miércoles, 7 de febrero de 2018

La muerte. Homilía del Papa Francisco en Santa Marta (1 de febrero de 2018).


Ø La muerte. Homilía del Papa Francisco en Santa Marta (1 de febrero de 2018). No somos ni eternos ni efímeros: somos hombres y mujeres en el camino del tiempo, tiempo que empieza y tiempo que acaba. La muerte es un hecho, es una herencia, es una memoria.


v  Homilía del Papa Francisco en Santa Marta,  sobre la muerte

Jueves, 1 de febrero de 2018
1 Reyes 2, 1-4.10-12; Marcos 6, 7-13

§  No somos ni eternos ni efímeros: somos hombres y mujeres en el camino del tiempo, tiempo que empieza y tiempo que acaba.
La primera lectura nos habla de la muerte: la muerte del rey David (cfr. 1Re 2,1-4.10- 12). Los días de David se acercaban a la muerte, porque hasta él, el gran rey, el hombre que precisamente había consolidado el reino, debe morir, porque no es el dueño del tiempo: el tiempo continúa, y él también continua en otro estilo de tiempo, pero continúa. Está en camino.
Además, no somos ni eternos ni efímeros: somos hombres y mujeres en el camino del tiempo, tiempo que empieza y tiempo que acaba. Y esto nos hace pensar que es bueno rezar y pedir la gracia del sentido del tiempo, para no volvernos prisioneros del momento, que siempre está encerrado en sí mismo. Así pues, ante este pasaje del primer libro de los Reyes que relata la
muerte de David, quisiera proponer tres ideas: la muerte es un hecho, la muerte es una herencia y la muerte es una memoria.

o   La muerte es un hecho

§  El ejercicio de la buena muerte cada uno puede hacerlo dentro de sí: yo no soy el dueño del tiempo; hay un dato: moriré. ¿Cuándo? Dios lo sabe. Pero con toda seguridad moriré.
Repetir esto ayuda: es un dato puramente real, que nos salva de tomarse la vida como una sucesión de momentos que no tiene sentido.

En primer lugar, la muerte es un hecho: podemos pensar muchas cosas, incluso imaginarnos que somos eternos, pero el hecho llega. Antes o después llega, y es un hecho que nos toca a todos. Porque estamos en camino, no somos ni errantes ni encerrados en un laberinto. No, estamos en camino, y hay que hacerlo. Pero existe la tentación del momento, que se adueña de la vida y te lleva a dar vueltas en ese laberinto egoísta del momento sin futuro, siempre ida y vuelta, ida y vuelta. ¡Pero el camino acaba en la muerte: todos lo sabemos! Por esa razón, la Iglesia siempre ha procurado que pensemos en ese final nuestro: la muerte.
A este propósito, recuerdo que, cuando estábamos en el seminario, nos obligaban a hacer el ejercicio de la buena muerte [1] : asustaba un poco, porque parecía una morgue… Pero el ejercicio de la buena muerte cada uno puede hacerlo dentro de sí: yo no soy el dueño del tiempo; hay un dato: moriré. ¿Cuándo? Dios lo sabe. Pero con toda seguridad moriré.
Repetir esto ayuda, porque es un dato puramente real que nos salva de la ilusión del momento, de tomarse la vida como una sucesión de momentos que no tiene sentido. En cambio, la realidad es que estoy en camino y debo mirar adelante.
Me acuerdo también que aprendí a leer con cuatro años, y una de las primeras cosas que aprendí a leer, porque mi abuela me lo hizo leer, era un letrero que ella tenía debajo del cristal de la cómoda y decía así: «Piensa que te mira Dios. / Piensa que te está observando. / Piensa que morirás / y tú no sabes cuándo». Esa frase la recuerdo todavía y me ha hecho mucho bien, especialmente en los momentos de suficiencia, de encerramiento, donde el momento era el rey. Así pues, el tiempo, el hecho: ¡todos moriremos! Al acercarse la muerte, David dice a su hijo: «Yo emprendo el viaje de todos». Y así fue.

o   La muerte es una herencia

§  Hay que enfrentarse a una herencia, en seguida llegan los sobrinos a ver cuánto dinero le ha dejado el tío a este, a aquel, al otro.
En realidad, lo que cuenta es la herencia del testimonio de vida, del buen ejemplo: ¿qué herencia dejo yo?.
La segunda idea es la herencia. Sucede a menudo que cuando, al morir, hay que enfrentarse a una herencia, en seguida llegan los sobrinos a ver cuánto dinero le ha dejado el tío a este, a aquel, al otro. Y esta historia es tan antigua como la historia del mundo. En realidad, lo que cuenta es la herencia del testimonio: ¿qué herencia dejo yo? Volviendo al pasaje bíblico de hoy, ¿qué
herencia deja David? David también fue un gran pecador: ¡cometió muchos! Pero fue también un gran arrepentido, hasta llegar a ser un santo, a pesar de las cosas gordas que hizo. Y David es santo precisamente porque la herencia es esa actitud de arrepentirse, de adorar a Dios antes que a uno mismo, de volver a Dios: la herencia del testimonio, del buen ejemplo.
Por eso, siempre es oportuno que nos preguntemos: ¿qué herencia dejaré a los míos?
Seguramente la herencia material, que es buena, porque es el fruto del trabajo. Pero, ¿qué herencia personal, qué ejemplo dejo? ¿Como la de David, o una vacía? Por eso, a la pregunta “¿qué dejo?” no se debe responder solo señalando las propiedades, sino principalmente el testimonio de la vida.
Es cierto que, si vamos a un velatorio, el muerto siempre “era un santo”, tanto que hay dos sitios para canonizar a la gente: ¡la Plaza de San Pedro y los velatorios, porque siempre “era un santo” y porque ya no será una amenaza!
La herencia verdadera es el testimonio de la vida. Es oportuno preguntarse: ¿qué herencia dejo si Dios me llamase hoy? ¿Qué herencia dejaré como testimonio de vida? Es una buena pregunta para hacerse, e irnos preparando, porque todos —ninguno quedará “de reliquia”, no—, todos iremos por esa senda, con la cuestión fundamental: ¿Cuál será la herencia que dejaré como
testimonio de vida?

o   La muerte es una memoria

§  Cuando yo me muera, ¿qué me hubiera gustado hacer en esta decisión que debo tomar hoy, en el modo de vivir hoy?
La tercera idea —junto al «hecho» y la «herencia»— es «la memoria». Porque también el pensamiento de la muerte es memoria, pero memoria anticipada, memoria hacia atrás. Memoria y también luz en este momento de la vida. Y la pregunta que hacerse es: cuando yo me muera, ¿qué me hubiera gustado hacer en esta decisión que debo tomar hoy, en el modo de vivir hoy? Es una
memoria anticipada que ilumina el momento de hoy. Se trata, en definitiva, de iluminar con el hecho de la muerte las decisiones que debo tomar cada día.
Es bonito este pasaje del segundo capítulo del primer libro de los Reyes. Si hoy tenéis tiempo leedlo, es bellísimo, y os hará bien. Pensar: estoy en camino, y es un hecho que moriré; cuál será la herencia que dejaré y cómo me sirve la luz, la memoria anticipada de la muerte, sobre las decisiones que debo tomar hoy. Una meditación que nos vendrá bien a todos.



Vida Cristiana



[1] Don Bosco llamaba al retiro mensual “ejercicio de la buena muerte”, en el que invitaba a
enfrentarse a lo verdaderamente esencial: los verdaderos valores que están por encima de la
misma muerte, aunque la vida de cada día los olvide. La mejor manera de encontrarse
dispuesto a vivir bien, es vivir como si se estuviera dispuesto a morir en cualquier momento
(ndt).

Curación del leproso. Homilía de Papa Francisco (Domingo 6 del tiempo ordinario, ciclo B)


[Chiesa/Omelie1/Lepra/6B18LeprosoCuraciónCompasiónJesúsAnteMarginaciónVoluntaDeIntegraciónHomilíaFrancisco]

Ø Curación del leproso. Homilía de Papa Francisco (Domingo 6 del tiempo ordinario, ciclo B). La compasión de Jesús ante la marginación y su voluntad de integración.      


v  Cfr. Homilía de Papa Francisco, en San Pedro, Santa Misa.  

                  Domingo 15 de febrero de 2015 – Domingo 6º del tiempo ordinario. Ciclo B
«Señor, si quieres, puedes limpiarme…» Jesús, sintiendo lástima; extendió la mano y lo tocó diciendo: «Quiero: queda limpio» (cf. Mc 1,40-41). La compasión de Jesús. Ese padecer con que lo acercaba a cada persona que sufre. Jesús, se da completamente, se involucra en el dolor y la necesidad de la gente… simplemente, porque Él sabe y quiere padecer con, porque tiene un corazón que no se avergüenza de tener compasión.
«No podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en descampado» (Mc 1, 45). Esto significa que, además de curar al leproso, Jesús ha tomado sobre sí la marginación que la ley de Moisés imponía (cf. Lv 13,1-2. 45-46). Jesús no tiene miedo del riesgo que supone asumir el sufrimiento de otro, pero paga el precio con todas las consecuencias (cf. Is 53,4).
La compasión lleva a Jesús a actuar concretamente: a reintegrar al marginado. Y éstos son los tres conceptos claves que la Iglesia nos propone hoy en la liturgia de la palabra: la compasión de Jesús ante la marginación y su voluntad de integración.
Marginación: Moisés, tratando jurídicamente la cuestión de los leprosos, pide que sean alejados y marginados por la comunidad, mientras dure su mal, y los declara: «Impuros» (cf. Lv 13,1-2. 45.46).
Imaginad cuánto sufrimiento y cuánta vergüenza debía de sentir un leproso: físicamente, socialmente, psicológicamente y espiritualmente. No es sólo víctima de una enfermedad, sino que también se siente culpable, castigado por sus pecados. Es un muerto viviente, como «si su padre le hubiera escupido en la cara» (Nm 12,14).
Además, el leproso infunde miedo, desprecio, disgusto y por esto viene abandonado por los propios familiares, evitado por las otras personas, marginado por la sociedad, es más, la misma sociedad lo expulsa y lo fuerza a vivir en lugares alejados de los sanos, lo excluye. Y esto hasta el punto de que si un individuo sano se hubiese acercado a un leproso, habría sido severamente castigado y, muchas veces, tratado, a su vez, como un leproso.
Es verdad, la finalidad de esa norma era la de salvar a los sanosproteger a los justos y, para salvaguardarlos de todo riesgo, marginar el peligro, tratando sin piedad al contagiado. De aquí, que el Sumo Sacerdote Caifás exclamase: «Conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera» (Jn 11,50).
Integración: Jesús revoluciona y sacude fuertemente aquella mentalidad cerrada por el miedo y recluida en los prejuicios. Él, sin embargo, no deroga la Ley de Moisés, sino que la lleva a plenitud (cf. Mt 5, 17), declarando, por ejemplo, la ineficacia contraproducente de la ley del talión; declarando que Dios no se complace en la observancia del Sábado que desprecia al hombre y lo condena; o cuando ante la mujer pecadora, no la condena, sino que la salva de la intransigencia de aquellos que estaban ya preparados para lapidarla sin piedad, pretendiendo aplicar la Ley de Moisés. Jesús revoluciona también las conciencias en el Discurso de la montaña (cf. Mt 5) abriendo nuevos horizontes para la humanidad y revelando plenamente la lógica de Dios. La lógica del amor que no se basa en el miedo sino en la libertad, en la caridad, en el sano celo y en el deseo salvífico de Dios, Nuestro Salvador, «que quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1Tm 2,4). «Misericordia quiero y no sacrificio» (Mt 12,7; Os 6,6).
Jesús, nuevo Moisés, ha querido curar al leproso, ha querido tocar, ha querido reintegrar en la comunidad, sin autolimitarse  por los prejuicios; sin adecuarse a la mentalidad dominante de la gente; sin preocuparse para nada del contagio. Jesús responde a la súplica del leproso sin dilación y sin los consabidos aplazamientos para estudiar la situación y todas sus eventuales consecuencias. Para Jesús lo que cuenta, sobre todo, es alcanzar y salvar a los lejanos, curar las heridas de los enfermos, reintegrar a todos en la familia de Dios. Y eso escandaliza a algunos.
Y Jesús no tiene miedo de este tipo de escándalo. Él no piensa en las personas obtusas que se escandalizan incluso de una curación, que se escandalizan de cualquier apertura, a cualquier paso que no entre en sus esquemas mentales o espirituales, a cualquier caricia o ternura que no corresponda a su forma de pensar y a su pureza ritualista. Él ha querido integrar a los marginados, salvar a los que están fuera del campamento (cf. Jn 10).
Son dos lógicas de pensamiento y de fe: el miedo de perder a los salvados y el deseo de salvar a los perdidos. Hoy también nos encontramos en la encrucijada de estas dos lógicas: a veces, la de los doctores de la ley, o sea, alejarse del peligro apartándose de la persona contagiada, y la lógica de Dios que, con su misericordia, abraza y acoge reintegrando y transfigurando el mal en bien, la condena en salvación y la exclusión en anuncio.
Estas dos lógicas recorren toda la historia de la Iglesia: marginar y reintegrar. San Pablo, dando cumplimiento al mandamiento del Señor de llevar el anuncio del Evangelio hasta los extremos confines de la tierra (cf. Mt 28,19), escandalizó y encontró una fuerte resistencia y una gran hostilidad sobre todo de parte de aquellos que exigían una incondicional observancia de la Ley mosaica, incluso a los paganos convertidos. También san Pedro fue duramente criticado por la comunidad cuando entró en la casa de Cornelio, el centurión pagano (cf. Hch 10).
El camino de la Iglesia, desde el concilio de Jerusalén en adelante, es siempre el camino de Jesús, el de la misericordia y de la integración. Esto no quiere decir menospreciar los peligros o hacer entrar los lobos en el rebaño, sino acoger al hijo pródigo arrepentido; sanar con determinación y valor las heridas del pecado; actuar decididamente y no quedarse mirando de forma pasiva el sufrimiento del mundo. El camino de la Iglesia es el de no condenar a nadie para siempre y difundir la misericordia de Dios a todas las personas que la piden con corazón sincero; el camino de la Iglesia es precisamente el de salir del propio recinto para ir a buscar a los lejanos en las “periferias” esenciales de la existencia; es el de adoptar integralmente la lógica de Dios; el de seguir al Maestro que dice: «No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores» (Lc5,31-32).
Curando al leproso, Jesús no hace ningún daño al que está sano, es más, lo libra del miedo; no lo expone a un peligro sino que le da un hermano; no desprecia la Ley sino que valora al hombre, para el cual Dios ha inspirado la Ley. En efecto, Jesús libra a los sanos de la tentación del «hermano mayor» (cf. Lc 15,11-32) y del peso de la envidia y de la murmuración de los trabajadores que han soportado el peso de la jornada y el calor (cf. Mt 20,1-16).
En consecuencia: la caridad no puede ser neutra, aséptica, indiferente, tibia o imparcial. La caridad contagia, apasiona, arriesga y compromete. Porque la caridad verdadera siempre es inmerecida, incondicional y gratuita (cf. 1Cor 13). La caridad es creativa en la búsqueda del lenguaje adecuado para comunicar con aquellos que son considerados incurables y, por lo tanto, intocables. Encontrar el lenguaje justo… El contacto es el auténtico lenguaje que transmite, fue el lenguaje afectivo, el que proporcionó la curación al leproso. ¡Cuántas curaciones podemos realizar y transmitir aprendiendo este lenguaje del contacto! Era un leproso y se ha convertido en mensajero del amor de Dios. Dice el Evangelio: «Pero cuando se fue, empezó a pregonar bien alto y a divulgar el hecho» (Mc 1,45).
(…) Esta es la lógica de Jesús, éste es el camino de la Iglesia: no sólo acoger y integrar, con valor evangélico, aquellos que llaman a la puerta, sino salir, ir a buscar, sin prejuicios y sin miedos, a los lejanos, manifestándoles gratuitamente aquello que también nosotros hemos recibido gratuitamente. «Quien dice que permanece en Él debe caminar como Él caminó» (1Jn 2,6). ¡La disponibilidad total para servir a los demás es nuestro signo distintivo, es nuestro único título de honor!
(…) Invoquemos la intercesión de María, Madre de la Iglesia, que sufrió en primera persona la marginación causada por las calumnias (cf. Jn 8,41) y el exilio (cf. Mt 2,13-23), para que nos conceda el ser siervos fieles de Dios. Ella, que es la Madre, nos enseñe a no tener miedo de acoger con ternura a los marginados; a no tener miedo de la ternura. Cuántas veces tenemos miedo de la ternura. Que Ella nos enseñe a no tener miedo de la ternura y de la compasión; nos revista de paciencia para acompañarlos en su camino, sin buscar los resultados del éxito mundano; nos muestre a Jesús y nos haga caminar como Él.
(…) Mirando a Jesús y a nuestra Madre, os exhorto a servir a la Iglesia, en modo tal que los cristianos –edificados por nuestro testimonio– no tengan la tentación de estar con Jesús sin querer estar con los marginados, aislándose en una casta que nada tiene de auténticamente eclesial. Os invito a servir a Jesús crucificado en toda persona marginada, por el motivo que sea; a ver al Señor en cada persona excluida que tiene hambre, que tiene sed, que está desnuda; al Señor que está presente también en aquellos que han perdido la fe, o que, alejados, no viven la propia fe, o que se declaran ateos; al Señor que está en la cárcel, que está enfermo, que no tiene trabajo, que es perseguido; al Señor que está en el leproso – de cuerpo o de alma -, que está discriminado. No descubrimos al Señor, si no acogemos auténticamente al marginado. Recordemos siempre la imagen de san Francisco que no tuvo miedo de abrazar al leproso y de acoger a aquellos que sufren cualquier tipo de marginación. En realidad, queridos hermanos, sobre el evangelio de los marginados, se juega y se descubre y se revela  nuestra credibilidad.



Vida Cristiana

Domingo 6º Tiempo Ordinario Ciclo B 11 febrero 2018


[Chiesa/Omelie1/Peccato/6B18LepraSímboloPecadoAbsoluciónEncuentroMisericordiaDios]

Ø La lepra es un símbolo  del pecado que también cura el Señor.  El sacramento de la penitencia es un encuentro con la misericordia de Dios. Es el gesto del hijo pródigo que vuelve al Padre. La lepra en la antigüedad y en la tradición cristiana. La actitud ejemplar del leproso. Algunos números del Catecismo de la Iglesia católica sobre la absolución en la confesión.


v  Cfr. Domingo 6º Tiempo Ordinario  Ciclo B  11 febrero 2018  

                   Marcos 1, 40-45; 1 Corintios 10, 31-11,1; Levítico 13, 1-2; 44,46

Marcos 1, 40-45: 40 En aquel tiempo, se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: - «Si quieres, puedes limpiarme.» 41 Sintiendo compasión, extendió la mano y lo tocó, diciendo: «Quiero, queda limpio.» 42 La lepra se le quitó inmediatamente, y quedó limpio. 43 Enseguida le conminó y le despidió. 44 Le dijo:  «No se lo digas a nadie; pero anda,  preséntate al sacerdote y ofrece por tu curación lo que mandó Moisés, para que les sirva de testimonio». 45 Sin embargo, en cuanto se fue, empezó a proclamar ya a divulgar el hecho, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en descampado; y aun así acudían a él de todas partes.

Salmo 32/31, 1-2; 5; 11: 1 De David. Poema. ¡Dichoso el que es perdonado de su culpa, y le queda cubierto su pecado!
2 Dichoso el hombre a quien Yahveh no le cuenta el delito, y en cuyo espíritu no hay fraude. 5 Mi pecado te reconocí, y no oculté mi culpa; dije: "Me confesaré a Yahveh de mis rebeldías." Y tú absolviste mi culpa, perdonaste mi pecado.
11 ¡Alegraos en Yahveh, oh justos, exultad, gritad de gozo, todos los de recto corazón!

1.    La lepra en la antigüedad y en la tradición cristiana


v  En la antigüedad era una enfermedad considerada repugnante, cuya desaparición era un signo de la llegada del Mesías.

·         En la antigüedad, no sólo era considerada una enfermedad repugnante, sino que se consideraba como
un castigo de Dios (Cf. Números 12, 10-15; Levítico 13 ss). Además, el enfermo era declarado impuro por la Ley, y debía vivir aislado, para no transmitir la impureza a las personas y a las cosas que tocaba (Números 5,12; 12,14ss).
·         La desaparición de esta enfermedad era considerada como una de las bendiciones  o signos de la
llegada del Mesías. Véase, por ejemplo, la respuesta que da el mismo Señor a los discípulos de Juan el Bautista, cuando se acercan a él para preguntarle, de parte del Bautista: «¿Eres tú el que va a venir, o esperamos a otro?» “Y Jesús le respondió: «Id y anunciadle a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan» (Mateo 11, 3-5).

v  En la tradición cristiana la lepra es un símbolo del pecado que también cura el Señor.

·         Por otra parte, la tradición cristiana ha considerado la lepra como un símbolo de la enfermedad del
pecado. Y, por tanto, la liberación de la lepra como un símbolo de la liberación de la lepra del pecado. El mismo Señor declara expresamente que él cura del mal físico o de la muerte para que sepamos que puede curarnos de ese otro mal más radical y profundo que es el pecado: “Para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar los pecados - se dirigió entonces al paralítico - , levántate, toma tu camilla y vete a tu casa. Y él se levantó y se fue a su casa”. (Marcos 2, 1ss).

o   Jesucristo vino para liberar a los hombres de la esclavitud más grave, la del pecado

·         En el Evangelio, de un modo u otro, aparece la finalidad principal de los milagros que es la de mostrar la
identidad divina de Jesucristo, además de que también se compadece del dolor humano.  El Mesías “no vino para abolir todos los males aquí abajo (Cf Lucas 12, 13. 14; Jn 18, 36), sino a liberar a los hombres de la esclavitud más grave, la del pecado (Cf Juan 8, 34-36)” (Catecismo de la Iglesia Católica, 549).

o   El perdón del pecado es una bienaventuranza: “Dichoso el que es perdonado de la culpa…”

·         El salmo responsorial que nos propone hoy la liturgia (32/31, 1-2.5.11), resalta la bienaventuranza del
perdón del pecado que ha sido confesado:  “Dichoso el que es perdonado de la culpa .... Dichoso el hombre a quien el Señor no le imputa delito y en cuyo espíritu no hay dolo  ... Te declaré mi pecado, no te oculté mi delito. Dije «Confesaré mis culpas al Señor». Y tú perdonaste mi culpa y mi pecado. ... Alegraos justos, y regocijaos en el Señor, exultad todos los rectos de corazón”.
·         Sagrada Biblia, Libros poéticos y sapienciales, Eunsa 2001, nota a Sal 32, 1-2:  “El hombre
encuentra la dicha cuando recibe el perdón divino y puede presentarse ante Dios con sinceridad de corazón”

2.    La absolución en el sacramento de la penitencia es un encuentro  con la misericordia de Dios.


o   En el momento de la absolución sacramental, el pecador contrito y convertido entra en contacto con el poder y la misericordia de Dios.

§  La confesión se convierte en un renacimiento espiritual, que transforma al penitente en una nueva criatura.
·         Juan Pablo II, Reconciliatio et paenitentia, 31: “La fórmula sacramental: “Yo te absuelvo...”, y la
imposición de la mano y la señal de la cruz, trazada sobre el penitente, manifiestan que en aquel momento el pecador contrito y convertido entra en contacto con el poder y la misericordia de Dios. Es el momento en el que, en respuesta al penitente, la Santísima Trinidad se hace presente para borrar su pecado y devolverle la inocencia, y la fuerza salvífica de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús es comunicada al mismo penitente como «misericordia más fuerte que la culpa y la ofensa», según la definición  de la Encíclica «Dives in misericordia»”.
·         Benedicto XVI: Discurso a los penitenciarios de las cuatro basílicas papales de Roma, 19/02/07:
“En el gesto de la absolución, pronunciada en nombre y por cuenta de la Iglesia, el confesor se convierte en el medio consciente de un maravilloso acontecimiento de gracia. Al adherir con docilidad al Magisterio de la Iglesia, se convierte en ministro de la consoladora misericordia de Dios, pone de manifiesto la realidad del pecado y al mismo tiempo la desmesurada potencia renovadora del amor divino, amor que vuelve a dar la vida. La confesión se convierte, por tanto, en un renacimiento espiritual, que transforma al penitente en una nueva criatura. Este milagro de gracia sólo puede realizarlo Dios, y lo cumple a través de las palabras y de los gestos del sacerdote. Al experimentar la ternura y el perdón del Señor, el penitente reconoce más fácilmente la gravedad del pecado, y refuerza su decisión para evitarlo y para permanecer y crecer en la reanudada amistad con Él”. 

o   Dios concede su perdón con el signo de la absolución

·         Rito de la Penitencia, n.6: Al pecador, que en la Confesión sacramental manifiesta al ministro de
la Iglesia su conversión, Dios concede su perdón con el signo de la absolución; de este modo, el sacramento de la Penitencia es completo en todas sus partes. Dios quiere servirse de signos sensibles para conferirnos la salvación, y renovar la alianza rota: todo entra en el conjunto de la economía divina que ha llevado a la manifestación visible de la bondad de Dios, nuestro Salvador y de su amor por nosotros (cf. Tito, 3, 4-5).

o   La absolución sacerdotal es también un juicio en el que Dios, Padre misericordioso, se vuelve benévolo al pecador por la muerte y resurrección de Jesucristo

·         Conferencia Episcopal Alemana: Catecismo católico de adultos:  La absolución sacerdotal en el
sacramento de la penitencia no es solamente el anuncio del Evangelio en relación al perdón de los pecados una declaración de que Dios ha perdonado los pecados; ella es, en cuanto reasunción en la plena comunión eclesial (como dice la doctrina cristiana) un verdadero acto judicial que corresponde únicamente a aquel que en nombre de Jesucristo puede actuar por la entera comunidad eclesial (cf. DS, 1685, 1709-10). El sacramento de la penitencia, como juicio, es ciertamente un juicio de gracia, en el que Dios, Padre misericordioso, se dirige benévolamente al pecador en virtud de la muerte y resurrección de Jesucristo, en el Espíritu Santo. El confesor asume, por esto, de igual modo, el lugar de un juez y de un médico. Debe actuar como un padre y como un hermano. Representa a Jesucristo, que ha derramado en la cruz su sangre por el pecador. Por esto, debe anunciar y explicar al penitente el mensaje de la remisión de los pecados, ayudarlo con su consejo para una nueva vida, orar por él, hacer penitencia en lugar suyo, y darle por la absolución, en nombre de Jesucristo, la remisión de sus pecados.

o   ¡Dios perdona siempre!

·         Camino, 309: ¡Mira qué entrañas de misericordia tiene la justicia de Dios! —Porque en los juicios
humanos, se castiga al que confiesa su culpa: y, en el divino, se perdona.
¡Bendito sea el santo Sacramento de la Penitencia!

3.    Cristo confió a sus apóstoles el ministerio de la reconciliación y los obispos, sus sucesores, y los presbíteros, colaboradores de los obispos, continúan ejerciendo este ministerio del perdón  [1] .

 

o   Jesús ha transmitido el poder que tiene de perdonar los pecados a simples hombres, sujetos ellos mismos a la insidia del pecado

·         Juan Pablo II, Reconciliatio et paenitentia, n. 29: “En la plenitud de los tiempos, el Hijo de Dios,
viniendo como el Cordero que quita y carga sobre el pecado del mundo ( Cf. Juan 1, 29; Is 53, 7. 12), aparece como el que tiene el poder tanto de juzgar (Cf Jn 5, 27) como el de perdonar los pecados,( Cf. Mateo 9, 2-7; Lc 5, 18-25; 7, 47-49; Marcos 2, 3-12) y que ha venido no para condenar, sino para perdonar y salvar.( Cf. Juan 3, 16 s.; 1 Juan 3, 5. 8)
Ahora bien, este poder de perdonar los pecados Jesús lo confiere, mediante el Espíritu Santo, a simples hombres, sujetos ellos mismos a la insidia del pecado, es decir a sus Apóstoles: «Recibid el Espíritu Santo; a quien perdonareis los pecados, les serán perdonados; a quienes se los retuviereis, les serán retenidos».( Juan 20, 22; Mt 18, 18; cf. también, por lo que se refiere a Pedro, Mt 16, 19. El B. Isaac de la Estrella subraya en un discurso la plena comunión de Cristo con su Iglesia en la remisión de los pecados: « Nada puede perdonar la Iglesia sin Cristo y Cristo no quiere perdonar nada sin la Iglesia. Nada puede perdonar la Iglesia sino a quien es penitente, es decir a quien Cristo ha tocado con su gracia; Cristo nada quiere considerar como perdonado a quien desprecia a la Iglesia »: Sermo 11 (In dominica III post Epiphaniam, I): PL 194, 1729) Es ésta una de las novedades evangélicas más notables. Jesús confirió tal poder a los Apóstoles incluso como transmisible —así lo ha en tendido la Iglesia desde sus comienzos— a sus sucesores, investidos por los mismos Apóstoles de la misión y responsabilidad de continuar su obra de anunciadores del Evangelio y de ministros de la obra redentora de Cristo”.

o   Como en los demás sacramentos, el sacerdote actúa «in  persona Christi». Por su medio Cristo aparece como hermano del hombre, pontífice misericordioso, fiel y compasivo  ....

·         Juan Pablo II, Reconciliatio et paenitentia, n. 29: “Aquí se revela en toda su grandeza la figura del
ministro del Sacramento de la Penitencia, llamado, por costumbre antiquísima, el confesor.
Como en el altar donde celebra la Eucaristía y como en cada uno de los Sacramentos, el Sacerdote, ministro de la Penitencia, actúa «in persona Christi». Cristo, a quien él hace presente, y por su medio realiza el misterio de la remisión de los pecados, es el que aparece como hermano del hombre,( Cf. Mateo12, 49 s.; Mc 3, 33 s.; Lucas 8, 20 s.; Romanos 8, 29: «... primogénito entre muchos hermanos») pontífice misericordioso, fiel y compasivo,(Cf. Hebreos 2, 17; 4, 15) pastor decidido a buscar la oveja perdida,(Cf. Mateo 18, 12 s.; Lc 15, 4-6) médico que cura y conforta,(Cf. Lucas 5, 31 s) maestro único que enseña la verdad e indica los caminos de Dios,(Cf. Mt 22, 16) juez de los vivos y de los muertos,(Cf. Hechos 10, 42) que juzga según la verdad y no según las apariencias.(Cf. Juan 8, 16)”. 

4.    La  actitud ejemplar del leproso

o   Reconoce claramente y con sencillez su mal y pide con fe su curación.

·         La tradición cristiana también ha resaltado la actitud ejemplar del leproso que reconoce claramente y
con sencillez su mal y pide con fe su curación - «rogándole de rodillas, le decía: Si quieres puedes curarme» -, para reflexionar sobre el hecho de que los hombres encontramos el perdón divino cuando recurrimos al Señor, confesando nuestros pecados. Se ha escrito mucho sobre las cualidades de ese reconocimiento de los propios pecados: claro, sencillo, confiado, etc. etc. Confesarse es “el gesto del hijo pródigo que vuelve al padre y es acogido por él con el beso de la paz; gesto de lealtad y de valentía; gesto de entrega de sí mismo, por encima del pecado, a la  misericordia que perdona” (Juan Pablo II, Reconciliatio et paenitentia, n. 31) 

5. Algunos números del Catecismo de la Iglesia Católica sobre la absolución en el sacramento de la Penitencia.


v  Elementos de la celebración del sacramento de la Penitencia

-          n. 1480 XI. LA CELEBRACION DEL SACRAMENTO DE LA PENITENCIA - Como todos
los sacramentos, la Penitencia es una acción litúrgica. Ordinariamente los elementos de su celebración son: saludo y bendición del sacerdote, lectura de la Palabra de Dios para iluminar la conciencia y suscitar la contrición, y exhortación al arrepentimiento; la confesión que reconoce los pecados y los manifiesta al sacerdote; la imposición y la aceptación de la penitencia; la absolución del sacerdote; alabanza de acción de gracias y despedida con la bendición del sacerdote.

v  La confesión individual e íntegra y la absolución continúan siendo el único modo ordinario para que los fieles se reconcilien con Dios y la Iglesia, a no ser que una imposibilidad física o moral excuse de este modo de confesión.

-          n. 1484 "La confesión individual e íntegra y la absolución continúan siendo el único modo
ordinario para que los fieles se reconcilien con Dios y la Iglesia, a no ser que una imposibilidad física o moral excuse de este modo de confesión" (OP 31). Y esto se establece así por razones profundas. Cristo actúa en cada uno de los sacramentos. Se dirige personalmente a cada uno de los pecadores: "Hijo, tus pecados están perdonados" (Mc 2, 5); es el médico que se inclina sobre cada uno de los enfermos que tienen necesidad de él (cf Mc 2, 17) para curarlos; los restaura y los devuelve a la comunión fraterna. Por tanto, la confesión personal es la forma más significativa de la reconciliación con Dios y con la Iglesia.

-          n. 1483 En casos de necesidad grave se puede recurrir a la celebración comunitaria de la
reconciliación con confesión general y absolución general. Semejante necesidad grave puede presentarse cuando hay un peligro inminente de muerte sin que el sacerdote o los sacerdotes tengan tiempo suficiente para oír la confesión de cada penitente. La necesidad grave puede existir también cuando, teniendo en cuenta el número de penitentes, no hay bastantes confesores para oír debidamente las confesiones individuales en un tiempo razonable, de manera que los penitentes, sin culpa suya, se verían privados durante largo tiempo de la gracia sacramental o de la sagrada comunión. En este caso, los fieles deben tener, para la validez de la absolución, el propósito de confesar individualmente sus pecados graves en su debido tiempo (CIC can. 962, 1). Al obispo diocesano corresponde juzgar si existen las condiciones requeridas para la absolución general (CIC can. 961, 2). Una gran concurrencia de fieles con ocasión de grandes fiestas o de peregrinaciones no constituyen por su naturaleza ocasión de la referida necesidad grave.

o   La fórmula de la absolución indica que el Padre de la misericordia es la fuente de todo perdón.

-          n. 1449: La fórmula de absolución en uso en la Iglesia latina expresa el elemento esencial de
este sacramento: el Padre de la misericordia es la fuente de todo perdón. Realiza la reconciliación de los pecadores por la Pascua de su Hijo y el don de su Espíritu, a través de la oración y el ministerio de la Iglesia:
"Dios, Padre misericordioso, que reconcilió consigo al mundo por la muerte y la resurrección de su Hijo y derramó el Espíritu Santo para la remisión de los pecados, te conceda, por el ministerio de la Iglesia, el perdón y la paz. Y yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo" (Ordo poenitentiae 102).

v  Los obispos y los presbíteros, en virtud del sacramento del Orden, tienen el poder de perdonar todos los pecados.

-          n. 1461 EL MINISTRO DE ESTE SACRAMENTO - Puesto que Cristo confió a sus apóstoles
el ministerio de la reconciliación (cf Jn 20, 23; 2Co 5, 18), los obispos, sus sucesores, y los presbíteros, colaboradores de los obispos, continúan ejerciendo este ministerio. En efecto, los obispos y los presbíteros, en virtud del sacramento del Orden, tienen el poder de perdonar todos los pecados "en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo".
-          Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1442: Cristo (…)  confió el ejercicio del poder de
absolución al ministerio apostólico, que está encargado del «ministerio de la reconciliación» (2 Corintios 5, 18). El apóstol es enviado «en nombre de Cristo», y «es Dios mismo» quien, a través de él, exhorta y suplica: «Dejaos reconciliar con Dios» (2 Corintios 5, 20).

v  Relación entre la absolución y la penitencia que impone el confesor (llamada también satisfacción).

o   La absolución quita el pecado, pero no remedia todos los desórdenes que el pecado causó.

§  Liberado del pecado, el pecador debe todavía recobrar la plena salud espiritual. Por tanto, debe hacer algo más para reparar sus pecados: debe «satisfacer» de manera apropiada o «expiar» sus pecados.
-          Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1459: La satisfacción - Muchos pecados causan daño al
prójimo. Es preciso hacer lo posible para repararlo (por ejemplo, restituir las cosas robadas, restablecer la reputación del que ha sido calumniado, compensar las heridas). La simple justicia exige esto. Pero además el pecado hiere y debilita al pecador mismo, así como sus relaciones con Dios y con el prójimo. La absolución quita el pecado, pero no remedia todos los desórdenes que el pecado causó (Cf Cc. de Trento: DS 1712). Liberado del pecado, el pecador debe todavía recobrar la plena salud espiritual. Por tanto, debe hacer algo más para reparar sus pecados: debe «satisfacer» de manera apropiada o «expiar» sus pecados. Esta satisfacción se llama también «penitencia».





Vida Cristiana



[1] Sobre la confesión de los pecados, cfr. Julio Atienza – Pedro Jesús Lasanta,  La alegría del perdón, Edibesa 1998, pp. 157-173.

La actitud ejemplar del leproso


y con sencillez su mal y pide con fe su curación. La escena debió de ser extraordinaria. Con su sinceridad se pone delante del Señor, e hincándose de rodillas, reconoce su enfermedad y pide que le cure.

La  actitud ejemplar del leproso


v  Cfr. Domingo 6 del tiempo ordinario Ciclo B.

                      [6B18LepraSímboloPeccadoAbsolucionEncuentroMisericordiaDios; 11 de febrero de 2018]


Marcos 1, 40-45: 40 En aquel tiempo, se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: - «Si

quieres, puedes limpiarme.» 41 Sintiendo compasión, extendió la mano y lo tocó, diciendo:

«Quiero, queda limpio.»42 La lepra se le quitó inmediatamente, y quedó limpio. 43 Enseguida le

conminó y le despidió. 44 Le dijo:  «No se lo digas a nadie; pero anda,  preséntate al sacerdote y

ofrece por tu curación lo que mandó Moisés, para que les sirva de testimonio». 45 Sin embargo, en

cuanto se fue, empezó a proclamar ya a divulgar el hecho, de modo que Jesús ya no podía entrar

abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en descampado; y aun así acudían a él de todas

partes.


v  La  actitud ejemplar del leproso

Francisco Fernández Carvajal, Meditaciones para cada día del año, Ediciones Palabra,
tomo III, Sexto Domingo, Ciclo B

o   Reconoce claramente y con sencillez su mal y pide con fe su curación.

·         La tradición cristiana ha resaltado la actitud ejemplar del leproso que reconoce claramente y con
sencillez su mal y pide con fe su curación - «rogándole de rodillas le decía: Si quieres puedes curarme» -, para reflexionar sobre el hecho de que los hombres encontramos el perdón divino cuando recurrimos al Señor, confesando nuestros pecados. Se ha escrito mucho sobre las cualidades de ese reconocimiento de los propios pecados: claro, sencillo, confiado, etc. etc. 
Confesarse es “el gesto del hijo pródigo que vuelve al padre y es acogido por él con el beso de la paz; gesto de lealtad y de valentía; gesto de entrega de sí mismo, por encima del pecado, a la  misericordia que perdona” (Juan Pablo II, Reconciliatio et paenitentia, n. 31) 

o   La escena debió de ser extraordinaria

Francisco Fernández Carvajal, o.c.
·         “La escena debió de ser extraordinaria. Se postró el leproso ante Jesús, y le dijo: Señor, si quieres puedes
 limpiarme. Si quieres... Quizá se había preparado un discurso más largo, con más explicaciones..., pero al final todo quedó reducido a esta jaculatoria llena de sencillez, de confianza, de delicadeza: Si vis, potes me mundare, si quieres, puedes... En estas pocas palabras se resume una oración poderosa. Jesús se compadeció; y los tres Evangelistas que relatan el suceso nos han dejado el gesto sorprendente del Señor: extendió la mano y le tocó. Hasta ahora todos los hombres habían huido de él con miedo y repugnancia, y Cristo, que podía haberle curado a distancia –como en otras ocasiones–, no solo no se separa de él, sino que llegó a tocar su lepra. No es difícil imaginar la ternura de Cristo y la gratitud del enfermo cuando vio el gesto del Señor y oyó sus palabras: Quiero, queda limpio.
El Señor siempre desea sanarnos de nuestras flaquezas y de nuestros pecados. Y no tenemos necesidad de esperar meses ni días para que pase cerca de nuestra ciudad, o junto a nuestro pueblo... Al mismo Jesús de Nazaret que curó a este leproso le encontramos todos los días en el Sagrario más cercano, en la intimidad del alma en gracia, en el sacramento de la Penitencia. “Es Médico y cura nuestro egoísmo, si dejamos que su gracia penetre hasta el fondo del alma. Jesús nos ha advertido que la peor enfermedad es la hipocresía, el orgullo que lleva a disimular los propios pecados. Con el Médico es imprescindible una sinceridad absoluta, explicar enteramente la verdad y decir: Domine, si vis, potes me mundare (Mt 8, 2), Señor, si quieres –y Tú quieres siempre–, puedes curarme. Tú conoces mi flaqueza; siento estos síntomas, padezco estas otras debilidades. Y le mostramos sencillamente las llagas; y el pus, si hay pus” [1]; todas las miserias de nuestra vida”.

o   Con su sinceridad se pone delante del Señor, e hincándose de rodillas, reconoce su enfermedad y pide que le cure [2].

Francisco Fernández Carvajal, o.c.
·         “Hemos de aprender de este leproso: con su sinceridad se pone delante del Señor, e hincándose de
rodillas [3]  reconoce su enfermedad y pide que le cure.
Le dijo el Señor al leproso: Quiero, queda limpio. Y al momento desapareció de él la lepra y quedó limpio. Nos imaginamos la inmensa alegría del que hasta ese momento era leproso. Tanto fue su gozo que, a pesar de la advertencia del Señor, comenzó a proclamar y divulgar por todas partes la noticia del bien inmenso que había recibido. No se pudo contener con tanta dicha para él solo, y siente la necesidad de hacer partícipes a todos de su buena suerte.
Esta ha de ser nuestra actitud ante la Confesión. Pues en ella también quedamos libres de nuestras enfermedades, por grandes que pudieran ser. Y no solo se limpia el pecado; el alma adquiere una gracia nueva, una juventud nueva, una renovación de la vida de Cristo en nosotros. Quedamos unidos al Señor de una manera particular y distinta. Y de ese ser nuevo y de esa alegría nueva que encontramos en cada Confesión hemos de hacer partícipes a quienes más apreciamos, y a todos”.

v  ¡«Si quieres, puedes limpiarme»!

o   Cada día, el Señor purifica el alma de quien se lo suplica, lo adora y proclama con estas palabras: Señor, si quieres, me puedes purificar, sin mirar la cantidad de sus faltas. 

Cada día, el Señor purifica el alma de quien se lo suplica, lo adora y proclama con estas palabras: Señor, si quieres, me puedes purificar, sin mirar la cantidad de sus faltas.  Porque el que cree de todo corazón queda justificado. Debemos dirigir a Dios nuestras peticiones con toda confianza, sin duda de su poder. Esta es la razón porque el Señor responde al instante a la petición del leproso que le suplica y le dice: Quiero, queda limpio. Porque a poco que el pecador ore con fe, la mano del Señor limpia la lepra de su alma. Este leproso nos da un buen consejo acerca de nuestra manera de orar. No pone en duda la voluntad del señor, como si no creyera en su bondad. Sino que, consciente de la gravedad de sus faltas, no quiere presumir de esta voluntad. Diciendo «si quieres». Afirma que este poder pertenece  al Señor, al mismo tiempo que confiesa su fe.
            El apóstol Pedro habla de esta fe, sin duda alguna, cuando dice: Purificó sus corazones por medio de la fe.  La fe pura, vivida en el amor, mantenida por la perseverancia, paciente en la espera, humilde en la confesión, firme en la confianza, respetuosa en la oración, llena de sabiduría en lo que pide, escuchará con certeza en toda circunstancia esta palabra del Señor: Quiero. (San Pascasio Radberto [4] (En Magnificat, n. 171, febrero 2018, pp. 157-158).




Vida Cristiana





[1] Es Cristo que pasa, 93
[2] Sobre la confesión de los pecados, cfr.Julio Atienza-Pedro Jesús Lasanta,  La alegría del perdón, Edibesa 1998, pp.
  157-173
[3] Marcos 1, 40
[4] san Pascasio Radberto (Soissons, Aisne, Picardía, ca. 792 - Corbie, 26 de abril de 865) fue un monje benedictino, abad de la Abadía de Corbie e importante autor eclesiástico. Su memoria se celebra el 26 de abril​ y su sepulcro se conserva en Corbie inventariado como monumento histórico francés en 1907.

martes, 6 de febrero de 2018

Sólo me queda el amor: por Santiago Agrelo

Había oído muchas veces esa narración evangélica. La había meditado. Siempre consideré asombroso que, lo mismo el enfermo de lepra que Jesús, ignorasen, como si no existiesen, las normas que defendían de la lepra a la comunidad.
Oír, meditar, asombrarse de lo que se ha oído, fueron durante mucho tiempo los verbos de mi vida de fe.
Hasta que un día…
Era un día cualquiera, en una eucaristía que en nada se diferenciaba de las que hasta entonces había celebrado. Todo era como siempre, incluido aquel evangelio que tantas veces había escuchado: “Si quieres, puedes limpiarme”… “Quiero: queda limpio”.
Sólo que, mientras proclamaba el relato acostumbrado, supe con certeza que se estaba hablando de Jesús y de mí. En un instante, todo yo, mi vida entera, arrodillada a los pies de Jesús, la vi alcanzada por la ternura del que, extendida la mano, me tocó contagiándose de mi impureza y contagiándome de su santidad.
¡El leproso del relato evangélico era yo!
Cuando te pedí que me curases, no podía sospechar, Señor, que serías tú quien se había de quedar con mi enfermedad, con mis harapos, con mi soledad, con mi impureza.
Ahora lo sé, y el corazón me pide decirte: Señor, devuélveme esa lepra que tu amor se ha llevado; devuélveme impureza, soledad y andrajos, pues no es justo que tú te quedes con una maldición que es sólo mía; no puedo permitirte esa locura; “no me lavarás los pies jamás”.
Pero tú, arrodillado a mis pies como si fueses mi esclavo, con seriedad que no puedo ignorar, me dijiste: “Si no te lavo”, si no me das tu enfermedad, “no tienes parte conmigo”.
Entonces supe que sólo cabía amarte para no morir de pena por haber echado sobre tus hombros el peso de mis pecados.
Sólo cabe que amemos a quien tanto nos amó, y tú lo sabes, Iglesia de leprosos limpios, Iglesia de Cristo, el esposo que se entregó a sí mismo por ti, para consagrarte, purificándote con el baño del agua y la palabra.
El amor que te purifica, el amor que es Cristo Jesús, no se arrodilló una vez a tus pies para luego apartarse: Se arrodilló una vez para siempre, como se entregó una vez para siempre, como es para siempre el amor que es Dios.
Hoy, en la eucaristía, volverás a decírselo: “Si quieres, puedes limpiarme”… Y volverás a oír la voz de su misericordia: “Quiero: queda limpio”. Y te acercarás a él, lo recibirás y, a la luz de la fe, verás que su mano se extiende sobre ti dejándote gloriosa, sin mancha ni arruga, santa e inmaculada.
El corazón intuye que sólo tenemos el amor que Dios nos tiene: Sólo nos queda el amor.

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