jueves, 10 de mayo de 2018

La Ascensión del Señor, Ciclo B, 13 Mayo de 2018

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La Ascensión del Señor (2018). El cielo. No significa un lugar, sino una manera de ser: es la comunión plena y definitiva con Dios, es estar con Cristo. Ahora, gracias al hecho de estar con el Padre, está cerca de cada uno de nosotros, para siempre. El Señor se encuentra junto a nosotros con la fuerza del Espíritu Santo. La misión del Espíritu consiste en introducirnos en la grandeza del misterio de Cristo. La Ascensión es el momento en que Jesús nos pasa el relevo a sus discípulos. Nuestra tarea es llevar el testimonio de Cristo hasta los confines de la tierra. Todo cristiano, a su manera, puede y debe ser testigo del Señor resucitado. El inicio de la comunión con Cristo ya en esta tierra. Cristo no ofrece un programa político.  El reino de Dios y su justicia es una vida santa.


v  Cfr. La Ascensión del Señor, Ciclo B, 13 Mayo de 2018 

Marcos 16, 15-20; Hechos 1, 1-11; Efesios 1, 17-23

Hechos de los apóstoles 1, 1-11: (...)  3  Se les presentó después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo, y, apareciéndoseles durante cuarenta días, les habló del reino de Dios. 4 Una vez que comían juntos, les recomendó: (…) 8 Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines del mundo.» 9 Y después de decir esto, mientras miraban mientras ellos lo observaban, se elevó, y una nube lo ocultó a sus ojos. 10 Estaban mirando atentamente al cielo mientras él se iba, cuando se  presentaron ante ellos dos hombres con vestiduras blancas 11 que dijeron:- «Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo volverá como le habéis visto marcharse.»

Marcos 16,15-20: 15 En aquel tiempo se apareció Jesús y les dijo: -Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda criatura. 16 El que crea y sea bautizado se salvará; pero el que no crea se condenará. 17 A los que crean, les acompañarán estos milagros: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, 18 agarrarán serpientes con las manos, y si bebieran un veneno, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos y quedarán curados. 19 19 El Señor Jesús, después de hablarles, se elevó  al cielo y está sentado  a la derecha de Dios. 20 Ellos fueron y proclamaron el Evangelio por todas partes, y el Señor actuaba con ellos y confirmaba la Palabra con los milagros que los acompañaban.

Se elevó al cielo y está sentado a la derecha de Dios

 

1. El cielo. No significa un lugar, sino una manera de ser: es la comunión plena y definitiva con Dios, es estar con Cristo.

·         El cielo no significa un lugar sino una manera de ser. El cielo es la comunión plena y definitiva con
Dios, destinada a los que creerán en el Señor. Vivir en el cielo es estar con Cristo. Es la comunidad bienaventurada de todos los que están perfectamente incorporados a él.  
Como veremos en los números del Catecismo que se citan a continuación, cuando decimos con la Biblia «Padre nuestro que estás en el cielo» o decimos de alguien que «ha ido al cielo», nos estamos adaptando al lenguaje popular. Pero la Biblia enseña que Dios “está en el cielo, en la tierra y en todo lugar», que es Él quien “ha creado los cielos”, y, si los ha creado, no puede ser encerrado en ellos; que Dios está en los cielos significa más bien que habita «en una luz inaccesible», como dice San Pablo en su primera Carta a Timoteo y recoge el Catecismo [1]: “Dios, que «habita  una luz  inaccesible» (1 Tm 6, 16), quiere comunicar su propia vida divina a los hombres libremente creados por él, para hacer de ellos, en su Hijo único, hijos adoptivos (Cf Ef l, 4-5). (...) ”. Que está en el cielo significa que es infinitamente diverso de nosotros; en definitiva el cielo es, en sentido religioso, más un estado que un lugar.

El cielo no designa un lugar
sino la presencia de Dios en el corazón de los justos
en el que Dios habita como en su templo.

v  A) El inicio de la comunión con Cristo ya en esta tierra

o   En el Catecismo de la Iglesia Católica

§  El cielo designa la presencia de Dios en el corazón de los justos.
·         n.  2802: «Que estás en el cielo» no designa un lugar, sino la majestad de Dios y su presencia en el
corazón de los justos. El cielo, la Casa del Padre, constituye la verdadera patria hacia donde tendemos y a la que ya pertenecemos.
§  El cielo es el corazón de los justos en el que Dios habita como en su templo.
·         n. 2794: «QUE ESTAS EN EL CIELO» - Esta expresión bíblica no significa un lugar [«el
espacio»] sino una manera de ser; no el alejamiento de Dios sino su majestad. Dios Padre no está «fuera», sino «más allá de todo» lo que, acerca de la santidad divina, puede el hombre concebir. Como es tres veces Santo, está totalmente cerca del corazón humilde y contrito:
Con razón, estas palabras "Padre nuestro que estás en el cielo" hay que entenderlas en relación al corazón de los justos en el que Dios habita como en su templo. Por eso también el que ora desea ver que reside en él Aquel a quien invoca (S. Agustín, serm. Dom. 2, 5, 17).
El «cielo» bien podía ser también aquellos que llevan la imagen del mundo celestial, y en los que Dios habita y se pasea (S. Cirilo de Jerusalén, catech. myst. 5, 11).
§  Todos tenemos que esforzarnos y asemejarnos con  Cristo en esta tierra
·         n. 793 (...) Todos los miembros tienen que esforzarse en asemejarse a él «hasta que Cristo esté
formado en ellos» (Gálatas 4, 19) (...)

v  B) La comunión plena con Cristo cuando terminamos la vida en esta tierra. 

o   En el Catecismo de la Iglesia Católica


Vivir en el cielo es «estar con Cristo»

§  Los que mueren en la gracia y la amistad de Dios y están perfectamente purificados, viven para siempre con Cristo.
·         n.  1023:  El cielo - Los que mueren en la gracia y la amistad de Dios y están perfectamente
purificados, viven para siempre con Cristo. Son para siempre semejantes a Dios, porque lo ven «tal cual es» (1 Juan 3, 2), cara a cara (Cf 1 Corintios 13, 12; Apocalipsis 22, 4):
·         n. 1025: Vivir en el cielo es «estar con Cristo» (Cf Jn 14, 3; Flp 1, 23; 1 Ts 4, 17). Los
elegidos viven «en El», aún más, tienen allí, o mejor, encuentran allí su verdadera identidad, su propio nombre (Cf Ap 2, 17):
Pues la vida es estar con Cristo; donde está Cristo, allí está la vida, allí está el reino (S.
Ambrosio, Luc. 10, 121).
§  El cielo es la comunidad bienaventurada de todos los que están perfectamente incorporados a El.
·         n. 1026: Por su muerte y su Resurrección Jesucristo nos ha «abierto» el cielo. La vida de los
bienaventurados consiste en la plena posesión de los frutos de la redención realizada por Cristo, quien asocia a su glorificación celestial a aquellos que han creído en El y que han permanecido fieles a su voluntad. El cielo es la comunidad bienaventurada de todos los que están perfectamente incorporados a El.
§  El cielo es la comunión de vida y de amor con Dios
·         n. 1024: Esta vida perfecta con la Santísima Trinidad, esta comunión de vida y de amor con ella,
con la Virgen María, los ángeles y todos los bienaventurados se llama «el cielo». El cielo es el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha.

o   En el Antiguo Testamento: “subió al cielo” indicaba el ingreso del justo en la comunión  plena de Dios.

·         Ya en el Antiguo Testamento  “subió al cielo”  indicaba el ingreso del justo en la comunión plena
de Dios después de la muerte; es la representación del destino de la eternidad bienaventurada que espera al hombre fiel en esta tierra; así lo explica el salmo 16, 10-11: “10 pues tú no me entregarás a la muerte ni dejarás que tu amigo fiel baje a la tumba. 11 Me enseñarás el camino de la vida, plenitud de gozo en tu presencia, alegría perpetua a tu derecha”.

v  C) Cristo está presente en cada uno de nosotros por la acción del Espíritu Santo

o   “Estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mateo 18,20).

                        Cfr. Juan Pablo II, Homilía, en la Ascensión del Señor, En el estadio Funchal,
                        Madeira (12-V-1991)

o   “Estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mateo 18,20).

·         “Galileos, ¿qué hacéis ahí mirando al cielo? Éste que os ha sido llevado, este mismo Jesús,
vendrá así tal como lo habéis visto subir al cielo” (Hechos 1,11). Con estas palabras termina el relato de la Ascensión del Señor. Antes, Cristo mismo había dicho: “No os dejaré huérfanos: volveré a vosotros” (Juan 14,18), afirmación que alguno podría considerar referida sólo a las apariciones en aquellos cuarenta días, después de la resurrección. ¡Pero no! De hecho, cuando ya subía definitivamente al Padre, dijo: “Y he aquí que estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mateo 18,20).
Este “yo estoy” tiene la fuerza del nombre de Dios. “Yo estoy” como hijo en el Padre (o, a la diestra del Padre), y “estoy con vosotros” (quiere decir con la Iglesia y con el mundo), en el poder del Espíritu Santo. Gracias a este poder, nuestra permanencia en la fe cristiana tiene carácter de espera de su venida: la segunda definitiva venida de Cristo Salvador.
Pero esta espera no es pasiva: constituye la edificación del Cuerpo de Cristo. (…) ¡No permanezcamos, pues, pasivamente a su espera! En todos lados, en el trabajo o durante el tiempo libre, en tu tierra o viajando por otros lugares, cuando acoges a otros o aceptas su hospitalidad, ¡eres heraldo itinerante de Cristo! Debemos llegar “todos a la unidad de la fe y del conocimiento pleno del Hijo de Dios”. Debemos llegar al estado del hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo (Efesios 4,13).

2. La Ascensión - acontecimiento conclusivo de la vida terrena de Cristo -, significa que Jesucristo es Señor: posee todo poder en los cielos y en la tierra.


·         Catecismo de la Iglesia Católica, n.  668: «Cristo murió y volvió a la vida para eso, para ser
Señor de muertos y vivos» (Romanos 14, 9). La Ascensión de Cristo al Cielo significa su participación, en su humanidad, en el poder y en la autoridad de Dios mismo. Jesucristo es Señor: posee todo poder en los cielos y en la tierra.  Él está «por encima de todo Principado, Potestad, Virtud, Dominación» porque el Padre «bajo sus pies sometió todas las cosas» (Efesios 1, 20-22). Cristo es el Señor del cosmos (Cf Efesios 4, 10; 1 Corintios 15, 24. 27-28) y de la historia. En él, la historia de la humanidad e incluso toda la Creación encuentran su recapitulación (Cf Efesios 1,10), su cumplimiento trascendente.

v  Y está sentado a la derecha de Dios

o   Catecismo de la Iglesia católica

§  Sentarse a la derecha del Padre significa la inauguración del reino del Mesías. A partir de este momento, los apóstoles se convirtieron en los testigos del "Reino que no tendrá fin".
  • n. 664: Sentarse a la derecha del Padre significa la inauguración del reino del Mesías,
cumpliéndose la visión del profeta Daniel respecto del Hijo del hombre: "A él se le dio imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasará, y su reino no será destruido jamás" (Daniel 7, 14). A partir de este momento, los apóstoles se convirtieron en los testigos del "Reino que no tendrá fin" (Símbolo de Nicea-Constantinopla).

3. El Señor se encuentra junto a nosotros con la fuerza del Espíritu Santo.

    Cfr. Benedicto XVI, Homilía 7 mayo 2005 -  Al tomar posesión de la Cátedra del Obispo de
    Roma en la Basílica de San Juan de Letrán

v  La Ascensión significa que  Jesús ya no pertenece al mundo de la corrupción y de la muerte, que pertenece totalmente a Dios.

o   Y, dado que Dios abraza y sostiene a todo el cosmos, la Ascensión del Señor significa que Cristo no se ha alejado de nosotros.

§  Sino que ahora, gracias al hecho de estar con el Padre, está cerca de cada uno de nosotros, para siempre. El ser humano ha sido llevado hasta dentro de la vida misma de Dios.
            Entonces, ¿qué nos quiere decir la fiesta de la Ascensión del Señor? No nos quiere decir
que el Señor se ha ido a algún lugar alejado de los hombres y del mundo. La Ascensión de Cristo no es un viaje en el espacio hacia los astros más remotos; pues en el fondo, también los astros están constituidos de elementos físicos como la tierra. La Ascensión de Cristo significa que ya no pertenece al mundo de la corrupción y de la muerte, que condiciona nuestra vida. Significa que pertenece completamente a Dios. Él, el Hijo Eterno, ha llevado nuestro ser humano a la presencia de Dios, ha llevado consigo la carne y la sangre de forma transfigurada. El hombre encuentra espacio en Dios, a través de Cristo; el ser humano ha sido llevado hasta dentro de la vida misma de Dios. Y, dado que Dios abraza y sostiene a todo el cosmos, la Ascensión del Señor significa que Cristo no se ha alejado de nosotros, sino que ahora, gracias al hecho de estar con el Padre, está cerca de cada uno de nosotros, para siempre. Cada uno de nosotros puede tutearle, cada uno puede dirigirse a Él. El Señor se encuentra siempre al alcance de nuestra voz. Podemos alejarnos de Él interiormente. Podemos vivir dándole las espaldas. Pero Él nos espera siempre, y siempre está cerca de nosotros.

v  El Jesús que se despide no va a alguna parte en un astro lejano. Él entra en la comunión de vida y poder con el Dios viviente, en la situación de superioridad de Dios sobre todo espacio.

           Joseph Ratzinger – Benedicto XVI, Jesús de Nazaret 2, Ed. Encuentro 2011, pp. 328-330

o   Por eso «no se ha marchado», sino que, en virtud del mismo poder de Dios, ahora está siempre presente junto a nosotros y por nosotros.

El Jesús que se despide no va a alguna parte en un astro lejano. Él entra en la comunión de vida y poder con el Dios viviente, en la situación de superioridad de Dios sobre todo espacio. Por eso «no se ha marchado», sino que, en virtud del mismo poder de Dios, ahora está siempre presente junto a nosotros y por nosotros. En los discursos de despedida en el Evangelio de Juan, Jesús dice precisamente esto a sus discípulos: «Me voy y vuelvo a vuestro lado» (Jn 14, 28). Aquí está sintetizada maravillosamente la peculiaridad del «irse» de Jesús, que es al mismo tiempo su «venir», y con eso queda explicado también el misterio acerca de la cruz, la resurrección y la ascensión. Su irse es precisamente así un venir, un nuevo modo de cercanía, de presencia permanente, que Juan pone también en relación con la «alegría», de la que antes hemos oído hablar en el Evangelio de Lucas.

o   Ahora ya no se encuentra en un solo lugar del mundo, como antes de la «ascensión».

§  Con su poder que supera todo espacio, Él no está ahora en un solo sitio, sino que está presente al lado de todos, y todos lo pueden invocar en todo lugar y a lo largo de la historia.
Puesto que Jesús está junto al Padre, no está lejos, sino cerca de nosotros. Ahora ya no se encuentra en un solo lugar del mundo, como antes de la «ascensión»; con su poder que supera todo espacio, Él no está ahora en un solo sitio, sino que está presente al lado de todos, y todos lo pueden invocar en todo lugar y a lo largo de la historia.

4. La fiesta de la Ascensión es el momento en que Jesús nos pasa el relevo a sus discípulos.


v  «Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo, volverá como le habéis visto marcharse» (Hechos 1, 11: primera Lectura).

o   No es tarea de los discípulos quedarse mirando al cielo o conocer los tiempos y los momentos escondidos en el secreto de Dios. Ahora su tarea es llevar el testimonio de Cristo hasta los confines de la tierra.

Volvamos todavía al primer capítulo de los Hechos de los Apóstoles. Hemos dicho que la existencia cristiana no consiste en escudriñar el futuro, sino, de un lado, en el don del Espíritu Santo y, de otro, en el testimonio universal de los discípulos en favor de Jesús crucificado y resucitado (cf. Hechos 1, 6-8). Y la desaparición de Jesús a través de la nube no significa un movimiento hacia otro lugar cósmico, sino su asunción en el ser mismo de Dios y, así, la participación en su poder de presencia en el mundo.
Luego el texto prosigue. Al igual que antes, junto al sepulcro (cf. Lucas 24, 4), también ahora aparecen dos hombres vestidos de blanco y dirigen un mensaje: «Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo, volverá como le habéis visto marcharse» (Hechos 1, 11). Con eso queda confirmada la fe en el retorno de Jesús, pero al mismo tiempo se subraya una vez más que no es tarea de los discípulos quedarse mirando al cielo o conocer los tiempos y los momentos escondidos en el secreto de Dios. Ahora su tarea es llevar el testimonio de Cristo hasta los confines de la tierra.

5. Ellos lo rodearon preguntándole: - «Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?».

v  La pregunta de los Apóstoles (Hechos v. 6) y la respuesta del Señor (vv. 7-8): naturaleza del reino de Dios.

·         Ellos piensan todavía  en una restauración temporal de la dinastía de David, su esperanza se cifra en
algo así como un dominio nacional judío. La respuesta del Señor les dice que los planes de Dios están por encima de una realización política. Su misión  será la de dar testimonio de la resurrección de Jesús.

o   Cristo, Dios y Hombre verdadero, vive y reina y es el Señor del mundo. Sólo por Él se mantiene en vida todo lo que vive.

§  Esto es el reino de Dios y su justicia, una vida santa.
·         San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 180: “Quisiera que considerásemos cómo ese
Cristo, que —Niño amable— vimos nacer en Belén,  es el Señor del mundo: pues por Él fueron
creados todos los seres en los cielos y en la tierra; El ha reconciliado con el Padre todas las cosas, restableciendo la paz entre el cielo y la tierra, por medio de la sangre que derramó en la cruz (Cf Colosenses 1, 11-16). Hoy Cristo reina, a la diestra del Padre: declaran aquellos dos ángeles de blancas vestiduras, a los discípulos que estaban atónitos contemplando las nubes, después de la Ascensión del Señor: varones de Galilea ¿por qué estáis ahí mirando al cielo? Este Jesús, que separándose de vosotros ha subido al cielo, vendrá de la misma manera que le acabáis de ver subir (Hechos 1,11).
Por El reinan los reyes (Cf Proverbios 8,15), con la diferencia de que los reyes, las autoridades humanas, pasan; y el reino de Cristo permanecerá por toda la eternidad (Éxodo 15,18), su reino es un reino eterno y su dominación perdura de generación en generación (Daniel 3,100).
El reino de Cristo no es un modo de decir, ni una imagen retórica. Cristo vive, también como hombre, con aquel mismo cuerpo que asumió en la Encarnación, que resucitó después de la Cruz y subsiste glorificado en la Persona del Verbo juntamente con su alma humana. Cristo, Dios y Hombre verdadero, vive y reina y es el Señor del mundo. Sólo por Él se mantiene en vida todo lo que vive.
§  Los que esperaban del Mesías un poderío temporal visible, se equivocaban. Cristo no ofrece un programa político.
¿Por qué, entonces, no se aparece ahora en toda su gloria? Porque su reino no es de este mundo (Juan 18,36), aunque está en el mundo. Había replicado Jesús a Pilatos: Yo soy rey. Yo para esto nací: para dar testimonios de la verdad; todo aquel que pertenece a la verdad, escucha mi voz (Juan 18,37). Los que esperaban del Mesías un poderío temporal visible, se equivocaban: que no consiste el reino de Dios en el comer ni en el beber, sino en la justicia, en la paz y en el gozo del Espíritu Santo (Romanos 14,17).
Verdad y justicia; paz y gozo en el Espíritu Santo. Ese es el reino de Cristo: la acción divina que salva a los hombres y que culminará cuando la historia acabe, y el Señor, que se sienta en lo más alto del paraíso, venga a juzgar definitivamente a los hombres.
§  Esto es el reino de Dios y su justicia, una vida santa
Cuando Cristo inicia su predicación en la tierra, no ofrece un programa político, sino que dice: haced penitencia, porque está cerca el reino de los cielos (Mateo 3,2; 4,17); encarga a sus discípulos que anuncien esa buena nueva (Lucas 10,9), y enseña que se pida en la oración el advenimiento del reino (Cf. Mateo 6,10). Esto es el reino de Dios y su justicia, una vida santa: lo que hemos de buscar primero (Cf Mateo 6,33), lo único verdaderamente necesario (Cf Lucas 10,42)”.

o   Todo cristiano, a su manera, puede y debe ser testigo del Señor resucitado. 

·         Benedicto XVI, 7 de mayo 2005, Toma de posesión de la cátedra del Obispo de Roma: “De
este modo, el Espíritu Santo es la fuerza por la que Cristo nos hace experimentar su cercanía. Pero la primera lectura deja también un segundo mensaje: seréis mis testigos. Cristo resucitado tiene necesidad de testigos que se hayan encontrado con él, que le hayan conocido íntimamente a través de la fuerza del Espíritu Santo. Hombres que, habiéndole tocado con la mano, por así decir, puedan testimoniarle. Fue así como la Iglesia, familia de Cristo, creció desde «Jerusalén… hasta los confines de la tierra», como dice la lectura. A través de testigos se construyó la Iglesia, comenzando por Pedro y Pablo, por los Doce, hasta todos los hombres y mujeres que, llenos de Cristo, en el transcurso de los siglos, han vuelto a encender y encenderán de nuevo de manera siempre nueva la llama de la fe. Todo cristiano, a su manera, puede y debe ser testigo del Señor resucitado. Cuando leemos los nombres de los santos, podemos ver cuántas veces ante todo han sido --y siguen siendo-- hombres sencillos, hombres de los que surgía --y surge-- una luz resplandeciente capaz de llevar a Cristo”.

6. La esperanza en el cielo - en la tierra nueva -  no debe debilitar, sino más bien avivar la preocupación de cultivar esta tierra. 

v  Aunque hay que distinguir con sumo cuidado entre el progreso temporal y el crecimiento del Reino de Cristo, el primero, en cuanto contribuye a una sociedad mejor ordenada, interesa en gran medida al Reino de Dios.

            Cfr. Concilio Vaticano II, Constitución pastoral «Gaudium et spes», n . 39:
39. Ignoramos tanto el tiempo en que la tierra y la humanidad se consumarán [71], como la forma en que se transformará el universo. Pasa ciertamente la figura de este mundo, deformada por el pecado [72]. Pero sabemos por la revelación que Dios prepara una nueva morada y una nueva tierra donde habita la justicia [73], y cuya bienaventuranza saciará y superará todos los anhelos de paz que ascienden en el corazón de los hombres [74]. Entonces, vencida la muerte, los hijos de Dios serán resucitados en Cristo, y lo que se sembró en debilidad y corrupción se revestirá de incorrupción [75]; y, subsistiendo la caridad y sus obras [76], serán liberadas de la esclavitud de la vanidad todas aquellas criaturas [77] que Dios creó precisamente para servir al hombre.
Y ciertamente se nos advierte que de nada sirve al hombre ganar el mundo entero, si se pierde a sí mismo [78]. Mas la esperanza de una nueva tierra no debe atenuar, sino más bien excitar la preocupación por perfeccionar esta tierra, en donde crece aquel Cuerpo de la nueva humanidad que puede ya ofrecer una cierta prefiguración del mundo nuevo. Por ello, aunque hay que distinguir con sumo cuidado entre el progreso temporal y el crecimiento del Reino de Cristo, el primero, en cuanto contribuye a una sociedad mejor ordenada, interesa en gran medida al Reino de Dios [79].
En efecto; los bienes todos de la dignidad humana, de la fraternidad y de la libertad, es decir, todos los buenos frutos de la naturaleza y de nuestra actividad, luego de haberlos propagado -en el Espíritu de Dios y conforme a su mandato- sobre la tierra, los volveremos a encontrar de nuevo, pero limpios de toda mancha a la vez que iluminados y transfigurados, cuando Cristo devuelva a su Padre el reino eterno y universal: reino de verdad y de vida, reino de santidad y de gracia, reino de justicia, de amor y de paz[80]. Aquí, en la tierra, existe ya el Reino, aunque entre misterios; mas, cuando venga el Señor, llegará a su consumada perfección.

[71] Cf. Hch 1,7.   [72] Cf. 1 Cor 7,31; S. Iren. Adv. haer. 5, 36 PG 7, 1222.  [73] Cf. 2 Cor 5,2; 2 Pe 3,13.  [74] Cf. 1 Cor 2,9; Ap 21,4-5.   [75] Cf. 1 Cor 15,42.53. [76] Cf. 1 Cor 13,8; 3,14.  [77] Cf. Rom 8,19-21. [78] Cf. Lc 9,25.  [79] Cf. Pío XI, e. QA l. c., 207.   [80] Praefatio Festi Christi Regis.

Vida Cristiana


[1] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica n. 52

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