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martes, 14 de agosto de 2018

Solemnidad de la Asunción de la Virgen María (2018). Homilía de Benedicto XVI (el 15 de agosto de 2011).



[Chiesa/Omelie1/Madonna/Asunción/Asunción18MaríaArcaDeLaAlianzaHomilía BXVI2011]

Ø Solemnidad de la Asunción de la Virgen María (2018). Homilía de Benedicto XVI (el 15 de agosto de 2011). María es el arca de la alianza. Significado de arca: acogió en sí la Palabra viva, todo el contenido de la voluntad de Dios, de la verdad de Dios; acogió en sí a Aquel que es la Alianza nueva y eterna, que culminó con la ofrenda de su cuerpo y de su sangre: cuerpo y sangre recibidos de María.


v  Cfr. Benedicto XVI, Homilía (15 de agosto de 2011), en la Parroquia de Santo Tomás de Villanueva (Castelgandolfo)

                  Apocalipsis 1,19; 12,1.3-6.10;  1 Corintios 15,20-26; Lucas 1,39-56.

El Nuevo Testamento nos dice
que la verdadera arca de la alianza es una persona viva y concreta:
es la Virgen María.
Dios no habita en un mueble, Dios habita en una persona, en un corazón:
María, la que llevó en su seno al Hijo eterno de Dios hecho hombre,
Jesús nuestro Señor y Salvador  [1]. 
(Benedicto XVI, de esta homilía)
Queridos hermanos y hermanas:
            Nos encontramos reunidos, una vez más, para celebrar una de las más antiguas y amadas fiestas dedicadas a María santísima: la fiesta de su asunción a la gloria del cielo en alma y cuerpo, es decir, en todo su ser humano, en la integridad de su persona. Así se nos da la gracia de renovar nuestro amor a María, de admirarla y alabarla por las «maravillas» que el Todopoderoso hizo por ella y obró en ella.
            Al contemplar a la Virgen María se nos da otra gracia: la de poder ver en profundidad también nuestra vida. Sí, porque también nuestra existencia diaria, con sus problemas y sus esperanzas recibe luz de la Madre de Dios, de su itinerario espiritual, de su destino de gloria: un camino y una meta que pueden y deben llegar a ser, de alguna manera, nuestro mismo camino y nuestra misma meta.
A. En el Nuevo Testamento la verdadera arca de la alianza es una persona viva y concreta: es la Virgen María. Dios no habita en un mueble, Dios habita en una persona, en un corazón: María, la que llevó en su seno al Hijo eterno de Dios hecho hombre, Jesús nuestro Señor y Salvador.

v  María es el arca   de la alianza porque acogió en sí a Jesús, acogió en sí la

Palabra viva, todo el contenido de la voluntad de Dios, de la verdad de Dios; acogió en sí a Aquel que es la Alianza nueva y eterna, que culminó con la ofrenda de su cuerpo y de su sangre: cuerpo y sangre recibidos de María.

Nos dejamos guiar por los pasajes de la Sagrada Escritura que la liturgia nos propone hoy. Quiero reflexionar, en particular, sobre una imagen que encontramos en la primera lectura, tomada del Apocalipsis y de la que se hace eco el Evangelio de san Lucas: la del arca.  
En la primera lectura escuchamos: «Se abrió en el cielo el santuario de Dios, y apareció en su santuario el arca de su alianza» (Ap11, 19). ¿Cuál es el significado del arca? ¿Qué aparece?
Para el Antiguo Testamento, es el símbolo de la presencia de Dios en medio de su pueblo. Pero el símbolo ya ha cedido el puesto a la realidad. Así el Nuevo Testamento nos dice que la verdadera arca de la alianza es una persona viva y concreta: es la Virgen María. Dios no habita en un mueble, Dios habita en una persona, en un corazón: María, la que llevó en su seno al Hijo eterno de Dios hecho hombre, Jesús nuestro Señor y Salvador. En el arca —como sabemos— se conservaban las dos tablas de la ley de Moisés, que manifestaban la voluntad de Dios de mantener la alianza con su pueblo, indicando sus condiciones para ser fieles al pacto de Dios, para conformarse a la voluntad de Dios y así también a nuestra verdad profunda.
§  Con razón, la piedad cristiana se dirige a María invocándola como Arca de la Alianza.
María es el arca de la alianza, porque acogió en sí a Jesús; acogió en sí la Palabra viva, todo el contenido de la voluntad de Dios, de la verdad de Dios; acogió en sí a Aquel que es la Alianza nueva y eterna, que culminó con la ofrenda de su cuerpo y de su sangre: cuerpo y sangre recibidos de María. Con razón, por consiguiente, la piedad cristiana, en las letanías en honor de la Virgen, se dirige a ella invocándola como Foederis Arca, «Arca de la alianza», arca de la presencia de Dios, arca de la alianza de amor que Dios quiso establecer de modo definitivo con toda la humanidad en Cristo.

B. Maria, arca viviente de la alianza, tiene un extraordinario destino de gloria,

porque está tan íntimamente unida a su Hijo, a quien acogió en la fe y engendró en la carne, que comparte plenamente su gloria del cielo.

v  Dios, eligió a  María como verdadera “arca de la alianza” que sigue engendrando y dando a Cristo Salvador a la humanidad, y nos invita a nosotros a ser, a nuestro modo modesto, «arca» en la que está presente la Palabra de Dios.

o   Somos lugar de la presencia de Dios, para que los hombres puedan encontrar en los demás la cercanía de Dios y así vivir en comunión con Dios y conocer la realidad del cielo.

El pasaje del Apocalipsis quiere indicar otro aspecto importante de la realidad de María. Ella, arca viviente de la alianza, tiene un extraordinario destino de gloria, porque está tan íntimamente unida a su Hijo, a quien acogió en la fe y engendró en la carne, que comparte plenamente su gloria del cielo. Es lo que sugieren las palabras que hemos escuchado: «Un gran signo apareció en el cielo: una mujer vestida del sol, y la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza; y está encinta (...). Y dio a luz un hijo varón, el que ha de pastorear a todas las naciones» (12, 1-2; 5). La grandeza de María, Madre de Dios, llena de gracia, plenamente dócil a la acción del Espíritu Santo, vive ya en el cielo de Dios con todo su ser, alma y cuerpo.
San Juan Damasceno refiriéndose a este misterio en una famosa homilía afirma: «Hoy la santa y única Virgen es llevada al templo celestial... Hoy el arca sagrada y animada por el Dios vivo, (el arca) que llevó en su seno a su propio Artífice, descansa en el templo del Señor, no construido por mano de hombre» (Homilía II sobre la Dormición, 2: PG 96, 723); y prosigue: «Era preciso que aquella que había acogido en su seno al Logos divino, se trasladara a los tabernáculos de su Hijo... Era preciso que la Esposa que el Padre se había elegido habitara en la estancia nupcial del cielo» (ib., 14: PG 96, 742). 
Hoy la Iglesia canta el amor inmenso de Dios por esta criatura suya: la eligió como verdadera «arca de la alianza», como Aquella que sigue engendrando y dando a Cristo Salvador a la humanidad, como Aquella que en el cielo comparte la plenitud de la gloria y goza de la felicidad misma de Dios y, al mismo tiempo, también nos invita a nosotros a ser, a nuestro modo modesto, «arca» en la que está presente la Palabra de Dios, que es transformada y vivificada por su presencia, lugar de la presencia de Dios, para que los hombres puedan encontrar en los demás la cercanía de Dios y así vivir en comunión con Dios y conocer la realidad del cielo.

C.   En el Evangelio de  hoy, María, arca viviente, va a ver a Zacarías e Isabel: no

va sola, porque lleva en su seno al Hijo, Dios hecho hombre.

v  Isabel reconoce en María  la verdadera arca de la alianza, diciéndole «a voz en grito»: «¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?» (Lc 1, 42-43).

El Evangelio de san Lucas que acabamos de escuchar (cf. Lc 1, 39-56) nos muestra esta arca viviente, que es María, en movimiento: tras dejar su casa de Nazaret, María se pone en camino hacia la montaña para llegar de prisa a una ciudad de Judá y dirigirse a la casa de Zacarías e Isabel.
Me parece importante subrayar la expresión «de prisa»: las cosas de Dios merecen prisa; más aún, las únicas cosas del mundo que merecen prisa son precisamente las de Dios, que tienen la verdadera urgencia para nuestra vida. Entonces María entra en esta casa de Zacarías e Isabel, pero no entra sola. Entra llevando en su seno al Hijo, que es Dios mismo hecho hombre.
Ciertamente, en aquella casa la esperaban a ella y su ayuda, pero el evangelista nos guía a comprender que esta espera remite a otra, más profunda. Zacarías, Isabel y el pequeño Juan Bautista son, de hecho, el símbolo de todos los justos de Israel, cuyo corazón, lleno de esperanza, aguarda la venida del Mesías salvador. Y es el Espíritu Santo quien abre los ojos de Isabel para que reconozca en María la verdadera arca de la alianza, la Madre de Dios, que va a visitarla. Así, la pariente anciana la acoge diciéndole «a voz en grito»: «¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?» (Lc 1, 42-43). Y es el Espíritu Santo quien, ante Aquella que lleva al Dios hecho hombre, abre el corazón de Juan Bautista en el seno de Isabel. Isabel exclama: «En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre» (v. 44). Aquí el evangelista san Lucas usa el término «skirtan», es decir, «saltar», el mismo término que encontramos en una de las antiguas traducciones griegas del Antiguo Testamento para describir la danza del rey David ante el arca santa que había vuelto finalmente a la patria (cf. 2 S 6, 16). Juan Bautista en el seno de su madre danza ante el arca de la Alianza, como David; y así reconoce: María es la nueva arca de la alianza, ante la cual el corazón exulta de alegría, la Madre de Dios presente en el mundo, que no guarda para sí esta divina presencia, sino que la ofrece compartiendo la gracia de Dios. Y así —como dice la oración— María es realmente «causa nostrae laetitiae», el «arca» en la que verdaderamente el Salvador está presente entre nosotros.

D.   Nosotros contemplamos a María: ella nos abre a la esperanza, a un futuro lleno

de alegría y nos enseña el camino para alcanzarlo: acoger en la fe a su Hijo; no perder nunca la amistad con él, sino dejarnos iluminar y guiar por su Palabra.

v  Seguirlo cada día, incluso en los momentos en que sentimos que nuestras cruces resultan pesadas.

Queridos hermanos, estamos hablando de María pero, en cierto sentido, también estamos hablando de nosotros, de cada uno de nosotros: también nosotros somos destinatarios del inmenso amor que Dios reservó —ciertamente, de una manera absolutamente única e irrepetible— a María. En esta solemnidad de la Asunción contemplamos a María: ella nos abre a la esperanza, a un futuro lleno de alegría y nos enseña el camino para alcanzarlo: acoger en la fe a su Hijo; no perder nunca la amistad con él, sino dejarnos iluminar y guiar por su Palabra; seguirlo cada día, incluso en los momentos en que sentimos que nuestras cruces resultan pesadas. María, el arca de la alianza que está en el santuario del cielo, nos indica con claridad luminosa que estamos en camino hacia nuestra verdadera Casa, la comunión de alegría y de paz con Dios. Amén.

VIDA CRISTIANA




[1] Nota de la Redacción. En el Antiguo Testamento, el “arca de la alianza” era un cofre, ricamente decorado, que se hizo por mandato de Dios y según su diseño, en el que se guardaban la Tablas de la Ley, tablas de piedra en las que estaban  inscritos los Diez Mandamientos que Dios entregó a Moisés en el monte Sinaí. Representaba la presencia de Dios. El arca era el principal objeto que se conservaba en el Tabernáculo o Santuario, llamado también Tienda del Encuentro: lugar móvil, santuario itinerante, tienda especial para adorar a Dios, espacio rectangular de unos 13 metros de largo y 10 de ancho. Esta tienda estaba en medio del campamento donde habitaban en tiendas los israelitas. 



jueves, 20 de julio de 2017

María vive la esencia de la vida cristiana: hacer de la propia vida el cumplimiento de la voluntad de Dios. Éste es el verdadero culto a Dios. Cfr. Pablo VI, Exhortación Apostólica «Marialis cultus»



María vive la esencia de la vida cristiana: hacer de la propia vida el cumplimiento de la voluntad de Dios. Éste es el verdadero culto a Dios. Cfr. Pablo VI, Exhortación Apostólica «Marialis cultus» María es maestra de vida espiritual: hace de la propia vida una ofrenda a Dios. El culto espiritual. ibid. n. 21 Ejemplo para toda la Iglesia en el ejercicio del culto divino, María es también, evidentemente, maestra de vida espiritual para cada uno de los cristianos. Bien pronto los fieles comenzaron a fijarse en María para, como Ella, hacer de la propia vida un culto a Dios, y de su culto un compromiso de vida. Ya en el siglo IV, S. Ambrosio, hablando a los fieles, hacía votos para que en cada uno de ellos estuviese el alma de María para glorificar a Dios: "Que el alma de María está en cada uno para alabar al Señor; que su espíritu está en cada uno para que se alegre en Dios" (63). Pero María es, sobre todo, modelo de aquel culto que consiste en hacer de la propia vida una ofrenda a Dios: doctrina antigua, perenne, que cada uno puede volver a escuchar poniendo atención en la enseñanza de la Iglesia, pero también con el oído atento a la voz de la Virgen cuando Ella, anticipando en sí misma la estupenda petición de la oración dominical "Hágase tu voluntad" (Mt 6, 10), respondió al mensajero de Dios: "He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra" (Lc 1, 38). Y el "sí" de María es para todos los cristianos una lección y un ejemplo para convertir la obediencia a la voluntad del Padre, en camino y en medio de santificación propia. 63. Expositio Evangelii secundum Lucam, II, 26: CSEL 32, IV, p. 55, S. Ch. 45, pp. 83-84. La finalidad última del culto a la bienaventurada Virgen María es glorificar a Dios y empeñar a los cristianos en un vida absolutamente conforme a la voluntad de Dios. Pablo VI, Marialis cultus n. 39 Finalmente, por si fuese necesario, quisiéramos recalcar que la finalidad última del culto a la bienaventurada Virgen María es glorificar a Dios y empeñar a los cristianos en un vida absolutamente conforme a su voluntad. Los hijos de la Iglesia, en efecto, cuando uniendo sus voces a la voz de la mujer anónima del Evangelio, glorifican a la Madre de Jesús, exclamando, vueltos hacia El: "Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te crearon" (Lc 11, 27), se verán inducidos a considerar la grave respuesta del divino Maestro: "Dichosos más bien los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen" (Lc 11, 28). Esta misma respuesta, si es una viva alabanza para la Virgen, como interpretaron algunos Santos Padres (107) y como lo ha confirmado el Concilio Vaticano II (108), suena también para nosotros como una admonición a vivir según los mandamientos de Dios y es como un eco de otras llamadas del divino Maestro: "No todo el que me dice: "Señor, Señor", entrará en el reino de los Cielos; sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos" (Mt 7, 21) y "Vosotros sois amigos míos, si hacéis cuanto os mando" (Jn 15, 14). 102. Cf. Conc. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia, Lumen gentium, 56; AAS 57 (1965), p.60. 103. S. Petrus Chrysologus, Sermo CXLIII; PL 52, 583. 104. Conc. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia, Lumen gentium, n.55; AAS 57 (1965), pp. 59-60. 105. Cf. Pablo VI, Exhortación Apostólica, Signum magnum I; AAS 59 (1967), pp. 467-468; Missale Romanum, die 15 Septembris, Super oblata. 106. Const. dogm. sobre la Iglesia, Lumen gentium, n. 67; AAS 57 (1965), pp. 65-66 www.parroquiasantamonica.com

La devoción a la Virgen en la Iglesia primitiva. Mes de Mayo. Fuente: www.primeroscristianos.com



1 La devoción a la Virgen en la Iglesia primitiva. Mes de Mayo. Fuente: www.primeroscristianos.com LOS ORÍGENES DE LA DEVOCIÓN A LA VIRGEN La Virgen María ha sido honrada y venerada como Madre de Dios desde los albores del cristianismo. "LOS PRIMEROS CRISTIANOS, A LOS QUE HEMOS DE ACUDIR SIEMPRE COMO MODELO, DIERON UN CULTO AMOROSO A LA VIRGEN. EN LAS PINTURAS DE LOS TRES PRIMEROS SIGLOS DEL CRISTIANISMO, QUE SE CONSERVAN EN LAS CATACUMBAS ROMANAS, SE LA CONTEMPLA REPRESENTADA CON EL NIÑO DIOS EN BRAZOS. ¡NUNCA LES IMITAREMOS BASTANTE EN ESTA DEVOCIÓN A LA SANTÍSIMA VIRGEN!" (SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ) Con ocasión del mes de Mayo hablamos sobre los orígenes de la devoción mariana en los primeros cristianos. “DESDE AHORA TODAS LAS GENERACIONES ME LLAMARÁN BIENAVENTURADA” (Lc 1, 48) Como han puesto en evidencia los estudios mariológicos recientes, la Virgen María ha sido honrada y venerada como Madre de Dios y Madre nuestra desde los albores del cristianismo. 2 En los tres primeros siglos la veneración a María está incluida fundamentalmente dentro del culto a su Hijo. Un Padre de la Iglesia resume el sentir de este primigenio culto mariano refiriéndose a María con estas palabras: «Los profetas te anunciaron y los apóstoles te celebraron con las más altas alabanzas». De estos primeros siglos sólo pueden recogerse testimonios indirectos del culto mariano. Entre ellos se encuentran algunos restos arqueológicos en las catacumbas, que demuestran el culto y la veneración, que los primeros cristianos tuvieron por María. Tal es el caso de las pinturas marianas de las catacumbas de Priscila: en una de ellas se muestra a la Virgen nimbada con el Niño al pecho y un profeta (quizá Isaías) a un lado; las otras dos representan la Anunciación y la Epifanía. Todas ellas son de finales del siglo II. En las catacumbas de San Pedro y San Marceliano se admira también una pintura del siglo III/IV que representa a María en medio de S. Pedro y S. Pablo, con las manos extendidas y orando. Una magnífica muestra del culto mariano es la oración “Sub tuum praesidium” (Bajo tu amparo nos acogemos) que se remonta al siglo III-IV, en la que se acude a la intercesión a María. Los Padres del siglo IV alaban de muchas y diversas maneras a la Madre de Dios. San Epifanio, combatiendo el error de una secta de Arabia que tributaba culto de latría a María, después de rechazar tal culto, escribe: «¡Sea honrada María! !Sea adorado el Señor!». La misma distinción se aprecia en San Ambrosio quien tras alabar a la « Madre de todas las vírgenes» es claro y rotundo, a la vez, cuando dice que «María es templo de Dios y no es el Dios del templo» , para poner en su justa medida el culto mariano, distinguiéndolo del profesado a Dios. Hay constancia de que en tiempo del papa San Silvestre, en los Foros, donde se había levantado anteriormente un templo a Vesta, se construyó uno cuya advocación era Santa María de la Antigua. Igualmente el obispo Alejandro de Alejandría consagró una Iglesia en honor de la Madre de Dios. Se sabe, además, que en la iglesia de la Natividad en Palestina, que se remonta a la época de Constantino, junto al culto al Señor, se honraba a María recordando la milagrosa concepción de Cristo. En la liturgia eucarística hay datos fidedignos mostrando que la mención venerativa de María en la plegaria eucarística se remonta al año 225 y que en las fiestas del Señor - Encarnación, Natividad, Epifanía, etc.- se honraba también a su Madre. Suele señalarse que hacia el año 380 se instituyó la primera festividad mariana, denominada indistintamente «Memoria de la Madre de Dios», «Fiesta de la Santísima Virgen», o «Fiesta de la gloriosa Madre». Primera representación de la Virgen María (Catacumbas de Santa Priscila) 3 EL TESTIMONIO DE LOS PADRES DE LA IGLESIA El primer Padre de la Iglesia que escribe sobre María es San Ignacio de Antioquía (+ c. 110), quien contra los docetas, defiende la realidad humana de Cristo al afirmar que pertenece a la estirpe de David, por nacer verdaderamente de María Virgen. Fue concebido y engendrado por Santa María; esta concepción fue virginal, y esta virginidad pertenece a uno de esos misterios ocultos en el silencio de Dios. En San Justino (+ c. 167) la reflexión mariana aparece remitida a Gen 3, 15 y ligada al paralelismo antitético de Eva-María. En el Diálogo con Trifón, Justino insiste en la verdad de la naturaleza humana de Cristo y, en consecuencia, en la realidad de la maternidad de Santa María sobre Jesús y, al igual que San Ignacio de Antioquía, recalca la verdad de la concepción virginal, e incorpora el paralelismo Eva-María a su argumentación teológica. Se trata de un paralelismo que servirá de hilo conductor a la más rica y constante teología mariana de los Padres. San Ireneo de Lyon (+ c. 202), en un ambiente polémico contra los gnósticos y docetas, insiste en la realidad corporal de Cristo, y en la verdad de su generación en las entrañas de María. Hace, además, de la maternidad divina una de las bases de su cristología: es la naturaleza humana asumida por el Hijo de Dios en el seno de María la que hace posible que la muerte redentora de Jesús alcance a todo el género humano. Destaca también el papel maternal de Santa María en su relación con el nuevo Adán, y en su cooperación con el Redentor. En el Norte de África Tertuliano (+ c. 222), en su controversia con el gnóstico Marción), afirma que María es Madre de Cristo porque ha sido engendrado en su seno virginal. En el siglo III se comienza a utilizar el título Theotókos (Madre de Dios). Orígenes (+ c. 254) es el primer testigo conocido de este título. En forma de súplica aparece por primera vez en la oración Sub tuum praesidium. que –como hemos dicho anteriormente- es la plegaria mariana más antigua conocida. Ya en el siglo IV el mismo título se utiliza en la profesión de fe de Alejandro de Alejandría contra Arrio. A partir de aquí cobra universalidad y son muchos los Santos Padres que se detienen a explicar la dimensión teológica de esta verdad -San Efrén, San Atanasio, San Basilio, San Gregorio de Nacianzo, San Gregorio de Nisa, San Ambrosio, San Agustín, Proclo de Constantinopla, etc.-, hasta el punto de que el título de Madre de Dios se convierte en el más usado a la hora de hablar de Santa María. La verdad de la maternidad divina quedó definida como dogma de fe en el Concilio de Efeso del año 431. Virgen con el niño 4 "¿Y DESPUÉS DE LA MUERTE DEL SALVADOR? MARÍA ES LA REINA DE LOS APÓSTOLES; SE ENCUENTRA EN EL CENÁCULO Y LES ACOMPAÑA EN LA RECEPCIÓN DE AQUÉL QUE CRISTO HABÍA PROMETIDO, DEL PARÁCLITO; LES ANIMA EN SUS DUDAS, LES AYUDA A VENCER LOS OBSTÁCULOS QUE LA FLAQUEZA HUMANA PONE EN SU CAMINO: ES GUÍA, LUZ Y ALIENTO DE AQUELLOS PRIMEROS CRISTIANOS".(SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ) LAS PRERROGATIVAS O PRIVILEGIOS MARIANOS La descripción de los comienzos de la devoción mariana quedaría incompleta si no se mencionase un tercer elemento básico en su elaboración: la firme convicción de la excepcionalidad de la persona de Santa María -excepcionalidad que forma parte de su misterio- y que se sintetiza en la afirmación de su total santidad, de lo que se conoce con el calificativo de "privilegios" marianos. Se trata de unos "privilegios" que encuentran su razón en la relación maternal de Santa María con Cristo y con el misterio de la salvación, pero que están realmente en Ella dotándola sobreabundantemente de las gracias convenientes para desempeñar su misión única y universal. Estos privilegios o prerrogativas marianas no se entienden como algo accidental o superfluo, sino como algo necesario para mantener la integridad de la fe. San Ignacio, San Justino y Tertuliano hablan de la virginidad. También lo hace San Ireneo. En Egipto, Orígenes defiende la perpetua virginidad de María, y considera a la Madre del Mesías como modelo y auxilio de los cristianos. En el siglo IV, se acuña el término aeiparthenos —siempre virgen—, que S. Epifanio lo introduce en su símbolo de fe y posteriormente el II Concilio Ecuménico de Constantinopla lo recogió en su declaración dogmática. Junto a esta afirmación de la virginidad de Santa María, que se va haciendo cada vez más frecuente y universal, va destacándose con el paso del tiempo la afirmación de la total santidad de la Virgen. Rechazada siempre la existencia, de pecado en la Virgen, se aceptó primero que pudieron existir en Ella algunas imperfecciones. Así aparece en San Ireneo, Tertuliano, Orígenes, San Basilio, San Juan Crisóstomo, San Efrén, San Cirilo de Alejandría, mientras que San Ambrosio y San Agustín rechazan que se diesen imperfecciones en la Virgen. Después de la definición dogmática de la maternidad divina en el Concilio de Efeso (431), la prerrogativa de santidad plena se va consolidando y se generaliza el título de "toda santa" –panaguía-. En el Akathistos se canta "el Señor te hizo toda santa y gloriosa" (canto 23). 5 A partir del siglo VI, y en conexión con el desarrollo de la afirmación de la maternidad divina y de la total santidad de Santa María, se aprecia también un evidente desarrollo de la afirmación de las prerrogativas marianas. Así sucede concretamente en temas relativos a la Dormición, a la Asunción de la Virgen, a la total ausencia de pecado (incluido el pecado original) en Ella, o a su cometido de Mediadora y Reina. Debemos citar especialmente a S. Modesto de Jerusalén, a S. Andrés de Creta, a S. Germán de Constantinopla y a S. Juan Damasceno como a los Padres de estos últimos siglos del periodo patrístico que más profundizaron en las prerrogativas marianas.

Primero de año (2011). La Solemnidad de la Madre de Dios. Evangelio: “María guardaba todas estas cosas ponderándolas [o meditándolas] en su corazón”. Meditar es confrontar nuestras experiencias con el designio de Dios, iluminarlas con la oración. Debemos tomar conciencia de la importancia del tiempo, para santificarlo. La revolución “pacífica” de la maduración de la responsabilidad en las conciencias, que requiere tiempos quizás muy largos. Contenido del “¡feliz año nuevo!”



1 Primero de año (2011). La Solemnidad de la Madre de Dios. Evangelio: “María guardaba todas estas cosas ponderándolas [o meditándolas] en su corazón”. Meditar es confrontar nuestras experiencias con el designio de Dios, iluminarlas con la oración. Debemos tomar conciencia de la importancia del tiempo, para santificarlo. La revolución “pacífica” de la maduración de la responsabilidad en las conciencias, que requiere tiempos quizás muy largos. Contenido del “¡feliz año nuevo!” Cfr. 1 enero de 2011, Año A, Solemnidad de Santa María, Madre de Dios Números 6, 22-27; Gálatas 4, 4-7; Lucas 2, 16-21 Números 6, 22-27: 22 El Señor habló a Moisés diciendo: 23 Habla a Aarón y a sus hijos y diles: «Así habéis de bendecir a los israelitas. Les diréis: 24 El Señor te bendiga y te guarde, 25 el Señor haga brillar su rostro sobre ti y te conceda su gracia; 26 el Señor alce su rostro hacia ti y te conceda la paz.» 27 Así invocarán mi nombre sobre los hijos de Israel y Yo los bendeciré.» Gálatas 4, 4-7: 4 Pero, al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, 5 para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la filiación adoptiva. 6 La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre! 7 De modo que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero por voluntad de Dios. [Biblia de Jerusalén]: [Gal 4,4] Pero al llegar la plenitud de los tiempos: Expresión que designa la llegada de los tiempos mesiánicos o escatológicos que dan cumplimiento a una larga espera de siglos, como algo que colma finalmente una medida (cf. Mc 1,15, At 1,7+, Rm 13,11+, 1Cor 10,11, 2Cor 6,2+, Ef 1,10, Eb 1,2, Eb 9,26, 1Pt 1,20). [Gal 4,5] Aspecto negativo y positivo de la redención: al llegar a ser hijo, el esclavo adquiere la libertad. El esclavo liberado es adoptado como hijo, no sólo por la accesión legal a la herencia (v. 7; ver 3,29), sino también por el don real del Espíritu. Lucas 2, 16-21: 16 Y vinieron presurosos y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. 17 Al verlo, dieron a conocer lo que les habían dicho acerca de aquel niño; 18 y todos los que lo oyeron se maravillaban de lo que los pastores les decían. 19 María guardaba todas estas cosas ponderándolas [o meditándolas] en su corazón. 20 Los pastores regresaron, glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visrto, según les fue dicho. 21 Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidarle, le pusieron por nombre Jesús, como le había llamado el ángel antes de que fuera concebido en el seno materno. 1. Evangelio. María guardaba todas estas cosas ponderándolas [o meditándolas] en su corazón. La meditación: es el descubrimiento de una unidad. La confrontación de las propias experiencias con el designio de Dios. Dicen los filólogos que la palabra griega usada para hablarnos de esta ponderación, o «meditación» significa literalmente «reunir, juntar»: encontrar, o descubrir una unidad. Que es lo que se hace cuando se reflexiona o, en la vida cristiana, cuando, con la gracia de Dios meditamos; con nuestra meditación, los cristianos, los hijos de Dios buscamos, con su gracia, huir de la superficialidad de los hechos y de las cosas, para encontrar la trama, el argumento, el designio de Dios, su voluntad, su providencia. Estamos llamados a descubrir ese «algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir.» (Amar el mundo apasionadamente, Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, 114). La meditación es «Componer las piezas»: reconducir a la unidad un proyecto. Confrontar las propias experiencias con el designio de Dios. Iluminar con la oración las propias experiencias. Buscar atentamente la verdad. 2 La meditación en el Catecismo de la Iglesia. o Es comprender el porqué y el cómo, para adherir a lo que el Señor pide. • En el n. 2705, se nos dice: «La meditación es, sobre todo, una búsqueda. El espíritu trata de comprender el porqué y el cómo de la vida cristiana para adherirse y responder a lo que el Señor pide. Hace falta una atención difícil de encauzar. Habitualmente se hace con la ayuda de algún libro, que a los cristianos no les falta: las Sagradas Escrituras, especialmente el Evangelio, las imágenes sagradas, los textos litúrgicos del día o del tiempo, los escritos de los Padres espirituales, las obras de espiritualidad, el gran libro de la creación y el de la historia, la página del «hoy» de Dios». o La fe trata de comprender • En el n. 158: «La fe trata de comprender» (S. Anselmo, prosl. proem.): es inherente a la fe que el creyente desee conocer mejor a aquel en quien ha puesto su fe, y comprender mejor lo que le ha sido revelado; un conocimiento más penetrante suscitará a su vez una fe mayor, cada vez más encendida de amor. La gracia de la fe abre «los ojos del corazón» (Ef 1, 18) para una inteligencia viva de los contenidos de la Revelación, es decir, del conjunto del designio de Dios y de los misterios de la fe, de su conexión entre sí y con Cristo, centro del Misterio revelado. Ahora bien, «para que la inteligencia de la Revelación sea más profunda, el mismo Espíritu Santo perfecciona constantemente la fe por medio de sus dones» (DV 5). Así, según el adagio de S. Agustín, «creo para comprender y comprendo para creer mejor» (DV 5 Serm. 43, 7, 9). o Meditamos preferentemente sobre los misterios de Cristo • n. 2708: La meditación u oración cristiana “se aplica preferentemente a meditar «los misterios de Cristo»” ... y va aún más lejos: “hacia el conocimiento del amor del Señor Jesús, a la unión con Él”. o El Evangelio es el texto mejor sobre el que meditar • n. 127: El Evangelio cuatriforme ocupa en la Iglesia un lugar único; de ello dan testimonio la veneración de que lo rodea la liturgia y el atractivo incomparable que ha ejercido en todo tiempo sobre los santos: No hay ninguna doctrina que sea mejor, más preciosa y más espléndida que el texto del Evangelio. Ved y retened lo que nuestro Señor y Maestro, Cristo, ha enseñado mediante sus palabras y realizado mediante sus obras (Sta. Cesárea la Joven, Rich). Es sobre todo el Evangelio lo que me ocupa durante mis oraciones; en él encuentro todo lo que es necesario a mi pobre alma. En él descubro siempre nuevas luces, sentidos escondidos y misteriosos (Sta. Teresa del Niño Jesús, ms. auto. A 83v). 2. Al inicio del Año: los cristianos queremos tomar conciencia de la importancia del tiempo: el deber de santificarlo. o En el cristianismo el tiempo tiene una importancia fundamental. • Tertio millenio adveniente, 10: “En el cristianismo el tiempo tiene una importancia fundamental Dentro de su dimensión se crea el mundo, en su interior se desarrolla la historia de la salvación, que tiene su culmen en la « plenitud de los tiempos » de la Encarnación y su término en el retorno glorioso del Hijo de Dios al final de los tiempos. En Jesucristo, Verbo encarnado, el tiempo llega a ser una dimensión de Dios, que en sí mismo es eterno. Con la venida de Cristo se inician los « últimos tiempos » (cf. Hb 1, 2), la « última hora » (cf. 1 Jn 2, 18), se inicia el tiempo de la Iglesia que durará hasta la Parusía. De esta relación de Dios con el tiempo nace el deber de santificarlo.” o La santificación del tiempo es lo que da unidad a nuestra vida. • Esta conciencia de santificar el tiempo es lo que da unidad a nuestra vida, a nuestra existencia, que, de por sí, frecuentemente sería caótica, con dispersión, sin unidad de vida. 3. ¡Feliz año nuevo! • Es lo que deseamos a todos, especialmente a parientes y amigos. o Desde el punto de vista cristiano, lo que lleva a la felicidad está indicado en la liturgia de la Misa de hoy: es la bendición de Dios. • En la primera Lectura: del libro de los Números 6, 22-27, se describe la fórmula de la bendición: 22 El Señor habló a Moisés diciendo: 23 Habla a Aarón y a sus hijos y diles: «Así habéis de bendecir a los israelitas. Les diréis: 24 El Señor te bendiga y te guarde, 25 el Señor haga brillar su rostro sobre ti y te conceda su gracia; 26 el Señor alce su rostro hacia ti y te conceda la paz.» 27 Así invocarán mi nombre sobre los hijos de Israel y Yo los bendeciré.» 3 «Brillar el rostro» es una expresión bíblica: en el salterio, se refiere a la benevolencia de Dios Cf. Biblia de Jerusalén, nota a Salmo 4,7. • Pedir que brille su rostro equivale a invocar su piedad, su misericordia: cfr. Salmo 67, Salmo responsorial leído hoy: 2 ¡Dios nos tenga piedad y nos bendiga, su rostro haga brillar sobre nosotros! 3 Para que se conozcan en la tierra tus caminos, tu salvación entre todas las naciones. • El rostro es el aspecto exterior de algo, o de un hombre “cuyos pensamientos o sentimientos hace visibles” (Cf. Gn 4,5 y 31,2). • cfr. Salmo 31,17: “Haz brillar tu rostro sobre tu siervo; por tu misericordia, sálvame” • Cfr.Salmo 4,7-9: 7 Muchos dicen: «¿Quién nos hará ver la dicha?» ¡Alza sobre nosotros, Señor, la luz de tu rostro! 8 Tú das a mi corazón un gozo mayor que a ellos cuando abundan en trigo y en vino. 9 En paz me acuesto y enseguida me duermo, porque Tú solo, Señor, me haces vivir seguro. (4, 7-9) • Cfr. Salmo 80. Súplica a Dios: ¡Oh Dios, conviértenos, haz que brille tu rostro, y seremos salvos! (80,4,8,20) • Gianfranco Ravasi, Secondo le Scritture, Anno C, Piemme 1999, p. 51: “Cuando el Señor aleja su rostro, comienza para nosotros la prueba, la oscuridad, la infelicidad. Este “volver el rostro hacia otro sitio” por parte de Dios, puede darse por su disgusto a causa de nuestro pecado o bien puede explicarse por su misterioso modo de obrar, que no sigue los caminos humanos. Pero sin su presencia es como si el cielo perdiese el sol: todo caería en el hielo y en la muerte. Por esta razón la oración del justo implora que «el Señor dirija su rostro» hacia él, mientras que el malvado está convencido de que «Dios se ha olvidado, tiene tapado el rostro, no ve nada» (Salmo 10, 11)”. o La salvación es un don de Dios Cfr. Benedicto XVI, Homilía en la Misa del 1 enero 2006: La salvación es don de Dios; en la primera lectura se nos ha presentado como bendición: «te bendiga y te guarde…; te muestre su rostro y te conceda la paz» (Números 6, 24.26). Se trata de la bendición que utilizaban los sacerdotes como invocación sobre el pueblo al final de las grandes fiestas litúrgicas, en particular, en la fiesta del año nuevo. Nos encontramos ante un texto sumamente profundo, salpicado por el nombre del Señor que es repetido al inicio de cada uno de los versículos. Un texto que no es una simple exposición de principios, sino que tiende a realizar lo que afirma. Como se sabe, de hecho, en el pensamiento semítico, la bendición del Señor produce, por su propia fuerza, bienestar y salvación, así como la maldición produce desgracia y ruina. La eficacia de la bendición se concretiza de manera más específica por parte de Dios en la protección (versículo 24), en el hecho de que nos es propicio (versículo 25) y de que nos da la paz, con otras palabras, la abundancia de la felicidad. Al hacernos escuchar esta antigua bendición al inicio de un nuevo año solar, la liturgia está como alentándonos a invocar la bendición del Señor sobre el año nuevo que da sus primeros pasos para que sea para todos nosotros un año de prosperidad y de paz. (...) o La antigua tradición judía de la bendición (cf. Números 6, 22-27): los sacerdotes de Israel bendecían al pueblo "invocando sobre él el nombre" del Señor. Cfr. Benedicto XVI, Homilía en la Solemnidad de Santa MARÍA, Madre de Dios, 1 de enero de 2009 Para poder avanzar por el camino de la paz, los hombres y los pueblos necesitan ser iluminados por el "rostro" de Dios y ser bendecidos por su "nombre". Esto se realizó definitivamente con la Encarnación: la venida del Hijo. Así se realiza la antigua tradición judía de la bendición (cf. Números 6, 22-27): los sacerdotes de Israel bendecían al pueblo "invocando sobre él el nombre" del Señor. Con una fórmula ternaria —presente en la primera lectura— el Nombre sagrado se invocaba tres veces sobre los fieles, como auspicio de gracia y de paz. Esta antigua costumbre nos lleva a una realidad esencial: para poder avanzar por el camino de la paz, los hombres y los pueblos necesitan ser iluminados por el "rostro" de Dios y ser bendecidos por su "nombre". Precisamente esto se realizó de forma definitiva con la Encarnación: la venida del Hijo de Dios en nuestra carne y en la historia ha traído una bendición irrevocable, una luz que ya no se apaga nunca y ofrece a los creyentes y a los hombres de buena voluntad la posibilidad de construir la civilización del amor y de la paz. 4 La historia terrena de Jesús, que culminó en el misterio pascual, es el inicio de un mundo nuevo, porque inauguró realmente una nueva humanidad, capaz de llevar a cabo una "revolución" pacífica, siempre y sólo con la gracia de Cristo. Esta revolución no es ideológica, sino espiritual; no es utópica, sino real; y por eso requiere infinita paciencia, tiempos quizás muy largos, evitando todo atajo y recorriendo el camino más difícil: el de la maduración de la responsabilidad en las conciencias. El concilio Vaticano II dijo, a este respecto, que "el Hijo de Dios, con su encarnación, se ha unido, en cierto modo, con todo hombre" (Gaudium et spes, 22). Esta unión ha confirmado el plan original de una humanidad creada a "imagen y semejanza" de Dios. En realidad, el Verbo encarnado es la única imagen perfecta y consustancial del Dios invisible. Jesucristo es el hombre perfecto. "En él —afirma asimismo el Concilio— la naturaleza humana ha sido asumida (...); por eso mismo, también en nosotros ha sido elevada a una dignidad sublime" (ib.). Por esto, la historia terrena de Jesús, que culminó en el misterio pascual, es el inicio de un mundo nuevo, porque inauguró realmente una nueva humanidad, capaz de llevar a cabo una "revolución" pacífica, siempre y sólo con la gracia de Cristo. Esta revolución no es ideológica, sino espiritual; no es utópica, sino real; y por eso requiere infinita paciencia, tiempos quizás muy largos, evitando todo atajo y recorriendo el camino más difícil: el de la maduración de la responsabilidad en las conciencias.

Nuestra Señora de Guadalupe (2011). Homilía de Benedicto XVI. La celebración de un Bicentenario que, más allá de los aspectos históricos, sociales y políticos de los hechos, renueva la gratitud por el gran don de la fe recibida. Es importante que sus diversos pueblos salvaguarden su rico tesoro de fe y su dinamismo histórico-cultural. Siendo siempre defensores de la vida humana desde su concepción hasta su ocaso natural y promotores de la paz. Están llamados asimismo a fomentar cada vez más iniciativas acertadas y programas efectivos que propicien la reconciliación y la fraternidad, incrementen la solidaridad …



1 Nuestra Señora de Guadalupe (2011). Homilía de Benedicto XVI. La celebración de un Bicentenario que, más allá de los aspectos históricos, sociales y políticos de los hechos, renueva la gratitud por el gran don de la fe recibida. Es importante que sus diversos pueblos salvaguarden su rico tesoro de fe y su dinamismo histórico-cultural. Siendo siempre defensores de la vida humana desde su concepción hasta su ocaso natural y promotores de la paz. Están llamados asimismo a fomentar cada vez más iniciativas acertadas y programas efectivos que propicien la reconciliación y la fraternidad, incrementen la solidaridad … Cfr. Benedicto XVI, Homilía en la Misa por América Latina, en el Bicentenario de la Independencia de los Países Latinoamericanos y del Caribe 12 de diciembre de 2011, Solemnidad de Nuestra Señora de Guadalupe Queridos hermanos y hermanas: o Jesús, el fruto de la tierra que es María «La tierra ha dado su fruto» (Sal 66,7). En esta imagen del salmo que hemos escuchado, en el que se invita a todos los pueblos y naciones a alabar con júbilo al Señor que nos salva, los Padres de la Iglesia han sabido reconocer a la Virgen María y a Cristo, su Hijo: «La tierra es santa María, la cual viene de nuestra tierra, de nuestro linaje, de este barro, de este fango, de Adán […]. La tierra ha dado su fruto: primero produjo una flor [...]; luego esa flor se convirtió en fruto, para que pudiéramos comerlo, para que comiéramos su carne. ¿Queréis saber cuál es ese fruto? Es el Virgen que procede de la Virgen; el Señor, de la esclava; Dios, del hombre; el Hijo, de la Madre; el fruto, de la tierra» (S. Jerónimo, Breviarum in Psalm. 66: PL 26,1010-1011). También nosotros hoy, exultando por el fruto de esta tierra, decimos: «Que te alaben, Señor, todos los pueblos» (Sal 66,4. 6). Proclamamos el don de la redención alcanzada por Cristo, y en Cristo, reconocemos su poder y majestad divina. o La celebración de un Bicentenario que, más allá de los aspectos históricos, sociales y políticos de los hechos, renueva la gratitud por el gran don de la fe recibida. Animado por estos sentimientos, saludo con afecto fraterno a los señores cardenales y obispos que nos acompañan, a las diversas representaciones diplomáticas, a los sacerdotes, religiosos y religiosas, así como a los grupos de fieles congregados en esta Basílica de San Pedro para celebrar con gozo la solemnidad de Nuestra Señora de Guadalupe, Madre y Estrella de la Evangelización de América. Tengo igualmente presentes a todos los que se unen espiritualmente y oran a Dios con nosotros por los diversos países latinoamericanos y del Caribe, muchos de los cuales durante este tiempo festejan el Bicentenario de su independencia, y que, más allá de los aspectos históricos, sociales y políticos de los hechos, renuevan al Altísimo la gratitud por el gran don de la fe recibida, una fe que anuncia el Misterio redentor de la muerte y resurrección de Jesucristo, para que todos los pueblos de la tierra en Él tengan vida. El Sucesor de Pedro no podía dejar pasar esta efeméride sin hacer presente la alegría de la Iglesia por los copiosos dones que Dios en su infinita bondad ha derramado durante estos años en esas amadísimas naciones, que tan entrañablemente invocan a María Santísima. o La venerada imagen de la Morenita del Tepeyac, la siempre Virgen María, que señala la presencia del Salvador a su población indígena y mestiza. La venerada imagen de la Morenita del Tepeyac, de rostro dulce y sereno, impresa en la tilma del indio san Juan Diego, se presenta como «la siempre Virgen María, Madre del verdadero Dios por quien se vive» (De la lectura del Oficio. Nicán Mopohua, 12ª ed., México, D.F., 1971, 3- 19). Ella evoca a la «mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas 2 sobre su cabeza, que está encinta» (Ap 12,1-2) y señala la presencia del Salvador a su población indígena y mestiza. Ella nos conduce siempre a su divino Hijo, el cual se revela como fundamento de la dignidad de todos los seres humanos, como un amor más fuerte que las potencias del mal y la muerte, siendo también fuente de gozo, confianza filial, consuelo y esperanza. O Magnificat O Magnificat, que proclamamos no Evangelho, é «o cântico da Mãe de Deus e o da Igreja, cântico da Filha de Sião e do novo Povo de Deus, cântico de ação de graças pela plenitude de graças distribuídas na Economia da salvação, cântico dos “pobres”, cuja esperança é satisfeita pela realização das promessas feitas a nossos pais» (Catecismo da Igreja Católica, 2619). Em um gesto de reconhecimento ao seu Senhor e de humildade da sua serva, a Virgem Maria eleva a Deus o louvor por tudo o que Ele fez em favor do seu povo Israel. Deus é Aquele que merece toda a honra e glória, o Poderoso que fez maravilhas por sua fiel servidora e que hoje continua mostrando o seu amor por todos os homens, particularmente aqueles que enfrentam duras provas. o El Misterio divino se revela en el acontecimiento de Jesucristo, que es contemporáneo a toda persona humana en cualquier tiempo y lugar por medio de la Iglesia, de la que María es Madre y modelo. «Mira que tu Rey viene hacia ti; Él es justo y victorioso, es humilde y está montado sobre un asno» (Zc 9,9), hemos escuchado en la primera lectura. Desde la encarnación del Verbo, el Misterio divino se revela en el acontecimiento de Jesucristo, que es contemporáneo a toda persona humana en cualquier tiempo y lugar por medio de la Iglesia, de la que María es Madre y modelo. Por eso, nosotros podemos hoy continuar alabando a Dios por las maravillas que ha obrado en la vida de los pueblos latinoamericanos y del mundo entero, manifestando su presencia en el Hijo y la efusión de su Espíritu como novedad de vida personal y comunitaria. Dios ha ocultado estas cosas a «sabios y entendidos», dándolas a conocer a los pequeños, a los humildes, a los sencillos de corazón (cf. Mt 11,25). Por su «sí» a la llamada de Dios, la Virgen María manifiesta entre los hombres el amor divino. En este sentido, Ella, con sencillez y corazón de madre, sigue indicando la única Luz y la única Verdad: su Hijo Jesucristo, que «es la respuesta definitiva a la pregunta sobre el sentido de la vida y a los interrogantes fundamentales que asedian también hoy a tantos hombres y mujeres del continente americano» Por su «sí» a la llamada de Dios, la Virgen María manifiesta entre los hombres el amor divino. En este sentido, Ella, con sencillez y corazón de madre, sigue indicando la única Luz y la única Verdad: su Hijo Jesucristo, que «es la respuesta definitiva a la pregunta sobre el sentido de la vida y a los interrogantes fundamentales que asedian también hoy a tantos hombres y mujeres del continente americano» (Exhort. Ap. postsinodal Ecclesia in America, 10). Asimismo, Ella «continúa alcanzándonos por su constante intercesión los dones de la eterna salvación. Con amor maternal cuida de los hermanos de su Hijo que todavía peregrinan y se debaten entre peligros y angustias hasta que sean llevados a la patria feliz» (Lumen gentium, 62). o Es importante que sus diversos pueblos salvaguarden su rico tesoro de fe y su dinamismo histórico-cultural. Siendo siempre defensores de la vida humana desde su concepción hasta su ocaso natural y promotores de la paz. Actualmente, mientras se conmemora en diversos lugares de América Latina el Bicentenario de su independencia, el camino de la integración en ese querido continente avanza, a la vez que se advierte su nuevo protagonismo emergente en el concierto mundial. En estas circunstancias, es importante que sus diversos pueblos salvaguarden su rico tesoro de fe y su dinamismo históricocultural, siendo siempre defensores de la vida humana desde su concepción hasta su ocaso natural y 3 promotores de la paz; han de tutelar igualmente la familia en su genuina naturaleza y misión, intensificando al mismo tiempo una vasta y capilar tarea educativa que prepare rectamente a las personas y las haga conscientes de sus capacidades, de modo que afronten digna y responsablemente su destino. Están llamados asimismo a fomentar cada vez más iniciativas acertadas y programas efectivos que propicien la reconciliación y la fraternidad, incrementen la solidaridad … Están llamados asimismo a fomentar cada vez más iniciativas acertadas y programas efectivos que propicien la reconciliación y la fraternidad, incrementen la solidaridad y el cuidado del medio ambiente, vigorizando a la vez los esfuerzos para superar la miseria, el analfabetismo y la corrupción y erradicar toda injusticia, violencia, criminalidad, inseguridad ciudadana, narcotráfico y extorsión. Deseo animar el afán apostólico que actualmente impulsa y pretende la «misión continental» promovida en Aparecida, para que «la fe cristiana arraigue más profundamente en el corazón de las personas y los pueblos latinoamericanos como acontecimiento fundante y encuentro vivificante con Cristo». Cuando la Iglesia se preparaba para recordar el quinto centenario de la plantatio de la Cruz de Cristo en la buena tierra del continente americano, el beato Juan Pablo II formuló en su suelo, por primera vez, el programa de una evangelización nueva, nueva «en su ardor, en sus métodos, en su expresión» (cf. Discurso a la Asamblea del CELAM, 9 marzo 1983, III: AAS 75, 1983, 778). Desde mi responsabilidad de confirmar en la fe, también yo deseo animar el afán apostólico que actualmente impulsa y pretende la «misión continental» promovida en Aparecida, para que «la fe cristiana arraigue más profundamente en el corazón de las personas y los pueblos latinoamericanos como acontecimiento fundante y encuentro vivificante con Cristo» (V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, Documento conclusivo, 13). Así se multiplicarán los auténticos discípulos y misioneros del Señor y se renovará la vocación de Latinoamérica y el Caribe a la esperanza. Que la luz de Dios brille, pues, cada vez más en la faz de cada uno de los hijos de esa amada tierra y que su gracia redentora oriente sus decisiones, para que continúen avanzando sin desfallecer en la construcción de una sociedad cimentada en el desarrollo del bien, el triunfo del amor y la difusión de la justicia. Con estos vivos deseos, y sostenido por el auxilio de la providencia divina, tengo la intención de emprender un Viaje apostólico antes de la santa Pascua a México y Cuba, para proclamar allí la Palabra de Cristo y se afiance la convicción de que éste es un tiempo precioso para evangelizar con una fe recia, una esperanza viva y una caridad ardiente. o Encomiendo todos estos propósitos a la amorosa mediación de Santa María de Guadalupe, nuestra Madre del cielo. Encomiendo todos estos propósitos a la amorosa mediación de Santa María de Guadalupe, nuestra Madre del cielo, así como los actuales destinos de las naciones latinoamericanas y caribeñas y el camino que están recorriendo hacia un mañana mejor. Invoco igualmente sobre ellas la intercesión de tantos santos y beatos que el Espíritu ha suscitado a lo largo y ancho de la historia de ese continente, ofreciendo modelos heroicos de virtudes cristianas en la diversidad de estados de vida y de ambientes sociales, para que su ejemplo favorezca cada vez más una nueva evangelización bajo la mirada de Cristo, Salvador del hombre y fuerza de su vida. Amén. www.parroquiasantamonica.com Vida Cristiana

Primero de enero (2012). Solemnidad de la Virgen María Madre de Dios. Por su maternidad recibimos a Cristo “autor de la vida”, comienza nuestra salvación que un día llegará a su plenitud. Con el nacimiento del Hijo de Dios, el rostro de Dios toma un rostro humano, dejándose ver y reconocer en el hijo de la Virgen María. María nos muestra a Jesús, "la luz del mundo", que da el verdadero sentido a la vida y el pleno significado a la existencia. La bendición de Dios: para poder avanzar por el camino de la paz, los hombres y los pueblos necesitan ser iluminados por el “rostro” de Dios. Con Jesús la humanidad inicia un camino nuevo, una “revolución” pacífica que requiere tiempos largos recorriendo el camino de la maduración de la responsabilidad en las conciencias.



1 Primero de enero (2012). Solemnidad de la Virgen María Madre de Dios. Por su maternidad recibimos a Cristo “autor de la vida”, comienza nuestra salvación que un día llegará a su plenitud. Con el nacimiento del Hijo de Dios, el rostro de Dios toma un rostro humano, dejándose ver y reconocer en el hijo de la Virgen María. María nos muestra a Jesús, "la luz del mundo", que da el verdadero sentido a la vida y el pleno significado a la existencia. La bendición de Dios: para poder avanzar por el camino de la paz, los hombres y los pueblos necesitan ser iluminados por el “rostro” de Dios. Con Jesús la humanidad inicia un camino nuevo, una “revolución” pacífica que requiere tiempos largos recorriendo el camino de la maduración de la responsabilidad en las conciencias. . Cfr. 1 de enero de 2012, Año B. Números 6, 22-27; Gálatas 4, 4-7; Lucas 2, 16-21 [Años B y A] Números 6, 22-27: 22 El Señor habló a Moisés diciendo: 23 Habla a Aarón y a sus hijos y diles: «Así habéis de bendecir a los israelitas. Les diréis: 24 El Señor te bendiga y te guarde, 25 el Señor haga brillar su rostro sobre ti y te conceda su gracia; 26 el Señor alce su rostro hacia ti y te conceda la paz.» 27 Así invocarán mi nombre sobre los hijos de Israel y Yo los bendeciré.» Gálatas 4, 4-7: 4 Pero, al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, 5 para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la filiación adoptiva. 6 La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre! 7 De modo que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero por voluntad de Dios. Lucas 2, 16-21: 16 Y vinieron presurosos y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. 17 Al verlo, dieron a conocer lo que les habían dicho acerca de aquel niño; 18 y todos los que lo oyeron se maravillaban de lo que los pastores les decían. 19 María guardaba todas estas cosas ponderándolas [o meditándolas] en su corazón. 20 Los pastores regresaron, glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto, según les fue dicho. 21 Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidarle, le pusieron por nombre Jesús, como le había llamado el ángel antes de que fuera concebido en el seno materno. [Biblia de Jerusalén]: [Gal 4,4] Pero al llegar la plenitud de los tiempos: Expresión que designa la llegada de los tiempos mesiánicos o escatológicos que dan cumplimiento a una larga espera de siglos, como algo que colma finalmente una medida (cf. Mc 1,15, At 1,7+, Rm 13,11+, 1Cor 10,11, 2Cor 6,2+, Ef 1,10, Eb 1,2, Eb 9,26, 1Pt 1,20). 1. La Maternidad divina de María a) El título de Madre de Dios es, juntamente con el de Virgen santa, el más antiguo y constituye el fundamento de todos los demás títulos con los que María ha sido venerada y sigue siendo invocada de generación en generación. Cfr. Benedicto XVI, Homilía en la Misa de la Solemnidad de Santa María Madre de Dios, 1 de enero de 2008. • El título de Madre de Dios es, juntamente con el de Virgen santa, el más antiguo y constituye el fundamento de todos los demás títulos con los que María ha sido venerada y sigue siendo invocada de generación en generación, tanto en Oriente como en Occidente. Al misterio de su maternidad divina hacen referencia muchos himnos y numerosas oraciones de la tradición cristiana, como por ejemplo una antífona mariana del tiempo navideño, el Alma Redemptoris Mater, con la que oramos así: "Tu quae genuisti, natura mirante, tuum sanctum Genitorem, Virgo prius ac posterius", "Tú, ante el asombro de toda la creación, engendraste a tu Creador, Madre siempre virgen". 2 o Aprendamos de ella a acoger al Niño que por nosotros nació en Belén. Si en el Niño nacido de ella reconocemos al Hijo eterno de Dios y lo acogemos como nuestro único Salvador, podemos ser llamados, y seremos realmente, hijos de Dios: hijos en el Hijo. • Queridos hermanos y hermanas, contemplemos hoy a María, Madre siempre virgen del Hijo unigénito del Padre. Aprendamos de ella a acoger al Niño que por nosotros nació en Belén. Si en el Niño nacido de ella reconocemos al Hijo eterno de Dios y lo acogemos como nuestro único Salvador, podemos ser llamados, y seremos realmente, hijos de Dios: hijos en el Hijo. El Apóstol escribe: "Envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la filiación adoptiva" (Ga 4, 4-5). La Virgen meditaba silenciosamente esos acontecimientos extraordinarios en los que Dios la había implicado. • El evangelista san Lucas repite varias veces que la Virgen meditaba silenciosamente esos acontecimientos extraordinarios en los que Dios la había implicado. Lo hemos escuchado también en el breve pasaje evangélico que la liturgia nos vuelve a proponer hoy. "María conservaba todas estas cosas meditándolas en su corazón" (Lc 2, 19). El verbo griego usado, sumbállousa, en su sentido literal significa "poner juntamente", y hace pensar en un gran misterio que es preciso descubrir poco a poco. En la fe, en la escuela de María, podemos captar con el corazón el misterio de la encarnación del Verbo y la maternidad divina de María. Sólo conservando en el corazón, es decir, poniendo juntamente y encontrando una unidad de todo lo que vivimos, podemos entrar, siguiendo a María, en el misterio de un Dios que por amor se hizo hombre. • El Niño que emite vagidos en el pesebre, aun siendo en apariencia semejante a todos los niños del mundo, al mismo tiempo es totalmente diferente: es el Hijo de Dios, es Dios, verdadero Dios y verdadero hombre. Este misterio - la encarnación del Verbo y la maternidad divina de María - es grande y ciertamente no es fácil de comprender con la sola inteligencia humana. Sin embargo, en la escuela de María podemos captar con el corazón lo que los ojos y la mente por sí solos no logran percibir ni pueden contener. En efecto, se trata de un don tan grande que sólo con la fe podemos acoger, aun sin comprenderlo todo. Y es precisamente en este camino de fe donde María nos sale al encuentro, nos ayuda y nos guía. Ella es madre porque engendró en la carne a Jesús; y lo es porque se adhirió totalmente a la voluntad del Padre. San Agustín escribe: "Ningún valor hubiera tenido para ella la misma maternidad divina, si no hubiera llevado a Cristo en su corazón, con una suerte mayor que cuando lo concibió en la carne" (De sancta Virginitate 3, 3). Y en su corazón María siguió conservando, "poniendo juntamente", los acontecimientos sucesivos de los que fue testigo y protagonista, hasta la muerte en la cruz y la resurrección de su Hijo Jesús. Queridos hermanos y hermanas, sólo conservando en el corazón, es decir, poniendo juntamente y encontrando una unidad de todo lo que vivimos, podemos entrar, siguiendo a María, en el misterio de un Dios que por amor se hizo hombre y nos llama a seguirlo por la senda del amor, un amor que es preciso traducir cada día en un servicio generoso a los hermanos. b) Glorificando al Hijo se honra a la Madre y honrando a la Madre se glorifica al Hijo. Cfr. Benedicto XVI, Homilía en la Misa de la Solemnidad de Santa María Madre de Dios, 1 de enero de 2011. o El título de «Madre de Dios» subraya la misión única de la Virgen en la historia de la salvación. En ella Dios dio a los hombres la salvación eterna: su Hijo Jesucristo. Ella que dio la vida terrena al Hijo de Dios, sigue dando a los hombres la vida divina que es Jesús mismo y su santo Espíritu. María no recibió el don de Dios sólo para ella, sino para llevarlo al mundo. • Esta atención predominante que las lecturas de hoy dedican al «Hijo», a Jesús, no reduce el 3 papel de la Madre; más aún, la sitúa en la perspectiva correcta: en efecto, María es verdadera Madre de Dios precisamente en virtud de su relación total con Cristo. Por tanto, glorificando al Hijo se honra a la Madre y honrando a la Madre se glorifica al Hijo. El título de «Madre de Dios», que hoy la liturgia pone de relieve, subraya la misión única de la Virgen santísima en la historia de la salvación: misión que está en la base del culto y de la devoción que el pueblo cristiano le profesa. En efecto, María no recibió el don de Dios sólo para ella, sino para llevarlo al mundo: en su virginidad fecunda, Dios dio a los hombres los bienes de la salvación eterna (cf. Oración Colecta). Y María ofrece continuamente su mediación al pueblo de Dios peregrino en la historia hacia la eternidad, como en otro tiempo la ofreció a los pastores de Belén. Ella, que dio la vida terrena al Hijo de Dios, sigue dando a los hombres la vida divina, que es Jesús mismo y su Santo Espíritu. Por esto es considerada madre de todo hombre que nace a la Gracia y a la vez se la invoca como Madre de la Iglesia. • Las oraciones de la Misa nos hablan también del sentido de la fiesta de hoy. Por la maternidad de la Virgen hemos recibido a Jesucristo «autor de la vida» (Oración colecta). «Nos llena de gozo celebrar el comienzo de la salvación» y nos alegramos porque un día alcanzaremos «su plenitud» (Oración sobre las ofrendas). 2. Las Lecturas Primera lectura (Números 6, 22-27). o a) Nos presenta la solemne bendición que pronunciaban los sacerdotes sobre los israelitas en las grandes fiestas religiosas Cfr. Benedicto XVI, Homilía en la Misa de la Solemnidad de Santa María Madre de Dios, 1 de enero de 2011. • La primera lectura nos presenta la solemne bendición que pronunciaban los sacerdotes sobre los israelitas en las grandes fiestas religiosas: está marcada precisamente por el nombre del Señor, que se repite tres veces, como para expresar la plenitud y la fuerza que deriva de esa invocación. En efecto, este texto de bendición litúrgica evoca la riqueza de gracia y de paz que Dios da al hombre, con una disposición benévola respecto a este, y que se manifiesta con el «resplandecer» del rostro divino y el «dirigirlo» hacia nosotros. Hoy también pedimos al Señor que bendiga el nuevo año; sólo Él puede tocar profundamente el alma humana y asegurar esperanza y paz. • La Iglesia vuelve a escuchar hoy estas palabras, mientras pide al Señor que bendiga el nuevo año que acaba de comenzar, con la conciencia de que, ante los trágicos acontecimientos que marcan la historia, ante las lógicas de guerra que lamentablemente todavía no se han superado totalmente, sólo Dios puede tocar profundamente el alma humana y asegurar esperanza y paz a la humanidad. De hecho, ya es una tradición consolidada que en el primer día del año la Iglesia, presente en todo el mundo, eleve una oración coral para invocar la paz. Es bueno iniciar un emprendiendo decididamente la senda de la paz. Hoy, queremos recoger el grito de tantos hombres, mujeres, niños y ancianos víctimas de la guerra, que es el rostro más horrendo y violento de la historia. Hoy rezamos a fin de que la paz, que los ángeles anunciaron a los pastores la noche de Navidad, llegue a todos los rincones del mundo: «Super terram pax in hominibus bonae voluntatis» (Lc 2, 14). Por esto, especialmente con nuestra oración, queremos ayudar a todo hombre y a todo pueblo, en particular a cuantos tienen responsabilidades de gobierno, a avanzar de modo cada vez más decidido por el camino de la paz. o b) La bendición de Dios. Para poder avanzar por el camino de la paz, los hombres y los pueblos necesitan ser iluminados por el ”rostro” de Dios. Con Jesús la humanidad inicia un camino nuevo, una “revolución” pacífica que requiere tiempos largos recorriendo el camino de la maduración de la responsabilidad en las conciencias. Cfr. Benedicto XVI, Homilía en la Misa de la Solemnidad de Santa María Madre de Dios, 1 de enero de 2009. 4 Para poder avanzar por el camino de la paz, los hombres y los pueblos necesitan ser iluminados por el "rostro" de Dios y ser bendecidos por su "nombre". Esto se realizó definitivamente con la Encarnación: la venida del Hijo. Así se realiza la antigua tradición judía de la bendición (cf. Números 6, 22-27): los sacerdotes de Israel bendecían al pueblo "invocando sobre él el nombre" del Señor. Con una fórmula ternaria —presente en la primera lectura— el Nombre sagrado se invocaba tres veces sobre los fieles, como auspicio de gracia y de paz. Esta antigua costumbre nos lleva a una realidad esencial: para poder avanzar por el camino de la paz, los hombres y los pueblos necesitan ser iluminados por el "rostro" de Dios y ser bendecidos por su "nombre". Precisamente esto se realizó de forma definitiva con la Encarnación: la venida del Hijo de Dios en nuestra carne y en la historia ha traído una bendición irrevocable, una luz que ya no se apaga nunca y ofrece a los creyentes y a los hombres de buena voluntad la posibilidad de construir la civilización del amor y de la paz. La historia terrena de Jesús es el inicio de un mundo nuevo, porque inauguró realmente una nueva humanidad, capaz de llevar a cabo una "revolución" pacífica, siempre y sólo con la gracia de Cristo. Esta revolución no es ideológica, sino espiritual; no es utópica, sino real; y por eso requiere infinita paciencia, tiempos quizás muy largos, evitando todo atajo y recorriendo el camino más difícil: el de la maduración de la responsabilidad en las conciencias. El concilio Vaticano II dijo, a este respecto, que "el Hijo de Dios, con su encarnación, se ha unido, en cierto modo, con todo hombre" (Gaudium et spes, 22). Esta unión ha confirmado el plan original de una humanidad creada a "imagen y semejanza" de Dios. En realidad, el Verbo encarnado es la única imagen perfecta y consustancial del Dios invisible. Jesucristo es el hombre perfecto. "En él —afirma asimismo el Concilio— la naturaleza humana ha sido asumida (...); por eso mismo, también en nosotros ha sido elevada a una dignidad sublime" (ib.). Por esto, la historia terrena de Jesús, que culminó en el misterio pascual, es el inicio de un mundo nuevo, porque inauguró realmente una nueva humanidad, capaz de llevar a cabo una "revolución" pacífica, siempre y sólo con la gracia de Cristo. Esta revolución no es ideológica, sino espiritual; no es utópica, sino real; y por eso requiere infinita paciencia, tiempos quizás muy largos, evitando todo atajo y recorriendo el camino más difícil: el de la maduración de la responsabilidad en las conciencias. o c) el Rostro del Señor: "El Señor ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor" (Nm 6, 25). Cfr. Benedicto XVI, Homilía en la Misa de la Solemnidad de Santa María Madre de Dios, 1 de enero de 2010. Un progresivo desvelamiento del Rostro del Señor Hemos escuchado, tanto en la primera lectura —tomada del Libro de los Números— como en el Salmo responsorial, algunas expresiones que contienen la metáfora del rostro referida a Dios: "El Señor ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor" (Nm 6, 25); "El Señor tenga piedad y nos bendiga, ilumine su rostro sobre nosotros: conozca la tierra tus caminos, todos los pueblos tu salvación" (Sal 66, 2-3). El rostro es la expresión por excelencia de la persona, lo que la hace reconocible; a través de él se muestran los sentimientos, los pensamientos y las intenciones del corazón. Dios, por su naturaleza, es invisible; sin embargo, la Biblia le aplica también a él esta imagen. Mostrar el rostro es expresión de su benevolencia, mientras que ocultarlo indica su ira e indignación. El Libro del Éxodo dice que "el Señor hablaba con Moisés cara a cara, como habla un hombre con su amigo" (Ex 33, 11), y también a Moisés el Señor promete su cercanía con una fórmula muy singular: "Mi rostro caminará contigo y te daré descanso" (Ex 33, 14). Los Salmos nos presentan a los creyentes como los que buscan el rostro de Dios (cf. Sal 26, 8; 104, 4) y que en el culto aspiran a verlo (cf. Sal 42, 3), y nos dicen que "los buenos verán su rostro" (Sal 10, 7). En la plenitud de los tiempos, con el nacimiento del Hijo de Dios, el rostro de Dios toma un rostro humano, dejándose ver y reconocer en el hijo de la Virgen María. Todo el relato bíblico se puede leer como un progresivo desvelamiento del rostro de Dios, hasta llegar a su plena manifestación en Jesucristo. "Al llegar la plenitud de los tiempos —nos ha recordado también hoy el apóstol san Pablo—, envió Dios a su Hijo" (Ga 4, 4). Y en seguida añade: "nacido de mujer, nacido bajo la ley". El rostro de Dios tomó un rostro humano, dejándose ver y reconocer en el hijo de la 5 Virgen María, a la que por esto veneramos con el título altísimo de "Madre de Dios". Ella, que conservó en su corazón el secreto de la maternidad divina, fue la primera en ver el rostro de Dios hecho hombre en el pequeño fruto de su vientre. La madre tiene una relación muy especial, única y en cierto modo exclusiva con el hijo recién nacido. El primer rostro que el niño ve es el de la madre, y esta mirada es decisiva para su relación con la vida, consigo mismo, con los demás y con Dios; y también es decisiva para que pueda convertirse en un "hijo de paz" (Lc 10, 6). Entre las muchas tipologías de iconos de la Virgen María en la tradición bizantina, se encuentra la llamada "de la ternura", que representa al niño Jesús con el rostro apoyado —mejilla con mejilla— en el de la Madre. El Niño mira a la Madre, y esta nos mira a nosotros, casi como para reflejar hacia el que observa, y reza, la ternura de Dios, que bajó en ella del cielo y se encarnó en aquel Hijo de hombre que lleva en brazos. En este icono mariano podemos contemplar algo de Dios mismo: un signo del amor inefable que lo impulsó a "dar a su Hijo unigénito" (Jn 3, 16). Pero ese mismo icono nos muestra también, en María, el rostro de la Iglesia, que refleja sobre nosotros y sobre el mundo entero la luz de Cristo, la Iglesia mediante la cual llega a todos los hombres la buena noticia: "Ya no eres esclavo, sino hijo" (Ga 4, 7), como leemos también en san Pablo. Meditar en el misterio del Rostro de Dios y del hombre es un camino privilegiado que lleva a la paz. Sólo si tenemos a Dios en el corazón, estamos en condiciones de ver en el rostro del otro a un hermano en la humanidad; no un medio, sino un fin; no un rival o un enemigo, sino otro yo, una faceta del misterio infinito del ser humano. Hermanos en el episcopado y en el sacerdocio, señores embajadores, queridos amigos: meditar en el misterio del Rostro de Dios y del hombre es un camino privilegiado que lleva a la paz. En efecto, la paz comienza por una mirada respetuosa, que reconoce en el rostro del otro a una persona, cualquiera que sea el color de su piel, su nacionalidad, su lengua y su religión. ¿Pero quién, sino Dios, puede garantizar, por decirlo así, la "profundidad" del rostro del hombre? En realidad, sólo si tenemos a Dios en el corazón, estamos en condiciones de ver en el rostro del otro a un hermano en la humanidad; no un medio, sino un fin; no un rival o un enemigo, sino otro yo, una faceta del misterio infinito del ser humano. Nuestra percepción del mundo, y en particular de nuestros semejantes, depende esencialmente de la presencia del Espíritu de Dios en nosotros. Para reconocernos y respetarnos como hermanos necesitamos referirnos al rostro de un Padre común, que nos am a todos a pesar de nuestras limitaciones y errores. Es una especie de "resonancia": quien tiene el corazón vacío, no percibe más que imágenes planas, sin relieve. En cambio, cuanto más habite Dios en nosotros, tanto más sensibles seremos también a su presencia en lo que nos rodea: en todas las criaturas, y especialmente en las demás personas, aunque a veces precisamente el rostro humano, marcado por la dureza de la vida y del mal, puede resultar difícil de apreciar y de acoger como epifanía de Dios. Con mayor razón, por tanto, para reconocernos y respetarnos como realmente somos, es decir, como hermanos, necesitamos referirnos al rostro de un Padre común, que nos ama a todos, a pesar de nuestras limitaciones y nuestros errores. Es importante ser educados desde pequeños en el respeto al otro, también cuando es diferente a nosotros. Es importante ser educados desde pequeños en el respeto al otro, también cuando es diferente a nosotros. Hoy en las escuelas es cada vez más común la experiencia de clases compuestas por niños de varias nacionalidades, aunque incluso cuando esto no ocurre, sus rostros son una profecía de la humanidad que estamos llamados a formar: una familia de familias y de pueblos. Cuanto más pequeños son estos niños, tanto más suscitan en nosotros la ternura y la alegría por una inocencia y una fraternidad que nos parecen evidentes: a pesar de sus diferencias, lloran y ríen de la misma manera, tienen las mismas necesidades, se comunican de manera espontánea, juegan juntos... Los rostros de los niños son como un reflejo de la visión de Dios sobre el mundo. ¿Por qué, entonces, apagar su sonrisa? ¿Por qué envenenar su corazón? Desgraciadamente, el icono de la Madre de Dios de la ternura encuentra su trágico opuesto en las dolorosas imágenes de tantos niños y de sus madres afectados por las guerras y la violencia: prófugos, refugiados, emigrantes forzados. Rostros minados por el hambre y las enfermedades, rostros desfigurados por el dolor y la desesperación. Los rostros de los pequeños inocentes son una llamada silenciosa a nuestra responsabilidad: ante su condición inerme, se desploman todas las falsas justificaciones de la guerra y de la violencia. 6 Solamente debemos convertirnos a proyectos de paz, deponer las armas de todo tipo y comprometernos todos juntos a construir un mundo más digno del hombre. o d) La paz es ante todo un don divino. cfr. Cfr. Benedicto XVI, Homilía en la Misa de la Solemnidad de Santa María Madre de Dios, 1 de enero de 2008. • En la primera lectura, tomada del libro de los Números, hemos escuchado la invocación: "El Señor te conceda la paz" (Nm 6, 26). El Señor conceda la paz a cada uno de vosotros, a vuestras familias y al mundo entero. Todos aspiramos a vivir en paz, pero la paz verdadera, la que anunciaron los ángeles en la noche de Navidad, no es conquista del hombre o fruto de acuerdos políticos; es ante todo don divino, que es preciso implorar constantemente y, al mismo tiempo, compromiso que es necesario realizar con paciencia, siempre dóciles a los mandatos del Señor. o e) En la primera lectura la salvación no es presentada como bendición. Esto nos impulsa a invocar también nosotros la bendición del Señor en el nuevo año. cfr. Cfr. Benedicto XVI, Homilía en la Misa de la Solemnidad de Santa María Madre de Dios, 1 de enero de 2006. • La salvación es don de Dios. En la primera lectura se nos presenta como bendición: "El Señor te bendiga y te proteja (...); el Señor se fije en ti y te conceda la paz" (Nm 6, 24. 26). Aquí se trata de la bendición que los sacerdotes solían invocar sobre el pueblo al final de las grandes fiestas litúrgicas, especialmente en la fiesta del año nuevo. Es un texto de contenido muy denso, marcado por el nombre del Señor que viene, repetido al inicio de cada versículo. Este texto no se limita a una simple enunciación de principio, sino que tiende a realizar lo que afirma. En efecto, como es sabido, en el pensamiento semítico la bendición del Señor produce, por su propia fuerza, bienestar y salvación, como la maldición procura desgracia y ruina. La eficacia de la bendición se concreta, después, más específicamente: el Señor te proteja (v. 24), te conceda su favor (v. 26) y te dé la paz; es decir, con otras palabras, el Señor nos da la abundancia de la felicidad. La liturgia, al presentarnos nuevamente esta antigua bendición en el inicio de un nuevo año solar, es como si quisiera impulsarnos a invocar también nosotros la bendición del Señor para el nuevo año que comienza, a fin de que sea para todos un año de prosperidad y paz. (…) Segunda Lectura (Gálatas 4, 4-7) o La predestinación de María • Catecismo de la Iglesia Católica: n. 488 "Dios envió a su Hijo" (Gálatas 4,4), pero para "formarle un cuerpo" (cf. He 10,5) quiso la libre cooperación de una criatura. Para eso desde toda la eternidad, Dios escogió para ser la Madre de su Hijo, a una hija de Israel, una joven judía de Nazaret en Galilea, a "una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María" (Lc 1,26-27): El Padre de las misericordias quiso que el consentimiento de la que estaba predestinada a ser la Madre precediera a la encarnación para que, así como una mujer contribuyó a la muerte, así también otra mujer contribuyera a la vida (Lumen gentium 56 cf. LG 61). o Una buena noticia para el hombre. Dios cumplió las promesas hechas a Abraham y a su descendencia, enviando «a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la Ley, y para que recibiéramos la filiación adoptiva». • Compendio del Catecismo, n. 79: La Buena Noticia es el anuncio de Jesucristo, «el Hijo de Dios vivo» (Mt 16,16), muerto y resucitado. En tiempos del rey Herodes y del emperador César Augusto, Dios cumplió las promesas hechas a Abraham y a su descendencia, enviando «a su Hijo, nacido de mujer, 7 nacido bajo la Ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la Ley, y para que recibiéramos la filiación adoptiva» (Ga 4,4-5). o La Palabra eterna de Dios en Cristo se ha convertido en un hombre «nacido de una mujer» (Gálatas 4,4). «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva».[33] • Benedicto XVI, Verbum Domini, n. 11: La Palabra eterna, que se expresa en la creación y se comunica en la historia de la salvación, en Cristo se ha convertido en un hombre «nacido de una mujer» (Gálatas 4,4). La Palabra aquí no se expresa principalmente mediante un discurso, con conceptos o normas. Aquí nos encontramos ante la persona misma de Jesús. Su historia única y singular es la palabra definitiva que Dios dice a la humanidad. Así se entiende por qué «no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva».[ Carta enc. Deus caritas est (25 diciembre 2005), 1] La renovación de este encuentro y de su comprensión produce en el corazón de los creyentes una reacción de asombro ante una iniciativa divina que el hombre, con su propia capacidad racional y su imaginación, nunca habría podido inventar. Se trata de una novedad inaudita y humanamente inconcebible: «Y la Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros» (Jn 1,14). Esta expresión no se refiere a una figura retórica sino a una experiencia viva. La narra san Juan, testigo ocular: «Y hemos contemplado su gloria; gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad» (Jn 1,14). La fe apostólica testifica que la Palabra eterna se hizo Uno de nosotros. La Palabra divina se expresa verdaderamente conpalabras humanas. o Es María quien nos da la Palabra que salva: ella nos muestra a Jesús, "la luz del mundo", que da el verdadero sentido a la vida y el pleno significado a la existencia. • Juan Pablo II, Catequesis, 30 de diciembre de 1992: El nacimiento del Hijo de Dios "de una mujer" (cf. Gal Gálatas 4,4) nos hace remontarnos de nuevo al proyecto salvífico: el Altísimo ha querido entrar directamente en la historia de la humanidad y nos ha dado a su Hijo unigénito como Salvador y Redentor. Eso es la Navidad, "misterio" providencial de amor, en el que María, escogida como virgen Madre del Emmanuel, se encuentra asociada a la obra de la redención. Nos detenemos en estos días a contemplar a María en Belén. La Madre, que estrecha entre sus brazos a Jesús, nos ayuda a comprender ante todo que de la gruta, iluminada por la luz divina, viene un mensaje de verdad: Dios se ha hecho hombre y, compartiendo nuestra naturaleza, nos habla con el poder de su misericordia salvadora. Sin embargo, es María quien nos da la Palabra que salva: ella nos muestra a Jesús, "la luz del mundo", que da el verdadero sentido a la vida y el pleno significado a la existencia. ¿Cómo no permanecer sorprendidos y maravillados ante tal misterio? ¿Cómo no abrir el corazón a la venida entre nosotros del Señor de la historia? El Evangelio (Lucas 2, 16-21) o El «niño envuelto en pañales es el centro del acontecimiento». Cfr. Benedicto XVI, Homilía en la Misa de la Solemnidad de Santa María Madre de Dios, 1 de enero de 2011. • Notemos que el Evangelista habla de la maternidad de María a partir del Hijo, de ese «niño envuelto en pañales», porque es él - el Verbo de Dios (Jn 1, 14) - el punto de referencia, el centro del acontecimiento que está teniendo lugar, y es él quien hace que la maternidad de María se califique como «divina». www.parroquiasantamonica.com Vida Cristiana

En el Año de la Fe. Jesucristo. El misterio de la Encarnación. María se ha puesto totalmente a disposición de la voluntad divina, convirtiéndose en «lugar» de su presencia, «lugar» en el que habita el Hijo de Dios. La fe nos hace habitar, vivir, pero también caminar por la senda de la vida. Debemos preguntarnos si queremos estar abiertos al Señor, si queremos ofrecer nuestra vida para que sea su morada, o si, por el contrario, si tenemos miedo a que la presencia del Señor sea un límite para nuestra libertad. Dios solicita el «sí» del hombre, ha creado un interlocutor libre, pide que su criatura le responda con plena libertad.


1 En el Año de la Fe. Jesucristo. El misterio de la Encarnación. María se ha puesto totalmente a disposición de la voluntad divina, convirtiéndose en «lugar» de su presencia, «lugar» en el que habita el Hijo de Dios. La fe nos hace habitar, vivir, pero también caminar por la senda de la vida. Debemos preguntarnos si queremos estar abiertos al Señor, si queremos ofrecer nuestra vida para que sea su morada, o si, por el contrario, si tenemos miedo a que la presencia del Señor sea un límite para nuestra libertad. Dios solicita el «sí» del hombre, ha creado un interlocutor libre, pide que su criatura le responda con plena libertad. Cfr. Benedicto XVI, Homilía, Loreto (Italia), 4 octubre 2012 o Aniversario de la pregrinación del beato Juan XXIII, parxa encomendar a la Virgen el Concilio Vaticano II, que se inauguró una semana después. El cuatro de octubre de 1962, el beato Juan XXIII vino en peregrinación a este Santuario para encomendar a la Virgen María el Concilio Ecuménico Vaticano II, que se inauguró una semana después. En aquella ocasión, él, que tenía una profunda y filial devoción por la Santísima Virgen, se dirigió a ella con estas palabras: «Hoy, una vez más, y en nombre de todo el Episcopado, a Vos, dulcísima Madre, que sois llamada Auxilium Episcoporum, pedimos para Nos, obispo de Roma y para todos los obispos del universo, que nos obtengáis la gracia de entrar en el aula conciliar de la Basílica de San Pedro como entraron, en el Cenáculo, los Apóstoles y los primeros discípulos de Jesús: un corazón solo, una sola palpitación de amor a Cristo y a las almas, un solo propósito de vivir y de inmolarnos por la salvación de los individuos y de los pueblos. Así, por vuestra maternal intercesión, en los años y en los siglos futuros, se pueda decir que la gracia de Dios ha precedido, acompañado y coronado el XXI Concilio Ecuménico, infundiendo en los hijos todos de la Santa Iglesia nuevo fervor, arranque de generosidad, firmeza de propósitos» (AAS 54 [1962], 727). A distancia de cincuenta años, después de haber sido llamado por la divina Providencia a suceder en la cátedra de Pedro a ese Papa inolvidable, también yo he venido aquí peregrino para encomendar a la Madre de Dios dos importantes iniciativas eclesiales: El Año de la fe, que comenzará dentro de una semana, el 11 de octubre, en el cincuenta aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, y la Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, que he convocado para este mes de octubre con el tema «La nueva evangelización para la trasmisión de la fe cristiana». Queridos amigos, a todos vosotros dirijo mi más cordial saludo. Agradezco a Mons. Giovanni Tonucci, Arzobispo de Loreto, su cálida bienvenida. Saludo a los demás obispos presentes, a los sacerdotes, a los padres capuchinos, a quienes ha sido encomendado el cuidado pastoral del santuario, y a las religiosas. Dirijo un deferente saludo al alcalde, Doctor Paolo Niccoletti, al que agradezco sus corteses palabras, al representante del Gobierno y a las autoridades civiles y militares aquí presentes. Y mi agradecimiento se dirige a todos los que han ofrecido su colaboración generosa para hacer posible mi peregrinación. o Nos ponemos en la escuela de María, «bienaventurada porque ha creído». Esta humilde morada de Loreto es un testimonio concreto del suceso más grande de nuestra historia: la Encarnación. María se ha puesto totalmente a disposición de la voluntad divina, convirtiéndose en «lugar» de su presencia, «lugar» en el que habita el Hijo de Dios. Tú no quisiste sacrificios ni ofrendas, pero me formaste un cuerpo … Entonces yo dije: He aquí que vengo … para hacer, ¡oh Dios, tu voluntad! Como recordaba en la Carta apostólica de convocatoria, con el Año de la fe «deseo invitar a los hermanos Obispos de todo el Orbe a que se unan al Sucesor de Pedro en el tiempo de gracia espiritual que el Señor nos ofrece para rememorar el don precioso de la fe» (Porta fidei, 8). Y precisamente aquí, en Loreto, tenemos la oportunidad de ponernos en la escuela de María, de aquella que ha sido proclamada «bienaventurada» porque «ha creído» (Lc 1,45). Este santuario, construido entorno a su casa terrenal, custodia la memoria del momento en el que el ángel del Señor vino a María con el gran anuncio de la Encarnación, y ella le dio su respuesta. Esta humilde morada es un testimonio concreto y tangible del suceso más grande de nuestra historia: la Encarnación; el Verbo se ha hecho carne, y María, la sierva del Señor, es 2 el canal privilegiado a través del cual Dios ha venido a habitar entre nosotros (cf. Jn 1,14). María ha ofrecido la propia carne, se ha puesto totalmente a disposición de la voluntad divina, convirtiéndose en «lugar» de su presencia, «lugar» en el que habita el Hijo de Dios. Aquí podemos evocar las palabras del salmo con las que Cristo, según la Carta a los Hebreos, ha iniciado su vida terrena diciendo al Padre: «Tú no quisiste sacrificios ni ofrendas, pero me formaste un cuerpo… Entonces yo dije: He aquí que vengo… para hacer, ¡oh Dios!, tu voluntad» (10, 5.7). María dice algo muy parecido al ángel que le revela el plan de Dios sobre ella: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38). La voluntad de María coincide con la voluntad del Hijo en el único proyecto de amor del Padre y en ella se unen el cielo y la tierra, Dios creador y su criatura. Dios se hace hombre, María se hace «casa viviente» del Señor, templo donde habita el Altísimo. o La contemplación del misterio de la Encarnación El objetivo del Concilio: una invitación a extender el rayo bienhechor de la Encarnación y Redención de Cristo. Dios ha entrado en nuestra humanidad y nos acompaña. Hace cincuenta años, aquí en Loreto, el beato Juan XXIII invitaba a contemplar este misterio, «a reflexionar sobre aquella conjunción del cielo con la tierra que fue el objetivo de la Encarnación y de la Redención», y continuaba afirmando que el mismo Concilio tenía como objetivo concreto extender cada vez más el rayo bienhechor de la Encarnación y Redención de Cristo en todas las formas de la vida social (cf. AAS 54 [1962], 724). Ésta es una invitación que resuena hoy con particular fuerza. En la crisis actual, que afecta no sólo a la economía sino a varios sectores de la sociedad, la Encarnación del Hijo de Dios nos dice lo importante que es el hombre para Dios y Dios para el hombre. Sin Dios, el hombre termina por hacer prevalecer su propio egoísmo sobre la solidaridad y el amor, las cosas materiales sobre los valores, el tener sobre el ser. Es necesario volver a Dios para que el hombre vuelva a ser hombre. Con Dios no desaparece el horizonte de la esperanza incluso en los momentos difíciles, de crisis: la Encarnación nos dice que nunca estamos solos, Dios ha entrado en nuestra humanidad y nos acompaña. o Donde Dios habita, reconocemos que estamos «en casa»; donde Cristo habita, sus hermanos y sus hermanas jamás son extraños. Debemos preguntarnos si queremos estar abiertos al Señor, si queremos ofrecer nuestra vida para que sea su morada, o si, por el contrario, si tenemos miedo a que la presencia del Señor sea un límite para nuestra libertad. Pero que el Hijo de Dios habite en la «casa viviente», en el templo, que es María, nos lleva a otro pensamiento: donde Dios habita, reconocemos que todos estamos «en casa»; donde Cristo habita, sus hermanos y sus hermanas jamás son extraños. María, que es la madre de Cristo, es también madre nuestra, nos abre la puerta de su casa, nos guía para entrar en la voluntad de su Hijo. Así pues, es la fe la que nos proporciona una casa en este mundo, la que nos reúne en una única familia y nos hace a todos hermanos y hermanas. Contemplando a María debemos preguntarnos si también nosotros queremos estar abiertos al Señor, si queremos ofrecer nuestra vida para que sea su morada; o si, por el contrario, tenemos miedo a que la presencia del Señor sea un límite para nuestra libertad, si queremos reservarnos una parte de nuestra vida, para que nos pertenezca sólo a nosotros. Pero es Dios precisamente quien libera nuestra libertad, la libera de su cerrarse en sí misma, de la sed de poder, de poseer, de dominar, y la hace capaz de abrirse a la dimensión que la realiza en sentido pleno: la del don de sí, del amor, que se hace servicio y colaboración. o La fe nos hace habitar, vivir, pero también caminar por la senda de la vida. La fe nos hace habitar, vivir, pero también nos hace caminar por la senda de la vida. En este sentido, la Santa Casa de Loreto conserva también una enseñanza importante. Como sabemos, fue colocada en un camino. Esto podría parecer algo extraño: desde nuestro punto de vista, de hecho, la casa y el camino parecen excluirse mutuamente. En realidad, precisamente este aspecto singular de la casa, conserva un mensaje particular. No es una casa privada, no pertenece a una persona o a una familia, sino que es una morada abierta a todos, que está, por decirlo así, en el camino de todos nosotros. Así encontramos aquí en Loreto una casa en la que podemos quedarnos, habitar y que, al mismo tiempo, nos hace caminar, nos recuerda que todos somos peregrinos, que debemos estar siempre en camino hacia otra morada, la casa definitiva, la Ciudad eterna, la morada de Dios con la humanidad redimida (cf. Ap 21,3). o Otro punto importante en la narración evangélica de la Anunciación que quisiera subrayar, un aspecto que no deja nunca de asombrarme: Dios 3 solicita el «sí» del hombre, ha creado un interlocutor libre, pide que su criatura le responda con plena libertad. Todavía hay otro punto importante en la narración evangélica de la Anunciación que quisiera subrayar, un aspecto que no deja nunca de asombrarme: Dios solicita el «sí» del hombre, ha creado un interlocutor libre, pide que su criatura le responda con plena libertad. San Bernardo de Claraval, en uno de sus más celebres sermones, casi «representa» la expectación por parte de Dios y de la humanidad del «sí» de María, dirigiéndose a ella con una súplica: «Mira, el ángel aguarda tu respuesta, porque ya es tiempo que se vuelva al Señor que lo envió… Oh Señora, da esta respuesta que esperan la tierra, los infiernos, e incluso los cielos esperan. Así como el Rey y Señor de todos deseaba ver tu belleza, así desea ardientemente tu respuesta positiva… Levántate, corre, abre. Levántate por la fe, corre por la devoción, abre por el consentimiento» (In laudibus Virginis Matris, Homilía 4,8: Opera omnia, edición cisterciense, 4 [1966], 53- 54). Dios pide la libre adhesión de María para hacerse hombre. Cierto, el «sí» de la Virgen es fruto de la gracia divina. Pero la gracia no elimina la libertad, al contrario, la crea y la sostiene. La fe no quita nada a la criatura humana, sino que permite su plena y definitiva realización. o Encomiendo a la Santísima Madre de Dios todas las dificultades que vive nuestro mundo en búsqueda de serenidad y de paz, los problemas de tantas familias que miran al futuro con preocupación, los deseos de los jóvenes que se abren a la vida, los sufrimientos de quien espera gestos y decisiones de solidaridad y amor. Queridos hermanos y hermanas, en este peregrinación, que vuelve a recorrer el que realizó el beato Juan XXIII –y que tiene lugar providencialmente el día en que se recuerda a san Francisco de Asís, verdadero «Evangelio viviente»– quisiera encomendar a la Santísima Madre de Dios todas las dificultades que vive nuestro mundo en búsqueda de serenidad y de paz, los problemas de tantas familias que miran al futuro con preocupación, los deseos de los jóvenes que se abren a la vida, los sufrimientos de quien espera gestos y decisiones de solidaridad y amor. Quiero confiar también a la Madre de Dios este tiempo especial de gracia para la Iglesia, que se abre ante nosotros. Tú, Madre del «sí», que has escuchado a Jesús, háblanos de él, nárranos tu camino para seguirlo por la vía de la fe, ayúdanos a anunciarlo para que cada hombre pueda acogerlo y llegar a ser morada de Dios. Amén. www.parroquiasantamonica.com Vida Cristiana

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