viernes, 1 de diciembre de 2017

Solemnidad Inmaculada Concepción


Encuentro de coros. 22/12/2017 20h

Concurso de villancicos '17. 23/12/2017 17:30h

ESTAD EN VELA: por Santiago Agrelo

“Estad en vela”: Lo va diciendo la misericordia a los que caminan oprimidos por el peso de la miseria.  Lo dice la gracia, porque salgan a su encuentro los pecadores.

“Estad en vela”: Te lo dice la salvación que llama a la puerta, y han de velar para abrirle los oprimidos.

“Estad en vela”: Porque el reino de Dios está tan cerca que se ha hecho evangelio y se anuncia a los pobres para que entren en él. Se anuncia ya el Sol que nace de lo alto, y, si él está cerca, han de estar alerta los ciegos porque llega la Luz que quiere iluminarlos.

Velen los hijos de la Iglesia, pues en medio de ellos está la palabra del Señor y busca el corazón de cada uno para hacer morada en él.

En medio de nosotros está el Señor resucitado: que esté en vela la fe para reconocerlo, para escucharlo, para unirnos a su canto eterno, para comulgar con él, para vivir con él…

“Estad en vela”: porque llega el amor que os abraza, llega la paz con que Dios os bendice, llega la alegría con que Dios os regala, llega la vida con que Dios os eterniza.

“Estad en vela”: porque llega Jesús, porque llega el Rey, porque llegan los pobres en los que el Rey nos visita.

“Estad en vela”: Es domingo. Es el día del Rey y de los pobres.

1 Domingo de Adviento Año B - 3 diciembre 2017





Ø Primer domingo de Adviento, Año B (2017). Al comenzar el Adviento, “el deseo de salir al encuentro de Cristo que viene” (Oración colecta). Preparación para la venida de Jesús.

Hemos de estar vigilantes. Vino por vez primera con su Encarnación y Nacimiento, y volverá al fin de los tiempos para juzgarnos. Pero, además, está dispuesto a volver en cualquier momento, para habitar espiritualmente en nosotros mediante la fe y los sacramentos, si, por nuestra parte, quitamos todo obstáculo; y si ordenamos nuestra conducta conforme a sus mandamientos [1]. El Adviento, por tanto, no es solamente una preparación para la celebración del nacimiento de Jesús, sino una llamada a estar siempre vigilantes porque, en cualquier momento, desea hacerse presente en nuestras vidas [2].


v  Cfr. 1 Domingo de Adviento Año B - 3 diciembre  2017  

            Isaías 63, 16-17; 64, 2-7; 1 Corintios 1, 3-9; Salmo 79; Marcos 13, 33-37;

1 Corintios 1, 3-9: 3 Gracia a vosotros y paz de parte de Dios, Padre nuestro, y del Señor Jesucristo. 4 Doy gracias a Dios sin cesar por vosotros, a causa de la gracia de Dios que os ha sido otorgada en Cristo Jesús, 5 pues en él habéis sido enriquecidos en todo, en toda palabra y en todo conocimiento, 6 en la medida en que se ha consolidado entre vosotros el testimonio de Cristo. 7 Así, ya no os falta ningún don de gracia a los que esperáis la Revelación de nuestro Señor Jesucristo. 8 El os fortalecerá hasta el fin para que seáis irreprochables en el día de nuestro Señor Jesucristo. 9 Pues fiel es Dios, por quien habéis sido llamados a la comunión con su hijo Jesucristo, Señor nuestro.

Marcos 13, 33-37: En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: 33 "Mirad, vigilad: pues no sabéis cuando es el momento. 34 Es igual que un hombre que se fue de viaje y dejó su casa, y dio a cada uno de sus criados su tarea, encargando al portero que velara. 35 Velad entonces, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa, si al atardecer, o a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer; 36 no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos. 37 Lo que os digo a vosotros lo digo a todos: !Velad!"

Sabemos de una triple venida del Señor.
Cristo vino por su Encarnación y Nacimiento (1ª venida),
viene en nuestras vidas por la fe y los sacramentos (2ª venida, intermedia),
y vendrá al fin de los tiempos para juzgarnos (tercera venida).
Salir al encuentro de Cristo acompañados por las buenas obras (Oración Colecta)

1. Textos que nos explican las tres venidas de Cristo a este mundo.


v  Cristo vino por su Encarnación y Nacimiento (1ª), viene en nuestras vidas por la fe y los sacramentos (2ª), y vendrá al fin de los tiempos para juzgarnos.


o   De los sermones de san Bernardo, abad (1090-1153)

Sermón 5 en  el  Adviento del Señor, 1-3: Opera omnia, edición cisterciense, 4, 1996, 188-190
§  Primera (Encarnación y Nacimiento) y última (fin de los tiempos)    
Sabemos de una triple venida del Señor. Además de la primera y de la última, hay una venida intermedia. Aquellas son visibles, pero ésta no. En la primera, el Señor se manifestó en la tierra y convivió con los hombres, cuando, como atestigua él mismo, lo vieron y lo odiaron. En la última, «todo hombre verá la salvación de Dios» (Lc 3,6) y «mirarán al que traspasaron» (Jn 19,37).
§  En cualquier momento, cuando el Señor se hace presente en nuestras vidas (llamada “venida intermedia”).
La intermedia, en cambio, es oculta, y en ella sólo los elegidos ven al Señor en lo más íntimo de sí mismos, y así sus almas se salvan. De manera que, en la primera venida, el Señor vino en carne y debilidad; en esta segunda, en espíritu y poder; y, en la última, en gloria y majestad.
Esta venida intermedia es como una senda por la que se pasa de la primera a la última: en la primera, Cristo fue nuestra redención; en la última, aparecerá como nuestra vida; en ésta, es nuestro descanso y nuestro consuelo.
Y para que nadie piense que es pura invención lo que estamos diciendo de esta  venida intermedia, oídle a él mismo: El que me ama —nos dice— guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él (Cfr. Jn 14,23). He leído en otra parte: El que teme a Dios obrará el bien (Si 15,1) ; pero pienso que se dice algo más del que ama, porque éste guardará su palabra. ¿Y dónde va a guardarla? En el corazón, sin duda alguna, como dice el profeta: «En mi corazón he guardado tus palabras, para no pecar contra ti» (Sal 118,11).
Así es cómo has de cumplir la palabra de Dios, porque son dichosos los que la  cumplen. Es como si la palabra de Dios tuviera que pasar a las entrañas de tu alma, a tus afectos y a tu conducta. Haz del bien tu comida, y tu alma disfrutará con este alimento sustancioso. Y no te olvides de comer tu pan, no sea que tu corazón se vuelva árido: por el contrario, que tu alma rebose completamente satisfecha.
Si es así como guardas la palabra de Dios, no cabe duda que ella te guardará a ti. El Hijo vendrá a ti en compañía del Padre, vendrá el gran Profeta, que renovará Jerusalén, el que lo hace todo nuevo. Tal será la eficacia de esta venida, que nosotros, «como hemos llevado la imagen  del hombre terreno, llevaremos también la imagen del hombre celestial» (1 Cor 15,49). Y así como el viejo Adán se difundió por toda la humanidad y ocupó al hombre entero, así es ahora preciso que Cristo lo posea todo, porque él lo creó todo, lo redimió todo, y lo glorificará todo.

o    De la Carta sobre el Adviento,  de San Carlos Borromeo, Obispo de Milán (1538-1584)

Cartas Pastorales: Acta Ecclesiae Mediolanensis, t. 2, Lyon 1683, 916-917

§  Así como Cristo vino una vez al mundo en la carne, de la misma manera está dispuesto a volver en cualquier momento, para habitar espiritualmente en nuestra alma con la abundancia de sus gracias, mediante la fe y los sacramentos; si nosotros, por nuestra parte, quitamos todo obstáculo, y si ordenamos nuestra conducta conforme a sus mandamientos.
La Iglesia celebra cada año el misterio de este amor tan grande hacia nosotros, exhortándonos a tenerlo siempre presente. A la vez nos enseña que la venida de Cristo no sólo aprovechó a los que vivían en el tiempo del Salvador, sino que su eficacia continúa, y aún hoy se nos comunica si queremos recibir, mediante la fe y los sacramentos, la gracia que él nos prometió, y si ordenamos nuestra conducta conforme a sus mandamientos.
La Iglesia desea vivamente hacernos comprender que así como Cristo vino una vez al mundo en la carne, de la misma manera está dispuesto a volver en cualquier momento, para habitar espiritualmente en nuestra alma con la abundancia de sus gracias, si nosotros, por nuestra parte, quitamos todo obstáculo.
Por eso, durante este tiempo, la Iglesia, como madre amantísima y celosísima de nuestra salvación, nos enseña, a través de himnos, cánticos y otras palabras del Espíritu Santo y de diversos ritos, a recibir convenientemente y con un corazón agradecido este beneficio tan grande, a enriquecernos con su fruto y a preparar nuestra alma para la venida de nuestro Señor Jesucristo con tanta solicitud como si hubiera él de venir nuevamente al mundo. No de otra manera nos lo enseñaron con sus palabras y ejemplos los patriarcas del antiguo Testamento para que en ello los imitáramos.

o   Benedicto XVI, Homilía 1º Domingo Adviento, 30 noviembre de 2008, en la Basílica de S. Lorenzo Extramuros,


§  Significado del término "Adviento" en el mundo antiguo y para los cristianos. Significa hacer memoria de la primera venida del Señor en la carne, pensando ya en su vuelta definitiva; y, al mismo tiempo, significa reconocer que Cristo presente en medio de nosotros se hace nuestro compañero de viaje en la vida de la Iglesia, que celebra su misterio.
            Con este primer domingo de Adviento entramos en el tiempo de cuatro semanas con que inicia un nuevo año litúrgico y que nos prepara inmediatamente para la fiesta de la Navidad, memoria de la encarnación de Cristo en la historia. Pero el mensaje espiritual de Adviento es más profundo y ya nos proyecta hacia la vuelta gloriosa del Señor, al final de nuestra historia. Adventus es palabra latina que podría traducirse por "llegada", "venida", "presencia". En el lenguaje del mundo antiguo era un término técnico que indicaba la llegada de un funcionario, en particular la visita de reyes o emperadores a las provincias, pero también podía utilizarse para la aparición de una divinidad, que salía de su morada oculta y así manifestaba su poder divino: su presencia se celebraba solemnemente en el culto.
            Los cristianos, al adoptar el término "Adviento", quisieron expresar la relación especial que los unía a Cristo crucificado y resucitado. Él es el Rey que, al entrar en esta pobre provincia llamada tierra, nos ha hecho el don de su visita y, después de su resurrección y ascensión al cielo, ha querido permanecer siempre con nosotros: percibimos su misteriosa presencia en la asamblea litúrgica.
            En efecto, al celebrar la Eucaristía, proclamamos que él no se ha retirado del mundo y no nos ha dejado solos, y, aunque no lo podamos ver y tocar como sucede con las realidades materiales y sensibles, siempre está con nosotros y entre nosotros; más aún, está en nosotros, porque puede atraer a sí y comunicar su vida a todo creyente que le abra el corazón. Por tanto, Adviento significa hacer memoria de la primera venida del Señor en la carne, pensando ya en su vuelta definitiva; y, al mismo tiempo, significa reconocer que Cristo presente en medio de nosotros se hace nuestro compañero de viaje en la vida de la Iglesia, que celebra su misterio.
§  La escucha de la Palabra de Dios, debería ayudarnos a ver el mundo de una manera diversa, a interpretar cada uno de los acontecimientos de la vida y de la historia como palabras que Dios nos dirige, como signos de su amor que nos garantizan su cercanía en todas las situaciones; debería prepararnos para acogerlo cuando "de nuevo venga con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin"
            Esta certeza, queridos hermanos y hermanas, alimentada por la escucha de la Palabra de Dios, debería ayudarnos a ver el mundo de una manera diversa, a interpretar cada uno de los acontecimientos de la vida y de la historia como palabras que Dios nos dirige, como signos de su amor que nos garantizan su cercanía en todas las situaciones; en particular, esta certeza debería prepararnos para acogerlo cuando "de nuevo venga con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin", como repetiremos dentro de poco en el Credo. En esta perspectiva, el Adviento es para todos los cristianos un tiempo de espera y de esperanza, un tiempo privilegiado de escucha y de reflexión, con tal de que se dejen guiar por la liturgia, que invita a salir al encuentro del Señor que viene.

2. Las  venidas del Señor – ya sea cuando quiere hacerse presente en  esta vida, ya sea al fin de los tiempos -  son una sorpresa. Tenemos que estar vigilantes.


v  «Velad entonces, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa, si al atardecer, o a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer; no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos (Evangelio)»

·         La venida del Señor en nuestra  historia personal y en la historia universal es libre y misteriosa, y
no se pueden hacer previsiones cronológicas como se obstinan ciertas sectas. Por tanto, es necesario ser hombres «despiertos», no entorpecidos por la indiferencia; es necesario tener los ojos abiertos para descubrir su presencia, y los oídos  atentos para oír sus pasos y sus palabras. De tal manera es una sorpresa, que el mismo Señor dice que vendrá «como un ladrón» (Mt 24,42); es una realidad de la que también hablarán los Apóstoles al inicio del cristianismo: «el día del Señor vendrá como un ladrón en la noche».( 1 Ts 5,2); «Como un ladrón  llegará el día del Señor». (2 P 3,10).
·         Precisamente Cristo ocultó la fecha de su venida para que permanezcamos vigilantes. Del
comentario de san Efrén de Siria (306-373), diácono, Doctor de la Iglesia, sobre el Diatésaron: “Para atajar toda pregunta de sus discípulos sobre el momento de su venida, Cristo dijo: Esa hora nadie la sabe, ni los ángeles ni el Hijo (Cfr. Mt  24,36). No os toca a vosotros «conocer los tiempos o los momentos» (Hch 1,7). Quiso ocultarnos esto para que permanezcamos en vela y para que cada uno de nosotros pueda pensar que ese acontecimiento se producirá durante su vida. Si el tiempo de su venida hubiera sido revelado, vano sería su advenimiento, y las naciones y siglos en que se producirá ya no lo desearían. Ha dicho muy claramente que vendrá, pero sin precisar en qué momento. Así todas las generaciones y todas las épocas lo esperan ardientemente.”

 

3. La vigilancia en la vida cristiana


v  La vigilancia es una actitud necesaria, y siempre recomendada.

o   Para que el cuerpo no caiga en un pesado sopor ni el alma en el

     entorpecimiento y el temor

·         San Efrén de Siria (306-373), diácono, Doctor de la Iglesia, comentario sobre el Diatésaron:
“Velad,  pues cuando el cuerpo duerme, es la naturaleza quien nos domina; y nuestra actividad entonces no está dirigida por la voluntad, sino por los impulsos de la naturaleza. Y cuando reina sobre el alma un pesado sopor - por ejemplo, la pusilanimidad o la melancolía -, es el enemigo quien domina al alma y la conduce contra su propio gusto. Se adueña del cuerpo la fuerza de la naturaleza, y del alma el enemigo.
Por eso ha hablado nuestro Señor de la vigilancia del alma y del cuerpo, para que el cuerpo no caiga en un pesado sopor ni el alma en el entorpecimiento y el temor, como dice la Escritura: despertaos como es justo (Cfr  1Co 15,34); y también: Me he levantado y estoy contigo (cfr. Sal 138,18); y todavía: No os acobardéis. Por todo ello, nosotros, encargados de este ministerio, no desfallecemos (cfr. 2 Co 4,1)”.

o   Ante la imprevisibilidad de la llegada de Dios «a los suyos», la reacción del hombre no puede ser la del sueño, de la indiferencia, de la pereza y de la distracción.

·         Cfr. Gianfranco Ravasi, Secondo le Scritture Año B, Piemme IV Edizione settembre 1996, pp.
9- 14: “Ante la imprevisibilidad de la llegada de Dios «a los suyos» - como dice el evangelista
Juan en su prólogo (1,11) – la reacción del hombre no puede ser la del sueño, de la indiferencia, de la pereza y de la distracción. Como frecuentemente repetirá san Pablo, el retrato del cristiano es muy diferente: él es el hombre del día y no de las tinieblas, es activo y no se deja distraer por los fantasmas, por las apariencias, por los colores fatuos de las cosas. Aunque esté materialmente inmerso en tantos asuntos exteriores, aunque físicamente deba dormir, su espíritu y su conciencia están vigilantes, precisamente como dice la mujer del Cantar de los Cantares: «Yo duermo, pero mi corazón vigila. La voz de mi amado llama a la puerta: ¡Ábreme, hermana mía, amada mía, mi paloma, mi preciosa!» (5,2).
Con demasiada frecuencia, sin embargo, nuestra actitud es bastante diversa. Es curioso observar cómo precisamente los discípulos que escuchan al Señor las palabras que se leen en el evangelio de hoy, pocas líneas más adelante serán sorprendidos como inmersos en el sueño más profundo, tumbados bajo los olivos del jardín de Getsemaní. Y sin embargo aquella era la noche de una grande venida de Dios en medio de los hombres. Por última vez, en la niebla del entumecimiento y en la oscuridad de la noche, ellos oirán resonar las mismas palabras de Jesús, palabras que llegan hasta nosotros y que penetran en el interior de nuestra noche: «¿no habéis sido capaces de velar una hora? Velad y orad  …!» (Mc  14, 37-38)”.

o   Las palabras de Cristo bajan como un torbellino del diluvio para sacudir las conciencias inmersas en el entorpecimiento. Hay, en efecto, una inquietud de la conciencia que es indicio de sensibilidad, de vida, de espiritualidad, de fe.

·         Cfr. Gianfranco Ravasi, Secondo le Scritture Año B, Piemme IV Edizione settembre 1996, pp.
9- 14:   “Bienestar, distracción, banalidad, superficialidad son como una red que aprisiona el cerebro y el corazón. En el discurso paralelo de Mateo,  Jesús evoca sugestivamente el momento que precedió al diluvio: «Como en los días que precedieron al diluvio comían y bebían, tomaban mujer o marido hasta el día mismo en que Noé entró en el arca, y no se dieron cuenta sino cuando llegó el diluvio y los arrebató a todos (Mateo 24, 38-39)».  Las palabras de Cristo bajan como un torbellino del diluvio para sacudir las conciencias inmersas en el entorpecimiento. Hay, en efecto, una inquietud de la conciencia que es indicio de sensibilidad, de vida, de espiritualidad, de fe. Siguiendo una expresión paradójica pero cristiana del escritor francés Julián Green podríamos decir que «cuando estamos inquietos se puede estar tranquilos».
            Hay, por otra parte, una calma que es superficialidad, indiferencia, vacío del espíritu, ceguera del placer y del egoísmo.  (…) Un comentador del Evangelio de Marcos, E. Lohmeyer, escribe a este propósito: «La vida del hombre fiel no se desarrolla en el sopor, en los sueños y pasiones, sino en el compromiso siempre vigilante y sobrio del corazón»”.

o   Vigilar con Cristo es mirar adelante sin olvidar el pasado.

  • J. H. Newman “Vigilar: ¿qué quiere decir, por Cristo? Estar vigilantes. [...] Vigilar
con Cristo es mirar adelante sin olvidar el pasado. Es no olvidar que Él ha sufrido por nosotros; es perdernos en la contemplación atraídos por la grandeza de la redención. Es renovar continuamente en el propio ser la pasión y la agonía de Cristo; es revestirnos con alegría de aquel manto de aflicción con el que Cristo quiso primero vestirse y después dejarlo para irse al cielo. Es despegarse del mundo sensible y vivir en el no sensible. Así Cristo vendrá y lo hará en el modo en que lo dijo que lo hará".[3]

4. La espera en la venida del Señor también fue siempre un estímulo para los cristianos: para ser firmes en la fe, para vivir la caridad, etc.


v  Quien prepara el encuentro con el Señor al final de su vida, presta atención a cuanto puede apartarle de esa meta.

o   La necesidad de la paciencia

apartarle de esa meta. 1 Pedro 5,8-9: «Vivid con sobriedad y estad  alerta.  El diablo, vuestro enemigo, ronda como león rugiente buscando a quien devorar». 
·         Al celebrar el Adviento, no sólo manifestamos una grande alegría por la primera venida, es decir,
por el Nacimiento del Hijo de Dios, sino que también renovamos “el ardiente deseo de su segunda Venida”, como hacían ya los primeros cristianos repitiendo “¡Ven, Señor Jesús!” (cfr. Apocalipsis 22,20), en las reuniones litúrgicas. Ellos, teniendo en cuenta la brevedad de la vida, consideraban que la venida del Señor - la Parusía - estaba siempre cerca, aunque, para cada uno, fuese  incierto el momento en que sería  llamado por el Señor. En cualquier caso, esa proximidad de la venida del Señor fue siempre un estímulo para los cristianos: para ser firmes en la fe;  para vivir una vida sobria «confiando todas nuestras preocupaciones al Señor pues él cuida de nosotros»;  porque él nos «hará idóneos y nos consolidará, nos dará fortaleza y estabilidad»;  para vivir la caridad; para ser hospitalarios y no murmurar; para vivir al servicio de los demás, etc.  (Cfr. 1 Pedro 5, 7-10;  4, 7-11).
·         En este contexto se entienden diversos textos del Nuevo Testamento que les advertían sobre la
necesidad de la paciencia, que sin duda alguna hace eficaz el deseo de la segunda venida; como ejemplo nos fijamos en la Carta de Santiago: “Tened, pues, paciencia, hermanos, hasta la venida del Señor. Mirad, el labrador espera el fruto precioso de la tierra aguardándolo con paciencia hasta recibir las lluvias tempranas y tardías. Tened también vosotros paciencia; fortaleced vuestros  corazones porque la venida del Señor está cerca” (Santiago 5, 7-8).

v  La esperanza en la última venida del Señor, es decir, la esperanza en la vida eterna, no debe debilitar, sino avivar la preocupación por cultivar esta tierra.

o   La esperanza de una nueva tierra no debe atenuar, sino más bien excitar la preocupación por perfeccionar esta tierra.

·         Conc. Vaticano II, Const. Gaudium et spes, 39: “Se nos advierte que de nada sirve al
hombre ganar el mundo entero, si se pierde a sí mismo (Cf. Lc 9,25). Mas la esperanza de una nueva tierra no debe atenuar, sino más bien excitar la preocupación por perfeccionar esta tierra, en donde crece aquel Cuerpo de la nueva humanidad que puede ya ofrecer una cierta prefiguración del mundo nuevo. Por ello, aunque hay que distinguir con sumo cuidado entre el progreso temporal y el crecimiento del Reino de Cristo, el primero, en cuanto contribuye a una sociedad mejor ordenada, interesa en gran medida al Reino de Dios (Cf. Pio XI, enc. Quadragesimo anno: AAS 23 (1931) 207).
En efecto; los bienes todos de la dignidad humana, de la fraternidad y de la libertad, es decir, todos los buenos frutos de la naturaleza y de nuestra actividad, luego de haberlos propagado - en el Espíritu de Dios y conforme a su mandato - sobre la tierra, los volveremos a encontrar de nuevo, pero limpios de toda mancha a la vez que iluminados y transfigurados, cuando Cristo devuelva a su Padre el reino eterno y universal: reino de verdad y de vida, reino de santidad y de gracia, reino de justicia, de amor y de paz (Prefacio de la fiesta de Cristo Rey). Aquí, en la tierra, existe ya el Reino, aunque entre misterios; mas, cuando venga el Señor, llegará a su consumada perfección.”.
§  Verdaderamente es corto nuestro tiempo para amar, para dar, para desagraviar.
·         San Josemaría, Hoja Informativa n. 1, Mayo 1976:  “Entiendo muy bien aquella exclamación
que San Pablo escribe a los de Corinto: tempus breve est!, ¡qué breve es la duración de nuestro paso por la tierra! Estas palabras, para un cristiano coherente, suenan en lo más íntimo de su corazón como un reproche ante la falta de generosidad, y como una invitación constante para ser leal. Verdaderamente es corto nuestro tiempo para amar, para dar, para desagraviar”.
§  El amor al prójimo limpia los ojos para ver a Dios.
·         S. Agustín (In Ioann. Ev. 17,8): “El amor de Dios es lo primero que se manda, y el amor del
prójimo lo primero que se debe practicar (...) Tú, que todavía no ves a Dios, amando al prójimo te harás merecedor de verle a El. El amor del prójimo limpia los ojos para ver a Dios, como dice claramente Juan: Si no amas al prójimo, a quien ves, ¿cómo vas a amar a Dios, a quien no ves? (cfr. 1 Jn 4,20)”.
§  Los cristianos se sienten comprometidos a no descuidar los deberes de su ciudadanía terrenal
·         Juan Pablo Ecclesia de Eucaristía, n. 20: La Eucaristía ... “da impulso a nuestro
camino  histórico, poniendo una semilla de viva esperanza en la dedicación cotidiana de cada uno a sus propias tareas.  .... los cristianos se sienten más que nunca comprometidos a no descuidar los deberes de su ciudadanía terrenal. Es cometido suyo contribuir con la luz del Evangelio a la edificación de un mundo habitable y plenamente conforme al designio de Dios”.

5. La vigilancia según algunos puntos del Catecismo de la Iglesia Católica

o   Velando en la oración es como no se cae en la tentación.

·         n. 2612. En Jesús "el Reino de Dios está próximo", llama a la conversión y a la fe pero también a
la vigilancia. En la oración, el discípulo espera atento a aquél que "es y que viene", en el recuerdo de su primera venida en la humildad de la carne, y en la esperanza de su segundo advenimiento en la gloria (cf Marcos 13; Lucas 21, 34-36). En comunión con su Maestro, la oración de los discípulos es un combate, y velando en la oración es como no se cae en la tentación (cf Lucas 22, 40. 46).

o    La acedia o apatía es fruto del descuido de la vigilancia.

entienden por ella una forma de aspereza o de desabrimiento debidos al relajamiento de la ascesis, al descuido de la vigilancia, a la negligencia del corazón. "El espíritu está pronto pero la carne es débil" (Mateo 26, 41). (…)

o   La acedía o pereza espiritual llega a rechazar el gozo que viene de Dios

n. 2094: (…) La acedía o pereza espiritual llega a rechazar el gozo que viene de Dios y a sentir horror por el bien divino. (…)

o   La vigilancia es "guarda del corazón”.

·         n. 2849 (…)  La vigilancia es "guarda del corazón", y Jesús pide al Padre que "nos guarde en su
Nombre" (Juan 17, 11). El Espíritu Santo trata de despertarnos continuamente a esta vigilancia (cf 1 Corintios 16, 13; Colosenses 4, 2; 1 Tesalonicenses 5, 6; 1 Pedro 5, 8). Esta petición adquiere todo su sentido dramático referida a la tentación final de nuestro combate en la tierra; pide la perseverancia final. "Mira que vengo como ladrón. Dichoso el que esté en vela" (Apocalipsis 16, 15).

Vida Cristiana



[1] El mismo Jesús nos ha dicho: “Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada en él” (Juan 14, 23). En la segunda Lectura san Pablo afirma (1 Corintios 1,9) que Dios nos ha llamado a “vivir en comunión con su hijo Jesucristo”. 
[2] “Mira, estoy a la puerta y llamo: si alguno escucha mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él, y él conmigo” (Apocalipsis 3, 20).
[3] J. H. Newman, Diario spirituale e meditazione, 93.

miércoles, 29 de noviembre de 2017

Papa Francisco, Catequesis, La Santa Misa (2). La Misa es oración Miércoles, 15 de noviembre de 2017






Ø La Eucaristía. Catequesis de Papa Francisco. La Misa (2). La Misa es oración. 


v  Cfr. Papa Francisco, Catequesis, La Santa Misa (2). La Misa es oración

                  Miércoles, 15 de noviembre de 2017

Queridos hermanos y hermanas, buenos días.

v  La Misa es la oración más concreta pues es un encuentro con el señor

Continuamos con las catequesis sobre la Santa Misa. Para comprender la belleza de la celebración eucarística deseo empezar con un aspecto muy sencillo: la Misa es oración, es más, es la oración por excelencia, la más alta, la más sublime y, al mismo tiempo, la más “concreta”. Pues es el encuentro de amor con Dios mediante su Palabra y el Cuerpo y Sangre de Jesús. Es un encuentro con el Señor.

o   La oración es principalmente diálogo, trato personal con Dios.

§  Cristo, cuando llama a sus discípulos, los llama para que estén con Él. Así pues, esa es la gracia más grande: poder experimentar que la Misa, la Eucaristía es el momento privilegiado para estar con Jesús y, a través de Él, con Dios y con los hermanos.
Pero antes debemos responder a una pregunta. ¿Qué es exactamente la oración? Es principalmente diálogo, trato personal con Dios. Y el hombre fue creado como ser en relación personal con Dios que encuentra su plena realización solamente en el encuentro con su Creador. El camino de la vida es hacia el encuentro definitivo con el Señor.
El Libro del Génesis afirma que el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios, que es Padre e Hijo y Espíritu Santo, una relación perfecta de amor que es unidad. De esto podemos comprender que todos hemos sido creados para entrar en una relación perfecta de amor, en un continuo darnos y recibirnos para poder encontrar así la plenitud de nuestro ser.
Cuando Moisés, ante la zarza ardiente, recibe la llamada de Dios, le pregunta cuál es su nombre. ¿Y qué responde Dios? «Yo soy el que soy» (Ex 3,14). Esta expresión, en su sentido originario, expresa presencia y favor y, de hecho, Dios añade enseguida: «El Señor, el Dios de vuestros padres, Dios de Abraham, de Isaac, de Jacob» (v. 15). Y lo mismo Cristo, cuando llama a sus discípulos, los llama para que estén con Él. Así pues, esa es la gracia más grande: poder
experimentar que la Misa, la Eucaristía es el momento privilegiado para estar con Jesús y, a través de Él, con Dios y con los hermanos.

o   Rezar es también saber estar en silencio, para prepararnos al diálogo. El silencio es tan importante.

§  Los Evangelios nos muestran a Jesús que se retira a lugares apartados para rezar.
Y los  discípulos, viendo esta relación íntima con el Padre,  sienten el deseo de poder participar, y le piden: «Señor, enséñanos a orar»
Rezar, como todo auténtico diálogo, es también saber estar en silencio –en los diálogos hay momentos de silencio–, en silencio junto a Jesús. Y cuando vamos a Misa, quizá llegamos cinco minutos antes y empezamos a charlar con el que está al lado. Pero no es el momento de charlar: es el momento del silencio para prepararnos al diálogo. Es el momento de recogerse en el corazón para prepararse al encuentro con Jesús. ¡El silencio es tan importante!
Acordaos de lo que dije la semana pasada: no vamos a un espectáculo, vamos al encuentro con el Señor, y el silencio nos prepara y nos acompaña. Estar en silencio junto a Jesús. Y del misterioso silencio de Dios brota su Palabra que resuena en nuestro corazón. Jesús mismo nos enseña cómo es posible “estar” realmente con el Padre, y nos lo demuestra con su oración. Los Evangelios nos muestran a Jesús que se retira a lugares apartados para rezar; los discípulos, viendo esa íntima relación suya con el Padre, sienten el deseo de poder participar, y le piden: «Señor, enséñanos a orar» (Lc 11,1). Lo hemos oído antes en la Lectura, al inicio de la Audiencia. Jesús responde que lo primero que hace falta para rezar es saber decir “Padre”. Estemos atentos: si no soy
capaz de decir “Padre” a Dios, no soy capaz de rezar. Debemos aprender a decir “Padre”, o sea, a ponernos en su presencia con confianza filial.  

o   Pero necesitamos ser humildes, reconocerse hijos, descansar en el Padre, fiarse de Él. La primera actitud es la confianza.

Pero para poder aprender, hay que reconocer humildemente que necesitamos ser instruidos, y decir con sencillez: Señor, enséñanos a rezar. Este es el primer punto: ser humildes, reconocerse hijos, descansar en el Padre, fiarse de Él. Para entrar en el Reino de los cielos es necesario hacerse
pequeños como niños, en el sentido de que los niños saben fiarse, saben que alguien se preocupará de ellos, de lo que comerán, de lo que vestirán, etc. (cfr. Mt 6,25-32). Esa es la primera actitud: confianza, como el niño con sus padres; saber que Dios se acuerda de ti, cuida de ti, de ti, de mí, de todos.

o   La segunda predisposición, también propia de los niños, es dejarse sorprender, maravillar.

La segunda predisposición, también propia de los niños, es dejarse sorprender. El niño siempre hace mil preguntas porque desea descubrir el mundo; y se maravilla hasta de las cosas pequeñas, porque todo es nuevo para él. Para entrar en el Reino de los cielos hay que dejarse maravillar. En nuestra relación con el Señor, en la oración –pregunto–, ¿nos dejamos maravillar, o pensamos que la oración es hablar a Dios como hacen los papagayos? No, es fiarse y abrir el corazón para dejarse maravillar. ¿Nos dejamos sorprender por Dios que es siempre el Dios de las sorpresas? Porque el encuentro con el Señor es siempre un encuentro vivo, no un encuentro de museo. Es un encuentro vivo, y nosotros vamos a Misa no a un museo. Vamos a un encuentro vivo con el Señor.
§  El deseo de renacer, la alegría de recomenzar para encontrar al Señor.
En el Evangelio se habla de un tal Nicodemo (Jn 3,1-21), un hombre mayor, una autoridad en Israel, que va a Jesús para conocerlo; y el Señor le habla de la necesidad de “renacer de lo alto” (cfr. v. 3). Pero, ¿qué significa? ¿Se puede “renacer”? ¿Volver a tener el gusto, la alegría, la maravilla de la vida, es posible, incluso ante tantas tragedias? Esta es una pregunta fundamental de
nuestra fe y es el deseo de todo verdadero creyente: el deseo de renacer, la alegría de recomenzar. ¿Tenemos ese deseo? ¿Cada uno de nosotros tiene ganas de renacer siempre para encontrar al Señor? ¿Tenéis vosotros ese deseo? Porque se puede perder fácilmente ya que, a causa de tantas
actividades, de tantos planes que poner en marcha, al final nos queda poco tiempo y perdemos de vista lo que es fundamental: la vida de nuestro corazón, nuestra vida espiritual, nuestra vida que es encuentro con el Señor en la oración.
§  El Señor nos sorprende mostrándonos que nos ama también en nuestras debilidades.
En la Eucaristía el Señor encuentra nuestra fragilidad.
En realidad, el Señor nos sorprende mostrándonos que nos ama también en nuestras debilidades. «Jesucristo […] es la víctima de expiación por nuestros pecados; y no solo por los nuestros, sino también por lo de todo el mundo» (1Jn 2,2). Ese don, fuente de verdadero consuelo –aunque el Señor nos perdona siempre–, nos consuela, es un auténtico consuelo, es un don que se
nos da a través de la Eucaristía, ese banquete nupcial donde el Esposo encuentra nuestra fragilidad. ¿Puedo decir que cuando comulgo en Misa, el Señor encuentra mi fragilidad? ¡Sí! ¡Podemos decirlo porque es verdad! El Señor encuentra nuestra fragilidad para llevarnos a nuestra primera llamada: la
de ser a imagen y semejanza de Dios. Ese es el ambiente de la Eucaristía, eso es la oración.

Vida Cristiana




domingo, 26 de noviembre de 2017

EL REY: por Santiago Agrelo

Con razón lo llamas “Rey del universo”, pues lo es. Pero no te engañes a ti mismo haciendo de tu Rey un trasunto perfeccionado de los reyes del mundo.

Tu rey –tu Dios- es tu pastor: A donde tú vas, él va contigo. Si te pierdes –porque en nuestra libertad está perdernos-, no dejará de buscarte, seguirá tu rastro, te recogerá si te has descarriado, te vendará si te encuentra herida…

Tu rey –tu Dios- es tu pastor: Con él, nada te falta; te conduce hacia fuentes tranquilas y repara tus fuerzas.

Así, buscándote, recogiéndote, vendando tus heridas, así reinará el que tiene que reinar hasta que Dios haga de sus enemigos estrado de sus pies.

Y si yo, oveja perdida, descarriada, me pregunto cuándo me encontrará mi Pastor, cuándo podré honrar con mi amor a mi Rey, él mismo me dice: hónrame en los pobres, acúdeme en su necesidad, visítame y abrázame en su soledad.

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Ayer, treinta emigrantes perecieron ahogados en el Mar Mediterráneo.

Hace dos días, más de 300 personas murieron asesinadas mientras oraban en una mezquita.

Hoy no sé cuántos son los que van a morir de hambre.

Tampoco puedo contar los que hoy van a ser explotados, vejados, esclavizados, violados, maltratados, humillados, asesinados…

Sólo quiero recordar, por si todavía queda alguien que no lo sepa, que esas víctimas son El Rey, son El Señor, son el que nos ha de juzgar “cuando venga en su gloria el Hijo del hombre”.

Domingo 34 del Tiempo Ordinario, Jesucristo, Rey del universo (2017), Año A.



Ø Domingo 34 del Tiempo Ordinario, Jesucristo, Rey del universo (2017), Año A. La frase «Cristo reina» tiene su equivalente en la profesión de fe: «Jesús es el Señor». Algunos textos de la Escritura en los que se afirma que «Jesucristo es el Señor». Jesús es el Buen Pastor. Lo afirmó con sus palabras y lo hizo con sus gestos. El Señor cuida de nosotros también a través de los sacramentos. Seremos juzgados según el amor al prójimo. Reinar es servir, y servir es reinar.

v  Cfr. Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, Año A

26 de  noviembre de 2017 - Mateo 25, 31-46; Ezequiel 34, 11-12.15-17; Sal 22, 1-3.5.6; 1 Corintios 15, 20-26-28
Ezequiel 34, 11-12. 15-17: 11 Así dice el Señor Dios: «Yo mismo buscaré  mi  rebaño y lo apacentaré. 12
Como recuenta un pastor su rebaño, cuando está en medio de sus ovejas que se han dispersado, así recontaré mis ovejas y las recogeré de todos los lugares por donde se dispersaron en día de niebla y de oscuridad. 15 Yo mismo apacentaré mis ovejas, y las haré descansar, dice el Señor Dios. 16 Buscaré la oveja perdida, haré volver a la descarriada; vendaré a la que esté  herida y curaré a la enferma. Tendré cuidado de la bien nutrida y de la fuerte. Las pastorearé con rectitud. 17 A vosotros, rebaño mío, así dice el Señor: Yo juzgo  entre oveja y oveja, entre carneros y machos cabríos.»
Sal 22, 1-2a. 2b-3. 5. 6 (R.: 1) - R. El Señor es mi pastor, nada me falta.  1 El Señor es mi pastor, nada
me falta: 2 en verdes praderas me hace reposar. R.  Me conduce hacia aguas tranquilas;  3 reconforta mi alma; me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre. R. 5 Preparas una mesa para mí, frente a mis adversarios; unges mi cabeza con óleo, y mi copa rebosa. R. 6 Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida, y habitaré en la casa del Señor por dilatados días. R.
Mateo 25, 31-46: 31 En aquel tiempo,' dijo Jesús a sus discípulos: -«Cuando venga en su gloria el Hijo del
hombre, y todos los ángeles con él, se sentará en el trono de su gloria, 32 y serán reunidas ante él todas las naciones. Él separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas de las cabras. 33 Y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda. 34 Entonces dirá el rey a los de su derecha: "Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. 35 Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, 36 estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme." 37 Entonces los justos le contestarán: "Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; 38 ¿cuándo te vimos peregrino y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; 39 ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?» 40 Y el rey les dirá: «Os aseguro que cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis».  41 Y entonces dirá a los de su izquierda: "Apartaos de mi, malditos, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, fui forastero y no me hospedasteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me visitasteis. " Entonces también éstos contestarán: "Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?" Y él replicará: «Os aseguro que cada vez que no lo hicisteis con uno de éstos, los humildes, tampoco lo hicisteis conmigo». 46 Y éstos irán al castigo eterno, y los justos a la vida eterna.»

La institución de la solemnidad de Cristo Rey es bastante reciente. Fue establecida por el Papa Pío XI en 1925 para hacer frente  al ateísmo y totalitarismos  que se estaban extendiendo en la época. Pero aunque la institución de la fiesta sea reciente, no lo es su contenido ni su idea central, que es antiquísima y nace, se puede decir, con el cristianismo. La frase: «Cristo reina» tiene su equivalente en la profesión de fe: «Jesús es el Señor», que ocupa un lugar central en la predicación de los apóstoles [1].  Además, el reinado de Cristo no se entiende en sentido político, sino que  se trata del señorío del Señor en nuestras en nuestras vidas. Así en la oración colecta de este domingo, ciclo A, se pide que “toda criatura, liberada de la esclavitud del pecado, le sirva y alabe sin fin”.
La frase «Cristo reina» tiene su equivalente
en la profesión de fe: «Jesús es el Señor» (Cfr. Filipenses 3, 8-11),
que ocupa un lugar central en la predicación de los Apóstoles.

Y toda lengua confiese: «¡Jesucristo es Señor!»,
para gloria de Dios Padre.
(Filipenses 2, 11)

1. Algunos textos de la Escritura en los que se afirma que «Jesucristo es el Señor»

-          Romanos 10, 9
“Porque si confiesas con tu boca: «Jesús es el Señor», y crees en tu corazón que Dios le resucitó de entre los muerto, te salvarás”. 
-          2 Corintios 4,5
      “No nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como Señor, y a nosotros como
       siervos por Jesús.”
                        El único objeto de la predicación de Pablo es la verdad de Jesucristo, sin
                          componendas ni concesiones (Nuevo Testamento, EUNSA 2004, Nota a 4, 1-6)
-          Juan 20, 28: “Respondió Tomás y le dijo: ¿Señor mío y Dios mío!”
-          Hechos 2, 36: “Por tanto, sepa con seguridad toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús, a quien vosotros crucificasteis”.
-          1 Corintios 1,9: “Fiel es Dios, por quien fuisteis llamados a la unión con su Hijo Jesucristo, Señor nuestro”
-          1 Corintios 8, 6: “Para nosotros no hay más que un solo Dios, el Padre, de quien todo procede y para quien somos nosotros, y un solo Señor, Jesucristo, por quien son todas las cosas, y nosotros también por él”.
-          1 Corintios 12, 3: “Os declaro que nadie que hable en el Espíritu de Dios dice: «¡Anatema Jesús»!, y nadie puede decir: «¡Señor Jesús!, sino por el Espíritu Santo.” 
-    Filipenses 2,11: “Y toda lengua confiese: «¡Jesucristo es el Señor!», para gloria de Dios Padre”.

2. Jesús actualiza la profecía de Ezequiel: se presenta a sí mismo como «el buen Pastor».

  • Biblia de Jerusalén, Ezequiel 34: “La imagen del rey-pastor es antigua en el patrimonio literario de
Oriente. Jeremías la aplicó a los reyes de Israel, para censurarles por haber cumplido mal sus funciones (Jeremías 2,8; 10,21; 23,1-3), y para anunciar que Dios daría a su pueblo nuevos pastores que le apacentaran con justicia (Jeremías 3,15; 23,4), y entre esos pastores un «germen» (Jeremías 23, 5-6), el Mesías.”

v  Jesús es el Buen Pastor

o   Lo afirmó con sus palabras y lo hizo con sus gestos.

  •  S. Biblia, Libros proféticos, Ez 34, 1-31, EUNSA, 2002:  “Jesús retomará esta imagen como
muy adecuada para expresar su función mesiánica  y salvadora  (Juan 10, 1-8, el Buen Pastor), y su cometido de Juez supremo y escatológico (cf. Mateo 25, 31-46). Pero el Señor no sólo lo afirmó con sus palabras, también lo hizo con sus gestos. Cuando en la multiplicación de los panes (cfr. Marcos 6, 33-34 y par.), Jesús reúne a los que le seguían porque estaban «como ovejas que no tienen pastor» (Marcos 6,34; cfr. Ezequiel 34,5), y les alimenta con la palabra de su enseñanza, está actualizando esta profecía de Ezequiel, en la que se prometía un nuevo rey, un  verdadero pastor, y una Nueva Alianza. Él es, pues, el pastor que congrega a todos los hombres para llevarlos a la salvación.

o   Jesús se presenta a sí mismo como «el buen Pastor», no sólo de Israel, sino de todos los hombres Y su vida es una manifestación ininterrumpida, es más, una realización diaria de su «caridad pastoral».

·         Juan Pablo II, Exhortación Apostólica «Pastores dabo vobis», n. 22: “La imagen de Jesucristo,
Pastor de la Iglesia, su grey, vuelve a proponer, con matices nuevos y más sugestivos, los mismos contenidos de la imagen de Jesucristo, Cabeza y Siervo. Verificándose el anuncio profético del Mesías Salvador, cantado gozosamente por el salmista y por el profeta Ezequiel (cf. Sal 22-23; Ez 34, 11ss), Jesús se presenta a sí mismo como «el buen Pastor» (Jn 10, 11.14), no sólo de Israel, sino de todos los hombres (cf. Jn 10, 16). Y su vida es una manifestación ininterrumpida, es más, una realización diaria de su «caridad pastoral». Él siente compasión de las gentes, porque están cansadas y abatidas, como ovejas sin pastor (cf. Mt 9, 35-36); él busca las dispersas y las descarriadas (cf. Mt 18, 12-14) y hace fiesta al encontrarlas, las recoge y defiende, las conoce y llama una a una (cf. Jn 10, 3), las conduce a los pastos frescos y a las aguas tranquilas (cf. Sal 22-23), para ellas prepara una mesa, alimentándolas con su propia vida. Esta vida la ofrece el buen Pastor con su muerte y resurrección, como canta la liturgia romana de la Iglesia: «Ha resucitado el buen Pastor que dio la vida por sus ovejas y se dignó morir por su grey. Aleluya».(Misal Romano, Antífona de comunión de la Misa del IV domingo de Pascua)”.

o   El Señor cuida de nosotros también a través de los sacramentos.

·         El salmo 22/23, que se recita hoy en la liturgia de la Palabra, también expresa muy bien el contenido
del pastoreo por parte del Señor. Este salmo se ha aplicado frecuentemente a la vida sacramental, especialmente al Bautismo y a la Eucaristía; el Señor cuida de nosotros también a través de los sacramentos. En los vv. 1-3, el Señor aparece como pastor; en los vv. 5-6, como anfitrión. No sólo se recita en la Solemnidad de Cristo Rey, para expresar que es quien guía y protege a la Iglesia, sino también en la solemnidad del Sagrado Corazón, resaltando así la bondad y la misericordia de Dios, que se manifiesta en la humanidad de Cristo. El salmo responsorial trata de la imagen de Dios como pastor que protege y da hospitalidad al fugitivo que es perseguido por los enemigos.

2. Jesús es juez

v  Evangelio de hoy: seremos juzgados según el amor al prójimo. La pertenencia al reino de Cristo es consecuencia de la acogida del hermano necesitado. Hay  que reconocer a Cristo en nuestros hermanos los hombres. 

·         Evangelio. El Señor concede su reino a quienes viven las seis obras de misericordia a favor del
prójimo señaladas en san Mateo. Ya en El Antiguo Testamento aparecen esas invitaciones a favor del prójimo: dar de comer a los hambrientos y vestir al desnudo (cfr. Isaías 58, 7; Ezequiel 18,7); visitar a los enfermos (cfr. Sirácida 7, 35); dar de beber al sediento (cfr. Job 22,7); dar hospitalidad a los extranjeros (Isaías 58,7).
·         Catecismo de la Iglesia Católica, n. 678: (...)  “La actitud con respecto al prójimo revelará la
acogida o el rechazo de la gracia y del amor divino (Cf Mateo 5, 22; 7, 1-5). Jesús dirá en el último día: «Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mateo 25, 40).”
·         S. Teresa de Jesús, Moradas del Castillo Interior, 5,3.7-8. El amor a Dios se demuestra en el
amor al prójimo: “Si amamos a Dios no se puede saber (aunque hay indicios grandes para entender que le amamos), mas el amor del prójimo sí. Y estad ciertas que mientras más en éste os viereis aprovechadas, más lo estáis en el amor de Dios; porque es tan grande el que Su Majestad nos tiene, que en pago del que tenemos al prójimo, hará que crezca el que tenemos a Su Majestad por mil maneras; en esto yo no puedo dudar” .
·         Es Cristo que pasa, 111: “Todas las situaciones por las que atraviesa nuestra vida nos traen un
mensaje divino, nos piden una respuesta de amor, de entrega a los demás. «Cuando venga el Hijo del Hombre ... Y el Rey en respuesta les dirá: en verdad os digo, siempre que lo hicisteis con algunos de estos mis hijos más pequeños hermanos, conmigo lo hicisteis» (Mateo 25, 31-40). Hay que reconocer a Cristo, que nos sale al encuentro, en nuestros hermanos los hombres. Ninguna vida humana es una vida aislada, sino que se entrelaza con otras vidas. Ninguna persona es un verso suelto, sino que formamos todos parte de un mismo poema divino, que Dios escribe con el concurso de nuestra libertad”.

3. Reinar es servir y servir es reinar: una característica de la vocación cristiana.

v  El Hijo del Hombre ha venido a servir y a dar su vida: la realeza de Cristo no se debe entender con conceptos humanos.

·         Se puede decir que las características de su reino son diversas a las de los reinos mundanos. Su reino es
un reino de servicio: el Hijo del Hombre «no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en redención de muchos» (Mateo 20, 28).
·         Gianfranco Ravasi, Secondo le Scritture Anno A, Piemme  novembre 1995, p. 311:  “el reino de
Cristo no ha sido inaugurado con un solemne desfile militar sino con el arresto del soberano. No ha sido presentado al mundo con una grandiosa ceremonia de entronización, sino con una crucifixión y con una cruz como trono. (...) Los poderosos frecuentemente están rodeados de cortesanos ávidos y corrompidos. Por el contrario, “debéis tener bien claro – advierte San Pablo – que ningún fornicario o impúdico, o avaro, que es como un adorador de ídolos, puede heredar el Reino de Cristo y de Dios (Efesios 5,5) (...)”.

v  El “poder” de Jesucristo Rey

Cfr. Benedicto XVI, Rezo del Angelus, 22 de noviembre de 2009

o   Es el poder divino de dar la vida eterna, de librar del mal, de vencer el dominio de la muerte. Es el poder del Amor, que sabe sacar el bien del mal, ablandar un corazón endurecido, llevar la paz al conflicto más violento, encender la esperanza en la oscuridad más densa. Este Reino de la gracia nunca se impone y siempre respeta nuestra libertad.

·         (…) ¿En qué consiste el "poder" de Jesucristo Rey? No es el poder de los reyes y de los grandes
de este mundo; es el poder divino de dar la vida eterna, de librar del mal, de vencer el dominio de la muerte. Es el poder del Amor, que sabe sacar el bien del mal, ablandar un corazón endurecido, llevar la paz al conflicto más violento, encender la esperanza en la oscuridad más densa. Este Reino de la gracia nunca se impone y siempre respeta nuestra libertad. Cristo vino "para dar testimonio de la verdad" (Juan 18, 37) —como declaró ante Pilato—: quien acoge su testimonio se pone bajo su "bandera", según la imagen que gustaba a san Ignacio de Loyola. Por lo tanto, es necesario —esto sí— que cada conciencia elija: ¿a quién quiero seguir? ¿A Dios o al maligno? ¿La verdad o la mentira? Elegir a Cristo no garantiza el éxito según los criterios del mundo, pero asegura la paz y la alegría que sólo él puede dar. Lo demuestra, en todas las épocas, la experiencia de muchos hombres y mujeres que, en nombre de Cristo, en nombre de la verdad y de la justicia, han sabido oponerse a los halagos de los poderes terrenos con sus diversas máscaras, hasta sellar su fidelidad con el martirio.

v  La vocación cristiana es participación en la realeza de Cristo 

o   Una característica de la dignidad de la vocación cristiana es la de participar en la «realeza de Cristo»; esta dignidad se expresa en la disponibilidad para servir.  

  • Juan Pablo II, Enc. Redemptor hominis, n. 21: “El  Concilio Vaticano II, construyendo desde la
misma base la imagen de la Iglesia como Pueblo de Dios  - a través de la indicación de la triple misión del mismo Cristo, participando en ella, nosotros formamos verdaderamente parte del pueblo de Dios -  ha puesto de relieve también esta característica de la vocación cristiana, que puede definirse « real ». Para presentar toda la riqueza de la doctrina conciliar, haría falta citar numerosos capítulos y párrafos de la Constitución Lumen gentium y otros documentos conciliares. En medio de tanta riqueza, parece que emerge un elemento: la participación en la misión real de Cristo, o sea el hecho de re-descubrir en sí y en los demás la particular dignidad de nuestra vocación, que puede definirse como « realeza ». Esta dignidad se expresa en la disponibilidad a servir, según el ejemplo de Cristo, que « no ha venido para ser servido, sino para servir ». Si, por consiguiente, a la luz de esta actitud de Cristo se puede verdaderamente « reinar » sólo « sirviendo », a la vez el « servir » exige tal madurez espiritual que es necesario definirla como el « reinar ». Para poder servir digna y eficazmente a los otros, hay que saber dominarse, es necesario poseer las virtudes que hacen posible tal dominio. Nuestra participación en la misión real de Cristo --concretamente en su « función real » (munus)-- está íntimamente unida a todo el campo de la moral cristiana y a la vez humana”.

4. Una respuesta del Papa Francisco a la pregunta sobre quién es Jesús para él.

     Entrevista, 24 de septiembre de 2016 – Cfr. ACIPRENSA 28 Oct. 16 

v  Yo soy el Señor 

                  Cfr. Ezequiel 16, 62 - 63 [2]
-  “Jesús para mi es Aquel que me ha mirado con misericordia y me ha salvado. Mi relación con Él tiene siempre este principio y fundamento. Jesús ha dado sentido a mi vida aquí en la tierra, y esperanza para la vida futura. Con la misericordia me ha mirado, me ha tomado, me ha puesto en camino… Y me ha dado una gracia importante: la gracia de la vergüenza.
Mi vida espiritual está toda escrita en el capítulo 16 de Ezequiel. Especialmente en los versos finales, cuando el Señor revela que establecerá su alianza con Israel diciéndole: ‘tú sabrás que yo soy el Señor, para que te acuerdes y te avergüences, y para que en tu confusión no te atrevas a abrir la boca, cuando yo te haya perdonado todo lo que has hecho’.
La vergüenza es positiva: te hace actuar, pero te hace entender cuál es tu lugar, quién eres, impidiendo toda soberbia y vanagloria”.


Vida Cristiana




[1] Cfr. R. Cantalamessa, Famiglia Cristiana, 21/XI/2004.
[2] Nota de la redacción de Vida Cristiana. Texto completo de los versículos de Ezequiel 16,  62- 63. “Yo estableceré mi alianza contigo y sabrás que yo soy el Señor, con el fin de que te acuerdes y te avergüences, y no vuelvas a abrir la boca, a causa de tu ignominia, cuando te haya perdonado todas las cosas que hiciste, oráculo del Señor Dios”.
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