viernes, 13 de noviembre de 2020

Que los pobres den testimonio de que estás despierta: por Santiago Agrelo

La liturgia de este domingo pone delante de nosotros las imágenes de la mujer hacendosa, el empleado fiel y cumplidor, el hombre que teme al Señor, en las que todos estamos representados.

Quienes hemos sido incorporados a Cristo Jesús, estamos llamados a ser en su Iglesia la mujer hacendosa, el empleado fiel, el hombre que teme al Señor.

A todos se nos ha dado el huso y la rueca, a todos se nos ha dejado encargados de unos bienes con los que hemos de negociar, todos hemos de trabajar como pide que lo hagamos el santo temor de Dios.

La memoria de la fe va nombrando los bienes que hemos recibido: Por el bautismo nos hallamos hijos en el Hijo de Dios, incorporados a Cristo, sacerdote, profeta y rey.

El bautismo ha hecho de nosotros hombres y mujeres con mirada esclarecida para reconocer a nuestro Señor y Salvador, hombres y mujeres de oído abierto para escuchar la palabra que nos ilumina, hombres y mujeres que, por haberlas experimentado, proclaman las maravillas del Señor, hombres y mujeres en los que ha puesto su morada el Espíritu de Dios.

Por los sacramentos de la fe, el Señor nuestro Dios puso en nuestras manos sus bienes, su reino.

Si preguntas cómo hemos de negociar con los bienes que nos han sido confiados, la palabra del Señor viene en nuestra ayuda y nos recuerda condiciones indispensables para que multipliquemos lo que hemos recibido.

Será necesario el trabajo –“adquiere lana y lino, los trabaja con la destreza de sus manos”-; será necesaria la dedicación, la determinación, el esfuerzo, del que se beneficiarán los de casa y, sobre todo, los pobres; extendiendo su mano hacia el huso, el creyente está extendiendo su brazo al pobre; sosteniendo con la palma la rueca, estará abriendo su mano al necesitado.

Además del trabajo diligente y compasivo, habrá de hacerme compañía el temor del Señor: su ley habrá de ser la luz que ilumine mis caminos.

En el temor del Señor está la bendición, en él hallaremos la abundancia, con él llegará la prosperidad de la Iglesia.

Quien guarda la ley del Señor, permanece en Cristo, da fruto abundante y será bendición para la humanidad entera, porque Cristo permanece en él.

Recuerda, Iglesia esposa, los bienes que hoy recibes: se te confía la palabra del Señor, el Cuerpo del Señor, el Espíritu del Señor, la gracia del Señor.

Escucha, comulga, ama: Extiende la mano a la palabra deseada, sostén con la palma el Cuerpo amado, y que los tuyos y los pobres sientan el abrigo de tu amor; ésa es tu gracia que nunca se pierde; ésa, tu belleza que nunca se marchita; ésa, tu gloria, que nadie jamás te quitará.

Sólo nosotros, sólo cada uno de nosotros puede desperdiciar los bienes que ha recibido y hacerse acreedor a las tinieblas.

De ahí la amonestación, la llamada apremiante a estar vigilantes y despejados, para que el día del Señor no nos sorprenda como un ladrón.

Que los pobres, Iglesia esposa, den testimonio de que estás despierta.


miércoles, 4 de noviembre de 2020

Oración carismática. 8 de Noviembre a las 19h

“Mi alma está sedienta de ti” – “Tengo sed”: por Santiago Agrelo

“La sabiduría”, “el esposo”, “mi Dios”: tres nombres distintos para un único amor; tres nombres para un amor que se llama Cristo Jesús.

Si hemos dicho “amor”, hemos dicho pasión, hemos dicho deseo, hemos dicho búsqueda.

Si hemos dicho “amor”, hemos dicho “corazón en vela” aun cuando durmamos: dormidos o en vela, el alma se nos va tras el amado.

Si hemos dicho “amor”, hemos dicho hambre y sed de Cristo Jesús, hambre y sed de la sabiduría, hambre y sed de la presencia del amado.

Madrugarás, Iglesia esposa, madrugarás desvelada por perderte en el abrazo de tu Señor, por la dicha de encontrar al amor de tu alma, y lo encontrarás “sentado a tu puerta”, pues desde siempre está allí desvelado el que siempre te ha amado, el que desde siempre espera que salgas de ti misma y le abras la puerta.

Madrugarás por Cristo Jesús: por el esposo, por la Palabra de Dios hecha carne, por tu Dios.

Madrugarás, porque el deseo se te ha clavado dolorosamente en el cuerpo como se clavan en él la sed y el hambre.

“Mi alma está sedienta de ti, Dios mío”.

Sólo esa sed mantiene vivo el recuerdo de lo que anhelas, sólo la sed de Dios te mantendrá despierta, sólo esa sed hará que estés en vela y preparada para la llegada del esposo.

Porque tienes sed de Dios, buscas escuchar su palabra, como busca la cierva corrientes de agua.

Porque has sido herida de amor, buscas la comunión con Cristo Jesús.

La sed de Dios te llevará entre los pobres, porque en ellos tienes la certeza de abrazar y cuidar el cuerpo de tu amado.

Allí, en la palabra, en la eucaristía, en los pobres, entrarás en el banquete de bodas de tu Señor. Allí lo contemplarás, allí lo bendecirás, allí te saciarás.

Y nunca se apagará tu sed de amar.

 

“Tengo sed”:

La necesidad, mi necesidad, tu necesidad, Iglesia en vela, es animal sediento que clama por el amor y el bien que es Dios: El sumo bien, el todo bien, el todo amor.

Pero también clama el bien, también clama el amor, también Dios es un clamor: “¡Tengo sed!”

Dios sediento, Dios mendigo, Dios a tu puerta llamando.

La fuente que mana eterna, va mendigando esta tierra nuestra para llenarla de vida.

El pan de los ángeles anda en busca de tu hambre de justicia.

La luz de Dios corteja la oscura soledad de tus noches.

El amor tiene sed de ti.

Escucha, contempla, bendice, comulga, sáciate…

Es domingo, y Dios es el todo bien para ti. Entra con él al banquete de bodas.


sábado, 31 de octubre de 2020

Vemos en esperanza nuestra gloria: por Santiago Agrelo

Lo escribió Juan, el vidente de Patmos; lo escribió para una Iglesia sumida en la oscuridad de la prueba, verdadera noche sobrevenida a los fieles ante la demora en el retorno del Señor y la experiencia amarga de la persecución sufrida y de la muerte. Los ojos del vidente fueron para aquella Iglesia los de un testigo del futuro: “Vi una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar… vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos”.

La de hoy es una fiesta para la contemplación, para “ver” la obra de Dios en los hombres, la muchedumbre inmensa de los redimidos, la gloria del cielo.

Hoy, a la luz de la fe, contemplamos el futuro de la Iglesia: la bienaventuranza de los Santos es la nuestra en esperanza.

Hoy la voz de la Iglesia que aún peregrina en la tierra se une en un solo cántico de alabanza a la voz de la Iglesia que ya goza de Dios en el cielo: “¡La salvación es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero!”

De Dios y del Cordero son la gracia y la misericordia, la justicia y la santidad, la paz, la dicha y la gloria.

Ya sabes de dónde viene la luz que hace blancos los vestidos.

Pero, ¿quiénes son ésos que has visto iluminados por la salvación? “Estos son los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus mantos en la sangre del Cordero”.

Estos son los que vienen de la noche en la que tú peregrinas; estos fueron Iglesia de los caminos antes de ser Iglesia del cielo; estos fueron y son hijos de la noche e hijos de Dios, pobres a los que Dios regala su Reino, pequeños a los que Dios consuela, pecadores a los que Dios perdona, leprosos a los que Dios limpia, hambrientos saciados de justicia y de misericordia, operadores de paz reconocidos como nacidos de Dios.

Para esta Iglesia que conoce de cerca la noche de su pasión, la impotencia frente a la injusticia, el grito de los pobres, la fatiga de buscar un pan que llevar a la mesa del hambriento, para esta Iglesia que da la vida por poner dignidad, humanidad, respeto y justicia en la vida de los humillados, para ella son las palabras de su Señor, del que es su salvación: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré”.

A él, a Cristo, han ido los que hoy contemplas como multitud en la gloria del cielo.

A él, a Cristo, vamos en la eucaristía los que hoy celebramos la salvación que en Cristo se nos ha dado.

A él vamos, en él descansamos, para volver a llevar pan a las mesas y dignidad a las vidas.

Feliz día de Todos los Santos, Iglesia peregrina.

Feliz contemplación de lo que tu Señor prepara para ti, para tus pobres.

Feliz encuentro con Cristo, feliz descanso en Cristo

miércoles, 28 de octubre de 2020

Como niños en los brazos de Dios: por Santiago Agrelo

 En la liturgia de este domingo, las palabras de la profecía suenan a maldición sobre un determinado modo de ejercer el sacerdocio.

El profeta enumera alguna de las cosas que desagradan al Señor hasta el punto de maldecir la bendición de los sacerdotes. Éstos se apartaron del camino del Señor, es decir, hicieron acepción de personas al aplicar la ley, y de ahí se siguió que muchos tropezaran en ella; invalidaron la alianza, haciendo posible que el hombre despojase a su prójimo.

A la profecía le hace eco el evangelio.

Ahora el que acusa es Jesús, y los señalados son escribas y fariseos, que se sentaron en la cátedra de Moisés como maestros del pueblo de Israel.

Éstos son los abusos que Jesús señala: “No hacen lo que dicen”; “lían fardos pesados e insoportables y se los cargan a la gente en los hombros, pero ellos no están dispuestos a mover un dedo para empujar”.

Y esos mismos, que nada se preocupan de los demás, andan desordenadamente preocupados de sí mismos: “Todo lo que hacen es para que los vea la gente”. De ahí que exhiban su religiosidad y busquen primeros puestos y asientos de honor, que les hagan reverencias y se les llame maestros.

Hoy, Iglesia cuerpo de Cristo, no se leen esos textos como inútil acusación a muertos, sino como saludable amonestación a quienes ahora estamos escuchando.

Supongo que, en nuestra celebración dominical, nos sentiremos particularmente interpelados los obispos, los presbíteros, los religiosos, todos aquellos que en la Iglesia, por nuestro ministerio, nos hemos sentado de alguna manera en la cátedra de Jesús. Pero harían mal los demás fieles si pensasen que no les concierne lo que aquí han escuchado, pues a todos se dirige la palabra de Dios y para todos es ejemplo Cristo Jesús: en él nos fijamos, de él aprendemos, con él comulgamos.

Escucha, Iglesia cuerpo de Cristo, lo que de sí mismo dice el Apóstol: “Os tratamos con delicadeza, como una madre cuida de sus hijos. Deseábamos entregaros no sólo el evangelio de Dios, sino hasta nuestras propias personas”.

Y añadió, como quien da una explicación: “Porque os habíais ganado nuestro amor”.

Ahora fíjate en Cristo Jesús: nos dio el evangelio, nos dio su vida, nos dio su propia persona, se nos hizo madre, y no porque lo hubiésemos ganado con nuestro amor, sino porque asombrosamente, sencillamente, hermosamente, él nos amó.

Fíjate y escoge con quien deseas comulgar: con el que despoja a su prójimo, con los que dicen y no hacen, con los que lían fardos y se los cargan a los demás, con los que sólo se buscan a sí mismos, o con el que se abaja por todos, con el que se humilla por todos, con el que se entrega por todos.

Aquí comulgamos con el que se entrega.

Unida a él, pues eres su cuerpo, acallas y moderas tus deseos como un niño en brazos de su madre: como un niño en los brazos de Dios.

Feliz domingo.

sábado, 17 de octubre de 2020

Las gabelas de Dios: por Santiago Agrelo

Muchas veces, para adentrarnos en el misterio de salvación que se celebra en el domingo, hemos pasado por la puerta del salmo responsorial, y hoy también pediremos al salmista que sea él quien nos guíe al misterio donde Dios habita, y a Cristo en quien Dios se nos ha manifestado.

El salmo, por ser oración, tiene la virtud y la gracia de apartarnos de tentaciones moralizantes, y de introducirnos sin demora en la presencia de Dios.

Todos guardamos en la memoria el dicho de Jesús: “Pagadle al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”. 

El mandato es claro, “pagad”, y el significado también lo es, pues todos entendemos que equivale más o menos a “dad”, “devolved”, “entregad”, “restituid”.

Lo que se ha de pagar “al César”, no es necesario que lo explique yo, que ya hay quien se ocupa de que lo cumpláis y sin necesidad de que os den muchas explicaciones.

Por experiencia sabéis, sin embargo, que el debido cumplimiento de ese «deber con hacienda» no es para vosotros motivo de júbilo, y no suele llevar consigo gritos de aclamación ni cantos de fiesta.

Cosa bien distinta sucede con el “tributo” que pagamos a Dios.

Ahora será el salmista quien nos ayude a comprender.

Recuerda, Iglesia amada del Señor, sus palabras, que hoy son también palabras de tu oración: “Cantad al Señor, contad sus maravillas, aclamad al Señor, aclamad la gloria del nombre del Señor, postraos ante el Señor”…

A ti se te ha concedido conocer la gloria del Señor, has podido admirar sus maravillas, a ti se te ha revelado su grandeza, conoces el poder de su brazo.

Si te fijas en la creación, los cielos y la tierra, las criaturas todas te hablan de quien todo lo sostiene; y todas “pagan tributo de reconocimiento y de agradecimiento” a su Creador: “El cielo proclama la gloria de Dios, el firmamento pregona la obra de sus manos, el día al día le pasa el mensaje, la noche a la noche se lo susurra”.

Si te fijas en la historia del pueblo de Dios, en su Pascua, en la salvación de la que ha sido beneficiario, hallarás que el Señor “increpó al mar y se secó, los condujo por el abismo como por tierra firme; los salvó de la mano del adversario, los rescató del puño del enemigo… Entonces creyeron sus palabras”, y todos ellos, pagando el tributo debido a su Dios, “cantaron su alabanza”.

¿Has encontrado el camino que lleva desde la experiencia de la gracia al tributo del agradecimiento? Entonces deja ya la mano del salmista y entra, guiada por el Espíritu de Jesús, en el misterio de la Pascua cristiana. El Padre Dios te ha entregado como sacramento de su amor a su propio Hijo. En Cristo has entrado en el mundo nuevo, en el que Dios es Rey; en Cristo has conocido maravillas que nunca habrías podido siquiera soñar: ser morada de Dios y que Dios sea tu morada; ser hijo de Dios y, por ser hijo, ser también heredero; ser templo del Espíritu Santo; llevar sobre ti, como si de tu hacienda se tratase, todas las bendiciones con que el Padre Dios podía bendecirte.

Si conoces lo que eres, conocerás lo que has de tributar: “Cantad al Señor un cántico nuevo”. Siempre nueva es la Pascua de tu liberación, Iglesia de Cristo; siempre nuevo ha de ser tu canto, siempre nuevo ha de ser tu tributo…

Deja la mano del salmista, pero no dejes la mano de aquel con quien vas a entrar en comunión sacramental… Es Cristo quien se te ofrece, es a Cristo a quien recibes, es con Cristo con quien Dios se te da por entero. Todo se te da el que viene a ti. Ahora eres tú quien ha de decidir cuál ha de ser la cuantía de tu tributo… Un tributo de aclamaciones, un tributo de pan para Cristo pobre, el tributo de todo tu ser para quien te amó sin reservarse nada para sí…

Feliz domingo.


Imprimir

Printfriendly