viernes, 1 de diciembre de 2017

1 Domingo de Adviento Año B - 3 diciembre 2017





Ø Primer domingo de Adviento, Año B (2017). Al comenzar el Adviento, “el deseo de salir al encuentro de Cristo que viene” (Oración colecta). Preparación para la venida de Jesús.

Hemos de estar vigilantes. Vino por vez primera con su Encarnación y Nacimiento, y volverá al fin de los tiempos para juzgarnos. Pero, además, está dispuesto a volver en cualquier momento, para habitar espiritualmente en nosotros mediante la fe y los sacramentos, si, por nuestra parte, quitamos todo obstáculo; y si ordenamos nuestra conducta conforme a sus mandamientos [1]. El Adviento, por tanto, no es solamente una preparación para la celebración del nacimiento de Jesús, sino una llamada a estar siempre vigilantes porque, en cualquier momento, desea hacerse presente en nuestras vidas [2].


v  Cfr. 1 Domingo de Adviento Año B - 3 diciembre  2017  

            Isaías 63, 16-17; 64, 2-7; 1 Corintios 1, 3-9; Salmo 79; Marcos 13, 33-37;

1 Corintios 1, 3-9: 3 Gracia a vosotros y paz de parte de Dios, Padre nuestro, y del Señor Jesucristo. 4 Doy gracias a Dios sin cesar por vosotros, a causa de la gracia de Dios que os ha sido otorgada en Cristo Jesús, 5 pues en él habéis sido enriquecidos en todo, en toda palabra y en todo conocimiento, 6 en la medida en que se ha consolidado entre vosotros el testimonio de Cristo. 7 Así, ya no os falta ningún don de gracia a los que esperáis la Revelación de nuestro Señor Jesucristo. 8 El os fortalecerá hasta el fin para que seáis irreprochables en el día de nuestro Señor Jesucristo. 9 Pues fiel es Dios, por quien habéis sido llamados a la comunión con su hijo Jesucristo, Señor nuestro.

Marcos 13, 33-37: En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: 33 "Mirad, vigilad: pues no sabéis cuando es el momento. 34 Es igual que un hombre que se fue de viaje y dejó su casa, y dio a cada uno de sus criados su tarea, encargando al portero que velara. 35 Velad entonces, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa, si al atardecer, o a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer; 36 no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos. 37 Lo que os digo a vosotros lo digo a todos: !Velad!"

Sabemos de una triple venida del Señor.
Cristo vino por su Encarnación y Nacimiento (1ª venida),
viene en nuestras vidas por la fe y los sacramentos (2ª venida, intermedia),
y vendrá al fin de los tiempos para juzgarnos (tercera venida).
Salir al encuentro de Cristo acompañados por las buenas obras (Oración Colecta)

1. Textos que nos explican las tres venidas de Cristo a este mundo.


v  Cristo vino por su Encarnación y Nacimiento (1ª), viene en nuestras vidas por la fe y los sacramentos (2ª), y vendrá al fin de los tiempos para juzgarnos.


o   De los sermones de san Bernardo, abad (1090-1153)

Sermón 5 en  el  Adviento del Señor, 1-3: Opera omnia, edición cisterciense, 4, 1996, 188-190
§  Primera (Encarnación y Nacimiento) y última (fin de los tiempos)    
Sabemos de una triple venida del Señor. Además de la primera y de la última, hay una venida intermedia. Aquellas son visibles, pero ésta no. En la primera, el Señor se manifestó en la tierra y convivió con los hombres, cuando, como atestigua él mismo, lo vieron y lo odiaron. En la última, «todo hombre verá la salvación de Dios» (Lc 3,6) y «mirarán al que traspasaron» (Jn 19,37).
§  En cualquier momento, cuando el Señor se hace presente en nuestras vidas (llamada “venida intermedia”).
La intermedia, en cambio, es oculta, y en ella sólo los elegidos ven al Señor en lo más íntimo de sí mismos, y así sus almas se salvan. De manera que, en la primera venida, el Señor vino en carne y debilidad; en esta segunda, en espíritu y poder; y, en la última, en gloria y majestad.
Esta venida intermedia es como una senda por la que se pasa de la primera a la última: en la primera, Cristo fue nuestra redención; en la última, aparecerá como nuestra vida; en ésta, es nuestro descanso y nuestro consuelo.
Y para que nadie piense que es pura invención lo que estamos diciendo de esta  venida intermedia, oídle a él mismo: El que me ama —nos dice— guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él (Cfr. Jn 14,23). He leído en otra parte: El que teme a Dios obrará el bien (Si 15,1) ; pero pienso que se dice algo más del que ama, porque éste guardará su palabra. ¿Y dónde va a guardarla? En el corazón, sin duda alguna, como dice el profeta: «En mi corazón he guardado tus palabras, para no pecar contra ti» (Sal 118,11).
Así es cómo has de cumplir la palabra de Dios, porque son dichosos los que la  cumplen. Es como si la palabra de Dios tuviera que pasar a las entrañas de tu alma, a tus afectos y a tu conducta. Haz del bien tu comida, y tu alma disfrutará con este alimento sustancioso. Y no te olvides de comer tu pan, no sea que tu corazón se vuelva árido: por el contrario, que tu alma rebose completamente satisfecha.
Si es así como guardas la palabra de Dios, no cabe duda que ella te guardará a ti. El Hijo vendrá a ti en compañía del Padre, vendrá el gran Profeta, que renovará Jerusalén, el que lo hace todo nuevo. Tal será la eficacia de esta venida, que nosotros, «como hemos llevado la imagen  del hombre terreno, llevaremos también la imagen del hombre celestial» (1 Cor 15,49). Y así como el viejo Adán se difundió por toda la humanidad y ocupó al hombre entero, así es ahora preciso que Cristo lo posea todo, porque él lo creó todo, lo redimió todo, y lo glorificará todo.

o    De la Carta sobre el Adviento,  de San Carlos Borromeo, Obispo de Milán (1538-1584)

Cartas Pastorales: Acta Ecclesiae Mediolanensis, t. 2, Lyon 1683, 916-917

§  Así como Cristo vino una vez al mundo en la carne, de la misma manera está dispuesto a volver en cualquier momento, para habitar espiritualmente en nuestra alma con la abundancia de sus gracias, mediante la fe y los sacramentos; si nosotros, por nuestra parte, quitamos todo obstáculo, y si ordenamos nuestra conducta conforme a sus mandamientos.
La Iglesia celebra cada año el misterio de este amor tan grande hacia nosotros, exhortándonos a tenerlo siempre presente. A la vez nos enseña que la venida de Cristo no sólo aprovechó a los que vivían en el tiempo del Salvador, sino que su eficacia continúa, y aún hoy se nos comunica si queremos recibir, mediante la fe y los sacramentos, la gracia que él nos prometió, y si ordenamos nuestra conducta conforme a sus mandamientos.
La Iglesia desea vivamente hacernos comprender que así como Cristo vino una vez al mundo en la carne, de la misma manera está dispuesto a volver en cualquier momento, para habitar espiritualmente en nuestra alma con la abundancia de sus gracias, si nosotros, por nuestra parte, quitamos todo obstáculo.
Por eso, durante este tiempo, la Iglesia, como madre amantísima y celosísima de nuestra salvación, nos enseña, a través de himnos, cánticos y otras palabras del Espíritu Santo y de diversos ritos, a recibir convenientemente y con un corazón agradecido este beneficio tan grande, a enriquecernos con su fruto y a preparar nuestra alma para la venida de nuestro Señor Jesucristo con tanta solicitud como si hubiera él de venir nuevamente al mundo. No de otra manera nos lo enseñaron con sus palabras y ejemplos los patriarcas del antiguo Testamento para que en ello los imitáramos.

o   Benedicto XVI, Homilía 1º Domingo Adviento, 30 noviembre de 2008, en la Basílica de S. Lorenzo Extramuros,


§  Significado del término "Adviento" en el mundo antiguo y para los cristianos. Significa hacer memoria de la primera venida del Señor en la carne, pensando ya en su vuelta definitiva; y, al mismo tiempo, significa reconocer que Cristo presente en medio de nosotros se hace nuestro compañero de viaje en la vida de la Iglesia, que celebra su misterio.
            Con este primer domingo de Adviento entramos en el tiempo de cuatro semanas con que inicia un nuevo año litúrgico y que nos prepara inmediatamente para la fiesta de la Navidad, memoria de la encarnación de Cristo en la historia. Pero el mensaje espiritual de Adviento es más profundo y ya nos proyecta hacia la vuelta gloriosa del Señor, al final de nuestra historia. Adventus es palabra latina que podría traducirse por "llegada", "venida", "presencia". En el lenguaje del mundo antiguo era un término técnico que indicaba la llegada de un funcionario, en particular la visita de reyes o emperadores a las provincias, pero también podía utilizarse para la aparición de una divinidad, que salía de su morada oculta y así manifestaba su poder divino: su presencia se celebraba solemnemente en el culto.
            Los cristianos, al adoptar el término "Adviento", quisieron expresar la relación especial que los unía a Cristo crucificado y resucitado. Él es el Rey que, al entrar en esta pobre provincia llamada tierra, nos ha hecho el don de su visita y, después de su resurrección y ascensión al cielo, ha querido permanecer siempre con nosotros: percibimos su misteriosa presencia en la asamblea litúrgica.
            En efecto, al celebrar la Eucaristía, proclamamos que él no se ha retirado del mundo y no nos ha dejado solos, y, aunque no lo podamos ver y tocar como sucede con las realidades materiales y sensibles, siempre está con nosotros y entre nosotros; más aún, está en nosotros, porque puede atraer a sí y comunicar su vida a todo creyente que le abra el corazón. Por tanto, Adviento significa hacer memoria de la primera venida del Señor en la carne, pensando ya en su vuelta definitiva; y, al mismo tiempo, significa reconocer que Cristo presente en medio de nosotros se hace nuestro compañero de viaje en la vida de la Iglesia, que celebra su misterio.
§  La escucha de la Palabra de Dios, debería ayudarnos a ver el mundo de una manera diversa, a interpretar cada uno de los acontecimientos de la vida y de la historia como palabras que Dios nos dirige, como signos de su amor que nos garantizan su cercanía en todas las situaciones; debería prepararnos para acogerlo cuando "de nuevo venga con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin"
            Esta certeza, queridos hermanos y hermanas, alimentada por la escucha de la Palabra de Dios, debería ayudarnos a ver el mundo de una manera diversa, a interpretar cada uno de los acontecimientos de la vida y de la historia como palabras que Dios nos dirige, como signos de su amor que nos garantizan su cercanía en todas las situaciones; en particular, esta certeza debería prepararnos para acogerlo cuando "de nuevo venga con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin", como repetiremos dentro de poco en el Credo. En esta perspectiva, el Adviento es para todos los cristianos un tiempo de espera y de esperanza, un tiempo privilegiado de escucha y de reflexión, con tal de que se dejen guiar por la liturgia, que invita a salir al encuentro del Señor que viene.

2. Las  venidas del Señor – ya sea cuando quiere hacerse presente en  esta vida, ya sea al fin de los tiempos -  son una sorpresa. Tenemos que estar vigilantes.


v  «Velad entonces, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa, si al atardecer, o a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer; no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos (Evangelio)»

·         La venida del Señor en nuestra  historia personal y en la historia universal es libre y misteriosa, y
no se pueden hacer previsiones cronológicas como se obstinan ciertas sectas. Por tanto, es necesario ser hombres «despiertos», no entorpecidos por la indiferencia; es necesario tener los ojos abiertos para descubrir su presencia, y los oídos  atentos para oír sus pasos y sus palabras. De tal manera es una sorpresa, que el mismo Señor dice que vendrá «como un ladrón» (Mt 24,42); es una realidad de la que también hablarán los Apóstoles al inicio del cristianismo: «el día del Señor vendrá como un ladrón en la noche».( 1 Ts 5,2); «Como un ladrón  llegará el día del Señor». (2 P 3,10).
·         Precisamente Cristo ocultó la fecha de su venida para que permanezcamos vigilantes. Del
comentario de san Efrén de Siria (306-373), diácono, Doctor de la Iglesia, sobre el Diatésaron: “Para atajar toda pregunta de sus discípulos sobre el momento de su venida, Cristo dijo: Esa hora nadie la sabe, ni los ángeles ni el Hijo (Cfr. Mt  24,36). No os toca a vosotros «conocer los tiempos o los momentos» (Hch 1,7). Quiso ocultarnos esto para que permanezcamos en vela y para que cada uno de nosotros pueda pensar que ese acontecimiento se producirá durante su vida. Si el tiempo de su venida hubiera sido revelado, vano sería su advenimiento, y las naciones y siglos en que se producirá ya no lo desearían. Ha dicho muy claramente que vendrá, pero sin precisar en qué momento. Así todas las generaciones y todas las épocas lo esperan ardientemente.”

 

3. La vigilancia en la vida cristiana


v  La vigilancia es una actitud necesaria, y siempre recomendada.

o   Para que el cuerpo no caiga en un pesado sopor ni el alma en el

     entorpecimiento y el temor

·         San Efrén de Siria (306-373), diácono, Doctor de la Iglesia, comentario sobre el Diatésaron:
“Velad,  pues cuando el cuerpo duerme, es la naturaleza quien nos domina; y nuestra actividad entonces no está dirigida por la voluntad, sino por los impulsos de la naturaleza. Y cuando reina sobre el alma un pesado sopor - por ejemplo, la pusilanimidad o la melancolía -, es el enemigo quien domina al alma y la conduce contra su propio gusto. Se adueña del cuerpo la fuerza de la naturaleza, y del alma el enemigo.
Por eso ha hablado nuestro Señor de la vigilancia del alma y del cuerpo, para que el cuerpo no caiga en un pesado sopor ni el alma en el entorpecimiento y el temor, como dice la Escritura: despertaos como es justo (Cfr  1Co 15,34); y también: Me he levantado y estoy contigo (cfr. Sal 138,18); y todavía: No os acobardéis. Por todo ello, nosotros, encargados de este ministerio, no desfallecemos (cfr. 2 Co 4,1)”.

o   Ante la imprevisibilidad de la llegada de Dios «a los suyos», la reacción del hombre no puede ser la del sueño, de la indiferencia, de la pereza y de la distracción.

·         Cfr. Gianfranco Ravasi, Secondo le Scritture Año B, Piemme IV Edizione settembre 1996, pp.
9- 14: “Ante la imprevisibilidad de la llegada de Dios «a los suyos» - como dice el evangelista
Juan en su prólogo (1,11) – la reacción del hombre no puede ser la del sueño, de la indiferencia, de la pereza y de la distracción. Como frecuentemente repetirá san Pablo, el retrato del cristiano es muy diferente: él es el hombre del día y no de las tinieblas, es activo y no se deja distraer por los fantasmas, por las apariencias, por los colores fatuos de las cosas. Aunque esté materialmente inmerso en tantos asuntos exteriores, aunque físicamente deba dormir, su espíritu y su conciencia están vigilantes, precisamente como dice la mujer del Cantar de los Cantares: «Yo duermo, pero mi corazón vigila. La voz de mi amado llama a la puerta: ¡Ábreme, hermana mía, amada mía, mi paloma, mi preciosa!» (5,2).
Con demasiada frecuencia, sin embargo, nuestra actitud es bastante diversa. Es curioso observar cómo precisamente los discípulos que escuchan al Señor las palabras que se leen en el evangelio de hoy, pocas líneas más adelante serán sorprendidos como inmersos en el sueño más profundo, tumbados bajo los olivos del jardín de Getsemaní. Y sin embargo aquella era la noche de una grande venida de Dios en medio de los hombres. Por última vez, en la niebla del entumecimiento y en la oscuridad de la noche, ellos oirán resonar las mismas palabras de Jesús, palabras que llegan hasta nosotros y que penetran en el interior de nuestra noche: «¿no habéis sido capaces de velar una hora? Velad y orad  …!» (Mc  14, 37-38)”.

o   Las palabras de Cristo bajan como un torbellino del diluvio para sacudir las conciencias inmersas en el entorpecimiento. Hay, en efecto, una inquietud de la conciencia que es indicio de sensibilidad, de vida, de espiritualidad, de fe.

·         Cfr. Gianfranco Ravasi, Secondo le Scritture Año B, Piemme IV Edizione settembre 1996, pp.
9- 14:   “Bienestar, distracción, banalidad, superficialidad son como una red que aprisiona el cerebro y el corazón. En el discurso paralelo de Mateo,  Jesús evoca sugestivamente el momento que precedió al diluvio: «Como en los días que precedieron al diluvio comían y bebían, tomaban mujer o marido hasta el día mismo en que Noé entró en el arca, y no se dieron cuenta sino cuando llegó el diluvio y los arrebató a todos (Mateo 24, 38-39)».  Las palabras de Cristo bajan como un torbellino del diluvio para sacudir las conciencias inmersas en el entorpecimiento. Hay, en efecto, una inquietud de la conciencia que es indicio de sensibilidad, de vida, de espiritualidad, de fe. Siguiendo una expresión paradójica pero cristiana del escritor francés Julián Green podríamos decir que «cuando estamos inquietos se puede estar tranquilos».
            Hay, por otra parte, una calma que es superficialidad, indiferencia, vacío del espíritu, ceguera del placer y del egoísmo.  (…) Un comentador del Evangelio de Marcos, E. Lohmeyer, escribe a este propósito: «La vida del hombre fiel no se desarrolla en el sopor, en los sueños y pasiones, sino en el compromiso siempre vigilante y sobrio del corazón»”.

o   Vigilar con Cristo es mirar adelante sin olvidar el pasado.

  • J. H. Newman “Vigilar: ¿qué quiere decir, por Cristo? Estar vigilantes. [...] Vigilar
con Cristo es mirar adelante sin olvidar el pasado. Es no olvidar que Él ha sufrido por nosotros; es perdernos en la contemplación atraídos por la grandeza de la redención. Es renovar continuamente en el propio ser la pasión y la agonía de Cristo; es revestirnos con alegría de aquel manto de aflicción con el que Cristo quiso primero vestirse y después dejarlo para irse al cielo. Es despegarse del mundo sensible y vivir en el no sensible. Así Cristo vendrá y lo hará en el modo en que lo dijo que lo hará".[3]

4. La espera en la venida del Señor también fue siempre un estímulo para los cristianos: para ser firmes en la fe, para vivir la caridad, etc.


v  Quien prepara el encuentro con el Señor al final de su vida, presta atención a cuanto puede apartarle de esa meta.

o   La necesidad de la paciencia

apartarle de esa meta. 1 Pedro 5,8-9: «Vivid con sobriedad y estad  alerta.  El diablo, vuestro enemigo, ronda como león rugiente buscando a quien devorar». 
·         Al celebrar el Adviento, no sólo manifestamos una grande alegría por la primera venida, es decir,
por el Nacimiento del Hijo de Dios, sino que también renovamos “el ardiente deseo de su segunda Venida”, como hacían ya los primeros cristianos repitiendo “¡Ven, Señor Jesús!” (cfr. Apocalipsis 22,20), en las reuniones litúrgicas. Ellos, teniendo en cuenta la brevedad de la vida, consideraban que la venida del Señor - la Parusía - estaba siempre cerca, aunque, para cada uno, fuese  incierto el momento en que sería  llamado por el Señor. En cualquier caso, esa proximidad de la venida del Señor fue siempre un estímulo para los cristianos: para ser firmes en la fe;  para vivir una vida sobria «confiando todas nuestras preocupaciones al Señor pues él cuida de nosotros»;  porque él nos «hará idóneos y nos consolidará, nos dará fortaleza y estabilidad»;  para vivir la caridad; para ser hospitalarios y no murmurar; para vivir al servicio de los demás, etc.  (Cfr. 1 Pedro 5, 7-10;  4, 7-11).
·         En este contexto se entienden diversos textos del Nuevo Testamento que les advertían sobre la
necesidad de la paciencia, que sin duda alguna hace eficaz el deseo de la segunda venida; como ejemplo nos fijamos en la Carta de Santiago: “Tened, pues, paciencia, hermanos, hasta la venida del Señor. Mirad, el labrador espera el fruto precioso de la tierra aguardándolo con paciencia hasta recibir las lluvias tempranas y tardías. Tened también vosotros paciencia; fortaleced vuestros  corazones porque la venida del Señor está cerca” (Santiago 5, 7-8).

v  La esperanza en la última venida del Señor, es decir, la esperanza en la vida eterna, no debe debilitar, sino avivar la preocupación por cultivar esta tierra.

o   La esperanza de una nueva tierra no debe atenuar, sino más bien excitar la preocupación por perfeccionar esta tierra.

·         Conc. Vaticano II, Const. Gaudium et spes, 39: “Se nos advierte que de nada sirve al
hombre ganar el mundo entero, si se pierde a sí mismo (Cf. Lc 9,25). Mas la esperanza de una nueva tierra no debe atenuar, sino más bien excitar la preocupación por perfeccionar esta tierra, en donde crece aquel Cuerpo de la nueva humanidad que puede ya ofrecer una cierta prefiguración del mundo nuevo. Por ello, aunque hay que distinguir con sumo cuidado entre el progreso temporal y el crecimiento del Reino de Cristo, el primero, en cuanto contribuye a una sociedad mejor ordenada, interesa en gran medida al Reino de Dios (Cf. Pio XI, enc. Quadragesimo anno: AAS 23 (1931) 207).
En efecto; los bienes todos de la dignidad humana, de la fraternidad y de la libertad, es decir, todos los buenos frutos de la naturaleza y de nuestra actividad, luego de haberlos propagado - en el Espíritu de Dios y conforme a su mandato - sobre la tierra, los volveremos a encontrar de nuevo, pero limpios de toda mancha a la vez que iluminados y transfigurados, cuando Cristo devuelva a su Padre el reino eterno y universal: reino de verdad y de vida, reino de santidad y de gracia, reino de justicia, de amor y de paz (Prefacio de la fiesta de Cristo Rey). Aquí, en la tierra, existe ya el Reino, aunque entre misterios; mas, cuando venga el Señor, llegará a su consumada perfección.”.
§  Verdaderamente es corto nuestro tiempo para amar, para dar, para desagraviar.
·         San Josemaría, Hoja Informativa n. 1, Mayo 1976:  “Entiendo muy bien aquella exclamación
que San Pablo escribe a los de Corinto: tempus breve est!, ¡qué breve es la duración de nuestro paso por la tierra! Estas palabras, para un cristiano coherente, suenan en lo más íntimo de su corazón como un reproche ante la falta de generosidad, y como una invitación constante para ser leal. Verdaderamente es corto nuestro tiempo para amar, para dar, para desagraviar”.
§  El amor al prójimo limpia los ojos para ver a Dios.
·         S. Agustín (In Ioann. Ev. 17,8): “El amor de Dios es lo primero que se manda, y el amor del
prójimo lo primero que se debe practicar (...) Tú, que todavía no ves a Dios, amando al prójimo te harás merecedor de verle a El. El amor del prójimo limpia los ojos para ver a Dios, como dice claramente Juan: Si no amas al prójimo, a quien ves, ¿cómo vas a amar a Dios, a quien no ves? (cfr. 1 Jn 4,20)”.
§  Los cristianos se sienten comprometidos a no descuidar los deberes de su ciudadanía terrenal
·         Juan Pablo Ecclesia de Eucaristía, n. 20: La Eucaristía ... “da impulso a nuestro
camino  histórico, poniendo una semilla de viva esperanza en la dedicación cotidiana de cada uno a sus propias tareas.  .... los cristianos se sienten más que nunca comprometidos a no descuidar los deberes de su ciudadanía terrenal. Es cometido suyo contribuir con la luz del Evangelio a la edificación de un mundo habitable y plenamente conforme al designio de Dios”.

5. La vigilancia según algunos puntos del Catecismo de la Iglesia Católica

o   Velando en la oración es como no se cae en la tentación.

·         n. 2612. En Jesús "el Reino de Dios está próximo", llama a la conversión y a la fe pero también a
la vigilancia. En la oración, el discípulo espera atento a aquél que "es y que viene", en el recuerdo de su primera venida en la humildad de la carne, y en la esperanza de su segundo advenimiento en la gloria (cf Marcos 13; Lucas 21, 34-36). En comunión con su Maestro, la oración de los discípulos es un combate, y velando en la oración es como no se cae en la tentación (cf Lucas 22, 40. 46).

o    La acedia o apatía es fruto del descuido de la vigilancia.

entienden por ella una forma de aspereza o de desabrimiento debidos al relajamiento de la ascesis, al descuido de la vigilancia, a la negligencia del corazón. "El espíritu está pronto pero la carne es débil" (Mateo 26, 41). (…)

o   La acedía o pereza espiritual llega a rechazar el gozo que viene de Dios

n. 2094: (…) La acedía o pereza espiritual llega a rechazar el gozo que viene de Dios y a sentir horror por el bien divino. (…)

o   La vigilancia es "guarda del corazón”.

·         n. 2849 (…)  La vigilancia es "guarda del corazón", y Jesús pide al Padre que "nos guarde en su
Nombre" (Juan 17, 11). El Espíritu Santo trata de despertarnos continuamente a esta vigilancia (cf 1 Corintios 16, 13; Colosenses 4, 2; 1 Tesalonicenses 5, 6; 1 Pedro 5, 8). Esta petición adquiere todo su sentido dramático referida a la tentación final de nuestro combate en la tierra; pide la perseverancia final. "Mira que vengo como ladrón. Dichoso el que esté en vela" (Apocalipsis 16, 15).

Vida Cristiana



[1] El mismo Jesús nos ha dicho: “Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada en él” (Juan 14, 23). En la segunda Lectura san Pablo afirma (1 Corintios 1,9) que Dios nos ha llamado a “vivir en comunión con su hijo Jesucristo”. 
[2] “Mira, estoy a la puerta y llamo: si alguno escucha mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él, y él conmigo” (Apocalipsis 3, 20).
[3] J. H. Newman, Diario spirituale e meditazione, 93.

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