el que debe venir o debemos esperar a otro? Pasaba un momento de oscuridad… El Bautista esperaba con ansias al Mesías y, en su predicación, lo había descrito, cargando las tintas, como un juez que finalmente instauraría el reino de Dios y purificaría a su pueblo, premiando a los buenos y castigando a los malos. Predicaba así: Ya está el hacha puesta a la raíz de los árboles; por tanto, todo árbol que no da buen fruto, será cortado y echado en el fuego. Ahora Jesús ha iniciado su misión pública con un estilo diferente; Juan sufre y en la doble oscuridad —en la oscuridad de la cárcel, de la celda, y en la oscuridad del corazón— no entiende ese estilo y quiere saber si es Él el Mesías, o si hay que esperar a otro.
Y la respuesta de Jesús parece a primera vista no corresponder a la petición del Bautista. Porque Jesús dice: Id y contad a Juan los que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Evangelio. Y bienaventurado el que no se escandalice de mí (vv. 4-6). Aquí queda clara la intención del Señor Jesús: responde que es el instrumento concreto de la misericordia del Padre, que sale al encuentro de todos trayendo consuelo y salvación, y de ese modo manifiesta el juicio de Dios. Los ciegos, los cojos, los leprosos, los sordos, recuperan su dignidad y ya no son excluidos por su enfermedad, los muertos vuelven a vivir, mientras que a los pobres se les anuncia la Buena Noticia. Y esta es la síntesis del obrar de Jesús, que de ese modo hace visible y tangible el mismo obrar de Dios.
El mensaje que la Iglesia recibe de este relato de la vida de Cristo es muy claro. Dios no mandó a su Hijo al mundo para castigar a los pecadores ni aniquilar a los malos. Por el contrario, a ellos se les dirige la invitación a la conversión para que, viendo los signos de la bondad divina, puedan encontrar el camino de vuelta. Como dice el Salmo: Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir? Pero de ti procede el perdón, y así infundes respeto (130,3-4).
La justicia que el Bautista ponía en el centro de su predicación, se manifiesta en Jesús en primer lugar como misericordia. Y las dudas del Precursor no hacen sino anticipar el desconcierto que Jesús suscitará luego con sus acciones y palabras. Se comprende, pues, la conclusión de la respuesta de Jesús. Dice: Bienaventurado el que no se escandalice de mí (v. 6). Escándalo significa obstáculo. Por eso, Jesús advierte de un particular peligro: si el obstáculo para creer son sobre todo sus acciones de misericordia, eso significa que se tiene una falsa imagen del Mesías. En cambio, bienaventurados los que, ante los gestos y palabras de Jesús, dan gloria al Padre que está en los cielos.
La advertencia de Jesús es siempre actual: también hoy el hombre construye imágenes de Dios que le impiden gustar su real presencia. Algunos se labran una fe a su medida, que reduce a Dios al espacio limitado de sus propios deseos y convicciones. Pero esa fe no es conversión al Señor que se revela; es más, les impide remover nuestra vida y nuestra conciencia. Otros reducen a Dios a un falso ídolo; usan su santo nombre para justificar sus propios intereses o incluso el odio y la violencia. Para otros Dios es solo un refugio psicológico donde estar tranquilos en los momentos difíciles: se trata de una fe encerrada en sí misma, impermeable a la fuerza del amor misericordioso de Jesús que empuja hacia los hermanos. Y otros consideran a Cristo solo un buen maestro de enseñanzas éticas, uno de tantos en la historia. Finalmente, hay quien ahoga la fe en un trato puramente intimista con Jesús, anulando su celo misionero, capaz de trasformar el mundo y la historia. Los cristianos creemos en el Dios de Jesucristo, y nuestro deseo es crecer en la experiencia viva de su misterio de amor.
Comprometámonos, pues, a no interponer ningún obstáculo al obrar misericordioso del Padre, y pidamos el don de una fe grande para ser nosotros también signos e instrumentos de misericordia.
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Vida Cristiana

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