miércoles, 24 de julio de 2019

Domingo 17 del Tiempo Ordinario – Ciclo C (28 de julio de 2019).





[Chiesa/Omelie1/Preghiera/17C19OraciónPadreNuestroVengaTuReinoCristo]

v  Cfr. Domingo 17  del Tiempo Ordinario,  Ciclo C 

            28 julio 2019 – Génesis 18, 20-21.23-32   Lucas 11, 1-13

Ø Domingo 17 del Tiempo Ordinario – Ciclo C (28 de julio de 2019). Un discípulo pide a Jesús que les enseñe a orar. Jesús les enseña la oración fundamental cristiana del Padre nuestro. San Lucas refiere un texto breve con cinco peticiones y San Mateo una versión más desarrollada con siete peticiones. Una de las peticiones que recoge el evangelio de hoy es “venga tu reino” (Lucas 11,2). Acogemos el reino de Dios si acogemos a Cristo en  nuestras vidas. Algunos números del catecismo sobre el Reino de Dios.


Lucas 11, 1-13: 1 Y sucedió que, estando él orando en cierto lugar, cuando terminó, le dijo uno de sus discípulos: «Señor, enséñanos a orar, como enseñó Juan a sus discípulos.» 2 El les dijo: «Cuando oréis, decid: Padre, santificado sea tu Nombre, venga tu Reino, 3 danos cada día nuestro pan cotidiano, 4   y perdónanos nuestros pecados porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe, y no nos pongas en tentación.» 5  Les dijo también: «Si uno de vosotros tiene un amigo y, acudiendo a él a medianoche, le dice: "Amigo, préstame tres panes, 6 porque ha llegado de viaje a mi casa un amigo mío y no tengo qué ofrecerle", 7                 y aquél, desde dentro, le responde: "No me molestes; la puerta ya está cerrada, y mis hijos y yo estamos acostados; no puedo levantarme a dártelos", 8 os aseguro, que si no se levanta a dárselos por ser su amigo, al menos se levantará por su importunidad, y le dará cuanto necesite.» 9 Yo os digo: «Pedid  y se os dará; buscad y hallaréis; llamad  y se os abrirá. 10 Porque todo el que pide, recibe; el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá. 11 ¿Qué padre hay entre vosotros que, si su hijo le pide un pez, en lugar de un pez le da una serpiente?; 12  ¿O, si le pide un huevo, le da un escorpión? 13 Si, pues, vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?»
                                                                                           
«Reino de Dios» quiere decir «señorío de Dios»:
su voluntad es asumida como criterio.
(Benedicto XVI, Jesús de Nazaret)

1.    Un discípulo pide al Señor que les enseñe a orar.

v  Jesús les enseña el “Padre nuestro”: una oración cristiana fundamental que enseñó Jesús sus discípulos. San Lucas da un texto con cinco peticiones, san Mateo una versión más desarrollada con con siete peticiones.  

o   La tradición litúrgica de la Iglesia ha conservado el texto de san Mateo

-          Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2759: "Estando él [Jesús] en cierto lugar, cuando terminó, le dijo uno de sus discípulos: 'Maestro, enséñanos a orar, como enseñó Juan a sus discípulos. '" (Lc 11, 1). En respuesta a esta petición, el Señor confía a sus discípulos y a su Iglesia la oración cristiana fundamental. San Lucas da de ella un texto breve (con cinco peticiones: cf Lc 11, 2 - 4), San Mateo una versión más desarrollada (con siete peticiones: cf Mt 6, 9 - 13). La tradición litúrgica de la Iglesia ha conservado el texto de San Mateo:
Padre nuestro, que estás en el cielo,
santificado sea tu Nombre;
venga a nosotros tu reino;
hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día;
perdona nuestras ofensas como también
nosotros perdonamos a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal.

v  Las siete peticiones del Padre nuestro (cfr. Segunda sección del Catecismo, Artículo 3)

-          Santificado sea tu nombre: nn. 2807-2815
-          Venga a nosotros tu reino:  nn, 2816-2821
-          Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo: nn. 2822-2827
-          Danos hoy nuestro pan de cada día: nn. 2828-2837
-          Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden: nn. 2838-2845
-          No nos dejes caer en la tentación: nn. 2845-2849
-          Y líbranos del mal: nn. 2850-2854

2.    Breve anotación a la segunda petición: “venga a nosotros tu reino”

-          Si en este año se desea comentar otros aspectos del «Padre nuestro», vid. los comentarios
al “Padre nuestro” de San Cipriano y San Agustín. [Chiesa/Testi/Preghiera/PadreNuestroCiprianoSanAgustín]

3.    El Reino se ha hecho presente y llega a su cumplimiento en Cristo

Cfr. Juan Pablo II, Encíclica Redemptoris missio, 7 de diciembre de 1990, n. 18


v  a); El Reino de Dios no es un  concepto, una doctrina o un programa

Como ya queda dicho, Cristo no sólo ha anunciado el Reino, sino que en él el Reino mismo se ha hecho presente y ha llegado a su cumplimiento: « Sobre todo, el Reino se manifiesta en la persona misma de Cristo, Hijo de Dios e Hijo del hombre, quien vino "a servir y a dar su vida para la redención de muchos" (Mc 10, 45) ».( Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 5.)  El Reino de Dios no es un concepto, una doctrina o un programa sujeto a libre elaboración, sino que es ante todo una persona que tiene el rostro y el nombre de Jesús de Nazaret, imagen del Dios invisible.( Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes sobre la Iglesia en el mundo actual, 22) Si se separa el Reino de la persona de Jesús, no existe ya el reino de Dios revelado por él, y se termina por distorsionar tanto el significado del Reino —que corre el riesgo de transformarse en un objetivo puramente humano o ideológico— como la identidad de Cristo, que no aparece ya como el Señor, al cual debe someterse todo (cf. 1 Cor l5, 27).  

v  b) La Iglesia está ordenada al Reino de Dios, del cual es germen, signo e instrumento

Asimismo, el Reino no puede ser separado de la Iglesia. Ciertamente, ésta no es fin para sí misma, ya que está ordenada al Reino de Dios, del cual es germen, signo e instrumento. Sin embargo, a la vez que se distingue de Cristo y del Reino, está indisolublemente unida a ambos. Cristo ha dotado a la Iglesia, su Cuerpo, de la plenitud de los bienes y medios de salvación; el Espíritu Santo mora en ella, la vivifica con sus dones y carismas, la santifica, la guía y la renueva sin cesar. (Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium , sobre la Iglesia, 4.) De ahí deriva una relación singular y única que, aunque no excluya la obra de Cristo y del Espíritu Santo fuera de los confines visibles de la Iglesia, le confiere un papel específico y necesario. De ahí también el vínculo especial de la Iglesia con el Reino de Dios y de Cristo, dado que tiene « la misión de anunciarlo e instaurarlo en todos los pueblos ».( Ibid.,5) 

4.    Algunos de los puntos del Catecismo de la Iglesia Católica que nos hablan del

Reino de Dios en Cristo: se  señalan algunos de los contenidos de ese Reino de Dios que invocamos en el Padre nuestro.  


v  Dios instaura su Reino por medio de Cristo

§  Dios envía a Jesucristo, el Mesías,  a la tierra,  para instaurar definitivamente su reino
n. 436: (....) Dios envía el Mesías para instaurar definitivamente su Reino (Cf Sal 2, 2; Hch 4, 26-27). El Mesías debía ser ungido por el Espíritu del Señor (Cf Is 11, 2) a la vez como rey y sacerdote (Cf Za 4, 14; 6, 13), pero también como profeta (Cf Is 61, 1; Lc 4, 16-21).  Jesús cumplió la esperanza mesiánica de Israel en su triple función de sacerdote, profeta y rey.
§  Dios Padre reúne a los hombres en torno a su Hijo en la Iglesia, que es germen y comienzo del Reino. Cristo inauguró en la tierra el Reino de los cielos para hacer la voluntad del Padre
n.  541: «El Reino de Dios está cerca» - «Después que Juan fue preso, marchó Jesús a Galilea; y proclamaba la Buena Nueva de Dios: "El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva"» (Mc 1, 15).  «Cristo, por tanto, para hacer la voluntad del Padre, inauguró en la tierra el Reino de los cielos» (LG 3). Pues bien, la voluntad del Padre es «elevar a los hombres a la participación de la vida divina» (Lumen gentium 2). Lo hace reuniendo a los hombres en torno a su Hijo, Jesucristo. ö Esta reunión es la Iglesia, que es sobre la tierra «el germen y el comienzo de este Reino» (Lumen gentium, 5).
n. 763: La Iglesia, instituida por Cristo Jesús - Corresponde al Hijo realizar el plan de Salvación de su Padre, en la plenitud de los tiempos; ése es el motivo de su «misión» (Cf LG 3; AG 3). «El Señor Jesús comenzó su Iglesia con el anuncio de la Buena Noticia, es decir, de la llegada del Reino de Dios prometido desde hacía siglos en las Escrituras» (Lumen gentium 5). Para cumplir la voluntad del Padre, Cristo inauguró el Reino de los cielos en la tierra. La Iglesia es el Reino de Cristo «presente ya en misterio» (Lumen gentium  3).
n. 768: Para realizar su misión, el Espíritu Santo «la construye y dirige con diversos dones jerárquicos y carismáticos» (Lumen gentium 4). «La Iglesia, enriquecida con los dones de su Fundador y guardando fielmente sus mandamientos del amor, la humildad y la renuncia, recibe la misión de anunciar y establecer en todos los pueblos el Reino de Cristo y de Dios.  Ella constituye el germen y el comienzo de este Reino en la tierra» (Lumen gentium 5).
§  Cristo realiza la venida de su Reino por medio del Misterio de la Pascua: su muerte de Cruz y su Resurrección. Los cristianos apresuran la venida del Reino de Dios llevando una vida según Cristo. Todos los hombres están llamados a esta unión con Cristo
n. 542: Cristo es el corazón mismo de esta reunión de los hombres como «familia de Dios». Los convoca en torno a él por su palabra, por sus señales que manifiestan el Reino de Dios, por el envío de sus discípulos. Sobre todo, él realizará la venida de su Reino por medio del gran Misterio de su Pascua: su muerte en la Cruz y su Resurrección. «Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12, 32). A esta unión con Cristo están llamados todos los hombres (Cf LG 3).
n. 2046: Llevando una vida según Cristo, los cristianos apresuran la venida del Reino de Dios, «Reino de justicia, de verdad y de paz» (MR, Prefacio de Jesucristo Rey). Esto no significa que abandonen sus tareas terrenas, sino que, fieles a su Maestro, las cumplen con rectitud, paciencia y amor.
§  Para entrar en el Reino de Dios es necesario acoger la palabra de Jesús; todos los hombres están llamados a entrar en el Reino
n. 543: El anuncio del Reino de Dios - Todos los hombres están llamados a entrar en el Reino. Anunciado en primer lugar a los hijos de Israel (Cf Mt 10, 5-7), este reino mesiánico está destinado a acoger a los hombres de todas las naciones (Cf Mt 8, 11; 28, 19).  Para entrar en él, es necesario acoger la palabra de Jesús:
La Palabra de Dios se compara a una semilla sembrada en el campo: los que escuchan con fe y se unen al pequeño rebaño de Cristo han acogido el Reino; después la semilla, por sí misma, germina y crece hasta el tiempo de la siega (Lumen gentium, 5).
n. 764: «Este Reino se manifiesta a los hombres en las palabras, en las obras y en la presencia de Cristo» (LG 5). Acoger la palabra de Jesús es acoger «el Reino» (LG 5). El germen y el comienzo del Reino son el «pequeño rebaño» (Lc 12, 32) de los que Jesús ha venido a convocar en torno suyo y de los que él mismo es el pastor (145). Constituyen la verdadera familia de Jesús (Cf Mt 12, 49). A los que reunió así en torno suyo, les enseñó no sólo una nueva «manera de obrar», sino también una oración propia (Cf Mt 5-6).
§  La venida del  Reino de Dios es la derrota del reino de Satanás. El Reino de Dios será definitivamente establecido por la Cruz de Cristo
n. 550: La venida del Reino de Dios es la derrota del reino de Satanás (Cf Mt 12, 26). «Pero si por el Espíritu de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios» (Mt 12, 28). Los exorcismos de Jesús liberan a los hombres del dominio de los demonios (Cf Lc 8, 26-39). Anticipan la gran victoria de Jesús sobre «el príncipe de este mundo» (Jn 12, 31). Por la Cruz de Cristo será definitivamente establecido el Reino de Dios: «Regnavit a ligno Deus» («Dios reinó desde el madero de la Cruz») (Himno «Vexilla Regis»).

v  La entrada en el Reino de Dios es libre

§  Nadie es forzado a pertenecer a este Reino
n. 160: La libertad de la fe - (...)  Cristo invitó a la fe y a la conversión, El no forzó jamás a nadie jamás. «Dio testimonio de la verdad, pero no quiso imponerla por la fuerza a los que le contradecían. ö Pues su reino... crece por el amor con que Cristo, exaltado en la cruz, atrae a los hombres hacia El» (DV 11.).
§  Los hombres pueden entrar libremente en el plan divino, siendo plenamente colaboradores de su Reino
n. 307: Dios concede a los hombres incluso poder participar libremente en su providencia confiándoles la responsabilidad de «someter» la tierra y dominarla (Cf Gn l, 26-28). ö Dios da así a los hombres el ser causas inteligentes y libres para completar la obra de la Creación, para perfeccionar su armonía para su bien y el de sus prójimos. Los hombres, cooperadores a menudo inconscientes de la voluntad divina, pueden entrar libremente en el plan divino no sólo por su acciones y sus oraciones, sino también por sus sufrimientos (Cf Col l, 24). Entonces llegan a ser plenamente «colaboradores de Dios» (l Co 3, 9; 1 Ts 3, 2) y de su Reino (Cf Col 4, 11).

v  La plenitud del Reino de Dios llegará al fin de los tiempos

§  El Reino de Dios llegará a su plenitud al fin de los tiempos
n. 1042: LA ESPERANZA DE LOS CIELOS NUEVOSY DE LA TIERRA NUEVA -  Al fin de los tiempos el Reino de Dios llegará a su plenitud. Después del Juicio final, los justos reinarán para siempre con Cristo, glorificados en cuerpo y alma, y el mismo universo será renovado:
La Iglesia... sólo llegará a su perfección en la gloria del cielo... cuando llegue el tiempo de la restauración universal y cuando, con la humanidad, también el universo entero, que está íntimamente unido al hombre ö y que alcanza su meta a través del hombre, quede perfectamente renovado en Cristo (Lumen gentium 48).
§  Hasta que sea definitivamente instaurado, este Reino aún es objeto de los ataques de los poderes del mal, aunque estos poderes hayan sido vencidos por Cristo
n. 671: ...esperando que todo le sea sometido - El Reino de Cristo, presente ya en su Iglesia, sin embargo, no está todavía acabado «con gran poder y gloria» (Lc 21, 27) (Cf Mt 25, 31) con el advenimiento del Rey a la tierra. Este Reino aún es objeto de los ataques de los poderes del mal (Cf 2 Ts 2, 7), a pesar de que estos poderes hayan sido vencidos en su raíz por la Pascua de Cristo. Hasta que todo le haya sido sometido (Cf 1 Co 15, 28), y «mientras no haya nuevos cielos y nueva tierra, en los que habite la justicia, ö la Iglesia peregrina lleva en sus sacramentos e instituciones, que pertenecen a este tiempo, la imagen de este mundo que pasa. Ella misma vive entre las criaturas que gimen en dolores de parto hasta ahora y que esperan la manifestación de los hijos de Dios» (LG 48). ö Por esta razón los cristianos piden, sobre todo en la Eucaristía (Cf 1 Co 11, 26), ö que se apresure el retorno de Cristo (Cf 2 P 3, 11-12) cuando suplican: «Ven, Señor Jesús» (Cf 1 Co 16, 22; Ap 22, 17-20).

v  Los laicos buscan el Reino de Dios ocupándose de las realidades temporales y ordenándolas según Dios

n. 898: La vocación de los laicos - Los laicos tienen como vocación propia el buscar el Reino de Dios ocupándose de las realidades temporales y ordenándolas según Dios... A ellos de manera especial les corresponde iluminar y ordenar todas las realidades temporales, a las que están estrechamente unidos, de tal manera que éstas lleguen a ser según Cristo, se desarrollen y sean para alabanza del Creador y Redentor» (Lumen gentium 31).

v  Reino de Dios y sacramentos

§  Los  sacramentos, con  nuestra cooperación, hacen que la semilla del Reino de su fruto
n. 1153: Palabras y acciones - Toda celebración sacramental es un encuentro de los hijos de Dios con su Padre, en Cristo y en el Espíritu Santo, y este encuentro se expresa como un diálogo a través de acciones y de palabras. Ciertamente, las acciones simbólicas son ya un lenguaje, pero es preciso que la Palabra de Dios y la respuesta de fe acompañen y vivifiquen estas acciones, a fin de que la semilla del Reino dé su fruto en la tierra buena. Las acciones litúrgicas significan lo que expresa la Palabra de Dios: a la vez la iniciativa gratuita de Dios y la respuesta de fe de su pueblo.
§  Entramos en el reino de Dios por el Bautismo
n. 1215: Este sacramento es llamado también «baño de regeneración y de renovación del Espíritu Santo» (Tt 3, 5), ö porque significa y realiza ese nacimiento del agua y del Espíritu sin el cual «nadie puede entrar en el Reino de Dios» (Jn 3, 5).
n. 1263: Por el Bautismo, todos los pecados son perdonados, el pecado original y todos los pecados personales, así como todas las penas del pecado (cf  DS 1316). En efecto, en los que han sido regenerados no permanece nada que les impida entrar en el Reino de Dios, ni el pecado de Adán, ni el pecado personal, ni las consecuencias del pecado, la más grave de las cuales es la separación de  Dios.
§  Reino de Dios y Eucaristía
n. 1404: La Iglesia sabe que, ya ahora, el Señor viene en su Eucaristía y que está ahí en medio de nosotros. Sin embargo, esta presencia está velada. Por eso celebramos la Eucaristía «expectantes beatam spem et adventum Salvatoris nostri Jesu Christi» («Mientras esperamos la gloriosa venida de Nuestro Salvador Jesucristo») (Embolismo después del Padre Nuestro; cf Tt 2, 13), pidiendo entrar «en tu reino, donde esperamos gozar todos juntos de la plenitud eterna de tu gloria; allí enjugarás las lágrimas de nuestros ojos, ö porque, al contemplarte como Tú eres, Dios nuestro, seremos para siempre semejantes a ti y cantaremos eternamente tus alabanzas, por Cristo, Señor Nuestro» (MR, Plegaria Eucarística 3, 128: oración por los difuntos).

v  La conversión, además de la fe la vigilancia y la oración, es necesaria para entrar en el Reino de Dios

§  La llamada a la conversión es parte esencial del anuncio del Reino
n. 1427: LA CONVERSION DE LOS BAUTIZADOS - ö Jesús llama a la conversión. Esta llamada es una parte esencial del anuncio del Reino: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva» (Mc 1, 15). (...)
n. 1989: La primera obra de la gracia del Espíritu Santo es la conversión, que obra la justificación según el anuncio de Jesús al comienzo del Evangelio: «Convertíos porque el Reino de los cielos está cerca» (Mt 4, 17). Movido por la gracia, el hombre se vuelve a Dios y se aparta del pecado, acogiendo así el perdón y la justicia de lo alto. «La justificación entraña, por tanto, el perdón de los pecados, la santificación y la renovación del hombre interior» (42).
§  Sólo por el camino de la conversión podemos entrar en el Reino del que nos aparta el pecado grave
n. 1470: En este sacramento, el pecador, confiándose al juicio misericordioso de Dios, anticipa en cierta manera el juicio al que será sometido al fin de esta vida terrena. Porque es ahora, en esta vida, cuando nos es ofrecida la elección entre la vida y la muerte, y sólo por el camino de la conversión podemos entrar en el Reino del que el pecado grave nos aparta (cf 1Co 5, 11; Ga 5, 19  - 21; Ap 22, 15). Convirtiéndose a Cristo por la penitencia y la fe, el pecador pasa de la muerte a la vida «y no incurre en juicio» (Jn 5, 24).
§  Además de la conversión y la fe, es necesaria la vigilancia  y oración atenta a Jesús
n. 2612: En Jesús «el Reino de Dios está próximo», llama a la conversión y a la fe pero también a la vigilancia. En la oración, el discípulo espera atento a Aquel que «es y que viene», en el recuerdo de su primera venida en la humildad de la carne, y en la esperanza de su segundo advenimiento en la gloria (cf Mc 13; Lc 21, 34 - 36).  En comunión con su Maestro, la oración de los discípulos es un combate, y velando en la oración es como no se cae en la tentación (cf Lc 22, 40. 46).
§  Oración de petición: debe haber una jerarquía en las peticiones. Debe centrarse en el deseo y en la búsqueda del Reino que viene
n. 2632: La petición cristiana está centrada en el deseo y en la búsqueda del Reino que viene, conforme a las enseñanzas de Jesús (cf Mt 6, 10. 33; Lc 11, 2. 13).Hay una jerarquía en las peticiones: primero el Reino, a continuación lo que es necesario para acogerlo y para cooperar a su venida. Esta cooperación con la misión de Cristo y del Espíritu Santo, que es ahora la de la Iglesia, es objeto de la oración de la comunidad apostólica (cf  Hch 6, 6; Hch 13, 3. Es la oración de Pablo, el apóstol por excelencia, que nos revela cómo la solicitud divina por todas las Iglesias debe animar la oración cristiana (cf Rm 10, 1; Ef 1, 16 - 23; Flp 1, 9 - 11; Col 1, 3 - 6; Col 4, 3 - 4. 12. Al orar, todo bautizado trabaja en la Venida del Reino.
§  Por la oración discernimos cuál es la voluntad de Dios: cumpliéndola entramos  en el Reino de Dios
n. 2826: Por la oración, podemos «discernir cuál es la voluntad de Dios» (Rm 12, 2; Ef 5, 17) y obtener «constancia para cumplirla» (Hb 10, 36). Jesús nos enseña que se entra en el Reino de los cielos, no mediante palabras, sino «haciendo la voluntad de mi Padre que está en los cielos» (Mt 7, 21).

v  El Espíritu Santo y el Reino de Dios

n.  556: “participamos en la Resurrección del Señor por el Espíritu Santo que actúa en los
sacramentos del Cuerpo de Cristo”.
n. 736: Gracias a este poder del Espíritu Santo los hijos de Dios pueden dar fruto. El que nos ha
injertado en la Vid verdadera hará que demos «el fruto del Espíritu que es caridad, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, templanza» (Ga 5, 22-23). «El Espíritu es nuestra Vida»: cuanto más renunciamos a nosotros mismos (Cf Mt 16, 24-26), más «obramos también según el Espíritu» (Ga 5, 25):
Por la comunión con él, el Espíritu Santo nos hace espirituales, nos restablece en el Paraíso, nos lleva al Reino de los cielos y a la adopción filial, nos da la confianza de llamar a Dios Padre y de participar en la gracia de Cristo, de ser llamados hijos de la luz y de tener parte en la gloria eterna (S. Basilio, Spir. 15, 36).
n. 2819: «El Reino de Dios es justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo» (Rm 14, 17). Los últimos
tiempos en los que estamos son los de la efusión del Espíritu Santo. Desde entonces está entablado un combate decisivo entre «la carne» y el Espíritu (Cf Ga 5, 16-25):
Sólo un corazón puro puede decir con seguridad: "¡Venga a nosotros tu Reino!" Es necesario haber estado en la escuela de Pablo para decir: "Que el pecado no reine ya en nuestro cuerpo mortal" (Rm 6, 12). El que se conserva puro en sus acciones, sus pensamientos y sus palabras, puede decir a Dios: "¡Venga tu Reino!" (S. Cirilo de Jerusalén, catech. myst. 5, 13).

5.    Venga a nosotros tu reino. Joseph Ratzinger – Benedicto XVI

      Cfr. Gesù di Nazaret, Rizzoli, Quarta edizione: maggio 2007, pp. 176-178

v  Una prioridad en el obrar humano. No se trata de un reino con recetas fáciles. «Reino de Dios» quiere decir «señorío de Dios»: su voluntad es asumida como criterio.

Al reflexionar sobre la petición relativa al reino de Dios recordamos todas las consideraciones que hemos hecho precedentemente sobre la expresión «reino de Dios». Con esta petición reconocemos, antes que nada, el primado de Dios: donde Él no está, nada puede ser bueno. Donde no se ve a Dios, decae el hombre y decae el mundo. «En este sentido nos dice el Señor: Buscad en primer lugar el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas se os añadirán» (Mt 6,33). Con esta palabra se establece un orden de prioridad para el obrar humano, para nuestra actitud en la vida de todos los días.
De ningún modo nos es prometido el país de Jauja [1] porque seamos piadosos o,  de algún modo, deseosos del reino de Dios. No se presenta ningún automatismo de un mundo que funciona como el propuesto en la utopía de la sociedad sin clases, en la que todo debe ir bien por sí mismo, sólo porque no existe la propiedad privada. Jesús no nos ofrece recetas así de fáciles. Establece más bien - como ya se ha dicho – una prioridad decisiva para todo: «reino de Dios» quiere decir «señorío de Dios» y esto significa que su voluntad es asumida como criterio. Esta voluntad crea justicia, en la que está implícito el que nosotros reconocemos a Dios su derecho y en ello encontramos el criterio con el que medir el derecho entre los hombres.
El orden de las prioridades que Jesús nos indica aquí puede recordarnos la narración del viejo testamento acerca de la primera petición de Salomón después de su entronización. Allí se cuenta que el Señor se apareció de noche en sueños al joven rey y le concedió que le hiciese una pregunta que sería escuchada. ¡Un tema clásico sobre los sueños de la humanidad! ¿Qué pidió Salomón? «Concede a tu sirvo un corazón dócil para que sepa juzgar a tu pueblo y discernir entre el bien y el mal» (1 Reyes 3,9). Dios le alaba porque no ha pedido - como habría sido espontáneo – ni riquezas, ni bienes, ni gloria, ni la muerte de sus enemigos y ni siquiera una larga vida (cfr. 2 Crónicas 1,11), sino la cosa verdaderamente esencial: el corazón dócil, la capacidad de distinguir entre el bien y el mal. Y por ello Salomón obtuvo después también el resto como añadidura. Con la petición «venga tu reino» (¡no el nuestro!) el Señor quiere conducirnos precisamente a ese modo de rezar y de establecer las prioridades en nuestro obrar. La primera cosa, la esencial, es el corazón dócil, para que Dios reine y no  nosotros. El reino de Dios viene a través de un corazón dócil. Éste es su camino. Y nosotros debemos rezar siempre por esto.

v  Con Jesús esta petición adquiere un valor más profundo, y es más concreta. Cristo es el reino de Dios en persona, y la petición significa querer vivir en comunión con Él.

A partir del encuentro con Jesús esta petición asume un valor todavía más profundo, se
convierte en más concreta. Hemos visto que Jesús es el reino de Dios en persona; donde está Él, allí está el reino de Dios. De este modo, la petición de tener un corazón dócil se ha convertido en la petición por la comunión con Jesucristo, es la petición de ser siempre cada vez más «uno» con Él (cfr. Galátas 3, 28). Es la petición de un verdadero seguimiento, que se convierte en comunión y nos hace un solo cuerpo con Él. Reinhold Schneider lo ha expresado de un modo agudo: «La vida de este reino es la prosecución de la vida de Cristo en los suyos; el reino se acaba en el corazón que ya no es alimentado por fuerza vital de Cristo; comienza en el corazón que viene tocado y transformado por ella (...) Las raíces del árbol inextirpable intentan penetrar en todo corazón. El reino es uno; subsiste sólo mediante el Señor que es su vida, su fuerza su centro ...» (p. 31 s). Rezar por el reino de Dios significa decir a Jesús: ¡Haz que seamos tuyos, Señor! Invádenos, vive en nosotros; recoge en tu Cuerpo a la humanidad dispersada, a fin de que en ti venga sometido todo a Dios y tú puedas después consignar el universo al Padre, de  modo que «Dios sea todo en todas las cosas» (1 Corintios 15, 26-28).  

6.    Es Cristo que pasa, 44: todos estamos llamados a participar del reino de los cielos

“Ningún hombre es despreciado por Dios. Todos, siguiendo cada uno su propia vocación —en su hogar, en su profesión u oficio, en el cumplimiento de las obligaciones que le corresponden por su estado, en sus deberes de ciudadano, en el ejercicio de sus derechos—, estamos llamados a participar del reino de los cielos”.



Vida Cristiana


[1] Nota del traductor: Con esta imagen «País de Jauja» (en italiano paese della cuccagna, en francés cocagne, etc.), Benedicto XVI se refiere a esa figura de la literatura no sólo europea que nos habla del  sueño que los seres humanos frecuentemente tenemos de encontrar un paraíso terrenal artificial, donde todo nos es dado sin ningún esfuerzo. Se trata de una ficción. Entre los griegos se puede recordar, entre otros, a Luciano que describe la ciudad de los beatos como verdaderamente fabulosa. Haciendo un  resumen muy pobre de la descripción que hace Luciano , esta ciudad es toda de oro, con puertas de cinamomo, suelo de marfil ... las termas son palacios de cristal, donde en vez de agua se usa rocío calentado ... sólo se conoce la estación de primavera ... abundan plantas muy bellas que nunca dejan de dar fruto ...  Encontramos estas ficciones en la edad media, donde hay lugares con  mesas preparadas con toda clase de alimentos a las que uno accede libremente y come lo que quiere sin pagar nada. En ese lugar hay un río para beber vino rojo y blanco,  el mes tiene seis semanas, se celebran cuatro pascuas, la cuaresma cae una vez cada veinte años, las monedas se encuentran por el suelo como las piedras, pero no hay necesidad de ellas porque nadie compra y nadie vende ya que todo lo necesario para la vida se puede obtener gratuitamente.  Este lugar es localizado según las diferentes obras literarias en Italia (en la República de Venecia), en Praga o en Viena, en medio del mar al occidente de España, etc.  En la cultura hispánica, como se ha dicho al inicio, la ficción tiene el nombre de «País de Jauja». En 1533, Pizarro explora en Perú la región de los Hatun-Xauxas, y se dice que quedó absorto al contemplar la hermosura y la magnificencia del Valle del Hatunmayo (hoy Valle del Mantaro),  cubierto de abundante vegetación, y le pareció que era el lugar adecuado para fundar la ciudad de españoles. No sólo había una vegetación exuberante, sino que además era muy rica en oro y plata, y en alimentos: carne y cereales. Si a esto se unía la templanza del clima, se entiende que los cronistas que trabajaban para Pizarro acuñasen, en los relatos y cartas que enviaban al viejo continente, la frase: «Desde el País de Jauja».  El Romancero español del siglo XVII consideró a Jauja como el nombre de un país fabuloso, paradisíaco, de maravilla. Actualmente, está muy desarrollada la industria turística en el Valle de Jauja, con la ciudad de Jauja, en Perú. La patrona de ésta es la Virgen del Rosario. Hay hermosos  paisajes, centros arqueológicos, plantas nativas, artesanía, arquitectura pre-inca, Inca y Colonial, numerosas lagunas, etc.  Lope de Rueda, habla en "El Deleitoso" de un valle famoso por su riqueza y benigno clima donde se encuentran ríos de leche, barreras de carne asada, lagunas de miel de abeja, pantanos de cuajada.





LA ORACIÓN: el Padre Nuestro, S. Cipriano y S. Agustín.





[Chiesa/Testi/Preghiera/PadreNuestroCiprianoSanAgustín]


LA ORACIÓN: el Padre Nuestro, S. Cipriano y S. Agustín.


LA ORACIÓN: el Padre Nuestro, S. Cipriano y S. Agustín........................................................................... 1
A. SOBRE EL PADRE NUESTRO. San Cipriano.............................................................................................................. 2
La oración ha de salir de un corazón humilde................................................................................................................. 2
v     Del tratado de san Cipriano sobre el Padrenuestro.................................................................................................. 2
v     La oración de Ana............................................................................................................................................................ 2
v     La oración del fariseo y del publicano......................................................................................................................... 2
2. El Dios de la paz, que nos enseñó la unidad, quiso que orásemos cada uno por todos................................. 2
v     Del tratado de san Cipriano sobre el Padrenuestro.................................................................................................. 2
v     Dios no quiso que cada cual rogara sólo por sí mismo; no decimos «Padre mío, que estás en los cielos»,
          sino «Padre nuestro»...................................................................................................................................................... 2
3. Hay que orar no sólo con palabras, sino también con hechos.............................................................................. 3
v     Del tratado de san Cipriano sobre el Padrenuestro.................................................................................................. 3
v     Jesús nos enseñó a orar con el testimonio de su ejemplo......................................................................................... 3
4. Santificado sea tu nombre................................................................................................................................................... 4
v     Del tratado de san Cipriano sobre el Padrenuestro.................................................................................................. 4
v     Sea nuestra conducta cual conviene a nuestra condición de templos de Dios...................................................... 4
v     Santificado sea tu nombre: pedimos a Dios que su nombre sea santificado en nosotros: pedimos que la
          santificación que nos viene de su gracia sea conservada en nosotros con  ayuda de este misma gracia....... 4
5. Venga nosotros tu reino, hágase tu voluntad............................................................................................................ 4
v     Del tratado de san Cipriano  sobre el Padrenuestro................................................................................................. 4
v     Pedimos que se haga presente en nosotros el reino de Dios que Cristo nos ganó con su sangre y su pasión. 4
v     El reino de Dios se identifica con  la persona de Cristo........................................................................................... 5
v     Pedimos: «Hágase tu voluntad», no en el sentido de que Dios haga lo que quiera, sino de que nosotros
          seamos capaces de hacer lo que Dios quiere.............................................................................................................. 5
v     La voluntad de Dios es la que Cristo cumplió y enseñó............................................................................................ 5
6. Pedimos el pan nuestro de cada día. Después del alimento, pedimos el perdón de los pecados................. 5
v     Del tratado de san Cipriano sobre el Padrenuestro.................................................................................................. 5
v     Pedimos el pan – Eucaristía: alimento para la vida eterna..................................................................................... 5
v     Pedimos el perdón de nuestros pecados: esta petición despierta nuestra conciencia......................................... 6
7. Que los que somos hijos de Dios permanezcamos en la paz de Dios....................................................................... 6
v     Del tratado de san Cipriano sobre el Padrenuestro.................................................................................................. 6
v     Nosotros también debemos perdonar: es imposible alcanzar el perdón si no actuamos de modo semejante
         con los que nos hecho alguna ofensa............................................................................................................................ 6
v     Dios quiere que seamos pacíficos................................................................................................................................. 6
v     Debemos acercarnos al altar con rectitud de corazón, con sinceridad, con paz y concordia........................... 6
B. CARTA A PROBA, San Agustín........................................................................................................................................ 7
v     Obispo de Hipona. (354-430)......................................................................................................................................... 7
1. ¿Por qué dijo elApóstol que «no sabemos pedir lo que nos conviene»?.............................................................. 7
2. Sobre la oración dominical................................................................................................................................................. 7
v     De la carta de san Agustín a Proba.............................................................................................................................. 7
v     Santificado sea tu nombre: que el Señor sea tenido como santo por los hombres............................................... 7
v     Venga a nosotros tu reino: pedimos que nosotros podmos reina en él, pues el reino de Dios vendrá
          ciertamente, lo queramos o no....................................................................................................................................... 7
v     Hágase tu voluntad ....: que nos otorgue la virtud de la obeciencia....................................................................... 8
v     El pan nuestro de cada día ....  con la palabra pan significamos todo cuanto necesitamos............................... 8
v     Perdónanos nuestras deudas ... pedimos tanbién lo que debemos hacer para ser dignos de alcanzar lo que
          pedimos.............................................................................................................................................................................. 8
v     No nos dejer caer en la tentación ................................................................................................................................ 8
v     Líbranos del mal ............................................................................................................................................................. 8
3. Nada hallarás que no se encuentre en esta oración dominical........................................................................... 8
v     De la carta de san Agustín a Proba.............................................................................................................................. 8
v     Hemos de pedir a Dios la felicidad............................................................................................................................... 9

A. SOBRE EL PADRE NUESTRO. San Cipriano

La oración ha de salir de un corazón humilde

v  Del tratado de san Cipriano sobre el Padrenuestro

(Caps. 4-6: CSEL 3,48-270)

Las palabras del que ora han de ser mesuradas y llenas de sosiego y respeto. Pensemos que estamos en la presencia de Dios. Debemos agradar a Dios con la actitud corporal y con la moderación de nuestra voz. Porque, así como es propio del falto de educación hablar a gritos, así, por el contrario, es propio del hombre respetuoso orar con tono de voz moderado. El Señor, cuando nos adoctrina acerca de la oración, nos manda hacerla en secreto, en lugares escondidos y apartados, en nuestro mismo aposento, lo cual concuerda con nuestra fe, cuando nos enseña que Dios está presente en todas, partes, que nos oye y nos ve a todos y que, con la plenitud de su majestad, penetra incluso los lugares más ocultos, tal como está escrito: ¿Soy yo Dios sólo de cerca, y no Dios de lejos? Porque uno se esconda en su escondrijo, ¿no lo voy a ver yo?¿No lleno yo el cielo y la tierra? Y también: En todo lugar los ojos de Dios están vigilando a malos y buenos.
Y, cuando nos reunimos con los hermanos para celebrar los sagrados misterios, presididos por el sacerdote de Dios no debemos olvidar este respeto y moderación ni ponernos a ventilar continuamente sin ton ni son nuestras peticiones,deshaciéndonos en un torrente de palabras, sino encomendarlas humildemente a Dios, ya que él escucha no las palabras, sino el corazón, ni hay que convencer a gritos a aquel que penetra nuestros pensamientos, como lo demuestran aquellas palabras suyas: ¿Por qué pensáis mal? Y en otro lugar: Así sabrán todas las Iglesias que yo soy el que escruta corazones y mentes.

v  La oración de Ana

De este modo oraba Ana, como leemos en el primer libro de Samuel, ya que ella no rogaba a Dios a gritos, sino de un modo silencioso y respetuoso, en lo escondido de su corazón. Su oración era oculta, pero manifiesta su fe; hablaba no con la boca, sino con el corazón, porque sabía Que así el Señor la escuchaba, y, de este modo, consiguió pedía, porque lo pedía con fe. Esto nos recuerda la Escritura, cuando dice: Hablaba para sí, y no se oía su voz, aunque movía los labios, y el Señor la escuchó. Leemos también en los salmos: Reflexionad en el silencio de vuestro lecho. Lo mismo nos sugiere y enseña el Espíritu Santo por boca de Jeremías, con aquellas palabras: Hay que adorarte en lo interior, Señor.

v  La oración del fariseo y del publicano

El que ora, hermanos muy amados, no debe ignorar cómo oraron el fariseo y el publicano en el templo. Este último, sin atreverse a levantar sus ojos al cielo, sin osar levantar sus manos, tanta era su humildad, se daba golpes de pecho y confesaba los pecados ocultos en su interior, implorando el auxilio de la divina misericordia, mientras que el fariseo, oraba safisfecho de sí mismo; y fue justificado el publicano, porque, al orar, no puso la esperanza de la salvación en la convicción de su propia inocencia, ya que nadie es inocente, sino que oró confesando humildemente sus pecados, y aquel que perdona a los humildes escuchó su oración.

2. El Dios de la paz, que nos enseñó la unidad, quiso que orásemos cada uno por todos.


v  Del tratado de san Cipriano sobre el Padrenuestro

(Caps. 8-9: CSEL 3, 271-272)

v  Dios no quiso que cada cual rogara sólo por sí mismo; no decimos «Padre mío, que estás en los cielos», sino «Padre nuestro».

Ante todo, el Doctor de la paz y Maestro de la unidad no quiso que hiciéramos una oración individual y privada, de modo que cada cual rogara sólo por sí mismo. No decirnos: «Padre mío, que estás en los cielos», ni: «El pan mío dámelo hoy», ni pedimos el perdón de las ofensas sólo para cada uno de nosotros, ni pedirnos para cada uno en particular que no caigamos en la tentación. y que nos libre del mal. Nuestra oración es pública y común, y cuando oramos lo hacemos no por uno solo, sino por todo el pueblo, ya que todo el pueblo somos como uno solo. `
El Dios de la paz y el Maestro de la concordia, que nos enseñó la unidad, quiso que orásemos cada uno por todos, del mismo modo que él incluyó a todos los hombres en su persona. Aquellos tres jóvenes encerrados en el horno de fuego observaron esta norma en su oración, pues oraron al unísono y en unidad de espíritu y de corazón; así lo atestigua la sagrada Escritura que, al enseñamos cómo oraron ellos, nos los pone como ejemplo que debemos imitar en nuestra oración: Entonces -dice- los tres, al unísono, cantaban himnos y bendecían a Dios. Oraban los tres al unísono, y eso que Cristo aún no les había enseñado a orar.
Por eso, fue eficaz su oración, porque agradó al Señor aquella plegaria hecha en paz y sencillez de espíritu. Del mismo modo vemos que oraron también los apóstoles, junto con los discípulos, después de la ascensión del Señor. Todos ellos -dice la Escritura- se dedicaban a la oración en común, junto con algunas mujeres, entre ellas María, la madre de Jesús, y con sus hermanos. Se dedicaban a la oración en común, manifestando con esta asiduidad y concordia de su oración que Dios, que hace habitar unánimes en la casa, sólo admite en la casa divina y eterna a los que oran unidos en un mismo espíritu.
¡Cuán importantes, cuántos y cuán grandes son, hermanos muy amados, los misterios que encierra la oración del Señor, tan breve en palabras y tan rica en eficacia espiritual! Ella, a manera de compendio, nos ofrece una enseñanza completa de todo lo que hemos de pedir en nuestras oraciones. Vosotros -dice el Señor- rezad así «Padre nuestro, que estás en los cielos.»
El hombre nuevo, nacido de nuevo y restituido a Dios por su gracia, dice en primer lugar: Padre, porque ya ha empezado a ser hijo. La Palabra vino a su casa -dice el Evangelio- y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Por esto, el que ha creído en su nombre y ha llegado a ser hijo de Dios debe comenzar por hacer profesión, lleno de gratitud, de su condición de hijo de Dios, llamando Padre suyo al Dios que está en los cielos.

3. Hay que orar no sólo con palabras, sino también con hechos.

v  Del tratado de san Cipriano sobre el Padrenuestro

(Caps. 28-30: CSEL 3, 287-289)

No es de extrañar, queridos hermanos, que la oración que nos enseñó Dios con su magisterio resuma todas nuestras peticiones en tan breves y saludables palabras. Esto ya había sido predicho anticipadamente por el profeta Isaías, cuando, lleno de Espíritu Santo, habló de la piedad y la majestad de Dios, diciendo: Palabra que acaba, y abrevia en justicia, porque Dios abreviará su palabra en todo el urbe de la tierra, En efecto, cuando vino aquel que es la Palabra de Dios en persona, nuestro Señor Jesucristo, para reunir a todos, sabios e. ignorantes, y para enseñar a todos, sin distinción de sexo o edad, el camino de salvación, quiso resumir en un sublime compendio todas sus enseñanzas, para no sobrecargar la memoria de los que aprendían, su doctrina celestial y para que aprendiesen con facilidad lo elemental de la fe cristiana.

v  Jesús nos enseñó a orar con el testimonio de su ejemplo

Y así, al enseñar en qué consiste la vida eterna, nos resumió el misterio de esta vida en estas palabras tan breves y llenas de divina grandiosidad: Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, jesucristo. Asimismo, al discernir los primeros y más importantes mandamientos de la ley y los profetas, dice: Escucha, Israel; el Señor, Dios nuestro, es el único Señor; y: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser. Éste es el primero. El segundo es semejante a él: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Estos dos mandamientos sostienen la ley entera y losprofetas. Y también: Tratad a los demás como queréis que ellos os traten; en esto consiste la ley y los profetas.
Además, Dios nos enseñó a orar, no sólo con palabras, sino también con hechos, ya que él oraba con, frecuencia,mostrando, con el testimonio de su ejemplo, cuál ha de ser nuestra conducta en este aspecto; leemos, en efecto: Jesús solía retirarse a despoblado para orar; y también: Subió a la montaña a orar, y pasó la noche orando a Dios.
El Señor, cuando oraba, no pedía por sí mismo -¿qué podía pedir por sí mismo, si él era inocente?-, sino por nuestros pecados, como lo declara con aquellas palabras que dirige a Pedro: Satanás os ha reclamado para cribaros como trigo. Pero yo he pedido por ti, para que tu fe no se apague. Y luego ruega al Padre por todos, diciendo: No sólo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para! que todos sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también lo sean en nosotros,
Gran benignidad y bondad la de Dios para nuestra salvación: no contento con redimirnos con su sangre ruega también por nosotros. Pero atendamos cuál es el deseo de Cristo, expresado en su oración: que así como el Padre y el Hijo son una misma cosa, así también nosotros imitemos esta unidad.

4. Santificado sea tu nombre.

v  Del tratado de san Cipriano sobre el Padrenuestro

(Caps. 11-12: CSEL 3, 274-275)

Cuán grande es la benignidad del Señor, cuán abundante la riqueza de su condescendencia y de su bondad para con nosotros, pues ha querido que, cuando nos ponemos en su presencia para orar, lo llamemos con el nombre de Padre y seamos nosotros llamados hijos de Dios, a imitación de Cristo, su Hijo; ninguno de nosotros se hubiera nunca atrevido a pronunciar este nombre en la oración, si él no nos lo hubiese permitido. Por tanto, hermanos muy amados, debemos recordar y saber que pues llamamos Padre a Dios, tenemos que obrar como hijos suyos, a fin de que él se complazca en nosotros, como nosotros nos complacemos de tenerlo por Padre.

v  Sea nuestra conducta cual conviene a nuestra condición de templos de Dios.

Sea nuestra conducta cual conviene a nuestra condición de templos de Dios, para que se vea de verdad que Dios habita en nosotros. Que nuestras acciones no desdigan del Espíritu: hemos comenzado a ser espirituales y celestiales y, por consiguiente, hemos de pensar y obrar cosas espirituales y celestiales, ya que el mismo Señor Dios ha dicho: Yo honro a los que me honran, y serán humillados los que me desprecian. Asimismo el Apóstol dice en una de sus cartas: No os poseéis en propiedad, porque os han comprado pagando un precio por vosotros. Por tanto, ¡glorificad a Dios con vuestro cuerpo!

v  Santificado sea tu nombre: pedimos a Dios que su nombre sea santificado en nosotros: pedimos que la santificación que nos viene de su gracia sea conservada en nosotros con  ayuda de este misma gracia.

A continuación, añadimos: Santificado sea tu nombre, no en el sentido de que Dios pueda ser santificado por nuestras oraciones, sino en el sentido de que pedimos a Dios que su nombre sea santificado en nosotros. Por lo demás, ¿por quién podría Dios ser santificado, si es él mismo quien santifica? Mas, como sea que él ha dicho: Sed santos, porque yo soy santo, por esto, pedimos y rogamos que nosotros, que fuimos santificados en el bautismo, perseveremos en esta santificación inicial. Y esto lo pedimos cada día. Necesitamos, en efecto, de esta santificación cotidiana, ya que todos los días delinquimos, y por esto necesitamos ser purificados mediante esta continua y renovada santificación.
El Apóstol nos enseña en qué consiste esta santificación que Dios se digna concedernos, cuando dice: Los inmorales, idólatras, adúlteros, afeminados, invertidos, ladrones, codiciosos, borrachos, difamadores o estafadores no heredarán el reino de Dios. Así erais algunos antes. Pero os lavaron, os consagraron, os perdonaron en el nombre de nuestro Señor Jesucristo y por el Espíritu de nuestro Dios. Afirma que hemos sido consagrados en el nombre de nuestro Señor Jesucristo y por el Espíritu de nuestro Dios. Lo que pedimos, pues, es que permanezca en nosotros esta consagración o santificación y -acordándonos de que nuestro Juez y Señor conminó a aquel hombre que él había curado y vivificado a que no volviera a pecar más, no fuera que le sucediese algo peor- no dejamos de pedir a Dios, de día y de noche, que la santificación y vivificación que nos viene de su gracia sea conservada en nosotros con ayuda de esta misma gracia.

5. Venga nosotros tu reino, hágase tu voluntad

v  Del tratado de san Cipriano  sobre el Padrenuestro

(Caps. 13-15: CSEL 3, 275-278)

v  Pedimos que se haga presente en nosotros el reino de Dios que Cristo nos ganó con su sangre y su pasión.

Prosigue la oración que comentamos: Venga a nosotros tu reino. Pedimos que se haga presente en nosotros el reino de Dios, del mismo modo que suplicamos que su nombre sea santificado en nosotros. Porque no hay un solo momento en que Dios deje de reinar, ni puede empezar lo que siempre ha sido y nunca dejará de ser. Pedimos a Dios que venga a nosotros nuestro reino que tenemos prometido, el que Cristo nos ganó con su sangre y su pasión, para que nosotros, que antes servimos al mundo, tengamos después parte en el reino de Cristo, como él nos ha prometido, con aquellas palabras. Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo.

v  El reino de Dios se identifica con  la persona de Cristo.

También podemos entender, hermanos muy amados, este reino de Dios, cuya venida deseamos cada día, en el sentido de la misma persona de Cristo, cuyo próximo advenimiento es también objeto de nuestros deseos. Él es la resurrección, ya que en él resucitaremos, y por esto podemos identificar el reino de Dios con su persona, ya que en él hemos de reinar. Con razón, pues, pedimos el reino de Dios, esto es, el reino celestial, porque existe también un reino terrestre. Pero el que ya ha renunciado al mundo está por encima de los honores y del reino de este mundo.

v  Pedimos: «Hágase tu voluntad», no en el sentido de que Dios haga lo que quiera, sino de que nosotros seamos capaces de hacer lo que Dios quiere.

Pedimos a continuación: Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo, no en el sentido de que Dios haga lo que quiera, sino de que nosotros seamos capaces de hacer lo que Dios quiere. ¿Quién, en efecto, puede impedir que Dios haga lo que quiere? Pero a nosotros sí que el diablo puede impedirnos nuestra total sumisión a Dios en sentimientos y acciones; por esto pedimos que se haga en nosotros la voluntad de Dios, y para ello necesitamos de la voluntad de Dios, es decir, de su protección y ayuda, ya que nadie puede confiar en sus propias fuerzas, sino que la seguridad nos viene de la benignidad y msericordia divinas. Además, el Señor, dando pruebas de la debilidad humana, que él había asumido, dice: Padre mío, si es posible, que pase y se aleje de mí ese cáliz, y, para dar ejemplo a sus discípulos de que hay que anteponer la voluntad de Dios a la propia, añade: Pero, no se haga lo que yo quiero, sino lo que tú quieres.

v  La voluntad de Dios es la que Cristo cumplió y enseñó.

La voluntad de Dios es la que Cristo cumplió y enseñó. La humildad en la conducta, la firmeza en la fe, el respeto en las palabras, la rectitud en las acciones, la misericordia en las obras, la moderación en las costumbres; el no hacer agravio a los demás y tolerar los que nos hacen a nosotros, el conservar la paz !con nuestros hermanos; el amar al Señor de todo corazón, amarlo en cuanto Padre, temerlo en cuanto Dios; el no anteponer nada a Cristo, ya que él nada antepuso a nosotros; el mantenernos inseparablemente unidos a su amor, el estar junto a su cruz con fortaleza y confianza; y, cuando está en juego su nombre y su honor, el mostrar en nuestras palabras la constancia de la fe que profesamos, en los tormentos, la confianza con que luchamos y, en la muerte, la paciencia que nos obtiene la corona. Esto es querer ser coherederos de Cristo, esto es cumplir el precepto de Dios y la voluntad del Padre.

6. Pedimos el pan nuestro de cada día. Después del alimento, pedimos el perdón de los pecados

v  Del tratado de san Cipriano sobre el Padrenuestro

(Caps. 18. 22: CSEL, 3, 280-281. 283-284)

v  Pedimos el pan – Eucaristía: alimento para la vida eterna.

Continuamos la oración y decimos: El pan nuestro de cada día dánosle hoy. Esto puede entenderse en sentido espiritual o literal, pues de ambas maneras aprovecha a nuestra salvación. En efecto' el pan de vida es Cristo, y este, pan no es sólo de todos en general, sino también. nuestro en particular. Porque, del mismo modo que decimos: Padre nuestro, en cuanto que es Padre de los que lo conocen y creen en él, de la misma manera decimos: El pan nuestro, ya que Cristo es el pan de los que entrarnos en contacto con su cuerpo.
Pedimos que se nos dé cada día este pan, a fin de que los que vivimos en Cristo y recibimos cada día su eucaristía como alimento saludable no nos veamos privados, por alguna, falta grave, de la comunión del pan celestial y quedemos separados del cuerpo de Cristo, ya que él mismo nos enseña: Yo soy el pan que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.
Por lo tanto, si él afirma que los que coman de este pan vivirán para siempre, es evidente que los que entran en contacto con su cuerpo y participan rectamente de la eucaristía poseen la vida; por el contrario, es de temer y hay que rogar que no suceda así, que aquellos que se privan de la unión con el cuerpo de Cristo queden también privados de la salvación, pues el mismo Señor nos conmina con estas palabras: Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. Por eso, pedimos que nos sea dado cada día nuestro pan, es decir, Cristo, para que todos los que vivimos y permanecemos en Cristo no nos apartemos de su cuerpo que nos santifica.

v  Pedimos el perdón de nuestros pecados: esta petición despierta nuestra conciencia.

Después de esto, pedimos también por nuestros pecados, diciendo: Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores. Después del alimento, pedimos el perdón de los pecados.
Esta petición nos es muy conveniente y provechosa, porque ella nos recuerda que somos pecadores, ya que, al exhortarnos el Señor a pedir el perdón de los pecados, despierta con ello nuestra conciencia. Al mandarnos que pidamos cada día el perdón de nuestros pecados, nos enseña que cada día pecamos, y así nadie puede vanagloriarse de su inocencia ni sucumbir al orgullo.
Es lo mismo que nos advierte Juan en su carta, cuan-, do dice: Si decimos que no hemos pecado, nos engañamos y no somos sinceros. Pero, si confesamois nuestros pecados, él, que es fiel y justo, nos perdonará los pecados. Dos cosas nos enseña en esta carta: que hemos de pedir el perdón de nuestros pecados, y que esta oración nos alcanza el perdón. Por esto, dice que el Señor es fiel, porque él nos ha prometido el perdón de los pecados y no puede faltar a su palabra, ya que, al enseñarnos a pedir que sean perdonadas nuestras ofensas y pecados, nos ha prometido su misericordia paternal. y, en consecuencia, su perdón.

7. Que los que somos hijos de Dios permanezcamos en la paz de Dios.

v  Del tratado de san Cipriano sobre el Padrenuestro

(Caps. 23-24: CSEL 3, 284-285)

v  Nosotros también debemos perdonar: es imposible alcanzar el perdón si no actuamos de modo semejante con los que nos hecho alguna ofensa.

El Señor añade una condición necesaria e ineludible, que es, a la vez, un mandato y una promesa, esto es, que pidamos el perdón de nuestras ofensas en la medida en que nosotros perdonamos a los que nos ofenden, para que sepamos que es imposible alcanzar el perdón que pedimos de nuestros pecados si nosotros no actuamos de modo semejante con los que   nos han hecho alguna ofensa, Por ello, dice también en otro - lugar: La medida que uséis, la usarán con vosotros. Y aquel siervo del Evangelio, a quien su amo había perdonado toda la deuda y que no quiso luego perdonarla a su compañero, fue arrojado a la cárcel. Por no haber querido ser indulgente con su compañero, perdió la indulgencia que había conseguido de su amo.
Y vuelve Cristo, a inculcarnos esto mismo, todavía con más fuerza y energía, cuando nos manda severamente: Cuando os pongáis a orar, perdonad lo que tengáis contra otros, para que también vuestro Padre del cielo os perdone vuestras culpas. Pero, si vosotros no perdonáis, tampoco vuestro Padre celestial perdonará vuestros pecados Ninguna excusa tendrás en el día del juicio, ya que serás juzgado según tu propia sentencia y serás tratado conforme a lo que tú hayas hecho.

v  Dios quiere que seamos pacíficos.

Dios quiere que seamos pacíficos y concordes y que habitemos unánimes en su casa y que perseveremos en nuestra condición de renacidos a una vida nueva, de tal modo que los que somos hijos de Dios permanezcamos en la paz de Dios y los que tenemos un sólo espíritu tengamos también un solo pensar y sentir. Por esto, Dios tampoco acepta el sacrificio del que no está en concordia con alguien, y le manda que se retire del altar y vaya primero a reconciliarse con su hermano; una vez que se haya puesto en paz con él, podrá también reconciliarse con Dios en sus plegarias. El sacrificio más importante, a los ojos de Dios es nuestra paz y concordia fraterna y un pueblo cuya unión sea un reflejo de la unidad que existe entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

v  Debemos acercarnos al altar con rectitud de corazón, con sinceridad, con paz y concordia.

Además, en aquellos primeros sacrificios que ofrecieron Abel y Caín, lo que miraba Dios no era la ofrenda en sí sino la intención del oferente, y, por eso, le agradó la ofrenda del que se la ofrecía con intención recta. Abel, el pacífico y justo, con su sacrificio irreprochable, enseñó a los demás que, cuando se acerquen al altar para hacer su ofrenda, deben hacerlo con temor de Dios, con rectitud de corazón, con sinceridad, con paz y concordia. En efecto, el justo Abel, cuyo sacrificio había reunido estas cualidades, se convirtió más tarde él mismo en sacrificio y así, con su sangre gloriosa, por haber obtenido la justicia y la paz del Señor, fue el primero en mostrar lo que había de ser el martirio, que culminaría en la pasión del Señor. Aquellos que lo imitan son los que serán coronados por el Señor, los que serán reivindicados el día del juicio.
Por lo demás, los discordes, los disidentes, los que no están en paz con sus hermanos no se librarán del pecado de su discordia, aunque sufran la muerte por el nombre de Cristo, como atestiguan el Apóstol y otros lugares de la sagrada Escritura, pues está escrito: El que odia a su hermano es un homicida, y el homicida no puede alcanzar el reino de los cielos y vivir con Dios. No puede vivir con Cristo el que prefiere imitar a Judas y no a Cristo.

B. CARTA A PROBA, San Agustín

v  Obispo de Hipona. (354-430)

(Carta 130, 14, 25-26: CSEL 44, 68-71)

1. ¿Por qué dijo elApóstol que «no sabemos pedir lo que nos conviene»?

Quizá me preguntes aún por qué razón dijo el Apóstol que no sabemos pedir lo que nos conviene, siendo que podemos pensar que tanto el mismo Pablo como aquellos a quienes él se dirigía conocían la oración dominical.
Porque el Apóstol experimentó seguramente su incapacidad de orar como conviene, por eso quiso manifestarnos su ignorancia; en efecto, cuando, en medio de la sublimidad de sus revelaciones, le fue dado el aguijón de su carne, el ángel de Satanás que lo apaleaba, desconociendo la manera conveniente de orar, Pablo pidió tres veces al Señor que lo librara de esta aflicción. Y oyó la respuesta de Dios y el porqué no se realizaba ni era conveniente que se realizase lo que pedía un hombre tan santo: Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad.
Ciertamente, en aquellas tribulaciones que pueden ocasionarnos provecho o daño no sabemos cómo debemos orar; pues como dichas tribulaciones nos resultan duras y molestas y van contra nuestra débil naturaleza, todos coincidimos naturalmente en pedir que se alejen de nosotros. Pero, por el amor que nuestro Dios y Señor nos tiene, no debemos pensar que si no aparta de nosotros aquellos contratiempos es porque nos olvida; sino más bien, por la paciente tolerancia de estos males, esperemos obtener bienes mayores, y así la fuerza se realiza en la debilidad. Esto, en efecto, fue escrito para que nadie se enorgullezca si, cuando pide con impaciencia, es escuchado en aquello que no le conviene, y para que nadie decaiga ni desespere de la misericordia divina si su oración no es escuchada en aquello que pidió y que, posiblemente, o bien le sería causa de un mal mayor o bien ocasión de que, engreído por la prosperidad, corriera el riesgo de perderse. En tales casos, ciertamente, no sabemos pedir lo que nos conviene.
Por tanto, si algo acontece en contra de lo que hemos pedido, tolerémoslo con paciencia y demos gracias a Dios por todo, sin dudar en lo más mínimo de que lo más conveniente para nosotros es lo que acaece según la voluntad de Dios y no según la nuestra. De ello nos dio ejemplo aquel divino Mediador, el cual dijo en su pasión: Padre, si es posible, que pase y se aleje de mí ese cáliz, pero, con perfecta abnegación de la voluntad humana que recibió al hacerse hombre, añadió inmediatamente: Pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que tú quieres. Por lo cual, entendemos perfectamente que por la obediencia de uno todos se convertirán en justos.

2. Sobre la oración dominical.

v  De la carta de san Agustín a Proba

(Carta 130, 11, 21 l2, 22: CSEL 44, 63-64)

v  Santificado sea tu nombre: que el Señor sea tenido como santo por los hombres.

A nosotros, cuando oramos, nos son necesarias las palabras: ellas nos amonestan y nos descubren lo que debemos pedir; pero lejos de nosotros el pensar que las palabras de nuestra oración sirvan para mostrar a Dios lo que necesitamos o para forzarlo a concedérnoslo.
Por tanto, al decir: Santificado sea tu nombre, nos amonestamos a nosotros mismos para que deseemos que el nombre del Señor, que siempre es santo en sí mismo, sea también tenido como santo por los hombres, es decir, que no sea nunca despreciado por ellos; lo cual, ciertamente,redunda en bien de los mismos hombres y no en bien de Dios.

v  Venga a nosotros tu reino: pedimos que nosotros podmos reina en él, pues el reino de Dios vendrá ciertamente, lo queramos o no.

Y cuando añadimos: Venga a nosotros tu reino, lo que pedimos es que crezca nuestro deseo de que este reino llegue a nosotros y de que nosotros podamos reinar en él, pues el reino de Dios vendrá ciertamente, lo queramos o no.

v  Hágase tu voluntad ....: que nos otorgue la virtud de la obeciencia.

Cuando decimos: Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo, pedimos que el Señor nos otorgue la virtud de la obediencia, para que así cumplarnos su voluntad como la cumplen sus ángeles en el cielo.

v  El pan nuestro de cada día ....  con la palabra pan significamos todo cuanto necesitamos.

Cuando decimos: El pan nuestro de cada día dánosle hoy, con el hoy queremos significar el tiempo presente, para el cual, al pedir el alimento principal, pedimos ya lo suficiente, pues con la palabra pan significamos todo cuanto necesitamos, incluso el sacramento de los fieles, el cual nos es' necesario en esta vida temporal, aunque no sea para alimentarla, sino para conseguir la vida eterna.

v  Perdónanos nuestras deudas ... pedimos tanbién lo que debemos hacer para ser dignos de alcanzar lo que pedimos.

Cuando decimos: Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores, nos obligamos a pensar tanto en lo que pedimos como en lo que debemos hacer, no sea que seamos indignos de alcanzar aquello por lo que oramos.

v  No nos dejer caer en la tentación ....

Cuando decimos: No nos dejes caer en la tentación, nos exhortamos a pedir la ayuda de Dios, no sea que, privados de ella, nos sobrevenga la tentación y consintamos ante la seducción o cedamos ante la aflicción.

v  Líbranos del mal ...

Cuando decimos: Líbranos del mal, recapacitamos que aún no estamos en aquel sumo bien en donde no será posible que nos sobrevenga mal alguno. Y estas ú mas palabras de la oración dominical abarcan tanto, el cristiano, sea cual fuere la tribulación en que se encuentre, tiene en esta petición su modo de gemir, su manera de llorar, las palabras con que empezar su oración, la reflexión en la cual meditar y las expresiones con que terminar dicha oración. Es, pues, muy conveniente valerse de estas palabras para grabar en nuestra memoria todas estas realidades.
Porque todas las demás palabras que podamos decir, bien sea antes de la oración, para excitar nuestro amor y para adquirir conciencia clara de lo que vamos a pedir, bien sea en la misma oración, para acrecentar su intensidad, no dicen otra cosa que lo que ya se contiene en la oración dominical, si hacemos la oración de modo conveniente. Y quien en la oración dice algo que no puede referirse a esta oración evangélica, si no ora ¡lícitamente, por lo menos hay que decir que ora de una manera carnal. Aunque no sé hasta qué punto puede llamarse lícita una

3. Nada hallarás que no se encuentre en esta oración dominical.

v  De la carta de san Agustín a Proba

(Carta 130, 12, 22 13, 24: CSEL , 44, 65-68)

Quien dice, por ejemplo:Como mostraste tu santidad a las naciones, muéstranos así tu gloríay saca veraces a tus profetas, ¿qué otra cosa dice sino: Santificado sea tu nombre?
Quien dice: Dios de los ejércitos, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve, ¿qué otra cosa dice sino: Venga a nosotros tu reino?
Quien dice: Asegura mis pasos con tu promesa, que ninguna maldad me domine, ¿qué otra cosa dice sino: Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo?
Quien dice: No me des riqueza ni pobreza, ¿qué otra cosa dice sino: El pan nuestro de cada día dánosle hoy?
Quien dice: Señor, tenle en cuenta a David todos sus afanes, o bien: Señor, si soy culpable, si hay crímenes en mis manos, si he causado daño a mi amigo, ¿qué otra cosa dice sino: Perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores?
Quien dice: Líbrame de mi enemigo, Dios mío, protégeme de mis agresores, ¿qué otra cosa dice sino: Líbranos del mal?
Y, si vas discurriendo por todas las plegarias de la santa Escritura, creo que nada hallarás que no se encuentre y contenga en esta oración dominical. Por eso, hay libertad de decir estas cosas en la oración con unas u otras palabras, pero no debe haber libertad para decir cosas distintas.
Esto es, sin duda alguna, lo que debemos pedir en la oración, tanto para nosotros como para los nuestros, como también para los extraños e incluso para nuestros mismos enemigos, Y. aunque roguemos por unos y otros de modo distinto, según las diversas necesidades y los diversos grados de familiaridad, procuremos, sin embargo, que en nuestro corazón nazca y crezca el amor hacia todos.
Aquí tienes explicado, a mi juicio, no sólo las cualidades que debe tener tu oración, sino también lo que debes pedir en ella, todo lo cual no soy yo quien te lo ha enseñado, sino aquel que se dignó ser maestro de todos.

v  Hemos de pedir a Dios la felicidad

Hemos de buscar la vida dichosa y hemos de pedir a Dios que nos la conceda. En qué consiste esta felicidad son muchos los que lo han discutido, y sus sentencias son muy numerosas. Pero nosotros, ¿qué necesidad tenemos de acudir a tantos autores y a tan numerosas opiniones? En las divinas Escrituras se nos dice de modo breve y veraz: Dichoso el pueblo cuyo Dios es el Señor. Para que podamos formar parte de este pueblo, llegar a contemplar a Dios y vivir con él eternamente, el Apóstol nos dice: Esa orden tiene por objeto el amor, que brota del corazón limpio, de la buena conciencia y de la fe sincera.
Al citar estas tres propiedades, se habla de la conciencia recta aludiendo a la esperanza. Por tanto, la fe, la esperanza y la caridad conducen hasta Dios al que ora, es decir, a quien cree, espera y desea, al tiempo que descubre en la oración dominical lo que debe pedir al Señor.



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