sábado, 20 de julio de 2019

Lázaro, Marta y María, los amigos de Betania.





[Chiesa/Omelie1/16C19MartaMaríaAcogenSeñorEnSuCasaDosActitudesDiversas]

Ø Lázaro, Marta y María, los amigos de Betania.

Jesús y sus amigos

Tres hermanos que tienen una gran amistad con Jesús.

Su casa será en aquellos meses

un lugar de hospitalidad y reposo.

Betania

Cerca de Jerusalén -a tres kilómetros- está Betania. Allí viven Lázaro, Marta y María. Tres hermanos que tienen una gran amistad con Jesús. Su casa será en aquellos meses un lugar de hospitalidad y reposo para los días que le esperan.
En el trayecto a Jerusalén Jesús pasa por Betania. La actividad de los días anteriores había sido intensa. El camino que lleva de Jericó a Betania es empinado, requiere una ascensión continua y transcurre por terreno desértico. Jesús y los suyos debieron llegar cansados. Allí fue recibido por Lázaro, Marta y María.

La amistad

Hay amistad con Jesús en aquella casa. Quizá tenga que ver con la conversión de María unos meses antes. Lo cierto es que todos actúan con naturalidad. No se percibe ni el envaramiento previsible en las visitas de algún personaje importante, ni la curiosidad o el recelo ante el desconocido, menos aún la frialdad ante la presencia de alguien que se considera inoportuno. Marta y María actúan y se mueven con sencillez; no se dice nada de Lázaro en esta ocasión, pero es normal pensar que estaba allí.

Los tres hermanos son diferentes

No es infrecuente que los hermanos se parezcan y al mismo tiempo sean muy distintos. Marta es activa, diligente, hacendosa, está en todo; es una buena ama de casa, con ella se puede encontrar una casa que es ese hogar donde todo está en su sitio. María es más apasionada: todo corazón, sensible, en su vida no caben medias tintas, sino entrega sin condiciones. Sabe querer. Los temperamentos de las dos hermanas son ocasión para que Jesús deje una joya preciosa de sus enseñanzas, casi como de pasada. Sus palabras parecen dichas al vuelo.

El desarrollo de los acontecimientos

Los hechos transcurrieron así: “una mujer llamada Marta le recibió en su casa. Tenía ésta una hermana llamada María que, sentada también a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Marta estaba afanada en los múltiples quehaceres de la casa y poniéndose delante dijo: Señor, ¿nada te importa que mi hermana me deje sola en el trabajo de la casa? Dile, pues, que me ayude. Pero el Señor le respondió: Marta, Marta, tú te preocupas y te inquietas por muchas cosas. En verdad una sola cosa es necesaria. Así, pues, María ha escogido la mejor parte, que no le será arrebatada”.

La importancia de la oración

Jesús aprovechó la sencillez y la confianza de Marta para dejar sentado el orden de lo necesario y lo superfluo. Primero la oración y, unida a ella, el trabajo, lo demás puede esperar. Jesús revela como la oración es el núcleo y la raíz de toda actividad para que de ésta resulte algo vivo y sano.

La queja de Marta

Es fácil comprender la actitud de Marta. Es una mujer responsable. Está en los detalles, se ocupa en algo necesario que alguien tiene que hacer: dar de comer y beber a mucha gente, procurar que descansen. No cuesta verla subir y bajar, mandar y ordenar. Es en medio de esa actividad cuando una inquietud empieza a dibujarse en su interior. Primero sería una mirada furtiva a su hermana. Poco a poco iría juzgándola con severidad creciente.
Decididamente no comprende a María; tenía razones, pero le faltaba darse cuenta de que la inactividad de María es sólo aparente. Por otra parte se le está ocultando que su actividad es un servicio que permite a los demás gozar de las palabras del Maestro, también su hermana. Hasta que llega un momento en que no puede más, se planta delante del Señor, le interrumpe ante un público verdaderamente absorto en sus palabras, y se queja.
La sencillez de la queja de Marta es encantadora, confiada, aunque revele falta de caridad; y con toda espontaneidad le dice al Maestro: “¿nada te importa que mi hermana me deje sola en el trabajo de la casa? Dile, pues, que me ayude”. Su queja va contra María, pero también afecta al mismo Jesús, que no se da cuenta de que ella era una mártir y su hermana una comodona. Es la explosión de algo que ha ido incubándose poco a poco, y estalla de repente. Está realmente enfadada; ha perdido la calma y en ella se ha introducido el espíritu crítico falta a la caridad y la humildad. Sus buenos deseos de servir se han visto enturbiados por el enfado creciente, agresor de la paz de su alma.

La respuesta de Jesús

El tono de la respuesta de Jesús se puede deducir del modo con que empieza a hablarle: Marta, Marta, ¡cuánto cariño hay en la repetición de este nombre!. Es como decirle: “Mujer, calma”, “claro que te comprendo, pero te has puesto nerviosa”. Es una contestación que revela amor y buen humor; le recuerda su carácter, y hace que reflexione un poco. No la riñe, sino que le hace reflexionar. Primero sobre sí misma: tú te preocupas y te inquietas por muchas cosas.
Luego, Jesús le aclara la conducta de María y el camino que debe seguir para no perder los estribos con sus quejas. Y le dice: “En verdad una sola cosa es necesaria”. Cosas importantes hay muchas en la vida, y Marta estaba haciendo una de ellas: procurar servir alimento y descanso. Pero conviene tener bien dispuesto el orden de los valores. Lo necesario siempre será lo más importante, y sólo amar a Dios sobre todas las cosas lo es; al lado de lo necesario todo lo que llamamos importante pasa a un segundo lugar. ¿Quiere decir esto que está mal la actividad de Marta? No. Quiere decir que debe trabajar de una manera distinta, con una paz, respaldada por la oración. Y en caso de dudar sobre qué es más urgente, elegir primero la oración.

Lo mejor no es lo contrario de lo malo

María ha escogido la mejor parte. Cuando Jesús dice que la oración es lo mejor, conviene recordar que lo mejor no es lo contrario de lo malo, sino de algo menos bueno. La bondad de las diversas actividades dependerá del amor a Dios que sean capaces de acoger. “No le será quitada la mejor parte”. La oración es así hacer actos de amor. No se pierde ninguno. Todo acto de amor a Dios permanece en el seno del Amante, que es Dios.
Por: Enrique Cases (Primeros Cristianos, 28 julio, 2018)


Vida Cristiana

Domingo 16 del tiempo ordinario – Ciclo C


[Chiesa/Omelie1/16C19MartaMaríaAcogenSeñorEnSuCasaDosActitudesDiversas]
Ø Domingo 16 del tiempo ordinario, Ciclo C (21 de julio de 2019). María y Marta: dos actitudes diversas al acoger a Jesús  en su casa; la escucha del Señor y andar afanada con numerosos quehaceres. En el Aleluya antes del Evangelio de hoy se citan unas palabras de San Lucas (8, 15): “Dichosos los que con un corazón noble y generoso guardan la palabra de Dios y dan  fruto perseverando”. Por qué Jesús reprendió a Marta.

v  Cfr. Domingo 16 del tiempo ordinario – Ciclo C

                  Gn 18,1-10; Sal 14, 2-3ab.3cd-4ab.5; Col 1,24-28; Lc 10,38-42.

Lucas 19, 38-42: 38 Yendo ellos de camino, entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. 39 Esta tenía una hermana llamada María, que, sentada junto a los pies del Señor, escuchaba su palabra. 40 Marta, en cambio, andaba muy afanada con los muchos servicios; hasta que, acercándose, dijo: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola para servir? Dile que me eche una mano». 41 Respondiendo, le dijo el Señor: «Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; 42 solo una es necesaria. María, pues, ha escogido la parte mejor, y no le será quitada».

 

María escucha la palabra del Señor

y Marta andaba afanada con numerosos quehaceres.

No debe haber oposición entre las dos actitudes.
El Señor corrige la inquietud de Marta.
El trabajo no debe absorbernos
de tal forma que no dispongamos de tiempo
para escuchar la Palabra de Dios.


1.    Acoger a Jesús en nuestras vidas

      Cfr. Juan Pablo II, Homilía, en la Misa a los empleados de las villas pontificias en
      Castelgandolfo (17-VII-1983)

v  Marta y María

o   Marta “se multiplicaba para dar abasto con el servicio”: “María sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra”.

Hemos escuchado en la lectura del Evangelio según San Lucas el conocido e instructivo episodio de las dos hermanas, Marta y María, que un día acogieron a Jesús en su casa. Una de ellas, Marta, “se multiplicaba para dar abasto con el servicio” (Lc 10,40), hasta el punto de desentenderse casi de la presencia tan cercana del Maestro: un ejemplo de excesiva generosidad, que se preocupa más de las actividades externas que de sensibilizarse ante el significado transformador de Aquel que está presente para hacerse escuchar y para interrogarnos a cada uno de nosotros.
María, en cambio, “sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra” (ib., 10,39). Y es precisamente esta actitud, contrapuesta ante todo a la anterior, la que recibe el elogio de Jesús. En María está personificado, en efecto, el discípulo atento y vigilante: no tanto el que se vigila a sí mismo, lo que sería aún un modo de replegarse sobre la propia personalidad, cuanto el que se siente captado por la presencia y la Palabra del Señor, hasta el punto de olvidarse de sí mismo. Porque el verdadero discípulo no piensa en sí mismo, sino que enseguida y ante todo se vuelve a su Maestro y se siente como transportado hacia Él, según un movimiento que le hace como salir de sí mismo; subyugado con su palabra, forma parte de aquellos que Jesús proclama “dichosos”, porque “oyen la Palabra de Dios y la guardan” (ib., 11,28).

o   Necesidad de la vida interior

§  Que ninguna otra palabra, venga de donde venga, nos distraiga de nuestra adhesión de fe y de amor al Señor Jesús.
Por ello Jesús advierte amorosamente a Marta: “Sólo una cosa es necesaria. María ha escogido la mejor parte, y no se la quitarán” (ib., 10,42). Esta frase debe ser entendida en un doble nivel: por una parte, alude a la exigencia de una sobriedad en la mesa, que Jesús en aquella ocasión no quería excesivamente abastecida; por otra, verifica el tránsito o un significado más profundo, referido a la vida espiritual: también en este ámbito es innecesario y puede ser incluso peligroso, perderse en diversas tentativas y buscar por demasiados caminos la inspiración que unifique la propia vida interior. “Sólo una cosa es necesaria”, y es la actitud de María, hecha a base de escuchar la Palabra de Jesús, teniendo sus ojos y su corazón, vueltos hacia Él, no sólo atentos, sino disponibles para cuanto Él dice. Como ora el Salmista: “Señor, mis ojos están vueltos a Ti; en Ti me refugio, no me dejes indefenso” (Sal 141,8).
Tratemos de llevar a nuestra vida diaria esta lección del Evangelio de San Lucas. Que ninguna otra palabra, venga de donde venga, nos distraiga de nuestra adhesión de fe y de amor al Señor Jesús. Extraigamos de su voz la fuerza necesaria para afrontar y superar todas las dificultades que se interponen en nuestro camino. Para hacerlo así, acojámoslo en nuestra casa, como lo hicieron Marta y María, y reconozcámosle el puesto de honor que le corresponde. De su presencia y de su disponibilidad nace y se consolida el sentido de nuestra existencia, y dimana la alegría que siempre necesitamos para hacer más llevadero el camino de la vida.

2.    Marta y María no son el símbolo de dos estados externos de vida, como

frecuentemente se ha pensado, «sino dos actitudes interiores».


v  A) La tradición cristiana: ha presentado Marta y María como una oposición entre vida activa y vida contemplativa

La tradición cristiana ha visto María como símbolo de la contemplación, y a Marta como símbolo de la actividad y del trabajo. Como símbolos de dos estados externos de vida, como una oposición entre la «vida activa», considerada además como inferior, como una existencia de «bajo nivel», y la «vida contemplativa», considerada como una noble experiencia, de altura espiritual.
“El Tintoretto, por ejemplo, en un cuadro que se conserva en Munich,  representa a Cristo que habla con María que está atenta, mientras Marta interviene, con petulancia, molestando la conversación entre los dos para pedir la colaboración doméstica de  la hermana” (p. 234)

o   Sin embargo, el texto evangélico presenta otra antítesis.

§  “No es relevante el estar en un ciudad abarrotada de gente, en una cocina, in una oficina, en un aula escolar, en un monasterio, en un lugar sagrado. En todos los lugares podemos ser absorbidos por la distracción, por el frenesí de la acción, de la exterioridad. Pero en todos los lugares se puede estar con una ventana del alma abierta, por la que pasen los vientos del cielo, en la que se asome Dios con su palabra”.
Marta y María no son el símbolo de dos estados externos de vida, como frecuentemente se ha pensado, «sino de dos actitudes interiores». Por una parte está Marta «afanada con numerosos quehaceres .. preocupada e inquieta por muchas cosas». “Se acentúa la totalidad de una absorción, el obrar se convierte en un absoluto, el frenesí de las cosas colma a la persona enteramente no dejando ningún espacio abierto. Por otra parte se encuentra María cuya representación ideal non es tanto su posición material («sentada a los pies del Señor»),  sino la del significado simbólico de un gesto que en el lenguaje bíblico indica el hecho de ser un discípulo. En efecto, la frase fundamental que describe a María es «escuchaba su palabra». Se llega así a la cumbre de la enseñanza  de Jesús, a  aquella «mejor parte», a «aquella sola cosa necesaria»  (p. 235).
            - “Hace falta tener siempre abierto un canal de escucha hacia el infinito en medio de los acontecimientos de la vida. Es necesario impedir que nuestro ser venga «cogido» totalmente por las cosas y el hacer. No es relevante el estar en un ciudad abarrotada de gente, en una cocina, in una oficina, en un aula escolar, en un monasterio, en un lugar sagrado. En todos los lugares podemos ser absorbidos por la distracción, por el frenesí de la acción, de la exterioridad. Pero en todos los lugares se puede estar con una ventana del alma abierta, por la que pasen los vientos del cielo, en la que se asome Dios con su palabra”. (pp. 235-236)

v  Es necesario impedir que las cosas nos absorban y nos atenacen con su peso.

o   Podemos estar apretujados entre la muchedumbre de un vagón del metro o implicados en las  mil ocupaciones de la jornada y conservar un corazón puro y abierto a Dios, generoso en relación con los demás, sereno y “en actitud de escucha”. 

            - Ravasi  pp. 232-233:  El punto fundamental de interpretación de este pasaje del evangelio. “No se ha de buscar tanto en la diversa «profesión» o en el ámbito en el que se desarrolla la acción de las dos mujeres, sino más bien en la actitud de fondo con la que se ponen en relación con su actividad. María, en efecto, es  representada casi plásticamente en la actitud simbólica del discípulo: ella está «a los pies del Señor».
            No se trata de celebrar la superioridad de la contemplación sobre la acción, sino de afirmar una necesidad básica que debe estar presente en todo estado de vida y en toda situación, la de la “escucha” interior de la palabra de Dios. Marta está como envuelta en la torre de marfil de las cosas y arrollada por ellas; María exalta el primado y la necesidad vital de tener abierto el horizonte del infinito y del espíritu. 
            En cualquier situación, en cualquier profesión o compromiso, es necesario tener siempre abierto ese canal de escucha interior que nos mete en Dios y en el misterio de la vida. Es necesario impedir que las cosas nos absorban y nos atenacen con su peso. Por esto, podemos estar en el más silencioso de los retiros y tener la mente devastada por las nostalgias, distraída por los rumores, atormentada por las preocupaciones, conquistada por las imágenes. Y podemos estar apretujados entre la muchedumbre de una carroza del metro o implicados en las  mil ocupaciones de la jornada y conservar un corazón puro y abierto a Dios, generoso en relación con los demás, sereno y “en actitud de escucha”. 
-   Ravasi pp. 235-236: No es relevante estar en una ciudad abarrotada,  en una cocina, en una oficina, en una aula escolástica, en un monasterio, en un espacio sagrado. En todos los lugares podemos estar absorbidos por la distracción, por el frenesí de la acción, de la exterioridad. Pero en todos los lugares se puede tener abierta la ventana del alma, por la que pasen los vientos del cielo, en la que se asome Dios con su palabra.

3.    Jesús reprocha la ansiedad


v  A. En el Evangelio no se dice que esté mal trabajar para preparar el almuerzo, como prueba de hospitalidad. 

·         En el caso de Marta se desaprueba el hecho de la agitación desordenada no el hecho de su entrega, entre
otras cosas porque  - como escribe un autor -  «sin los sacrificios de Marta, ni siquiera María podría permitirse el ocuparse solamente de escuchar al Maestro».
·         Raniero Cantalamessa, La parola e la vita, Anno C. Città Nuova editrice, gennaio 1996, p.
288: “Lo que se reprocha tácitamente a Marta , no es su voluntad de servicio, su entrega  al huésped: esto entra dentro del mandamiento del amor al prójimo, y todos sabemos cómo esto es querido por  Jesús. Lo que  Jesús corrige a Marta es que se deja arrastrar por las ocupaciones, su preocupación excesiva, la importancia excesiva que da a las cosas exteriores y materiales y a su propio trabajo, hasta perder el sentido de la proporción y de los valores”.

v  B. Escuchar al Señor ayuda a purificar las acciones

·         Raniero Cantalamessa, o.c. pp. 288-289:  Por otra parte, “el escuchar atentamente la palabra de Dios, el
tener fijos los ojos en el Señor, la costumbre de la oración y de la reflexión, incluso la contemplación, purifica la acción, impide la busca de uno mismo también cuando se vive la caridad con los demás; permite darse cuenta y respetar la prioridad; hace que se haga todo con calma, lo cual  es el mejor sistema para hacer las cosas bien y para hacer más cosas”.

4.    Algunos textos de San Josemaría sobre el encuentro del Señor en la vida

ordinaria

 

v  La acción del Espíritu Santo en los cristianos, a partir de todas las circunstancias corrientes y materiales de la existencia.

·         «Se trata de un movimiento ascendente que el Espíritu Santo, difundido en  nuestros corazones, quiere
provocar en el mundo: desde la tierra, hasta la gloria del Señor (…) Os aseguro, hijos míos, que cuando un cristiano desempeña con amor lo más intrascendente de las acciones diarias, aquello rebosa de la trascendencia de Dios» (cfr. Conversaciones  …, nn. 115-16)

v  O encontramos en nuestra vida ordinaria el Señor o no lo encontraremos nunca.

·         «Dios nos espera cada día. Sabedlo bien; hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más
comunes, que toca a cada uno de nosotros descubrir (...) No hay otro camino, hijos míos: o sabemos encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca. Por eso puedo deciros que necesita nuestra época devolver - a la materia y a las situaciones que parecen más vulgares – su noble y original sentido, ponerlas al servicio del Reino de Dios, espiritualizarlas, haciendo de ellas medio y ocasión  de nuestro encuentro continuo con Jesucristo» (Conversaciones … ,  n. 114).

v  Las ocupaciones diarias, vereda y motivo para amar a Dios.

·         “«Me alzaré y rodearé la ciudad: por las calles y las plazas buscaré al que amo» (Cant III,2 ... Y no sólo
la ciudad: correré de una parte a otra del mundo - por todas las naciones, por todos los pueblos, por senderos y trochas – para alcanzar la paz de mi alma. Y la descubro en las ocupaciones diarias, que no me son de estorbo; que son - al contrario – vereda y motivo para amar más y más, y más y más unirme a Dios” (Amigos de Dios, 310 – Homilía hacia la santidad).

v  La vida ordinaria, verdadero «lugar» de la existencia cristiana.

·         «Allí donde están vuestros hermanos los hombres, allí donde están vuestras aspiraciones, vuestro trabajo,
vuestros amores, allí está el sitio de vuestro encuentro con Cristo. Es, en medio de las cosas más materiales de la tierra, donde debemos santificarnos, sirviendo a Dios y a todos los hombres». (Conversaciones… , n. 113).

5.    Un breve comentario de San Agustín sobre las actitudes de Marta y María

 

Las palabras de Jesús no son tanto un reproche a Marta  como un elogio encendido de la actitud de María que escucha la palabra del Señor: «Aquélla se agitaba, ésta se alimentaba; aquélla disponía muchas cosas, ésta atendía a una.  Ambas ocupaciones eran buenas» (S. Agustín, Serm 103,3).  

6.    Un comentario de Papa Francisco: Por qué Jesús reprendió a Marta

Cfr. Rezo del Angelus, 21 de julio de 2013
“¿Qué quiere decir Jesús? ¿Cuál es esa cosa sola que necesitamos? Ante todo es importante comprender que no se trata de la contraposición entre dos actitudes: la escucha de la Palabra del Señor, la contemplación, y el servicio concreto al prójimo. No son dos actitudes contrapuestas, sino, al contrario, son dos aspectos, ambos esenciales para nuestra vida cristiana; aspectos que nunca se han de separar, sino vivir en profunda unidad y armonía. Pero entonces, ¿por qué Marta recibe la reprensión, si bien hecha con dulzura? Porque consideró esencial sólo lo que estaba haciendo, es decir, estaba demasiado absorbida y preocupada por las cosas que había que “hacer”. En un cristiano, las obras de servicio y de caridad nunca están separadas de la fuente principal de cada acción nuestra: es decir, la escucha de la Palabra del Señor, el estar —como María— a los pies de Jesús, con la actitud del discípulo. Y por esto es que se reprende a Marta”. 



www.parroquiasantamonica.com

Vida Cristiana



[1] Traducción de la redacción de Vida Cristiana

miércoles, 17 de julio de 2019

“Estoy a la puerta llamando” por Santiago Agrelo



Queridos, la palabra del Señor proclamada este domingo en nuestra asamblea litúrgica invita a considerar el misterio de nuestra relación con Dios bajo las formas venerables y casi sagradas de la hospitalidad o buena acogida y recibimiento que se hace a quien nos visita.
Cuando se habla de hospitalidad, casa y mesa son elementos especialmente significativos para expresar lo que hay en el corazón de quien acoge y recibe, con relación a aquel o aquellos que son acogidos y recibidos.
Con razón nos asombramos de lo que el patriarca Abrahán vivió aquel día a la puerta de su tienda. Nos asombramos, no tanto porque él acogió a Dios, sino porque Dios le acogió a él. Nos asombramos, no tanto por lo que el patriarca ha podido preparar para Dios, sino por lo que Dios ha querido preparar para el patriarca. Abrahán vio tres hombres en pie frente a él, corrió a su encuentro, se prosternó en tierra, y dijo: Señor, no pases de largo. Tomó cuajada y leche y el ternero guisado, y se lo sirvió y ellos comieron. El Señor se apareció a Abrahán, se sentó bajo el árbol, y allí, bajo el árbol, le ofreció a Abrahán la promesa de un hijo.
Pero ya te habrás dado cuenta de que hoy, mientras recuerdas el encuentro de Dios con su siervo Abrahán, en realidad eres tú quien en la comunidad eclesial ofreces hospitalidad a tu Dios, y eres tú el que gozas en la comunidad eclesial de la hospitalidad de tu Dios. Hoy eres tú el que ves a tus hermanos en pie frente a ti y corres a su encuentro y te postras para decirle a tu Señor: no pases de largo junto a tu siervo. Hoy eres tú quien preparas para tu Señor tu pan y tu vino, la ofrenda generosa de tus cosas y de tu vida, y te pones de pie bajo el árbol de la cruz, mientras el Señor acepta tu ofrenda. Hoy eres tú quien recibes de tu Señor, no ya la promesa de un hijo, sino el don del Hijo de Dios, y con ese Hijo recibes de tu Dios toda clase de bienes espirituales y celestiales.
Queridos: la fe nos ha permitido ver en el relato del libro del Génesis una anticipación misteriosa de nuestro encuentro dominical con el Señor; ahora, la misma fe nos permite ver en el relato evangélico de este domingo el anuncio profético de lo que nosotros vivimos en nuestra asamblea eucarística. El mensaje que nos deja el evangelio de este domingo, no es que un día Jesús fue bien acogido en casa de una mujer llamada Marta, y que allí esta mujer lo sirvió con generosidad, mientras su hermana María, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra en actitud de discípulo. El mensaje que nos deja el evangelio es que hoy el Señor entra en esa aldea, en esa casa, que es la asamblea eucarística de la comunidad cristiana; el Señor entra hoy en la Iglesia, y la Iglesia lo acoge y se pone a servirlo, incluso con el exceso de las muchas cosas y de las muchas preocupaciones; y la Iglesia lo escucha, sentada a los pies de su Maestro, sentada en actitud de discípulo, atenta a la palabra que le desvela el misterio del Reino de Dios.
Cuando nuestra fe reconoce la presencia del Señor en nuestra casa, nada tienen de extraño las prisas por ofrecerle lo mejor que tenemos, nada tienen de extraño los deseos de sentarnos a sus pies para escucharle. Cuando nuestra fe reconoce la presencia del Señor en nuestra casa, a él le ofrecemos lo mejor de nuestra pobreza y de él recibimos lo que es propio de su riqueza. Cuando nuestra fe reconoce la presencia del Señor en nuestra casa, a él le hacemos huésped de nuestra humilde asamblea, y él nos hace huéspedes de la casa de Dios y herederos de su gloria.
Señor, ¿cómo puedo hospedarte en mi casa? Señor ¿quién puede hospedarse en tu tienda? Pues sé que tú me recibes en tu tienda si yo te recibo en mi casa. Dame fe para que te escuche en tu palabra. Dame fe para que te reciba en la Eucaristía. Dame fe para que te reconozca y te acoja en el emigrante, en el marginado, en el enfermo, en el pobre. Dame fe para que corra a tu encuentro en todos ellos, y me postre ante ellos para pedirte con las palabras de Abrahán: “Señor mío, si he alcanzado tu favor, no pases de largo junto a tu siervo”. Dame fe para ver y corazón para suplicar, dame generosidad para ofrecer y amor para escuchar.
No habrá Iglesia verdadera donde no haya la fe humilde de Abrahán que suplica y agasaja con su hospitalidad; no habrá Iglesia verdadera donde no haya la fe de Marta que acoge a quien llega y dispone para él el necesario servicio; no habrá Iglesia verdadera donde no haya la fe de María que escucha con amor y escoge así la parte mejor, la Palabra de la que vivir, la Palabra que sale de la boca de Dios.
Aunque parezca una paradoja, los creyentes pedimos siempre la gracia de la fe, el aumento de la fe, y es como pedir que seamos creyentes de verdad, hombres y mujeres que en la Eucaristía y en la vida saben acoger a Cristo y escucharle, saben servir y amar, saben reconocer y agasajar a Cristo en los pobres y a los pobres en Cristo.
Si los pobres y Cristo son huéspedes de nuestra casa, si nos dejamos evangelizar por Cristo y por los pobres, nosotros seremos los bienaventurados que ya desde ahora habitamos en la casa del Señor, en la tienda de nuestro Dios.
Escucha lo que dice tu Señor: “Estoy a la puerta llamando. Si alguien oye y me abre, entraré y comeremos juntos”. Escucha y abre.
Feliz domingo.

Homilía de papa Francisco en la solemnidad de san Pedro y san Pablo Sábado, 29 de junio de 2019



Ø Solemnidad de san Pedro y san Pablo. (29 de junio de 2019). Somos llamados a ser  testigos de Jesús con nuestra vida. Sus vidas no fueron limpias  ni lineales. Cometieron grandes errores: Pedro llegó a negar al Señor; Pablo a perseguir a la Iglesia de Dios. Fueron Testigos de perdón. En sus caídas descubrieron el poder de la misericordia del Señor, que les regeneró. Un testimonio que nace del encuentro con Jesús vivo. Un testigo no es quien conoce la historia de Jesús, sino quien vive una historia de amor con Jesús. Que anuncia que Jesús está vivo y es el secreto de la vida.


ESTAMOS LLAMADOS A SER TESTIGOS DEL SEÑOR
CON NUESTRAS VIDAS

Homilía de papa Francisco en la solemnidad de san Pedro y san Pablo
Sábado, 29 de junio de 2019

Los Apóstoles Pedro y Pablo están ante nosotros como testigos. Nunca se cansaron de anunciar, de vivir en misión, en camino, desde la tierra de Jesús hasta Roma. Aquí dieron testimonio hasta el fin, dando la vida como mártires. Si vamos a las raíces de su testimonio, los descubrimos testigos de vida, testigos de perdón y testigos de Jesús.

v  Fueron testigos de vida. Sus vidas no fueron limpias  ni lineales. Cometieron grandes errores: Pedro llegó a negar al Señor; Pablo a perseguir a la Iglesia de Dios.

o   Jesús les llamó por su nombre y les cambió la vida. Se fio de dos pecadores arrepentidos.

§  Nos ama tal como somos y busca gente que no se basta a sí misma, sino que está dispuesta a abrirle el corazón.
Pedro y Pablo fueron transparentes delante de Dios. Pedro se lo dijo
en seguida a Jesús: «soy un pecador» (Lc 5,8). Pablo escribió que
era «el menor de los Apóstoles, que no soy digno de ser llamado
apóstol» (1Cor 15,9).
Testigos de vida. Sin embargo, sus vidas no fueron limpias ni lineales. Ambos eran de índole muy religiosa: Pedro discípulo de la primera hora (cfr. Jn 1,41), Pablo incluso «extremadamente celoso de las tradiciones de los padres» (Gal 1,14). Pero cometieron errores enormes: Pedro llegó a negar al Señor, Pablo a perseguir a la Iglesia de Dios. Los dos quedaron al descubierto por las preguntas de Jesús: «Simón, hijo de Juan, me amas?» (Jn 21,15); «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?» (Hch 9,4). Pedro quedó dolido por las preguntas de Jesús, Pablo ciego por sus palabras. Jesús les llamó por su nombre y les cambió la vida. Y después de todas estas aventuras se fio de ellos, de dos pecadores arrepentidos. Podríamos preguntarnos: ¿por qué el Señor no nos ha dado dos testigos integérrimos, de expediente limpio, de vida inmaculada? ¿Por qué Pedro, cuando estaba Juan? ¿Por qué Pablo y no Bernabé?

Hay una gran enseñanza en esto: el punto de partida de la vida cristiana no es ser dignos; con los que se creían buenos el Señor pudo hacer bien poco. Cuando nos consideramos mejores que los demás es el inicio del fin. El Señor no hace prodigios con quien se cree justo, sino con quien sabe que está necesitado. No es atraído por nuestra habilidad, no nos ama por eso. Nos ama tal como somos y busca gente que no se basta a sí misma, sino que está dispuesta a abrirle el corazón. Pedro y Pablo fueron así, transparentes delante de Dios. Pedro se lo dijo en seguida a Jesús: «soy un pecador» (Lc 5,8). Pablo escribió que era «el menor de los Apóstoles, que no soy digno de ser llamado apóstol» (1Cor 15,9). En su vida mantuvieron esa humildad, hasta el final: Pedro crucificado cabeza abajo, porque no se creía digno de imitar a su Señor; Pablo, siempre aficionado a su nombre, que significa “pequeño”, y olvidado del que recibió al nacer, Saulo, nombre del primer rey de su pueblo. Comprendieron que la santidad no está en alzarse, sino abajarse: no es subir puestos, sino confiar cada día la propia pobreza al Señor, que realiza grandes cosas con los humildes. ¿Cuál fue el secreto que le hizo seguir adelante en las debilidades? El perdón del Señor.

v  Fueron Testigos de perdón. En sus caídas descubrieron el poder de la misericordia del Señor, que les regeneró.

Descubrámosles pues Testigos de perdón. En sus caídas descubrieron el poder de la misericordia del Señor, que les regeneró. En su perdón hallaron una paz y una alegría incontenibles. Con lo que habían hecho habrían podido vivir con sentido de culpa: ¡cuántas veces Pedro habrá pensado en su negación! ¡Cuántos escrúpulos para Pablo, que había hecho daño a tantos inocentes! Humanamente habían fracasado. Pero encontraron un amor más grande que sus fallos, un perdón tan fuerte que curó hasta su sentido de culpa. Solo cuando experimentamos el perdón de Dios renacemos de verdad. Desde ahí se recomienza, del perdón; ahí nos encontramos a nosotros mismos: en la confesión de nuestros pecados.

v  Fueron testigos de Jesús. Un testimonio que nace del encuentro con Jesús vivo.

o   Un testigo no es quien conoce la historia de Jesús, sino quien vive una historia de amor con Jesús. Que anuncia que Jesús está vivo y es el secreto de la vida.


Testigos de vida, Testigos de perdono, Pedro y Pablo son sobre todo Testigos de Jesús. En el Evangelio de hoy les pregunta: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?». Las respuestas evocan personajes del pasado: «Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas». Personas extraordinarias, pero todas muertas. Pedro en cambio responde: «Tú eres el Cristo» (cfr. Mt 16,13.14.16). Cristo, o sea, Mesías. Es una palabra que no indica el pasado, sino el futuro: el Mesías es el esperado, la novedad, el que trae al mundo la unción de Dios. Jesús no es el pasado, sino el presente y el futuro. No es un personaje lejano al que recordar, sino a quien Pedro habla de tú: Tú eres el Cristo. Para el testigo, más que un personaje de la historia, Jesús es la persona de la vida: es lo nuevo, no lo ya visto; la novedad del futuro, no un recuerdo del pasado. Así pues, testigo no es quien conoce la historia de Jesús, sino quien vive una historia de amor con Jesús. Porque el testigo, en el fondo, solo anuncia eso: que Jesús está vivo y es el secreto de la vida. De hecho, vemos a Pedro que, después de haber dicho: Tu eres el Cristo, añade: «el Hijo de Dios vivo» (v. 16). El testimonio nace del encuentro con Jesús vivo. También en el centro de la vida de Pablo vemos la misma palabra que sale del corazón de Pedro: Cristo. Pablo repite ese nombre de continuo, ¡casi cuatrocientas veces en sus cartas! Para él Cristo no es solo el modelo, el ejemplo, el punto de referencia: es la vida. Escribe: «Para mí el vivir es Cristo» (Fil 1,21). Jesús es su presente y su futuro, hasta el punto de que juzga el pasado basura ante la sublimidad del conocimiento de Cristo (cfr. Fil 3,7-8).

Hermanos y hermanas, ante estos testigos, preguntémonos: “¿Yo renuevo cada día el encuentro con Jesús?”. Quizá tenemos curiosidad por Jesús, nos interesamos por cosas de la Iglesia o noticias religiosas. Abrimos web y periódicos y hablamos de cosas sagradas. Pero así nos quedamos en el qué dice la gente, en sondeos, en el pasado, en estadísticas. A Jesús le interesa poco. No quiere reporteros del espíritu, y mucho menos cristianos de portadas o de estadísticas. Él busca testigos que cada día le dicen: “Señor, tú eres mi vida”.

v  Testigos vivos de Jesús. Dan testimonio de una vida nueva.

o   Recuperemos en el trato diario con Jesús y en la fuerza de su perdón nuestras raíces.

§  Jesús, como a Pedro, nos pregunta:“¿Quién soy yo para ti?”; “¿me amas tú?”.
Una vez encontrado Jesús y experimentado su perdón, los Apóstoles dieron testimonio de una vida nueva: ya no se ahorraron nada, se entregaron. No se contentaron con medias tintas, sino que tomaron la única medida posible para quien sigue a Jesús: la de un amor sin medida. Se “derramaron en sacrificio” (cfr. 2 Tm 4,6). Pidamos la gracia de no ser cristianos tibios, que viven de medias tintas, que dejan resfriar el amor. Recuperemos en el trato diario con Jesús y en la fuerza de su perdón nuestras raíces. Jesús, como a Pedro, también os pregunta: “¿Quién soy yo para ti?”; “¿me amas tú?”. Dejemos que estas palabras nos entren dentro y enciendan el deseo de no contentarnos con lo mínimo, sino apuntar al máximo, para ser nosotros también testigos vivos de Jesús.

Hoy se bendicen los Palios para los Arzobispos Metropolitanos nombrados en el último año. El palio recuerda a la oveja que el Pastor está llamado a llevar a hombros: es señal de que los Pastores no viven para sí mismos, sino para las ovejas; es signo de que, para poseerla, la vida hay que perderla, entregarla. Comparte con nosotros la alegría de hoy, según una bonita tradición, una Delegación del Patriarcado ecuménico, a la que saludo con afecto. Vuestra presencia, queridos hermanos, nos recuerda que no podemos ahorrarnos ni siquiera en el camino hacia la unidad plena entre los creyentes, en la comunión a todos los niveles. Porque juntos, reconciliados por Dios y perdonándonos unos a otros, estamos llamados a ser testigos de Jesús con nuestra vida.



Vida Cristiana




sábado, 13 de julio de 2019

EL PRÓJIMO 15C19FiguraBuenSamaritanoCatecismoBXVI





[Chiesa/Omelie1/Carità/15C19FiguraBuenSamaritanoCatecismoBXVI]

EL PRÓJIMO

A.   Catecismo de la Iglesia Católica

v  El deber de hacerse prójimo de los demás

·         n. 1825: Cristo murió por amor a nosotros cuando éramos todavía enemigos (Cfr Rm
5,10). El Señor nos pide que amemos como El hasta a nuestros enemigos (Cf Mt 5, 44), que nos hagamos prójimos del más lejano (Cf Lc 10, 27-37). (...) 
·         n. 1932: El deber de hacerse prójimo de los demás y de servirlos activamente se hace
más acuciante todavía cuando éstos están más necesitados en cualquier sector de la vida humana. «Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25, 40).

v  Mi prójimo es cualquiera que tenga necesidad de mí y que yo pueda ayudar.

o   El amor al prójimo no se reduce a una actitud genérica y abstracta, poco exigente en sí misma, sino que requiere mi compromiso práctico aquí y ahora.

n. 15: La parábola del buen Samaritano (cf. Lc 10, 25-37) nos lleva sobre todo a dos aclaraciones importantes. Mientras el concepto de «prójimo» hasta entonces se refería esencialmente a los conciudadanos y a los extranjeros que se establecían en la tierra de Israel, y por tanto a la comunidad compacta de un país o de un pueblo, ahora este límite desaparece. Mi prójimo es cualquiera que tenga necesidad de mí y que yo pueda ayudar. Se universaliza el concepto de prójimo, pero permaneciendo concreto. Aunque se extienda a todos los hombres, el amor al prójimo no se reduce a una actitud genérica y abstracta, poco exigente en sí misma, sino que requiere mi compromiso práctico aquí y ahora. La Iglesia tiene siempre el deber de interpretar cada vez esta relación entre lejanía y proximidad, con vistas a la vida práctica de sus miembros.
n. 17: Él nos ha amado primero y sigue amándonos primero; por eso, nosotros podemos corresponder también con el amor. Dios no nos impone un sentimiento que no podamos suscitar en nosotros mismos. Él nos ama y nos hace ver y experimentar su amor, y de este «antes» de Dios puede nacer también en nosotros el amor como respuesta.

v  En Dios y con Dios, amo también a la persona que no me agrada o ni siquiera conozco. Esto sólo puede llevarse a cabo a partir del encuentro íntimo con Dios, un encuentro que se ha convertido en comunión de voluntad, llegando a implicar el sentimiento.

o   Al verlo con los ojos de Cristo, puedo dar al otro mucho más que cosas externas necesarias: puedo ofrecerle la mirada de amor que él necesita.

·         n. 18: Es posible el amor al prójimo en el sentido enunciado por la Biblia, por Jesús. Consiste
justamente en que, en Dios y con Dios, amo también a la persona que no me agrada o ni siquiera conozco. Esto sólo puede llevarse a cabo a partir del encuentro íntimo con Dios, un encuentro que se ha convertido en comunión de voluntad, llegando a implicar el sentimiento. Entonces aprendo a mirar a esta otra persona no ya sólo con mis ojos y sentimientos, sino desde la perspectiva de Jesucristo. Su amigo es mi amigo. Más allá de la apariencia exterior del otro descubro su anhelo interior de un gesto de amor, de atención, que no le hago llegar solamente a través de las organizaciones encargadas de ello, y aceptándolo tal vez por exigencias políticas. Al verlo con los ojos de Cristo, puedo dar al otro mucho más que cosas externas necesarias: puedo ofrecerle la mirada de amor que él necesita.
·         n. 18: Amor a Dios y amor al prójimo son inseparables, son un único mandamiento. Pero
ambos viven del amor que viene de Dios, que nos ha amado primero. Así, pues, no se trata ya de un «mandamiento» externo que nos impone lo imposible, sino de una experiencia de amor nacida desde dentro, un amor que por su propia naturaleza ha de ser ulteriormente comunicado a otros. El amor crece a través del amor. El amor es «divino» porque proviene de Dios y a Dios nos une y, mediante este proceso unificador, nos transforma en un Nosotros, que supera nuestras divisiones y nos convierte en una sola cosa, hasta que al final Dios sea «todo para todos» (cf. 1 Co 15, 28).

Vida Cristiana

Domingo 15 del tiempo ordinario, ciclo C. (14 de julio de 2019). La parábola del Buen Samaritano. Homilía de Juan Pablo II en el Valle de Cochabamba (Bolivia), el 11 de mayo de 1988: la figura del buen samaritano.





Ø Domingo 15 del tiempo ordinario, ciclo C. (14 de julio de 2019). La parábola del Buen

Samaritano. Homilía de Juan Pablo II en el Valle de Cochabamba (Bolivia), el 11 de mayo de 1988: la figura del buen samaritano. La fe que da frutos.  ¿Es fructuosa de veras nuestra fe?, ¿fructifica realmente en obras buenas?, ¿está viva o, tal vez está muerta? La respuesta no podemos darla sólo con palabras; hay que darla con la propia vida. Probaréis vuestra fe con esas obras que sirven para aliviar el sufrimiento físico –la enfermedad, el hambre, la desnudez, la falta de techo– y el sufrimiento moral –hambre de educación, de comprensión, de consuelo–. El trabajo no es un medio para conseguir el triunfo personal: es –tiene que ser– una posibilidad de ayudar a los demás. El hombre, criado a imagen y semejanza de Dios, no sufre sólo por causas físicas: la principal causa del dolor es el mal moral. La educación.

Lucas 10, 25-37 En aquel tiempo, se presentó un maestro de la Ley y le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba: - «Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?» Él le dijo: - «¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?» Él contestó: - «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo. » Él le dijo: - «Bien dicho. Haz  esto y tendrás la vida.» 29 Pero el maestro de la Ley, queriendo justificarse, preguntó a Jesús: - «¿Y quién es mi prójimo?». 30 Jesús dijo: - «Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. 31 Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. 32 Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo. 33 Pero un samaritano que iba de viaje, llegó a donde estaba él y, al verlo, le dio lástima, 34 se le acercó, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino, y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. 35 Al día siguiente, sacó dos denarios y, dándoselos al posadero, le dijo: -"Cuida de él, y lo que gastes de más yo te lo pagaré a la vuelta." 36 ¿Cuál de estos tres te parece que fue  prójimo del que cayó en manos de los bandidos?» 37 Él contestó: - «El que practicó la misericordia con él.» Díjole Jesús: - «Anda, haz  tú lo mismo.»

La figura del Buen Samaritano: la fe que da frutos.
         Cfr. Juan Pablo II, Homilía, 11 de mayo de 1988, Celebración Eucarística en el Valle
         de Cochabamba. Viaje a Uruguay, Bolivia, Perú y Paraguay
(…)

1. De modo especial quiero dar un gran abrazo a los campesinos quechuas de estas tierras que, desde tiempos inmemoriales, cultivan con esfuerzo los campos que nos rodean. Saludo también con particular afecto a cuantos se dedican a promover la salud y la educación de sus conciudadanos.
2. La liturgia de hoy pone ante nuestros ojos la figura del buen samaritano. Conocemos bien esta parábola que nos narra el evangelista San Lucas (cf.
Lc 10,29-37).

v  El buen samaritano se distingue claramente de otras dos personas  –una de ellas un sacerdote y la otra un levita–, porque siente compasión de otro hombre que tiene una desgracia, aunque sea un extraño y desconocido.


En esta parábola del Señor, el buen samaritano se distingue claramente de otras dos personas
–una de ellas un sacerdote y la otra un levita– que, recorriendo el mismo camino de Jerusalén a Jericó, se cruzan con el hombre asaltado por los malhechores. Ninguno de los dos se detiene ante aquel pobre desdichado, víctima de los ladrones sino que al verlo dan un rodeo y pasan de largo (cf. Ibíd. 10, 31-32). Un samaritano, en cambio, refiere San Lucas, “llegó a donde estaba él y, al verlo, le dio lástima” (Ibíd. 10, 33), es decir, siente compasión. El desdichado lo necesitaba, porque no sólo había sido despojado, sino también tan herido que había quedado junto al camino medio muerto.
       El samaritano –al contrario de los otros dos que habían pasado anteriormente junto al
herido– no lo abandonó, sino que “se le acercó, le vendó las heridas..., lo llevó a una posada y lo cuidó” (Ibíd.10, 34). Y cuando tuvo que proseguir su viaje, lo dejó al cuidado del dueño de la posada, comprometiéndose a pagar cualquier gasto que fuese necesario.
¡Qué elocuente es esta parábola! Porque, aunque Jesús sitúe el relato en el camino de Jerusalén a Jericó, en Tierra Santa, la situación puede repetirse en cualquier sitio del mundo, ¡también aquí, en tierra boliviana! Y, ciertamente, se habrá repetido más de una vez.

v  “¿De qué le sirve a uno decir que tiene fe, si no tiene obras?..., la fe, si no tiene obras, está muerta por dentro..., es inútil”.


3. El Señor Jesús quería aclarar con esta parábola la dificultad que le había planteado un letrado: “¿Quién es mi prójimo?” (Lc 10,29). Después de escuchar el relato de Jesús, su interlocutor ya no encuentra ningún obstáculo para indicar quién era el que se había comportado como verdadero prójimo. Evidentemente es el samaritano, aquel que ha tenido compasión de otro hombre en la desgracia, aunque fuera un extraño y desconocido. Jesús le dice entonces: “Anda, haz tú lo mismo”. Con otras palabras el Apóstol Santiago pone de relieve la necesidad de la actitud del buen samaritano cuando escribe en su epístola: “¿De qué le sirve a uno decir que tiene fe, si no tiene obras?..., la fe, si no tiene obras, está muerta por dentro..., es inútil” (Jc 2,14 Jc 2,17 Jc 2,20).

o   Sin duda alguna, los dos que pasaron de largo conocían los libros sagrados y se consideraban no sólo creyentes, sino también profundos “conocedores” de las verdades de fe.

Sin duda alguna, los dos que pasaron de largo conocían los libros sagrados y se consideraban no sólo creyentes, sino también profundos “conocedores” de las verdades de fe. Sin embargo, no fueron ellos sino el samaritano quien dio una prueba ejemplar de su fe. La fe dio fruto en él mediante una buena obra. Dios, en quien creemos, nos pide obras semejantes. Estas son las obras de amor al prójimo.

v  ¿Es fructuosa de veras nuestra fe?, ¿fructifica realmente en obras buenas?, ¿está viva o, tal vez está muerta?


4. La Palabra de Dios nos plantea a nosotros, los creyentes, en la liturgia de hoy, una pregunta fundamental: ¿Es fructuosa de veras nuestra fe?, ¿fructifica realmente en obras buenas?, ¿está viva o, tal vez está muerta?

o   Esta pregunta deberíamos hacérnosla todos los días de nuestra vida; hoy y cada día, porque sabemos que Dios nos juzgará por las obras cumplidas en espíritu de fe.

Esta pregunta deberíamos hacérnosla todos los días de nuestra vida; hoy y cada día, porque sabemos que Dios nos juzgará por las obras cumplidas en espíritu de fe. Sabemos que Cristo dirá a cada uno en el día del juicio: Cada vez que hicisteis estas cosas a otro, al prójimo, a mí me lo hicisteis; cada vez que dejasteis de hacer estas cosas con el prójimo, conmigo las dejasteis de hacer (cf. Mateo 25,40-45). Exactamente igual que en la parábola del buen samaritano.
Esto mismo hemos oído en la Epístola de Santiago: Si «un hermano o una hermana andan sin ropa y faltos del alimento diario, y... uno de vosotros les dice: “Dios os ampare, abrigaos y llenaos el estómago”, y no les dais lo necesario para el cuerpo; ¿de qué les sirve?...; la fe sin las obras es inútil» (Santiago 2,20).

o   La respuesta no podemos darla sólo con palabras; hay que darla con la propia vida. Probaréis vuestra fe con esas obras que sirven para aliviar el sufrimiento físico –la enfermedad, el hambre, la desnudez, la falta de techo– y el sufrimiento moral –hambre de educación, de comprensión, de consuelo–.


5. La respuesta no podemos darla sólo con palabras; hay que darla con la propia vida. “Enséñame tu fe sin obras –acabamos de escuchar– y yo, por las obras, te probaré mi fe” (Santiago 2,18). Probaréis vuestra fe con esas obras que sirven para aliviar el sufrimiento físico –la enfermedad, el hambre, la desnudez, la falta de techo– y el sufrimiento moral –hambre de educación, de comprensión, de consuelo–.
Este conjunto de circunstancias, presentes siempre en la vida, son ocasión no sólo para dar a los demás lo que uno tiene, sino también para entregarles lo que uno es, con un compromiso total. Cristo –el Buen Samaritano por excelencia, que cargó sobre Sí nuestros dolores– (cf. Is 53,4) seguirá actuando así a través de unos pocos, sino a través de todos, porque todos estamos llamados a una vocación de servicio. A todos nos ha dicho el Señor: “Amarás... a tu prójimo como a ti mismo” (Lucas 10,27).

v  Esta vocación de servicio, que abarca todas las dimensiones de la existencia humana, encuentra su cauce apropiado y fecundo en la realización de cualquier trabajo honrado.

o   El trabajo no es un medio para conseguir el triunfo personal: es –tiene que ser– una posibilidad de ayudar a los demás.

6. Esta vocación de servicio, que abarca todas las dimensiones de la existencia humana, encuentra su cauce apropiado y fecundo en la realización de cualquier trabajo honrado. El trabajo no es un medio para conseguir el triunfo personal: es –tiene que ser– una posibilidad de ayudar a los demás. El verdadero bien que habéis de buscar siempre en el trabajo es el bien para los demás, el servicio al prójimo.

o   Para algunos, esta misión de servicio reúne unas características singulares. Su trabajo les lleva a estar cerca de los que sufren, asumiendo los problemas de la salud, procurando aliviar el dolor que llega hasta ellos, adoptando continuamente la actitud del buen samaritano.


      Sin embargo, para algunos, esta misión de servicio reúne unas características singulares. Su trabajo les lleva a estar cerca de los que sufren, asumiendo los problemas de la salud, procurando aliviar el dolor que llega hasta ellos, adoptando continuamente la actitud del buen samaritano.

o   La desnutrición, el alto índice de mortalidad infantil, el mal de Chagas, el bocio y tantas otras dolencias, a la par que la falta de agua corriente y de otras condiciones sanitarias elementales, afectan a muchos hogares bolivianos.

§  Dios quiere contar con nuestra colaboración para resolver esos problemas.
      Por desgracia, el dolor, la enfermedad, es algo que afecta a muchas personas en Bolivia. La desnutrición, el alto índice de mortalidad infantil, el mal de Chagas, el bocio y tantas otras dolencias, a la par que la falta de agua corriente y de otras condiciones sanitarias elementales, afectan a muchos hogares bolivianos. Los niños, esperanza de vuestra patria, son con frecuencia los más afectados. Resolver esta situación es un desafío para todos; pues, como escribía en la Carta Apostólica “Salvifici Doloris”: “La revelación por parte de Cristo del sentido salvífico del dolor no se identifica de ningún modo con una actitud de pasividad” (Salvifici Doloris, 30).
        Dios quiere contar con nuestra colaboración para resolver esos problemas. Alabo y expreso mi gratitud a cuantos dedican sus conocimientos y esfuerzos a curar las enfermedades y dolencias de la población boliviana: médicos, enfermeras y enfermeros, asistentes sociales, religiosos y religiosas, y voluntarios laicos. Vosotros realizáis un trabajo que el Señor elogia en el buen samaritano: “Al verle..., acercándose, vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino; y montándole sobre su propia cabalgadura, le llevó a una posada y cuidó de él” (Lc 10,33-34). Seguid viendo en los enfermos al mismo Cristo (cf. Mt 25,40-45). No dejéis que la rutina cosifique vuestro trabajo y os haga insensibles al sufrimiento. Compensad la falta de medios con vuestro amor, vuestra disponibilidad y vuestro ingenio. Mejorad vuestra entrega a los demás con un constante perfeccionamiento técnico y científico. Y, sobre todo, ayudad siempre a los enfermos a comprender el significado del dolor dentro del plan salvífico de Dios.

o   No olvidéis nunca que el auténtico amor al prójimo es inseparable del amor a Dios con todo el corazón y con todas las fuerzas.

      No olvidéis nunca que el auténtico amor al prójimo es inseparable del amor a Dios con todo el corazón y con todas las fuerzas (cf. Lc 10,27). La oración y la frecuencia de los sacramentos –especialmente la Penitencia y la Eucaristía– os darán la fortaleza necesaria para llevar adelante vuestro compromiso con los que sufren. Y, con esa fuerza, ayudaréis a los enfermos a permanecer unidos a Dios acercándoles a los sacramentos, a través de los cuales nos llega constantemente la gracia de Cristo.

v  Mas vuestra actitud no debe limitarse a distribuir la ayuda que obtenéis de fuera o de las grandes ciudades, sino que debe encaminarse a promover una solidaridad activa de todos, también de los propios interesados, haciendo que se conviertan, como hombres libres y responsables, en los primeros gestores de su propia promoción.


7. «Al día siguiente –continúa la parábola del buen samaritano– sacando dos denarios, se los dio al posadero y dijo: “Cuida de él y si gastas algo más, te lo pagaré cuando vuelva”» (Lucas 10,36).
     Las evidentes carencias sanitarias de poblaciones enteras, particularmente afectadas, han traído la atención de instituciones nacionales e internacionales, privadas y públicas, eclesiásticas y civiles, que, a ejemplo del buen samaritano, han querido contribuir a la curación del prójimo necesitado. Mas vuestra actitud, amadísimos bolivianos, no debe limitarse a distribuir la ayuda que obtenéis de fuera o de las grandes ciudades, sino que debe encaminarse a promover una solidaridad activa de todos, también de los propios interesados, haciendo que se conviertan, como hombres libres y responsables, en los primeros gestores de su propia promoción. Debéis poner entre vuestros objetivos prioritarios la educación sanitaria: han de ser cada vez más los que se aparten de las lacras que tanto afectan a la propia salud y a la de sus hijos, como por ejemplo la bebida; y los que adquieran hábitos de aseo e higiene, siempre posibles aun en situaciones de extrema pobreza. En ocasiones será también posible aprovechar las medicinas nativas, integrándolas con las técnicas modernas.
     No caigáis nunca en la lamentable tentación de pensar que la solución de los problemas está en la eliminación de nuevas vidas mediante métodos prohibidos de control de la natalidad, o mediante la esterilización o el aborto. No cedáis al chantaje moral de quienes supeditan la ayuda sanitaria y material a planes ilícitos de limitación de la natalidad.

o   El esfuerzo de personas particulares y de instituciones debe integrarse y complementarse con el de las autoridades a todos los niveles.


v  Pero el hombre, criado a imagen y semejanza de Dios, no sufre sólo por causas físicas: la principal causa del dolor es el mal moral. La educación. 


8. Pero el hombre, criado a imagen y semejanza de Dios, no sufre sólo por causas físicas: la principal causa del dolor es el mal moral. Son muchos los que acuden al Señor para pedirle los cure de sus enfermedades, pero acaso son pocos los que le preguntan, como el letrado del Evangelio de hoy: “Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?” (
Lc 10,25). También en las almas hay hambre de verdad, como en los cuerpos hay hambre de pan. El bienestar físico debe servir al progreso de toda la persona y, por tanto al desarrollo de la inteligencia, que alcanza su cumbre más elevada en el conocimiento de Dios. Mi venerado predecesor, el Papa Pablo VI, advierte en la Encíclica Populorum Progressio que “la educación básica es el primer objetivo de un plan de desarrollo”(Populorum Progressio, 36), y vuestros obispos señalaron hace ya varios años que los problemas educacionales de vuestro país son, a la vez, un drama y un reto (cf. Obispos bolivianos, Epistula pastoralis, 1971).
     La educación –como nos recuerda el Concilio Vaticano II– a la vez que respeta el carácter propio de cada pueblo, debe “proporcionar los medios oportunos para participar en la vida comunitaria, adscribiéndose activamente a los diversos grupos sociales y prestar su colaboración al logro del bien común” (Gravissimum Educationis, 1).
     Esta recomendación conciliar cobra particular importancia en el caso de la educación campesina. Habrá que conjugar el respeto de la cultura tradicional con la adquisición de conocimientos y técnicas propias del mundo contemporáneo. Se evitará de esta forma, por una parte, el desarraigo y, por otra, una situación de inferioridad en el desempeño de las propias tareas y en los intercambios que exige el mundo actual.

9. La Iglesia, aquí en Bolivia como en todo el mundo, ha desempeñado un papel importante en esta tarea. Me complace señalar como ejemplo y rendir homenaje a tantas iniciativas en el campo de la educación que, de manera paciente y constante, impulsan este desarrollo desde hace ya muchos años. Me refiero a las Escuelas de Cristo de Fray José Zampa, la obra educacional salesiana, las escuelas parroquiales del Campo, Fe y Alegría, y tantas otras acciones admirables, apoyadas por el esfuerzo de la comisión episcopal de Educación.
     Toda esta labor educativa no sería posible sin el sacrificio silencioso y anónimo de tantos educadores, y el aporte de los maestros de escuelas fiscales, de las organizaciones populares, del magisterio organizado y de tantas iniciativas de educación no formal, de alfabetización y capacitación de adultos, de aprovechamiento de la rica pluralidad cultural y regional de este país.
     A todos, y por todo, os agradezco en nombre del Señor el trabajo que realizáis, y os hago llegar mi más ferviente aliento e invitación a continuar realizando esta meritoria labor con esa sabiduría que viene de lo alto y que “es –debe ser–, en primer lugar, pura, además pacífica, complaciente, llena de compasión y buenos frutos, imparcial, sin hipocresía” (Jc 3,17).

v  Dichoso el que, en cualquier trabajo, busca de corazón a Dios. Dichoso el que, en el ejercicio de cualquier profesión, busca el bien de los demás.


10. “Dichoso quien teme al Señor / y ama de corazón sus mandatos. / Su linaje será poderoso en la tierra” (Ps 112 [111], 1-2).
Dichoso el que, en cualquier trabajo, busca de corazón a Dios. Dichoso el que, en el ejercicio de cualquier profesión, busca el bien de los demás.
Quiero dirigirme ahora, desde esta tierra de Cochabamba, campesina por excelencia, a vosotros, campesinos quechuas, hombres del “linaje de bronce”, que desde tiempo inmemorial pobláis estos valles y estáis en las raíces de la nacionalidad boliviana; que habéis dado al mundo vuestros hallazgos alimenticios y medicinales como la papa, el maíz y la quinua. El Señor sigue acompañando con su ayuda vuestro trabajo. El cuida de las aves del cielo, de los lirios que nacen en el campo, de la hierba que brota de la tierra (Mt 6,26-30). Esta es la obra de Dios, que sabe que necesitamos del alimento que produce la tierra, esa realidad varia y expresiva que vuestros antepasados llamaron la “Pachamama” y que refleja la obra de la Providencia divina al ofrecernos sus dones para bien del hombre.

o   El sentido profundo de la presencia de Dios que debéis encontrar en vuestra relación con la tierra.

Tal es el sentido profundo de la presencia de Dios que debéis encontrar en vuestra relación con la tierra, que abarca para vosotros el territorio, el agua, el arroyo, el cerro, la ladera, la quebrada, los animales, las plantas y los árboles, porque tierra es toda la obra de la creación que Dios nos ha regalado. Por eso al contemplar la tierra, los cultivos que crecen, las plantas que maduran y los animales que nacen, levantad vuestro pensamiento al Dios de las alturas, el Dios creador del universo, que se nos ha manifestado en Cristo Jesús, nuestro Hermano y Salvador. Así podréis llegar hasta El, glorificarlo y darle gracias. “Porque lo invisible de Dios, desde la creación del mundo, se deja ver a la inteligencia a través de sus obras” (Rm 1,20).

o   Dichoso el que procura construir con su trabajo la civilización del amor.

“Dichoso el que... administra rectamente sus asuntos; el justo jamás vacilará” (Ps 112 [111], 5-6). Dichoso el que se esfuerza en su trabajo, a pesar de las dificultades del ambiente. Dichoso el que procura construir con su trabajo la civilización del amor.

v  En cada Santa Misa, el sacerdote, al ofrecer el pan y el vino, pone sobre el altar aquello que es don de Dios y, al mismo tiempo, fruto del trabajo del hombre, y lo hace bendiciendo a Dios: “Bendito seas, Señor, Dios del universo”.

o   Dios Creador y Padre nuestro nos permite unir cotidianamente el fruto del trabajo del hombre con el sacratísimo Sacrificio de su Hijo Unigénito.


11. Sabemos que, en cada Santa Misa, el sacerdote, al ofrecer el pan y el vino, pone sobre el altar aquello que es don de Dios y, al mismo tiempo, fruto del trabajo del hombre, y lo hace bendiciendo a Dios: “Bendito seas, Señor, Dios del universo”.
     Sí, queridos hermanos y hermanas, Dios Creador y Padre nuestro nos permite unir cotidianamente el fruto del trabajo del hombre con el sacratísimo Sacrificio de su Hijo Unigénito: con el Señor en el Gólgota y en el Cenáculo. Este sacrificio inefable de nuestra fe debe convertirse para nosotros en la fuente de las obras que derivan de la fe: de las obras buenas y salvíficas.
     Pido, junto con vosotros, que la tierra boliviana abunde en tales obras. Que abunden en ellas todos sus habitantes, la sociedad entera, en todos los campos de la vida y del trabajo. Que todos produzcan frutos para el bien común de todos.
     Caminad par la senda del amor a los demás –por la senda del buen samaritano– hacia ese amor que es el mandamiento principal que nos dejó Cristo. Caminad hacia la salvación, y sabed que en ese camino encontraréis la felicidad.
     “Frutos de justicia se siembran en la paz para los que procuran la paz” (Santiago 3,18).

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