sábado, 18 de marzo de 2017

La conversión. Catequesis de Papa Francisco (18 de junio de 2016). Es “volver al Señor” pidiéndole perdón y cambiando estilo de vida. “Convertíos y creed en el Evangelio”. ¡Cuántas veces también nosotros sentimos la exigencia de un cambio que implique toda nuestra persona! Es Él, con el Espíritu Santo quien nos siembra esa inquietud para cambiar de vida y ser un poco mejores. Sigamos esa invitación del Señor y no pongamos resistencia, porque solo si nos abrimos a su misericordia, encontraremos la verdadera vida y la verdadera alegría.



1  La conversión. Catequesis de Papa Francisco (18 de junio de 2016). Es “volver al Señor” pidiéndole perdón y cambiando estilo de vida. “Convertíos y creed en el Evangelio”. ¡Cuántas veces también nosotros sentimos la exigencia de un cambio que implique toda nuestra persona! Es Él, con el Espíritu Santo quien nos siembra esa inquietud para cambiar de vida y ser un poco mejores. Sigamos esa invitación del Señor y no pongamos resistencia, porque solo si nos abrimos a su misericordia, encontraremos la verdadera vida y la verdadera alegría.  Cfr. Papa Francisco, Audiencia Jubilar, La conversión. Sábado, 18 de Junio de 2016 Después de su resurrección, Jesús apareció varias veces a los discípulos, antes de ascender a la gloria del Padre. El texto del Evangelio que acabamos de escuchar (Lc 24,45-48)* narra una de esas apariciones, en la que el Señor indica el contenido fundamental de la predicación que los apóstoles tendrán que ofrecer al mundo. Podemos sintetizarla con dos palabras: “conversión” y “perdón de los pecados”. Son dos aspectos que caracterizan la misericordia de Dios que, con amor, cuida de nosotros. Hoy tomemos en consideración la conversión. ¿Qué es la conversión? Está presente en toda la Biblia, y de modo particular en la predicación de los profetas, que invitan continuamente al pueblo a “volver al Señor” pidiéndole perdón y cambiando su estilo de vida. Convertirse, según los profetas, significa cambiar la dirección de la marcha y dirigirse de nuevo al Señor, basándose en la certeza de que Él nos ama y su amor es siempre fiel. Volver al Señor. Jesús hizo de la conversión la primera palabra de su predicación: Convertíos y creed en el Evangelio (Mc 1,15), es decir, mirad y volved atrás; eso es convertirse. Con este anuncio se presenta al pueblo, pidiendo acoger su palabra como la última y definitiva que el Padre dirige a la humanidad (cfr. Mc 12,1-11). Respecto a la predicación de los profetas, Jesús insiste aún más en la dimensión interior de la conversión. En ella toda la persona está implicada, corazón y mente, para ser una criatura nueva, una persona nueva. Cambia el corazón y uno se renueva. Cuando Jesús llama a la conversión no se erige como juez de las personas, sino que lo hace a partir de la cercanía, compartiendo la condición humana, y por tanto el camino, la casa, la mesa... La misericordia con los que tenían necesidad de cambiar de vida se realizaba con su presencia amable, para involucrar a cada uno en su historia de salvación. Jesús persuadía a la gente con amabilidad, con amor, y con ese comportamiento Jesús tocaba el fondo del corazón de las personas y estas se sentían atraídas por el amor de Dios y empujadas a cambiar de vida. Por ejemplo, las conversiones de Mateo (cfr. Mt 9,9-13) y de Zaqueo (cfr. Lc 19,1-10) fueron justo de ese modo, porque sintieron ser amados por Jesús y, a través de Él, por el Padre. La verdadera conversión sucede cuando acogemos el don de la gracia; y un claro signo de su autenticidad es que nos damos cuenta de las necesidades de los hermanos y estamos dispuestos a ir a su encuentro. Queridos hermanos y hermanas, ¡cuántas veces también nosotros sentimos la exigencia de un cambio que implique toda nuestra persona! Y cuántas veces nos decimos: “Tengo que cambiar, no puedo seguir así. Mi vida, por ese camino, no dará fruto, será una vida inútil y no seré feliz”. Cuántas veces nos vienen esos pensamientos, ¿verdad? ¡Cuántas veces! Y Jesús junto a nosotros, con la mano tendida nos dice: “Ven: ven a mí. El trabajo lo hago yo. Yo te cambiaré el corazón. Yo te cambiaré la vida. Yo te haré feliz.” ¿Pero nosotros creemos eso o no? ¿Creemos o no? ¿Qué pensáis: creéis en eso o no? Menos aplausos y más voces: * Lc 24,45-28: Entonces les abrió el entendimiento, para que comprendiesen las Escrituras; y les dijo: así está escrito y así fue necesario que el Cristo padeciese y resucitase de los muertos al tercer día; y que se predicase en su nombre la conversión y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén. Y vosotros sois testigos de estas cosas (ndt). 2 ¿creéis o no creéis? (la plaza responde: “Sí”). ¡Es así! Y Jesús, que está con nosotros, nos invita a cambiar de vida. Es Él, con el Espíritu Santo quien nos siembra esa inquietud para cambiar de vida y ser un poco mejores. Sigamos esa invitación del Señor y no pongamos resistencia, porque solo si nos abrimos a su misericordia, encontraremos la verdadera vida y la verdadera alegría. Solo abrirle la puerta y Él hace el resto. Él lo hace todo, pero hay que abrir el corazón para que Él pueda curarnos y sacarnos adelante. ¡Os aseguro que seremos más felices! www.parroquiasantamonica.com Vida Cristiana

Cuaresma 2016, domingo 1º, año C. En el Año de la Misericordia reflexionemos sobre las obras de misericordia corporales y espirituales. Es tiempo de conversión: apto para avanzar en el conocimiento del misterio de Cristo y vivirlo en su plenitud. En la tradición cristiana se señalan tres caminos para la conversión: ayuno, caridad/limosna y oración.



1  Cuaresma 2016, domingo 1º, año C. En el Año de la Misericordia reflexionemos sobre las obras de misericordia corporales y espirituales. Es tiempo de conversión: apto para avanzar en el conocimiento del misterio de Cristo y vivirlo en su plenitud. En la tradición cristiana se señalan tres caminos para la conversión: ayuno, caridad/limosna y oración.  cfr. Domingo 1º de Cuaresma, año C. 14 de febrero 2016 - Lucas 4, 1-13; Romanos 10, 8-13; Dt 26, 4-10 Romanos 10, 8-13: ¿Hermanos, qué dice la Escritura? = Cerca de ti está la palabra: en tu boca y en tu corazón =. Sed refiere a la palabra de la fe que nosotros proclamamos. 9 Porque, si confiesas con tu boca: «Jesús es Señor», y crees en tu corazón que Dios le resucitó de entre los muertos, te salvarás. 10 Porque con el corazón se cree para alcanzar la justicia, y con la boca se confiesa para conseguir la salvación. 11 Ya la Escritura dice: = Todo el que cree en él no quedará confundido. = 12 Pues no hay distinción entre judío y griego; porque uno mismo es el Señor de todos, generoso con todos los que le invocan. 13 = Porque todo el que invoque el nombre del Señor se salvará. = Lucas 4 1 Jesús, lleno de Espíritu Santo, regresó del Jordán, y fue conducido por el Espíritu en el desierto, 2 durante estuvo cuarenta días y fue tentado por el diablo. No comió nada en aquellos días y al final sintió hambre. 3 Entonces el diablo le dijo: « Si eres Hijo de Dios, dile a esta piedra que se convierta en pan. » 4 Jesús le respondió: «Esta escrito: No sólo de pan vive el hombre». 5 Llevándole a una altura le mostró en un instante todos los reinos de la tierra; 6 . y le dijo el diablo: « Te daré todo el poder y la gloria de estos reinos, porque a mí me ha sido entregada, y se la doy a quien quiero. 7 . Si, pues, me adoras, toda será tuya. » 8 . Jesús le respondió: « Esta escrito: Adorarás al Señor tu Dios y sólo a él darás culto. » 9 Le llevó a Jerusalén, y le puso sobre el alero del Templo, y le dijo: « Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo; 10 porque está escrito: A sus ángeles te encomendará para que te guarden. 11 Y: En sus manos te llevarán para que no tropiece tu pie en piedra alguna. » 12 Jesús le respondió: « Está dicho: No tentarás al Señor tu Dios. » 13 Acabada toda tentación, el diablo se alejó de él hasta un tiempo oportuno. EN EL AÑO DE LA MISERICORDIA Que «el pueblo cristiano reflexione durante el Jubileo sobre las obras de misericordia corporales y espirituales. Mediante las corporales tocamos la carne de Cristo en los hermanos y hermanas que necesitan ser nutridos, vestidos, alojados, visitados, mientras que las espirituales tocan más directamente nuestra condición de pecadores: aconsejar, enseñar, perdonar, amonestar, rezar. (Cfr. Francisco, Mensaje para la Cuaresma 2016, Misericordia quiero y no sacrificio (Mateo 9,13). Las obras de misericordia en el camino jubilar. 26 de enero de 2016) 1. La Cuaresma es tiempo de conversión: apto para avanzar en el conocimiento del misterio de Cristo y vivirlo en su plenitud.  A) Esta finalidad de la conversión del tiempo de Cuaresma está claramente indicada en la Liturgia de hoy. a) Oración Colecta de la Misa: “Al celebrar un año más la santa cuaresma, concédenos, Dios Todopoderoso, avanzar en la inteligencia del misterio de Cristo y vivirlo en su plenitud”. b) Oración después de la comunión: “Haznos sentir hambre de Cristo pan vivo y verdadero y enséñanos a vivir de toda palabra que sale de su boca”.  B) Sólo quien cree en el Señor encontrará la salvación. o Como una de las consecuencias, la misión de quien hace catequesis (en cualquiera de sus formas) es importante y clara.  El catequista tiene como misión invitar a fijar la mirada en Jesús y a seguirlo, porque sólo él es el Maestro, el Señor, el Salvador. 2 • Romanos 10, 13 (segunda Lectura): “Porque todo el que invoque el nombre del Señor se salvará”. • Juan Pablo II, Homilía en el jubileo de los catequistas y profesores de religión, 10/12/2000: “Como Juan Bautista, también el catequista está llamado a indicar en Jesús al Mesías esperado, al Cristo. Tiene como misión invitar a fijar la mirada en Jesús y a seguirlo, porque sólo él es el Maestro, el Señor, el Salvador. Como el Precursor, el catequista no debe enaltecerse a sí mismo, sino a Cristo. Todo está orientado a él: a su venida, a su presencia y a su misterio. El catequista debe ser voz que remite a la Palabra, amigo que guía hacia el Esposo”.  C) Rasgad los corazones, y no las vestiduras Cfr. Benedicto XVI, Homilía en la Misa, Bendición e imposición de la ceniza, Miércoles de Ceniza, 13de febrero de 2013.  La conversión, el volver a Dios, solamente llega a ser una realidad concreta en nuestra vida cuando la gracia del Señor penetra en nuestro interior y lo remueve dándonos la fuerza de «rasgar el corazón» y no las vestiduras. También hoy muchos están dispuestos a «rasgarse las vestiduras» ante escándalos e injusticias, cometidos naturalmente por otros, pero pocos parecen dispuestos a obrar sobre el propio «corazón», sobre la propia conciencia y las intenciones, dejando que el Señor transforme, renueve y convierta. Hay que subrayar la expresión «de todo corazón», que significa desde el centro de nuestros pensamientos y sentimientos, desde la raíz de nuestras decisiones, elecciones y acciones, con un gesto de total y radical libertad. ¿Pero, es posible este retorno a Dios? Sí, porque existe una fuerza que no reside en nuestro corazón, sino que brota del mismo corazón de Dios. Es la fuerza de su misericordia. Continúa el profeta: «Convertíos al Señor, Dios vuestro, porque es compasivo y misericordioso, lento a la cólera, rico en piedad; y se arrepiente de las amenazas» (Joel 2, 13). El retorno al Señor es posible por la ‘gracia’, porque es obra de Dios y fruto de la fe que ponemos en su misericordia. Este volver a Dios solamente llega a ser una realidad concreta en nuestra vida cuando la gracia del Señor penetra en nuestro interior y lo remueve dándonos la fuerza de «rasgar el corazón». Una vez más, el profeta nos transmite de parte de Dios estas palabras: «Rasgad los corazones y no las vestiduras» (v. 13). En efecto, también hoy muchos están dispuestos a «rasgarse las vestiduras» ante escándalos e injusticias, cometidos naturalmente por otros, pero pocos parecen dispuestos a obrar sobre el propio «corazón», sobre la propia conciencia y las intenciones, dejando que el Señor transforme, renueve y convierta.  D. La Cuaresma es el tiempo oportuno para oír los silbidos del buen Pastor. o Nos llama a cada uno por nuestro nombre, con el apelativo familiar con el que nos llaman las personas que nos quieren. La ternura de Jesús, por nosotros, no cabe en palabras. Es Cristo que pasa, n. 59 “Exhortamur ne in vacuum gratiam Dei recipiatis (2 Corintios 6,1), os exhortamos a no recibir en vano la gracia de Dios. Porque la gracia divina podrá llenar nuestras almas en esta Cuaresma, siempre que no cerremos las puertas del corazón. Hemos de tener estas buenas disposiciones, el deseo de transformarnos de verdad, de no jugar con la gracia del Señor. (…) No podemos considerar esta Cuaresma como una época más, repetición cíclica del tiempo litúrgico. Este momento es único; es una ayuda divina que hay que acoger. Jesús pasa a nuestro lado y espera de nosotros —hoy, ahora— una gran mudanza. Ecce nunc tempus acceptabile, ecce nunc dies salutis (2 Corintios 6,2): éste es el tiempo oportuno, que puede ser el día de la salvación. Otra vez se oyen los silbidos del buen Pastor, con esa llamada cariñosa: ego vocavi te nomine tuo (Isaías 43,1). Nos llama a cada uno por nuestro nombre, con el apelativo familiar con el que nos llaman las personas que nos quieren. La ternura de Jesús, por nosotros, no cabe en palabras. 3 2. En la tradición cristiana se señalan tres caminos para la conversión: ayuno, caridad/limosna y oración.  A) El ayuno o El ayuno radical, el ayuno de nosotros mismos, la verdadera conversión. Cfr. Raniero Cantalamessa, La parola e la vita, anno C, pp. 76-80 1  El ayuno nos lleva a aprender a no ser esclavos de nada, a ser desprendidos. • El ayuno nos lleva a aprender a no ser esclavos de nada, a ser desprendidos. Buscamos no ser esclavosno solamente de la comida y de la bebida sino también de las sensaciones que nos esclavizan, de valores de mero consumo, de vicios; del odio, de la venganza, de la frivolidad, de la vanidad ... Junto al ayuno corporal existe el ayuno al que se refiere san Pablo (Romanos 12, 2): “No os amoldéis a este mundo, sino, por el contrario, transformaos con una renovación de la mente, para que podáis discernir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, agradable y perfecto”.  El ayuno de “nosotros mismos”: “Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo”. “Iba de pequeño con mi padre al río, para cavar el tocón de los chopos cortados recientemente; se quitaba el terreno de alrededor y se cortaban, a medida que surgían, todas la raíces laterales y superficiales. Entonces yo, que era inexperto, comenzaba a empujar el chopo como si se pudiese moverlo con un sencillo empujón. El chopo, como muchos otros árboles, tiene una raíz-madre que cala a plomo en el terreno y es inamovible; hasta que no se corta esa raíz no se obtiene nada. Así nos sucede a nosotros: podemos cortar con tantos vínculos o necesidades: con los alimentos, con las cosas, con los demás, pero hasta que no metemos el hacha en nuestro “yo” viejo, tenaz y egoísta, no se avanza un centímetro en el camino del Evangelio. Permanecemos al otro lado de la verdadera conversión. Ésa es nuestra raíz que alimenta y hace crecer a las demás. Puede darse el asceta que atormenta su cuerpo, privado de todo, que está reducido a la piel y a los huesos por la penitencia, pero que está lleno de sí mismo y de su ascética: éste sería un hombre que debe convertirse todavía. Cada año, en Cuaresma, llamándonos a la conversión, la palabra de Dios nos llama a esa difícil operación. ¿Pero es necesario cortar con el hacha esa precisa raíz? ¿Por qué hay que entrar en conflicto con nosotros mismos? Porque es el lugar de Dios. Nuestro yo lo ocupa como un usurpador. El hombre, después del pecado, es como una ciudad fortificada pasada manos del enemigo: aunque cueste a quien la ha construida y habita en ella, hace falta desmantelarla, si no, desde allí, el enemigo no dejará de golpearnos. Desde ese sitio sabemos sobre quién estamos fundados y enraizados, quién es el sostén y la «roca» de nuestra vida, en quién nos centramos: en Dios o en nosotros mismos. ¡Pablo dice que nosotros debemos estar «enraizados y edificados» en Cristo Jesús. (Colosenses 2,7)!” (R. Cantalamessa, o.c. pp. 77-78). • Descendiendo a lo concreto. ¿Cuándo chupamos la linfa y nos alimentamos con aquella vieja raíz? Cuando dejamos que sea el “yo” viejo y pecador quien habla en nosotros, y expresa libremente sus juicios, sus condenas, quien destila resentimientos y rencores; cuando cedemos a la ira, a los celos y a la autocompasión. A veces, en esos casos, se tiene como la impresión física de chupar de aquella raíz venenosa; el espíritu se oscurece, se cierra en sí mismo, respiramos aire de muerte dentro de nosotros. Cuando nos sorprendemos en ese estado, debemos cortar enseguida con aquel hilo de los pensamientos, renegarlos, oponer a ellos pensamientos contrarios de amor, de perdón, de pureza, de misericordia: reconocer el error. Así se pone «el hacha en la raíz de los árboles» (Mateo 3,10): «Si con la ayuda del Espíritu hacéis morir las obras del cuerpo, viviréis» (Romanos 8,13). Éste es el verdadero ayuno espiritual, el ayuno de nosotros mismos. Sus frutos son la paz, la alegría, la concordia, la comunidad; en una palabra, «la vida nueva»”. (R. Cantalamessa, o.c. p. 78). o Razones para el ayuno Cfr. Indicaciones litúrgico-pastorales sobre el ayuno y la oración por la paz en preparación al encuentro de Asís del 24 de enero de 2002 1 Traducción de la redacción de VIDA CRISTIANA. 4 Como vivimos en una cultura “individualista”, las razones del ayuno son : impide que nos convirtamos en “puros consumidores”; nos ayuda a adquirir el fruto del Espíritu que es el dominio de sí (Cfr. Gálatas 5); nos predispone al encuentro con Dios y nos convierte en personas atentas a las necesidades de los demás. Son ayunos alternativos al ayuno y abstinencia de alimentos: el ayuno del tabaco y de alcohólicos (que también hace bien al cuerpo, además de, en primer lugar, al alma); el ayuno de las imágenes violentas y sensuales de medios de comunicación (TV etc.), de espectáculos, el ayuno de pensamientos hostiles, que hace que nuestros corazones sean pacificadores, etc. También estos “demonios” son vencidos solamente con el ayuno y la oración. o En los días de Cuaresma, que preceden a la fiesta pascual, se nos exige con más urgencia una purificación del espíritu.  La purificación espiritual por el ayuno, no sólo por el uso menguado de los alimentos, sino sobre todo ayunando de nuestros vicios. De los sermones de san León Magno, papa, Sermón 6 sobre la Cuaresma. • Cuando se avecinan estos días, consagrados más especialmente a los misterios de la redención de la humanidad, estos días que preceden a la fiesta pascual, se nos exige, con más urgencia, una preparación y una purificación del espíritu. Porque es propio de la festividad pascual que toda la Iglesia goce del perdón de los pecados, no sólo aquellos que nacen en el sagrado bautismo, sino también aquellos que, desde hace tiempo, se cuentan ya en el número de los hijos adoptivos. Pues si bien los hombres renacen a la vida nueva principalmente por el bautismo, como a todos nos es necesario renovarnos cada día de las manchas de nuestra condición pecadora, y no hay nadie que no tenga que ser cada vez mejor en la escala de la perfección, debemos esforzarnos para que nadie se encuentre bajo el efecto de los viejos vicios el día de la redención. Por ello, en estos días, hay que poner especial solicitud y devoción en cumplir aquellas cosas que los cristianos deben realizar en todo tiempo; así viviremos, en santos ayunos, esta Cuaresma de institución apostólica, y precisamente no sólo por el uso menguado de los alimentos, sino sobre todo ayunando de nuestros vicios.  B) La caridad/limosna o La limosna incluye una extensa gama de obras de misericordia (S. León Magno) • Caridad/Limosna: para sentirnos responsables de las necesidades de los demás. S. León Magno, papa (390-461). La limosna: incluye una extensa gama de obras de misericordia: son variadísimas (De los Sermones sobre la Cuaresma, Sermón 6º, 1-2 PL 54, 285-287): “Junto al razonable y santo ayuno, nada más provechoso que la limosna, denominación que incluye una extensa gama de obras de misericordia, de modo que todos los fieles son capaces de practicarla, por diversas que sean sus posibilidades. En efecto, con relación al amor que debemos a Dios y a los hombres, siempre está en nuestras manos la buena voluntad, que ningún obstáculo puede impedir. Los ángeles dijeron: Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad; con ello nos enseñaron que todo aquel que por amor se compadece de cualquier miseria ajena se enriquece, no sólo con la virtud de su buena voluntad, sino también con el don de la paz. Las obras de misericordia son variadísimas, y así todos los cristianos que lo son de verdad, tanto si son ricos como si son pobres, tienen ocasión de practicarlas a la medida de sus posibilidades; y aunque no todos puedan ser iguales en la cantidad de lo que dan, todos pueden serlo en su buena disposición.” • Nos sentiremos responsables de las necesidades de los demás, de la sociedad civil, de hacer fructificar al servicio de los demás nuestras capacidades de todo tipo que podamos tener ... Reconociendo a Cristo en las necesidades de los demás. o Este tiempo de penitencia y de reconciliación animará a los creyentes a pensar y a obrar bajo la orientación de una caridad auténtica, abierta a todas las dimensiones del hombre. Cfr. Juan Pablo II, Mensaje para la Cuaresma del 2001.  Esta actitud interior llevará también a ofrecer, con corazón nuevo, la ayuda material a quien se encuentra en necesidad. 5 Que este tiempo de penitencia y de reconciliación anime a los creyentes a pensar y a obrar bajo la orientación de una caridad autentica, abierta a todas las dimensiones del hombre. Esta actitud interior los conducirá a llevar los frutos del Espíritu (cfr Gal 5, 22) y a ofrecer, con corazón nuevo, la ayuda material a quien se encuentra en necesidad. Un corazón reconciliado con Dios y con el prójimo es un corazón generoso. En los días sagrados de la Cuaresma la "colecta" asume un valor significativo, porque no se trata de dar lo que nos es superfluo para tranquilizar la propia conciencia, sino de hacerse cargo con solidaria solicitud de la miseria presente en el mundo. Considerar el rostro doliente y las condiciones de sufrimiento de muchos hermanos y hermanas no puede no impulsar a compartir, al menos, parte de los propios bienes con aquellos que se encuentran en dificultad. Y la ofrenda de Cuaresma resulta todavía más rica de valor si quien la cumple se ha librado del resentimiento y de la indiferencia, obstáculos que alejan de la comunión con Dios y con los hermanos. El mundo espera de los cristianos un testimonio coherente de comunión y de solidaridad. Al respecto, las palabras del apóstol Juan son más que nunca iluminadoras: “Si alguno que posee bienes de la tierra y ve a su hermano padecer necesidad y le cierra su corazón, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?” (1 Jn 3, 17).  C) La oración. o Nos ayuda a encontrar la justa relación con Dios: la oración nos convierte porque cambia la dirección de nuestra mirada.  En vez de mirarnos a nosotros, contemplamos a Dios en Cristo, para que todo sea orientado hacia El. Cfr. Juan Pablo II, en la Carta Apostólica Novo millennio ineunte, 6/01/2001 a) La contemplación del rostro de Cristo se centra sobre todo en lo que de él dice la Sagrada Escritura que, desde el principio hasta el final, está impregnada de este misterio, señalado oscuramente en el Antiguo Testamento y revelado plenamente en el Nuevo, hasta el punto que san Jerónimo afirma con vigor: « Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo mismo ». [n. 17] (…) b) Es preciso aprender a orar, como aprendiendo de nuevo este arte de los labios mismos del divino Maestro, como los primeros discípulos: « Señor, enséñanos a orar » (Lc 11,1). En la plegaria se desarrolla ese diálogo con Cristo que nos convierte en sus íntimos: « Permaneced en mí, como yo en vosotros » (Jn 15,4). [n. 32] c) Nuestras comunidades cristianas tienen que llegar a ser auténticas « escuelas de oración », donde el encuentro con Cristo no se exprese solamente en petición de ayuda, sino también en acción de gracias, alabanza, adoración, contemplación, escucha y viveza de afecto hasta el « arrebato del corazón. Una oración intensa, pues, que sin embargo no aparta del compromiso en la historia: abriendo el corazón al amor de Dios, lo abre también al amor de los hermanos, y nos hace capaces de construir la historia según el designio de Dios.18 [n. 33] d) Se equivoca quien piense que el común de los cristianos se puede conformar con una oración superficial, incapaz de llenar su vida. Especialmente ante tantos modos en que el mundo de hoy pone a prueba la fe, no sólo serían cristianos mediocres, sino « cristianos con riesgo ». En efecto, correrían el riesgo insidioso de que su fe se debilitara progresivamente, y quizás acabarían por ceder a la seducción de los sucedáneos, acogiendo propuestas religiosas alternativas y transigiendo incluso con formas extravagantes de superstición. Hace falta, pues, que la educación en la oración se convierta de alguna manera en un punto determinante de toda programación pastoral.[n. 34]. e) Alimentarnos de la Palabra para ser « servidores de la Palabra » en el compromiso de la evangelización, es indudablemente una prioridad para la Iglesia al comienzo del nuevo milenio.[n. 40] o Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre Cfr. Francisco, «Misericordiae vultus», Bula de Convocación del Jubileo Extraordinario de la Misericordia, 11 de abril de 2015.  Siempre tenemos necesidad de contemplar el misterio de la misericordia. Es fuente de alegría, de serenidad y de paz. Es la ley fundamental que habita en el corazón de cada persona cuando mira con ojos sinceros al hermano que 6 encuentra en el camino de la vida. Misericordia: es la vía que une Dios y el hombre, porque abre el corazón a la esperanza de ser amados para siempre no obstante el límite de nuestro pecado. 1. Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre. El misterio de la fe cristiana parece encontrar su síntesis en esta palabra. Ella se ha vuelto viva, visible y ha alcanzado su culmen en Jesús de Nazaret. El Padre, « rico en misericordia » (Ef 2,4), después de haber revelado su nombre a Moisés como « Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira, y pródigo en amor y fidelidad » (Ex34,6) no ha cesado de dar a conocer en varios modos y en tantos momentos de la historia su naturaleza divina. En la « plenitud del tiempo » (Gal 4,4), cuando todo estaba dispuesto según su plan de salvación, Él envió a su Hijo nacido de la Virgen María para revelarnos de manera definitiva su amor. Quien lo ve a Él ve al Padre (cfr Jn 14,9). Jesús de Nazaret con su palabra, con sus gestos y con toda su persona[1] revela la misericordia de Dios. 2. Siempre tenemos necesidad de contemplar el misterio de la misericordia. Es fuente de alegría, de serenidad y de paz. Es condición para nuestra salvación. Misericordia: es la palabra que revela el misterio de la Santísima Trinidad. Misericordia: es el acto último y supremo con el cual Dios viene a nuestro encuentro. Misericordia: es la ley fundamental que habita en el corazón de cada persona cuando mira con ojos sinceros al hermano que encuentra en el camino de la vida. Misericordia: es la vía que une Dios y el hombre, porque abre el corazón a la esperanza de ser amados para siempre no obstante el límite de nuestro pecado. www.parroquiasantamonica.com Vida Cristiana

La conversión. Homilía de Francisco, el 11 de septiembre de 2015 en Santa Marta. Cuando nos viene la tentación de juzgar y acusar a los demás, juzgarnos antes a nosotros mismos. El hombre y la mujer que no aprenden a acusarse a sí mismos se vuelven hipócritas. Si uno de nosotros no tiene la capacidad de acusarse a sí mismo —y luego decir, si es necesario, a quien se deban decir las cosas de los demás—, no es cristiano, ni entra en esa obra tan bonita de la reconciliación, de la pacificación, de la ternura, de la bondad, del perdón, de la magnanimidad, de la misericordia que nos trajo Jesucristo.



1 La conversión. Homilía de Francisco, el 11 de septiembre de 2015 en Santa Marta. Cuando nos viene la tentación de juzgar y acusar a los demás, juzgarnos antes a nosotros mismos. El hombre y la mujer que no aprenden a acusarse a sí mismos se vuelven hipócritas. Si uno de nosotros no tiene la capacidad de acusarse a sí mismo —y luego decir, si es necesario, a quien se deban decir las cosas de los demás—, no es cristiano, ni entra en esa obra tan bonita de la reconciliación, de la pacificación, de la ternura, de la bondad, del perdón, de la magnanimidad, de la misericordia que nos trajo Jesucristo. Cfr. Viernes, semana 23 del Tiempo Ordinario, Año I. 1 Timoteo 1, 1-2.12-14; Salmo 15; Lucas 6, 39-42 En estos días, la liturgia nos ha hecho reflexionar sobre el estilo cristiano, revestido de sentimientos de ternura, bondad y mansedumbre, exhortándonos a soportarnos mutuamente. Ayer nos hablaba el Señor de la recompensa: no juzguéis y no seréis juzgados. No condenéis y no seréis condenados (Lucas 6,37). Podemos decir: Pero eso es bueno, ¿no? Sí, pero también podemos preguntar: Es bonito, pero ¿cómo se hace, cómo se empieza eso? ¿Cuál es el primer paso para ir por esa senda? El primer paso lo vemos hoy, tanto en la primera lectura (cfr. 1Tim 1,1-2.12-14) como en el Evangelio (cfr. Lucas 6,39-42). El primer paso es la imputación de uno mismo: tener el valor de acusarse a sí mismo, antes que acusar a los demás. San Pablo alaba al Señor porque lo ha elegido, y le da las gracias porque se fió de mí y me confió este ministerio. Eso que yo antes era un blasfemo, un perseguidor y un insolente. ¡Ha sido su misericordia! San Pablo nos enseña a acusarnos. Y el Señor, con la imagen de la paja en el ojo de tu hermano y la viga en el tuyo, nos enseña lo mismo. Primero hay que quitar la viga del propio ojo, acusarse a sí mismo. Primer paso: acúsate a ti mismo y no te sientas juez para quitar la paja de los ojos de los demás. Jesús usa esa palabra que solo emplea con los que tienen doble cara, doble alma: ¡Hipócrita! El hombre y la mujer que no aprenden a acusarse a sí mismos se vuelven hipócritas. Todos, todos, todos. Desde el Papa hacia abajo: todos. Si uno de nosotros no tiene la capacidad de acusarse a sí mismo —y luego decir, si es necesario, a quien se deban decir las cosas de los demás—, no es cristiano, ni entra en esa obra tan bonita de la reconciliación, de la pacificación, de la ternura, de la bondad, del perdón, de la magnanimidad, de la misericordia que nos trajo Jesucristo. El primer paso, pues, es pedir la gracia al Señor de una conversión, y si me viene a la mente pensar en los defectos de los demás, ¡detente! Cuando me den ganas de contar a los demás los defectos de los otros, ¡quieto! ¿Y yo? Tengamos el valor que tiene Pablo aquí: yo era un blasfemo, un perseguidor y un insolente… ¿Cuántas cosas podemos decir de nosotros mismos? Ahorremos los comentarios sobre los demás y hagamos comentarios sobre nosotros mismos. Ese es el primer paso en el camino de la magnanimidad. Porque quien sabe ver solo la paja en el ojo ajeno, acaba en la mezquindad: un alma mezquina, llena de tonterías, llena de cháchara. Pidamos al Señor la gracia de seguir el consejo de Jesús: ser generosos en el perdón, ser generosos en la misericordia. Para canonizar a una persona hay todo un proceso, hace falta un milagro, y luego la Iglesia la proclama santa. Pero si se hallase una persona que nunca, nunca, nunca hubiese hablado mal de otro, ¡se le podría canonizar en seguida! www.parroquiasantamonica.com Vida Cristiana

Domingo 4º de Cuaresma (15 de marzo de 2015). Jesús será levantado sobre la cruz, para que todo el que se encuentre en peligro de muerte a causa del pecado, dirigiéndose con fe a él, que murió por nosotros, sea salvado. Para ser curados necesitamos reconocer que estamos enfermos, confesar los propios pecados, para que tenga efecto el perdón de Dios. Para esta cuaresma busquemos una conversión sincera, sin aparentar. La conversión: una transformación del corazón, un nuevo modo de pensar. Sólo la gracia de Dios puede crear en nosotros un corazón nuevo. Nos ha dado sus mandamientos, no como una rémora, sino como un manantial de libertad: libertad para ser hombres y mujeres llenos de sabiduría.



1 Domingo 4º de Cuaresma (15 de marzo de 2015). Jesús será levantado sobre la cruz, para que todo el que se encuentre en peligro de muerte a causa del pecado, dirigiéndose con fe a él, que murió por nosotros, sea salvado. Para ser curados necesitamos reconocer que estamos enfermos, confesar los propios pecados, para que tenga efecto el perdón de Dios. Para esta cuaresma busquemos una conversión sincera, sin aparentar. La conversión: una transformación del corazón, un nuevo modo de pensar. Sólo la gracia de Dios puede crear en nosotros un corazón nuevo. Nos ha dado sus mandamientos, no como una rémora, sino como un manantial de libertad: libertad para ser hombres y mujeres llenos de sabiduría. Cfr. 4º Domingo de Cuaresma, Año B, 15 de marzo de 2015. 2 Crónicas 36, 14-16.19-23; Salmo 136; Efesios 2, 4-10; Juan 3, 14-21 1. Dios nos perdona cuando confesamos nuestros pecados. a) Cada uno, para poder ser curado, debe reconocer que está enfermo; cada uno debe confesar su propio pecado, para que el perdón de Dios, ya dado en la cruz, pueda tener efecto en su corazón y en su vida. Cfr. Benedicto XVI, 4º Domingo de Cuaresma, 2012 Año B Rezo del Angelus - 18 de marzo de 2012 o En el horizonte de este domingo de Cuaresma se vislumbra la Cruz (Evangelio). Jesús será levantado sobre la cruz, para que todo el que se encuentre en peligro de muerte a causa del pecado, dirigiéndose con fe a él, que murió por nosotros, sea salvado. En nuestro itinerario hacia la Pascua, hemos llegado al cuarto domingo de Cuaresma. Es un camino con Jesús a través del «desierto», es decir, un tiempo para escuchar más la voz de Dios y también para desenmascarar las tentaciones que hablan dentro de nosotros. En el horizonte de este desierto se vislumbra la cruz. Jesús sabe que la cruz es el culmen de su misión: en efecto, la cruz de Cristo es la cumbre del amor, que nos da la salvación. Lo dice él mismo en el Evangelio de hoy: «Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna» (Jn 3, 14-15). Se hace referencia al episodio en el que, durante el éxodo de Egipto, los judíos fueron atacados por serpientes venenosas y muchos murieron; entonces Dios ordenó a Moisés que hiciera una serpiente de bronce y la pusiera sobre un estandarte: si alguien era mordido por las serpientes, al mirar a la serpiente de bronce, quedaba curado (cf. Nm 21, 4-9). También Jesús será levantado sobre la cruz, para que todo el que se encuentre en peligro de muerte a causa del pecado, dirigiéndose con fe a él, que murió por nosotros, sea salvado. «Porque Dios —escribe san Juan— no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él» (Jn 3, 17). Es grande nuestra responsabilidad: cada uno, para poder ser curado, debe reconocer que está enfermo; cada uno debe confesar su propio pecado, para que el perdón de Dios, ya dado en la cruz, pueda tener efecto en su corazón y en su vida. San Agustín comenta: «El médico, en lo que depende de él, viene a curar al enfermo. Si uno no sigue las prescripciones del médico, se perjudica a sí mismo. El Salvador vino al mundo... Si tú no quieres que te salve, te juzgarás a ti mismo» (Sobre el Evangelio de Juan, 12, 12: PL 35, 1190). Así pues, si es infinito el amor misericordioso de Dios, que llegó al punto de dar a su Hijo único como rescate de nuestra vida, también es grande nuestra responsabilidad: cada uno, por tanto, para poder ser curado, debe reconocer que está enfermo; cada uno debe confesar su propio pecado, para que el perdón de Dios, ya dado en la cruz, pueda tener efecto en su corazón y en su vida. Escribe también san Agustín: «Dios condena tus pecados; y si también tú los condenas, te unes a Dios... Cuando comienzas a detestar lo que has hecho, entonces 2 comienzan tus buenas obras, porque condenas tus malas obras. Las buenas obras comienzan con el reconocimiento de las malas obras» (ib., 13: PL 35, 1191). A veces el hombre ama más las tinieblas que la luz, porque está apegado a sus pecados. Sin embargo, la verdadera paz y la verdadera alegría sólo se encuentran abriéndose a la luz y confesando con sinceridad las propias culpas a Dios. Es importante, por tanto, acercarse con frecuencia al sacramento de la Penitencia, especialmente en Cuaresma, para recibir el perdón del Señor e intensificar nuestro camino de conversión. (…) 2. Una conversión sincera, sin aparentar Cfr. Papa Francisco, Homilía, martes de la 2ª semana de Cuaresma, 3 de marzo de 2015. Somos unos «listillos» si aparentamos convertirnos, pero nuestro corazón es mentiroso El Evangelio del día (Mateo 23,1-12) presenta al grupo de los listillos, esos que dicen lo que hay que hacer, y luego hacen lo contrario. En realidad, todos somos muy hábiles y siempre encontramos la manera de parecer más justos de lo que somos: es el camino de la hipocresía. Es gente que aparenta convertirse, pero su corazón es mentiroso: ¡son embusteros! Su corazón no pertenece al Señor; pertenece al padre de todas las mentiras, a satanás. ¡Eso es la falsa santidad! Jesús prefiere mil veces a los pecadores que a los otros. ¿Por qué? Porque los pecadores dicen la verdad de sí mismos: Aléjate de mí, Señor, que soy un pecador (Lucas 5,8), dijo una vez Pedro. Pero éstos jamás lo dirían; al revés: Te doy gracias, Señor, porque no soy como los demás hombres, rapaces, injustos, (…). Ayuno dos veces por semana, (…) (Lucas 18,11-12). 3. La conversión: una transformación del corazón, un nuevo modo de pensar. Cfr. Benedicto XVI, Homilía, 4º domingo Cuaresma, Año B - En Angola, Explanada de Cimangola, Luanda. 22 marzo 2009 a) Sólo la gracia de Dios puede crear en nosotros un corazón nuevo. (…) El Evangelio nos enseña que la reconciliación –una verdadera reconciliación– sólo puede ser fruto de una conversión, de una transformación del corazón, de un nuevo modo de pensar. Nos enseña que sólo la fuerza del amor de Dios puede cambiar nuestros corazones y hacernos triunfar sobre el poder del pecado y la división. Cuando estábamos «muertos por nuestros pecados» (cf. Efesios 2,5), su amor y su misericordia nos han ofrecido la reconciliación y la vida nueva en Cristo. Éste es el núcleo de la enseñanza del apóstol Pablo, y es importante para nosotros volver a traer a la memoria que sólo la gracia de Dios puede crear en nosotros un corazón nuevo. Sólo su amor puede cambiar nuestro «corazón de piedra» (Ezequiel 11,19) y hacernos capaces de construir, en lugar de demoler. Sólo Dios puede hacer nuevas todas las cosas. (…) b) La luz ha venido al mundo, pero los hombres han preferido las tinieblas a la luz. o Las tinieblas: la guerra, la codicia, el espíritu de egoísmo, el uso de la droga, la irresponsabilidad sexual …, etc. En el Evangelio de hoy hay palabras de Jesús que suscitan una cierta impresión: Él nos dice que ya se ha dictado la sentencia de Dios sobre el mundo (cf. Juan 3,19ss). La luz ha venido al mundo. Pero los hombres han preferido las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas. Cuántas tinieblas hay en tantas partes del mundo. (…) Pensemos en el drama de la guerra, en las feroces consecuencias del tribalismo y las rivalidades étnicas, en la codicia que corrompe el corazón del hombre, esclaviza a los pobres y priva a las generaciones futuras de los recursos que necesitan para crear una sociedad más solidaria y más justa, una sociedad real y auténticamente africana en su genio y en sus valores. Y ¿qué decir de ese insidioso espíritu de egoísmo que encierra a las personas 3 en sí mismas, divide las familias y, suplantando los grandes ideales de generosidad y abnegación, lleva inevitablemente al hedonismo, a la evasión en falsas utopías mediante el uso de la droga, a la irresponsabilidad sexual, al debilitamiento de la unión matrimonial, a la destrucción de las familias y la eliminación de vidas humanas inocentes por el aborto? c) La palabra de Dios es una palabra de esperanza. o Dios nunca nos considera desahuciados. Nos ha dado sus mandamientos, no como una rémora, sino como un manantial de libertad: libertad para ser hombres y mujeres llenos de sabiduría, maestros de justicia y paz, gente que tiene confianza en los otros y busca su auténtico bien. Sin embargo, la palabra de Dios es una palabra de esperanza sin límites. En efecto, «tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único... para que el mundo se salve por él» (Juan 3,16- 17). Dios nunca nos considera desahuciados. Él sigue invitándonos a levantar los ojos hacia un futuro de esperanza y nos promete la fuerza para conseguirlo. Como dice San Pablo en la segunda lectura de hoy, Dios nos ha creado en Cristo Jesús para vivir una vida justa, una vida en que hagamos buenas obras según su voluntad (cf. Efesios 2,10). Nos ha dado sus mandamientos, no como una rémora, sino como un manantial de libertad: libertad para ser hombres y mujeres llenos de sabiduría, maestros de justicia y paz, gente que tiene confianza en los otros y busca su auténtico bien. Dios nos ha creado para vivir en la luz y para ser luz del mundo que nos rodea. Esto es lo que Jesús nos dice en el Evangelio de hoy: «El que realiza la verdad, se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios» (Juan 3,21). d) «Vivid, pues, conforme a la verdad». Irradiad la luz de la fe, la esperanza y el amor en vuestras familias y comunidades. Sed testigos de la santa verdad que hace libres a los hombres y las mujeres. No tengáis miedo. Aunque esto signifique ser un «signo de contradicción» (Lucas 2,34) frente a actitudes duras y una mentalidad que considera a los otros como instrumentos para usar, en vez de como hermanos y hermanas a los que amar, respetar y ayudar. «Vivid, pues, conforme a la verdad». Irradiad la luz de la fe, la esperanza y el amor en vuestras familias y comunidades. Sed testigos de la santa verdad que hace libres a los hombres y las mujeres. Sabéis por una amarga experiencia que, tras la repentina furia destructora del mal, el trabajo de reconstrucción es penosamente lento y duro. Requiere tiempo, esfuerzo y perseverancia: debe comenzar en nuestros corazones, en los pequeños sacrificios cotidianos necesarios para ser fieles a la ley de Dios, en los pequeños gestos mediante los cuales demostramos amar a nuestros prójimos –todos ellos, sin distinción de raza, etnia o lengua– con la disponibilidad de colaborar con ellos para construir juntos sobre fundamentos duraderos. Haced que vuestras parroquias se conviertan en comunidades donde la luz de la verdad de Dios y el poder del amor reconciliador de Cristo no solamente se celebren, sino que también se manifiesten en obras concretas de caridad. No tengáis miedo. Aunque esto signifique ser un «signo de contradicción» (Lc 2,34) frente a actitudes duras y una mentalidad que considera a los otros como instrumentos para usar, en vez de como hermanos y hermanas a los que amar, respetar y ayudar a lo largo del camino de la libertad, la vida y la esperanza. www.parroquiasantamonica.com Vida Cristiana

La conversión. Es aprender a hacer el bien. Homilía de Papa Francisco, 3 de marzo de 2015.



1 La conversión. Es aprender a hacer el bien. Homilía de Papa Francisco, 3 de marzo de 2015. Homilía de la Misa en Santa Marta Martes, 3 de marzo de 2015 “Conversión sincera, sin aparentar” Isaías 1, 10.16-20; Salmo 49; Mateo 23, 1-12 Las palabras de la primera lectura (Is 1,10.16-20) son un imperativo y, a la vez, una invitación que viene directamente de Dios: Dejad de obrar mal, aprended a hacer bien; (…) defended al huérfano, proteged a la viuda (Is 1,16- 17). O sea, preocupaos de esos de los que nadie se acuerda, entre los que también están los ancianos abandonados, los niños que no van a la escuela y esos que no saben hacer ni la señal de la Cruz. Y, detrás de ese imperativo, está la invitación de siempre a la conversión. –Pero, ¿cómo puedo convertirme? ¡Aprended a hacer el bien! (Is 1,17): eso es la conversión. La suciedad del corazón no se quita como si fuera una mancha en la ropa: vamos a la tintorería y salimos limpios. ¡No! Se quita haciendo el bien: yendo por un camino distinto al del mal. ¡Aprended a hacer el bien!: el camino de hacer el bien. –Y, ¿cómo hago el bien? Muy sencillo: buscad el derecho, enderezad al oprimido; defended al huérfano, proteged a la viuda (Is 1,17). Recordemos que, en Israel, los más pobres y necesitados eran los huérfanos y las viudas: hacedles justicia, yendo a donde están las llagas de la humanidad, a donde hay tanto dolor. Así, haciendo el bien, limpiarás tu corazón. Y la promesa de un corazón limpio, perdonado, viene del mismo Dios, que no lleva la contabilidad de los pecados de quien ama al prójimo. Si haces esto, si vas por el camino al que yo te invito —nos dice el Señor—, aunque vuestros pecados fueren como la grana, serán blanqueados como la nieve (Is 1,18). Parece una exageración, ¡pero es la verdad! El Señor nos da el don de su perdón, nos perdona generosamente. Nosotros decimos: –Yo te perdono hasta aquí; luego, ya veremos. ¡No, no! ¡El Señor lo perdona siempre todo! ¡Todo! Pero si quieres ser perdonado, tienes que empezar el camino de hacer el bien. ¡Ese es el don! El Evangelio del día (Mt 23,1-12) presenta, en cambio, al grupo de los listillos, esos que dicen lo que hay que hacer, y luego hacen lo contrario. En realidad, todos somos muy hábiles y siempre encontramos la manera de parecer más justos de lo que somos: es el camino de la hipocresía. Es gente que aparenta convertirse, pero su corazón es mentiroso: ¡son embusteros! Su corazón no pertenece al Señor; pertenece al padre de todas las mentiras, a satanás. ¡Eso es la falsa santidad! Jesús prefiere mil veces a los pecadores que a los otros. ¿Por qué? Porque los pecadores dicen la verdad de sí mismos: Aléjate de mí, Señor, que soy un pecador (Lc 5,8), dijo una vez Pedro. Pero éstos jamás lo dirían; al revés: Te doy gracias, Señor, porque no soy como los demás hombres, rapaces, injustos, (…). Ayuno dos veces por semana, (…) (Lc 18,11-12). Así que, en la segunda semana de Cuaresma, tenemos que pensar y meditar estas tres ideas: la invitación a la conversión, el don que nos dará el Señor —un gran perdón—, y la trampa, o sea, aparentar convertirse, pero ir por la senda de la hipocresía. www.parroquiasantamonica.com Vida Cristiana

Domingo 3º del Tiempo Ordinario, Ciclo B, 25 de enero de 2015. La conversión. Convertíos y creed en el Evangelio: esta llamada a la conversión es uno de los momentos significativos de la vida pública de Jesús. En ella descubrimos el rostro de Cristo. La conversión a Dios consiste siempre en descubrir su misericordia, su amor que es paciente y benigno. El proceso de la conversión ha sido expuesto por Jesús en la parábola del «hijo pródigo». El «hijo prodigo» somos en cierto sentido los hombres de todos los tiempos. La conversión es un don del Espíritu Santo.



1 Domingo 3º del Tiempo Ordinario, Ciclo B, 25 de enero de 2015. La conversión. Convertíos y creed en el Evangelio: esta llamada a la conversión es uno de los momentos significativos de la vida pública de Jesús. En ella descubrimos el rostro de Cristo. La conversión a Dios consiste siempre en descubrir su misericordia, su amor que es paciente y benigno. El proceso de la conversión ha sido expuesto por Jesús en la parábola del «hijo pródigo». El «hijo prodigo» somos en cierto sentido los hombres de todos los tiempos. La conversión es un don del Espíritu Santo. Cfr. Domingo 3º Tiempo Ordinario Ciclo B 25 de enero de 2015 (La conversión de San Pablo) Jonás 3,1-5.10: En aquellos días, vino la palabra del Señor sobre Jonás: «Levántate y vete a Nínive, la gran ciudad, y predícale el mensaje que te digo.» Se levantó Jonás y fue a Nínive, como mandó el Señor. Nínive era una gran ciudad, tres días hacían falta para recorrerla. Comenzó Jonás a entrar por la ciudad y caminó durante un día, proclamando: - «¡Dentro de cuarenta días Nínive será destruida!» 5 Creyeron en Dios los ninivitas. Convocaron a un ayuno, y se vistieron de saco del mayor al más pequeño. 10 Y vio Dios sus obras, su conversión de su mala conducta; y se arrepintió Dios del mal que había dicho que les iba a hacer, y no lo hizo. Salmo responsorial - Sal 24, 4-5ab. 6-7bc. 8-9 (W.: 4a) - Señor, enséñame tus caminos. Señor, muéstrame tus caminos, enséñame tus sendas: haz que camine con lealtad; enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador. Acuérdate, Señor, de tu misericordia y de tu amor, que son eternos; acuérdate de mí con misericordia, por tu bondad, Señor. El Señor es bueno y es recto, y enseña el camino a los secadores; hace caminar a los humildes con rectitud, enseña su camino a los humildes. 1 Corintios 7, 29-31: 29 Digo esto, hermanos, el tiempo es corto. Por tanto, los que tienen mujer vivan como si no la tuvieran; 30 los que lloran, como si no lloraran; los que están alegres, como si no se alegraran; los que compran, como si no poseyeran; 31 los que negocian en el mundo, como si no disfrutaran de él: porque la figura de este mundo se termina. Marcos 1, 14-20: Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía: - «Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio.» Pasando junto al lado de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés, que eran pescadores y estaban echando el copo en el lago. Jesús les dijo:«Venid conmigo y os haré pescadores de hombres.» Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Un poco más adelante vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca repasando las redes. Los llamó, dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon con él. La conversión y la misericordia de Dios. El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está al llegar; convertíos y creed en el Evangelio. Marcos 1, 15 1. Primera lectura: las gentes de Nínive creyeron en Dios y se convirtieron. De este episodio, se ha dicho que es “una enseñanza práctica de la misericordia de Dios”. o El Señor es clemente y misericordioso no sólo con el pueblo de Israel, sino con todos los pueblos, y perdona cuando se da la conversión del corazón. • Jesús recuerda la conversión a Dios de los Ninivitas por la predicación de Jonás, según nos refieren san Mateo (12,41) y san Lucas (11,32), para echar en cara a sus contemporáneos la falta de fe en su persona: los Ninivitas convirtieron ante la predicación de Jonás, y Jesús es más que Jonás y los judíos no le creen. De este episodio, se ha dicho que es “una enseñanza práctica de la misericordia de Dios”. El Señor es clemente y misericordioso no sólo con el pueblo de Israel, sino con todos los pueblos, y perdona cuando se da la conversión del corazón. • Los ninivitas han quedado, en la tradición cristiana, como modelo de penitencia. San Clemente Romano, 2 el tercer Papa después de San Pedro (88-97), escribe así en su carta a los Corintios: “Recorramos todos los tiempos, y aprendamos cómo el Señor, de generación en generación, concedió un tiempo de penitencia a los que deseaban convertirse a él. Noé predicó la penitencia, y los que le escucharon se salvaron. Jonás anunció a los ninivitas la destrucción de su ciudad, y ellos, arrepentidos de sus pecados, pidieron perdón a Dios y, a fuerza de súplicas, alcanzaron la indulgencia, a pesar de no ser el pueblo elegido” (7, 5-7). San Juan Crisóstomo, Patriarca de Constantinopla (347-407) y Padre de la Iglesia, escribe: “No consideres el poco espacio de tiempo que tienes, sino el amor del maestro. El pueblo de Nínive apartó de sí la gran ira de Dios en tres días. El poco espacio de tiempo que tenían no les disuadió, sino que sus almas ansiosas conquistaron la bondad del maestro y después fueron capaces de cumplir toda obra” (De incomprensibile Dei natura, 6). 2. Convertíos y creed en el Evangelio: esta llamada a la conversión es uno de los momentos significativos de la vida pública de Jesús. En ella descubrimos el rostro de Cristo. o La invitación a la conversión y a la fe en el Evangelio es la frase con que Cristo comienza su acción pública. Volver a la comunión con Dios, después de haberla perdido por el pecado, es un movimiento que nace de la gracia de Dios, rico en misericordia. • Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1489: "Volver a la comunión con Dios, después de haberla perdido por el pecado, es un movimiento que nace de la gracia de Dios, rico en misericordia y deseoso de la salvación de los hombres. Es preciso pedir este don precioso para sí mismo y para los demás". La llamada a la conversión es uno de los «misterios de luz» del Rosario • La llamada a la conversión por parte de Jesús al inicio de su ministerio público, es uno de los «misterios de luz» establecidos por Juan Pablo II para el rezo y la contemplación de los misterios del Rosario (Cfr. Carta Apostólica «Rosarium Virginis Mariae», nn. 19 y 21). El Papa propone esta llamada a la conversión como uno de los cinco momentos significativos de la que se llama “la vida pública de Jesús”, desde el Bautismo a la Pasión. Juan Pablo II: “es misterio de luz la predicación con la cual Jesús anuncia la llegada del Reino de Dios e invita a la conversión, iniciando así el ministerio de la misericordia que Él continuará ejerciendo hasta el fin del mundo, especialmente a través del sacramento de la Reconciliación confiado a la Iglesia” (n. 21). o La conversión a Dios consiste siempre en descubrir su misericordia, su amor que es paciente y benigno. • En esta llamada descubrimos el rostro de Cristo, del mismo modo que en la contemplación de los otros misterios de su vida; a través de esta contemplación nuestro comportamiento “se orienta cada vez más según la ‘lógica’ de Cristo”, somos introducidos “de modo natural en la vida de Cristo y nos hace como ‘respirar’ sus sentimientos” (cfr. Carta Apostólica «Rosarium Virginis Mariae», n. 15). En este misterio concreto, nuestra conversión nos lleva al descubrimiento del rostro de Jesús en cuanto «misericordioso»: como acabamos de ver Juan Pablo II relaciona la conversión «con el ministerio de la misericordia que Jesús continuará ejerciendo hasta el fin del mundo». Ya había hecho esta relación de una manera explícita, con tono categórico, en la Encíclica «Dives in misercordia»: “La conversión a Dios consiste siempre en descubrir su misericordia, es decir, ese amor que es paciente y benigno (cf 1 Corintios 13,4) a medida del Creador y Padre: el amor, al que « Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo » (2 Corintios 1,3) es fiel hasta las últimas consecuencias en la historia de la alianza con el hombre: hasta la cruz, hasta la muerte y la resurrección de su Hijo. La conversión a Dios es siempre fruto del « reencuentro » de este Padre, rico en misericordia.” (cf n. 13). “Creer en el Hijo crucificado significa «ver al Padre» (cf Juan 4,9), significa creer que el amor está presente en el mundo y que ese amor es más fuerte que toda clase de mal, en que el hombre, la humanidad, el mundo están metidos. Creer en ese amor significa creer en la misericordia”; (...) “La cruz de Cristo es también una revelación radical de la misericordia, es decir, del amor que sale al encuentro de lo que constituye la raíz misma del mal en la historia del hombre: al encuentro del pecado y de la muerte”. (cf nn. 7-8). o Hay muchos aspectos a considerar en la riquísima realidad de la relación entre la conversión y la misericordia de Dios • Para indicar esa realidad, podemos considerar ahora - en forma de esquema o enunciado – algunos de ellos: cf. La alegría del perdón, parte II, pp. 52-111. 3 - La conversión es un elemento esencial de la vida cristiana: se inculca repetidamente en la Escritura; es necesaria para entrar en el Reino; es una respuesta de amor a la misericordia de Dios; la penitencia es señal de vitalidad eclesial. - La penitencia es una poderosa medicina. - La conversión es pureza de alma: su significado es abrirse a la fe y creer en el Evangelio; tiene como fruto la reconciliación. - Hay muchos motivos para vivir la penitencia: es necesaria para amar a Dios y para dominar las pasiones; reconcilia con Dios y con la Iglesia. - La conversión fundamental se realiza y verifica en el corazón del hombre: convertirse significa poner a Dios en primer lugar; en la conversión el hombre deja los ídolos falsos. - La conversión debe ser una disposición habitual, hemos de vivir convirtiéndonos continuamente al Señor: el auténtico conocimiento de Dios misericordioso es una constante e inagotable fuente de conversión. - Son múltiples las formas exteriores de la penitencia cristiana en que desemboca la conversión o penitencia interior: ayuno, oración, limosna, las exigencias de la justicia y del amor, la fidelidad perseverante en los deberes de estado; la aceptación de las dificultades provenientes del trabajo y de la convivencia humana, la paciencia en las pruebas de la vida; la conversión se manifiesta también en el sacramento de la penitencia. - Una consideración específica acerca de la prontitud en la conversión: en el cristianismo el tiempo tiene una importancia fundamental; la infinita misericordia de Dios es limitada, por parte del hombre, solamente por la falta de prontitud en la conversión y en la penitencia; las etapas de la conversión. - La importancia de la vigilancia en la vida cristiana: qué significa vigilar; el reconocimiento de la voz del Señor que llama a nuestra puerta; es vivir el tiempo en la amorosa contemplación del Señor; sólo el amor vigila, Jesús quiere el amor y por esto pide vigilar. - La conversión es obra del Espíritu Santo: la vida cristiana es vivir y caminar según el Espíritu; entre los efectos sorprendentes de la acción del Espíritu están aquellos que transforman al hombre de pecador en justo, y sostiene interiormente al hombre nuevo; la primera gracia del Espíritu Santo es la conversión. 3. El proceso de la conversión ha sido expuesto por Jesús en la parábola del «hijo pródigo». o Sólo el corazón de Cristo pudo revelarnos la misericordia de Dios de una manera tan llena de simplicidad y de belleza. • Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1439: “El proceso de la conversión y de la penitencia fue descrito maravillosamente por Jesús en la parábola llamada «del hijo pródigo», cuyo centro es «el padre misericordioso» (Lc 15, 11-24): la fascinación de una libertad ilusoria, el abandono de la casa paterna; la miseria extrema en que el hijo se encuentra tras haber dilapidado su fortuna; la humillación profunda de verse obligado a apacentar cerdos, y peor aún, la de desear alimentarse de las algarrobas que comían los cerdos; la reflexión sobre los bienes perdidos; el arrepentimiento y la decisión de declararse culpable ante su padre, el camino del retorno; la acogida generosa del padre; la alegría del padre: todos éstos son rasgos propios del proceso de conversión. El mejor vestido, el anillo y el banquete de fiesta son símbolos de esta vida nueva, pura, digna, llena de alegría que es la vida del hombre que vuelve a Dios y al seno de su familia, que es la Iglesia. Sólo el corazón de Cristo que conoce las profundidades del amor de su Padre, pudo revelarnos el abismo de su misericordia de una manera tan llena de simplicidad y de belleza”. 4. Dios perdona cualquier ofensa cuando nos arrepentimos y pedimos perdón. • San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 64: “Dios no se escandaliza de los hombres. Dios no se cansa de nuestras infidelidades. Nuestro Padre del Cielo perdona cualquier ofensa, cuando el hijo vuelve de nuevo a El, cuando se arrepiente y pide perdón. Nuestro Señor es tan Padre, que previene nuestros deseos de ser perdonados, y se adelanta, abriéndonos los brazos con su gracia. Mirad que no estoy inventando nada. Recordad aquella parábola que el Hijo de Dios nos contó para que entendiéramos el amor del Padre que está en los cielos: la parábola del hijo pródigo. Cuando aún estaba lejos, dice la Escritura, lo vio su padre, y enterneciéronsele las entrañas y corriendo a su encuentro, le echó los brazos al cuello y le dio mil besos. Estas son las palabras del libro 4 sagrado: le dio mil besos, se lo comía a besos. ¿Se puede hablar más humanamente? ¿Se puede describir de manera más gráfica el amor paternal de Dios por los hombres?” 5. El «hijo prodigo» somos en cierto sentido los hombres de todos los tiempos. • San Juan Pablo II, Enc. Dives in misericordia, n. 5: “Aquel hijo, que recibe del padre la parte de patrimonio que le corresponde y abandona la casa para malgastarla en un país lejano, « viviendo disolutamente », es en cierto sentido el hombre de todos los tiempos, comenzando por aquél que primeramente perdió la herencia de la gracia y de la justicia original. La analogía en este punto es muy amplia. La parábola toca indirectamente toda clase de rupturas de la alianza de amor, toda pérdida de la gracia, todo pecado”. 6. La conversión en San Pablo en la segunda Lectura de hoy. Ante las realidades terrestres: no haya indiferencia, pero sin olvidar su carácter relativo. o 7, 31 Los que negocian en el mundo, vivan como si no disfrutaran de él: porque la figura de este mundo se termina. • Biblia de Jerusalén, 1 Corintios 7, 31: “Pablo no invita a la indiferencia con respeto a las realidades terrestres. Quiere evitar que nos sumerjamos en ellas y que olvidemos su carácter relativo en relación con Cristo y su reino que viene”. La conciencia de la transitoriedad de la «escena de este mundo» no exime de ninguna tarea histórica. • Compendio de Doctrina Social, n. 264: “La conciencia de la transitoriedad de la «escena de este mundo» (cf. 1Corintios 7,31) no exime de ninguna tarea histórica, mucho menos del trabajo (cf. 2 Tesalonicenses 3,7-15), que es parte integrante de la condición humana, sin ser la única razón de la vida. Ningún cristiano, por el hecho de pertenecer a una comunidad solidaria y fraterna, debe sentirse con derecho a no trabajar y vivir a expensas de los demás (cf. 2 Tesalonicenses 3,6-12). Al contrario, el apóstol Pablo exhorta a todos a ambicionar «vivir en tranquilidad» con el trabajo de las propias manos, para que «no necesitéis de nadie» (1Tesalonicenses 4,11-12), y a practicar una solidaridad, incluso material, que comparta los frutos del trabajo con quien «se halle en necesidad» (Efesios 4,28). Santiago defiende los derechos conculcados de los trabajadores: «Mirad; el salario que no habéis pagado a los obreros que segaron vuestros campos está gritando; y los gritos de los segadores han llegado a los oídos del Señor de los ejércitos» (Santiago 5,4). Los creyentes deben vivir el trabajo al estilo de Cristo, convirtiéndolo en ocasión para dar un testimonio cristiano «ante los de fuera» (1Tesalonicenses 4,12). o La relación del cristiano con los valores de la existencia: matrimonio, propiedades, costumbres. Cfr. Romano Guardini, El Señor, Ediciones Cristiandad, pp. 596 ss. • 1 Corintios 7, 29-31: 29 Os digo pues hermanos: el tiempo se acaba. Por tanto, los que tienen mujer, que vivan como si no la tuvieran; 30 los que lloran, como si no lloraran; los que están alegres, como si no se alegraran; los que compran, como si no poseyeran; 31 los que negocian en el mundo, como si no disfrutaran de él: porque la figura de este mundo se termina. • “Estas frases, que se citan con frecuencia, pueden dar la impresión de que Pablo no sentía gran aprecio por el mundo y por los valores de la existencia humana, en particular por el matrimonio. Pero, de hecho, no hay ninguna tonalidad despectiva. No se hace aquí ninguna afirmación genérica, ni se enuncian principios universales, sino que estas palabras son fruto de la convicción del propio Pablo de que el retorno del Señor era una realidad inminente. (…) Si el Señor está cerca, ¿de qué sirve acumular posesiones? (…) Tampoco se puede decir sin más que Pablo estuviera, en principio, contra el matrimonio. Él es, precisamente, quien pone a Dios como fundamento del matrimonio, y el que ve su simbolismo más excelso en la unión de Cristo con su esposa, la Iglesia (Efesios 5, 20-28) 1 . (…) Así es como la existencia cristiana adquiere ese carácter de intensidad que se percibe no sólo en los escritos de Pablo, sino también en los Hechos de los Apóstoles y en los primeros escritores cristianos. Vivir 1 Efesios 5: “20 Dad siempre gracias a Dios Padre por todo, en nombre de nuestro Señor Jesucristo. Los esposos cristianos 21 Sed sumisos unos a otros en el temor de Cristo: 22 las mujeres, a sus maridos, como al Señor; 23 porque el marido es cabeza de la mujer, como Cristo es cabeza de la Iglesia; él, que es el salvador del cuerpo. 24 Como la Iglesia se somete a Cristo, así también las mujeres a sus maridos en todo. 25 Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a su Iglesia: 26 Él se entregó a sí mismo por ella, para consagrarla, purificándola con el baño del agua y la palabra, 27 y para presentársela gloriosa, sin mancha ni arruga ni nada semejante, sino santa e inmaculada. 28 Así deben también los maridos amar a sus mujeres, como cuerpos suyos que son. Amar a su mujer es amarse a sí mismo. 5 el cristianismo significa estar preparados para lo que está a punto de producirse. Los no cristianos están ciegos; viven como la humanidad antes del diluvio. El cristiano, en cambio, sabe lo que va a suceder, y vive preparado para ello. De ahí que mantenga su actitud alerta; y de ahí, también, su vigor y hasta su audacia”. (pp. 596-97). 7. Otros aspectos de la conversión en el Catecismo de la Iglesia Católica o La conversión es un don del Espíritu Santo n. 1098 La Asamblea debe prepararse para encontrar a su Señor, debe ser "un pueblo bien dispuesto". Esta preparación de los corazones es la obra común del Espíritu Santo y de la Asamblea, en particular de sus ministros. La gracia del Espíritu Santo tiende a suscitar la fe, la conversión del corazón y la adhesión a la voluntad del Padre. Estas disposiciones preceden a la acogida de las otras gracias ofrecidas en la celebración misma y a los frutos de Vida nueva que está llamada a producir. n. 1433 Después de Pascua, el Espíritu Santo "convence al mundo en lo referente al pecado" (Jn 16, 8 - 9), a saber, que el mundo no ha creído en el que el Padre ha enviado. Pero este mismo Espíritu, que desvela el pecado, es el Consolador (cf Jn 15, 26) que da al corazón del hombre la gracia del arrepentimiento y de la conversión (cf Hch 2, 36 - 38; Juan Pablo II, DeV 27 - 48). o La conversión se realiza mediante gestos de reconciliación Los gestos: atención a los pobres, defensa de la justicia, reconocimiento de nuestras faltas ante los hermanos, la corrección fraterna, el examen de conciencia, la dirección espiritual, etc. n. 1435 La conversión se realiza en la vida cotidiana mediante gestos de reconciliación, la atención a los pobres, el ejercicio y la defensa de la justicia y del derecho (Am 5, 24; Is 1, 17), por el reconocimiento de nuestras faltas ante los hermanos, la corrección fraterna, la revisión de vida, el examen de conciencia, la dirección espiritual, la aceptación de los sufrimientos, el padecer la persecución a causa de la justicia. Tomar la cruz cada día y seguir a Jesús es el camino más seguro de la penitencia (cf Lc 9, 23). o Fuentes y alimento de la conversión. La Eucaristía, la Lectura de la Sagrada Escritura, la oración de la Liturgia de las Horas y del Padre Nuestro, todo acto sincero de culto o de piedad. n. 1436 Eucaristía y Penitencia. La conversión y la penitencia diarias encuentran su fuente y su alimento en la Eucaristía, pues en ella se hace presente el sacrificio de Cristo que nos reconcilió con Dios; por ella son alimentados y fortificados los que viven de la vida de Cristo; "es el antídoto que nos libera de nuestras faltas cotidianas y nos preserva de pecados mortales" (Cc. de Trento: DS 1638). n. 1437 La lectura de la Sagrada Escritura, la oración de la Liturgia de las Horas y del Padre Nuestro, todo acto sincero de culto o de piedad reaviva en nosotros el espíritu de conversión y de penitencia y contribuye al perdón de nuestros pecados. o Fragilidad humana y conversión La vida nueva recibida en la iniciación cristiana no suprimió la fragilidad y la debilidad de la naturaleza humana, ni la inclinación al pecado que la tradición llama concupiscencia, y que permanece en los bautizados. n. 1426 La conversión a Cristo, el nuevo nacimiento por el Bautismo, el don del Espíritu Santo, el Cuerpo y la Sangre de Cristo recibidos como alimento nos han hecho "santos e inmaculados ante él" (Ef 1, 4), como la Iglesia misma, esposa de Cristo, es "santa e inmaculada ante él" (Ef 5, 27). Sin embargo, la vida nueva recibida en la iniciación cristiana no suprimió la fragilidad y la debilidad de la naturaleza humana, ni la inclinación al pecado que la tradición llama concupiscencia, y que permanece en los bautizados a fin de que sirva de prueba en ellos en el combate de la vida cristiana ayudados por la gracia de Dios (cf DS 1515). Esta lucha es la de la conversión con miras a la santidad y la vida eterna a la que el Señor no cesa de llamarnos (cf DS 1545; LG 40). www.parroquiasantamonica.com Vida Cristiana

Domingo 31 del tiempo ordinario año C (3 de noviembre 2013). El encuentro entre Jesús y Zaqueo (2): pasos y características de la conversión. Una curiosidad que provoca una búsqueda y un encuentro con Jesús que cambian sustancialmente la existencia. Es como un nuevo nacimiento. Características de la conversión: quien encuentra al Señor cambia su vida; Cristo no ha venido para condenar sino para perdonar, no ha venido para destruir sino para liberar; el amor invencible de Dios tiene compasión de todos y a todos perdona; la conversión es una nueva etapa en la que junto a la reorientación hacia Dios se dan obras de justicia y de solidaridad hacia los demás.



1 Domingo 31 del tiempo ordinario año C (3 de noviembre 2013). El encuentro entre Jesús y Zaqueo (2): pasos y características de la conversión. Una curiosidad que provoca una búsqueda y un encuentro con Jesús que cambian sustancialmente la existencia. Es como un nuevo nacimiento. Características de la conversión: quien encuentra al Señor cambia su vida; Cristo no ha venido para condenar sino para perdonar, no ha venido para destruir sino para liberar; el amor invencible de Dios tiene compasión de todos y a todos perdona; la conversión es una nueva etapa en la que junto a la reorientación hacia Dios se dan obras de justicia y de solidaridad hacia los demás. Cfr. Domingo 31 Tiempo Ordinario, Año C, 3 de noviembre de 2013. Sabiduría 11, 22-12, 2 Tesalonicenses 1,11-2,2; Lucas 19, 1-10 Sabiduría 11,22-12,2: 22 Ante ti el universo entero es como una mota de polvo en la balanza, como la gota de rocío que a la mañana baja sobre la tierra. 23 Te compadeces de todos porque todo lo puedes y disimulas los pecados de los hombres para que se arrepientan. 24 Amas a todos los seres y nada de lo que hiciste aborreces, pues, si algo odiases, no lo habrías hecho. 25 Y ¿cómo habría permanecido algo si no hubieses querido? ¿Cómo se habría conservado lo que no hubieses llamado? 26 Mas tú con todas las cosas eres indulgente, porque son tuyas, Señor que amas la vida. 12 1 pues tu espíritu incorruptible está en todas ellas. 2 Por eso mismo gradualmente castigas a los que caen; les amonestas recordándoles en qué pecan para que, apartándose del mal, crean en ti, Señor. 2 Tesalonicenses 1,11-2,2: 11Rogamos constantemente por vosotros, para que Dios os haga dignos de su vocación, y con su poder haga realidad todos vuestros deseos de hacer el bien y de practicar la fe.12 Así el nombre del Señor Jesús será glorificado en vosotros, y vosotros en él, conforme a la gracia de nuestro Dios y del Señor Jesucristo. 2 1 Acerca de la venida de nuestro Señor Jesucristo y de nuestro encuentro con él, os rogamos, hermanos, 2 que no se inquiete fácilmente vuestro ánimo ni os alarméis: ni por revelaciones, ni por rumores, ni por alguna carta que se nos atribuya, como si fuera inminente el día del Señor. Lucas 19, 1-10: 1 Habiendo entrado en Jericó, atravesaba la ciudad. 2 Había un hombre llamado Zaqueo, que era jefe de publicanos, y rico. 3 Trataba de ver quién era Jesús, pero no podía a causa de la gente, porque era de pequeña estatura. 4 Se adelantó corriendo y se subió a un sicómoro para verle, pues iba a pasar por allí. 5 . Y cuando Jesús llegó a aquel sitio, alzando la vista, le dijo: « Zaqueo, baja pronto; porque conviene que hoy me quede yo en tu casa. » 6 Se apresuró a bajar y le recibió con alegría. 7 Al verlo, todos murmuraban diciendo: « Ha ido a hospedarse a casa de un hombre pecador. » 8 Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor: « Daré, Señor, la mitad de mis bienes a los pobres; y si en algo defraudé a alguien, le devolveré el cuádruplo. » 9 Jesús le dijo: « Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque también éste es hijo de Abraham, 10 pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido. El encuentro entre Jesús y Zaqueo (2) 1. El sicomoro. Breves apuntes sobre la figura de Zaqueo. Cfr. Gianfranco Ravasi, Secondo le Scritture, Anno C, Piemme 1999, XXXI domenica pp. 321-326 “Todos los peregrinos que atraviesan la estupenda oasis de Jericó, 5 kms de longitud y encajonada en el árido territorio y casi lunar de la fosa del Jordán, a 300 metros de profundidad bajo el nivel del mar, se paran delante de un colosal árbol de origen africana que tiene un fruto semejante al higo, como se indica en la etimología griega de su nombre. Delante de este árbol, ahora raro, se lee la narración del encuentro entre Jesús y Zaqueo, un detestado exactor de los impuestos romanos, categoría social que Jesús había ya hecho protagonista de una parábola, la del publicano y el fariseo, que hemos leído el pasado domingo. El nombre de Zaqueo es la forma griega del hebreo Zakkai, nombre que tuvo uno de los oficiales de Judas Macabeo (2 Mc 10,10), que había guiado Israel en la rebelión contra la opresión sirio-griega de los Seleucidas en 167- 164 a.C. El Zakkai de Jericó que tiene curiosidad de conocer a Jesús es, por el contrario, un colaboracionista, despreciado por el pueblo, temido pero aislado”. (p. 322). 2. La conversión: características y pasos Cfr. Gianfranco Ravasi, Secondo le Scritture, Anno C, Piemme 1999, XXXI domenica pp. 321-326 2 Una ironía y una curiosidad que esconden una profunda ansia auténtica. p. 322 “La narración tiene un hilo de ironía ingenua: en efecto, impresiona ver a un funcionario mientras se agarra a un tronco, sin importarle el ridículo y movido por una invencible curiosidad. Una curiosidad que, sin embargo, oculta una profunda ansia auténtica. Una curiosidad que es en este caso benéfica, que revolucionará la vida de este empleado de hacienda, como había sucedido poco tiempo antes a un colega de Cafarnaún, Mateo-Leví. El poeta Eugenio Montale toma ocasión de esta figura un poco torpe de trepador para confesar su «no-curiosidad» y por tanto su no-encuentro con Cristo. Lo hará con un lírica aparentemente divertida, en realidad amarga. Se trata de trepar en el sicomoro para ver al Señor. Desdichadamente, no soy un trepador y también estando sobre la punta de los pies no lo he visto. Una búsqueda que llega a un encuentro y a una meta pp. 322-323 “La historia de Zaqueo es, sin embargo, la de una búsqueda que llega a un encuentro y a una meta. En efecto, toda la narración está escrita con verbos de movimiento: ellos, no obstante, no delinean sólo un ámbito espacial, el de Jericó y el de sus caminos, sino que se configuran como la trama de una peregrinación hacia la salvación. Así, Jesús «entra y atraviesa una ciudad» en la que Zaqueo lleva una existencia gris de burócrata. Enseguida sucede el cambio: Zaqueo «trata de ver» a Jesús esforzándose por entrometerse entre la muchedumbre; después «corrió más adelante» y, para poderlo ver, «subió» a un sicomoro esperando que Cristo pasase por «allí». Y cuando finalmente «llega», Jesús «levantó los ojos» e inaugura para aquel hombre el verdadero viaje espiritual, que tiene como meta la salvación: «baja enseguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa». Zaqueo, entonces, «bajó enseguida» y lo recibió «en su casa». o Dos interpretaciones de este “viaje” espiritual de Zaqueo: una perversa y otra luminosa. p. 323 “Este «viaje», que es la historia de una existencia que cambia trayectoria, ha sido interpretado según dos lecturas diversas, que son testimonio de dos mentalidades antitéticas que está presente constantemente en la humanidad. La primera interpretación es la perversa propia de los respetables y de los hipócritas: «ha entrado a hospedarse en casa de un pecador». Es la actitud rígida del fariseo de la parábola, que se repite con toda la carga de orgullo, de autosuficiencia y de juicio. La segunda interpretación es la luminosa de Cristo que ve en el itinerario de Zaqueo la historia de la salvación inaugurada también en el pecador: «Hoy ha sido la salvación de esta casa… el Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido». Otras características de la conversión Quien encuentra al Señor cambia su vida pp. 323-324 “En el lenguaje bíblico, la narración de una conversión siempre se expresa con las imágenes de una vuelta, de un encuentro entre Dios y el hombre. No hay nadie que, al encontrar al Señor, no sea arrollada su vida, implicada y revuelta: « Daré, Señor, la mitad de mis bienes a los pobres; y si en algo defraudé a alguien, le devolveré el cuádruplo. » No es una simple confesión con los labios, es una auténtica retractación de una vida entera. Así surge el alba de una nueva existencia. Cristo no ha venido para condenar sino para perdonar, no ha venido para destruir sino para liberar. Naturalmente, Lucas añade, como algo propio, un toque de complacencia en ver a Jesús en compañía de la basura de la sociedad, de los proscritos y hasta de aquellos que son considerados delincuentes, con la certeza de que Cristo no ha venido para destruir sino para liberar, no ha venido para condenar sino para perdonar, no ha venido para exterminar sino para «buscar y salvar lo que estaba perdido». El párrafo, por tanto, de llamada a la búsqueda y a la esperanza en Dios dirigiéndose a quien se siente culpable e infeliz, se transforma en una invitación al amor, a la abertura de ánimo, al compromiso activo a favor de todos aquellos que la sociedad señala como irrecuperables o de poco fiar. La esperanza de Jesús es la de una Iglesia en la que todos vengan acogidos, su deseo es el de tener discípulos que salgan de sus cenáculos para ir «a buscar y salvar lo que estaba perdido». El amor invencible de Dios tiene compasión de todos y a todos perdona. (Primera Lectura) pp. 324-325 “En la larga meditación sapiencial sobre el Éxodo que ocupa los cc. 11-19 de la joya de la literatura 3 griego-judea de Alejandría de Egipto que es el libro de la Sabiduría, hay un espléndido párrafo sobre el amor invencible de Dios por sus criaturas aunque sean pecadoras. Dios, en efecto, aun teniendo ante sí el entero universo como una mota de polvo o como una gota de rocío lista para evaporarse (v. 22), tiene compasión de todos y a todos perdona (v. 23). La justificación teórica de este amor universal de Dios es formulada así: los seres subsisten por voluntad divina y son conservados en la existencia por coherencia con su primera vocación al ser en la creación. El soplo vivificador de Dios pasa por todas las criaturas, todo ser es objeto del amor eficaz de Dios, Dios apuesta siempre por la vida, sobre la posibilidad de hacer el bien del hombre, también cuando el hombre mismo no tiene confianza en sí mismo. En el famoso Diario de un cura de campaña, Bernanos escribía: «Si no fuese por la piedad vigilante de Dios, me parece que en el mismo momento en que tomase conciencia de sí mismo el hombre recaería en el polvo». Dios es el Dios de la vida, un Dios que siempre crea y ama, un Dios eternamente confiado en relación con sus criaturas, un Dios que tiene la pasión por el perdón. La conversión es una nueva etapa en la que junto a la reorientación hacia Dios se dan obras de justicia y de solidaridad hacia los demás 1 . pp. 325-326 Ningún sacerdote hebreo, ni siquiera Jesús que había declarado «Cómo es difícil que un rico entre en el Reino de Dios» (Lc 18, 24), habría apostado, en un primer momento, por Zaqueo. Pero, justamente, Jesús había continuado diciendo: «Lo que es imposible a los hombres es posible para Dios» (18,27). Y he aquí que, de hecho, se da el milagro de la conversión y del perdón. Se abre una nueva vida para Zaqueo. «Daré, Señor, la mitad de mis bienes a los pobres; y si en algo defraudé a alguien, le devolveré el cuádruplo»: la conversión implica una verificación concreta y experimental que se manifiesta, sobre todo, en la solidaridad efectiva con los pobres y con las víctimas de la injusticia. Por tanto, la conversión además de una reorientación hacia Dios es un acto social y comunitario. Así Pablo había resumido su vida de convertido ante el rey Agripa: «Comencé a predicar que se arrepintieran y se convirtieran a Dios con obras dignas de penitencia» (Hechos 26, 20).Experimentar el perdón quiere decir encaminarse por un camino de alegría y de donación que no tiene nada que ver con los mórbidos pliegues del sentimiento o con un genérico compromiso ritual y espiritual. Si el pecado es una realidad paralizadora, el perdón es, por el contrario, vivificador. «Mira, hago nuevas todas las cosas» (Ap 21, 5). 3. Otros textos sobre la conversión: cfr. “La alegría del perdón”, Edibesa 1998. • Primera parte, IV: Cuando el hombre se convierte, Dios perdona siempre. Textos de Juan Pablo II, San Ambrosio, San Jerónimo, Santo Tomás de Aquino, San Gregorio Magno. • Segunda parte, I a XII. La penitencia interior o conversión del corazón, la conversión como virtud. La penitencia interior se nos inculca repetidamente en los Libros Sagrados. Reconocerse pecadores es ya un don de Dios y una difícil victoria sobre la tendencia a la autojustificación. Necesidad continua de conversión. La conversión consiste siempre en descubrir la misericordia de Dios. No perder la esperanza de la conversión. La conversión es algo personal y libre: opción fundamental por Dios; etc. Textos de: Catecismo Romano, Juan Pablo II, Pablo VI, San Juan de Avila, San Antonio María Claret, San Cirilo de Jerusalén, San Gregorio Magno, San Josemaría Escrivá, Conferencia Episcopal Española, San Ambrosio, San Juan Crisóstomo, San Agustín, Santo Cura de Ars, León XIII, J.Ratzinger, Catecismo de la Iglesia Católica, Vincenzo Paglia, Carlo María Martini, etc. www.parroquiasantamonica.com Vida Cristiana 1 Zaqueo comienza una vida reconciliada no solamente con Dios sino también con sus hermanos a los que defraudó con su avaricia. Comparte sus bienes: «doy la mitad de mis bienes a los pobres … » (v. 8).

31 Domingo del tiempo ordinario, Ciclo C (3 noviembre 2013). El encuentro entre Jesús y Zaqueo (1). Homilía de Juan Pablo II (2 de noviembre de 1980). Cristo se hace siempre el encontradizo con todos. Necesidad de querer ver a Cristo. El encuentro con Cristo provoca la conversión. ¿Quiero yo «ver a Cristo»? ¿Hago todo para «poder verlo»? ¿Quiero verdaderamente? O, quizá más bien, ¿evito el encuentro con El? ¿Prefiero no verlo o prefiero que Él no me vea (al menos a mi modo de pensar y de sentir)? Y si ya lo veo de algún modo, ¿prefiero entonces verlo de lejos, no acercándome demasiado, no poniéndome ante sus ojos para no llamar la atención demasiado..., para no tener que aceptar toda la verdad que hay en El, que proviene de Él, de Cristo? No sólo Zaqueo "ha visto a Cristo", sino que al mismo tiempo, Cristo ha escrutado su corazón y su conciencia; se realiza lo que constituye el fruto propio de "ver" a Cristo, del encuentro con El en la verdad plena: se realiza la apertura del corazón, se realiza la conversión. "Hoy ha venido la salud a tu casa”.



1 31 Domingo del tiempo ordinario, Ciclo C (3 noviembre 2013). El encuentro entre Jesús y Zaqueo (1). Homilía de Juan Pablo II (2 de noviembre de 1980). Cristo se hace siempre el encontradizo con todos. Necesidad de querer ver a Cristo. El encuentro con Cristo provoca la conversión. ¿Quiero yo «ver a Cristo»? ¿Hago todo para «poder verlo»? ¿Quiero verdaderamente? O, quizá más bien, ¿evito el encuentro con El? ¿Prefiero no verlo o prefiero que Él no me vea (al menos a mi modo de pensar y de sentir)? Y si ya lo veo de algún modo, ¿prefiero entonces verlo de lejos, no acercándome demasiado, no poniéndome ante sus ojos para no llamar la atención demasiado..., para no tener que aceptar toda la verdad que hay en El, que proviene de Él, de Cristo? No sólo Zaqueo "ha visto a Cristo", sino que al mismo tiempo, Cristo ha escrutado su corazón y su conciencia; se realiza lo que constituye el fruto propio de "ver" a Cristo, del encuentro con El en la verdad plena: se realiza la apertura del corazón, se realiza la conversión. "Hoy ha venido la salud a tu casa”. 2 Tesalonicenses 1,11-2,2: 11Rogamos constantemente por vosotros, para que Dios os haga dignos de su vocación, y con su poder haga realidad todos vuestros deseos de hacer el bien y de practicar la fe.12 Así el nombre del Señor Jesús será glorificado en vosotros, y vosotros en él, conforme a la gracia de nuestro Dios y del Señor Jesucristo. 2 1 Acerca de la venida de nuestro Señor Jesucristo y de nuestro encuentro con él, os rogamos, hermanos, 2 que no se inquiete fácilmente vuestro ánimo ni os alarméis: ni por revelaciones, ni por rumores, ni por alguna carta que se nos atribuya, como si fuera inminente el día del Señor. Lucas 19, 1-10: 1 Habiendo entrado en Jericó, atravesaba la ciudad. 2 Había un hombre llamado Zaqueo, que era jefe de publicanos, y rico. 3 Trataba de ver quién era Jesús, pero no podía a causa de la gente, porque era de pequeña estatura. 4 Se adelantó corriendo y se subió a un sicómoro para verle, pues iba a pasar por allí. 5 . Y cuando Jesús llegó a aquel sitio, alzando la vista, le dijo: « Zaqueo, baja pronto; porque conviene que hoy me quede yo en tu casa. » 6 Se apresuró a bajar y le recibió con alegría. 7 Al verlo, todos murmuraban diciendo: « Ha ido a hospedarse a casa de un hombre pecador. » 8 Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor: « Daré, Señor, la mitad de mis bienes a los pobres; y si en algo defraudé a alguien, le devolveré el cuádruplo. » 9 Jesús le dijo: « Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque también éste es hijo de Abraham, 10 pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido. Cfr. Juan Pablo II, Homilía en el 31 Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo C 2 de noviembre de 1980 – Parroquia Romana del Santísimo Sacramento y de los Mártires Canadienses. Sabiduría 11,22-12,2. 2 Tesalonicenses 1,11-2,2. Lucas 19,1-10. Homilía en la parroquia del Santísimo Sacramento y de los mártires canadienses El encuentro entre Jesús y Zaqueo (1) o Zaqueo, a toda costa, "hacía por ver a Jesús". Y para ello —por ser pequeño de estatura— ese día se subió a un árbol "para verle". Cristo no sólo le dio a entender que le había visto (a él, jefe de publicanos, por lo tanto, hombre de una cierta posición) sobre el árbol, sino que además manifestó ante todos que quería "hospedarse en su casa". 3. El fragmento del Evangelio de San Lucas, que la liturgia de hoy propone para meditar en el trigésimo primer domingo durante el año, recuerda el episodio que tuvo lugar, mientras Jesús estaba atravesando la ciudad de Jericó. Fue un acontecimiento tan significativo que, aunque ya lo sabemos de memoria, es preciso meditar otra vez con atención en cada uno de sus elementos. Zaqueo era no sólo un publicano (igual que lo había sido Leví, después el Apóstol Mateo), sino un "jefe de publícanos", y era muy "rico". Cuando Jesús pasaba cerca de su casa. Zaqueo, a toda costa, "hacía por ver a Jesús" (Lc 19, 3), y para ello —por ser pequeño de estatura— ese día se subió a un árbol (el Evangelista dice "a un sicómoro"), "para verle" (Lc 19, 4). 2 Cristo vio de este modo a Zaqueo y se dirigió a él con las palabras que nos hacen pensar tanto. Efectivamente, Cristo no sólo le dio a entender que le había visto (a él, jefe de publicanos, por lo tanto, hombre de una cierta posición) sobre el árbol, sino que además manifestó ante todos que quería "hospedarse en su casa" (cf. Lc 19, 5). Lo que suscitó alegría en Zaqueo y, a la vez, murmuraciones entre aquellos a quienes evidentemente no agradaban estas manifestaciones de las relaciones del Maestro de Nazaret con "los publícanos y pecadores". o ¿Quiero yo "ver a Cristo"? ¿Hago todo para "poder verlo"? Es el problema actual para cada uno de nosotros personalmente. ¿Quiero?, ¿quiero verdaderamente? Y si ya lo veo de algún modo, ¿prefiero entonces verlo de lejos, no acercándome demasiado, no poniéndome ante sus ojos para no llamar la atención demasiado... para no tener que aceptar toda la verdad que hay en El, que proviene de El, de Cristo? 4. Esta es la primera parte de la perícopa, que merece una reflexión. Sobre todo, es necesario detenerse en la afirmación de que Zaqueo "hacía por ver a Jesús" (Lc 19, 3). Se trata de una frase muy importante que debemos referir a cada uno de nosotros aquí presentes, más aún. indirectamente, a cada uno de los hombres. ¿Quiero yo "ver a Cristo"? ¿Hago todo para "poder verlo"? Este problema, después de dos mil años, es tan actual como entonces, cuando Jesús atravesaba las ciudades y los poblados de su tierra. Es el problema actual para cada uno de nosotros personalmente: ¿Quiero?, ¿quiero verdaderamente? O, quizá más bien, ¿Quiero?, ¿quiero verdaderamente? Y si ya lo veo de algún modo, ¿prefiero entonces verlo de lejos, no acercándome demasiado, no poniéndome ante sus ojos para no llamar la atención demasiado..., para no tener que aceptar toda la verdad que hay en El, que proviene de El, de Cristo? Esta es una dimensión del problema que encierran las palabras del Evangelio de hoy sobre Zaqueo. o Otra dimensión: ¿hago todo lo posible para que el mayor número de hombres "quiera ver a Cristo Jesús"? Pero hay también otra dimensión social. Tiene muchos círculos, pero quiero situar esta dimensión en el círculo concreto de vuestra parroquia. Efectivamente, la parroquia, es decir, una comunidad viva cristiana, existe para que Jesucristo sea visto constantemente en los caminos de cada uno de los hombres, de las personas, de las familias, de los ambientes, de la sociedad. Y vuestra parroquia, dedicada a los Mártires Canadienses, ¿hace todo lo posible para que el mayor número de hombres "quiera ver a Cristo Jesús"? ¿Como Zaqueo? Y además: ¿qué más podría hacer para esto? ¿Rezamos para que otros traten de ver a Cristo, para que vayan a su encuentro, como Zaqueo? Detengámonos en estas preguntas. Más aún, completémoslas con las palabras de la oración, que encontramos en la segunda lectura de la Misa, tomada de la Carta de San Pablo a los Tesalonicenses: Hermanos... "sin cesar rogamos por vosotros, para que nuestro Dios os haga dignos de su vocación y con toda eficacia cumpla todo su bondadoso beneplácito y la obra de vuestra fe, y el nombre de nuestro Señor Jesús sea glorificado en vosotros y vosotros en El, según la gracia de Dios y del Señor Jesucristo" (2 Tes 1, 11-12). Es decir —hablando con el lenguaje del pasaje evangélico de hoy—, oremos para que vosotros tratéis de ver a Cristo (cf. Lc 19, 3), para que vayáis a su encuentro, como Zaqueo... y que, si sois pequeños de estatura, subáis, por este motivo, a un árbol. (…) o Zaqueo no se asustó de que la acogida de Cristo en la propia casa pudiese amenazar, por ejemplo, su carrera profesional o hacerle difíciles algunas acciones, ligadas con su actividad de jefe de publícanos. 5. Zaqueo no se dejó confundir ni turbar. No se asustó de que la acogida de Cristo en la propia casa pudiese amenazar, por ejemplo, su carrera profesional o hacerle difíciles algunas acciones, ligadas con su actividad de jefe de publícanos. Acogió a Cristo en su casa y dijo: "Señor, doy la mitad de mis bienes a los pobres, y si a alguien he defraudado en algo, le devuelvo el cuádruplo"(Lc 19, 8). No sólo Zaqueo "ha visto a Cristo", sino que al mismo tiempo, Cristo ha escrutado su corazón y su conciencia; se realiza lo que constituye el fruto propio de "ver" a Cristo, del encuentro con El en la verdad plena: se 3 realiza la apertura del corazón, se realiza la conversión. "Hoy ha venido la salud a tu casa” En este punto se hace evidente que no sólo Zaqueo "ha visto a Cristo", sino que al mismo tiempo, Cristo ha escrutado su corazón y su conciencia; lo ha radiografiado hasta el fondo. Y he aquí que se realiza lo que constituye el fruto propio de "ver" a Cristo, del encuentro con El en la verdad plena: se realiza la apertura del corazón, se realiza la conversión. Se realiza la obra de la salvación. Lo manifiesta el mismo Cristo cuando dice: "Hoy ha venido la salud a tu casa, por cuanto éste es también hijo de Abraham, pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido" (Lc 19, 9-10). Y ésta es una de las expresiones más bellas del Evangelio. (…) www.parroquiasantamonica.com Vida Cristiana

Domingo 31 del tiempo ordinario Año C (30 de octubre de 2016). El encuentro entre Jesús y Zaqueo (3), recaudador de impuestos. En ese encuentro tiene una parte importante la curiosidad de Zaqueo por conocer a Jesús, que cambió su vida, fue como volver a nacer.



1  Domingo 31 del tiempo ordinario Año C (30 de octubre de 2016). El encuentro entre Jesús y Zaqueo (3), recaudador de impuestos. En ese encuentro tiene una parte importante la curiosidad de Zaqueo por conocer a Jesús, que cambió su vida, fue como volver a nacer.  Cfr. 31 domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo C 30 de octubre de 2016 Sabiduría 11,22-12,2; 2 Tesalonicenses 1,11- 2,2; Lucas 19,1-10 Lucas 19, 1-10: 1 Habiendo entrado en Jericó, atravesaba la ciudad. 2 Había un hombre llamado Zaqueo, que era jefe de publicanos, y rico. 3 Trataba de ver quién era Jesús, pero no podía a causa de la gente, porque era de pequeña estatura. 4 Se adelantó corriendo y se subió a un sicómoro para verle, pues iba a pasar por allí. 5 . Y cuando Jesús llegó a aquel sitio, alzando la vista, le dijo: « Zaqueo, baja pronto; porque conviene que hoy me quede yo en tu casa. » 6 Se apresuró a bajar y le recibió con alegría. 7 Al verlo, todos murmuraban diciendo: « Ha ido a hospedarse a casa de un hombre pecador. » 8 Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor: « Daré, Señor, la mitad de mis bienes a los pobres; y si en algo defraudé a alguien, le devolveré el cuádruplo. » 9 Jesús le dijo: « Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque también éste es hijo de Abraham, 10 pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido. Zaqueo: trataba de ver quién era Jesús. Lucas 19, 3 Esa curiosidad cambió su vida; fue como un volver a nacer: “hoy la salvación ha entrado en esta casa” (Lucas 19, 9). 1. La figura de Zaqueo, breves apuntes. Su conversión. Cfr. Gianfranco Ravasi, Los rostros de la Biblia, San Pablo 2008, pp. 408-410  La curiosidad de Zaqueo Es el protagonista del relato evangélico de Lucas (19,1-10) de este domingo. Su nombre en griego es Zakchaíos y supone el hebreo Zakkay, que probablemente era una especie de diminutivo del nombre más común, Zacarías, que llevó un profeta veterotestamentario y el padre de Juan Bautista. Su título profesional es el de architelónes, es decir, el director general de los impuestos de Jericó, una ciudad especialmente próspera, porque aun cuando está situada en el panorama árido y casi lunar del valle del Jordán, a más de trescientos metros bajo el nivel del mar, es como una esmeralda de árboles, plantaciones y fuentes. Así es, porque se trata del oasis más importante de aquel territorio, centro de un asentamiento humano tan arcaico que se sitúa en los vértices cronológicos de las más antiguas ciudades del mundo, activa ya en el VIII milenio a.C. En la actualidad todavía se detienen los visitantes en una colina para contemplar las mastodónticas ruinas de aquel centro primordial, pero la vista también se dilata en el oasis de tres kilómetros de diámetro, en el Jericó más reciente que vio surgir el palacio de Herodes, pero también en el posterior y periférico palacio real de invierno de los Omeyas, la dinastía descendiente de Mahoma que había puesto su capital en Damasco. o Una curiosidad de Zaqueo: ver al rabí de Nazaret La prosperidad de Jericó y su posición por la vía que descendía hasta Jerusalén desde el norte, costeando el Jordán, la habían convertido en un centro político y comercial significativo: así 2 se justifica la presencia de oficinas y funcionarios del fisco, dirigidos precisamente por Zaqueo, hombre probablemente corrompido como lo eran (y lo serán frecuentemente) los burócratas, pero con una curiosidad en él, signo de una inquietud más profunda, la de ver en persona al rabí de Nazaret. Jesús había pasado más de una vez por Jericó cuando subía de Galilea a Jerusalén. Precisamente a las puertas de aquella ciudad había curado en una ocasión a un ciego llamado Bartimeo (Marcos 10,46-52). o El encuentro con Jesús, no para obtener una curación física, sino una liberación interior. Ahora le toca a Zaqueo encontrarse con la figura de Jesús, no para obtener una curación física, sino una liberación interior. La historia de aquel encuentro es tan célebre que todavía en la actualidad casi la «escenifican» los peregrinos: se detienen bajo un sicomoro, árbol tropical que entonces era muy común en Tierra Santa (recordemos que el profeta Amós era recolector de los frutos de este árbol, semejante al higo, y hacía incisiones en la corteza para obtener una especie de jugo). o Aquella curiosidad cambió su vida; fue como un volver a nacer: “hoy la salvación ha entrado en esta casa”. Así fue como Zaqueo, que era bajo de estatura, se había encaramado a un sicómoro para ver mejor a Jesús, y aquella curiosidad cambió su vida: Cristo se dará cuenta, se detendrá, le hará bajar y hará que lo invite a su casa. Y para Zaqueo será como volver a nacer: «Mira, Señor, doy hasta la mitad de mis bienes a los pobres; y si he defraudado a alguno, le restituyo el cuádruple» (mucho más del doble de lo que se debía pagar en reparación de un fraude según la ley hebrea, pero la pena que correspondía según el derecho romano para el ladrón cogido in fraganti). Y todo se ratifica con aquellas palabras finales de Cristo: «Hoy la salvación ha entrado a esta casa, porque también él es hijo de Abrahán!». 2. La conversión es una nueva etapa de la vida, en la que junto a la reorientación hacia Dios se dan obras de justicia y de solidaridad hacia los demás. Cfr. Gianfranco Ravasi, Secondo le Scritture, Anno C, Piemme 1999, XXXI domenica pp. 321-326  Si el pecado es una realidad paralizadora, el perdón es, por el contrario, vivificador. • Ningún sacerdote hebreo, ni siquiera Jesús que había declarado «Cómo es difícil que un rico entre en el Reino de Dios» (Lc 18, 24), habría apostado, en un primer momento, por Zaqueo. Pero, justamente, Jesús había continuado diciendo: «Lo que es imposible a los hombres es posible para Dios» (18,27). Y he aquí que, de hecho, se da el milagro de la conversión y del perdón. Se abre una nueva vida para Zaqueo. «Daré, Señor, la mitad de mis bienes a los pobres; y si en algo defraudé a alguien, le devolveré el cuádruplo»: la conversión implica una verificación concreta y experimental que se manifiesta, sobre todo, en la solidaridad efectiva con los pobres y con las víctimas de la injusticia. • Por tanto, la conversión además de una reorientación hacia Dios es un acto social y comunitario. Así Pablo había resumido su vida de convertido ante el rey Agripa: «Comencé a predicar que se arrepintieran y se convirtieran a Dios con obras dignas de penitencia» (Hechos 26, 20). Experimentar el perdón quiere decir encaminarse por un camino de alegría y de donación que no tiene nada que ver con los mórbidos pliegues del sentimiento o con un genérico compromiso ritual y espiritual. Si el pecado es una realidad paralizadora, el perdón es, por el contrario, vivificador. «Mira, hago nuevas todas las cosas» (Ap 21, 5). 3. Otros textos sobre la conversión: cfr. “La alegría del perdón”, Edibesa 1998. • Primera parte, IV: Cuando el hombre se convierte, Dios perdona siempre. Textos de Juan Pablo 3 II, San Ambrosio, San Jerónimo, Santo Tomás de Aquino, San Gregorio Magno. • Segunda parte, I a XII. La penitencia interior o conversión del corazón, la conversión como virtud. La penitencia interior se nos inculca repetidamente en los Libros Sagrados. Reconocerse pecadores es ya un don de Dios y una difícil victoria sobre la tendencia a la autojustificación. Necesidad continua de conversión. La conversión consiste siempre en descubrir la misericordia de Dios. No perder la esperanza de la conversión. La conversión es algo personal y libre: opción fundamental por Dios; etc. Textos de: Catecismo Romano, Juan Pablo II, Pablo VI, San Juan de Avila, San Antonio María Claret, San Cirilo de Jerusalén, San Gregorio Magno, San Josemaría Escrivá, Conferencia Episcopal Española, San Ambrosio, San Juan Crisóstomo, San Agustín, Santo Cura de Ars, León XIII, J.Ratzinger, Catecismo de la Iglesia Católica, Vincenzo Paglia, Carlo María Martini, etc. www.parroquiasantamonica.com Vida Cristiana

Domingo 24 del tiempo ordinario, Ciclo C. 11 de septiembre de 2016. La parábola del Padre misericordioso o del hijo pródigo. El pecado del hijo pródigo: «Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde». Nuestro Padre Dios que es puesto en estado de sospecha, y acusado de ser el enemigo de la criatura. El arrepentimiento y conversión: no deben ser un «sentimiento de culpa», sino un encuentro con la misericordia de nuestro Padre Dios. La conversión es fruto del encuentro con Dios Padre, rico en misericordia. El auténtico conocimiento de Dios misericordioso es una constante e inagotable fuente de conversión.



1  Domingo 24 del tiempo ordinario, Ciclo C. 11 de septiembre de 2016. La parábola del Padre misericordioso o del hijo pródigo. El pecado del hijo pródigo: «Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde». Nuestro Padre Dios que es puesto en estado de sospecha, y acusado de ser el enemigo de la criatura. El arrepentimiento y conversión: no deben ser un «sentimiento de culpa», sino un encuentro con la misericordia de nuestro Padre Dios. La conversión es fruto del encuentro con Dios Padre, rico en misericordia. El auténtico conocimiento de Dios misericordioso es una constante e inagotable fuente de conversión.  24 tiempo ordinario C 11/09/1916 – Lucas 15, 1-32 Cf. Gianfranco Ravasi, Secondo le Scritture Anno C, Piemme 1999, pp. 278-284; Temi di predicazione – Omelie, Ciclo C 78 Nuova serie, Editrice Domenicana Italiana pp. 108-11, Geraldo Incalza; Temi di Predicazione Omelie, 4/2013, Ciclo C - 2012 / 2013, XIX-XXVIII Domenica del Tempo Ordinario, 11 agosto - 13 ottobre 2013. Éxodo 32, 7-11.13-14; 1 Timoteo 1, 12-17Lucas 15, 1-32 Lucas 15, 1-32. En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos: - «Ése acoge a los pecadores y come con ellos.» Jesús les dijo esta parábola: - «Si uno de vosotros tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no deja las noventa y nueve en el campo y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; 6 y, al regresar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos para decirles: «Alegraos conmigo, porque he encontrado la oveja que se me había perdido.» 7 Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse. 8 Y si una mujer tiene diez monedas y se le pierde una, ¿no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra? 9 Y, cuando la encuentra, reúne a las amigas y a las vecinas para decirles: «Alegraos conmigo, porque he encontrado la moneda que se me había perdido.» 10 Os digo que la misma alegría habrá entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta.» 11 También les dijo: - «Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: 12 "Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde" El padre les repartió los bienes. 13 No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. 14 Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. 15 Fue y se puso a servir a un hombre de aquella región, el cual lo mandó a sus tierras a guardar cerdos. 16 Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie se las daba. 17 Recapacitando entonces, se dijo: "Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. 18 Me levantaré e iré a mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; 19 ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros." Se puso en camino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo. Su hijo le dijo: "Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo. " 22 Pero el padre dijo a sus criados: "Sacad en seguida el mejor traje y vestido; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; 23 traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete, 24 porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado." Y empezaron el banquete. 25 Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, 26 y llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba. 27 Éste le contestó: "Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud." 28 Él se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo. 29 Y él replicó a su padre: "Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; 30 y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado." 31 Pero él le respondió: "Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo: 32 pero había que celebrarlo y alegrarse, porque ese hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado». 1. El pecado del hijo pródigo: «Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde».  La paternidad es considerada como un obstáculo, límite o impedimento para la realización del individuo. • “Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde”. Hay diversos aspectos que son como el contenido de esta petición del hijo menor. La paternidad es considerada como un obstáculo, límite o impedimento para la realización del individuo. No se trata solamente de una falsificación de nuestra identidad con relación a Dios, es decir, que somos criaturas/hijos/dependientes, sino también de una 2 falsificación sobre la verdad de nuestro Padre Dios que es puesto en estado de sospecha, y acusado de ser el enemigo de la criatura. o El hombre será propenso a ver en Dios ante todo una propia limitación y no la fuente de su liberación y la plenitud del bien. Como si el hombre fuera expropiado de su humanidad cuando, al aceptar la idea de Dios, le atribuye lo que pertenece al hombre y exclusivamente al hombre. • Juan Pablo II, Encíclica «Dominum et Vivificantem», n. 38: El hombre será propenso a ver en Dios ante todo una propia limitación y no la fuente de su liberación y la plenitud del bien. Esto lo vemos confirmado en nuestros días, en los que las ideologías ateas intentan desarraigar la religión en base al presupuesto de que determina la radical « alienación » del hombre, como si el hombre fuera expropiado de su humanidad cuando, al aceptar la idea de Dios, le atribuye lo que pertenece al hombre y exclusivamente al hombre. Surge de aquí una forma de pensamiento y de praxis histórico-sociológica donde el rechazo de Dios ha llegado hasta la declaración de su « muerte ». Esto es un absurdo conceptual y verbal. Pero la ideología de la « muerte de Dios » amenaza más bien al hombre, como indica el Vaticano II, cuando, sometiendo a análisis la cuestión de la « autonomía de la realidad terrena », afirma: « La criatura sin el Creador se esfuma ... Más aún, por el olvido de Dios la propia criatura queda oscurecida ».( Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en e1 mundo actual, 36) La ideología de la « muerte de Dios » en sus efectos demuestra fácilmente que es, a nivel teórico y práctico, la ideología de la « muerte del hombre ».” 2. El arrepentimiento y la conversión: no deben ser un «sentimiento de culpa», sino un encuentro con la misericordia de nuestro Padre Dios.  “Recapacitando, se dijo: ... me levantaré e iré a mi padre, y le diré: «Padre, he pecado ... contra ti”. o Al recapacitar hay que salir de nosotros mismos: en caso contrario se llega a la autoflagelación o a la autocompasión, al «sentimiento de culpa». • “Recapacitando, se dijo: ... me levantaré e iré a mi padre, y le diré: «Padre, he pecado ... contra ti”. Cuando el hijo pródigo recapacita, también a través de la tragedia y de los fracasos, vuelve a su padre. Debemos reconciliarnos con Dios (Cf. 2 Corintios 5, 18-21) nuestro Padre, porque si, cuando recapacitamos, no salimos de nosotros mismos, pueden darse dos riesgos: la autoflagelación o la autocompasión que, a su vez, no nos llevan al arrepentimiento, no se da el sentido del pecado sino simplemente el «sentimiento de culpa» que, como sabemos, nos enrolla en la soledad y nos atasca en nosotros mismos.  La conversión es fruto del encuentro con Dios Padre, rico en misericordia. El auténtico conocimiento de Dios misericordioso es una constante e inagotable fuente de conversión. • JPII, «Dives in misericordia», n. 13: “La conversión a Dios consiste siempre en descubrir su misericordia, es decir, ese amor que es paciente y benigno (117) a medida del Creador y Padre: el amor, al que « Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo » (118) es fiel hasta las últimas consecuencias en la historia de la alianza con el hombre: hasta la cruz, hasta la muerte y la resurrección de su Hijo. La conversión a Dios es siempre fruto del « reencuentro » de este Padre, rico en misericordia. El auténtico conocimiento de Dios, Dios de la misericordia y del amor benigno, es una constante e inagotable fuente de conversión, no solamente como momentáneo acto interior, sino también como disposición estable, como estado de ánimo. Quienes llegan a conocer de este modo a Dios, quienes lo « ven » así, no pueden vivir sino convirtiéndose sin cesar a El. Viven pues in statu conversionis; es este estado el que traza la componente más profunda de la peregrinación de todo hombre por la tierra in statu viatoris”. o El hijo pródigo madura el sentido de la dignidad perdida a través de la desastrosa situación material a la que llega. • El hecho de que vuelva a casa después del fracaso de su vida (vv. 14-16 del Evangelio), no debe llevarnos a pensar que actuó solamente por oportunismo sin que se diese un cambio en su conciencia. Por una parte, con toda seguridad, Jesús no pretendía ponernos como ejemplo la bribonería del hijo menor, y, por otra, tampoco ponernos como ejemplo a un padre ingenuo que no se da cuenta de las verdaderas intenciones de su hijo. ¡Muchas veces todos nos damos cuenta de que hemos ofendido al Señor después de comprobar hasta donde nos llevan nuestras infidelidades! 3 o El patrimonio que aquel hijo había recibido de su padre era un recurso de bienes materiales, pero más importante que estos bienes materiales era su dignidad de hijo en la casa paterna.  La situación en que llegó a encontrarse cuando ya había perdido los bienes materiales, le debía hacer consciente, por necesidad, de la pérdida de esa dignidad. • Dives in misericordia, n. 5: “Aquel hijo, « cuando hubo gastado todo..., comenzó a sentir necesidad », tanto más cuanto que sobrevino una gran carestía « en el país », al que había emigrado después de abandonar la casa paterna. En este estado de cosas « hubiera querido saciarse » con algo, incluso « con las bellotas que comían los puercos » que él mismo pastoreaba por cuenta de « uno de los habitantes de aquella región ». Pero también esto le estaba prohibido. La analogía se desplaza claramente hacia el interior del hombre. El patrimonio que aquel tal había recibido de su padre era un recurso de bienes materiales, pero más importante que estos bienes materiales era su dignidad de hijo en la casa paterna. La situación en que llegó a encontrarse cuando ya había perdido los bienes materiales, le debía hacer consciente, por necesidad, de la pérdida de esa dignidad. El no había pensado en ello anteriormente, cuando pidió a su padre que le diese la parte de patrimonio que le correspondía, con el fin de marcharse. Y parece que tampoco sea consciente ahora, cuando se dice a sí mismo: « ¡Cuántos asalariados en casa de mi padre tienen pan en abundancia y yo aquí me muero de hambre! ». El se mide a sí mismo con el metro de los bienes que había perdido y que ya « no posee », mientras que los asalariados en casa de su padre los « poseen ». Estas palabras se refieren ante todo a una relación con los bienes materiales. No obstante, bajo estas palabras se esconde el drama de la dignidad perdida, la conciencia de la filiación echada a perder. Es entonces cuando toma la decisión: « Me levantaré e iré a mi padre y le diré: Padre, he pecado, contra el cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo. Trátame como a uno de tus jornaleros » (Lucas 15, 18 s) Palabras, éstas, que revelan más a fondo el problema central. A través de la compleja situación material, en que el hijo pródigo había llegado a encontrarse debido a su ligereza, a causa del pecado, había ido madurando el sentido de la dignidad perdida.” 3. Dios «padre misericordioso» en el centro de la parábola del hijo pródigo. (vv. 20- 21). o El hijo había renunciado a la comunión familiar; el padre lo acoge en la alegría de la comunión restablecida. • Juan Pablo II, Catequesis 8/09/1991: “El padre, por el contrario, al verlo llegar de lejos, le sale al encuentro, conmovido, (o, mejor, "conmoviéndose en sus entrañas", como dice literalmente el texto griego: Lucas 15,20), lo abraza con amor y quiere que todos lo festejen. La misericordia paterna resalta aún más cuando este padre, con un tierno reproche al hermano mayor, que reivindica sus propios derechos (Lucas 15,29 ss), lo invita al banquete común de alegría. La pura legalidad queda superada por el generoso y gratuito amor paterno, que va más allá de la justicia humana, e invita a ambos hermanos a sentarse una vez mas a la mesa del padre. El perdón no consiste solo en recibir nuevamente en el hogar paterno al hijo que se había alejado, sino también en acogerlo en la alegría de una comunión restablecida, llevándolo de la muerte a la vida. Por eso, "convenía celebrar una fiesta y alegrarse" (Lucas 15,32). El Padre misericordioso que abraza al hijo perdido es el icono definitivo del Dios revelado por Cristo. Dios es, ante todo y sobre todo, Padre. Es el Dios Padre que extiende sus brazos misericordiosos para bendecir, esperando siempre, sin forzar nunca a ninguno de sus hijos. Sus manos sostienen, estrechan, dan fuerza y al mismo tiempo confortan, consuelan y acarician. Son manos de padre y madre a la vez. El padre misericordioso de la parábola contiene en sí, trascendiéndolos, todos los rasgos de la paternidad y la maternidad. Al arrojarse al cuello de su hijo, muestra la actitud de una madre que acaricia al hijo y lo rodea con su calor. A la luz de esta revelación del rostro y del corazón de Dios Padre se comprenden las palabras de Jesús, desconcertantes para la lógica humana: "Habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tienen necesidad de conversión" (Lucas 15,7). Así mismo: "Se produce alegría ante los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierte" (Lucas 15,10). 4 • “Si le vio «cuando aún estaba lejos» es porque desde el día en que su hijo se había marchado, no había dejado de escrutar frecuentemente el horizonte. «Y se compadeció, y corrió a su encuentro.» Ninguna alusión a la pena que tenía, a sus razones, ningún reproche”. (Cfr. R. Cantalamessa o.c.) o El perdón y la reconciliación son fuente de alegría. La culminación de toda la historia salvífica se expresa en un banquete. vv.22-24 • Juan Pablo II, Catequesis 22/09/1999: “Como Jesús nos explica en la parábola del Padre misericordioso (Lucas 15,11-32), para él perdonar y reconciliar es una fiesta. El Padre, en ese pasaje evangélico, como en otros muchos, no solo ofrece perdón y reconciliación; también muestra que esos dones son fuente de alegría para todos”. En el Nuevo Testamento es significativo el vínculo que existe entre la paternidad divina y la gran alegría del banquete. Se compara el reino de Dios a un banquete donde el que invita es precisamente el Padre (Mateo 8,11 Mateo 22,4 Mateo 26,29). La culminación de toda la historia salvífica se expresa asimismo con la imagen del banquete preparado por Dios Padre para las bodas del Cordero (Apocalipsis 19,6-9). • Juan Pablo II, Catequesis 28/02/1990: “La alegría forma parte de la renovación incluida en la "creación de un corazón puro". Es el resultado del nacimiento a una nueva vida, como Jesús explicara en la parábola del hijo pródigo, en la que el padre que perdona es el primero en alegrarse y quiere comunicar a todos la alegría de su corazón (Lucas 15,20-32)”. o La vida humana es, en cierto modo, un constante volver hacia la casa de nuestro Padre, mediante la conversión. • Es Cristo que pasa, 64: (...) Un hijo de Dios trata al Señor como Padre. Su trato no es un obsequio servil, ni una reverencia formal, de mera cortesía, sino que está lleno de sinceridad y de confianza. Dios no se escandaliza de los hombres. Dios no se cansa de nuestras infidelidades. Nuestro Padre del Cielo perdona cualquier ofensa, cuando el hijo vuelve de nuevo a El, cuando se arrepiente y pide perdón. Nuestro Señor es tan Padre, que previene nuestros deseos de ser perdonados, y se adelanta, abriéndonos los brazos con su gracia. Mirad que no estoy inventando nada. Recordad aquella parábola que el Hijo de Dios nos contó para que entendiéramos el amor del Padre que está en los cielos: la parábola del hijo pródigo1 . Cuando aún estaba lejos, dice la Escritura, lo vio su padre, y enterneciéronsele las entrañas y corriendo a su encuentro, le echó los brazos al cuello y le dio mil besos2 . Estas son las palabras del libro sagrado: le dio mil besos, se lo comía a besos. ¿Se puede hablar más humanamente? ¿Se puede describir de manera más gráfica el amor paternal de Dios por los hombres? Ante un Dios que corre hacia nosotros, no podemos callarnos, y le diremos con San Pablo, Abba, Pater!, Padre, ¡Padre mío!, porque, siendo el Creador del universo, no le importa que no utilicemos títulos altisonantes, ni echa de menos la debida confesión de su señorío. Quiere que le llamemos Padre, que saboreemos esa palabra, llenándonos el alma de gozo. La vida humana es, en cierto modo, un constante volver hacia la casa de nuestro Padre. Volver mediante la contrición, esa conversión del corazón que supone el deseo de cambiar, la decisión firme de mejorar nuestra vida, y que —por tanto— se manifiesta en obras de sacrificio y de entrega. Volver hacia la casa del Padre, por medio de ese sacramento del perdón en el que, al confesar nuestros pecados, nos revestimos de Cristo y nos hacemos así hermanos suyos, miembros de la familia de Dios. Dios nos espera, como el padre de la parábola, extendidos los brazos, aunque no lo merezcamos. No importa nuestra deuda. Como en el caso del hijo pródigo, hace falta sólo que abramos el corazón, que tengamos añoranza del hogar de nuestro Padre, que nos maravillemos y nos alegremos ante el don que Dios nos hace de podernos llamar y de ser, a pesar de tanta falta de correspondencia por nuestra parte, verdaderamente hijos suyos. 4. La misericordia, la conversión, el perdón, la alegría: otros textos [Cfr. La alegría del perdón, Edibesa 1998 – cf. índice analítico] a) El Señor viene a nuestro encuentro cuando nos convertimos en lo más profundo del alma (San Ambrosio, Comentario al Evangelio de san Lucas, VII). 1 Cfr. Lucas 15, 11 ss 2 Lucas 15, 20 5 b) Nada es tan grato a Dios, y tan conforme a su amor, como la conversión de los hombres mediante un sincero arrepentimiento por los pecados (San Máximo el Confesor, Carta 11). c) Dios conoce perfectamente la fragilidad de nuestra naturaleza (Santa Teresita del Niño Jesús, Historia de un alma, cap. VIII). d) Nuestro Padre Dios “reviene nuestro deseos de ser perdonados, y se adelanta , abriéndonos los brazos con su gracia” (San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 64). e) La alegría del padre se celebra con un banquete: en la cultura, y en la religión hebraica, el banquete era la expresión fundamental de amistad, de fiesta y de paz (Catecismo de adultos, n. 198). f) La penitencia valiosa es la que suscita Dios: por su misericordia llama al arrepentimiento (San Juan de Avila, Sermón del miércoles de ceniza, n. 7,1). g) No perder la esperanza de la conversión (San Cirilo de Jerusalén, Segunda catequesis bautismal, la penitencia, n. 5). h) Dios no se cansa de perdonar; la conciencia de ser como vasos de arcilla nos debe servir para consolidar nuestra esperanza en Cristo (San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 215). i) La conversión transforma al hombre (Conferencia Episcopal Española, Dejaos reconciliar con Dios, n.3). j) La llamada de Jesús a la penitencia se dirige, sobre todo, a la conversión del corazón (CCE n. 1430). k) La conversión es obra de la gracia de Dios (CCE n. 1432). etc. www.parroquiasantamonica.com Vida Cristiana

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