sábado, 7 de julio de 2018

Escuchar a los crucificados: por Santiago Agrelo

Que Dios exista o no, es asunto que supongo de importancia vital para Dios, aunque poco o nada interesante para los Picos de Europa, para las rosas de tu jardín, o para los insectos que se alimentan de tus rosas.
A ti y a mí la pregunta sobre Dios nos concierne cuando descubrimos que Dios habla, y que hemos nacido equipados para escuchar a Dios y responderle.
La cuestión no es saber si Dios existe, sino responderle si nos habla, pues en ello nos va la vida, también la que esperamos, pero sobre todo ésta que ahora administramos, gozamos, padecemos.
Párate a escuchar a Dios en la voz del universo; atiende al rumor del Espíritu de Dios en las palabras de la Sagrada Escritura; levanta tus ojos al que habita en los cielos.
La liturgia de este domingo va de profetas, de enviados de Dios a decir palabras de Dios.
Si la pregunta por la existencia de Dios podía ser considerada ejercicio retórico, no así la pregunta por los profetas de Dios.
Tú puedes levantar los ojos a Dios, puedes fijarlos en él esperando su misericordia, puedes gritar tu necesidad de salvación. Él responderá enviándote su palabra, sus profetas. Y, si no reconoces la palabra que él te dice, si no acoges al profeta que él te envía, ten por cierto que llamarán a tu puerta la misericordia y la salvación que has pedido, y no les abrirás.
Suele la palabra de Dios ser despreciada por humana, y el profeta por conocido; y solemos ignorar misericordia y salvación por desprecio de palabras y profetas: “¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es ésa que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos? ¿No es éste el carpintero?”
Eso decían los vecinos de Jesús de Nazaret cuando escucharon su enseñanza en la sinagoga. Me pregunto qué dirían si lo hubiesen visto clavado en una cruz y moribundo, atrapado en un infierno de sufrimiento, y abandonado por Dios. Te lo puedes imaginar: “¡Vaya! Tú que destruías el santuario y lo reconstruías en tres días, baja de la cruz y sálvate… Ha salvado a otros y él no se puede salvar. ¡El Mesías, el rey de Israel! ¡Que baje ahora de la cruz para que lo veamos y creamos!”
Pero tú no miras así a tu Cristo crucificado. Tú aprendiste a escuchar su silencio, a leer sus llagas, a descifrar el misterio de su vida. Y viste y oíste a Dios en aquel hombre abandonado de Dios.
Desde entonces, el mundo se te ha llenado de profetas, de crucificados que te hablan en nombre de Dios.
Y sabes que has de preocuparte, no por la existencia de Dios, sino por escuchar el silencio de los crucificados, la palabra de los profetas, el grito de los pobres.
Muchos se quedarán fuera del reino de los cielos, porque la invitación a poseerlo les llegó en las manos de un desheredado ¡y la rechazaron!
Feliz domingo.

viernes, 6 de julio de 2018

14 Domingo tiempo ordinario Ciclo B - 8 de julio de 2018




Ø Domingo 14 del Tiempo Ordinario, Año B (2018). Segunda Lectura, de la 2ª Carta de san

Pablo a los Corintios: la fuerza del Señor resplandece en nuestras debilidades y flaquezas. Debemos gloriarnos en (presumir de) nuestras flaquezas para que habite en nosotros la fuerza de Cristo. «No podemos dar un paso en la vida cristiana sin la ayuda del Señor, porque somos débiles». Toda dificultad en el seguimiento de Cristo y en el testimonio de su Evangelio se puede superar abriéndose con confianza a la acción del Señor. No es el poder de nuestras capacidades el que realiza el reino de Dios.


v  Cfr.14 Domingo tiempo ordinario  Ciclo B -  8 de julio de 2018

Ezequiel 2, 2-5; Salmo 122; 2 Corintios 12,7-10; Marcos 6, 1-6.

2 Corintios 12, 7b-10. 7 Hermanos: para que no tenga soberbia, me fue clavado un aguijón en la carne, un ángel de Satanás, que me abofetea para que no sea soberbio. 8 Por esto, rogué tres veces al Señor que lo apartase de mí; 9 pero El me dijo: Te basta mi gracia, porque la fuerza resplandece en la flaqueza. Por eso, con sumo gusto, presumo de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo. 10 Por lo cual me complazco en las flaquezas, en los oprobios, en las necesidades, en las persecuciones y angustias, por Cristo; pues cuando soy débil, entonces soy fuerte.

Él me dijo: te basta mi gracia,
porque la fuerza resplandece en la flaqueza.
Por eso, con sumo gusto,
presumo de mis debilidades,
porque así residirá en mí la fuerza de Cristo.
 (2ª Lectura, 2ª Carta de san Pablo a los Corintios)


1.    La experiencia de la flaqueza, de la debilidad, de las propias miserias, está patente en la historia del mundo y en la historia personal de cada hombre.


v  Varios textos

·         Concilio Vaticano II: "Lo que la revelación nos dice coincide con la experiencia. El hombre, en
efecto, cuando examina su corazón, comprueba su tendencia hacia el mal, se ve anegado por muchos males, que no pueden tener su origen en su Santo Creador [...]. Toda la vida humana, individual y colectiva, se presenta como lucha -lucha dramática- entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas. Es más: el hombre se siente incapaz de combatir con eficacia por sí solo los ataques del mal, hasta el punto de sentirse como aherrojado entre cadenas" (Const. Gaudium et spes, 13).
·         Concilio Vaticano II: “Nadie por sí y sus propias fuerzas se libra del pecado, ni se eleva sobre sí
mismo; nadie se ve enteramente libre de su debilidad, de su soledad y de su servidumbre, sino que todos tienen necesidad de Cristo modelo, maestro, liberador, salvador y vivificador”.  (Decreto Ad gentes, 8)
·         San Agustín: "No hay pecado ni crimen cometido por otro hombre que yo no sea capaz de cometer
por razón de mi fragilidad; y si aún no lo he cometido es porque Dios, en su misericordia, no lo ha permitido y me ha preservado del mal" (Confesiones, II, 7) .
·         San Josemaría: “Al barruntar en nuestra alma el amor, la compasión, la ternura con que Cristo Jesús
nos mira, porque Él no nos abandona, comprenderemos en toda su hondura las palabras del Apóstol: virtus in infirmitate perficitur [1](2 Corintios 12, 9); con fe en el Señor, a pesar de nuestras miserias –mejor, con nuestras miserias–, seremos fieles a nuestro Padre Dios; brillará el poder divino, sosteniéndonos en medio de nuestra flaqueza” (Amigos de Dios, 194).


2.    El Señor se hace presente en la historia de la humanidad, en la debilidad de sus apóstoles y discípulos, en las diversas pruebas o dificultades de la vida.

o   Jesús le dijo a Pablo: te basta mi gracia, porque la fuerza resplandece  en la flaqueza (segunda Lectura, v. 9).

§  El «aguijón de la carne» (v. 7), es la expresión que utiliza san Pablo para hablar de la enfermedad, o persecuciones, o nuestras debilidades o flaquezas.
La actitud cristiana ante la propia debilidad es confiar en la ayuda divina.
·         San Juan Crisóstomo ve en esta expresión las tribulaciones y continuas persecuciones antes
mencionadas. San Agustín, por su parte, piensa que se trata de una enfermedad física, crónica y molesta. Sólo a partir de San Gregorio Magno comenzó a hablarse de tentaciones de concupiscencia. En todo caso, este gesto de sencillez por parte del Apóstol y la consiguiente respuesta divina «te basta mi gracia» (v. 10) son fuente de innumerables enseñanzas para la lucha ascética, pues enseñan que la actitud cristiana ante la propia debilidad es confiar en la ayuda divina. «Porque Dios libra de las tribulaciones no cuando las hace desaparecer (…), sino cuando con la ayuda de Dios no nos abatimos al sufrir tribulación» (Orígenes, De oratione 30,1) [2]

3.    Hay otros ejemplos en la Escritura, además del de san Pablo, que subrayan nuestra absoluta insuficiencia y la fuerza de la intervención divina [3].

v  La Escritura resalta nuestra absoluta insuficiencia, para que quede clara la intervención divina; además de lo que se dice hoy de S. Pablo, podemos ver algunos de los ejemplos: 


·         2 Re 17, 36: 36 Rendiréis culto únicamente al Señor, que os trajo de la tierra de Egipto con
gran fuerza y con su brazo extendido; os postraréis ante él y a él ofreceréis sacrificios.  
  • 1 Samuel 17, 32-54, cómo David vence al gigante Goliat.
  • 2 Re 6, 8-23: Eliseo vence un ejército che lo rodeaba  
  • 1 Macabeos 4, 1-35, victoria de Judas sobre Gorgias.
  • Salmo 77: El camino de Dios con su pueblo; con tu brazo rescataste a tu pueblo (v. 16)

4.    Papa Francisco, homilía del 18 de junio de 2015


o   Fuertes en la debilidad

En la oración colecta [4], observó inmediatamente el Papa, «hemos pedido ayuda al Señor, que es nuestra fortaleza». Y, en efecto, hemos rezado: «En nuestra debilidad, nada podemos sin tu ayuda». Palabras que expresan precisamente «la consciencia de ser débiles». Es «esa debilidad que todos nosotros cargamos tras la herida del pecado original: somos débiles, caemos en el pecado, no podemos seguir adelante sin la ayuda del Señor».
He aquí, por qué, afirmó el Papa Francisco, «conocer y confesar nuestra debilidad es precisamente indispensable». En efecto, «quien se cree fuerte, quien se cree capaz de arreglárselas solo, es ingenuo y, al final, es un hombre derrotado por tantas debilidades que lleva consigo». En cambio, precisamente «la debilidad nos lleva a pedir ayuda al Señor», porque, como dice la oración colecta, «en nuestra debilidad nada podemos sin tu ayuda».
Así, pues, insistió el Papa, «no podemos dar un paso en la vida sin la ayuda del Señor, porque somos débiles». Y «quien está en pie tenga cuidado de no caer porque es débil, incluso débil en la fe». Recordemos, continuó, a ese padre que, tras la transfiguración, «había llevado a su hijo para que Jesús lo curase. Y Jesús dijo que todo es posible para quien tiene fe». Por su parte el padre respondió: «Tengo fe, pero hazla crecer Señor, porque es débil».
«Todos nosotros tenemos fe — explicó el Papa — y todos nosotros queremos seguir adelante en la vida cristiana. Pero si no somos conscientes de nuestra debilidad acabaremos todos derrotados». Por ello, añadió, «es hermosa esa oración: “Señor, yo sé que en mi debilidad nada puedo sin tu ayuda”». Y «esta es la primera palabra de hoy: debilidad».

5.    Benedicto XVI


v  Toda dificultad en el seguimiento de Cristo y en el testimonio de su Evangelio se puede superar abriéndose con confianza a la acción del Señor.

¿De qué debilidades habla el Apóstol? […] su actitud da a entender que toda dificultad en el seguimiento de Cristo y en el testimonio de su Evangelio se puede superar abriéndose con confianza a la acción del Señor. San Pablo es muy consciente de que es un “siervo inútil” (Lucas 17, 10) —no es él quien ha hecho las maravillas, sino el Señor—, una “vasija de barro” (2 Corintios 4, 7), en donde Dios pone la riqueza y el poder de su gracia.

o   En el momento en que se experimenta la propia debilidad, se manifiesta el poder de Dios

En este momento de intensa oración contemplativa, San Pablo comprende con claridad cómo afrontar y vivir cada acontecimiento, sobre todo el sufrimiento, la dificultad, la persecución: en el momento en que se experimenta la propia debilidad, se manifiesta el poder de Dios, que no nos abandona, no nos deja solos, sino que se transforma en apoyo y fuerza. 

o   No es el poder de nuestras capacidades el que realiza el reino de Dios

           El Señor no nos libra de los males, pero nos ayuda a madurar en los sufrimientos, en las dificultades, en las persecuciones. […] Por tanto, en la medida en que crece nuestra unión con el Señor y se intensifica nuestra oración, también nosotros vamos a lo esencial y comprendemos que no es el poder de nuestros medios, de nuestras virtudes, de nuestras capacidades, el que realiza el reino de Dios, sino que es Dios quien obra maravillas precisamente a través de nuestra debilidad, de nuestra inadecuación al encargo. Por eso, debemos tener la humildad de no confiar simplemente en nosotros mismos, sino de trabajar en la viña del Señor, con su ayuda, abandonándonos a él como frágiles “vasijas de barro”.

6.    En el Catecismo de la Iglesia Católica


v  El poder de Dios se manifiesta en nuestra debilidad

  • n. 268: (…) “la omnipotencia de Dios es misteriosa, porque sólo la fe puede descubrirla cuando "se
manifiesta en la debilidad" (2Corintios 12,9 cf. 1Corintios 1,18).
  • n. 273: “Sólo la fe puede adherir a las vías misteriosas de la omnipotencia de Dios. Esta fe se
gloría de sus debilidades con el fin de atraer sobre sí el poder de Cristo” (cf. 2 Corintios 12,9 Filipenses 4,13). (…)
  • n. 1508: (…) Ni siquiera las oraciones más fervorosas obtienen la curación de todas las
enfermedades. Así S. Pablo aprende del Señor que "mi gracia te basta, que mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza" (2Corintios 12,9), y que los sufrimientos que tengo que padecer, tienen como sentido lo siguiente: "completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia" (Colosenses 1,24).

7.    El testimonio de san Juan Pablo II, sobre la fuerza de Dios presente en la debilidad humana, ante el atentado que sufrió el 13 de mayo de 1981.


Yo siento también profundamente mi debilidad humana,
y por esto repito confiadamente las palabras del Apóstol:
"en la flaqueza llega al colmo el poder"

v  A) "Ahora me doy cuenta de que realmente el Señor ha enviado su ángel y me ha arrancado de las manos de Herodes y de toda la expectación del pueblo judío"» (Hechos 12, 3-11).

            San Juan Pablo II, Audiencia General del 7 de octubre de 1981

o   El poder  y la eficacia de las oraciones de toda la Iglesia

·         Este episodio acaecido en los primeros días de la Iglesia en Jerusalén, me ha venido con frecuencia a
la mente durante la estancia en el hospital. Aun cuando las circunstancias de entonces y las de hoy parecen tan distintas entre sí, sin embargo, le ha resultado difícil al convaleciente, que era el Sucesor de Pedro en la sede episcopal de Roma, no meditar estas palabras del Apóstol: "Me doy cuenta de que el Señor me ha arrancado de las manos de Herodes y de toda la expectación"...
He citado este pasaje de los Hechos de los Apóstoles también por las palabras que encontramos en él y que han sido para mí, en ese período, una ayuda muy grande. Mientras " Pedro era custodiado en la cárcel"... "la Iglesia oraba insistentemente a Dios por él" (Act 12, 5).
He experimentado, queridos hermanos y hermanas, de manera semejante a Pedro, apartado y destinado a la muerte, la eficacia de las oraciones de la Iglesia. Lo experimenté inmediatamente: de parte de los que estaban reunidos para la audiencia general que no se pudo celebrar. (…)
Me resulta difícil pensar en todo esto sin emoción. Sin una profunda gratitud para todos. Hacia todos los que el día 13 de mayo se reunieron en oración. Y hacia todos los que han perseverado en ella durante todo este tiempo. Agradezco esta oración a los hombres, mis hermanos y hermanas. Estoy agradecido a Cristo Señor y al Espíritu Santo, el cual, mediante este evento, que tuvo lugar en la plaza de San Pedro el día 13 de mayo, a las 17:17 horas, ha inspirado a tantos corazones para la oración común.
Y, al pensar en esta gran oración, no puedo olvidar las palabras de los Hechos de los Apóstoles, que se refieren a Pedro: "La Iglesia oraba insistentemente a Dios por él" (Act 12, 5)

v  B) La dimensión profunda de una prueba permitida por Dios

Juan Pablo II, Audiencia General del miércoles 14 de octubre de 1981

o   Es Cristo quien concede la gracia de poder, mediante el sufrimiento y con el peligro de la vida y de la salud, dar testimonio de su Verdad y de su Amor.

§  Una dimensión de la prueba divina, que el hombre no puede descubrir fácilmente.
·         El miércoles pasado, durante la audiencia general, hice referencia al evento del 13 de mayo. Puesto
que ese día se interrumpieron los encuentros que hemos reanudado de nuevo tras haber recuperado la salud, deseo compartir al menos brevemente con vosotros, el contenido de mis meditaciones en ese período de algunos meses, durante los que he pasado por una gran prueba divina.
Digo prueba divina. Efectivamente, aunque los acontecimientos del 13 de mayo —el atentado contra la vida del Papa y también sus consecuencias, vinculadas a la intervención y la cura en el Policlínico Gemelli— tengan su dimensión plenamente humana, sin embargo ésta no puede ofuscar una dimensión todavía más profunda: precisamente la dimensión de la prueba permitida por Dios. En esta dimensión se debe situar también todo lo que dije el pasado miércoles. Hoy deseo retornar una vez más sobre ello.
Dios me ha permitido experimentar, durante los meses pasados, el sufrimiento, me ha permitido experimentar el peligro de perder la vida. (…)
Cristo, que es la luz del mundo, el Pastor de su rebaño, y sobre todo el Príncipe de los pastores, me ha concedido la gracia de poder, mediante el sufrimiento y con el peligro de la vida y de la salud, dar testimonio de su Verdad y de su Amor. Esto precisamente juzgo que ha sido una gracia particular que me ha hecho, y por esto expreso de modo especial mi gratitud al Espíritu Santo, que han recibido los Apóstoles y sus Sucesores el día de Pentecostés como fruto de la cruz y de la resurrección de su Maestro y Redentor. (…)
Es el Espíritu Santo quien, desde el día de Pentecostés, ayudó a los Apóstoles a dar testimonio, primero en Jerusalén y luego en diversos países del mundo de entonces. Fue Él quien les dio la fuerza para testimoniar a Cristo ante todo el pueblo, y, cuando por esto iban a los tormentos, les concedió alegrarse por "padecer ultrajes por el nombre de Jesús. (Ac 5,41). (…)
            Fue el Espíritu Santo quien sostuvo a Pedro para dar testimonio de Cristo, primero en Jerusalén, luego en Antioquía, y finalmente aquí, en Roma, capital del Imperio. Este testimonio fue confirmado al final con el martirio, como también lo fue el testimonio de Pablo de Tarso, gran Apóstol de las Gentes. (…)
Es difícil hablar de estas cosas sin una profunda veneración, sin estremecimiento interior. En efecto, por el sacrificio de los que dieron testimonio de Cristo crucificado y resucitado, especialmente durante los primeros siglos, creció el Cuerpo místico de Cristo, surgió la Iglesia, profundizó en las almas y se consolidó en aquel mundo antiguo, que respondió a la Buena Nueva del Evangelio —tan frecuentemente— con persecuciones sangrientas. (…)
Yo siento también profundamente mi debilidad humana, y por esto repito confiadamente las palabras del Apóstol: "virtus in infirmitate perficitur", "en la flaqueza llega al colmo el poder" (2Co 12,9). (…)

v  C) El perdón

                  Juan Pablo II: miércoles 21 de octubre de 1981, Audiencia General

o   Cristo nos ha enseñado a perdonar

·         Rezo por el hermano que me ha herido, al cual he perdonado sinceramente. Unido a Cristo, sacerdote
y víctima, ofrezco mis sufrimientos por la Iglesia y por el mundo. A Ti, María, te digo de nuevo: ‘Totus tuus ego sum’”.
            ¡El perdón! Cristo nos ha enseñado a perdonar. Muchas veces y de varios modos Él ha hablado de perdón. Cuando Pedro le preguntó cuántas veces habría de perdonar a su prójimo, “¿hasta siete veces?”. Jesús contestó que debía perdonar “hasta setenta veces siete” (Mt 18, 21 s.). En la práctica, esto quiere decir siempre: efectivamente, el número «”setenta” por “siete” es simbólico, y significa, más que una cantidad determinada, una cantidad incalculable, infinita. (…)
            Dejando a Dios mismo el juicio y la sentencia en su dimensión definitiva, no cesemos de pedir: “Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores”.


Vida Cristiana



[1] “La  fuerza se perfecciona en la flaqueza”
[2] Cfr. Nuevo Testamento, EUNSA 2004, nota 2 Corintios 12, 1-10
[3] Ver anexo (a este domingo 14 ciclo B del tiempo ordinario) con  los textos completos
[4] Oración colecta del jueves de la XI semana del tiempo ordinario: “Oh Dios, fuerza de los que en ti esperan, escucha nuestras súplicas, y pues  el  hombre es frágil y sin ti nada puede, concédenos  la ayuda de tu gracia para guardar  los mandamientos  y agradarte con nuestras acciones y deseos” (Nota de la redacción de VIDA CRISTIANA)

La paciencia de Dios y nuestras debilidades y flaquezas. Homilía de Papa Francisco, en la Toma de posesión de la Cátedra de Roma (7 de abril de 2013).





Ø La paciencia de Dios y nuestras debilidades y flaquezas. Homilía de Papa Francisco, en la Toma de posesión de la Cátedra de Roma (7 de abril de 2013).

La paciencia de Dios y nuestra debilidad.
La paciencia de Dios debe encontrar en nosotros la valentía de volver a Él.
Dejémonos envolver por la misericordia de Dios.
Esto es importante: la valentía de confiarme a la misericordia de Jesús, de confiar en su paciencia,
de refugiarme siempre en las heridas de su amor.

Aun siendo pecadores, somos lo que más le importa.


v  Cfr. Papa Francisco, Homilía, en la Toma de posesión de la cátedra de Roma

            Basílica de San Juan de Letrán, II Domingo de Pascua o de la Divina Misericordia, 7 de
            abril de 2013. 
Con gran alegría celebro por primera vez la Eucaristía en esta Basílica Lateranense, catedral del Obispo de Roma. Saludo con sumo afecto al querido Cardenal Vicario, a los Obispos auxiliares, al Presbiterio diocesano, a los Diáconos, a las Religiosas y Religiosos y a todos los fieles laicos. Saludo asimismo al señor Alcalde, a su esposa y a todas las Autoridades. Caminemos juntos a la luz del Señor Resucitado.

v  Jesús y la paciencia

El apóstol Tomás

§  Jesús no abandona al terco Tomás en su incredulidad; le da una semana de tiempo, no le cierra la puerta, espera.
Tomás reconoce su propia pobreza, la poca fe: «Señor mío y Dios mío»: con esta invocación simple, pero llena de fe, responde a la paciencia de Jesús.
1. Celebramos hoy el segundo domingo de Pascua, también llamado «de la Divina Misericordia». Qué hermosa es esta realidad de fe para nuestra vida: la misericordia de Dios. Un amor tan grande, tan profundo el que Dios nos tiene, un amor que no decae, que siempre aferra nuestra mano y nos sostiene, nos levanta, nos guía.
2. En el Evangelio de hoy, el apóstol Tomás experimenta precisamente esta misericordia de Dios, que tiene un rostro concreto, el de Jesús, el de Jesús resucitado. Tomás no se fía de lo que dicen los otros Apóstoles: «Hemos visto el Señor»; no le basta la promesa de Jesús, que había anunciado: al tercer día resucitaré. Quiere ver, quiere meter su mano en la señal de los clavos y del costado. ¿Cuál es la reacción de Jesús? La paciencia: Jesús no abandona al terco Tomás en su incredulidad; le da una semana de tiempo, no le cierra la puerta, espera. Y Tomás reconoce su propia pobreza, la poca fe: «Señor mío y Dios mío»: con esta invocación simple, pero llena de fe, responde a la paciencia de Jesús. Se deja envolver por la misericordia divina, la ve ante sí, en las heridas de las manos y de los pies, en el costado abierto, y recobra la confianza: es un hombre nuevo, ya no es incrédulo sino creyente.

Pedro

§  Jesús con paciencia, sin palabras, le dice: «Pedro, no tengas miedo de tu debilidad, confía en mí».
Y recordemos también a Pedro: que tres veces reniega de Jesús precisamente cuando debía estar más cerca de él; y cuando toca el fondo encuentra la mirada de Jesús que, con paciencia, sin palabras, le dice: «Pedro, no tengas miedo de tu debilidad, confía en mí»; y Pedro comprende, siente la mirada de amor de Jesús y llora. Qué hermosa es esta mirada de Jesús – cuánta ternura –. Hermanos y hermanas, no perdamos nunca la confianza en la paciente misericordia de Dios.

Los dos discípulos de Emaús

§  Con paciencia les explica las Escrituras
Pensemos en los dos discípulos de Emaús: el rostro triste, un caminar errante, sin esperanza. Pero Jesús no les abandona: recorre a su lado el camino, y no sólo. Con paciencia explica las Escrituras que se referían a Él y se detiene a compartir con ellos la comida. Éste es el estilo de Dios: no es impaciente como nosotros, que frecuentemente queremos todo y enseguida, también con las personas. Dios es paciente con nosotros porque nos ama, y quien ama comprende, espera, da confianza, no abandona, no corta los puentes, sabe perdonar. Recordémoslo en nuestra vida de cristianos: Dios nos espera siempre, aun cuando nos hayamos alejado. Él no está nunca lejos, y si volvemos a Él, está preparado para abrazarnos.

La parábola del Padre misericordioso

§  Dios responde a nuestra debilidad con su paciencia y éste es el motivo de nuestra confianza, de nuestra esperanza
A mí me produce siempre una gran impresión releer la parábola del Padre misericordioso, me impresiona porque me infunde siempre una gran esperanza. Pensad en aquel hijo menor que estaba en la casa del Padre, era amado; y aun así quiere su parte de la herencia; y se va, lo gasta todo, llega al nivel más bajo, muy lejos del Padre; y cuando ha tocado fondo, siente la nostalgia del calor de la casa paterna y vuelve. ¿Y el Padre? ¿Había olvidado al Hijo? No, nunca. Está allí, lo ve desde lejos, lo estaba esperando cada día, cada momento: ha estado siempre en su corazón como hijo, incluso cuando lo había abandonado, incluso cuando había dilapidado todo el patrimonio, es decir su libertad; el Padre con paciencia y amor, con esperanza y misericordia no había dejado ni un momento de pensar en él, y en cuanto lo ve, todavía lejano, corre a su encuentro y lo abraza con ternura, la ternura de Dios, sin una palabra de reproche: Ha vuelto. Y esta es la alegría del padre. En ese abrazo al hijo está toda esta alegría: ¡Ha vuelto!. Dios siempre nos espera, no se cansa. Jesús nos muestra esta paciencia misericordiosa de Dios para que recobremos la confianza, la esperanza, siempre. Un gran teólogo alemán, Romano Guardini, decía que Dios responde a nuestra debilidad con su paciencia y éste es el motivo de nuestra confianza, de nuestra esperanza (cf. Glaubenserkenntnis, Würzburg 1949, 28). Es como un diálogo entre nuestra debilidad y la paciencia de Dios, es un diálogo que si lo hacemos, nos da esperanza.

v  La paciencia de Dios debe encontrar en nosotros la valentía de volver a Él.

Para Dios no somos números, somos importantes, es más somos lo más importante que tiene; aun siendo pecadores, somos lo que más le importa.

3. Quisiera subrayar otro elemento: la paciencia de Dios debe encontrar en nosotros la valentía de volver a Él, sea cual sea el error, sea cual sea el pecado que haya en nuestra vida. Jesús invita a Tomás a meter su mano en las llagas de sus manos y de sus pies y en la herida de su costado. También nosotros podemos entrar en las llagas de Jesús, podemos tocarlo realmente; y esto ocurre cada vez que recibimos los sacramentos. San Bernardo, en una bella homilía, dice: «A través de estas hendiduras, puedo libar miel silvestre y aceite de rocas de pedernal (cf. Dt 32,13), es decir, puedo gustar y ver qué bueno es el Señor» (Sermón 61, 4. Sobre el libro del Cantar de los cantares). Es precisamente en las heridas de Jesús que nosotros estamos seguros, ahí se manifiesta el amor inmenso de su corazón. Tomás lo había entendido. San Bernardo se pregunta: ¿En qué puedo poner mi confianza? ¿En mis méritos? Pero «mi único mérito es la misericordia de Dios. No seré pobre en méritos, mientras él no lo sea en misericordia. Y, porque la misericordia del Señor es mucha, muchos son también mis méritos» (ibid, 5). Esto es importante: la valentía de confiarme a la misericordia de Jesús, de confiar en su paciencia, de refugiarme siempre en las heridas de su amor. San Bernardo llega a afirmar: «Y, aunque tengo conciencia de mis muchos pecados, si creció el pecado, más desbordante fue la gracia (Rm 5,20)» (ibid.).Tal vez alguno de nosotros puede pensar: mi pecado es tan grande, mi lejanía de Dios es como la del hijo menor de la parábola, mi incredulidad es como la de Tomás; no tengo las agallas para volver, para pensar que Dios pueda acogerme y que me esté esperando precisamente a mí. Pero Dios te espera precisamente a ti, te pide sólo el valor de regresar a Él. Cuántas veces en mi ministerio pastoral me han repetido: «Padre, tengo muchos pecados»; y la invitación que he hecho siempre es: «No temas, ve con Él, te está esperando, Él hará todo». Cuántas propuestas mundanas sentimos a nuestro alrededor. Dejémonos sin embargo aferrar por la propuesta de Dios, la suya es una caricia de amor. Para Dios no somos números, somos importantes, es más somos lo más importante que tiene; aun siendo pecadores, somos lo que más le importa.
§  Adán después del pecado sintió vergüenza, se ve desnudo, siente el peso de lo que ha hecho; y sin embargo Dios no lo abandona.
Adán después del pecado sintió vergüenza, se ve desnudo, siente el peso de lo que ha hecho; y sin embargo Dios no lo abandona: si en ese momento, con el pecado, inicia nuestro exilio de Dios, hay ya una promesa de vuelta, la posibilidad de volver a Él. Dios pregunta enseguida: «Adán, ¿dónde estás?», lo busca. Jesús quedó desnudo por nosotros, cargó con la vergüenza de Adán, con la desnudez de su pecado para lavar nuestro pecado: sus llagas nos han curado. Acordaos de lo de san Pablo: ¿De qué me puedo enorgullecer sino de mis debilidades, de mi pobreza? Precisamente sintiendo mi pecado, mirando mi pecado, yo puedo ver y encontrar la misericordia de Dios, su amor, e ir hacia Él para recibir su perdón.
§  Señor, acepta mi pobreza, esconde en tus llagas mi pecado, lávalo con tu sangre
En mi vida personal, he visto muchas veces el rostro misericordioso de Dios, su paciencia; he visto también en muchas personas la determinación de entrar en las llagas de Jesús, diciéndole: Señor estoy aquí, acepta mi pobreza, esconde en tus llagas mi pecado, lávalo con tu sangre. Y he visto siempre que Dios lo ha hecho, ha acogido, consolado, lavado, amado.
§  Dejémonos envolver por la misericordia de Dios
Queridos hermanos y hermanas, dejémonos envolver por la misericordia de Dios; confiemos en su paciencia que siempre nos concede tiempo; tengamos el valor de volver a su casa, de habitar en las heridas de su amor dejando que Él nos ame, de encontrar su misericordia en los sacramentos. Sentiremos su ternura, tan hermosa, sentiremos su abrazo y seremos también nosotros más capaces de misericordia, de paciencia, de perdón y de amor.



Vida Cristiana

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