sábado, 16 de diciembre de 2017

Papa Francisco, Catequesis sobre la Misa (4) En la Audiencia general del Miércoles, 13 de diciembre de 2017. La Santa Misa - 4. ¿Por qué ir a Misa el domingo?



Ø Eucaristía. Catequesis de Papa Francisco sobre la Misa (4) (2017). Los cristianos vamos a Misa el domingo para encontrar al Señor resucitado, o mejor para dejarnos encontrar por Él, escuchar su palabra, alimentarnos de su mesa, y así ser Iglesia, o sea, su Cuerpo místico vivo en el mundo. El encuentro dominical con el Señor nos da la fuerza para vivir el hoy con confianza y valentía y de ir adelante con esperanza. ¿Qué podemos responder a quien dice que no hay que ir a Misa, ni siquiera el domingo, porque lo importante es vivir bien, amar al prójimo?


v  Cfr. Papa Francisco, Catequesis sobre la  Misa (4)

En la Audiencia general del Miércoles, 13 de diciembre de 2017.  
La Santa Misa - 4. ¿Por qué ir a Misa el domingo?  

Queridos hermanos y hermanas, buenos días.

v  Los cristianos vamos a Misa el domingo para encontrar al Señor resucitado, o mejor para dejarnos encontrar por Él, escuchar su palabra, alimentarnos de su mesa, y así ser Iglesia, o sea, su Cuerpo místico vivo en el mundo.

o   Lo comprendieron, desde la primera hora, los discípulos de Jesús.

§  ¿Qué domingo es, para un cristiano, aquel en el que falta el encuentro con el Señor?
Retomo el camino de catequesis sobre la Misa, y hoy nos preguntamos: ¿por qué ir a Misa el domingo? La celebración dominical de la Eucaristía está en el centro de la vida de la Iglesia
(cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2177). Los cristianos vamos a Misa el domingo para encontrar al Señor resucitado, o mejor para dejarnos encontrar por Él, escuchar su palabra, alimentarnos de su mesa, y así ser Iglesia, o sea, su Cuerpo místico vivo en el mundo.
Lo comprendieron, desde la primera hora, los discípulos de Jesús, que celebraban el encuentro eucarístico con el Señor en el día de la semana que los judíos llamaban “el primero de la semana” y los romanos “día del sol”, porque aquel día Jesús había resucitado de entre los muertos y se había aparecido a los discípulos, hablando con ellos, comiendo con ellos, dándoles el Espíritu Santo (cfr. Mt 28,1; Mc 16,9.14; Lc 24,1.13; Jn 20,1.19), como hemos oído en la Lectura bíblica.
También la gran efusión del Espíritu en Pentecostés sucedió en domingo, a los cincuenta días de la resurrección de Jesús. Por estas razones, el domingo es un día santo para nosotros, santificado por la celebración eucarística, presencia viva del Señor entre nosotros y por nosotros.
¡Es la Misa, pues, la que hace el domingo cristiano! El domingo cristiano gira en torno a la Misa. ¿Qué domingo es, para un cristiano, aquel en el que falta el encuentro con el Señor?

o   Qué hacer cuando una comunidad cristiana no puede gozar de la Misa cada domingo.

§  Algunas sociedades secularizadas han perdido el sentido cristiano del domingo iluminado por la Eucaristía.
Es necesario reavivar la conciencia, para recuperar el significado de la fiesta.
Hay comunidades cristianas que, desgraciadamente, no pueden gozar de la Misa cada domingo; pero incluso esas, en este santo día, están llamadas a recogerse en oración en el nombre del Señor, escuchando la Palabra de Dios y manteniendo vivo el deseo de la Eucaristía.
Algunas sociedades secularizadas han perdido el sentido cristiano del domingo iluminado por la Eucaristía. ¡Qué pena! En esos contextos es necesario reavivar la conciencia, para recuperar el significado de la fiesta, el significado de la alegría, de la comunidad parroquial, de la solidaridad, del descanso que restaura el alma y el cuerpo (cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2177- 2188). De todos estos valores es maestra la Eucaristía, domingo a domingo.
Por eso el Concilio Vaticano II quiso recordar que «el domingo es la fiesta primordial, que debe presentarse e inculcarse a la piedad de los fieles, de modo que sea también día de alegría y de liberación del trabajo» (Sacrosanctum Concilium, 106).
§  Abstenerse de trabajar el domingo no existía en los primeros siglos: es una aportación específica del cristianismo.
Abstenerse de trabajar el domingo no existía en los primeros siglos: es una aportación específica del cristianismo. Por tradición bíblica, los judíos descansan el sábado, mientras que en la sociedad romana no estaba previsto un día semanal para abstenerse de labores serviles. Fue el sentido cristiano de vivir como hijos y no como esclavos, animado por la Eucaristía, quien hizo del
domingo –casi universalmente– el día de descanso.

v  El encuentro dominical con el Señor nos da la fuerza para vivir el hoy con confianza y valentía y de ir adelante con esperanza.

Sin Cristo estamos condenados a ser dominados por el cansancio de lo ordinario, con sus preocupaciones, y los miedos del mañana. El encuentro dominical con el Señor nos da la fuerza para vivir el hoy con confianza y valentía y de ir adelante con esperanza. Por eso, los cristianos vamos a encontrar al Señor el domingo, en la celebración eucarística.
La Comunión eucarística con Jesús, Resucitado y Vivo para siempre, anticipa el domingo sin ocaso, cuando ya no habrá fatiga ni dolor ni luto ni lágrimas, sino solo la alegría de vivir plenamente y para siempre con el Señor. También de este santo reposo nos habla la Misa del domingo, enseñándonos, en el fluir de la semana, a confiarnos en las manos del Padre que está en los cielos.

o   ¿Qué podemos responder a quien dice que no hay que ir a Misa, ni siquiera el domingo, porque lo importante es vivir bien, amar al prójimo?

¿Qué podemos responder a quien dice que no hay que ir a Misa, ni siquiera el domingo, porque lo importante es vivir bien, amar al prójimo? Es verdad que la cualidad de la vida cristiana se mide por la capacidad de amar, como dijo Jesús: «En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tenéis amor los unos por los otros» (Jn 13,35); pero, ¿cómo podemos practicar el Evangelio sin obtener la energía necesaria para hacerlo, un domingo tras otro, de la fuente inagotable de la Eucaristía?
No vamos a Misa para darle algo a Dios, sino para recibir de Él lo que de verdad necesitamos. Lo recuerda la plegaria de la Iglesia, que se dirige así a Dios: «Pues, aunque no necesitas nuestra alabanza, ni nuestras bendiciones te enriquecen, tú inspiras y haces tuya nuestra acción de gracias, para que nos sirva de salvación» (Misal Romano, Prefacio común
IV).
En conclusión, ¿por qué ir a Misa el domingo? No basta responder que es un precepto de la Iglesia; esto ayuda a proteger el valor, pero solo no basta. Los cristianos necesitamos participar en la Misa dominical porque solo con la gracia de Jesús, con su presencia viva en nosotros y entre nosotros, podemos poner en práctica su mandamiento, y así ser sus testigos creíbles.






Vida Cristiana

Papa Francisco, Catequesis sobre la Misa (3) En la Audiencia General del Miércoles, 22 de noviembre de 2017 La Santa Misa - 3. La Misa es el memorial del Misterio pascual de Cristo




Ø Eucaristia. La Misa (3) es el memorial del Misterio pascual de Cristo. Catequesis de Papa

Francisco. En la Audiencia General del miércoles 22 de noviembre de 2017. «No es solamente el recuerdo de los acontecimientos del pasado, sino  que se hacen, en cierta forma, presentes y actuales» «La obra de nuestra redención se efectúa cuantas veces se celebra en el altar el sacrificio de la cruz». A través de la celebración eucarística el Espíritu Santo nos hace partícipes de la vida divina que es capaz de transfigurar todo nuestro ser mortal. En la Misa nos unimos a Él. Es más, Cristo vive en nosotros y nosotros vivimos en Él. Cuando participamos en la Misa: ¿nos permitiríamos charlar, hacer fotografías, hacer un poco de espectáculo? ¡No! ¡Porque es Jesús! La Misa es volver al calvario, no es un espectáculo.


v  Cfr. Papa Francisco, Catequesis sobre la Misa (3)

En la Audiencia General del Miércoles, 22 de noviembre de 2017
                  La Santa Misa - 3. La Misa es el memorial del Misterio pascual de Cristo

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

v  La Misa es el memorial del Misterio pascual de Cristo.

o   «No es solamente el recuerdo de los acontecimientos del pasado, sino  que se hacen, en cierta forma, presentes y actuales»

§  «La obra de nuestra redención se efectúa cuantas veces se celebra en el altar el sacrificio de la cruz»
Prosiguiendo con las Catequesis sobre la Misa, podemos preguntarnos: ¿qué es esencialmente la Misa? La Misa es el memorial del Misterio pascual de Cristo. Nos hace
partícipes de su victoria sobre el pecado y la muerte, y da significado pleno a nuestra vida.
Por eso, para comprender el valor de la Misa debemos ante todo entender el significado bíblico de “memorial”. Que «no es solamente el recuerdo de los acontecimientos del pasado, sino […que] se hacen, en cierta forma, presentes y actuales. De esta manera Israel entiende su liberación de Egipto: cada vez que es celebrada la pascua, los acontecimientos del Éxodo se hacen presentes
a la memoria de los creyentes a fin de que conformen su vida a estos acontecimientos.» (Catecismo de la Iglesia Católica, 363).
Jesucristo, con su pasión, muerte, resurrección y ascensión al cielo llevó a cumplimiento la
Pascua. Y la Misa es el memorial de su Pascua, de su “éxodo”, que realizó por nosotros, para hacernos salir de la esclavitud e introducirnos en la tierra prometida de la vida eterna. No es solo un recuerdo, no, es más: es hacer presente lo que pasó hace veinte siglos.
La Eucaristía nos lleva siempre al vértice de la acción de salvación de Dios: el Señor Jesús, haciéndose pan partido para nosotros, derrama sobre nosotros toda su misericordia y su amor, como hizo en la cruz, para renovar nuestro corazón, nuestra existencia y nuestro modo de relacionarnos con Él y con los hermanos. Dice el Concilio Vaticano II: «La obra de nuestra redención se
efectúa cuantas veces se celebra en el altar el sacrificio de la cruz, por medio del cual “Cristo nuestra Pascua ha sido inmolado” (1 Co 5,7)» (Const. dogm. Lumen gentium, 3).
§  A través de la celebración eucarística el Espíritu Santo nos hace partícipes de la vida divina que es capaz de transfigurar todo nuestro ser mortal.
Cada celebración de la Eucaristía es un rayo de ese sol sin ocaso que es Jesús resucitado. Participar en la Misa, en particular el domingo, significa entrar en la victoria del Resucitado, ser iluminados por su luz, calentados por su calor. A través de la celebración eucarística el Espíritu Santo nos hace partícipes de la vida divina que es capaz de transfigurar todo nuestro ser mortal. Y en su paso de la muerte a la vida, del tiempo a la eternidad, el Señor Jesús nos arrastra también a nosotros con Él a hacer Pascua. En la Misa se hace Pascua.
§  En la Misa nos unimos a Él. Es más, Cristo vive en nosotros y nosotros vivimos en Él.
Nosotros, en la Misa, estamos con Jesús, muerto y resucitado y Él nos lleva adelante, a la vida eterna. En la Misa nos unimos a Él. Es más, Cristo vive en nosotros y nosotros vivimos en Él. «Con Cristo estoy crucificado: vivo, pero ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Y la vida que vivo ahora en la carne la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Gal 2,19-20).
§  Nos libera no solo del dominio de la muerte física, sino de la muerte espiritual que es el mal, el pecado. Y nos devuelve la vida.
Así pensaba Pablo. Su sangre, en efecto, nos libera de la muerte y del miedo a la muerte. Nos libera no solo del dominio de la muerte física, sino de la muerte espiritual que es el mal, el pecado, que nos llega cada vez que caemos víctimas del pecado propio o ajeno. Y entonces nuestra vida queda contaminada, pierde belleza, pierde significado, se marchita.
En cambio, Cristo nos devuelve la vida; Cristo es la plenitud de la vida, y cuando afrontó la muerte la aniquiló para siempre: «Resucitando, destruyó la muerte y nos dio nueva vida» (Plegaria eucarística IV). La Pascua de Cristo es la victoria definitiva sobre la muerte, porque Él transformó su muerte en supremo acto de amor. ¡Murió por amor! Y en la Eucaristía, quiso comunicarnos su amor pascual, victorioso. Si lo recibimos con fe, también nosotros podemos amar verdaderamente a Dios y al próximo, podemos amar como Él nos amó, dando la vida.

Si el amor de Cristo está en mí, puedo darme plenamente al otro, con la certeza interior de que si también el otro tuviese que herirme yo no moriría; al revés, tendría que defenderme. Los mártires dieron su vida precisamente por esa certeza de la victoria de Cristo sobre la muerte. Solo si experimentamos ese poder de Cristo, el poder de su amor, seremos verdaderamente libres para
darnos sin miedo.

§  Cuando participamos en la Misa: ¿nos permitiríamos charlar, hacer fotografías, hacer un poco de espectáculo? ¡No! ¡Porque es Jesús!
La Misa es volver al calvario, no es un espectáculo.
Esto es la Misa: entrar en esa pasión, muerte, resurrección, ascensión de Jesús; cuando vamos a Misa es como si fuésemos al calvario, lo mismo. Pero pensad: si en el momento de la Misa vamos al calvario –pensemos con la imaginación– y si sabemos que ese hombre de ahí es
Jesús, ¿nos permitiríamos charlar, hacer fotografías, hacer un poco de espectáculo? ¡No! ¡Porque es Jesús! Seguro que estaríamos en silencio, o llorando, y también con la alegría de ser salvados.
            Cuando entramos en la iglesia para celebrar la Misa, pensemos esto: entro en el calvario, donde Jesús da su vida por mí. Y así desaparece el espectáculo, desaparecen los chismes, los comentarios y esas cosas que nos alejan de algo tan hermoso como es la Misa: el triunfo de Jesús.

Pienso que ahora está más claro cómo la Pascua se hace presente y operativa cada vez que celebramos la Misa, o sea, el sentido del memorial. La participación en la Eucaristía nos hace entrar en el misterio pascual de Cristo, llevándonos a pasar con Él de la muerte a la vida, es decir, ahí al calvario. La Misa es volver al calvario, no es un espectáculo.




Vida Cristiana

Papa Francisco, Catequesis sobre la Misa (2). En la Audiencia general del Miércoles, 15 de noviembre de 2017 La Santa Misa – 2. La Misa es oración.




Ø La Eucaristía. Catequesis de Papa Francisco. La Misa (2). La Misa es oración. 


v  Cfr. Papa Francisco, Catequesis  sobre la Misa (2).

En la Audiencia general del Miércoles, 15 de noviembre de 2017
La Santa Misa – 2. La Misa es oración.

Queridos hermanos y hermanas, buenos días.

v  La Misa es la oración más concreta pues es un encuentro con el señor

Continuamos con las catequesis sobre la Santa Misa. Para comprender la belleza de la celebración eucarística deseo empezar con un aspecto muy sencillo: la Misa es oración, es más, es la oración por excelencia, la más alta, la más sublime y, al mismo tiempo, la más “concreta”. Pues es el encuentro de amor con Dios mediante su Palabra y el Cuerpo y Sangre de Jesús. Es un encuentro con el Señor.

o   La oración es principalmente diálogo, trato personal con Dios.

§  Cristo, cuando llama a sus discípulos, los llama para que estén con Él. Así pues, esa es la gracia más grande: poder experimentar que la Misa, la Eucaristía es el momento privilegiado para estar con Jesús y, a través de Él, con Dios y con los hermanos.
Pero antes debemos responder a una pregunta. ¿Qué es exactamente la oración? Es principalmente diálogo, trato personal con Dios. Y el hombre fue creado como ser en relación personal con Dios que encuentra su plena realización solamente en el encuentro con su Creador. El camino de la vida es hacia el encuentro definitivo con el Señor.
El Libro del Génesis afirma que el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios, que es Padre e Hijo y Espíritu Santo, una relación perfecta de amor que es unidad. De esto podemos comprender que todos hemos sido creados para entrar en una relación perfecta de amor, en un continuo darnos y recibirnos para poder encontrar así la plenitud de nuestro ser.
Cuando Moisés, ante la zarza ardiente, recibe la llamada de Dios, le pregunta cuál es su nombre. ¿Y qué responde Dios? «Yo soy el que soy» (Ex 3,14). Esta expresión, en su sentido originario, expresa presencia y favor y, de hecho, Dios añade enseguida: «El Señor, el Dios de vuestros padres, Dios de Abraham, de Isaac, de Jacob» (v. 15). Y lo mismo Cristo, cuando llama a sus discípulos, los llama para que estén con Él. Así pues, esa es la gracia más grande: poder
experimentar que la Misa, la Eucaristía es el momento privilegiado para estar con Jesús y, a través de Él, con Dios y con los hermanos.

o   Rezar es también saber estar en silencio, para prepararnos al diálogo. El silencio es tan importante.

§  Los Evangelios nos muestran a Jesús que se retira a lugares apartados para rezar.
Y los  discípulos, viendo esta relación íntima con el Padre,  sienten el deseo de poder participar, y le piden: «Señor, enséñanos a orar»
Rezar, como todo auténtico diálogo, es también saber estar en silencio –en los diálogos hay momentos de silencio–, en silencio junto a Jesús. Y cuando vamos a Misa, quizá llegamos cinco minutos antes y empezamos a charlar con el que está al lado. Pero no es el momento de charlar: es el momento del silencio para prepararnos al diálogo. Es el momento de recogerse en el corazón para prepararse al encuentro con Jesús. ¡El silencio es tan importante!
Acordaos de lo que dije la semana pasada: no vamos a un espectáculo, vamos al encuentro con el Señor, y el silencio nos prepara y nos acompaña. Estar en silencio junto a Jesús. Y del misterioso silencio de Dios brota su Palabra que resuena en nuestro corazón. Jesús mismo nos enseña cómo es posible “estar” realmente con el Padre, y nos lo demuestra con su oración. Los Evangelios nos muestran a Jesús que se retira a lugares apartados para rezar; los discípulos, viendo esa íntima relación suya con el Padre, sienten el deseo de poder participar, y le piden: «Señor, enséñanos a orar» (Lc 11,1). Lo hemos oído antes en la Lectura, al inicio de la Audiencia. Jesús responde que lo primero que hace falta para rezar es saber decir “Padre”. Estemos atentos: si no soy
capaz de decir “Padre” a Dios, no soy capaz de rezar. Debemos aprender a decir “Padre”, o sea, a ponernos en su presencia con confianza filial.  

o   Pero necesitamos ser humildes, reconocerse hijos, descansar en el Padre, fiarse de Él. La primera actitud es la confianza.

Pero para poder aprender, hay que reconocer humildemente que necesitamos ser instruidos, y decir con sencillez: Señor, enséñanos a rezar. Este es el primer punto: ser humildes, reconocerse hijos, descansar en el Padre, fiarse de Él. Para entrar en el Reino de los cielos es necesario hacerse
pequeños como niños, en el sentido de que los niños saben fiarse, saben que alguien se preocupará de ellos, de lo que comerán, de lo que vestirán, etc. (cfr. Mt 6,25-32). Esa es la primera actitud: confianza, como el niño con sus padres; saber que Dios se acuerda de ti, cuida de ti, de ti, de mí, de todos.

o   La segunda predisposición, también propia de los niños, es dejarse sorprender, maravillar.

La segunda predisposición, también propia de los niños, es dejarse sorprender. El niño siempre hace mil preguntas porque desea descubrir el mundo; y se maravilla hasta de las cosas pequeñas, porque todo es nuevo para él. Para entrar en el Reino de los cielos hay que dejarse maravillar. En nuestra relación con el Señor, en la oración –pregunto–, ¿nos dejamos maravillar, o pensamos que la oración es hablar a Dios como hacen los papagayos? No, es fiarse y abrir el corazón para dejarse maravillar. ¿Nos dejamos sorprender por Dios que es siempre el Dios de las sorpresas? Porque el encuentro con el Señor es siempre un encuentro vivo, no un encuentro de museo. Es un encuentro vivo, y nosotros vamos a Misa no a un museo. Vamos a un encuentro vivo con el Señor.
§  El deseo de renacer, la alegría de recomenzar para encontrar al Señor.
En el Evangelio se habla de un tal Nicodemo (Jn 3,1-21), un hombre mayor, una autoridad en Israel, que va a Jesús para conocerlo; y el Señor le habla de la necesidad de “renacer de lo alto” (cfr. v. 3). Pero, ¿qué significa? ¿Se puede “renacer”? ¿Volver a tener el gusto, la alegría, la maravilla de la vida, es posible, incluso ante tantas tragedias? Esta es una pregunta fundamental de
nuestra fe y es el deseo de todo verdadero creyente: el deseo de renacer, la alegría de recomenzar. ¿Tenemos ese deseo? ¿Cada uno de nosotros tiene ganas de renacer siempre para encontrar al Señor? ¿Tenéis vosotros ese deseo? Porque se puede perder fácilmente ya que, a causa de tantas
actividades, de tantos planes que poner en marcha, al final nos queda poco tiempo y perdemos de vista lo que es fundamental: la vida de nuestro corazón, nuestra vida espiritual, nuestra vida que es encuentro con el Señor en la oración.
§  El Señor nos sorprende mostrándonos que nos ama también en nuestras debilidades.
En la Eucaristía el Señor encuentra nuestra fragilidad.
En realidad, el Señor nos sorprende mostrándonos que nos ama también en nuestras debilidades. «Jesucristo […] es la víctima de expiación por nuestros pecados; y no solo por los nuestros, sino también por lo de todo el mundo» (1Jn 2,2). Ese don, fuente de verdadero consuelo –aunque el Señor nos perdona siempre–, nos consuela, es un auténtico consuelo, es un don que se
nos da a través de la Eucaristía, ese banquete nupcial donde el Esposo encuentra nuestra fragilidad. ¿Puedo decir que cuando comulgo en Misa, el Señor encuentra mi fragilidad? ¡Sí! ¡Podemos decirlo porque es verdad! El Señor encuentra nuestra fragilidad para llevarnos a nuestra primera llamada: la
de ser a imagen y semejanza de Dios. Ese es el ambiente de la Eucaristía, eso es la oración.

Vida Cristiana




Papa Francisco, Catequesis sobre la Misa (1) En la Audiencia general del Miércoles, 8 de noviembre de 2017 La Santa Misa – 1. Introducción. La Eucaristía es el “corazón” de la Iglesia.



Ø La Eucaristía. Papa Francisco inicia una nueva serie de catequesis  - en las Audiencias generales de los miércoles - sobre la Eucaristía, el “corazón” de la Iglesia. La Eucaristía hace de nuestra vida un sacrificio espiritual de alabanza y de agradecimiento y hace de nosotros un solo cuerpo con Cristo. Crecer en el conocimiento del gran don que Dios nos ha dado en la Eucaristía. Participar en la Misa «es vivir otra vez la pasión y la muerte redentora del Señor”. Tantas veces vamos allí, miramos las cosas, chismorreamos entre nosotros mientras el sacerdote celebra la Eucaristía. ¿Por qué se hace la señal de la cruz y el acto penitencial al inicio de la Misa? Hay que enseñar a los niños a hacer bien la señal de la cruz. ¿Porqué las Lecturas en la Misa? ; ¿por qué se  dice “Levantemos el corazón”? y se levantan los móviles para hacer una foto? Es muy importante volver a los fundamentos, redescubrir lo que es esencial.


v  Cfr. Papa Francisco, Catequesis sobre la Misa (1)

En la Audiencia general del Miércoles, 8 de noviembre de 2017
La Santa Misa – 1. Introducción. La Eucaristía es el “corazón” de la Iglesia.

Queridos hermanos y hermanas, buenos días. Iniciamos hoy una nueva serie de catequesis, que dirigirá la mirada al “corazón” de la Iglesia, es decir, la Eucaristía. Es fundamental para los cristianos comprender bien el valor y el significado de la Santa Misa, para vivir cada vez más plenamente nuestro trato con Dios.

No podemos olvidar el gran número de cristianos que, en el mundo entero, en dos mil años de historia, han resistido hasta la muerte por defender la Eucaristía; y cuántos, todavía hoy, arriesgan su vida por participar en la Misa dominical.

En el año 304, durante las persecuciones de Diocleciano, un grupo de cristianos del norte de África fue sorprendido mientras celebraban la Misa en una casa y fueron arrestados. El procónsul romano, en el interrogatorio, les preguntó por qué lo habían hecho, sabiendo que estaba absolutamente prohibido. Y respondieron: «Sin el domingo no podemos vivir», que quería
decir: si no podemos celebrar la Eucaristía, no podemos vivir, nuestra vida cristiana moriría.

En efecto, Jesús dijo a sus discípulos: «Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna y yo lo resucitaré en el último día» (Jn 6,53-54).

Aquellos cristianos del norte de África fueron asesinados porque celebraban la Eucaristía. Han dejado el testimonio de que se puede renunciar a la vida terrena por la Eucaristía, porque esta nos da la vida eterna, haciéndonos partícipes de la victoria de Cristo sobre la muerte. Un testimonio que nos interpela a todos y pide una respuesta sobre qué significa para cada uno de nosotros participar en el Sacrificio de la Misa y acercarnos a la Mesa del Señor.

v  La Eucaristía hace de nuestra vida un sacrificio espiritual de alabanza y de agradecimiento y hace de nosotros un solo cuerpo con Cristo.

¿Estamos buscando esa fuente que “mana agua viva” para la vida eterna, que hace de nuestra vida un sacrificio espiritual de alabanza y de agradecimiento y hace de nosotros un solo cuerpo con Cristo? Ese es el sentido más profundo de la sagrada Eucaristía, que significa “acción de gracias”: agradecimiento a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo que nos implica y nos transforma en su
comunión de amor.

            En las próximas catequesis quisiera dar respuesta a algunas preguntas importantes sobre la Eucaristía y la Misa, para redescubrir, o descubrir, cómo a través de este misterio de la fe brilla el amor de Dios.

El Concilio Vaticano II estuvo fuertemente animado por el deseo de llevar a los cristianos a comprender la grandeza de la fe y la belleza del encuentro con Cristo. Por ese motivo, era necesario ante todo llevar a cabo, con la guía del Espíritu Santo, una adecuada renovación de la Liturgia, porque la Iglesia continuamente vive de ella y se renueva gracias a ella.

v  Fin de este ciclo de catequesis: crecer en el conocimiento del gran don que Dios nos ha dado en la Eucaristía.


Un tema central que los Padres conciliares subrayaron fue la formación litúrgica
de los fieles, indispensable para una verdadera renovación. Y ese es precisamente también el fin de este ciclo de catequesis que hoy iniciamos: crecer en el conocimiento del gran don que Dios nos ha dado en la Eucaristía.

v  Participar en la Misa «es vivir otra vez la pasión y la muerte redentora del Señor”.

o   Tantas veces vamos allí, miramos las cosas, chismorreamos entre nosotros mientras el sacerdote celebra la Eucaristía.

La Eucaristía es un acontecimiento maravilloso en el que Jesucristo, nuestra vida, se hace presente. Participar en la Misa «es vivir otra vez la pasión y la muerte redentora del Señor. Es una teofanía: el Señor se hace presente en el altar para ser ofrecido al Padre por la salvación del mundo» (Homilía en Santa Marta, 10-II- 2014). El Señor está ahí con nosotros, presente. Tantas veces
vamos allí, miramos las cosas, chismorreamos entre nosotros mientras el sacerdote celebra la Eucaristía…, y no celebramos cerca de Él. ¡Pero es el Señor! Si hoy viniese aquí el Presidente de la República o alguna persona muy importante del mundo, es seguro que todos estaríamos cerca de él, que nos gustaría saludarlo. Pues piensa: cuando vas a Misa, ¡allí está el Señor! Y tú estás distraído. ¡Es el Señor! Debemos pensar en esto. “Padre, es que las misas son aburridas” —“Pero qué dices, ¿el Señor es aburrido?” —“No, no, la Misa no, los curas” —“Ah, pues que se conviertan los curas, ¡pero es el Señor el que está ahí!”. ¿Entendido? No lo olvidéis. «Participar en la Misa es vivir otra
vez la pasión y la muerte redentora del Señor».

v  ¿Por qué se hace la señal de la cruz y el acto penitencial al inicio de la Misa?

o   Hay que enseñar a los niños a hacer bien la señal de la cruz.

            Probemos ahora a plantearnos algunas preguntas sencillas. Por ejemplo, ¿por qué se hace la señal de la cruz y el acto penitencial al inicio de la Misa? Y aquí quisiera hacer un paréntesis. ¿Habéis visto cómo los niños hacen la señal de la cruz? No sabes lo que hacen, si es la señal de la cruz o un garabato. Hacen así [hace un gesto confuso]. Hay que enseñar a los niños a hacer bien la señal de la cruz. Así comienza la Misa, así comienza la vida, así comienza la jornada. Eso quiere decir que somos redimidos con la cruz del Señor. Mirad a los niños y enseñadles a hacer bien la señal de la cruz.

v  ¿Porqué las Lecturas en la Misa? ; ¿porqué se dice “Levantemos el corazón”? y se levantan los móviles para hacer una foto?


Y las Lecturas, en la Misa, ¿porqué están ahí? ¿Porqué se leen el domingo tres Lecturas y los demás días dos? ¿Porqué están ahí, qué significa la Lectura de la Misa? ¿Porqué se leen y
qué pintan ahí?

O bien, ¿porqué en determinado momento el sacerdote que preside la celebración dice: “Levantemos el corazón?”. No dice: “¡Levantemos los móviles para hacer una foto!”. ¡No, eso sería feo! Y os digo que a mí me da mucha tristeza cuando celebro aquí en la Plaza o en la Basílica y veo tantos móviles levantados, no solo de los fieles, también de algunos curas e incluso obispos. ¡Por favor!
La Misa no es un espectáculo: es ir a encontrar la pasión y la resurrección del Señor. Por eso el sacerdote dice: “Levantemos el corazón”. ¿Qué quiere decir eso? Acordaos: ¡nada de móviles!

v  Es muy importante volver a los fundamentos, redescubrir lo que es esencial.


Es muy importante volver a los fundamentos, redescubrir lo que es esencial, a través de lo que se toca y se ve en la celebración de los Sacramentos. La petición del apóstol santo Tomás (cfr. Jn 20,25), de poder ver y tocar las heridas de los clavos en el cuerpo de Jesús, es el deseo de poder de algún modo “tocar” a Dios para creer en Él. Lo que santo Tomás pide al Señor es lo que todos necesitamos: verlo, tocarlo para poderlo reconocer. Los Sacramentos salen al encuentro de esta exigencia humana. Los Sacramentos, y la celebración eucarística de modo particular, son las señales del amor de Dios, las vías privilegiadas para encontrarnos con Él.

Así, a través de estas catequesis que hoy comienzan, quisiera redescubrir junto a vosotros la belleza que se esconde en la celebración eucarística, y que, una vez desvelada, da sentido pleno a la vida de cada uno.
Que la Virgen nos acompañe en este nuevo tramo de camino. Gracias.




VIDA CRISTIANA

Ángelus del Papa Francisco Domingo, 11 de diciembre de 2016



Ø «Estad siempre alegres en el Señor». Dios ha entrado en la historia para liberarnos de la esclavitud

del pecado; ha puesto su tienda en medio de nosotros para compartir nuestra existencia, curar nuestras llagas, vendar nuestras heridas y darnos la vida nueva. La alegría es el fruto de esa intervención de salvación y de amor de Dios.

Ángelus del Papa Francisco
Domingo, 11 de diciembre de 2016

Queridos hermanos y hermanas, buenos días. Hoy celebramos el tercer domingo de Adviento, caracterizada por la invitación de san Pablo: «Estad siempre alegres en el Señor: os lo repito, estad alegres, el Señor está cerca» (Fil 4,4-5). No es una alegría superficial o puramente emotiva, a la que nos exhorta el Apóstol, y mucho menos la mundana o la alegría del consumismo. No, no es esa, sino que se trata de una alegría más auténtica, de la que estamos llamados a descubrir su sabor. El sabor de la verdadera alegría. Es una alegría que toca lo íntimo de nuestro ser, mientras esperamos a Jesús que ya vino a traer la salvación al mundo, el Mesías prometido, nacido en Belén de la Virgen María. La liturgia de la Palabra nos ofrece el contexto adecuado para comprender y vivir esta alegría. Isaías habla de desierto, de tierra árida, de estepa (cfr. 35,1); el profeta tiene ante sí manos débiles, rodillas vacilantes, corazones cobardes, ciegos, sordos y mudos (cfr. vv. 3-6). Es el cuadro de una situación de desolación, de un destino inexorable sin Dios.

Pero finalmente la salvación es anunciada: «Ánimo, no temáis —dice el Profeta— […] Mirad a vuestro Dios […] que viene a salvaros» (cfr. Is 35,4). Y en seguida todo se transforma: el desierto florece, el consuelo y la alegría invaden los corazones (cfr. vv. 5-6). Estas señales anunciadas por Isaías como reveladoras de la salvación ya presente, se realizan en Jesús. Él mismo lo afirma respondiendo a los mensajeros enviados por Juan Bautista. ¿Qué dice Jesús a esos mensajeros? «Los ciegos ven, y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios, y los sordos oyen; los muertos resucitan» (Mt 11,5). No son palabras, son hechos que demuestran que la salvación, traída por Jesús, llega a todo ser humano y lo regenera. Dios ha entrado en la historia para liberarnos de la esclavitud del pecado; ha puesto su tienda en medio de nosotros para compartir nuestra existencia, curar nuestras llagas, vendar nuestras heridas y darnos la vida nueva. La alegría es el fruto de esa intervención de salvación y de amor de Dios.

Estamos llamados a dejarnos involucrar por el sentimiento de exultación. Ese alborozo, esa alegría… Pero un cristiano que no esté alegre, algo le falta a ese cristiano, ¡o no es cristiano! La alegría del corazón, la alegría dentro que nos lleva adelante y nos da el valor. El Señor viene, viene a nuestra vida como liberador, viene a liberarnos de todas las esclavitudes interiores y externas. Es Él quien nos indica la senda de la fidelidad, de la paciencia y de la perseverancia porque, a su vuelta, nuestra alegría será plena. La Navidad está cerca, las señales de su aproximarse son evidentes por nuestras calles y en nuestras casas; también aquí en la Plaza se ha puesto el pesebre con el árbol al lado. Esas señales externas nos invitan a acoger al Señor que siempre viene y llama a nuestra puerta, llama a nuestro corazón, para estar con nosotros; nos invitan a reconocer sus pasos entre los hermanos que nos pasan al lado, especialmente los más débiles y necesitados.

Hoy estamos invitados a gozar por la venida inminente de nuestro Redentor; y estamos llamados a compartir esa alegría con los demás, dando consuelo y esperanza a los pobres, a los enfermos, a las personas solas e infelices. Que la Virgen María, la “sierva del Señor”, nos ayude a escuchar la voz de Dios en la oración y a servirle con compasión en los hermanos, para llegar dispuestos a la cita con la Navidad, preparando nuestro corazón para acoger a Jesús.



Vida Cristiana

La alegría humana y la participación en la alegría de Cristo. Cfr. Pablo VI, Exhortación Apostólica «Gaudete in Domino», 9 de mayo de 1975.


Ø La alegría humana y la participación en la alegría de Cristo.

      Cfr. Pablo VI, Exhortación Apostólica «Gaudete in Domino», 9 de mayo de 1975.


v  Existen diversos grados en la «felicidad». Las alegrías naturales - humanas - y la alegría en Cristo.


·         n. 6. Como es sabido, existen diversos grados en esta «felicidad». Su expresión más noble es la
alegría o «felicidad» en sentido estricto, cuando el hombre, a nivel de sus facultades superiores, encuentra su satisfacción en la posesión de un bien conocido y amado [Cf. SanTomás, Suma teológica, I-II, q. 31, a. 3]. De esta manera el hombre experimenta la alegría cuando se halla en armonía con la naturaleza y sobre todo la experimenta en el encuentro, la participación y la comunión con los demás. Con mayor razón conoce la alegría y felicidad espirituales cuando su espíritu entra en posesión de Dios, conocido y amado como bien supremo e inmutable [Santo Tomás, ibíd. II-II, q. 28, a. 1 y 4]. Poetas, artistas, pensadores, hombres y mujeres simplemente disponibles a una cierta luz interior, pudieron, antes de la venida de Cristo, y pueden en nuestros días, experimentar de alguna manera la alegría de Dios.

o   La sociedad tecnológica ha logrado multiplicar las ocasiones de placer, pero encuentra muy difícil engendrar la alegría.

·         n. 8. La sociedad tecnológica ha logrado multiplicar las ocasiones de placer, pero encuentra
muy difícil engendrar la alegría. Porque la alegría tiene otro origen. Es espiritual. El dinero, el confort, la higiene, la seguridad material no faltan con frecuencia; sin embargo, el tedio, la aflicción, la tristeza forman parte, por desgracia, de la vida de muchos. Esto llega a veces hasta la angustia y la desesperación que ni la aparente despreocupación ni el frenesí del gozo presente o los paraísos artificiales logran evitar. ¿Será que nos sentimos impotentes para dominar el progreso industrial y planificar la sociedad de una manera humana? ¿Será que el porvenir aparece demasiado incierto y la vida humana demasiado amenazada? ¿O no se trata más bien de soledad, de sed de amor y de compañía no satisfecha, de un vacío mal definido?

o   El cristiano podrá purificar, completar y sublimar las alegrías naturales, pero no puede despreciarlas. La alegría cristiana supone un hombre capaz de alegrías naturales. Frecuentemente Cristo ha anunciado el Reino de los Cielos a partir de ellas.

·         n. 12. Sería también necesario un esfuerzo paciente para aprender a gustar simplemente las
múltiples alegrías humanas que el Creador pone en nuestro camino: la alegría exultante de la existencia y de la vida; la alegría del amor honesto y santificado; la alegría tranquilizadora de la naturaleza y del silencio; la alegría a veces austera del trabajo esmerado; la alegría y satisfacción del deber cumplido; la alegría transparente de la pureza, del servicio, del saber compartir; la alegría exigente del sacrificio. El cristiano podrá purificarlas, completarlas, sublimarlas: no puede despreciarlas. La alegría cristiana supone un hombre capaz de alegrías naturales. Frecuentemente, ha sido a partir de éstas como Cristo ha anunciado el Reino de los cielos.

o   El hombre puede verdaderamente entrar en la alegría acercándose a Dios y apartándose del pecado.

·         n. 15. El hombre puede verdaderamente entrar en la alegría acercándose a Dios y apartándose
del pecado. Sin duda alguna «la carne y la sangre» son incapaces de conseguirlo (cf Mt 16, 17). Pero la Revelación puede abrir esta perspectiva y la gracia puede operar esta conversión. Nuestra intención es precisamente invitaros a las fuentes de la alegría cristiana. ¿Cómo podríamos hacerlo sin ponernos nosotros mismos frente al designio de Dios y a la escucha de la Buena Nueva de su Amor?.

o   La alegría de Jesús

§  El, palpablemente, ha conocido, apreciado, ensalzado toda una gama de alegrías humanas, de esas alegrías sencillas y cotidianas que están al alcance de todos.
·         n. 23. Hagamos ahora un alto para contemplar la persona de Jesús, en el curso de su vida
terrena. El ha experimentado en su humanidad todas nuestras alegrías. El, palpablemente, ha conocido, apreciado, ensalzado toda una gama de alegrías humanas, de esas alegrías sencillas y cotidianas que están al alcance de todos. La profundidad de su vida interior no ha desvirtuado la claridad de su mirada, ni su sensibilidad. Admira los pajarillos del cielo y los lirios del campo. Su mirada abarca en un instante cuanto se ofrecía a la mirada de Dios sobre la creación en el alba de la historia. El exalta de buena gana la alegría del sembrador y del segador; la del hombre que halla un tesoro escondido; la del pastor que encuentra la oveja perdida o de la mujer que halla la dracma; la alegría de los invitados al banquete, la alegría de las bodas; la alegría del padre cuando recibe a su hijo, al retorno de una vida de pródigo; la de la mujer que acaba de dar a luz un niño. Estas alegrías humanas tienen para Jesús tanta mayor consistencia en cuanto son para él signos de las alegrías espirituales del Reino de Dios: alegría de los hombres que entran en este Reino, vuelven a él o trabajan en él, alegría del Padre que los recibe. Por su parte, el mismo Jesús manifiesta su satisfacción y su ternura, cuando se encuentra con los niños deseosos de acercarse a él, con el joven rico, fiel y con ganas de ser perfecto; con amigos que le abren las puertas de su casa como Marta, María y Lázaro.
§  La felicidad mayor de Jesús: ver la acogida que se da a la Palabra, la liberación de los posesos, la conversión de una mujer pecadora y de un publicano como Zaqueo, la generosidad de la viuda.
Su felicidad mayor es ver la acogida que se da a la Palabra, la liberación de los posesos, la conversión de una mujer pecadora y de un publicano como Zaqueo, la generosidad de la viuda. El mismo se siente inundado por una gran alegría cuando comprueba que los más pequeños tienen acceso a la revelación del Reino, cosa que queda escondida a los sabios y prudentes (Lc 10,21). Sí, «habiendo Cristo compartido en todo nuestra condición humana, menos en el pecado» [Plegaria eucarística n. IV; cf. Heb 4,15], él ha aceptado y gustado las alegrías afectivas y espirituales, como un don de Dios. Y no se concedió tregua alguna hasta que no «hubo anunciado la salvación a los pobres, a los afligidos el consuelo» (cf. Lc 14,18). El evangelio de Lucas abunda de manera particular en esta semilla de alegría. Los milagros de Jesús, las palabras del perdón son otras tantas muestras de la bondad divina: la gente se alegraba por tantos portentos como hacía (cf. Lc 13,17) y daba gloria a Dios. Para el cristiano, como para Jesús, se trata de vivir las alegrías humanas, que el Creador le regala, en acción de gracias al Padre.
§  El secreto de la insondable alegría que Jesús lleva dentro de sí: es el amor inefable con que se sabe amado por su Padre.
·         n. 24. Aquí nos interesa destacar el secreto de la insondable alegría que Jesús lleva dentro de sí
y que le es propia. Es sobre todo el evangelio de san Juan el que nos descorre el velo, descubriéndonos las palabras íntimas del Hijo de Dios hecho hombre. Si Jesús irradia esa paz, esa seguridad, esa alegría, esa disponibilidad, se debe al amor inefable con que se sabe amado por su Padre. Después de su bautismo a orillas del Jordán, este amor, presente desde el primer instante de su Encarnación, se hace manifiesto: «Tu eres mi hijo amado, mi predilecto» (Lc 3,22). Esta certeza es inseparable de la conciencia de Jesús. Es una presencia que nunca lo abandona (cf. Jn 16,32). Es un conocimiento íntimo el que lo colma: «El Padre me conoce y yo conozco al Padre» (Jn 10,15). Es un intercambio incesante y total: «Todo lo que es mío es tuyo, y todo lo que es tuyo es mío» (Jn 17,19). El Padre ha dado al Hijo el poder de juzgar y de disponer de la vida. Entre ellos se da una inhabitación recíproca: «Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí» (Jn 14,10). En correspondencia, el Hijo tiene para con el Padre un amor sin medida: «Yo amo al Padre y procedo conforme al mandato del Padre» (Jn 14,31). Hace siempre lo que place al Padre, es ésta su «comida» (cf. Jn 8,29; 4,34). Su disponibilidad llega hasta la donación de su vida humana, su confianza hasta la certeza de recobrarla: «Por esto me ama el Padre, porque yo entrego mi vida, para recobrarla de nuevo» (Jn 10,17). En este sentido, él se alegra de ir al padre. No se trata, para Jesús, de una toma de conciencia efímera: es la resonancia, en su conciencia de hombre, del amor que él conoce desde siempre, en cuanto Dios, en el seno de Padre: «Tú me has amado antes de la creación del mundo» (Jn 17,24). Existe una relación incomunicable de amor, que se confunde con su existencia de Hijo y que constituye el secreto de la vida trinitaria: el Padre aparece en ella como el que se da al Hijo, sin reservas y sin intermitencias, en un palpitar de generosidad gozosa, y el Hijo, como el que se da de la misma manera al Padre con un impulso de gozosa gratitud, en el Espíritu Santo.

o   La participación en la alegría de  Cristo de los discípulos y de todos cuantos creen en Cristo. Es la alegría del Reino de Dios, que es concedida a lo largo de un camino escarpado y que requiere una confianza total en el Padre y en el Hijo.


·         n. 25. De ahí que los discípulos y todos cuantos creen en Cristo, estén llamados a participar de
esta alegría. Jesús quiere que sientan dentro de sí su misma alegría en plenitud: «Yo les he revelado tu nombre, para que el amor con que tú me has amado esté en ellos y también yo esté en ellos» (Jn 17,26).

·         n. 26.  Esta alegría de estar dentro del amor de Dios comienza ya aquí abajo. Es la alegría del Reino de
Dios. Pero es una alegría concedida a lo largo de un camino escarpado, que requiere una confianza total en el Padre y en el Hijo, y dar una preferencia a las cosas del Reino. El mensaje de Jesús promete ante todo la alegría, esa alegría exigente; ¿no se abre con las bienaventuranzas? «Dichosos vosotros los pobres, porque el Reino de los cielos es vuestro. Dichosos vosotros lo que ahora pasáis hambre, porque quedaréis saciados. Dichosos vosotros, los que ahora lloráis, porque reiréis» (Lc 6,20-21).



Vida Cristiana


Dom. 3º de Adviento ciclo B (2017) 17 diciembre 2017 - Isaías 61, 1-2.10-11; 1 Tesalonicenses 5, 16-24; Salmo responsorial : Magnificat, Lucas 1, 46-50.53-54


Domingo 3º de Adviento (2017) Ciclo B. La alegría. La alegría natural  y la alegría en el Señor.  Estad siempre alegres en el Señor (Filipenses 4, 4-5). La  alegría de los cristianos es fruto del Espíritu Santo, que  es el «iconógrafo», quien imprime en el hombre la imagen de Cristo.  La alegría en María proviene de que se siente amada por el Creador. La alegría sobrenatural procede de abandonarnos en los brazos amorosos de nuestro Padre-Dios. El cristiano podrá purificar, completar y sublimar las alegrías naturales, pero no puede despreciarlas. La alegría cristiana supone un hombre capaz de alegrías naturales. Frecuentemente Cristo ha anunciado el Reino de los Cielos a partir de ellas. El hombre puede verdaderamente entrar en la alegría acercándose a Dios y apartándose del pecado.


v  Cfr.  Dom. 3º de Adviento ciclo B (2017)

17 diciembre 2017Isaías 61, 1-2.10-11; 1 Tesalonicenses 5, 16-24; Salmo responsorial : Magnificat,  Lucas 1, 46-50.53-54

Isaías 61, 10-11: 10 «Reboso de gozo en el Señor, y mi alma se alegra en mi Dios, porque me ha vestido con  ropaje de salvación, con manto de justicia me ha envuelto,  como novio que se ciñe de diadema, como novia se adorna con sus joyas. 11 Lo mismo que la tierra echa sus brotes, y el huerto hace germinar sus semillas, así el Señor Dios  hace germinar la justicia y la alabanza ante todas las naciones.»
1 Tesalonicenses 5, 16-24: “16 Estad siempre alegres.17 Orad sin cesar. 18 Dad gracias a Dios por todo, porque eso es lo que Dios quiere de  vosotros en Cristo Jesús. 19 No extingáis el Espíritu, 20 ni despreciéis las profecías; 21 sino examinad todas las cosas, retened lo bueno 22 y apartaos de toda clase de mal. 23 Que Él, Dios de la paz, os santifique plenamente, y que vuestro ser entero  -  espíritu, alma y cuerpo – se mantenga sin mancha hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo. 24 El que os llama es fiel, y por eso lo cumplirá.
Del Salmo responsorial, Lucas 1, 47.49: Se alegra mi espíritu en Dios mi salvador, porque ha hecho en mí cosas grandes el Todopoderoso  (Magnificat de la Virgen, en el Salmo responsorial de hoy.)

Estad siempre alegres en el Señor;
os lo repito, estad alegres.
(Antífona de entrada de la Misa, Filipenses 4, 4-5).
Reboso de gozo en el Señor,
Y mi alma se alegra en mi Dios,
porque me ha revestido con ropaje de salvación.
(Isaías 61,10. Primera Lectura)
Se alegra mi espíritu en Dios mi salvador,
porque ha hecho en mí cosas grandes el Todopoderoso.
(Lucas 1, 47-49. Magnificat de la Virgen, Salmo responsorial de hoy)

1. La motivación de la alegría cristiana: el obrar de Dios en la historia a nuestro favor.

·         La motivación o fuente  de la alegría cristiana es clara: es el obrar de Dios en la historia, y,
concretamente,  porque “nos ha vestido con ropaje de salvación, porque nos ha envuelto con ropaje de justicia”; en la Biblia justicia equivale a santidad.   
Así lo afirma la Virgen en su conocidísimo Canto del Magnificat que nos legó San Lucas en su evangelio: “Se alegra mi espíritu en Dios mi salvador”. Como la Virgen habla de una experiencia gozosa en su vida - «porque ha hecho en mí cosas grandes el Todopoderoso» (Lucas 1, 49)-, así nosotros pedimos a Dios que nos haga ver los verdaderos tesoros en nuestra vida, que Él nos ha dado. También en este tiempo que nos ha tocado vivir, los cristianos hemos de procurar “elevar nuestros sentimientos y afectos” de modo que no pongamos el fundamento de nuestra alegría en algo que forme parte  exclusivamente de la precariedad de esta vida, sino en los bienes y tesoros que dan el sentido cristiano a nuestras vidas.
·         Se trata de una alegría que es fruto del Espíritu Santo, que es el «iconógrafo», es decir, quien dibuja en
nosotros la imagen de Cristo. San Pablo afirma  en su Carta a los Gálatas (5,22): “Los frutos del Espíritu Santo son: la caridad, el gozo, la  paz ..... ”.
·         Se entiende que el mismo Pablo pueda decir que “estoy lleno de consuelo y sobreabundo de gozo  en
todas nuestras tribulaciones” (2 Corintios 7,4), afirmando que “no consiste el Reino de Dios en comer ni beber, sino que es justicia, paz y alegría en el Espíritu Santo” (Romanos 14,17).
Por ello es necesario elevar los sentimientos y afectos para encontrar la alegría cristiana.   “Los justos se alegran, se deleitan en la presencia de Dios y se gozan con alegría” (Salmo 68 [Vg 67], 4).
§  La alegría cristiana procede  del abandono en Dios
·         Camino 659: La alegría que debes tener no es esa que podríamos llamar fisiológica, de animal sano, sino
otra sobrenatural, que procede de abandonar todo y abandonarte en los brazos amorosos de nuestro Padre-Dios.

2. La alegría y el júbilo en María provienen de que se siente amada por el Creador [1]

    II, pp. 5-32

El cántico de María contiene una mirada nueva sobre Dios y sobre el mundo: en la primera parte, que comprende los versículos 46-50, en consonancia con lo que ha tenido lugar en ella, la mirada de María se pone en Dios; en la segunda parte, que comprende los restantes versículos, su mirada se pone en el mundo y en la historia.

v  Una nueva mirada sobre Dios (vv. 46-50)  pp. 9-13


o   Dios se presenta como «misterio tremendo y fascinante», tremendo por su majestad y fascinante por su bondad. El Dios Santo y Poderoso es, al mismo tiempo, mi salvador.

§  En el Magnificat ha quedado «plasmada» para siempre una experiencia de Dios sin precedentes y sin parangón en la historia. 
            El primer movimiento del Magnificat es hacia Dios; Dios tiene el primado absoluto sobre todo.  María no tarda en responder al saludo de Isabel; no entra en diálogo con los hombres, sino con Dios.  No se detiene en nada intermedio, sino que de inmediato se fija en Dios.  Ella recoge su alma y deja que se sumerja en el infinito, en Dios.  En el Magnificat ha quedado «plasmada» para siempre una experiencia de Dios sin precedentes y sin parangón en la historia.  (…) Se ve a Dios como «Adonai» (que dice mucho más que nuestro «Señor» con el que se traduce), como «Dios», como «Poderoso» y, sobre todo, como Qâdôsh, «Santo»: Su nombre es Santo.  Una palabra que envuelve todo ese silencio espantoso.  (…)

o   El conocimiento de Dios provoca, por reacción y contraste, una nueva percepción y un nuevo conocimiento de uno mismo y del propio ser, que es el verdadero. En presencia de Dios, la criatura se conoce finalmente a sí misma en la verdad. «Que te conozca a ti y me conozca a mí» (San Agustín).

El conocimiento de Dios provoca, por reacción y contraste, una nueva percepción y un nuevo conocimiento de uno mismo y del propio ser, que es el verdadero.  (…) En presencia de Dios, pues, la criatura se conoce finalmente a sí misma en la verdad.  Y vemos que así sucede también en el Magnificat.  María se siente «mirada» por Dios, entra ella misma en aquella mirada, se ve como la ve Dios. ¿Y cómo se ve a sí misma bajo esta luz divina?  Como «pequeña» («humildad» aquí significa realmente pequeñez y bajeza, no alude a la virtud de la humildad) y como «Sierva».  Se percibe como un pequeño nada al que Dios se ha dignado mirar.
            (…) San Agustín oraba a Dios diciendo: «Que te conozca a ti y me conozca a mí» (Noverim te, noverim me) [2].  Ninguno de los dos conocimientos puede prescindir del otro: el conocimiento de Dios, sin el conocimiento de uno mismo generaría presunción; el conocimiento de uno mismo, sin el conocimiento de Dios generaría desesperación.
§  María inaugura el «misterio de la piedad»: el pecado, la impiedad consiste en no glorificar ni dar gracias a Dios, sino en vanagloriarse de los propios pensamientos, poniendo a la criatura en el mismo plano que el Creador.
            En las palabras de María brilla, pues, con una nueva luz, la verdad de las cosas; es «liberada la verdad que estaba prisionera de la injusticia» (cfr.  Romanos 1, 18ss.). El pecado - dice san Pablo- es la impiedad; es tener prisionera la verdad de Dios en la injusticia, y consiste en no glorificar ni dar gracias a Dios, sino en vanagloriarse de los propios pensamientos, poniendo a la criatura en el mismo plano que el Creador.  María inaugura el «misterio de la piedad» que será realizado divinamente por el Hijo.  Ella reconoce a Dios como Dios y a sí misma como criatura de Dios, reconoce la infinita distancia que existe entre ambos; todo lo atribuye a Dios y nada a sí misma, no sólo en el campo del ser, sino también en el del obrar.  Por eso dice: Ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso.  Dios es el autor, el agente principal; ella es sólo el «lugar» («en mí») en el que Dios actúa, aunque es un lugar libre que, por esa misma razón, colabora con Dios con su disponibilidad absoluta y con su sí.  María «ha reconocido el poder y la majestad de Dios sobre Israel» (cfr.  Salmo 68, 35).  (…)
§  La alegría y el júbilo en María provienen de que se siente amada por el Creador
(…) Mi espíritu se alegra... Alegría incontenible de la verdad, alegría por el obrar divino, alegría de la alabanza pura y gratuita.  (…) El júbilo de Maria  es el júbilo de la criatura que se siente amada por el Creador (…)

3. La alegría en san Pablo, en la «Domenica Gaudete» [3] (Así llamado el III domingo de Adviento), en el corazón de la liturgia del Adviento: «estad siempre alegres en el Señor. El Señor está cerca» (Antífona de entrada de la Misa).

 Cfr. Benedicto XVI, Meditación, 3 de octubre de 2005

v  Una alegría más grande que el sufrimiento y la tribulación.

      Aquí sentimos el motivo del por qué Pablo con todos sus sufrimientos, con todas sus tribulaciones sólo podía decir a los demás «Estad siempre alegres en el Señor»: lo podía decir porque en él mismo la alegría era presente «Estad siempre alegres en el Señor».
            Si el amado, el amor, el más grande don de mi vida, está cerca de mí, si puedo estar convencido que quien me ama está cerca de mí, aunque esté afligido, queda en el fondo del corazón la alegría que es más grande que todos los sufrimientos.

o   Para todos nosotros son verdaderas las palabras del Apocalipsis [4]: llamo a tu puerta, escúchame, ábreme. Es una invitación a darnos cuenta de la presencia del Señor que llama a nuestra puerta.

            El apóstol puede decir «gaudete» (alegraos) porque el Señor está cerca de cada uno de nosotros. Y así este imperativo, en realidad, es una invitación a darse cuenta de la presencia del Señor en nosotros. Es la conciencia de la presencia del Señor. El apóstol busca hacernos conscientes de esta presencia de Cristo - escondida pero bastante real - en cada uno de nosotros. Para todos nosotros son verdaderas las palabras del Apocalipsis: llamo a tu puerta, escúchame, ábreme.
§  Una alegría más potente que todas las tristezas del mundo, de nuestra misma vida.
            Es, por esto, una invitación a ser sensibles por esta presencia del Señor que toca a mi puerta. No debemos ser sordos ante Él, porque los oídos de nuestros corazones están tan llenos de tantos ruidos del mundo que no podemos escuchar esta silenciosa presencia que toca a nuestras puertas. Reflexionemos, en el mismo momento, si estamos realmente dispuestos a abrir las puertas de nuestro corazón; o quizás nuestro corazón está lleno de tantas otras cosas que no hay espacio para el Señor y por el momento no tenemos tiempo para el Señor. Y así, insensibles, sordos ante su presencia, llenos de otras cosas, no escuchamos lo esencial: Él toca a la puerta, está cerca de nosotros y así está cerca la verdadera alegría que es más potente que todas las tristezas del mundo, de nuestra misma vida”.  (…)

4. Aún en las etapas duras de la vida, la alegría siempre permanece al menos como un brote de luz que nace de la certeza personal de ser infinitamente amado.

Cfr. Exhortación Apostólica  de Francisco «Evangelii gaudium» (24 de noviembre de 2013)

n. 6. Hay cristianos cuya opción parece ser la de una Cuaresma sin Pascua. Pero reconozco que la alegría no se vive del mismo modo en todas las etapas y circunstancias de la vida, a veces muy duras. Se adapta y se transforma, y siempre permanece al menos como un brote de luz que nace de la certeza personal de ser infinitamente amado, más allá de todo. Comprendo a las personas que tienden a la tristeza por las graves dificultades que tienen que sufrir, pero poco a poco hay que permitir que la alegría de la fe comience a despertarse, como una secreta pero firme confianza, aun en medio de las peores angustias: «Me encuentro lejos de la paz, he olvidado la dicha […] Pero algo traigo a la memoria, algo que me hace esperar. Que el amor del Señor no se ha acabado, no se ha agotado su ternura. Mañana tras mañana se renuevan. ¡Grande es su fidelidad! […] Bueno es esperar en silencio la salvación del Señor» (Lamentaciones 3,17.21-23.26).


5. Los primeros cristianos anunciaron la alegría de su comunión con Cristo

    Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica
·         n. 425. : «Anunciar... la inescrutable riqueza de Cristo» (Efesios 3, 8) -  La transmisión de la fe
cristiana es ante todo el anuncio de Jesucristo para llevar a la fe en El. Desde el principio, los primeros discípulos ardieron en deseos de anunciar a Cristo: «No podemos nosotros dejar de hablar de lo que hemos visto y oído» (Hechos 4, 20). Y ellos mismos invitan a los hombres de todos los tiempos a entrar en la alegría de su comunión con Cristo:
Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de vida -pues la Vida se manifestó, y nosotros la hemos visto y damos testimonio y os anunciamos la vida eterna, que estaba con el Padre y se nos manifestó-, lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos, para que también vosotros estéis en comunión con nosotros. Y nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo, Jesucristo. Os escribimos esto para que vuestro gozo sea completo (1 Juan 1, 1-4).
§  La Iglesia es comunión con Jesús, que nos asocia a su vida, dándonos parte en su alegría
·         n. 787: La Iglesia es comunión con Jesús - Desde el comienzo, Jesús asoció a sus discípulos a su
vida (Cf Marcos 1, 16-20; 3, 13-19; les reveló el Misterio del Reino (Cf Mateo 13, 10-17); les dio parte en su misión, en su alegría (Cf Lucas 10, 17-20) y en sus sufrimientos (Cf Lucas 22, 28-30). Jesús habla de una comunión todavía más íntima entre Él y los que le sigan: «Permaneced en mí, como yo en vosotros... Yo soy la vid y vosotros los sarmientos» (Juan 15, 4-5). Anuncia una comunión misteriosa y real entre su propio cuerpo y el nuestro: «Quien come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él» (Juan 6, 56).

Vida Cristiana


[1] Cfr. Salmo Responsorial de la Misa de hoy: Lucas 1, 46-48.49-50.53-54: “Proclama mi  alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador ….. “
[2] San Agustín, Sol. II, 1, 1; PL 32, 885.
[3] «Domenica gaudete»: Domingo del “alegraos”. Así se ha llamado tradicionalmente al domingo III de Adviento, por esas palabras  de san Pablo de la Carta a los Filipenses que aparecen en la Liturgia: en la Antífona de entrada  de la Carta a los Filipenses, y en la segunda Lectura de la Misa, de la Carta a los Tesalonicenses.   
[4] Nota de la redacción de Vida Cristiana: Apocalipsis 3, 20: «Mira, estoy a la puerta y llamo: si alguno escucha mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él, y él conmigo». “La imagen de Cristo llamando a la puerta es una de las más bellas y enternecedoras de la Biblia. (…) Es un modo de expresar el afán  divino que nos llama a una intimidad mayor, y lo hace de mil formas a lo largo de nuestra vida. «Poco a poco el amor de Dios se palpa- aunque no es cosa de sentimientos  -, como un zarpazo en el alma. Es Cristo que  nos persigue amorosamente: he aquí que estoy a la puerta y llamo» (San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n.8)”  (Nuevo Testamento, Eunsa  2004, Nota Apocalipsis 3, 14-22) 

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