sábado, 12 de agosto de 2017

Domingo 19 del tiempo ordinario, Año A, 13 agosto de 2017



Domingo 19 del Tiempo Ordinario, Ciclo A (2017). La presencia de Dios: se hace presente a través del susurro de una brisa suave (Primera Lectura). Su presencia en la vida ordinaria.


o        Cfr. Domingo 19 del tiempo ordinario, Año A, 13 agosto de 2017

                        13 de agosto de 2017

Mateo 14, 22-33: 22 Inmediatamente mandó  a los discípulos a subir a la barca y a ir por delante de él a la otra orilla, mientras él  despedía a la gente. 23 Después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar; al atardecer estaba solo allí. 24 La barca se hallaba ya distante de la tierra muchos estadios, zarandeada por las olas, pues el viento era contrario. 25 Y a la cuarta vigilia de la noche vino él hacia ellos, caminando sobre el mar. 26 Los discípulos, viéndole caminar sobre el mar, se turbaron y decían: «Es un fantasma», y de miedo se pusieron a  gritar. 27 Pero al instante les habló Jesús diciendo: «Tened confianza, soy yo, no tengáis miedo» 28 Pedro le respondió: «Señor, si eres tú, mándame ir donde ti sobre las aguas.» 29 «¡Ven!», le dijo. Bajó Pedro de la barca y se puso a caminar sobre las aguas, yendo hacia Jesús. 30 Pero, viendo la violencia del viento, le entró miedo y, como comenzara a hundirse, gritó: «¡Señor, sálvame!» 31 Al punto Jesús, tendiendo la mano, le agarró y le dice: «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?» 32 Subieron a la barca y amainó el viento. 33 Y los que estaban en la barca se postraron ante él diciendo: «Verdaderamente eres Hijo de Dios.»
1 Reyes 19, 9.11-13: [Elías en el monte Horeb/Sinaí] 9 Allí entró en la cueva, y pasó en ella la noche. Le fue dirigida la palabra del Señor, que le dijo: « ¿Qué haces  aquí Elías?» 11 Le dijo: «Sal y ponte en el monte ante el Señor.» Y he aquí que el Señor pasaba. Hubo un huracán tan violento que hendía las montañas y quebrantaba las rocas ante Yahveh; pero no estaba el Señor en el huracán. Después del huracán, un temblor de tierra; pero no estaba el Señor en el temblor. 12 Después del temblor, fuego, pero no estaba el señor  en el fuego. Después del fuego, el susurro de una brisa suave. 13 Al oírlo Elías, cubrió su rostro con el manto, salió y se puso a la entrada de la cueva. Le fue dirigida una voz  que le dijo: «¿Qué haces aquí, Elías?»
           
¿Cómo se muestra el rostro de Dios? Dónde está presente y dónde no.
La presencia del Señor, no en el huracán,
ni en el temblor de tierra,
ni en el fuego,
sino en el susurro de una brisa suave
(cfr. Primera Lectura, del libro de los Reyes)

1. Cuántas veces nuestra vida se asemeja a aquella barca «zarandeada por el viento contrario».


o        Las dificultades en el propio matrimonio, en la salud, en el trabajo …

            Raniero Cantalamessa, Famiglia Cristiana, n. 32, 7 agosto 2005
·         “Cuántas veces nuestra vida se asemeja a aquella barca «zarandeada por el viento contrario». La
barca con dificultades puede ser el proprio matrimonio, los negocios, la salud … El «viento contrario» puede ser la hostilidad de las personas, un revés de fortuna, los obstáculos para encontrar un trabajo o la casa. Tal vez al inicio se afrontan con valentía las dificultades, decididos a no perder la fe, a confiar en el Señor. Por un poco de tiempo también nosotros hemos caminado sobre las aguas, confiando en la ayuda del Señor. Pero después, al ver que la  prueba se alarga y se endurece, nos parece que no conseguimos superarla, que nos hundimos. Y perdemos la valentía. Es el momento de acoger la palabra que  Jesús dirigió a los apóstoles  y sentirla como dirigida personalmente a nosotros: «Tened confianza, soy yo, no tengáis miedo»”.

2. ¿Cómo se muestra el rostro de Dios? Es paciente, padre, maestro …

Cfr. Gianfranco Ravasi, Secondo le Scritture Anno A, Piemme III edizione 1995, XIX Domenica  pp. 226-231

v     A. Dios no se presenta en medio de incendios, tempestades,  sino en la paz de la brisa de la tarde. Es paciente, padre, madre, esposo, guía .....  No quema etapas, sino que espera pacientemente la gestación del hombre nuevo.


            Elías, en su itinerario para descubrir el verdadero rostro de Dios [1], estaba acostumbrado a imaginar a Dios según los esquemas “tempestuosos” y “sinaíticos”, a verlo como potencia implacable y triunfal.
            En la soledad de la montaña, Elías, “profeta semejante al fuego”, busca a Dios en el viento impetuoso que azota los montes, en el fuego o en el terremoto, es decir, según esquemas personales y tradicionales.
            En efecto, incendios, tempestades, trastornos telúricos y erupciones de volcanes,  eran el marco popular dentro del cual se colocaban las apariciones divinas: “El Señor hará oír su voz majestuosa y mostrará el golpe de su brazo con el furor de su ira, con las llamas de fuego devorador, con truenos, tormenta y pedrisco” (Isaías 30,30). También el salmo más antiguo, el 29, tiene como coreografía la explosión de una tempestad que ciega [2].
Dios elige presentarse a Elías en la tranquilidad y en la paz de la brisa de la tarde.
            Pero este Dios que ha sido soñado según la propia imagen o según las esperanzas personales, no se presenta a la cita con el hombre. Dios, en efecto, elige presentarse a Elías en la tranquilidad y en la paz de la brisa de la tarde. 
            Y el profeta, poniéndose un velo en el rostro, “porque nadie puede verme y seguir con vida” (Éxodo 33,20) [3], conoce que el Señor es sencillez, intimidad, dulzura, paciente y tierna presencia, espíritu y vida. Dios no comparte la actitud de cruzada y la impaciencia, como Cristo no acoge la indignación de los hijos de Zebedeo ante las puertas bloqueadas del pueblo samaritano: «Señor ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma? Pero, volviéndose, les reprendió; y se fueron a otro pueblo» (Lucas 9, 54-55).
            El Dios de la Biblia es, por el contrario, paciente, no duda definirse también padre, madre, esposo, maestro, guía; retrasa siempre el juicio porque “Él no quiere la muerte del malvado, sino que se convierta de su conducta y viva” (Ezequiel 18,23).
            Él no quema etapas sino que espera pacientemente la fatigosa gestación del hombre nuevo, invitando sus fieles a compartir los mismos sentimientos de amor y de dulzura.  
§         Dios abandona el camino espectacular para manifestarse como una brisa.
En definitiva, se puede decir que la novedad para un hombre de la antigua alianza es que Dios entra en la historia, en la vida de los hombres, no como un huracán sino como un soplo benéfico, una brisa mañanera o de la tarde, tan esperada en el caliente clima oriental. Se trata de una agradable sorpresa.

v     B. Sólo cuando se escuchó «un susurro», como una suave brisa, supo Elías que debía cubrir su rostro, porque el Señor estaba presente

            Cfr. Hans Urs von Balthasar – Luz de la Palabra - Comentarios a las lecturas
            dominicales A-B-C  - Ediciones Encuentro, Madrid 1994.Pág. 95 s.

            En la primera lectura, Elías, en un simbolismo sumamente misterioso, es iniciado precisamente en esta fe. Se le ha ordenado aguardar en el monte la manifestación de la majestad de Dios, que va a pasar ante él. Y el profeta tendrá que experimentar que las grandes fuerzas de la naturaleza, que otrora anunciaban la presencia de Dios en el Sinaí, la misma tempestad violenta de la que los discípulos son testigos en el lago, el terremoto que en los Salmos es un signo de su proximidad, el fuego que le reveló antaño en la zarza ardiendo, son a lo sumo sus precursores, pero no su presencia misma. Sólo cuando se escuchó «un susurro», como una suave brisa, supo Elías que debía cubrir su rostro con el manto; esta suavidad inefable es como un presentimiento de la encarnación del Hijo: «No gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, el pabilo vacilante no lo apagará» (Is 42,2-3). 

v     C. El rostro de Dios se encuentra en el rostro de Cristo

o        Evangelio según San Juan: 14, 5-11

§         “El que me ha visto a mí ha visto al Padre”.
-          5 Tomás le dijo: Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podremos saber el camino? 6 Le
respondió Jesús: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida; nadie va al Padre sino por mí. 7 Si me habéis conocido a mí, conoceréis también a mi Padre; desde ahora le conocéis y le habéis visto. 8 Felipe le dijo: Señor, muéstranos al Padre y nos basta.9 Jesús le contestó: Felipe, ¿tanto tiempo como llevo con vosotros y no me has conocido? El que me ha visto a mí ha visto al Padre; ¿cómo dices tú: Muéstranos al Padre? 10 ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí? Las palabras que yo os digo, no las hablo por mí mismo. El Padre, que está en mí, realiza sus obras. 11 Creedme: Yo estoy en el Padre y el Padre en mí; y si no, creed por las obras mismas.

o        El reconocimiento de Cristo dondequiera que Él se manifieste, en sus multiformes presencias

- En los acontecimientos de la vida y en el rostro de los demás, a través de la oración y de la meditación de la Palabra de Dios,  sobre todo en la Eucaristía  (cfr. San Juan Pablo II, «Novo millennio ineunte», nn. 6 y 17).
§         Saliendo  al paso de todos los sufrimientos humanos
- “A la beata Teresa de Calcuta le gustaba entregar una «tarjeta de visita» en la que estaba escrito: «Fruto del silencio es la oración; fruto de la oración la fe, fruto de la fe el amor, fruto del amor al servicio, fruto del servicio la paz». Este es el camino del encuentro con Jesús. Salid al paso de todos los sufrimientos humanos con el empuje de vuestra generosidad y con el amor que Dios infunde en vuestros corazones por medio del Espíritu Santo: «En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mateo 25, 40). ¡El mundo tiene necesidad urgente del gran signo profético de la caridad fraterna!”

o        La voz serena de Cristo y su mano: sustituyen al aullido del viento y dan seguridad y esperanza.

                        Cfr. G. Ravasi o.c. p. 228
            También envuelven la escena evangélica un viento borrascoso, olas impetuosas y miedos. Pero la voz serena de Cristo, en una especie de aparición pascual, sustituye el aullido del viento y el hundimiento de Pedro: «¡Animo, que soy yo; no temáis!». (...) La mano de Cristo glorioso, «Señor» del cosmos y de la historia, da seguridad e infunde esperanza y alegría en la Iglesia que se encuentra en crisis y en actitud de búsqueda, suspendida sobre el caos del mal  o sobre el mar de la duda. La mano extendida hacia Pedro no es solamente su salvación sino también la nuestra.
§         El Señor llegará cuando el camino de las tinieblas está ya avanzado [4].
Orígenes (185-253), uno de los primeros teólogos cristianos.
Comentario a la escena del evangelio.  cfr. Ibídem. p. 228
“Si un día nos encontramos con inevitables e implacables tentaciones, recordemos que Jesús nos ha obligado a embarcarnos y quiere que le precedamos solos hacia la rivera opuesta. Cuando, en medio de las tempestades de los sufrimientos, habremos pasado las tres cuartas partes de la noche oscura que reina en los momentos de la tentación, luchando del mejor modo posible y vigilando para evitar el naufragio de la fe, estemos seguros de que, cuando llegue el último cuarto de la noche, cuando el camino de las tinieblas estará ya avanzado y el día cercano, llegará junto a nosotros el Hijo de Dios caminando sobre las ondas, para darnos un mar benigno. Y también nosotros caminaremos con Él sobre las ondas de la tentación, del dolor y del mal”.
§         La mano tendida del Señor a San Pedro.
Se trata de un gesto que el Señor repetirá siempre a quien se dirige a Él. La fe no ahorra pruebas, dificultades, crisis, pero el evangelista nos hace saber que «al final» Jesús vendrá, se hará ver. El camina con nosotros encima de las aguas, pero pueden percibirlo solamente los que creen. 

o        Metidos en las limitaciones de la vida, debemos dirigir nuestra mirada a Cristo.

                        Cfr. G. Ravasi, o.c. pp. 226-231
            Metidos  en los remolinos del mal, de los sufrimientos, de la limitación y de la muerte, debemos dirigir, como Pedro,  nuestra mirada, la voz y la mano, hacia Cristo, el único que vence el mar del mal. Él nos elevará y hará que «caminemos» sobre las olas. No en vano en la Jerusalén celestial, sede del nuevo mundo y de la humanidad resucitada, el mar desaparecerá: “Vi un cielo nuevo y una nueva tierra, porque el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar no existe ya” (Apocalipsis 21,1).   

o        Buscar el rostro de Jesús debe ser el anhelo de todos los cristianos

                       Discurso de Benedicto XVI en el santuario de la Santa Faz de Manoppello, 1 de
                       septiembre de 2006
-          “Busco tu rostro, Señor”. Buscar el rostro de Jesús debe ser el anhelo de todos los cristianos, pues
nosotros somos “la generación” que en este tiempo busca su rostro, el rostro del “Dios de Jacob”. Si perseveramos en la búsqueda del rostro del Señor, al final de nuestra peregrinación terrena será él, Jesús, nuestro gozo eterno, nuestra recompensa y gloria para siempre: “Sis Jesu nostrum gaudium, qui es futurus praemium: sit nostra in te gloria, per cuncta semper saecula”.

o        Jesucristo  es la «piedra» sobre la cual debemos construir. Que nuestros ojos estén fijos en Jesucristo.

                           Papa Francisco, Homilía, 22 de febrero de 2016.
-          “Hagamos nuestras las palabras de Pedro: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo» (Mt 16, 16).
Que nuestro pensamiento y nuestros ojos estén fijos en Jesucristo, inicio y fin de cada acción de la Iglesia. Él es el fundamento y nadie puede poner otro cimiento (1 Cor 3, 11). Él es la «piedra» sobre la cual debemos construir. Lo recuerda con palabras expresivas san Agustín cuando escribe que la Iglesia, que viéndose agitada y sacudida por las vicisitudes de la historia, «no se cae, porque está cimentada sobre la piedra de donde Pedro tomó el nombre, pues “piedra” no viene de “Pedro”, sino “Pedro” de “piedra”; como tampoco “Cristo” viene de “cristiano”, sino “cristiano” de “Cristo”. […] La roca es el Mesías, cimiento sobre el que también Pedro mismo está edificado» (In Joh 124, 5: pl 35, 1972).

v     Presencia de Dios, encuentro con Cristo en la vida ordinaria.

Tres textos breves de la homilía «Amar al mundo apasionadamente»,  pronunciada
por San Josemaría Escrivá en el campus de la Universidad de Navarra el 8-X-1967

o     En vuestras aspiraciones, en vuestro trabajo, en vuestros amores está el sitio de vuestro encuentro cotidiano con Cristo.

(…) Hijos míos, allí donde están vuestros hermanos los hombres, allí donde están vuestras aspiraciones, vuestro trabajo, vuestros amores, allí está el sitio de vuestro encuentro cotidiano con Cristo. Es, en medio de las cosas más materiales de la tierra, donde debemos santificarnos, sirviendo a Dios y a todos los hombres. (…)

o     Hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir.

Debéis comprender ahora –con una nueva claridad– que Dios os llama a servirle en y desde las tareas civiles, materiales, seculares de la vida humana: en un laboratorio, en el quirófano de un hospital, en el cuartel, en la cátedra universitaria, en la fábrica, en el taller, en el campo, en el hogar de familia y en todo el inmenso panorama del trabajo, Dios nos espera cada día. Sabedlo bien: hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir. (…)

o     O sabemos encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca.

No hay otro camino, hijos míos: o sabemos encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca. Por eso puedo deciros que necesita nuestra época devolver –a la materia y a las situaciones que parecen más vulgares– su noble y original  sentido, ponerlas al servicio del Reino de Dios, espiritualizarlas, haciendo de ellas medio y ocasión de nuestro encuentro continuo con Jesucristo.

3. La grandeza y la debilidad de san Pedro: su fe y sus dificultades para creer.

     Cfr. Biblia de Navarra, Nota a Mateo 14, 22-33.

o        Presumió del Señor y pudo por el Señor, pero titubeó como hombre, y entonces se volvió hacia el Señor (San Agustín).

·         “Las tempestades en el lago de Genesaret son frecuentes: las aguas se arremolinan con grave
peligro para las embarcaciones. El episodio de Jesús andando sobre el mar (vv. 25-27) lo relatan también Marcos 6,48-50 y Juan 6,19-21. En cambio, San Mateo es el único que narra el caminar de San Pedro sobre las aguas (vv. 28-31). (…) En este caso, el episodio muestra la grandeza y la debilidad del Apóstol, su fe y sus dificultades para creer: «Así también dice Pedro: Mándame ir a ti sobre las aguas. (...) Y Él dijo: ¡Ven! Se bajó y pudo caminar sobre las aguas (...). Eso es lo que podía Pedro en el Señor. ¿Y qué podía en sí mismo? Sintiendo un fuerte viento, temió y comenzó a hundirse y exclamó: ¡Señor, perezco, líbrame! Presumió del Señor y pudo por el Señor, pero titubeó como hombre, y entonces se volvió hacia el Señor» (S. Agustín, Sermones 76,8).

o        El episodio ilumina la vida cristiana. El Señor levanta y sustenta la esperanza que vacila.

§         No temeremos, si caminamos agarrados de su mano (San Gregorio de Nisa).
El episodio ilumina la vida cristiana. También la Iglesia, como la barca de los Apóstoles, se ve combatida. Jesús, que vela por ella, acude a salvarla, no sin antes haberla dejado luchar para fortalecer el temple de sus hijos. En las pruebas de fe y de fidelidad, en el combate del cristiano por mantenerse firme cuando las fuerzas flaquean, el Señor nos anima (v. 27), nos estimula a pedir (v. 30), y nos tiende la mano (v. 31). Entonces, como ahora, brota la confesión de la fe que proclama el cristiano: «Verdaderamente eres Hijo de Dios» (v. 33): «El Señor levanta y sustenta esta esperanza que vacila. Como hizo en la persona de Pedro cuando estaba a punto de hundirse, al volver a consolidar sus pies sobre las aguas. Por tanto, si también a nosotros nos da la mano aquel que es la Palabra, si, viéndonos vacilar en el abismo de nuestras especulaciones, nos otorga la estabilidad iluminando un poco nuestra inteligencia, entonces ya no temeremos, si caminamos agarrados de su mano» (S. Gregorio de Nisa, De beatitudinibus 6).”

o        El creyente busca  las huellas de la presencia de Dios en las vicisitudes de la vida.   

-          Es importante leer las vicisitudes de la vida con transparencia, buscando las huellas de la
 presencia  de  Dios. Esto forma parte del compromiso del creyente. Este compromiso será considerado no como algo “obligatorio”, gravoso, sino como una tarea gozosa, como un desafío que cambia el horizonte de la vida y que facilita el nacimiento de la alegría genuina que nace, precisamente, de la percepción de la presencia de Dios.


Vida Cristiana




[1] Elías  emprende el viaje hacia el monte Horeb (Sinaí) huyendo (cfr. 1 Re 19,3);  teme por su vida ante las asechanzas de la Reina Jezabel, que no le perdona el hecho de que haya derrotado a los sacerdotes de Baal (Cf 1 Reyes 18, 20-40). En este viaje encuentra tantas dificultades (la sed, la inclemencia del sol en el desierto, etc.) que desea la muerte: "Basta, Señor, toma mi vida, que yo no soy mejor que mis padres". Sin embargo, el Señor lo reanima por medio de un ángel,  le proporciona  alimento y le responde: "Levántate y come porque el camino es superior a tus fuerzas" (1 Re 19, 1-8). Reemprendió la marcha y caminó cuarenta días con cuarenta noches hasta llegar al monte Horeb, en donde sucede un encuentro misterioso con Yahveh. La manifestación de Dios (teofanía)  que presenciará Elías es diferente  a la que tuvo lugar en el tiempo de Moisés, ya que  esta vez no hubo truenos, relámpagos y fuego. Dios se manifestó a Elías en una brisa de la tarde, en el silencio, en la soledad de la montaña.
[2] Biblia de Jerusalén, Salmo 29/28: La tormenta (ver Éxodo 13, 22+ y Éxodo 19,16+), evoca el poder y la gloria divinos, que causan pavor a los enemigos de Israel y aseguran la paz al pueblo de Dios. 
[3]  [Nota del traductor]. He aquí el texto en el que se explica que Moisés, cuando estaba también en el Monte Horeb para hacer la Alianza del Sinaí entre Dios y su pueblo, hizo una petición al Señor que no fue atendida (Éxodo 33, 18-23): Entonces dijo Moisés: «Déjame ver, por favor, tu gloria.» 19 Él le contestó: «Yo haré pasar ante tu vista toda mi bondad y pronunciaré delante de ti el nombre de Yahveh; pues hago gracia a quien hago gracia y tengo misericordia con quien tengo misericordia.» 20 Y añadió: «Pero mi rostro no podrás verlo; porque no puede verme el hombre y seguir viviendo.» 21 Luego dijo Yahveh: «Mira, hay un lugar junto a mí; tú te colocarás sobre la peña. 22Y al pasar mi gloria, te pondré en una hendidura de la peña y te cubriré con mi mano hasta que yo haya pasado. 23 Luego apartaré mi mano, para que veas mis espaldas; pero mi rostro no se puede ver.»
[4] La barca se ve "sacudida por las olas", expuesta a un "viento contrario";  pasado un tiempo,  “en la cuarta vigilia”, hacia las 4 de la madrugada, Jesús "va hacia ellos caminando sobre el mar".

 

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