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domingo, 26 de mayo de 2019

6º Pascua Ciclo C 26 mayo 2019 - Hechos 5, 1-2. 22-29; Sal 66, 2-3. 5. 6 y 8 Apocalipsis 21,10-14. 22-23; Juan 14, 23-29





(Omelie1/Pasqua/6ºPascuaC19EspírituSantoLuzCorazonesConciencias]

Ø Domingo 6º de Pascua (2019), Ciclo C. El Espíritu Santo y los corazones, es decir, las conciencias.

El Espíritu Santo nos da a conocer el contenido del mensaje de Cristo. Importancia de la conciencia, «propiedad clave de las personas» para percibir con profundidad la doctrina de Cristo, que afecta también al conocimiento  del misterio del hombre, de su dignidad y de su capacidad para ser libre. La fatiga de la conciencia y la maduración de su responsabilidad; su purificación.

v  Cfr. 6º Pascua Ciclo C  26 mayo  2019 - Hechos 5, 1-2. 22-29; Sal 66, 2-3. 5. 6 y 8  Apocalipsis 21,10-14. 22-23; Juan 14, 23-29


Juan 14, 23-29: 23 En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: - «El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada en él. 24 El que no me ama no guarda mis palabras. Y la palabra que escucháis no es mía, sino del Padre que me ha enviado. 25 Os he hablado todo esto estando con vosotros, 26 pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, Él os lo enseñará todo y os recordará todas las cosas que os he dicho. 27 La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde. Me habéis oído decir: "Me voy y vuelvo a vosotros".  Si me amarais, os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es más que yo. Os lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, sigáis creyendo.»

El Espíritu Santo os lo enseñará todo
y os recordará todas las que os he dicho
(Evangelio de hoy, Juan 14, 26)
El Espíritu Santo es luz de los corazones, es decir, de las conciencias
(Cfr. San Juan Pablo II, Enc. Dominum et vivificantem, n. 42)

A) El Espíritu Santo y la conciencia del hombre

o   1. El Espíritu Santo es luz de los corazones, es decir, de las conciencias

Cfr. Juan Pablo II, Encíclica Dominum et vivificantem, n. 42:
“Convirtiéndose en « luz de los corazones » (Cf. Secuencia Veni, Sancte Spiritus), es decir de las conciencias, el Espíritu Santo « convence en lo referente al pecado », o sea hace conocer al hombre su mal y, al mismo tiempo, lo orienta hacia el bien. Merced a la multiplicidad de sus dones por lo que es invocado como el portador « de los siete dones », todo tipo de pecado del hombre puede ser vencido por el poder salvífico de Dios. En realidad —como dice San Buenaventura— « en virtud de los siete dones del Espíritu Santo todos los males han sido destruidos y todos los bienes han sido producidos » (S. Buenaventura, De septem donis Spiritus Sancti, Collatio II, 3: Ad Claras Aquas, V, 463).
Bajo el influjo del Paráclito se realiza, por lo tanto, la conversión del corazón humano, que es
condición indispensable para el perdón de los pecados. Sin una verdadera conversión, que implica
una contrición interior y sin un propósito sincero y firme de enmienda, los pecados quedan «
retenidos », como afirma Jesús, y con El toda la Tradición del Antiguo y del Nuevo Testamento. En
efecto, las primeras palabras pronunciadas por Jesús al comienzo de su ministerio, según
el Evangelio de Marcos, son éstas: «Convertíos y creed en la Buena Nueva» (Marcos 1,15). La
confirmación de esta exhortación es el « convencer en lo referente al pecado » que el Espíritu Santo
emprende de una manera nueva en virtud de la Redención, realizada por la Sangre del Hijo del
hombre. Por esto, la Carta a los Hebreos dice que esta « sangre purifica nuestra conciencia» (Cf.
Hebreos 9,14). Esta sangre, pues, abre al Espíritu Santo, por decirlo de algún modo, el camino
hacia la intimidad del hombre, es decir hacia el santuario de las conciencias humanas”.

Hay una relación estrecha entre la conciencia y el Espíritu Santo. Él habla a todo ser razonable a través
de la conciencia.

o   2. La conciencia es “la propiedad clave del sujeto personal”.

Juan Pablo II, Encíclica Dominum et vivificantem, n. 43: “El Concilio Vaticano II ha recordado la
enseñanza católica sobre la conciencia, al hablar de la vocación del hombre y, en particular, de la dignidad de la persona humana. Precisamente la conciencia decide de manera específica sobre esta dignidad. En efecto, la conciencia es « el núcleo más secreto y el sagrario del hombre », en el que ésta se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo. Esta voz dice claramente a « los oídos de su corazón  advirtiéndole ... haz esto, evita aquello ». Tal capacidad de mandar el bien y prohibir el mal, puesta por el Creador en el corazón del hombre, es la propiedad clave del sujeto personal”.
§  La importancia de esta propiedad del ser humano se deduce de que los desequilibrios que encontramos en el mundo están conectados con los desequilibrios en el corazón humano, en la conciencia.
Juan Pablo II, Encíclica Dominum et vivificantem, n. 44. Las raíces del pecado están en el corazón
del hombre: “De este modo se llega a la demostración de las raíces del pecado que están en el interior del hombre, como pone en evidencia la misma Constitución pastoral: « En verdad, los desequilibrios que fatigan al mundo moderno están conectados con ese otro desequilibrio fundamental que hunde sus raíces en el corazón humano. Son muchos los elementos que se combaten en el propio interior del hombre. Como criatura, el hombre experimenta múltiples limitaciones; se siente, sin embargo, ilimitado en sus deseos y llamado a una vida superior. Atraído por muchas solicitaciones, tiene que elegir y que renunciar. Más aún, como enfermo y pecador, no raramente hace lo que no quiere y deja de hacer lo que querría llevar a cabo ».(Const. past. Gaudium et spes, 10) El texto conciliar se refiere aquí a las conocidas palabras de San Pablo.( Cf. Rom 7, 14-15.19)”.
A este propósito no podemos olvidar los condicionamientos de la conciencia, condicionamientos  que
afectan a su capacidad  para conocer la realidad  y para ser libres: la salud, la enfermedad, los hábitos, el temperamento, la ignorancia, las pasiones, las dificultades patológicas, la violencia, etc.  Por ello se ha hablado de la “fatiga” de la conciencia para discernir el bien y para reconocer que a menudo cuesta mucho ver el mal  que hay en uno mismo. (cfr. Juan Pablo II, Enc. Dominum et vivificantem, n. 45).
  

o   3. La maduración de las conciencias es una “revolución” no ideológica sino espiritual, que requiere infinita paciencia y tiempos quizás muy largos.

Cfr. Benedicto XVI, Homilía en la Solemnidad de Santa María, Madre de Dios, 42 Jornada Mundial de la Paz, 1 de enero de 2009

        La historia terrena de Jesús, que culminó en el misterio pascual, es el inicio de un mundo nuevo, porque inauguró realmente una nueva humanidad, capaz de llevar a cabo una "revolución" pacífica, siempre y sólo con la gracia de Cristo.
        Esta revolución no es ideológica, sino espiritual; no es utópica, sino real; y por eso requiere infinita paciencia, tiempos quizás muy largos, evitando todo atajo y recorriendo el camino más difícil: el de la maduración de la responsabilidad en las conciencias.
“El concilio Vaticano II dijo, a este respecto, que "el Hijo de Dios, con su encarnación, se ha unido, en cierto modo, con todo hombre" (Gaudium et spes, 22). Esta unión ha confirmado el plan original de una humanidad creada a "imagen y semejanza" de Dios. En realidad, el Verbo encarnado es la única imagen perfecta y consustancial del Dios invisible. Jesucristo es el hombre perfecto. "En él —afirma asimismo el Concilio— la naturaleza humana ha sido asumida (...); por eso mismo, también en nosotros ha sido elevada a una dignidad sublime" (ib.). Por esto, la historia terrena de Jesús, que culminó en el misterio pascual, es el inicio de un mundo nuevo, porque inauguró realmente una nueva humanidad, capaz de llevar a cabo una "revolución" pacífica, siempre y sólo con la gracia de Cristo. Esta revolución no es ideológica, sino espiritual; no es utópica, sino real; y por eso requiere infinita paciencia, tiempos quizás muy largos, evitando todo atajo y recorriendo el camino más difícil: el de la maduración de la responsabilidad en las conciencias”.

o   4. La formación de la conciencia es hoy día una empresa difícil, delicada e imprescindible.

 Cfr. Benedicto XVI, Discurso a los participantes en la Asamblea General de la Academia
                           Pontificia para la Vida – 24 febrero 2007
            La formación de una conciencia verdadera, por estar fundada en la verdad, y recta, por estar decidida a seguir sus dictámenes, sin contradicciones, sin traiciones y sin componendas, es hoy una empresa difícil y delicada, pero imprescindible. Y es una empresa, por desgracia, obstaculizada por diversos factores. Ante todo, en la actual fase de la secularización llamada post-moderna y marcada por formas discutibles de tolerancia, no sólo aumenta el rechazo de la tradición cristiana, sino que se desconfía incluso de la capacidad de la razón para percibir la verdad, y a las personas se las aleja del gusto de la reflexión.
            Según algunos, incluso la conciencia individual, para ser libre, debería renunciar tanto a las referencias a las tradiciones como a las que se fundamentan en la razón. De esta forma la conciencia, que es acto de la razón orientado a la verdad de las cosas, deja de ser luz y se convierte en un simple telón de fondo sobre el que la sociedad de los medios de comunicación lanza las imágenes y los impulsos más contradictorios.
            Es preciso volver a educar en el deseo del conocimiento de la verdad auténtica, en la defensa de la propia libertad de elección ante los comportamientos de masa y ante las seducciones de la propaganda, para alimentar la pasión de la belleza moral y de la claridad de la conciencia. Esta delicada tarea corresponde a los padres de familia y a los educadores que los apoyan; y también es una tarea de la comunidad cristiana con respecto a sus fieles.
            Por lo que atañe a la conciencia cristiana, a su crecimiento y a su alimento, no podemos contentarnos con un fugaz contacto con las principales verdades de fe en la infancia; es necesario también un camino que acompañe las diversas etapas de la vida, abriendo la mente y el corazón a acoger los deberes fundamentales en los que se basa la existencia tanto del individuo como de la comunidad.
            Sólo así será posible ayudar a los jóvenes a comprender los valores de la vida, del amor, del matrimonio y de la familia. Sólo así se podrá hacer que aprecien la belleza y la santidad del amor, la alegría y la responsabilidad de ser padres y colaboradores de Dios para dar la vida. Si falta una formación continua y cualificada, resulta aún más problemática la capacidad de juicio en los problemas planteados por la biomedicina en materia de sexualidad, de vida naciente, de procreación, así como en el modo de tratar y curar a los enfermos y de atender a las clases débiles de la sociedad.
            Ciertamente, es necesario hablar de los criterios morales que conciernen a estos temas con profesionales, médicos y juristas, para comprometerlos a elaborar un juicio competente de conciencia y, si fuera el caso, también una valiente objeción de conciencia, pero en un nivel más básico existe esa misma urgencia para las familias y las comunidades parroquiales, en el proceso de formación de la juventud y de los adultos.

o   5. Es necesario promover coherentemente los valores morales relacionados con la corporeidad, la sexualidad, el amor humano, la procreación, el respeto a la vida en todos los momentos, denunciando a la vez, con motivos válidos y precisos, los comportamientos contrarios a estos valores primarios.

Cfr. Benedicto XVI, Discurso a los participantes en la Asamblea General de la Academia Pontificia para la Vida – 24 febrero 2007
            Bajo este aspecto, junto con la formación cristiana, que tiene como finalidad el conocimiento de la persona de Cristo, de su palabra y de los sacramentos, en el itinerario de fe de los niños y de los adolescentes es necesario promover coherentemente los valores morales relacionados con la corporeidad, la sexualidad, el amor humano, la procreación, el respeto a la vida en todos los momentos, denunciando a la vez, con motivos válidos y precisos, los comportamientos contrarios a estos valores primarios. En este campo específico, la labor de los sacerdotes deberá ser oportunamente apoyada por el compromiso de educadores laicos, incluyendo especialistas, dedicados a la tarea de orientar las realidades eclesiales con su ciencia iluminada por la fe.

B. El Espíritu Santo seguirá inspirando la predicación del Evangelio de salvación y ayudará a conocer el contenido del mensaje de Cristo y el misterio del hombre.

o   1. El Espíritu Santo ayudará a comprender el justo significado del contenido del mensaje de Cristo, asegurando su continuidad e identidad de comprensión en medio de las condiciones y circunstancias mudables.

Juan Pablo II, Encíclica Dominum et vivificantem, 4: “Poco después del citado anuncio, añade Jesús:
«Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo he dicho ». (Juan 14, 26)) El Espíritu Santo será el Consolador de los apóstoles y de la Iglesia, siempre presente en medio de ellos—aunque invisible—como maestro de la misma Buena Nueva que Cristo anunció. Las palabras « enseñará » y « recordará » significan no sólo que el Espíritu, a su manera, seguirá inspirando la predicación del Evangelio de salvación, sino que también ayudará a comprender el justo significado del contenido del mensaje de Cristo, asegurando su continuidad e identidad de comprensión en medio de las condiciones y circunstancias mudables. El Espíritu Santo, pues, hará que en la Iglesia perdure siempre la misma verdad que los apóstoles oyeron de su Maestro.

o   2. El Espíritu Santo no sólo da luz para conocer el contenido del mensaje de Cristo, la persona y la obra de Jesús, las cosas de Dios (cfr. 1 Corintios 2, 10-12) y nos abre la inteligencia para comprender las Escrituras (cfr. Lucas 24, 45), también nos hace conocer el misterio del hombre: ilumina nuestro destino, nos hace conocer la esperanza a la que hemos sido llamados …

  Benedicto XVI, Jornada Mundial de la Juventud, en Australia, 20 de julio de 2008.
§  Fortalecida por el Espíritu y provista de una rica visión de fe, una nueva generación de cristianos está invitada a contribuir a la edificación de un  mundo en el que sea acogida la vida; en el que el amor no sea ambicioso o egoísta. 
Fortalecida por el Espíritu y provista de una rica visión de fe, una nueva generación de cristianos está invitada a contribuir a la edificación de un mundo en el que la vida sea acogida, respetada y cuidada amorosamente, no rechazada o temida como una amenaza y por ello destruida. Una nueva era en la que el amor no sea ambicioso ni egoísta, sino puro, fiel y sinceramente libre, abierto a los otros, respetuoso de su dignidad, un amor que promueva su bien e irradie gozo y belleza. Una nueva era en la cual la esperanza nos libere de la superficialidad, de la apatía y el egoísmo que degrada nuestras almas y envenena las relaciones humanas. Queridos jóvenes amigos, el Señor os está pidiendo ser profetas de esta nueva era, mensajeros de su amor, capaces de atraer a la gente hacia el Padre y de construir un futuro de esperanza para toda la humanidad.
El mundo y la Iglesia  tienen necesidad de renovación.
El mundo tiene necesidad de esta renovación. En muchas de nuestras sociedades, junto a la prosperidad material, se está expandiendo el desierto espiritual: un vacío interior, un miedo indefinible, un larvado sentido de desesperación. ¿Cuántos de nuestros semejantes han cavado aljibes agrietados y vacíos (cf. Jr 2,13) en una búsqueda desesperada de significado, de ese significado último que sólo puede ofrecer el amor? Éste es el don grande y liberador que el Evangelio lleva consigo: él revela nuestra dignidad de hombres y mujeres creados a imagen y semejanza de Dios. Revela la llamada sublime de la humanidad, que es la de encontrar la propia plenitud en el amor. Él revela la verdad sobre el hombre, la verdad sobre la vida.

o   3. El descubrimiento de la belleza de la tierra y el del hombre.

Cfr. Benedicto XVI, en la Jornada Mundial de la Juventud en Australia, el 17 de julio de 2008.
§  El descubrimiento de las bellezas naturales.
Hoy me toca a mí. Para algunos puede parecer que, viniendo aquí, hemos llegado al fin del mundo.
Ciertamente, para los de vuestra edad cualquier viaje en avión es una perspectiva excitante. Pero para mí, este vuelo ha sido en cierta medida motivo de aprensión. Sin embargo, la vista de nuestro planeta desde lo alto ha sido verdaderamente magnífica. El relampagueo del Mediterráneo, la magnificencia del desierto norteafricano, la exuberante selva de Asia, la inmensidad del océano Pacífico, el horizonte sobre el que surge y se pone el sol, el majestuoso esplendor de la belleza natural de Australia, todo eso que he podido disfrutar durante dos días, suscita un profundo sentido de temor reverencial. Es como si uno hojeara rápidamente imágenes de la historia de la creación narrada en el Génesis: la luz y las tinieblas, el sol y la luna, las aguas, la tierra y las criaturas vivientes. Todo eso es «bueno» a los ojos de Dios (cf. Gn 1, 1-2. 2,4). Inmersos en tanta belleza, ¿cómo no hacerse eco de las palabras del Salmista que alaba al Creador: «!Qué admirable es tu nombre en toda la tierra!» (Sal 8,2)?
§  El descubrimiento del hombre, creado a imagen  y semejanza de Dios.
Pero hay más, algo difícil de ver desde lo alto de los cielos: hombres y mujeres creados nada menos que a imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1,26). En el centro de la maravilla de la creación estamos nosotros, vosotros y yo, la familia humana «coronada de gloria y majestad» (cf. Sal 8,6). ¡Qué asombroso! Con el Salmista, susurramos: «Qué es el hombre para que te acuerdes de él?» (cf. Sal 8,5). Nosotros, sumidos en el silencio, en un espíritu de gratitud, en el poder de la santidad, reflexionamos.
§  Las heridas que marcan la tierra.
Y ¿qué descubrimos? Quizás con reluctancia llegamos a admitir que también hay heridas que marcan la superficie de la tierra: la erosión, la deforestación, el derroche de los recursos minerales y marinos para alimentar un consumismo insaciable. Algunos de vosotros provienen de islas-estado, cuya existencia misma está amenazada por el aumento del nivel de las aguas; otros de naciones que sufren los efectos de sequías desoladoras. La maravillosa creación de Dios es percibida a veces como algo casi hostil por parte de sus custodios, incluso como algo peligroso. ¿Cómo es posible que lo que es «bueno» pueda aparecer amenazador?
§  Las heridas y cicatrices en la humanidad, junto con los logros del ingenio humano.
Pero hay más aún. ¿Qué decir del hombre, de la cumbre de la creación de Dios? Vemos cada día los logros del ingenio humano. La cualidad y la satisfacción de la vida de la gente crece constantemente de muchas maneras, tanto a causa del progreso de las ciencias médicas y de la aplicación hábil de la tecnología como de la creatividad plasmada en el arte. También entre vosotros hay una disponibilidad atenta para acoger las numerosas oportunidades que se os ofrecen. Algunos de vosotros destacan en los estudios, en el deporte, en la música, la danza o el teatro; otros tienen un agudo sentido de la justicia social y de la ética, y muchos asumen compromisos de servicio y voluntariado. Todos nosotros, jóvenes y ancianos, tenemos momentos en los que la bondad innata de la persona humana -perceptible tal vez en el gesto de un niño pequeño o en la disponibilidad de un adulto para perdonar- nos llena de profunda alegría y gratitud.
Abuso del alcohol y de drogas; exaltación de la violencia  y degradación sexual.
Sin embargo, estos momentos no duran mucho. Por eso, hemos de reflexionar algo más. Y así descubrimos que no sólo el entorno natural, sino también el social -el hábitat que nos creamos nosotros  mismos - tiene sus cicatrices; heridas que indican que algo no está en su sitio. También en nuestra vida personal y en nuestras comunidades podemos encontrar hostilidades a veces peligrosas; un veneno que amenaza corroer lo que es bueno, modificar lo que somos y desviar el objetivo para el que hemos sido creados. Los ejemplos abundan, como bien sabéis. Entre los más evidentes están el abuso de alcohol y de drogas, la exaltación de la violencia y la degradación sexual, presentados a menudo en la televisión e internet como una diversión. Me pregunto cómo uno que estuviera cara a cara con personas que están sufriendo realmente violencia y explotación sexual podría explicar que estas tragedias, representadas de manera virtual, han de considerarse simplemente como «diversión».
Libertad y tolerancia  separadas de la verdad; confusión moral e intelectual; pérdida de la autoestima y desesperación.
Hay también algo siniestro que brota del hecho de que la libertad y la tolerancia están frecuentemente separadas de la verdad. Esto está fomentado por la idea, hoy muy difundida, de que no hay una verdad absoluta que guíe nuestras vidas. El relativismo, dando en la práctica valor a todo, indiscriminadamente, ha hecho que la «experiencia» sea lo más importante de todo. En realidad, las experiencias, separadas de cualquier consideración sobre lo que es bueno o verdadero, pueden llevar, no a una auténtica libertad, sino a una confusión moral o intelectual, a un debilitamiento de los principios, a la pérdida de la autoestima, e incluso a la desesperación.

o   4. La conciencia y el azar

§  La vida no está gobernada por el azar; el ejercicio de la libertad; no dejarse engañar.
Cfr. Benedicto XVI, en la Jornada Mundial de la Juventud en Australia, el 17 de julio de 2008.
Queridos amigos, la vida no está gobernada por el azar, no es casual. Vuestra existencia personal ha sido querida por Dios, bendecida por él y con un objetivo que se le ha dado (cf. Gn 1,28). La vida no es una simple sucesión de hechos y experiencias, por útiles que pudieran ser. Es una búsqueda de lo verdadero, bueno y hermoso. Precisamente para lograr esto hacemos nuestras opciones, ejercemos nuestra libertad y en esto, es decir, en la verdad, el bien y la belleza, encontramos felicidad y alegría. No os dejéis engañar por los que ven en vosotros simplemente consumidores en un mercado de posibilidades indiferenciadas, donde la elección en sí misma se convierte en bien, la novedad se hace pasar como belleza y la experiencia subjetiva suplanta a la verdad.
§  La identidad del hombre está más allá del azar, de las circunstancias y determinismos o de las interacciones físicoquímicas. Las capacidades del hombre. En el ejercicio de su libertad ejerce también su responsabilidad sobre sus actos .
Cfr. Benedicto XVI, Discurso a un Congreso organizado por la Academia de las Ciencias de París y por la Pontificia Academia de las Ciencias, sobre la identidad cambiante del individuo, el 28 de enero de 2008.
“El hombre no es fruto del azar, ni de un conjunto de circunstancias, ni de determinismos, ni de
interacciones fisicoquímicas; es un ser que goza de una libertad que, teniendo en cuenta su naturaleza, la trasciende y es el signo del misterio de alteridad que lo habita. Desde esta perspectiva el gran pensador Pascal decía que «el hombre sobrepasa infinitamente al hombre». Esta libertad, propia del ser humano, hace que pueda orientar su vida hacia un fin, que por sus actos puede orientarse hacia la felicidad a la que está llamado para la eternidad. Esta libertad pone de manifiesto que la existencia del hombre tiene un sentido. En el ejercicio de su auténtica libertad, la persona realiza su vocación; se cumple; da forma a su identidad profunda. En el ejercicio de su libertad ejerce también su responsabilidad sobre sus actos. En este sentido, la dignidad particular del ser humano es al mismo tiempo un don de Dios y la promesa de un porvenir.
El hombre tiene una capacidad específica: discernir lo bueno y el bien. Impresa en él como un sello, la sindéresis le lleva a hacer el bien. Movido por ella, el hombre está llamado a desarrollar su conciencia por la formación y por el ejercicio para orientarse libremente en su existencia, fundándose en las leyes esenciales que son la ley natural y la ley moral. En nuestra época, cuando el desarrollo de las ciencias atrae y seduce por las posibilidades ofrecidas, es más importante que nunca educar las conciencias de nuestros contemporáneos para que la ciencia no se transforme en el criterio del bien, y el hombre sea respetado como centro de la creación y no se convierta en objeto de manipulaciones ideológicas, de decisiones arbitrarias, ni tampoco de abuso de los más fuertes sobre los más débiles. Se trata de peligros cuyas manifestaciones hemos podido conocer a lo largo de la historia humana, y en particular en el siglo XX”.






Vida Cristiana





 Cfr. Raniero Canatalamessa, Meditaciones en la Cuaresma del 2009 al Papa y a la Curia Romana; tercera meditación,
"Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios" (Rm 8, 14). Zenit: 27 de marzo de 2009.
 Jean-Dominique Bauby, La escafandra y la mariposa (relato autobiográfico): «¿Existen en el cosmos llaves que puedan abrir mi escafandra? ¿Una línea de Metro sin final? ¿Una moneda lo bastante fuerte para comprar mi libertad? Hay que buscar en otra parte. Allá voy» (últimas palabras del libro).  Describe las experiencias de su autor después de que sufriera un accidente cardiovascular que le dejó en estado vegetativo.  El relato ha sido llevado al cine. Cfr. Alfa y Omega, Un cine a favor de la vida, n. 619, 19-II-2009.

martes, 3 de octubre de 2017

Cfr. Homilía de Papa Francisco en Santa Marta





[Chiesa/Testi/RemordimientoDeConcienciaExaminarnosSeñorPerdonaFrancisco].

Ø El remordimiento de la conciencia. Homilía de Papa Francisco (28 de septiembre de 2017). Es una gracia sentir que la conciencia nos acusa, nos dice algo. El remordimiento de la conciencia no es un simple acordarse de algo, sino una llaga. Y debemos –permitidme la palabra– “bautizar” la llaga, darle un nombre. ¿Qué hago para quitármela? Examinar tu vida. Tengo este remordimiento de conciencia porque he hecho esto concreto; la concreción. Esa es la verdadera humildad ante Dios, y Dios se conmueve ante lo concreto. Aprender la ciencia, la sabiduría de acusarse a uno mismo. Yo me acuso, siento el dolor de la llaga, hago lo que sea para saber de dónde viene ese síntoma y luego me acuso. No tener miedo de los remordimientos de la conciencia, que son un síntoma de salvación. Al revés, tener miedo de taparlos, de maquillarlos, de disimularlos, de esconderlos... de eso sí. Por tanto, ser claros, y el Señor nos curará. Pidamos al Señor que nos dé la gracia de tener el valor de acusarnos para encaminarnos por la vía del perdón.


v  Cfr. Homilía de Papa Francisco  en Santa Marta

Jueves, 28 de septiembre de 2017 – 25 semana del tiempo ordinario

Del Evangelio de San Lucas (9,7-9) que acabamos de leer, dedicado a la reacción de Herodes ante la predicación de Cristo, podemos aprender a no tener miedo a decir la verdad sobre nuestra vida, siendo conscientes de nuestros pecados, y confesándolos al Señor para  que nos perdone.

«Unos decían que Juan había resucitado, otros que había aparecido Elías, y otros que había vuelto a la vida uno de los antiguos profetas» (Lc 9,8).

Herodes no sabía qué pensar, pero sentía algo dentro, que no era solo curiosidad, sino un remordimiento en el alma, en el corazón, y tenía ganas de ver a Jesús para tranquilizarse. Quería ver milagros realizados por Cristo, pero Jesús no hizo “un circo” delante de él, y entonces lo entregó a Pilato: y Jesús lo pagó con la muerte. De modo que tapó un crimen con otro, su remordimiento
de conciencia con otro crimen, como quien mata por miedo.

Así que, el remordimiento de la conciencia no es un simple acordarse de algo, sino una
llaga. Una llaga que, cuando hemos cometido males en la vida, duele. Pero es una llaga escondida, no se ve; ni siquiera yo la veo, porque me acostumbro a llevarla y luego se adormece. Está ahí, algunos la tocan, pero la llaga está dentro. Y cuando esa llaga duele, sentimos remordimiento. No solo soy consciente de haber hecho mal, sino que lo siento: lo siento en el corazón, lo siento en el cuerpo, en el alma, lo siento en la vida. De ahí la tentación de taparlo para dejarlo de sentir.
           
Pero es una gracia sentir que la conciencia nos acusa, nos dice algo. Además, ninguno de nosotros es santo y todos nos sentimos tentados a mirar los pecados de los demás y no los nuestros, compadeciendo quizá a quien sufre la guerra o a causa de dictadores que matan a la gente. Debemos –permitidme la palabra– “bautizar” la llaga, darle un nombre.

¿Dónde tienes la llaga? ¿Qué hago para quitármela? Lo primero, rezar: Señor, ten piedad de mí que soy un pecador. El Señor escucha tu oración. Luego examinar tu vida. Pero, si no veo cómo ni dónde está ese dolor, de dónde viene, qué síntomas tiene, ¿qué hago? Pide ayuda a alguien que te ayude a sacarla; que salga la llaga y luego darle nombre. Tengo este remordimiento de conciencia porque he hecho esto concreto; la concreción. Esa es la verdadera humildad ante Dios, y Dios se
conmueve ante lo concreto.

Es la concreción que expresan los niños en la confesión. Una concreción de decir lo que se ha hecho, para que salga la verdad. Así se cura. Aprender la ciencia, la sabiduría de acusarse a uno mismo. Yo me acuso, siento el dolor de la llaga, hago lo que sea para saber de dónde viene ese síntoma y luego me acuso. No tener miedo de los remordimientos de la conciencia, que son un
síntoma de salvación. Al revés, tener miedo de taparlos, de maquillarlos, de disimularlos, de esconderlos... de eso sí. Por tanto, ser claros, y el Señor nos curará.

            Pidamos al Señor que nos dé la gracia de tener el valor de acusarnos para encaminarnos por la vía del perdón.





Vida Cristiana

miércoles, 8 de marzo de 2017

La conciencia. Una situación oscura de nuestros tiempos: los seres humanos han perdido la conciencia de poseer un carácter único y se consideran una pieza de una máquina susceptible de ser sustituida por otra similar. Un colapso moral: la pérdida de objetividad de lo que es la vida humana. La subordinación a un sistema en el que la culpa o responsabilidad personal se sustituye por la culpa o responsabilidad colectiva.




1 La conciencia. Una situación oscura de nuestros tiempos: los seres humanos han perdido la conciencia de poseer un carácter único y se consideran una pieza de una máquina susceptible de ser sustituida por otra similar. Un colapso moral: la pérdida de objetividad de lo que es la vida humana. La subordinación a un sistema en el que la culpa o responsabilidad personal se sustituye por la culpa o responsabilidad colectiva. Una situación oscura de nuestros tiempos: los seres humanos han perdido la conciencia de poseer un carácter único. Eichmann no era más que un reflejo de la situación oscura de nuestros tiempos, en la que los seres humanos han ido perdiendo la conciencia de poseer un carácter único, del carácter de “quién” de cada hombre, reducido a individuo, a una pieza de una máquina y, por tanto, susceptible de ser sustituida por otra similar. Cfr. Las claves del holocausto y la «solución del problema judío» por Javier Aranguren, Nuestro Tiempo, Mayo 1999. Eichmann en Jerusalén. Así se titula el libro de Hannah Arendt. La obra llama la atención tanto por su temática como por la profundidad de su contenido. No resulta habitual que un filósofo trate algo tan cercano en el tiempo y al espíritu de la autora como la denominada “solución final del problema judío” y la crónica del juicio que se llevó a cabo contra su ejecutor, Adolf Eichmann. «La única manera de tratar al hombre –y de tratarse a uno mismo– como merece ser tratado es cayendo en la cuenta de que la pluralidad humana es la paradójica pluralidad de los seres únicos» En 1963, Hannah Arendt publica en la revista The New Yorker una serie de artículos sobre el proceso del Estado de Israel contra Adolf Eichmann, un funcionario del gobierno nazi y miembro de las SS que tuvo a su cargo la tarea de deportación masiva de los judíos europeos hacia el Este, donde fueron exterminados. Esta serie de artículos dieron origen al libro sobre el que versan estas líneas, Eichmann en Jerusalén (Lumen, 1999). El libro cuenta con una exhaustiva documentación, gracias a la cual se puede seguir todo el proceso de la “solución” que desde el gobierno alemán se quiso dar al llamado “problema judío”. A excepción de los capítulos centrados en el juicio contra Eichmann, son las etapas de este camino las que estructuran la obra: “Expulsión”, “Concentración , “Asesinato”. Sigue un estudio sobre los hombres que pusieron en marcha el proceso desde un punto de vista técnico (la responsabilidad ideológica cabe achacarla a los jerarcas nazis y, a fin de cuentas, a Hitler) y una descripción de cómo se llevó a cabo y qué actitudes tomaron ante el proceso los países europeos ocupados por los nazis o por los aliados. El libro acaba con una descripción de lo que fueron los “Centros de muerte” y la reacción ante la masacre de algunos testigos. Arendt no se detiene en la descripción de escenas escalofriantes; basta con que de vez en cuando deslice algunas cifras –así lo hace para mostrar la represión en Rumania– para hacer objetiva la realidad de lo ocurrido. La autora no busca impresionar; más bien, quiere dar a entender qué es lo que le pudo ocurrir a la mente del “hombre moderno” – Eichmann sería el arquetipo de esta modalidad de ser humano – para que, en un continente, sobre el papel tan civilizado como el europeo, ocurriera lo que aconteció. Lo certero y sobrio de este análisis convierte la lectura del libro en imprescindible. o Las claves del proceso Era un sujeto “perfectamente normal” El proceso a Eichmann cobró fama en su día por diversos motivos. En primer lugar, por el personaje, un hombre posiblemente responsable de la muerte de varios millones de personas pero que no daba la impresión de ser un monstruo, sino que, como declararon extrañados los psiquiatras que actuaron como peritos en el juicio, era un sujeto “perfectamente normal”. Es más, su comportamiento con la familia y los amigos era envidiable. Al personaje se añade el origen del proceso. Eichmann vivía en Argentina – bajo identidad falsa – y fue secuestrado por agentes del Mosad israelí que se saltaron unas cuantas normas del derecho internacional. Asimismo, llamaba la atención el motivo del proceso, pues el punto de partida no era, como en Nuremberg, los “crímenes contra la Humanidad”, sino los “crímenes contra el pueblo judío”. Por primera vez desde los tiempos del emperador Adriano, el pueblo judío contaba con un territorio y una jurisdicción donde hacer justicia de las ofensas sufridas. Desde este punto de vista, Eichmann se convertía en símbolo de todas las persecuciones padecidas por el pueblo hebreo y, también, una cierta redención de éstas. Arendt plantea ciertas reservas sobre este punto, pero pone de manifiesto la independencia de los jueces, cuyo único interés estribaba, dice, en hacer justicia sobre el caso Eichmann y no sobre el sufrimiento de un pueblo. 2 Un colapso moral: la pérdida de objetividad de lo que es la vida humana También resulta apasionante, desde un punto de vista tanto histórico como político, el análisis de la actitud del pueblo judío: ¿por qué no se rebelaron al Holocausto?, ¿por qué apenas hubo reacciones de resistencia y casi seis millones de personas se entregaron a la muerte?, ¿cuál fue el papel de los jerarcas judíos?, ¿hasta qué punto colaboraron con los nazis al aceptar los guetos, repartir las estrellas amarillas para la ropa?, ¿por qué no crearon una policía propia...? Preguntas como éstas se alzan en el libro y dejan una sensación desazonante: el tema no era tan sencillo como puede parecer a primera vista, pues la pérdida de objetividad de lo que es la vida humana, “el colapso moral que los nazis causaron en la respetable sociedad europea”, en palabras de Arendt, pudo ser una enfermedad de Europa entera, incluyendo al pueblo judío. Por último, y aquí es donde el análisis de la autora se torna especialmente brillante, destacaron en el proceso los motivos que adujo el acusado. El funcionario de las SS, cooperador en la cadena de muerte sistemática cuyo fin último era el exterminio de pueblos – primero los judíos, luego los gitanos, más tarde los polacos...–, puso de relieve en el juicio, y nada parece indicar que mintiera, que en ningún momento había sentido odio o desprecio hacia el pueblo judío; simplemente, “cumplía órdenes, no tenía otra posibilidad, cumplía con mi deber”. En Eichmann hallamos un “hombre normal que, por una serie de circunstancias en las que su voluntad no tomó parte, se vio envuelto en la gran masacre. Fue fruto de la casualidad, no de la culpa. Si no hubiera estado allí, probablemente jamás habría matado y, en vez de haber organizado deportaciones en masa, habría cooperado en cualquier otro trabajo que no hubiera requerido un exceso de imaginación. o Subordinarse al sistema La situación oscura de nuestros tiempos: en la que los seres humanos han ido perdiendo la conciencia de poseer un carácter único, y se consideran una pieza de una máquina susceptible de ser sustituida por otra similar. Eichmann, señala Arendt, hablaba siempre desde clichés, sirviéndose de frases hechas. También lo hizo en el momento de su ejecución. A fin de cuentas, ese hombre no era más que un reflejo de la situación oscura de nuestros tiempos, en la que los seres humanos han ido perdiendo la conciencia de poseer un carácter único, novedoso, del carácter de “quién” de cada hombre, para acabar en una consideración propia del homo faber, en la que el “quién” es reducido a individuo, a elemento de un universal, a una pieza de una máquina y, por tanto, susceptible de ser sustituida por otra similar. Y lo triste no es el hecho de que uno no sea capaz de reconocer en el nacimiento del otro una estricta novedad, abierta a dar cosas que nunca han existido por medio de la “acción de su discurso”, lo triste es, sobre todo, que ni siquiera sabe de sí como origen de novedad. La subordinación a un sistema en el que la culpa personal se sustituye por la “culpa colectiva”. La banalidad del mal, que nace no de la libre acción de un hombre sino que le viene dado desde un puesto anónimo en un sistema anónimo. Eichmann se subordinó plenamente a un sistema –en este caso, además, injusto–, fue un hombre que pretendió ocultar su culpa en una “culpa colectiva”, como si su responsabilidad fuese sustituible por la de cualquier otro alemán que hubiera hecho lo mismo. Trató de ocultar sus actos bajo la excusa de que “actuó como un funcionario y no como un hombre, actuó como si sus funciones pudieran haber sido desarrolladas por cualquier otro. Es como si un criminal señalara a las estadísticas del crimen y declarara que sólo hizo lo que estadísticamente se podría esperar, que resultaba sólo un accidente que fuera él y no otro, ya que siempre alguien tendría que haber hecho ese trabajo”. A fin de cuentas, Eichmann fue un hombre que había renunciado a ser lo que era. De ahí el subtítulo de la obra, Un informe sobre la banalidad del mal. Es decir, ni siquiera el mal que causó era un mal que naciera de la libre acción de un hombre, sino que le vino dado desde un puesto anónimo en un sistema anónimo. Pero, evidentemente, nada le exculpa, pues como ser humano tuvo la posibilidad de haberse negado. El afilado pensamiento de Arendt trasciende el caso concreto y lo convierte en una categoría aplicable a los frutos sociales de la modernidad. En realidad, las preguntas que laten en el fondo de su obra son: ¿cómo pudo ser posible que la raza humana llegara a esa situación?, ¿por qué nadie se enfrentó a ese proyecto?, ¿por qué se llegó tan lejos? Así, se puede señalar que el problema no es si Dios puede existir después de Auschwitz, sino si puede hacerlo el hombre. Si el hombre ha sido capaz de construir cámaras de gas, quizá sea señal de que, como hombre, su depravación ha tocado fondo, anulando toda esperanza de sacar algo positivo de la especie humana y de cada persona. Una duda inquietante: ¿hemos salido de los presupuestos permitieron las ideas nazistas? Dónde estriba la esperanza. 3 La duda inquietante que permanece es si, conjurado el peligro del nazismo, el hombre ha salido de los presupuestos que permitieron la existencia de Hitler, los nazis, sus ideas... Existen algunos ejemplos que pueden llenar de esperanza – la narración centrada en Dinamarca o el caso del sargento Anton Schmidt –, pero, con todo, la visión de Arendt no es muy alentadora. Por eso, cuando expone el origen y la aplicación de las leyes de Hitler a favor de la eutanasia, se acerca – quizá sin saberlo – a una descripción de la sociedad actual; cuando habla de las leyes nazis que prohibían el matrimonio mixto entre judíos y arios, trae a colación la existencia de una ley – idéntica en su fondo – que rige en tiempos del juicio y en Israel: casarse con alguien que no sea hebreo acarreará como consecuencia la pérdida de la nacionalidad. La esperanza estriba en la recuperación del hombre como novedad capaz de acción, capaz de discurso, capaz de diálogo. O, como dice la autora en La condición humana, la esperanza se encuentra en saber que la única manera de tratar al hombre – y de tratarse a uno mismo – como merece ser tratado es cayendo en la cuenta de que la pluralidad humana es la paradójica pluralidad de los seres únicos”. Queda planteado un reto de tal altura moral y antropológica que, en su misma dificultad, permite adivinar su atractivo. Eso sí, la gente que se haya reducido a ser como Eichmann difícilmente podrá avistar el reto. www.parroquiasantamonica.com

La conciencia: algunos puntos del Catecismo de la Iglesia Católica. La dignidad de la persona humana y la rectitud de la conciencia moral. La conciencia puede formar juicios erróneos por ignorancia, que puede ser vencible y culpable, o bien invencible y no culpable.




1 La conciencia: algunos puntos del Catecismo de la Iglesia Católica. La dignidad de la persona humana y la rectitud de la conciencia moral. La conciencia puede formar juicios erróneos por ignorancia, que puede ser vencible y culpable, o bien invencible y no culpable. La conciencia es el núcleo más secreto donde el hombre se encuentra con Dios. o El descubrimiento por parte del hombre de una ley que no se da a sí mismo. • n. 1776: «En lo más profundo de su conciencia el hombre descubre una ley que él no se da a sí mismo, sino a la que debe obedecer y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, llamándole siempre a amar y a hacer el bien y a evitar el mal... El hombre tiene una ley inscrita por Dios en su corazón... La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que está solo con Dios, cuya voz resuena en lo más íntimo de ella» (Concilio Vaticano II, Const. Past. Gaudium et spes, n. 16). La conciencia moral es un juicio de la razón por el que la persona humana reconoce la cualidad moral de un acto concreto que piensa hacer. • n.1778: La conciencia moral es un juicio de la razón por el que la persona humana reconoce la cualidad moral de un acto concreto que piensa hacer, está haciendo o ha hecho. En todo lo que dice y hace, el hombre está obligado a seguir fielmente lo que sabe que es justo y recto. Mediante el dictamen de su conciencia el hombre percibe y reconoce las prescripciones de la ley divina: La conciencia es una ley de nuestro espíritu, pero que va más allá de él, nos da órdenes, significa responsabilidad y deber, temor y esperanza [...] La conciencia es la mensajera del que, tanto en el mundo de la naturaleza como en el de la gracia, a través de un velo nos habla, nos instruye y nos gobierna. La conciencia es el primero de todos los vicarios de Cristo (Juan Enrique Newman, carta al duque de Norfolk, 5). Es preciso prestar mucha atención a la conciencia. • n. 1779: Es preciso que cada uno preste mucha atención a sí mismo para oír y seguir la voz de su conciencia. Esta exigencia de interioridad es tanto más necesaria cuanto que la vida nos impulsa con frecuencia a prescindir de toda reflexión, examen o interiorización: Retorna a tu conciencia, interrógala [...] Retornad, hermanos, al interior, y en todo lo que hagáis mirad al Testigo, Dios (S. Agustín, ep. Jo. 8, 9). La dignidad de la persona humana implica y exige la rectitud de la conciencia moral. • n. 1780: La dignidad de la persona humana implica y exige la rectitud de la conciencia moral. La conciencia moral comprende la percepción de los principios de la moralidad («sindéresis»), su aplicación a las circunstancias concretas mediante un discernimiento práctico de las razones y de los bienes, y en definitiva el juicio formado sobre los actos concretos que se van a realizar o se han realizado. La verdad sobre el bien moral, declarada en la ley de la razón, es reconocida práctica y concretamente por el dictamen prudente de la conciencia. Se llama prudente al hombre que elige conforme a este dictamen o juicio. Es necesaria la formación de la conciencia, para que sea recta y verdadera. o Por qué es indispensable a los seres humanos la formación de la conciencia. • n. 1783: La formación de la conciencia - Hay que formar la conciencia, y esclarecer el juicio moral. Una conciencia bien formada es recta y veraz. Formula sus juicios según la razón, conforme al bien verdadero querido por la sabiduría del Creador. La educación de la conciencia es indispensable a seres humanos sometidos a influencias negativas y tentados por el pecado a preferir su propio juicio y a rechazar las enseñanzas autorizadas. o La educación de la conciencia es una tarea de toda la vida. • n. 1784: La educación de la conciencia es una tarea de toda la vida. Desde los primeros años despierta al niño al conocimiento y la práctica de la ley interior reconocida por la conciencia moral. Una educación 2 prudente enseña la virtud; preserva o sana del miedo, del egoísmo y del orgullo, de los insanos sentimientos de culpabilidad y de los movimientos de complacencia, nacidos de la debilidad y de las faltas humanas. ö La educación de la conciencia garantiza la libertad y engendra la paz del corazón. o En la formación de la conciencia, la Palabra de Dios es la luz de nuestro caminar; es preciso que la asimilemos en la fe y la oración, y la pongamos en práctica. • n. 1785: En la formación de la conciencia, la Palabra de Dios es la luz de nuestro caminar; es preciso que la asimilemos en la fe y la oración, y la pongamos en práctica. Es preciso también que examinemos nuestra conciencia atendiendo a la cruz del Señor. Estamos asistidos por los dones del Espíritu Santo, ö ayudados por el testimonio o los consejos de otros y guiados por la enseñanza autorizada de la Iglesia (Cf Concilio Vaticano II, Decl. Dignitatis humanae 14). Cuando la conciencia está afectada por la ignorancia (vencible o invencible). El juicio erróneo. • n. 1790: La persona humana debe obedecer siempre el juicio cierto de su conciencia. Si obrase deliberadamente contra este último, se condenaría a sí mismo. Pero sucede que la conciencia moral puede estar afectada por la ignorancia y puede formar juicios erróneos sobre actos proyectados o ya cometidos. o La ignorancia puede ser imputada a la responsabilidad personal. • n. 1791: Esta ignorancia puede con frecuencia ser imputada a la responsabilidad personal. Así sucede «cuando el hombre no se preocupa de buscar la verdad y el bien y, poco a poco, por el hábito del pecado, la conciencia se queda casi ciega» (Concilio Vaticano II, Const. past. Gaudium et spes, 16). En estos casos, la persona es culpable del mal que comete. • n. 1792: El desconocimiento de Cristo y de su Evangelio, los malos ejemplos recibidos de otros, la servidumbre de las pasiones, la pretensión de una mal entendida autonomía de la conciencia, el rechazo de la autoridad de la Iglesia y de su enseñanza, la falta de conversión y de caridad pueden conducir a desviaciones del juicio en la conducta moral. o La ignorancia puede ser invencible, es decir, no es imputada a la responsabilidad personal. • n.1793: Si por el contrario, la ignorancia es invencible, o el juicio erróneo sin responsabilidad del sujeto moral, el mal cometido por la persona no puede serle imputado. Pero no deja de ser un mal, una privación, un desorden. Por tanto, es preciso trabajar por corregir la conciencia moral de sus errores. www.parroquiasantamonica.com

La conciencia. Está grabada en el corazón mismo de la persona. Es una pieza necesaria de la estructura psicológica del hombre, es el desarrollo lógico de la inteligencia, no es un pegote. La tragedia de Macbeth.




1 La conciencia. Está grabada en el corazón mismo de la persona. Es una pieza necesaria de la estructura psicológica del hombre, es el desarrollo lógico de la inteligencia, no es un pegote. La tragedia de Macbeth. Cfr. José Ramón Ayllón, Ética razonada, Palabra 2004, 5ª ed. Cap. 4. La conciencia pp. 41-48 ¡Baja, horrenda noche, y cúbrete bajo el palio de la más espesa humareda del infierno! ¡Que mi afilado puñal oculte la herida que va a abrir y que el cielo, espiándome a través de la abertura de las tinieblas, no pueda gritarme: basta, basta! (SHAKESPEARE, La tragedia de Macbeth) o Una brújula para el bien pp. 41-42 Instrumento que señala el rumbo, distingue el bien del mal. Es la misma inteligencia que juzga sobre la moralidad de nuestros actos. Sabemos que por ser libres estamos obligados a elegir, pero no estamos obligados a acertar. Por eso necesitamos una brújula que nos oriente en la azarosa navegación de la vida. Si en el primer tema dijimos que esa brújula es la ética, esa respuesta es muy general. Ahora damos un paso más al identificar a la conciencia como el instrumento ético que se encarga de señalar el rumbo, de distinguir el bien y el mal. La conciencia es la misma inteligencia que juzga sobre la moralidad de nuestros actos. Por tanto, no se trata de una voz misteriosa ni de un oráculo profético: es, simplemente, la razón que juzga la bondad o maldad de nuestras acciones. La conciencia no echa en cara ser mal deportista o mal dibujante; su juicio es absoluto: eres malo. Por la presencia de ese criterio absoluto intuye el hombre su dignidad absoluta. Por eso entendemos a Tomás Moro cuando escribía a su hija Margaret, antes de ser decapitado: «Esta es de ese tipo de situaciones en las que un hombre puede perder su cabeza y aun así no ser dañado». La conciencia es exigencia de nosotros mismos a nosotros mismos, no es una imposición externa. La conciencia se presenta como exigencia de nosotros a nosotros mismos. No es una imposición externa: ni la fuerza de la ley, ni el peso de la opinión pública, ni el consejo de los más cercanos. Cuando el poderoso Critón ofrece a Sócrates la posibilidad de escapar de la cárcel y de la muerte, se encuentra con una negativa rotunda, porque las razones que le impiden huir «resuenan dentro de mi alma haciéndome insensible a otras». En la historia de quienes tomaron decisiones de vida o muerte tampoco se aprecia una previa inclinación a la disidencia. No les guía el afán de rebeldía, sino el pacífico convencimiento de que hay cosas que no se pueden hacer. «He desobedecido a la ley», dirá Gandhi, «no por querer faltar a la autoridad, sino por obedecer a la ley más importante de nuestra vida: la voz de la conciencia». Un párrafo de Harper Lee: en la novela Matar un ruiseñor, el abogado Atticus Finch defiende a un muchacho negro acusado injustamente de haber violado a una chica blanca. Pero toda la ciudad, donde los prejuicios racistas son fuertes, se le echa encima. También su hija le reprocha su conducta, contraria a lo que todos piensan. Atticus, al responder a la niña, ofrece uno de los argumentos más elegantes sobre la dignidad de la persona: «Tienen derecho a creerlo, y tienen derecho a que se respeten por completo sus opiniones, pero antes de poder vivir con los demás tengo que vivir conmigo mismo: la única cosa que no se rige por la regla de la mayoría es la propia conciencia». o Y un freno para el mal pp. 43-44 Un animal lucha con lo que tiene: dientes, garras, veneno. En cambio, el animal racional lucha con lo que tiene - uñas y dientes - y con lo que inventa: garrotes, arcos, espadas, aviones, submarinos, gases, bombas. Para bien y para mal, la inteligencia desborda los cauces del instinto animal y complica extraordinariamente los caminos de la criatura humana. 2 Está presente en todas las grandes tradiciones culturales, se manifiesta a diario en la opinión pública. En la cultura cristiana: santuario del alma donde se escucha la voz de Dios. Pero la misma inteligencia, consciente de su doble posibilidad, ejerce un eficaz autocontrol sobre sus propios actos. Las grandes tradiciones culturales de la humanidad, desde Confucio y Sócrates, han llamado conciencia moral a ese muro de contención del mal, y le han otorgado el máximo rango entre las cualidades humanas. Así, toda la cultura cristiana es unánime al considerar la conciencia como el santuario del alma donde se escucha la voz de Dios. Confucio define la conciencia con palabras sencillas y exactas: luz de la inteligencia para distinguir el bien y el mal. Un repaso a la historia revela que este sexto sentido del bien y del mal, de lo justo y de lo injusto, se encuentra en todos los individuos y en todas las sociedades. También se manifiesta a diario en la opinión pública tomada en conjunto, con una energía que disipa cualquier duda sobre su presencia: no se puede hablar dos minutos con alguien, o abrir un periódico, sin encontrarse con que se denuncia un abuso o se protesta contra una injusticia. Hablan Hamlet y Raskolnikov: Yo soy medianamente bueno, y, con todo, de tales cosas podría acusarme, que más valiera que mi madre no me hubiese echado al mundo. Soy muy soberbio, ambicioso y vengativo, con más pecados sobre mi cabeza que pensamientos para concebirlos, fantasía para darles forma o tiempo para llevarlos a ejecución. ¿Por qué han de existir individuos como yo para arrastrarse entre los cielos y la tierra? (Shakespeare, Hamlet). ¿Mi crimen? ¿Qué crimen? ¿Es un crimen matar a un parásito vil y nocivo? No puedo concebir que sea más glorioso bombardear una ciudad sitiada que matar a hachazos. Ahora comprendo menos que nunca que pueda llamarse crimen a mi acción. Tengo la conciencia tranquila. (Dostoiewski, Crimen y castigo). o Una pieza insustituible pp. 44-45 La conciencia está grabada en el corazón mismo de la persona No es correcto concebir la conciencia como un código de conducta impuesto por padres y educadores, algo así como un lavado de cerebro que pretende asegurar la obediencia y salva guardar la convivencia pacífica. En cierta medida, la conciencia es fruto de la educación familiar y escolar, pero sus raíces son más profundas: está grabada en el corazón mismo de la persona. La conciencia es una pieza necesaria de la estructura psicológica del hombre, es el desarrollo lógico de la inteligencia, no es un pegote. La conciencia es una pieza necesaria de la estructura psicológica del hombre. También hemos sido educados para tener amigos y trabajar, pero la amistad y el trabajo no son inventos educativos sino necesidades naturales: debemos obrar en conciencia, trabajar y tener amigos porque, de lo contrario, no obramos como hombres. Si tenemos pulmones, ¿podríamos vivir sin respirar? Si tenemos inteligencia, ¿podríamos impedir sus juicios éticos? Desde este planteamiento se entiende que la conciencia moral, lejos de ser un bello invento, es el desarrollo lógico de la inteligencia, pertenece a la esencia humana, no es un pegote, forma parte de la estructura psicológica de la persona. No podemos olvidar que el juicio moral no es un juicio sobre un mundo de fantasía, sino sobre el mundo real. Puedes impedir el juicio de conciencia, y también puedes negarte a comer, conducir y cerrar los ojos. Lo que no puedes es pretender que los ojos, el alimento y los juicios morales sean cosas de poca monta, sin grave repercusión sobre tu propia vida. Un actor, un médico y un estadista: «Vivo mejor con la conciencia tranquila que con una buena cuenta corriente» (Tom Cruise). «Es mucho menos pesado tener a un niño en brazos que cargarlo sobre la conciencia» (Jèrôme Lejeune). «He desobedecido a la ley no por querer faltar a la autoridad, sino por obede cer a la ley más importante de nuestra vida: la voz de la conciencia» (Gandhi). o Educación de la conciencia pp. 45-46 Aunque no todas las decisiones en conciencia sean correctas, la conciencia nos hace libres. No se puede obligar a nadie a obrar contra su conciencia. 3 Al estar en la raíz de toda elección moral, la conciencia nos hace libres. Por eso, un principio moral básico es no obligar a nadie a obrar contra su conciencia. Esto no significa que todas las decisiones que se toman en conciencia sean correctas, puesto que la conciencia no es infalible: también se engaña y en ocasiones puede estar corrompida. Incluso con muy buena voluntad, todos podemos equivocamos por falta de datos, por la complejidad del problema, por un prejuicio invencible. Entonces será bueno que desde fuera, sin obligarnos a ver lo que no vemos, nos ayuden a ver nuestra equivocación. Como cualquier instrumento, la conciencia puede funcionar correctamente o con error. Aunque se encuentra en todos los in dividuos y en todas las sociedades, su medición siempre corre peligro de ser falseada por el peso de los intereses, las pasiones, los prejuicios, las modas. De hecho, parece un instrumento tan sólido como difícil de regular, como un reloj que, sin dejar de funcionar, tampoco marca la hora exacta. Sobre la necesidad de educar la conciencia desde la niñez. Las tres reglas de oro. Por eso, ante la necesidad de decidir moralmente, resulta necesario educar la conciencia. Una educación que debe empezar en la niñez y no interrumpirse, pues ha de aplicar los principios morales a la multiplicidad de situaciones de la vida. Una educación necesaria, pues los seres humanos estamos siempre sometidos a influencias negativas. Una educación que lleva consigo el equilibrio personal y que supone respetar tres reglas de oro: hacer el bien y evitar el mal; no hacer a nadie lo que no queremos que nos hagan a nosotros; no hacer el mal para obtener un bien. Una idea de Gustave Thibon: la grandeza del hombre consiste en no poder ahogar la voz de su conciencia, y su miseria estriba en encontrar instintivamente (lo que no quiere decir inocentemente) las desviaciones más fáciles para aplacar esta conciencia con pocos gastos. o Contra la conciencia pp. 46-47 «Sin conciencia no habría sentimiento de culpa, y sin sentimiento de culpa viviríamos felices». Así razonan los que intentan suprimir la conciencia, como si fuera un residuo anacrónico de épocas ya superadas. Pero su pretensión es tan antigua como Caín. Desde el punto de vista teórico fue brillantemente defendida por los sofistas griegos y por Nietzsche. Algunos sofistas del siglo V a.C; propugnaron una conducta humana al margen de la justicia y de la moral. Frente a ellos, Sócrates afirmó que la medida de todas las cosas no debe estar en el hombre, sino en Dios. Por eso, desde Sócrates, la conciencia ha sido considerada como la misma voz de Dios, que habla al hombre por medio de su inteligencia. Nietzsche, en la segunda mitad del XIX, se propone pasar a la historia como el provocador de un conflicto de conciencia de proporciones universales: «Hasta ahora no se ha experimentado la más mínima duda o vacilación al establecer que lo bueno tiene un valor superior a lo malo. ¿Y si fuera verdad lo contrario?». Para lograr esa inversión de todos los valores debe arrancarlos de su raíz fundamental. Así se entiende su obsesión por decretar la muerte de Dios: «Ahora es cuando la montaña del acontecer humano se agita con dolores de parto. ¡Dios ha muerto: viva el superhombre! ». La conclusión de Nietzsche es coherente: si Dios no existe, todo le está permitido al hombre. Ya lo había dicho Dostoiewski. En el mismo sentido, diversos pensadores han afirmado que contra la libertad de asesinar no existe, a fin de cuentas, más que un argumento de carácter religioso. Porque la imposibilidad de matar a un hombre no es física: es una imposibilidad moral que nace al descubrir cierto carácter absoluto en la criatura finita, la imagen y los derechos de su Creador. o La tragedia de Macbeth pp. 47-48 La inversión de valores no es un invento de Nietzsche. Cualquier justificación de la injusticia - piénsese en las razones de los terroristas - apunta hacia esa meta. Es la propuesta de las brujas que incitan a Macbeth al asesinato. Su lema es: «Lo bello es feo, y lo feo es bello». Por tanto, se puede pisotear la conciencia. Y Macbeth, con la complicidad de su mujer, asesina a su rey. Pero no le salen las cuentas. La conciencia pisoteada se revuelve contra él y le produce la picadura venenosa del remordimiento: «¡Oh, amor mío, mi mente está llena de escorpiones!». Macbeth, la inolvidable tragedia de Shakespeare, es un retrato del hombre perdido en el vértigo de una pasión, ahogado en su propia inversión de valores. De forma casi vertiginosa, el protagonista y su mujer se ven envueltos y absorbidos por su culpabilidad progresiva, al intentar 4 alcanzar a cualquier precio el poder. Shakespeare nos muestra la tragedia de dos personas con ambición sin límites. Más en concreto, la obra es una reflexión sobre la naturaleza de la conciencia y las consecuencias de su transgresión. Macbeth siente su propia conciencia como un «potro de tortura» insoportable, y entonces empieza a desear no haber nacido, y «que la máquina del universo estalle para siempre en mil pedazos». Su mujer le anima a resistir: «Que se bloqueen todas las puertas al remordimiento», porque «si damos a esto tanta importancia, nos volveremos locos». Palabras que se cumplieron en ella al pie de la letra: muere loca, obsesionada porque «aún queda olor a sangre. Ni todos los perfumes de Arabia perfumarían esta pequeña mano». Al final de la tragedia, Macbeth sentencia que «la vida es un cuento sin sentido narrado por un idiota». Los grandes personajes literarios que han intentado sepultar la conciencia - entre otros, Macbeth, Rodian Raskolnikov en Crimen y castigo, Lobo Larsen en El lobo de mar - han pagado siempre las consecuencias de sus propios actos. Sus vidas trágicas nos enseñan que nadie debe amordazar la conciencia con la esperanza de triunfar, pues fuera de la ley moral no se hacen más grandes: al contrario, se sienten atrapados en un cerco que cada vez se estrecha más. El hombre sin conciencia suele acabar como una bestia acorralada. www.parroquiasantamonica.com

La conciencia y el conformismo. A veces malvendemos la conciencia por la llamada de una Sirena, por la ilusión de una propuesta, y renunciamos a la dignidad del alma.




La conciencia y el conformismo. A veces malvendemos la conciencia por la llamada de una Sirena, por la ilusión de una propuesta, y renunciamos a la dignidad del alma. Cfr. El alma no os la doy Gianfranco Ravasi, Avvenire 8 de febrero de 2005 “Áquel un brazo, este otro una pierna, una oreja, la espalda, y éste, un ojo. Estamos recogiendo todas las partes del cuerpo”. “¿Y tú que tienes?” Me examinó atentamente, yo estaba desnudo. “¿Tú que cosa nos das? ¿El alma?” “No – le dije – el alma no te la doy”. Esta parábola surrealista por desgracia es consecuencia de una experiencia dramática, genuina. Es la de Varlam Shalamov, escritor ruso, deportado en la mineras de oro de Siberia ( sus Cuentos de Kolyma 1 describen este hecho), que después fue internado en una cárcel e más tarde en un manicomio, donde morirá en 1982, a 75 años. Ante el torturador estalinista que le pide el alma, Shalamov opone un neto y absoluto rechazo: está preparado para dar un órgano y hasta el cuerpo entero, pero no cederá su interioridad, intransitable para toda dictadura, indisponible para toda tortura. Es un testimonio ejemplar que hemos querido reservar para el inicio de la cuaresma, el tiempo de la seriedad, del alma, de la dignidad espiritual y moral reconquistada. «Me habéis robado la tierra, el caballo, la mujer. Pero no conseguiréis jamás robarme el alma». La frase que Toro Sentado dirigió a los invasores blancos de su tierra va en la misma línea de la del escritor ruso y es un aviso severo para nosotros. Frecuentemente, en efecto, estamos preparados para intercambiar el alma por un triunfo, una posesión, un placer. ¡Si por lo menos estuviésemos preparados para enajenar nuestro espíritu por un segundo de eternidad como hace el Faust de Goethe! No, malvendemos la conciencia para obtener a cambio realidades más bien modestas; no sufrimos torturas como las de las víctimas de la opresión - que incluso permanecen inquebrantables – sino que es suficiente la llamada de una Sirena, la ilusión de una propuesta, para que renunciemos a la dignidad del alma, a su libertad, a su pureza, a su decoro, a sus valores. www.parroquiasantamonica.com 1 Kolyma es una desolada región pantanosa y con abundantes hielos, en el límite extremo nororiental de Siberia. El verano dura poco más de un mes, y el resto es invierno, con una temperatura que puede llegar a sesenta grados bajo cero. Al final de los años veinte del siglo pasado, fueron deportados allí algunos millones de personas. Shalamov llegó allí en 1937 y estuvo hasta 1953.

Fe y libertad de conciencia. La fe de los pastores católicos en la Europa comunista: el testimonio 20 años después. Gran cantidad de fieles, incluidos algunos pastores, pagaron con la muerte la defensa de la libertad de conciencia y de la fe.




1 Fe y libertad de conciencia. La fe de los pastores católicos en la Europa comunista: el testimonio 20 años después. Gran cantidad de fieles, incluidos algunos pastores, pagaron con la muerte la defensa de la libertad de conciencia y de la fe. Cfr. Obispos de acero Alfa y Omega, n. 655, 17 septiembre 2009 Todavía hay quien levanta la mano, puño en alto, y canta La Internacional, sin acordarse de la gran cantidad de muertos que provocó la búsqueda del llamado paraíso socialista en el siglo XX. Especialmente en los países del Este de Europa, el levantamiento del Telón de acero trajo consigo mucho sufrimiento, y se ensañó brutalmente con aquellos que defendían la libertad de conciencia y la fe. Muchos católicos se negaron a negar a Cristo, y una gran cantidad de fieles lo pagaron con la muerte, incluidos algunos de sus pastores. Veinte años después de la caída del Telón de acero, las historias de los sucesores de los Apóstoles que ofrecieron la resistencia de la verdad y de la fe ante la apisonadora socialista siguen siendo ejemplo y testimonio El cardenal rumano Alexandru Todea rompe a llorar al recibir el abrazo del Santo Padre. Toda una vida de fidelidad a la Iglesia católica De los 100 millones de muertos que ha traído consigo el comunismo desde que triunfó la revolución soviética en 1917, una gran parte de ellos corresponde a ciudadanos de los países del Este de Europa, que se vieron atrapados tras el Telón de acero en 1945. La apisonadora comunista invadió multitud de países y envenenó la sociedad y la política, pero ante su avance fueron muchos los que se negaron a que también su conciencia fuera sepultada bajo la ideología. Entre ellos, muchos cristianos y católicos, fieles laicos y pastores, que pagaron su fidelidad a la fe en Cristo con cárcel, torturas, deportaciones, y hasta con su propia vida. No se libró nadie, ni siquiera obispos ni cardenales, y muchos de ellos sufrieron en carne propia las consecuencias de oponerse a la ideología socialista. Recientemente, tuvo lugar, en Zagreb (Croacia), el encuentro La misión de la Iglesia en los países del Centro-Este europeo, a veinte años de la caída del sistema comunista. El cardenal Josip Bozanic , arzobispo de Zagreb, quien presidió el encuentro, afirmó que «el Telón de acero es la imagen de la división, de la fractura, del alejamiento y del egoísmo. Lo puso el hombre que quería impedir el acceso al hombre, pero su objetivo era mucho más profundo: impedir que la mirada del hombre se dirigiera hacia Dios y pudiera conocer su amor». La Iglesia se revelaba en aquel contexto como el último baluarte de la conciencia y de la libertad del hombre, el único ámbito que ofrecía resistencia al nuevo diseño de sociedad que trataban de implantar los comunistas. Las acusaciones eran siempre las mismas: traición a los nuevos amos del Estado y antipatriotismo (por colaborar con un régimen extranjero, como pensaban que era el Vaticano), 2 y habitualmente venían acompañadas de mentiras, como la colaboración con los nazis en el pasado. En muchos países, decretaron por ley la desaparición de la Iglesia católica, y no dudaron en coaccionar a obispos y sacerdotes para que se pasasen a la Iglesia ortodoxa, más manejable para ellos. El encuentro de Zagreb coincidió con el aniversario de la beatificación del cardenal Alojzije Stepinac, arzobispo de la capital croata, a quien Pío XII definió como «el prelado más grande de la Iglesia católica». Durante 15 meses, las autoridades comunistas intentaron convencerlo para que liderara la separación de la Iglesia católica y la formación de una especie de Iglesia patriótica, más cercana al Partido Comunista. Finalmente, ante sus reiteradas negativas, fue detenido el 18 de septiembre de 1946, y fue condenado a 16 años de trabajos forzados. El caso suscitó multitud de protestas a nivel internacional, y el Gobierno de Tito le ofreció la posibilidad de dejar la prisión a cambio de abandonar el país, pero el cardenal Stepinac se negó. Al final, se decidió que quedara bajo arresto domiciliario, custodiado por una treintena de policías. Así pasó 9 años, hasta que, el 10 de febrero de 1960, murió, entre graves sospechas de haber sido envenenado por los comunistas. Juan Pablo II lo beatificó en 1999. o Vencido, vence Al cardenal Alojzije Stepinac, el cardenal Mindszenty le llamaba mi cardenal hermano, por los sufrimientos compartidos que habían tenido que padecer ambos bajo el dominio comunista. Nacido en Hungría, József Mindszenty llevó una vida de película de terror; de hecho, en 1955 se estrenó The prisoner, protagonizada por Alec Guinness y basada en la vida del purpurado, por aquel entonces recluido en la cárcel por el régimen comunista húngaro. El cardenal Mindszenty se enfrentó con los invasores nazis, primero, y con el régimen comunista, después, lo que le llevó a la cárcel, apenas tres años después de finalizada la Segunda Guerra Mundial. El 26 de diciembre de 1948, le detuvieron. Nada más llegar a la cárcel, le quitaron el traje talar, le desnudaron y le dieron un traje a rayas, mientras le decían entre risas: ¡Eh, perro, hemos estado esperando esto desde hace mucho tiempo! Se negó a firmar una declaración que le autoinculpaba, y los guardias le desnudaron y comenzaron a golpearle con porras hasta que perdió el conocimiento. Mientras le pegaban, el cardenal Mindszenty rezaba los salmos: ¡Señor, que me acosan, sal fiador por mí! Así pasó el primer día de cautiverio. Lo que siguió fue un largo período de siete años de acoso, humillaciones y falsos juicios, pero en sus Memorias, el cardenal Mindszenty define la cárcel como una escuela de oración: «En el interior de los hombres recluidos en las celdas alienta en lo más profundo la nostalgia de Dios». En 1956, durante la revolución contra el régimen comunista, fue liberado, y Mindszenty se refugió en la embajada de Estados Unidos en Budapest hasta 1971. De allí saldría con lágrimas en los ojos: Pablo VI le pidió prestar un servicio a la Iglesia en Hungría abandonando la embajada y saliendo al exilio, para así atender a una mejor relación de la Iglesia con las autoridades húngaras. Mindszenty no quería abandonar su país ni a sus fieles, en un momento en que la guerra fría hacía sentir con más fuerza la bota soviética. Pero al final obedeció, y el 28 de septiembre de 1971 partió rumbo al exilio. Nada más 3 llegar a Roma, Pablo VI le recibió en el Vaticano, y al verlo se quitó la cruz pectoral y se la colgó sobre los hombros al cardenal húngaro, un homenaje al nuevo sacrificio que había tenido que hacer. Durante toda su reclusión, llevó consigo una estampa que representaba a Cristo con la corona de espinas, y la siguiente leyenda: Devictus vincit (Vencido, vence). En sus Memorias, escribe: «Aún hoy esta imagen es mi constante compañera. La primera parte de la leyenda, ser vencido, se ha cumplido en mi vida; la esperanza de la victoria está en el futuro, en manos de Dios». o A los pies del Papa El cardenal Stepinac, conducido a uno de sus juicios El intento de separar a los católicos de la obediencia a Roma fue la obsesión de los comunistas. Tras la invasión de Ucrania en 1944, los rusos intentaron que ortodoxos y católicos se unieran al Patriarcado de Moscú, a los que el cardenal Slipyj, metropolita de Lvov (Ucrania), se negó en redondo. Fue arrestado el 12 de abril de 1945; tras el juicio, celebrado esa misma noche, fue condenado a ocho años de trabajos forzosos y deportado al gulag de Maryjinsk, a la altura del círculo polar ártico, y de allí fue enviado a otros campos, en todos los cuales asistió a las necesidades espirituales de sus fieles y celebró numerosos bautizos. Por su actividad pastoral en prisión fue condenado nuevamente, esta vez por tiempo indefinido; y luego otra vez más, por utilizar penicilina para curarse de una afección pulmonar. Moscú trató por todos los medios de vencer la fidelidad de Slipyj a Roma, pero no lo consiguió. Al otro lado del Telón de acero, Juan XXIII intentó la vía diplomática para obtener su liberación, hasta el punto de que su caso fue tratado en conversaciones de Kruschev y Kennedy. Finalmente, en 1963, después de 18 años en prisión, el cardenal Silpyj fue liberado y obligado a exiliarse. Al llegar a Roma fue recibido por Juan XXIII. Cuando el Papa bueno trató de abrazarlo, Slipyj se arrodilló ante él y le besó los pies: un signo de la fidelidad al Papa y a la Iglesia católica en la que había vivido durante toda su reclusión. o Jefe de la brigada de limpieza La obsesión de Stalin de prohibir la Iglesia católica en Ucrania fue copiada por varios países de la órbita comunista. En Rumanía, el régimen emitió un decreto en el que extinguía la Iglesia católica y la incorporaba a la Iglesia ortodoxa rumana. Numerosos sacerdotes fueron arrestados por permanecer fieles a Roma, acusados de actividades antidemocráticas, entre ellos el cardenal Iuliu Hossu, que pasó dieciséis años encarcelado. Cuando le ofrecieron abandonar el país y marcharse al exilio, respondió: «Yo me quedo aquí, en mi país, para compartir el destino de mis hermanos, de mis sacerdotes y de mis fieles. No les puedo abandonar». Pasó por diversas cárceles y luego fue confinado en su casa bajo arresto domiciliario. En 1970, en un hospital de Bucarest, se despedía así del cardenal Todea, quien le sucedió al frente de la Iglesia católica en Rumanía: «Mi lucha ha terminado, comienza la suya». El cardenal Alexandru Todea fue 4 ordenado obispo clandestinamente en 1950, y sólo un año después fue arrestado y condenado a prisión. Contaba con humor cómo, en una ocasión, compartió una celda con cinco obispos y otros ocho sacerdotes, y le nombraron jefe de la brigada de limpieza del baño. Pero, en realidad, su paso por la cárcel fe muy duro; le acusaban de ser un siervo del Vaticano y enemigo del comunismo, una amenaza para la felicidad del pueblo. En 1964, una política más aperturista de Bucarest, por motivos de necesidad económica, obligó al régimen a limpiar un poco su imagen de cara al exterior. Todea fue liberado, pero se le prohibió ejercer su ministerio, algo que el cardenal ignoró por completo, y desde la clandestinidad trabajó por levantar la Iglesia católica en Rumanía. Sus esfuerzos se vieron especialmente reconocidos con ocasión de la histórica visita del Papa Juan Pablo II a Rumanía en 1999; el cardenal Todea, ya muy enfermo, estaba sentado en su silla de ruedas y el Papa se acercó a él para abrazarlo al final de la misa. Todea se echó a llorar y todos los fieles reunidos en la catedral estallaron en un largo y emocionante aplauso. o En la Cruz está la fuerza El cardenal Iuliu Hossu, en prisión La persecución contra la Iglesia en la antigua Checoslovaquia también fue implacable. Nada más llegar los comunistas, cerraron las escuelas, los periódicos y las editoriales católicas. En la noche del 13 de abril de 1950, fueron clausurados todos los conventos y monasterios, y se declararon extintas todas las Órdenes religiosas: miles de personas fueron puestas, literalmente, en la calle. El cardenal Jan Korec, jesuita, cuenta cómo se vio obligado a desempeñar diversos trabajos: operario en una fábrica, bibliotecario, barrendero..., hasta que en 1961 fue detenido y condenado a 12 años de prisión. Un recorrido similar siguió el cardenal Miloslav Vlk, en la actualidad arzobispo de Praga; después de ser ordenado, los comunistas le enviaron a las montañas, hasta que en 1978 le prohibieron ejercer sus funciones sacerdotales. Durante diez años, hasta poco antes de la caída del Muro de Berlín, trabajó en una fábrica de automóviles, y también como limpiacristales y archivero. En todos estos puestos aprovechaba para confesar a quien se lo pidiera y dar una palabra de fe: «La fe me acompañaba con su paz, incluso durante mi trabajo de limpiacristales por las calles de Praga. Durante casi diez años recorrí esas calles, con frío o con calor, sostenido por la fe». Tanto Korec como Vlk tuvieron unos ejemplares predecesores en el cardenal Beran, que se vio obligado a exiliarse en Roma en 1965, y el cardenal Tomasek, quien durante todo su ministerio entabló un fuerte pulso con el régimen político. Después de la caída del Muro de Berlín, el cardenal Tomasek afirmaba: «Estoy convencido de que donde está la Cruz de Cristo está la fuerza y la victoria. La Iglesia es suya, y Él sabe encontrar los caminos para guiarla, incluso dejándola sufrir por un tiempo. Pienso también que una verdadera vida cristiana es el mejor testimonio en una sociedad socialista». Su testimonio, como los de los cardenales que lo acompañan en estas páginas, así como la de tantos y tantos otros fieles católicos, es un ejemplo todavía hoy. Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo 5 La resistencia de los católicos en Polonia o La revolución del Papa polaco La Iglesia en Polonia es un caso especial entre los países de la órbita comunista. Si bien los católicos polacos padecieron los mismos sufrimientos que los fieles de los países vecinos, también tuvieron la dicha de ver cómo, en 1978, Dios eligió para la sede de Pedro a uno de sus pastores. El cardenal Wojtyla tuvo un buen ejemplo en el testimonio sufriente del cardenal Wiszynski, Primado de la Iglesia en Polonia y que fue encarcelado por los comunistas de 1953 a 1956. «Lo que he pasado en estos tres años -llegó a afirmar Wiszynski- lo sabe Dios; los hombres es mejor que lo ignoren». Fue precisamente Wiszynski el que pidió al cardenal Wojtyla, tras su elección como Papa, que introdujera a la Iglesia en el tercer milenio. El hecho de que el nuevo Papa saliera del otro lado del Telón de acero supuso para la Iglesia una novedad de trascendencia histórica. El periodista George Weigel, biógrafo de Juan Pablo II, declara a Alfa y Omega que «la elección de Karol Wojtyla fue un acontecimiento decisivo en el colapso del comunismo en Europa». Para Weigel, todo comenzó en junio de 1979, en la primera visita pastoral que Juan Pablo II hizo como Papa a su tierra natal: «Juan Pablo II inició una revolución de las conciencias que fue crucial para dar forma a los hechos que condujeron a la caída del Muro de Berlín en 1989. A causa de su propia incapacidad, el comunismo habría caído sin que fuera necesario un Papa polaco, pero no habría caído en 1989. Fue Juan Pablo II el que hizo que 1989 sucediera como sucedió, y de la forma en que sucedió». Y es que, para Weigel, Juan Pablo II fue «un alegre luchador que sabía cómo hacer la propuesta católica ante la oposición de la rigidez y el escepticismo». El amor al enemigo, en una caja de cerillas Una constante en la vida de fe que llevaron los pastores de la Iglesia católica en el Este de Europa es la oración por aquellos que les llevaron a la cárcel y a los campos de concentración, siguiendo las palabras de Cristo en el Evangelio: Amad a vuestros enemigos, rezad por los que os persiguen. El cardenal Stepinac, dos meses antes de su muerte, escribía: «San Cipriano dio a su verdugo 25 monedas de oro antes de que éste lo decapitara. Yo no tengo oro. Todo lo que puedo dar es una oración por aquel que me arroje a la muerte, para que Dios lo perdone y le dé vida eterna, y para mí una muerte en paz. Con la misericordia de Dios cumpliré con mi obligación hasta el final, sin odio contra nadie, pero tampoco sin miedo ante nadie». ¿De dónde sacaban la fuerza? ¿Cómo alimentar la fe en Cristo en medio de tantos padecimientos? El cardenal Korec, en su libro La noche de los bárbaros, lo explica así: «Conservaba las uvas del postre que nos daban en la prisión, las exprimía para hacer vino que conservaba en frascos de medicinas, y junto con pan consagrado celebraba la Eucaristía. También conservaba pequeños pedazos de la Eucaristía en una caja de cerillas, y la distribuía a escondidas en la enfermería de la cárcel». A finales de 1948, el cardenal Mindszenty, consciente de que la cárcel le esperaba a la vuelta de la esquina, quiso despedirse así de sus sacerdotes: «Siempre y por doquier sólo puede ocurrirnos lo que el Señor disponga. El mundo puede arrebatarnos mucho, pero no nuestra fe en Jesucristo. ¿Quién puede separarnos de Jesucristo? Ni la vida, ni la muerte, ni nada de lo creado conseguirá separarnos del amor de Dios. Debemos tener conciencia de que nos hemos convertido en ejemplo del mundo. Mientras recorremos este camino, tengamos siempre presentes las palabras de Tertuliano: Las acusaciones de determinados acusadores son nuestra gloria». www.parroquiasantamonica.com
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