viernes, 18 de mayo de 2018

Es la hora del no poder, de la no violencia, del martirio: por Santiago Agrelo



Esto es lo que celebramos en el día de Pentecostés: la venida del Espíritu Santo sobre la Iglesia apostólica, y nuestra propia unción por el Espíritu de Cristo Jesús. ¡Somos una comunidad de bautizados por Jesús de Nazaret con Espíritu Santo!
Después de haber escuchado la palabra de la verdad, después de haber acogido el evangelio de nuestra salvación, también nosotros, en Cristo, hemos sido marcados con el sello del Espíritu Santo: “Cristo nos ungió, nos selló y ha puesto su Espíritu como prenda en nuestros corazones”.
Al creyente no lo hace ‘de Cristo’ el credo que profesa, ni los ritos que celebra, ni el código moral por el que se rige; tampoco lo identifica como ‘de Cristo’ la profesión que ejerce o el estado social al que pertenece.
A ti te identifica como ‘de Cristo’ el Espíritu que vino sobre él y que él te ha comunicado, el Espíritu que lo ha movido a él y que te mueve a ti, el Espíritu que te da ese aire con Cristo que todos pueden notar, el Espíritu que hace de ti una imagen viva de Cristo Jesús.
A ti te identifica como ‘de Cristo’ el Espíritu que habita en ti y que has recibido de Dios. A ti te identifica como ‘de Cristo’ el amor de Dios que ha sido derramado en tu corazón por el Espíritu que habita en ti.
“Si alguien no posee el Espíritu de Cristo, no es de Cristo”.
Andad pues según el Espíritu que habéis recibido.
Su fruto es: amor, alegría, paz, comprensión, paciencia, bondad, lealtad, amabilidad, dominio de sí.
Tú, Iglesia cuerpo de Cristo, estás llamada a ser comunidad de los que aman como Cristo ama: comunidad de hombres y mujeres humildes al modo de Cristo, hombres y mujeres que son hermanos todos de todos y se hacen siervos todos de todos al modo de Cristo, hombres y mujeres que se hacen últimos entre todos siguiendo de cerca cada uno de ellos los pasos de Cristo.
Tú, Iglesia animada por el Espíritu de Cristo, estás llamada a ser comunidad que desborda de alegría por la gracia con que Dios te ha visitado, por la vida de Dios que has visto manifestada en Cristo y que esperas recibir, por el amor de Dios que permanece en ti, por la esperanza cierta de que, en Cristo, Dios mismo es la meta de tu camino.
Vuelve los ojos a Cristo Jesús, déjate llevar por su Espíritu a los caminos de los pobres, al desierto donde se mueven los hambrientos de justicia, los sedientos de Dios.
Ésta es la hora de los operadores de paz, de los testigos del reino de Dios. Es la hora del no poder, de la no violencia, del martirio… del Espíritu de Jesús en nuestras vidas.
Los idólatras continuarán invocando a sus dioses para alcanzar grandeza, para justificar agresiones, para bendecir crímenes. Los idólatras continuarán prostituyendo las palabras, y hablarán de paz mientras hacen la guerra, mostrarán alegría mientras humillan a los indefensos, declararán de fiesta el día en que roban al pobre y matan al justo. Los idólatras prostituirán la bondad, la de Dios y la del hombre, y se constituirán a sí mismos en medida del bien y del mal.
Apártate de ellos, Iglesia de Cristo.
Pon tus pies en la huella del cordero llevado al matadero, sigue los pasos del cordero mudo, camina tras el cordero que quita el pecado del mundo.
Apártate de la idolatría del poder, de la seducción de la riqueza, de la crueldad de la arrogancia.
Apártate y ama, apártate y alégrate con tu Dios, apártate y habita en la paz que has recibido de Cristo Jesús.
Que donde tú estés, el mundo se sienta bendecido.
Que donde estés, el mundo experimente tu amor, vea tu alegría, goce de tu paz, conozca tu bondad, admire tu paciencia, dé fe de tu lealtad.
Que donde tú estés, vaya Cristo contigo, sople sobre el mundo el Espíritu de Jesús, sientan los pobres sobre sus vidas la dulzura de Dios.
Que donde tú estés, todos reconozcan cercano el reino de Dios.
Feliz día de Pentecostés.

miércoles, 16 de mayo de 2018

Fiesta del Corpus Christi. 03/06/2018 11h.

Os invitamos a participar el próximo domingo día 3 de junio en la fiesta del Corpus Christi, a la que tradicionalmente asisten todos los niños que han hecho su primera comunión. Ese día celebraremos la Eucaristía en el Parque Lineal a las 11:00, y a continuación tendrá lugar la procesión con el Santísimo Cuerpo del Señor hasta la Parroquia. Es una ocasión para volver a encontrarnos, y para celebrar públicamente el misterio de un Dios que se hace alimento nuestro.

martes, 15 de mayo de 2018

Domingo de Pentecostés 20 de mayo 2018






Ø Domingo de Pentecostés (2018). ¡Jesús es Señor! Jesucristo es el único Señor de nuestra vida. Es necesario tener una escala de valores. Es el reconocimiento de que Jesús es mi salvador, mi maestro, quien tiene todos los derechos sobre mí. Es el Espíritu Santo quien revela a los hombres que «Jesús es Señor». En el Catecismo de la Iglesia Católica. La misión del Espíritu consiste en introducirnos en la grandeza del misterio de Cristo. Cada discípulo confiesa que «Jesús es el Señor» y está llamado a crecer en la adhesión a él. A todos los hombres y a todas las mujeres, estén donde estén, en sus momentos de exaltación o en sus crisis y derrotas, les hemos de hacer llegar el anuncio solemne y tajante de San Pedro, durante los días que siguieron a la Pentecostés: Fuera de Él «no se ha dado a los hombres otro nombre debajo del cielo, por el cual podamos ser salvos»


v  Cfr. Domingo de  Pentecostés  20 de mayo 2018  

Hechos 2, 1-11; Salmo 103; 1 Corintios 12, 3-7.12-13 o bien Romanos 8, 8-17; Juan 20,
19-23 o bien Juan 14, 15-16.23b-26.

Juan 20, 19 Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: « La paz con vosotros. » 20 . Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. 21 Jesús les dijo otra vez: « La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío. » 22 Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: « Recibid el Espíritu Santo. 23 A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.  
O bien  Juan 14, 15-16.23b-26: 15 Si me amáis, guardaréis mis mandamientos; 16 y yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre. 23 « Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él. 24 El que no me ama no guarda mis palabras. Y la palabra que escucháis no es mía, sino del Padre que me ha enviado. 25 Os he dicho estas cosas estando entre vosotros. 26 Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho.

1 Corintios 12, 3b-7.12-13: 3 Hermanos: nadie puede decir: ¡Jesús es Señor!, sino es bajo la acción del  Espíritu Santo.4 Hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo; 5 y diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo; 6 y diversidad de acciones, pero Dios es el mismo, que obra todo en todos. 7 A cada uno se le concede la manifestación del Espíritu para provecho común. 12 Porque así como el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, aun siendo muchos, son un solo cuerpo, así también Cristo. 13 Porque todos nosotros, tanto judíos como griegos, tanto siervos como libres, fuimos bautizados en un mismo Espíritu para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu.

¡Jesús es Señor!, sino es bajo la acción del  Espíritu Santo.
(1 Corintios, 2ª Lectura de hoy)
La misión del Espíritu Santo
es  darnos a conocer y confesar que «Jesús es el Señor:
esta es la confesión fundamental de la Iglesia,
guiada por el Espíritu Santo.

 


1. «Jesús es Señor». Jesucristo lleva a cabo el señorío de Dios sobre el mundo y sobre la historia. Dos textos de San Pablo.

o   «Vivamos o muramos, somos del Señor. Porque por esto Cristo murió y resucitó: para reinar sobre muertos y vivos».

·         Carta de San Pablo a los Romanos (14,7-9) : "Ninguno de vosotros vive para sí mismo, ni
ninguno muere para sí mismo; pues si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos; porque vivamos o muramos, somos del Señor. Para esto Cristo murió y volvió a la vida,  para dominar  sobre muertos y vivos".

o   Al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo,  y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre

·         Carta de San Pablo a los Filipenses (2, 5-11): “5 Tened entre vosotros los mismos
sentimientos que tuvo Cristo Jesús, 6 el cual, siendo de condición divina, no consideró como presa codiciable  el ser igual a Dios; 7 sin que se anonadó a sí  tomando la forma de siervo, hecho semejante a los hombres;  y mostrándose igual que los demás hombres, 8 se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte  y muerta de cruz. 9 Por eso Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre; 10 de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, 11 y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre”.
·         El título de Kyrios (Señor), se atribuía típicamente a Dios en la tradición bíblica, y ahora es
referido a Jesucristo, el cual, “siendo de condición divina” tomó “la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres”, y “Dios lo exaltó sobre todo”, “de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble”, y toda lengua proclame “Jesucristo es el Señor”.  Es la profesión de fe esencial del cristianismo.

v  Jesucristo es el único Señor de nuestra vida. Es necesario tener una escala de valores.

                  Benedicto XVI, Catequesis, Audiencia General, 27 de junio de 2012:
·         El himno de la Carta a los Filipenses nos ofrece aquí dos indicaciones importantes para nuestra
oración. La primera es la invocación «Señor» dirigida a Jesucristo, sentado a la derecha del Padre: él es el único Señor de nuestra vida, en medio de tantos «dominadores» que la quieren dirigir y guiar. Por ello, es necesario tener una escala de valores en la que el primado corresponda a Dios, para afirmar con san Pablo: «Todo lo considero pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor» (Flp 3, 8). El encuentro con el Resucitado le hizo comprender que él es el único tesoro por el cual vale la pena gastar la propia existencia.
La segunda indicación es la postración, el «doblarse de toda rodilla» en la tierra y en el cielo, que remite a una expresión del profeta Isaías, donde indica la adoración que todas las criaturas deben a Dios (cf. 45, 23). La genuflexión ante el Santísimo Sacramento o el ponerse de rodillas durante la oración expresan precisamente la actitud de adoración ante Dios, también con el cuerpo. De ahí la importancia de no realizar este gesto por costumbre o de prisa, sino con profunda consciencia. Cuando nos arrodillamos ante el Señor confesamos nuestra fe en él, reconocemos que él es el único Señor de nuestra vida.

v  Es el reconocimiento de que Jesús es mi salvador, mi maestro, quien tiene todos los derechos sobre mí.

·         Cfr. Raniero Cantalamessa, El Canto del Espíritu, Cap. XXI, p. 385: “Desde el punto de vista subjetivo -
es decir, en lo que depende de nosotros - la fuerza de esa proclamación está en que supone también una decisión. Quien la pronuncia decide sobre el sentido de su vida. Es como si dijera: Tú eres mi Señor; yo me someto a ti, te reconozco libremente como mi salvador, mi jefe, mi maestro, aquel que tiene todos los derechos sobre mí”.

v  Es el Espíritu Santo quien revela a los hombres que Jesús es Señor.

o   En el Catecismo de la Iglesia Católica

·         n. 152: No se puede creer en Jesucristo sin tener parte en su Espíritu. Es el Espíritu Santo quien revela a
los hombres quién es Jesús. Porque "nadie puede decir: «Jesús es Señor» sino bajo la acción del Espíritu
Santo" (1Co 12,3). (…)
·         n. 455: El nombre de Señor significa la soberanía divina. Confesar o invocar a Jesús como Señor es
creer en su divinidad "Nadie puede decir: "¡Jesús es Señor!" sino por influjo del Espíritu Santo" (1 Corintios
12,3).
·         n. 683: "Nadie puede decir: "¡Jesús es Señor!" sino por influjo del Espíritu Santo" (1Corintios 12,3).
"Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama ¡Abbá, Padre!" (Gálatas 4,6).
Este conocimiento de fe no es posible sino en el Espíritu Santo. Para entrar en contacto con Cristo, es
necesario primeramente haber sido atraído por el Espíritu Santo. Él es quien nos precede y despierta en
nosotros la fe. (…)
·          n.  2670: "Nadie puede decir: «¡Jesús es Señor!», sino por influjo del Espíritu Santo" (1Corintios 12,3).
Cada vez que en la oración nos dirigimos a Jesús, es el Espíritu Santo quien, con su gracia preveniente, nos atrae al camino de la oración. Puesto que El nos enseña a orar recordándonos a Cristo, ¿cómo no dirigirnos también a él orando? Por eso, la Iglesia nos invita a implorar todos los días al Espíritu Santo, especialmente al comenzar y al terminar cualquier acción importante. (…)
·         n. 2681: "Nadie puede decir: «Jesús es Señor», sino por influjo del Espíritu Santo" (1Corintios 12,3). La
Iglesia nos invita a invocar al Espíritu Santo como Maestro interior de la oración cristiana.

v  4. El Señor se encuentra junto a nosotros con la fuerza del Espíritu Santo. La misión del Espíritu consiste en introducirnos en la grandeza del misterio de Cristo.

                  Benedicto XVI, Homilía 7 mayo 2005 [1]:
§   
  • “De las lecturas de la liturgia de hoy aprendemos también algo más sobre la manera concreta
en la que el Señor se encuentra junto a nosotros. El Señor promete a sus discípulos su Espíritu Santo. La primera lectura nos dice que el Espíritu Santo será «fuerza» para los discípulos; el Evangelio añade que será guía hacia la Verdad plena. Jesús les dijo todo a sus discípulos, pues él es la Palabra viviente de Dios, y Dios no puede dar algo más que a sí mismo. En Jesús, Dios se nos dio totalmente a sí mismo, es decir, nos dio todo. Además de esto, o junto a esto, no puede haber otra revelación capaz de comunicar algo más o de completar, en cierto sentido, la Revelación de Cristo. En Él, en el Hijo, se nos dijo todo, se nos dio todo. Pero nuestra capacidad de comprender es limitada; por este motivo la misión del Espíritu consiste en introducir a la Iglesia de manera siempre nueva, de generación en generación, en la grandeza del misterio de Cristo”.

2. El Espíritu Santo es el manantial inagotable de la vida de Dios en nosotros.

     Papa Francisco, Catequesis de las Audiencias Generales, sobre el Espíritu Santo, 8 de mayo de
     2013

v  El hombre es como un peregrino que, atravesando los desiertos de la vida, tiene sed de un agua viva fluyente y fresca, capaz de saciar en profundidad su deseo profundo de luz, amor, belleza y paz. Todos sentimos este deseo.

o   Y Jesús nos dona esta agua viva: esa agua es el Espíritu Santo, que procede del Padre y que Jesús derrama en nuestros corazones. «Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante».


·         Pero quisiera detenerme sobre todo en el hecho de que el Espíritu Santo es el manantial
inagotable de la vida de Dios en nosotros. El hombre de todos los tiempos y de todos los lugares desea una vida plena y bella, justa y buena, una vida que no esté amenazada por la muerte, sino que madure y crezca hasta su plenitud. El hombre es como un peregrino que, atravesando los desiertos de la vida, tiene sed de un agua viva fluyente y fresca, capaz de saciar en profundidad su deseo profundo de luz, amor, belleza y paz. Todos sentimos este deseo. Y Jesús nos dona esta agua viva: esa agua es el Espíritu Santo, que procede del Padre y que Jesús derrama en nuestros corazones. «Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante», nos dice Jesús (Jn 10, 10).

v  Cuando decimos que el cristiano es un hombre espiritual entendemos precisamente esto: el cristiano es una persona que piensa y obra según Dios, según el Espíritu Santo.

·         Jesús promete a la Samaritana dar un «agua viva», superabundante y para siempre, a todos
aquellos que le reconozcan como el Hijo enviado del Padre para salvarnos (cf. Jn 4, 5-26; 3, 17). Jesús vino para donarnos esta «agua viva» que es el Espíritu Santo, para que nuestra vida sea guiada por Dios, animada por Dios, nutrida por Dios. Cuando decimos que el cristiano es un hombre espiritual entendemos precisamente esto: el cristiano es una persona que piensa y obra según Dios, según el Espíritu Santo. Pero me pregunto: y nosotros, ¿pensamos según Dios? ¿Actuamos según Dios? ¿O nos dejamos guiar por otras muchas cosas que no son precisamente Dios? Cada uno de nosotros debe responder a esto en lo profundo de su corazón.

v  El «agua viva», el Espíritu Santo, Don del Resucitado que habita en nosotros, nos purifica, nos ilumina, nos renueva, nos transforma porque nos hace partícipes de la vida misma de Dios que es Amor.

o   Este es el don precioso que el Espíritu Santo trae a nuestro corazón: la vida misma de Dios, vida de auténticos hijos, una relación de confidencia, de libertad y de confianza en el amor y en la misericordia de Dios, que tiene como efecto también una mirada nueva hacia los demás, cercanos y lejanos, contemplados como hermanos y hermanas en Jesús a quienes hemos de respetar y amar.

§  El Espíritu Santo nos enseña a mirar con los ojos de Cristo, a vivir la vida
como la vivió Cristo, a comprender la vida como la comprendió Cristo.
·         A este punto podemos preguntarnos: ¿por qué esta agua puede saciarnos plenamente? Nosotros
sabemos que el agua es esencial para la vida; sin agua se muere; ella sacia la sed, lava, hace fecunda la tierra. En la Carta a los Romanos encontramos esta expresión: «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado» (5, 5). El «agua viva», el Espíritu Santo, Don del Resucitado que habita en nosotros, nos purifica, nos ilumina, nos renueva, nos transforma porque nos hace partícipes de la vida misma de Dios que es Amor. Por ello, el Apóstol Pablo afirma que la vida del cristiano está animada por el Espíritu y por sus frutos, que son «amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, lealtad, modestia, dominio de sí» (Ga 5, 22-23).
El Espíritu Santo nos introduce en la vida divina como «hijos en el Hijo Unigénito». En otro pasaje de la Carta a los Romanos, que hemos recordado en otras ocasiones, san Pablo lo sintetiza con estas palabras: «Cuantos se dejan llevar por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios. Pues... habéis recibido un Espíritu de hijos de adopción, en el que clamamos “Abba, Padre”. Ese mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios; y, si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo; de modo que, si sufrimos con Él, seremos también glorificados con Él» (8, 14-17).  
Este es el don precioso que el Espíritu Santo trae a nuestro corazón: la vida misma de Dios, vida de auténticos hijos, una relación de confidencia, de libertad y de confianza en el amor y en la misericordia de Dios, que tiene como efecto también una mirada nueva hacia los demás, cercanos y lejanos, contemplados como hermanos y hermanas en Jesús a quienes hemos de respetar y amar. El Espíritu Santo nos enseña a mirar con los ojos de Cristo, a vivir la vida como la vivió Cristo, a comprender la vida como la comprendió Cristo. He aquí por qué el agua viva que es el Espíritu sacia la sed de nuestra vida, porque nos dice que somos amados por Dios como hijos, que podemos amar a Dios como sus hijos y que con su gracia podemos vivir como hijos de Dios, como Jesús. Y nosotros, ¿escuchamos al Espíritu Santo? ¿Qué nos dice el Espíritu Santo? Dice: Dios te ama. Nos dice esto. Dios te ama, Dios te quiere. Nosotros, ¿amamos de verdad a Dios y a los demás, como Jesús?
Dejémonos guiar por el Espíritu Santo, dejemos que Él nos hable al corazón y nos diga esto: Dios es amor, Dios nos espera, Dios es el Padre, nos ama como verdadero papá, nos ama de verdad y esto lo dice sólo el Espíritu Santo al corazón, escuchemos al Espíritu Santo y sigamos adelante por este camino del amor, de la misericordia y del perdón. Gracias.

3. La identidad del cristiano

    Benedicto XVI

v  1. Lo que cuenta es poner a Jesucristo en el centro de la propia vida. Bajo su luz, cualquier otro valor debe ser recuperado y purificado de posibles escorias.

                  Benedicto XVI, 25 de octubre de 2006:
  • “De aquí se deriva una lección muy importante para nosotros: lo que cuenta es poner en el
centro de la propia vida a Jesucristo, de manera que nuestra identidad se caracterice esencialmente por el encuentro, la comunión con Cristo y su Palabra. Bajo su luz, cualquier otro valor debe ser  recuperado y purificado de posibles escorias”.

v  2. Cada discípulo confiesa que «Jesús es el Señor» y está llamado a crecer en la adhesión a él.

                  Benedicto XVI, Discurso en la Inauguración de los trabajos de la Asamblea Diocesana
                 de Roma, 11 de junio de 2007:
  • “El tema de la asamblea es «Jesús es el Señor. Educar en la fe, en el seguimiento y en el
testimonio». Se trata de un tema que nos atañe a todos, porque cada discípulo confiesa que Jesús es el Señor y está llamado a crecer en la adhesión a él, dando y recibiendo ayuda de la gran compañía de los hermanos en la fe. Ahora bien, el verbo «educar», puesto en el título de la asamblea, implica una atención especial a los niños, a los muchachos y a los jóvenes, y pone de relieve la tarea que corresponde ante todo a la familia:  así permanecemos dentro del itinerario que ha caracterizado durante los últimos años la pastoral de nuestra diócesis.

o   Esta es la confesión fundamental de la Iglesia, guiada por el Espíritu Santo.

Es importante considerar ante todo la afirmación inicial, que da el tono y el sentido de nuestra asamblea: "Jesús es el Señor". Ya la encontramos en la solemne declaración con la que concluye el discurso de san Pedro en Pentecostés, donde el primero de los Apóstoles dijo: "Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado" (Hechos 2,36). Es análoga la conclusión del gran himno a Cristo contenido en la carta de san Pablo a los Filipenses: "Toda lengua confiese que Cristo Jesús es Señor para gloria de Dios Padre" (Filipenses 2,11). También san Pablo, en el saludo final de la primera carta a los Corintios, exclama: "Si alguien no ama al Señor, sea anatema. Marana tha, Ven, Señor" (1Corintios 16,22), transmitiéndonos así la antiquísima invocación, en lengua aramea, de Jesús como Señor. (…)

4. A los cristianos nos corresponde anunciar, en el mundo de hoy, que Jesús es la piedra angular, el fundamento de la vida, el Redentor.

o   A todos los hombres y a todas las mujeres, estén donde estén, en sus momentos de exaltación o en sus crisis y derrotas, les hemos de hacer llegar el anuncio solemne y tajante de San Pedro, durante los días que siguieron a la Pentecostés

·         San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 132,  Homilía El gran desconocido: “A nosotros,
los cristianos, nos corresponde anunciar en estos días, a ese mundo del que somos y en el que vivimos, el
mensaje antiguo y nuevo del Evangelio.
No es verdad que toda la gente de hoy —así, en general y en bloque— esté cerrada, o permanezca indiferente, a lo que la fe cristiana enseña sobre el destino y el ser del hombre; no es cierto que los hombres de estos tiempos se ocupen sólo de las cosas de la tierra, y se desinteresen de mirar al cielo. Aunque no faltan ideologías —y personas que las sustentan— que están cerradas, hay en nuestra época anhelos grandes y actitudes rastreras, heroísmos y cobardías, ilusiones y desengaños; criaturas que sueñan con un mundo nuevo más justo y más humano, y otras que, quizá decepcionadas ante el fracaso de sus primitivos ideales, se refugian en el egoísmo de buscar sólo la propia tranquilidad, o en permanecer inmersas en el error.
A todos esos hombres y a todas esas mujeres, estén donde estén, en sus momentos de exaltación o en sus crisis y derrotas, les hemos de hacer llegar el anuncio solemne y tajante de San Pedro, durante los días que siguieron a la Pentecostés: Jesús es la piedra angular, el Redentor, el todo de nuestra vida, porque fuera de El no se ha dado a los hombres otro nombre debajo del cielo, por el cual podamos ser salvos (Act IV, 12)”.


5. Estamos llamados a vivir los dones del Espíritu Santo  en los altibajos de la vida cotidiana, para transformar las familias, las comunidades y las naciones.

§  Benedicto XVI Hipódromo de Randwick  (Austrlia), 19 de julio de 2008:

·         “Esta tarde, reunidos bajo este hermoso cielo nocturno, nuestros corazones y nuestras mentes se
llenan de gratitud a Dios por el don de nuestra fe en la Trinidad. Recordemos a nuestros padres y abuelos, que han caminado a nuestro lado cuando todavía éramos niños y han sostenido nuestros primeros pasos en la fe. Ahora, después de muchos años, os habéis reunido como jóvenes adultos alrededor del Sucesor de Pedro. Me siento muy feliz de estar con vosotros. Invoquemos al Espíritu Santo: él es el autor de las obras de Dios (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 741). Dejad que sus dones os moldeen. Al igual que la Iglesia comparte el mismo camino con toda la humanidad,  vosotros estáis llamados a vivir los dones del Espíritu entre los altibajos de la vida cotidiana.
Madurad vuestra fe a través de vuestros estudios, el trabajo, el deporte, la música, el arte. Sostenedla mediante la oración y alimentadla con los sacramentos, para ser así fuente de inspiración y de ayuda para cuantos os rodean. En definitiva, la vida, no es un simple acumular, y es mucho más que el simple éxito. Estar verdaderamente vivos es ser transformados desde el interior, estar abiertos a la fuerza del amor de Dios. Si acogéis la fuerza del Espíritu Santo, también vosotros podréis transformar vuestras familias, las comunidades y las naciones. Liberad estos dones. Que la sabiduría, la inteligencia, la fortaleza, la ciencia y la piedad sean los signos de vuestra grandeza”.




Vida Cristiana






[1] Homilía en la toma de posesión de la Cátedra del Obispo de Roma, en la Basílica de san Juan de Letrán, en la fiesta de la Ascensión del Señor.

sábado, 12 de mayo de 2018

Fiestas de San Isidro

Con motivo de que el puente de San Isidro no es laborable en Rivas-Vaciamadrid el despacho parroquial permanecerá cerrado el lunes 14 de Mayo. Disculpen las molestias.

viernes, 11 de mayo de 2018

¡Bozza! ¡Bozza! ¡Bozza! : por Santiago Agrelo



La palabra proclamada en la solemnidad de la Ascensión del Señor nos guía a la contemplación del misterio que celebramos: Hoy, ante el asombro de los ángeles, el hombre Cristo Jesús fue elevado hasta la nube misma en la que Dios habita. Hoy, con Cristo Jesús, que es cabeza de la Iglesia, sube a los cielos la Iglesia, que es su cuerpo. Hoy atraviesa la gloria el clamor de los pobres que han sido enaltecidos en Cristo Jesús: ¡Bozza! ¡Bozza! ¡Bozza!
Dices bien, Iglesia cuerpo de Cristo, si afirmas que él se va y tú te quedas; pero no lo habrías entendido bien si pensases que él se va sin ti y que tú te quedas sin él. El mismo a quien ves apartarse de tu vista, se queda contigo hasta el fin del mundo. Y nosotros, que guardamos en el corazón la certeza de estar ya con Cristo sentados a la derecha de Dios, continuamos nuestra peregrinación por los caminos de la humanidad, subiendo allí donde nos ha precedido Cristo Jesús, siguiéndolo por el camino que él nos ha señalado, recorriendo el Camino que es Cristo Jesús.
Entonces te deslumbra la verdad de la paradoja: A lo alto se sube bajando, al amor que es Dios se asciende descendiendo con amor hasta lo hondo de la condición humana. ¡Encarnación es el primer paso de esta ascensión!
Entonces sueñas y pides: Enséñame, Amor, ese camino que lleva fuera de la posada, llévame contigo al lugar donde nacen los sin techo, al establo donde reciben homenaje los sin nada.
Llévame a ese desposorio tuyo con la humanidad pobre, con la carne crucificada, con los desechados al borde de los caminos, con los echados en el portal de nuestra abundancia inicua, de nuestra frivolidad ciega.
Llévame a tu encuentro nupcial con la humanidad olvidada, con la abandonada, la descartada, la violada, la demolida, la que a esos desposorios divinos aporta en dote abandono, lágrimas y llagas.
Llévame contigo, Amor, a tu abrazo con la lepra, con la noche, con la muerte, con el abismo, con la náusea. Vamos los dos aún, vamos siempre, a robar dolores, a secuestrar heridas, a iluminar oscuridades, a derramar sobre el mundo el ungüento perfumado de tu alegría.
Llévame contigo, Amor, al milagro de tu pascua: juntos los dos, vamos a romper cadenas, a quitarle habitantes al hambre, súbditos a la soledad, víctimas a la muerte; vamos a liberar en los rescatados, en el cielo y en la tierra, en ti y en mí, un clamor interminable de triunfo: Cantaré al Señor, gloriosa es su victoria Mi fuerza y mi poder es el Señor, él fue mi salvación
Llévame contigo, Amor, a la hora de tu pan multiplicado: es la hora de tu vida presentada, ofrecida, entregada, partida, repartida, comulgada. Que los pobres den testimonio de que somos para ellos el pan que les ha preparado el Espíritu del Señor.
Vamos a lo alto, juntos los dos, mar adentro, donde naufragan los sueños, donde zozobra el futuro de los pobres, donde los vientos del poder sacuden la barquilla de los que buscan la otra orilla.
Llévame a donde tú bajas, llévame contigo a lo hondo, llévame contigo al cielo. Los dos aún, siempre los dos, haciendo interminable el grito de los pobres: ¡Bozza! ¡Bozza! ¡Bozza!
Feliz domingo, Iglesia cuerpo de Cristo.

jueves, 10 de mayo de 2018

La Ascensión del Señor, Ciclo B, 13 Mayo de 2018

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La Ascensión del Señor (2018). El cielo. No significa un lugar, sino una manera de ser: es la comunión plena y definitiva con Dios, es estar con Cristo. Ahora, gracias al hecho de estar con el Padre, está cerca de cada uno de nosotros, para siempre. El Señor se encuentra junto a nosotros con la fuerza del Espíritu Santo. La misión del Espíritu consiste en introducirnos en la grandeza del misterio de Cristo. La Ascensión es el momento en que Jesús nos pasa el relevo a sus discípulos. Nuestra tarea es llevar el testimonio de Cristo hasta los confines de la tierra. Todo cristiano, a su manera, puede y debe ser testigo del Señor resucitado. El inicio de la comunión con Cristo ya en esta tierra. Cristo no ofrece un programa político.  El reino de Dios y su justicia es una vida santa.


v  Cfr. La Ascensión del Señor, Ciclo B, 13 Mayo de 2018 

Marcos 16, 15-20; Hechos 1, 1-11; Efesios 1, 17-23

Hechos de los apóstoles 1, 1-11: (...)  3  Se les presentó después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo, y, apareciéndoseles durante cuarenta días, les habló del reino de Dios. 4 Una vez que comían juntos, les recomendó: (…) 8 Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines del mundo.» 9 Y después de decir esto, mientras miraban mientras ellos lo observaban, se elevó, y una nube lo ocultó a sus ojos. 10 Estaban mirando atentamente al cielo mientras él se iba, cuando se  presentaron ante ellos dos hombres con vestiduras blancas 11 que dijeron:- «Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo volverá como le habéis visto marcharse.»

Marcos 16,15-20: 15 En aquel tiempo se apareció Jesús y les dijo: -Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda criatura. 16 El que crea y sea bautizado se salvará; pero el que no crea se condenará. 17 A los que crean, les acompañarán estos milagros: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, 18 agarrarán serpientes con las manos, y si bebieran un veneno, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos y quedarán curados. 19 19 El Señor Jesús, después de hablarles, se elevó  al cielo y está sentado  a la derecha de Dios. 20 Ellos fueron y proclamaron el Evangelio por todas partes, y el Señor actuaba con ellos y confirmaba la Palabra con los milagros que los acompañaban.

Se elevó al cielo y está sentado a la derecha de Dios

 

1. El cielo. No significa un lugar, sino una manera de ser: es la comunión plena y definitiva con Dios, es estar con Cristo.

·         El cielo no significa un lugar sino una manera de ser. El cielo es la comunión plena y definitiva con
Dios, destinada a los que creerán en el Señor. Vivir en el cielo es estar con Cristo. Es la comunidad bienaventurada de todos los que están perfectamente incorporados a él.  
Como veremos en los números del Catecismo que se citan a continuación, cuando decimos con la Biblia «Padre nuestro que estás en el cielo» o decimos de alguien que «ha ido al cielo», nos estamos adaptando al lenguaje popular. Pero la Biblia enseña que Dios “está en el cielo, en la tierra y en todo lugar», que es Él quien “ha creado los cielos”, y, si los ha creado, no puede ser encerrado en ellos; que Dios está en los cielos significa más bien que habita «en una luz inaccesible», como dice San Pablo en su primera Carta a Timoteo y recoge el Catecismo [1]: “Dios, que «habita  una luz  inaccesible» (1 Tm 6, 16), quiere comunicar su propia vida divina a los hombres libremente creados por él, para hacer de ellos, en su Hijo único, hijos adoptivos (Cf Ef l, 4-5). (...) ”. Que está en el cielo significa que es infinitamente diverso de nosotros; en definitiva el cielo es, en sentido religioso, más un estado que un lugar.

El cielo no designa un lugar
sino la presencia de Dios en el corazón de los justos
en el que Dios habita como en su templo.

v  A) El inicio de la comunión con Cristo ya en esta tierra

o   En el Catecismo de la Iglesia Católica

§  El cielo designa la presencia de Dios en el corazón de los justos.
·         n.  2802: «Que estás en el cielo» no designa un lugar, sino la majestad de Dios y su presencia en el
corazón de los justos. El cielo, la Casa del Padre, constituye la verdadera patria hacia donde tendemos y a la que ya pertenecemos.
§  El cielo es el corazón de los justos en el que Dios habita como en su templo.
·         n. 2794: «QUE ESTAS EN EL CIELO» - Esta expresión bíblica no significa un lugar [«el
espacio»] sino una manera de ser; no el alejamiento de Dios sino su majestad. Dios Padre no está «fuera», sino «más allá de todo» lo que, acerca de la santidad divina, puede el hombre concebir. Como es tres veces Santo, está totalmente cerca del corazón humilde y contrito:
Con razón, estas palabras "Padre nuestro que estás en el cielo" hay que entenderlas en relación al corazón de los justos en el que Dios habita como en su templo. Por eso también el que ora desea ver que reside en él Aquel a quien invoca (S. Agustín, serm. Dom. 2, 5, 17).
El «cielo» bien podía ser también aquellos que llevan la imagen del mundo celestial, y en los que Dios habita y se pasea (S. Cirilo de Jerusalén, catech. myst. 5, 11).
§  Todos tenemos que esforzarnos y asemejarnos con  Cristo en esta tierra
·         n. 793 (...) Todos los miembros tienen que esforzarse en asemejarse a él «hasta que Cristo esté
formado en ellos» (Gálatas 4, 19) (...)

v  B) La comunión plena con Cristo cuando terminamos la vida en esta tierra. 

o   En el Catecismo de la Iglesia Católica


Vivir en el cielo es «estar con Cristo»

§  Los que mueren en la gracia y la amistad de Dios y están perfectamente purificados, viven para siempre con Cristo.
·         n.  1023:  El cielo - Los que mueren en la gracia y la amistad de Dios y están perfectamente
purificados, viven para siempre con Cristo. Son para siempre semejantes a Dios, porque lo ven «tal cual es» (1 Juan 3, 2), cara a cara (Cf 1 Corintios 13, 12; Apocalipsis 22, 4):
·         n. 1025: Vivir en el cielo es «estar con Cristo» (Cf Jn 14, 3; Flp 1, 23; 1 Ts 4, 17). Los
elegidos viven «en El», aún más, tienen allí, o mejor, encuentran allí su verdadera identidad, su propio nombre (Cf Ap 2, 17):
Pues la vida es estar con Cristo; donde está Cristo, allí está la vida, allí está el reino (S.
Ambrosio, Luc. 10, 121).
§  El cielo es la comunidad bienaventurada de todos los que están perfectamente incorporados a El.
·         n. 1026: Por su muerte y su Resurrección Jesucristo nos ha «abierto» el cielo. La vida de los
bienaventurados consiste en la plena posesión de los frutos de la redención realizada por Cristo, quien asocia a su glorificación celestial a aquellos que han creído en El y que han permanecido fieles a su voluntad. El cielo es la comunidad bienaventurada de todos los que están perfectamente incorporados a El.
§  El cielo es la comunión de vida y de amor con Dios
·         n. 1024: Esta vida perfecta con la Santísima Trinidad, esta comunión de vida y de amor con ella,
con la Virgen María, los ángeles y todos los bienaventurados se llama «el cielo». El cielo es el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha.

o   En el Antiguo Testamento: “subió al cielo” indicaba el ingreso del justo en la comunión  plena de Dios.

·         Ya en el Antiguo Testamento  “subió al cielo”  indicaba el ingreso del justo en la comunión plena
de Dios después de la muerte; es la representación del destino de la eternidad bienaventurada que espera al hombre fiel en esta tierra; así lo explica el salmo 16, 10-11: “10 pues tú no me entregarás a la muerte ni dejarás que tu amigo fiel baje a la tumba. 11 Me enseñarás el camino de la vida, plenitud de gozo en tu presencia, alegría perpetua a tu derecha”.

v  C) Cristo está presente en cada uno de nosotros por la acción del Espíritu Santo

o   “Estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mateo 18,20).

                        Cfr. Juan Pablo II, Homilía, en la Ascensión del Señor, En el estadio Funchal,
                        Madeira (12-V-1991)

o   “Estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mateo 18,20).

·         “Galileos, ¿qué hacéis ahí mirando al cielo? Éste que os ha sido llevado, este mismo Jesús,
vendrá así tal como lo habéis visto subir al cielo” (Hechos 1,11). Con estas palabras termina el relato de la Ascensión del Señor. Antes, Cristo mismo había dicho: “No os dejaré huérfanos: volveré a vosotros” (Juan 14,18), afirmación que alguno podría considerar referida sólo a las apariciones en aquellos cuarenta días, después de la resurrección. ¡Pero no! De hecho, cuando ya subía definitivamente al Padre, dijo: “Y he aquí que estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mateo 18,20).
Este “yo estoy” tiene la fuerza del nombre de Dios. “Yo estoy” como hijo en el Padre (o, a la diestra del Padre), y “estoy con vosotros” (quiere decir con la Iglesia y con el mundo), en el poder del Espíritu Santo. Gracias a este poder, nuestra permanencia en la fe cristiana tiene carácter de espera de su venida: la segunda definitiva venida de Cristo Salvador.
Pero esta espera no es pasiva: constituye la edificación del Cuerpo de Cristo. (…) ¡No permanezcamos, pues, pasivamente a su espera! En todos lados, en el trabajo o durante el tiempo libre, en tu tierra o viajando por otros lugares, cuando acoges a otros o aceptas su hospitalidad, ¡eres heraldo itinerante de Cristo! Debemos llegar “todos a la unidad de la fe y del conocimiento pleno del Hijo de Dios”. Debemos llegar al estado del hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo (Efesios 4,13).

2. La Ascensión - acontecimiento conclusivo de la vida terrena de Cristo -, significa que Jesucristo es Señor: posee todo poder en los cielos y en la tierra.


·         Catecismo de la Iglesia Católica, n.  668: «Cristo murió y volvió a la vida para eso, para ser
Señor de muertos y vivos» (Romanos 14, 9). La Ascensión de Cristo al Cielo significa su participación, en su humanidad, en el poder y en la autoridad de Dios mismo. Jesucristo es Señor: posee todo poder en los cielos y en la tierra.  Él está «por encima de todo Principado, Potestad, Virtud, Dominación» porque el Padre «bajo sus pies sometió todas las cosas» (Efesios 1, 20-22). Cristo es el Señor del cosmos (Cf Efesios 4, 10; 1 Corintios 15, 24. 27-28) y de la historia. En él, la historia de la humanidad e incluso toda la Creación encuentran su recapitulación (Cf Efesios 1,10), su cumplimiento trascendente.

v  Y está sentado a la derecha de Dios

o   Catecismo de la Iglesia católica

§  Sentarse a la derecha del Padre significa la inauguración del reino del Mesías. A partir de este momento, los apóstoles se convirtieron en los testigos del "Reino que no tendrá fin".
  • n. 664: Sentarse a la derecha del Padre significa la inauguración del reino del Mesías,
cumpliéndose la visión del profeta Daniel respecto del Hijo del hombre: "A él se le dio imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasará, y su reino no será destruido jamás" (Daniel 7, 14). A partir de este momento, los apóstoles se convirtieron en los testigos del "Reino que no tendrá fin" (Símbolo de Nicea-Constantinopla).

3. El Señor se encuentra junto a nosotros con la fuerza del Espíritu Santo.

    Cfr. Benedicto XVI, Homilía 7 mayo 2005 -  Al tomar posesión de la Cátedra del Obispo de
    Roma en la Basílica de San Juan de Letrán

v  La Ascensión significa que  Jesús ya no pertenece al mundo de la corrupción y de la muerte, que pertenece totalmente a Dios.

o   Y, dado que Dios abraza y sostiene a todo el cosmos, la Ascensión del Señor significa que Cristo no se ha alejado de nosotros.

§  Sino que ahora, gracias al hecho de estar con el Padre, está cerca de cada uno de nosotros, para siempre. El ser humano ha sido llevado hasta dentro de la vida misma de Dios.
            Entonces, ¿qué nos quiere decir la fiesta de la Ascensión del Señor? No nos quiere decir
que el Señor se ha ido a algún lugar alejado de los hombres y del mundo. La Ascensión de Cristo no es un viaje en el espacio hacia los astros más remotos; pues en el fondo, también los astros están constituidos de elementos físicos como la tierra. La Ascensión de Cristo significa que ya no pertenece al mundo de la corrupción y de la muerte, que condiciona nuestra vida. Significa que pertenece completamente a Dios. Él, el Hijo Eterno, ha llevado nuestro ser humano a la presencia de Dios, ha llevado consigo la carne y la sangre de forma transfigurada. El hombre encuentra espacio en Dios, a través de Cristo; el ser humano ha sido llevado hasta dentro de la vida misma de Dios. Y, dado que Dios abraza y sostiene a todo el cosmos, la Ascensión del Señor significa que Cristo no se ha alejado de nosotros, sino que ahora, gracias al hecho de estar con el Padre, está cerca de cada uno de nosotros, para siempre. Cada uno de nosotros puede tutearle, cada uno puede dirigirse a Él. El Señor se encuentra siempre al alcance de nuestra voz. Podemos alejarnos de Él interiormente. Podemos vivir dándole las espaldas. Pero Él nos espera siempre, y siempre está cerca de nosotros.

v  El Jesús que se despide no va a alguna parte en un astro lejano. Él entra en la comunión de vida y poder con el Dios viviente, en la situación de superioridad de Dios sobre todo espacio.

           Joseph Ratzinger – Benedicto XVI, Jesús de Nazaret 2, Ed. Encuentro 2011, pp. 328-330

o   Por eso «no se ha marchado», sino que, en virtud del mismo poder de Dios, ahora está siempre presente junto a nosotros y por nosotros.

El Jesús que se despide no va a alguna parte en un astro lejano. Él entra en la comunión de vida y poder con el Dios viviente, en la situación de superioridad de Dios sobre todo espacio. Por eso «no se ha marchado», sino que, en virtud del mismo poder de Dios, ahora está siempre presente junto a nosotros y por nosotros. En los discursos de despedida en el Evangelio de Juan, Jesús dice precisamente esto a sus discípulos: «Me voy y vuelvo a vuestro lado» (Jn 14, 28). Aquí está sintetizada maravillosamente la peculiaridad del «irse» de Jesús, que es al mismo tiempo su «venir», y con eso queda explicado también el misterio acerca de la cruz, la resurrección y la ascensión. Su irse es precisamente así un venir, un nuevo modo de cercanía, de presencia permanente, que Juan pone también en relación con la «alegría», de la que antes hemos oído hablar en el Evangelio de Lucas.

o   Ahora ya no se encuentra en un solo lugar del mundo, como antes de la «ascensión».

§  Con su poder que supera todo espacio, Él no está ahora en un solo sitio, sino que está presente al lado de todos, y todos lo pueden invocar en todo lugar y a lo largo de la historia.
Puesto que Jesús está junto al Padre, no está lejos, sino cerca de nosotros. Ahora ya no se encuentra en un solo lugar del mundo, como antes de la «ascensión»; con su poder que supera todo espacio, Él no está ahora en un solo sitio, sino que está presente al lado de todos, y todos lo pueden invocar en todo lugar y a lo largo de la historia.

4. La fiesta de la Ascensión es el momento en que Jesús nos pasa el relevo a sus discípulos.


v  «Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo, volverá como le habéis visto marcharse» (Hechos 1, 11: primera Lectura).

o   No es tarea de los discípulos quedarse mirando al cielo o conocer los tiempos y los momentos escondidos en el secreto de Dios. Ahora su tarea es llevar el testimonio de Cristo hasta los confines de la tierra.

Volvamos todavía al primer capítulo de los Hechos de los Apóstoles. Hemos dicho que la existencia cristiana no consiste en escudriñar el futuro, sino, de un lado, en el don del Espíritu Santo y, de otro, en el testimonio universal de los discípulos en favor de Jesús crucificado y resucitado (cf. Hechos 1, 6-8). Y la desaparición de Jesús a través de la nube no significa un movimiento hacia otro lugar cósmico, sino su asunción en el ser mismo de Dios y, así, la participación en su poder de presencia en el mundo.
Luego el texto prosigue. Al igual que antes, junto al sepulcro (cf. Lucas 24, 4), también ahora aparecen dos hombres vestidos de blanco y dirigen un mensaje: «Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo, volverá como le habéis visto marcharse» (Hechos 1, 11). Con eso queda confirmada la fe en el retorno de Jesús, pero al mismo tiempo se subraya una vez más que no es tarea de los discípulos quedarse mirando al cielo o conocer los tiempos y los momentos escondidos en el secreto de Dios. Ahora su tarea es llevar el testimonio de Cristo hasta los confines de la tierra.

5. Ellos lo rodearon preguntándole: - «Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?».

v  La pregunta de los Apóstoles (Hechos v. 6) y la respuesta del Señor (vv. 7-8): naturaleza del reino de Dios.

·         Ellos piensan todavía  en una restauración temporal de la dinastía de David, su esperanza se cifra en
algo así como un dominio nacional judío. La respuesta del Señor les dice que los planes de Dios están por encima de una realización política. Su misión  será la de dar testimonio de la resurrección de Jesús.

o   Cristo, Dios y Hombre verdadero, vive y reina y es el Señor del mundo. Sólo por Él se mantiene en vida todo lo que vive.

§  Esto es el reino de Dios y su justicia, una vida santa.
·         San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 180: “Quisiera que considerásemos cómo ese
Cristo, que —Niño amable— vimos nacer en Belén,  es el Señor del mundo: pues por Él fueron
creados todos los seres en los cielos y en la tierra; El ha reconciliado con el Padre todas las cosas, restableciendo la paz entre el cielo y la tierra, por medio de la sangre que derramó en la cruz (Cf Colosenses 1, 11-16). Hoy Cristo reina, a la diestra del Padre: declaran aquellos dos ángeles de blancas vestiduras, a los discípulos que estaban atónitos contemplando las nubes, después de la Ascensión del Señor: varones de Galilea ¿por qué estáis ahí mirando al cielo? Este Jesús, que separándose de vosotros ha subido al cielo, vendrá de la misma manera que le acabáis de ver subir (Hechos 1,11).
Por El reinan los reyes (Cf Proverbios 8,15), con la diferencia de que los reyes, las autoridades humanas, pasan; y el reino de Cristo permanecerá por toda la eternidad (Éxodo 15,18), su reino es un reino eterno y su dominación perdura de generación en generación (Daniel 3,100).
El reino de Cristo no es un modo de decir, ni una imagen retórica. Cristo vive, también como hombre, con aquel mismo cuerpo que asumió en la Encarnación, que resucitó después de la Cruz y subsiste glorificado en la Persona del Verbo juntamente con su alma humana. Cristo, Dios y Hombre verdadero, vive y reina y es el Señor del mundo. Sólo por Él se mantiene en vida todo lo que vive.
§  Los que esperaban del Mesías un poderío temporal visible, se equivocaban. Cristo no ofrece un programa político.
¿Por qué, entonces, no se aparece ahora en toda su gloria? Porque su reino no es de este mundo (Juan 18,36), aunque está en el mundo. Había replicado Jesús a Pilatos: Yo soy rey. Yo para esto nací: para dar testimonios de la verdad; todo aquel que pertenece a la verdad, escucha mi voz (Juan 18,37). Los que esperaban del Mesías un poderío temporal visible, se equivocaban: que no consiste el reino de Dios en el comer ni en el beber, sino en la justicia, en la paz y en el gozo del Espíritu Santo (Romanos 14,17).
Verdad y justicia; paz y gozo en el Espíritu Santo. Ese es el reino de Cristo: la acción divina que salva a los hombres y que culminará cuando la historia acabe, y el Señor, que se sienta en lo más alto del paraíso, venga a juzgar definitivamente a los hombres.
§  Esto es el reino de Dios y su justicia, una vida santa
Cuando Cristo inicia su predicación en la tierra, no ofrece un programa político, sino que dice: haced penitencia, porque está cerca el reino de los cielos (Mateo 3,2; 4,17); encarga a sus discípulos que anuncien esa buena nueva (Lucas 10,9), y enseña que se pida en la oración el advenimiento del reino (Cf. Mateo 6,10). Esto es el reino de Dios y su justicia, una vida santa: lo que hemos de buscar primero (Cf Mateo 6,33), lo único verdaderamente necesario (Cf Lucas 10,42)”.

o   Todo cristiano, a su manera, puede y debe ser testigo del Señor resucitado. 

·         Benedicto XVI, 7 de mayo 2005, Toma de posesión de la cátedra del Obispo de Roma: “De
este modo, el Espíritu Santo es la fuerza por la que Cristo nos hace experimentar su cercanía. Pero la primera lectura deja también un segundo mensaje: seréis mis testigos. Cristo resucitado tiene necesidad de testigos que se hayan encontrado con él, que le hayan conocido íntimamente a través de la fuerza del Espíritu Santo. Hombres que, habiéndole tocado con la mano, por así decir, puedan testimoniarle. Fue así como la Iglesia, familia de Cristo, creció desde «Jerusalén… hasta los confines de la tierra», como dice la lectura. A través de testigos se construyó la Iglesia, comenzando por Pedro y Pablo, por los Doce, hasta todos los hombres y mujeres que, llenos de Cristo, en el transcurso de los siglos, han vuelto a encender y encenderán de nuevo de manera siempre nueva la llama de la fe. Todo cristiano, a su manera, puede y debe ser testigo del Señor resucitado. Cuando leemos los nombres de los santos, podemos ver cuántas veces ante todo han sido --y siguen siendo-- hombres sencillos, hombres de los que surgía --y surge-- una luz resplandeciente capaz de llevar a Cristo”.

6. La esperanza en el cielo - en la tierra nueva -  no debe debilitar, sino más bien avivar la preocupación de cultivar esta tierra. 

v  Aunque hay que distinguir con sumo cuidado entre el progreso temporal y el crecimiento del Reino de Cristo, el primero, en cuanto contribuye a una sociedad mejor ordenada, interesa en gran medida al Reino de Dios.

            Cfr. Concilio Vaticano II, Constitución pastoral «Gaudium et spes», n . 39:
39. Ignoramos tanto el tiempo en que la tierra y la humanidad se consumarán [71], como la forma en que se transformará el universo. Pasa ciertamente la figura de este mundo, deformada por el pecado [72]. Pero sabemos por la revelación que Dios prepara una nueva morada y una nueva tierra donde habita la justicia [73], y cuya bienaventuranza saciará y superará todos los anhelos de paz que ascienden en el corazón de los hombres [74]. Entonces, vencida la muerte, los hijos de Dios serán resucitados en Cristo, y lo que se sembró en debilidad y corrupción se revestirá de incorrupción [75]; y, subsistiendo la caridad y sus obras [76], serán liberadas de la esclavitud de la vanidad todas aquellas criaturas [77] que Dios creó precisamente para servir al hombre.
Y ciertamente se nos advierte que de nada sirve al hombre ganar el mundo entero, si se pierde a sí mismo [78]. Mas la esperanza de una nueva tierra no debe atenuar, sino más bien excitar la preocupación por perfeccionar esta tierra, en donde crece aquel Cuerpo de la nueva humanidad que puede ya ofrecer una cierta prefiguración del mundo nuevo. Por ello, aunque hay que distinguir con sumo cuidado entre el progreso temporal y el crecimiento del Reino de Cristo, el primero, en cuanto contribuye a una sociedad mejor ordenada, interesa en gran medida al Reino de Dios [79].
En efecto; los bienes todos de la dignidad humana, de la fraternidad y de la libertad, es decir, todos los buenos frutos de la naturaleza y de nuestra actividad, luego de haberlos propagado -en el Espíritu de Dios y conforme a su mandato- sobre la tierra, los volveremos a encontrar de nuevo, pero limpios de toda mancha a la vez que iluminados y transfigurados, cuando Cristo devuelva a su Padre el reino eterno y universal: reino de verdad y de vida, reino de santidad y de gracia, reino de justicia, de amor y de paz[80]. Aquí, en la tierra, existe ya el Reino, aunque entre misterios; mas, cuando venga el Señor, llegará a su consumada perfección.

[71] Cf. Hch 1,7.   [72] Cf. 1 Cor 7,31; S. Iren. Adv. haer. 5, 36 PG 7, 1222.  [73] Cf. 2 Cor 5,2; 2 Pe 3,13.  [74] Cf. 1 Cor 2,9; Ap 21,4-5.   [75] Cf. 1 Cor 15,42.53. [76] Cf. 1 Cor 13,8; 3,14.  [77] Cf. Rom 8,19-21. [78] Cf. Lc 9,25.  [79] Cf. Pío XI, e. QA l. c., 207.   [80] Praefatio Festi Christi Regis.

Vida Cristiana


[1] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica n. 52

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