sábado, 3 de junio de 2017

“Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar”: (Monseñor Agrelo. Arzobispo de Tanger)

En quienes se llenan de él, el Espíritu de Dios  produce un efecto que puede parecer semejante al que causa en los borrachos el “espíritu del vino”: Salen de sí.
Esa plenitud del Espíritu de Dios que a todos alcanza en la comunidad apostólica, es luz que a los discípulos los lleva al conocimiento del misterio de Cristo, y es  fuente de inspiración para que puedan anunciar lo que han conocido.
El Espíritu pone verdad en las palabras, clarividencia en la mirada, alegría y paz en el corazón.
Lamentablemente, para los creyentes, para los ungidos por el Espíritu, siempre ha sido posible reducir la fe a ideología, el misterio a palabras que lo anulan, la salvación a doctrina que se aprende.
El misterio de Pentecostés, misterio del Espíritu dispensado a manos llenas, me devuelve a los días en que se cumplía el misterio de la encarnación, cuando el Espíritu de Dios, como nos recuerdan los relatos de la infancia de Jesús, se movía dejando fuera de sí por la alegría y la fiesta a todos los que llenaba:
“Se llenó Isabel de Espíritu Santo y, a voz en grito, exclamó: « ¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que la madre de mi Señor venga a visitarme? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Dichosa la que ha creído, porque lo que el Señor le ha dicho se cumplirá”.
“Zacarías se llenó de Espíritu Santo y profetizó”.
La historia de Simeón, hombre justo y piadoso que aguardaba el consuelo de Israel, muestra cómo el Espíritu Santo se le revela, lo mueve, lo inspira para que vea lo que los ojos no pueden ver, y profetice pronunciado palabras que sólo pueden nacer en los carriles del misterio contemplado.
Necesitamos sobre nuestra vida la alegría, la paz, la fiesta, el fuego que trae consigo la efusión del Espíritu.
Ven, Espíritu Santo, enséñanos a decir: “¡Jesús es Señor!”, sólo Jesús es Señor, no hay más Señor que Jesús. Ven y enséñanos a decir: El forastero es Señor, el hambriento es Señor, el sediento es Señor, el desnudo es Señor, el enfermo es Señor, el encarcelado es Señor. Ven y llévanos a Cristo, haz que aprendamos a Cristo, que hagamos nuestros los sentimientos de Cristo: transfórmanos en Cristo, “entra hasta el fondo del alma, divina luz, y enriquécenos” con la semejanza de Cristo.
Tú, que santificas y transformas el pan de nuestra eucaristía, transforma en Cristo Jesús el pan de nuestra vida, de modo que, en Cristo, todos formemos un solo cuerpo y un solo espíritu.
“Ven, dulce huésped del alma”.

Solemnidad de Pentecostés (1917). Podemos vivir nuestra vida según «la carne» o según el Espíritu.



  • Solemnidad de Pentecostés (1917). Podemos vivir nuestra vida según «la carne» o según el Espíritu.

El Espíritu de Dios desciende sobre el Señor, que lo da a la Iglesia; el Señor encomienda al Espíritu Santo el cuidado del hombre. Se trata del fortalecimiento del hombre interior, del que habla San Pablo en la Carta a los Efesios. La «carne» designa el hombre en su condición de debilidad y de mortalidad, lo que hay de perecedera debilidad en la condición humana. San Pablo en la Carta a los Gálatas, habla claramente de los frutos de la carne y los del Espíritu en nuestra existencia. Los frutos de la carne y los del Espíritu. Por la influencia del Espíritu, el hombre «interior» o «espiritual» es capaz de renovarse cada día, aunque el hombre «exterior» vaya «decayendo». La diferencia que existe entre la madurez connatural a las capacidades del alma humana y la madurez propiamente cristiana, que implica el desarrollo de la vida del Espíritu, la madurez de la fe, de la esperanza y de la caridad. San Pablo atribuye al Espíritu Santo la capacidad de hacernos incluso “sobreabundar en la esperanza”. Abundar en la esperanza significa no desanimarse jamás; significa esperar «contra toda esperanza». También nos hace capaces de ser sembradores de esperanza

A. Podemos vivir nuestra vida según «la carne» o según el Espíritu.

  • Como veremos enseguida, la «carne» designa el hombre en su condición de debilidad y de mortalidad, lo
que hay de perecedera debilidad en la condición humana. La vida según el Espíritu se refiere a la vida movida por la fuerza y el amor de Dios, por la fuerza y el amor de Cristo.
  • A este respecto, son muy importantes las palabras de san Pablo en la Carta a los Romanos (8, 5-
27), acerca de la lucha entre la carne y el Espíritu:

5 Pues los que viven según la carne desean las cosas de la carne; en cambio, los que viven según el Espíritu, desean las cosas del Espíritu. 6 El deseo de la carne es muerte; en cambio el deseo del Espíritu, vida y paz. 7 Por ello, el deseo de la carne es hostil a Dios, pues no se somete a la ley de Dios; ni puede someterse. 8 Los que están en la carne no pueden agradar a Dios. 9 Pero vosotros no estáis en la carne, sino en el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios habita en vosotros; en cambio, si alguien no posee el Espíritu de Cristo no es de Cristo. 10 Pero si Cristo está en vosotros, el cuerpo está muerto por el pecado, pero el espíritu vive por la justicia. 11 Y si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús también dará vida a vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros. 12 Así pues, hermanos, somos deudores, pero no de la carne para vivir según la carne. 13 Pues si vivís según la carne, moriréis; pero si con el Espíritu dais muerte a las obras del cuerpo, viviréis. El don de la adopción filial 14 Cuantos se dejan llevar por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios. (…) 26 Del mismo modo, el Espíritu acude en ayuda de nuestra debilidad, pues nosotros no sabemos pedir como conviene; pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables. 27 Y el que escruta los corazones sabe cuál es el deseo del Espíritu, y que su intercesión por los santos es según Dios.

  • El Espíritu Santo nos hace capaces de Dios.

Cfr. San Ireneo, contra las herejías (Libro 3, 17,1-3), 2ª Lectura del Oficio de Lectura
del Domingo de Pentecostés.
  • Nosotros, que somos muchos, no podíamos convertirnos en una sola cosa en Cristo Jesús, sin esta agua que baja del cielo.

El Señor prometió que nos enviaría aquel Defensor que nos haría capaces de Dios. Pues, del mismo modo que el trigo seco no puede convertirse en una masa compacta y en un solo pan, si antes no es humedecido, así también nosotros, que somos muchos, no podíamos convertirnos en una sola cosa en Cristo Jesús, sin esta agua que baja del cielo. Y, así como la tierra árida no da fruto, si no recibe el agua, así también nosotros, que éramos antes como un leño árido, nunca hubiéramos dado el fruto de vida, sin esta gratuita lluvia de lo alto.
Nuestros cuerpos, en efecto, recibieron por el baño bautismal la unidad destinada a la incorrupción, pero nuestras almas la recibieron por el Espíritu.

  • El Espíritu de Dios desciende sobre el Señor, que lo da a la Iglesia; el Señor encomienda al Espíritu Santo el cuidado del hombre

El Espíritu de Dios descendió sobre el Señor, Espíritu de prudencia y sabiduría, Espíritu de consejo y de valentía, Espíritu de ciencia y temor del Señor, y el Señor, a su vez, lo dio a la Iglesia, enviando al Defensor sobre toda la tierra desde el cielo, que fue de donde dijo el Señor que había sido arrojado Satanás como un rayo; por esto necesitamos de este rocío divino, para que demos fruto y no seamos lanzados al fuego; y, ya que tenemos quien nos acusa, tengamos también un Defensor, pues que el Señor encomienda al Espíritu Santo el cuidado del hombre, posesión suya, que había caído en manos de ladrones, del cual se compadeció y vendó sus heridas, entregando después los dos denarios regios para que nosotros, recibiendo por el Espíritu la imagen y la inscripción del Padre y del Hijo, hagamos fructificar el denario que se nos ha confiado, retornándolo al Señor con intereses.
  • Se trata del fortalecimiento del hombre interior, del que habla San Pablo en la Carta a los Efesios 1.

  • El Padre de nuestro Señor Jesucristo ... Os conceda fortaleceros firmemente en el hombre interior mediante su Espíritu (Efesios 3, 16)

  • El Espíritu Santo es la fuerza y la potencia que actúa en los creyentes conduciéndolos a la plenitud de la madurez humana y cristiana en la relación con Dios
  • El Espíritu del Señor, BAC Madrid 1997, cap. III, pp. 49-59: “Cuando en el lenguaje cristiano
se habla de la «vida espiritual» del hombre, no se entiende referirse simplemente a una vida superior, en contraposición a la corporal o biológica, sino, precisamente, a la «Vida en el Espíritu». Todo el hombre es «espiritual», vive en el Espíritu y por el Espíritu de Dios, como su destino último y su plenitud. «La unión del alma y de la carne, recibiendo el Espíritu de Dios, constituye al hombre espiritual», afirma San Ireneo (Contra las herejías, V, 8,2), concepto que se encuentra todavía más explícitamente en la misma obra: «Estos son los hombres que el Apóstol llama espirituales (I Corintios 2, 15; 3, 1 ), siendo espirituales gracias a la participación del Espíritu, no gracias a la privación y eliminación de la carne» (Contra las herejías, V, 6,1).”
  • El Espíritu del Señor, BAC Madrid 1997, cap. III, pp. 49-59Los Padres han buscado
siempre la forma de explicar cómo es posible que Dios y el hombre formen una unidad en el Espíritu. San Basilio sostiene que el Espíritu Santo es la fuerza y la potencia que actúa en los creyentes conduciéndolos a la plenitud de la madurez humana y cristiana en la relación con Dios: «Aquel que no vive ya más según la carne, sino que es conducido por el Espíritu de Dios y es llamado hijo de Dios, hecho conforme a la imagen del Hijo de Dios, es llamado espiritual. Y de la misma manera que en el ojo sano se encuentra la capacidad de ver, así en el alma purificada se encuentra la fuerza operante del Espíritu»” (San Basilio, El Espíritu Santo, XXVI, 61).
  • La «carne» designa el hombre en su condición de debilidad y de mortalidad, lo que hay de perecedera debilidad en la condición humana.

  • La «carne» designa el hombre en su condición de debilidad y de mortalidad, lo que hay de perecedera
debilidad en la condición humana. Cf. Juan 3,6: «lo nacido de la carne, carnes es; y lo nacido del Espíritu, espíritu es». Se ha escrito que la carne es el nombre de la debilidad humana; y caminar/vivir según la carne es caminar/vivir solamente con los propios recursos, sin aceptar el don gratuito de Dios, su gracia, su Espíritu. Vida “carnal” es una vida apoyada en la propia autosuficiencia. Por el contrario, en la vida en el Espíritu, por la inhabitación del Espíritu en el creyente, se da la instauración del señorío del Espíritu de Cristo, según leemos en el evangelio según Juan (17,1-2, oración sacerdotal de Jesús): “Padre ha llegado ya la hora. Glorifica a tu Hijo para que tu Hijo te glorifique; ya que le diste potestad sobre toda carne, que él dé vida eterna a todos los que Tú le has dado”.

De la alternativa de vivir con la confianza puesta en Dios o en nosotros, habló ya el profeta Jeremías:
«Maldito quien confía en el hombre, y en la carne busca su fuerza, apartando su corazón del Señor. Será como un cardo en la estepa, no verá llegar el bien: habitará la aridez del desierto, tierra salobre e inhóspita. Bendito quien confía en el Señor y pone en el Señor su confianza. Será un árbol plantado junto al agua, que junto a la corriente echa raíces; cuando llegue el estío no lo sentirá, su hoja estará verde; en año de sequía no se inquieta, no deja de dar fruto» (Jr 17, 5-8).
  • San Pablo en la Carta a los Gálatas, habla claramente de los frutos de la carne y los del Espíritu en nuestra existencia.

  • Los frutos de la carne y los del Espíritu

Gálatas 5, 16-24: “Andad según el Espíritu y no realicéis los deseos de la carne, pues la carne desea contra el espíritu y el espíritu contra la carne. Hay entre ellos un antagonismo tal que no hacéis lo que quisierais. En cambio, si os guía el espíritu, no estáis bajo el dominio de la Ley. Las obras de la carne están patentes: fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, enemistades, contiendas, envidias, rencores, rivalidades, partidismo, sectarismo, discordias, borracheras, orgias y cosas por el estilo. Y os prevengo, como ya os previne, que los que así obran no heredarán el Reino de Dios. En cambio, el fruto del Espíritu es: amor, alegría, paz, comprensión, espíritu de servicio, bondad, lealtad, amabilidad, dominio de sí. Contra esto no va la Ley. Y los que son de Cristo Jesús han crucificado su carne con sus pasiones y sus deseos» (Ga 5, 16-24)”.
  • Por la influencia del Espíritu, el hombre «interior» o «espiritual» es capaz de renovarse cada día, aunque el hombre «exterior» vaya «decayendo».
  • Por tanto, «el hombre interior» o «espiritual» es la parte de nosotros mismos que está bajo
la influencia del Espíritu... que es capaz de renovarse de día en día, aun cuando «el hombre exterior» vaya «decayendo» (Cf. II Corintios, 4-16) San Pablo, en la Carta a los Romanos, explica con toda claridad la contradicción que hay entre el hombre «interior» y el «exterior»: (7, 18-23):
18 Querer el bien está a mi alcance, pero ponerlo por obra, no. 19 Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero. 20 Y si yo hago lo que no quiero, no soy yo quien lo realiza, sino el pecado que habita en mí. 21 Así pues, al querer yo hacer el bien encuentro esta ley: que el mal está en mí; 22 pues me complazco en la ley de Dios según el hombre interior, 23 pero veo otra ley en mis miembros que lucha contra la ley de mi espíritu y me esclaviza bajo la ley del pecado que está en mis miembros”.
  • La influencia del Espíritu en nuestras vidas se da en cuanto que el Espíritu Santo sustituye el principio malo de la carne.
  • Romanos 7,5: «Porque cuando estábamos en la carne, las pasiones pecaminosas, ocasionadas
por la Ley, actuaban en nuestros miembros, a fin de que produjéramos frutos de muerte»: 6 ahora, muertos a la Ley en la que estábamos presos, hemos sido liberados para servir con un espíritu nuevo y no según la antigua letra.
  • Biblia de Jerusalén, Comentario de Romanos 7,5: (...) La carne sirve así, según el uso bíblico
de basar, para recalcar lo que hay de perecedera debilidad en la condición humana. (Romanos 6,19; 2 Corintios 7,5; 12,7; Gálatas 4, 13s; ver Mateo 26, 41s), y para designar al hombre en su pequeñez ante Dios (Romanos 3, 20 y Gálatas 1,16; 1 Corintios 1,29; ver Mateo 24, 22p; Lucas 3,6; Jn 17,2; Hechos 2,17; 1 Pedro 1,24). De ahí el uso de expresiones como: según la carne (1 Corintios 1,26; 2 Corintios 1,17; Efesios 6,5; Colosenses 3,22; ver Filemón 16; Juan 8,15; la carne y la sangre (1 Corintios 15,50; Gálatas 1,16; Efesios 6,12; Hebreos 2,14; ver Mateo 16,17), y carnal (Romanos 15,27; 1 Corintios 3,1.3; 9,11; 2 Corintios 1,12; 10,4) para contraponer, el orden de la naturaleza al orden de la gracia. etc.
  • La concupiscencia

  • Por ello entendemos la petición al Señor: ¡Haznos fuertes con tu fuerza, Señor! Que sería lo
mismo que decir: envíanos tu Espíritu; con el fin de superar la inclinación que se opone a la ley del espíritu (Rom. 7, 23). Esa inclinación se llama «concupiscencia» en la tradición cristiana, que se explica así en el Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1426:
La conversión a Cristo, el nuevo nacimiento por el Bautismo, el don del Espíritu Santo, el Cuerpo y la Sangre de Cristo recibidos como alimento nos han hecho «santos e inmaculados ante El» (Ef 1, 4), como la Iglesia misma, esposa de Cristo, es «santa e inmaculada ante El» (Ef 5, 27). Sin embargo, la vida nueva recibida en la iniciación cristiana no suprimió la fragilidad y la debilidad de la naturaleza humana, ni la inclinación al pecado que la tradición llama ö concupiscencia, y que permanece en los bautizados a fin de que sirva de prueba en ellos en el combate de la vida cristiana ayudados por la gracia de Dios (Cf DS 1515). Esta lucha es la de la conversión con miras a la santidad y la vida eterna a la que el Señor no cesa de llamarnos (Cf DS 1545; LG 40).
  • Es necesario recordar que la «concupiscencia o ley del pecado» que se haya en nosotros no tiene
un poder irresistible; lo que hace es desordenar nuestra vida moral, y, sin ser falta en sí misma, nos inclina a cometer los pecados. San Pablo no niega la responsabilidad personal del hombre, de cada uno de nosotros, frente al mal. Nuestra naturaleza, como consecuencia del pecado original, está debilitada e inclinada al mal - pero no está totalmente corrompida -, y somos llamados a un combate espiritual (Cfr. Catecismo… n. 405).

B. El Espíritu Santo, raíz de la vida interior

Cfr. Juan Pablo II, Audiencia general del miércoles 10/04/1991

La diferencia que existe entre la madurez
connatural a las capacidades del alma humana
y la madurez propiamente cristiana,
que implica el desarrollo de la vida del Espíritu,
la madurez de la fe, de la esperanza y de la caridad.

  • La ley del espíritu que da la vida en Cristo Jesús

1. San Pablo nos ha hablado en la catequesis anterior de la «ley del espíritu que da la vida en Cristo Jesús» (Rm 8, 2): una ley según la cual hay que vivir, si se quiere «caminar según el Espíritu» (cf. Ga 5, 25), realizando las obras del Espíritu, no las de la «carne».
El Apóstol pone de relieve la contraposición entre «carne» y «Espíritu», y entre los dos tipos de obras, de pensamientos y de vida que dependen de ella: «Los que viven según la carne, desean lo carnal; mas los que viven según el Espíritu, lo espiritual. Pues las tendencias de la carne son muerte; mas las del Espíritu, vida y paz» (Rm 8, 5-6).
El espectáculo de las «obras de la carne» y de las condiciones de decadencia espiritual y cultural a la que llega el homo animalis es desolador. Sin embargo ello no debe hacer olvidar la realidad de la vida «según el Espíritu», que es muy diversa y que también está presente en el mundo y se opone a la expansión de las fuerzas del mal. San Pablo habla de ello en la carta a los Gálatas poniendo de relieve el «fruto del Espíritu», que es «amor, gozo, paz, paciencia, benevolencia, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí» (cf. 5, 19-22), en contraposición a las «obras de la carne», que excluyen del «reino de Dios». Estas cosas - también según san Pablo- se le dictan al creyente desde el interior, es decir, desde la «ley del Espíritu» (Rm 8, 2), que está en él y lo guía en la vida interior (cf. Ga 5, 18. 25).
  • Es un principio de vida espiritual y de la conducta cristiana, que es interior al hombre y transcendente

2. Por tanto, se trata de un principio de la vida espiritual y de la conducta cristiana, que es interior y al mismo tiempo transcendente, como se deduce ya de las palabras de Jesús a los discípulos: «el Espíritu de la verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no le ve ni le conoce... en vosotros está» (Jn 14, 17). El Espíritu Santo viene de lo alto, pero penetra y reside en nosotros para animar nuestra vida interior. Jesús no dice sólo: «él permanece junto a vosotros», lo cual puede sugerir la idea de una presencia que es solamente cercana, sino que añade que se trata de una presencia dentro de nosotros (cf. Jn 14, 17). San Pablo, a su vez, desea a los efesios que el Padre les conceda que sean «fortalecidos por la acción de su Espíritu en el hombre interior» (Ef 3, 16): es decir, en el hombre que no se contenta con una vida externa, a menudo superficial, sino que trata de vivir en las «profundidades de Dios», escrutadas por el Espíritu Santo (cf. 1 Co 2, 10).
  • La distinción que hace Pablo entre el hombre «psíquico» y el hombre «espiritual».

La distinción que hace Pablo entre el hombre «psíquico» y el hombre «espiritual» (cf. 1 Co 2, 13-14) nos ayuda a comprender la diferencia y la distancia que existe entre la madurez connatural a las capacidades del alma humana y la madurez propiamente cristiana, que implica el desarrollo de la vida del Espíritu, la madurez de la fe, de la esperanza y de la caridad. La conciencia de esta raíz divina de la vida espiritual, que se expande desde lo íntimo del alma a todos los sectores de la existencia, incluso los externos y sociales, es un aspecto fundamental y sublime de la antropología cristiana. Fundamento de esa conciencia es la verdad de fe por la que creo que el Espíritu Santo habita en mí (cf. 1 Co 3, 16), ora en mí (cf. Rm 8, 26; Ga 4, 6), me guía (cf. Rm 8, 14) y hace que Cristo viva en mí (cf. Ga 2, 20).
  • El «agua viva» del que habla Jesús a la Samaritana, simboliza el manantial interior de la vida espiritual.

3. También la comparación que Jesús utiliza en el coloquio con la samaritana junto al «pozo de Jacob» sobre el «agua viva» que él dará a quien crea, agua que «se convertirá en él en fuente de agua que brota para vida eterna, (Jn 4, 14), simboliza el manantial interior de la vida espiritual. Lo aclara Jesús mismo con ocasión de la «fiesta de las Tiendas» (cf. Jn 7, 2), cuando, «puesto en pie, gritó: “si alguno tiene sed, venga a mí, y beba el que crea en mí”; como dice la Escritura (cf. Is 55, 1): de su seno correrán ríos de agua viva». Y el evangelista Juan comenta: «esto lo decía refiriéndose al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en él» (Jn 7, 37-39).
El Espíritu Santo desarrolla en el creyente todo el dinamismo de la gracia que da la vida nueva, y de las virtudes que traducen esta vitalidad en frutos de bondad. El Espíritu Santo actúa también desde el «seno» del creyente como fuego, según otra semejanza que utiliza el Bautista a propósito del bautismo: «él os bautizará en Espíritu Santo y fuego» (Mt 3, 11); y Jesús mismo sobre su misión mesiánica: «He venido a arrojar un fuego sobre la tierra» (Lc 12, 49). Por ello, el Espíritu suscita una vida animada por aquel fervor que san Pablo recomendaba en la carta a los Romanos: «sed fervorosos en el Espíritu» (12, 11). Es la «llama viva de amor» que pacífica, ilumina, abrasa y consuma, como tan bien explicó san Juan de la Cruz.
  • La acción del Espíritu Santo asume, eleva y lleva la perfección la personalidad de cada uno. La acción del Espíritu Santo varía según las diversas condiciones de la vida personal.

4. De esta forma se desarrolla en el creyente, bajo la acción del Espíritu Santo, una santidad original, que asume, eleva y lleva a la perfección la personalidad de cada uno, sin destruirla. Así cada santo tiene su fisonomía propia. Stella differt a stella, se puede decir con san Pablo: «una estrella difiere de otra en resplandor» (1 Co 15, 41): no sólo en la «resurrección futura» a la que se refiere el Apóstol, sino también en la condición actual del hombre, que no es ya sólo psíquico (dotado de vida natural), sino espiritual (animado por el Espíritu Santo) (cf. 1 Co 15, 44 ss.).
La santidad está en la perfección del amor. Y sin embargo varía según la multiplicidad de aspectos que el amor adquiere en las diversas condiciones de la vida personal. Bajo la acción del Espíritu Santo, cada uno vence en el amor el instinto del egoísmo, y desarrolla las mejores fuerzas en su modo original de darse. Cuando la fuerza expresiva y expansiva de la originalidad es muy poderosa, el Espíritu Santo hace que en torno a esas personas (aunque a veces permanezcan escondidas) se formen grupos de discípulos y seguidores. De este modo nacen corrientes de vida espiritual, escuelas de espiritualidad, institutos religiosos, cuya variedad en la unidad es, pues, efecto de esa divina intervención. El Espíritu Santo valora las capacidades de todos en las personas y en los grupos, en las comunidades y en las instituciones, entre los sacerdotes y entre los laicos.
  • De la fuente interior del Espíritu deriva también el nuevo valor de libertad, que caracteriza la vida cristiana.

5. De la fuente interior del Espíritu deriva también el nuevo valor de libertad, que caracteriza la vida cristiana. Como dice san Pablo: «donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad» (2 Co 3, 17). El Apóstol se refiere directamente a la libertad adquirida por los seguidores de Cristo respecto a la ley judaica, en sintonía con la enseñanza y la actitud de Jesús mismo. Pero el principio que él enuncia tiene un valor general. Efectivamente, él habla repetidas veces de la libertad como vocación del cristiano: «Hermanos, habéis sido llamados a la libertad» (Ga 5, 13). Y explica bien de qué se trata. Según el Apóstol, «el que camina según el Espíritu» (Ga 5, 13) vive en la libertad, porque no se halla ya bajo el yugo opresor de la carne: «Si vivís según el Espíritu, no daréis satisfacción a las apetencias de la carne» (Ga 5, 16). «Las tendencias de la carne son muerte; mas las del Espíritu, vida y paz» (Rm 8, 6).
Las «obras de la carne», de las que está libre el cristiano fiel al Espíritu, son las del egoísmo y las pasiones, que impiden el acceso al reino de Dios. En cambio, las obras del Espíritu son las del amor: «Contra tales cosas - observa san Pablo- no hay ley» (Ga 5, 23).
Se deriva de aquí - según el Apóstol- que «si sois conducidos por el Espíritu, no estáis bajo la ley» (Ga 5, 18). Al escribir a Timoteo, no duda en decir: «La ley no ha sido instituida para el justo» (1 Tm 1, 9). Y santo Tomás explica: «La ley no tiene fuerza coactiva sobre los justos, sino sobre los malos» (I-II, q. 96 a. 5, ad. 1), puesto que los justos no hacen nada contrario a la ley. Más aún guiados por el Espíritu Santo, hacen libremente más de lo que pide la ley (cf. Rm 8, 4; Ga 5, 13-16).
  • Admirable conciliación de la libertad y de la ley. El cristiano es el ferviente y fiel realizador del designio de Dios.

6. Ésta es la admirable conciliación de la libertad y de la ley, fruto del Espíritu Santo que actúa en el justo, como habían predicho Jeremías y Ezequiel al anunciar la interiorización de la ley en la Nueva Alianza (cf. Jr 31, 31-34; Ez 36, 26-27).

«Infundiré mi Espíritu en vosotros» (Ez 36, 27). Esta profecía se ha verificado y sigue realizándose siempre en los fieles de Cristo y en el conjunto de la Iglesia. El Espíritu Santo da la posibilidad de ser, no meros observantes de la ley, sino libres, fervientes y fieles realizadores del designio de Dios. Se realiza así cuanto dice el Apóstol: «Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Pues no recibisteis un espíritu de esclavos para recaer en el temor; antes bien, recibisteis un Espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abbá, Padre!» (Rm 8, 14-15). Es la libertad de hijos que anunció Jesús como la verdadera libertad (cf. Jn 8, 36). Se trata de una libertad interior, fundamental, pero orientada siempre hacia el amor, que hace posible y casi espontáneo el acceso al Padre en el único Espíritu (cf. Ef 2, 18). Es la libertad guiada que resplandece en la vida de los santos.

C. San Pablo atribuye al Espíritu Santo la capacidad de sobreabundar en la esperanza.

Cfr. Papa Francisco, Catequesis sobre la esperanza cristiana, Audiencia General del 31 de mayo de 2017.
  • San Pablo atribuye al Espíritu Santo la capacidad de hacernos incluso “sobreabundar en la esperanza”.
Abundar en la esperanza significa no desanimarse jamás; significa esperar «contra toda esperanza» (Rom 4,18), es decir, esperar incluso cuando disminuye todo motivo humano para esperar, como fue para Abraham cuando Dios le pidió sacrificar a su único hijo, Isaac, y como fue, aún más, para la Virgen María bajo la cruz de Jesús.
El Espíritu Santo hace posible esta esperanza invencible dándonos el testimonio interior que somos hijos de Dios y sus herederos (Cfr. Rom 8,16). ¿Cómo podría Aquel que nos ha dado a su propio Hijo único no darnos toda cosa con Él? (Cfr. Rom 8,32). «La esperanza – hermanos y hermanas – no defrauda: la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo, que nos ha sido dado» (Rom 5,5). Por esto no defrauda, porque está el Espíritu Santo dentro que nos impulsa a ir adelante, siempre adelante. Y por esto la esperanza no defrauda.
  • También nos hace capaces de derrochar esperanza con los más necesitados.

Hay más: el Espíritu Santo no nos hace sólo capaces de esperar, sino también de ser sembradores de esperanza, de ser también nosotros – como Él y gracias a Él – los “paráclitos”, es decir, consoladores y defensores de los hermanos. Sembradores de esperanza. Un cristiano puede sembrar amargura, puede sembrar perplejidad, y esto no es cristiano, y tú, si haces esto, no eres un buen cristiano. Siembra esperanza: siembra el bálsamo de esperanza, siembre el perfume de esperanza y no vinagre de amargura y de des-esperanza.
El Beato Cardenal Newman, en uno de sus discursos, decía a los fieles: «Instruidos por nuestro mismo sufrimiento, por el mismo dolor, es más, por nuestros mismos pecados, tendremos la mente y el corazón ejercitados a toda obra de amor hacia aquellos que tienen necesidad. Seremos, según nuestra capacidad, consoladores a imagen del Paráclito – es decir, del Espíritu Santo – y en todos los sentidos que esta palabra comporta: abogados, asistentes, dispensadores de consolación. Nuestras palabras y nuestros consejos, nuestro modo de actuar, nuestra voz, nuestra mirada, serán gentiles y tranquilizantes» (Parochial and plain Sermons, vol. V, Londra 1870, pp. 300s.). Son sobre todo los pobres, los excluidos, los no amados los que necesitan de alguien que se haga para ellos “paráclito”, es decir, consoladores y defensores, como el Espíritu Santo se hace para cada uno de nosotros, que estamos aquí en la Plaza, consolador y defensor. Nosotros debemos hacer lo mismo por los más necesitados, por los descartados, por aquellos que tienen necesidad, aquellos que sufren más. Defensores y consoladores. (…)
Hermanos y hermanas, la próxima fiesta de Pentecostés – que es el cumpleaños de la Iglesia: Pentecostés – esta próxima fiesta de Pentecostés nos encuentre concordes en la oración, con María, la Madre de Jesús y nuestra. Y el don del Espíritu Santo nos haga sobreabundar en la esperanza. Les diré más: nos haga derrochar esperanza con todos aquellos que son los más necesitados, los más descartados y por todos aquellos que tienen necesidad. Gracias.

Vida Cristiana

1 Efesios 3, 14-19: “14 Por este motivo, me pongo de rodillas ante el Padre, 15 de quien toma nombre toda familia en los cielos y en la tierra, 16 para que, conforme a las riquezas de su gloria, os conceda fortaleceros firmemente en el hombre interior mediante su Espíritu. 17 Que Cristo habite en vuestros corazones por la fe, para que, arraigados y fundamentados en la caridad, 18 podáis comprender con todos los santos cuál es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad; 19 y conocer también el amor de Cristo, que supera todo conocimiento, para que os llenéis por completo de toda la plenitud de Dios”.   

viernes, 2 de junio de 2017

Fe. La tempestad calmada en el mar de Galilea. Domingo 12 del Tiempo Ordinario, año B, 21 de junio de 2015. La travesía del mar de Galilea indica la travesía de la vida. Las tempestades de nuestra vida; son las pruebas de la vida. Vamos a la otra orilla: el paso de esta vida a la eterna: sólo es posible realizarlo acompañados por Cristo, que nos abre el camino, y fiados de la fe.


1 Fe. La tempestad calmada en el mar de Galilea. Domingo 12 del Tiempo Ordinario, año B, 21 de junio de 2015. La travesía del mar de Galilea indica la travesía de la vida. Las tempestades de nuestra vida; son las pruebas de la vida. Vamos a la otra orilla: el paso de esta vida a la eterna: sólo es posible realizarlo acompañados por Cristo, que nos abre el camino, y fiados de la fe. Cfr. Domingo 12 del Tiempo Ordinario, Ciclo B, 21 de junio de 2015. Job 38, 8-11; 2 Corintios 5, 14-17; Marcos 4, 35-41 2 Corintios 5, 14-17: Hermanos, 14 nos apremia el amor de Cristo al considerar que, si uno murió por todos, todos murieron. 15 Y Cristo murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos. 16 De modo que nosotros desde ahora no conocemos a nadie según la carne; si alguna vez conocimos a Cristo según la carne, ahora ya no lo conocemos así. 17 Por tanto, si alguno está en Cristo es una criatura nueva. Lo viejo ha pasado, ha comenzado lo nuevo. Marcos 4, 35-41: 35 Este día, al atardecer, les dice: «Pasemos a la otra orilla. » 36 Despiden a la gente y le llevan en la barca, como estaba; e iban otras barcas con él. 37 En esto, se levantó una fuerte borrasca y las olas irrumpían en la barca, de suerte que ya se anegaba la barca. 38 El estaba en popa, durmiendo sobre un cabezal. Le despiertan y le dicen: « Maestro, ¿no te importa que perezcamos?» 39 El, habiéndose despertado, increpó al viento y dijo al mar: « ¡Calla, enmudece! » El viento se calmó y sobrevino una gran bonanza. 40 . Y les dijo: « ¿Por qué estáis con tanto miedo? ¿Cómo no tenéis fe? » 41 Ellos se llenaron de gran temor y se decían unos a otros: « Pues ¿quién es éste que hasta el viento y el mar le obedecen? La confianza en Dios ante las pruebas o dificultades de la vida. 1. La travesía del mar de Galilea indica la travesía de la vida. A) El Señor fue despertado y regañado por los Apóstoles o Nos podemos encontrar en plena tempestad por un achaque grande en la salud, por un revés financiero, por la pérdida del trabajo, por las dificultades familiares propias de un hijo, o del cónyuge … • Hoy el evangelio nos narra un hecho, sucedido en el mar de Galilea, que se puede calificar como emblemático. Los discípulos tienen dificultades y parece que el Señor no se da cuenta, duerme tranquilamente. • Tal vez todos podemos pensar que estamos sobre aquella barca, sobre todo cuando también nosotros nos sentimos amenazados por pequeñas y grandes tempestades, incluso con el riesgo de naufragar. La travesía del mar es la travesía de nuestra vida, el mar es el trabajo, la familia, la salud, cualquier meta que nos proponemos, de cualquier tipo; las pruebas, la oscuridad, las contradicciones ... • Nos podemos encontrar en plena tempestad por un achaque grande en la salud, por la pérdida del trabajo, por las dificultades familiares, propias o de un hijo, o del cónyuge … Y probablemente pensaremos que Jesús nos puede ayudar … él no nos ha prometido que desaparecerán las dificultades pero nos puede dar la fuerza para superarlas si se lo pedimos. • Los discípulos lo despertaron y también, aunque no sabemos el tono que emplearon, lo regañaron : Maestro, ¿no te importa que perezcamos? Recurren a él cuando parece que han perdido toda esperanza humana. o La travesía del mar de Galilea indica la travesía de la vida Raniero Cantalamessa, ofmcap., 25 junio 2006 (ZENIT.org).- • “La travesía del mar de Galilea indica la travesía de la vida. El mar es mi familia, mi comunidad, mi corazón mismo. Pequeños mares, en los que se pueden desencadenar, como sabemos, tempestades grandes e imprevistas. ¿Quién no ha conocido algunas de estas tempestades, cuando todo se oscurece y la barquita de nuestra vida comienza a hacer agua por todas las partes, mientras Dios parece que está ausente o duerme? Un diagnóstico alarmante del médico, y nos encontramos de repente en plena tempestad. Un hijo que emprende un mal camino dando de qué hablar y ya tenemos a los padres en plena tempestad. Un revés financiero, la pérdida del trabajo, el amor del novio, del cónyuge, y nos encontramos en plena tempestad. ¿Qué hacer? ¿A qué podemos agarrarnos y hacia qué lado podemos tirar el ancla? Jesús no nos da la receta mágica para 2 escapar de todas las tempestades. No nos ha prometido que evitaremos todas las dificultades; nos ha prometido, sin embargo, la fuerza para superarlas, si se lo pedimos”. o Aunque pueda parecer que Cristo duerme y deja su barca a merced de las olas encrespadas, se pide a la Iglesia en Europa que cultive la certeza de que el Señor, por el don de su Espíritu, está siempre presente y actúa en ella y en la historia de la humanidad. Cfr. Juan Pablo II, Exhortac. Apostólica Ecclesia in Europa, 28 de junio de 2003, n. 27 • “A pesar de que a veces, como en el episodio evangélico de la tempestad calmada (cf. Marcos 4, 35- 41; Lucas 8, 22-25), pueda parecer que Cristo duerme y deja su barca a merced de las olas encrespadas, se pide a la Iglesia en Europa que cultive la certeza de que el Señor, por el don de su Espíritu, está siempre presente y actúa en ella y en la historia de la humanidad. Él prolonga en el tiempo su misión, constituyendo a la Iglesia como una corriente de vida nueva, que fluye dentro de la vida de la humanidad como signo de esperanza para todos”. o Los milagros son señales por las que Jesús quiere inculcar en nosotros la fe en su presencia operante y protectora en nuestras vidas. Cfr. Juan Pablo II, Catequesis: “Los milagros de Jesús como signos salvíficos” (2/12/1987): • “La tempestad calmada en el lago de Genesaret puede releerse como "señal" de una presencia constante de Cristo en la "barca" de la Iglesia, que, muchas veces, en el discurrir de la historia, esta sometida a la furia de los vientos en los momentos de tempestad. Jesús, despertado por sus discípulos, orden a los vientos y al mar, y se hace una gran bonanza. Después les dice: "¿Por qué sois tan tímidos? ¿Aún no tenéis fe?" (Marcos 4,40). En éste, como en otros episodios, se ve la voluntad de Jesús de inculcar en los Apóstoles y discípulos la fe en su propia presencia operante y protectora, incluso en los momentos más tempestuosos de la historia, en los que se podría infiltrar en el espíritu la duda sobre la asistencia divina. De hecho, en la homilética y en la espiritualidad cristiana, el milagro se ha interpretado a menudo como "señal" de la presencia de Jesús y garantía de la confianza en Él por parte de los cristianos y de la Iglesia”. B) “Pasemos a la otra orilla” (Marcos 4, 35): más allá del milagro de la tempestad calmada. Cfr. David Amado Fernández, Palabra de Dios para el domingo, Junio 2015, n. 139, pp. 304-305 o En el mandato de Jesús: Vamos a la otra orilla, algunos autores han visto prefigurado el paso de esta vida a la eterna. Sólo es posible realizarlo acompañados por Cristo, que nos abre el camino, y fiados de la fe. “El Señor, al usar su poder para silenciar el viento y amansar la mar, nos quiere llevar a reconocer un misterio aún mayor: no se conforma con ser el «señor de las tormentas» o el «apaciguador de los temporales». De ahí que se suscite en sus apóstoles la pregunta: ¿Quién es éste? (Marcos 4, 41) (…) En el mandato de Jesús: Vamos a la otra orilla, algunos autores han visto prefigurado el paso de esta vida a la eterna, paso que sólo es posible realizar acompañados por Cristo, que nos abre el camino, y fiados de la fe. (…) Pero ese caminar de toda la vida es también un tránsito por la fe en cada momento. Así lo explica san Pablo en la segunda lectura cuando dice: No valoramos a nadie con criterios humanos, es decir, en todos los acontecimientos, en todas las personas, está Cristo escondido de alguna manera, ero se deja reconocer por la fe. El silencio de Dios. Entonces hay que volver a Cristo y llamarlo. Cristo dormido sobre el almohadón es imagen de Jesús clavado en la cruz, cuando aparentemente fue desposeído de todo poder y fue vencido. En la vida también podemos encontrarnos con este silencio de Dios. El evangelio de hoy nos enseña que siempre hay que volver a Cristo y llamarlo. Es decir, debe despertar de nuevo en nuestro corazón por la fe. Él conduce la barca (imagen de la Iglesia) para que pueda llegar a la otra orilla. Con Cristo avanzamos hacia la vida eterna. Pero ya aquí podemos experimentar la verdad de esa vida, por la que son vencidas las tribulaciones y las tentaciones contra la fe. Así el cuadro que nos queda es que con Cristo avanzamos hacia la vida eterna. Pero ya aquí podemos experimentar la verdad de esa vida, por la que son vencidas las tribulaciones y las tentaciones contra la fe. La tempestad se apacigua cada vez que se impone la caridad de Cristo. En este sentido, san Pablo dice que nos apremia el amor de Cristo (2 Corintios 5, 14). Al contemplar lo que el Señor ha hecho por nosotros, vemos 3 cómo nos ama y de qué manera destruye el mal. La pregunta del evangelio: ¿No te importa que nos hundamos? (Marcos 4, 38), se transforma en otra: Señor, ¿qué debo hacer para agradecer tu amor? 2. La fe no es sólo pura adhesión intelectual sino también confianza y obediencia. Cfr. Biblia de Jerusalén, comentario a Romanos 1, 16 • La fe no es pura adhesión intelectual; es también confianza y obediencia (Romanos 1,5, Romanos 6,17, Romanos 10,16, Romanos 16,26; ver Hechos 6,7) a una verdad de vida (2Tesalonicenses 2,12s) que compromete a todo el ser mediante la unión con Cristo (2 Corintios 13,5, Gálatas 2,16, Gálatas 2,20, Efesios 3,17) …. o Es esencial que pidamos al Señor que aumente nuestra fe, que la madure. a) Aprendamos que el Señor quiere ser despertado, que hace falta seguirlo, que no renunciemos a su presencia. b) La madurez en nuestra fe proviene de que llevemos a Jesús en la barca de la propia vida, por medio de la oración, de la vida sacramental, de la observancia de sus preceptos, etc. 3. Las pruebas en la vida de los cristianos. Estar rodeados de pruebas es para los cristianos un gran gozo • Carta de Santiago 1, 2-4.12: "Considerar como un gran gozo, hermanos míos, el estar rodeados por toda clase de pruebas, sabiendo que la calidad probada de vuestra fe produce la paciencia en el sufrimiento; pero la paciencia ha de ir acompañada de obras perfectas para que seáis perfectos e íntegros sin que dejéis nada que desear". ¡Feliz el hombre que soporta la prueba! Superada la prueba, recibirá la corona de la vida que ha prometido el Señor a los que le aman". En las pruebas (el desánimo, la tribulación, la noche en el alma, etc.), pedimos al Señor que haga nacer en nosotros la sed de ver su rostro. Cfr. Amigos de Dios, n. 310 “Me alzaré y rodearé la ciudad: por las calles y las plazas buscaré al que amo 1 ... Y no sólo la ciudad: correré de una parte a otra del mundo —por todas las naciones, por todos los pueblos, por senderos y trochas— para alcanzar la paz de mi alma. Y la descubro en las ocupaciones diarias, que no me son estorbo; que son —al contrario— vereda y motivo para amar más y más, y más y más unirme a Dios. Y cuando nos acecha —violenta— la tentación del desánimo, de los contrastes, de la lucha, de la tribulación, de una nueva noche en el alma, nos pone el salmista en los labios y en la inteligencia aquellas palabras: con El estoy en el tiempo de la adversidad 2 . ¿Qué vale, Jesús, ante tu Cruz, la mía; ante tus heridas mis rasguños? ¿Qué vale, ante tu Amor inmenso, puro e infinito, esta pobrecita pesadumbre que has cargado Tú sobre mis espaldas? Y los corazones vuestros, y el mío, se llenan de una santa avidez, confesándole — con obras— que morimos de Amor 3 . Nace una sed de Dios, una ansia de comprender sus lágrimas; de ver su sonrisa, su rostro... Considero que el mejor modo de expresarlo es volver a repetir, con la Escritura: como el ciervo desea las fuentes de las aguas, así te anhela mi alma, ¡oh Dios mío! Y el alma avanza metida en Dios, endiosada: se ha hecho el cristiano viajero sediento, que abre su boca a las aguas de la fuente. Cuándo Dios libra de las pruebas o tribulaciones • “Dios libra de las tribulaciones no cuando las hace desaparecer (…), sino cuando con la ayuda de Dios no nos abatimos al sufrir tribulación”. (Orígenes - Alejandría 185-254 -, Padre de la Iglesia oriental, De oratione 30,1) www.parroquiasantamonica.com Vida Cristiana 1 Cant III, 2 2 Sal 90,15 3 Cfr. Cant V,8

Domingo 13 del Tiempo Ordinario, Año B (28 de junio de 2015). La resurrección de la hija de Jairo, y la curación de una mujer enferma. Nuestra fe en Jesús Señor de la vida y de la muerte. En Jesús que salva. El encuentro decisivo con Cristo Palabra encarnada. La función de la fe. A la hemorroisa le dice: «Hija, tu fe te ha salvado». Un encuentro supremo entre Dios y el hombre, que se celebra en Jesucristo. La mujer tocó la vestidura y fue curada. Infelices de nosotros que no nos curamos de nuestras calamidades aun comiendo el cuerpo del Señor. Todo es posible para quien cree. La ayuda a las necesidades de los demás. Desde el principio, junto con el pan y el vino para la Eucaristía, los cristianos presentan también sus dones para compartirlos con los que tienen necesidad. La costumbre de la colecta en la Misa, siempre actual, se inspira en el ejemplo de Cristo que se hizo pobre para enriquecernos.



1 Domingo 13 del Tiempo Ordinario, Año B (28 de junio de 2015). La resurrección de la hija de Jairo, y la curación de una mujer enferma. Nuestra fe en Jesús Señor de la vida y de la muerte. En Jesús que salva. El encuentro decisivo con Cristo Palabra encarnada. La función de la fe. A la hemorroisa le dice: «Hija, tu fe te ha salvado». Un encuentro supremo entre Dios y el hombre, que se celebra en Jesucristo. La mujer tocó la vestidura y fue curada. Infelices de nosotros que no nos curamos de nuestras calamidades aun comiendo el cuerpo del Señor. Todo es posible para quien cree. La ayuda a las necesidades de los demás. Desde el principio, junto con el pan y el vino para la Eucaristía, los cristianos presentan también sus dones para compartirlos con los que tienen necesidad. La costumbre de la colecta en la Misa, siempre actual, se inspira en el ejemplo de Cristo que se hizo pobre para enriquecernos. Cfr. Domingo 13 del Tiempo Ordinario Año B, 28 de junio de 2015 Sabiduría 1, 13-15; 2, 23-24; 2 Corintios 8, 7.9.13-15; Marcos 5, 21-43 Sabiduría 1: 13 Dios no hizo la muerte, ni se goza con la destrucción de los vivientes. 14 Sino que creó todas las cosas para que existieran: las criaturas del mundo son saludables, no hay en ellas veneno de muerte, ni el abismo reina sobre la tierra, 15 porque la justicia es inmortal. 2 23 Porque Dios creó al hombre para la incorruptibilidad, y lo hizo imagen de su propia eternidad. 24 Mas por la envidia del diablo entró la muerte en el mundo, y la experimentan los que le pertenecen. 2 Corintios 8, 7-9.13-15: 7 Y lo mismo que sobresalís en todo –en fe, en la palabra, en conocimiento, en empeño y en el amor que os hemos comunicado–, sobresalid también en esta obra de caridad. 8 No os lo digo como un mandato, sino que deseo comprobar, mediante el interés por los demás, la sinceridad de vuestro amor. 9 Pues conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, se hizo pobre por vosotros para enriqueceros con su pobreza. 13 Pues no se trata de aliviar a otros, pasando vosotros estrecheces; se trata de igualar. 14 En este momento, vuestra abundancia remedia su carencia, para que la abundancia de ellos remedie vuestra carencia; así habrá igualdad. 15 Como está escrito: Al que recogía mucho no le sobraba; y al que recogía poco no le faltaba. Marcos 5, 21 Jesús pasó de nuevo en la barca a la otra orilla y se aglomeró junto a él mucha gente; él estaba a la orilla del mar. 22 Llega uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo, y al verle, cae a sus pies, 23 y le suplica con insistencia diciendo: « Mi hija está a punto de morir; ven, impón tus manos sobre ella, para que se salve y viva. » 24 Y se fue con él. Le seguía un gran gentío que le oprimía. 35 Mientras estaba hablando llegan de la casa del jefe de la sinagoga unos diciendo: « Tu hija ha muerto; ¿a qué molestar ya al Maestro? » 36 Jesús que oyó lo que habían dicho, dice al jefe de la sinagoga: « No temas; solamente ten fe. » 37 Y no permitió que nadie le acompañara, a no ser Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. 38 Llegan a la casa del jefe de la sinagoga y observa el alboroto, unos que lloraban y otros que daban grandes alaridos. 39 Entra y les dice: « ¿Por qué alborotáis y lloráis? La niña no ha muerto; está dormida ». 40 Y se burlaban de él. Pero él después de echar fuera a todos, toma consigo al padre de la niña, a la madre y a los suyos, y entra donde estaba la niña. 41 Y tomando la mano de la niña, le dice: « Talitá kum », que quiere decir: « Muchacha, a ti te digo, levántate. » 42 La muchacha se levantó al instante y se puso a andar, pues tenía doce años. Quedaron fuera de sí, llenos de estupor. 43 Y les insistió mucho en que nadie lo supiera; y les dijo que le dieran a ella de comer. 2 La resurrección de la hija de Jairo y la curación de la mujer enferma significan que Dios, en Jesucristo, tiene en su mano la suerte del hombre. 1. La resurrección de la hija de Jairo: somos llamados a renovar nuestra fe en Jesús Señor de la vida y de la muerte. En Jesús que salva. Cfr. Raniero Cantalamessa, La parola e la vita, Anno B, ed. città Nuova IX Edizione giugno 2001, XIII domenica pp. 230-233 • pp. 231-232: Leyendo el texto del evangelio sobre la resurrección de la hija de Jairo, vuelve el “estupor; y es que, ¡no sólo le obedece el mar, sino también la muerte! Si el hombre pudiese volver a vivir .... suspiraba Job, he aquí ahora una señal concreta de que él puede volver a vivir”. (p. 231) “Hoy somos llamados a renovar nuestra fe en Jesús Señor de la vida y de la muerte; en Jesús que salva, porque éste es hoy el motivo que domina [en la liturgia]: la salvación. Una salvación que no se limita a la mente, al corazón o al alma, sino que abraza todo el hombre entero, su carne no menos que su espíritu. También la salud forma parte de la salvación. Hemos tocado un punto delicado en el que es fácil trampear y tenemos el deber de ser honrados en relación con quien escucha la palabra, sin engañar con palabras fáciles pero ilusorias. ¿Qué promete hoy el Evangelio: curaciones milagrosas para todos, resurrección de la muerte? El hombre está siempre buscando angustiosamente soluciones para sus enfermedades, especialmente de aquellas - cada generación tiene la suya - ante las que se siente impotente. ¡Y cuando el médico, es decir, la ciencia, se declara vencido, se recurre al curandero o al exorcista! Nos agarramos a cualquier esperanza. ¿Es Jesús, por casualidad, una de esos curanderos de la última hora, al que nos podemos dirigir después de todo lo demás ha fallado? Podría ser así, pero es un aspecto secundario de todo ello. Las curaciones de Jesús no son manifestaciones taumatúrgicas que acaban en sí mismas; son, en cambio, señales, son como sacramentos en acción. Algo así como el pan en la Eucaristía y el agua en el Bautismo. Su grandeza no está en lo que se ve y obran externamente, sino en lo que prometen y significan. pp. 231-232 El significado de la curación de la mujer y la resurrección de la hija de Jairo. o No eliminando las enfermedades, o la decadencia o la muerte, sino rescatándolas con la apertura para ellas de un paso hacia la vida. ¡Habrá vida y vida eterna! Dios, en Jesucristo, ha tomado en su mano la suerte del hombre y ha vuelto a manifestarse a sí mismo como quien es en realidad, es decir, el Dios de vivos y no de muertos (cf. Mt 22,32) ¿Y qué significan, en nuestro caso, la curación de la mujer enferma y la resurrección de la hija de Jairo? Significan que Dios, en Jesucristo, ha tomado en su mano la suerte del hombre, que ha vuelto a manifestarse a sí mismo como quien es en realidad, es decir, el Dios de vivos y no de muertos (cf. Mateo 22,32); el Dios que hace que triunfe la vida y que preserva la existencia de sus criaturas. Todo esto lo hace no eliminando las enfermedades o la decadencia o la muerte, sino rescatándolas, con la apertura para ellas de un paso hacia la vida. Un día ya no habrá más muerte, ni luto, ni lamento, ni ansiedad: todas estas cosas han pasado (cf. Apocalipsis 21,4). El último enemigo - la muerte - será aniquilado (cf. 1 Corintios 15, 26). ¡Habrá vida y vida eterna! Esta es la promesa que se contiene en aquellos signos, que hace de los milagros de Jesús como otros tantos sacramentos de la esperanza.” (p. 232) No temas; solamente ten fe 2. El encuentro decisivo con Cristo Palabra encarnada. La función de la fe. A la hemorroisa le dice: «Hija, tu fe te ha salvado» 3 Un encuentro supremo entre Dios y el hombre, que se celebra en Jesucristo. Cfr. san Juan Pablo II, Catequesis, miércoles 9 de agosto del 2000 - En nuestras reflexiones anteriores hemos seguido los pasos de la humanidad en su encuentro con Dios, que la creó y salió a su camino para buscarla. Hoy meditaremos en el encuentro supremo entre Dios y el hombre, el que se celebra en Jesucristo, la Palabra divina que se encarna y pone su morada en medio de nosotros (cf. Juan 1,14). Como afirmaba en el siglo II san Ireneo, obispo de Lyon, la revelación definitiva de Dios se realizó "cuando el Verbo se hizo hombre, haciéndose semejante al hombre y haciendo al hombre semejante a sí mismo, para que, a través de la semejanza con el Hijo, el hombre llegara a ser precioso ante el Padre" (Adversus haereses V, 16, 2). Este abrazo íntimo entre divinidad y humanidad, que san Bernardo compara con el "beso" del que habla el Cantar de los cantares (cf. Sermones super Cantica canticorum II), se extiende desde la persona de Cristo hasta aquellos a quienes él llega. Ese encuentro de amor manifiesta varias dimensiones que ahora trataremos de ilustrar. (…) o Encontrarse con Cristo en el sendero de la propia vida significa a menudo obtener una curación física. Jesús exige la fe. A la hemorroísa que, como última esperanza, había tocado la orla de su manto, Jesucristo le dice: "Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu enfermedad· - Encontrarse con Cristo en el sendero de la propia vida significa a menudo obtener una curación física. A sus discípulos Jesús les encomendará la misión de anunciar el reino de Dios, la conversión y el perdón de los pecados (cf. Lucas 24,47), pero también curar a los enfermos, librar de todo mal, consolar y sostener. En efecto, los discípulos "predicaban a la gente que se convirtiera; expulsaban a muchos demonios y ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban" (Marcos 6,12-13). Cristo vino para buscar, encontrar y salvar al hombre entero. Como condición para la salvación, Jesús exige la fe, con la que el hombre se abandona plenamente a Dios, que actúa en él. En efecto, a la hemorroísa que, como última esperanza, había tocado la orla de su manto, Jesucristo le dice: "Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu enfermedad" (Marcos 5,34). (…) La mujer tocó la vestidura y fue curada. Infelices de nosotros que no nos curamos de nuestras calamidades aun comiendo el cuerpo del Señor. Cfr. san Pedro Crisólogo 1 , Sermones 33. • “La fe curó en un momento lo que en doce años no pudo curar la ciencia humana. (…) La mujer tocó la vestidura y fue curada, fue liberada de un mal antiguo. Infelices de nosotros que, aun recibiendo y comiendo cada día el cuerpo del Señor, no nos curamos de nuestras calamidades. No es Cristo quien falta al que está enfermo sino la fe. Ahora que Él permanece en nosotros podrá curar las heridas mucho más que entonces, cuando de paso curó de esta manera a una mujer”. Todo es posible para quien cree (Marcos 9, 23) Cfr. san Juan Pablo II, Catequesis, 18 de marzo de 1998 - “La función de la fe es cooperar con esta omnipotencia. Jesús pide hasta tal punto esta cooperación, que, al volver a Nazaret, no realiza casi ningún milagro porque los habitantes de su aldea no creían en él (cf. Mc 6,5-6). Con miras a la salvación, la fe tiene para Jesús una importancia decisiva. San Pablo desarrollará la enseñanza de Cristo cuando, en oposición con los que querían fundar la esperanza de salvación en la observancia de la ley judía, afirmará con fuerza que la fe en Cristo es la única fuente de salvación: «Porque pensamos que el hombre es justificado por la fe, sin las obras de la ley» (Romanos 3,28). Sin embargo, no conviene olvidar que san Pablo pensaba en la fe auténtica y plena, «que 1 San Pedro, llamado Crisólogo (que significa «palabra de oro»), nació a finales del siglo IV o inicio del V, fue arzobispo de Rávena (433-450). Padre de la Iglesia, fue proclamado Doctor de la Iglesia por el papa Benedicto XIII en 1729. Dedica sus sermones a la formación de los catecúmenos, antes de recibir el Bautismo. Siete de ellos son explicaciones del Símbolo (Sermones 56-62) y otros tantos son comentarios de la oración dominical (Sermones 77-82). 4 actúa por la caridad» (Gálatas 5,6). La verdadera fe está animada por el amor a Dios, que es inseparable del amor a los hermanos”. Los milagros de Jesucristo fortalecen la fe en Jesús y pueden ser ocasión de escándalo. • Catecismo de la Iglesia Católica, n. 548: Los signos que lleva a cabo Jesús testimonian que el Padre le ha enviado (cf. Juan 5, 36; Juan 10, 25). Invitan a creer en Jesús (cf. Juan 10, 38). Concede lo que le piden a los que acuden a él con fe (cf. Marcos 5, 25 - 34; Marc 10, 52; etc.). Por tanto, los milagros fortalecen la fe en Aquél que hace las obras de su Padre: éstas testimosonian que él es Hijo de Dios (cf. Juan 10, 31 - 38). Pero también pueden ser "ocasión de escándalo" (Mateo 11, 6). No pretenden satisfacer la curiosidad ni los deseos mágicos. A pesar de tan evidentes milagros, Jesús es rechazado por algunos (cf. Juan 11, 47 - 48); incluso se le acusa de obrar movido por los demonios (cf. Marcos 3, 22). Jesús pide a menudo a menudo a los enfermos que crean • Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1504: A menudo Jesús pide a los enfermos que crean (cf Marcos 5, 34. 36; 9, 23). Se sirve de signos para curar: saliva e imposición de manos (cf Marcos 7, 32 - 36; Marcos 8, 22 - 25), barro y ablución (cf Juan 9, 6s). Los enfermos tratan de tocarlo (cf Marcos 1, 41; Marcos 3, 10; Marcos 6, 56) "pues salía de él una fuerza que los curaba a todos" (Lucas 6, 19). Así, en los sacramentos, Cristo continúa "tocándonos" para sanarnos. Las curaciones de Jesús hacen referencia a la fe y revelan la realidad de un Dios que ama. • Romano Guardini, El Señor, ed. Cristiandad 2ª ed. 2005, cfr. pp. 87-88: “Las curaciones de Jesús hacen referencia a la fe, igual que el anuncio del mensaje; y al mismo tiempo revelan la realidad de un Dios que ama. La auténtica finalidad de esas curaciones consiste en que los hombres descubran la realidad de la fe, se abran a ella y se identifiquen con ella”. 3. Jesús es el Señor Cfr. Gianfranco Ravasi, Secondo le Scritture Anno B, Piemme 4 Edizione, settembre 1996, XIII domenica. Un gesto y dos palabras. Cristo no necesita actos mágicos, ritos complicados, escenas taumatúrgicas largas y elaboradas, aplausos de la muchedumbre. o Marcos nos quiere introducir en un misterio divino más que en un milagro. La figura de Jesús, el Maestro, “emerge con toda su potencia y grandeza en el silencio que ha descendido en aquella habitación. Su gesto es solemne y, en cierto sentido, nos hace pensar en el Dios creador de Miguel Angel, quien con su dedo llama a la vida a Adán. Jesús toma la mano de la niña y su mano en la delicada y pequeña de la niña se enciende de fuerza y de luz, sobre la estela del Salmo 37: «Aunque tropiece, el fiel no cae, porque el Señor sostiene su mano» (v. 24). Las palabras acompañan al gesto sencillo pero creador, que Jesús pronuncia en su lengua, el arameo popular: Talikà kum! Es una orden a la niña para que se ponga en pié, volviendo a caminar entre los vivientes. Un gesto y dos palabras: Cristo no necesita actos mágicos, ritos complicados, escenas taumatúrgicas largas y elaboradas, aplausos de la muchedumbre. Marcos nos quiere introducir en un misterio divino más que en un milagro. En efecto, como dice el canto de Ana, la madre de Samuel, «Sólo el Señor da muerte y vida, hace bajar al los infiernos y retornar» (1 Samuel 2,6). 5 o Más allá de la simple reanimación de un cadáver. Es la participación en la resurrección de Cristo, en su vida divina, en la eterna comunión con Dios. La muerte, que ahora ha sido evitada, llamará otra vez en su casa y en su corazón, pero, a través de la muerte del «Maestro» Jesús que ella ha encontrado, esa muerte será solamente el umbral que se abre sobre la luz y sobre la vida. En la niña, se encarna algo más que una simple beneficiaria de un milagro: se trata de una «resucitada», y esta palabra en el lenguaje del Nuevo Testamento tiene resonancias particulares que van más allá de la simple reanimación de un cadáver. Es la participación en la resurrección de Cristo, en su vida divina, en la eterna comunión con Dios. Marcos por tanto nos hace entrever en aquella joven de doce años que vuelve a la vida lo que Juan hará vislumbrar en la narración de la resurrección de Lázaro: usando el lenguaje de los Padres de la Iglesia, podemos decir que para el cristiano la muerte es un sueño y la resurrección es un despertar en el día perfecto del Señor. La hija de Jairo, como Lázaro, ahora vuelve entre sus personas queridas, a su trabajo, a la espera de la boda (que en el Israel antiguo solamente era posible después de los doce años y medio). La muerte, que ahora ha sido evitada, llamará otra vez en su casa y en su corazón, pero, a través de la muerte del «Maestro» Jesús que ella ha encontrado, esa muerte será solamente el umbral que se abre sobre la luz y sobre la vida”. 4. La ayuda a las necesidades de los demás • Segunda Lectura, 2 Corintios 8, 7-9: “7 Sobresalid también en esta obra de caridad. 8 No os lo digo como un mandato, sino que deseo comprobar, mediante el interés por los demás, la sinceridad de vuestro amor. 9 Pues conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, se hizo pobre por vosotros para enriqueceros con su pobreza. Desde el principio, junto con el pan y el vino para la Eucaristía, los cristianos presentan también sus dones para compartirlos con los que tienen necesidad. o La donación de Jesucristo es punto de referencia en los donativos que hacen los fieles. • Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1351: “Desde el principio, junto con el pan y el vino para la Eucaristía, los cristianos presentan también sus dones para compartirlos con los que tienen necesidad. Esta costumbre de la colecta (cf 1 Corintios 16, 1), siempre actual, se inspira en el ejemplo de Cristo que se hizo pobre para enriquecernos (cf 2 Corintios 8, 9): "Los que son ricos y lo desean, cada uno según lo que se ha impuesto; lo que es recogido es entregado al que preside, y él atiende a los huérfanos y viudas, a los que la enfermedad u otra causa priva de recursos, los presos, los inmigrantes y, en una palabra, socorre a todos los que están en necesidad" (S. Justino, apol. 1, 67, 6). www.paroquiasantamonica.com Vida Cristiana

Domingo 15 del Tiempo Ordinario, Año B (2015). Dios tiene para cada uno de nosotros un proyecto: es su llamada, es la vocación de cada uno. Un aspecto fundamental de la fe es aprender a descubrir ese proyecto, es decir, la voluntad de Dios para cada uno. El profeta Amós tiene conciencia de que es Dios quien le llamó para una misión. Necesitamos una fe más personal y madura, convencida, para superar así los sentimientos religiosos vagos y poco comprometidos. Ninguno de nosotros está en este mundo por casualidad, y, mucho menos, dependemos de la fatalidad. Dios tiene un proyecto, no hay azar. Debemos aprender a pensar de manera más profunda. Dios nos revela en Cristo su proyecto, nuestra vocación. La «recapitulación en Cristo de todas las cosas»: Cristo debe eliminar la obra de devastación, las horribles idolatrías, las violencias y todo pecado que el rebelde Adán diseminó en la historia secular de la humanidad y en el horizonte de la creación; con su plena obediencia al Padre, Cristo inaugura la era de paz con Dios y entre los hombres, reconciliando en sí a la humanidad dispersa.


1 Domingo 15 del Tiempo Ordinario, Año B (2015). Dios tiene para cada uno de nosotros un proyecto: es su llamada, es la vocación de cada uno. Un aspecto fundamental de la fe es aprender a descubrir ese proyecto, es decir, la voluntad de Dios para cada uno. El profeta Amós tiene conciencia de que es Dios quien le llamó para una misión. Necesitamos una fe más personal y madura, convencida, para superar así los sentimientos religiosos vagos y poco comprometidos. Ninguno de nosotros está en este mundo por casualidad, y, mucho menos, dependemos de la fatalidad. Dios tiene un proyecto, no hay azar. Debemos aprender a pensar de manera más profunda. Dios nos revela en Cristo su proyecto, nuestra vocación. La «recapitulación en Cristo de todas las cosas»: Cristo debe eliminar la obra de devastación, las horribles idolatrías, las violencias y todo pecado que el rebelde Adán diseminó en la historia secular de la humanidad y en el horizonte de la creación; con su plena obediencia al Padre, Cristo inaugura la era de paz con Dios y entre los hombres, reconciliando en sí a la humanidad dispersa. Cfr. 15 Tiempo Ordinario 12 julio 2015 Año B Amós 7,12-15; Efesios 1,3-14; Marcos 6,7-13. Amós 7, 12-15: 12 Y Amasías dijo a Amós: «Vete, vidente; huye a la tierra de Judá; come allí tu pan y profetiza allí. 13 Pero en Betel no has de seguir profetizando, porque es el santuario del rey y la Casa del reino. » 14 Respondió Amós y dijo a Amasías: - Yo no soy profeta ni hijo de profeta; sino ganadero y cultivador de sicómoros. El Señor me tomó de detrás del rebaño; el Señor me mandó: «Vete y profetiza a mi pueblo Israel». Efesios 1, 3-14: 3 . Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo; 4 por cuanto nos ha elegido en él antes de la fundación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor; 5 eligiéndonos de antemano para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, 6 para alabanza de la gloria de su gracia con la que nos agració en el Amado. 7 En él tenemos por medio de su sangre la redención, el perdón de los delitos, según la riqueza de su gracia 8 que ha prodigado sobre nosotros en toda sabiduría e inteligencia, 9 dándonos a conocer el Misterio de su voluntad según el benévolo designio que en él se propuso de antemano, 10 para realizarlo en la plenitud de los tiempos: hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra. 11 A él, por quien entramos en herencia, elegidos de antemano según el previo designio del que realiza todo conforme a la decisión de su voluntad, 12 para ser nosotros alabanza de su gloria, los que ya antes esperábamos en Cristo. 13 En él también vosotros, tras haber oído la Palabra de la verdad, el Evangelio de vuestra salvación, y creído también en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la Promesa, 14 que es prenda de nuestra herencia, para redención del Pueblo de su posesión, para alabanza de su gloria. Marcos 6, 7-13: 7 Y llamó a los doce y comenzó a enviarlos de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus inmundos. 8 Y les mandó que no llevasen nada para el camino, ni pan, ni alforja, ni dinero en la bolsa, sino solamente un bastón; 9 y que fueran calzados con sandalias y que no llevaran dos túnicas. 10 Y les decía: - Si entráis en una casa, quedaos allí hasta que salgáis de aquel lugar. 11 Y si en algún sitio no os acogen ni os escuchan, al salir de allí sacudíos el polvo de los pies en testimonio contra ellos. » 12 Se marcharon y predicaron que se convirtieran. 13 Y expulsaban muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban. Y les mandó que no llevasen nada para el camino, ni pan, ni alforja, ni dinero en la bolsa, sino solamente un bastón; y que fueran calzados con sandalias y que no llevaran dos túnicas. 2 (Marcos 6, 8-9) A. Jesús llama a algunos discípulos a colaborar directamente en su misión. Cfr. Benedicto XVI, Homilía, 15 de julio de 2012, domingo 15 del tiempo ordinario. Les da instrucciones: no deben estar apegados al dinero ni a la comodidad, y les advierte que a veces serán rechazados. Jesús los manda de dos en dos y les da instrucciones, que el evangelista resume en pocas frases. La primera se refiere al espíritu de desprendimiento: los apóstoles no deben estar apegados al dinero ni a la comodidad. Jesús además advierte a los discípulos de que no recibirán siempre una acogida favorable: a veces serán rechazados; incluso puede que hasta sean perseguidos. Pero esto no les tiene que impresionar: deben hablar en nombre de Jesús y predicar el Reino de Dios, sin preocuparse de tener éxito. El éxito se lo dejan a Dios. o El profeta Amós (primera Lectura) no fue bien recibido La primera lectura proclamada nos presenta la misma perspectiva, mostrándonos que los enviados de Dios a menudo no son bien recibidos. Este es el caso del profeta Amós, enviado por Dios a profetizar en el santuario de Betel, un santuario del reino de Israel (cf. Am 7, 12-15). Amós predica con gran energía contra las injusticias, denunciando sobre todo los abusos del rey y de los notables, abusos que ofenden al Señor y hacen vanos los actos de culto. Por ello Amasías, sacerdote de Betel, ordena a Amós que se marche. Él responde que no ha sido él quien ha elegido esta misión, sino que el Señor ha hecho de él un profeta y le ha enviado precisamente allí, al reino de Israel. Por lo tanto, ya se le acepte o rechace, seguirá profetizando, predicando lo que Dios dice y no lo que los hombres quieren oír decir. Y esto sigue siendo el mandato de la Iglesia: no predica lo que quieren oír decir los poderosos. Y su criterio es la verdad y la justicia aunque esté contra los aplausos y contra el poder humano. o También los Apóstoles a veces podrán no ser bien recibidos. Igualmente, en el Evangelio Jesús advierte a los Doce que podrá ocurrir que en alguna localidad sean rechazados. En tal caso deberán irse a otro lugar, tras haber realizado ante la gente el gesto de sacudir el polvo de los pies, signo que expresa el desprendimiento en dos sentidos: desprendimiento moral —como decir: el anuncio os ha sido hecho, vosotros sois quienes lo rechazáis— y desprendimiento material —no hemos querido y nada queremos para nosotros (cf. Mc 6, 11). B. Dios tiene un proyecto para cada uno de nosotros. Es la llamada de Dios. Cfr. Segunda Lectura, de la carta de san Pablo a los Efesios . San Pablo emplea diversas palabras para expresar la realidad de la llamada de Dios San Pablo emplea diversas palabras para expresar la realidad de la llamada de Dios antes de que nosotros existiésemos: designio de Dios, plan, predestinación, elección, beneplácito, misterio, proyecto. Ninguno de nosotros está en este mundo por casualidad, y mucho menos dependemos de la fatalidad. Estamos integrados, desde siempre, en un proyecto universal. Dios tiene un plan, no hay azar. El profeta Amós tiene conciencia de que es el Señor quien le llamó. 3 Amós es llamado por Dios para hacer el profeta (profeta etimológicamente significa el que habla en nombre de otro). Profetizó en Betel, donde Jeroboam, rey de Israel, adoraba los ídolos. Predijo a Jeroboam que, si no desistía de su maldad, él y su familia serían llevados cautivos. Cuando Amasías, un sacerdote de los ídolos de la corte de Betel, le prohibió que siguiese profetizando allí, Amós le respondió que es el Señor quien le había escogido: - Yo no soy profeta ni hijo de profeta; sino ganadero y cultivador de sicómoros. El Señor me tomó de detrás del rebaño; el Señor me mandó: "Vete y profetiza a mi pueblo Israel." (vv. 14 y 15). Libros proféticos, EUNSA 2002: “Amós era una hombre corriente – ni profeta ni sacerdote – que recibió de Dios un mensaje inesperado que debía proclamar. La vocación, la llamada de Dios, es algo tan imperativo que nadie puede rehusar (cfr. Amós 3,8), pero, al mismo tiempo, da fuerza y sentido a la existencia: la conciencia de Amós le lleva a estar por encima de las instituciones - el Templo o el rey – porque se sabe enviado por el Señor. Por eso, también se reserva la última palabra (cfr. Amós 7, 17)”. En el proyecto de Dios sobre nosotros, encontramos nuestro propio bien. - Benedicto XVI, Caritas in veritate, 29 de junio de 2009, Introducción: “Cada uno encuentra su propio bien asumiendo el proyecto que Dios tiene sobre él, para realizarlo plenamente: en efecto, encuentra en dicho proyecto su verdad y, aceptando esta verdad, se hace libre” (cf. Juan 8,22). Los cristianos somos instrumentos escogidos por una llamada divina desde toda la eternidad, a pesar de nuestra pobre miseria personal. Es Cristo que pasa, n. 160: “Desde el comienzo de mi predicación, os he prevenido contra un falso endiosamiento. No te turbe conocerte como eres: así, de barro. No te preocupe. Porque tú y yo somos hijos de Dios —y éste es endiosamiento bueno—, escogidos por llamada divina desde toda la eternidad: nos eligió el Padre, por Jesucristo, antes de la creación del mundo para que seamos santos en su presencia (Efesios 1,4). Nosotros que somos especialmente de Dios, instrumentos suyos a pesar de nuestra pobre miseria personal, seremos eficaces si no perdemos el conocimiento de nuestra flaqueza. Las tentaciones nos dan la dimensión de nuestra propia debilidad”. Un aspecto fundamental de la fe es el de aprender a comprender la voluntad de Dios. Cfr. Benedicto XVI, Homilía al clausurar el Año Paulino, 28 de junio de 2009. o 1. Debemos aprender a pensar de manera profunda. Es necesario aprender a comprender la voluntad de Dios. Debemos aprender a pensar de manera profunda. ¿Qué significa eso?. Lo dice san Pablo en la segunda parte de la frase: es necesario aprender a comprender la voluntad de Dios, de modo que plasme nuestra voluntad, para que nosotros queramos lo que Dios quiere, porque reconocemos que aquello que Dios quiere es lo bello y lo bueno. Se trata, por tanto, de un viraje de fondo en nuestra orientación espiritual. Dios debe entrar en el horizonte de nuestro pensamiento: aquello que Dios quiere y el modo según el cual Él ha ideado al mundo y me ha ideado. Debemos aprender a participar en la manera de pensar y querer de Jesucristo. Entonces seremos hombres nuevos en los que emerge un mundo nuevo. o 2. Qué es una fe adulta. a) Con Cristo tenemos que alcanzar la edad adulta, una humanidad madura. No podemos seguir siendo "niños, llevados a la deriva y zarandeados por cualquier viento de doctrina". Este mismo pensamiento sobre la necesaria renovación de nuestro ser como persona humana, Pablo lo ilustró ulteriormente en dos párrafos de la Carta a los Efesios, sobre los cuales queremos reflexionar ahora brevemente. En el cuarto capítulo de la Carta, el apóstol nos dice que con Cristo tenemos que alcanzar la edad adulta, una humanidad madura. No podemos seguir siendo "niños, llevados a la deriva y zarandeados por cualquier viento de doctrina" (4, 14). b) No es una fe "hecha por uno mismo". «La fe adulta» 4 Pablo desea que los cristianos tengamos una fe "responsable", una fe "adulta". La palabra "fe adulta" en los últimos decenios se ha transformado en un eslogan difundido. Con frecuencia se entiende como la actitud de quien no escucha a la Iglesia y a sus pastores, sino que elige de forma autónoma lo que quiere creer y no creer, es decir, una fe "hecha por uno mismo". Esto se interpreta como "valentía" para expresarse en contra de Magisterio de la Iglesia. En realidad para esto no es necesaria la valentía, porque se puede siempre estar seguro del aplauso público. En cambio la valentía es necesaria para unirse a la fe de la Iglesia, incluso si ésta contradice al "esquema" del mundo contemporáneo. A esta falta de conformismo de la fe Pablo llama una "fe adulta". C. La “recapitulación” en Cristo de todas las cosas Efesios 1,10: segunda Lectura Cfr. Juan Pablo II, Catequesis del 14 de febrero del 2001. El único Señor es Jesucristo que, en la Encarnación, une en sí mismo toda la historia de la salvación, a la humanidad y a la creación entera. El plan salvífico de Dios, "el misterio de su voluntad" (Ef 1, 9) con respecto a toda criatura, se expresa en la carta a los Efesios con un término característico: "recapitular" en Cristo todas las cosas, las del cielo y las de la tierra (cf. Ef 1, 10). (…) El primero que captó y desarrolló de modo admirable este tema de la "recapitulación" fue san Ireneo, obispo de Lyon, gran Padre de la Iglesia del siglo II. Contra cualquier fragmentación de la historia de la salvación, contra cualquier separación entre la Alianza antigua y la nueva, contra cualquier dispersión de la revelación y de la acción divina, san Ireneo exalta al único Señor, Jesucristo, que en la Encarnación une en sí mismo toda la historia de la salvación, a la humanidad y a la creación entera: "Él, como rey eterno, recapitula en sí todas las cosas" (Adversus haereses III, 21, 9). o En la expresión "todas las cosas" queda comprendido también el hombre, tocado por el misterio de la Encarnación. Escuchemos un pasaje en el que este Padre de la Iglesia comenta las palabras del Apóstol que se refieren precisamente a la recapitulación en Cristo de todas las cosas. En la expresión "todas las cosas" -afirma san Ireneoqueda comprendido también el hombre, tocado por el misterio de la Encarnación, por el que el Hijo de Dios "de invisible se hizo visible, de incomprensible comprensible, de impasible pasible, y de Verbo hombre. Él ha recapitulado en sí todas las cosas para que el Verbo de Dios, como tiene la preeminencia sobre los seres supracelestes, espirituales e invisibles, del mismo modo la tenga sobre los seres visibles y corporales; y para que, asumiendo en sí esta preeminencia y poniéndose como cabeza de la Iglesia, pueda atraer a sí todas las cosas" (ib., III, 16, 6). Este confluir de todo el ser en Cristo, centro del tiempo y del espacio, se realiza progresivamente en la historia superando los obstáculos y las resistencias del pecado y del maligno. o Cristo es el nuevo Adán, es decir, el Primogénito de la humanidad fiel que acoge con amor y obediencia el plan de redención que Dios ha trazado como alma y meta de la historia. Cristo debe eliminar la obra de devastación, las horribles idolatrías, las violencias y todo pecado que el rebelde Adán diseminó en la historia secular de la humanidad y en el horizonte de la creación. Con su plena obediencia al Padre, Cristo inaugura la era de paz con Dios y entre los hombres, reconciliando en sí a la humanidad dispersa. Él "recapitula" en sí a Adán, en el que toda la humanidad se reconoce, lo transfigura en hijo de Dios y lo vuelve a llevar a la comunión plena con el Padre. Para ilustrar esta tensión, san Ireneo recurre a la oposición, que ya presenta san Pablo, entre Cristo y Adán (cf. Rm 5, 12-21): Cristo es el nuevo Adán, es decir, el Primogénito de la humanidad fiel que acoge con amor y 5 obediencia el plan de redención que Dios ha trazado como alma y meta de la historia. Así pues, Cristo debe eliminar la obra de devastación, las horribles idolatrías, las violencias y todo pecado que el rebelde Adán diseminó en la historia secular de la humanidad y en el horizonte de la creación. Con su plena obediencia al Padre, Cristo inaugura la era de paz con Dios y entre los hombres, reconciliando en sí a la humanidad dispersa (cf. Ef 2, 16). Él "recapitula" en sí a Adán, en el que toda la humanidad se reconoce, lo transfigura en hijo de Dios y lo vuelve a llevar a la comunión plena con el Padre. Precisamente a través de su fraternidad con nosotros en la carne y en la sangre, en la vida y en la muerte, Cristo se convierte en "la cabeza" de la humanidad salvada. Escribe también san Ireneo: "Cristo recapituló en sí toda la sangre derramada por todos los justos y por todos los profetas que existieron desde el inicio" (Adversus haereses V, 14, 1; cf. V, 14, 2). o La liberación realizada por Cristo en el Espíritu Santo. Es la realización plena del proyecto original del Creador: una creación en la que Dios y el hombre, el hombre y la mujer, la humanidad y la naturaleza estén en armonía, en diálogo y en comunión. El bien y el mal, por consiguiente, se consideran a la luz de la obra redentora de Cristo. Como insinúa san Pablo, la redención de Cristo afecta a la creación entera, en la variedad de sus componentes (cf. Rm 8, 18-30). En efecto, la naturaleza misma, sujeta al sinsentido, a la degradación y a la devastación provocada por el pecado, participa así en la alegría de la liberación realizada por Cristo en el Espíritu Santo. Así pues, se delinea la realización plena del proyecto original del Creador: una creación en la que Dios y el hombre, el hombre y la mujer, la humanidad y la naturaleza estén en armonía, en diálogo y en comunión. Este proyecto, alterado por el pecado, lo restablece de modo admirable Cristo, que lo está realizando de forma misteriosa pero eficaz en la realidad presente, a la espera de llevarlo a pleno cumplimiento. Jesús mismo declaró que él era el fulcro y el punto de convergencia de este plan de salvación, cuando afirmó: "Cuando sea elevado de la tierra, atraeré a todos hacia mí" (Jn 12, 32). Y el evangelista san Juan presenta esta obra precisamente como una especie de recapitulación, un "reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos" (Jn 11, 52). Esta obra llegará a su plenitud al concluir la historia, cuando, como recuerda san Pablo, "Dios será todo en todos" (1 Co 15, 28). Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2823 o Que todo tenga a Cristo por cabeza Él nos ha dado a «conocer […] el Misterio de su voluntad según el benévolo designio que en él se propuso de antemano […] hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza […] a Él, por quien entramos en herencia, elegidos de antemano según el previo designio del que realiza todo conforme a la decisión de su Voluntad » (Efesios 1,9-11). Pedimos con insistencia que se realice plenamente este designio de benevolencia, en la tierra como ya ocurre en el cielo.” www.parroquiasantamonica.com Vida Cristiana

Domingo 19 del Tiempo Ordinario, ciclo B (2015). La crisis de la fe de los oyentes de Jesús ante sus palabras, que se manifestó en «murmuración»: ¿cómo puede decir Jesús que ha «descendido del cielo» cuando es conocido en el registro civil como «hijo de José»? Para creer es necesario que nuestro corazón se abra a la atracción amorosa e interior del Padre: “Nadie puede venir a mí, si el Padre que me envió no lo atrae”. Las sorpresas de Dios con frecuencia revuelven nuestros criterios y opiniones. Los efectos del Pan Eucarístico: la vida divina en nosotros. En el cuarto evangelio, «vida eterna» no indica pura y sencillamente la supervivencia después de la muerte, sino que es sinónimo de «vida divina»: “Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí”. Toda vida cristiana es comunión con las personas divinas, participación de la vida divina.


1 Domingo 19 del Tiempo Ordinario, ciclo B (2015). La crisis de la fe de los oyentes de Jesús ante sus palabras, que se manifestó en «murmuración»: ¿cómo puede decir Jesús que ha «descendido del cielo» cuando es conocido en el registro civil como «hijo de José»? Para creer es necesario que nuestro corazón se abra a la atracción amorosa e interior del Padre: “Nadie puede venir a mí, si el Padre que me envió no lo atrae”. Las sorpresas de Dios con frecuencia revuelven nuestros criterios y opiniones. Los efectos del Pan Eucarístico: la vida divina en nosotros. En el cuarto evangelio, «vida eterna» no indica pura y sencillamente la supervivencia después de la muerte, sino que es sinónimo de «vida divina»: “Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí”. Toda vida cristiana es comunión con las personas divinas, participación de la vida divina. Cfr. Domingo 19 Tiempo Ordinario, Ciclo B, 9 agosto 2015 1 Reyes 19, 4-8; Efesios 4,30-5,2; Juan 6, 41-51 1 Reyes 19, 4-8: 4. Elías caminó por el desierto una jornada de camino, y fue a sentarse bajo una retama. Se deseó la muerte y dijo: « ¡Basta ya, Yahveh! ¡Toma mi vida, porque no soy mejor que mis padres! » 5 Se acostó y se durmió bajo una retama, pero un ángel le tocó y le dijo: «Levántate y come. » 6 Miró y vio a su cabecera una torta cocida sobre piedras calientes y un jarro de agua. Comió y bebió y se volvió a acostar. 7 Volvió segunda vez el ángel de Yahveh, le tocó y le dijo: «Levántate y come, porque el camino es demasiado largo para ti » 8. Se levantó, comió y bebió, y con la fuerza de aquella comida caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el monte de Dios, el Horeb. Juan 6, 41-51: 41 Los judíos murmuraban de él, porque había dicho: « Yo soy el pan que ha bajado del cielo. » 42 Y decían: « ¿No es éste Jesús, hijo de José, cuyo padre y madre conocemos? ¿Cómo puede decir ahora: He bajado del cielo? » 43 Jesús les respondió: « No murmuréis entre vosotros. 44 «Nadie puede venir a mí, si el Padre que me ha enviado no lo atrae; y yo le resucitaré el último día. 45 Está escrito en los profetas: Serán todos enseñados por Dios. Todo el que escucha al Padre y aprende, viene a mí.46 No es que alguien haya visto al Padre; sino aquel que ha venido de Dios, ése ha visto al Padre.47 En verdad, en verdad os digo: el que cree, tiene vida eterna. 48 Yo soy el pan de la vida. 49 Vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron; 50 este es el pan que baja del cielo, para que quien lo coma no muera. 51 Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo». 1. La crisis de fe de los contemporáneos de Jesús Cfr. Gianfranco Ravasi, Secondo le Scritture, Piemme IV edizione settembre 1996, XIX Domenica del tempo Ordinario, pp. 250-253 ¿No es éste Jesús, hijo de José, cuyo padre y madre conocemos? ¿Cómo puede decir he bajado del cielo cuando es conocido en el registro civil como «hijo de José»? o Para superar el escándalo, la duda y la murmuración, es necesario que el corazón se abra a la atracción del Padre, que la conciencia escuche la voz íntima de Dios. • p. 250: La crisis en la narración evangélica de Juan se expresa, sin embargo, a través de otra imagen, formulada con la palabra «murmurar» que es la palabra típica de la incredulidad de Israel en el desierto durante la marcha del éxodo. En este caso la incredulidad nace del escándalo proveniente de la humanidad de Cristo: ¿cómo puede decir «descendido del cielo» cuando es conocido en el registro civil como «hijo de José»? La encarnación, expresión transparente del amor de Dios por el hombre, se transforma en una pantalla opaca que ofusca los ojos, hace dudar a la mente y «murmurar» a los labios. Para superar este escándalo Jesús responde que es necesario que el corazón se abra a la atracción del Padre, que la conciencia escuche la voz íntima de Dios, que el ser entero del hombre se deje envolver por la gracia. A quien vive esta 2 experiencia, que es la experiencia de la fe, se le abre un horizonte extraordinario: «quien cree tiene la vida eterna» Murmurar en el texto bíblico es expresión de la crisis de fe, de la duda, de la desconfianza, de la indiferencia y de la sospecha: no se afronta el riesgo de la fe. La raíz de la murmuración. • pp. 252-253: El verbo murmurar tiene poco que ver con el sentido que nosotros atribuimos a este término. En efecto, se repite diversas veces precisamente en la narración del maná: «Toda la comunidad murmuró contra Moisés ... El Señor ha escuchado vuestras murmuraciones con las que murmuráis contra él ... » (Éxodo 16,2.7.8). El vocablo se convierte, en el texto bíblico, en expresión de la crisis de fe, de la duda, de la desconfianza. Jesús siente alrededor suyo casi como un muro frío de hostilidad y de escepticismo Es la actitud del Israel incrédulo del desierto que ahora se renueva. Y la raíz de esta «murmuración» está en el hecho de que el predicador, Jesús de Nazaret, que sigue ciertamente las reglas de la homilía judía, ha esbozado una extraña figura de sí mismo: «Yo soy el pan bajado del cielo». De este modo había afirmado un secreto y misterioso origen divino, había desvelado una potencia de salvación semejante a la del Dios de Israel, que había hecho surgir de la nada el alimento para su pueblo. Y todo esto contrastaba con su realidad de «hijo de José», de humilde ciudadano de una pobre aldea, de miembro de una modesta familia. El verbo «murmurar» recoge en sí todos los vocablos que se refieren a la incredulidad: apostasía, debilidad, indiferencia, frialdad, desconfianza, crisis, sospecha, mediocridad, duda, etc. Vocablos que se agarran a todo, también a la banalidad, con tal de no comprometerse en un camino arduo y exigente, con tal de no afrontar el riesgo de la fe. 2. Seremos enseñados por Dios (Juan 6, 45). La necesaria atracción de Dios para creer. Cfr. Gianfranco Ravasi, Secondo le Scritture, Piemme IV edizione settembre 1996, XIX Domenica del tempo Ordinario, pp.253-254. Es necesaria la atracción de Dios 1 para creer. o Se trata de una atracción amorosa e interior, como la chispa que se enciende cuando nace el amor entre dos personas: en la plenitud de los tiempos el Señor habría puesto la ley en el alma del hombre; la habría escrito en sus corazones • pp. 253-254: Pero Jesús no nos invita solamente a no «murmurar». Basándose siempre en la Biblia, como hacía el rabino, nos ofrece una ocasión positiva para la reflexión. El texto al que él se refiere es un pasaje, citado libremente, del profeta Isaías: Y serán todos enseñados por Dios2 . También en este caso el verbo es significativo: es el de la lección, pero dada por un Maestro superior a todos los demás, Dios mismo. 1 [Nota del traductor] Cfr. Raniero Cantalamessa, 2ª Meditación de Cuaresma 2009, a la Curia Romana: (…) "El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado" (Rm 5, 5). Este amor es el amor con el que Dios nos ama y con el que, contemporáneamente, hace que le amemos a Él y al prójimo: amor quo Deus nos diligit et quo ipse nos dilectores sui facit [Tommaso d’Aquino, Commento alla Letrera ai Romani, cap. V, lez 1, n. 392]. Es una capacidad nueva de amar. (…) Existen dos modos según los cuales se puede inducir al hombre a hacer o no determinada cosa: por constricción o por atracción; la ley positiva le induce de la primera forma, por constricción, con la amenaza del castigo; el amor le induce en el segundo modo, por atracción. Cada uno, de hecho, es atraído por lo que ama, sin que sufra constricción alguna desde el exterior. Muestra nueces a un niño y verás que salta para tomarlas. ¿Quién le empuja? Nadie; es atraído por el objeto de su deseo. Muestra el Bien a un alma sedienta de verdad y se lanzará hacia él. ¿Quién la empuja? Nadie; es atraída por su deseo. El amor es como un "peso" del alma que atrae hacia el objeto del propio placer, en el que sabe que encuentra el propio descanso [Agostino, Commento al Vangelo di Gioavanni, 26, 4-5]. Es en este sentido que el Espíritu Santo (…) crea en el cristiano un dinamismo que le lleva a hacer todo lo que Dios quiere, espontáneamente, sin siquiera tener que pensarlo, porque ha hecho propia la voluntad de Dios y ama todo lo que Dios ama. Podríamos decir que vivir bajo la gracia, gobernados por la ley nueva del Espíritu, es vivir como "enamorados", o sea, transportados por el amor. La misma diferencia que crea, en el ritmo de la vida humana y en la relación entre dos criaturas, el enamoramiento, la crea, en la relación entre el hombre y Dios, la venida del Espíritu Santo. 2 Cfr. Isaías 54,13 (nota del traductor) 3 Inmediatamente son introducidos otros términos «escolásticos»: escuchar y aprender. Pero esta lección tan particular es llevada no según los cánones normales de la explicación externa, de la relación bastante alejada entre discípulo y maestro. En efecto, Jesús usa otro verbo importante, «atraer»: «Nadie puede venir a mí, si el Padre que me ha enviado no lo atrae» [cfr. Juan 6, 44]. Se trata de la atracción amorosa e interior; describe esa chispa que se enciende cuando nace el amor entre dos personas. No es por nada que en el profeta Jeremías se leía una frase tierna de Dios con relación a Israel: «Yo te he atraído con dulzura» (31,3). El estupor de la fe: ésta no es un encargo externo, una inscripción oficial, un compromiso forzado, una elección motivada por intereses. Es, en cambio, como la chispa del amor de la que hablábamos antes, encendida por Dios en nuestro corazón. Nos corresponde a nosotros no apagarla con la «murmuración», con la cerrazón del corazón, con el hielo del orgullo y de la superficialidad. El mismo profeta había enseñado que en la plenitud de los tiempos el Señor habría «puesto la ley en el alma del hombre»; la habría «escrito en sus corazones» (31,33). Es entonces cuando Jesús ve que ha llegado el momento en que Dios entra en el corazón del hombre y lo conduce a la verdad y a Cristo. Con estas expresiones Jesús celebra el estupor de la fe. Ésta no es un encargo externo, una inscripción oficial, un compromiso forzado, una elección motivada por intereses. Es, en cambio, como la chispa del amor de la que hablábamos antes, encendida por Dios en nuestro corazón. Nos corresponde a nosotros no apagarla con la «murmuración», con la cerrazón del corazón, con el hielo del orgullo y de la superficialidad. Si es verdad que el discurso de Jesús en la sinagoga de Cafarnaún es un canto a la eucaristía, es también verdad que es la celebración del amor divino y de la fe del hombre. Las sorpresas de Dios con frecuencia revuelven nuestros criterios y opiniones. • p. 254: Esta fe que ha brotado en nosotros no es como una fría perla que hemos de custodiar, es como una semilla que nos introduce en la eternidad. No es una presencia tranquila y descontada, es un acoger las grandes sorpresas de Dios que frecuentemente revuelven nuestros criterios y nuestras opiniones, y nos invitan a reconocer a Dios en la persona y en el momento menos esperados, como «el hijo de José». Un escritor inglés, Henri Dawson, ha afirmado justamente que «la fe no es una inquilina cómoda y tranquila dentro de nosotros. Pero las inquietudes del ángel son mil veces más dulces que la calma del bruto». 3. Los efectos del pan eucarístico: ya en esta vida nos introduce en la vida divina; Dios se comunica con el creyente, lo invade y lo transforma. Vida eterna no indica pura y sencillamente la supervivencia después de la muerte, esa inmortalidad del alma muy celebrada por la filosofía griega, sobre todo por medio de las elevadas páginas de Platón. Cfr. Gianfranco Ravasi, Secondo le Scritture, Piemme IV edizione settembre 1996, XIX Domenica del tempo Ordinario. o En el cuarto evangelio, «vida eterna» es sinónimo de «vida divina». “Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí”. • pp. 250-251: El pan bajado del cielo y llevado por el ángel había evitado solamente la muerte temporal de Elías. El «pan vivo bajado del cielo» que nos ofrece ahora Cristo hace que, si alguno lo come «vivirá eternamente». En el evangelio de Juan, la vida eterna no indica pura y sencillamente la supervivencia después de la muerte, esa inmortalidad del alma muy celebrada por la filosofía griega, sobre todo por medio de las elevadas páginas de Platón. En el cuarto evangelio, «vida eterna» es sinónimo de «vida divina»: por medio del pan de vida ofrecido por Cristo el creyente entra en la misma vida de Dios, participa de su ser, Dios se comunica con él, lo invade, lo transforma. Pensemos en la célebre frase de Pablo: «Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Gálatas 2,20). Es la experiencia exaltadora de la gracia y del amor divino derramado en nuestros corazones, es la irrupción de la paz que la eucaristía genera en la vida del fiel tal vez atormentado y angustiado, es la anticipación de la perfecta intimidad y de la alegría plena que tendremos cuando, pasado el umbral de la vida eterna, «estemos siempre con el Señor» (1 Tes 4,17). Naturalmente, esta declaración de Jesús, aunque se refiere en primer lugar a la vida de la gracia y a la experiencia de la fe, introduce también una lectura diversa de la muerte física. Ésta no es el arribo al abismo de la nada y del silencio, sino el encuentro con la vida sin límites, es el ingreso en el área infinita de Dios. Es 4 un modo nuevo, por tanto, de interpretar y vivir esa fecha que todo llevamos ya impresa en nuestra carne y señalada sobre nuestras frentes. El hombre es un ser viviente capaz de ser divinizado • Cuando los Padres de la Iglesia definen la naturaleza del hombre, no dicen que «el hombre es un ser racional» (Aristóteles), sino que «es un ser viviente capaz de ser divinizado» (San Gregorio Nacianceno, Discursos, XLV,7). (En “El Espíritu del Señor”, BAC Madrid 1997, Cap. III) La vida Cristiana: el encuentro, la compenetración con Cristo • Es Cristo que pasa, n.134: Vivir según el Espíritu Santo es vivir de fe, de esperanza, de caridad; dejar que Dios tome posesión de nosotros y cambie de raíz nuestros corazones, para hacerlos a su medida. Una vida cristiana madura, honda y recia, es algo que no se improvisa, porque es el fruto del crecimiento en nosotros de la gracia de Dios. En los Hechos de los Apóstoles, se describe la situación de la primitiva comunidad cristiana con una frase breve, pero llena de sentido: perseveraban todos en las instrucciones de los Apóstoles, en la comunicación de la fracción del pan y en la oración (Hechos 2, 42). Fue así como vivieron aquellos primeros, y como debemos vivir nosotros: la meditación de la doctrina de la fe hasta hacerla propia, el encuentro con Cristo en la Eucaristía, el diálogo personal —la oración sin anonimato— cara a cara con Dios, han de constituir como la substancia última de nuestra conducta. Si eso falta, habrá tal vez reflexión erudita, actividad más o menos intensa, devociones y prácticas. Pero no habrá auténtica existencia cristiana, porque faltará la compenetración con Cristo, la participación real y vivida en la obra divina de la salvación. La vida cristiana y la fe: una vida digna del Evangelio de Cristo a) “Los cristianos, reconociendo en la fe su nueva dignidad, son llamados a llevar en adelante una «vida digna del Evangelio de Cristo»” (Filipenses 1, 27) (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1692). b) El Evangelio no es solamente una comunicación de cosas que se pueden saber, sino una comunicación que comporta hechos y cambia la vida. “Cree verdaderamente el que en sus obras pone en práctica lo que cree” (S. Gregorio Magno, In Evangelium homiliae, 26,9). (Cfr. César Izquierdo: Creo, creemos, ¿qué es la fe?, ed. Rialp, p. 212) 4. La vida divina en algunos puntos del Catecismo de la Iglesia Católica (Resumen) a) Dios quiere comunicarnos su propia vida para hacer de nosotros hijos adoptivos; quiere hacernos capaces de responderle, de conocerle y amarla más allá de lo que seriamos capaces por nuestras propias fuerzas (n. 52). Toda vida cristiana es comunión con las personas divinas, participación de la vida divina (nn. 259, 249). b) La participación en la vida divina no nace «de la sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de hombre, sino de Dios» (Juan 1, 13). Es dada al hombre por el Espíritu en Cristo. (nn. 505, 760); por el Espíritu participamos en la Pasión de Cristo, muriendo al pecado, y en su Resurrección, naciendo a una vida nueva (n. 1988). c) Los sacramentos son signos eficaces de la gracia, instituidos por Cristo y confiados a la Iglesia, por los cuales nos es dispensada la vida divina si los recibimos con las disposiciones requeridas. (nn. 1131, 1692). www.parroquiasantamonica.com Vida Cristiana

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