sábado, 16 de junio de 2018

A Dios le gusta la mostaza: por Santiago Agrelo


Entre los árboles del bosque, Dios escoge y planta una rama tierna. Entre las semillas, el Reino de Dios se compara con la más pequeña de ellas.
La pequeñez es el sacramento que evidencia la grandeza de Dios en la historia de la salvación, en la vida de la Iglesia, en la vida de cada  creyente.
La pequeñez sin apariencia del grano de mostaza se hará enramada tan grande que a su sombra podrán anidar los pájaros del cielo.
Ese grano de mostaza, semilla insignificante, ni “atrayente a los ojos” ni “deseable para lograr inteligencia”, se podría llamar «Belén Efratá»: “Y tú, Belén Efratá, pequeña entre los clanes de Judá, de ti voy a sacar al que ha de gobernar Israel”. Lo podrías llamar «cabaña de David»: “Aquel día levantaré la cabaña caída de David, repararé sus brechas, restauraré sus ruinas y la reconstruiré como antaño”. Lo puedes llamar «resto de Israel»: “Aquel día, el resto de Israel y los supervivientes de la casa de Jacob no volverán a apoyarse en su agresor, sino que se apoyarán con lealtad en el Señor, en el Santo de Israel”. Lo puedes llamar «renuevo» y «vástago»: “Se desploma el Líbano con todo su esplendor; pero brotará un renuevo del tronco de Jesé, y de su raíz florecerá un vástago”.
El secreto de la fecundidad asombrosa de lo pequeño es «El Señor»: su voluntad, su misericordia, su fidelidad, sus promesas.
En la pequeñez fecunda del grano de mostaza puedes ver representado el misterio de María de Nazaret, la esclava que Dios ha enaltecido.
En esa semilla, que ni semilla parece, puedes ver representado el misterio de Cristo, del Hijo que ha descendido hasta lo hondo de la condición humana y, por eso, ha recibido de Dios el nombre sobre todo nombre.
En ese grano de mostaza se puede ver representado el misterio de la comunidad eclesial, del pequeño rebaño de Cristo Jesús.
Por eso haces tuyo el himno del salmista: “Es bueno dar gracias al Señor y tocar para tu nombre, oh Altísimo; proclamar por la mañana tu misericordia y de noche tu fidelidad”.
Por eso haces tuyo el cántico de la esclava enaltecida: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava… el Poderoso ha hecho obras grandes por mí, su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación”.
El Reino de Dios es como un grano de mostaza; es como el Cristo anonadado en la encarnación, entregado en la Eucaristía; es como tú, Iglesia que caminas con Cristo en pobreza y humildad.
A Dios se le van los ojos tras su Hijo bautizado en nuestra nada. Dios enaltece su misericordia y su fidelidad en la pequeñez de la comunidad eclesial. A Dios le gusta la mostaza. Y a los pájaros también.

Catequesis sobre el Bautismo. 2. La señal de la fe cristiana



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Ø El sacramento del Bautismo. Catequesis de Papa Francisco (2018). (2) La señal de la fe cristiana.

El Bautismo es el comienzo de un proceso que permite vivir unidos a Cristo en la Iglesia. Y es como si

fuese el segundo cumpleaños. El Bautismo enciende la vocación personal a vivir como cristianos, que se

desarrollará toda la vida. E implica una respuesta personal y no prestada, de “corta y pega”. La vida

cristiana está entretejida por una serie de llamadas y respuestas: Dios sigue pronunciando nuestro

nombre en el curso de los años, haciendo sonar de mil modos su llamada a conformarnos a su Hijo Jesús.

Ser cristianos es un don que viene de lo alto.   La fe no se puede comprar, pero sí pedir y recibir como

don. “Señor, regálame el don de la fe”, es una bonita oración. Si los catecúmenos adultos manifiestan en

primera persona lo que desean recibir como don de la Iglesia, los niños son presentados por sus padres,

con los padrinos. «La señal de la cruz, al comienzo de la celebración, señala la impronta de Cristo sobre

el que le va a pertenecer y significa la gracia de la redención que Cristo nos ha adquirido por su cruz».

¿Nuestros niños saben hacer bien la señal de la cruz?  Hacer la señal de la cruz en otros momentos de

nuestra vida.

 

v  Cfr. Catequesis de Papa Francisco, Audiencia General

Miércoles, 18 de abril de 2018

                Catequesis sobre el Bautismo. 2. La señal de la fe cristiana


1.    Es el comienzo de un proceso que permite vivir unidos a Cristo en la Iglesia. Y es como si fuese el segundo cumpleaños.

Prosigamos, en este Tiempo de Pascua, las catequesis sobre el Bautismo. El significado del Bautismo destaca claramente por su celebración, por eso dirigimos a ella nuestra atención. Considerando los gestos y las palabras de la liturgia, podemos captar la gracia y el compromiso de este Sacramento, que siempre debemos redescubrir. Lo recordamos en la aspersión con el agua
bendita que se puede hacer los domingos al inicio de la Misa, así como en la renovación de las promesas bautismales durante la Vigilia Pascual.

Y es que cuanto sucede en la celebración del Bautismo suscita una dinámica espiritual que atraviesa toda la vida de los bautizados; es el comienzo de un proceso que permite vivir unidos a Cristo en la Iglesia. Por tanto, volver a la fuente de la vida cristiana nos lleva a comprender mejor el don recibido el día de nuestro Bautismo y a renovar el compromiso de corresponder en nuestra situación actual. Renovar el compromiso, comprender mejor ese don, que es el Bautismo, y recordar el día de nuestro Bautismo.

El miércoles pasado pedí que cada uno hiciera la tarea en casa de recordar el día del Bautismo, qué día fue bautizado. Yo sé que algunos de vosotros lo saben, otros, no; los que no lo
saben, que pregunten a sus parientes, a los padrinos, a las madrinas…, que pregunten: “¿Cuál es la fecha de mi bautismo?” Porque es un renacimiento el Bautismo, y es como si fuese el segundo cumpleaños. ¿Entendido? Hacer esatarea en casa, preguntar: “¿Cuál es la fecha de mi bautismo?”.

2.    En el rito de acogida, se pregunta el nombre del candidato, porque el nombre indica la identidad de una persona.

v  Dios llama a cada uno por su nombre, amándonos singularmente, en lo concreto de nuestra historia.

o   El Bautismo enciende la vocación personal a vivir como cristianos, que se desarrollará toda la vida.

§  E implica una respuesta personal y no prestada, de “corta y pega”.
La vida cristiana está entretejida por una serie de llamadas y respuestas: Dios sigue pronunciando nuestro nombre en el curso de los años, haciendo sonar de mil modos su llamada a conformarnos a su Hijo Jesús.
            En primer lugar, en el rito de acogida, se pregunta el nombre del candidato, porque el nombre indica la identidad de una persona. Cuando nos presentamos decimos en seguida nuestro nombre: “Yo me llamo así”, para salir del anonimato —el anónimo es el que no tiene nombre—. Para salir del anonimato inmediatamente decimos nuestro nombre. Sin nombre somos unos
desconocidos, sin derechos ni deberes. Dios llama a cada uno por su nombre, amándonos singularmente, en lo concreto de nuestra historia. El Bautismo enciende la vocación personal a vivir como cristianos, que se desarrollará toda la vida. E implica una respuesta personal y no prestada, de “corta y pega”. La vida cristiana está entretejida por una serie de llamadas y respuestas: Dios sigue pronunciando nuestro nombre en el curso de los años, haciendo sonar de mil modos su llamada a conformarnos a su Hijo Jesús. ¡El nombre es importante! ¡Es muy importante! Los padres piensan en el nombre que van aponer al hijo antes del nacimiento: y eso también forma parte de la espera de
un hijo que, en su nombre propio, tendrá su identidad original, también para la vida cristiana unida a Dios.

3.    Ser cristianos es un don que viene de lo alto.   La fe no se puede comprar, pero sí pedir y recibir como don. “Señor, regálame el don de la fe”, es una bonita oración.

v  Si los catecúmenos adultos manifiestan en primera persona lo que desean recibir como don de la Iglesia, los niños son presentados por sus padres, con los padrinos.

Claro que ser cristianos es un don que viene de lo alto (cfr. Jn 3,3-8). La fe no se puede comprar, pero sí pedir y recibir como don. “Señor, regálame el don de la fe”, es una bonita oración. “Que yo tenga fe”, es una bonita oración. Pedirla como don, pero no se puede comprar, se pide. Pues, «el Bautismo es el sacramento de aquella fe, con la cual los hombres, iluminados por la gracia del Espíritu Santo, responden al Evangelio de Cristo» (Rito del Bautismo de Niños, Introducción general, n. 3).
A suscitar y despertar una fe sincera en respuesta al Evangelio tienden la formación de los catecúmenos y la preparación de los padres, como la escucha de la Palabra de Dios en la misma celebración del Bautismo.
Si los catecúmenos adultos manifiestan en primera persona lo que desean recibir como don de la Iglesia, los niños son presentados por sus padres, con los padrinos. El diálogo con ellos les permite expresar la voluntad de que los pequeños reciban el Bautismo y a la Iglesia la intención de celebrarlo. «Expresión de todo esto es la señal de la cruz, que el celebrante y los padres
trazan sobre la frente de los niños» (Rito del Bautismo de Niños, Introducción., n. 16).

4.    «La señal de la cruz, al comienzo de la celebración, señala la impronta de Cristo sobre el que le va a pertenecer y significa la gracia de la redención que Cristo nos ha adquirido por su cruz».

v  ¿Nuestros niños saben hacer bien la señal de la cruz?

o   La cruz es el distintivo que manifiesta quiénes somos: nuestro hablar, pensar, mirar, hacer… está bajo la señal de la cruz, o sea bajo la señal del amor de Jesús hasta el fin.

§  Los niños son signados en la frente. Los catecúmenos adultos son signados en los oídos, en los ojos, en la boca, en el pecho, en los hombros.
«La señal de la cruz, al comienzo de la celebración, señala la impronta de Cristo sobre el que le va a pertenecer y significa la gracia de la redención que Cristo nos ha adquirido por su cruz» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1235). En la ceremonia hacemos sobre los niños la señal de la cruz. Pero me gustaría volver a un tema del que ya os he hablado. ¿Nuestros niños saben hacer bien la señal de la cruz? Muchas veces he visto niños que no saben hacer la señal de la cruz. Y vosotros, padres, madre, abuelos, abuelas, padrinos, madrinas, debéis enseñar a hacer bien la señal de la cruz porque es repetir lo que se hizo en el Bautismo. ¿Lo habéis entendido bien? Enseñar a los niños a hacer bien la señal de la cruz. Si lo aprenden de niños lo harán bien después, de grandes. La cruz es el distintivo que manifiesta quiénes somos: nuestro hablar, pensar, mirar, hacer… está bajo la señal de la cruz, o sea bajo la señal del amor de Jesús hasta el fin.

Los niños son signados en la frente. Los catecúmenos adultos son signados también en los sentidos, con estas palabras: «Recibid la señal de la cruz en los oídos para escuchar la voz del Señor»; «en los ojos para ver el esplendor del rostro de Dios»; «en la boca, para responder a la
palabra de Dios»; «en el pecho, para que Cristo habite por medio de la fe en vuestros corazones»; «en los hombros, para sostener el yugo suave de Cristo» (Rito de la iniciación cristiana de adultos, n. 85). Nos hacemos cristianos en la medida en que la cruz se imprime en nosotros como una marca “pascual” (cfr. Ap 14,1;22,4), haciendo visible, también exteriormente, el modo cristiano de
afrontar la vida.

5.    Hacer la señal de la cruz en otros momentos de nuestra vida.

Hacer la señal de la cruz cuando nos despertamos, antes de comer, ante un peligro, como defensa contra el mal, por la noche antes de dormir, significa decirnos a nosotros mismos y a los demás a quién pertenecemos, quién queremos ser. Por eso es tan importante enseñar a los
niños a hacer bien la señal de la cruz. Y, como lo hacemos al entrar en la iglesia, podemos hacerlo también en casa, conservando en un pequeño vaso adecuado un poco de agua bendita. Algunas familias lo hacen: así, cada vez que entran o salen, haciendo la señal de la cruz con esa agua recordamos que estamos bautizados. No olvidarlo, repito: enseñar a los niños a hacer la señal de la cruz.



Catequesis sobre el Bautismo. 1. El fundamento de la vida cristiana




[Chiesa/Testi/Battesimo/CatequesisSobreBautismoAudienciaGeneralFrancisco/BautismoCatequesisFrancisco(1)FundamentoVidaCristiana]
Ø El sacramento del Bautismo. Catequesis de Papa Francisco (2018). (1) El fundamento de la vida cristiana. El Bautismo es el primero de los Sacramentos, en cuanto es la puerta que permite a Cristo Señor establecer su morada en nuestra persona y a nosotros sumergirnos en su Misterio. El Bautismo es un renacimiento. El Bautismo nos sumerge en la muerte y resurrección del Señor, ahogando en la fuente bautismal al hombre viejo, dominado por el pecado que separa de Dios, y haciendo nacer el hombre nuevo, recreado en Jesús. Todos debemos saber la fecha de nuestro Bautismo. Es otro cumpleaños: el cumpleaños del renacimiento. El Sacramento supone un camino de fe, que llamamos catecumenado, evidente cuando es un adulto quien pide el Bautismo. ¿Pero para qué bautizar a un niño que no entiende?

v  Cfr.Papa Francisco, Catequesis sobre el Bautismo,

Audiencia General - Miércoles, 11 de abril de 2018
Catequesis sobre el Bautismo. 1. El fundamento de la vida
cristiana

1.    Una reflexión  sobre la vida cristiana que, por su naturaleza, es la vida que proviene del mismo Cristo.

v  Somos cristianos en la medida en que dejamos vivir a Jesucristo en nosotros.

o   El Bautismo es el primero de los Sacramentos, en cuanto es la puerta que permite a Cristo Señor establecer su morada en nuestra persona y a nosotros sumergirnos en su Misterio.

§  El Bautismo es un renacimiento.
Los cincuenta días del tiempo litúrgico pascual son propicios para reflexionar sobre la vida cristiana que, por su naturaleza, es la vida que proviene del mismo Cristo. Somos, pues, cristianos en la medida en que dejamos vivir a Jesucristo en nosotros. ¿De dónde partir entonces para reavivar esa conciencia si no del principio, del Sacramento que encendió en nosotros la vida cristiana? Ese es el Bautismo. La Pascua de Cristo, con su carga de novedad, nos llega a través del Bautismo para transformarnos a su imagen: los bautizados son de Jesucristo, es Él el Señor de su existencia. El Bautismo es el «fundamento de toda la vida cristiana» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1213). Es el primero de los Sacramentos, en cuanto es la puerta que permite a Cristo Señor establecer su morada en nuestra persona y a nosotros sumergirnos en su Misterio.

2.    El verbo griego “bautizar” significa “sumergir”.

v  En virtud del Espíritu Santo, el Bautismo nos sumerge en la muerte y resurrección del Señor, ahogando en la fuente bautismal al hombre viejo, dominado por el pecado que separa de Dios, y haciendo nacer el hombre nuevo, recreado en Jesús.

o   Todos debemos saber la fecha de nuestro Bautismo. Es otro cumpleaños: el cumpleaños del renacimiento.

§  El Bautismo es llamado también “regeneración”: creemos que Dios nos ha salvado «por su misericordia, mediante el baño de la regeneración y de la renovación en el Espíritu Santo».
El verbo griego “bautizar” significa “sumergir” (cfr. Catecismo, 1214). El baño con el agua es un rito común a varias creencias para expresar el paso de una condición a otra, signo de purificación para un nuevo inicio. Pero a los cristianos no se nos debe escapar que si es el cuerpo el que es sumergido en el agua, es el alma la que es sumergida en Cristo para recibir el perdón del
pecado y brillar con luz divina (cfr. Tertuliano, Sobre la resurrección de los muertos, VIII, 3: CCL 2, 931; PL 2, 806).
En virtud del Espíritu Santo, el Bautismo nos sumerge en la muerte y resurrección del Señor, ahogando en la fuente bautismal al hombre viejo, dominado por el pecado que separa de Dios, y haciendo nacer el hombre nuevo, recreado en Jesús. En Él, todos los hijos de Adán están llamados a vida nueva. El Bautismo, pues, es un renacimiento. Estoy seguro, segurísimo de que todos nos acordamos de la fecha de nuestro nacimiento: seguro. Pero me pregunto yo, un poco dudoso, y os pregunto a vosotros: ¿se acuerda cada uno de cuál fue la fecha de su Bautismo? Algunos dicen que sí: está bien. Pero es un sí un poco débil, porque quizá muchos no se acuerdan. Pero si celebramos el día del nacimiento, ¿cómo no celebrar –al menos recordar– el día del renacimiento? Yo os pondré una tarea para casa, una tarea para hacer hoy en casa. Aquellos de vosotros que no se acuerden de la fecha del Bautismo, que pregunten a su madre, a los tíos, a los abuelos:“¿Tú sabes cuál es la fecha de mi Bautismo?”, y no olvidarla nunca. Y ese día dad gracias el Señor, porque es precisamente el día en que Jesús entró en mí, el Espíritu Santo entró en mí. ¿Habéis entendido bien la tarea para casa?
Todos debemos saber la fecha de nuestro Bautismo. Es otro cumpleaños: el cumpleaños del renacimiento. No olvidéis hacerlo, por favor.

Recordemos las últimas palabras del Resucitado a los Apóstoles; son un mandato preciso: «Id, pues,  haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28,19). A través del lavado bautismal, quien cree en Cristo viene inmerso en la vida misma de la Trinidad. No es pues un agua cualquiera la del Bautismo, sino el agua sobre la que es invocado el Espíritu «dador de vida» (Credo). Pensemos en lo que Jesús dijo a Nicodemo para explicarle el nacimiento a la vida divina: «Si uno no nace del agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Lo nacido de la carne, carne es; y lo nacido del Espíritu, espíritu es» (Jn 3,5-6). Por eso el Bautismo es llamado también “regeneración”: creemos que Dios nos ha salvado «por su misericordia, mediante el baño de la regeneración y de la renovación en el Espíritu Santo» (Tt 3,5).
§  El Bautismo es por eso signo eficaz de renacimiento, para caminar en novedad de vida.
El Bautismo es por eso signo eficaz de renacimiento, para caminar en novedad de vida. Lo recuerda san Pablo a los cristianos de Roma: «¿No sabéis que cuantos hemos sido bautizados en Cristo Jesús hemos sido bautizados para unirnos a su muerte? Pues fuimos sepultados juntamente con Él mediante el bautismo para unirnos a su muerte, para que, así como Cristo fue resucitado de
entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros caminemos en una vida nueva»  (Rm 6,3-4).

3.    El Bautismo nos hace también miembros de su Cuerpo, que es la Iglesia, y partícipes de su misión en el mundo

v  El Bautismo permite a Cristo vivir en nosotros y a nosotros vivir unidos a Él, para colaborar con la Iglesia, cada uno según su propia condición, en la transformación del mundo.

o   El Sacramento supone un camino de fe, que llamamos catecumenado, evidente cuando es un adulto quien pide el Bautismo.

§  ¿Pero para qué bautizar a un niño que no entiende?
Sumergiéndonos en Cristo, el Bautismo nos hace también miembros de su Cuerpo, que es la Iglesia, y partícipes de su misión en el mundo (cfr. Catecismo, 1213). Los bautizados no estamos aislados: somos miembros del Cuerpo de Cristo. La vitalidad que mana de la fuente bautismal queda ilustrada por estas palabras de Jesús: «Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí, y yo en él, ése da mucho fruto» (Jn 15,5). Una misma vida, la del Espíritu Santo, fluye desde Cristo a los bautizados, uniéndoles en un solo Cuerpo (cfr. 1Cor 12,13), ungido por la santa unción y alimentado en la mesa eucarística.
El Bautismo permite a Cristo vivir en nosotros y a nosotros vivir unidos a Él, para colaborar con la Iglesia, cada uno según su propia condición, en la transformación del mundo. Recibido una sola vez, el lavado bautismal ilumina toda nuestra vida, guiando nuestros pasos hasta la Jerusalén del Cielo. Hay un antes y un después del Bautismo.
El Sacramento supone un camino de fe, que llamamos catecumenado, evidente cuando es un adulto quien pide el Bautismo. Pero también los niños, desde la antigüedad, son bautizados en la fe
de sus padres (cfr. Rito del Bautismo de niños, Introducción, 2). Y sobre esto yo querría deciros una cosa. Algunos piensan: ¿pero para qué bautizar a un niño que no entiende? Esperemos a que crezca, a que entienda y sea él mismo quien pida el Bautismo. Pero eso significa no tener confianza en el Espíritu Santo, porque cuando bautizamos a un niño, en ese niño entra el Espíritu Santo, y el Espíritu Santo hace crecer en ese niño, desde pequeño, las virtudes cristianas que luego florecerán. Siempre se debe dar esa oportunidad a todos, a todos los niños, de tener dentro de ellos al Espíritu Santo que les guíe durante la vida. ¡No olvidéis bautizar a los niños! Nadie merece el Bautismo,
que es siempre don gratuito para todos, adultos y neonatos. Pero como sucede con una semilla llena de vida, ese don echa raíces y da fruto en un terreno alimentado por la fe. Las promesas bautismales que cada año renovamos en la Vigilia Pascual deben ser reavivadas cada día para que el Bautismo
“cristifique”: no debemos tener miedo de esa palabra; el Bautismo nos “cristifica”, quien ha ecibido el Bautismo y es “cristificado”, se parece a Cristo, se transforma en Cristo y lo hace de verdad otro Cristo.



Vida Cristiana

El Reino de Dios. Domingo 11 del tiempo ordinario, Año B (17 de junio de 2018)



Ø El Reino de Dios. Domingo 11 del tiempo ordinario, Año B (17 de junio de 2018). Dos parábolas de Jesús  sobre el reino de Dios. La semilla que crece por sí misma, y el grano de mostaza. Todo cristiano sabe bien que debe hacer todo lo que esté a su alcance, pero que el resultado final depende de Dios. Esta convicción lo sostiene en el trabajo diario, especialmente en las situaciones difíciles. El reino de Dios es un don, no podemos merecerlo del mismo modo que ser amados nunca es algo «merecido». Pero sigue siendo siempre verdad que nuestro obrar no es indiferente ante Dios: podemos abrirnos nosotros mismos y abrir el mundo para que entre Dios: la verdad, el amor y el bien. Es lo que han hecho los santos, «colaboradores de Dios», que han contribuido a la salvación del mundo. Podemos liberar nuestra vida y el mundo de las intoxicaciones y contaminaciones que podrían destruir el presente y el futuro.


Marcos 4, 26-34: 26 Y decía: El Reino de Dios viene a ser como un hombre que echa la semilla sobre la tierra, 27 y duerma o vele noche y día, la semilla nace y crece, sin que él sepa cómo. 28 Porque la tierra produce fruto ella sola: primero hierba, después espiga, y por fin trigo maduro en la espiga. 29 Y en cuanto está a punto el fruto, en seguida mete la hoz, porque ha llegado la siega. 30 Y decía: ¿A qué asemejaremos el Reino de Dios?, o ¿con qué parábola lo compararemos? 31 Es como un grano de mostaza que, cuando se siembra en la tierra, es la más pequeña de todas las semillas que hay en la tierra; 32 pero, una vez sembrado, crece y se hace mayor que todas las hortalizas, y echa ramas grandes, de manera que los pájaros del cielo puedan anidar bajo su sombra. 33 Y con muchas parábolas semejantes les anunciaba la palabra, conforme a lo que podían entender; 34 no les hablaba sino en parábolas. Pero a solas, explicaba todo a sus discípulos.

El Reino de Dios.
Dos parábolas de Jesús:
la de la semilla, símbolo de la Palabra de Dios que crece por sí misma,
 y la del grano de mostaza,
que crece hasta ser la más grande de todas las plantas del huerto.  

1. El Reino de Dios requiere nuestra colaboración, pero es sobre todo iniciativa y don del Señor.

v  Cfr. Francisco, Discurso, Angelus del 14 junio 2015

                  Semana 11 del tiempo ordinario, Año B
El Evangelio de hoy está formado por dos parábolas: la de la semilla que brota y crece sola y la del grano de mostaza (cfr. Mc 4,26-34). A través de estas imágenes sacadas del mundo rural, Jesús presenta la eficacia de la palabra de Dios y las exigencias de su Reino, mostrando las razones de nuestra esperanza y de nuestro compromiso en la historia.

o   Como la humilde semilla se desarrolla en la tierra, así la Palabra actúa con el poder de Dios en el corazón de quien la escucha.

§  Siempre es Dios quien hace crecer su Reino —por eso pedimos tanto que venga tu Reino: es Él quien lo hace crecer—, y el hombre es su humilde colaborador, que contempla y goza la acción creadora divina y espera con paciencia los frutos.
La importancia de tener el Evangelio y la Biblia al alcance de la mano.
En la primera parábola la atención se pone en que la semilla, echada en la tierra, arraiga y crece sola, tanto si el campesino duerme o vela. Está confiado en el poder interno de la propia semilla y en la fertilidad del terreno. En el lenguaje evangélico, la semilla es símbolo de la Palabra de Dios, cuya fecundidad se recuerda en esta parábola. Como la humilde semilla se desarrolla en la tierra, así la Palabra actúa con el poder de Dios en el corazón de quien la escucha. Dios ha confiado su Palabra a nuestra tierra, es decir, a cada uno de nosotros con nuestra concreta humanidad. Podemos estar confiados, porque la Palabra de Dios es palabra creadora, destinada a ser el grano lleno en la espiga. Esa Palabra, si se recibe, ciertamente da sus frutos, porque Dios mismo la hace brotar y madurar por caminos que no siempre podemos comprobar y de un modo que no sabemos. Todo esto nos hace comprender que siempre es Dios quien hace crecer su Reino —por eso pedimos tanto que venga tu Reino: es Él quien lo hace crecer—, y el hombre es su humilde colaborador, que contempla y goza la acción creadora divina y espera con paciencia los frutos.
La palabra de Dios hace crecer, da vida. Y yo quisiera recordaros otra vez la importancia de tener el Evangelio y la Biblia al alcance de la mano —el Evangelio pequeño en el bolso, en el bolsillo—, y alimentarnos cada día con esa Palabra viva de Dios: leer cada día un trozo del Evangelio, un trozo de la Biblia. No lo olvidéis nunca, por favor. Porque esa es la fuerza que hace brotar en nosotros la vida del Reino de Dios.

o   El grano de mostaza.

La segunda parábola utiliza la imagen del grano de mostaza. Aun siendo la más pequeña de todas las semillas, está llena de vida y crece hasta volverse más grande que todas las plantas del huerto. Así es el Reino de Dios: una realidad humanamente pequeña y aparentemente irrelevante. Para entrar a formar parte hay que ser pobres de corazón; no confiar en las propias capacidades, sino en el poder del amor de Dios; no actuar para ser importantes a los ojos del mundo, sino valiosos a los ojos de Dios, que prefiere a los sencillos y humildes. Cuando vivimos así, a través de nosotros irrumpe la fuerza de Cristo y trasforma lo que es pequeño y modesto en una realidad que hace fermentar toda la masa del mundo y de la historia.

o   Enseñanza de las dos parábolas: el Reino de Dios requiere nuestra colaboración, pero es sobre todo iniciativa y don del Señor.

De estas dos parábolas nos viene una enseñanza importante: el Reino de Dios requiere nuestra colaboración, pero es sobre todo iniciativa y don del Señor. Nuestra débil labor, aparentemente pequeña ante la complejidad de los problemas del mundo, si se inserta en la de Dios, no tiene miedo de las dificultades. La victoria del Señor es segura: su amor hará despuntar y hará crecer cada semilla de bien presente en la tierra. Esto nos abre a la confianza y a la esperanza, a pesar de los dramas, injusticias y sufrimientos que encontramos. La semilla del bien y de la paz brota y se desarrolla, porque la hace madurar el amor misericordioso de Dios.

2. La semilla que crece por sí misma y la del grano de mostaza

    Cfr. Benedicto XVI, Angelus, 17 de junio de 2012

v  Razones de nuestra esperanza y de nuestro compromiso

La liturgia de hoy nos propone dos breves parábolas de Jesús: la de la semilla que crece por sí misma y la del grano de mostaza (cf. Mc 4, 26-34). A través de imágenes tomadas del mundo de la agricultura, el Señor presenta el misterio de la Palabra y del reino de Dios, e indica las razones de nuestra esperanza y de nuestro compromiso.

v  La semilla que crece por sí misma

o   Todo cristiano sabe bien que debe hacer todo lo que esté a su alcance, pero que el resultado final depende de Dios.

§  Esta convicción lo sostiene en el trabajo diario, especialmente en las situaciones difíciles.
En la primera parábola la atención se centra en el dinamismo de la siembra: la semilla que se echa en la tierra, tanto si el agricultor duerme como si está despierto, brota y crece por sí misma. El hombre siembra con la confianza de que su trabajo no será infructuoso. Lo que sostiene al agricultor en su trabajo diario es precisamente la confianza en la fuerza de la semilla y en la bondad de la tierra. Esta parábola se refiere al misterio de la creación y de la redención, de la obra fecunda de Dios en la historia. Él es el Señor del Reino; el hombre es su humilde colaborador, que contempla y se alegra de la acción creadora divina y espera pacientemente sus frutos. La cosecha final nos hace pensar en la intervención conclusiva de Dios al final de los tiempos, cuando él realizará plenamente su reino. Ahora es el tiempo de la siembra, y el Señor asegura su crecimiento. Todo cristiano, por tanto, sabe bien que debe hacer todo lo que esté a su alcance, pero que el resultado final depende de Dios: esta convicción lo sostiene en el trabajo diario, especialmente en las situaciones difíciles. A este propósito escribe san Ignacio de Loyola: «Actúa como si todo dependiera de ti, sabiendo que en realidad todo depende de Dios» (cf. Pedro de Ribadeneira, Vida de san Ignacio de Loyola).

v  El grano de mostaza  

o   La semilla de mostaza  es la más pequeña de las semillas

§  Pero crece hasta llegar a ser más alta que las demás hortalizas.
El reino de Dios está compuesto por los que no confían sólo en su propia fuerza, sino en la del amor de Dios.
La segunda parábola utiliza también la imagen de la siembra. Aquí, sin embargo, se trata de una semilla específica, el grano de mostaza, considerada la más pequeña de todas las semillas. Pero, a pesar de su pequeñez, está llena de vida, y al partirse nace un brote capaz de romper el terreno, de salir a la luz del sol y de crecer hasta llegar a ser «más alta que las demás hortalizas» (cf. Mc 4, 32): la debilidad es la fuerza de la semilla, el partirse es su potencia. Así es el reino de Dios: una realidad humanamente pequeña, compuesta por los pobres de corazón, por los que no confían sólo en su propia fuerza, sino en la del amor de Dios, por quienes no son importantes a los ojos del mundo; y, sin embargo, precisamente a través de ellos irrumpe la fuerza de Cristo y transforma aquello que es aparentemente insignificante.

v  En la imagen de las dos semillas hay un mensaje claro: el reino de Dios, aunque requiere nuestra colaboración, es ante todo don del Señor, gracia que precede al hombre y a sus obras.

La imagen de la semilla es particularmente querida por Jesús, ya que expresa bien el misterio del reino de Dios. En las dos parábolas de hoy ese misterio representa un «crecimiento» y un «contraste»: el crecimiento que se realiza gracias al dinamismo presente en la semilla misma y el contraste que existe entre la pequeñez de la semilla y la grandeza de lo que produce. El mensaje es claro: el reino de Dios, aunque requiere nuestra colaboración, es ante todo don del Señor, gracia que precede al hombre y a sus obras. Nuestra pequeña fuerza, aparentemente impotente ante los problemas del mundo, si se suma a la de Dios no teme obstáculos, porque la victoria del Señor es segura. Es el milagro del amor de Dios, que hace germinar y crecer todas las semillas de bien diseminadas en la tierra. Y la experiencia de este milagro de amor nos hace ser optimistas, a pesar de las dificultades, los sufrimientos y el mal con que nos encontramos. La semilla brota y crece, porque la hace crecer el amor de Dios. Que la Virgen María, que acogió como «tierra buena» la semilla de la Palabra divina, fortalezca en nosotros esta fe y esta esperanza.

3. Cuatro Catequesis de Juan Pablo II comentando la parábola de la semilla echada en tierra.


v  Catequesis del 18 de marzo de 1987

§  El reino no es obra humana, sino únicamente don del amor de Dios que actúa en el corazón de los creyentes.
  • «La parábola de la semilla que crece por sí sola (Mc 4, 26-29) subraya que el reino no es obra
humana, sino únicamente don del amor de Dios que actúa en el corazón de los creyentes y guía la historia humana hacia su realización definitiva en la comunión eterna con el Señor».

v  Catequesis del 15 junio de 1988

§  Es el poder de Dios el que hace crecer.
  • «Pero he aquí otra parábola que nos pone frente al misterio del desarrollo de la semilla por obra de
Dios: " El reino de Dios es como un hombre que echa el grano en la tierra; duerma o se levante, de noche o de día, el grano brota y crece sin que él sepa cómo. La tierra da el fruto por sí misma, primero, hierba, luego espiga, después trigo abundante en la espiga" (Marcos 4,26-28). Es el poder de Dios el que "hace crecer", dirá San Pablo (1Corintios 3,6 ss.) y, como escribe el Apóstol, es Él quien da "el querer y el obrar" (Filipenses 2,13)».

v  Catequesis del 25 de septiembre de 1991

§  El reino de Dios crece en virtud de una fundación que viene de Dios, y de un obrar misterioso de Dios mismo que la Iglesia sigue cultivando a lo largo de los siglos.
 “Por tanto, el reino de Dios crece aquí en la tierra, en la historia de la humanidad, en virtud de una siembra inicial, es decir, de una fundación que viene de Dios, y de un obrar misterioso de Dios mismo, que la Iglesia sigue cultivando a lo largo de los siglos. En la acción de Dios en relación con el Reino también está presente la «hoz» del sacrificio: el desarrollo del Reino no se realiza sin sufrimiento. Éste es el sentido de la parábola que narra el evangelio de Marcos”.

v  Catequesis del 6 de diciembre del 2000

§  “Con todo, el hombre no es un testigo inerte del ingreso de Dios en la historia. Jesús nos invita a "buscar" activamente "el reino de Dios y su justicia" y a considerar esta búsqueda como nuestra preocupación principal”.
  • Después de afirmar que «el Reino es gracia, amor de Dios al mundo, para nosotros fuente de
serenidad y confianza», añadía: «“Con todo, el hombre no es un testigo inerte del ingreso de Dios en la historia. Jesús nos invita a "buscar" activamente "el reino de Dios y su justicia" y a considerar esta búsqueda como nuestra preocupación principal».

4. El Reino de Dios en la oración de Jesús: el «Padre nuestro».

    Cfr. Benedicto XVI, Jesús de Nazaret 1

v  Venga a nosotros tu reino   pp. 180-182

o   La primacía de Dios. Se establece un orden de prioridades para el obrar humano. No se nos promete a los devotos un mundo utópico que funciona automáticamente. Reino de Dios quiere decir soberanía de Dios: asumir su voluntad como criterio.

Al reflexionar sobre esta petición acerca del Reino de Dios, recordaremos lo que hemos considerado antes acerca de la expresión «Reino de Dios». Con esta petición reconocemos en primer lugar la primacía de Dios; donde El no está, nada puede ser bueno. Donde no se ve a Dios, el hombre decae y decae también el mundo. En este sentido, el Señor nos dice; «Buscad ante todo el Reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura» (M 6,33). Con estas palabras se establece un orden de prioridades para el obrar humano, para nuestra actitud en la vida diaria.
En modo alguno se nos promete un mundo utópico en el caso de que seamos devotos y de algún modo deseosos del Reino de Dios. No se nos presenta automáticamente un mundo que funciona como lo propuso la utopía de la sociedad sin clases, en la que todo debía salir bien sólo porque no existía la propiedad privada. Jesús no nos da recetas tan simples, pero establece - como se ha dicho -  una prioridad determinante para todo: «Reino de Dios» quiere decir «soberanía de Dios», y eso significa asumir su voluntad como criterio. Esa voluntad crea justicia, lo que implica que reconocemos a Dios su derecho y en él encontramos el criterio para medir el derecho entre los hombres.

o   La primera oración de Salomón: pide a Dios un corazón dócil (para que sea Dios quien reine y no nosotros); pide la capacidad de discernir el bien del mal, para gobernar.

El orden de prioridades que Jesús nos indica aquí nos recuerda el relato veterotestamentario de la primera oración de Salomón tras ser entronizado. En él se narra que el Señor se apareció al joven rey en sueños, asegurándole que le concedería lo que le pidiera. ¡Un tema clásico en los sueños de la humanidad! ¿Qué pidió Salomón? «Da a tu siervo un corazón dócil para gobernar a tu pueblo, para discernir el bien y el mal» (1 R 3, 9). Dios lo alaba porque no ha pedido — como hubiera sido más natural — riqueza, bienes, honores o la muerte de sus enemigos, ni siquiera una vida más larga (cf 2 Cr 1, 11), sino algo verdaderamente esencial: un corazón dócil, la capacidad de distinguir entre el bien y el mal. Y por eso Salomón recibió también todo lo demás como añadidura.
Con la petición «venga tu reino» (¡no el nuestro!), el Señor nos quiere llevar precisamente a este modo de orar y de establecer las prioridades de nuestro obrar. Lo primero y esencial es un corazón dócil, para que sea Dios quien reine y no nosotros. El Reino de Dios llega a través del corazón que escucha. Ese es su camino. Y por eso nosotros hemos de rezar siempre.

o   Jesús es el Reino de Dios en persona: la petición se convierte, por tanto, en petición de la  comunión con Jesucristo.

§  Rezar por el Reino de Dios significa decir a Jesús: ¡Déjanos ser tuyos, Señor! Empápanos, vive en nosotros.
A partir del encuentro con Cristo esta petición asume un valor aún más profundo, se hace aún más concreta. Hemos visto que Jesús es el Reino de Dios en persona; donde Él está, está el «Reino de Dios». Así, la petición de un corazón dócil se ha convertido en petición de la comunión con Jesucristo, la petición de que cada vez seamos más «uno» con El (cf. Gálatas 3,28). Es la petición del seguimiento verdadero, que se convierte en comunión y nos hace un solo cuerpo con Él. Reinhold Schneider lo ha expresado de modo penetrante: «La vida en este reino es la continuación de la vida de Cristo en los suyos; en el corazón que ya no es alimentado por la fuerza vital de Cristo se acaba el reino; en el corazón tocado y transformado por esa fuerza, comienza... Las raíces del árbol que no se puede arrancar buscan penetrar en cada corazón. El reino es uno; subsiste sólo por el Señor, que es su vida, su fuerza, su centro...» (pp. 3 Is). Rezar por el Reino de Dios significa decir a Jesús: ¡Déjanos ser tuyos, Señor! Empápanos, vive en nosotros; reúne en tu cuerpo a la humanidad dispersa para que en ti todo quede sometido a Dios y Tú puedas entregar el universo al Padre, para que «Dios sea todo para todos» (1 Corintios 15, 28).

5. El reino de Dios es un don, no podemos merecerlo del mismo modo que ser amados nunca es algo «merecido».

    Cfr. Benedicto XVI, Spe salvi, n. 35

v  Pero sigue siendo siempre verdad que nuestro obrar no es indiferente ante Dios: podemos abrirnos nosotros mismos y abrir el mundo para que entre Dios: la verdad, el amor y el bien.

o   Es lo que han hecho los santos, «colaboradores de Dios», que han contribuido a la salvación del mundo.

§  Podemos liberar nuestra vida y el mundo de las intoxicaciones y contaminaciones que podrían destruir el presente y el futuro.
“Ciertamente, no « podemos construir » el reino de Dios con nuestras fuerzas, lo que construimos es siempre reino del hombre con todos los límites propios de la naturaleza humana. El reino de Dios es un don, y precisamente por eso es grande y hermoso, y constituye la respuesta a la esperanza. Y no podemos –por usar la terminología clásica– « merecer » el cielo con nuestras obras. Éste es siempre más de lo que merecemos, del mismo modo que ser amados nunca es algo « merecido », sino siempre un don. No obstante, aun siendo plenamente conscientes de la « plusvalía » del cielo, sigue siendo siempre verdad que nuestro obrar no es indiferente ante Dios y, por tanto, tampoco es indiferente para el desarrollo de la historia. Podemos abrirnos nosotros mismos y abrir el mundo para que entre Dios: la verdad, el amor y el bien. Es lo que han hecho los santos que, como « colaboradores de Dios », han contribuido a la salvación del mundo (cf. 1 Co 3,9; 1 Ts 3,2). Podemos liberar nuestra vida y el mundo de las intoxicaciones y contaminaciones que podrían destruir el presente y el futuro. Podemos descubrir y tener limpias las fuentes de la creación y así, junto con la creación que nos precede como don, hacer lo que es justo, teniendo en cuenta sus propias exigencias y su finalidad. Eso sigue teniendo sentido aunque en apariencia no tengamos éxito o nos veamos impotentes ante la superioridad de fuerzas hostiles. Así, por un lado, de nuestro obrar brota esperanza para nosotros y para los demás; pero al mismo tiempo, lo que nos da ánimos y orienta nuestra actividad, tanto en los momentos buenos como en los malos, es la gran esperanza fundada en las promesas de Dios”.

Vida Cristiana




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