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domingo, 2 de junio de 2019

Solemnidad de la Ascensión Ciclo C 2 de junio de 2019



[Chiesa/Omelie1/Pasqua/Ascensione/C19TestigosCristoArmoníaHistoriaEternidad]

Ø La Ascensión del Señor (2019), Ciclo C. Solemnidad de la Ascensión: el señor encarga a sus discípulos ser sus testigos. Encontrar la armonía entre historia y eternidad. Estamos llamados a mirar desde la tierra al cielo, con el empeño de consolidar el reino de Dios en la tierra: haciendo el bien al prójimo y promoviendo el bien común.


v  Cfr. Solemnidad de la Ascensión  Ciclo C  2 de junio de  2019

Hechos de los Apóstoles 1, 1-11; Efesios 1, 17-23 o bien Hebreos 9, 24-28.10, 19-23; Lucas 24, 46-53
Cfr. Raniero Cantalamessa, Passa Gesù di Nazaret, Ciclo C Piemme 1999, pp. 155-160; Temi di Predicazione – omelie, Ciclo C 49 Nuova Serie, Editrice Domenicana Italiana, pp. 82-88; San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa; Conversaciones. Gianfranco Ravasi, Secondo le Scrittture Anno C, Piemme 1999, pp. 138-143

Hechos de los Apóstoles 1, 1-11: En mi primer libro, querido Teófilo, escribí de todo lo que Jesús fue haciendo y enseñando hasta el día en que dio instrucciones a los apóstoles, que había escogido, movido por el Espíritu Santo, y ascendió al cielo. Se les presentó después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo, y, apareciéndoseles durante cuarenta días, les habló del reino de Dios. Una vez que comían juntos, les recomendó:
- «No os alejéis de Jerusalén; aguardad que se cumpla la promesa de mi Padre, de la que yo os he hablado. Juan bautizó con agua, dentro de pocos días vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo.» Ellos lo rodearon preguntándole: - «Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?» 7 Jesús contestó: - «No es cosa vuestra  conocer los tiempos o momentos  que el Padre ha fijado con su poder, 8 sino que recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que descenderá sobre vosotros, y
seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra». 9 Y después de decir  esto, mientras ellos lo observaban, se elevó, y una nube  lo ocultó a sus ojos. 10 Estaban mirando atentamente al cielo mientras él se iba, cuando se presentaron ante ellos dos hombres con vestiduras blancas 11 que dijeron: - «Hombres de Galilea, ¿qué hacéis mirando al cielo? Este mismo Jesús,  que de entre vosotros ha sido elevado al cielo, vendrá de igual manera a como le habéis visto subir al cielo» 
Efesios 1, 17-23: Hermanos: Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os conceda espíritu de sabiduría y de revelación para conocerle . 18 Ilumine los ojos de vuestro corazón para que conozcáis cuál es la esperanza a que habéis sido llamados por él; cuál la riqueza de la gloria otorgada por él en herencia a los santos, 19 y cuál la soberana grandeza de su poder para con nosotros, los creyentes, conforme a la eficacia de su fuerza poderosa, 20 que desplegó en Cristo, resucitándole de entre los muertos y sentándole a su diestra en los cielos, 21 por encima de todo Principado, Potestad, Virtud, Dominación y de todo cuanto tiene nombre no sólo en este mundo sino también en el venidero. 22 Bajo sus pies sometió todas la cosas y le constituyó Cabeza suprema de la Iglesia, 23 que es su Cuerpo, la Plenitud del que lo llena todo en todas las cosas.
Conclusión del evangelio según san Lucas 24, 46-53: En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. 48 Vosotros sois testigos de estas cosas. Y sabed que yo os envío al  que mi Padre ha prometido.  Vosotros permaneced  en la ciudad hasta que seáis revestidos de la fuerza de lo alto » Después los sacó hacia Betania y, levantando las manos, los bendijo. Y mientras los bendecía se separó de ellos, subiendo hacia el cielo. Ellos se postraron ante él y se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios.

 


Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que descenderá sobre vosotros,
y seréis mis testigos
en Jerusalén, en toda Judea y Samaría,
y hasta los confines de la tierra.
(Hechos de los Apóstoles  1,8)



1,8; Lucas 24, 48), en el tiempo presente que nos toca vivir hasta su segunda
venida.

v  A. Después de la Ascensión,  los Apóstoles – y con ellos todos los cristianos –tienen que continuar la misión de Jesús, con la fuerza del Espíritu Santo.

Los apóstoles todavía están aturdidos por cuanto ha sucedido delante de sus ojos. Con tristeza y nostalgia miran a Jesús que se aleja. Pero he aquí algunos ángeles se les aparecen y les dicen: «Hombres de Galilea, ¿qué hacéis mirando al cielo?» 
Es verdad, ahora nos  toca a nosotros ponernos a trabajar, ser sus testigos. Es necesario seguir desarrollando la misión de Jesús y anunciar su Evangelio a cada criatura, empezar a llevar a la práctica sus palabras y a vivir según sus enseñanzas. ¿Pero dónde se encontrará la "fuerza" para anunciar al mundo un mensaje tan comprometido como el de Jesús? Sólo con la "potencia" y con el "don" del Espíritu Santo que Cristo enviará a sus discípulos.

v  B. Quién es el testigo

                Cfr. Cantalamessa o.c. pp. 154-155

o   En primer lugar los Apóstoles: proclaman la vida que se ha manifestado en ellos.

El «vosotros» [cfr. Lc 24,48], indica en primer lugar a los apóstoles que han estado con Jesús. En efecto, después de Pentecostés, ellos no hacen otra cosa que dar testimonio de Cristo. Proclaman a todos: «A este Jesús le resucitó Dios, y de eso todos nosotros somos testigos» (Hech 2,32). «La vida se ha manifestado: nosotros la hemos visto y damos testimonio»: así comienza la Primera carta de Juan. 

o   Sus sucesores

El testimonio que se puede llamar «oficial», es decir ligado al oficio, pasa a sus sucesores, los obispos y sacerdotes, que, en efecto, son definidos, en un texto del concilio Vaticano II, «testigos de Cristo y del evangelio» (Lumen gentium, 21).

o   En sentido amplio, todos los bautizados y creyentes en Cristo

Aquel «vosotros», en sentido más amplio, son todos los bautizados y creyentes en Cristo. «Cada laico debe ser ante el mundo testigo de la resurrección y de la vida del Señor Jesús y signo del Dios vivo» (Lumen gentium, 38).

v  ¿Qué debe hacer un testigo? pp. 156-157

o   Atestigua algo que ha visto, experimentado personalmente

Testigo es quien «atestigua» (certifica), quien afirma algo. Pero no todos los que afirman algo son testigos. Lo es quien atestigua una cosa que  ha visto, oído o experimentado personalmente; no quien refiere una cosa sabida de otros. En este último caso, sólo puede atestiguar que alguien ha dicho una cierta cosa, pero no que esa cosa es verdadera. 

o   Corre un  riesgo

En general, a la idea de testimonio está unida la de riesgo. Siempre habrá alguien a quien  no gusta la verdad, y que hará todo lo posible para descalificar, o, incluso, eliminar el testigo incómodo.  La palabra «mártir» ha adquirido un significado autónomo y indica a alguien que da la vida por una causa, pero, originariamente, significaba «testigo».

o   La diferencia entre testigos y maestros

Si el papel de los testigos es vital en la sociedad civil, no es menos vital en el ámbito de la Iglesia. Se ha hecho célebre la afirmación de Pablo VI: «El mundo tiene necesidad de testigos más que de maestros». (...) En efecto, en el mundo pululan los maestros, verdaderos o falsos, pero escasean los testigos. Entre los dos papeles hay la misma diferencia que existe , según el proverbio, entre el decir y el hacer. «Los hechos, dice un proverbio inglés, hablan más fuertemente que las palabras» (Deeds speak louder than words).

o   El testigo y la vida

Testigo es quien habla con la vida. En este sentido, el modelo de todo testimonio es Cristo mismo que, ante Pilatos, se definió como el «testigo de la verdad» (literalmente: el mártir de la verdad), y a quien la Escritura llama el «testigo fiel». El, en efecto, ha vivido hasta la última coma lo que enseñó, y ha dado la vida para dar testimonio de la verdad.
(...) Existe el llamado  «martirio cotidiano», es decir el testimonio cotidiano, que a veces no es menos exigente que el martirio de sangre.  (p. 158).

o   La fuerza del Espíritu es quien nos hace testigos

Jesús no nos deja solos. «Tendréis la fuerza del Espíritu Santo». Nos ha concedido anticipadamente un «abogado» invencible que estará a nuestro lado. «Cuando venga el Paráclito ... Él dará testimonio de mí. También vosotros daréis testimonio». (Juan 15, 26-27; cfr. Hechos 5,32). p. 159

o   El Espíritu da la alegría del testimonio: testimoniar no es sólo un peso y un deber, sino necesidad del corazón

Un modo de manifestarse la «fuerza» del Espíritu es darnos la alegría de testimoniar, por lo que testimoniar el evangelio a los demás no es ya solamente un peso y un deber, sino que se convierte en una necesidad del corazón. Se dice de los Apóstoles que, después que habían sido azotados, «salían gozosos de la presencia del Sanedrín , porque habían sido dignos de ser ultrajados a causa del nombre de Jesús» (Hechos 5,41)»    p. 160

o   Amar el mundo apasionadamente

San Josemaría en Conversaciones,  n. 116
·         “Os aseguro, hijos míos, que cuando un cristiano desempeña con amor lo más intrascendente de las
acciones diarias, aquello rebosa de la trascendencia de Dios. Por eso os he repetido, con un repetido martilleo, que la vocación cristiana consiste en hacer endecasílabos de la prosa de cada día. En la línea del horizonte, hijos míos, parecen unirse el cielo y la tierra. Pero no, donde de verdad se juntan es en vuestros corazones, cuando vivís santamente la vida ordinaria...”

2.    Hombres de Galilea, ¿qué hacéis mirando al cielo? (Hechos 1, 11)
      Gianfranco Ravasi, pp. 139-140

v  La Ascensión: el entrelazamiento entre el presente y el futuro, entre existencia y esperanza.

·         El tiempo de la Iglesia no es una espera engañosa de alguien ausente o la evasión alienante hacia un
cielo de sueño, sino que es, en cambio, la vuelta a la Jerusalén terrena para recorrer enteramente los caminos de la propia misión. Sólo así se abre al discípulo la puerta de la Jerusalén celestial.
Por tanto, la Ascensión en vez de ser una fiesta para soñadores o personas con mentalidad apocalíptica, de hombres excitados por el íncubo de la imagen del fin del mundo, es, en realidad, la imagen visible y simbólica de un entrelazamiento entre presente y futuro, entre existencia y esperanzza. Ciertamente, como escribe Pablo a los Efesios, Dios nos abre los ojos de la mente para hacernos intuir «la maravillosa esperanza a la que nos ha llamado» (1,8). 
Pero, como nos sugieren los Hechos de los Apóstoles (1, 4.8), no debemos alejarnos de nuestra ciudad, de la Jerusalén terrena, porque en ella y en todas las demás regiones de la tierra, deberemos ser los testimonios de Cristo y de su palabra.

v  Dos extremismos espirituales que hay que corregir

o   Mirar al cielo de modo que nos aparta del peso de los compromisos.

Por tanto, es en una correcta lectura de la Ascensión, signo de la última meta de Cristo y del cristiano, donde se corrigen ciertos extremismos espirituales opuestos.
Por una parte, es fuerte la tentación   de «mirar al cielo»- como arrebatados por una contemplación que aparta de la tierra, del rumor de lo cotidiano, del peso de los compromisos, como atestiguan también en nuestro tiempo  los movimientos apocalípticos como el de los Testigos de Jehová o  ciertas experiencias carismáticas exaltadas.

o   la tentación “secularista”.

Que encierra todo el cristianismo en un “hacer” concreto que se inmerge en las cosas.

o   Encontrar la armonía entre el tiempo presente y la meta viva que debe haber en el horizonte, entre historia y eternidad.

Se trata, por tanto, de encontrar la armonía entre el camino presente y la meta que hay que tener viva en el horizonte, entre destino cotidiano e inmediato y destino último y perfecto. El Concilio Vaticano II, en Gaudium et spes, ha afirmado con claridad:
«Y ciertamente se nos advierte que de nada sirve al hombre ganar el mundo entero, si se pierde a sí mismo (Lucas 9, 25). Mas la esperanza de una nueva tierra no debe atenuar, sino más bien excitar la preocupación por perfeccionar esta tierra, en donde crece aquel Cuerpo de la nueva humanidad que puede ya ofrecer una cierta prefiguración del mundo nuevo».

Desde que Cristo se ha encarnado, la historia y la eternidad se han unido inseparablemente.  Lo que nosotros profesamos en el Credo no es tanto la inmortalidad del alma como la «resurrección de la carne»,  es decir, el ingreso de todo el ser  y de toda la creación en el misterio glorioso de Dios. Esta es la Ascensión plena y total, es éste el último sentido de la Pascua del Señor”.

o   En el tiempo que toca vivir a cada cristiano, ninguno puede  estar pasivo.

       Cfr. Es Cristo que pasa, 121
·         “Tenemos una gran tarea por delante. No cabe la actitud de permanecer pasivos, porque el Señor nos
declaró expresamente: negociad, mientras vengo (Lc XIX,13). Mientras esperamos el retorno del Señor, que volverá a tomar posesión plena de su Reino, no podemos estar cruzados de brazos. La extensión del Reino de Dios no es sólo tarea oficial de los miembros de la Iglesia que representan a Cristo, porque han recibido de El los poderes sagrados. Vos autem estis corpus Christi (I Cor XII, 27), vosotros también sois cuerpos de Cristo, nos señala el Apóstol, con el mandato concreto de negociar hasta el fin”.

o   Estamos llamados a mirar desde la tierra al cielo, con el empeño de consolidar el reino de Dios en la tierra: haciendo el bien al prójimo y promoviendo el bien común.

       Cfr. Benedicto XVI, Homilía en Cracovia, 28 de mayo de 2006.
·         Estamos llamados, permaneciendo en la tierra, a mirar fijamente al cielo, a orientar la atención, el
pensamiento y el corazón hacia el misterio inefable de Dios. Estamos llamados a mirar hacia la realidad divina, a la que el hombre está orientado desde la creación. En ella se encierra el sentido definitivo de nuestra vida. (…)
§  Mirad desde la tierra al cielo, fijando la mirada en Cristo y consolidando su reino en la tierra: reino del bien, de la justicia, de la solidaridad y de la misericordia.
            También yo, Benedicto XVI, sucesor del Papa Juan Pablo II, os ruego que miréis desde la tierra al cielo, que fijéis vuestra mirada en Aquel a quien desde hace dos mil años siguen las generaciones que viven y se suceden en nuestra tierra, encontrando en él el sentido definitivo de la existencia. Fortalecidos por la fe en Dios, esforzaos con empeño por consolidar su reino en la tierra: el reino del bien, de la justicia, de la solidaridad y de la misericordia.
§  Llevando la esperanza a los pobres, a los que sufren .... haciendo el bien al prójimo y promoviendo el bien común.
            Os ruego que testimoniéis con valentía el Evangelio ante el mundo de hoy, llevando la esperanza a los pobres, a los que sufren, a los abandonados, a los desesperados, a quienes tienen sed de libertad, de verdad y de paz. Haciendo el bien al prójimo y promoviendo el bien común, testimoniad que Dios es amor.
(...)

3.    La Ascensión en el Catecismo de la Iglesia Católica

v  Jesucristo es Señor: posee todo poder en los cielos y en la tierra

·         n. 668: "Cristo murió y volvió a la vida para eso, para ser Señor de muertos y
vivos" (Rm 14, 9). La Ascensión de Cristo al Cielo significa su participación, en su humanidad, en el poder y en la autoridad de Dios mismo. Jesucristo es Señor: posee todo poder en los cielos y en la tierra. El está "por encima de todo principado, potestad, virtud, dominación" porque el Padre "bajo sus pies sometió todas las cosas"(Ef 1, 20-22). Cristo es el Señor del cosmos (cf. Ef 4, 10; 1 Co 15, 24. 27-28) y de la historia. En Él, la historia de la humanidad e incluso toda la Creación encuentran su recapitulación (Ef 1, 10), su cumplimiento transcendente.


Vida Cristiana

Los frutos de la Ascensión: el reconocimiento de que Jesús es el Señor. Catequesis sobre la ascensión de Juan Pablo II. La Ascensión manifiesta que Jesús es el Señor (19.IV.89)

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Ø  Los frutos de la Ascensión: el reconocimiento de que Jesús es el Señor. Catequesis sobre la ascensión de Juan Pablo II. La Ascensión manifiesta  que Jesús es el Señor (19.IV.89) [1]


JESÚS ES EL SEÑOR

A. La elevación, la ascensión al cielo, significa la participación de Cristo hombre en el poder y autoridad de Dios mismo: tal participación se manifiesta en el «envío» del Espíritu el cual recibe de la redención llevada a cabo por Cristo y realiza la conversión de los  corazones.


1. El anuncio de Pedro en el primer discurso pentecostal en Jerusalén es elocuente y solemne: 'A este Jesús Dios lo resucitó; de lo cual todos nosotros somos testigos. Y exaltado por la diestra de Dios ha recibido del Padre el Espíritu Santo prometido y lo ha derramando' (Hech 2, 32)33). 'Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado' (Hech 2 36). Estas palabras (dirigidas a la multitud compuesta por los habitantes de aquella ciudad y por los peregrinos que habían llegado de diversas partes para la fiesta) proclaman la elevación de Cristo (crucificado y resucitado) 'a la derecha de Dios'. La 'elevación', o sea, la ascensión al cielo, significa la participación de Cristo hombre en el poder y autoridad de Dios mismo. Tal participación en el poder y autoridad de Dios Uno y Trino se manifiesta en el 'envío' del Consolador, Espíritu de la verdad, el cual 'recibiendo' (Cfr. Jn 16, 14) de la redención llevada a cabo por Cristo, realiza la conversión de los corazones humanos. Tanto es así, que ya aquel día, en Jerusalén, 'al oír esto sintieron el corazón compungido' (Hech 2, 37). Y es sabido que en pocos días se produjeron miles de conversiones.

v  El conjunto de los sucesos pascuales revelan a Jesús definitivamente como Mesías y Señor

2. Con el conjunto de los sucesos pascuales, a los que se refiere el Apóstol Pedro en el discurso de Pentecostés, Jesús se reveló definitivamente como Mesías enviado por el Padre y como Señor.
La conciencia de que Él era 'el Señor', había entrado ya de alguna manera en el ámbito de los Apóstoles durante la actividad prepascual de Cristo. El mismo alude a este hecho en la última Cena: 'Vosotros me llamáis el Maestro y el Señor, y decís bien porque lo soy' (Jn 13,17). Esto explica porque los Evangelistas hablan de Cristo 'Señor' como de un dato admitido comúnmente en las comunidades cristianas. En particular, Lucas pone ya ese término en boca del ángel que anuncia el nacimiento de Jesús a los pastores: 'Os ha nacido un salvador que es el Cristo Señor' (Lc 2, 11 ) . En muchos otros lugares usa el mismo apelativo (Cfr. Lc 7, 13; 10, 1; 10, 41; 11, 39; 12, 42; 13, 15; 17, 6; 22, 61). Pero es cierto que el conjunto de los sucesos pascuales ha consolidado definitivamente esta conciencia. A la luz de estos sucesos es necesario leer la palabra 'Señor' referida también a la vida y actividad anterior del Mesías. Sin embargo, es necesario profundizar sobre todo el contenido y el significado que la palabra tiene en el contexto de la elevación y de la glorificación de Cristo resucitado, en su ascensión al cielo.

o   San Pablo repite en sus Cartas que Cristo es el Señor

3. Una de las afirmaciones más repetidas en las Cartas paulinas es que Cristo es el Señor. Es conocido el pasaje de la Primera Carta a los Corintios donde Pablo proclama: 'Para nosotros no hay más que un solo Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas y para el cual somos; y un solo Señor, Jesucristo, por quien son todas las cosa y por el cual somos nosotros' (1 Cor 8,6; cfr. 16, 22; Rom 10, 9; Col 2, 6). Y el de la Carta a los Filipenses, donde Pablo presenta como Señor a Cristo, que humillado hasta la muerte, ha sido también exaltado 'para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jesús es Señor para gloria de Dios Padre' (Flp 2, 10)11).

o   Nadie puede decir “Jesús es el Señor” sino bajo la acción del Espíritu Santo

Pero Pablo subraya que 'nadie puede decir: "Jesús es Señor'' sino bajo la acción del Espíritu Santo' (1 Cor 12, 3). Por tanto 'bajo la acción del Espíritu Santo' también el Apóstol Tomás dice a Cristo, que se le apareció después de la resurrección: 'Señor mío y Dios mío' (Jn 20, 28). Y lo mismo se debe decir del diácono Esteban, que durante la lapidación ora: 'Señor Jesús, recibe mi espíritu no les tengas en cuenta este pecado' (Hech 7, 59)60).
Finalmente, el Apocalipsis concluye el ciclo de la historia sagrada y de la revelación con la invocación de la Esposa y del Espíritu: 'Ven, Señor Jesús' (Ap 22, 20).
Es el misterio de la acción del Espíritu Santo 'vivificante' que introduce continuamente en los corazones la luz para reconocer a Cristo, la gracia para interiorizar en nosotros su vida, la fuerza para proclamar que Él (y sólo Él) es 'el Señor'.

o   Jesucristo es el Señor, porque posee la plenitud del poder 'en los cielos y sobre la tierra'

4. Jesucristo es el Señor, porque posee la plenitud del poder 'en los cielos y sobre la tierra'. Es el poder real 'por encima de todo Principado, Potestad, Virtud, Dominación Bajo sus pies sometió todas las cosas' (Ef 1, 21- 22). Al mismo tiempo es la autoridad sacerdotal de la que habla ampliamente la Carta los Hebreos, haciendo referencia al Salmo 109/110, 4: 'Tú eres sacerdote para siempre, a semejanza de Melquisedec' (Heb 5, 6). Este eterno sacerdocio de Cristo comporta el poder de santificación de modo que Cristo 'se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen' (Heb 5, 9). 'De ahí que pueda también salvar perfectamente a los que por Él se llegan a Dios, ya que está siempre vivo para interceder en su favor' (Heb 7, 25). Asimismo, en la Carta a los Romanos leemos que Cristo 'está a la diestra de Dios e intercede por nosotros' (Rom 8, 34). Y finalmente, San Juan nos asegura: 'Si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo' (1 Jn 2, 1).

o   Como Señor, Cristo es la Cabeza de la Iglesia

5. Como Señor, Cristo es la Cabeza de la Iglesia, que es su Cuerpo. Es la idea central de San Pablo en el gran cuadro cósmico-histórico-sotereológico, con que describe el contenido del designio eterno de Dios en los primeros capítulos de las Carta a los Efesios y a los Colosenses: 'Bajo sus pies sometió todas las cosas y le constituyó Cabeza suprema de la Iglesia que es su Cuerpo, la Plenitud del que lo llena todo en todo' (Ef 1, 22). 'Pues Dios tuvo a bien hacer residir en El toda la Plenitud' (Col 1, 19): en Él en el cual 'reside toda la Plenitud de la Divinidad corporalmente' (Col 2, 9).
Los Hechos nos dicen que Cristo 'ha adquirido' la Iglesia 'con su sangre' (Hech 20, 28; cfr. 1 Cor 6, 20). También Jesús cuando al irse al Padre decía a los discípulos: 'Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo' (Mt 28 20), en realidad anunciaba el misterio de este Cuerpo que de él saca constantemente las energías vivificantes de la redención. Y la redención continúa actuando como efecto de la glorificación de Cristo.
Es verdad que Cristo siempre ha sido el 'Señor', desde el primer momento de la encarnación, como Hijo de Dios consubstancial al Padre, hecho hombre por nosotros. Pero sin duda ha llegado a ser Señor en plenitud por el hecho de ‘haberse humillado’, ‘se despojó de sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte y muerte en cruz’ (Cfr. Flp 2, 8). Exaltado, elevado al cielo y glorificado, habiendo cumplido así toda su misión, permanece en el Cuerpo de su Iglesia sobre la tierra por medio de la redención operada en cada uno y en toda la sociedad por obra del Espíritu Santo. La redención es la fuente de la autoridad que Cristo, en virtud del Espíritu Santo, ejerce sobre la Iglesia, como leemos en la Carta a los Efesios: 'El mismo "dio" a unos el ser apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelizadores; a otros, pastores y maestros, para el recto ordenamiento de los santos en orden a las funciones del ministerio, para edificación del Cuerpo de Cristo. . . a la madurez de la plenitud de Cristo' (Ef 4, 11-13).

B. Cristo es el Señor de todo el cosmos

6. En la expansión de la realeza que se le concedió sobre toda la economía de la salvación, Cristo es el Señor de todo el cosmos. Nos lo dice otro gran cuadro de la Carta a los Efesios: 'Este que bajó es el mismo que subió por encima de todos los cielos, para llenarlo todo' (Ef 4, 10). En la Primera Carta a los Corintios San Pablo añade que todo se le ha sometido 'porque todo (Dios) lo puso bajo sus pies' (con referencia l Sal 8, 5). 'Cuando diga que !todo está sometido!, es evidente que se excluye a Aquél que ha sometido a El todas las cosas' (1 Cor 15, 27). Y el Apóstol desarrolla ulteriormente este pensamiento, escribiendo: 'Cuando hayan sido sometidas a Él todas las cosas, entonces también el Hijo se someterá a Aquél que  ha sometido a  El todas las cosas, para que Dios sea todo en todo' (1 Cor 15, 28). 'Luego, el fin, cuando entregue a Dios Padre el Reino, después de haber destruido todo Principado, Dominación y Potestad' (1 Cor 15, 24).

C. El Señor es el fin de la historia humana [El Señor de la historia humana]

7. La Constitución Gaudium et Spes del Concilio Vaticano II ha vuelto a tomar este tema fascinante, escribiendo que 'El Señor es el fin de la historia humana, !el punto focal de los deseos de la historia y de la civilización!, el centro del género humano, la alegría de todos los corazones, la plenitud de sus aspiraciones' (n. 45). Podemos resumir diciendo que Cristo es el Señor de la historia. En Él la historia del hombre, y puede decirse de toda la creación, encuentra su cumplimiento trascendente. Es lo que en Tradición se llamaba recapitulación “recapitulatio”, en griego: [  ].  Es una concepción que encuentra su fundamento en la Carta a los Efesios en donde se describe el eterno designio de Dios 'para realizarlo en la plenitud de los tiempos: hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra' (Ef 1,10).

D. Cristo es el Señor de la Vida eterna. A Él pertenece el juicio último.

8. Debemos añadir, por último, que Cristo es el Señor de la Vida eterna. A Él pertenece el juicio último, del que habla el Evangelio de Mateo: 'Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria acompañado de todos sus ángeles, entonces se sentará en su trono de gloria ...  Entonces dirá el Rey a los de su derecha: Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo!' (Mt 25, 31. 34).
El derecho pleno de juzgar definitivamente las obras de los hombres y conciencias humanas, pertenece a Cristo en cuanto Redentor del mundo. El, en efecto, 'adquirió' este derecho mediante la cruz. Por eso el Padre 'todo juicio lo ha entregado al Hijo' (Jn 5, 22). Sin embargo el Hijo no ha venido sobretodo para juzgar, sino para salvar. Para otorgar la vida divina que está en El. 'Porque, como el Padre tiene vida en sí mismo, así también le ha dado al Hijo tener vida en sí mismo, y le ha dado poder para juzgar, porque es Hijo del hombre' (Jn 5, 26)27).
Un poder, por tanto, que coincide con la misericordia que fluye en su corazón desde el seno del Padre, del que procede el Hijo y se hace hombre 'propter nos homines et propter nostram salutem'. Cristo crucificado y resucitado, Cristo que 'subió a los cielos y está sentado a la derecha del Padre'. Cristo que es, por tanto, el Señor de la vida eterna, se eleva sobre el mundo y sobre la historia como un signo de amor infinito rodeado de gloria, pero deseoso de recibir de cada hombre una respuesta de amor para darles la vida eterna.




Vida Cristiana



[1] Es una de las tres Catequesis en Audiencias Generales de San Juan Pablo II sobre la Ascensión (19 de abril de 1989). Las anteriores fueron  el 5 y el 12 de abril,

viernes, 11 de mayo de 2018

La Ascensión del Señor, Ciclo B, 13 Mayo de 2018

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La Ascensión del Señor (2018). El cielo. No significa un lugar, sino una manera de ser: es la comunión plena y definitiva con Dios, es estar con Cristo. Ahora, gracias al hecho de estar con el Padre, está cerca de cada uno de nosotros, para siempre. El Señor se encuentra junto a nosotros con la fuerza del Espíritu Santo. La misión del Espíritu consiste en introducirnos en la grandeza del misterio de Cristo. La Ascensión es el momento en que Jesús nos pasa el relevo a sus discípulos. Nuestra tarea es llevar el testimonio de Cristo hasta los confines de la tierra. Todo cristiano, a su manera, puede y debe ser testigo del Señor resucitado. El inicio de la comunión con Cristo ya en esta tierra. Cristo no ofrece un programa político.  El reino de Dios y su justicia es una vida santa.


v  Cfr. La Ascensión del Señor, Ciclo B, 13 Mayo de 2018 

Marcos 16, 15-20; Hechos 1, 1-11; Efesios 1, 17-23

Hechos de los apóstoles 1, 1-11: (...)  3  Se les presentó después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo, y, apareciéndoseles durante cuarenta días, les habló del reino de Dios. 4 Una vez que comían juntos, les recomendó: (…) 8 Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines del mundo.» 9 Y después de decir esto, mientras miraban mientras ellos lo observaban, se elevó, y una nube lo ocultó a sus ojos. 10 Estaban mirando atentamente al cielo mientras él se iba, cuando se  presentaron ante ellos dos hombres con vestiduras blancas 11 que dijeron:- «Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo volverá como le habéis visto marcharse.»

Marcos 16,15-20: 15 En aquel tiempo se apareció Jesús y les dijo: -Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda criatura. 16 El que crea y sea bautizado se salvará; pero el que no crea se condenará. 17 A los que crean, les acompañarán estos milagros: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, 18 agarrarán serpientes con las manos, y si bebieran un veneno, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos y quedarán curados. 19 19 El Señor Jesús, después de hablarles, se elevó  al cielo y está sentado  a la derecha de Dios. 20 Ellos fueron y proclamaron el Evangelio por todas partes, y el Señor actuaba con ellos y confirmaba la Palabra con los milagros que los acompañaban.

Se elevó al cielo y está sentado a la derecha de Dios

 

1. El cielo. No significa un lugar, sino una manera de ser: es la comunión plena y definitiva con Dios, es estar con Cristo.

·         El cielo no significa un lugar sino una manera de ser. El cielo es la comunión plena y definitiva con
Dios, destinada a los que creerán en el Señor. Vivir en el cielo es estar con Cristo. Es la comunidad bienaventurada de todos los que están perfectamente incorporados a él.  
Como veremos en los números del Catecismo que se citan a continuación, cuando decimos con la Biblia «Padre nuestro que estás en el cielo» o decimos de alguien que «ha ido al cielo», nos estamos adaptando al lenguaje popular. Pero la Biblia enseña que Dios “está en el cielo, en la tierra y en todo lugar», que es Él quien “ha creado los cielos”, y, si los ha creado, no puede ser encerrado en ellos; que Dios está en los cielos significa más bien que habita «en una luz inaccesible», como dice San Pablo en su primera Carta a Timoteo y recoge el Catecismo [1]: “Dios, que «habita  una luz  inaccesible» (1 Tm 6, 16), quiere comunicar su propia vida divina a los hombres libremente creados por él, para hacer de ellos, en su Hijo único, hijos adoptivos (Cf Ef l, 4-5). (...) ”. Que está en el cielo significa que es infinitamente diverso de nosotros; en definitiva el cielo es, en sentido religioso, más un estado que un lugar.

El cielo no designa un lugar
sino la presencia de Dios en el corazón de los justos
en el que Dios habita como en su templo.

v  A) El inicio de la comunión con Cristo ya en esta tierra

o   En el Catecismo de la Iglesia Católica

§  El cielo designa la presencia de Dios en el corazón de los justos.
·         n.  2802: «Que estás en el cielo» no designa un lugar, sino la majestad de Dios y su presencia en el
corazón de los justos. El cielo, la Casa del Padre, constituye la verdadera patria hacia donde tendemos y a la que ya pertenecemos.
§  El cielo es el corazón de los justos en el que Dios habita como en su templo.
·         n. 2794: «QUE ESTAS EN EL CIELO» - Esta expresión bíblica no significa un lugar [«el
espacio»] sino una manera de ser; no el alejamiento de Dios sino su majestad. Dios Padre no está «fuera», sino «más allá de todo» lo que, acerca de la santidad divina, puede el hombre concebir. Como es tres veces Santo, está totalmente cerca del corazón humilde y contrito:
Con razón, estas palabras "Padre nuestro que estás en el cielo" hay que entenderlas en relación al corazón de los justos en el que Dios habita como en su templo. Por eso también el que ora desea ver que reside en él Aquel a quien invoca (S. Agustín, serm. Dom. 2, 5, 17).
El «cielo» bien podía ser también aquellos que llevan la imagen del mundo celestial, y en los que Dios habita y se pasea (S. Cirilo de Jerusalén, catech. myst. 5, 11).
§  Todos tenemos que esforzarnos y asemejarnos con  Cristo en esta tierra
·         n. 793 (...) Todos los miembros tienen que esforzarse en asemejarse a él «hasta que Cristo esté
formado en ellos» (Gálatas 4, 19) (...)

v  B) La comunión plena con Cristo cuando terminamos la vida en esta tierra. 

o   En el Catecismo de la Iglesia Católica


Vivir en el cielo es «estar con Cristo»

§  Los que mueren en la gracia y la amistad de Dios y están perfectamente purificados, viven para siempre con Cristo.
·         n.  1023:  El cielo - Los que mueren en la gracia y la amistad de Dios y están perfectamente
purificados, viven para siempre con Cristo. Son para siempre semejantes a Dios, porque lo ven «tal cual es» (1 Juan 3, 2), cara a cara (Cf 1 Corintios 13, 12; Apocalipsis 22, 4):
·         n. 1025: Vivir en el cielo es «estar con Cristo» (Cf Jn 14, 3; Flp 1, 23; 1 Ts 4, 17). Los
elegidos viven «en El», aún más, tienen allí, o mejor, encuentran allí su verdadera identidad, su propio nombre (Cf Ap 2, 17):
Pues la vida es estar con Cristo; donde está Cristo, allí está la vida, allí está el reino (S.
Ambrosio, Luc. 10, 121).
§  El cielo es la comunidad bienaventurada de todos los que están perfectamente incorporados a El.
·         n. 1026: Por su muerte y su Resurrección Jesucristo nos ha «abierto» el cielo. La vida de los
bienaventurados consiste en la plena posesión de los frutos de la redención realizada por Cristo, quien asocia a su glorificación celestial a aquellos que han creído en El y que han permanecido fieles a su voluntad. El cielo es la comunidad bienaventurada de todos los que están perfectamente incorporados a El.
§  El cielo es la comunión de vida y de amor con Dios
·         n. 1024: Esta vida perfecta con la Santísima Trinidad, esta comunión de vida y de amor con ella,
con la Virgen María, los ángeles y todos los bienaventurados se llama «el cielo». El cielo es el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha.

o   En el Antiguo Testamento: “subió al cielo” indicaba el ingreso del justo en la comunión  plena de Dios.

·         Ya en el Antiguo Testamento  “subió al cielo”  indicaba el ingreso del justo en la comunión plena
de Dios después de la muerte; es la representación del destino de la eternidad bienaventurada que espera al hombre fiel en esta tierra; así lo explica el salmo 16, 10-11: “10 pues tú no me entregarás a la muerte ni dejarás que tu amigo fiel baje a la tumba. 11 Me enseñarás el camino de la vida, plenitud de gozo en tu presencia, alegría perpetua a tu derecha”.

v  C) Cristo está presente en cada uno de nosotros por la acción del Espíritu Santo

o   “Estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mateo 18,20).

                        Cfr. Juan Pablo II, Homilía, en la Ascensión del Señor, En el estadio Funchal,
                        Madeira (12-V-1991)

o   “Estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mateo 18,20).

·         “Galileos, ¿qué hacéis ahí mirando al cielo? Éste que os ha sido llevado, este mismo Jesús,
vendrá así tal como lo habéis visto subir al cielo” (Hechos 1,11). Con estas palabras termina el relato de la Ascensión del Señor. Antes, Cristo mismo había dicho: “No os dejaré huérfanos: volveré a vosotros” (Juan 14,18), afirmación que alguno podría considerar referida sólo a las apariciones en aquellos cuarenta días, después de la resurrección. ¡Pero no! De hecho, cuando ya subía definitivamente al Padre, dijo: “Y he aquí que estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mateo 18,20).
Este “yo estoy” tiene la fuerza del nombre de Dios. “Yo estoy” como hijo en el Padre (o, a la diestra del Padre), y “estoy con vosotros” (quiere decir con la Iglesia y con el mundo), en el poder del Espíritu Santo. Gracias a este poder, nuestra permanencia en la fe cristiana tiene carácter de espera de su venida: la segunda definitiva venida de Cristo Salvador.
Pero esta espera no es pasiva: constituye la edificación del Cuerpo de Cristo. (…) ¡No permanezcamos, pues, pasivamente a su espera! En todos lados, en el trabajo o durante el tiempo libre, en tu tierra o viajando por otros lugares, cuando acoges a otros o aceptas su hospitalidad, ¡eres heraldo itinerante de Cristo! Debemos llegar “todos a la unidad de la fe y del conocimiento pleno del Hijo de Dios”. Debemos llegar al estado del hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo (Efesios 4,13).

2. La Ascensión - acontecimiento conclusivo de la vida terrena de Cristo -, significa que Jesucristo es Señor: posee todo poder en los cielos y en la tierra.


·         Catecismo de la Iglesia Católica, n.  668: «Cristo murió y volvió a la vida para eso, para ser
Señor de muertos y vivos» (Romanos 14, 9). La Ascensión de Cristo al Cielo significa su participación, en su humanidad, en el poder y en la autoridad de Dios mismo. Jesucristo es Señor: posee todo poder en los cielos y en la tierra.  Él está «por encima de todo Principado, Potestad, Virtud, Dominación» porque el Padre «bajo sus pies sometió todas las cosas» (Efesios 1, 20-22). Cristo es el Señor del cosmos (Cf Efesios 4, 10; 1 Corintios 15, 24. 27-28) y de la historia. En él, la historia de la humanidad e incluso toda la Creación encuentran su recapitulación (Cf Efesios 1,10), su cumplimiento trascendente.

v  Y está sentado a la derecha de Dios

o   Catecismo de la Iglesia católica

§  Sentarse a la derecha del Padre significa la inauguración del reino del Mesías. A partir de este momento, los apóstoles se convirtieron en los testigos del "Reino que no tendrá fin".
  • n. 664: Sentarse a la derecha del Padre significa la inauguración del reino del Mesías,
cumpliéndose la visión del profeta Daniel respecto del Hijo del hombre: "A él se le dio imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasará, y su reino no será destruido jamás" (Daniel 7, 14). A partir de este momento, los apóstoles se convirtieron en los testigos del "Reino que no tendrá fin" (Símbolo de Nicea-Constantinopla).

3. El Señor se encuentra junto a nosotros con la fuerza del Espíritu Santo.

    Cfr. Benedicto XVI, Homilía 7 mayo 2005 -  Al tomar posesión de la Cátedra del Obispo de
    Roma en la Basílica de San Juan de Letrán

v  La Ascensión significa que  Jesús ya no pertenece al mundo de la corrupción y de la muerte, que pertenece totalmente a Dios.

o   Y, dado que Dios abraza y sostiene a todo el cosmos, la Ascensión del Señor significa que Cristo no se ha alejado de nosotros.

§  Sino que ahora, gracias al hecho de estar con el Padre, está cerca de cada uno de nosotros, para siempre. El ser humano ha sido llevado hasta dentro de la vida misma de Dios.
            Entonces, ¿qué nos quiere decir la fiesta de la Ascensión del Señor? No nos quiere decir
que el Señor se ha ido a algún lugar alejado de los hombres y del mundo. La Ascensión de Cristo no es un viaje en el espacio hacia los astros más remotos; pues en el fondo, también los astros están constituidos de elementos físicos como la tierra. La Ascensión de Cristo significa que ya no pertenece al mundo de la corrupción y de la muerte, que condiciona nuestra vida. Significa que pertenece completamente a Dios. Él, el Hijo Eterno, ha llevado nuestro ser humano a la presencia de Dios, ha llevado consigo la carne y la sangre de forma transfigurada. El hombre encuentra espacio en Dios, a través de Cristo; el ser humano ha sido llevado hasta dentro de la vida misma de Dios. Y, dado que Dios abraza y sostiene a todo el cosmos, la Ascensión del Señor significa que Cristo no se ha alejado de nosotros, sino que ahora, gracias al hecho de estar con el Padre, está cerca de cada uno de nosotros, para siempre. Cada uno de nosotros puede tutearle, cada uno puede dirigirse a Él. El Señor se encuentra siempre al alcance de nuestra voz. Podemos alejarnos de Él interiormente. Podemos vivir dándole las espaldas. Pero Él nos espera siempre, y siempre está cerca de nosotros.

v  El Jesús que se despide no va a alguna parte en un astro lejano. Él entra en la comunión de vida y poder con el Dios viviente, en la situación de superioridad de Dios sobre todo espacio.

           Joseph Ratzinger – Benedicto XVI, Jesús de Nazaret 2, Ed. Encuentro 2011, pp. 328-330

o   Por eso «no se ha marchado», sino que, en virtud del mismo poder de Dios, ahora está siempre presente junto a nosotros y por nosotros.

El Jesús que se despide no va a alguna parte en un astro lejano. Él entra en la comunión de vida y poder con el Dios viviente, en la situación de superioridad de Dios sobre todo espacio. Por eso «no se ha marchado», sino que, en virtud del mismo poder de Dios, ahora está siempre presente junto a nosotros y por nosotros. En los discursos de despedida en el Evangelio de Juan, Jesús dice precisamente esto a sus discípulos: «Me voy y vuelvo a vuestro lado» (Jn 14, 28). Aquí está sintetizada maravillosamente la peculiaridad del «irse» de Jesús, que es al mismo tiempo su «venir», y con eso queda explicado también el misterio acerca de la cruz, la resurrección y la ascensión. Su irse es precisamente así un venir, un nuevo modo de cercanía, de presencia permanente, que Juan pone también en relación con la «alegría», de la que antes hemos oído hablar en el Evangelio de Lucas.

o   Ahora ya no se encuentra en un solo lugar del mundo, como antes de la «ascensión».

§  Con su poder que supera todo espacio, Él no está ahora en un solo sitio, sino que está presente al lado de todos, y todos lo pueden invocar en todo lugar y a lo largo de la historia.
Puesto que Jesús está junto al Padre, no está lejos, sino cerca de nosotros. Ahora ya no se encuentra en un solo lugar del mundo, como antes de la «ascensión»; con su poder que supera todo espacio, Él no está ahora en un solo sitio, sino que está presente al lado de todos, y todos lo pueden invocar en todo lugar y a lo largo de la historia.

4. La fiesta de la Ascensión es el momento en que Jesús nos pasa el relevo a sus discípulos.


v  «Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo, volverá como le habéis visto marcharse» (Hechos 1, 11: primera Lectura).

o   No es tarea de los discípulos quedarse mirando al cielo o conocer los tiempos y los momentos escondidos en el secreto de Dios. Ahora su tarea es llevar el testimonio de Cristo hasta los confines de la tierra.

Volvamos todavía al primer capítulo de los Hechos de los Apóstoles. Hemos dicho que la existencia cristiana no consiste en escudriñar el futuro, sino, de un lado, en el don del Espíritu Santo y, de otro, en el testimonio universal de los discípulos en favor de Jesús crucificado y resucitado (cf. Hechos 1, 6-8). Y la desaparición de Jesús a través de la nube no significa un movimiento hacia otro lugar cósmico, sino su asunción en el ser mismo de Dios y, así, la participación en su poder de presencia en el mundo.
Luego el texto prosigue. Al igual que antes, junto al sepulcro (cf. Lucas 24, 4), también ahora aparecen dos hombres vestidos de blanco y dirigen un mensaje: «Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo, volverá como le habéis visto marcharse» (Hechos 1, 11). Con eso queda confirmada la fe en el retorno de Jesús, pero al mismo tiempo se subraya una vez más que no es tarea de los discípulos quedarse mirando al cielo o conocer los tiempos y los momentos escondidos en el secreto de Dios. Ahora su tarea es llevar el testimonio de Cristo hasta los confines de la tierra.

5. Ellos lo rodearon preguntándole: - «Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?».

v  La pregunta de los Apóstoles (Hechos v. 6) y la respuesta del Señor (vv. 7-8): naturaleza del reino de Dios.

·         Ellos piensan todavía  en una restauración temporal de la dinastía de David, su esperanza se cifra en
algo así como un dominio nacional judío. La respuesta del Señor les dice que los planes de Dios están por encima de una realización política. Su misión  será la de dar testimonio de la resurrección de Jesús.

o   Cristo, Dios y Hombre verdadero, vive y reina y es el Señor del mundo. Sólo por Él se mantiene en vida todo lo que vive.

§  Esto es el reino de Dios y su justicia, una vida santa.
·         San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 180: “Quisiera que considerásemos cómo ese
Cristo, que —Niño amable— vimos nacer en Belén,  es el Señor del mundo: pues por Él fueron
creados todos los seres en los cielos y en la tierra; El ha reconciliado con el Padre todas las cosas, restableciendo la paz entre el cielo y la tierra, por medio de la sangre que derramó en la cruz (Cf Colosenses 1, 11-16). Hoy Cristo reina, a la diestra del Padre: declaran aquellos dos ángeles de blancas vestiduras, a los discípulos que estaban atónitos contemplando las nubes, después de la Ascensión del Señor: varones de Galilea ¿por qué estáis ahí mirando al cielo? Este Jesús, que separándose de vosotros ha subido al cielo, vendrá de la misma manera que le acabáis de ver subir (Hechos 1,11).
Por El reinan los reyes (Cf Proverbios 8,15), con la diferencia de que los reyes, las autoridades humanas, pasan; y el reino de Cristo permanecerá por toda la eternidad (Éxodo 15,18), su reino es un reino eterno y su dominación perdura de generación en generación (Daniel 3,100).
El reino de Cristo no es un modo de decir, ni una imagen retórica. Cristo vive, también como hombre, con aquel mismo cuerpo que asumió en la Encarnación, que resucitó después de la Cruz y subsiste glorificado en la Persona del Verbo juntamente con su alma humana. Cristo, Dios y Hombre verdadero, vive y reina y es el Señor del mundo. Sólo por Él se mantiene en vida todo lo que vive.
§  Los que esperaban del Mesías un poderío temporal visible, se equivocaban. Cristo no ofrece un programa político.
¿Por qué, entonces, no se aparece ahora en toda su gloria? Porque su reino no es de este mundo (Juan 18,36), aunque está en el mundo. Había replicado Jesús a Pilatos: Yo soy rey. Yo para esto nací: para dar testimonios de la verdad; todo aquel que pertenece a la verdad, escucha mi voz (Juan 18,37). Los que esperaban del Mesías un poderío temporal visible, se equivocaban: que no consiste el reino de Dios en el comer ni en el beber, sino en la justicia, en la paz y en el gozo del Espíritu Santo (Romanos 14,17).
Verdad y justicia; paz y gozo en el Espíritu Santo. Ese es el reino de Cristo: la acción divina que salva a los hombres y que culminará cuando la historia acabe, y el Señor, que se sienta en lo más alto del paraíso, venga a juzgar definitivamente a los hombres.
§  Esto es el reino de Dios y su justicia, una vida santa
Cuando Cristo inicia su predicación en la tierra, no ofrece un programa político, sino que dice: haced penitencia, porque está cerca el reino de los cielos (Mateo 3,2; 4,17); encarga a sus discípulos que anuncien esa buena nueva (Lucas 10,9), y enseña que se pida en la oración el advenimiento del reino (Cf. Mateo 6,10). Esto es el reino de Dios y su justicia, una vida santa: lo que hemos de buscar primero (Cf Mateo 6,33), lo único verdaderamente necesario (Cf Lucas 10,42)”.

o   Todo cristiano, a su manera, puede y debe ser testigo del Señor resucitado. 

·         Benedicto XVI, 7 de mayo 2005, Toma de posesión de la cátedra del Obispo de Roma: “De
este modo, el Espíritu Santo es la fuerza por la que Cristo nos hace experimentar su cercanía. Pero la primera lectura deja también un segundo mensaje: seréis mis testigos. Cristo resucitado tiene necesidad de testigos que se hayan encontrado con él, que le hayan conocido íntimamente a través de la fuerza del Espíritu Santo. Hombres que, habiéndole tocado con la mano, por así decir, puedan testimoniarle. Fue así como la Iglesia, familia de Cristo, creció desde «Jerusalén… hasta los confines de la tierra», como dice la lectura. A través de testigos se construyó la Iglesia, comenzando por Pedro y Pablo, por los Doce, hasta todos los hombres y mujeres que, llenos de Cristo, en el transcurso de los siglos, han vuelto a encender y encenderán de nuevo de manera siempre nueva la llama de la fe. Todo cristiano, a su manera, puede y debe ser testigo del Señor resucitado. Cuando leemos los nombres de los santos, podemos ver cuántas veces ante todo han sido --y siguen siendo-- hombres sencillos, hombres de los que surgía --y surge-- una luz resplandeciente capaz de llevar a Cristo”.

6. La esperanza en el cielo - en la tierra nueva -  no debe debilitar, sino más bien avivar la preocupación de cultivar esta tierra. 

v  Aunque hay que distinguir con sumo cuidado entre el progreso temporal y el crecimiento del Reino de Cristo, el primero, en cuanto contribuye a una sociedad mejor ordenada, interesa en gran medida al Reino de Dios.

            Cfr. Concilio Vaticano II, Constitución pastoral «Gaudium et spes», n . 39:
39. Ignoramos tanto el tiempo en que la tierra y la humanidad se consumarán [71], como la forma en que se transformará el universo. Pasa ciertamente la figura de este mundo, deformada por el pecado [72]. Pero sabemos por la revelación que Dios prepara una nueva morada y una nueva tierra donde habita la justicia [73], y cuya bienaventuranza saciará y superará todos los anhelos de paz que ascienden en el corazón de los hombres [74]. Entonces, vencida la muerte, los hijos de Dios serán resucitados en Cristo, y lo que se sembró en debilidad y corrupción se revestirá de incorrupción [75]; y, subsistiendo la caridad y sus obras [76], serán liberadas de la esclavitud de la vanidad todas aquellas criaturas [77] que Dios creó precisamente para servir al hombre.
Y ciertamente se nos advierte que de nada sirve al hombre ganar el mundo entero, si se pierde a sí mismo [78]. Mas la esperanza de una nueva tierra no debe atenuar, sino más bien excitar la preocupación por perfeccionar esta tierra, en donde crece aquel Cuerpo de la nueva humanidad que puede ya ofrecer una cierta prefiguración del mundo nuevo. Por ello, aunque hay que distinguir con sumo cuidado entre el progreso temporal y el crecimiento del Reino de Cristo, el primero, en cuanto contribuye a una sociedad mejor ordenada, interesa en gran medida al Reino de Dios [79].
En efecto; los bienes todos de la dignidad humana, de la fraternidad y de la libertad, es decir, todos los buenos frutos de la naturaleza y de nuestra actividad, luego de haberlos propagado -en el Espíritu de Dios y conforme a su mandato- sobre la tierra, los volveremos a encontrar de nuevo, pero limpios de toda mancha a la vez que iluminados y transfigurados, cuando Cristo devuelva a su Padre el reino eterno y universal: reino de verdad y de vida, reino de santidad y de gracia, reino de justicia, de amor y de paz[80]. Aquí, en la tierra, existe ya el Reino, aunque entre misterios; mas, cuando venga el Señor, llegará a su consumada perfección.

[71] Cf. Hch 1,7.   [72] Cf. 1 Cor 7,31; S. Iren. Adv. haer. 5, 36 PG 7, 1222.  [73] Cf. 2 Cor 5,2; 2 Pe 3,13.  [74] Cf. 1 Cor 2,9; Ap 21,4-5.   [75] Cf. 1 Cor 15,42.53. [76] Cf. 1 Cor 13,8; 3,14.  [77] Cf. Rom 8,19-21. [78] Cf. Lc 9,25.  [79] Cf. Pío XI, e. QA l. c., 207.   [80] Praefatio Festi Christi Regis.

Vida Cristiana


[1] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica n. 52
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