sábado, 27 de mayo de 2017

Testigos del amor (+ Fr. Santiago Agrelo. Arzobispo de Tánger)

A los fieles laicos, a los religiosos y a los presbíteros de la Iglesia de Tánger: PAZ Y BIEN.

Los discípulos de Jesús, hoy lo mismo que ayer, preguntamos al Señor por el mundo, por el sufrimiento de los pobres, por el cumplimiento de las esperanzas que hay en nuestros sueños: ¿Es ahora cuando nos vas a restaurar? ¿Hasta cuándo la injusticia, el odio, la violencia van a tener en vilo nuestras vidas? ¿Has cuándo?
Y la respuesta del Señor es hoy para nosotros la misma que oyeron entonces los discípulos: “Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos –mis mártires-”.
Que es como si a todos hubiese dicho: Lo que yo tenía que hacer, está hecho. Falta lo que habéis de hacer vosotros. El mundo que esperáis está en vuestras manos, pues una vez recibido el Espíritu Santo, con él se os habrá dado la fuerza que necesitáis para realizar vuestra esperanza.

El mismo que “sube al cielo”, es el que ha de permanecer en la tierra:
Ése es el  misterio: El mismo que ha dejado a sus discípulos para subir el cielo, es el que ha de vivir en ellos para permanecer con ellos en el mundo.
El mundo que esperamos es el mundo de Jesús de Nazaret. El hombre que soñamos es el que hemos conocido en Jesús de Nazaret. Y de él –de ese mundo, de ese hombre que es Jesús de Nazaret- a nosotros se nos dice que hemos de ser testigos hasta los confines de la tierra.
Ser testigos de Jesús es hacerlo presente, es llenar de Cristo el mundo en que vivimos, es dejarnos transformar en Cristo por la acción del Espíritu Santo.
Los testigos del Señor haremos posible la paradoja de que haya subido al cielo el que se queda con nosotros, el que se queda en nosotros, el que, precisamente porque es de Dios, porque es todo de Dios, es el primer hombre de una humanidad nueva, pacífica, esperanzada, resucitada y agradecida, aunque nunca deje de ser una humanidad crucificada.

El mismo que “sube al cielo”, es el que permanece en sus testigos:
Es la hora de los testigos –la hora de los mártires- de Cristo Jesús. Lo ha sido desde el día en que el Señor ascendió a la vida de Dios. Puede que hoy lo sea más que nunca.
La indiferencia de los epulones, la corrupción de los necios, el pragmatismo de opciones políticas y económicas, el fanatismo de los idólatras, han llenado de víctimas los caminos de la humanidad.
La humillación de los esclavizados se ha vuelto clamor en los oídos de Dios, un clamor que resuena también en nuestros oídos y conmueve las entrañas.
En un mundo en el que hay recursos para que todos puedan vivir en paz y con dignidad, constatamos cada día que las guerras matan, el hambre mata, el fanatismo mata, y la economía, que por principio sacrifica personas a beneficio, mata ciertamente más que el fanatismo.
En ese mundo al que somos enviados los testigos de Cristo resucitado, la muerte es negocio que genera intereses elevados, reconocidos y garantizados.
El hombre del mundo viejo ha interiorizado la certeza de que a la violencia sólo se puede responder adecuadamente con otra violencia.
Tal vez por sí solo nunca pueda desaprender esa certeza.
Tal vez la de amar siempre y amar a todos sea una sabiduría que sólo Dios pueda enseñarnos.
Completada en el libro de la vida de Jesús de Nazaret la lección sobre el amor, a los discípulos se nos constituye testigos del Maestro, para que, también en el libro de nuestra vida, todos puedan ver lo que de Jesús hemos aprendido.
Discípulos, testigos, enviados como ovejas entre lobos, sin más defensa que la cruz del Señor, sin más fuerza que la que nos da el Espíritu del Señor y su santa operación: Eso es lo que somos. Eso ha hecho de nosotros la fe en Cristo Jesús.

La misión de la Iglesia:
Queridos: conocemos el mandato del Señor, “que nos amemos unos a otros como él nos ha amado”.
Conocemos el modo de cumplirlo: arrodillados a los pies de los hermanos como Jesús se arrodilló a los pies de sus discípulos para lavárselos.
E intuimos que ésa es nuestra misión en el mundo nuevo inaugurado por Cristo Jesús.
La fe nos dice que el que hoy sube al cielo, es el mismo que ha descendido del cielo: Es el que ha nacido pobre en Belén, ha vivido pobre en todos los caminos, y ha muerto en una cruz sin disponer siquiera de un vestido de pudor para su cuerpo martirizado.
La fe nos dice que el que hoy sube al cielo es el que se anonadó a sí mismo, el que se despojó de su rango, el que se hizo obediente hasta la muerte y muerte de cruz.
La fe nos dice que el que hoy sube al cielo es amigo de publicanos y pecadores, se deja ungir por prostitutas, se deja tocar por mujeres que tienen flujo de sangre, y no da su aprobación para que se lapide a una mujer sorprendida en flagrante adulterio.
Y esa misma fe nos dice que es de él de quien hemos de ser testigos, que es él quien ha de vivir en nosotros, que es de él de quien ha de hablar nuestra vida.
Ésta es nuestra misión: Ser testigos de Cristo, Iglesia de Cristo, Iglesia-Cristo, Iglesia pobre y humilde entre los humildes y los pobres, Iglesia mundo nuevo, Iglesia humanidad nueva.

Con la fuerza del Espíritu:
Lo dijo Jesús: “Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena”.
No podremos aprender a Cristo si no nos guía el Espíritu de Cristo.
No podremos ser de Cristo y en Cristo si no nos transforma el Espíritu de Cristo.
No podremos ser testigos de Cristo –mártires de Cristo- si no nos mueve con su fuerza el Espíritu de Cristo.
El Espíritu Santo, que es el mismo en Jesús de Nazaret y en nosotros, nos unge, nos transforma, nos mueve, nos envía, para renovar según el modelo que es Cristo la faz de la tierra.
Feliz día de la Ascensión del Señor.
Feliz día de Pentecostés.
Feliz y dichosa misión para hacer, con la fuerza del Espíritu, un mundo nuevo.

Tánger, 25 de mayo de 2017.

+ Fr. Santiago Agrelo

Arzobispo de Tánger

viernes, 26 de mayo de 2017

Catequesis de Papa Francisco sobre la familia (22) (24 de junio de 2015). Vulnerabilidad de la familia en las condiciones de vida que la ponen a prueba. Las heridas que se abren en la convivencia familiar: cuando en la misma familia se hacen daño.



1 Catequesis de Papa Francisco sobre la familia (22) (24 de junio de 2015). Vulnerabilidad de la familia en las condiciones de vida que la ponen a prueba. Las heridas que se abren en la convivencia familiar: cuando en la misma familia se hacen daño. Cfr. Papa Francisco, Catequesis sobre la familia (22): vulnerabilidad de la familia en las condiciones de vida que la ponen a prueba. Las heridas que se abren en la convivencia familiar: cuando en la misma familia se hacen daño. 24 de junio de 2015 En las últimas catequesis hemos hablado de la familia que vive hoy la fragilidad de la condición humana, la pobreza, la enfermedad, la muerte. En cambio, hoy reflexionaremos sobre las heridas que se abren precisamente en la convivencia familiar. Es decir, cuando en la familia misma se hacen daño. ¡Es lo más feo! Sabemos bien que en ninguna historia familiar faltan momentos en que la intimidad de los afectos más queridos se ve ofendida por el comportamiento de sus miembros. Palabras y acciones (¡y omisiones!) que, en vez de expresar amor, lo esconden o, peor aún, lo mortifican. Cuando esas heridas, todavía remediables, se descuidan, se agravan: se trasforman en prepotencia, hostilidad, desprecio. Y en ese punto pueden llegar a ser heridas profundas, que dividen la marido y a la mujer, y empujan a buscar fuera comprensión, apoyo y consuelo. Pero frecuentemente esos “apoyos” no están pensando en el bien de la familia. El vacío del amor conyugal difunde resentimiento en las relaciones. Y a menudo la disgregación “arrolla” a los hijos. Sí, los hijos. Quisiera detenerme un poco en este punto. A pesar de nuestra sensibilidad aparentemente evolucionada, y todos nuestros refinados análisis psicológicos, me pregunto si no nos hemos anestesiado incluso respecto a las heridas del alma de los niños. Cuanto más se busca compensar con regalos y meriendas, más se pierde el sentido de las heridas –más dolorosas y profundas– del alma. Hablamos mucho de desórdenes del comportamiento, de salud psíquica, del bienestar de los niños, de la ansiedad de los padres y de los hijos... ¿Pero sabemos lo que es una herida del alma? ¡Sentimos el peso de la montaña que aplasta el alma de los niños, en las familias donde se tratan mal y se hacen daño, hasta romper el vínculo de la fidelidad conyugal? ¡Qué peso tiene en nuestras decisiones –decisiones equivocadas, por ejemplo–, cuánto peso tiene el alma de los niños? Cuando los adultos pierden la cabeza, cuando cada uno piensa solo en sí mismo, cuando papá y mamá se hacen daño, el alma de los niños sufre mucho, experimenta un sentido de desesperación. Y son heridas que dejan marca para toda la vida. En la familia todo está junto y unido: cuando su alma está herida en algún punto, la infección contagia a todos. Y cuando un hombre y una mujer, que se han comprometido en ser “una sola carne” y a formar una familia, piensan obsesivamente en sus propias exigencias de libertad y de gratificación, esa distorsión afecta profundamente el corazón y la vida de los hijos. Tantas veces los niños se esconden para llorar solos… ¡tantas veces! Debemos entender bien esto. Marido y mujer son una sola carne. Pero sus criaturas son carne de su carne. Si pensamos en la dureza con que Jesús advierte a los adultos para no escandalizar a los pequeños –hemos oído el pasaje del Evangelio (cfr. Mt 18,6)–, podemos comprender mejor también sus palabras sobre la grave responsabilidad de proteger el vínculo conyugal que de inicio a la familia humana (cfr. Mt 19,6-9). Cuando el hombre y la mujer son una sola carne, todas las heridas y todos los abandonos del papá y de la mamá inciden en la carne viva de los hijos”. Es verdad, por otra parte que hay casos en los que la separación es inevitable. A veces puede ser incluso moralmente necesaria, cuando se trata de proteger al cónyuge más débil, o a los hijos pequeños, de las heridas más graves causadas por la prepotencia y la violencia, por la humillación y 2 el abuso, por las rarezas y la indiferencia. No faltan, gracias a Dios, los que, apoyados en la fe y el amor a los hijos, dan testimonio de su fidelidad a un vínculo en el que han creído, por muy imposible que parezca hacerlo revivir. Pero no todos los separados sienten esa vocación. No todos reconocen, en la soledad, una llamada del Señor dirigida a ellos. A nuestro alrededor encontramos diversas familias en situaciones llamadas irregulares… ¡a mí no me gusta esa palabra! Y nos hacemos muchas preguntas: ¿Cómo ayudarles? ¿Cómo acompañarles? ¿Cómo acompañar para que los niños no se conviertan en rehenes del padre o de la madre? Pidamos al Señor una fe grande, para ver la realidad con la mirada de Dios; y una grande caridad, para acercarnos a las personas con su corazón misericordioso. www.parroquiasantamonica.com Vida CristianaCatequesis de Papa Francisco sobre la familia (22) (24 de junio de 2015). Vulnerabilidad de la familia en las condiciones de vida que la ponen a prueba. Las heridas que se abren en la convivencia familiar: cuando en la misma familia se hacen daño.

Catequesis de Papa Francisco sobre la familia (21) (17 de junio de 2015). Vulnerabilidad de la familia en las condiciones de vida que la ponen a prueba. La prueba de la muerte.



1 Catequesis de Papa Francisco sobre la familia (21) (17 de junio de 2015). Vulnerabilidad de la familia en las condiciones de vida que la ponen a prueba. La prueba de la muerte. Cfr. Papa Francisco, Catequesis sobre la familia (21): vulnerabilidad de la familia en las condiciones de vida que la ponen a prueba. La familia y la muerte. 17 de junio de 2015 En el recorrido de catequesis sobre la familia, hoy tomamos directamente inspiración del episodio narrado por el evangelista Lucas, que acabamos de escuchar (cfr. Lc 7,11-15). Es una escena muy conmovedora, que nos muestra la compasión de Jesús por quien sufre —en este caso una viuda que ha perdido a su único hijo— y nos muestra también el poder de Jesús sobre la muerte. La muerte es una experiencia que afecta a todas las familias, sin excepción alguna. Forma parte de la vida; sin embargo, cuando toca los afectos familiares, la muerte nunca nos parece natural. Para los padres, sobrevivir a los propios hijos es algo particularmente desgarrador, que contradice la naturaleza elemental de las relaciones que dan sentido a la misma familia. La pérdida de un hijo o de una hija es como si se parase el tiempo: se abre una vorágine que se traga el pasado e incluso el futuro. La muerte que se lleva a un hijo pequeño o joven es una bofetada a las promesas, dones y sacrificios de amor gozosamente entregados a la vida que hemos hecho nacer. Muchas veces vienen a Misa en Santa Marta padres con la foto de un hijo o una hija, y me dicen: Se ha ido, se ha ido. Y su mirada es tan dolorosa. La muerte toca, y cuando es un hijo toca profundamente. Toda la familia se queda como paralizada, muda. Y algo parecido padece también el niño que se queda solo por la pérdida de un padre o de ambos. Esa pregunta: ¿Dónde está papá? ¿Donde está mamá?” –“¡Están en el cielo!” –“¿Y por qué no los veo? Esta pregunta encubre una angustia en el corazón del niño que se queda solo. El vacío de abandono que se abre dentro de él es mucho más angustioso porque ni siquiera tiene la experiencia suficiente para “dar un nombre” a lo que ha pasado. ¿Cuándo vuelve papá? ¿Cuándo vuelve mamá? ¿Qué responder cuando el niño sufre? Así es la muerte en la familia. En esos casos, la muerte es como un agujero negro que se abre en la vida de las familias y al que no sabemos dar explicación alguna. Y a veces se llega incluso a echar la culpa a Dios. Cuánta gente —yo los comprendo— se enfada con Dios, y blasfema: ¿Por qué me ha quitado a mi hijo, a mi hija? ¡Dios no está, Dios no existe! ¿Por qué me ha hecho esto? Tantas veces hemos oído esto. Y esa rabia es solo un poco del gran dolor que sale del corazón; la pérdida de un hijo o una hija, del padre o la madre, es un gran dolor. Esto pasa continuamente en las familias. En estos casos —he dicho—, la muerte es como un agujero. Pero la muerte física tiene cómplices que son incluso peores que ella, y que se llaman odio, envidia, soberbia, avaricia; en definitiva, el pecado del mundo que trabaja para la muerte y la hace aún más dolorosa e injusta. Los afectos familiares aparecen como las víctimas predestinadas e inermes de esas potencias auxiliares de la muerte, que acompañan la historia del hombre. Pensemos en la absurda normalidad con la que, en ciertos momentos y lugares, los casos que añaden horror a la muerte son provocados por el odio y la indiferencia de otros seres humanos. ¡Que el Señor nos libre de acostumbrarnos a esto! En el pueblo de Dios, con la gracia de su compasión dada en Jesús, tantas familias demuestran con los hechos que la muerte no tiene la última palabra: esto es un verdadero acto de fe. Todas las veces que la familia de luto —incluso terrible— encuentra la fuerza de custodiar la fe y el amor que nos unen a los que amamos, impide ya ahora, que la muerte se lo lleve todo. La oscuridad de la muerte ha de afrentarse con un trabajo de amor más intenso. ¡Dios mío, dispersa mis tinieblas!, es la invocación de la liturgia de la noche. A la luz de la Resurrección del Señor, que no abandona a ninguno de los que el Padre le confió, podemos quitar a la muerte su aguijón, como 2 decía el apóstol Pablo (1Cor 15,55); podemos impedirle que nos envenene la vida, que haga vanos nuestros afectos, que nos haga caer en el vacío más oscuro. En esta fe, podemos consolarnos uno al otro, sabiendo que el Señor ha vencido a la muerte de una vez por todas. Nuestros seres queridos no han desaparecido en la oscuridad de la nada: la esperanza nos asegura que están en las manos buenas y fuertes de Dios. El amor es más fuerte que la muerte. Por eso, el camino es hacer crecer el amor, hacerlo más sólido, y el amor nos protegerá hasta el día en que toda lágrima será enjugada, cuando ya no habrá muerte, ni luto, ni lamento, ni afán (Ap 21,4). Si nos dejamos sostener por la fe, la experiencia del luto puede generar una más fuerte solidaridad de los lazos familiares, una nueva apertura al dolor de las demás familias, una nueva fraternidad con las familias que nacen y renacen en la esperanza. Nacer y renacer en la esperanza, eso nos da la fe. Pero yo quisiera subrayar la última frase del Evangelio que hemos oído (cfr. Lc 7,11-15). Después de que Jesús devuelve la vida a este joven, hijo de la madre viuda, dice el Evangelio: Jesús lo devolvió a su madre. ¡Y esa es nuestra esperanza! Todos los seres queridos que se han ido, el Señor nos los devolverá y nos encontraremos junto a ellos. ¡Esta esperanza no defrauda! Recordemos bien este gesto de Jesús: Y Jesús lo devolvió a su madre. ¡Así hará el Señor con todos los seres queridos de nuestra familia! Esa fe nos protege de la visión nihilista de la muerte, así como de los falsos consuelos del mundo, de modo que la verdad cristiana no corra el riesgo de mezclarse con mitologías de distinto género, cediendo a los ritos de la superstición, antigua o moderna (Benedicto XVI, Ángelus, 2-XI- 2008). Hoy es necesario que los Pastores y todos los cristianos expresen de modo más concreto el sentido de la fe respecto a la experiencia familiar del luto. No se debe negar el derecho al llanto — debemos llorar en el luto—: también Jesús se echó a llorar y quedó profundamente turbado por el grave luto de una familia a la que quería (Jn 11,33-37). Podemos más bien aprender del testimonio sencillo y fuerte de tantas familias que han sabido captar, en el durísimo paso de la muerte, también el seguro paso del Señor, crucificado y resucitado, con su irrevocable promesa de resurrección de los muertos. El trabajo del amor de Dios es más fuerte que el trabajo de la muerte. ¡De ese amor, precisamente de ese amor, debemos hacernos cómplices trabajadores con nuestra fe! Y recordemos aquel gesto de Jesús: Jesús lo devolvió a su madre, así hará con todos nuestros seres queridos y con nosotros cuando nos encontraremos, cuando la muerte sea definitivamente derrotada en nosotros. Fue derrotada por la cruz de Jesús. ¡Jesús nos devolverá en familia a todos! www.parroquiasantamonica.com Vida Cristiana

Catequesis de Papa Francisco sobre la familia (20) (10 de junio de 2015). Vulnerabilidad de la familia en las condiciones de vida que la ponen a prueba. La prueba de la enfermedad.



1 Catequesis de Papa Francisco sobre la familia (20) (10 de junio de 2015). Vulnerabilidad de la familia en las condiciones de vida que la ponen a prueba. La prueba de la enfermedad. Cfr. Papa Francisco, Catequesis sobre la familia (20): vulnerabilidad de la familia en las condiciones de vida que la ponen a prueba. La familia y la enfermedad 10 de junio de 2015 Continuamos con la catequesis sobre la familia, y en esta ocasión quisiera tocar un aspecto muy común en la vida de nuestras familias, el de la enfermedad. Es una experiencia de nuestra fragilidad, que vivimos sobre todo en familia, desde niños, y luego también como ancianos, cuando llegan los achaques. En el ámbito de los lazos familiares, la enfermedad de las personas que queremos se padece con un plus de sufrimiento y angustia. El amor nos hace sentir ese plus. Muchas veces, para un padre y una madre, es más difícil soportar la enfermedad de un hijo, de una hija, que la propia. La familia, podemos decir, siempre ha sido el hospital más cercano. Todavía hoy, en muchas partes del mundo, el hospital es un privilegio para pocos, y frecuentemente está lejos. Son la madre, el padre, los hermanos, las hermanas, las abuelas quienes garantizan la atención y ayudan a curar. En los Evangelios, muchas páginas cuentan el encuentro de Jesús con los enfermos y su compromiso en curarlos. Se presenta públicamente como quien lucha contra la enfermedad y que ha venido a curar al hombre de todo mal, del cuerpo y del alma. Es verdaderamente emocionante la escena evangélica del Evangelio de San Marcos. Dice así: Llegada la tarde, tras la puesta del sol, le traían a todos los enfermos y endemoniados (1,29). Si pienso en las grandes ciudades contemporáneas, me pregunto: ¿Dónde están las puertas a las que llevar a los enfermos para que sean curados? Jesús jamás eludió su curación. Nunca pasó de largo, ni volvió la cara a otra parte. Y cuando un padre o una madre, o personas amigas le llevan un enfermo para que lo toque y lo cure, no dejó pasar el tiempo; la curación era antes que la ley, incluso de una tan sagrada como el descanso del sábado (cfr. Mc 3,1-6). Los doctores de la ley reprochan a Jesús porque curaba en sábado, hacía el bien en sábado. Pero el amor de Jesús era dar la salud y hacer el bien. ¡Y eso es lo primero, siempre! Jesús manda a sus discípulos a realizar su misma obra y les da el poder de curar, o sea, de acercarse a los enfermos y cuidarlos a fondo (cfr. Mt 10,1). Debemos recordar siempre lo que dijo a los discípulos en el episodio del ciego de nacimiento (Jn 9,1-5). Los discípulos —con el ciego delante— discutían sobre quién había pecado para que naciera ciego, él o sus padres. El Señor dijo claramente: ni él ni sus padres; es así para que se manifiesten en él las obras de Dios. Y lo curó. ¡Esa es la gloria de Dios! ¡Esta es la tarea de la Iglesia! Ayudar a los enfermos, no perderse en parloteo, ayudar siempre, consolar, ayudar, estar cerca de los enfermos. ¡Esa es la tarea! La Iglesia invita a la oración continua por los seres queridos enfermos. La oración por los enfermos no debe faltar nunca. Es más, debemos rezar más, personalmente y en comunidad. Pensemos en el episodio evangélico de la mujer Cananea (cfr. Mt 15,21-28). Es una mujer pagana, no es del pueblo de Israel, sino una pagana que suplica a Jesús que cure a su hija. Jesús, para probar su fe, primero le responde duramente: No puedo, tengo que pensar primero en las ovejas de Israel. La mujer no retrocede —una madre, cuando pide ayuda para su criatura, no cede jamás; todos sabemos que las madres luchan por sus hijos— y responde: También a los cachorros, cuando los dueños han comido, les echan algo, como diciendo: ¡Al menos, trátame como a un cachorrillo! Entonces Jesús le dice: ¡Mujer, grande es tu fe! Que se cumpla lo que pides (v. 28). 2 Ante la enfermedad, también en la familia surgen dificultades, por la debilidad humana. Pero, en general, el tiempo de la enfermedad hace crecer la fuerza de los lazos familiares. Y pienso en lo importante que es educar a los hijos, desde pequeños, en la solidaridad a la hora de la enfermedad. Una educación que mantiene lejos la sensibilidad por la enfermedad humana, seca el corazón, y hace que los niños queden anestesiados hacia el sufrimiento ajeno, incapaces de enfrentarse al sufrimiento o vivir la experiencia del límite. Cuántas veces vemos llegar al trabajo a un hombre o una mujer con el rostro cansado, con aspecto cansado, y cuando se le pregunta ¿qué te pasa?, responde: Sólo he dormido dos horas porque en casa nos turnamos para estar junto al niño, a la niña, al enfermo, al abuelo, a la abuela… Pero la jornada sigue con el trabajo. Estas cosas son heroicas, es la heroicidad de las familias, heroicidad escondida que se vive con ternura y valentía cuando hay algún enfermo en casa. La debilidad y el sufrimiento de nuestros seres queridos pueden ser, para nuestros hijos y nuestros nietos, una escuela de vida —es importante educar a los hijos y a los nietos a entender esta cercanía a la enfermedad en familia— y lo son cuando los momentos de la enfermedad se acompañan con la oración y la cercanía afectuosa y primorosa de los familiares. La comunidad cristiana sabe bien que la familia, en la prueba de la enfermedad, no puede dejarse sola. Debemos dar gracias al Señor por esas bonitas experiencias de fraternidad eclesial que ayudan a las familias a atravesar el difícil momento del dolor y del sufrimiento. Esta cercanía cristiana, de familia a familia, es un auténtico tesoro para la parroquia; un tesoro de sabiduría, que ayuda a las familias en los momentos difíciles y hace entender el Reino de Dios mejor que muchos discursos. Son caricias de Dios. www.parroquiasantamonica.com Vida Cristiana

Catequesis de Papa Francisco sobre la familia (19) (3 de junio de 2015). Vulnerabilidad de la familia en las condiciones de vida que la ponen a prueba. La prueba de la pobreza en las familias.



1 Catequesis de Papa Francisco sobre la familia (19) (3 de junio de 2015). Vulnerabilidad de la familia en las condiciones de vida que la ponen a prueba. La prueba de la pobreza en las familias. Cfr. Papa Francisco, Catequesis sobre la familia (19): vulnerabilidad de la familia en las condiciones de vida que la ponen a prueba. La prueba de la pobreza en las familias. 3 de junio de 2015 En estos miércoles hemos hablado de la familia y seguimos reflexionando sobre el tema. Desde hoy nuestras catequesis se abren considerando la vulnerabilidad de la familia en las condiciones de vida que la ponen a prueba. ¡La familia tiene tantos problemas que la ponen a prueba! Una de esas pruebas es la pobreza. Pensemos en tantas familias que pueblan las periferias de las megalópolis, y también en las zonas rurales. ¡Cuánta miseria, cuanta degradación! Y luego, para agravar la situación, a algunos lugares también llega la guerra. La guerra es siempre algo terrible. Además, golpea especialmente a las poblaciones civiles y a las familias. Ciertamente la guerra es la madre de todas las pobrezas, la guerra empobrece la familia, es una gran depredadora de vidas, de almas, y de los afectos más sagrados y más queridos. A pesar de todo eso, hay muchas familias pobres que, con dignidad, procuran llevar su vida diaria, confiando abiertamente en la bendición de Dios. Pero esta lección no debe justificar nuestra indiferencia, sino, en todo caso, aumentar nuestra vergüenza por que haya tanta pobreza. Es casi un milagro que, hasta en la pobreza, se sigan formando familias, e incluso conserven —como pueden— la especial humanidad de sus vínculos. Esto irrita a los planificadores del bienestar que consideran los afectos, la generación, los lazos familiares, como una variable secundaria de la calidad de vita. ¡No entienden nada! En cambio, nosotros deberíamos arrodillarnos ante esas familias, que son una verdadera escuela de humanidad que salva a las sociedades de la barbarie. ¿Qué nos queda si cedemos al chantaje de César y Mammon, de la violencia y del dinero, y renunciamos incluso a los afectos familiares? Sólo llegará una nueva ética civil cuando los responsables de la vida pública reorganicen el vínculo social a partir de la lucha a la espiral perversa entre familia y pobreza, que nos lleva al abismo. La economía actual se suele especializar en el goce del bienestar individual, pero abusa ampliamente de los lazos familiares. ¡Es una grave contradicción! ¡El inmenso trabajo de la familia no se anota en los presupuestos, naturalmente! En efecto, la economía y la política son avaras en reconocimientos al respecto. Sin embargo, la formación interior de la persona y la circulación social de los afectos tienen precisamente ahí su pilar. Si lo quitas, todo se viene abajo. No es solo cuestión de pan. Hablamos de trabajo, hablamos de educación, hablamos de sanidad. Es importante entender bien esto. Siempre nos quedamos muy removidos cuando vemos las imágenes de niños desnutridos y enfermos que se nos muestran en tantas partes del mundo. Al mismo tiempo, nos conmueve también los ojos brillantes de muchos niños, privados de todo, que están en escuelas hechas de nada, cuando muestran con orgullo su lápiz y su cuaderno. ¡Y con mirada de amor al maestro o la maestra! ¡Los niños saben que el hombre no vive solo de pan! También el cariño familiar; cuando hay miseria los niños sufren, porque ellos quieren el amor, los lazos familiares. 2 Los cristianos deberíamos ser siempre más cercanos a las familias que la pobreza pone a prueba. Pensadlo, todos conocéis a alguien: padre sin trabajo, madre sin trabajo…, y la familia sufre y los lazos se debilitan. Es feo esto. En efecto, la miseria social golpea a la familia y a veces la destruye. La falta o la pérdida de trabajo, o su fuerte precariedad, inciden pesadamente en la vida familiar, poniendo en dura prueba las relaciones. Las condiciones de vida en los barrios más desfavorecidos, con problemas de vivienda y trasporte, así como la reducción de los servicios sociales, sanitarios y escolares, causan ulteriores dificultades. A estos factores materiales se añade el daño causado a la familia por falsos modelos, difundidos por los medios, basados en el consumismo y el culto de la apariencia, que influyen en los sectores sociales más pobres e incrementan la disgregación de los lazos familiares. Cuidar a las familias, cuidar el cariño, cuando la miseria pone la familia a prueba. La Iglesia es madre, y no debe olvidar este drama de sus hijos. También debe ser pobre, para ser fecunda y responder a tanta miseria. Una Iglesia pobre es una Iglesia que practica una voluntaria sencillez en su propia vida —en sus mismas instituciones, en el estilo de vida de sus miembros— para derribar todo muro de separación, sobre todo de los pobres. Hacen falta oración y acción. Pidamos intensamente al Señor que nos remueva, para hacer a nuestras familias cristianas protagonistas de esta revolución de la proximidad familiar, que ahora es tan necesaria. De esa proximidad familiar, desde el principio, está hecha la Iglesia. Y no olvidemos que el juicio de los menesterosos, de los pequeños y de los pobres anticipa el juicio de Dios (Mt 25,31-46). No olvidemos esto y hagamos todo lo que podamos para ayudar a las familias a ir adelante en la prueba de la pobreza y de la miseria que afectan a los afectos y a los lazos familiares. Quisiera leer otra vez el texto de la Biblia que hemos escuchado al comienzo, y que cada uno piense en las familias que son probadas por la miseria y por la pobreza. La Biblia dice así: Hijo mío, no niegues su pan al pobre; no hagas esperar al que te mira con ojos suplicantes. No apenes al que tiene hambre, ni hagas enojarse a un indigente. No discutas con el desesperado, ni dejes que el necesitado suspire por tu limosna. No eches al mendigo agobiado por su miseria, ni le des la espalda al pobre. No des la espalda al que está necesitado, ni des a alguien un motivo para que te maldiga (Sir 4,1-5a). Porque eso será lo que hará el Señor —lo dice en el Evangelio— si no hacemos estas cosas. www.parroquiasantamonica.com Vida Cristiana


Vida Familiar (II). Catequesis de Papa Francisco sobre la familia (18) (2015). La educación de los hijos. Se han multiplicados los llamados expertos, que han ocupado el papel de los padres incluso en los aspectos más íntimos de la educación. Los padres no deben autoexcluirse de la educación de los hijos. No cabe duda de que los padres, o mejor, ciertos modelos educativos del pasado, tenían sus límites, no hay duda. Pero también es verdad que hay errores que solo los padres están autorizados a cometer, porque pueden compensarlos de un modo que es imposible a cualquier otro. Las comunidades cristianas están llamadas a ofrecer apoyo a la misión educativa de las familias, y lo hacen sobre todo con la luz de la Palabra de Dios. ¡Cuántos ejemplos estupendos tenemos de padres cristianos llenos de prudencia humana! Nos muestran que la buena educación familiar es la columna vertebral del humanismo. Si la educación familiar vuelve a encontrar al orgullo de su protagonismo, muchas cosas cambiarían para mejor. Es hora de que los padres y las madres vuelvan de su exilio —porque se han autoexiliado de la educación de sus hijos—, y reasuman plenamente su papel educativo.



1 Vida Familiar (II). Catequesis de Papa Francisco sobre la familia (18) (2015). La educación de los hijos. Se han multiplicados los llamados expertos, que han ocupado el papel de los padres incluso en los aspectos más íntimos de la educación. Los padres no deben autoexcluirse de la educación de los hijos. No cabe duda de que los padres, o mejor, ciertos modelos educativos del pasado, tenían sus límites, no hay duda. Pero también es verdad que hay errores que solo los padres están autorizados a cometer, porque pueden compensarlos de un modo que es imposible a cualquier otro. Las comunidades cristianas están llamadas a ofrecer apoyo a la misión educativa de las familias, y lo hacen sobre todo con la luz de la Palabra de Dios. ¡Cuántos ejemplos estupendos tenemos de padres cristianos llenos de prudencia humana! Nos muestran que la buena educación familiar es la columna vertebral del humanismo. Si la educación familiar vuelve a encontrar al orgullo de su protagonismo, muchas cosas cambiarían para mejor. Es hora de que los padres y las madres vuelvan de su exilio —porque se han autoexiliado de la educación de sus hijos—, y reasuman plenamente su papel educativo. Cfr. Papa Francisco, Catequesis sobre la familia (18), vida familiar (II): la educación de los hijos. 20 de mayo de 2015 Hoy, queridos hermanos y hermanas, quiero daros la bienvenida porque he visto entre vosotras a tantas familias: ¡buenos días a todas las familias! Continuamos reflexionando sobre la familia. Hoy nos detendremos a reflexionar sobre una característica esencial de la familia: su natural vocación a educar a los hijos para que crezcan en responsabilidad personal y con los demás. Lo que hemos escuchado del Apóstol Pablo, al comienzo, es tan bonito: Vosotros hijos, obedeced a vuestros padres en todo; eso agrada al Señor. Vosotros padres, no exasperéis a vuestros hijos, para que no se desanimen (Col 3,20-21). Es una regla sabia: el hijo educado en escuchar y obedecer a sus padres, los cuales no deben mandar de manera fea, para no desanimar a sus hijos. Los hijos deben crecer sin desanimarse, paso a paso. Si los padres decís a los hijos: Subamos por esa escalera, y los cogéis de la mano, y paso a paso los hacéis subir, las cosas irán bien. Pero si decís: ¡Venga, sube! – Pero, no puedo –¡Venga!, eso se llama exasperar a los hijos, pedirles cosas que no son capaces de hacer. Por eso, el trato entre padres e hijos debe ser de una prudencia, de un equilibrio tan grande. Hijos, obedeced a vuestros padres, eso agrada a Dios. Y vosotros padres, no exasperéis a los hijos, pidiéndoles cosas que no puedan hacer. Esto hay que hacerlo para que los hijos crezcan en responsabilidad. Parecería una constatación obvia, pero tampoco en nuestros tiempos faltan las dificultades. Es difícil educar para los padres que ven a los hijos solo por la noche, cuando vuelven a casa cansados por el trabajo. ¡Los que tienen la suerte de tener trabajo! Es aún más difícil para los padres separados, que están agobiados por su condición: pobrecillos, han tenido dificultades, se han separado y muchas veces los hijos se toman como rehenes, y el padre le habla mal de la madre y la madre le habla mal del padre, ¡y se hace tanto daño! Pues yo digo a los padres separados: ¡nunca, jamás toméis a los hijos como rehenes! Os habéis separados por tantas dificultades y motivos, la vida os ha dado esa prueba, pero que los hijos no sean los que carguen con el peso de esa separación, que no se usen como rehenes contra el otro cónyuge, que crezcan sintiendo que mamá habla bien de papá, aunque no estén juntos, y que papá habla bien de mamá. Para los padres separados esto es muy importante y muy difícil, pero lo pueden hacer. Pero, la pregunta fundamental: ¿Cómo educar? ¿Qué tradición tenemos hoy para trasmitir a nuestros hijos? Intelectuales críticos de todo género han acallado a los padres de mil modos, para defender a las jóvenes generaciones de los daños —verdaderos o presuntos— de la educación familiar. La familia ha sido acusada, entre otras cosas, de autoritarismo, de favoritismo, de 2 conformismo, de represión afectiva que genera conflictos. De hecho, se ha abierto una fractura entre familia y sociedad, entre familia y escuela, el pacto educativo se ha roto; y así, la alianza educativa de la sociedad con la familia ha entrado en crisis porque ha sido minada la confianza recíproca. Los síntomas son muchos. Por ejemplo, en la escuela se han visto afectadas las relaciones entre padres y profesores. A veces hay tensiones y desconfianza mutua; y las consecuencias naturalmente recaen en los hijos. Por otra parte, se han multiplicados los llamados expertos, que han ocupado el papel de los padres incluso en los aspectos más íntimos de la educación. En la vida afectiva, en la personalidad y el desarrollo, en los derechos y deberes, los expertos lo saben todo: objetivos, motivaciones, técnicas. Y los padres sólo pueden escuchar, aprender y adecuarse. Privados de su papel, se vuelven excesivamente aprensivos y posesivos con sus hijos, hasta no corregirles nunca: No puedes corregir a tus hijos. Tienden a confiarlos cada vez más a los expertos, hasta para los aspectos más delicados y personales de su vida, quedándose solos en un rincón; y así los padres de hoy corren el riesgo de autoexcluirse de la vida de sus hijos. ¡Y eso es gravísimo! Hoy hay casos de este tipo. No digo que pase siempre, pero los hay. La maestra en la escuela regaña al niño y hace una nota a los padres. Recuerdo una anécdota personal. Una vez, cuando estaba en cuarto de primaria, dije una palabrita a la maestra y ella, una buena mujer, llamó a mi madre. Vino al día siguiente, hablaron entre ellas, y luego me llamaron a mí. Y mi madre, delante de la maestra, me explicó que lo que hice era algo feo, y no había que hacerlo. ¡Mi madre lo hizo con tanta dulzura! Y luego me dijo que pidiera perdón delante de ella a la maestra. Yo lo hice y después me quedé contento porque dije: acabó bien la historia. ¡Pero aquello fue el primer capítulo! Cuando volví a casa, comenzó el segundo capítulo… Imaginaos hoy si la maestra hace algo de ese tipo, al día siguiente se encuentra a los dos padres o a uno de los dos para regañarla, porque los expertos dicen que no se debe regañar a los niños. ¡Han cambiado las cosas! Por tanto, los padres no deben autoexcluirse de la educación de los hijos. Es evidente que esa actitud no es buena: no es armónica, no es dialógica, y en vez de favorecer la colaboración entre la familia y las demás agencias educativas, las escuelas, los institutos…, los contrapone. ¿Cómo hemos llegado a este punto? No cabe duda de que los padres, o mejor, ciertos modelos educativos del pasado, tenían sus límites, no hay duda. Pero también es verdad que hay errores que solo los padres están autorizados a cometer, porque pueden compensarlos de un modo que es imposible a cualquier otro. Además, lo sabemos bien, la vida se ha vuelto avara de tiempo para hablar, reflexionar, charlar. Muchos padres son secuestrados por el trabajo —padre y madre tienen que trabajar— y por otras preocupaciones, avergonzados por las nuevas exigencias de los hijos y por la complejidad de la vida actual —que es así, y hay que aceptarla como es— y se encuentran como paralizados por el temor a equivocarse. El problema, sin embargo, no es solo hablar. Es más, un dialogismo superficial no lleva a un verdadero encuentro de la mente y del corazón. Preguntémonos más bien: ¿Procuramos entender dónde están verdaderamente los hijos en su camino? ¿Dónde está realmente su alma? ¿Lo sabemos? Y, sobre todo: ¿Lo queremos saber? ¿Estamos convencidos de que, en realidad, no esperan otra cosa? Las comunidades cristianas están llamadas a ofrecer apoyo a la misión educativa de las familias, y lo hacen sobre todo con la luz de la Palabra de Dios. El Apóstol Pablo recuerda la reciprocidad de los deberes entre padres e hijos: Vosotros hijos, obedeced a vuestros padres en todo; eso agrada al Señor. Vosotros padres, no exasperéis a vuestros hijos, para que no se desanimen (Col 3,20-21). En la base de todo está el amor, el que Dios nos da, que no falta el respeto, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor… Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta (1Cor 13,5- 6). Hasta en las mejores familias hay que soportarse, ¡y hace falta mucha paciencia para soportarse! ¡Pero la vida es así! La vida no se hace en un laboratorio, se hace en la realidad. 3 El mismo Jesús pasó por la educación familiar. Y también en ese caso, la gracia del amor de Cristo lleva a cumplimiento lo que está inscrito en la naturaleza humana. ¡Cuántos ejemplos estupendos tenemos de padres cristianos llenos de prudencia humana! Nos muestran que la buena educación familiar es la columna vertebral del humanismo. Su irradiación social es el recurso que permite compensar las lagunas, las heridas, los vacíos de paternidad y maternidad que afectan a los hijos menos afortunados. Esa irradiación puede hacer auténticos milagros. ¡Y en la Iglesia suceden cada día esos milagros! Espero que el Señor conceda a las familias cristianas la fe, la libertad y la valentía necesarias para su misión. Si la educación familiar vuelve a encontrar al orgullo de su protagonismo, muchas cosas cambiarían para mejor, para los padres inciertos y para los hijos desilusionados. Es hora de que los padres y las madres vuelvan de su exilio —porque se han autoexiliado de la educación de sus hijos—, y reasuman plenamente su papel educativo. Esperemos que el Señor conceda a los padres esta gracia: la de no autoexiliarse en la educación de los hijos. Y eso solo lo puede hacer el amor, la ternura y la paciencia. www.parroquiasantamonica.com Vida Cristiana

Vida Familiar (I). Catequesis de Papa Francisco sobre la familia (17) (2015). Permiso, gracias, perdón. «La buena educación ya es media santidad». Pero sin el formalismo de las buenas maneras. 1 Permiso: Cuando nos preocupamos por pedir gentilmente incluso lo que quizá pensamos poder pretender, ponemos una auténtica fortaleza para el espíritu de la convivencia matrimonial y familiar. Un lenguaje lleno de amor. 2 Gracias: necesidad de una educación a la gratitud, que para un creyente está en el corazón mismo de la fe. 3 Perdón: Si no somos capaces de pedir perdón, quiere decir que tampoco somos capaces de perdonar. Solo es necesario un pequeño gesto, una cosita, y la armonía familiar vuelve. Basta una caricia, sin palabras. No terminéis nunca el día sin hacer las paces.



1 Vida Familiar (I). Catequesis de Papa Francisco sobre la familia (17) (2015). Permiso, gracias, perdón. «La buena educación ya es media santidad». Pero sin el formalismo de las buenas maneras. 1 Permiso: Cuando nos preocupamos por pedir gentilmente incluso lo que quizá pensamos poder pretender, ponemos una auténtica fortaleza para el espíritu de la convivencia matrimonial y familiar. Un lenguaje lleno de amor. 2 Gracias: necesidad de una educación a la gratitud, que para un creyente está en el corazón mismo de la fe. 3 Perdón: Si no somos capaces de pedir perdón, quiere decir que tampoco somos capaces de perdonar. Solo es necesario un pequeño gesto, una cosita, y la armonía familiar vuelve. Basta una caricia, sin palabras. No terminéis nunca el día sin hacer las paces. Cfr. Papa Francisco, Catequesis sobre la familia (17), vida familiar (I): permiso, gracias, perdón. 13 de mayo de 2015 o La “Buena Educación”. Tres palabras que abren el camino para vivir bien en la familia: ¿permiso?, gracias, perdón. La catequesis de hoy es como la puerta de entrada de una serie de reflexiones sobre la vida de la familia, su vida real, con sus tiempos y sus acontecimientos. Encima de esta puerta de entrada hay escritas tres palabras, que ya he utilizado aquí en la Plaza varias veces. Y las tres palabras son: ¿permiso?, gracias, perdón. Estas palabras abren el camino para vivir bien en la familia, para vivir en paz. Son palabras sencillas, ¡pero no tan fáciles de poner en práctica! Encierran una gran fuerza: la fuerza de proteger la casa, también en las mil dificultades y pruebas; en cambio, su falta, poco a poco abre grietas que pueden hacerla incluso venirse abajo. o «La buena educación ya es media santidad». Pero sin el formalismo de las buenas maneras. Las conocemos normalmente como las palabras de la “buena educación”. Y es así: una persona bien educada pide permiso, dice gracias o pide perdón si se equivoca. Y eso está bien, porque la buena educación es muy importante. Un gran obispo, san Francisco de Sales, solía decir que la buena educación ya es media santidad. Pero, ¡cuidado!, porque en la historia hemos conocido también un formalismo de las buenas maneras que puede llegar a ser máscara que esconde la aridez del alma y el desinterés por el otro. Se suele decir: Detrás de tan buenas maneras se esconden malas costumbres. Ni siquiera la religión está a salvo de este riesgo, que lleva a la observancia formal a caer en la mundanidad espiritual. El diablo que tienta a Jesús destila buenas maneras —es todo un señor, un caballero— y cita las Sagradas Escrituras, parece un teólogo. Su estilo parece correcto, pero su intención es la de desviar de la verdad del amor de Dios. Nosotros, en cambio, entendemos la buena educación en sus términos auténticos, donde el estilo de los buenos modales está fuertemente arraigado en el amor del bien y en el respeto del otro. La familia vive de esta finura del amor. o ¿Permiso? Cuando nos preocupamos por pedir gentilmente incluso lo que quizá pensamos poder pretender, ponemos una auténtica fortaleza para el espíritu de la convivencia matrimonial y familiar. Un lenguaje lleno de amor. 1. Veamos: la primera palabra es ¿permiso? Cuando nos preocupamos por pedir gentilmente incluso lo que quizá pensamos poder pretender, ponemos una auténtica fortaleza para el espíritu de la convivencia matrimonial y familiar. Entrar en la vida del otro, aunque forme parte de nuestra vida, requiere la delicadeza de una actitud no invasiva, que renueva la confianza y el respeto. La confianza, en definitiva, no autoriza a darlo todo por descontado. Y el amor, cuanto más íntimo y profundo, tanto más exige el respeto de la libertad y la capacidad de esperar a que el otro abra la puerta de su corazón. A este propósito recordemos aquellas palabras de Jesús en el libro del Apocalipsis: Mira que estoy a la puerta y llamo. Si alguno escucha mi voz y me abre la puerta, entraré, cenaré con él y él conmigo (Ap 3,20). ¡Hasta el Señor pide permiso para entrar! No los olvidemos. Antes de hacer algo en familia: “Permiso, ¿puedo hacerlo? ¿Te gusta que lo haga así?”. Ese lenguaje educado pero lleno de amor. Y eso hace mucho bien en las familias. 2 o Gracias Necesidad de una educación a la gratitud, que para un creyente está en el corazón mismo de la fe. 2. La segunda palabra es gracias. A veces se nos ocurre que estamos llegando a una civilización de los malos modales y de las malas palabras, como si fuesen un signo de emancipación. Las oímos decir tantas veces, hasta públicamente. La gentileza y la capacidad de agradecer se ven como un signo de debilidad, a veces suscitan incluso desconfianza. Esa tendencia hay que combatirla en el seno mismo de la familia. Debemos ser intransigentes en la educación a la gratitud, al reconocimiento: la dignidad de la persona y la justicia social pasan ambas por aquí. Si la vida familiar descuida ese estilo, también la vida social lo perderá. La gratitud, además, para un creyente, está en el corazón mismo de la fe: un cristiano que no sabe agradecer es uno que ha olvidado la lengua de Dios. ¡Qué feo es eso! Recordemos la pregunta de Jesús, cuando curó a diez leprosos y solo uno de ellos volvió a darle las gracias (cfr. Lucas 17,18). Una vez escuché a una persona anciana, muy sabia, muy buena, sencilla, pero con esa sabiduría de la piedad, de la vida: La gratitud es una planta que crece solo en la tierra de almas nobles. Esa nobleza del alma, esa gracia de Dios en el alma nos empuja a decir: ¡gracias por la gratitud! Es la flor de un alma noble. ¡Qué bonito es esto! o Perdón Si no somos capaces de pedir perdón, quiere decir que tampoco somos capaces de perdonar. En la casa donde no se pide perdón comienza a faltar el aire, las aguas se estancan. Solo es necesario un pequeño gesto, una cosita, y la armonía familiar vuelve. Basta una caricia, sin palabras. No terminéis nunca el día sin hacer las paces. 3. La tercera palabra es perdón. Palabra difícil, cierto, pero tan necesaria. Cuando falta, pequeñas grietas se agrandan —incluso sin querer— hasta hacerse zanjas profundos. No por casualidad, en la oración enseñada por Jesús, el Padrenuestro, que resume todas las peticiones esenciales para nuestra vida, encontramos esta expresión: Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden (Mt 6,12). Reconocer que hemos faltado, y estar deseosos de restituir lo que se ha quitado —respeto, sinceridad, amor— hace dignos del perdón. Y así se para la infección. Si no somos capaces de pedir perdón, quiere decir que tampoco somos capaces de perdonar. En la casa donde no se pide perdón comienza a faltar el aire, las aguas se estancan. Muchas heridas de los afectos, muchos roces en las familias empiezan con la pérdida de esta palabra preciosa: ¡Perdóname! En la vida matrimonial se pelea muchas veces… hasta “vuelan los platos”, pero os doy un consejo: no terminar nunca la jornada sin hacer las paces. Oídme bien: ¿os habéis peleado la mujer y el marido? ¿Los hijos con los padres? ¿Habéis discutido fuerte? No está bien, pero ese no es el problema. El problema es que ese sentimiento esté aún el día siguiente. Por eso, si habéis peleado, nunca terminéis la jornada sin hacer las paces en familia. ¿Y cómo hago las paces? ¿Poniéndome de rodillas? ¡No! Solo un pequeño gesto, una cosita, y la armonía familiar vuelve. Basta una caricia, sin palabras. No terminéis nunca el día sin hacer las paces. ¿De acuerdo? No es fácil, pero se debe hacer. Y con eso la vida será más hermosa. Y para eso es suficiente un pequeño gesto. Estas tres palabras clave de la familia son palabras sencillas, y quizá en un primer momento nos hagan sonreír. Pero cuando las olvidamos, no hay nada de qué reírse, ¡verdad? Nuestra educación, tal vez, las descuida demasiado. Que el Señor nos ayude a volver a ponerlas en su sitio, en nuestro corazón, en nuestra casa, y también en nuestra convivencia civil. Son las palabras para entrar precisamente en el amor de la familia. www.parroquiasantamonica.com Vida Cristiana

Vocación al matrimonio (II). Catequesis de Papa Francisco sobre la familia (16) (2015). La belleza del matrimonio cristiano. ¡Una dignidad impensable!: el amor entre los cónyuges es imagen del amor entre Cristo y la Iglesia. El marido debe amar a la mujer «como a su propio cuerpo»; amarla «como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella». El sacramento del matrimonio manifiesta el valor de creer en la belleza del acto creador de Dios y de vivir ese amor que empuja a ir siempre más allá, más allá de sí mismos e incluso más allá de la misma familia. El vínculo indisoluble de la historia de Cristo y de la Iglesia con la historia del matrimonio y de la familia humana.



1 Vocación al matrimonio (II). Catequesis de Papa Francisco sobre la familia (16) (2015). La belleza del matrimonio cristiano. ¡Una dignidad impensable!: el amor entre los cónyuges es imagen del amor entre Cristo y la Iglesia. El marido debe amar a la mujer «como a su propio cuerpo»; amarla «como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella». El sacramento del matrimonio manifiesta el valor de creer en la belleza del acto creador de Dios y de vivir ese amor que empuja a ir siempre más allá, más allá de sí mismos e incluso más allá de la misma familia. El vínculo indisoluble de la historia de Cristo y de la Iglesia con la historia del matrimonio y de la familia humana. Cfr. Papa Francisco, Catequesis sobre la familia (16), el Matrimonio (II): la dignidad del matrimonio, imagen del amor entre Cristo y la Iglesia. 6 de mayo de 2015 o ¡Una dignidad impensable!: el amor entre los cónyuges es imagen del amor entre Cristo y la Iglesia. El marido debe amar a la mujer «como a su propio cuerpo» (Efesios 5,28); amarla «como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella» (v. 25). Esta semilla de la novedad evangélica, que restablece la originaria reciprocidad de la entrega y del respeto, maduró lentamente en la historia, pero al final ha prevalecido. En nuestro camino de catequesis sobre la familia tocamos hoy directamente la belleza del matrimonio cristiano, que no es simplemente una ceremonia que se hace en la iglesia, con las flores, los vestidos, las fotos… El matrimonio cristiano es un sacramento que sucede en la Iglesia, y que también hace la Iglesia, dando inicio a una nueva comunidad familiar. Es lo que el Apóstol Pablo resume en su célebre expresión: Gran misterio es este; lo digo respecto a Cristo y a la Iglesia (Efesios 5,32). Inspirado por el Espíritu Santo, Pablo afirma que el amor entre los cónyuges es imagen del amor entre Cristo y la Iglesia. ¡Una dignidad impensable! Pero en realidad está inscrita en el plan creador de Dios y, con la gracia de Cristo, innumerables parejas cristianas, con sus limitaciones y sus pecados, ¡la han realizado! San Pablo, hablando de la nueva vida en Cristo, dice que los cristianos —todos— están llamados a amarse come Cristo les ha amado, es decir, someteos los unos a los otros (Ef 5,21), que significa al servicio los unos de los otros. Y aquí introduce la analogía entre la pareja marido-mujer y la de Cristo-Iglesia. Está claro que se trata de una analogía imperfecta, pero debemos captar el sentido espiritual que es altísimo y revolucionario, y al mismo tiempo sencillo, al alcance de cada hombre y mujer que se encomiendan a la gracia de Dios. El marido —dice Pablo— debe amar a la mujer como a su propio cuerpo (Ef 5,28); amarla como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella (v. 25). Pero vosotros, maridos que estáis aquí presentes, ¿entendéis esto? ¿Amar a vuestra mujer como Cristo ama a la Iglesia? ¡No son bromas, sino cosas serias! El efecto de este radicalismo de la entrega que se le pide al hombre, por el amor y la dignidad de la mujer, según el ejemplo de Cristo, debió ser enorme, en la misma comunidad cristiana. Esta semilla de la novedad evangélica, que restablece la originaria reciprocidad de la entrega y del respeto, maduró lentamente en la historia, pero al final ha prevalecido. o El sacramento del matrimonio manifiesta el valor de creer en la belleza del acto creador de Dios y de vivir ese amor que empuja a ir siempre más allá, más allá de sí mismos e incluso más allá de la misma familia. ¿Aceptamos a fondo, nosotros mismos, como creyentes y como pastores, este vínculo indisoluble de la historia de Cristo y de la Iglesia con la historia del matrimonio y de la familia humana? 2 El sacramento del matrimonio es un gran acto de fe y de amor: manifiesta el valor de creer en la belleza del acto creador de Dios y de vivir ese amor que empuja a ir siempre más allá, más allá de sí mismos e incluso más allá de la misma familia. La vocación cristiana para amar sin reservas y sin medida es, con la gracia de Cristo, lo que está en la base también del libre consentimiento que constituye el matrimonio. La Iglesia misma está plenamente implicada en la historia de todo matrimonio cristiano: se edifica en sus éxitos y padece en sus fracasos. Pero tenemos que preguntarnos con seriedad: ¿aceptamos a fondo, nosotros mismos, como creyentes y como pastores, este vínculo indisoluble de la historia de Cristo y de la Iglesia con la historia del matrimonio y de la familia humana? ¿Estamos dispuestos a asumir seriamente esa responsabilidad, o sea, que todo matrimonio va por el camino del amor que Cristo tiene con la Iglesia? ¡Qué grande e esto! o La decisión de casarse en el Señor contiene también una dimensión misionera, que significa tener en el corazón la disponibilidad de hacerse portadores de la bendición de Dios y de la gracia del Señor para todos. La Iglesia, para ofrecer a todos los dones de la fe, del amor y de la esperanza, necesita también la valiente fidelidad de los esposos a la gracia de su sacramento. En esta profundidad del misterio creatural, reconocido y restablecido en su pureza, se abre un segundo gran horizonte que caracteriza el sacramento del matrimonio. La decisión de casarse en el Señor contiene también una dimensión misionera, que significa tener en el corazón la disponibilidad de hacerse portadores de la bendición de Dios y de la gracia del Señor para todos. De hecho, los esposos cristianos participan en cuanto esposos en la misión de la Iglesia. ¡Hace falta valor para eso! Por eso, cuando saludo a los recién casados, digo: “¡Mirad qué valientes!”, porque hace falta valor para amarse como Cristo ama a la Iglesia. La celebración del sacramento no puede dejar fuera esta corresponsabilidad de la vida familiar respecto a la gran misión de amor de la Iglesia. Así, la vida de la Iglesia se enriquece cada vez de la belleza de esa alianza esponsal, así como se empobrece cada vez que viene desfigurada. La Iglesia, para ofrecer a todos los dones de la fe, del amor y de la esperanza, necesita también la valiente fidelidad de los esposos a la gracia de su sacramento. El pueblo de Dios necesita de su diario camino en la fe, en el amor y en la esperanza, con todas las alegrías y fatigas que ese camino comporta en un matrimonio y en una familia. o Se ama como ama Dios, para siempre. Cristo no cesa de cuidar de la Iglesia: la ama siempre, la protege siempre, como a sí mismo. La ruta queda así marcada para siempre, es la ruta del amor: se ama como ama Dios, para siempre. Cristo no cesa de cuidar de la Iglesia: la ama siempre, la protege siempre, como a sí mismo. Cristo no deja de quitar del rostro humano las manchas y las arrugas de todo tipo. Es emocionante y tan bonita la irradiación de la fuerza y de la ternura de Dios que se trasmite de pareja a pareja, de familia a familia. Tiene razón san Pablo: ¡esto es precisamente un gran misterio! ¡Hombres y mujeres, lo bastante valientes como para llevar ese tesoro en los vasos de barro de nuestra humanidad, son —esos hombres y mujeres tan valientes— un recurso esencial para la Iglesia, e incluso para todo el mundo! ¡Dios los bendiga mil veces por eso! www.parroquiasantamonica.com Vida Cristiana

Vocación al matrimonio (I). Catequesis de Papa Francisco sobre la familia (2015). Existe la cultura de lo provisional: el matrimonio se ve como un vínculo «a tiempo parcial». Hoy los jóvenes no se casan, prefieren una convivencia «con responsabilidad militada»? Aunque, en realidad, casi todos los hombres y mujeres querrían una seguridad afectiva estable, un matrimonio sólido y una familia feliz. El ejemplo más persuasivo de la bendición del matrimonio cristiano es la vida buena de los esposos cristianos y de la familia. En los primeros tiempos del Cristianismo, la gran dignidad del vínculo entre el hombre y la mujer acabó con un abuso considerado entonces absolutamente normal, o sea el derecho de los maridos a repudiar a sus mujeres, incluso por los motivos más engañosos y humillantes. La igualdad entre los cónyuges



1 Vocación al matrimonio (I). Catequesis de Papa Francisco sobre la familia (2015). Existe la cultura de lo provisional: el matrimonio se ve como un vínculo «a tiempo parcial». Hoy los jóvenes no se casan, prefieren una convivencia «con responsabilidad militada»? Aunque, en realidad, casi todos los hombres y mujeres querrían una seguridad afectiva estable, un matrimonio sólido y una familia feliz. El ejemplo más persuasivo de la bendición del matrimonio cristiano es la vida buena de los esposos cristianos y de la familia. En los primeros tiempos del Cristianismo, la gran dignidad del vínculo entre el hombre y la mujer acabó con un abuso considerado entonces absolutamente normal, o sea el derecho de los maridos a repudiar a sus mujeres, incluso por los motivos más engañosos y humillantes. La igualdad entre los cónyuges Cfr. Papa Francisco, Catequesis sobre la familia (15), el Matrimonio (I): la belleza del matrimonio y la inestabilidad actual. 29 de abril de 2015 o Jesús enseña que la obra maestra de la sociedad es la familia: ¡el hombre y la mujer que se aman! Nuestra reflexión sobre el plan originario de Dios sobre la pareja hombre-mujer, después de haber considerado las dos narraciones del Libro del Génesis, se dirige ahora directamente a Jesús. El evangelista Juan, al comienzo de su Evangelio, narra el episodio de las bodas de Caná, en la que estaban presentes la Virgen María y Jesús, con sus primeros discípulos (cfr. Jn 2,1-11). Jesús no solo participó en aquella boda, sino que ¡salvó la fiesta con el milagro del vino! Así pues, el primero de sus signos prodigiosos, con los que revela su gloria, lo realizó en el contexto de una boda, y fue un gesto de gran simpatía para aquella nueva familia, solicitado por la premura materna de María. Y esto nos hace recordar el libro del Génesis, cuando Dios termina la obra de la creación y realiza su obra maestra; la obra maestra es el hombre y la mujer. Y aquí Jesús comienza precisamente sus milagros con esta obra maestra, con un matrimonio, en una fiesta d bodas: un hombre y una mujer. Así nos enseña Jesús que la obra maestra de la sociedad es la familia: ¡el hombre y la mujer que se aman! ¡Esa es la obra maestra! o Hoy no parece fácil hablar del matrimonio como de una fiesta que se renueva en el tiempo, en las diversas estaciones de la vida entera de los cónyuges. Es un hecho que las personas que se casan son cada vez menos. Y que aumenta el número de separaciones, mientras disminuye el número de hijos. Existe la cultura de lo provisional. El matrimonio se ve como un vínculo «a tiempo parcial». Desde los tiempos de las bodas de Caná tantas cosas han cambiado, pero aquel signo de Cristo contiene un mensaje siempre válido. Hoy no parece fácil hablar del matrimonio como de una fiesta que se renueva en el tiempo, en las diversas estaciones de la vida entera de los cónyuges. Es un hecho que las personas que se casan son cada vez menos; esto es un hecho: los jóvenes no quieren casarse. En muchos países aumenta en cambio el número de separaciones, mientras disminuye el número de hijos. La dificultad para estar juntos —ya sea como pareja o como familia— lleva a romper los lazos con cada vez mayor frecuencia y rapidez, y precisamente los hijos son los primeros en sufrir las consecuencias. Pues pensemos que las primeras víctimas, las víctimas más importantes, las víctimas que sufren más en una separación son los hijos. Si experimentas desde pequeño que el matrimonio es un vínculo a tiempo parcial, inconscientemente para ti será así. En efecto, muchos jóvenes acaban por renunciar al proyecto mismo de un vínculo irrevocable y de una familia duradera. Creo que debemos reflexionar con gran seriedad porqué tantos jóvenes no se animan a casarse. Existe esta cultura de lo provisional…, todo es provisional, parece que no haya nada definitivo. 2 o ¿Por qué los jóvenes no se casan y prefieren una convivencia «con responsabilidad militada»? En realidad, casi todos los hombres y mujeres querrían una seguridad afectiva estable, un matrimonio sólido y una familia feliz. El miedo a equivocarse. Que los jóvenes que no quieren casarse es una preocupación que surge a día de hoy: ¿Por qué los jóvenes no se casan? ¿Por qué a menudo prefieren una convivencia, y tantas veces con responsabilidad limitada? ¿Por qué muchos —incluso entre bautizados— tienen poca confianza en el matrimonio y en la familia? Es importante procurar entenderlo, si queremos que los jóvenes puedan encontrar el camino justo que deben recorrer. ¿Por qué no tienen confianza en la familia? Las dificultades no son solo de carácter económico, aunque estas sean ciertamente serias. Muchos consideran que los cambios de los últimos decenios se han puesto en marcha por la emancipación de la mujer. Pero tampoco este argumento es válido. ¡De hecho, es una injuria! ¡No, no es verdad! Es una forma de machismo, que siempre quiere dominar a la mujer. Volvemos a hacer el ridículo que hizo Adán cuando Dios le dijo: ¿Por qué has comido del fruto del árbol?, y él: Ella me lo dio. Y la culpa es de la mujer. ¡Pobre mujer! ¡Hay que defender a las mujeres! En realidad, casi todos los hombres y mujeres querrían una seguridad afectiva estable, un matrimonio sólido y una familia feliz. La familia es la primera en todos los índices de aceptación entre los jóvenes; pero, por miedo a equivocarse, muchos no quieren ni pensarlo; aun siendo cristianos, no piensan en el matrimonio sacramental, signo único e irrepetible de la alianza, que se convierte en testimonio de la fe. Quizá precisamente ese miedo a equivocarse es el obstáculo más grande para acoger la palabra de Cristo, que promete su gracia a la unión conyugal y a la familia. o El ejemplo más persuasivo de la bendición del matrimonio cristiano es la vida buena de los esposos cristianos y de la familia. En los primeros tiempos del Cristianismo, la gran dignidad del vínculo entre el hombre y la mujer acabó con un abuso considerado entonces absolutamente normal, o sea el derecho de los maridos a repudiar a sus mujeres, incluso por los motivos más engañosos y humillantes. La igualdad entre los cónyuges El ejemplo más persuasivo de la bendición del matrimonio cristiano es la vida buena de los esposos cristianos y de la familia. ¡No hay mejor modo de decir la belleza del sacramento! El matrimonio consagrado por Dios protege ese vínculo entre el hombre y la mujer que Dios ha bendecido desde la creación del mundo; y es fuente de paz y de bien para toda la vida conyugal y familiar. Por ejemplo, en los primeros tiempos del Cristianismo, esta gran dignidad del vínculo entre el hombre y la mujer acabó con un abuso considerado entonces absolutamente normal, o sea el derecho de los maridos a repudiar a sus mujeres, incluso por los motivos más engañosos y humillantes. El Evangelio de la familia, el Evangelio que anuncia precisamente este sacramento ha derrotado esa cultura del repudio habitual. La semilla cristiana de la radical igualdad entre los cónyuges debe hoy dar nuevos frutos. El testimonio de la dignidad social del matrimonio será persuasivo justo por ese camino, el camino del ejemplo que atrae, el camino de la reciprocidad entre ellos, de la complementariedad entre ellos. Por eso, como cristianos, debemos ser más exigentes a este respecto. Por ejemplo: sostener con decisión el derecho a la misma retribución por el mismo trabajo. ¿Por qué se da por descontado que las mujeres tienen que ganar menos que los hombres? ¡No! Tienen los mismos derechos. ¡La disparidad es un puro escándalo! Al mismo tiempo, reconocer como riqueza siempre válida la maternidad de las mujeres y la paternidad de los hombres, en beneficio sobre todo de los niños. Igualmente, la virtud de la hospitalidad de las familias cristianas reviste hoy una importancia crucial, especialmente en las situaciones de pobreza, degrado o violencia familiar. 3 o Invitar a Jesús a nuestra casa. Los cristianos, cuando se casan en el Señor, se trasforman en un signo eficaz del amor de Dios. Queridos hermanos y hermanas, no tengamos miedo de invitar a Jesús a la fiesta de bodas, de invitarlo a nuestra casa, para que esté con nosotros y proteja a la familia. Y no tengamos miedo de invitar también a su Madre María. Los cristianos, cuando se casan en el Señor, se trasforman en un signo eficaz del amor de Dios. Los cristianos no se casan solo para sí mismos: se casan en el Señor en favor de toda la comunidad, de toda la sociedad. De esta hermosa vocación del matrimonio cristiano hablaré también en la próxima catequesis. www.parroquiasantamonica.com Vida Cristiana

Familia. Papa Francisco, Catequesis sobre la familia (14), 22 de abril de 2015. Varón y mujer los creó (2). El segundo relato: Génesis, capítulo 2. El Espíritu Santo, que inspiró toda la Biblia, sugiere por un momento la imagen del hombre solo —le falta algo—, sin la mujer. Cuando finalmente Dios crea a la mujer y la presenta al varón, éste reconoce exultante que aquella criatura, y solo ella, es parte de él: «hueso de mis huesos, carne de mi carne» (2,23). El pecado de los dos: la desobediencia al mandato Dios. El pecado engendra desconfianza y división entre el hombre y la mujer. La relación entre los dos se verá socavada de mil formas de prevaricación y de sometimiento, de seducción engañosa y de prepotencia humillante, hasta las más dramáticas y violentas. La historia muestra sus huellas. ¡Debemos devolver el honor al matrimonio y a la familia! La Biblia dice una cosa bonita: el hombre encuentra a la mujer, se encuentran… y el hombre debe dejar algo para hallarla plenamente. Por eso, el hombre dejará a su padre y a su madre para irse con ella. ¡Es bonito! Eso significa comenzar un camino. El hombre es todo para la mujer y la mujer es toda para el hombre.



1 Familia. Papa Francisco, Catequesis sobre la familia (14), 22 de abril de 2015. Varón y mujer los creó (2). El segundo relato: Génesis, capítulo 2. El Espíritu Santo, que inspiró toda la Biblia, sugiere por un momento la imagen del hombre solo —le falta algo—, sin la mujer. Cuando finalmente Dios crea a la mujer y la presenta al varón, éste reconoce exultante que aquella criatura, y solo ella, es parte de él: «hueso de mis huesos, carne de mi carne» (2,23). El pecado de los dos: la desobediencia al mandato Dios. El pecado engendra desconfianza y división entre el hombre y la mujer. La relación entre los dos se verá socavada de mil formas de prevaricación y de sometimiento, de seducción engañosa y de prepotencia humillante, hasta las más dramáticas y violentas. La historia muestra sus huellas. ¡Debemos devolver el honor al matrimonio y a la familia! La Biblia dice una cosa bonita: el hombre encuentra a la mujer, se encuentran… y el hombre debe dejar algo para hallarla plenamente. Por eso, el hombre dejará a su padre y a su madre para irse con ella. ¡Es bonito! Eso significa comenzar un camino. El hombre es todo para la mujer y la mujer es toda para el hombre. Cfr. Papa Francisco, Catequesis sobre la familia (14), 22 de abril de 2015 Dios crea al varón y a la mujer como ayuda idónea para él (2). En la anterior catequesis sobre la familia me detuve en el primer relato de la creación del ser humano, en el primer capítulo del Génesis, donde está escrito: Dios creó al hombre a su imagen: a imagen de Dios lo creó; hombre y mujer los creó (1,27). Hoy quisiera completar la reflexión con el segundo relato, que encontramos en el segundo capítulo. Ahí leemos que el Señor, tras haber creado el cielo y la tierra, formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente (2,7). Es el culmen de la creación. Pero falta algo. Luego Dios pone al hombre en un bellísimo jardín para que lo cultivase y protegiese (cfr. 2,15). El Espíritu Santo, que inspiró toda la Biblia, sugiere por un momento la imagen del hombre solo —le falta algo—, sin la mujer. Y sugiere el pensamiento de Dios, como el sentimiento de Dios que lo mira, que observa a Adán solo en el jardín: es libre, es señor,… pero está solo. Y Dios ve que eso no es bueno: es como una falta de comunión, le falta una comunión, una falta de plenitud. No es bueno que el hombre esté solo —dice Dios, y añade— le haré ayuda idónea para él (2,18). Entonces Dios presenta al hombre todos los animales; el hombre da a cada uno de ellos su nombre —y esta otra imagen del señorío del hombre sobre la creación—, pero no encuentra en ningún animal a nadie semejante a él. El hombre sigue solo. Cuando finalmente Dios presenta a la mujer, el hombre reconoce exultante que aquella criatura, y solo ella, es parte de él: hueso de mis huesos, carne de mi carne (2,23). Por fin hay un reflejo, una reciprocidad. Y cuando una persona — es un ejemplo para entenderlo bien— quiere dar la mano a otra, debe tener a otro delante: si uno extiende la mano y no hay nadie, la mano está ahí, pero falta reciprocidad. Así estaba el hombre, le faltaba algo para llegar a su plenitud, le faltaba reciprocidad. La mujer no es una réplica del hombre; viene directamente del gesto creador de Dios. La imagen de la costilla no expresa en absoluto inferioridad o subordinación, sino, al contrario, que hombre y mujer son de la misma sustancia y son complementarios, y tienen esa reciprocidad. Y el hecho de que —siempre en la parábola— Dios forme a la mujer mientras el hombre duerme, subraya precisamente que ella no es en modo alguno una criatura del hombre, sino de Dios. Y también sugiere otra cosa: para encontrar a la mujer —podemos decir para encontrar el amor en la mujer— el hombre primero debe soñarla y luego la encuentra. La confianza de Dios en el hombre y en la mujer, a los que confía la tierra, es generosa, directa y plena. Se fía de ellos. Pero entonces el maligno introduce en su mente la sospecha, la incredulidad, la desconfianza. Y finalmente, llega la desobediencia al mandato que les protegía. 2 Caen en aquel delirio de omnipotencia que contamina todo y destruye la armonía. También nosotros lo sentimos dentro tantas veces. El pecado engendra desconfianza y división entre el hombre y la mujer. Su relación se verá socavada de mil formas de prevaricación y de sometimiento, de seducción engañosa y de prepotencia humillante, hasta las más dramáticas y violentas. La historia muestra sus huellas. Pensemos, por ejemplo, en los excesos negativos de las culturas patriarcales. Pensemos en las múltiples formas de machismo donde la mujer era considerada de segunda clase. Pensemos en la instrumentalización y mercantilismo del cuerpo femenino en la actual cultura mediática. Y pensemos también en la reciente epidemia de desconfianza, de escepticismo, e incluso de hostilidad que se difunde en nuestra cultura —en particular a partir de una comprensible desconfianza de las mujeres— respecto a una alianza entre hombre y mujer que sea capaz, al mismo tiempo, de afinar la intimidad de la comunión y de proteger la dignidad de la diferencia. Si no encontramos una oleada de simpatía para esta alianza, capaz de poner a las nuevas generaciones al reparo de la desconfianza y la indiferencia, los hijos vendrán al mundo cada vez más desarraigados de ella desde el seno materno. La devaluación social de la alianza estable y generativa del hombre y la mujer es ciertamente una pérdida para todos. ¡Debemos devolver el honor al matrimonio y a la familia! La Biblia dice una cosa bonita: el hombre encuentra a la mujer, se encuentran… y el hombre debe dejar algo para hallarla plenamente. Por eso, el hombre dejará a su padre y a su madre para irse con ella. ¡Es bonito! Eso significa comenzar un camino. El hombre es todo para la mujer y la mujer es toda para el hombre. La protección de esa alianza del hombre y la mujer, aunque pecadores y heridos, confusos y humillados, desconfiados e inciertos, es para los creyentes una vocación comprometida y apasionante, en la condición actual. El mismo relato de la creación y del pecado, al final, nos deja una imagen bellísima: El Señor Dios hizo al hombre y a su mujer túnicas de piel y los vistió (Gen 3,21). Es una imagen de ternura hacia aquella pareja pecadora que nos deja con la boca abierta: la ternura de Dios por el hombre y por la mujer. Es una imagen de protección paterna de la pareja humana. Dios mismo cuida y protege su obra maestra. www.parroquiasantamonnica.com Vida Cristiana

Papa Francisco, Catequesis sobre la familia (13), 15 de abril de 2015 Dios crea al varón y a la mujer (1) a su imagen y semejanza. El primer relato: capítulo 1º del Génesis. Diferencia y complementariedad.



1 Familia. Papa Francisco, Catequesis sobre la familia (13), 15 de abril de 2015. Dios crea al varón y a la mujer (1) a su imagen y semejanza (el primer relato, Génesis 1). Diferencia y complementariedad. La diferencia sexual. El hombre y la mujer como pareja, lo son a imagen y semejanza de Dios. La diferencia entre hombre y mujer no es contraposición, o la subordinación, pero para la comunión y la generación, siempre a imagen y semejanza de Dios. Para conocerse bien y crecer armónicamente el ser humano tiene necesidad de la reciprocidad entre hombre y mujer. Sin el enriquecimiento recíproco en esta relación --en el pensamiento y en la acción, en los afectos y en el trabajo, y también en la fe-- los dos no pueden ni siquiera entender hasta el fondo qué significa ser hombre y mujer. Debemos hacer mucho más a favor de la mujer, si queremos dar más fuerza a la reciprocidad entre hombres y mujeres. Es necesario de hecho, que la mujer no solamente sea más escuchada, sino que su voz tenga un peso real, un prestigio reconocido en la sociedad y en la iglesia. Descubrir la belleza del plan creador que pone la imagen de Dios, también en la alianza entre el hombre y la mujer. La tierra se llena de armonía y de confianza cuando la alianza ente el hombre y la mujer se vive en el bien. Cfr. Papa Francisco, Catequesis sobre la familia (13), 15 de abril de 2015 Dios crea al varón y a la mujer (1) a su imagen y semejanza. El primer relato: capítulo 1º del Génesis. Diferencia y complementariedad. Fuente: 15 de abril de 2015 (Zenit.org) - Redacción| « ¡Queridos hermanos y hermanas, buenos días! La catequesis de hoy está dedicado a un tema central: el gran don que Dios dio a la humanidad con la creación del hombre y de la mujer y con el sacramento del matrimonio. Esta catequesis y la próxima se refieren a la diferencia y a la complementariedad entre el hombre y la mujer, que están en la cumbre de la creación divina; los próximas dos serán sobre el tema del matrimonio. Iniciamos con un breve comentario a la primera narración sobre la creación, en el libro del Génesis. Aquí leemos que Dios, después de haber creado el universo y a todos los seres vivientes, creó su obra maestra, o sea el ser humano, que hizo a su propia imagen: “A imagen de Dios los creó: varón y mujer los creó”. (Gen 1,27). Así dice el libro del Génesis. Como todos sabemos, la diferencia sexual está presente en tantas formas de vida, en la amplia escala de los vivientes. Aunque solamente en el hombre y la mujer esta lleva en sí la imagen y semejanza de Dios: ¡el texto bíblico lo repite nada menos que tres veces en dos estrofas (26-27)! El hombre y la mujer son creados a imagen y semejanza de Dios. Esto nos dice que no solamente el hombre en sí es a imagen de Dios, no solamente la mujer tomada en sí es a imagen de Dios, pero también el hombre y la mujer como pareja, lo son a imagen y semejanza de Dios. La diferencia entre hombre y mujer no es contraposición, o la subordinación, pero para la comunión y la generación, siempre a imagen y semejanza de Dios. La experiencia nos enseña: para conocerse bien y crecer armónicamente el ser humano tiene necesidad de la reciprocidad entre hombre y mujer. Cuando esto no sucede, se ven las consecuencias. Estamos hechos para escucharnos y ayudarnos mutuamente. Podemos decir que sin el enriquecimiento recíproco en esta relación --en el pensamiento y en la acción, en los afectos y en el trabajo, y también en la fe-- los dos no pueden ni siquiera entender hasta el fondo qué significa ser hombre y mujer. 2 La cultura moderna y contemporánea ha abierto nuevos espacios, nuevas libertades y nuevas profundidades para enriquecer la comprensión de esta diferencia. Pero ha introducido también muchas dudas y mucho escepticismo. Por ejemplo me pregunto si la así llamada teoría de género no sea también expresión de una frustración y de una resignación, que tiene en vista borrar la diferencia sexual porque no sabe más confrontarse con ella. Sí, corremos el riesgo de hacer un paso hacia atrás. La remoción de la diferencia de hecho, es el problema, no la solución. Para resolver su problema de relaciones, el hombre y la mujer tienen en cambio que hablarse más, escucharse más, conocerse más, quererse más. Tiene que tratarse con respeto y cooperar con amistad. Con estas bases humanas, sostenidas por la gracia de Dios, es posible proyectar la unión matrimonial y familiar para toda la vida. La relación matrimonial y familiar es una cosa seria, y lo es para todos, no solamente para los creyentes. Querría exhortar a los intelectuales a no disertar sobre el tema, como si fuera secundario para el empeño en favor de una sociedad más libre y más justa. Dios ha confiado a la tierra la alianza del hombre y de la mujer: su fracaso vuelve árido el mundo de los afectos y oscurece el cielo de la esperanza. Las señales son ya preocupantes y los vemos. Querría indicar, entre muchos, dos puntos que creo deban empeñarnos con más urgencia. El primero. Es indudable que debemos hacer mucho más a favor de la mujer, si queremos dar más fuerza a la reciprocidad entre hombres y mujeres. Es necesario de hecho, que la mujer no solamente sea más escuchada, sino que su voz tenga un peso real, un prestigio reconocido en la sociedad y en la iglesia. El modo mismo con el cual Jesús ha considerado a las mujeres -el evangelio lo indica así- era un contexto menos favorable del nuestro, porque en esos tiempos la mujer era puesta en segundo lugar. Pero Jesús la considera de una manera que da una luz potente que ilumina un camino que lleva lejos, del cual hemos recorrido solamente un tramo. Aún no hemos entendido en profundidad cuales son las cosas que nos puede dar el genio femenino de la mujer en la sociedad. Tal vez haya que ver las cosas con otros ojos para que se complemente el pensamiento de los hombres. Es un camino que es necesario recorrer con más creatividad y más audacia. Una segunda reflexión se refiere al tema del hombre y de la mujer creados a imagen y semejanza de Dios. Me pregunto si la crisis de confianza colectiva en Dios, que nos hace tanto mal, y nos hace enfermar volviéndonos resignados delante de la incredulidad y del cinismo, no esté conectada a la crisis de alianza entre el hombre y la mujer. De hecho la narración bíblica con el gran cuadro simbólico sobre el paraíso terrenal y el pecado original, nos dice justamente que la comunión con Dios se refleja en la comunión de la pareja humana y que la pérdida de la confianza en el Padre celeste genera división y conflicto entre el hombre y la mujer. De aquí se ve la gran responsabilidad de la Iglesia y de todos los creyentes, y, sobre todo, de las familias creyentes, para descubrir la belleza del plan creador que pone la imagen de Dios, también en la alianza entre el hombre y la mujer. La tierra se llena de armonía y de confianza cuando la alianza ente el hombre y la mujer se vive en el bien. Y si el hombre y la mujer la buscan juntos entre ellos y con Dios, sin dudas la encuentran. Jesús nos anima explícitamente al testimonio de esta belleza, que es la imagen de Dios. Gracias». (Texto traducido desde el audio por ZENIT) www.parroquiasantamonica.com Vida Cristiana

jueves, 25 de mayo de 2017

Alemania: los partidos rivalizan en medidas de ayuda a la familia. Por primera vez en muchos años aumentan los nacimientos Firmado por José Félix Pons de Villanueva - Aceprensa - Fecha: 30 Julio 2008



1 Alemania: los partidos rivalizan en medidas de ayuda a la familia Por primera vez en muchos años aumentan los nacimientos Firmado por José Félix Pons de Villanueva - Aceprensa - Fecha: 30 Julio 2008 Colonia. La política a favor de la familia se perfila como uno de los temas más importantes de cara a las elecciones generales que se celebrarán en Alemania el próximo año. Para ser uno de los países más ricos y que más invierte en la familia, Alemania ha obtenido poco hasta ahora: es uno de los Estados con el índice de fecundidad más bajo (1,32 hijos por mujer en 2006). Si quiere seguir siendo un país de alta productividad, Alemania tiene que mantener una elevada formación profesional y académica. Una de las medidas que se discuten actualmente es la de facilitar la inmigración de profesionales cualificados, también de países no europeos. El Gobierno federal ha desplegado un gran número de medidas para favorecer la natalidad y también los medios de comunicación están fomentando una mayor aceptación social de los niños (cfr. Aceprensa 3/08). Se invierten anualmente 189.000 millones de euros en la política familiar. También se ha creado un Centro federal para analizar y valorar los resultados de las ayudas familiares. Y algo empieza a cambiar. En 2007 nacieron más niños que en el año anterior, en vez de disminuir cada año como ocurría antes. Una de las causas de esta mejora se atribuye a que el 9,6% de los padres han decidido aceptar la ayuda estatal que les permite pasar, por los menos, dos meses o más en casa ocupándose del recién nacido sin tener serias desventajas financieras. El 25% de los padres que acepta esta ayuda dedica entre tres y once meses al hogar y uno de cada cinco aparca su profesión durante un año. Las madres piden el permiso parental en el 86% de los casos. Empresas favorables a la familia Cada vez más, el empresario deberá ser consciente de la repercusión de la vida laboral en la “salud familiar” de sus empleados. Desde hace ya diez años la Fundación Hertie promueve la “auditoría familiar” de empresas y ya son más de 600 las empresas, instituciones públicas y universidades que han llevado a cabo esta auditoría. En el período de un año, 63 empresas han sido reauditadas con el fin de mantener su capacidad de apoyo familiar a los empleados. La ministra federal de la Familia, Ursula von der Leyen, está muy orgullosa de los resultados obtenidos, como manifestó a la prensa a finales de junio: “Las empresas e instituciones certificadas manifiestan cómo una compañía puede ser consciente de la familia y tener éxito económico al mismo tiempo. De este modo marcan una tendencia en la economía innovadora. Estoy convencida de que muchas empresas seguirán este ejemplo. La afinidad a las familias se ha convertido en una marca de reconocimiento para la industria alemana, ya que cada vez más jefes de personal reconocen que la empresa que tiene en cuenta las necesidades de los padres va por delante y dejará detrás a la competencia”. Los límites de la tutela estatal Para ampliar la red de guarderías, el Gobierno federal invertirá 4.000 millones de euros hasta 2013. En 2007 fueron 321.000 los niños menores de tres años que tuvieron acceso a algún tipo de custodia extrafamiliar. A partir de 2013 se prevé que aquellos padres que no deseen o no puedan llevar a sus hijos a una guardería reciban una ayuda mensual del Estado. Un asunto cada vez más debatido en Alemania, también en los medios de comunicación, son los límites de la tutela estatal. Esta cuestión es relevante ya que repercute de un modo indirecto en la percepción social de lo que es o lo que no es la familia. Durante 2007, un total de 28.200 niños, algunos de ellos bebés, pasaron a la tutela total o parcial del Estado, ya que sus padres no son capaces de ocuparse de ellos. La Constitución alemana atribuye al Estado la tutela de los niños en el caso de que los padres sean incapaces de mantenerlos y de educarlos. El Jugendamt es la oficina que se encarga en cada ciudad de velar por esta tutela. Es habitual que el Jugendamt llame a la puerta del hogar si nace el sexto o el séptimo hijo para preguntar a los padres si son conscientes de su 2 responsabilidad. En algunos casos el Jugendamt puede conseguir, con la ayuda del juzgado, que algunos hijos pasen a la tutela estatal. Ya existen dos casos de familias que han recurrido al Tribunal Europeo de Derechos Humanos para defender el derecho de ocuparse de sus hijos y han obtenido una indemnización de 50.000 euros. Ciertamente, no es fácil emitir un juicio definitivo; en cualquier caso, mucho depende de los Jugendamt y de la habilidad con la que se juzga cada caso. La ayuda económica que mejor entienden las familias y que mejor funciona es la desgravación fiscal. Las propuestas del partido liberal (FDP) para las elecciones de 2009 van mucho más allá de las propuestas de los partidos democristianos (CDU/CSD) o del Partido Socialista (SPD): por cada hijo, una desgravación fiscal de 8.000 euros anuales. Esta vía permite que sean los padres los que decidan cómo organizarse y atender sus necesidades familiares, en vez de que sea el Estado el que invierta cada vez más y con impuestos más elevados en estructuras y redes de guarderías. Cuando la ministra Ursula von der Leyen anunció que faltaban 700.000 plazas de guardería en Alemania, se agitó el debate público sobre la necesidad de la expansión de este servicio. Hay quienes, como la periodista Eva Herman, autora de El Principio de Eva (cfr. Aceprensa 62/08), dan razones para mostrar que durante los primeros tres años de vida lo mejor para el niño es que sea atendido en su casa y no en una guardería. Como bien dice Daphne de Marneffe en su libro Maternal Desire. On Children, Love and the Inner Live: “Todo nuestro debate sobre las guarderías no nos dice nada sobre la satisfacción de los padres y del hijo, y esta es quizás la única medida sobre su éxito. Quizá es tan difícil hablar sobre la felicidad porque las personas tienen modos muy distintos de ver las cosas”.

La capacidad de formar una nueva familia no se puede dar por descontada. Es necesario prepararse para ello. El amor verdadero no se improvisa.



La capacidad de formar una nueva familia no se puede dar por descontada. Es necesario prepararse para ello. El amor verdadero no se improvisa. Benedicto XVI, Discurso, Encuentro con los jóvenes en Cagliari, Domingo 7 septiembre 2008 (...) La capacidad de formar una nueva familia no se puede dar por descontada. Es necesario prepararse para ello. El 20 de octubre de 1985, el querido Papa Juan Pablo II, al encontrarse aquí en Cagliari con los jóvenes provenientes de toda Cerdeña, propuso tres valores importantes para construir una sociedad fraterna y solidaria. Son indicaciones muy actuales también hoy y quiero retomarlas de buen grado destacando en primer lugar el valor de la familia, que hay que conservar —dijo el Papa— como "herencia antigua y sagrada". Todos vosotros experimentáis la importancia de la familia, en cuanto hijos y hermanos; pero la capacidad de formar una nueva no se puede dar por descontada. Es necesario prepararse para ello. En el pasado, la sociedad tradicional ayudaba más a formar y conservar una familia. Hoy ya no es así, o lo es en teoría, pero en la realidad predomina una mentalidad diversa. Se admiten otras formas de convivencia; a veces se usa el término "familia" para uniones que, en realidad, no son familia. Sobre todo en nuestro contexto se ha reducido mucho la capacidad de los esposos de defender la unidad del núcleo familiar incluso a costa de grandes sacrificios. El amor verdadero no se improvisa. El amor no sólo consta de sentimiento, sino también de responsabilidad, de constancia y de sentido del deber. Queridos jóvenes, recuperad el valor de la familia; amadla, no sólo por tradición, sino por una elección madura y consciente: amad a vuestra familia de origen y preparaos para amar también la que, con la ayuda de Dios, vosotros mismos formaréis. Digo "preparaos", porque el amor verdadero no se improvisa. El amor no sólo consta de sentimiento, sino también de responsabilidad, de constancia y de sentido del deber. Todo esto se aprende con el ejercicio prolongado de las virtudes cristianas de la confianza, la pureza, el abandono en la Providencia y la oración. En este compromiso de crecimiento hacia un amor maduro os sostendrá siempre la comunidad cristiana, porque en ella la familia tiene su dignidad más alta. El concilio Vaticano II la llama "pequeña Iglesia", porque el matrimonio es un sacramento, es decir, un signo santo y eficaz del amor que Dios nos da en Cristo a través de la Iglesia.

El descubrimiento de la imagen de Dios en cada ser humano. Es cometido de la familia el formar a los hijos en un sentido de justicia y de solicitud hacia los otros, consciente de la propia responsabilidad hacia los demás.



1 El descubrimiento de la imagen de Dios en cada ser humano. Es cometido de la familia el formar a los hijos en un sentido de justicia y de solicitud hacia los otros, consciente de la propia responsabilidad hacia los demás. Juan Pablo II, Exhortación apostólica «Familiaris consortio»: la familia. 22 noviembre 1981 o La familia es una escuela de humanidad completa y rica. La primera escuela de la virtudes sociales que todas las sociedades necesitan. sociales. Está llamada a ofrecer a todos el testimonio de una entrega generosa y desinteresada a los problemas sociales. • En cuanto comunidad educativa, la familia debe ayudar al hombre a discernir la propia vocación y a poner todo el empeño necesario en orden a una mayor justicia, formándolo desde el principio para unas relaciones interpersonales ricas en justicia y amor. (n. 2). • La familia recibe la misión de custodiar, revelar y comunicar el amor, como reflejo vivo y participación real del amor de Dios por la humanidad y del amor de Cristo Señor por la Iglesia su esposa. (n. 17) • Todos los miembros de la familia, cada uno según su propio don, tienen la gracia y la responsabilidad de construir, día a día, la comunión de las personas, haciendo de la familia una «escuela de humanidad más completa y más rica»:( Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes, 52) es lo que sucede con el cuidado y el amor hacia los pequeños, los enfermos y los ancianos; con el servicio recíproco de todos los días, compartiendo los bienes, alegrías y sufrimientos. (n. 21) • Es, pues, deber de los padres crear un ambiente de familia animado por el amor, por la piedad hacia Dios y hacia los hombres, que favorezca la educación íntegra personal y social de los hijos. La familia es, por tanto, la primera escuela de las virtudes sociales, que todas las sociedades necesitan». ( Decl. sobre la educación cristiana de la juventud Gravissimum educationis, 3) (n. 36) La comunión y la participación vivida cotidianamente en la casa, en los momentos de alegría y de dificultad, representa la pedagogía más concreta y eficaz para la inserción activa, responsable y fecunda de los hijos en el horizonte más amplio de la sociedad. • En una sociedad sacudida y disgregada por tensiones y conflictos a causa del choque entre los diversos individualismos y egoísmos, los hijos deben enriquecerse no sólo con el sentido de la verdadera justicia, que lleva al respeto de la dignidad personal de cada uno, sino también y más aún del sentido del verdadero amor, como solicitud sincera y servicio desinteresado hacia los demás, especialmente a los más pobres y necesitados. La familia es la primera y fundamental escuela de socialidad; como comunidad de amor, encuentra en el don de sí misma la ley que la rige y hace crecer. El don de sí, que inspira el amor mutuo de los esposos, se pone como modelo y norma del don de sí que debe haber en las relaciones entre hermanos y hermanas, y entre las diversas generaciones que conviven en la familia. La comunión y la participación vivida cotidianamente en la casa, en los momentos de alegría y de dificultad, representa la pedagogía más concreta y eficaz para la inserción activa, responsable y fecunda de los hijos en el horizonte más amplio de la sociedad. (n. 37) La familia debe ser testimonio de una entrega generosa y desinteresada a los problemas sociales • La familia cristiana está llamada a ofrecer a todos el testimonio de una entrega generosa y desinteresada a los problemas sociales, mediante la «opción preferencial» por los pobres y los marginados. Por eso la familia, avanzando en el seguimiento del Señor mediante un amor especial hacia todos los pobres, debe preocuparse especialmente de los que padecen hambre, de los indigentes, de los ancianos, los enfermos, los drogadictos o los que están sin familia. (n. 47) 2 o Descubrir en cada hermano la imagen de Dios. (n. 64) • Animada y sostenida por el mandamiento nuevo del amor, la familia cristiana vive la acogida, el respeto, el servicio a cada hombre, considerado siempre en su dignidad de persona y de hijo de Dios. Esto debe realizarse ante todo en el interior y en beneficio de la pareja y la familia, mediante el cotidiano empeño en promover una auténtica comunidad de personas, fundada y alimentada por la comunión interior de amor. Ello debe desarrollarse luego dentro del círculo más amplio de la comunidad eclesial en el que la familia cristiana vive. Gracias a la caridad de la familia, la Iglesia puede y debe asumir una dimensión más doméstica, es decir, más familiar, adoptando un estilo de relaciones más humano y fraterno. La caridad va más allá de los propios hermanos en la fe, ya que «cada hombre es mi hermano»; en cada uno, sobre todo si es pobre, débil, si sufre o es tratado injustamente, la caridad sabe descubrir el rostro de Cristo y un hermano a amar y servir. Para que el servicio al hombre sea vivido en la familia de acuerdo con el estilo evangélico, hay que poner en práctica con todo cuidado lo que enseña el Concilio Vaticano II: «Para que este ejercicio de la caridad sea verdaderamente irreprochable y aparezca como tal, es necesario ver en el prójimo la imagen de Dios, según la cual ha sido creado, y a Cristo Señor, a quien en realidad se ofrece lo que al necesitado se da». (Decr. sobre el apostolado de los seglares Apostolicam actuositatem, 8). Es cometido de la familia el formar los hombres en un sentido de justicia y de solicitud hacia los otros, consciente de la propia responsabilidad hacia los demás. La familia cristiana, mientras con la caridad edifica la Iglesia, se pone al servicio del hombre y del mundo, actuando de verdad aquella «promoción humana», cuyo contenido ha sido sintetizado en el Mensaje del Sínodo a las familias: «Otro cometido de la familia es el de formar los hombres al amor y practicar el amor en toda relación humana con los demás, de tal modo que ella no se encierre en sí misma, sino que permanezca abierta a la comunidad, inspirándose en un sentido de justicia y de solicitud hacia los otros, consciente de la propia responsabilidad hacia toda la sociedad».( Cfr. Mensaje del VI Sínodo de los Obispos a las familias cristianas en el mundo contemporáneo, 12: L'Osservatore Romano en lengua española (26 de octubre de 1980) (n. 64)

La familia: sus fundamentos éticos y religiosos



1 La familia: sus fundamentos éticos y religiosos Rocco Buttiglione En «Humanitas», n. 52, septiembre diciembre 2008 Revista de Antropología y Cultura Cristiana - Pontificia Universidad Católica de Chile El corazón de cada hombre es animado por un gran deseo, fundamental, de felicidad. o El camino hacia la felicidad: la satisfacción de las necesidades del cuerpo, el deseo de reconocimiento, la entrega de uno mismo a los demás … 1. El corazón de cada hombre es animado por un gran deseo, fundamental, de felicidad. No sabemos con precisión qué es lo que nos hace felices, así como hay mucha incertidumbre acerca de lo que debemos hacer para ser felices. Pero estamos seguros de una cosa: y es que queremos ser felices. Este deseo de felicidad es parte constituyente de nuestra identidad: sin él, no seríamos lo que somos. En general, podemos decir que, para ser felices, queremos satisfacer nuestras necesidades. Es difícil ser felices si tenemos hambre, o tenemos sed, o sentimos frío. Santo Tomás de Aquino, un genio del sentido común, dice que la satisfacción de las necesidades del cuerpo es parte de nuestro camino hacia la felicidad. Sin embargo, es posible satisfacer todas las necesidades del cuerpo, sin por ello ser felices. Como dijo una vez el cardenal Biffi, es posible estar satisfechos y desesperados al mismo tiempo. ¿Qué más desea el hombre, tras satisfacer todas las necesidades del cuerpo? Un gran filósofo alemán, Friedrich Nietzsche, hablaba del deseo de reconocimiento. El hombre es un ser hecho de manera tal que, fundamentalmente, necesita ser valioso para alguien, ser estimado y apreciado por el otro hombre. Nosotros nos vemos a nosotros mismos con los ojos del otro, y si sobre nosotros no se detiene la mirada llena de afecto de otro ser humano, no logramos vernos a nosotros mismos, no logramos estimarnos, no logramos amarnos. El Concilio Ecuménico Vaticano II expresó todo esto, y de forma mejor que Nietzsche, al declarar que «el hombre es un ser hecho de manera tal que no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás». o Diversos modos de entender el reconocimiento 2. Hay una evidente diferencia entre la manera en que Nietszche habla del reconocimiento y la manera en que el Concilio Ecuménico Vaticano II habla de la entrega de sí mismo. Para Nietzsche, el más fuerte se impone sobre el más débil: para el Concilio, el reconocimiento es un don que se entrega. Trataremos de profundizar sobre esta diferencia. En su obra Fenomenología del Espíritu, G.W.F. Hegel nos muestra cuál es la dinámica del reconocimiento. Ésta nace del enfrentamiento entre los hombres. La rivalidad por el dominio sobre las cosas de la tierra, la competencia por imponer la voluntad del uno al otro, conducen a la lucha mortal del uno contra el otro para afirmarse a sí mismo y para someter al otro a su propio poder. Al final, uno de los dos contrincantes cede: para salvarse la vida se somete, renuncia a su libertad, acepta hacerse esclavo y reconoce al otro como a su amo. En este caso, el reconocimiento es impuesto por uno al otro con la fuerza. El reconocimiento es reconocimiento de la fuerza. En la dinámica que describe Hegel, ciertamente hay mucha verdad. No hay que pensar en la lucha de cada uno contra todos para la afirmación de sí mismo necesariamente en términos de lucha física y muscular. En cuántas oficinas, en cuántos talleres, en cuántos colegios y universidades la vida está marcada por un enfrentamiento semejante, sostenido por el poder del dinero, de la información, de la manipulación, del chantaje, etc. El encuentro arquetípico (el encuentro original, que sirve como modelo para todos los demás) es el encuentro del hombre con la mujer. Un gran filósofo francés, G. Fessard, nos proporciona otra visión de la relación original del hombre con el hombre. En el caso de Hegel, el modelo es el encuentro del guerrero con el guerrero, es la lucha entre héroes de la que brotará la distinción entre el esclavo y el amo. Para Fessard, en cambio, el encuentro arquetípico (el encuentro original, que sirve como modelo para todos los demás) es el encuentro del hombre con la mujer. Claro, es posible que la relación del hombre con la mujer se viva 2 también de la forma tipificada por Hegel, con la lucha del esclavo y del amo. El hombre puede imponer a la mujer su fuerza física, puede usarla para satisfacer sus necesidades, puede violarla. Pero esto no se corresponde con la naturaleza de la relación entre el hombre y la mujer, y sobre todo no se corresponde con esa experiencia humana fundamental que es el enamoramiento. En El Banquete, Platón nos describe de forma inolvidable esta experiencia original. A la raíz, se da la maravilla ante la belleza. La presencia del otro nos hace descubrir una vitalidad y plenitud de la existencia que jamás hubiéramos imaginado antes. En la experiencia de un gran amor, todo es atraído hacia el campo de tensión generado por la presencia del otro y yo mismo, ante esa presencia, descubro un valor, una libertad, un sentido del humor, una capacidad de sacrificio y de trabajo que ignoraba poseer. Ante la presencia de la amada yo descubro una identidad nueva y más verdadera, que no sabía que poseía. Se puede aplicar a la persona amada una frase que la liturgia relaciona con el semblante mismo de Dios: en tu luz descubrimos la luz. El enamoramiento hace que yo no pueda definirme a mí mismo sino en mi relación con la persona amada. La experiencia del enamoramiento y del amor atrae la sexualidad hacia la esfera de la persona e impone para su satisfacción una modalidad personalista. La lógica egoísta y la de la entrega. Ya no puedo definir quién soy sino en mi relación con ella. El enamoramiento (que es una forma, considerablemente más fuerte, de la experiencia más general del encuentro con el valor y del descubrimiento del valor) hace que yo ya no pueda definirme a mí mismo sino en mi relación con la persona amada. Somos el uno en la otra y el uno para la otra. Este sentimiento está vinculado estructuralmente con el deseo y la necesidad sexual. Sin embargo, la satisfacción de la necesidad no es ni puede ser la cosa más importante. No puedo ni quiero imponer mi deseo a la persona amada. Quiero obtener su amor y quiero que su deseo se encuentre con el mío. Hay un abismo entre el deseo de hacer el amor con la persona amada y el de violarla para obtener, de cualquier manera que sea, una satisfacción sexual. La experiencia del enamoramiento y del amor atrae (dice K. Wojtyla) la sexualidad hacia la esfera de la persona e impone para su satisfacción una modalidad personalista. Aquí, la afirmación de uno mismo está vinculada con la capacidad de obtener el amor de la otra, y ello excluye en principio el uso de la violencia. La satisfacción del deseo de acuerdo con su verdadera naturaleza no conlleva la lucha, sino un proceso apasionante y difícil, el proceso que se denomina cortejo. Sólo ofreciendo desinteresadamente mi amor al otro puedo esperar obtener el suyo. Sólo la entrega de uno mismo puede solicitar para sí la entrega del otro. No por casualidad, en el Cantar de los Cantares el cortejo y, después, la mutua entrega de sí de los esposos se toma como ejemplo para explicar el amor con que Dios ama al hombre. Aquí se experimenta una paradoja: la lógica eudemonista (egoísta) de la satisfacción de la necesidad es superada por la de la entrega de sí, que es la condición para el cumplimiento del deseo. En la entrega se incluye necesariamente la disponibilidad al sacrificio. En efecto, el amor podría no ser correspondido. El amor es la única actitud justa, adecuada, ante la belleza de la persona del otro, que nos asombra y nos deslumbra en la experiencia del enamoramiento. El amor, entonces, es un deber que nadie nos impone, sino que nace desde el interior de nuestra persona. Nadie nos obliga, pero sentimos que si actuáramos de otra forma, estaríamos traicionándonos a nosotros mismos. El amor es la actitud justa, como sea y en todo caso, ante la grandeza y la belleza de la persona humana, o, por lo menos, es éste el contenido del mandamiento cristiano del amor. Pero es obvio que la convicción de la dignidad y del derecho al amor de cada persona humana no tiene la misma evidencia emocional en las diversas experiencias de encuentro entre hombres. En el enamoramiento, la belleza y la grandeza de la persona amada se imponen con absoluta evidencia emocional. Para la mayoría de los seres humanos, el amor entre el hombre y la mujer es la oportunidad privilegiada para descubrir y experimentar lo que es el amor. o Cuando hay amor no queremos ni podemos aferrar al otro sino recibirlo como un don a través de un acto de su propia libertad. 3. Ya vimos que nuestra manera de comprender al hombre y la relación entre los hombres cambia profundamente dependiendo de si comenzamos por el análisis de la relación entre el hombre y el hombre o por el análisis de la relación entre el hombre y la mujer. Es en esta última relación que descubrimos la lógica de la entrega. Necesitamos al otro y, sin embargo, no podemos ni queremos aferrarlo, queremos y debemos recibirlo como un don a través de un acto de su propia libertad. Entonces, ¿pondríamos al mismo nivel la relación de la lucha por el dominio y la relación de la 3 entrega de sí mismo como dos modalidades, ambas esenciales, de la relación mutua entre los hombres? O bien, peor aún, ¿diríamos, como sugiere un pasaje de El Banquete de Platón, que el antagonismo y la lucha se colocan en el terreno de la realidad, mientras que el amor se coloca en el de lo imaginario y de la poesía? En realidad, la experiencia del amor sexual no es exenta de contradicciones. También en el ámbito del amor sexual puede surgir una lucha para atropellar y dominar al otro. O puede seguir el cansancio y el tedio, el desamor y la traición. La relación puede degradarse en la violencia del uno contra el otro. La persona cuya belleza había hecho estremecer nuestro corazón puede llegar a ser vista con amargura, con desprecio, hasta con odio. ¿Cuánto resiste el amor ante la prueba de la realidad? Simone de Beauvoir propuso que se leyera la relación entre el hombre y la mujer también de acuerdo con el modelo de la contraposición y la lucha, del esfuerzo por hacer del otro un mero objeto del que disponer. ¿Sería el amor, entonces, una locura? Sí, es una locura, pero una divina locura. Divina en dos sentidos. Y el primero nos lo explica J. W. Goethe: «Llena de alegría y llena de dolor; sumida en pensamientos, deseos y temores en oscilante tormento; exultante de júbilo, o con tristeza hasta la muerte: sólo es feliz el alma que ama.» «Freudvoll und leidvoll, gedankenvoll sein, Langen und bangen in schwebender Pein, Himmelhoch jauchzend, zum Tode betrübt, Glücklich allein Ist die Seele, die liebt«. Por mucho que el enamoramiento y el amor contengan en sí muchas penas y muchos problemas, también es cierto que nada hace la vida plena y bella y fuerte como amar y ser amados. El amor es una locura «divina» también porque a menudo de la unión de los amantes nacen niños El amor es una locura «divina» también en otro sentido. No siempre, pero bastante a menudo, de la unión de los amantes nacen niños. El amor genera una nueva vida. Aunque esta eventualidad en general está presente sólo vagamente en la conciencia de los amantes, el hecho de que de los actos sexuales nazcan niños no es sólo extraordinariamente importante para la sociedad, sino que contribuye de manera decisiva para dar forma al amor del hombre y de la mujer. Como hemos visto, la pasión es como un río cárstico: en ciertos momentos de la vida puede sumergirse y desaparecer, para volver a emerger acaso más adelante. ¿Por qué apostar sobre la continuidad y duración del amor, en vez de resignarse ante su fragilidad e imprevisibilidad? Una buena razón, aunque pueda no ser la única, es precisamente el hecho de que de las relaciones sexuales nacen niños. En qué consiste el llamado espacio familia El niño crece durante nueve meses dentro del útero de la madre y posteriormente, y por muchos años, sigue necesitando un espacio amparado que le aseguran la presencia y el amor de sus padres. El amor de sus padres no significa sólo el amor de sus padres por él, sino también el amor de sus padres entre ellos y por él. Así es: el niño, para madurar, no precisa simplemente ser amado, sino también necesita gozar de un espacio protegido que le asegura precisamente el entrelazamiento del amor de sus padres entre ellos y por él. Ese espacio se llama familia. Necesidad de una distinción clara entre enamoramiento y amor 4. Todas las sociedades de la historia han intervenido para reglamentar las relaciones sexuales con un conjunto de normas morales destinadas justamente a amparar al niño que podría nacer de esas relaciones. Si miramos las relaciones sexuales desde el punto de vista del niño y de la sociedad que 4 quiere defenderlo, vemos que la primera precaución que se nos impone es la de hacer una distinción clara entre el enamoramiento y el amor. El enamoramiento es un estado emocional. Sucede sin que lo queramos, y es independiente de nuestra voluntad. Nos sucede, y no podemos hacer nada para oponernos. El amor no es sólo un estado emocional. El amor conyugal estable y fiel es la base suficiente para generar un niño. El amor es algo distinto. Podríamos decir que el amor es un enamoramiento aprobado y sancionado por la razón. El amor no es (sólo) un estado emocional, sino que es la decisión de poner su propia vida al servicio del cumplimiento de la vocación de la persona amada en la verdad y en el bien. El amor conyugal asume conscientemente el deseo sexual, y sus consecuencias en la generación de los hijos, y ofrece su apoyo para que se cumpla el destino, propio y del otro, de convertirse en padre y madre, de ser padres. Por lo tanto, el amor es un acto de voluntad. Este acto de la voluntad contiene también la decisión de resistir ante las pruebas de la vida y del amor. En efecto, prometemos nuestro amor, nuestra atención y nuestra fidelidad «en la buena y en la mala suerte», también cuando la pasión haya languidecido, cuando se presentara la tentación del rencor, de la venganza y del abandono. Un simple estado emocional como el enamoramiento no es una base suficiente para generar a un niño, como lo es, en cambio, un amor conyugal estable y fiel. Es claro que cuando nos prometemos mutuamente amor y fidelidad para toda la vida hacemos algo extraordinariamente arduo. ¿Quién puede pensar que tiene en sí la fuerza moral suficiente para estar seguro de que mantendrá este compromiso ante las imprevisibles vicisitudes que la vida nos depara? Es por esto que los creyentes confían a Dios la esperanza de una promesa cuyo cumplimiento puede asegurarse sólo con Su ayuda. Pero también los que no creen en Dios lo intentan. El valor del que estamos hablando es un valor laico. Lo estamos describiendo así como se manifiesta de por sí en la experiencia de los hombres que se enamoran, tanto creyentes como no creyentes. El creyente, acaso, verá en este dinamismo intrínseco del enamoramiento y del amor una confirmación de su fe; el no creyente podrá pensar que estos dinamismos son el resultado del azar y de adaptaciones afortunadas a las presiones de la evolución. El debate acerca del significado metafísico de la experiencia del amor, sin embargo, es posterior en todo caso a la descripción fenomenológica de lo que es la experiencia del amor. Para convenir con esta descripción, no es necesario estar de acuerdo sobre una metafísica: es suficiente haber vivido esa experiencia. Hemos analizado la manera como el matrimonio y la familia surgen a partir del dinamismo intrínseco de la experiencia del enamoramiento y del amor. Deseamos el cuerpo del otro pero amamos su persona 5. En la raíz de todo lo dicho están la diferencia sexual y la atracción sexual. El hombre es atraído por el cuerpo de la mujer, y viceversa. Pero esta atracción debe ser satisfecha siempre respetando el valor y la dignidad de la persona. La pulsión sexual es atraída hacia la esfera de la relación y del amor entre las personas. Deseamos el cuerpo del otro, pero amamos su persona. o La cualidades diferentes entre hombre y mujer ¿son innatas o fruto de una presión social? La esencia de la feminidad. La atracción está basada en la diferencia, pero ¿en qué consiste esta diferencia? Se ha intentado describirla de muchas formas, a menudo también con referencia a cualidades psíquicas consideradas como típicas del uno o del otro sexo. Sobre esto surgió una amplia, y confusa, discusión, porque alguien intentó demostrar que las cualidades que se consideran en general propias de la feminidad no son innatas, sino que son fruto de una presión social de conformidad dirigida a forjar a las jóvenes en función del papel social que les ha sido previamente asignado y, de alguna forma, impuesto. Arrancaré de un dato sencillo e irrefutable: el fruto de la concepción se queda con la madre. Después del acto sexual, el padre puede irse, y ni siquiera llegar a saber nunca que se ha transformado en padre. La mujer, no. Ella debe vérselas con el embarazo. Durante nueve meses el niño crece dentro del cuerpo de la madre: esta es una experiencia física, psíquica y cultural extraordinaria, y propia sólo de las mujeres. En cierto sentido, constituye la esencia de la feminidad. Sigmund Freud trató de explicar la estructura de la feminidad a partir de una supuesta envidia del órgano masculino. Melanie Klein, en cambio, analizó la envidia masculina del seno y, más en 5 general, de la maternidad, esa experiencia única de relación con el hijo vinculada no sólo con el embarazo, sino también con la lactancia y, en general, con el rol materno. El niño se confía a la madre de forma muy particular y más intensa respecto a como se confía al padre. Más aún: es la mujer la que nos educa a la paternidad y nos entrega el niño para que asumamos en su vida el papel de padre. En efecto, criar a un niño y educarlo es una tarea difícil: al desempeñarla, es mucho mejor tener al lado un varón consciente también de su responsabilidad para con el niño, y que la asuma. En los primeros meses de vida, el niño reconoce a su madre: se ha acostumbrado por nueve meses al latido de su corazón. En cambio, el recién nacido no reconoce a su padre: es a través de la mediación de la madre que el padre es reconocido como padre por el niño. Por ello, desde el principio mismo, la relación del niño con su madre es esencialmente distinta de la relación con su padre. Naturalmente, durante su crecimiento el niño también necesitará a su padre. Naturalmente, durante su crecimiento el niño también necesitará a su padre. Al nacer, el pequeño hombre es un manojo de deseos que deben ser jerarquizados, estructurados en el marco de una personalidad armónica, reformulados a fin de poder recibir satisfacción en el mundo real. Esta estructuración de la personalidad se da alrededor de dos polaridades. Por una parte, el niño necesita sentirse asegurado de que para sus padres él es un ser valioso, único e insustituible. Generalmente es la madre la que le da esta seguridad y comunica el mensaje: cualquier cosa que hagas, hijo mío, tu mamá jamás te abandonará (y hasta encontrará la manera de instar a tu padre para que él también venga a ayudarte). Pero si crece sólo con este único mensaje, el pequeño hombre estará destinado a convertirse, en el mejor de los casos, en un canalla simpático e irresponsable y, en el peor, en un peligroso delincuente. Es preciso, entonces, que el joven reciba también otro mensaje: cumple con tu deber, recuerda que si quieres algo debes merecerlo, que si contravienes a las reglas serás castigado, y que sí, eres único e irrepetible (hijo predilecto), pero también uno entre los demás, como tus hermanos, o como los demás seres humanos, y debes respetar las mismas reglas. En general, éste es el papel del padre. Aunque la distinción no sea rígida, el rol masculino y el femenino se diferencian por razones naturales y funcionales. Maternidad y paternidad. Por lo tanto, el rol masculino y el rol femenino se diferencian por razones naturales y funcionales. La distinción no es rígida, evoluciona con el tiempo, puede estructurarse en maneras parcialmente distintas en el tiempo y en el espacio, en civilizaciones distintas. Sin embargo, la diferenciación es necesaria, para sostener el proceso de la educación. Además, la diferenciación tiene una base natural en la estructura biológica del hombre y de la mujer, en el privilegio que tiene la mujer de vivir las experiencias del embarazo y de la lactancia y en el lazo particular que forjan estas experiencias entre la madre y el niño. Todas las sociedades tratan de preparar a las niñas para el evento de la maternidad. Ya vimos que la feminidad tiene una base biológica, pero que es también un proceso cultural que se elabora sobre la base de ese dato biológico original. Se nace niña y sólo después, sucesivamente, se llega a ser mujer. ¿Es posible que una civilización rechace el don de la feminidad, que eluda la tarea de preparar para la maternidad? Es posible. Más de una vez ello se ha repetido en la historia de la humanidad. Cuando ocurre, la sociedad se consume y muere. En general, esto ha marcado más el destino de grupos dirigentes reducidos (recordemos la crisis del Imperio romano). En nuestra época, el fenómeno cobra una dimensión de masas y amenaza la supervivencia misma de nuestra cultura. En una parte de la cultura feminista (como por ejemplo en el texto citado de Simone de Beauvoir, El segundo sexo), precisamente el hecho de que el fruto de la concepción se quede con la madre, eso que es la esencia misma de la feminidad, se valora negativamente. En consecuencia, la niña debe ser educada según un modelo de humanidad madura no femenina. El embarazo y el parto se consideran no como una gran oportunidad de crecimiento humano, sino como un obstáculo a la realización plena de sí misma. La crisis de la maternidad corre pareja con la de la paternidad, también porque generalmente es la madre la que le enseña al padre el sentido de la paternidad, la que hace del hombre un padre, cultural y no sólo biológicamente. Además, la paternidad ha sido atacada mediante la demonización del principio de autoridad. Para crecer, el niño necesita ser orientado por un sistema de reglas, que el padre representa y propone. Se crece enfrentándose con una tradición, no con un vacío de propuesta educativa. Enfrentarse 6 significa también, de ser necesario, poner en entredicho la tradición y la autoridad, someterla a un examen crítico, corregirla y hasta demolerla, por lo menos en parte. Pero para oponerse a la autoridad es necesario que haya una autoridad. En el proceso educativo, el joven se apoya a la autoridad que discute. De esta forma, la crítica renueva constantemente la tradición, y la hace desenvolverse. El legado de la tradición siempre debe enfrentarse con la experiencia de vida de la nueva generación, y de esta forma se reformula y se rejuvenece. Pero cuando la contestación contra la autoridad se convierte en una crítica de principio que niega su papel y apunta a suprimirla, entonces se rompe algo en la relación entre generaciones. Siempre los jóvenes han criticado la autoridad y han chocado con sus padres. Pero se dio raras veces en la historia que los padres eludieran su deber y renunciaran por cobardía a su misión. Cuando esto ocurre, una cultura muere. Mitscherlich y Van der Does de Villebois fueron los primeros en llamar la atención sobre el riesgo de una sociedad sin padre, en la que los jóvenes varones no interiorizan los valores fundamentales de la virilidad, no aprenden la belleza de cuidar de una mujer y de los hijos generados con ella, dedicando a esto todas sus energías y su misma vida. Crisis de la paternidad y crisis de la maternidad son las dos caras de una crisis epocal de la familia. La crisis de la familia marca el comienzo de una crisis social más extensa 6. A su vez, la crisis de la familia marca el comienzo de una crisis social más extensa. Ya vimos como el encuentro del hombre con la mujer es el principio de la unidad entre los hombres. Aquí, la unidad no puede nacer de la opresión, sino que conlleva el reconocimiento mutuo y la entrega mutua en la libertad y en el amor. La unidad se refleja en los hijos; mediante la maternidad y la paternidad, el amor conyugal se convierte en el principio de unidad entre los hermanos. o El mito del rapto de las Sabinas Asimismo, existe otra dimensión que no hemos tomado en consideración hasta ahora. Se nos presenta en la historia romana con el mito del rapto de las Sabinas. Conocemos la historia. Tras la fundación de la ciudad, los romanos carecían de mujeres. Resolvieron el problema con el rapto masivo de las hijas de los Sabinos. Naturalmente, los Sabinos se enfadaron, se alzaron en armas y marcharon contra Roma para recuperar a sus hijas. Pero cuando los dos ejércitos estaban a punto de trabar la lucha, las mujeres se lanzaron en medio de ellos: no querían perder a sus esposos romanos que eran los padres de sus hijos. No querían ser viudas. Y no querían tampoco ser huérfanas, no querían que murieran sus padres y sus hermanos. Olvidemos por un momento el tema del rapto, en patente contradicción con lo que dijimos acerca de la naturaleza del amor entre el hombre y la mujer. Pero los estudios de antropología cultural nos enseñan que, en las culturas que practican el matrimonio por rapto, en general el rapto es consensual. La joven está de acuerdo y quiere poner a su familia frente al «hecho conyugal consumado». En todo caso, no es ésta la verdad que el mito del rapto de las Sabinas nos quiere comunicar: más bien, quiere destacar el hecho de que, a través del matrimonio, no se encuentran sólo dos personas, sino dos estirpes, dos grupos familiares, que de ser extraños y enemigos se vuelven aliados. Los niños que nacen pertenecen a uno de los dos grupos familiares (en las culturas patrilineales al grupo del padre, en las matrilineales al de la madre). Pero, de alguna forma, pertenecen también al otro: en el mundo hispánico esto se refleja en el uso del apellido. El niño lleva el apellido del padre y el de la madre. El pequeño López Fernández es un López (como su padre), pero también es un Fernández (como su madre). En las sociedades primitivas, la regla de la relación entre grupos sociales es la de la ajenidad y la enemistad. Es la mujer que, al transitar de un grupo social al otro, los enlaza y crea para sus hijos un sistema de pertenencia y de solidaridad más amplio. Para dar forma a una sociedad humana, la relación de afinidad tiene la misma importancia que la relación de consanguinidad. Cada uno de nosotros nace dentro de un sistema de pertenencias familiares. Precisamente el apellido tiene la función de situar al niño dentro de la red de pertenencias. Llega al mundo no como un extraño, como un individuo aislado, sino como un miembro de la sociedad reconocido como tal y amparado por un conjunto de relaciones. Habíamos comenzado nuestro discurso oponiendo dos modelos antropológicos: el del encuentro de los dos guerreros que compiten por la primacía y el de los amantes que se encuentran en el reconocimiento mutuo el uno del otro. 7 El análisis que hemos venido realizando posteriormente nos muestra por qué los dos modelos no pueden colocarse en un mismo plano. El segundo modelo es expansivo. De él dependen también otros, en un conjunto ordenado jerárquicamente. Existe el encuentro mutuo entre hermanos. Haber nacido del mismo padre y de la misma madre genera una actitud que es incompatible con la lucha mortal por la afirmación de sí mismo. La primera función de la autoridad (y por ende de la paternidad) así como la hemos visto y descrito, es precisamente la de imponer la renuncia a la afirmación absoluta de sí y el reconocimiento del derecho del otro, del hermano. Pero el mundo no está poblado por grupos familiares nucleares cerrados. También está formado por tías y primos, abuelos y parientes, consanguíneos y afines, de todo género y especie. El tabú del incesto. El parentesco, la afinidad y la hospitalidad. Claude Lévi-Strauss, en su libro sobre las Estructuras elementales del parentesco, explicó que el tabú del incesto está en la base misma del desarrollo de la civilización humana. Del tabú del incesto deriva la necesidad de que los grupos familiares se intercambien las mujeres, creando así esa red de relaciones que hemos descrito someramente. Si no existiera el tabú del incesto, tampoco se crearían progresivamente redes de relaciones cada vez más amplias. No es una casualidad que el tabú del incesto sea típicamente humano, y estructure el sistema de relaciones típicamente humano que denominamos familia y sociedad. A su vez, el tabú del incesto está vinculado con la necesidad de la comprobación de la paternidad. Aquí se cierra el círculo, y comprendemos mejor la naturaleza de la familia y, al mismo tiempo, su función social. La familia es la célula original de la sociedad porque la familia es la base de los sistemas de parentesco y afinidad que componen la sociedad humana. El parentesco y la afinidad, además, son complementados por una tercera estructura fundamental, que es la de la hospitalidad. Y aquí puede ser interesante destacar que en latín la raíz original de la palabra huésped (hospes) es muy semejante a la de la palabra enemigo (hostis). En ambos casos, la experiencia original es la del extraño, del forastero. En el caso del enemigo, el forastero pone en marcha la relación del enfrentamiento y de la lucha de la que surgirán el esclavo y el amo. En el caso del huésped, el forastero es acogido en una relación de afinidad o parentesco, en cierto sentido se le adopta. Huelga observar que la adopción puede darse porque existe el espacio psicológico y social de la familia en la que puede ser acogido, porque existen estructuras psíquicas y modelos de conducta, elaborados en el interior de la familia, que se le aplican. El ideal de la fraternidad humana, de todos los hombres, sería inconcebible de no existir la experiencia de la fraternidad en el interior de la familia, o de no existir la experiencia misma de la familia. Tan cierto es esto que, en su origen, el huésped era reconocido a menudo como descendiente de un antepasado mítico común. Un Dios único y Padre de todos los hombres La experiencia del sinecismo en la civilización griega, o sea la formación de la ciudad, de la comunidad política, a partir de la convergencia de estirpes distintas, está marcada por la veneración común de una divinidad considerada como el progenitor común. Todo esto culmina, en la historia religiosa y civil de la humanidad, en la idea de un Dios único Padre de todos los hombres, que explica y refuerza la experiencia del reconocimiento y de la mutua acogida que regula (por lo menos potencialmente) el encuentro de cada hombre con cualquier otro hombre. En su Oda a la alegría, que es hoy el himno de la Unión Europea, Schiller escribe: «¡Hermanos!, sobre la bóveda estrellada tiene que vivir un Padre amoroso.» «Brüder, überm Sternenzelt Muß ein lieber Vater wohnen».

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