viernes, 15 de diciembre de 2017

Papa Francisco, Catequesis sobre la Misa (3) En la Audiencia General del Miércoles, 22 de noviembre de 2017 La Santa Misa - 3. La Misa es el memorial del Misterio pascual de Cristo




Ø Eucaristia. La Misa (3) es el memorial del Misterio pascual de Cristo. Catequesis de Papa

Francisco. En la Audiencia General del miércoles 22 de noviembre de 2017. «No es solamente el recuerdo de los acontecimientos del pasado, sino  que se hacen, en cierta forma, presentes y actuales» «La obra de nuestra redención se efectúa cuantas veces se celebra en el altar el sacrificio de la cruz». A través de la celebración eucarística el Espíritu Santo nos hace partícipes de la vida divina que es capaz de transfigurar todo nuestro ser mortal. En la Misa nos unimos a Él. Es más, Cristo vive en nosotros y nosotros vivimos en Él. Cuando participamos en la Misa: ¿nos permitiríamos charlar, hacer fotografías, hacer un poco de espectáculo? ¡No! ¡Porque es Jesús! La Misa es volver al calvario, no es un espectáculo.


v  Cfr. Papa Francisco, Catequesis sobre la Misa (3)

En la Audiencia General del Miércoles, 22 de noviembre de 2017
                  La Santa Misa - 3. La Misa es el memorial del Misterio pascual de Cristo

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

v  La Misa es el memorial del Misterio pascual de Cristo.

o   «No es solamente el recuerdo de los acontecimientos del pasado, sino  que se hacen, en cierta forma, presentes y actuales»

§  «La obra de nuestra redención se efectúa cuantas veces se celebra en el altar el sacrificio de la cruz»
Prosiguiendo con las Catequesis sobre la Misa, podemos preguntarnos: ¿qué es esencialmente la Misa? La Misa es el memorial del Misterio pascual de Cristo. Nos hace
partícipes de su victoria sobre el pecado y la muerte, y da significado pleno a nuestra vida.
Por eso, para comprender el valor de la Misa debemos ante todo entender el significado bíblico de “memorial”. Que «no es solamente el recuerdo de los acontecimientos del pasado, sino […que] se hacen, en cierta forma, presentes y actuales. De esta manera Israel entiende su liberación de Egipto: cada vez que es celebrada la pascua, los acontecimientos del Éxodo se hacen presentes
a la memoria de los creyentes a fin de que conformen su vida a estos acontecimientos.» (Catecismo de la Iglesia Católica, 363).
Jesucristo, con su pasión, muerte, resurrección y ascensión al cielo llevó a cumplimiento la
Pascua. Y la Misa es el memorial de su Pascua, de su “éxodo”, que realizó por nosotros, para hacernos salir de la esclavitud e introducirnos en la tierra prometida de la vida eterna. No es solo un recuerdo, no, es más: es hacer presente lo que pasó hace veinte siglos.
La Eucaristía nos lleva siempre al vértice de la acción de salvación de Dios: el Señor Jesús, haciéndose pan partido para nosotros, derrama sobre nosotros toda su misericordia y su amor, como hizo en la cruz, para renovar nuestro corazón, nuestra existencia y nuestro modo de relacionarnos con Él y con los hermanos. Dice el Concilio Vaticano II: «La obra de nuestra redención se
efectúa cuantas veces se celebra en el altar el sacrificio de la cruz, por medio del cual “Cristo nuestra Pascua ha sido inmolado” (1 Co 5,7)» (Const. dogm. Lumen gentium, 3).
§  A través de la celebración eucarística el Espíritu Santo nos hace partícipes de la vida divina que es capaz de transfigurar todo nuestro ser mortal.
Cada celebración de la Eucaristía es un rayo de ese sol sin ocaso que es Jesús resucitado. Participar en la Misa, en particular el domingo, significa entrar en la victoria del Resucitado, ser iluminados por su luz, calentados por su calor. A través de la celebración eucarística el Espíritu Santo nos hace partícipes de la vida divina que es capaz de transfigurar todo nuestro ser mortal. Y en su paso de la muerte a la vida, del tiempo a la eternidad, el Señor Jesús nos arrastra también a nosotros con Él a hacer Pascua. En la Misa se hace Pascua.
§  En la Misa nos unimos a Él. Es más, Cristo vive en nosotros y nosotros vivimos en Él.
Nosotros, en la Misa, estamos con Jesús, muerto y resucitado y Él nos lleva adelante, a la vida eterna. En la Misa nos unimos a Él. Es más, Cristo vive en nosotros y nosotros vivimos en Él. «Con Cristo estoy crucificado: vivo, pero ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Y la vida que vivo ahora en la carne la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Gal 2,19-20).
§  Nos libera no solo del dominio de la muerte física, sino de la muerte espiritual que es el mal, el pecado. Y nos devuelve la vida.
Así pensaba Pablo. Su sangre, en efecto, nos libera de la muerte y del miedo a la muerte. Nos libera no solo del dominio de la muerte física, sino de la muerte espiritual que es el mal, el pecado, que nos llega cada vez que caemos víctimas del pecado propio o ajeno. Y entonces nuestra vida queda contaminada, pierde belleza, pierde significado, se marchita.
En cambio, Cristo nos devuelve la vida; Cristo es la plenitud de la vida, y cuando afrontó la muerte la aniquiló para siempre: «Resucitando, destruyó la muerte y nos dio nueva vida» (Plegaria eucarística IV). La Pascua de Cristo es la victoria definitiva sobre la muerte, porque Él transformó su muerte en supremo acto de amor. ¡Murió por amor! Y en la Eucaristía, quiso comunicarnos su amor pascual, victorioso. Si lo recibimos con fe, también nosotros podemos amar verdaderamente a Dios y al próximo, podemos amar como Él nos amó, dando la vida.

Si el amor de Cristo está en mí, puedo darme plenamente al otro, con la certeza interior de que si también el otro tuviese que herirme yo no moriría; al revés, tendría que defenderme. Los mártires dieron su vida precisamente por esa certeza de la victoria de Cristo sobre la muerte. Solo si experimentamos ese poder de Cristo, el poder de su amor, seremos verdaderamente libres para
darnos sin miedo.

§  Cuando participamos en la Misa: ¿nos permitiríamos charlar, hacer fotografías, hacer un poco de espectáculo? ¡No! ¡Porque es Jesús!
La Misa es volver al calvario, no es un espectáculo.
Esto es la Misa: entrar en esa pasión, muerte, resurrección, ascensión de Jesús; cuando vamos a Misa es como si fuésemos al calvario, lo mismo. Pero pensad: si en el momento de la Misa vamos al calvario –pensemos con la imaginación– y si sabemos que ese hombre de ahí es
Jesús, ¿nos permitiríamos charlar, hacer fotografías, hacer un poco de espectáculo? ¡No! ¡Porque es Jesús! Seguro que estaríamos en silencio, o llorando, y también con la alegría de ser salvados.
            Cuando entramos en la iglesia para celebrar la Misa, pensemos esto: entro en el calvario, donde Jesús da su vida por mí. Y así desaparece el espectáculo, desaparecen los chismes, los comentarios y esas cosas que nos alejan de algo tan hermoso como es la Misa: el triunfo de Jesús.

Pienso que ahora está más claro cómo la Pascua se hace presente y operativa cada vez que celebramos la Misa, o sea, el sentido del memorial. La participación en la Eucaristía nos hace entrar en el misterio pascual de Cristo, llevándonos a pasar con Él de la muerte a la vida, es decir, ahí al calvario. La Misa es volver al calvario, no es un espectáculo.




Vida Cristiana

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