sábado, 17 de febrero de 2018

Domingo 2º de Cuaresma, Año B (2018). La Transfiguración del Señor.




Ø Domingo 2º de Cuaresma, Año B (2018). La Transfiguración  del Señor. Tiene por finalidad fortalecer la fe de los Apóstoles ante la proximidad de la Pasión.


v  Cfr. 2º Domingo de Cuaresma, Año B, 25 de febrero de 2018

Génesis 22,1-2. 9-13.15-18; Romanos 8, 31b-34; Marcos 9, 2-10  

Génesis 22,1-2. 9-13.15-18: En aquellos días, Dios puso a prueba a Abrahán, llamándole: - «¡Abrahán!» Él respondió: - «Aquí me tienes.» Dios le dijo: - «Toma a tu hijo único, al que quieres, a Isaac, y vete al país de Moria y ofrécemelo allí en sacrificio, en uno de los montes que yo te indicaré.» Cuando llegaron al sitio que le había dicho Dios, Abrahán levantó allí el altar y apiló la leña, luego ató a su hijo Isaac y lo puso sobre el altar, encima de la leña. Entonces Abrahán tomó el cuchillo para degollar a su hijo; pero el ángel del Señor le gritó desde el cielo: «¡Abrahán! Abrahán!» Él contestó:- «Aquí me tienes.» El ángel le ordenó: - «No alargues la mano contra tu hijo ni le hagas nada. Ahora sé que temes a Dios, porque no te has reservado a tu hijo tu único hijo.» Abrahán levantó los ojos y vio un carnero enredado por los cuernos en la maleza. Se acercó, tomó el carnero y lo ofreció en sacrificio en lugar de su hijo. El ángel del Señor volvió a gritar a Abrahán desde el cielo: -- «Juro por mí mismo -oráculo del Señor-: Por haber hecho esto, por no haberte reservado tu hijo único, te bendeciré, multiplicaré a tus descendientes como las estrellas del cielo y como la arena de la playa. Tus descendientes conquistarán las puertas de las ciudades enemigas. Todos los pueblos del mundo se bendecirán con tu descendencia, porque me has obedecido.»

Marcos 9, 2-10: En aquel tiempo, Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos solos a un monte alto y se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo. Se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús. Entonces Pedro tomó la palabra y le dijo a Jesús: - «Maestro, ¡qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Ellas.» Estaban asustados, y no sabía lo que decía. Se formó una nube que los cubrió, y salió una voz de la nube: - «Éste es mi Hijo amado; escuchadlo».  De pronto, al mirar alrededor, no vieron a nadie más que a Jesús, solo con ellos. Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: - «No contéis a nadie lo que habéis visto, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.» Esto se les quedó grabado, y discutían qué querría decir aquello de «resucitar de entre los muertos».


La Transfiguración de Cristo tiene por finalidad
fortalecer la fe de los Apóstoles
 ante la proximidad de la Pasión
(Catecismo de la Iglesia Católica, n. 568)

1. La Transfiguración.

-          Los apóstoles vieron, por un instante, la gloria de Jesús, y enseguida volvieron a la «cuaresma de

la vida»: al riesgo de la fe, al silencio de Dios, a las pruebas. La perplejidad no ha sido eliminada, pero podemos continuar la búsqueda, caminar y esperar.  


En el breve espacio de tiempo de la Transfiguración Jesús desveló su gloria, reveló a los tres discípulos la realidad que estaba velada bajo la humanidad: la gloria de la divinidad.

En ese brevísimo espacio de tiempo de la Transfiguración, que Pedro quería que se hubiese eternizado, Jesús desveló su gloria, les hizo ver  la realidad que estaba velada bajo la humanidad, es decir, que Él es “resplandor de la gloria del Padre” (Cf. Hebreos 1,3), “Imagen de Dios invisible” (Colosenses 1,15).

Esta realidad queda reflejada  - casi inmediatamente antes de la Pasión - en un diálogo entre Jesús y Felipe (Cf. Juan 14, 7-10): “Le dice Felipe: «Señor, muéstranos al Padre  y nos basta». Le dice Jesús: « ¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces, Felipe?  El que me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú «Muéstranos al Padre»? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí?”.

Poco antes de ese milagro, Jesús ha predicho su pasión delante de  sus discípulos: “Y comenzó a enseñarles que el Hijo del Hombre debía padecer mucho, ser rechazado por los ancianos, por los príncipes de los sacerdotes y por los escribas, y ser llevado a muerte ....” (Marcos 8,31; Cf. Mateo 16, 21-28; Lucas 9, 22-27). Y sabemos cuál fue la reacción de Pedro: “Pedro, tomándolo aparte, se puso a reprenderle. Pero él se volvió y, mirando a sus discípulos, reprendió a Pedro y le dijo: - «¡Apártate de mí Satanás!, porque no sientes las cosas de Dios, sino las de los hombres” (Marcos 8, 32-33).
La dificultad que tiene  Pedro para aceptar el anuncio del Señor, también la tienen los otros apóstoles, según narra el Evangelio un poco más adelante: cuando el Señor predice – por segunda vez - su pasión tampoco ellos lo comprenden. Mateo nos dice en su Evangelio que “se pusieron muy tristes” (17,23), y Lucas afirma que “ellos no entendían este lenguaje, y les resultaba tan oscuro, que no lo comprendían; y temían preguntarle sobre este asunto” (9,45). (Cf. Catecismo n. 554). Sin embargo,  «es necesario que pasemos por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios» (Hechos 14,22) (Cf. Catecismo n. 556). 

Bastantes años después, San Pedro recordará el hecho de la Transfiguración en su segunda Carta (1,16-18): “Os hemos dado a conocer el poder y la venida futura de nuestro señor Jesucristo, no siguiendo fábulas ingeniosas, sino porque hemos sido testigos oculares de su majestad. En efecto, él fue honrado y glorificado por Dios Padre, cuando la suprema gloria le dirigió esta voz: «Éste es mi Hijo, el Amado, en quien tengo mis complacencias». Y esta voz venida del cielo la oímos nosotros estando con él en el monte santo”. [Cf. Mt 17,5).

·         Juan Pablo II, en su documento sobre el Rosario [1], propone la Transfiguración del Señor como uno de
los misterios de Luz, y resalta la misma finalidad del Catecismo, es decir, que los discípulos  se dispongan con la Transfiguración a vivir con Él el momento doloroso de la Pasión: “Misterio de luz por excelencia es la Transfiguración, que según la tradición tuvo lugar en el Monte Tabor. La gloria de la Divinidad resplandece en el rostro de Cristo, mientras el Padre lo acredita ante los apóstoles extasiados para que lo « escuchen » (cf. Lc 9, 35 par.) y se dispongan a vivir con Él el momento doloroso de la Pasión, a fin de llegar con Él a la alegría de la Resurrección y a una vida transfigurada por el Espíritu Santo” (n. 21).

·         Josef  Ratzinger – Benedicto XVI, Jesús de Nazaret [2]: «Su rostro resplandecía como el sol y
sus vestidos se volvieron blancos como la luz»

o   Jesús es Luz de Luz. Las vestiduras blancas: que llevarán los que serán salvados, porque han sido lavadas en la sangre del Cordero.

§  Las vestiduras de los elegidos son blancas porque han sido lavadas en la sangre del Cordero. A través del bautismo nos revestimos de luz con Jesús y nos convertimos nosotros mismos en luz.
«Y se transfiguró delante de ellos», dice simplemente Marcos, y añade, con un poco de torpeza y casi balbuciendo ante el misterio: «Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo» (9, 2s). Mateo utiliza ya palabras de mayor aplomo: «Su rostro resplandecía como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz» (17, 2). Lucas es el único que había mencionado antes el motivo de la subida: subió «a lo alto de una montaña, para orar»; y, a partir de ahí, explica el acontecimiento del que son testigos los tres discípulos: «Mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blanco» (9, 29).La transfiguración es un acontecimiento de oración; se ve claramente lo que sucede en la conversación de Jesús con el Padre: la íntima compenetración de su ser con Dios, que se convierte en luz pura. En su ser uno con el Padre, Jesús mismo es Luz de Luz. En ese momento se percibe también por los sentidos lo que es Jesús en lo más íntimo de sí y lo que Pedro trata de decir en su confesión: el ser de Jesús en la luz de Dios, su propio ser luz como Hijo. (…)
Las vestiduras de Jesús, blancas como la luz durante la transfiguración, hablan también de nuestro futuro. En la literatura apocalíptica, los vestidos blancos son expresión de criatura celestial, de los ángeles y de los elegidos. Así, el Apocalipsis de Juan habla de los vestidos blancos que llevarán los que serán salvados (cf. sobre todo 7, 9.13; 19, 14). Y esto nos dice algo más: las vestiduras de los elegidos son blancas porque han sido lavadas en la sangre del Cordero (cf. Ap 7, 14). Es decir, porque a través del bautismo se unieron a la pasión de Jesús y su pasión es la purificación que nos devuelve la vestidura original que habíamos perdido por el pecado (cf. Lc 15, 22). A través del bautismo nos revestimos de luz con Jesús y nos convertimos nosotros mismos en luz.

·         Gianfranco Ravasi, Secondo le Scritture [3]:  Los ojos de los apóstoles se asomaron, aunque sea por
un instante, al misterio escondido bajo la fisonomía histórica de ese hombre”.
“Podemos considerar la transfiguración como una epifanía que, en la mitad de la de la historia terrenal de Jesús de Nazaret, levanta el velo de su misterio. Este predicador ambulante que realiza actos extraños, cuya palabra es incandescente, que asombra, que escandaliza y fascina, es «el Hijo predilecto de Dios», como atestigua la voz que desciende de la  nube (p. 77).  (...)
El énfasis sobre sus vestidos deslumbrantes y muy blancos, que Marcos colorea pintorescamente con una de sus típicas anotaciones («tanto, que ningún batanero [4] en la tierra puede dejarlos así de blancos»), evoca un símbolo de la entronización del Hijo del hombre, figura mesiánica presentada en el libro de Daniel: en él Dios es representado con un «vestido blanco como nieve, el cabello  de su cabeza como lana pura» (7,9). Cristo, por tanto, participa del resplandecer de la divinidad y los ojos de los apóstoles se asoman, aunque sea por un instante, al misterio escondido bajo la fisonomía histórica de ese hombre. Y sus oídos escuchan la “voz venida del cielo estando con él en el monte santo” (2 Pedro 1,18) (p. 77).
§  Pero la visión dura como un relámpago, y enseguida vuelve el riesgo de la fe aunque ya se ha encendido algo en el corazón de los discípulos. La noche y la perplejidad no son eliminadas, pero podemos continuar la búsqueda, caminar y esperar.
Pero esta visión, que disipa dudas  e indecisiones con su luminosidad, dura sólo como un relámpago e inmediatamente vuelve el riesgo de la fe, la larga cuaresma de la búsqueda: «Y luego, mirando a su alrededor, ya no vieron a nadie: sólo a Jesús con ellos». Es  más, descendiendo del monte, Jesús  les ordenará que no cuenten a nadie aquella experiencia emocionante, y que piensen más bien al camino de la cruz que les espera, «escándalo para los judíos, necedad para los gentiles» (1 Co 1,23).  Jesús vuelve a ser un  hombre como los demás, más aún, un condenado a muerte que se está encaminando hacia un patíbulo infame. Y, sin embargo, algo se ha encendido en el corazón de los discípulos. Su camino ya no es el camino detrás de un predicador o de un curandero o de un personaje conocido, no es ni siquiera el seguimiento de un maestro o del Mesías que Israel consideraba solamente una criatura, aunque fuese alta y gloriosa.
Ahora los apóstoles tienen en los ojos la luz y en los oídos aquella voz: es como tener una lámpara secreta que no elimina la noche, la perplejidad, las dudas, pero que permite continuar la búsqueda, caminar y esperar. (...) La Pascua terrena que celebramos es como una transfiguración, en la espera de la Pascua perfecta que celebraremos en la liturgia celeste y que no conocerá ya  la vuelta a la meseta. Con la luz en los ojos y con aquella voz en el corazón, continuamos nuestro camino hacia Jerusalén.” (pp. 77-78)

2. También, hoy día, el cristiano pedirá al Señor la esperanza de  que llegará a la vida eterna - a la gloria -  pasando por las pruebas de esta vida: la vida del cristiano es una participación en la vida de Cristo.


o   No se puede cancelar la “cuaresma de la vida”

·         La iluminación que tuvieron los tres apóstoles testigos de la Transfiguración, fue breve, casi fugaz.
Después, bajaron del monte y continuó su vida cotidiana, no obstante que Pedro había hecho su famosa e ingenua petición al Señor para quedarse en el monte: «¡ que bien estamos aquí, hagamos tres tiendas ....»! (Cf  Marcos 9,5). Pedro “habría deseado estar inmediatamente en la paz y en la gloria de la Pascua, cancelando la cuaresma de la vida con su camino doloroso y oscuro, con el silencio de Dios, con la pasión y con la muerte”. (cfr. Gianfranco Ravasi, p. 75).   
·         Cfr. Gianfranco Ravasi, Secondo le Scritture Anno B, Piemme 1996, II domenica di Quaresima, pp.
75- 76:   “Pedro nos representa  a todos cuando queremos que no exista el camino de la Cruz, cuando soñamos con un hatajo fácil que nos lleve enseguida al monte de la transfiguración, es decir, a los momentos de luz y de paz, a la Pascua definitiva. Sin embargo tendremos que recorrer los valles oscuros de las pruebas, como Abrahán; como Cristo debemos descender a la llanura cotidiana de  Galilea, preparados para subir al pico alto de la prueba, que es el monte Moria [donde Abrahán iba a ofrecer a su hijo] y el Calvario, donde se encenderá la luz de la promesa y de la Pascua. En épocas antiguas, se pensaba que las perlas eran fruto de una enfermedad de las ostras, y que eran más preciosas cuando la enfermedad era más grave.  Sí, la belleza más pura nace frecuentemente del dolor más profundo”. 

o   La pasión es camino de la resurrección

·         Acerca del camino del cristiano, encontramos en la liturgia cuaresmal, en el Prefacio del II Domingo de
Cuaresma, una indicación muy precisa: “Porque Cristo nuestro Señor, después de anunciar su muerte a los discípulos, les mostró en el monte santo el esplendor de su gloria, para testimoniar, de acuerdo con la ley y los profetas, que la pasión es el camino de la resurrección”.

o   Dolor, reparación, desagravio y participación en el destino y en la vida de Jesús

·         Es Cristo que pasa, 168: “La enseñanza cristiana sobre el dolor no es un programa de consuelos fáciles.
Es, en primer término, una doctrina de aceptación de ese padecimiento, que es de hecho inseparable de toda vida humana. No os puedo ocultar —con alegría, porque siempre he predicado y he procurado vivir que, donde está la Cruz, está Cristo, el Amor— que el dolor ha aparecido frecuentemente en mi vida; y más de una vez he tenido ganas de llorar. En otras ocasiones, he sentido que crecía mi disgusto ante la injusticia y el mal. Y he paladeado la desazón de ver que no podía hacer nada, que —a pesar de mis deseos y de mis esfuerzos— no conseguía mejorar aquellas inicuas situaciones.
Cuando os hablo de dolor, no os hablo sólo de teorías. Ni me limito tampoco a recoger una experiencia de otros, al confirmaros que, si —ante la realidad del sufrimiento— sentís alguna vez que vacila vuestra alma, el remedio es mirar a Cristo. La escena del Calvario proclama a todos que las aflicciones han de ser santificadas, si vivimos unidos a la Cruz.
Porque las tribulaciones nuestras, cristianamente vividas, se convierten en reparación, en desagravio, en participación en el destino y en la vida de Jesús, que voluntariamente experimentó por Amor a los hombres toda la gama del dolor, todo tipo de tormentos. Nació, vivió y murió pobre; fue atacado, insultado, difamado, calumniado y condenado injustamente; conoció la traición y el abandono de los discípulos; experimentó la soledad y las amarguras del castigo y de la muerte. Ahora mismo Cristo sigue sufriendo en sus miembros, en la humanidad entera que puebla la tierra, y de la que el es Cabeza, y Primogénito, y Redentor.
El dolor entra en los planes de Dios. Esa es la realidad, aunque nos cueste entenderla. También, como Hombre, le costó a Jesucristo soportarla: Padre, si quieres, aleja de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya (Lucas 22,42). En esta tensión de suplicio y de aceptación de la voluntad del Padre, Jesús va a la muerte serenamente, perdonando a los que le crucifican.
Precisamente, esa admisión sobrenatural del dolor supone, al mismo tiempo, la mayor conquista. Jesús, muriendo en la Cruz, ha vencido la muerte; Dios saca, de la muerte, vida. La actitud de un hijo de Dios no es la de quien se resigna a su trágica desventura, es la satisfacción de quien pregusta ya la victoria. En nombre de ese amor victorioso de Cristo, los cristianos debemos lanzarnos por todos los caminos de la tierra, para ser sembradores de paz y de alegría con nuestra palabra y con nuestras obras. Hemos de luchar —lucha de paz— contra el mal, contra la injusticia, contra el pecado, para proclamar así que la actual condición humana no es la definitiva; que el amor de Dios, manifestado en el Corazón de Cristo, alcanzará el glorioso triunfo espiritual de los hombres.”



Vida Cristiana



[1] Carta Apostólica «Rosarium Virginis Mariae», 16 octubre 2002
[2] La esfera de los libros, 2007, pp. 361-362 
[3] Piemme 4 edizione, settembre 1996, pp. 76-78:  p. 77
[4] Batanero es el hombre que trata los tejidos de lana, para que se vuelvan compactos, mediante el uso de jabones especiales y presión y frotamiento.

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