miércoles, 14 de noviembre de 2018

33 semana del tiempo ordinario Año B 18 noviembre 2018





[Chiesa/Omelie1/Vigilanza/33B18EsperaSeñorVigilarTrabajarSantificarTiempo]

Ø Domingo 33 del tiempo ordinario, ciclo B. (2018). La vigilancia en la vida cristiana. El fiel cristiano debe vigilar y trabajar en la espera de la segunda venida del Señor, que juzgará nuestra vida, santificando el tiempo presente. La advertencia de Cristo “velad” se dirige a cada uno de nosotros, para que pensemos en nuestra vida personal. Este modo de pensar es fuente de la verdadera vida interior, prueba de la madurez de la conciencia y manifestación de responsabilidad humana para consigo mismo y para con los otros. Así cada uno de nosotros como cristiano participa en la misión de la Iglesia. La lección de Jesús es doble: la atención al presente y la mirada fija en la meta futura, en la plena y perfecta redención que es el fin y la finalidad del tiempo. Muchos son tentados de cerrarse en el presente, convencidos de que es imposible ir más allá, ascender, perforar la capa opaca de nuestros días frecuentemente absurdos. Otros, por otra parte, se lanzan sólo hacia el futuro, soñando, ignorando los compromisos cotidianos, tendiendo más allá de la cima hasta caer en el engaño, en la fantasía y en la alienación fanática. Como la fecha de la llegada y la plenitud del Reino está escrita sólo en la mente de Dios y en su proyecto de salvación, es inútil proponer los horóscopos o hipótesis de ciencia ficción o de teología ficción.


v  Cfr. 33 semana del tiempo ordinario Año B  18 noviembre 2018

Daniel 12, 1-3; Hebreos 10,11-14.18; Marcos 13, 24-32
cfr. Gianfranco Ravasi, Secondo le Scritture, Anno B Piemme 1996, pp. 330-335; Nuevo Testamento, Eunsa 2004, Marcos 13, 24-27; 28-37.
Marcos 13, 24-32: 24 « Mas por esos días, después de aquella tribulación, el sol se oscurecerá, la luna no dará su resplandor, 25 las estrellas irán cayendo del cielo, y las fuerzas que están en los cielos serán sacudidas. 26 Y entonces verán al Hijo del hombre que viene entre nubes con gran poder y gloria; 27 entonces enviará a los ángeles y reunirá de los cuatro vientos a sus elegidos, desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo. 28 « De la higuera aprended esta parábola: cuando ya sus ramas están tiernas y brotan las hojas, sabéis que el verano está cerca. 29 Así también vosotros, cuando veáis que sucede esto, sabed que El está cerca, a las puertas. 30 . Yo os aseguro que no pasará esta generación hasta que todo esto suceda. 31 El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. 32 Mas de aquel día y hora, nadie sabe nada, ni los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre.

ESTAD SIEMPRE DESPIERTOS
 (Lucas 21, 36: Aleluya antes del Evangelio)

1.    El tiempo presente es un tiempo de espera y de vigilia


·         Catecismo de la Iglesia Católica, n. 672: (…) El tiempo presente, según el Señor, es el tiempo del Espíritu y del testimonio (cf Hechos 1, 8), pero es también un tiempo marcado todavía por la "tribulación" (1 Corintios 7, 26) y la prueba del mal (cf. Ef esios 5, 16) que afecta también a la Iglesia (cf. 1 Pedro 4, 17) e inaugura los combates de los últimos días (1 Juan 2, 18; 4, 3; 1 Timoteo 4, 1). Es un tiempo de espera y de vigilia (cf. Mateo 25, 1-13; Marcos 13, 33-37).

v  En los versículos siguientes al texto del evangelio de Marcos leído hoy, hay una llamada de Jesús a la vigilancia para preparar su segunda venida[1].


o   Vigilad: “porque ignoráis cuándo será el momento”; velad “ya que no sabéis cuando viene el dueño de la casa”.

§  “no sea que llegue de improviso y os encuentre dormidos”; “a todos lo digo: ¡velad!. 
·         vv. 33-37: 33 « Estad atentos y vigilad, porque ignoráis cuándo será el momento. 34 Al  igual que un hombre que se
ausenta: deja su casa, da atribuciones a sus siervos, a cada uno su trabajo, y ordena al portero que vele; 35 velad, por tanto, ya que no sabéis cuándo viene el dueño de la casa, si al atardecer, o a media noche, o al cantar del gallo, o de madrugada. 36 No sea que llegue de improviso y os encuentre dormidos. 37 Lo que a vosotros digo, a todos lo digo: ¡Velad!»]

o   Jesús explicará esta necesidad de vigilar con la mini-parábola de la higuera.

§  En el evangelio de San Mateo (24, 32-35) y San Lucas (21, 29-33) se refiere también esa parábola con la misma finalidad.
·         Marcos 13, 28-29: « De la higuera aprended esta parábola: cuando ya sus ramas están tiernas y brotan las hojas, sabéis que
el verano está cerca. Así también vosotros, cuando veáis que sucede esto, sabed que El está cerca, a las puertas.

2.    El centro de la descripción de Jesús no está en  una catástrofe cósmica, no está en el fin del mundo, sino más bien en la «venida del Hijo del hombre» que es la finalidad del mundo es decir, la meta hacia la cual se dirige la historia para llegar a su plenitud


v  Hay una distinción entre a) el fin del mundo (destrucción, desaparición del mundo), y b) la finalidad del mundo en cuanto meta hacia la que se dirige: Cristo y su ingreso en la historia.

·         Gianfranco Ravasi o.c. , p. 333: “Sin  embargo, el centro de la descripción de Jesús no está en  una
catástrofe cósmica, no está en el fin [ la desaparición] del mundo, sino más bien en la «venida del Hijo del hombre» que es la finalidad del mundo, es decir, la meta hacia la cual se dirige la historia para llegar a su plenitud” (Ravasi o.c. p. 330).
·         G. Ravasi o.c.,  p. 333 “Hay un doble modo de considerar el adjetivo «último»: se puede entender como la meta
de un itinerario o de una espera, o bien el fin de una cosa, es decir, el último instante de vida. Se trata de la diferencia que hay en italiano entre el fin di una realidad [su finalidad] y su  su fin [su desaparición]. El énfasis de de las palabras de Jesús  recae sobre el fin [finalidad] de la historia, aunque en el lenguaje usado tal vez parece orientarse sobre el fin [desaparición]del mundo” (…).
·         Gianfranco Ravasi p. 330-331: “Jesús remite a un famoso libro apocalíptico del Antiguo Testamento, el libro
de Daniel (7, 13-14), en el que se introducía la aparición gloriosa del «Hijo del hombre que venía en las nubes del cielo para recibir el poder, honor y reino, y para ser servido por  todos los pueblos, naciones y lenguas». Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasará, y su reino no será destruido jamás. La tradición judía y cristiana ha visto en esta página el ingreso del Mesías en la historia. Y es bajo esta luz que ahora debemos leer el anuncio de Jesús. Cristo ha venido ya al mundo para imprimir un cambio radical  en la historia humana. Ya se ha dado la inauguración del Reino de Dios, cuya realización es, sin embargo, lenta, aunque hay un crecimiento progresivo. Cuando se  llegará a la plenitud, entonces Cristo «entregará a Dios Padre el Reino para que Dios sea todo en todos» (1 Corintios 15, 24.28)”. 

v  La imagen de la higuera: el cristiano debe vivir con los ojos abiertos, como el centinela que escruta los signos del acercarse de Dios.

·         Gianfranco Ravasi p. 331: “Esta actitud está descrita por Jesús  por medio de la parábola de la higuera, una imagen popular
para indicar los cambios de las estaciones: al contrario de la casi totalidad de las otra plantas de Palestina, la higuera pierde las hojas en invierno, en primavera produce los brotes que, al crecer, nos señalan la inminencia del verano y de los frutos. El cristiano debe vivir con los ojos abiertos, no siendo de carácter blando por  las distracciones  o por el goce ciego, no sentado en los márgenes del río de la vida sino como el centinela que escruta los signos del acercarse de Dios, de su venida hasta «las puertas» de nuestras ciudades y de nuestras casas.
Esta irrupción está siempre «cercana» a cada generación, ya sea a la contemporánea de Jesús que a la del lector de todos los tiempos, porque cada uno tiene a disposición solamente este espacio limitado de tiempo para esperar su venida.  
§  Para entender con finura la imagen de la higuera, es necesario conocer el sistema climático de Palestina
·         Gianfranco Ravasi p. 334: “Para entender con finura la imagen de la higuera, es necesario conocer el sistema climático de
Palestina: la vegetación es siempre verde, con la excepción de la higuera que pierde las hojas en invierno. Prácticamente existen sólo dos estaciones, y la primavera es un período muy breve entre el invierno y el verano. Por tanto, la higuera es el único árbol que señala de modo visual el verano con el brote de sus yemas y, enseguida, el calor hace que explote el follaje y estamos en pleno verano. Hay, por tanto, un breve arco de tiempo para observar la primavera y los signos son mínimos, ligados a los tiernos brotes. Dios se presenta así, como una aparición veloz y secreta; hay que tener ojos vigilantes, mente aguda y corazón preparado para acogerlo”.  

v  Pero como la fecha de la llegada y la plenitud del Reino está escrita sólo en la mente de Dios y en su proyecto de salvación, es inútil proponer los horóscopos o hipótesis de ciencia ficción o de teología ficción. 

·         Gianfranco Ravasi o.c., p. 331: Pero la fecha de la llegada y la plenitud del Reino está escrita sólo en la mente de Dios y en
su proyecto de salvación. Es inútil proponer los horóscopos y agitarse frenéticamente con hipótesis de ciencia ficción o de ficción teológica, como suelen hacer también hoy día ciertas sectas apocalípticas. El creyente, que vive atento a los signos de los tiempos,  vive con intensidad y serenidad su presente,  «su generación», guiado  por la Palabra de Cristo que no pasa, en espera de aquella palabra decisiva y definitiva que será pronunciada por Dios en el momento oportuno y solamente conocido por El”.

v  La lección de Jesús es doble: la atención al presente y la mirada fija en la meta futura, en la plena y perfecta redención que es el fin y la finalidad del tiempo.

o   Muchos son tentados de cerrarse en el presente, convencidos de que es imposible ir más allá, ascender, perforar la capa opaca de nuestros días frecuentemente absurdos. Otros, por otra parte, se lanzan sólo hacia el futuro, soñando, ignorando los compromisos cotidianos, tendiendo más allá de la cima hasta caer en el engaño, en la fantasía y en la alienación fanática.

·         Gianfranco Ravasi o.c. pp. 334-335: “La lección fundamental que debemos recoger de este texto que lleva del fin
[como final de la vida] a la finalidad, es doble. En primer lugar es necesario estar atentos, no distraerse en las cosas, inmersos en la banalidad. Las señales que Dios disemina en la historia son minúsculas pero incisivas. (...) La lección se alarga hacia un horizonte todavía más lejano. El cristiano debe, ciertamente, estar siempre atento al presente, al silencioso paso de Dios por nuestros caminos, pero debe tener también la mirada fija en la meta futura, en la plena y perfecta redención que es el fin y la finalidad del tiempo. (...) No es fácil estar en esta cima. Muchos son tentados de cerrarse en el presente, convencidos de que es imposible ir más allá, ascender, perforar la capa opaca de nuestros días frecuentemente absurdos. Otros, por otra parte, se lanzan sólo hacia el futuro, soñando, ignorando los compromisos cotidianos, tendiendo más allá de la cima hasta caer en el engaño, en la fantasía y en la alienación fanática. El verdadero cristiano obra ahora y aquí, en la espera de que su vida florecerá en el después y en el más allá.”  

o   El  fiel no espera el fin del mundo, sino la venida del Señor. Sabe que no termina en el abismo de la nada, sino que florecerá en la plenitud. En este domingo somos invitados a  interrogarnos sobre algunas cuestiones fundamentales.

·         Gianfranco Ravasi o.c. p. 332: “El fiel, por tanto, no espera el fin del mundo sino la venida del Señor. No espera una
catástrofe cósmica sino una recreación de todo el ser en una armonía suprema, no teme el abismo de la nada sino el florecer de la plenitud y de lo eterno. En efecto, hoy en la primera Lectura, del libro de Daniel, hay un horizonte de luz que espera a los justos: «brillarán como el fulgor del firmamento,  como las estrellas, por toda la eternidad» (12, 3). (...) Hoy somos invitados a interrogarnos sobre algunas cuestiones fundamentales: ¿quién somos, de dónde venimos y hacia dónde vamos, qué sentido tiene la vida y la muerte? Y somos empujados a encontrar respuestas no en los magos ni en los «astrólogos», o en los fanáticos religiosos, sino  en el Evangelio, que nos presenta una meta con luz, conquistada, sin embargo, a través de la paciencia cotidiana, a través de la esperanza, de estar atentos, a través del amor. En aquel día, Dios «hará nuevas todas las cosas y al que tenga sed le dará gratis del manantial del agua de la vida» (Apocalipsis 21, 5-6)”.
           

3.    Sobre el tiempo presente.


v  No podemos perder el tiempo, que es corto. Hay que gastarlo fielmente, lealmente, administrar bien – con sentido de responsabilidad – los talentos que hemos recibido.

·         San Josemaría, Hoja Informativa n. 1, Madrid, Mayo 1976: “Este mundo, mis hijos, se nos va de las manos. No
podemos perder el tiempo, que es corto: es preciso que nos empeñemos de veras en esa tarea de nuestra santificación personal y de nuestro trabajo apostólico, que nos ha encomendado el Señor: hay que gastarlo fielmente, lealmente, administrar bien – con sentido de responsabilidad – los talentos que hemos recibido”.
“Entiendo muy bien aquella exclamación que San Pablo escribe a los de Corinto: tempus breve est!, ¡qué breve es la duración de nuestro paso por la tierra! Estas palabras, para un cristiano coherente, suenan en lo más íntimo de su corazón como un reproche ante la falta de generosidad, y como una invitación constante para ser leal. Verdaderamente es corto nuestro tiempo para amar, para dar, para desagraviar.”


4.    Juan Pablo II: la  importancia del tiempo en la vida cristiana, el deber de santificarlo.

       Tertio millenio adveniente, n. 10.

v  Cristo es el Señor del tiempo

10. En el cristianismo el tiempo tiene una importancia fundamental. Dentro de su dimensión se crea el mundo, en su interior se desarrolla la historia de la salvación, que tiene su culmen en la « plenitud de los tiempos » de la Encarnación y su término en el retorno glorioso del Hijo de Dios al final de los tiempos. En Jesucristo, Verbo encarnado, el tiempo llega a ser una dimensión de Dios, que en sí mismo es eterno. Con la venida de Cristo se inician los « últimos tiempos » (cf. Hebreos 1, 2), la « última hora » (cf. 1 Juan 2, 18), se inicia el tiempo de la Iglesia que durará hasta la Parusía.
De esta relación de Dios con el tiempo nace el deber de santificarlo.
(...) En la liturgia de la Vigilia pascual el celebrante, mientras bendice el cirio que simboliza a Cristo resucitado, proclama: « Cristo ayer y hoy, principio y fin, Alfa y Omega. Suyo es el tiempo y la eternidad. A El la gloria y el poder por los siglos de los siglos ». Pronuncia estas palabras grabando sobre el cirio la cifra del año en que se celebra la Pascua. El significado del rito es claro: evidencia que Cristo es el Señor del tiempo, su principio y su cumplimiento; cada año, cada día y cada momento son abarcados por su Encarnación y Resurrección, para de este modo encontrarse de nuevo en la « plenitud de los tiempos ».

5.    Papa Francisco: la idolatría del acostumbramiento que hace sordo el corazón.

v  La necesidad de dirigir la mirada al final de las cosas creadas, como la Iglesia enseña en estos días que concluyen el Año litúrgico. [2]

o   ¡Hasta las costumbres pueden ser pensadas como dioses! No las divinicemos.

Hay otra idolatría, la del acostumbramiento que hace sordo el corazón. Lo muestra Jesús en el Evangelio (Lc 17,26-37), con esa descripción de los hombres y mujeres de los tiempos de Noé y de Sodoma: comían, bebían, compraban, vendían, sembraban, construían sin preocuparse de nada, hasta el momento del diluvio o de la lluvia de fuego y azufre, de la destrucción absoluta. Todo es habitual. La vida es así: vivimos así, sin pensar en el ocaso de este modo de vivir. Eso también es idolatría: estar apegado a las costumbres, sin pensar que todo acabará. La Iglesia nos hace mirar al final de estas cosas. ¡Hasta las costumbres pueden ser pensadas como dioses! Así es la vida, y así vamos adelante… Pero, así como la belleza acabará en otra belleza, nuestra costumbre acabará en una eternidad, en otra costumbre. ¡Pero estará Dios!
Es preciso dirigir la mirada siempre más allá, a la costumbre final, al único Dios que está más allá, al final de las cosas creadas, como la Iglesia enseña en estos días que concluyen el Año litúrgico, para no repetir el error fatal de volverse atrás, como le pasó a la mujer de Lot, y con la certeza de que, si la vida es bella, también el ocaso lo será. Nosotros los creyentes no somos gente que se vuelve atrás, que cede, sino gente que va siempre adelante. Ir siempre adelante por la vida, mirando las bellezas y con las costumbres que todos tenemos, pero sin divinizarlas, porque se acabarán… Que las pequeñas bellezas, que reflejan la gran belleza, sean nuestras costumbres para sobrevivir en el canto eterno, en la contemplación de la gloria de Dios.

Vida Cristiana





[1] Jesús vino ya una vez (lo celebramos en las fiestas de la Navidad), y en esa su primera venida a la tierra ha inaugurado el Reino de Dios; podemos entrar en ese reino con una vida conforme al Evangelio. En el evangelio de hoy el Señor se refiere a la segunda venida: en la profesión de fe que frecuentemente recitamos en la celebración de la Eucaristía, tal como la hemos recibido por tradición, decimos que creemos en aquel «que subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre; y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin».

[2]  Nota de la Redacción de Vida Cristiana: probablemente, se confirmará más adelante, estas palabras de Papa Francisco se pueden encontrar en la homilía en Santa Marta el 13 de noviembre de 2015.  Espero encontrar la fuente donde se encuentra el texto completo. La liturgia es la del viernes de la 32 semana del tiempo ordinario, año I.

San Juan Pablo II, Homilía, Domingo 33 del tiempo ordinario, ciclo B





[Chiesa/Omelie1/Vigilancia/VigilanciaVidaCristianaVeladConcienciaMaduraJPII]

Ø Domingo de la semana 33 de tiempo ordinario, ciclo B (18 de noviembre de 2018). La vigilancia en la vida cristiana. “Velad y orad en todo tiempo, para que podáis presentaros ante el Hijo del hombre”. Homilía de San Juan Pablo II (1979). El Señor nos dirige especialmente una palabra: “Velad”. Que esta exhortación plasme nuestra vida desde sus fundamentos. Que nos permita vivir en la medida plena de la dignidad del hombre, es decir, en la libertad madura. Que dé a la vida de cada uno de nosotros esa dimensión espléndida, cuya fuente es Cristo. Es la prueba de la madurez de la conciencia. Es la manifestación de la responsabilidad para consigo y para con los otros.    


v  Cfr. San Juan Pablo II, Homilía, Domingo 33 del tiempo ordinario, ciclo B

                  Daniel 12,1-3; Hebreos 10,11-14.18; Marcos 13,24-32
                  Parroquia de San Juan Evangelista, Spinaceto (Roma) (18-XI-1979)
                 

v  La necesidad de velar

En la liturgia de este domingo, el Señor nos dirige, especialmente una palabra: “Velad”. Cristo la ha pronunciado bastantes veces y en circunstancias diversas. Hoy la palabra “velad” se une a la perspectiva escatológica, a la perspectiva de las realidades últimas: “velad y orad en todo tiempo, para que podáis presentaros ante el Hijo del hombre” (cfr. Mt 24, 42. 44).
A este ruego corresponden ya las palabras de la primera lectura del libro del profeta Daniel. Pero sobre todo corresponden las palabras del Evangelio según Marcos. Estas palabras afirman que “el cielo y la tierra pasarán” (Mt 13,31) e incluso delinean el cuadro de este pasar, refiriéndose al fin del mundo.
Me permito referirme a las palabras de la Encíclica Redemptor hominis: “El hombre...vive cada vez más en el miedo. Teme que sus productos, naturalmente no todos y no la mayor parte, sino algunos y precisamente los que contienen una parte especial de su genialidad y de su iniciativa, puedan ser dirigidos de manera radical contra él mismo; teme que puedan convertirse en medios e instrumentos de una auto destrucción inimaginable, frente a la cual todos los cataclismos y las catástrofes de la historia que conocemos parecen palidecer” (Redemptor Hominis III,15).

v  Ese “velad” de Cristo, que resuena en la liturgia de hoy en este denso contenido, se dirige a cada uno de nosotros, a cada hombre.

Ese “velad” de Cristo, que resuena en la liturgia de hoy en este denso contenido, se dirige a cada uno de nosotros, a cada hombre. Cada uno de nosotros tiene su propia parte en la historia del mundo y en la historia de la salvación, mediante la partici­pación en la vida de la propia sociedad, de la nación, del ambiente de la familia.

o   Piense cada uno de nosotros en su vida personal.

Piense cada uno de nosotros en su vida personal. Piense en su vida conyugal y familiar. El marido piense en su comportamiento con la mujer; la mujer en su comportamiento con el marido; los padres para con los hijos, y los hijos para con los padres. Los jóvenes piensen en sus relaciones con los adultos y con toda la sociedad, que tiene derecho de ver en ellos su propio futuro mejor. Los sanos piensen en los enfermos y en los que sufren; los ricos en los necesitados. Los Pastores de almas en estos hermanos y hermanas, que constituyen el “redil del Buen Pastor”, etc.

o   Este modo de pensar, que nace del contenido profundo y universal del “velad” de Cristo, es fuente de la verdadera vida interior. Es la prueba de la madurez de la conciencia.

Este modo de pensar, que nace del contenido profundo y universal del “velad” de Cristo, es fuente de la verdadera vida interior. Es la prueba de la madurez de la conciencia. Es la manifestación de la responsabilidad para consigo y para con los otros. A través de este modo de pensar y de actuar, cada uno de nosotros como cristiano participa en la misión de la Iglesia.

v  No podemos cerrar los ojos ante el significado definitivo de nuestra existencia terrena. Debemos vivir con los ojos bien abiertos.

En la Carta a los Hebreos se afirma que Jesucristo “con una sola oblación perfeccionó para siempre a los santificados” (Hb 10,14). Nosotros mediante la fe, vivimos en la perspectiva de este Sacrificio y Único, y lo realizamos constantemente, cada uno por su cuenta y todos en comunidad, con nuestra vida, con nuestra vela.
No podemos cerrar los ojos a las realidades últimas. No podemos cerrar los ojos ante el significado definitivo de nuestra existencia terrena.
“El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Mc 13,31), dice el Señor. Debemos vivir con los ojos bien abiertos.

o   Este abrir los ojos, favorecido por la luz de la fe, trae también la paz y la alegría.

§  Y nos permite vivir en la medida plena de la dignidad del hombre, es decir, en la libertad madura.
Este abrir los ojos, favorecido por la luz de la fe, trae también la paz y la alegría, como testifican las palabras del salmo responsorial de la liturgia de hoy. La alegría se deriva del hecho que “el Señor es el lote de mi heredad y mi copa” (Sal 16,5). No vivimos en el vacío, y no caminamos en el vacío.
“El Señor es el lote de mi heredad y mi copa,/ mi suerte está en tu mano./ Tengo siempre presente al Señor,/ con Él a mi derecha no vacilaré./ Por esto se me alegra el corazón,/ se gozan mis entrañas” (Sal 16,5.8.9).
Por lo tanto no tengo miedo de aceptar esta exhortación: “Velad, pues, porque no sabéis cuándo llegará vuestro Señor”, velad “porque a la hora que menos penséis vendrá el Hijo del hombre” (Mt 24,42.44).
Esta exhortación plasme nuestra vida desde sus fundamentos. Nos permita vivir en la medida plena de la dignidad del hombre, es decir, en la libertad madura. Dé a la vida de cada uno de nosotros esa dimensión espléndida, cuya fuente es Cristo.



Vida Cristiana

viernes, 9 de noviembre de 2018

Domingo 32 del tiempo ordinario ciclo B, 11 noviembre 2018





Ø Domingo 32 del tiempo ordinario, Año B. (2018). El óbolo de la viuda: echó en el cepillo del templo todo lo que tenía para vivir. Jesús inauguró la ofrenda y el sacrificio de sí mismo: aquí se realiza la finalidad última del hombre sobre la tierra. El Espíritu Santo infunde en nosotros no sólo el «don de Dios», sino también la capacidad y la necesidad de donarnos. La conversión de nuestra vida en un don.  No me interesan vuestras cosas sino vosotros (2 Cor 12,14). El objetivo de la vida moral del cristiano es  hacer de la vida un don y «una ofrenda viva».

v  Cfr. Domingo 32 del tiempo ordinario ciclo B, 11 noviembre 2018

Marcos 12, 38-44; 1 Re 17,10-16; Hebreos 9,24-28
1 Reyes 17, 10-16: 10. Elías Se levantó y se fue a Sarepta. Cuando entraba por la puerta de la ciudad había allí una mujer viuda que recogía leña. La llamó Elías y dijo: « Tráeme, por favor, un poco de agua para mí en tu jarro para que pueda beber. » 11 Cuando ella iba a traérsela, le gritó: « Tráeme, por favor, un bocado de pan en tu mano. » 12 Ella dijo: « Vive Yahveh tu Dios, no tengo nada de pan cocido: sólo tengo un puñado de harina en la tinaja y un poco de aceite en la orza. Estoy recogiendo dos palos, entraré y lo prepararé para mí y para mi hijo, lo comeremos y moriremos. » 13 Pero Elías le dijo: « No temas. Entra y haz como has dicho, pero primero haz una torta pequeña para mí y tráemela, y luego la harás para ti y para tu hijo. 14 Porque así habla Yahveh, Dios de Israel: No se acabará la harina en la tinaja, no se agotará el aceite en la orza hasta el día en que Yahveh conceda la lluvia sobre la haz de la tierra. 15 Ella se fue e hizo según la palabra de Elías, y comieron ella, él y su hijo. 16 No se acabó la harina en la tinaja ni se agotó el aceite en la orza, según la palabra que Yahveh había dicho por boca de Elías.
Marcos 12: 38 Decía también en su enseñanza: «Guardaos de los escribas, que gustan pasear con amplio ropaje, ser saludados en las plazas, 39 ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; 40 y que devoran la hacienda de las viudas so capa de largas oraciones. Esos tendrán una sentencia más rigurosa. 41Jesús se sentó frente al arca del Tesoro y miraba cómo echaba la gente monedas en el arca del Tesoro: muchos ricos  echaban mucho. 42 Llegó también una viuda pobre y echó dos monedas pequeñas, o sea, una cuarta parte del as. 43 Entonces, llamando a sus discípulos, les dijo: «Os digo de verdad que esta viuda pobre ha echado más que todos los que echan en el arca del Tesoro. 44 Pues todos han echado de los que les sobraba, ésta, en cambio, ha echado de lo que necesitaba todo cuanto poseía, todo lo que tenía para vivir.
                                                                                        
EL ÓBOLO DE LA VIUDA
La viuda echó en el cepillo del templo «todo lo que tenía para vivir».
(Evangelio)
El objetivo de la vida moral del cristiano
es hacer de la vida un don y «una ofrenda viva» (cfr. Romanos 12,1) .


1. Para entender los relatos sobre las dos viudas de la liturgia de hoy.

Cfr. Raniero Cantalamessa, Di sabato insegnava, Piemme 1998, pp. 290-295

v  La condición de vida de las viudas en el Antiguo Testamento

·         «En aquella época, la viuda era una de las personas más pobres en la sociedad. La inserción en la
sociedad de la mujer se realizaba solamente a través del marido y la pérdida de éste significaba la pérdida de todos los derechos y de toda ayuda. No heredaba los bienes del marido, sino que ella misma  era  parte de la herencia del hijo primogénito. Por tanto, una viuda sin padre o sin hijos mayores estaba expuesta a toda clase de angustias y de riesgos». En el Antiguo Testamento, la viuda era, junto al huérfano y al forastero, una de las tres categorías símbolo de la pobreza, de la soledad y de la necesidad por lo que era una de las categorías más queridas por Dios que se definía “padre de los huérfanos y defensor de las viudas” (Salmo 68,6). 
·         En una de las salas del templo, la "sala del tesoro", había trece cepillos en donde se recogían las
limosnas para el culto. Jesús observa en silencio el comportamiento de la gente, ve que algunos ricos echan grandes cantidades haciendo ostentación, Jesús no se deja impresionar. En cambio, se conmueve al ver pasar a una pobre viuda que sólo echa dos de las monedas más pequeñas que había entonces.
·         En la primera Lectura de hoy, todo acaba bien, porque el Señor hace el milagro de que se multiplique
la harina y el aceite, como premio a la generosidad de la viuda que da de comer al profeta Elías con lo poco que tenía para ella y su hijo.

v  La viuda del Evangelio

·         En cambio, en la lectura del Evangelio no aparece que la viuda tenga algún premio por su generosidad.
 No hay ningún milagro. “Ella no sabe ni siquiera que ha sido observada desde lejos por Jesús. Su gesto acaba en el secreto entre ella y Dios”.  “En el Nuevo Testamento la recompensa no es fundamentalmente temporal sino eterna, es la posesión de Dios mismo: «Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo». (Mateo 25, 34)”. “Es verdad que  Jesús ha prometido cien veces más aquí a los que dejan todo por el evangelio, pero eso no consiste en bienes materiales sino espirituales, es decir en «justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo» (Romanos, 14-17)”.  

2. Comentarios de San Agustín

o   Sermón 107 A. La viuda echó en el cepillo del templo todo lo que poseía.

§  Dios no valora la cantidad sino la voluntad.
Retened lo que poseéis, pero de forma que deis a los necesitados. Al hombre que no había robado lo ajeno, pero que miraba por lo suyo con diligencia inmoderada, nuestro Señor Jesucristo le dijo: Necio, esta noche se te quitará tu alma. ¿Para quién será lo que acumulaste? (Lc 12,20). Pero. luego añadió: Así es todo el que atesora para sí y no es rico en Dios. ¿Quieres ser rico en Dios? Da a Dios. Da no tanto en cantidad, como en buena voluntad. Pues no por dar poco, de lo poco que posees, se considerará como poco cuanto dieres. Dios no valora la cantidad sino la voluntad. Recordad, hermanos, aquella viuda. Oísteis decir a Zaqueo: Doy la mitad de mis bienes a los pobres. Dio mucho de lo mucho que tenía y compró la posesión del reino de los cielos a gran precio, según las apariencias. Pero si se considera cuán gran cosa es, todo lo que dio es cosa sin valor comparado con el reino de los cielos. Parece que dio mucho porque era muy rico.
Contemplad aquella pobre viuda que llevaba dos pequeñas monedas. Los presentes observaban lo mucho que echaban los ricos en el cepillo del templo y contemplaban sus grandes cantidades. Entró ella al templo y echó dos monedas. ¿Quién se preocupó ni siquiera de echarle una mirada? Pero el Señor la miró, y de tal manera que sólo la vio a ella y la recomendó a los que no la veían, es decir, les recomendó que mirasen a la que ni siquiera veían. «Estáis viendo -les dijo- a esta viuda, -y entonces se fijaron en ella-; ella echó mucho más en ofrenda a Dios que aquellos ricos que ofrecieron mucho de lo mucho que poseían». Ellos ponían sus miradas en las grandes ofertas de los ricos, alabándolos por ello. Aunque luego vieron a la viuda, ¿cuándo vieron aquellas dos monedas? Ella echó más en ofrenda a Dios -dijo el Señor- que aquellos ricos. Ellos echaron mucho de lo mucho que tenían; ella echó todo lo que poseía. Mucho tenía, pues tenía a Dios en su corazón. Es más tener a Dios en el alma que oro en el arca. ¿Quién echó más que la viuda que no se reservó nada para sí?

o   Sermón 105 A, 1. Nadie dio tanto como la que no reservó nada para sí

§  ¿Acaso eran ricos los apóstoles? Abandonaron solamente unas redes y una barquichuela, y siguieron al Señor.
(…) El Señor no se fija en si las riquezas son grandes, sino en la piedad de la voluntad. ¿Acaso eran ricos los apóstoles? Abandonaron solamente unas redes y una barquichuela, y siguieron al Señor. Mucho abandonó quien se despojó de la esperanza del siglo, como aquella viuda que depositó dos monedas en el cepillo del templo. Según el Señor, nadie dio más que ella.
A pesar de que muchos ofrecieron mayor cantidad, ninguno, sin embargo, dio tanto como ella en ofrenda a Dios, es decir, en el cepillo del templo (Lc 21,1-2). Muchos ricos echaban en abundancia, y él los contemplaba (Mc 12,41), pero no porque echaban mucho. Esta mujer entró con sólo dos monedillas. ¿Quién se dignó poner los ojos en ella? Sólo aquel que al verla no miró si la mano estaba llena o no, sino al corazón. La observó, pregonó su acción y al hacerlo proclamó que nadie había dado tanto como ella. Nadie dio tanto como la que no reservó nada para sí. Das poco, porque tienes poco; pero si tuvieras más, darías más. Pero ¿acaso por dar poco a causa de tu pobreza, te encontrarás con menos, o recibirás menos porque diste menos?
§  Podemos fijarnos en las cosas que se dan o en el corazón que se da.
Si se examinan las cosas que se dan, unas son grandes, otras son pequeñas; unas abundantes, otras escasas. Si, en cambio, se escudriñan los corazones de quienes dan, hallarás con frecuencia en quienes dan mucho un corazón tacaño, y en quienes dan poco uno generoso. Tú miras a lo mucho dado y no a cuánto se reservó para sí ese que tanto dio, cuánto fue lo que en definitiva otorgó, o cuánto robó quien de ello da algo a los pobres, como queriendo corromper con ello a Dios, el juez. Lo que consigues con tu donación es que no te perjudiquen tus riquezas, no que te aprovechen. Porque si fueres pobre y, desde tu pobreza, dieses, aunque fuera poco, se te imputaría tanto como al rico que da en abundancia, o quizá más, como a aquella mujer.

3. San Josemaría

v  Camino 829

·         «¿No has visto las lumbres de la mirada de Jesús cuando la pobre viuda deja en el templo su pequeña
limosna? Dale tú lo que puedas dar: no está el mérito en lo poco o en lo mucho, sino en la voluntad con que lo des». [1]

4. La conversión de nuestra vida en un don.

                         

v  El Espíritu Santo infunde en nosotros no sólo el «don de Dios», sino también la capacidad y la necesidad de donarnos. Nos contagia, por así decirlo, con su mismo ser.

Cfr. Raniero Cantalamessa, El canto del Espíritu, Meditaciones sobre el Veni Creator,  PPC
            1999 pp. 91-93
“El Espíritu Santo no infunde en nosotros sólo el «don de Dios», sino también la capacidad y la necesidad de donarnos. Nos contagia, por así decirlo, con su mismo ser. Él es la «donación», y donde llega crea un dinamismo que nos conduce a convertirnos, a nuestra vez, en don para los demás. (p. 93).
«Al darnos el Espíritu Santo, Dios ha derramado su amor en nuestros corazones». (Rm 5,5,)

La palabra «amor» indica  tanto el amor de Dios por nosotros como nuestra nueva capacidad de volver a amar a Dios y a los hermanos.  Indica «el amor por el que nos hacemos amantes de Dios» (San Agustín, El espíritu y la letra, 32,56). El Espíritu Santo no infunde, por tanto, en nosotros sólo el amor, sino también la capacidad de amar.  Lo mismo cabe decir a propósito del don: al venir a nosotros, el Espíritu no nos trae sólo el don de Dios, sino también el «donarse» de Dios. El Espíritu Santo es verdaderamente el agua viva que, cuando la recibimos «se convierte en un manantial de agua que brota para vida eterna» (Juan 4,14), es decir, rebota y se derrama sobre quienes están a nuestro alrededor”.  (p. 93)

v  Jesús inauguró la ofrenda y el sacrificio de sí mismo: aquí se realiza la finalidad última del hombre sobre la tierra.

Cfr. Raniero Cantalamessa, El canto del Espíritu -  Meditaciones sobre el Veni Creator, PPC 1999  p. 94-95
Jesús inauguró una nueva modalidad de ofrenda y sacrificio: la ofrenda y el sacrificio de sí mismo. Él se presenta al Padre «no con sangre de machos cabríos ni de toros, sino con su propia sangre» (Hebreos 9,12), ofreciéndose a sí mismo como sacrificio de suave olor (cfr. Efesios 5,2). En esto, recomienda el Apóstol, tenemos que ser todos «imitadores de Dios» Efesios 5,1). Dios dice a todos los hombres lo que Pablo dice a  sus fieles: «No me interesan vuestras cosas, sino vosotros» (2 Corintios 12,14).  (p. 94)
Aquí se realiza la finalidad última de la existencia del hombre en la tierra. ¿Por qué Dios nos ha hecho el don de la vida, si no es para que tuviéramos, a nuestra vez, algo grande y hermoso que ofrecerle a él como don? Escribe san Ireneo:
«Nosotros hacemos ofrendas a Dios, no porque él las necesite, sino para darle gracias con sus mismos dones y santificar la creación. No es Dios quien necesita algo de nosotros, somos nosotros quienes necesitamos ofrecerle algo» (Contra las herejías, IV, 18,6). (p. 94)

            Al final de la vida, sólo lo que hayamos dado nos quedará en la mano, transformado en algo terreno. Uno de los poemas de Tagore presenta a un mendigo que cuenta su historia. Convertido en prosa, dice así:
“Había estado mendigando de puerta en puerta por toda la aldea, cuando apareció a lo lejos una carroza de oro. Era la carroza del hijo del rey. Yo pensé: «Es la oportunidad de mi vida». Me senté abriendo mi alforja de par en par, esperando que se me daría la limosna sin tener que pedirla siquiera; más aún, que las riquezas lloverían al suelo a mi alrededor.  Pero cuál fue mi sorpresa cuando, al llegar junto a mí, la carroza se paró, el hijo del rey bajó y, tendiendo la mano derecha, me dijo: ¿Qué tienes para darme?. ¿Qué clase de gesto real era ese de tenderle la mano a un mendigo? Confuso e indeciso, saqué de mi alforja un  grano de arroz, sólo uno, el más pequeño, y se lo di. Pero qué tristeza sentí por la noche cuando, hurgando en mi alforja, encontré un pequeño grano de oro, sólo uno. Lloré amargamente por no haber tenido el valor de dárselo todo” (Cfr. Tagore, R.: Gitanjali, 50). (pp. 94-95)
Todo lo que no damos se pierde, ya que, estando destinados a morir, morirá con nosotros todo aquello que hayamos conservado hasta el último momento, mientras que lo que damos se sustrae a la corrupción y, por así decirlo, es enviado a la eternidad.  (p. 95)
-          Ese mendigo avaro somos nosotros, cuando extendemos continuamente la mano a Dios para pedirle
favores y  no vemos nunca su mano extendida «majestuosamente» hacia nosotros. Él no pide porque tiene necesidad, sino para poder transformar en oro nuestros pequeños «granos de arroz»” [2].

o   La Misa es el medio instituido por Cristo para dar a cada creyente la posibilidad de ofrecerse al Padre en unión con él.  

Cf. Raniero Cantalamessa o.c. pp. 96-97
“Con todo, no podemos, por nosotros mismos, hacer de nuestra vida este don a Dios a favor de los hermanos, sin una ayuda especial del Espíritu Santo. El propio Jesús, como hemos visto, se ofreció al Padre «con un Espíritu eterno», o «con la cooperación del  Espíritu Santo, como dice una antigua plegaria de la misa. Y sus miembros no pueden ofrecerse de otra manera. Por eso la liturgia, cuando invoca al Espíritu sobre la asamblea, después de la consagración., insiste precisamente sobre este aspecto:
                                    «Que él haga de nosotros un sacrificio perpetuo agradable a ti»
«Concédenos a cuantos compartimos este pan y este cáliz, que, congregados en un solo cuerpo por el
 Espíritu Santo, seamos en Cristo víctima viva para alabanza de tu gloria»
 (Misal Romano. Plegarias  eucarísticas  III  y IV)  (p. 96)

La Misa es el medio instituido por Cristo para dar a cada creyente la posibilidad de ofrecerse al Padre en unión con él. Elevado sobre la cruz, Jesús «atrae a todos hacia sí» (Cfr. Jn 12,32), no en el sentido de una genérica atracción de los corazones y de las miradas, sino en el sentido de que nos une íntimamente a su ofrecimiento, hasta el punto de formar con él una única oblación, como las gotas de agua que, unidas al vino, forman en el cáliz una única bebida de salvación. De este modo, el humilde ofrecimiento de nosotros mismos adquiere a su vez un valor  inmenso. (...)”.  (p. 97)

v  El objetivo de la vida moral del cristiano es  hacer de la vida un don y «una ofrenda viva» (cfr. Romanos  12,1) 

Cf. Raniero Cantalamessa, El canto del Espíritu -  Meditaciones sobre el Veni  Creator, PPC 1999,
Cap. V  Don Altísimo de Dios: El Espíritu Santo nos enseña a hacer de nuestra vida un don pp. 87-103  
·         El Espíritu Santo (que prolonga en la historia el acto de donarse del Dios trino) “es el único que puede
ayudarnos  a hacer de nuestra vida un don y una «ofrenda viva». En esto se resume todo el objetivo de la vida moral del cristiano: ésta es, para Pablo, la única respuesta adecuada a la Pascua de Cristo:
«Os pido, pues, hermanos, por la misericordia de Dios,
que os ofrezcáis como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios» (Rm 12,1).  (p. 93)

Vida Cristiana


·         [1] Nota de la Redacción de Vida Cristiana. Frente a la ostentación de los escribas y a la apariencia de
los ricos, Jesús opone la rectitud de intención y la generosidad de esa pobre viuda: Cfr. La ostentación de los escribas: Y él, instruyéndolos, les decía: «¡Cuidado con los escribas! Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en las plazas, buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y devoran los bienes de las viudas y aparentan hacer largas oraciones. Esos recibirán una condenación más  rigurosa» (Marcos 12, 38-40): 38; la apariencia de los ricos: Estando Jesús sentado enfrente del tesoro del templo, observaba a la gente que iba echando dinero: muchos ricos echaban mucho; se acercó una viuda pobre y echó dos monedillas, es decir, un cuadrante. Llamando a sus discípulos, les dijo: «En verdad os digo que esta viuda pobre ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero esta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir» (Marcos  12, 41-44).
[2] Nota de la redacción de Vida Cristiana: no se ha conseguido comprobar de dónde se ha sacado esta cita.

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