sábado, 22 de septiembre de 2018

Un mundo nuevo en nuestras manos: por Santiago Agrelo

Jesús lo llamó “el reino de Dios”, y era algo así como  “un mundo nuevo para una humanidad nueva”.
De ese reino él nos habló. De ese mundo, de esa humanidad, él puso el fundamento. Y nos lo ofreció.
El evangelio de Jesús es el evangelio del reino de Dios.
Quien cree en el evangelio, acepta la posibilidad real de un mundo nuevo, de una humanidad nueva.
El reino de Dios vendrá si le abre la puerta la fe de los creyentes.
El corazón me dice que el proceso de adelgazamiento de las instituciones cristianas, evidente y explosivo en los últimos años, no es el resultado de una crisis de fe sino la revelación de una inconsistencia, la evidencia de una traición. Lo que se ha derrumbado, no es el reino de Dios sino el sucedáneo engañoso con que lo habíamos substituido.
Mucho hemos de agradecer que ese espejismo atroz esté desapareciendo, aunque la verdad nos deje a solas con las arenas del desierto.
Hemos cultivado envidias y rivalidades. Hemos justificado guerras y contiendas. Codiciamos como si no tuviésemos fe. Matamos como si los que mueren no fuesen nuestros hermanos. Llenamos el mundo de crucificados como si Dios no muriese con ellos.
Nos decimos cristianos y, abochornados, constatamos que nuestro mundo en nada difiere del mundo viejo que se supone habíamos dejado para entrar en el de Jesús.
¡El mundo de Jesús!: Un mundo de hijos de Dios entregados en manos de los hombres; un mundo de hijos acogidos a sagrado en el corazón de Dios; un mundo de últimos que han escogido serlo entre todos; un mundo de servidores que han optado por serlo de todos; un mundo de hermanos que acogen incluso a quienes todo lo necesitan y nada pueden devolver.
No hablan mal de Dios quienes se ridiculizan amagando con mancharlo mientras defecan.
Blasfemamos contra Dios nosotros, que hemos introducido en su reino la crueldad, el cinismo, la mentira, la búsqueda del poder, el apego al dinero.
Blasfemamos contra Dios quienes hemos armonizado con la justicia de su reino la guerra, el hambre, el homicidio, el fratricidio, todas nuestras formas de connivencia y de complicidad con la muerte.
Blasfemamos contra Dios quienes hemos recibido de él un mundo nuevo y lo hemos ensuciado con heces nauseabundas del mundo viejo.
Hoy nos sentamos a la mesa con el Señor resucitado. Hoy el Maestro vuelve a instruir a sus discípulos. Hoy comulgamos con el que, siendo el Maestro y el Señor, se hizo siervo de todos. Hoy, en las manos de quienes comulgamos con Cristo, Dios pone de nuevo su reino, su mundo, la humanidad que él ha soñado y de la que Cristo es la cabeza, el primogénito. ¡Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor!
El futuro es de los que se atrevan a creer.
Feliz domingo.

miércoles, 19 de septiembre de 2018

Domingo 25 del Tiempo Ordinario, Año B, 23 de septiembre de 2018.

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[Chiesa/Omelie1/RegnoDio/25B18ReinoDiosAcogidaNiñoPrimeroÚltimo]
  • Domingo 25 del Tiempo Ordinario (2018). El primero y el último de todos. Un gesto singular de Jesús en el Evangelio de hoy: abraza a un niño, para ilustrar una enseñanza difícil. Acoge a un niño, quien, según los parámetros de aquella época, no contaba para nada, era considerado como una criatura marginal e imperfecta que no tiene nada que enseñar: por eso Jesús hizo un gesto que se puede calificar como sorprendente. "Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos". El verdadero primero del Reino de Dios es el último del reino de los hombres, es el siervo, el que es despreciado. Los niños, siervos, pobres, despreciados. En el abrazo al niño se manifiesta toda la fuerza de este principio. Los discípulos de Jesús, por el contrario, discutían sobre los diversos grados de su jerarquía futura.


Evangelio según san Marcos 9, 30-37: 30 En aquel tiempo Jesús y sus discípulos atravesaban Galilea; no quería que nadie se enterase, 31 porque iba instruyendo a sus discípulos. Les decía: «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres y lo matarán; y después de muerto, a los tres días resucitará». 32 Pero no entendían lo que decía, y les daba miedo preguntarle. 33 Llegaron a Cafarnaún, y una vez en casa, les preguntó: « ¿De qué discutíais por el camino?». 34 Ellos callaban, pues por el camino habían discutido quién era el más importante. 35 Se sentó, llamó a los Doce y les dijo: «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos». 36 Y tomando un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: 37 «El que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, no me acoge a mí, sino al que me ha enviado».

  • Cfr. Domingo 25 del Tiempo Ordinario, Año B, 23 de septiembre de 2018.

Los discípulos “en el camino habían discutido quién era el más importante”
(Evangelio de hoy, Marcos 9, 34)
Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos”
(Evangelio de hoy, Marcos 9, 35)
Un gesto singular de Jesús:
Tomando un niño lo puso en medio de los discípulos, lo abrazó y les dijo:
«El que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí;
y el que me acoge a mí, no me acoge a mí, sino al que me ha enviado».
(Marcos 9, 36-37)
El cristiano debe saber cumplir con alegría su deber de servicio al hombre,
convencido de que tanto en el nivel natural como en el divino
el crecimiento del propio bien existencial se realiza y se articula
con el esfuerzo por el crecimiento del bien de los otros.
(Cfr. San Juan Pablo II, Homilía, 22-IX-1985)

1. Un gesto singular, sorprendente, de Jesús: acoge y abraza a un niño.

Cfr. Marcos 9, 36-37, Evangelio de hoy.
  • A. El niño, según los parámetros de aquella época no contaba para nada.

  • Se podría decir que el Maestro sentía la necesidad de ilustrar una enseñanza difícil con la elocuencia de un gesto lleno de ternura.

Cfr. Juan Pablo II, Homilía, Domingo 24 de septiembre de 2000
  • "Acercando a un niño, lo puso en medio de ellos" (Marcos 9,36). Este singular gesto de Jesús, que nos
recuerda el evangelio que acabamos de proclamar, viene inmediatamente después de la recomendación con la que el Maestro había exhortado a sus discípulos a no desear el primado del poder, sino el del servicio. Una enseñanza que debió impactar profundamente a los Doce, que acababan de "discutir sobre quién era el más importante" (Mc 9,34). Se podría decir que el Maestro sentía la necesidad de ilustrar una enseñanza tan difícil con la elocuencia de un gesto lleno de ternura. Abrazó a un niño, que según los parámetros de aquella época no contaba para nada, y casi se identificó con él: "El que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí" (Marcos 9,37). (…)
En el abrazo al niño Cristo revela ante todo la delicadeza de su corazón, capaz de todas las vibraciones de la sensibilidad y del afecto. Se nota, en primer lugar, la ternura del Padre, que desde la eternidad, en el Espíritu Santo, lo ama y en su rostro humano ve al "Hijo predilecto" en el que se complace (cf. Marcos 1,11 Mc 9,7). Se aprecia también la ternura plenamente femenina y materna con la que lo rodeó María en los largos años transcurridos en la casa de Nazaret. La tradición cristiana, sobre todo en la Edad Media, solía contemplar frecuentemente a la Virgen abrazando al niño Jesús. Por ejemplo, Aelredo de Rievaulx se dirige afectuosamente a María invitándola a abrazar al Hijo que, después de tres días, había encontrado en el templo (cf. Lucas 2,40-50): "Abraza, dulcísima Señora, abraza a Aquel a quien amas; arrójate a su cuello, abrázalo y bésalo, y compensa los tres días de su ausencia con múltiples delicias" (De Iesu puero duodenni 8: SCh 60, p. 64).

  • B. El mensaje que transmite el niño.

Cfr. Gianfranco Ravasi, Secondo le Scritture, Año B, Piemme 1996, p.286 y 288

  • Por qué es un gesto sorprendente en el Antiguo Oriente

  • El niño: un ser inmaduro, cabezota e irracional
Jesús pasa al gesto simbólico: llama a uno de aquellos niños que, todavía hoy, recorren excitados las plazas y las pequeñas calles de los pueblos palestinos y lo abraza con ternura. Es un gesto un poco sorprendente porque el niño no era muy estimado en el Antiguo Oriente; era considerado simplemente como un ser inmaduro, cabezota e irracional, a quien había que tratar sin dudarlo con el látigo: léase, por ejemplo, el largo párrafo sobre la pedagogía del niño que hay en el Sirácide, sabio bíblico del II siglo antes de Cristo (30, 1-13) 1
Jesús, de modo un poco provocador, invierte la concepción normal según la cual el niño sólo puede ser objeto de educación por parte del adulto; en realidad el joven puede convertirse también en sujeto que tiene un precioso mensaje para transmitir precisamente a aquél que es, por edad, cultura y madurez, superior.
  • El niño: una criatura marginal e imperfecta que no tiene nada que enseñar.
  • Cfr. ibídem, pp.288-89: Para entender bien la fuerza de ese gesto simbólico del Señor, hay que tener
en cuenta que el Señor, utilizando un niño como gesto simbólico para enseñar la sencillez, la humildad verdadera, etc., “echa por tierra una tradición bien consolidada en el antiguo Oriente, donde el niño era considerado como una criatura marginal e imperfecta que no tiene nada que enseñar. Es significativa a este respecto la maldición de Isaías 3,4: «Les daré mozos por jefes, y mozalbetes les dominarán». También es neta la declaración de un antiguo maestro judío, el rabino Jochanam: «Desde los tiempos en que ha sido destruido el Templo, la profecía ha sido arrebatada a los profetas y dada a los locos y a los niños»”.

  • C. Se supera esta visión en tiempos posteriores

  • "La vejez honorable no es la que dan los muchos días, no se mide por el número de los años".
Santo Tomás dice a propósito de quien tiene poca edad: “La edad del cuerpo no constituye un
perjuicio para el alma. Así, incluso en la infancia, el hombre puede recibir la perfección de la edad espiritual de que habla la Sabiduría (4, 8): "la vejez honorable no es la que dan los muchos días, no se mide por el número de los años". Así numerosos niños, gracias a la fuerza del Espíritu Santo que habían recibido, lucharon valientemente y hasta la sangre por Cristo (S. Tomás de A., s. th. 3, 72, 8, ad 2)”.

  • D. Pequeño en la Biblia es sinónimo de «pobre», es decir aquél cuya única fuerza y sostén está en Dios.

Cfr. Gianfranco Ravasi, Secondo le Scritture, Ciclo A, Ed. Piemme, novembre 1995, pp. 204-205.
  • El verdadero discípulo es aquel que se abandona en Dios, descartando los cálculos, los intereses mezquinos, los egoísmos, la altanería, la prepotencia, la violencia.

  • Jesús propone a los “pequeños” como modelos «no tanto por la supuesta «inocencia» del niño, que, en
realidad, es siempre una criatura limitada, egoísta, prepotente, una miniatura del adulto, sino en tanto en cuanto el pequeño pone su mano con confianza en la mano de su padre y acoge todos sus dones y palabras. Por esto, si nos os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos (Mateo 18,3).
Por tanto, «pequeño» se convierte en sinónimo de otra palabra clásica en la Biblia, los «pobres», es decir, aquellos cuya única fuerza y sostén está en Dios. A ellos es predicada la «buena noticia» (Cf. Mateo 11,5), y es a ellos a quienes está destinada la bienaventuranza sobre el Reino de los cielos (Mateo 5,3). Ya Isaías presentaba la antítesis a la que Jesús se refirió en su oración entre «pequeños» y «sabios e inteligentes»: «Perecerá la sabiduría de los sabios y la prudencia de los prudentes quedará oculta ... Los humildes aumentarán su alegría en el señor, y los más pobres exultarán en el Santo de Israel» 29, 14.19).
El verdadero discípulo es aquel que se abandona en Dios, descartando los cálculos, los intereses mezquinos, los egoísmos, la altanería, la prepotencia, la violencia. (...) En el Oriente Antiguo, el niño no tenía todavía personalidad jurídica, era casi inexistente, un objeto; pues bien, Jesús lo transforma en un emblema para nosotros los adultos, invitándonos a ser «pequeños» para ser verdaderamente «grandes». Jesús nos invita, incluso, a usar el lenguaje sencillo y espontáneo de los niños cuando nos dirigimos a Dios: Abbá en aramaico significa, como es sabido, «papá» y está en la raíz del original del Padre nuestro. Jesús nos invita a tener la transparencia y la confianza del pequeño para «conocer» verdaderamente al Padre: las elucubraciones de los sabios empalidecen, se paran ante la frontera del misterio, se transforman en especulaciones áridas y orgullosas. Es necesario pedir la sabiduría del corazón, el don que facilita penetrar en las «cosas escondidas», es decir, en el misterio de Dios”.
En esta civilización en la que se exalta al adulto “rampante o trepador” y arrogante, privado de escrúpulos y de moral, que pervierte al niño haciéndolo cada vez más egoísta y prepotente, incapaz de jugar auténticamente, de vivir el estupor propio de su infancia, la oración de Jesús nos propone el verdadero «pequeño» que deberá ser el modelo de su discípulo.

  • E. Niños son todos los hombres necesitados, desvalidos, pobres, enfermos …

Cfr. Santos Evangelios, EUNSA, Pamplona 1983, nota a Marcos 9, 36 - 37.
  • "En este niño que Jesús abraza están representados todos los niños del mundo, y también todos
los hombres necesitados, desvalidos, pobres, enfermos, en los cuales nada brillante y destacado hay que admirar".

  • F. El descubrimiento de la riqueza que viene de Dios

Cfr. San Juan Pablo II, Homilía, 22-IX-1985
  • Jesús nos invita con el ejemplo a una elección concreta del último puesto para servir a los que
han perdido en el tormentoso camino de la vida el sentido de la riqueza que viene de Dios”.

2. "Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos".

Marcos 9, 35

  • En el abrazo al niño se manifiesta toda la fuerza de este principio.

"Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos" (Marcos 9,35). En el icono del abrazo al niño se manifiesta toda la fuerza de este principio, que en la persona de Jesús, y luego también en la de María, encuentra su realización ejemplar.
Nadie puede decir como Jesús que es el "primero". En efecto, él es el "primero y el último, el alfa y la omega" (cf. Apocalipsis 22,13), el resplandor de la gloria del Padre (cf. Hebreos He 1,3). A él, en la resurrección, se le concedió "el nombre que está sobre todo nombre" (Filipenses 2,9). Pero, en la pasión, él se manifestó también "el último de todos" y, como "servidor de todos", no dudó en lavar los pies a sus discípulos (cf. Juan 13,14).


3. «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres y lo matarán; y

después de muerto, a los tres días resucitará».

Marcos 9, 31
Cfr. Gianfranco Ravasi, Secondo le Scritture, Año B, Piemme 1996, pp. 284-286.
  • Jesús propone esas palabras, que se adaptan poco a lo que pensaba el pueblo hebreo en aquellos años de dura ocupación romana.

  • El verdadero primero del Reino de Dios es el último del reino de los hombres, es el siervo, el que es despreciado. Los niños, siervos, pobres, despreciados.

En el viaje que lo está conduciendo lentamente a Jerusalén desde Galilea, Jesús propone esas palabras, que se adaptan poco a lo que pensaba el pueblo hebreo en aquellos años de dura ocupación romana. El Mesías tan esperado, en vez de capitanear la ola hirviente de la revolución anticapitalista, se hará solidario con las víctimas, también él será aplastado por el poder: «va a ser entregado en manos de los hombres y lo matarán». Ciertamente Jesús deja caer una chispa de luz en estas tetras palabras al anunciar su resurrección («a los tres días resucitará»). Pero esto a los que le escuchan les parece un sueño, les parece solamente el fantasma de la esperanza, no es un consistente y concreto camino de la lucha por la liberación y por la victoria tan suspirada.
  • El pensamiento de los discípulos
Se dirige a otras fascinantes metas, las de un triunfo político, o tal vez hacia un futuro gobierno con precisas posiciones de poder. (…) Discuten sobre la conquista y sobre los diversos grados de su jerarquía futura. (…) Todos recuerdan la ingenua petición de los apóstoles Santiago y Juan: «Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda» (Marcos 10, 37).
  • Y la respuesta de Jesús:
Entonces Jesús decide convocarlos a su alrededor a los Doce e inicia una lección estupenda con palabras y también, con el estilo de los profetas, con un gesto simbólico. Sus palabras son lapidarias: el verdadero primero del Reino de Dios es el último del reino de los hombres, es el siervo, el que es despreciado. Sobre estas palabras, en la Iglesia antigua, a partir de Policarpo, obispo de Smirna, llamará a Cristo “el Siervo de todos”, aunque sea «el Señor» por excelencia. Cuántas veces Jesús ha querido comentar su definición del verdadero discípulo y de sí mismo:
«Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos». (Marcos 10, 42-45). «Si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros» (Juan 13, 14).




Vida Cristiana





1 Sirácide 30: 1 El que ama a su hijo lo castiga sin cesar, para poder alegrarse en el futuro. 2 El que corrige a su hijo tendrá muchas satisfacciones, y entre sus conocidos se sentirá orgulloso de él. 3 El que instruye a su hijo dará envidia a su enemigo, y ante sus amigos se sentirá satisfecho. 4 Cuando el padre muere, es como si no muriese, pues deja tras de sí un hijo semejante a él. 5 Durante su vida se alegra de verlo, y a la hora de su muerte no siente tristeza. 6 Contra sus enemigos deja un vengador, y para sus amigos un bienhechor. 7 El que mima a su hijo, vendará sus heridas, a cada grito se le conmoverán sus entrañas. 8 Caballo no domado sale bravo, hijo consentido sale arisco. 9 Mima a tu hijo y te dará sorpresas, juega con él y te traerá disgustos. 10 No rías con él y no llorarás con él, ni acabarás rechinando los dientes.
11 En su juventud no le des libertad, ni pases por alto sus errores. 12 Doblega su cuello mientras es joven, túndele las costillas cuando es pequeño, no sea que, volviéndose rebelde, te desobedezca y sufras por él una honda amargura.
13 Educa a tu hijo y dedícate a él, para que no tengas que soportar su insolencia.


CATEQUESIS CONFIRMACION ADULTOS: INFORMACION CURSO 2018 / 2019

CATEQUESIS SACRAMENTO CONFIRMACION- ADULTOS


Parroquia “Santa Monica”/www.parroquiasantamonica.com



INFORMACION CURSO 2017/2018
1.- Hoja inscripción: Se podrá obtener en formato PDF en la web www.parroquiasantamonica.com.
2.-Periodo de inscripción. Durante el mes de Septiembre de 2018.
3.-Lugar de inscripción: En el despacho parroquial o bien en la dirección:    confirmacionadultos@parroquiasantamonica.com
4.-Dia y horario de catequesis: El comienzo de curso será en el mes de Octubre.
El horario, se informará una vez finalizadas las inscripciones.


sábado, 15 de septiembre de 2018

La experiencia de la cruz, experiencia de amor: por Santiago Agrelo


Hay palabras que podremos pronunciar como nuevas y como nuestras, sólo si antes las hemos oído pronunciadas como suyas por Jesús de Nazaret: “Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que mesaban mi barba. No oculté el rostro a insultos y salivazos. Mi Señor me ayudaba; por eso no quedaba confundido”.
Son palabras que hablan de un crucificado, pero no derrotado; de un vejado, pero no confundido ni humillado; de un muerto, pero no vencido.
Son palabras que hablan de hombres, de muerte y de Dios.
Sólo Jesús de Nazaret puede decir con corazón y experiencia de Hijo amado, con corazón y experiencia de resucitado, la oración del salmista: “Me envolvían redes de muerte, me alcanzaron los lazos del abismo, caí en tristeza y angustia. Invoqué el nombre del Señor… El Señor es benigno y justo… Arrancó mi alma de la muerte, mis ojos de las lágrimas, mis pies de la caída”.
Las del Siervo del Señor, las del salmista, las de Jesús, son palabras que podemos hacer nuestras, porque compartimos con ellos la fe, la esperanza y el amor.
Son nuestras, porque el Señor nos ha atraído a él, y nos ha hecho discípulos suyos, y hemos querido caminar con él, cargar con nuestra cruz, seguirle a él, el Hijo, con corazón y obediencia de hijos.
Las de Jesús son palabras nuestras, como nuestros son, porque él ha querido llevarlos por amor, los sufrimientos del Señor, sus heridas, su muerte.
Las de Jesús son palabras nuestras, porque el Señor, por la encarnación, ha querido unirse a nosotros para siempre, y nosotros, por la fe y la comunión, hemos querido unirnos para siempre a él: Nada dice ya él sin nosotros; nada queremos decir nosotros sin él.
Para Jesús y para nosotros, la cruz es escuela y signo de obediencia, de amor, de confianza.
Porque estamos en comunión con él, porque nada suyo nos es ajeno, podemos decir también con él: “Amo al Señor, porque escucha mi voz suplicante; porque inclina su oído hacia mí el día que lo invoco”.
La experiencia de la cruz es para Jesús, para nosotros, para los pobres, para todos los crucificados, una experiencia de amor.



Domingo 24 del tiempo ordinario, Año B. (16 de septiembre de 2018). La fe y las obras: ver la 2ª Lectura, de la carta de Santiago.




Ø    Domingo 24 del tiempo ordinario, Año B. (16 de septiembre de 2018). La fe y las obras: ver la  2ª Lectura, de la carta de Santiago. Nos salvamos por la fe en Jesucristo, y esta fe se manifiesta  - florece – en las obras. La fe sin obras está muerta, actúa por la caridad. La fe debe realizarse en la vida sobre todo en el amor al prójimo y particularmente con el compromiso con los pobres. La parábola del buen samaritano. La fe dio fruto en él mediante una buena obra. Dios, en quien creemos, nos pide obras semejantes. Estas son las obras de amor al prójimo. En el trabajo hemos de buscar el bien de los demás, el servicio al prójimo. El trabajo no es un medio para conseguir el triunfo personal: es –tiene que ser– una posibilidad de ayudar a los demás. La relación entre fe y caridad, entre la fe y las obras en san Pablo. ¿A qué se reduciría una liturgia que se dirigiera sólo al Señor y que no se convirtiera, al mismo tiempo, en servicio a los hermanos, una fe que no se expresara en la caridad?


v  Cfr. 24º domingo tiempo ordinario  Ciclo B

            16 septiembre 2018
Isaías 50, 5-9a; Salmo 114, 1-9; Santiago 2, 14-18; Marcos  8, 27-35

Marcos 8, 27-35. Jesús y sus discípulos se dirigieron a las aldeas de Cesarea de Felipe; por el camino, preguntó a sus discípulos: "¿Quién dice la gente que soy yo?" Ellos le contestaron: "Unos, Juan Bautista; otros, Elías; y otros, uno de los profetas". Él les preguntó: "Y vosotros, ¿quién decís que soy?" Pedro le contestó: "Tú eres el Cristo". Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie. Y empezó a instruirlos: "El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días". Se lo explicaba con toda claridad. Entonces Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo. Jesús se volvió y, de cara a los discípulos, increpó a Pedro: "¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!" Después llamó a la gente y a sus discípulos, y les dijo: "El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Mirad, el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará".

Santiago 2 14 ¿De qué sirve, hermanos míos, que alguien diga: « Tengo fe », si no tiene obras? ¿Acaso podrá salvarle la fe? 15 Si un hermano o una hermana están desnudos y carecen del sustento diario, 16 y alguno de vosotros les dice: « Idos en paz, calentaos y hartaos », pero no les dais lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? 17 Así también la fe, si no tiene obras, está realmente muerta. 18 Y al contrario, alguno podrá decir: « ¿Tú tienes fe?; pues yo tengo obras. Pruébame tu fe sin obras y yo te probaré por las obras mi fe.

La fe y las obras
La fe actúa por la caridad

1. Nos salvamos por la fe en Jesucristo, y esta fe se manifiesta  - florece – en las

   obras.

   Cfr. 2ª Lectura, de la Carta del Apóstol Santiago.

v  A. La fe y las obras en el Catecismo de la Iglesia Católica

o   La fe sin obras está muerta

·         n. 1815: (…): «la fe sin obras está muerta» (Santiago 2, 26): privada de la esperanza y de la caridad,
             la fe no une plenamente el fiel a Cristo ni hace de él un miembro vivo de su Cuerpo.
·         n. 2044: «El mismo testimonio de la vida cristiana y las obras buenas realizadas con espíritu
             sobrenatural son eficaces para atraer a los hombres a la fe y a Dios» (Concilio Vaticano II, Decreto
             Apostolicam Actuositatem,  6).
·         n. 162: (…)  la fe «debe «actuar por la caridad» (Gálatas 5, 6) (Cf Santiago 2, 14-26) (…)   cfr. n. 1814.
·         n. 1815: (…) «la fe sin obras está muerta» (Santiago 2, 26): privada de la esperanza y de la caridad, la fe no une plenamente el fiel a Cristo ni hace de él un miembro vivo de su Cuerpo.

v  B. La fe debe realizarse en la vida sobre todo en el amor al prójimo y particularmente con el compromiso con los pobres.

                  Cfr. Benedicto XVI, Catequesis, Audiencia General del 28 de junio de 2006
·         La carta de Santiago nos muestra un cristianismo muy concreto y práctico. La fe debe realizarse en la
vida sobre todo en el amor al prójimo y particularmente con el compromiso con los pobres. Este es el
trasfondo con el que se debe leer también la famosa frase: «Así como el cuerpo sin espíritu está muerto, así
también la fe sin obras está muerta» (Santiago 2, 26). A veces, esta declaración de Santiago ha sido
contrapuesta a las afirmaciones de Pablo, según las cuales, no somos justificados ante Dios en virtud de
nuestras obras, sino gracias a nuestra fe (Cf. Gálatas 2, 16; Romanos 3,28). Sin embargo, las dos frases, que
aparentemente son contradictorias, en realidad, si se interpretan bien, son complementarias. San Pablo se
opone al orgullo del hombre, que piensa que no tiene necesidad del amor de Dios que nos previene, se opone
al orgullo de la autojustificación sin la gracia que simplemente es donada y no merecida. Santiago habla, por
el contrario, de las obras como fruto de la fe: «El árbol bueno da frutos buenos», dice el Señor (Mateo 7,17).
Y Santiago nos lo repite a nosotros.”

2. El servicio de la caridad brota, para el cristiano, de un sentimiento profundamente religioso.

San Juan Pablo II, Catequesis, 10 de enero de 2001

v  El compromiso por la justicia, la lucha contra toda opresión y la defensa de la dignidad de la persona no son para el cristiano expresiones de filantropía motivada sólo por la pertenencia a la familia humana.

·         El servicio de la caridad, coherentemente vinculado a la fe y a la liturgia (cf. Jc 2,14-17), el compromiso
por la justicia, la lucha contra toda opresión y la defensa de la dignidad de la persona no son para el cristiano expresiones de filantropía motivada sólo por la pertenencia a la familia humana. Al contrario, se trata de opciones y actos que brotan de un sentimiento profundamente religioso: son auténticos sacrificios en los que Dios se complace, según la afirmación de la carta a los Hebreos (cf. He 13,16). Particularmente incisiva es la advertencia de san Juan Crisóstomo: "¿Quieres honrar el cuerpo de Cristo? No lo descuides cuando se encuentra desnudo. No le rindas homenaje aquí en el templo con vestidos de seda, para luego descuidarlo fuera, donde sufre frío y desnudez" (In Matthaeum hom. 50, 3).

3. La parábola del buen samaritano.

     Lucas 10, 29-37. Cfr. San Juan Pablo II, Homilía en la Celebración Eucarística en el Valle de Cochabamba
     (Bolivia). (11 de mayo de 1988).

La fe dio fruto en él mediante una buena obra.
Dios, en quien creemos, nos pide obras semejantes.

v  Una situación que puede plantearse en cualquier sitio del mundo.

            En esta parábola del Señor, el buen samaritano se distingue claramente de otras dos personas –una de ellas un sacerdote y la otra un levita– que, recorriendo el mismo camino de Jerusalén a Jericó, se cruzan con el hombre asaltado por los malhechores. Ninguno de los dos se detiene ante aquel pobre desdichado, víctima de los ladrones sino que al verlo dan un rodeo y pasan de largo (cf. Lucas 10, 31-32). Un samaritano, en cambio, refiere San Lucas, “llegó a donde estaba él y, al verlo, le dio lástima” (Ibíd. 10, 33), es decir, siente compasión. El desdichado lo necesitaba, porque no sólo había sido despojado, sino también tan herido que había quedado junto al camino medio muerto.
El samaritano –al contrario de los otros dos que habían pasado anteriormente junto al herido– no lo abandonó, sino que “se le acercó, le vendó las heridas..., lo llevó a una posada y lo cuidó” (Ibíd.10, 34). Y cuando tuvo que proseguir su viaje, lo dejó al cuidado del dueño de la posada, comprometiéndose a pagar cualquier gasto que fuese necesario.
¡Qué elocuente es esta parábola! Porque, aunque Jesús sitúe el relato en el camino de Jerusalén a Jericó, en Tierra Santa, la situación puede repetirse en cualquier sitio del mundo, ¡también aquí, en tierra boliviana! Y, ciertamente, se habrá repetido más de una vez.

o   “¿De qué le sirve a uno decir que tiene fe, si no tiene obras?..., la fe, si no tiene obras, está muerta por dentro..., es inútil” (Santiago 2, 14.17.20).

El Señor Jesús quería aclarar con esta parábola la dificultad que le había planteado un letrado: “¿Quién es mi prójimo?” (Lucas 10,29). Después de escuchar el relato de Jesús, su interlocutor ya no encuentra ningún obstáculo para indicar quién era el que se había comportado como verdadero prójimo. Evidentemente es el samaritano, aquel que ha tenido compasión de otro hombre en la desgracia, aunque fuera un extraño y desconocido. Jesús le dice entonces: “Anda, haz tú lo mismo”. Con otras palabras el Apóstol Santiago pone de relieve la necesidad de la actitud del buen samaritano cuando escribe en su epístola: “¿De qué le sirve a uno decir que tiene fe, si no tiene obras?..., la fe, si no tiene obras, está muerta por dentro..., es inútil” (Santiago 2, 14.17.20).
Sin duda alguna, los dos que pasaron de largo conocían los libros sagrados y se consideraban no sólo creyentes, sino también profundos “conocedores” de las verdades de fe. Sin embargo, no fueron ellos sino el samaritano quien dio una prueba ejemplar de su fe. La fe dio fruto en él mediante una buena obra. Dios, en quien creemos, nos pide obras semejantes. Estas son las obras de amor al prójimo.

o   La Palabra de Dios nos plantea a nosotros, los creyentes, una pregunta fundamental.

§  ¿Es fructuosa de veras nuestra fe?  La fe sin obras es inútil.
¿Es fructuosa de veras nuestra fe?, ¿fructifica realmente en obras buenas?, ¿está viva o, tal vez está muerta?
Esta pregunta deberíamos hacérnosla todos los días de nuestra vida; hoy y cada día, porque sabemos que Dios nos juzgará por las obras cumplidas en espíritu de fe. Sabemos que Cristo dirá a cada uno en el día del juicio: Cada vez que hicisteis estas cosas a otro, al prójimo, a mí me lo hicisteis; cada vez que dejasteis de hacer estas cosas con el prójimo, conmigo las dejasteis de hacer (cf. Mateo 25,40-45). Exactamente igual que en la parábola del buen samaritano.
Esto mismo hemos oído en la Epístola de Santiago: Si «un hermano o una hermana andan sin ropa y faltos del alimento diario, y... uno de vosotros les dice: “Dios os ampare, abrigaos y llenaos el estómago”, y no les dais lo necesario para el cuerpo; ¿de qué les sirve?...; la fe sin las obras es inútil» (Santiago 2, 15-16.20). (…)

o   La respuesta no podemos darla sólo con palabras; hay que darla con la propia vida.

La respuesta no podemos darla sólo con palabras; hay que darla con la propia vida. “Enséñame tu fe sin obras –acabamos de escuchar– y yo, por las obras, te probaré mi fe” (Santiago  2,18). Probaréis vuestra fe con esas obras que sirven para aliviar el sufrimiento físico –la enfermedad, el hambre, la desnudez, la falta de techo– y el sufrimiento moral –hambre de educación, de comprensión, de consuelo–. (…)

v  En el trabajo hemos de buscar el bien de los demás, el servicio al prójimo.

o   El trabajo no es un medio para conseguir el triunfo personal: es –tiene que ser– una posibilidad de ayudar a los demás.

Esta vocación de servicio, que abarca todas las dimensiones de la existencia humana, encuentra su cauce apropiado y fecundo en la realización de cualquier trabajo honrado. El trabajo no es un medio para conseguir el triunfo personal: es –tiene que ser– una posibilidad de ayudar a los demás. El verdadero bien que habéis de buscar siempre en el trabajo es el bien para los demás, el servicio al prójimo.

o   La misión de servicio del trabajo tiene algunas características singulares en algunas profesiones.

§  Quienes se dedican a los problemas de la salud
Sin embargo, para algunos, esta misión de servicio reúne unas características singulares. Su trabajo les lleva a estar cerca de los que sufren, asumiendo los problemas de la salud, procurando aliviar el dolor que llega hasta ellos, adoptando continuamente la actitud del buen samaritano.
Por desgracia, el dolor, la enfermedad, es algo que afecta a muchas personas en Bolivia. La desnutrición, el alto índice de mortalidad infantil, el mal de Chagas, el bocio y tantas otras dolencias, a la par que la falta de agua corriente y de otras condiciones sanitarias elementales, afectan a muchos hogares bolivianos. Los niños, esperanza de vuestra patria, son con frecuencia los más afectados. Resolver esta situación es un desafío para todos; pues, como escribía en la Carta Apostólica “Salvifici Doloris”: “La revelación por parte de Cristo del sentido salvífico del dolor no se identifica de ningún modo con una actitud de pasividad” (Salvifici Doloris, 30).
§  Dios quiere contar con nuestra colaboración para resolver los problemas. 
Dios quiere contar con nuestra colaboración para resolver esos problemas. Alabo y expreso mi gratitud a cuantos dedican sus conocimientos y esfuerzos a curar las enfermedades y dolencias de la población boliviana: médicos, enfermeras y enfermeros, asistentes sociales, religiosos y religiosas, y voluntarios laicos. Vosotros realizáis un trabajo que el Señor elogia en el buen samaritano: “Al verle..., acercándose, vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino; y montándole sobre su propia cabalgadura, le llevó a una posada y cuidó de él” (Lucas 10,33-34). Seguid viendo en los enfermos al mismo Cristo (cf. Mateo 25,40-45). No dejéis que la rutina cosifique vuestro trabajo y os haga insensibles al sufrimiento. Compensad la falta de medios con vuestro amor, vuestra disponibilidad y vuestro ingenio. Mejorad vuestra entrega a los demás con un constante perfeccionamiento técnico y científico. Y, sobre todo, ayudad siempre a los enfermos a comprender el significado del dolor dentro del plan salvífico de Dios.
§  La oración y la frecuencia de los sacramentos dan la fuerza necesaria para llevar adelante el compromiso con los que sufren.
No olvidéis nunca que el auténtico amor al prójimo es inseparable del amor a Dios con todo el corazón y con todas las fuerzas (cf. Lucas 10,27). La oración y la frecuencia de los sacramentos –especialmente la Penitencia y la Eucaristía– os darán la fortaleza necesaria para llevar adelante vuestro compromiso con los que sufren. Y, con esa fuerza, ayudaréis a los enfermos a permanecer unidos a Dios acercándoles a los sacramentos, a través de los cuales nos llega constantemente la gracia de Cristo. (…)

4. San Pablo subraya, junto a la gratuidad de la justificación, la relación entre fe y

    caridad, entre la fe y las obras.

     Cfr. Benedicto XVI, Catequesis, 26 de noviembre de 2008

v  En la misma carta a los Gálatas

·         Es importante que san Pablo, en la misma carta a los Gálatas, por una parte, ponga el acento de forma
radical en la gratuidad de la justificación no por nuestras obras, pero que, al mismo tiempo, subraye también la relación entre la fe y la caridad, entre la fe y las obras: "En Cristo Jesús ni la circuncisión ni la incircuncisión tienen valor, sino solamente la fe que actúa por la caridad" (Gálatas 5,6). En consecuencia, por una parte, están las "obras de la carne" que son "fornicación, impureza, libertinaje, idolatría..." (cf. Gálatas 5,19-21): todas obras contrarias a la fe; y, por otra, está la acción del Espíritu Santo, que alimenta la vida cristiana suscitando "amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí" (Gálatas 5,22-23): estos son los frutos del Espíritu que brotan de la fe.
Al inicio de esta lista de virtudes se cita al agapé, el amor; y, en la conclusión, el dominio de sí. En realidad, el Espíritu, que es el Amor del Padre y del Hijo, derrama su primer don, el agapé, en nuestros corazones (cf. Romanos 5,5); y el agapé, el amor, para expresarse en plenitud exige el dominio de sí. Sobre el amor del Padre y del Hijo, que nos alcanza y transforma profundamente nuestra existencia, traté también en mi primera encíclica: Deus caritas est. Los creyentes saben que en el amor mutuo se encarna el amor de Dios y de Cristo, por medio del Espíritu.
Volvamos a la carta a los Gálatas. Aquí san Pablo dice que los creyentes, soportándose mutuamente, cumplen el mandamiento del amor (cf. Gálatas 6,2). Justificados por el don de la fe en Cristo, estamos llamados a vivir amando a Cristo en el prójimo, porque según este criterio seremos juzgados al final de nuestra existencia. En realidad, san Pablo no hace sino repetir lo que había dicho Jesús mismo.  (…), en la parábola del Juicio final.

v  El himno a la caridad en la primera carta a los Corintios

En la primera carta a los Corintios, san Pablo hace un célebre elogio del amor. Es el llamado "himno a la caridad": "Aunque hablara las lenguas de los hombre y de los ángeles, si no tengo caridad, soy como bronce que suena o címbalo que retiñe. (...) La caridad es paciente, es servicial; la caridad no es envidiosa, no es jactanciosa, no se engríe; es decorosa; no busca su interés..." (1 Corintios 13,1 1Co 13,4-5). El amor cristiano es muy exigente porque brota del amor total de Cristo por nosotros: el amor que nos reclama, nos acoge, nos abraza, nos sostiene, hasta atormentarnos, porque nos obliga a no vivir ya para nosotros mismos, encerrados en nuestro egoísmo, sino para "Aquel que ha muerto y resucitado por nosotros" (cf. 2 Corintios 5,15). El amor de Cristo nos hace ser en él la criatura nueva (cf. 2 Corintios 5,17) que entra a formar parte de su Cuerpo místico, que es la Iglesia.
Así pues, tanto para san Pablo como para Santiago, la fe que actúa en el amor atestigua el don gratuito de la justificación en Cristo. La salvación, recibida en Cristo, debe ser conservada y testimoniada "con respeto y temor. De hecho, es Dios quien obra en vosotros el querer y el obrar como bien le parece. Hacedlo todo sin murmuraciones ni discusiones (...), presentando la palabra de vida", dirá también san Pablo a los cristianos de Filipos (cf. Filipenses 2, 12-14.16).

v  Los malentendidos que caracterizaban a los cristianos de Corinto

o   Las consecuencias de una fe que no se encarna en el amor son desastrosas.

Con frecuencia tendemos a caer en los mismos malentendidos que caracterizaban a la comunidad de Corinto: aquellos cristianos pensaban que, habiendo sido justificados gratuitamente en Cristo por la fe, "todo les era lícito". Y pensaban, y a menudo parece que lo piensan también los cristianos de hoy, que es lícito crear divisiones en la Iglesia, Cuerpo de Cristo, celebrar la Eucaristía sin interesarse por los hermanos más necesitados, aspirar a los carismas mejores sin darse cuenta de que somos miembros unos de otros, etc.
Las consecuencias de una fe que no se encarna en el amor son desastrosas, porque se reduce al arbitrio y al subjetivismo más nocivo para nosotros y para los hermanos. Al contrario, siguiendo a san Pablo, debemos tomar nueva conciencia de que, precisamente porque hemos sido justificados en Cristo, no nos pertenecemos ya a nosotros mismos, sino que nos hemos convertido en templo del Espíritu y por eso estamos llamados a glorificar a Dios en nuestro cuerpo con toda nuestra existencia (cf. 1Co 6,19). Sería un desprecio del inestimable valor de la justificación si, habiendo sido comprados al caro precio de la sangre de Cristo, no lo glorificáramos con nuestro cuerpo.
§  Nuestro culto "razonable" y al mismo tiempo "espiritual", por el que san Pablo nos exhorta a "ofrecer nuestro cuerpo como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios".
¿A qué se reduciría una liturgia que se dirigiera sólo al Señor y que no se convirtiera, al mismo tiempo, en servicio a los hermanos, una fe que no se expresara en la caridad?
En realidad, este es precisamente nuestro culto "razonable" y al mismo tiempo "espiritual", por el que san Pablo nos exhorta a "ofrecer nuestro cuerpo como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios" (cf. Rm 12,1). ¿A qué se reduciría una liturgia que se dirigiera sólo al Señor y que no se convirtiera, al mismo tiempo, en servicio a los hermanos, una fe que no se expresara en la caridad? Y el Apóstol pone a menudo a sus comunidades frente al Juicio final, con ocasión del cual todos "seremos puestos al descubierto ante el tribunal de Cristo, para que cada cual reciba conforme a lo que hizo en su vida mortal, el bien o el mal" (2Co 5,10 cf. también Rm 2,16). Y este pensamiento debe iluminarnos en nuestra vida de cada día.
Si la ética que san Pablo propone a los creyentes no degenera en formas de moralismo y se muestra actual para nosotros, es porque cada vez vuelve a partir de la relación personal y comunitaria con Cristo, para hacerse realidad en la vida según el Espíritu. Esto es esencial: la ética cristiana no nace de un sistema de mandamientos, sino que es consecuencia de nuestra amistad con Cristo. Esta amistad influye en la vida: si es verdadera, se encarna y se realiza en el amor al prójimo.
Por eso, cualquier decaimiento ético no se limita a la esfera individual, sino que al mismo tiempo es una devaluación de la fe personal y comunitaria: de ella deriva y sobre ella influye de forma determinante. Así pues, dejémonos alcanzar por la reconciliación, que Dios nos ha dado en Cristo, por el amor "loco" de Dios por nosotros: nada ni nadie nos podrá separar nunca de su amor (cf. Romanos 8,39). En esta certeza vivimos. Y esta certeza nos da la fuerza para vivir concretamente la fe que obra en el amor.

Vida Cristiana

domingo, 9 de septiembre de 2018

Domingo 23 del Tiempo Ordinario, Ciclo B (2018). Jesús: cura a un sordomudo.




[Chiesa/Omelie1/Parola Dio/23B18PalabraCristoCuraciónSorderaEspiritual]
  • Domingo 23 del Tiempo Ordinario, Ciclo B (2018). Jesús: cura a un sordomudo. Una palabra
relevante: «Effatá», ábrete. Ya la Iglesia primitiva había entendido que esa palabra no se refería sólo a la sordera física, sino también a la espiritual. En el rito del Bautismo: después de haber bautizado al niño, el sacerdote le toca los oídos y los labios, diciendo: «¡Effatá, ábrete!». Se pide no el milagro físico, sino que quien recibe el bautismo escuche la palabra de Dios y la comunique a los demás con sus labios y con su vida; se pide que no sea sordo para el Evangelio. El oído sordo es signo de un corazón pusilánime (indiferente, embotado, pesado, ofuscado) que no escucha la palabra de Dios. La acción del Espíritu Santo que convierte el corazón, haciéndolo capaz de escuchar la palabra de Dios.

  • Cfr. 23 Tiempo Ordinario Ciclo B, 9 de septiembre de 2018.

Isaías 35, 4-7; Santiago 2, 1-5; Marcos 7, 31-37

Is 35, 4-7: 4 Decid a los de corazón intranquilo [pusilánime]: ¡Animo, no temáis! Mirad que vuestro Dios viene vengador; es la recompensa de Dios, él vendrá y os salvará. 5 Entonces se despegarán los ojos de los ciegos, y las orejas de los sordos se abrirán. 6 Entonces saltará el cojo como ciervo, y la lengua del mudo lanzará gritos de júbilo. Pues serán alumbradas en el desierto aguas, y torrentes en la estepa, 7 se trocará la tierra abrasada en estanque, y el país árido en manantial de aguas. En la guarida donde moran los chacales verdeará la caña y el papiro.

Marcos 7, 31-37: 31 Se marchó de la región de Tiro y vino de nuevo, por Sidón, al mar de Galilea, atravesando la Decápolis. 32 Le presentan un sordo que, además, hablaba con dificultad, y le ruegan imponga la mano sobre él. 33 Él, apartándole de la gente, a solas, le metió sus dedos en los oídos y con su saliva le tocó la lengua. 34 Y, levantando los ojos al cielo, dio un gemido, y le dijo: «Effatá», que quiere decir: «¡Abrete!» 35 Se abrieron sus oídos y, al instante, se soltó la atadura de su lengua y hablaba correctamente. 36 Jesús les mandó que a nadie se lo contaran. Pero cuanto más se lo prohibía, tanto más ellos lo publicaban.37 Y se maravillaban sobremanera y decían «Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos.»

Salmo 146 [145],7; 8-9ª; 9bc-10: 7 hace justicia a los oprimidos, da el pan a los hambrientos, Yahveh suelta a los encadenados. 8 Yahveh abre los ojos a los ciegos, Yahveh a los encorvados endereza. Ama Yahveh a los justos, 9 Yahveh protege al forastero, a la viuda y al huérfano sostiene, mas el camino de los impíos tuerce; 10Yahveh reina para siempre, tu Dios, Sión, de edad en edad.

Una palabra relevante del Señor:
«Effatá», que quiere decir: «¡Abrete!»
(Evangelio: Marcos 7, 34)
Ya la Iglesia primitiva entendió
que esa palabra se refería no sólo a la sordera física, sino también a la espiritual.

1. Una sencilla observación preliminar
  • Son las personas que acompañan al Señor quienes le presentan un sordo y le ruegan que le cure.

  • En primer lugar podemos observar, en el Evangelio de hoy, el papel fundamental de los demás
en nuestra vida. Como alguien ha hecho notar, no parece que el sordomudo se haya mostrado muy activo en esta historia que le toca a él personalmente. Son las personas que le acompañan quienes le acercan al Señor y le piden que le imponga la mano para curarle de lo que tenga necesidad 1.

2. Evangelio. La curación del sordomudo: la fuerza de la palabra de Jesús

  • El momento fundamental es cuando Jesús pronuncia en arameo, su idioma, una orden: «Effatá», «ábrete».

  • En el rito del Bautismo: después de haber bautizado al niño, el sacerdote le toca los oídos y los labios, diciendo: «¡Effatá, ábrete!».

  • Se pide no el milagro físico, sino que quien recibe el bautismo escuche la palabra de Dios y la comunique a los demás con sus labios y con su vida; se pide que no sea sordo para el Evangelio. Se trata no de la sordera física sino de la sordera espiritual.
  • Para hacer el milagro, Jesús sigue el ritual que entonces era común según la cultura de aquella época:
toca con saliva el órgano del cuerpo que está enfermo, según la mentalidad que atribuía un efecto terapéutico a la misma; lo mismo hizo con un ciego (Juan 9,6), aplicando fango hecho con saliva a los ojos.
  • En este caso del sordomudo, el momento fundamental es cuando Jesús pronuncia en arameo, su
idioma, una orden: Effetha, «ábrete». Es la palabra de Cristo, como la de Dios Padre, que obra y libera. Esa palabra que Jesús dijo en su lengua se conservó en el Evangelio.
  • En el rito del Bautismo: después de haber bautizado al niño, el sacerdote le toca los oídos y los labios,
diciendo: «¡Effatá, ábrete!». Como veremos en el número siguiente (n. 2), se pide no el milagro físico, sino que quien recibe el bautismo escuche la palabra de Dios y la comunique a los demás con sus labios y con su vida; se pide que no sea sordo para el Evangelio. Se trata no de la sordera física sino de la sordera espiritual.

3. Una palabra relevante: Effatá/Àbrete

  • Ya la Iglesia primitiva había entendido que esa palabra no se refería sólo a la sordera física, sino también a la espiritual.

Cfr. Raniero Cantalamessa, Di sabato insegnava, Piemme 1998, XXIII domenica del Tempo Ordinario Anno B
  • Ábrete a la escucha de la palabra de Dios, a la fe, a la alabanza, a la vida.

  • Nuestro corazón puede estar «abierto» o «cerrado».
El motivo del relieve dado a la palabra «Effatá» está en que ya la Iglesia primitiva había entendido que no se refería sólo a la sordera física, sino también a la espiritual. Por esto entró enseguida en el ritual del Bautismo, donde ha permanecido hasta nuestros días. Inmediatamente después de bautizar al niño, el sacerdote le toca los oídos y los labios, diciendo: Effatá. Ábrete, queriendo decir: ábrete a la escucha de la palabra de Dios, a la fe, a la alabanza, a la vida.
De repente descubrimos que el evangelio de hoy no se refiere solamente a los sordos-sordos, sino también a los sordos-oyentes, aquellos que, como en el caso de los ídolos, “tienen oídos pero no oyen; tienen ojos pero no ven” (Salmo 115, 5-6). También el corazón tiene sus oídos para oír y sus ojos para ver. Esto forma parte de las convicciones humanas más universales y se expresa también en algunos modos de decir comunes. ¿No decimos de una persona que tiene el corazón «abierto» o, por el contrario, que es «sorda de corazón»?, que está «cerrada» a toda compasión?
  • «Effatá». ¡Ábrete! es un grito dirigido a todos los hombres, no sólo al sordo.

  • Es aplicable las relaciones entre nosotros y a nuestras relaciones con Dios.
«Effatá». ¡Ábrete! Es, por tanto un grito dirigido a todos los hombres (no sólo al sordo) y a todo el hombre. Es una invitación a no cerrarse en sí mismo, a no ser insensible ante las necesidades de los demás; positivamente, a realizarse estableciendo relaciones libres, bellas y constructivas para las personas, dando y recibiendo de ellas. Si lo aplicamos a nuestras relaciones con Dios, ¡ábrete! es una invitación a escuchar la palabra de Dios transmitida por la Iglesia, a dejar entrar a Dios en nuestra vida.
En este sentido, un eco fuerte del Effatá de Cristo fue el grito de Juan Pablo II el día de la inauguración de su ministerio pontifical: «¡Abrid las puertas a Cristo!»
  • Una aplicación a la escucha de la palabra de Dios
San Pablo dice que «la fe viene de la predicación» (Romanos 10, 17). No hay fe posible sin esta profunda escucha del corazón. Muchos justifican el hecho de no creer, diciendo que la fe es un don y ellos, sencillamente, no han recibido ese don. Esto es verdad, pero antes de estar seguros de que se trate precisamente de esto, sería necesario preguntarnos si de verdad hemos dado a Dios la posibilidad de hablarnos. Si hemos dicho, como Samuel: «Habla, que tu siervo escucha» (1 Samuel 3, 10).
  • Algunos de los puntos del Catecismo que nos hablan de la necesidad y eficacia de la escucha de la palabra de Dios.

- n. 104: En la Sagrada Escritura, la Iglesia encuentra sin cesar su alimento y su fuerza (Cf DV 24), porque, en ella, no recibe solamente una palabra humana, sino lo que es realmente: la Palabra de Dios (Cf 1 Ts 2, 13). «En los libros sagrados, el Padre que está en el cielo sale amorosamente al encuentro de sus hijos para conversar con ellos» (DV 21).
- n. 131: LA SAGRADA ESCRITURA EN LA VIDA DE LA IGLESIA - «Es tan grande el poder y la fuerza de la palabra de Dios, que constituye sustento y vigor de la Iglesia, firmeza de fe para sus hijos, alimento del alma, fuente límpida y perenne de vida espiritual» (108). «Los fieles han de tener fácil acceso a la Sagrada Escritura» (DV 22).
- n. 162: (...) Para vivir, crecer y perseverar hasta el fin en la fe debemos alimentarla con la palabra de Dios.
- n. 543: (...) Para entrar en el Reino es necesario acoger la palabra de Jesús (...)
- n. 764: (...) Acoger la palabra de Jesús es acoger «el Reino» (...)
- n.1101: El Espíritu Santo es quien da a los lectores y a los oyentes, según las disposiciones de sus corazones, la inteligencia espiritual de la Palabra de Dios. (...)
- n. 2653: La Palabra de Dios - La Iglesia «recomienda insistentemente a todos sus fieles... la lectura asidua de la Escritura para que adquieran "la ciencia suprema de Jesucristo" (Flp 3, 8)... (...)

4. La auténtica finalidad de las curaciones [de los milagros] que hizo el Señor.

  • Al mismo tiempo que revelan la realidad de un Dios que ama, consiste en que los hombres descubran la realidad de la fe, se abran a ella y se identifiquen con ella.

Cfr. Romano Guardini, El Señor, Ed. Cristiandad 2ª edición 2005, p. 88
Las curaciones de Jesús son obra de Dios, revelación de Dios, camino hacia Dios. Sus milagros de curación están siempre en relación con la fe. En Nazaret no pudo hacer ningún milagro, porque sus compatriotas no creían. Imponer un milagro sería destruir su mismo sentido, pues siempre hace referencia a la fe (Lucas 4,23-30). Los discípulos no pueden curar al joven epiléptico porque tienen poca fe y la fuerza que debe actuar en virtud del Espíritu Santo se ve coartada (Mateo 17,14-21). (…)
Las curaciones de Jesús hacen referencia a la fe, igual que el anuncio del mensaje; y al mismo tiempo revelan la realidad de un Dios que ama. La auténtica finalidad de esas curaciones consiste en que los hombres descubran la realidad de la fe, se abran a ella y se identifiquen con ella.

5. En la Biblia, frecuentemente, las orejas sordas son presentadas como signo de un corazón pusilánime, indiferente, embotado, pesado, ofuscado.

  • El corazón pusilánime, embotado: es ni más ni menos que “vivir el presente como si fuese definitivo”.

  • En el diccionario de la lengua, pusilánime es un adjetivo que indica una falta de ánimo y valor para
tolerar las desgracias o para intentar cosas grandes. Es semejante a apocado, cohibido.
  • En la Biblia, las orejas sordas se consideran como signo de un corazón indiferente. El Señor habla
también de otro adjetivo, que es una realidad semejante: “Cuidad de que no se emboten vuestros corazones” [el corazón embotado, pesado].
  • Una de las causas para estar embotados son, según el Señor en el mismo texto, “las preocupaciones de la
vida” (Lucas 34), que es ni más ni menos que “vivir el presente como si fuese definitivo”.
  • Importancia del corazón en la vida humana

  • En la Escritura

  • Biblia de Jerusalén, nota a Sabiduría 1,3: El «corazón» se considera la sede de nuestra actividad
consciente, intelectual, así como de la afectiva.
  • Biblia de Jerusalén, nota a Génesis 8,21: “El corazón es lo interior del hombre como distinto de lo que
se ve, y sobre todo distinto de la «carne» (2,21+) 2. Es la sede de las facultades y de la personalidad, de la que nacen pensamientos y sentimientos, palabras, decisiones, acción. Dios lo conoce a fondo, sean cuales fueren las apariencias (1 S 16,7); Salmo 17,3; 44,22; Jr 11,20+). El corazón es el centro de la conciencia religiosa y de la vida moral (Salmo 51, 12.19; Jeremías 4,4+; 31, 31-33;+; Ezequiel 36,26). En su corazón busca el hombre a Dios (Deuteronomio 4,29; Sal 105,3; 119,2.10), le escucha (1 Reyes 3,9; Siracida 3, 29; Oseas 2,16; ver Deuteronomio 30,14); le sirve 1 Samuel 12,20.24; le alaba (Salmo 111,1); le ama (Dueteronomio 6,5). El corazón sencillo, recto, puro es aquel al que no divide ninguna reserva o segunda intención, ninguna hipocresía, con respecto a Dios o los hombres. Ver Efesios 1,18+. (...)”.
  • San Josemaría Escrivá

Es Cristo que pasa, n.164
  • Cuando hablamos de corazón humano no nos referimos sólo a los sentimientos, aludimos a toda la
persona que quiere, que ama y trata a los demás. Y, en el modo de expresarse los hombres, que han recogido las Sagradas Escrituras para que podamos entender así las cosas divinas, el corazón es considerado como el resumen y la fuente, la expresión y el fondo último de los pensamientos, de las palabras, de las acciones. Un hombre vale lo que vale su corazón, podemos decir con lenguaje nuestro.
Al corazón pertenecen la alegría: que se alegre mi corazón en tu socorro (Salmo 12,6); el arrepentimiento: mi corazón es como cera que se derrite dentro de mi pecho (Salmo 21,15); la alabanza a Dios: de mi corazón brota un canto hermoso (Salmo 44,2); la decisión para oír al Señor: está dispuesto mi corazón (Sal 56,8); la vela amorosa: yo duermo, pero mi corazón vigila (Cant 5,2). Y también la duda y el temor: no se turbe vuestro corazón, creed en mí (Juna 14,1).
El corazón no sólo siente; también sabe y entiende. La ley de Dios es recibida en el corazón (Cf Salmo 39,9), y en él permanece escrita (Cf Proverbios 7,3). Añade también la Escritura: de la abundancia del corazón habla la boca (Mateo 12,34). El Señor echó en cara a unos escribas: ¿por qué pensáis mal en vuestros corazones? (Mateo 9,4). Y, para resumir todos los pecados que el hombre puede cometer, dijo: del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, adulterios, fornicaciones, hurtos, falsos testimonios, blasfemias (Mateo 15,19).
Cuando en la Sagrada Escritura se habla del corazón, no se trata de un sentimiento pasajero, que trae la emoción o las lágrimas. Se habla del corazón para referirse a la persona que, como manifestó el mismo Jesucristo, se dirige toda ella —alma y cuerpo— a lo que considera su bien: porque donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón (Mateo 6,21).

6. Una petición necesaria al Espíritu Santo, para vivir la vida cristiana: la conversión del corazón.

  • El Espíritu santo habita en los corazones de los fieles como en un templo, y ahí desarrolla su acción.

  • Juan Pablo II, Enc. Dominum et vivificantem, n. 25: Como escribe el Concilio, «el Espíritu habita en
la Iglesia y en el corazón de los fieles como en un templo (cf. 1 Corintios 3, 16; 6,19), y en ellos ora y da testimonio de su adopción como hijos (cf. Gálatas 4, 6; Romanos 8, 15-16.26). Guía a la Iglesia a toda la verdad (cf. Juan 16, 13), la unifica en comunión y misterio, la provee y gobierna con diversos dones jerárquicos y carismáticos y la embellece con sus frutos (cf. Efesios 4, 11-12; 1 Corintios 12, 4; Gálatas 15, 22) con la fuerza del Evangelio rejuvenece la Iglesia, la renueva incesantemente y la conduce a la unión consumada con su Esposo ». (Juan Pablo II, Encíclica. Dominum et vivificantem, n.25)
  • Tal vez nos sintamos espiritualmente sordos, ciegos o cojos. Si no nos comportamos como nos pide el
Evangelio o lo hacemos con fatiga; si tenemos dificultad en perdonar o no ayudamos al prójimo, o no tomamos decisiones a la luz de la fe .... Todo ello tiene que ver con los límites del hombre, que tienen su raíz en la fatiga o dureza de corazón3
  • Pidamos a Jesús que - enviándonos su Espíritu - abra nuestros oídos para saber escuchar su Palabra, y
que libere nuestra lengua para que sepamos transmitir la fe que hemos recibido. Es necesaria la conversión - con frecuencia fatigosa (Cfr. Dominum et vivificantem, n. 45) - del corazón humano, que realiza el Espíritu Santo (cf. Dominum et vivificantem, n. 42).
Vida Cristiana

1 Cfr. También Marcos 8, 22-26.
2 Nota de la Redacción de Vida Cristiana: “Carne” en este caso es la exterioridad, las apariencias. “Carne” es también en la Escritura la condición de debilidad y de precariedad de nuestra existencia humana cuando no está enriquecida o transformada por la acción del Espíritu Santo. De ahí las expresiones “vivir según la carne” o “vivir según el Espíritu”.
3 Cf. Dominum et vivificantem, 47; Cf. Salmo 81 [80], 13; Jeremías 7, 24, Marcos 3, 5.

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