viernes, 27 de octubre de 2017

Dom. 30 del tiempo ordinario Año A, 29 octubre 2017. Mateo 22, 34-40; 1 Tesalonicenses 1, 5c-10: Éxodo 22, 20-26; Salmo 18 (Vg 17)






Domingo 30 del Tiempo Ordinario, Año A. (2017). Los mandamientos. Amor a Dios y amor al prójimo son inseparables, son un único mandamiento; pero ambos viven del amor que viene de Dios, que nos ha amado primero. Cuando amamos al hombre amamos a Dios porque el hombre es imagen de Dios. En Dios y con Dios, amo también a la persona que no me agrada o ni siquiera conozco. Aprender a mirar desde la perspectiva de Jesucristo. Su amigo es mi amigo. El amor al prójimo es un camino para encontrar a Dios. El amor al prójimo es el criterio para valorar positiva o negativa la vida humana. La diferencia entre Eros y Ágape: la visión griega y la visión cristiana de la vida.


v  Cfr. Dom. 30 del tiempo ordinario Año A,  29 octubre 2017.

Mateo 22, 34-40; 1 Tesalonicenses 1, 5c-10: Éxodo 22, 20-26; Salmo 18 (Vg 17)
Cfr. Benedicto XVI, Enc. Deus caritas est; cfr. Raniero Cantalamessa, La parola e la vita, Anno  A, Città Nuova, XI edizione  giugno 2001, XXX domenica, pp. 273-275; cfr. Gianfranco Ravasi, Secondo le Scritture Anno A, Piemme III Edizione novemb re 1995, XXX Domenica

Mateo 22, 34-40: “34 Los fariseos, al oír que había hecho callar a los saduceos, se pusieron de acuerdo, 35 y uno de ellos, doctor de la ley, le preguntó para tentarle: 36 «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?»  37 Él le respondió: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente. 38 Éste es el mayor y el primer mandamiento. 39 El segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. 40 De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas”.

Éxodo 22, 20-26: «20 No maltratarás al forastero, ni lo oprimirás, pues forasteros fuisteis vosotros en el país de Egipto. 21 No vejarás a viuda alguna ni al huérfano. 22 Si los vejas y claman a mí, yo escucharé su clamor, 23 se encenderá mi ira y os mataré a espada; vuestras mujeres quedarán viudas y vuestros hijos huérfanos. 24 Si prestas dinero a alguien de mi pueblo, a un pobre que habita contigo, no serás con él un usurero; no le exigirás intereses. 25 Si tomas en prenda el manto de tu prójimo, se lo devolverás al ponerse el sol, 26 porque con él se abriga; es el vestido de su cuerpo. ¿Sobre qué va a dormir, si no? Clamará a mí, y yo le escucharé, porque soy compasivo».

“El amor al prójimo es
inseparable del amor a Dios”
 (Cf. Catecismo de la Iglesia Católica,  n. 1878).
En la ayuda al hermano necesitado, sobre todo al más débil,
procura la Iglesia ejercitar el mandamiento supremo de la ley,
que es amar a Dios de todo corazón y al prójimo como a sí mismo
(San Juan Pablo II, Homilía, en la Ciudad de México, 7 de mayo de 1990)

1. ¿Cuál es el mandamiento principal de la Ley? ¿Por qué esa pregunta de los fariseos al Señor?

·         Además de la mala intención - «para tentarle» -, también puede añadirse otra razón: el número de los
mandamientos contenidos en las leyes mosaicas era 613. Ante este gran número de preceptos – expuestos muchas veces en los textos desordenadamente, sin ningún criterio jerárquico -, lógicamente  entre los judíos se planteaba cuáles eran los más importantes, o los que podían ser considerados como punto de referencia de los demás, o si había alguno que fuese el principal de ellos.

2. La respuesta del Señor


v  Les recuerda un texto del Antiguo Testamento que muchos de ellos conocían bien.

·         Les recuerda un texto del Antiguo Testamento: «Amarás a Yahvé tu Dios con todo tu corazón, con
toda tu alma y con toda tus fuerzas» (Deuteronomio 6, 5). Los israelitas piadosos  conocían  muy bien este texto, ya que lo repetían como oración por la mañana y por la tarde, y que constituía la identidad de Israel como pueblo del Señor, a quien debe su existencia.  Incluso lo que les dice el Señor acerca del prójimo se encuentra en el libro del Levítico: «Amarás a tu  prójimo como a ti mismo» (19,18). Hoy, precisamente, en la primera Lectura, del Libro del Éxodo,  hemos escuchado una casuística del amor al prójimo: se describe una serie de preceptos que, por otra parte, como subrayan diversos autores,  se encuentran como perdidos entre innumerables preceptos secundarios. Sin olvidar que, casi siempre el prójimo era el connacional o el prosélito; téngase en cuenta que, en el tiempo de Jesús, los que eran considerados como los más piadosos entre los israelitas (los esenios de Qumrân) , tenían la siguiente máxima: «Amarás a todos los hijos de la luz y odiarás a todos los hijos de las tinieblas» .

v  En la respuesta del Señor hay dos novedades: a) la dimensión  universal del «prójimo»; b) Jesús coloca el amor al prójimo  al mismo nivel que el amor a Dios.


o   a) La dimensión universal del «prójimo»: es cualquiera que tiene necesidad.

·         Primera novedad. En  primer lugar la figura del «prójimo» adquiere una dimensión universal. En la
parábola del samaritano, el «prójimo» es alguien que desde el punto de vista político y étnico era considerado un enemigo, y desde el punto de vista religioso un «hijo de las tinieblas». Para Jesús el «prójimo» ya no es solamente el familiar, el connacional o el correligionario o el simpatizante, sino cualquiera que tiene necesidad, aunque sea extranjero y desconocido. 
·         San León Magno, Papa (390-461), Sermón 12,2: “Con el nombre de prójimo, no hemos de considerar
sólo a los que se unen a nosotros con los lazos de la amistad o del parentesco, sino a todos los hombres, con los que tenemos una común naturaleza... Un solo Creador nos ha hecho, un solo Creador nos ha dado el alma. Todos gozamos del mismo cielo y del mismo aire, de los mismos días y de las mismas noches y, aunque unos son buenos y otros son malos, unos justos y otros injustos, Dios, sin embargo, es generoso y benigno con todos.” La igual y radical dignidad de todos los hombres, porque han sido creados a imagen y semejanza de Dios y capacitados para participar en la vida en Dios. El amor es venerar la imagen de Dios que hay en cada hombre.

o   b) Jesús coloca el amor al prójimo al mismo nivel que el amor a Dios.

·         La segunda novedad es el hecho de que Jesús coloca el amor al prójimo al mismo nivel que el amor a
Dios. Probablemente esa afirmación del Señor sonaría como algo inaudito. San Juan hace explícita esa doctrina en su primera Carta: “Si alguno dice: «Amo a Dios», y  aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues el que no ama a su hermano., a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve. Y hemos recibido de él este mandamiento: quien ama a dios, que ame también a su hermano” (4, 20-21).
§  Cuando amamos al hombre amamos a Dios porque el hombre es imagen de Dios.
·         ¿Cómo se explica esta segunda novedad, esta equiparación entre el amor a Dios y el amor al prójimo? La
explicación más conocida en la doctrina católica es que cuando amamos al hombre amamos a Dios porque el hombre es imagen de Dios (cf. S. Tomás de Aquino, Sup. Ev. Mat.). En otro lugar, S. Tomás dice: «La caridad por la que amamos a Dios y al prójimo es una misma virtud, porque la razón de amar al prójimo es precisamente Dios, y amamos a Dios cuando amamos al prójimo con caridad.» (S. Th. II-II, q 103, a. 2.3).
·         “Ninguno de estos dos amores puede ser perfecto si le falta el otro, porque no se puede amar de verdad a
Dios sin amar al prójimo, ni se puede amar al prójimo sin amar a Dios. (…) Solo ésta es la verdadera y única prueba del amor de Dios, si procuramos estar solícitos del cuidado de nuestros hermanos y les ayudamos. (San Beda [1], Homiliae 2, 22).”
·         En el Catecismo de la Iglesia Católica encontramos esta afirmación rotunda: “El amor al prójimo es
inseparable del amor a Dios” (n. 1878).
El Decálogo debe ser interpretado a la luz de este doble y único mandamiento de la caridad, plenitud de la Ley.
·         n. 2055 (…)  El Decálogo debe ser interpretado a la luz de este doble y único mandamiento de
la caridad, plenitud de la Ley:
En efecto, lo de: no adulterarás, no matarás, no robarás, no codiciarás y todos los demás preceptos, se resumen en esta fórmula: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. La caridad no hace mal al prójimo. La caridad es, por tanto, la ley en su plenitud (Romanos 13,9-10).
§  El amor cristiano y la veneración de la imagen de Dios que hay en cada hombre.
·         Amigos de Dios, n 230: “Nuestro amor no se confunde con una postura sentimental, tampoco con la
simple camaradería, ni con el poco claro afán de ayudar a los otros para demostrarnos a nosotros mismos que somos superiores. Es convivir con el prójimo, venerar —insisto— la imagen de Dios que hay en cada hombre, procurando que también él la contemple, para que sepa dirigirse a Cristo.”
§  La diferencia entre Eros y Ágape: la visión griega y la visión cristiana de la vida.
·         Gianfranco Ravasi, o.c. p. 288: “En 1930 un estudioso sueco, Anders Nygren, publicaba un importante
estudio titulado Eros y Ágape en el que  oponía las dos visiones del amor, la griega ligada al tema del «eros», de la contemplación estética, de la posesión y de la conquista, y la visión cristiana abierta más bien a la donación, a la dedicación, a la generosidad ilimitada y sin recompensa”.  

3. La «inseparable  relación» y la «imprescindible interacción» entre el amor a Dios y el amor al prójimo.

Cfr. Benedicto XVI, Encíclica «Deus caritas est», nn. 15-18:


v  Amor a Dios y amor al prójimo

o   El amor al prójimo es el criterio para valorar positiva o negativa la vida humana. Mi prójimo es cualquiera que tenga necesidad de mí.

n. 15. (...)  La parábola del buen Samaritano (cf. Lc 10, 25-37) nos lleva sobre todo a dos aclaraciones importantes. Mientras el concepto de «prójimo» hasta entonces se refería esencialmente a los conciudadanos y a los extranjeros que se establecían en la tierra de Israel, y por tanto a la comunidad compacta de un país o de un pueblo, ahora este límite desaparece. Mi prójimo es cualquiera que tenga necesidad de mí y que yo pueda ayudar. Se universaliza el concepto de prójimo, pero permaneciendo concreto. Aunque se extienda a todos los hombres, el amor al prójimo no se reduce a una actitud genérica y abstracta, poco exigente en sí misma, sino que requiere mi compromiso práctico aquí y ahora. La Iglesia tiene siempre el deber de interpretar cada vez esta relación entre lejanía y proximidad, con vistas a la vida práctica de sus miembros. En fin, se ha de recordar de modo particular la gran parábola del Juicio final (cf. Mt 25, 31-46), en el cual el amor se convierte en el criterio para la decisión definitiva sobre la valoración positiva o negativa de una vida humana. Jesús se identifica con los pobres: los hambrientos y sedientos, los forasteros, los desnudos, enfermos o encarcelados. «Cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis» (Mt 25, 40). Amor a Dios y amor al prójimo se funden entre sí: en el más humilde encontramos a Jesús mismo y en Jesús encontramos a Dios.

o   ¿Es realmente posible amar a Dios aunque no se le vea? En la primera carta de San Juan se subraya la inseparable relación entre amor a Dios y amor al prójimo. La afirmación de amar a Dios es una mentira si el hombre se cierra al prójimo o incluso lo odia. El amor al prójimo es un camino para encontrar a Dios.

n. 16. Después de haber reflexionado sobre la esencia del amor y su significado en la fe bíblica, queda aún una doble cuestión sobre cómo podemos vivirlo: ¿Es realmente posible amar a Dios aunque no se le vea? Y, por otro lado: ¿Se puede mandar el amor? En estas preguntas se manifiestan dos objeciones contra el doble mandamiento del amor. Nadie ha visto a Dios jamás, ¿cómo podremos amarlo? Y además, el amor no se puede mandar; a fin de cuentas es un sentimiento que puede tenerse o no, pero que no puede ser creado por la voluntad. La Escritura parece respaldar la primera objeción cuando afirma: «Si alguno dice: ‘‘amo a Dios'', y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve» (1 Jn 4, 20). Pero este texto en modo alguno excluye el amor a Dios, como si fuera un imposible; por el contrario, en todo el contexto de la Primera carta de Juan apenas citada, el amor a Dios es exigido explícitamente. Lo que se subraya es la inseparable relación entre amor a Dios y amor al prójimo. Ambos están tan estrechamente entrelazados, que la afirmación de amar a Dios es en realidad una mentira si el hombre se cierra al prójimo o incluso lo odia. El versículo de Juan se ha de interpretar más bien en el sentido de que el amor del prójimo es un camino para encontrar también a Dios, y que cerrar los ojos ante el prójimo nos convierte también en ciegos ante Dios.

o   El amor enunciado en la Biblia sólo es posible a partir del encuentro íntimo con Dios.

§  En Dios y con Dios, amo también a la persona que no me agrada o ni siquiera conozco.
§  Aprender a mirar desde la perspectiva de Jesucristo. Su amigo es mi amigo.
 n. 18. De este modo se ve que es posible el amor al prójimo en el sentido enunciado por la Biblia, por Jesús. Consiste justamente en que, en Dios y con Dios, amo también a la persona que no me agrada o ni siquiera conozco. Esto sólo puede llevarse a cabo a partir del encuentro íntimo con Dios, un encuentro que se ha convertido en comunión de voluntad, llegando a implicar el sentimiento. Entonces aprendo a mirar a esta otra persona no ya sólo con mis ojos y sentimientos, sino desde la perspectiva de Jesucristo. Su amigo es mi amigo. Más allá de la apariencia exterior del otro descubro su anhelo interior de un gesto de amor, de atención, que no le hago llegar solamente a través de las organizaciones encargadas de ello, y aceptándolo tal vez por exigencias políticas. Al verlo con los ojos de Cristo, puedo dar al otro mucho más que cosas externas necesarias: puedo ofrecerle la mirada de amor que él necesita.

o   La imprescindible interacción entre amor a Dios y amor al prójimo:

§  a) si en mi vida falta el contacto con  Dios, no reconoceré en el otro la imagen divina;
§  b) Por el contrario, si en mi vida omito la atención al otro, queriendo sólo ser «piadoso» y cumplir con mis «deberes religiosos»,  se marchita la relación con Dios.
§  c) Sólo mi disponibilidad para ayudar al prójimo, para manifestarle amor, me hace también sensible ante Dios. Sólo el servicio al prójimo abre mis ojos a lo que el Señor hace por mí y a lo mucho que me ama.
§  d) Amor a Dios y amor al prójimo son inseparables, son un único mandamiento. Pero ambos viven del amor que viene de Dios, que nos ha amado primero.
En esto se manifiesta la imprescindible interacción entre amor a Dios y amor al prójimo, de la que habla con tanta insistencia la Primera carta de Juan. Si en mi vida falta completamente el contacto con Dios, podré ver siempre en el prójimo solamente al otro, sin conseguir reconocer en él la imagen divina. Por el contrario, si en mi vida omito del todo la atención al otro, queriendo ser sólo «piadoso» y cumplir con mis «deberes religiosos», se marchita también la relación con Dios. Será únicamente una relación «correcta», pero sin amor. Sólo mi disponibilidad para ayudar al prójimo, para manifestarle amor, me hace sensible también ante Dios. Sólo el servicio al prójimo abre mis ojos a lo que Dios hace por mí y a lo mucho que me ama. Los Santos —pensemos por ejemplo en la beata Teresa de Calcuta— han adquirido su capacidad de amar al prójimo de manera siempre renovada gracias a su encuentro con el Señor eucarístico y, viceversa, este encuentro ha adquirido realismo y profundidad precisamente en su servicio a los demás. Amor a Dios y amor al prójimo son inseparables, son un único mandamiento. Pero ambos viven del amor que viene de Dios, que nos ha amado primero. Así, pues, no se trata ya de un «mandamiento» externo que nos impone lo imposible, sino de una experiencia de amor nacida desde dentro, un amor que por su propia naturaleza ha de ser ulteriormente comunicado a otros. El amor crece a través del amor. El amor es «divino» porque proviene de Dios y a Dios nos une y, mediante este proceso unificador, nos transforma en un Nosotros, que supera nuestras divisiones y nos convierte en una sola cosa, hasta que al final Dios sea «todo para todos» (cf. 1 Co 15, 28).

Vida Cristiana






[1] Monje benedictino, presbítero y Doctor de la Iglesia ( 672-735). 

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