domingo, 19 de febrero de 2017

El amor de Dios nunca se acaba. Catequesis de Papa Francisco (septiembre 2016). La forma más grande y expresiva de ese amor es Jesús. Toda su persona y su vida no es otra cosa que la manifestación concreta del amor del Padre. Cuanto más nos dejemos envolver por ese amor más se regenera nuestra vida. Deberíamos decir de verdad, con todas nuestras fuerzas: ¡soy amado, por eso existo! Del Calvario, donde el sufrimiento del Hijo de Dios llega a su culmen, surge la fuente del amor que borra todo pecado y que todo lo recrea en una vida nueva. Llevemos siempre con nosotros, de manera indeleble, esta certeza de la fe: Cristo «me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Gal 2,20). Ante ese contenido tan esencial de la fe, la Iglesia nunca podría permitirse actuar como hicieron el sacerdote y el levita con el hombre abandonado medio muerto (cfr. Lucas 10,25-36). No se puede apartar la mirada y volverla a otra parte para no ver tantas formas de pobreza que piden misericordia. Y ese volverse a otra parte para no ver el hambre, las enfermedades, las personas explotadas…, ¡eso es un pecado grave! ¡Es un pecado moderno, es un pecado de hoy! Los cristianos no podemos permitirnos eso.


1  El amor de Dios nunca se acaba. Catequesis de Papa Francisco (septiembre 2016). La forma más grande y expresiva de ese amor es Jesús. Toda su persona y su vida no es otra cosa que la manifestación concreta del amor del Padre. Cuanto más nos dejemos envolver por ese amor más se regenera nuestra vida. Deberíamos decir de verdad, con todas nuestras fuerzas: ¡soy amado, por eso existo! Del Calvario, donde el sufrimiento del Hijo de Dios llega a su culmen, surge la fuente del amor que borra todo pecado y que todo lo recrea en una vida nueva. Llevemos siempre con nosotros, de manera indeleble, esta certeza de la fe: Cristo «me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Gal 2,20). Ante ese contenido tan esencial de la fe, la Iglesia nunca podría permitirse actuar como hicieron el sacerdote y el levita con el hombre abandonado medio muerto (cfr. Lucas 10,25-36). No se puede apartar la mirada y volverla a otra parte para no ver tantas formas de pobreza que piden misericordia. Y ese volverse a otra parte para no ver el hambre, las enfermedades, las personas explotadas…, ¡eso es un pecado grave! ¡Es un pecado moderno, es un pecado de hoy! Los cristianos no podemos permitirnos eso.  Cfr. Papa Francisco: Audiencia Jubilar en el Jubileo de los Voluntarios Sábado, 3 de Septiembre de 2016 Hemos escuchado el himno al amor que el Apóstol Pablo escribió para la comunidad de Corinto, y que constituye una de las páginas más hermosas y más comprometedoras para el testimonio de nuestra fe (cfr. 1Cor 13,1-13). ¡Cuántas veces san Pablo habló del amor y de la fe en sus escritos! Pero en este texto se nos ofrece algo extraordinariamente grande y original. Afirma que, a diferencia de la fe y de la esperanza, el amor «nunca acaba» (v. 8). Está siempre. Esta enseñanza debe ser para nosotros de una certeza inquebrantable; el amor de Dios nunca faltará en nuestra vida y en la historia del mundo. Es un amor que permanece siempre joven, activo, dinámico y atrae de manera incomparable. Es un amor fiel que no traiciona, a pesar de nuestras contradicciones. Es un amor fecundo que da vida y va más allá de nuestra pereza. De este amor todos somos testigos. El amor de Dios, en efecto, viene a nuestro encuentro; es como un río en crecida que nos arrastra pero sin destruirnos; es más, al contrario, es condición de vida: «Si no tengo amor no soy nada», dice san Pablo (v. 2). Cuanto más nos dejemos envolver por ese amor más se regenera nuestra vida. Deberíamos decir de verdad, con todas nuestras fuerzas: ¡soy amado, por eso existo! El amor del que habla el Apóstol no es algo abstracto o vago; al contrario, es un amor que se ve, se toca y se experimenta en primera persona. La forma más grande y expresiva de ese amor es Jesús. Toda su persona y su vida no es otra cosa que la manifestación concreta del amor del Padre, hasta llegar al momento culminante: «Dios demuestra su amor por nosotros en el hecho de que, mientras todavía éramos pecadores, Cristo murió por nosotros» (Rm 5,8). ¡Eso es amor! No son palabras. ¡Es amor! Del Calvario, donde el sufrimiento del Hijo de Dios llega a su culmen, surge la fuente del amor que borra todo pecado y que todo lo recrea en una vida nueva. Llevemos siempre con nosotros, de manera indeleble, esta certeza de la fe: Cristo «me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Gal 2,20). Esa es la gran certeza: ¡Cristo me amó, y se entregó a sí mismo por mí, por ti, por ti, por ti, por todos, por cada uno de nosotros! Nada ni nadie nos podrá separar nunca del amor de Dios (cfr. Rm 8,35-39). ¡El amor, pues, es la expresión máxima de toda la vida y nos permite existir! Ante ese contenido tan esencial de la fe, la Iglesia nunca podría permitirse actuar como hicieron el sacerdote y el levita con el hombre abandonado medio muerto (cfr. Lc 10,25-36). No se puede apartar la mirada y volverla a otra parte para no ver tantas formas de pobreza que piden misericordia. Y ese volverse a otra parte para no ver el hambre, las enfermedades, las personas explotadas…, ¡eso es un pecado grave! ¡Es un pecado moderno, es un pecado de hoy! Los cristianos no podemos permitirnos eso. No sería digno de la Iglesia ni de un cristiano “pasar de largo” y pensar que tenemos la conciencia tranquila solo porque hayamos rezado o porque he ido a Misa el domingo. No. El Calvario es siempre actual; ni ha desaparecido ni se queda en una bonita pintura en nuestras iglesias. Ese vértice de compasión, del que surge el amor de Dios respecto a la miseria humana, sigue hablando todavía en nuestros días y empuja a dar siempre nuevos signos de misericordia. Nunca me cansaré de decir que la misericordia de Dios no es una idea bonita, sino una acción concreta: no hay misericordia sin concreción; la misericordia no es hacer el bien de paso. Es implicarse donde está el mal, donde está la enfermedad, donde hay hambre, donde hay tantos abusos humanos. 2 Tampoco la misericordia humana es tal –es decir, humana–, es misericordia, hasta que no llega a su concreción en el obrar diario. La advertencia del apóstol Juan sigue siendo válida: «Hijitos, no amemos de palabra ni con la lengua, sino con obras y de verdad» (1Jn 3,18). Porque la verdad de la misericordia se halla en nuestros gestos diarios que hacen visible el obrar de Dios entre nosotros. Hermanos y hermanas, representáis aquí al gran y varado mundo del voluntariado. Entre las realidades más preciosas de la Iglesia estáis precisamente vosotros que cada día, a menudo en el silencio y en el anonimato, dais forma y visibilidad a la misericordia. Sois artesanos de misericordia: con vuestras manos, con vuestros ojos, con vuestra escucha, con vuestra cercanía, con vuestras caricias… ¡Artesanos! Vosotros expresáis uno de los deseos más hermosos del corazón del hombre, el de hacer sentir amada a una persona que sufre. En las diferentes condiciones de necesidad de tantas personas, vuestra presencia es la mano tendida de Cristo que llega a todos. Vosotros sois la mano tendida de Cristo: ¿habéis pensado esto? La credibilidad de la Iglesia pasa de manera convincente también a través de vuestro servicio a los niños abandonados, a los enfermos, a los pobres sin comida ni trabajo, a los ancianos, a los sin techo, a los prisioneros, a los prófugos y a los inmigrantes, a los que son víctima de calamidades naturales… En definitiva, donde quiera que haya una petición de ayuda, allí llega vuestro activo y desinteresado testimonio. Hacéis visible la ley de Cristo, la de llevar los unos las cargas de los otros (cfr. Gal 6,2; Jn 13,34). Queridos hermanos y hermanas, tocáis la carne de Cristo con vuestras manos: no os olvidéis de esto. Tocáis la carne de Cristo con vuestras manos. Estad siempre dispuestos en la solidaridad, fuertes en la cercanía, diligentes en suscitar la alegría y convincentes en el consuelo. El mundo necesita signos concretos de solidaridad, sobre todo ante la tentación de la indiferencia, y requiere personas capaces de contrastar con su vida el individualismo, el pensar solo en sí mismos y desinteresarse de los hermanos necesitados. Estad siempre contentos y llenos de alegría para vuestro servicio, pero nunca lo hagáis motivo de presunción, que lleva a sentirse mejores que los demás. Al contrario, que vuestra obra de misericordia sea humilde y elocuente prolongación de Jesucristo que sigue inclinándose y cuidando de quien sufre. El amor, en efecto, «edifica» (1Cor 8,1) y día a día permite a nuestras comunidades ser signo de la comunión fraterna. Hablad al Señor de estas cosas. Llamadlo. Haced como hizo Sister Preyma, como nos ha contado la monja: llamó a la puerta del sagrario. ¡Qué valiente! El Señor nos oye: ¡llamadlo! Señor, mira eso… Mira tanta pobreza, tanta indiferencia, tanto mirar a otra parte: “Eso a mí no me afecta, a mí no me importa”. Hablad con el Señor: “Señor, ¿por qué? Señor, ¿por qué? ¿Por qué yo soy tan débil y Tú me has llamado a hacer ese servicio? Ayúdame, y dame fuerza, y dame humildad”. El meollo de la misericordia es ese diálogo con el corazón misericordioso de Jesús. Mañana tendremos la alegría de ver a la Madre Teresa proclamada santa. ¡Lo merece! Ese testimonio de misericordia de nuestro tiempo se añade a la innumerable lista de hombres y mujeres que han hecho visible con su santidad el amor de Cristo. Imitemos también nosotros su ejemplo, y pidamos ser humildes instrumentos en las manos de Dios para aliviar el sufrimiento del mundo y dar la alegría y la esperanza de la resurrección. Gracias. Antes de daros la bendición, os invito a todos a rezar en silencio por tantas y tantas personas que sufren; por tanto sufrimiento, por tantos que viven descartados por la sociedad. Rezar también por tantos voluntarios como vosotros, que van al encuentro de la carne de Cristo para tocarla, curarla, sentirla cerca. Y rezar también por tantos y tantos que ante tanta miseria miran a otra parte y en el corazón sienten una voz que les dice: “A mí no me afecta, a mí no me importa”. Recemos en silencio. Y lo hacemos también con la Virgen: Dios te salve, María… www.parroquiasantamonica.com Vida Cristiana

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