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martes, 28 de marzo de 2017

La Esperanza cristiana - 9. El yelmo de la esperanza (1Ts 5,4-11)



1 Esperanza cristiana (9). Catequesis de Papa Francisco en la Audiencia general del miércoles 1 de febrero de 2017. La comunidad de Tesalónica es una comunidad joven, fundada hace poco; sin embargo, a pesar de las dificultades y tantas pruebas, está arraigada en la fe y celebra con entusiasmo y con alegría la resurrección del Señor Jesús. Cuando San Pablo escribe su primera carta a los fieles tesalonicenses, la dificultad de la comunidad no era tanto reconocer la resurrección de Jesús, todos lo creían, sino creer en la resurrección de los muertos. Cada vez que nos encontramos ante nuestra muerte, o la de una persona querida, sentimos que nuestra fe se pone a prueba. Surgen todas nuestras dudas, toda nuestra fragilidad, y nos preguntamos: «Pero, ¿de verdad habrá vida después de la muerte? ¿Podré todavía ver y volver a abrazar a las personas que he amado?». Pablo, ante los temores y perplejidades de la comunidad, invita a tener firme en la cabeza como un yelmo, sobre todo en las pruebas y en los momentos más difíciles de nuestra vida, «la esperanza de la salvación». Es un yelmo 1 . Eso es la esperanza cristiana. Así es la esperanza cristiana: tener la certeza de que estoy en camino hacia algo que es, no que yo quiero que sea. Esa es la esperanza cristiana. La esperanza cristiana es la espera de una cosa que ya se ha cumplido y que ciertamente se realizará para cada uno de nosotros. Nuestra resurrección y la de los queridos difuntos, pues, no es una cosa que podrá pasar o no, sino que es una realidad cierta, en cuanto arraigada en el evento de la resurrección de Cristo. Una expresión de San Pablo me llena de la seguridad de la esperanza. Dice así: «En adelante estaremos siempre con el Señor» (1Ts 4,17). Una cosa bonita: todo pasa, pero, después de la muerte, estaremos siempre con el Señor. Cfr. Papa Francisco, Catequesis en la Audiencia General del miércoles 1 de febrero de 2017. La Esperanza cristiana - 9. El yelmo de la esperanza (1Ts 5,4-11) Queridos hermanos y hermanas, en las pasadas catequesis iniciamos nuestro recorrido sobre el tema de la esperanza releyendo en esa perspectiva algunas páginas del Antiguo Testamento. Ahora queremos pasar a destacar el alcance extraordinario que esta virtud asume en el Nuevo Testamento, cuando encuentra la novedad representada por Jesucristo y el acontecimiento pascual: la esperanza cristiana. Nosotros cristianos, somos mujeres y hombres de esperanza. Es lo que surge de modo claro desde el primer texto que se escribió, es decir la Primera Carta de San Pablo a los Tesalonicenses. En el pasaje que hemos escuchado, se puede percibir toda la frescura y la belleza del primer anuncio cristiano. La de Tesalónica es una comunidad joven, fundada hace poco; sin embargo, a 1 Nota de la redacción de Vida Cristiana. . El yelmo. «Es una pieza dela armadura antigua que resguardaba la cabeza». (Diccionario de la Real Academia española). «Se llama yelmo, palabra de origen germánico helm, 1 al elemento de la armadura que protege la cabeza y el rostro del guerrero. Tuvo su momento cumbre en la Baja Edad Media cuando llegaron a ser piezas importantes de la armadura medieval, posteriormente se siguieron utilizando en desfiles, paradas militares y torneos deportivos en pos de seguridad. Actualmente se fabrican para armaduras con fines ornamentales y decorativos; pese a que su función la siguen realizando cascos deportivos y para unidades anti disturbios». (…) Pese a que en Oriente no se utiliza mucho o nada la protección de la cara, en Occidente el peso y volumen del yelmo va en aumento con el paso del tiempo, caso de los compactos cascos germánicos de una pieza propios de la Baja Edad Media. Así se incrementaba la protección, pero se reducía la visibilidad. De esta manera un romance andaluz relata como un sólo arquero musulmán logró matar al adelantado castellano cuando este cercaba la plaza con sus hombres, gritándole aquel y este alzando su celada para "mejor ver quien lo llamaba", momento en el que disparó su flecha alcanzándolo en el cráneo desprovisto entonces de protección. (Wikipedia). 2 pesar de las dificultades y tantas pruebas, está arraigada en la fe y celebra con entusiasmo y con alegría la resurrección del Señor Jesús. El Apóstol entonces se alegra de corazón con todos, en cuanto que los que renacen en la Pascua se convierten de verdad en «hijos de la luz e hijos del día» (5,5), por la plena comunión con Cristo. Cuando Pablo le escribe, la comunidad de Tesalónica está recién fundada, y solo pocos años la separan de la Pascua de Cristo. Por eso, el Apóstol intenta hacerles comprender a todos los efectos y las consecuencias que ese evento único y decisivo, o sea la resurrección del Señor, comporta para la historia y para la vida de cada uno. En particular, la dificultad de la comunidad no era tanto reconocer la resurrección de Jesús, todos lo creían, sino creer en la resurrección de los muertos. Sí, Jesús ha resucitado, pero la dificultad era creer que los muertos resuciten. En tal sentido, esta carta se revela más actual que nunca. Cada vez que nos encontramos ante nuestra muerte, o la de una persona querida, sentimos que nuestra fe se pone a prueba. Surgen todas nuestras dudas, toda nuestra fragilidad, y nos preguntamos: «Pero, ¿de verdad habrá vida después de la muerte? ¿Podré todavía ver y volver a abrazar a las personas que he amado?». Esta pregunta me la hizo una señora hace pocos días en una audiencia, manifestando una duda: “¿Encontraré a los míos?”. También nosotros, en el contexto actual, necesitamos volver a la raíz y a los fundamentos de nuestra fe, para tomar conciencia de los que Dios ha obrado por nosotros en Cristo Jesús y qué significa nuestra muerte. Todos tenemos un poco de miedo por esa incertidumbre de la muerte. Me viene a la memoria un viejecito, un anciano, bueno, que decía: “Yo no tengo miedo de la muerte. Tengo un poco de miedo de verla venir”. Tenía miedo de eso. Pablo, ante los temores y perplejidades de la comunidad, invita a tener firme en la cabeza como un yelmo, sobre todo en las pruebas y en los momentos más difíciles de nuestra vida, «la esperanza de la salvación». Es un yelmo. Eso es la esperanza cristiana. Cuando se habla de esperanza, podemos dejarnos llevar a entenderla según la acepción común del término, es decir en referencia a algo bonito que deseamos, pero que puede realizarse o no. Esperamos que suceda, es como un deseo. Se dice, por ejemplo: «Espero que mañana haga buen tiempo»; pero sabemos que al día siguiente puede hacer en cambio mal tiempo… La esperanza cristiana no es así. La esperanza cristiana es la espera de algo que ya se ha realizado; la puerta está ahí, y yo espero llegar a la puerta. ¿Qué debo hacer? ¡Caminar hacia la puerta! Estoy seguro de que llegaré a la puerta. Así es la esperanza cristiana: tener la certeza de que estoy en camino hacia algo que es, no que yo quiero que sea. Esa es la esperanza cristiana. La esperanza cristiana es la espera de una cosa que ya se ha cumplido y que ciertamente se realizará para cada uno de nosotros. También nuestra resurrección y la de los queridos difuntos, pues, no es una cosa que podrá pasar o no, sino que es una realidad cierta, en cuanto arraigada en el evento de la resurrección de Cristo. Así pues, esperar significa aprender a vivir a la espera. Aprender a vivir a la espera y hallar la vida. Cuando una mujer se da cuenta de que está encinta, cada día aprende a vivir a la espera de ver la mirada de aquel niño que vendrá. Así también nosotros debemos vivir y aprender de esas esperas humanas y vivir a la espera de mirar al Señor, de encontrar al Señor. Esto no es fácil, pero se aprende: vivir a la espera. Esperar significa e implica un corazón humilde, un corazón pobre. Solo un pobre sabe esperar. Quien ya está lleno de sí y de sus cosas, no sabe poner su confianza en ningún otro si no en sí mismo. Escribe también san Pablo: «Él [Jesús] murió por nosotros para que, tanto si velamos como si dormimos, vivamos juntos con él» (1Ts 5,10). Estas palabras son siempre motivo de gran consuelo y de paz. También por las personas amadas, que nos han dejado, estamos llamados a rezar para que vivan en Cristo y estén en plena comunión con nosotros. Una cosa que me llega tanto al corazón es una expresión de san Pablo, también dirigida a los Tesalonicenses. Me llena de la seguridad de la esperanza. Dice así: «En adelante estaremos siempre con el Señor» (1Ts 4,17). Una cosa bonita: todo pasa, pero, después de la muerte, estaremos siempre con el Señor. Es la certeza total de la esperanza, la misma que, mucho tiempo antes, hacía exclamar a Job: «Yo sé que mi redentor vive […]. Yo lo veré por mí mismo, mis ojos lo contemplarán» (Jb 19,25.27). Y así para siempre estaremos con el Señor. ¿Vosotros creéis esto? Os pregunto: ¿creéis esto? Para tener un poco de fuerza os invito a decirlo tres veces conmigo: “En adelante estaremos siempre con el Señor”. Y allí, con el Señor, nos encontraremos. www.parroquiasantamonica.com Vida Cristiana

La Esperanza cristiana - 8. Judit: la valentía de una mujer da esperanza al pueblo.



1 Esperanza cristiana. (8). Catequesis de Papa Francisco en la Audiencia general del miércoles 25 de enero de 2017. La figura de una gran heroína del pueblo: Judit. Ante la imponente campaña militar del rey Nabucodonosor, el cual, reinando en Nínive, extiende los confines del imperio derrotando y esclaviza a todos los pueblos del entorno, cuando pone en asedio a una ciudad de Judea, Betulia, cortando el abastecimiento de agua y debilitando así la resistencia de la población, la desesperación era grande en aquella gente. La capacidad de fiarse de Dios se ha agotado. Se sabe que esos soldados entrarán a saquear la ciudad, se llevarán a las mujeres como esclavas y luego matarán a todos los demás. Esto es justo “el límite”. Judit, viuda, mujer de gran belleza y sabiduría, le habla al pueblo con el lenguaje de la fe. Invoquemos la ayuda de Dios, esperando pacientemente su salvación, y él nos escuchará si esa es su voluntad. El Señor es Dios de salvación —y ella lo cree así—, cualquier forma que tome. Es salvación liberar de los enemigos y hacer vivir, pero, en sus planes impenetrables, puede ser salvación también entregar a la muerte. Mujer de fe, ella lo sabe. Y ya conocemos el final, cómo acabó la historia: Dios salva. Fiarse de Dios quiere decir entrar en sus planes sin pretender nada, incluso aceptando que su salvación y su ayuda lleguen a nosotros de modo diverso a nuestras expectativas. Sin fáciles resignaciones, haciendo todo lo que está en nuestras posibilidades, pero siempre permaneciendo en el surco de la voluntad del Señor, porque —lo sabemos— rezó tanto, habló tanto al pueblo y luego, valiente, se fue, buscó el modo de acercarse al jefe del ejército y consiguió cortarle la cabeza, degollarlo. Es valiente en la fe y en las obras. ¡Y siempre busca al Señor! Cfr. Papa Francisco, Catequesis en la Audiencia General del miércoles 25 de enero de 2017. La Esperanza cristiana - 8. Judit: la valentía de una mujer da esperanza al pueblo. Entre las figuras de mujer que el Antiguo Testamento nos presenta, sobresale la de una gran heroína del pueblo: Judit. El Libro bíblico que lleva su nombre narra la imponente campaña militar del rey Nabucodonosor, el cual, reinando en Nínive, extiende los confines del imperio derrotando y esclavizando a todos los pueblos del entorno. El lector comprende que se halla ante un grande, invencible enemigo que está sembrando muerte y destrucción y que llega hasta la Tierra Prometida, poniendo en peligro la vida de los hijos de Israel. De hecho, el ejército de Nabucodonosor, bajo la guía del general Holofernes, pone en asedio a una ciudad de Judea, Betulia, cortando el abastecimiento de agua y debilitando así la resistencia de la población. La situación se vuelve dramática, hasta el punto de que los habitantes de la ciudad se dirigen a los ancianos pidiendo que rendirse a los enemigos. Las suyas son palabras desesperadas: «Ya no hay nadie que pueda auxiliarnos, porque Dios nos ha puesto en manos de esa gente para que desfallezcamos de sed ante sus ojos y seamos totalmente destruidos —llegaron a decir esto: “Dios nos ha vendido”; la desesperación era grande en aquella gente—. Llamadlos ahora mismo y entregad la ciudad como botín a Holofernes y a todo su ejército» (Jdt 7,25-26). El final parece ya inevitable, la capacidad de fiarse de Dios se ha agotado. La capacidad de fiarse de Dios se ha agotado. Y cuántas veces llegamos a situaciones de límite donde no sentamos tampoco la capacidad de tener confianza en el Señor. ¡Es una tentación fea! Y, paradójicamente, parece que, para huir a la muerte, no quede más que entregarse en manos de quien mata. Ellos saben que esos soldados entrarán a saquear la ciudad, llevarse a las mujeres como esclavas y luego matar a todos los demás. Esto es justo “el límite”. Y ante tanta desesperación, el jefe del pueblo intenta proponer un atisbo de esperanza: resistir aún cinco días, esperando la intervención salvífica de Dios. Pero es una esperanza débil, que le hace concluir: «Si transcurridos esos días, no nos llega ningún auxilio, entonces obraré como decís» (7,31). Pobre hombre: estaba sin salida. Cinco días le conceden a Dios —y aquí está el pecado—; cinco días le dan a Dios para intervenir; cinco días de espera, pero ya con la perspectiva del fin. Conceden cinco días a Dios para salvarles, 2 pero saben que no tienen confianza, esperan lo peor. En realidad, nadie del pueblo es ya capaz de esperar. Estaban desesperados. En esa situación aparece en escena Judit. Viuda, mujer de gran belleza y sabiduría, le habla al pueblo con el lenguaje de la fe. Valiente, les echa en cara al pueblo: «Ahora ponéis a prueba al Señor todopoderoso […]. No, hermanos; no provoquéis la ira del Señor, nuestro Dios. Porque si él no quiere venir a ayudarnos en el término de cinco días, tiene poder para protegernos cuando él quiera o para destruirnos ante nuestros enemigos […]. Por tanto, invoquemos su ayuda, esperando pacientemente su salvación, y él nos escuchará si esa es su voluntad» (8,13.14-15.17). Es el lenguaje de la esperanza. Llamemos a las puertas del corazón de Dios, Él es Padre, Él puede salvarnos. Esta mujer, viuda, se arriesga a quedar mal ante los demás. Pero es valiente. Va adelante. Esta es una opinión mía: las mujeres son más valientes que los hombres (aplausos en el aula). Y con la fuerza de un profeta, Judit arenga a los hombres de su pueblo para devolverles la confianza en Dios; con la mirada de un profeta, ve más allá del estrecho horizonte propuesto por los jefes y que el miedo hace aún más limitado. Dios actuará seguro —afirma—, mientras que la propuesta de los cinco días de espera es un modo para tentarlo y para evadir su voluntad. El Señor es Dios de salvación —y ella lo cree así—, cualquier forma que tome. Es salvación liberar de los enemigos y hacer vivir, pero, en sus planes impenetrables, puede ser salvación también entregar a la muerte. Mujer de fe, ella lo sabe. Y ya conocemos el final, cómo acabó la historia: Dios salva. Queridos hermanos y hermanas, no pongamos nunca condiciones a Dios y dejemos, en cambio que la esperanza venza nuestros temores. Fiarse de Dios quiere decir entrar en sus planes sin pretender nada, incluso aceptando que su salvación y su ayuda lleguen a nosotros de modo diverso a nuestras expectativas. Nosotros pedimos al Señor vida, salud, afectos, felicidad; y es justo hacerlo, pero conscientes de que Dios sabe sacar vida hasta de la muerte, que se puede experimentar la paz hasta en la enfermedad, y que puede haber serenidad también en la soledad y felicidad hasta en el llanto. No somos nosotros los que podemos enseñar a Dios lo que debe hacer, lo que necesitamos. Él lo sabe mejor que nosotros, y debemos fiarnos, porque sus caminos y sus pensamientos son diferentes a los nuestros. El camino que Judit nos indica es el de la confianza, de la espera en la paz, de la oración y de la obediencia. Es el camino de la esperanza. Sin fáciles resignaciones, haciendo todo lo que está en nuestras posibilidades, pero siempre permaneciendo en el surco de la voluntad del Señor, porque —lo sabemos— rezó tanto, habló tanto al pueblo y luego, valiente, se fue, buscó el modo de acercarse al jefe del ejército y consiguió cortarle la cabeza, degollarlo. Es valiente en la fe y en las obras. ¡Y siempre busca al Señor! Judit, de hecho, tiene su plan, lo realiza con éxito y lleva al pueblo a la victoria, pero siempre con la actitud de fe de quien todo lo acepta de manos de Dios, segura de su bondad. Así, una mujer llena de fe y de valentía devuelve fuerza a su pueblo en peligro mortal y lo conduce por los caminos de la esperanza, indicándolos también a nosotros. Y nosotros, si hacemos un poco de memoria, cuántas veces hemos sentido palabras sabias, valientes, de personas humildes, de mujeres humildes que uno piensa que —sin despreciarlas— fuesen ignorantes… ¡Pero son palabras de la sabiduría de Dios! Las palabras de las abuelas… Cuántas veces las abuelas saben decir la palabra justa, la palabra de esperanza, porque tienen la experiencia de la vida, han sufrido tanto, se han fiado de Dios y el Señor nos hace el don de darnos el consejo de esperanza. Y, yendo por esos caminos, será alegría y luz pascual encomendarse al Señor con las palabras de Jesús: «Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz. Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22,42). Y esa es la oración de la sabiduría, de la confianza y de la esperanza. www.parroquiasantamonica.com Vida Cristiana

La Esperanza cristiana - 6. Salmo 115. Las falsas esperanzas en los ídolos



1 Esperanza cristiana (6). Catequesis de Papa Francisco en la Audiencia general del 11 de enero de 2017. Es importante que pongamos nuestra confianza en lo que verdaderamente pueda ayudar a vivir y dar sentido a nuestra existencia. Por eso la Sagrada Escritura nos pone en guardia contras las falsas esperanzas que el mundo nos presenta, desenmascarando su inutilidad y mostrando su insensatez. Y lo hace de varios modos, pero sobre todo denunciando la falsedad de los ídolos en los que el hombre es continuamente tentado a poner su confianza, haciéndolos objeto de su esperanza. Fe es fiarse de Dios, pero cuando surgen dificultades en la vida, el hombre experimenta la fragilidad de esa confianza y siente la necesidad de certezas diversas, de seguridades tangibles, concretas. Yo me fío de Dios, pero la situación es un poco fea y necesito una certeza un poco más concreta. ¡Y ahí está el peligro! Y entonces somos tentados a buscar consuelos incluso efímeros, que parecen llenar el vacío de la soledad y aliviar la fatiga del creer. Y pensamos poderlas encontrar en la seguridad que puede dar el dinero, en las alianzas con los poderosos, en la mundanidad, en las falsas ideologías. Los falsos ídolos que el mundo ofrece a nuestra esperanza. Cfr. Audiencia General de Papa Francisco, en la catequesis del miércoles, 11 de enero de 2017 La Esperanza cristiana - 6. Salmo 115. Las falsas esperanzas en los ídolos Queridos hermanos y hermanas, buenos días. En el pasado mes de diciembre y en la primera parte de enero hemos celebrado el tiempo de Adviento y luego el de Navidad: un periodo del año litúrgico que despierta en el pueblo de Dios la esperanza. Esperar es una necesidad primaria del hombre: esperar en el futuro, creer en la vida, el llamado “pensar en positivo”. Pero es importante que pongamos nuestra confianza en lo que verdaderamente pueda ayudar a vivir y dar sentido a nuestra existencia. Por eso la Sagrada Escritura nos pone en guardia contras las falsas esperanzas que el mundo nos presenta, desenmascarando su inutilidad y mostrando su insensatez. Y lo hace de varios modos, pero sobre todo denunciando la falsedad de los ídolos en los que el hombre es continuamente tentado a poner su confianza, haciéndolos objeto de su esperanza. En particular los profetas y sabios insisten en esto, tocando un punto neurálgico del camino de fe del creyente. Porque fe es fiarse de Dios —quien tiene fe se fía de Dios— pero llega un momento en que, enfrentándose a las dificultades de la vida, el hombre experimenta la fragilidad de esa confianza y siente la necesidad de certezas diversas, de seguridades tangibles, concretas. Yo me fío de Dios, pero la situación es un poco fea y necesito una certeza un poco más concreta. ¡Y ahí está el peligro! Y entonces somos tentados a buscar consuelos incluso efímeros, que parecen llenar el vacío de la soledad y aliviar la fatiga del creer. Y pensamos poderlas encontrar en la seguridad que puede dar el dinero, en las alianzas con los poderosos, en la mundanidad, en las falsas ideologías. A veces las buscamos en un dios que pueda plegarse a nuestras peticiones y mágicamente intervenir para cambiar la realidad y hacerla como nosotros la queremos; un ídolo, precisamente, que en cuanto tal no puede hacer nada, impotente y mentiroso. ¡Pero a nosotros nos gustan los ídolos, nos gustan mucho! Una vez, en Buenos Aires, tenía que ir de una iglesia a otra, mil metros, más o menos. Y lo hice caminando. Y hay un parque en medio, y en el parque había mesitas, pero muchas, muchas, donde estaban sentados los videntes. Estaba lleno de gente, que hasta hacía cola. Tú les dabas la mano y él empezaba, pero el discurso era siempre el mismo: hay una mujer en tu vida, hay una sombra que viene, pero todo irá bien… Y luego pagabas. ¿Y eso te da seguridad? Es la seguridad de una —permitidme la palabra— de una estupidez. Ir al vidente o a la vidente que leen las cartas: ¡eso es un ídolo! Y cuando estamos tan apegados, compramos falsas 2 esperanzas. Mientras de la que es la esperanza de la gratuidad, que nos ha traído Jesucristo, gratuitamente dando la vida por nosotros, de esa a veces no nos fiamos tanto. Un Salmo lleno de sabiduría nos pinta de modo muy sugestivo la falsedad de esos ídolos que el mundo ofrece a nuestra esperanza y a los que los hombres de todo tiempo son tentados a fiarse. Es el salmo 115, que dice así: «Sus ídolos son plata y oro, obra de manos de hombres. Tienen boca, mas no hablan; Tienen ojos, mas no ven; Tienen orejas, mas no oyen; Tienen narices, mas no huelen; Tienen manos, mas no palpan; Tienen pies, mas no andan; No hablan con su garganta. Semejantes a ellos son los que los hacen, Y cualquiera que confía en ellos» (vv. 4-8). El salmista nos presenta, de modo hasta un poco irónico, la realidad absolutamente efímera de esos ídolos. Y debemos comprender que no se trata solo de figuras hechas de metal o de otro material, sino también las construidas con nuestra mente, cuando nos fiamos de realidades limitadas que trasformamos en absolutas, o cuando reducimos a Dios a nuestros esquemas y a nuestras ideas de divinidad; un dios que se nos parece, comprensible, previsible, precisamente como los ídolos de los que habla el Salmo. El hombre, imagen de Dios, se fabrica un dios a su propia imagen, y es incluso una imagen mal lograda: no siente, no actúa, y sobre todo no puede hablar. Pero, nosotros estamos más contentos yendo a los ídolos que yendo al Señor. Estamos tantas veces más contentes de la efímera esperanza que te de ese falso ídolo, que la gran esperanza segura que nos da el Señor. A la esperanza en un Señor de la vida que con su Palabra ha creado el mundo y conduce nuestras existencias, se contrapone la confianza en simulacros mudos. Las ideologías con su pretensión de absoluto, las riquezas –y esto es un gran ídolo–, el poder y el éxito, la vanidad, con su ilusión de eternidad y de omnipotencia, valores como la belleza física y la salud, cuando se convierten en ídolos a los que sacrificar todo, son todas realidades que confunden la mente y el corazón, y en vez de favorecer la vida conducen a la muerte. Es feo oír, y produce dolor al alma, eso que una vez, hace años, escuché en la diócesis de Buenos Aires: una buena mujer, muy guapa, se gloriaba de su belleza, comentando, como si fuese natural: “Pues sí, he tenido que abortar porque mi figura es muy importante”. Esos son los ídolos, y te llevan por el camino equivocado y no te dan felicidad. El mensaje del Salmo es muy claro: si se pone la esperanza en los ídolos, se vuelve como ellos: imágenes vacías con manos que no tocan, pies que no caminan, bocas que no pueden hablar. Ya no se tiene nada que decir, se vuelven incapaces de ayudar, de cambiar las cosas, incapaces de sonreír, de entregarse, incapaces de amar. Y también nosotros, hombres de Iglesia, corremos ese riesgo cuando nos “mundanizamos”. Hay que estar en el mundo, pero defenderse de las ilusiones del mundo, que son esos ídolos que he mencionado. Como sigue el Salmo, hay que confiar y esperar en Dios, y Dios dará la bendición. Así dice el Salmo: «Israel, confía en el Señor […] Casa de Aarón, confía en el Señor […] 3 Los que teméis al Señor, confiad en el Señor […] El Señor se acuerda de nosotros, y nos bendecirá» (vv. 9.10.11.12). Siempre el Señor se acuerda. Incluso en los momentos feos Él se acuerda de nosotros. Y ese es nuestra esperanza. Y la esperanza no defrauda. Nunca. Jamás. Los ídolos defraudan siempre: son fantasías, no son de verdad. He aquí la estupenda realidad de la esperanza: confiando en el Señor se vuelve como Él, su bendición nos trasforma en sus hijos, que comparten su vida. La esperanza en Dios nos hace entrar, por así decir, en el radio de acción de su recuerdo, de su memoria que nos bendice y nos salva. Y entonces puede surgir el aleluya, la alabanza al Dios vivo y verdadero, que por nosotros ha nacido de María, ha muerto en la cruz y ha resucitado en la gloria. Y en ese Dios tenemos esperanza, y ese Dios —que no es un ídolo— no defrauda jamás. www.parroquiasantamonica.com Vida Cristiana

La Esperanza cristiana - 7. Jonás: esperanza y oración



1 Esperanza cristiana (7). Catequesis de Papa Francisco sobre la esperanza cristiana, en la Audiencia general del miércoles 18 de enero de 2017. La figura del profeta Jonás. Cuando Dios manda a Jonás a predicar en una ciudad, el profeta, que conoce la bondad del Señor y su deseo de perdonar, intenta alejarse de su tarea y huye. En su huida, durante la travesía por mar, estalla una tremenda tempestad, y Jonás baja a la bodega de la nave y se abandona al sueño. El capitán de la nave despierta a Jonás diciéndole: «¿Qué haces ahí dormido? ¡Levántate, invoca a tu Dios! A ver si Dios se ocupa de nosotros y no perecemos» (Jon 1,6). El instintivo horror de morir despierta la necesidad de esperar en el Dios de la vida. «A ver si Dios se ocupa de nosotros y no perecemos»: son las palabras de la esperanza que se convierte en oración, la súplica llena de angustia que sale de los labios del hombre ante un inminente peligro de muerte. Nos dirigimos a Dios en la necesidad como si fuese solo una oración interesada, y por eso imperfecta. Pero Dios conoce nuestra debilidad, sabe que nos acordamos de Él para pedir ayuda, y con la sonrisa indulgente de un padre, Dios responde benévolamente. Que el Señor nos haga entender este vínculo entre oración y esperanza. La oración te lleva adelante en la esperanza y cuando las cosas se ponen oscuras, ¡hace falta más oración! Y habrá más esperanza. Cfr. Papa Francisco, catequesis en la Audiencia General del miércoles 18 de enero de 2017- La Esperanza cristiana - 7. Jonás: esperanza y oración Queridos hermanos y hermanas, buenos días. En la Sagrada Escritura, entre los profetas de Israel, destaca una figura un poco anómala, un profeta que intenta desentenderse de la llamada del Señor, rechazando ponerse al servicio del plan divino de salvación. Se trata del profeta Jonás, de quien se narra su historia en un pequeño librito de solo cuatro capítulos, una especie de parábola portadora de una gran enseñanza, la de la misericordia de Dios que perdona. Jonás es un profeta “en salida” y ¡también un profeta en fuga! Es un profeta en salida al que Dios envía “a la periferia”, a Nínive, para convertir a los habitantes de aquella gran ciudad. Pero Nínive, para un israelita como Jonás, representaba una realidad amenazadora, el enemigo que ponía en peligro a la misma Jerusalén, y por tanto al que hay que destruir, y no precisamente salvar. Por eso, cuando Dios manda a Jonás a predicar a aquella ciudad, el profeta, que conoce la bondad del Señor y su deseo de perdonar, intenta alejarse de su tarea y huye. Durante su fuga, el profeta entra en contacto con paganos, los marineros de la nave en la que se había embarcado para alejarse de Dios y de su misión. Y huye lejos, porque Nínive estaba en la zona de Irak, y huye a España, huye en serio. Y es precisamente el comportamiento de esos hombres paganos, como luego será el de los habitantes de Nínive, el que nos permite hoy reflexionar un poco sobre la esperanza que, ante el peligro y la muerte, se expresa en oración. Porque durante la travesía por mar, estalla una tremenda tempestad, y Jonás baja a la bodega de la nave y se abandona al sueño. Los marineros en cambio, viéndose perdidos, «invocaron cada uno a su propio dios»: eran paganos (Jon 1,5). El capitán de la nave despierta a Jonás diciéndole: «¿Qué haces ahí dormido? ¡Levántate, invoca a tu Dios! A ver si Dios se ocupa de nosotros y no perecemos» (Jon 1,6). La reacción de esos “paganos” es la reacción normal ante la muerte, ante el peligro; porque es entonces cuando el hombre experimenta completamente su propia fragilidad y la necesidad de salvación. El instintivo horror de morir despierta la necesidad de esperar en el Dios de la vida. «A ver si Dios se ocupa de nosotros y no perecemos»: son las palabras de la esperanza que se convierte 2 en oración, la súplica llena de angustia que sale de los labios del hombre ante un inminente peligro de muerte. Demasiado fácilmente desdeñamos el dirigirnos a Dios en la necesidad como si fuese solo una oración interesada, y por eso imperfecta. Pero Dios conoce nuestra debilidad, sabe que nos acordamos de Él para pedir ayuda, y con la sonrisa indulgente de un padre, Dios responde benévolamente. Cuando Jonás, reconociendo las propias responsabilidades, se hace arrojar al mar para salvar a sus compañeros de viaje, la tempestad se aplaca. La muerte inminente lleva a esos hombres paganos a la oración, hizo que el profeta, a pesar de todo, viviese su propia vocación al servicio de los demás, aceptando sacrificarse por ellos, y ahora conduce a los sobrevivientes al reconocimiento del verdadero Señor y a la alabanza. Los marineros, que había rezado presos del miedo dirigiéndose a sus dioses, ahora, con sincero temor del Señor, reconocen al verdadero Dios y ofrecen sacrificios e hicieron votos. La esperanza, que les había llevado a rezar para no morir, se revela aún más poderosa y obra una realidad que va incluso más allá de lo que esperaban: no solo no perecen en la tempestad, sino que se abren al reconocimiento del verdadero y único Señor del cielo y de la tierra. Posteriormente, también los habitantes de Nínive, ante la perspectiva de ser destruidos, rezarán, movidos por la esperanza en el perdón de Dios. Harán penitencia, invocarán el Señor y se convertirán a Él, comenzado por el rey que, como el capitán de la nave, de voz a la esperanza diciendo: «¡Quién sabe si Dios se arrepiente, […] y no pereceremos!» (Jon 3,9). También para ellos, como para la tripulación en la tempestad, haber afrontado la muerte y haber salido salvos les llevó a la verdad. Así, bajo la misericordia divina, y más aún a la luz del misterio pascual, la muerte puede ser, como lo fue para san Francisco de Asís, “nuestra hermana muerte” y representar, para cada hombre y para cada uno de nosotros, la sorprendente ocasión de conocer la esperanza y de encontrar al Señor. Que el Señor nos haga entender este vínculo entre oración y esperanza. La oración te lleva adelante en la esperanza y cuando las cosas se ponen oscuras, ¡hace falta más oración! Y habrá más esperanza. Gracias. www.parroquiasantamonica.com Vida Cristiana

La Esperanza cristiana - 5. Raquel “llora a sus hijos”, pero... “hay una esperanza para tu descendencia” (Jer 31)



1 Esperanza Cristiana (5). Catequesis de Papa Francisco en la Audiencia general del 4 de enero de 2017. Las lágrimas engendran esperanza. La esperanza vivida en el llanto: Raquel, esposa de Jacob y madre de José y Benjamín. Muere al dar a luz a su segundo hijo Benjamín. Tiempo después es representada por el profeta Jeremías como viva en Ramá, allí donde se reunían los israelitas deportados, y llora por sus hijos que en cierto sentido han muerto yendo al exilio; hijos que, como ella misma dice, “ya no existen”, han desaparecido para siempre. Raquel no quiere ser consolada. Este rechazo expresa la profundidad de su dolor y la amargura de su llanto. Ante la tragedia de la pérdida de sus hijos, una madre no puede aceptar palabras o gestos de consuelo, que son siempre inadecuados, nunca capaces de aliviar el dolor de una herida que no puede ni quiere ser olvidado. El rechazo de Raquel que no quiere ser consolada nos enseña también cuánta delicadeza se nos pide ante el dolor ajeno. Para hablar de esperanza a quien está desesperado, hay que compartir su desesperación; para enjugar una lágrima del rostro de quien sufre, hay que unir al suyo nuestro llanto. Solo así nuestras palabras pueden ser realmente capaces de dar un poco de esperanza. Esta mujer, que aceptó morir, en el momento del parto, para que el hijo pudiese vivir, con su llanto es ahora principio de vida nueva para los hijos exiliados, prisioneros, alejados de su patria. Al dolor y al llanto amargo de Raquel, el Señor responde con una promesa que ahora puede ser para ella motivo de auténtico consuelo: el pueblo podrá volver del exilio y vivir en la fe, libre, su propia relación con Dios. Jesús, Cordero inocente, morirá después, a su vez, por todos nosotros. El Hijo de Dios entró en el dolor de los hombres. No se puede olvidar esto. Cuando alguno se dirige a mí y me hace preguntas difíciles, por ejemplo: “Dígame, Padre: ¿por qué sufren los niños?”, de verdad que no sé qué responder. Solo digo: “Mira el Crucifijo: Dios nos ha dado a su Hijo, Él ha sufrido, y quizá allí halles una respuesta”. Cfr. Papa Francisco, Audiencia general del 4 de enero de 2017, sobre la Esperanza CristianaLa Esperanza cristiana - 5. Raquel “llora a sus hijos”, pero... “hay una esperanza para tu descendencia” (Jer 31) Queridos hermanos y hermanas, buenos días. En la catequesis de hoy quisiera contemplar con vosotros una figura de mujer que nos habla de la esperanza vivida en el llanto. La esperanza vivida en el llanto. Se trata de Raquel, la esposa de Jacob y madre de José y Benjamín, la que, como nos cuenta el Libro del Génesis, muere al dar a luz a su segundo hijo, o sea a Benjamín. El profeta Jeremías hace referencia a Raquel dirigiéndose a los Israelitas en el exilio para consolarlos, con palabras llenas de emoción y de poesía; es decir, toma el llanto de Raquel, pero da esperanza: Esto dice el Señor: «Una voz se oye en Ramá, un lamento, un llanto amargo. Es Raquel que llora a sus hijos, y no admite consuelo, porque ya no existen» (Jer 31,15). En esos versículos, Jeremías presenta a esta mujer de su pueblo, la gran matriarca de su tribu, en una realidad de dolor y llanto, pero a la vez con una perspectiva de vida impensada. Raquel, que en el relato del Génesis había muerto dando a luz y asumió la muerte para que el hijo pudiese vivir, ahora en cambio, representada por el profeta como viva en Ramá, allí donde se reunían los deportados, llora por sus hijos que en cierto sentido han muerto yendo al exilio; hijos que, como ella misma dice, “ya no existen”, han desaparecido para siempre. Y por eso Raquel no quiere ser consolada. Este rechazo expresa la profundidad de su dolor y la amargura de su llanto. Ante la tragedia de la pérdida de sus hijos, una madre no puede aceptar 2 palabras o gestos de consuelo, que son siempre inadecuados, nunca capaces de aliviar el dolor de una herida que no puede ni quiere ser olvidado. Un dolor proporcional al amor. Cualquier madre sabe todo esto; y son tantas, también hoy, las madres que lloran, que no se resignan a la pérdida de un hijo, inconsolables ante una muerte imposible de aceptar. Raquel recoge en sí el dolor de todas las madres del mundo, de todo tiempo, y las lágrimas de cada ser humano que llora pérdidas irreparables. Este rechazo de Raquel que no quiere ser consolada nos enseña también cuánta delicadeza se nos pide ante el dolor ajeno. Para hablar de esperanza a quien está desesperado, hay que compartir su desesperación; para enjugar una lágrima del rostro de quien sufre, hay que unir al suyo nuestro llanto. Solo así nuestras palabras pueden ser realmente capaces de dar un poco de esperanza. Y si no puedo decir palabras así, con llanto y dolor, mejor el silencio; la caricia, el gesto, sin palabras. Y Dios, con su delicadeza y su amor, responde al llanto de Raquel con palabras verdaderas, no fingidas; así prosigue de hecho el texto de Jeremías: Esto dice el Señor, respondiendo al llanto: «Detén tu voz de seguir llorando y tus ojos de las lágrimas, que hay galardón para tu pena – oráculo del Señor–, pues volverán del país enemigo. Hay una esperanza para tu futuro –oráculo del Señor–, pues volverán los hijos a su patria» (Ger 31,16-17). Precisamente por el llanto de la madre, todavía hay esperanza para los hijos, que volverán a la vida. Esta mujer, que aceptó morir, en el momento del parto, para que el hijo pudiese vivir, con su llanto es ahora principio de vida nueva para los hijos exiliados, prisioneros, alejados de su patria. Al dolor y al llanto amargo de Raquel, el Señor responde con una promesa que ahora puede ser para ella motivo de auténtico consuelo: el pueblo podrá volver del exilio y vivir en la fe, libre, su propia relación con Dios. Las lágrimas han engendrado esperanza. Y esto no es fácil de entender, pero es verdad. Tantas veces, en nuestra vida, las lágrimas siembran esperanza, son semillas de esperanza. Como sabemos, este texto de Jeremías es luego tomado por el evangelista Mateo y aplicado a la matanza de los inocentes (cfr. 2,16-18). Un texto que nos pone ante la tragedia de la muerte de seres humanos indefensos, al horror del poder que desprecia y suprime la vida. Los niños de Belén mueren a causa de Jesús. Y Él, Cordero inocente, morirá después, a su vez, por todos nosotros. El Hijo de Dios entró en el dolor de los hombres. No se puede olvidar esto. Cuando alguno se dirige a mí y me hace preguntas difíciles, por ejemplo: “Dígame, Padre: ¿por qué sufren los niños?”, de verdad que no sé qué responder. Solo digo: “Mira el Crucifijo: Dios nos ha dado a su Hijo, Él ha sufrido, y quizá allí halles una respuesta”. Pero respuestas de aquí [se señala la cabeza] no hay. Solo mirando el amor de Dios que da a su Hijo que ofrece su vida por nosotros, puede indicar algún camino de consuelo. Y por eso decimos que el Hijo de Dios entró en el dolor de los hombres; ha compartido y aceptado la muerte; su Palabra es definitivamente palabra de consuelo, porque nace del llanto. Y en la cruz será Él, el Hijo que muere, quien dé una nueva fecundidad a su madre, confiándole al discípulo Juan y haciéndola madre del pueblo de los creyentes. La muerte es vencida, y se cumple así la profecía de Jeremías. También las lágrimas de María, como las de Raquel, han generado esperanza y nueva vida. Gracias. www.parroquiasantamonica.com Vida Cristiana

La Esperanza cristiana - 4. Abraham, padre en la fe y en la esperanza



1 La esperanza cristiana (4). Catequesis de Papa Francisco (28 de diciembre de 2016). La figura de Abraham. San Pablo dice que Abraham «Creyó, firme en la esperanza contra toda esperanza»: creyó en la palabra de Dios que le prometía un hijo. “Contra toda esperanza”, porque era inverosímil lo que el Señor le estaba anunciando, ya que él era anciano — tenía casi cien años — y su mujer era estéril. Es la capacidad de ir más allá de los razonamientos humanos, de la sabiduría y de la prudencia del mundo, más allá de lo que es normalmente considerado de sentido común, para creer en lo imposible. Abraham se quejó al señor, ante las dificultades que tuvo. Esa queja suya es una forma de fe, es una oración. A pesar de todo, Abraham continúa creyendo en Dios y esperando que todavía algo podría pasar. De lo contrario, ¿por qué interpelar al Señor, quejarse a Él, recordarle sus promesas? La esperanza no es certeza que te da seguridad en la duda y en la perplejidad. Sino que muchas veces, la esperanza es oscuridad; pero está ahí la esperanza… que te lleva adelante. Cfr. Papa Francisco, Audiencia general del 28 de diciembre de 2016. La Esperanza cristiana - 4. Abraham, padre en la fe y en la esperanza Queridos hermanos y hermanas, buenos días. San Pablo, en la Carta a los Romanos, nos recuerda la gran figura de Abraham, para indicarnos la vía de la fe y de la esperanza. De él el apóstol escribe: «Creyó, firme en la esperanza contra toda esperanza, y así llegó a ser padre de muchos pueblos» (Rm 4,18); “firme en la esperanza contra toda esperanza”. Este concepto es fuerte: incluso cuando no hay esperanza, yo espero. Así es nuestro padre Abraham. San Pablo se está refiriendo a la fe con la que Abraham creyó en la palabra de Dios que le prometía un hijo. Pero era realmente un fiarse esperando “contra toda esperanza”, porque era inverosímil lo que el Señor le estaba anunciando, ya que él era anciano —tenía casi cien años— y su mujer era estéril. ¡No era posible! Pero lo dijo Dios, y él creyó. No había esperanza humana porque él era anciano y su mujer estéril: pero él creyó. Confiando en esa promesa, Abraham se pone en camino, acepta dejar su tierra y volverse extranjero, esperando en ese “imposible” hijo que Dios tenía que darle a pesar de que el seno de Sara ya estaba como muerto. Abraham cree, su fe se abre a una esperanza en apariencia irrazonable; es la capacidad de ir más allá de los razonamientos humanos, de la sabiduría y de la prudencia del mundo, más allá de lo que es normalmente considerado de sentido común, para creer en lo imposible. La esperanza abre nuevos horizontes, hace capaces de soñar lo que no es ni siquiera imaginable. La esperanza hace entrar en la oscuridad de un futuro incierto para caminar en la luz. Es hermosa la virtud de la esperanza; nos da tanta fuerza para caminar por la vida. Pero es un camino difícil. Y llega el momento, también para Abraham, de la crisis del desconsuelo. Se fio, dejó su casa, su tierra, sus amigos… Todo. Partió, y llegó al país que Dios le había indicado, y pasó el tiempo. En aquel tiempo hacer un viaje así non era como hoy, con los aviones —se hace en pocas horas—; hacían falta meses, ¡años! El tiempo pasa, pero el hijo no viene, el seno de Sara sigue cerrado en su esterilidad. Y Abraham, no digo que pierda la paciencia, pero se queja al Señor. También esto lo aprendemos de nuestro padre Abraham: quejarse al Señor es un modo de rezar. A veces oigo, cuando confieso: “Me he quejado al Señor…”, y yo respondo: “¡Pues no! ¡Quéjate, Él es padre!”. Y eso es un modo de rezar: quéjate al Señor, eso es bueno. Abraham se queja al Señor diciendo: «“Mi Señor Dios, […] estoy sin hijos, y el heredero de mi casa va a ser Eliézer de Damasco” (Eliézer era el que lo dirigía todo). Y añadió Abraham: “He aquí que no me has dado descendencia y, por tanto, un criado de mi casa me va a heredar”. Pero la palabra del Señor le respondió: “No te heredará ése; 2 sino que te heredará uno que saldrá de tus entrañas”. Entonces le llevó afuera y le dijo: “Mira al cielo y cuenta, si puedes, las estrellas”; y añadió: “Así será tu descendencia”. Abraham creyó en el Señor, quien se lo contó como justicia» (Gen 15,2-6). La escena tuvo lugar de noche, fuera estaba oscuro, pero también en el corazón de Abraham estaba la oscuridad de la desilusión, del desánimo, de la dificultad para continuar esperando en algo imposible. El patriarca está ya demasiado entrado en años, parece que no hay tiempo para un hijo, y será un siervo el que pase a heredar todo. Abraham se está dirigiendo al Señor, pero Dios, aunque está ahí presente y habla con él, es como si ya se hubiese alejado, como si no hubiese tenido fe en su palabra. Abraham se siente solo, está viejo y cansado, la muerte acecha. ¿Cómo seguir fiándose? Sin embargo, ya esa queja suya es una forma de fe, es una oración. A pesar de todo, Abraham continúa creyendo en Dios y esperando que todavía algo podría pasar. De lo contrario, ¿por qué interpelar al Señor, quejarse a Él, recordarle sus promesas? La fe no es solo silencio que todo lo acepta sin replicar, la esperanza no es certeza que te da seguridad en la duda y en la perplejidad. Sino que muchas veces, la esperanza es oscuridad; pero está ahí la esperanza… que te lleva adelante. Fe es también luchar con Dios, mostrarle nuestra amargura, sin “pías” ficciones. “Me he enfadado con Dios y le he dicho esto, esto y esto…”. Pero Él es padre, y te comprende: ¡vete en paz! ¡Hay que tener valor! Y eso es la esperanza. Y esperanza es también no tener miedo de ver la realidad como es y aceptar las contradicciones. Abraham pues, en la fe, se dirige a Dios para que le ayude a continuar esperando. Es curioso, no pide un hijo. Pidió: “Ayúdame a continuar esperando”, la oración de tener esperanza. Y el Señor responde insistiendo con su inverosímil promesa: no será un criado el heredero, sino un hijo, nacido de Abraham, engendrado por él. Nada ha cambiado, por parte de Dios. Él sigue repitiendo lo que ya había dicho, y no ofrece asideros a Abraham, para sentirse seguro. Su única seguridad es fiarse de la palabra del Señor y continuar esperando. Y la señal que Dios da a Abraham es la petición de seguir creyendo y esperando: «Mira al cielo y cuenta las estrellas […] Así será tu descendencia» (Gen 15,5). Es todavía una promesa, es aún algo para esperar en el futuro. Dios lleva fuera de la tienda a Abraham, en realidad lo saca de sus visiones estrechas, y le muestra las estrellas. Para creer, es necesario saber ver con los ojos de la fe; son solo estrellas, que todos pueden ver, pero para Abraham deben ser la señal de la fidelidad de Dios. Esa es la fe, ese es el camino de la esperanza que cada uno de nosotros debe recorrer. Si también a nosotros nos queda como única posibilidad la de mirar las estrellas, entonces es tiempo de fiarnos de Dios. No hay nada más hermoso. La esperanza no defrauda. Gracias. www.parroquiasantamonica.com Vida Cristiana

016 La Esperanza cristiana - 3. La Natividad de Jesús, fuente de la esperanza,



1 La esperanza cristiana (3). Catequesis de Papa Francisco en la Audiencia general del 21 de diciembre de 2016. La esperanza entró en el mundo con la encarnación del Hijo de Dios; se acercó haciéndose hombre. Da una nueva esperanza a la humanidad. ¿Y cuál es esa esperanza? La vida eterna. Él entra en el mundo y nos da la fuerza de caminar con Él: Dios camina con nosotros en Jesús. ¿Mi corazón es un cajón cerrado o es un cajón abierto a la esperanza que me hace caminar no solo, sino con Jesús? Quien confía en sus propias seguridades, sobre todo materiales, no espera la salvación de Dios. Metámonos esto en la cabeza: nuestras seguridades no nos salvarán; la única seguridad que nos salva es la de la esperanza en Dios. Cfr. Audiencia General Papa Francisco, miércoles 21 de diciembre de 2016 La Esperanza cristiana - 3. La Natividad de Jesús, fuente de la esperanza, Queridos hermanos y hermanas, buenos días. Hace poco comenzamos un camino de catequesis sobre el tema de la esperanza, muy adecuado al tiempo de Adviento. Hasta ahora nos había guiado el profeta Isaías. Hoy, a pocos días de la Navidad, quisiera reflexionar de modo más específico sobre el momento en que, por así decir, la esperanza entró en el mundo, con la encarnación del Hijo de Dios. El mismo Isaías había anunciado el nacimiento del Mesías en algunos pasajes: «He aquí que la Virgen concebirá y dará a luz un hijo, y llevará por nombre Emmanuel» (7,14); y también «saldrá una vara del tronco de Jesé, y un vástago retoñará de sus raíces» (11,1). En estos textos se transparenta el sentido de la Navidad: Dios cumple la promesa haciéndose hombre; no abandona a su pueblo, se acerca hasta despojarse de su divinidad. De tal modo, Dios demuestra su fidelidad e inaugura un Reino nuevo, que da una nueva esperanza a la humanidad. ¿Y cuál es esa esperanza? La vida eterna. Cuando se habla de esperanza, a menudo nos referimos a lo que no está en poder del hombre y que no es visible. En efecto, lo que esperamos va más allá de nuestras fuerzas y de nuestra mirada. Pero la Natividad de Cristo, inaugurando la redención, nos habla de una esperanza distinta, una esperanza fiable, visible y comprensible, porque está fundada en Dios. Él entra en el mundo y nos da la fuerza de caminar con Él: Dios camina con nosotros en Jesús, y caminar con Él hacia la plenitud de la vida nos da la fuerza de estar de manera nueva, aunque costosa, en el presente. Esperar para el cristiano significa entonces la certeza de estar en camino con Cristo hacia el Padre que nos espera. La esperanza nunca está quieta, la esperanza siempre está en camino y nos hace caminar. Esta esperanza, que el Niño de Belén nos da, ofrece una meta, un destino bueno para el presente, la salvación a la humanidad, la bienaventuranza a quien se fía de Dios misericordioso. San Pablo resume todo esto con la expresión: «En la esperanza fuimos salvados» (Rm 8,24). O sea, caminando en este mundo, con esperanza, estamos salvados. Y aquí podemos hacernos la pregunta, cada uno de nosotros: ¿yo camino con esperanza, o mi vida interior está parada, cerrada? ¿Mi corazón es un cajón cerrado o es un cajón abierto a la esperanza que me hace caminar no solo, sino con Jesús? En las casas de los cristianos, durante el tiempo de Adviento, se prepara el belén, según una tradición que se remonta a san Francisco de Asís. En su sencillez, el belén trasmite esperanza; cada uno de los personajes está inmerso en esa atmósfera de esperanza. Lo primero que notamos es el lugar donde nace Jesús: Belén. Pequeña aldea de Judea donde mil años antes había nacido David, el pastorcillo elegido por Dios como rey de Israel. Belén no es una capital, y por eso es preferida por la providencia divina, a la que le gusta actuar a través de los pequeños y humildes. En aquel lugar nace el “hijo de David” tan esperado, Jesús, en el que la esperanza de Dios y la esperanza del hombre se encuentran. 2 Luego miramos a María, Madre de la esperanza. Con su “sí” abrió a Dios la puerta de nuestro mundo: su corazón de muchacha estaba lleno de esperanza, toda animada por la fe; y así Dios la escogió y Ella creyó en su palabra. Aquella que durante nueve meses fue el arca de la nueva y eterna Alianza, en la gruta contempla al Niño y ve en Él el amor de Dios, que viene a salvar a su pueblo y a toda la humanidad. Junto a María está José, descendiente de Jesé y de David; también él creyó en las palabras del ángel, y mirando a Jesús en el pesebre, medita que aquel Niño viene del Espíritu Santo, y que Dios mismo le ha ordenado llamarlo así, “Jesús”. En ese nombre está la esperanza para cada hombre, porque mediante aquel hijo de mujer, Dios salvará a la humanidad de la muerte y del pecado. ¡Por eso es importante mirar el belén! Y en el belén están también los pastores, que representan a los humildes y pobres que esperaban al Mesías, el «consuelo de Israel» (Lc 2,25) y la «redención de Jerusalén» (Lc 2,38). En aquel Niño ven la realización de las promesas y esperan que la salvación de Dios llegue finalmente para cada uno de ellos. Quien confía en sus propias seguridades, sobre todo materiales, no espera la salvación de Dios. Metámonos esto en la cabeza: nuestras seguridades no nos salvarán; la única seguridad que nos salva es la de la esperanza en Dios. Nos salva porque es fuerte y nos hace caminar en la vida con alegría, con ganas de hacer el bien, con ganas de ser felices para toda la eternidad. Los pequeños, los pastores, en cambio confían en Dios, esperan en Él y gozan cuando reconocen en aquel Niño la señal indicada por los ángeles (cfr. Lc 2,12). Y precisamente el coro de los ángeles anuncia desde lo alto el gran designo que aquel Niño realiza: «Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que Él ama» (Lc 2,14). La esperanza cristiana se expresa en la alabanza y en el agradecimiento a Dios, que ha inaugurado su Reino de amor, de justicia y de paz. Queridos hermanos y hermanas, en estos días, contemplando el belén, nos preparamos a la Navidad del Señor. Será verdaderamente una fiesta si acogemos a Jesús, semilla de esperanza que Dios pone en los surcos de nuestra historia personal y comunitaria. Cada “sí” a Jesús que viene es un brote de esperanza. Confiamos en ese brote de esperanza, en ese sí: “Sí, Jesús, tú puedes salvarme, tú puedes salvarme”. ¡Feliz Navidad de esperanza a todos! www.parroquiasantamonica.com Vida Cristiana

La esperanza cristiana - 2. Isaías 52: “Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz…”



1 La esperanza cristiana (2). Catequesis de Papa Francisco (14-12-2016). Acercándonos a la Navidad. La invitación dirigida a Jerusalén para que se despierte, se sacuda el polvo y las ataduras y se ponga las ropas más bonitas, porque el Señor ha venido a liberar a su pueblo (Isaías 52, 1-3). Hay que abrir el corazón ante la maravilla de la Navidad, ante la sorpresa de un Dios niño, de un Dios pobre, de un Dios débil, de un Dios que abandona su grandeza para hacerse cercano a cada uno de nosotros. Cfr. Audiencia General de Papa Francisco, Miércoles, 14 de diciembre de 2016 La esperanza cristiana - 2. Isaías 52: “Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz…” Queridos hermanos y hermanas, buenos días. Nos estamos acercando a la Navidad, y el profeta Isaías una vez más nos ayuda a abrirnos a la esperanza acogiendo la Buena Noticia de la venida de la salvación. El capítulo 52 de Isaías empieza con la invitación dirigida a Jerusalén para que se despierte, se sacuda el polvo y las ataduras y se ponga las ropas más bonitas, porque el Señor ha venido a liberar a su pueblo (vv. 1-3). Y añade: «Mi pueblo conocerá mi Nombre el día que Yo mismo sea quien diga: ¡Aquí estoy Yo!» (v. 6). A este “aquí estoy” dicho por Dios, que resume toda su voluntad de salvación y de acercarse a nosotros, responde el canto de alegría de Jerusalén, según la invitación del profeta. Es un momento histórico muy importante. Es el final del exilio de Babilonia, es la posibilidad para Israel de volver a Dios y, en la fe —en la fe—, encontrarse a sí mismo. El Señor se hace cercano, y el “pequeño resto”, o sea, el pequeño pueblo que quedó tras el exilio, el “pequeño resto” que en el exilio resistió en la fe, que pasó la crisis y continuó creyendo y esperando incluso en medio de la oscuridad, aquel “pequeño resto” podrá ver las maravillas de Dios. En ese momento el profeta incluye un canto de exultación: «Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, del mensajero de la buena nueva que anuncia la salvación, del que anuncia a Sión: “Reina tu Dios” […] ¡Gritad de alegría, alborozaos a una, ruinas de Jerusalén —las ruinas deben cantar porque es la liberación, es la reconstrucción—, que el Señor ha consolado a su pueblo, ha redimido a Jerusalén! El Señor ha desnudado su brazo santo a los ojos de todas las naciones, y todos los confines de la tierra verán la salvación de nuestro Dios» (Is 52,7.9-10). Estas palabras de Isaías, sobre las que queremos detenernos un poco, hacen referencia al milagro de la paz, y lo hacen de un modo muy particular, poniendo la mirada no en el mensajero sino en sus pies que corren veloces: «Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero…». Parece el esposo del Cantar de los Cantares que corre a su amada: «Ya está aquí, ya viene saltando por los montes, brincando por los cerros» (Ct 2,8). Así también el mensajero de paz corre, llevando el alegre anuncio de liberación, de salvación, y proclamando que Dios reina. Dios no ha abandonado a su pueblo ni se ha dejado derrotar por el mal, porque Él es fiel, y su gracia es más grande que el pecado. Esto debemos aprenderlo. ¡Porque somos testarudos y no lo aprendemos! Yo haré la pregunta: ¿quién es más grande, Dios o el pecado? ¿Quién? (Responden: “¡Dios!”). ¿No estáis convencidos? ¡No se oye bien! (Responden: “¡Dios!”). ¡Dios! ¿Y quien vence al final, Dios o el pecado? (Responden: “¡Dios!”). ¿Y Dios es capaz de vencer el pecado más gordo? ¿Incluso el pecado más vergonzoso? ¿Incluso el pecado que es terrible, el peor de los pecados, es capaz de vencerlo? (Responden: “¡Sí!”). Y esta pregunta no es fácil, veamos si entre vosotros hay una teóloga o un teólogo para responder: ¿con qué arma vence Dios el pecado? (Responden: “¡El amor!”). ¡Oh, qué bien! ¡Cuántos teólogos! ¡Muy bien! Pues esto —que Dios vence al pecado— quiere decir que “Dios reina”; son esas las palabras de la fe en un Señor cuyo 2 poder se inclina sobre la humanidad, se abaja, para ofrecer misericordia y liberar al hombre de lo que desfigura en él la imagen hermosa de Dios porque cuando estamos en pecado la imagen de Dios está desfigurada. Y el cumplimiento de tanto amor será precisamente el Reino instaurado por Jesús, ese Reino de perdón y de paz que celebramos con la Navidad y que se realiza definitivamente en la Pascua. Y la alegría más bonita de la Navidad es la alegría interior de paz: el Señor ha borrado mis pecados, el Señor me ha perdonado, el Señor ha tenido misericordia de mí, ha venido a salvarme. Esa es la alegría de la Navidad. Estos son, hermanos y hermanas, los motivos de nuestra esperanza. Cuando todo parece acabado, cuando, ante tantas realidades negativas, la fe cuesta trabajo y viene la tentación de decir que ya nada tiene sentido, he aquí en cambio la hermosa noticia traída por esos pies veloces: Dios está viniendo a realizar algo nuevo, a instaurar un reino de paz; Dios ha “desnudado su brazo” y viene a traer libertad y consuelo. El mal no triunfará para siempre, hay un fin al dolor. La desesperación es vencida porque Dios está entre nosotros. Y también a nosotros se nos pide despertarnos un poco, como Jerusalén, según la invitación que le dirige el profeta; estamos llamados a ser hombres y mujeres de esperanza, colaborando a la venida de ese Reino hecho de luz y destinado a todos, hombres y mujeres de esperanza. Pero qué feo es cuando encontramos a un cristiano que ha perdido la esperanza: “Yo no espero nada, todo se ha acabado para mí”, un cristiano que no es capaz de mirar horizontes de esperanza y ante su corazón solo ve un muro. ¡Pero Dios destruye esos muros con el perdón! Y por eso, nuestra oración, para que Dios nos dé cada día la esperanza y la dé a todos, esa esperanza que nace cuando veamos a Dios en el pesebre de Belén. El mensaje de la Buena Noticia que se nos ha confiado es urgente, también nosotros debemos correr como el mensajero por los montes, porque el mundo no puede esperar, la humanidad tiene hambre y sed de justicia, de verdad, de paz. Y viendo al pequeño Niño de Belén, los pequeños del mundo sabrán que la promesa se ha cumplido, el mensaje se ha realizado. En un niño recién nacido, necesitado de todo, envuelto en pañales y puesto en un pesebre, está encerrado todo el poder del Dios que salva. Hay que abrir el corazón — ¡la Navidad es un día para abrir el corazón!—, hay que abrir el corazón a tanta pequeñez que hay ahí, en aquel Niño, y a tanta maravilla que hay ahí. Es la maravilla de Navidad, a la que nos estamos preparando, con esperanza, en este tiempo de Adviento. Es la sorpresa de un Dios niño, de un Dios pobre, de un Dios débil, de un Dios que abandona su grandeza para hacerse cercano a cada uno de nosotros. Gracias. www.parroquiasantamonica.com Vida Cristiana

La Esperanza cristiana - 15. La perseverancia (paciencia) y la consolación. Romanos 15



1 Esperanza cristiana (15). Catequesis de Papa Francisco en la Audiencia general del miércoles 22 de marzo de 2017. Dos actitudes cristianas: la perseverancia y la consolación. La perseverancia podríamos definirla también como paciencia: es la capacidad de soportar, llevar sobre los hombros, “so-portar”, de permanecer fieles, incluso cuando el peso parece hacerse demasiado grande, insostenible, y tendremos la tentación de juzgar negativamente y de abandonar todo y todos. La consolación, en cambio, es la gracia de saber percibir y mostrar en cada situación, incluso en las que están mayormente marcadas por la desilusión y el sufrimiento, la presencia y la acción compasiva de Dios. «Nosotros, los fuertes, debemos sobrellevar las flaquezas de los débiles y no buscar nuestro propio agrado» (Romanos 15, 1). Esta expresión «nosotros que somos los fuertes» podría parecer presuntuosa, pero en la lógica del Evangelio sabemos que no es así, es más, es precisamente lo contrario porque nuestra fuerza no viene de nosotros, sino del Señor. Quien experimenta en su propia vida el amor fiel de Dios y su consolación es capaz, es más, tiene el deber de estar cerca de los hermanos más débiles y hacerse cargo de su fragilidad. La Palabra de Dios alimenta una esperanza que se traduce concretamente en compartir, en servicio recíproco. Porque también quien es “fuerte” se encuentra antes o después con la experiencia de la fragilidad y el tener necesidad del conforto de los demás; y viceversa, en la debilidad se puede siempre ofrecer una sonrisa o una mano al hermano en dificultad. Cfr. Papa Francisco, Catequesis de la Audiencia general del miércoles 22 de marzo de 2017. La Esperanza cristiana - 15. La perseverancia (paciencia) y la consolación. Romanos 15 Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! Desde hace algunas semanas el apóstol Pablo nos está ayudando a comprender mejor en qué consiste la esperanza cristiana. Y hemos dicho que no era un optimismo, era otra cosa. Y el apóstol nos ayuda a entender esto. Hoy lo hace acercándola a dos actitudes muy importantes para nuestra vida y nuestra experiencia de fe: «la perseverancia» y la «consolación» (vv. 4. 5). En el pasaje de la Carta a los Romanos que acabamos de escuchar son citadas dos veces: la primera en referencia a las Escrituras y luego a Dios mismo. ¿Cuál es su significado más profundo, más verdadero? y ¿De qué manera esclarecen la realidad de la esperanza? Estas dos actitudes: la perseverancia y la consolación. La perseverancia podríamos definirla también como paciencia: es la capacidad de soportar, llevar sobre los hombros, “so-portar”, de permanecer fieles, incluso cuando el peso parece hacerse demasiado grande, insostenible, y tendremos la tentación de juzgar negativamente y de abandonar todo y todos. La consolación, en cambio, es la gracia de saber percibir y mostrar en cada situación, incluso en las que están mayormente marcadas por la desilusión y el sufrimiento, la presencia y la acción compasiva de Dios. Ahora san Pablo nos recuerda que la perseverancia y la consolación nos son transmitidas de manera particular por las Escrituras (v. 4), es decir por la Biblia. Efectivamente la Palabra de Dios, en primer lugar, nos lleva a dirigir la mirada a Jesús, a conocerlo mejor y a atenernos a Él, a parecernos cada vez más a Él. En segundo lugar, la Palabra nos revela que el Señor es verdaderamente «el Dios de la perseverancia y de la consolación» (v. 5), que permanece siempre fiel a su amor por nosotros, es decir, que es perseverante en el amor con nosotros, ¡no se cansa de amarnos! es perseverante: ¡siempre nos ama! y cuida de nosotros, cubriendo nuestras heridas con la certeza de su bondad y de su misericordia, es decir, nos consuela. Ni siquiera se cansa de consolarnos. 2 Desde tal perspectiva, se comprende también la afirmación inicial del apóstol: «Nosotros, los fuertes, debemos sobrellevar las flaquezas de los débiles y no buscar nuestro propio agrado» (v. 1). Esta expresión «nosotros que somos los fuertes» podría parecer presuntuosa, pero en la lógica del Evangelio sabemos que no es así, es más, es precisamente lo contrario porque nuestra fuerza no viene de nosotros, sino del Señor. Quien experimenta en su propia vida el amor fiel de Dios y su consolación es capaz, es más, tiene el deber de estar cerca de los hermanos más débiles y hacerse cargo de su fragilidad. Si nosotros estamos cerca del Señor tendremos esa fortaleza para estar cerca de los más débiles, de los más necesitados y consolarles y darles fuerza. Esto es lo que significa. Esto nosotros lo podemos hacer sin autocomplacencia, sintiéndose simplemente como un “canal” que transmite los dones del Señor; y así se convierte concretamente en un “sembrador” de esperanza. Esto es lo que que el Señor nos pide, con esa fuerza y esa capacidad de consolar y ser sembradores de esperanza. Y hoy es necesario sembrar esperanza, pero no es fácil... El fruto de este estilo de vida no es una comunidad en la cual algunos son de “clase A”, es decir, los fuertes, y otros de “clase B”, es decir, los débiles. El fruto, en cambio, es como dice Pablo, «tener los unos para con los otros los mismos sentimientos, según Cristo Jesús» (v. 5). La Palabra de Dios alimenta una esperanza que se traduce concretamente en compartir, en servicio recíproco. Porque también quien es “fuerte” se encuentra antes o después con la experiencia de la fragilidad y el tener necesidad del conforto de los demás; y viceversa, en la debilidad se puede siempre ofrecer una sonrisa o una mano al hermano en dificultad. Y es una comunidad así que «unánimes, a una voz, glorifiquéis al Dios» (cf v. 6). Pero todo esto es posible si se pone en el centro a Cristo, y su palabra, porque Él es el “fuerte”, Él es el que nos da la fortaleza, que nos da la paciencia, que nos da la esperanza, que nos da la consolación. Él es el “hermano fuerte” que cuida de cada uno de nosotros: todos efectivamente necesitamos ser cargados sobre los hombros del Buen Pastor y sentirnos envueltos por su mirada tierna y primorosa. Queridos amigos, nunca agradeceremos lo suficiente a Dios el don de su Palabra, que se hace presente en las Escrituras. Y es allí donde el Padre de nuestro Señor Jesucristo se revela como «Dios de la perseverancia y de la consolación». Y es allí que nos volvemos conscientes de cómo nuestra esperanza no se funde sobre nuestras capacidades y sobre nuestras fuerzas, sino sobre el apoyo de Dios y la fidelidad de su amor, es decir, sobre la fuerza y consolación de Dios. Gracias. www.parroquiasantamonica.com Vida Cristiana

La Esperanza cristiana - 14. Alegres en la esperanza (cfr. Rm 12,9-13)



1 La esperanza cristiana (14). Catequesis de Papa Francisco en la Audiencia general del 15 de marzo de 2017. Pablo nos invita a reconocer que somos pecadores, y que también nuestra forma de amar está marcada por el pecado. Al mismo tiempo, sin embargo, nos hace portadores de un nuevo anuncio, un anuncio de esperanza: el Señor abre delante de nosotros un camino de liberación, un camino de salvación. Es la posibilidad de vivir también nosotros el gran mandamiento del amor, de convertirse en instrumento de la caridad de Dios. Y esto sucede cuando nos dejamos sanar y renovar el corazón de Cristo resucitado. El Señor resucitado que vive entre nosotros, que vive con nosotros es capaz de sanar nuestro corazón: lo hace, si nosotros lo pedimos. Sabemos que en toda circunstancia, también en la más adversa, y también a través de nuestros mismos fracasos, el amor de Dios nunca falla. Y entonces, con el corazón visitado y habitado por su gracia y su fidelidad, vivimos en la alegre esperanza de corresponder a los hermanos, por ese poco que podamos, el equivalente de lo que recibimos de Él cada día. Cfr. Papa Francisco, Catequesis en la Audiencia general del miércoles 15 de marzo de 2017. La Esperanza cristiana - 14. Alegres en la esperanza (cfr. Rm 12,9-13) Queridos hermanos y hermanas, buenos días. Sabemos bien que el gran mandamiento que nos ha dejado el Señor Jesús es el de amar: amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente y amar al prójimo como a nosotros mismos (cfr. Mt 22,37-39), o sea, que estamos llamados al amor, a la caridad. Y esa es nuestra vocación más alta, nuestra vocación por excelencia; y a ella está unida también la alegría de la esperanza cristiana. Quien ama tiene la alegría de la esperanza, de llegar a encontrar al gran amor que es el Señor. El Apóstol Pablo, en el pasaje de la Carta a los Romanos que acabamos de escuchar, nos pone en guardia: existe el riesgo de que nuestra caridad sea hipócrita, que nuestro amor sea hipócrita. Nos debemos preguntar entonces: ¿cuándo sucede esa hipocresía? ¿Y cómo podemos estar seguros de que nuestro amor sea sincero, que nuestra caridad sea auténtica? No fingir que hacemos caridad; que nuestro amor no sea una telenovela: amor sincero, fuerte… La hipocresía puede insinuarse por todas partes, hasta en nuestro modo de amar. Eso se comprueba cuando el nuestro es un amor interesado, movido por intereses personales; ¡y cuántos amores interesados hay! Cuando los servicios caritativos en los que parece que nos prodigamos se hacen para mostrarnos a nosotros mismos o para sentirnos pagados: “¡Hay que ver lo bueno que soy!”. ¡No, eso es hipocresía! O también cuando miramos cosas que tengan “visibilidad” para que se vea nuestra inteligencia o nuestra capacidad. Detrás de todo eso hay una idea falsa, engañosa, es decir que, si amamos, es porque somos buenos; como si la caridad fuese una creación del hombre, un producto de nuestro corazón. La caridad, en cambio, es ante todo una gracia, un regalo; poder amar es un don de Dios, y tenemos que pedirlo. Y Él lo da de buen grado, si nosotros lo pedimos. La caridad es una gracia: no consiste en hacer ver lo que somos, sino lo que el Señor nos da y que nosotros libremente acogemos; y no se puede expresar en el encuentro con los demás si antes no es engendrada por el encuentro con el rostro manso y misericordioso de Jesús. Pablo nos invita a reconocer que somos pecadores, y que también nuestro modo de amar está marcado por el pecado. Al mismo tiempo, sin embargo, se hace portador de un anuncio nuevo, un anuncio de esperanza: el Señor abre ante nosotros una vía de liberación, una vía de salvación. Es la posibilidad de vivir también nosotros el gran mandamiento del amor, de ser instrumentos de la caridad de Dios. Y esto sucede cuando nos dejamos curar y renovar el corazón por Cristo 2 resucitado. El Señor resucitado que vive entre nosotros, que vive con nosotros es capaz de curar nuestro corazón: lo hace, si se lo pedimos. Es Él quien nos permite, a pesar de nuestra pequeñez y pobreza, experimentar la compasión del Padre y celebrar las maravillas de su amor. Y se comprende entonces que todo lo que podemos vivir y hacer por los hermanos no es otra cosa que la respuesta a lo que Dios ha hecho y sigue haciendo por nosotros. Es más, es Dios mismo quien, tomando morada en nuestro corazón y en nuestra vida, sigue haciéndose cercano y sirviendo a todos los que encontramos cada día en nuestro camino, empezando por los últimos y los más necesitados, en los que reconocemos en primer lugar a Él. Así pues, con estas palabras el Apóstol Pablo no quiere reprocharnos, sino más bien animarnos y reavivar en nosotros la esperanza. Porque todos tenemos la experiencia de no vivir de lleno o como deberíamos el mandamiento del amor. Pero también eso es una gracia, porque nos hace comprender que no somos capaces de amar de verdad: necesitamos que el Señor renueve continuamente ese don en nuestro corazón, a través de la experiencia de su infinita misericordia. Y entonces sí que volveremos a apreciar las cosas pequeñas, las cosas sencillas, ordinarias; volveremos a apreciar todas esas cosas pequeñas de todos los días y seremos capaces de amar a los demás como los ama Dios, queriendo su bien, o sea, que sean santos, amigos de Dios; y estaremos contentos por la posibilidad de hacernos cercanos a quien es pobre y humilde, como Jesús hace con cada uno de nosotros cuando estamos alejados de Él, de inclinarnos a los pies de los hermanos, como Él, Buen Samaritano, hace con cada uno de nosotros, con su compasión y su perdón. Queridos hermanos, esto que el Apóstol Pablo nos ha recordado es el secreto para estar –uso sus palabras– «alegres en la esperanza» (Rm 12,12): alegres en la esperanza. La alegría de la esperanza, porque sabemos que, en toda circunstancia, incluso la más adversa, y también a través de nuestros mismos fracasos, el amor de Dios no decae. Y entonces, con el corazón visitado y habitado por su gracia y su fidelidad, vivimos en la gozosa esperanza de intercambiar con los hermanos, en ese poco que podemos, lo mucho que recibimos cada día de Él. Gracias. www.parroquiasantamonica.com Vida Cristiana

Esperanza Cristiana (13). Catequesis de Papa Francisco en la Audiencia general del 1 de marzo de 2017. La Cuaresma como camino de esperanza. La Cuaresma es un camino hacia Jesús resucitado, es un periodo de penitencia, incluso de mortificación, pero no fin en sí mismo, sino finalizado a hacernos resucitar con Cristo, a renovar nuestra identidad bautismal, es decir, a renacer nuevamente «desde lo alto», desde el amor de Dios (cf. Juan 3, 3). He aquí por qué la Cuaresma es, por su naturaleza, tiempo de esperanza. Para comprender mejor qué significa esto, debemos referirnos a la esperanza fundamental del éxodo de los israelitas de Egipto, narrada por la Biblia en el libro que lleva este nombre: Éxodo. El punto de partida es la condición de esclavitud de Egipto, la opresión, los trabajos forzados. Pero el Señor no ha olvidado a su pueblo y su promesa: llama a Moisés, con brazo potente, hace salir a los israelitas de Egipto y les guía a través del desierto hacia la Tierra de la libertad. Durante este camino de la esclavitud a la libertad, el Señor da a los israelitas la ley, para educarles a amarle, único Señor, y a amarse entre ellos como hermanos. Todo este camino está cumplido con la esperanza: la esperanza de alcanzar la tierra, y precisamente en este sentido es un “éxodo”, una salida de la esclavitud a la libertad. Y estos 40 días son también para todos nosotros una salida de la esclavitud, del pecado, a la libertad, al encuentro con el Cristo resucitado. Cada paso, cada fatiga, cada prueba, cada caída y cada recuperación, todo tiene sentido dentro del proyecto de salvación de Dios, que quiere para su pueblo la vida y no la muerte, la alegría y no el dolor. ); quien hace el camino de la Cuaresma está siempre en el camino de la conversión. La Virgen María, que en medio de las tinieblas de la Pasión y de la muerte de su Hijo siguió creyendo y esperando en su resurrección, en la victoria del amor de Dios.



1 Esperanza Cristiana (13). Catequesis de Papa Francisco en la Audiencia general del 1 de marzo de 2017. La Cuaresma como camino de esperanza. La Cuaresma es un camino hacia Jesús resucitado, es un periodo de penitencia, incluso de mortificación, pero no fin en sí mismo, sino finalizado a hacernos resucitar con Cristo, a renovar nuestra identidad bautismal, es decir, a renacer nuevamente «desde lo alto», desde el amor de Dios (cf. Juan 3, 3). He aquí por qué la Cuaresma es, por su naturaleza, tiempo de esperanza. Para comprender mejor qué significa esto, debemos referirnos a la esperanza fundamental del éxodo de los israelitas de Egipto, narrada por la Biblia en el libro que lleva este nombre: Éxodo. El punto de partida es la condición de esclavitud de Egipto, la opresión, los trabajos forzados. Pero el Señor no ha olvidado a su pueblo y su promesa: llama a Moisés, con brazo potente, hace salir a los israelitas de Egipto y les guía a través del desierto hacia la Tierra de la libertad. Durante este camino de la esclavitud a la libertad, el Señor da a los israelitas la ley, para educarles a amarle, único Señor, y a amarse entre ellos como hermanos. Todo este camino está cumplido con la esperanza: la esperanza de alcanzar la tierra, y precisamente en este sentido es un “éxodo”, una salida de la esclavitud a la libertad. Y estos 40 días son también para todos nosotros una salida de la esclavitud, del pecado, a la libertad, al encuentro con el Cristo resucitado. Cada paso, cada fatiga, cada prueba, cada caída y cada recuperación, todo tiene sentido dentro del proyecto de salvación de Dios, que quiere para su pueblo la vida y no la muerte, la alegría y no el dolor. ); quien hace el camino de la Cuaresma está siempre en el camino de la conversión. La Virgen María, que en medio de las tinieblas de la Pasión y de la muerte de su Hijo siguió creyendo y esperando en su resurrección, en la victoria del amor de Dios. Cfr. Papa Francisco, Catequesis de la Audiencia general del miércoles 1 de marzo de 2017 Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! En este día, Miércoles de Ceniza, entramos en el Tiempo litúrgico de la Cuaresma. Y ya que estamos desarrollando el ciclo de catequesis sobre la esperanza cristiana, hoy querría presentaros la Cuaresma como camino de esperanza. En efecto, esta perspectiva se hace evidente enseguida si pensamos que la Cuaresma ha sido instituida en la Iglesia como tiempo de preparación para la Pascua, y entonces todo el sentido de este periodo de cuarenta días toma luz del misterio pascual hacia el cual está orientado. Podemos imaginar al Señor resucitado que nos llama para salir de nuestras tinieblas, y nosotros nos ponemos en camino hacia Él que es la Luz. Y la Cuaresma es un camino hacia Jesús resucitado, es un periodo de penitencia, incluso de mortificación, pero no fin en sí mismo, sino finalizado a hacernos resucitar con Cristo, a renovar nuestra identidad bautismal, es decir, a renacer nuevamente «desde lo alto», desde el amor de Dios (cf. Juan 3, 3). He aquí por qué la Cuaresma es, por su naturaleza, tiempo de esperanza. Para comprender mejor qué significa esto, debemos referirnos a la esperanza fundamental del éxodo de los israelitas de Egipto, narrada por la Biblia en el libro que lleva este nombre: Éxodo. El punto de partida es la condición de esclavitud de Egipto, la opresión, los trabajos forzados. Pero el Señor no ha olvidado a su pueblo y su promesa: llama a Moisés, con brazo potente, hace salir a los israelitas de Egipto y les guía a través del desierto hacia la Tierra de la libertad. Durante este camino de la esclavitud a la libertad, el Señor da a los israelitas la ley, para educarles a amarle, único Señor, y a amarse entre ellos como hermanos. La Escritura muestra que el éxodo es largo y complicado: simbólicamente dura 40 años, es decir el tiempo de vida de una generación. Una 2 generación que, ante las pruebas del camino, siempre tiene la tentación de añorar Egipto y volver atrás. También todos nosotros conocemos la tentación de volver atrás, todos. Pero el Señor permanece fiel y esa pobre gente, guiada por Moisés, llega a la Tierra prometida. Todo este camino está cumplido con la esperanza: la esperanza de alcanzar la tierra, y precisamente en este sentido es un “éxodo”, una salida de la esclavitud a la libertad. Y estos 40 días son también para todos nosotros una salida de la esclavitud, del pecado, a la libertad, al encuentro con el Cristo resucitado. Cada paso, cada fatiga, cada prueba, cada caída y cada recuperación, todo tiene sentido dentro del proyecto de salvación de Dios, que quiere para su pueblo la vida y no la muerte, la alegría y no el dolor. La Pascua de Jesús es su éxodo, con el cual Él nos ha abierto la vía para alcanzar la vida plena, eterna y beata. Para abrir esta vía, este pasaje, Jesús ha tenido que desnudarse de su gloria, humillarse, hacerse obediente hasta la muerte y la muerte de cruz. Abrirse el camino hacia la vida eterna le ha costado toda su sangre, y gracias a Él nosotros estamos salvados de la esclavitud del pecado. Pero esto no quiere decir que Él ha hecho todo y nosotros no debemos hacer nada, que Él ha pasado a través de la cruz y nosotros “vamos al paraíso en carroza”. No es así. Nuestra salvación es ciertamente un don suyo, pero, ya que es una historia de amor, requiere nuestro “sí” y nuestra participación en su amor, como nos demuestra nuestra Madre María y después de Ella todos los santos. La Cuaresma vive de esta dinámica: Cristo nos precede con su éxodo, y nosotros atravesamos el desierto gracias a Él y detrás de Él. Él es tentado por nosotros, y ha vencido al tentador por nosotros, pero también nosotros debemos con Él afrontar las tentaciones y superarlas. Él nos dona el agua viva de su Espíritu, y a nosotros nos toca aprovechar su fuente y beber, a través de los Sacramentos, de la oración, de la adoración; Él es la luz que vence las tinieblas, y a nosotros se nos pide alimentar la pequeña llama que nos ha sido encomendada el día de nuestro bautismo. En este sentido la Cuaresma es «signo sacramental de nuestra conversión» (Misal Romano, Oración colecta, I Domingo de Cuaresma); quien hace el camino de la Cuaresma está siempre en el camino de la conversión. La Cuaresma es signo sacramental de nuestro camino de la esclavitud a la libertad, que siempre hay que renovar. Un camino arduo, como es justo que sea, porque el amor es trabajoso, pero un camino lleno de esperanza. Es más, diría algo más: el éxodo cuaresmal es el camino en el cual la esperanza misma se forma. La fatiga de atravesar el desierto — todas las pruebas, las tentaciones, las ilusiones, los espejismos...—, todo esto vale para forjar una esperanza fuerte, sólida, sobre el modelo de la Virgen María, que en medio de las tinieblas de la Pasión y de la muerte de su Hijo siguió creyendo y esperando en su resurrección, en la victoria del amor de Dios. Con el corazón abierto a este horizonte, entramos hoy en la Cuaresma. Sintiéndonos parte del Pueblo santo de Dios, iniciamos con alegría este camino de esperanza. www.parroquiasantamonica.com Vida Cristiana

La esperanza cristiana (12). Catequesis de Papa Francisco en la Audiencia general del miércoles 22 de febrero de 2017. A menudo nos tienta pensar que la creación sea una propiedad nuestra, una posesión que podemos aprovechar como nos plazca y de la cual no tenemos que rendir cuentas a nadie. Pero cuando se deja llevar por el egoísmo, el ser humano termina por estropear también las cosas más bonitas que le han sido encomendadas. Y así ocurrió también con la creación. El apóstol Pablo nos recuerda sin embargo que la creación es un don maravilloso que Dios ha puesto en nuestras manos, para que podamos relacionarnos con ella y podamos reconocer la huella de su diseño de amor, en cuya realización estamos todos llamados a colaborar, día tras día. Los cristianos en la esperanza sabemos que el Señor desea resanar definitivamente con su misericordia los corazones heridos y humillados y todo lo que el hombre ha deturpado en su impiedad, y que de esta manera Él regenera un mundo nuevo y una humanidad nueva, finalmente reconciliados en su amor. En la esperanza sabemos que el Señor desea resanar definitivamente con su misericordia los corazones heridos y humillados y todo lo que el hombre ha deturpado en su impiedad, y que de esta manera Él regenera un mundo nuevo y una humanidad nueva, finalmente reconciliados en su amor.



1 La esperanza cristiana (12). Catequesis de Papa Francisco en la Audiencia general del miércoles 22 de febrero de 2017. A menudo nos tienta pensar que la creación sea una propiedad nuestra, una posesión que podemos aprovechar como nos plazca y de la cual no tenemos que rendir cuentas a nadie. Pero cuando se deja llevar por el egoísmo, el ser humano termina por estropear también las cosas más bonitas que le han sido encomendadas. Y así ocurrió también con la creación. El apóstol Pablo nos recuerda sin embargo que la creación es un don maravilloso que Dios ha puesto en nuestras manos, para que podamos relacionarnos con ella y podamos reconocer la huella de su diseño de amor, en cuya realización estamos todos llamados a colaborar, día tras día. Los cristianos en la esperanza sabemos que el Señor desea resanar definitivamente con su misericordia los corazones heridos y humillados y todo lo que el hombre ha deturpado en su impiedad, y que de esta manera Él regenera un mundo nuevo y una humanidad nueva, finalmente reconciliados en su amor. En la esperanza sabemos que el Señor desea resanar definitivamente con su misericordia los corazones heridos y humillados y todo lo que el hombre ha deturpado en su impiedad, y que de esta manera Él regenera un mundo nuevo y una humanidad nueva, finalmente reconciliados en su amor. Cfr. Papa Francisco, Catequesis en la Audiencia General del miércoles 22 de febrero de 2017. Queridos hermanos: A menudo nos tienta pensar que la creación sea una propiedad nuestra, una posesión que podemos aprovechar como nos plazca y de la cual no tenemos que rendir cuentas a nadie. En el pasaje de la Carta a los Romanos (8, 19-27) de la cual acabamos de escuchar una parte, el apóstol Pablo nos recuerda sin embargo que la creación es un don maravilloso que Dios ha puesto en nuestras manos, para que podamos relacionarnos con ella y podamos reconocer la huella de su diseño de amor, en cuya realización estamos todos llamados a colaborar, día tras día. Pero cuando se deja llevar por el egoísmo, el ser humano termina por estropear también las cosas más bonitas que le han sido encomendadas. Y así ocurrió también con la creación. Pensemos en el agua. El agua es una cosa bellísima y muy importante; el agua nos da la vida, nos ayuda en todo pero para explotar los minerales se contamina el agua, se ensucia la creación y se destruye la creación. Esto es un ejemplo solamente. Hay muchos. Con la experiencia trágica del pecado, rota la comunión con Dios, hemos infringido la originaria comunión con todo aquello que nos rodea y hemos terminado por corromper la creación, haciéndola de esta manera esclava, sometida a nuestra caducidad. Y desgraciadamente la consecuencia de todo esto está dramáticamente delante de nuestros ojos, cada día. Cuando rompe la comunión con Dios, el hombre pierde la propia belleza originaria y termina por deturpar entorno a sí cada cosa; y donde todo antes recordaba al Padre Creador y a su amor infinito, ahora lleva el signo triste y desolado del orgullo y de la voracidad humanas. El orgullo humano, explotando la creación, destruye. Pero el Señor no nos deja solos y también ante este cuadro desolador nos ofrece una perspectiva nueva de liberación, de salvación universal. Es lo que Pablo pone en evidencia con alegría, invitándonos a escuchar los gemidos de la entera creación. Si prestamos atención, efectivamente, a nuestro alrededor todo gime: gime la creación entera, gemimos nosotros seres humanos y gime el Espíritu dentro de nosotros, en nuestro corazón. Ahora, estos gemidos no son un lamento estéril, desconsolado, sino —como precisa el apóstol— son los gritos de dolor de una parturienta; son los gemidos de quien sufre, pero sabe que está por ver la luz una vida nueva. Y en nuestro caso es verdaderamente así. Nosotros estamos todavía afrontando las consecuencias de nuestro pecado y todo, a nuestro alrededor, lleva todavía el signo de nuestras fatigas, de nuestras faltas, de nuestra cerrazón. Pero al mismo tiempo, sabemos que hemos sido salvados por el Señor y 2 se nos permite contemplar y pregustar en nosotros y en aquello que nos circunda los signos de la Resurrección, de la Pascua, que obra una nueva creación. Este es el contenido de nuestra esperanza. El cristiano no vive fuera del mundo, sabe reconocer en la propia vida y en lo que le circunda los signos del mal, del egoísmo y del pecado. Es solidario con quien sufre, con quien llora, con quien está marginado, con quien se siente desesperado... pero, al mismo tiempo, el cristiano ha aprendido a leer todo esto con los ojos de la Pascua, con los ojos del Cristo Resucitado. Y entonces sabe que estamos viviendo el tiempo de la espera, el tiempo de un anhelo que va más allá del presente, el tiempo del cumplimiento. En la esperanza sabemos que el Señor desea resanar definitivamente con su misericordia los corazones heridos y humillados y todo lo que el hombre ha deturpado en su impiedad, y que de esta manera Él regenera un mundo nuevo y una humanidad nueva, finalmente reconciliados en su amor. Cuántas veces nosotros cristianos estamos tentados por la desilusión, pesimismo... A veces nos dejamos llevar por el lamento inútil, o permanecemos sin palabras y no sabemos ni siquiera qué cosa pedir, qué cosa esperar... Pero una vez más viene para ayudarnos el Espíritu Santo, respiración de nuestra esperanza, el cual mantiene vivos el gemido y la espera de nuestro corazón. El Espíritu ve por nosotros más allá de las apariencias negativas del presente y nos revela ya desde ahora los cielos nuevos y la tierra nueva que el Señor está preparando para la humanidad. www.parroquiasantamonica.com Vida Cristiana

La Esperanza cristiana - 1. Isaías 40: “Consolad, consolad a mi pueblo…”



1 La esperanza cristiana (1): la preparación del camino del Señor, abriéndose a sus dones y a su salvación. Catequesis de Papa Francisco (7-12-2016). La vida es a menudo un desierto, es difícil caminar por la vida, pero si nos fiamos de Dios puede ser bonita y amplia como una autopista. Se trata de volver a Dios, convertir el corazón a Dios e ir por esa senda para encontrarlo. Él nos espera. Él nos espera. Esa es la predicación de Juan Bautista: preparar. Preparar el encuentro con ese Niño que nos devolverá la sonrisa. Esperemos confiados la venida del Señor, y cualquiera que sea el desierto de nuestras vidas —cada uno sabe en qué desierto camina— se volverá un jardín florecido. ¡La esperanza no defrauda! Cfr. Audiencia general de Papa Francisco Miércoles, 7 de diciembre de 2016 La Esperanza cristiana - 1. Isaías 40: “Consolad, consolad a mi pueblo…” Queridos hermanos y hermanas, buenos días. Iniciamos hoy una nueva serie de catequesis, sobre el tema de la esperanza cristiana. Es muy importante, porque la esperanza no defrauda. El optimismo defrauda, ¡la esperanza no! La necesitamos tanto, en estos tiempos que parecen oscuros, donde a veces nos sentimos perdidos ante el mal y la violencia que nos rodean, ante el dolor de tantos hermanos nuestros. ¡Hace falta esperanza! Nos sentimos perdidos e incluso un poco desanimados, porque nos encontramos impotentes y nos parece que esa oscuridad no se va a acabar nunca. Pero no hay que dejar que le esperanza nos abandone, porque Dios con su amor camina con nosotros. “Yo espero, porque Dios está junto a mí”: esto podemos decirlo todos. Cada uno puede decir: “Yo espero, tengo esperanza, porque Dios camina conmigo”. Camina y me lleva de la mano. Dios no nos deja solos. El Señor Jesús ha vencido el mal y nos ha abierto el camino de la vida. Y, en particular en este tiempo de Adviento, que es el tiempo de la espera, en el que nos preparamos para acoger una vez más el misterio consolador de la Encarnación y la luz de la Navidad, es importante reflexionar sobre la esperanza. Dejémonos enseñar por el Señor qué quiere decir esperar. Escuchemos las palabras de la Sagrada Escritura, empezando por el profeta Isaías, el gran profeta del Adviento, el gran mensajero de la esperanza. En la segunda parte de su libro, Isaías se dirige al pueblo con un anuncio de consuelo: «Consolad, consolad a mi pueblo, —dice vuestro Dios—. Hablad al corazón de Jerusalén y gritadle que se ha cumplido su servidumbre, y ha sido expiada su culpa […]». Una voz grita: «En el desierto preparad el camino del Señor; en la estepa haced una calzada recta para nuestro Dios. Todo valle será rellenado, y todo monte y colina allanados; lo torcido será recto, y lo escarpado, llano. Entonces se revelará la gloria del Señor, y toda carne a una la verá, pues ha hablado la boca del Señor» (40,1-2.3-5). Dios Padre consuela suscitando consoladores, a los que pide animar al pueblo, y a sus hijos, anunciando que se acabó la tribulación, se acabó el dolor, y el pecado ha sido perdonado. Esto es lo que cura el corazón afligido y asustado. Por eso el profeta pide que se prepare el camino del Señor, abriéndose a sus dones y a su salvación. El consuelo, para el pueblo, comienza con la posibilidad de caminar por la senda de Dios, una vía nueva, recta y llevadera, una senda para afrontar el desierto, y poderlo atravesar y volver a 2 la patria. Porque el pueblo al que el profeta se dirige estaba viviendo la tragedia del exilio en Babilonia, y ahora oye que podrá volver a su tierra, a través de un camino cómodo y amplio, sin valles ni montañas que hagan difícil el camino, una senda allanada en el desierto. Preparar esa senda quiere decir preparar un camino de salvación y de liberación de todo obstáculo e inconveniente. El exilio fue un momento dramático en la historia de Israel, cuando el pueblo perdió todo. El pueblo perdió la patria, la libertad, la dignidad, e incluso la confianza en Dios. Se sentía abandonado y sin esperanza. En cambio, la llamada del profeta reabre el corazón a la fe. El desierto es un lugar donde es difícil vivir, pero precisamente allí ahora se podrá caminar para volver no solo a la patria, sino volver a Dios, y volver a esperar y sonreír. Cuando estamos en la oscuridad, en las dificultades, no viene la sonrisa, y es precisamente la esperanza la que nos enseña a sonreír para encontrar esa senda que conduce a Dios. Una de las primeras cosas que pasan a las personas que se separan de Dios es que son personas sin sonrisa. Quizá sean capaces de dar una gran carcajada, una tras otra, una broma, unas risas… ¡pero falta la sonrisa! La sonrisa la da solo la esperanza: es la sonrisa de la esperanza de encontrar a Dios. La vida es a menudo un desierto, es difícil caminar por la vida, pero si nos fiamos de Dios puede ser bonita y amplia como una autopista. Basta no perder nunca la esperanza, basta continuar creyendo, siempre, a pesar de todo. Cuando nos encontramos ante un niño, quizá podamos tener muchos problemas y dificultades, pero nos sale de dentro la sonrisa, porque nos hallamos delante de la esperanza: ¡un niño es una esperanza! Pues así debemos saber ver en la vida el camino de la esperanza que nos lleva a hallar a Dios, Dios que se hizo Niño por nosotros. ¡Y nos hará sonreír, nos dará todo! Precisamente esas palabras de Isaías son usadas luego por Juan el Bautista en su predicación que invitaba a la conversión. Decía así: «Voz del que clama en el desierto: preparad el camino del Señor» (Mt 3,3). Es una voz que grita donde parece que nadie pueda escuchar —¿quién puede escuchar en el desierto?—, que grita en la desorientación debida a la crisis de fe. No podemos negar que el mundo de hoy está en crisis de fe. Se dice “Yo creo en Dios, soy cristiano” – “Yo soy de tal religión…”. Pero tu vida está bien lejos de ser cristiano; ¡está bien lejos de Dios! La religión, la fe ha caído en una frase: “¿Yo creo?” – “¡Sí!”. Pero aquí se trata de volver a Dios, convertir el corazón a Dios e ir por esa senda para encontrarlo. Él nos espera. Esa es la predicación de Juan Bautista: preparar. Preparar el encuentro con ese Niño que nos devolverá la sonrisa. Los Israelitas, cuando el Bautista anuncia la venida de Jesús, es como si todavía estuviesen en el exilio, porque están bajo la dominación romana, que les hace extranjeros en su misma patria, gobernados por ocupantes poderosos que deciden sus vidas. Pero la verdadera historia no es la hecha por los poderosos, sino la hecha por Dios junto a sus pequeños. La verdadera historia —la que permanecerá en la eternidad— es la que escribe Dios con sus pequeños: Dios con María, Dios con Jesús, Dios con José, Dios con los pequeños. Esos pequeños y sencillos que vemos en torno a Jesús que nace: Zacarías e Isabel, ancianos y marcados por la esterilidad, María, joven muchacha virgen prometida con José, los pastores, que eran despreciados y no contaban para nada. Son los pequeños, hechos grandes por su fe, los pequeños que saben continuar esperando. Y la esperanza es la virtud de los pequeños. Los grandes, los satisfechos no conocen la esperanza; no saben lo que es. Son los pequeños con Dios, con Jesús, los que transforman el desierto del exilio, de la soledad desesperada, del sufrimiento, en una senda llana por la que caminar para ir al encuentro de la gloria del Señor. En conclusión: dejémonos enseñar la esperanza. Esperemos confiados la venida del Señor, y cualquiera que sea el desierto de nuestras vidas —cada uno sabe en qué desierto camina— se volverá un jardín florecido. ¡La esperanza no defrauda! www.parroquiasantamonica.com Vida Cristiana

La Esperanza cristiana - 11. La esperanza no defrauda (cfr. Rm 5,1-5)



1 AUDIENCIA GENERAL Miércoles, 15 de febrero de 2017 La Esperanza cristiana - 11. La esperanza no defrauda (cfr. Rm 5,1-5) Desde pequeños se nos enseña que no es nada bonito alardear. En mi tierra, a los que alardean les llamamos “pavones”. Y es justo, porque gloriarse de lo que se es o de lo que se tiene, además de cierta soberbia, manifiesta también una falta de respeto a los demás, especialmente a los que son más desafortunados que nosotros. Sin embargo, en este pasaje de la Epístola a los Romanos, el Apóstol Pablo nos sorprende, ya que por dos veces nos exhorta a gloriarnos. Entonces, ¿de qué es justo alardear? Porque si nos anima a gloriarnos, será justo alardear de algo. ¿Y cómo es posible hacer eso, sin ofender a los demás, sin excluir a nadie? En el primer caso, se nos invita a gloriarnos de la abundancia de gracia en la que permanecemos por Jesucristo, por medio de la fe. Pablo quiere hacernos comprender que, si aprendemos a leer cada cosa con la luz del Espíritu Santo, nos daremos cuenta de que todo es gracia. ¡Todo es don! De hecho, si prestamos atención, al actuar –en la historia, como en nuestra vida– no estamos solo nosotros, sino que está ante todo Dios. Él es el protagonista absoluto, que crea cada cosa como un don de amor, que teje la trama de su designio de salvación y que lo lleva a cumplimiento por nosotros, mediante su Hijo Jesús. A nosotros se nos pide reconocer todo eso, acogerlo con gratitud y convertirlo en motivo de alabanza, de bendición y de gran alegría. Si hacemos eso, estamos en paz con Dios y experimentamos la libertad. Y esa paz se extiende luego a todos los ámbitos y a todas las relaciones de nuestra vida: estamos en paz con nosotros mismos, estamos en paz en familia, en nuestra comunidad, en el trabajo y con las personas que encontramos cada día en nuestro camino. Pero Pablo exhorta a gloriarnos también en las tribulaciones. Esto no es fácil de entender. Esto nos resulta más difícil y puede parecer que no tenga nada que ver con la condición de paz recién descrita. En cambio, constituye el presupuesto más auténtico, más verdadero. En efecto, la paz que nos ofrece y nos garantiza el Señor no debe entenderse como la ausencia de preocupaciones, de desilusiones, de faltas, de motivos de sufrimiento. Si fuese así, en el caso de que logremos estar en paz, ese momento acabaría pronto y caeríamos inevitablemente en el desaliento. La paz que nace de la fe es, en cambio, un don: es la gracia de experimentar que Dios nos ama y que siempre está a nuestro lado, que no nos deja solos ni un momento de nuestra vida. Y esto, como afirma el Apóstol, produce paciencia, porque sabemos que, aún en los momentos más duros y revueltos, la misericordia y la bondad del Señor son más grandes que cualquier cosa y nada nos arrancará de sus manos ni de la comunión con Él. Así pues, vemos porqué la esperanza cristiana es sólida, y por qué no defrauda. Nunca defrauda. ¡La esperanza no defrauda! No se funda en lo que nosotros podemos hacer o ser, ni mucho menos en lo que podamos creer. Su fundamento, o sea el fundamento de la esperanza cristiana, es lo más fiel y seguro que puede haber, es decir, el amor que Dios mismo nutre por cada uno de nosotros. Es fácil decir: Dios nos ama. Todos lo decimos. Pero pensad un poco: ¿cada uno de nosotros es capaz de decir: estoy seguro de que Dios me ama? No es tan fácil decirlo. Pero es verdad. Es un buen ejercicio decirse a sí mismo: Dios me ama. Esa es la raíz de nuestra seguridad, la raíz de la esperanza. Y el Señor ha derramado abundantemente en nuestros corazones el Espíritu –que es el amor de Dios– como artífice, como garante, precisamente para que pueda alimentar dentro de nosotros la fe y mantener viva esa esperanza y esa seguridad: Dios me ama. “Pero, ¿en este momento malo?” – Dios me ama. “¿Y a mí, que he hecho eso tan feo y malo?” – Dios me ama. Esa seguridad no nos la quita nadie. Debemos repetirlo como oración: Dios me ama. Estoy seguro de que Dios me ama. Estoy segura de que Dios me ama. 2 Ahora comprendemos porqué el Apóstol Pablo nos exhorta a gloriarnos siempre de todo eso. Yo me glorío del amor de Dios, porque me ama. La esperanza que se nos ha dado no nos separa de los demás, ni mucho menos nos lleva a desacreditarlos o marginarlos. Se trata, en cambio, de un don extraordinario del que estamos llamados a hacernos “canales”, con humildad y sencillez, para todos. Y entonces nuestra gloria más grande será la de tener como Padre a un Dios que no hace acepción de personas, que no excluye a nadie, sino que abre su casa a todos los seres humanos, empezando por los últimos y alejados, para que, como hijos suyos, aprendamos a consolarnos y a sostenernos los unos a los otros. Y no os olvidéis: la esperanza no defrauda. * * * Un saludo especial a los jóvenes, enfermos y recién casados. Ayer celebramos la fiesta de los Santos Cirilo y Metodio, evangelizadores de los pueblos eslavos y patronos de Europa. Que su ejemplo os ayude, queridos jóvenes, a ser en todo ambiente discípulos misioneros; que su tenacidad os anime a vosotros, queridos enfermos, a ofrecer vuestros sufrimientos por la conversión de los alejados; y que su amor por el Señor os ilumine a vosotros, queridos recién casados, a poner el Evangelio como regla fundamental de vuestra vida familiar.
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