viernes, 13 de septiembre de 2019

EL PADRE CORRIÓ A SU ENCUENTRO El padre R. Cantalamessa comenta el Evangelio de este domingo, 24 del Tiempo Ordinario, C.

   

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Ø Domingo 24 del tiempo ordinario, ciclo C (2019). Sanar la relación padres-hijos, desafío de la nueva evangelización. Relaciones entre padres e hijos. La parábola del hijo pródigo.


 


EL PADRE CORRIÓ A SU ENCUENTRO


El padre R. Cantalamessa comenta el Evangelio de este domingo, 24 del Tiempo Ordinario, C.  

ROMA, viernes, 10 septiembre 2004 (ZENIT.org).- Publicamos el comentario del padre Raniero Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia, al pasaje evangélico de la liturgia del próximo domingo, 12 de septiembre (Lucas 15,1-32), que narra la parábola del hijo pródigo.



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«Estando él todavía lejos, le vio su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente. El hijo le dijo: “Padre, pequé contra el cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo”. Pero el padre dijo a sus siervos: “Traed aprisa el mejor vestido y vestidle, ponedle un anillo en su mano y unas sandalias en los pies. Traed el novillo cebado, matadlo, y comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado”. Y comenzaron la fiesta».



En la liturgia del día se lee todo el capítulo 15 del Evangelio de Lucas que contiene las tres parábolas llamadas «de la misericordia»: la oveja perdida, la dracma perdida y el hijo pródigo. «Un hombre tenía dos hijos...»: basta con oír estas pocas palabras para que quien tenga un mínimo de familiaridad con el Evangelio exclame inmediatamente: ¡la parábola del hijo pródigo! En otras ocasiones he destacado el significado espiritual de la parábola; esta vez querría subrayar en ella un aspecto poco desarrollado, pero actual. En el fondo, la parábola no es sino la historia de una reconciliación entre padre e hijo, y todos sabemos cuán vital es una reconciliación tal para la felicidad de padres e hijos.



Quién sabe por qué la literatura, el arte, el espectáculo, la publicidad se aprovechan sólo de una relación humana: la de fondo erótico entre el hombre y la mujer, entre esposo y esposa. Parece como si no existiera otra en la vida. Publicidad y espectáculo no hacen más que guisar en mil salsas este plato. Dejan en cambio inexplorada otra relación humana igualmente universal y vital, otra de las grandes fuentes de gozo de la vida: la relación padre-hijo, el gozo de la paternidad. En literatura la única obra que trata verdaderamente este tema es la «Carta al padre» de F. Kafka (el romance «Padres e hijos» de Turgenev más que de padres e hijos habla de generaciones diversas).



Pero si se ahonda con serenidad y objetividad en el corazón del hombre se descubre que, en la mayoría de los casos, una relación conseguida, intensa y serena con los hijos es, para un hombre adulto y maduro, no menos interesante y satisfactoria que la relación con la mujer. Sabemos cuán importante es tal relación también para el hijo o la hija y el vacío tremendo que deja la carencia o su ruptura.



Igual que el cáncer ataca habitualmente los órganos más delicados en el hombre y en la mujer, así el poder destructor del pecado y del mal ataca los ganglios más vitales de la existencia humana. No hay nada que sea sometido al abuso, a la explotación y a la violencia como la relación hombre-mujer, y no hay nada que esté tan expuesto a la deformación como la relación padre-hijo: autoritarismo, paternalismo, rebelión, rechazo, incomunicación.



No hay que generalizar. Existen casos de relaciones bellísimas entre padre e hijo. Sabemos sin embargo que hay también, y más numerosos, casos negativos. En el profeta Isaías se lee esta exclamación de Dios: «Hijos crié y saqué adelante, y ellos se rebelaron contra mí» (1,2). Creo que muchos padres hoy en día saben, por experiencia, qué quieren decir estas palabras.



El sufrimiento es recíproco; no es como en la parábola, donde la culpa es toda y sólo del hijo... Hay padres cuyo sufrimiento más profundo en la vida es ser rechazados o directamente despreciados por los hijos. Y hay hijos cuyo más profundo y no confesado sufrimiento es sentirse incomprendidos, no estimados o francamente rechazados por el padre.



He insistido en la implicación humana y existencial de la parábola de hoy. Pero no se trata sólo de mejorar la calidad de la vida en este mundo. La iniciativa de una gran reconciliación entre padres e hijos y la necesidad de una sanación profunda de su relación entra de nuevo en el esfuerzo de una nueva evangelización. Se sabe cuánto puede influir, positiva o negativamente, la relación con el padre terreno en la relación con el Padre de los cielos y por lo tanto en la vida cristiana misma. Cuando nació el precursor, Juan Bautista, el ángel dijo que una de sus tareas era «hacer volver los corazones de los padres a los hijos y los corazones de los hijos hacia los padres»[Lucas 1, 17 Ndr]. Una tarea hoy más actual que nunca.















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Vida Cristiana

24 tiempo ordinario C 15/09/1919 – Lucas 15, 1-32

   



[Chiesa/Omelie1/Misericordia/24C19PadreMisericordiosoHijoProdigoHijoMayorParábola]

Ø  Domingo 24 del tiempo ordinario, Ciclo C. 15 de septiembre de 2019. La parábola del Padre misericordioso. El pecado del hijo pródigo: «Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde». Nuestro Padre Dios que es puesto en estado de sospecha, y acusado de ser el enemigo de la criatura. La paternidad es considerada como un obstáculo, límite o impedimento para la realización del individuo. El hombre será propenso a ver en Dios ante todo una propia limitación y no la fuente de su liberación y la plenitud del bien. Como si el hombre fuera expropiado de su humanidad cuando, al aceptar la idea de Dios, le atribuye lo que pertenece al hombre y exclusivamente al hombre. El árbol de la ciencia y la prohibición de comer sus frutos tenían el fin de recordar al hombre que no es 'como Dios': ¡es sólo una criatura!, particularmente perfecta porque está hecha a 'imagen y semejanza de Dios', y con todo, siempre y sólo una criatura. Precisamente esta verdad, y por consiguiente el principio primordial de comportamiento del hombre, ha sido radicalmente “contestada”, y ha sido juzgada con  el criterio según el cual Dios es 'alienante' para el hombre, de modo que si éste quiere ser él mismo, ha de acabar con Dios (Cfr., p.e., Feuerbach, Marx, Nietzsche). El arrepentimiento y conversión: no son un «sentimiento de culpa», sino encuentro con la misericordia de nuestro Padre Dios. La conversión es fruto del encuentro con Dios Padre, rico en misericordia. El auténtico conocimiento de Dios misericordioso es una constante e inagotable fuente de conversión.




v  24 tiempo ordinario C  15/09/1919 – Lucas 15, 1-32


Cf. Gianfranco Ravasi, Secondo le Scritture Anno C, Piemme 1999, pp. 278-284; Temi di predicazione – Omelie, Ciclo C 78 Nuova serie, Editrice Domenicana Italiana pp. 108-11, Geraldo Incalza; Temi di Predicazione Omelie, 4/2013, Ciclo C - 2012 / 2013, XIX-XXVIII Domenica del Tempo Ordinario, 11 agosto - 13 ottobre 2013.



Lucas 15, 1-32. [vv.1-10: Las parábolas de la oveja y de la moneda perdidas]
La parábola del hijo pródigo
11 También les dijo: - «Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: 12 "Padre, dame la parte de la  hacienda que me corresponde" El padre les repartió los bienes. 13 No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. 14 Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. 15 Fue y se puso a servir a un hombre de aquella región, el cual lo mandó a sus tierras  a guardar cerdos. 16 Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie se las daba. 17 Recapacitando entonces, se dijo: "Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. 18 Me levantaré e iré a mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti;  19 ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros." Se puso en camino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo. Su hijo le dijo: "Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo. " 22 Pero el padre dijo a sus criados: "Sacad en seguida el mejor traje y vestido; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; 23 traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete, 24 porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado." Y empezaron el banquete. 25 Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, 26 y llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba. 27  Éste le contestó: "Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud." 28 Él se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo. 29 Y él replicó a su padre: "Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; 30 y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado." 31 Pero él le respondió: "Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo: 32 pero había que celebrarlo y alegrarse, porque ese hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado».

                                         

La conversión a Dios consiste siempre en descubrir su misericordia.

(San Juan Pablo II, Enc. Dives in misericordia, n. 13)

La misericordia de Dios le da la vida al hombre, lo resucita de la muerte.

El Señor nos mira siempre con misericordia, nos espera con misericordia.

¡No tengamos temor de acercarnos a Él! ¡Hay un corazón misericordioso!

Si le mostramos nuestras heridas interiores, nuestros pecados,

¡Él siempre nos perdona. Es pura misericordia!

(Papa Francisco, Angelus 9 de junio de 2013)



1.    El pecado del hijo pródigo: «Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde».


v  No se trata solamente de una falsificación de nuestra identidad con relación a Dios, es decir, que somos criaturas/hijos/dependientes, sino también de una falsificación sobre la verdad de nuestro Padre Dios que es puesto en estado de sospecha, y acusado de ser el enemigo de la criatura. 


o   La paternidad es considerada como un obstáculo, límite o impedimento para la realización del individuo.


·         “Padre, dame la parte de la  hacienda que me corresponde”. Hay diversos aspectos que son

como el contenido de esta petición del hijo menor. La paternidad es considerada como un obstáculo, límite o impedimento para la realización del individuo. No se trata solamente de una falsificación de nuestra identidad con relación a Dios, es decir, que somos criaturas/hijos/dependientes, sino también de una falsificación sobre la verdad de nuestro Padre Dios que es puesto en estado de sospecha, y acusado de ser el enemigo de la criatura. 

§  El hombre será propenso a ver en Dios ante todo una propia limitación y no la fuente de su liberación y la plenitud del bien. Como si el hombre fuera expropiado de su humanidad cuando, al aceptar la idea de Dios, le atribuye lo que pertenece al hombre y exclusivamente al hombre.

  • Juan Pablo II, Encíclica «Dominum et Vivificantem», n. 38: “El análisis del pecado en su

dimensión originaria indica que, por parte del « padre de la mentira », se dará a lo largo de la historia de la humanidad una constante presión al rechazo de Dios por parte del hombre, hasta llegar al odio: « Amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios », como se expresa San Agustín. (Cf. De Civitate Dei XIV, 28: CCL 48, p. 451). El hombre será propenso a ver en Dios ante todo una propia limitación y no la fuente de su liberación y la plenitud del bien. Esto lo vemos confirmado en nuestros días, en los que las ideologías ateas intentan desarraigar la religión en base al presupuesto de que determina la radical « alienación » del hombre, como si el hombre fuera expropiado de su humanidad cuando, al aceptar la idea de Dios, le atribuye lo que pertenece al hombre y exclusivamente al hombre. Surge de aquí una forma de pensamiento y de praxis histórico-sociológica donde el rechazo de Dios ha llegado hasta la declaración de su « muerte ». Esto es un absurdo conceptual y verbal. Pero la ideología de la « muerte de Dios » amenaza más bien al hombre, como indica el Vaticano II, cuando, sometiendo a análisis la cuestión de la « autonomía de la realidad terrena », afirma: « La criatura sin el Creador se esfuma ... Más aún, por el olvido de Dios la propia criatura queda oscurecida ».( Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en e1 mundo actual, 36) La ideología de la « muerte de Dios » en sus efectos demuestra fácilmente que es, a nivel teórico y práctico, la ideología de la « muerte del hombre ».”

o   El árbol de la ciencia y la prohibición de comer sus frutos tenían el fin de recordar al hombre que no es 'como Dios': ¡es sólo una criatura!, particularmente perfecta porque está hecha a 'imagen y semejanza de Dios', y con todo, siempre y sólo una criatura.


§  Precisamente esta verdad, y por consiguiente el principio primordial de comportamiento del hombre, ha sido radicalmente “contestada”, y ha sido juzgada con  el criterio según el cual Dios es 'alienante' para el hombre, de modo que si éste quiere ser él mismo, ha de acabar con Dios (Cfr., p.e., Feuerbach, Marx, Nietzsche).

·         Juan Pablo II, Audiencia 12/11/1986: “Ese árbol de la ciencia y la prohibición de comer sus

frutos tenían el fin de recordar al hombre que no es 'como Dios': ¡es sólo una criatura!. Sí, una criatura particularmente perfecta porque está hecha a 'imagen y semejanza de Dios', y con todo, siempre y sólo una criatura. Esta era la verdad fundamental del ser humano. El mandamiento que el hombre recibió al principio incluía esta verdad expresada en forma de advertencia: Recuerda que eres una criatura llamada a la amistad con Dios y sólo El es tu Creador: 'No quieras ser lo que no eres!. No quieras ser 'como Dios'. Obra según lo que eres, tanto más cuanto que ésta es ya una medida muy alta: la medida de la 'imagen y semejanza de Dios'. Esta te distingue entre las criaturas del mundo visible, te coloca sobre ellas. Pero al mismo tiempo la medida de la imagen y semejanza de Dios te obliga a obrar en conformidad con lo que eres. Sé pues fiel a la Alianza que Dios-Creador ha hecho contigo, criatura, desde el principio.

Precisamente esta verdad, y por consiguiente el principio primordial de comportamiento del hombre, no sólo ha sido puesto en duda por las palabras del tentador referidas en Gen 3, sino que además ha sido radicalmente “contestado”. Al pronunciar esas palabras tentadoras, la 'antigua serpiente', tal como le llama el Apocalipsis (Ap 12, 9), formula por primera vez un criterio de interpretación al que recurrirá luego el hombre pecador muchas veces intentando afirmarse a sí mismo e incluso crearse una ética sin Dios: es decir, el criterio según el cual Dios es 'alienante' para el hombre, de modo que si éste quiere ser él mismo, ha de acabar con Dios (Cfr., p.e., Feuerbach, Marx, Nietzsche).

La palabra 'alienación' presenta diversos matices de significado. En todos los casos indica la 'usurpación' de algo que es propiedad de otro. ¡El tentador de Gen 3 dice por primera vez que el Creador ha 'usurpado' lo que pertenece al hombre-criatura! Atributo del hombre sería pues el 'ser como Dios' lo cual tendría que significar la exclusión de toda dependencia de Dios”.

o   La esencia del pecado está en el alejamiento de la casa del padre; es la ruptura de una relación personal entre el Creador y la criatura.


§  Según el testimonio del pecado original, el pecado fue la desobediencia a Dios de nuestros primeros  padres, motivado por una desconfianza de ellos hacia Él; esto mismo será válido para explicar los pecados que cometemos los hombres.

2.    El arrepentimiento y conversión: no son un «sentimiento de culpa», sino encuentro con la misericordia de nuestro Padre Dios.


·         “Recapacitando,  se dijo: ... me levantaré e iré a mi padre, y le diré: «Padre, he pecado ... contra ti”.

Cuando el hijo pródigo recapacita, también a través de la tragedia y de los fracasos,  vuelve a su padre. Debemos reconciliarnos con Dios (Cf. 2 Cor 5, 18-21) nuestro Padre, porque si, cuando  recapacitamos, no salimos  de nosotros mismos, pueden darse dos riesgos: la autoflagelación o la autocompasión que, a su vez, no nos llevan al arrepentimiento, no se da el sentido del pecado sino simplemente el «sentimiento de culpa» que, como sabemos, nos enrolla en  la soledad y nos atasca en nosotros mismos.



v  La conversión es fruto del encuentro con Dios Padre, rico en misericordia. El auténtico conocimiento de Dios misericordioso es una constante e inagotable fuente de conversión.


·         JPII, «Dives in misericordia»,  n. 13: “La conversión a Dios consiste siempre en descubrir su

misericordia, es decir, ese amor que es paciente y benigno (117) a medida del Creador y Padre: el amor, al que « Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo » (118) es fiel hasta las últimas consecuencias en la historia de la alianza con el hombre: hasta la cruz, hasta la muerte y la resurrección de su Hijo. La conversión a Dios es siempre fruto del « reencuentro » de este Padre, rico en misericordia.

El auténtico conocimiento de Dios, Dios de la misericordia y del amor benigno, es una

constante e inagotable fuente de conversión, no solamente como momentáneo acto interior, sino también como disposición estable, como estado de ánimo. Quienes llegan a conocer de este modo a Dios, quienes lo « ven » así, no pueden vivir sino convirtiéndose sin cesar a El. Viven pues in statu conversionis; es este estado el que traza la componente más profunda de la peregrinación de todo hombre por la tierra in statu viatoris”.



v  El hijo pródigo madura el sentido de la dignidad perdida a través de la desastrosa situación material a la que llega.


·         El hecho de que vuelva a casa después del fracaso de su vida (vv. 14-16 del Evangelio), no debe

llevarnos a pensar que actuó solamente por oportunismo sin que se diese un cambio en su conciencia. Por una parte, con toda seguridad, Jesús no pretendía ponernos como ejemplo la bribonería del hijo menor, y, por otra, tampoco ponernos como ejemplo a un padre ingenuo que no se da cuenta de las verdaderas intenciones de su hijo. ¡Muchas veces todos nos damos cuenta de que hemos ofendido al Señor después de comprobar hasta donde nos llevan nuestras infidelidades!

o   El patrimonio que aquel hijo había recibido de su padre era un recurso de bienes materiales, pero más importante que estos bienes materiales era su dignidad de hijo en la casa paterna.


§  La situación en que llegó a encontrarse cuando ya había perdido los bienes materiales, le debía hacer consciente, por necesidad, de la pérdida de esa dignidad.

·         Dives in misericordia, n. 5: “Aquel hijo, « cuando hubo gastado todo..., comenzó a sentir necesidad

 », tanto más cuanto que sobrevino una gran carestía « en el país », al que había emigrado después de abandonar la casa paterna. En este estado de cosas « hubiera querido saciarse » con algo, incluso « con las bellotas que comían los puercos » que él mismo pastoreaba por cuenta de « uno de los habitantes de aquella región ». Pero también esto le estaba prohibido.

La analogía se desplaza claramente hacia el interior del hombre. El patrimonio que aquel tal había recibido de su padre era un recurso de bienes materiales, pero más importante que estos bienes materiales era su dignidad de hijo en la casa paterna. La situación en que llegó a encontrarse cuando ya había perdido los bienes materiales, le debía hacer consciente, por necesidad, de la pérdida de esa dignidad. El no había pensado en ello anteriormente, cuando pidió a su padre que le diese la parte de patrimonio que le correspondía, con el fin de marcharse. Y parece que tampoco sea consciente ahora, cuando se dice a sí mismo: « ¡Cuántos asalariados en casa de mi padre tienen pan en abundancia y yo aquí me muero de hambre! ». Él se mide a sí mismo con el metro de los bienes que había perdido y que ya « no posee », mientras que los asalariados en casa de su padre los « poseen ». Estas palabras se refieren ante todo a una relación con los bienes materiales. No obstante, bajo estas palabras se esconde el drama de la dignidad perdida, la conciencia de la filiación echada a perder.

Es entonces cuando toma la decisión: « Me levantaré e iré a mi padre y le diré: Padre, he pecado, contra el cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo. Trátame como a uno de tus jornaleros ».(63) Palabras, éstas, que revelan más a fondo el problema central. A través de la compleja situación material, en que el hijo pródigo había llegado a encontrarse debido a su ligereza, a causa del pecado, había ido madurando el sentido de la dignidad perdida.”

3.    La figura del hijo mayor


v  Su lógica es, ciertamente, una lógica legítima, dentro de  la que el hijo mayor está seguro de vencer, y de “tener razón”.  Por otra parte, sin embargo, está la lógica del padre, que es la del amor. Ella no renuncia a la justicia y al derecho, pero los supera introduciendo la grandeza de la donación.


o   Por desgracia, muchos cristianos están parados en la primera lógica, en la pura y simple recompensa por los gestos debidos y ejecutados con fidelidad. Cristo nos invita a ir más allá, a acceder a la lógica de la gratuidad, de la generosidad, de la comunión.


·         Ravasi, o.c., p. 280: Refleja la figura de las personas «que están convencidas de ser acreedores en

relación con Dios», y , sobre todo, de haber alcanzado un pedestal desde el cual pueden juzgar y envanecerse. Por el contrario, también los que siempre se han quedado en la casa del padre tienen necesidad de recordar las palabras de Pablo: «todos fueron constituidos pecadores y todos están privados de la gloria de Dios” (Rom 5, 19; 3,23).  Todos deben implorar perdón y, sobre todo, compartir el gozo de Dios todas las veces en las que abraza un hijo pecador convertido”. 

- Ravasi, p. 284 «Por una parte está la lógica rígida del mérito, encarnada en el hijo mayor; se manifiesta en los derechos y deberes respetados rigurosamente, en la ley observada y en el consiguiente juicio severo sobre las transgresiones. Es, ciertamente, una lógica legítima, dentro de  la que el hijo mayor está seguro de vencer, y de “tener razón”.  Por otra parte, sin embargo, está la lógica del padre, que es la del amor. Ella no renuncia a la justicia y al derecho, pero los supera introduciendo la grandeza de la donación. Por desgracia, muchos cristianos están parados en la primera lógica, en la pura y simple recompensa por los gestos debidos y ejecutados con fidelidad. Cristo nos invita a ir más allá, a acceder a la lógica de la gratuidad, de la generosidad, de la comunión: “Amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada por ello; y será grande vuestra recompensa, y seréis hijos del Altísimo, porque Él es bueno con los ingratos y con los malos. Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso. No juzguéis  y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados” (Lucas 3, 35-37).

o   Él mismo se excluyó de la fiesta.


·         Él mismo se excluye de la fiesta. ¿Por qué? Por caer en ese estado en el que el hombre es absorbido

completamente en el propio mundo, en los propios pensamientos, donde se puede consolidar el sentimiento de estar en regla, en el lugar justo merecedor de un reconocimiento.  Dice el evangelio que «se indignó» (v. 28). No percibió su vida y las demás cualidades como don recibido, gratuitamente; estaba fuera de la relación padre-hijo-hermano, y por tanto no se alegró por el bien de su hermano, por el bien de los demás, lo cual es una señal de la autenticidad de la fe: «adhiriéndonos al bien», «honrando cada uno a los otros más que a sí mismo», «alegrándonos con los que se alegran», etc. (Cfr. Romanos 12, 9-21).

o   Se comportó más como un mercenario que como un hijo. Cree de gozar de créditos en relación con su padre. Y esto es precisamente lo que Jesús quería corregir en los fariseos que le escuchaban


·         Raniero Cantalamessa [1]: “El error del hijo mayor es que consideraba el haber permanecido siempre en

casa con su padre y haberle servido en todo, no un privilegio sino un mérito, no una alegría sino una fatiga. Se comportó más como un mercenario que como un hijo. Cree de gozar de créditos en relación con su padre. Y esto es precisamente lo que Jesús quería corregir en los fariseos que le escuchaban”.

4.    La misericordia, la conversión, el perdón, la alegría: otros textos [Cfr. La alegría del perdón, Edibesa 1998 – cf. índice analítico]


a)       El Señor viene a nuestro encuentro cuando nos convertimos en lo más profundo del alma (San

Ambrosio, Comentario al Evangelio de san Lucas, VII).

b)      Nada es tan grato a Dios, y tan conforme a su amor, como la conversión de los hombres mediante un

sincero arrepentimiento por los pecados (San Máximo el Confesor, Carta 11).

c)       Dios conoce perfectamente la fragilidad de nuestra naturaleza (Santa Teresita del Niño Jesús, Historia de

un alma, cap. VIII).

d)      Nuestro Padre Dios previene nuestro deseo de perdón abriéndonos sus brazos con su gracia (San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 649).

e)       La alegría del padre se celebra con un banquete: en la cultura, y en la religión hebraica, el banquete era la expresión fundamental de amistad, de fiesta y de paz (Catecismo de adultos, n. 198).

f)       La penitencia valiosa es la que suscita Dios: por su misericordia llama al arrepentimiento (San Juan de Avila, Sermón del miércoles de ceniza, n. 7,1).

g)      No perder la esperanza de la conversión (San Cirilo de Jerusalén, Segunda catequesis bautismal, la penitencia, n. 5).

h)      Dios no se cansa de perdonar; la conciencia de ser como vasos de arcilla nos debe servir para consolidar nuestra esperanza en Cristo (San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 215).

i)        La conversión transforma al hombre (Conferencia Episcopal Española, Dejaos reconciliar con Dios, n.3).

j)        La llamada de Jesús a la penitencia se dirige, sobre todo, a la conversión del corazón (CCE n. 1430).

k)      La conversión es obra de la gracia de Dios (CCE n. 1432). etc. 



5.    Catecismo de la Iglesia Católica n. 1439


v  Una descripción maravillosa del proceso de la conversión y de la penitencia


o   La fascinación de una libertad ilusoria; la miseria extrema en que el hijo se encuentra; el arrepentimiento, la alegría y la acogida generosa del padre, etc.  


-          El proceso de la conversión y de la penitencia fue descrito maravillosamente por Jesús en la

parábola llamada "del hijo pródigo", cuyo centro es "el Padre misericordioso" (Lucas 15, 11  - 24): la fascinación de una libertad ilusoria, el abandono de la casa paterna; la miseria extrema en que el hijo se encuentra tras haber dilapidado su fortuna; la humillación profunda de verse obligado a apacentar cerdos, y peor aún, la de desear alimentarse de las algarrobas que comían los cerdos; la reflexión sobre los bienes perdidos; el arrepentimiento y la decisión de declararse culpable ante su padre, el camino del retorno; la acogida generosa del padre; la alegría del padre: todos estos son rasgos propios del proceso de conversión. El mejor vestido, el anillo y el banquete de fiesta son símbolos de esta vida nueva, pura, digna, llena de alegría que es la vida del hombre que vuelve a Dios y al seno de su familia, que es la Iglesia. Sólo el corazón de Cristo que conoce las profundidades del amor de su Padre, pudo revelarnos el abismo de su misericordia de una manera tan llena de simplicidad y de belleza.



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[1] Passa Gesù di Nazaret, Piemme 1999, pp. 251-252

San Juan Pablo II, Homilía en el Parque del Danubio, Viena 11-IX-1983

   

[24C83ParábolaPadreMisericordiosoHijoPródigoJPII]

Ø Domingo 24 del tiempo ordinario, Ciclo C (1983). La parábola del hijo pródigo o del padre misericordioso. El drama de la libertad mal utilizada. Las palabras “me levantaré e iré a mi padre” nos permiten percibir en el corazón del hijo pródigo el ansia del bien y la luz de la esperanza infalible. En esas palabras se le abre la perspectiva de la esperanza. Tal perspectiva se presenta siempre ante nosotros.  La misericordia de Dios. El padre espera. Espera la vuelta del hijo pródigo como si estuviera ya seguro de que tendría que volver. En esa misericordia se revela el amor con que Dios ha amado al hombre desde el principio en su Hijo eterno (cfr. Efesios 1,4-5). Convertirse es reconciliarse. Y la reconciliación se realiza únicamente cuando se reconocen los propios pecados. El camino de la reconciliación: examinar la conciencia -el arrepentimiento acompañado del firme propósito de cambiar-, la confesión y la penitencia.




Lucas 15, 1-32. En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos: - «Ése acoge a los pecadores y come con ellos.» Jesús les dijo esta parábola: - «Si uno de vosotros tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no deja las noventa y nueve en el campo y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; 6 y, al regresar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos para decirles: «Alegraos conmigo, porque  he encontrado la oveja que se me había perdido.» 7 Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse. 8 Y si una mujer tiene diez monedas y se le pierde una, ¿no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra? 9 Y, cuando la encuentra, reúne a las amigas y a las vecinas para decirles: «Alegraos conmigo, porque he encontrado la moneda que se me había perdido.» 10 Os digo que la misma alegría habrá entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta.»
11 También les dijo: - «Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: 12 "Padre, dame la parte de la  hacienda que me corresponde" El padre les repartió los bienes. 13 No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. 14 Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. 15 Fue y se puso a servir a un hombre de aquella región, el cual lo mandó a sus tierras  a guardar cerdos. 16 Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie se las daba. 17 Recapacitando entonces, se dijo: "Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. 18 Me levantaré e iré a mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti;  19 ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros." Se puso en camino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo. Su hijo le dijo: "Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo. " 22 Pero el padre dijo a sus criados: "Sacad en seguida el mejor traje y vestido; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; 23 traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete, 24 porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado." Y empezaron el banquete. 25 Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, 26 y llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba. 27  Éste le contestó: "Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud." 28 Él se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo. 29 Y él replicó a su padre: "Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; 30 y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado." 31 Pero él le respondió: "Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo: 32 pero había que celebrarlo y alegrarse, porque ese hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado».



v  Cfr. San Juan Pablo II, Homilía en el Parque del Danubio, Viena


                  11-IX-1983



1. La conversión


v  El drama de la libertad mal utilizada


o   Libertad no significa caprichos; no hay libertad sin lazos. Una sociedad que convierte en bagatela la responsabilidad, la ley y la conciencia hace tambalear los fundamentos de la vida humana.


“Me levantaré e iré a mi padre” (Lucas 15,18). En esta profunda parábola de Cristo se contiene de hecho todo el eterno problema del hombre: el drama de la libertad, el drama de la libertad mal utilizada.

El hombre ha recibido de su Creador el don de la libertad. Con su libertad puede organizar y configurar esta tierra, realizar las maravillosas obras del espíritu humano de las cuales está lleno este país y todo el mundo.

Pero la libertad tiene un precio. Todos los que son libres deberían preguntarse: ¿hemos conservado nuestra dignidad en la libertad? Libertad no significa capricho. El hombre no puede hacer todo lo que puede o le agrada. No hay libertad sin lazos. El hombre es responsable de sí mismo, de los hombres y del mundo. Es responsable ante Dios. Una sociedad que convierte en bagatela la responsabilidad, la ley y la conciencia hace tambalear los fundamentos de la vida humana. El hombre sin responsabilidad se precipitará en los placeres de esta vida y, como el hijo pródigo, caerá en dependencias, perdiendo su patria y su libertad. Abusará con egoísmo desconsiderado de los otros hombres o se aferrará insaciablemente a bienes materiales. Donde no se reconocen el ligamen con los valores últimos, fracasan el matrimonio y la familia, se minusvalora la vida del otro, sobre todo de los que aún no han nacido, de los ancianos y de los enfermos. De la adoración a Dios se pasa a adorar el dinero, el prestigio o el poder.

¿No es también toda la historia de la humanidad una historia de la libertad mal usada? ¿No siguen muchos también hoy el camino del hijo pródigo? Se encuentran ante una vida rota, amores traicionados, miseria culpable, llenos de miedo y de dudas. “Han pecado y han perdido la gloria de Dios” (Rom 3,23). Se preguntan: ¿Donde he caído? ¿Dónde hay una salida?



2. La misericordia de Dios

v  Las palabras “me levantaré e iré a mi padre” nos permiten percibir en el corazón del hijo pródigo el ansia del bien y la luz de la esperanza infalible.


o   En esas palabras se le abre la perspectiva de la esperanza. Tal perspectiva se presenta siempre ante nosotros.


En la parábola de Cristo, el hijo pródigo es el hombre que ha utilizado mal su libertad -es decir, ha pecado-: las consecuencias que pesan sobre las conciencias del individuo así como las que van en perjuicio de la vida de las diferentes comunidades humanas y en su entorno, en perjuicio, incluso, de los pueblos y de la entera humanidad (cfr. Conc. Vaticano II, Gaudium et Spes 13). El pecado significa una depreciación del hombre: contradice su auténtica dignidad y deja, además, heridas en la vida social. Ambas oscurecen la visión del bien y arrebatan a la vida humana la luz de la esperanza.

Con todo, la parábola de Cristo no permite que nos quedemos en la triste situación del hombre caído en pecado con toda la postración que ello comporta. Las palabras “me levantaré e iré a mi padre” nos permiten percibir en el corazón del hijo pródigo el ansia del bien y la luz de la esperanza infalible. En esas palabras se le abre la perspectiva de la esperanza. Tal perspectiva se presenta siempre ante nosotros, dado que todo hombre y la entera humanidad pueden levantarse conjuntamente e ir al Padre. Esta es la verdad que está en el núcleo de la Buena Nueva.

Las palabras “Me levantaré e iré a mi padre”  revelan la conversión interior. Pues el hijo pródigo continúa: “Le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti” (Lc 15,18). En el centro de la Buena Nueva aparece la verdad sobre la metanoia, la conversión: la conversión es posible; y la conversión es necesaria.

¿Y por qué esto es así? Porque aquí se revela lo que hay en lo más profundo del alma de cada hombre y que, a pesar del pecado, incluso mediante el pecado, continúa vivo y en acción: Esa hambre insaciable de verdad y de amor que testimonia cómo el espíritu del hombre tiende hacia Dios por encima de todo lo creado. Este es el punto de partida de la conversión por parte del hombre.



3. Confesión y Santa Misa

v  El padre espera. Espera la vuelta del hijo pródigo como si estuviera ya seguro de que tendría que volver.


o   En esa misericordia se revela el amor con que Dios ha amado al hombre desde el principio en su Hijo eterno (cfr. Efesios 1,4-5)


A él corresponde el punto de partida por parte de Dios. En la parábola se presenta ese punto de partida con una sencillez impresionante y, al mismo tiempo, con una gran fuerza de convicción. El padre espera. Espera la vuelta del hijo pródigo como si estuviera ya seguro de que tendría que volver. El padre sale a las calles por donde podría regresar el hijo. Quiere salir a su encuentro.

En esa misericordia se revela el amor con que Dios ha amado al hombre desde el principio en su Hijo eterno (cfr. Ef 1,4-5). El amor que, oculto desde toda la eternidad en el corazón del Padre, se ha manifestado en nuestros días a través de Jesucristo. La cruz y la resurrección constituyen el punto culminante de esa revelación.

o   Convertirse significa entrar en contacto con ese amor de Dios y acogerlo en el propio corazón; significa construir sobre la base de ese amor nuestra conducta futura.


§  El hijo pródigo tuvo conciencia clara de que, al volver al padre, debía reconocer su falta: “Padre he pecado” (Lc 15,18). Convertirse es reconciliarse. Y la reconciliación se realiza únicamente cuando se reconocen los propios pecados.

En el signo de la cruz continúa siempre presente el punto de partida divino en cada una de las conversiones que acontezcan en la historia del hombre y de la humanidad. Pues en la cruz ha descendido a la humanidad de una vez para siempre el amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; un amor que nunca se agota. Convertirse significa entrar en contacto con ese amor y acogerlo en el propio corazón; significa construir sobre la base de ese amor nuestra conducta futura.



o   Convertirse es reconciliarse. Y la reconciliación se realiza únicamente cuando se reconocen los propios pecados.


§  El camino de la reconciliación: examinar la conciencia -el arrepentimiento acompañado del firme propósito de cambiar-, la confesión y la penitencia.

Renovad la valoración del “sacramento de la reconciliación”, estrechamente unido al sacramento de la Eucaristía: la confesión nos libera del mal; la Eucaristía nos otorga el don de la comunión con el bien supremo. 

Es esto precisamente lo que ocurrió en la vida del hijo pródigo cuando decidió: “Me levantaré e iré a mi padre”. Pero al propio tiempo tuvo conciencia clara de que, al volver al padre, debía reconocer su falta: “Padre he pecado” (Lc 15,18). Convertirse es reconciliarse. Y la reconciliación se realiza únicamente cuando se reconocen los propios pecados. Reconocer los propios pecados significa dar testimonio de la verdad de que Dios es Padre; un padre que perdona. A quien testimonia esta verdad al reconocer su pecado lo vuelve a acoger el Padre como hijo suyo. El hijo pródigo es consciente de que sólo el amor paternal de Dios puede perdonarle los pecados. En esta parábola la perspectiva de la esperanza está estrechamente unida al camino de la conversión. Meditad todo aquello que forma parte de este camino: examinar la conciencia -el arrepentimiento acompañado del firme propósito de cambiar-, la confesión y la penitencia. Renovad en vosotros la valoración de este sacramento, denominado también “sacramento de la reconciliación”. Se halla estrechamente unido al sacramento de la Eucaristía, sacramento del amor: la confesión nos libera del mal; la Eucaristía nos otorga el don de la comunión con el bien supremo.



§  Tomad en serio la invitación que os dirige la Iglesia con carácter obligatorio a participar todos los domingos en la Santa Misa.

Para encontrar el don de su amor, la santa comunión, el pan de nuestra esperanza.

Tomad en serio la invitación que os dirige la Iglesia con carácter obligatorio a participar todos los domingos en la Santa Misa. Aquí debéis encontrar continuamente, en medio de la comunidad, al Padre y recibir el don de su amor, la santa comunión, el pan de nuestra esperanza. Configurad todo el domingo con esa fuente de energía como un día consagrado al Señor. Pues a Él pertenece nuestra vida; a Él se debe nuestra adoración. Así podrá permanecer viva en la existencia cotidiana vuestra unión con Dios y convertirse todas vuestras acciones en testimonio cristiano.

Todo esto significan también las palabras: “Me levantaré e iré a mi padre”. Un programa de nuestra esperanza, más profundo y simple que el cual no puede imaginarse otro (cfr. “Dives in Misericordia” 5 y 6).





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