viernes, 26 de octubre de 2018

“Nos parecía soñar”: por Santiago Agrelo

“Cuando el Señor cambió la suerte de Sión, nos parecía soñar” (Salmo responsorial). En la memoria del soñador podría haber estado Egipto, la tierra de la esclavitud, el mar dividido para el paso de los esclavos, las noches del éxodo bajo la luz de Dios, aquellos días bajo la nube, el desierto mitigado con agua de la roca y panes de rocío, la tierra prometida, una tierra con fuentes de leche y miel para la esperanza de un pueblo. En la memoria del soñador, más cercanas que las tierras de Egipto y las maravillas del éxodo, quedaban las tierras de Asiria, y de Caldea, último solar de lágrimas y lutos para los desterrados de Sión. El profeta evoca caminos que Dios abre en la estepa para el paso de los que volverán a la tierra de la libertad. A la luz de la palabra profética, el futuro se ilumina con un éxodo de pobres hacia una nueva esperanza; Dios los guía entre consuelos; “entre ellos hay ciegos y cojos, preñadas y paridas”. El salmista evoca Pascua y fiesta, asombro, alegría y canto de los redimidos: “Cuando el Señor cambió la suerte de Sión, nos parecía soñar: la boca se nos llenaba de risas, la lengua de cantares.” En Cristo Jesús, en los sacramentos de su Pascua, el Señor ha cambiado nuestra suerte: Tocaste, Señor, mis ojos ciegos, y pude verte. Iluminaste mi vida, y pude seguirte. Me curaste, y pude amarte. Cambiaste nuestro duelo en fiesta, el luto en danza, la tristeza en alegría; la luz de tu misericordia iluminó la noche de nuestra esclavitud. Cuando el Señor nuestro Dios cambió nuestra suerte… se nos llenó de paz el corazón, de alegría el alma, de risas la boca, de cantares la lengua, pues se nos había llenado de Cristo Jesús la vida entera. Cuando el Señor cambió nuestra suerte… nos parecía soñar. Un mundo de cambia suertes: Si me preguntan cómo se llama mi Dios, les digo: Su nombre es, «El que ha cambiado mi suerte». Si me preguntan, cuál es mi pueblo, les digo: Mi pueblo son «Los pobres a quienes Dios ha cambiado la suerte». Si me preguntan cuál es mi tarea, les digo: Me han pedido que sea «Mente, corazón y manos del que cambia la suerte de los pobres». Si me preguntan a quiénes he sido enviado, les digo: «A los pobres para que cambie su suerte». Si me preguntan a dónde he llegado, entonces se hace ineludible la confesión y la petición: Dios mío, no hemos llegado a tiempo para librarlos. Salieron hacia una esperanza, se quedaron a la deriva en un mar de angustia, naufragaron en un cementerio de agua. No hemos llegado a tiempo para cambiar su suerte… Dios mío, que el mundo se te llene de corazones y manos para cambiar la suerte de los que lloran. Dios mío, que el mundo se nos llene de cambia suertes.

jueves, 25 de octubre de 2018

LA CURACIÓN DEL CIEGO DE JERICÓ Bartimeo Catequesis de Papa Francisco sobe la parábola del ciego de Jericó. 15 de junio de 2016





LA CURACIÓN DEL CIEGO DE JERICÓ

Bartimeo

Catequesis de Papa Francisco sobe la parábola del ciego de Jericó.

15 de junio de 2016

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Un día Jesús, acercándose a la ciudad de Jericó, realizó el milagro de restituir la vista a un ciego que mendigaba a lo largo del camino (Cfr. Lc 18,35-43). Hoy queremos aferrar el significado de este signo porque también nos toca directamente.

v  La figura de este ciego representa a tantas personas que, también hoy, se encuentran marginadas a causa de una discapacidad física o de otro tipo.

o   Está separado de la gente, está ahí sentado mientras la gente pasa ocupada, en sus pensamientos y tantas cosas… No tienen compasión de él, es más, sienten fastidio por sus gritos.

§  Recordemos las palabras que Moisés pronunció en aquella circunstancia; decía así: «Si hay algún pobre entre tus hermanos, en alguna de las ciudades del país que el Señor, tu Dios, te da, no endurezcas tu corazón ni le cierres tu mano.
El evangelista Lucas dice que aquel ciego estaba sentado al borde del camino pidiendo limosna (Cfr. v. 35). Un ciego en aquellos tiempos – incluso hasta hace poco tiempo atrás – podía vivir solo de la limosna. La figura de este ciego representa a tantas personas que, también hoy, se encuentran marginadas a causa de una discapacidad física o de otro tipo.
Está separado de la gente, está ahí sentado mientras la gente pasa ocupada, en sus pensamientos y tantas cosas… Y el camino, que puede ser un lugar de encuentro, para él en cambio es el lugar de la soledad. Tanta gente que pasa. Y él está solo.
Es triste la imagen de un marginado, sobre todo en el escenario de la ciudad de Jericó, la espléndida y prospera oasis en el desierto. Sabemos que justamente a Jericó llegó el pueblo de Israel al final del largo éxodo de Egipto: aquella ciudad representa la puerta de ingreso en la tierra prometida.
Recordemos las palabras que Moisés pronunció en aquella circunstancia; decía así: «Si hay algún pobre entre tus hermanos, en alguna de las ciudades del país que el Señor, tu Dios, te da, no endurezcas tu corazón ni le cierres tu mano. Es verdad que nunca faltarán pobres en tu país. Por eso yo te ordeno: abre generosamente tu mano el pobre, al hermano indigente que vive en tu tierra» (Deut. 15,7.11).
Es agudo el contraste entre esta recomendación de la Ley de Dios y la situación descrita en el Evangelio: mientras el ciego grita – tenia buena voz, ¿eh? – mientras el ciego grita invocando a Jesús, la gente le reprocha para hacerlo callar, como si no tuviese derecho a hablar. No tienen compasión de él, es más, sienten fastidio por sus gritos. Eh… Cuantas veces nosotros, cuando vemos tanta gente en la calle – gente necesitada, enferma, que no tiene que comer – sentimos fastidio.
Cuantas veces nosotros, cuando nos encontramos ante tantos prófugos y refugiados, sentimos fastidio. Es una tentación: todos nosotros tenemos esto, ¿eh? Todos, también yo, todos. Es por esto que la Palabra de Dios nos enseña. La indiferencia y la hostilidad los hacen ciegos y sordos, impiden ver a los hermanos y no permiten reconocer en ellos al Señor. Indiferencia y hostilidad.
Y cuando esta indiferencia y hostilidad se hacen agresión y también insulto – “pero échenlos fuera a todos estos”, “llévenlos a otra parte” – esta agresión; es aquello que hacia la gente cuando el ciego gritaba: “pero tu vete, no hables, no grites”.

v  El Evangelista dice que alguien de la multitud explicó al ciego el motivo de toda aquella gente diciendo: «Que pasaba Jesús de Nazaret»

Notamos una característica interesante. El Evangelista dice que alguien de la multitud explicó al ciego el motivo de toda aquella gente diciendo: «Que pasaba Jesús de Nazaret» (v. 37). El paso de Jesús es indicado con el mismo verbo con el cual en el libro del Éxodo se habla del paso del ángel exterminador que salva a los Israelitas en las tierras de Egipto (Cfr. Ex 12,23).
Es el “paso” de la pascua, el inicio de la liberación: cuando pasa Jesús, siempre hay liberación, siempre hay salvación. Al ciego, pues, es como si fuera anunciada su pascua. Sin dejarse atemorizar, el ciego grita varias veces dirigiéndose a Jesús reconociéndolo como Hijo de David, el Mesías esperado que, según el profeta Isaías, habría abierto los ojos a los ciegos (Cfr. Is 35,5). A diferencia de la multitud, este ciego ve con los ojos de la fe. Gracias a ella su suplica tiene una potente eficacia.

o   Pensemos también nosotros, cuando hemos estado en situaciones difíciles, también en situaciones de pecado, como ha estado ahí Jesús a tomarnos de la mano y a sacarnos del margen del camino a la salvación.

§  El paso del Señor es un encuentro de misericordia
El ciego no veía, pero su fe le abre el camino a la salvación
De hecho, al oírlo, «Jesús se detuvo y mandó que se lo trajeran» (v. 40). Haciendo así Jesús quita al ciego del margen del camino y lo pone al centro de la atención de sus discípulos y de la gente. Pensemos también nosotros, cuando hemos estado en situaciones difíciles, también en situaciones de pecado, como ha estado ahí Jesús a tomarnos de la mano y a sacarnos del margen del camino a la salvación.
Se realiza así un doble pasaje. Primero: la gente había anunciado la buena noticia al ciego, pero no quería tener nada que ver con él; ahora Jesús obliga a todos a tomar conciencia que el buen anuncio implica poner al centro del propio camino a aquel que estaba excluido.
Segundo: a su vez, el ciego no veía, pero su fe le abre el camino a la salvación, y él se encuentra en medio de cuantos habían bajado al camino para ver a Jesús. Hermanos y hermanas, el paso del Señor es un encuentro de misericordia que une a todos alrededor de Él para permitir reconocer quien tiene necesidad de ayuda y de consolación. También en nuestra vida Jesús pasa; y cuando pasa Jesús, y yo me doy cuenta, es una invitación a acercarme a Él, a ser más bueno, a ser mejor cristiano, a seguir a Jesús.
Jesús se dirige al ciego y le pregunta: «¿Qué quieres que haga por ti?» (v. 41). Estas palabras de Jesús son impresionantes: el Hijo de Dios ahora está frente al ciego como un humilde siervo. Él, Jesús, Dios dice: “Pero, ¿Qué cosa quieres que haga por ti? ¿Cómo quieres que yo te sirva?” Dios se hace siervo del hombre pecador. Y el ciego responde a Jesús no más llamándolo “Hijo de David”, sino “Señor”, el título que la Iglesia desde los inicios aplica a Jesús Resucitado.
El ciego pide poder ver de nuevo y su deseo es escuchado: «¡Señor, que yo vea otra vez! Y Jesús le dijo: Recupera la vista, tu fe te ha salvado» (v. 42). Él ha mostrado su fe invocando a Jesús y queriendo absolutamente encontrarlo, y esto le ha traído el don de la salvación. Gracias a la fe ahora puede ver y, sobre todo, se siente amado por Jesús.

v  Tenemos necesidad siempre de salvación. Y todos nosotros, todos los días, debemos hacer este paso: de mendigos a discípulos.

o   Dejémonos también nosotros llamar por Jesús, y dejémonos curar por Jesús, perdonar por Jesús

Por esto la narración termina refiriendo que el ciego «recuperó la vista y siguió a Jesús, glorificando a Dios» (v. 43): se hace discípulo. De mendigo a discípulo, también este es nuestro camino: todos nosotros somos mendigos, todos.
Tenemos necesidad siempre de salvación. Y todos nosotros, todos los días, debemos hacer este paso: de mendigos a discípulos. Y así, el ciego se encamina detrás del Señor y entrando a formar parte de su comunidad. Aquel que querían hacer callar, ahora testimonia a alta voz su encuentro con Jesús de Nazaret, y  «todo el pueblo alababa a Dios» (v. 43).
Sucede un segundo milagro: lo que había sucedido al ciego hace que también la gente finalmente vea. La misma luz ilumina a todos uniéndolos en la oración de alabanza. Así Jesús infunde su misericordia sobre todos aquellos que encuentra: los llama, los hace venir a Él, los reúne, los sana y los ilumina, creando un nuevo pueblo que celebra las maravillas de su amor misericordioso.
Pero dejémonos también nosotros llamar por Jesús, y dejémonos curar por Jesús, perdonar por Jesús, y vayamos detrás de Jesús alabando a Dios. ¡Así sea!

Vida Cristiana


Domingo 30 Ciclo B del tiempo ordinario, 28 de octubre de 2018




Ø Domingo 30 del tiempo ordinario, Año B (2018). El ciego Bartimeo. El milagro de su  curación.

Le lleva a la fe y al nacimiento de un discípulo del Señor: después de recobrar la vista, Bartimeo “sigue al Señor por el camino”. Jesús le llama: es la vocación cristiana. Los milagros fortalecen la fe, no pretenden satisfacer la curiosidad ni los deseos mágicos. Bartimeo arrojó su capa y fue hacia el Señor. La fe que El nos reclama es así: hemos de andar a su ritmo con obras llenas de generosidad, arrancando y soltando lo que estorba. Perturban el ojo del corazón la codicia, la avaricia,  la iniquidad, la concupiscencia del mundo.


v  Cfr. Domingo 30  Ciclo B del tiempo ordinario, 28 de octubre de 2018

Marcos 10, 46-52
Gianfranco Ravasi, Secondo le Scritture, Anno B, Piemme 1996, pp. 312-318; San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, nn. 196 y 198 – Homilía vida de fe

Marcos 10, 46-52: 46 Llegan a Jericó. Y cuando salía de Jericó, acompañado de sus discípulos y de una gran muchedumbre, el hijo de Timeo (Bartimeo), un mendigo ciego, estaba sentado junto al camino. 47 Al enterarse de que era Jesús de Nazaret, se puso a gritar: « ¡Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí! » 48 Muchos le increpaban para que se callara. Pero él gritaba mucho más: « ¡Hijo de David, ten compasión de mí! » 49 Jesús se detuvo y dijo: « Llamadle. » Llaman al ciego, diciéndole: « ¡Animo, levántate! Te llama. » 50 Y él, arrojando su manto, dio un brinco y vino donde Jesús. 51 Jesús, dirigiéndose a él, le dijo: « ¿Qué quieres que haga por ti? » El ciego le dijo: « Rabbuní, ¡que vea! » 52 Jesús le dijo: « Vete, tu fe te ha salvado. » Y al instante, recobró la vista y le seguía por el camino.

¿Qué quieres que haga por ti?
Maestro, que pueda ver.
Vete, tu fe te ha salvado.
Recobró la vista y le seguía por el camino
(Evangelio,Marcos 10, 51-52 : encuentro de Jesús con el ciego Bartimeo)

1.    La fe de Bartimeo, su actitud ante Jesús
Cfr. Nuevo Testamento, EUNSA 2004, Nota Marcos10, 46-52.
-          “La fuerza y la insistencia de su petición (vv. 47-48), la despreocupación por sus cosas ante la llamada
(v. 50), la fe y la sencillez en su diálogo con el Señor (v. 51). Como consecuencia de su fe, la situación de Bartimeo cambia radicalmente: de estar ciego y sentado junto al camino (v. 46) ha pasado a recobrar la vista y a seguir a Jesús por su camino (v. 52). (…)
            La fe de Bartimeo no se manifiesta sólo en la petición, abarca también las obras: deja el manto, salta para acercarse a Jesús (v. 50), y le sigue camino de Jerusalén.
            «Tú has conocido lo que el Señor te proponía, y has decidido acompañarle en el camino. Tú intentas pisar sobre sus pisadas, vestirte de la vestidura de Cristo, ser el mismo Cristo: pues tu fe, fe en esa luz que el Señor te va dando, ha de ser operativa y sacrificada. No te hagas ilusiones, no pienses en descubrir modos nuevos. La fe que El nos reclama es así: hemos de andar a su ritmo con obras llenas de generosidad, arrancando y soltando lo que estorba». (San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 198 – Homilía Vida de fe)”

2.    La historia de Bartimeo es también posible para nosotros


v  Aunque nuestros ojos físicos sean limpios y nuestra vista sea nítida: necesitamos la luz del Señor para seguirle,  aunque estemos saciados de imágenes, de colores, de bienestar y de cosas.  

Gianfranco Ravasi, Secondo le Scritture, Anno B, Piemme 1996, pp. 312-318
  • Ravasi, Gianfranco o.c. pp. 314-315:   “Por tanto se puede entender que, bajo la superficie exterior,
«física» de la curación de Bartimeo, se esconde un signo más profundo y mesiánico. Es evidente la esperanza mesiánica, subrayada por la invocación, repetida dos veces: «¡Hijo de David!». La ceguera interior es la primera que es cancelada. En efecto, Jesús antes que nada declara la presencia de la fe en ese pobre abandonado al borde del camino y marginado por la gente que «le increpaba para que se callara»: «tu fe te ha salvado». También la reacción del que ha sido curado ante la acción y la palabra de Jesús es significativa: después de recobrar la vista «le seguía por el camino». [...] La historia de un milagro físico se convierte así en la narración espiritual de una vocación a la fe y al nacimiento de un discípulo.  En este sentido esta historia de Bartimeo está abierta y es posible para todos nosotros, aunque nuestros ojos físicos sean  limpios y nuestra vista sea nítida. Se trata, en efecto, de la representación de una iluminación total que penetra en los ángulos más remotos de  toda nuestra existencia. Es una luz de la que tenemos necesidad, aunque estemos saciados de imágenes, de colores, de bienestar y de cosas.  [...]

o   Una vez curado, el creyente no se queda en los márgenes del camino, sumergido en su tristeza cotidiana y en su oscuridad; se alza y «sigue» a su Salvador.

Una vez curado, el creyente no se queda en los márgenes del camino, sumergido en su tristeza cotidiana y en su oscuridad; se alza y «sigue» a su Salvador. (...)
Quien permanece en los bordes del camino es porque no ha querido invocar al Señor que pasa y, por tanto, no lo  ha encontrado. Hace falta saberlo esperar con  disponibilidad, también en los momentos oscuros cuando los vecinos sanos «nos increpan para que nos callemos». Al fin resonará esa voz decisiva: «¡Animo, levántate! te llama.». Y con los ojos purificados y límpidos, lo seguiremos para siempre, también en el camino áspero y estrecho que sube a Jerusalén, hacia la cruz, convencidos de que su luz es dulce y resplandece para siempre”.

o   Por tanto, la súplica de Bartimeo es una súplica elemental que pide la curación, pero también tiene la componente luminosa de la fe que se hace explícita en el título mesiánico que atribuye a Jesús: «Hijo de David».

·         Gianfranco Ravasi, o.c. pp. 316-317:  La súplica de Bartimeo es una súplica “elemental, que surge
espontánea desde el sufrimiento; es un petición primitiva e instintiva de curación. Sin embargo tiene en sí una componente luminosa de fe, que se hace explícita en el título mesiánico, «Hijo de David», expresión de la esperanza que Israel había cultivado siempre: del grande rey de Judá, David, de su árbol genealógico habría brotado el Mesías, el Salvador. Ya Isaías (11, 1-2)  había cantado: Saldrá un vástago del tronco de Jesé  [padre de David], y un retoño de sus raíces brotará. Reposará sobre él el espíritu de Yahveh».  Tal vez la fe del ciego se apoyaba en otro motivo implícito. Frecuentemente uno de los actos que distinguían al Mesías  en los profetas era el de la curación de los ciegos; la vuelta a la luz es idealmente un signo característico de la era mesiánica, como se proclama, por ejemplo, en el mismo Isaías (35,5): «Entonces se despegarán los ojos de los ciegos».

o   Jesús recoge en aquél grito precisamente el hilo de la fe sencilla y espontánea  y le dice: «Vete, tu fe te ha salvado»  [...] En el don de la visión física  se injerta el de la visión plena y total que implica el espíritu.

 Y Jesús recoge en aquél grito precisamente el hilo de la fe sencilla y espontánea: «Vete, tu fe te ha salvado»  [...] En el don de la visión física  se injerta el de la visión plena y total que implica el espíritu. Esta dimensión es exaltada no solamente por la expresión «ser salvado», o por el célebre párrafo paralelo de Juan del ciego de nacimiento en el que descuella  netamente el aspecto espiritual e interior del milagro (Juan 9). Esa dimensión aparece también al final de la narración de hoy: «y le seguía por el camino». El vocablo «seguir» es por excelencia el propio del discípulo, y el «camino» viene remarcado frecuentemente en el Evangelio de Marcos como el símbolo de  la meta de la cruz hacia la que Jesús y el discípulo se dirigen. 
Bartimeo no es sólo un ciego que ha sido curado, es un nuevo discípulo de Jesús; no es solamente un individuo que ha recibido un tratamiento milagroso, sino que es también un «iluminado» en la fe; es un creyente, es casi un bautizado, si es verdad que en Pablo el bautismo es llamado simbólicamente  «iluminación». En su historia, en efecto, no solamente ha pasado un taumaturgo sino el «hijo de David» perfecto, el Cristo Salvador, que ha eliminado toda su oscuridad.

o   El misterioso juego entre gracia y fe.

Es sugestivo anotar que en la narración la muchedumbre es un obstáculo: «Muchos le increpaban para que se callara». El ciego por sí solo jamás habría conseguido identificar el espacio y la persona física de Jesús, si Jesús no se hubiese parado y hubiese dado aquella orden: «Llamadle». Ante aquella voz, con la finura sensitiva del ciego, Bartimeo se precipita hacia el único que se ha preocupado de él. Frecuentemente, algunos textos cristianos de la tradición han procurado entrever en este diálogo el misterioso juego entre gracia y fe.
Nuestro grito es ignorado por todos y por el mundo, indiferentes ante nuestro mal. Es El, el Cristo, quien  pasa por nuestros caminos y, tomando la iniciativa, nos llama y nos salva. A nosotros no  nos queda otra cosa que seguirlo como discípulos fieles. ¡Pero pobres de nosotros si él no pasase y no nos llamase!”.

3. El manto

v  “Arrojando su manto, dio un brinco y vino donde Jesús” (v. 50).

o   Lo que representa el manto para un mendicante

·         El manto representa la seguridad para un mendicante: es su consuelo, su abrigo y su protección. Algunos
Padres de la Iglesia han visto el manto como símbolo de la vida vieja, de la máscara que es un estorbo.
Pero Bartimeo acogiendo la llamada de Jesús, arroga todo y salta en pie y, tanteando en la oscuridad de su ceguera, se dirige decididamente hacia la voz que lo ha llamado.

4.    Jesús le llama: ¡es la vocación cristiana! Bartimeo arrojó su capa y fue hacia el

Señor. Para llegar a Cristo hace falta tirar todo lo que estorbe.

       San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 196 – Homilía Vida de fe.
·         Parándose entonces Jesús, le mandó llamar. Y algunos de los mejores que le rodean, se dirigen al ciego:
ea, buen ánimo, que te llama (Marcos 10, 49). ¡Es la vocación cristiana! Pero no es una sola la llamada de Dios. Considerad además que el Señor nos busca en cada instante: levántate —nos indica—, sal de tu poltronería, de tu comodidad, de tus pequeños egoísmos, de tus problemitas sin importancia. Despégate de la tierra, que estás ahí plano, chato, informe. Adquiere altura, peso y volumen y visión sobrenatural.
            Aquel hombre, arrojando su capa, al instante se puso en pie y vino a él (Marcos 10,50). ¡Tirando su capa! No sé si tú habrás estado en la guerra. Hace ya muchos años, yo pude pisar alguna vez el campo de batalla, después de algunas horas de haber acabado la pelea; y allí había, abandonados por el suelo, mantas, cantimploras y macutos llenos de recuerdos de familia: cartas, fotografías de personas amadas... ¡Y no eran de los derrotados; eran de los victoriosos! Aquello, todo aquello les sobraba, para correr más aprisa y saltar el parapeto enemigo. Como a Bartimeo, para correr detrás de Cristo.
No olvides que, para llegar hasta Cristo, se precisa el sacrificio; tirar todo lo que estorbe: manta, macuto, cantimplora. Tú has de proceder igualmente en esta contienda para la gloria de Dios, en esta lucha de amor y de paz, con la que tratamos de extender el reinado de Cristo. Por servir a la Iglesia, al Romano Pontífice y a las almas, debes estar dispuesto a renunciar a todo lo que sobre; a quedarte sin esa manta, que es abrigo en las noches crudas; sin esos recuerdos amados de la familia; sin el refrigerio del agua. Lección de fe, lección de amor. Porque hay que amar a Cristo así.

5.    La sanación del ojo de nuestro corazón


v  Todo nuestro esfuerzo ha de tender a sanar el ojo del corazón con el que ver a Dios.

Cfr. San Agustín, Sermón 88, 5-6

o   Hemos de aspirar a sanar el ojo del corazón, es decir, a un cambio de vida: es la finalidad de la celebración de los sacramentos, de la predicación de la palabra de Dios, etc.

Todo nuestro esfuerzo, hermanos, en esta vida ha de consistir en sanar el ojo del corazón con que ver a Dios. Con esta finalidad se celebran los sacrosantos misterios; con esta finalidad se predica la palabra de Dios; a esto van dirigidas las exhortaciones morales de la Iglesia, es decir, las que miran a corregir las costumbres, a enmendar las apetencias de la carne, a renunciar a este mundo, no sólo de palabra, sino también con un cambio de vida; a esta finalidad va encaminado todo el actuar de las Escrituras divinas y santas, para que se purifique nuestro interior de lo que impide la contemplación de Dios. Este ojo ha sido hecho para ver esta luz temporal y, aunque celeste, corporal y visible no sólo al hombre, sino también a los animales más viles -para eso fue, hecho: para ver esta luz- , sin embargo, si le cayera o le fuese arrojado algo que le estorbe, se aparta de la luz, y aunque ella lo invada con su presencia, él se retira y se hace ausente. No sólo se hace ausente con su perturbación a la luz presente, sino que hasta le resulta penosa la luz misma, para ver la cual ha sido hecho. De idéntica manera, el ojo del corazón perturbado y dañado se aparta de la luz de la justicia y ni se atreve ni es capaz de contemplarla.

o   Perturban el ojo del corazón la codicia, la avaricia,  la iniquidad, la concupiscencia del mundo.

¿Qué es lo que perturba al ojo del corazón? La codicia, la avaricia, la iniquidad, la concupiscencia del mundo es lo que turba, cierra y ciega el ojo del corazón. ¡Y como se busca el médico cuando el ojo de la carne está dañado; cómo no se difiere el abrir y purgar, para que sane lo que hace que veamos esta luz! Se corre, nadie descansa, nadie se retarda, aunque solo una pajita caiga en el ojo. Sin duda, fue Dios quien hizo el sol que queremos ver cuando los ojos están sanos. Ciertamente es mucho más brillante quien lo hizo, pero no es siquiera de este género de luz que corresponde al ojo de la mente. Aquella luz es la Sabiduría eterna. Dios te hizo a ti, oh hombre, a su imagen. Dándote con qué ver el sol que él hizo, ¿no te iba a dar con qué ver a quien te hizo, habiéndote hecho a su imagen? También te dio esto; te dio lo uno y lo otro. Porque si mucho es lo que amas estos ojos exteriores, mucho también lo que descuidas aquel interior; lo llevas cansado y herido. Si quien te fabricó quisiera mostrársete, te causaría dolor; es un tormento para tu ojo, antes de ser sanado y curado. Pues hasta en el paraíso pecó Adán y se escondió de la presencia de Dios. Mientras tenía el corazón sano por la pureza de conciencia, se gozaba en la presencia de Dios; después que, por el pecado, su ojo quedó dañado, comenzó a temer la luz divina, se refugió en las tinieblas y en la densidad del bosque, huyendo de la verdad y ansiando la oscuridad.

6. La fe y los milagros


v   “¿Qué quieres que te haga?”

o   Quiere que el hombre se ponga de pie, que encuentre el valor de pedir lo que le corresponde por su dignidad.

                        Cfr. Benedicto XVI, Homilía, 25 de octubre de 2009

            En el camino el Señor encuentra a Bartimeo, que ha perdido la vista. Sus caminos se cruzan, se convierten en un único camino. "¡Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí!", grita el ciego con confianza. Replica Jesús: "¡Llamadlo!", y añade: "¿Qué quieres que te haga?". Dios es luz y creador de la luz. El hombre es hijo de la luz, está hecho para ver la luz, pero ha perdido la vista, y se ve obligado a mendigar. Junto a él pasa el Señor, que se ha hecho mendigo por nosotros: sediento de nuestra fe y de nuestro amor. "¿Qué quieres que te haga?". Dios lo sabe, pero pregunta; quiere que sea el hombre quien hable. Quiere que el hombre se ponga de pie, que encuentre el valor de pedir lo que le corresponde por su dignidad. El Padre quiere oír de la voz misma de su hijo la libre voluntad de ver de nuevo la luz, la luz para la que lo ha creado. "Rabbuní, ¡que vea!". Y Jesús le dice: "Vete, tu fe te ha salvado. Y al instante recobró la vista y lo seguía por el camino" (Mc 10, 51-52).
§  Bartimeo se convierte en testigo de la luz, narrando y demostrando en primera persona que había sido curado, renovado y regenerado.
Esto es la Iglesia en el mundo: "sal y luz" en medio de la sociedad de los hombres y de las naciones. 
Sí, la fe en Jesucristo —cuando se entiende bien y se practica— guía a los hombres y a los pueblos a la libertad en la verdad o, por usar las tres palabras del tema sinodal, a la reconciliación, a la justicia y a la paz. Bartimeo que, curado, sigue a Jesús por el camino, es imagen de la humanidad que, iluminada por la fe, se pone en camino hacia la tierra prometida. Bartimeo se convierte a su vez en testigo de la luz, narrando y demostrando en primera persona que había sido curado, renovado y regenerado. Esto es la Iglesia en el mundo: comunidad de personas reconciliadas, artífices de justicia y de paz; "sal y luz" en medio de la sociedad de los hombres y de las naciones. 

v  En este "ver" a través de la fe, por obra del Espíritu Santo, nos completamos recíprocamente y recíprocamente nos ayudamos a educarnos.

o   Una ayuda que se realiza de modo peculiar en la familia: unos a otros se ayudan a crecer en la fe.

       Cfr. Juan Pablo II, Homilía, 28 de octubre de 1979

El mendigo ciego, Bartimeo, tras ser llamado por Cristo, pronunció la principal petición de toda su vida: "Señor, que yo vea"; y recibió la vista y la respuesta: "Anda, tu fe te ha salvado" (Marcos 10,50-51). (…)
En este "ver" a través de la fe, por obra del Espíritu Santo, nos completamos recíprocamente y recíprocamente nos ayudamos a educarnos. Aunque este ver a través de la fe sea el fruto de la gracia del mismo Dios en relación con el alma humana, sin embargo, en relación con nuestro entender, está contemporáneamente confiado también a nuestra humana solicitud y a nuestro celo. (…)
Especialmente fundamental en este campo es el deber de la familia. Precisamente dirigiéndome a los padres de familia cristianos, en la Exhortación Apostólica Catechesi tradendae, publicada hace unos días, digo: "La acción catequética de la familia tiene un carácter peculiar y, en cierto sentido, insustituible.. Esta educación en la fe, impartida por los padres —que debe comenzar desde la más tierna edad de los niños— se realiza ya cuando los miembros de la familia se ayudan unos a otros a crecer en la fe por medio de su testimonio de vida cristiana, a menudo silencioso, mas perseverante a lo largo de una existencia cotidiana vivida según el Evangelio" (núm. 68).

v  El milagro es un “signo” del poder y del amor de Dios que salvan al hombre en Cristo, y al mismo tiempo, una llamada al hombre a la fe.

Cfr. Juan Pablo II, Catequesis, 16 de diciembre de 1987
Los “milagros y los signos” que Jesús realizaba para confirmar su misión mesiánica y la venida del reino de Dios, están ordenados y estrechamente ligados a la llamada a la fe. Esta llamada con relación al milagro tiene dos formas: la fe precede al milagro, más aún, es condición para que se realice; la fe constituye un efecto del milagro, bien porque el milagro mismo la provoca en el alma de quienes lo han recibido, bien porque han sido testigos de él. (…)
Jesús subraya más de una vez que los milagros que Él realiza están vinculados a la fe. “Tu fe te ha curado”, dice a la mujer que padecía hemorragias desde hacía doce años y que, acercándose por detrás, le había tocado el borde del manto, quedando sana (cf .Mateo 9,20-22 y también Lucas 8,48 Mc 5,34).
Palabras semejantes pronuncia Jesús mientras cura al ciego Bartimeo, que, a la salida de Jericó, pedía con insistencia su ayuda gritando: “Hijo de David, Jesús, ten piedad de mi!” (cf. Marcos 10,46-52). Según Marcos: “Anda, tu fe te ha salvado” le responde Jesús. Y Lucas precisa la respuesta: “Ve, tu fe te ha hecho salvo” (Lucas 18,42).
Una declaración idéntica hace al Samaritano curado de la lepra (Lucas 17,19). Mientras a los otros dos ciegos que invocan volver a ver, Jesús les pregunta: “¿Creéis que puedo yo hacer esto?”. “Sí, Señor”... “Hágase en vosotros, según vuestra fe” (Mateo 9,28-29).

o   Impresiona de manera particular el episodio de la mujer cananea

Impresiona de manera particular el episodio de la mujer cananea que no cesaba de pedir la ayuda de Jesús para su hija “atormentada cruelmente por un demonio”. Cuando la cananea se postró delante de Jesús para implorar su ayuda, Él le respondió: “No es bueno tomar el pan de los hijos y arrojarlo a los perrillos” (Era una referencia a la diversidad étnica entre israelitas y cananeos que Jesús, Hijo de David, no podía ignorar en su comportamiento práctico, pero a la que alude con finalidad metodológica para provocar la fe). Y he aquí que la mujer llega intuitivamente a un acto insólito de fe y de humildad. Y dice: “Cierto, Señor, pero también los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus señores”. Ante esta respuesta tan humilde, elegante y confiada, Jesús replica: “¡Mujer, grande es tu fe! Hágase contigo como tú quieres” (cf. Mateo 15,21-28).
¡Es un suceso difícil de olvidar, sobre todo si se piensa en los innumerables “cananeos” de todo tiempo, país, color y condición social que tienden su mano para pedir comprensión y ayuda en sus necesidades!

o   Cuando Jesús “ve la fe”, realiza el milagro. Una llamada al hombre a la fe.

§  Una señales para que creáis que Jesús es el Mesías, y creyendo tengáis vida en su nombre.
Nótese cómo en la narración evangélica se pone continuamente de relieve el hecho de que Jesús, cuando “ve la fe”, realiza el milagro. Esto se dice expresamente en el caso del paralítico que pusieron a sus pies desde un agujero abierto en el techo (cf . Marcos 2,5; Mateo 9,2Lucas 5,20). Pero la observación se puede hacer en tantos otros casos que los evangelistas nos presentan. El factor fe es indispensable; pero, apenas se verifica, el corazón de Jesús se proyecta a satisfacer las demandas de los necesitados que se dirigen a Él para que los socorra con su poder divino.
Una vez más constatamos que, como hemos dicho al principio, el milagro es un “signo” del poder y del amor de Dios que salvan al hombre en Cristo. Pero, precisamente por esto es al mismo tiempo una llamada al hombre a la fe. Debe llevar a creer sea al destinatario del milagro sea a los testigos del mismo.
Esto vale para los mismos Apóstoles, desde el primer “signo” realizado por Jesús en Caná de Galilea; fue entonces cuando “creyeron en Él” (Juan 2,11). Cuando, más tarde, tiene lugar la multiplicación milagrosa de los panes cerca de Cafarnaum, con la que está unido el preanuncio de la Eucaristía, el evangelista hace notar que “desde entonces muchos de sus discípulos se retiraron y ya no le seguían”, porque no estaban en condiciones de acoger un lenguaje que les parecía demasiado “duro”. Entonces Jesús preguntó a los Doce: “¿Queréis iros vosotros también?”. Respondió Pedro: “Señor, ¿a quién iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros hemos creído y sabemos que Tú eres el Santo de Dios” (Cfr. Juan 6,66-69). Así, pues, el principio de la fe es fundamental en la relación con Cristo, ya como condición para obtener el milagro, ya como fin por el que el milagro se ha realizado. Esto queda bien claro al final del Evangelio de Juan donde leemos: “Muchas otras señales hizo Jesús en presencia de los discípulos que no están escritas en este libro; y éstas fueron escritas para que creáis que Jesús es el Mesías, Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre” (Juan 20,30-31).

v  Los signos o milagros que hizo Jesús fortalecen la fe.


o   Son una invitación a creer en Jesús, no pretenden satisfacer la curiosidad ni los deseos mágicos.

·         Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica:
-          n.548: (…) Invitan a creer en Jesús (cf. Juan 10,38). Concede lo que le piden a los que acuden a él
con fe (cf. Marcos 5,25-34 Marcos 10,52 etc.). Por tanto, los milagros fortalecen la fe en Aquél que hace las obras de su Padre: éstas testimonian que él es Hijo de Dios (cf. Juan 10,31-38). Pero también pueden ser "ocasión de escándalo" (Mateo 11,6). No pretenden satisfacer la curiosidad ni los deseos mágicos. A pesar de tan evidentes milagros, Jesús es rechazado por algunos (cf. Juan 11,47-48); incluso se le acusa de obrar movido por los demonios (cf. Marcos 3,22).

o   Jesús escucha la oración de fe expresada en palabras o en silencio

-          n. 2616 (…) Jesús escucha la oración de fe expresada en palabras (el leproso: cf Marcos 1,40-41; Jairo: cf 
Marcos 5,36; la cananea: cf Marcos 7,29; el buen ladrón: cf Lucas 23,39-43), o en silencio (los portadores del paralítico: cf Marcos 2,5; la hemorroísa que toca su vestido: cf Marcos 5,28 las lágrimas y el perfume la pecadora: cf Lucas 7,37-38). La petición apremiante de los ciegos: "¡Ten piedad de nosotros, Hijo de David!" (Mateo 9,27) o "¡Hijo de David, ten compasión de mí!" (Marcos 10,48) ha sido recogida en la tradición de la Oración a Jesús: "¡Jesús, Cristo, Hijo de Dios, Señor, ten piedad de mí, pecador!" Curando enfermedades o perdonando pecados, Jesús siempre responde a la plegaria que le suplica con fe: "Ve en paz, ¡tu fe te ha salvado!".


Vida Cristiana



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