viernes, 2 de noviembre de 2018

Eucaristía y frontera: por Santiago Agrelo


Ayer me acerqué con unos amigos a la frontera de Ceuta.
Durante el día habíamos hablado de inmigración, de caminos recorridos por miles de jóvenes para alcanzar, desde su lejano sur africano, esta orilla sur de Europa; para ellos, la orilla de una esperanza, la frontera de una tierra prometida.
El otoño se ha puesto ya de invierno, y el levante hace más intensa la sensación de frío.
A mis amigos, uno de Etiopía, otro de Mozambique, otro de Suráfrica, los acompañaba hasta Ceuta para que, de cerca, viesen los bosques que durante años fueron refugio de inmigrantes y en los que, según parece, ahora no queda ninguno; y, de lejos, adivinasen el trazado de la valla que rodea la ciudad. Lo evidente en el bosque y la frontera eran las furgonetas del ejército y los controles de la policía: ¡Soldados y policías emplazados allí para que allí no estén los pobres! ¡Soldado y policías pagados por la irracionalidad que dilapida en vulnerar derechos lo que tendríamos que gastar en hacerlos respetar!
¿Qué tiene que ver esto con nuestra Eucaristía dominical?
Puede que nada, pues en la homilía de este domingo no se nos va a recordar que el dinero con que se paga a esos soldados y policías lo ponen también los buenos cristianos españoles que en este domingo van a comulgar.
Aceptamos que el de “amar al Señor Dios con todo el corazón” es el primer mandamiento de la ley; pero no hay razón para que pensemos que ese mandato tenga algo que ver con unos extranjeros vigilados, controlados, desplazados, deportados en nombre de nuestro bienestar; podemos amar a Dios y desentendernos de esos hijos suyos que, por no tener papeles, han dejado de serlo. Ocuparse de ellos sería ‘buenismo’ indigno de personas razonables.
Aceptamos eso de “amar al prójimo como a uno mismo”; pero es evidente que unos extranjeros sin dinero no son “prójimo” nuestro, y mucho menos son “nosotros mismos”: gentes así son sólo una amenaza para nuestro trabajo, para nuestra identidad, para nuestra seguridad; y como una amenaza han de ser apartados de nuestra vida. Cualquier otra disposición sería mero sentimentalismo.
Puede que bosques, fronteras y pobres nada tengan que ver con el evangelio de nuestra eucaristía. Puede que consigamos amar a Cristo sin amar su cuerpo que son los pobres.  Puede que consigamos comulgar con Cristo y subvencionar a quienes añaden sufrimientos atroces a su pasión.
Si así fuese, si nuestra misa nada tiene que ver con los caminos de los pobres, mucho me temo que tampoco tenga algo que ver con el camino que es Cristo Jesús.
Feliz comunión con el cuerpo doliente de nuestro Señor.

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