Mostrando entradas con la etiqueta Vida Cristiana/Perdón. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Vida Cristiana/Perdón. Mostrar todas las entradas

sábado, 23 de febrero de 2019

Algunos textos de la S. Escritura sobre el perdón



Algunos  textos de la S. Escritura sobre el perdón

Salmo 103, 8-12
8 El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia. 9 No está siempre acusando ni guarda rencor perpetuo; 10 No nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas. 11 Como se levanta el cielo sobre la tierra, se levanta su bondad sobre los que lo temen 12 como dista el oriente del ocaso, así aleja de nosotros nuestros delitos.
Estos versículos sintetizan la inmensidad de la misericordia del Señor (Cfr. Libros poéticos y sapienciales, EUNSA 2ª ed. Abril 2005, nota 103, 7-12).  

Salmo 130, 3-4
3 Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir? 4 Pero de ti procede el perdón, y así infundes temor.

Isaías 1, 18
18 Venid entonces, y discutiremos –dice el Señor–. Aunque vuestros pecados fuesen como la grana, quedarán blancos como nieve; aunque sean rojos como la púrpura, quedarán como lana.

Isaías 43, 25
25 Yo, Yo soy quien borra tus delitos por Mí mismo, y no recordaré tus pecados.

Isaías 55, 7
7 Que el impío deje  su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos; que se convierta al Señor y se compadecerá de él, a nuestro Dios, que es pródigo en perdonar.
            La llamada a la conversión se fundamenta en la bondad de Dios que es pródigo en
            perdonar. (Cfr. Libros proféticos, EUNSA 2002, nota Isaías 55, 6-9).

Miqueas 7, 18-19
18 ¿Qué Dios hay como tú, capaz de perdonar el pecado, de pasar por alto la falta
del resto de tu heredad? Porque no guarda su ira para siempre, y se complace en la misericordia. 19 Volverá a compadecerse de nosotros, sepultará nuestras iniquidades,
y lanzará al fondo del mar  todos nuestros pecados.

Mateo 6, 14-15
14 Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, también os perdonará vuestro Padre celestial, 15 pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas. Marcos 11,25

Marcos 11,25-26
25 Y cuando os pongáis a orar, perdonad lo que tengáis contra otros, para que también vuestro Padre del cielo os perdone vuestras culpas».
26 Mas si vosotros no perdonáis, tampoco vuestro Padre que está en los cielos perdonará vuestras ofensas.

Lucas 6, 37
37 no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados.

Lucas 7, 47-48
47 Por eso te digo: sus muchos pecados han quedado perdonados, porque ha amado mucho, pero al que poco se le perdona, ama poco». 48 Y a ella le dijo: «Han quedado perdonados tus pecados».

Lucas 24, 46-47
46 Y les dijo: «Así está escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día 47 y en su nombre se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén.

Hechos 3, 19-20
19 Por tanto, arrepentíos y convertíos, para que se borren vuestros pecados; 20 para que vengan tiempos de consuelo de parte de Dios, y envíe a Jesús, el Mesías que os estaba destinado

1 Corintios 6, 9-11
9 ¿No sabéis que ningún malhechor heredará el reino de Dios? No os hagáis ilusiones: los inmorales, idólatras, adúlteros, lujuriosos, invertidos, 10 ladrones, codiciosos, borrachos, difamadores o estafadores no heredarán el reino de Dios. Así erais algunos antes. 11 Pero fuisteis lavados, santificados, justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios.

Colosenses 1, 13-14
13 Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino del Hijo de su Amor, 14 por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados.

1 Juan 1, 9
9 Pero, si confesamos nuestros pecados, él, que es fiel y justo, nos perdonará los ecados y nos limpiará de toda injusticia.

1 Juan 2, 1-2
1 Hijos míos, os escribo esto para que no pequéis. Pero, si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo. 2 Él es víctima de propiciación por nuestros pecados, no solo por los nuestros, sino también por los del mundo entero.



Vida Cristiana

viernes, 22 de febrero de 2019

Domingo 7º del Tiempo Ordinario, Ciclo C. 24 de febrero de 2019




[Chiesa/Omelie1/Misericordia/7C19ElPerdónSedMisericordiososComoVuestroPadre]
Ø El perdón. Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso. El pecado: si lo reconocemos y
lo confesamos, se convierte en lugar de encuentro con Dios. A los confesores: no regañar en la confesión. Dios no se cansa de perdonar, nosotros nos cansamos de pedir perdón. Aspectos fundamentales: el perdón y la justicia son compatibles; una falsa alternativa; una meta ardua. ¿Perdón o justicia?: una falsa alternativa. La autoridad legítima tiene el derecho y el deber de imponer reparaciones a los desórdenes introducidos por delitos  que lesionan derechos humanos y la convivencia civil.

v  Cfr. Domingo 7º del Tiempo Ordinario, Ciclo C.

24 de febrero de 2019

1 Samuel 26, 2.7-9.12-13.22-23; Salmo 102, 1-13; 1 Corintios 15, 45-49; Lucas 6, 27-38.

Salmo responsorial: Salmo 102, 1-2.3-4. 8 y 10.12-13 (R.: 8a)
R. El Señor es compasivo y misericordioso
1Bendice, alma mía, al Señor, y todo mi ser a su santo nombre. 2 Bendice, alma mía, al Señor,
y no olvides sus beneficios.
3 Él perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades; 4 él rescata tu vida de la fosa,
y te colma de gracia y de ternura.
8 El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia. 10 no nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas.
12 como dista el oriente del ocaso, así aleja de nosotros nuestros delitos; 13 como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por sus fieles.
Lucas 6, 27-38: 27 En cambio, a vosotros los que me escucháis os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, 28 bendecid a los que os maldicen, orad por los que os calumnian. 29 Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite la capa, no le impidas que tome también la túnica. 30 A quien te pide, dale; al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames. 31 Tratad a los demás como queréis que ellos os traten. 32 Pues, si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores aman a los que los aman. 33 Y si hacéis bien solo a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores hacen lo mismo. 34 Y si prestáis a aquellos de los que esperáis cobrar, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a otros pecadores, con intención de cobrárselo. 35 Por el contrario, amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada; será grande vuestra recompensa y seréis hijos del Altísimo, porque él es bueno con los malvados y desagradecidos. 36 Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso; 37 no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; 38 dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida con que midiereis se os medirá a vosotros».

SED MISERCORDIOSOS COMO VUESTRO PADRE ES MISERCORDIOSO
PERDONAD Y SERÉIS PERDONADOS
(Lucas 6, 36.37)
ÉL PERDONA TODAS TU CULPAS
(Salmo responsorial 103/102, 3)

1.    Una breve referencia sobre la acogida de la misericordia en el Catecismo de la

Iglesia Católica.

·        La acogida de la misericordia exige la confesión de nuestras faltas ( n. 1847)
·        Necesidad del arrepentimiento para acoger la misericordia (n. 1864)
·        Jesús invita a la conversión y muestra su misericordia (n. 545)
·        Las obras de misericordia (n. 2447)
·        La misericordia no puede penetrar en nuestro corazón si no perdonamos a los que nos han  ofendido (n. 2840).

2.   Textos de Papa Francisco sobre el pecado y la confesión, que son lugar de encuentro con la misericordia de Dios

o   Ninguno de nosotros es dueño del Sacramento, sino fiel servidor del perdón de Dios.


v  A. El pecado: si lo reconocemos y lo confesamos, se convierte en lugar de encuentro con Dios.

¡Nada podrá separarnos del Amor de Dios! Ni siquiera los barrotes de una cárcel. Lo único que nos puede separar de Él es nuestro pecado; pero si lo reconocemos y lo confesamos con verdadero arrepentimiento, ese  mismo pecado se convierte en un lugar de encuentro con Él, porque Él es misericordia. (Visita a la Prisión de Poggioreale (Nápoles), 21 de marzo de 2015.

v  B. A los confesores: no regañar en la confesión.

A mí me duele mucho cuando encuentro a gente que no va más a confesarse porque le han regañado. Han sentido que las puertas de la Iglesia se les han cerrado en la cara. Por favor, no hagáis esto. ¡Misericordia!, misericordia! (Ordenación de diáconos, 12 de mayo de 2014).

v  C. Dios no se cansa de perdonar, nosotros nos cansamos de pedir perdón.

Dios que espera, y también Dios que perdona. Es el Dios de la misericordia: no se cansa de perdonar. Somos nosotros los que nos cansamos de pedir perdón, pero Él no se cansa. Setenta veces siete: adelante con el perdón. (Santa Marta,  Homilía el 28 de marzo de 2014).

v  D. Cada confesor deberá acoger a los fieles como el padre en la parábola del hijo pródigo: un padre que corre al encuentro del hijo no obstante hubiese dilapidado sus bienes.

Cfr. Francisco,  Misericordiae Vultus, Bula de la convocatoria del Jubileo de la Misericordia (11/04/2015), n.
17.

o   Ninguno de nosotros es dueño del Sacramento, sino fiel servidor del perdón de Dios.

§  Saldrá al encuentro también del otro hijo que se quedó fuera, para explicarle que su juicio severo es injusto. No hará preguntas impertinentes.
Nunca me cansaré de insistir en que los confesores sean un verdadero signo de la misericordia del Padre. Ser confesores no se improvisa. Se llega a serlo cuando, ante todo, nos hacemos nosotros penitentes en busca de perdón. Nunca olvidemos que ser confesores significa participar de la misma misión de Jesús y ser signo concreto de la continuidad de un amor divino que perdona y que salva. Cada uno de nosotros ha recibido el don del Espíritu Santo para el perdón de los pecados, de esto somos responsables. Ninguno de nosotros es dueño del Sacramento, sino fiel servidor del perdón de Dios. Cada confesor deberá acoger a los fieles como el padre en la parábola del hijo pródigo: un padre que corre al encuentro del hijo no obstante hubiese dilapidado sus bienes. Los confesores están llamados a abrazar ese hijo arrepentido que vuelve a casa y a manifestar la alegría por haberlo encontrado. No se cansarán de salir al encuentro también del otro hijo que se quedó afuera, incapaz de alegrarse, para explicarle que su juicio severo es injusto y no tiene ningún sentido ante la misericordia del Padre que no conoce confines. No harán preguntas impertinentes, sino como el padre de la parábola interrumpirán el discurso preparado por el hijo pródigo, porque serán capaces de percibir en el corazón de cada penitente la invocación de ayuda y la súplica de perdón. En fin, los confesores están llamados a ser siempre, en todas partes, en cada situación y a pesar de todo, el signo del primado de la misericordia.

3.    Algunas características del perdón, explicadas con brevedad.

v  Se trata de ver aspectos fundamentales: el perdón y la justicia son compatibles; una falsa alternativa; una meta ardua. 

-          «No hay paz sin justicia, no hay justicia sin perdón» (Juan Pablo II, Mensaje para la

Celebración de la Jornada Mundial por la paz, 2002). El perdón no se opone a la justicia, sino al rencor, a la venganza, al odio. El perdón no consiste en inhibirse ante las legítimas exigencias de reparación del orden violado, sino en una recuperación de las heridas abiertas. El perdón y la justicia son compatibles.  


v  ¿Perdón o justicia?: una falsa alternativa

·         Ante hechos indignantes y muy numerosos -  desgraciadamente -  que suceden en la vida,
crímenes y todo tipo de injusticias), que proporcionan indecibles sufrimientos a personas y pueblos, podemos caer en la tentación de preguntarnos: ¿debo perdonar como dice el Señor o dejar de hacerlo y promover que se haga justicia?. La indignación que sufrimos antes determinados hechos objetivamente condenables, nos lleva a estar de acuerdo con lo que un autor ha escrito: “perdonar las ofensas no es fácil, y probablemente no forma parte del código genético de la criatura humana”.
  • Pero plantearnos en términos alternativos el perdón y la justicia es falso, como observa Juan
Pablo II en su Mensaje para la Celebración de la Jornada Mundial por la Paz (1 de enero de 2002).
Se proponen a continuación, de manera esquemática y breve, los puntos que nos pueden ayudar a resolver esa falsa alternativa, según ese documento y algunos otros del magisterio eclesiástico; como se observará se trata de procurar hacer compatible las exigencias de la justicia con las de la misericordia y del perdón. Esto no deja de ser una meta ardua.

v  En breve: el perdón y la justica son compatibles

  • El perdón y la justicia son compatibles. El perdón no se opone a la justicia, sino al rencor, a
la venganza, al odio; se opone al instinto de devolver mal por mal.  La autoridad legítima tiene el derecho y el deber de imponer reparaciones a los desórdenes introducidos por delitos  que lesionan derechos humanos y la convivencia civil. El odio voluntario a la persona es contrario a la caridad. La liberación en el espíritu del Evangelio es incompatible con el odio al enemigo en cuanto persona, pero no con el odio al mal que hace en cuanto enemigo. La enseñanza del Padrenuestro: «como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”, nos recuerda que estamos llamados a ser una sola cosa con Cristo. Pero observar el mandamiento del Señor es imposible si se trata de  imitar desde fuera el modelo divino. Sólo el Espíritu Santo puede hacer nuestros los sentimientos de Cristo Jesús.   

v  ¿Por qué perdonar?

            Cfr. Raniero Cantalamessa, Famiglia Cristiana  11/09/05
En aquel tiempo Pedro se acercó a Jesús y le dijo (Mateo 18, 21-35): «Señor ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?». Dícele Jesús: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete». Por eso el Reino de los Cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Al empezar a ajustarlas, le fue presentado uno que le debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, ordenó el señor que fuese vendido él, su mujer y sus hijos y todo cuanto tenía, y que se le pagase.
¿Pero cuánto perdonar?  
            Perdonar es algo serio, humanamente difícil, si no imposible. No se debe hablar de ello a la ligera, sin darse cuenta de lo que se pide a la persona ofendida cuando se le dice que perdone. Junto al mandato de perdonar hay que proporcionar al hombre también un motivo para hacerlo. Es lo que Jesús hace con la parábola del rey y de los dos siervos. Por la parábola está claro por qué se debe perdonar: ¡porque Dios, antes, nos ha perdonado y nos perdona! Nos condona una deuda infinitamente mayor que la que un semejante nuestro puede tener con nosotros. ¡La diferencia entre la deuda hacia el rey (diez mil talentos) y la del colega (cien denarios) se corresponde a la actual de tres millones de euros y unos pocos céntimos!
            San Pablo ya puede decir: «Como el Señor os ha perdonado, haced así también vosotros» (Col 3,13). Está superada la ley del talión: «Ojo por ojo, diente por diente». El criterio ya no es: «Lo que otro te ha hecho a ti, házselo a él»; sino: «Lo que Dios te ha hecho a ti, házselo tú al otro». Jesús no se ha limitado, por lo demás, a mandarnos perdonar; lo ha hecho él primero. Mientras le clavaban en la cruz rogó diciendo: «Padre, ¡perdónales, porque no saben lo que hacen!» (Lc 23,34). Es lo que distingue la fe cristiana de cualquier otra religión.
            También Buda dejó a los suyos la máxima: «No es con el resentimiento como se aplaca el resentimiento; es con el no-resentimiento como se mitiga el resentimiento». Pero Cristo no se limita a señalar el camino de la perfección; da la fuerza para recorrerlo. No nos manda sólo hacer, sino que actúa con nosotros. En esto consiste la gracia. El perdón cristiano va más allá de la no-violencia o del no-resentimiento.
            Alguno podría objetar: ¿perdonar setenta veces siete no representa alentar la injusticia y dar luz verde a la prepotencia? No; el perdón cristiano no excluye que puedas también, en ciertos casos, denunciar a la persona y llevarla ante la justicia, sobre todo cuando están en juego los intereses y el bien incluso de otras personas. El perdón cristiano no ha impedido, por poner un ejemplo cercano a nosotros, a las viudas de algunas víctimas del terror o de la mafia buscar con tenacidad la verdad y la justicia en la muerte de sus maridos.
            Pero no hay sólo grandes perdones; existen también los perdones de cada día: en la vida de pareja, en el trabajo, entre parientes, entre amigos, colegas, conocidos. ¿Qué hacer cuando uno descubre que ha sido traicionado por el propio cónyuge? ¿Perdonar o separarse? Es una cuestión demasiado delicada; no se puede imponer ninguna ley desde fuera. La persona debe descubrir en sí misma qué hacer.
            Pero puedo decir una cosa. He conocido casos en los que la parte ofendida ha encontrado, en su amor por el otro y en la ayuda que viene de la oración, la fuerza de perdonar al cónyuge que había errado, pero que estaba sinceramente arrepentido. El matrimonio había renacido como de las cenizas; había tenido una especie de nuevo comienzo. Cierto: nadie puede pretender que esto pueda ocurrir, en una pareja, «setenta veces siete».
            Debemos estar atentos para no caer en una trampa. Existe un riesgo también en el perdón. Consiste en formarse la mentalidad de quien cree tener siempre algo que perdonar a los demás. El peligro de creerse siempre acreedores de perdón, jamás deudores. Si reflexionáramos bien, muchas veces, cuando estamos a punto de decir: «¡Te perdono!», cambiaríamos actitud y palabras y diríamos a la persona que tenemos enfrente: «¡Perdóname!». Nos daríamos cuenta de que también nosotros tenemos algo que hacernos perdonar por ella. Aún más importante que perdonar es pedir perdón.

v  La autoridad legítima tiene el derecho y el deber de imponer reparaciones a los desórdenes introducidos por delitos  que lesionan derechos humanos y la convivencia civil.

·         Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2266: “A la exigencia de la tutela del bien común
corresponde el esfuerzo del Estado para contener la difusión de comportamientos lesivos de los derechos humanos y las normas fundamentales de la convivencia civil. La legítima autoridad pública tiene el derecho y el deber de aplicar penas proporcionadas a la gravedad del delito. La pena tiene, ante todo, la finalidad de reparar  el desorden introducido por la culpa. Cuando la pena es aceptada voluntariamente por el culpable, adquiere un valor de expiación. La pena finalmente, además de la defensa del orden público y la tutela de la seguridad de las personas, tiene una finalidad medicinal: en la medida de lo posible, debe contribuir a la enmienda del culpable”.

o   El perdón no se opone a la justicia, sino al rencor, a la venganza, al odio ...  El perdón no consiste en inhibirse ante las legítimas exigencias de reparación del orden violado, sino en una recuperación de las heridas abiertas.

·         cfr. Mensaje, n. 3: “El perdón se opone al rencor y a la venganza, no a la justicia. (...) El perdón
en modo alguno se contrapone a la justicia, porque no consiste en inhibirse ante las legítimas exigencias de reparación del orden violado. (...) pretende una profunda recuperación de las heridas abiertas. Para esta recuperación, son esenciales ambos, la justicia y el perdón.” (…).
·         Catecismo ….. n. 2262: “En el Sermón de la Montaña, el Señor recuerda el precepto: «No
matarás» (Mateo 5, 21), y añade el rechazo absoluto de la ira, del odio y de la venganza.” (...)

o   El perdón se opone al instinto de devolver mal por mal.  Raíz y dimensiones divinas del perdón y razones humanas.

·         Mensaje...., n.8: “El perdón, antes de ser un hecho social, nace en el corazón de cada uno. Sólo
en la medida en que se afirma una ética y una cultura del perdón se puede esperar también en una " política del perdón ", expresada con actitudes sociales e instrumentos jurídicos, en los cuales la justicia misma asuma un rostro más humano.
En realidad, el perdón es ante todo una decisión personal, una opción del corazón que va
contra el instinto espontáneo de devolver mal por mal. Dicha opción tiene su punto de referencia en el amor de Dios, que nos acoge a pesar de nuestro pecado y, como modelo supremo, el perdón de Cristo, el cual invocó desde la cruz: " Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen " (Lc 23, 34).
Así pues, el perdón tiene una raíz y una dimensión divinas. No obstante, esto no excluye que
su valor pueda entenderse también a la luz de consideraciones basadas en razones humanas. La primera entre todas, es la que se refiere a la experiencia vivida por el ser humano cuando comete el mal. Entonces se da cuenta de su fragilidad y desea que los otros sean indulgentes con él. Por tanto, ¿por qué no tratar a los demás como uno desea ser tratado? Todo ser humano abriga en sí la esperanza de poder reemprender un camino de vida y no quedar para siempre prisionero de sus propios errores y de sus propias culpas. Sueña con poder levantar de nuevo la mirada hacia el futuro, para descubrir aún una perspectiva de confianza y compromiso.”

o   El odio voluntario a la persona es contrario a la caridad.

·         Catecismo … n. 1933: (...) La enseñanza de Cristo exige incluso el perdón de las ofensas.
Extiende el mandamiento del amor que es el de la nueva ley a todos los enemigos (Cf  Mateo 5, 43-44). La liberación en el espíritu del Evangelio es incompatible con el odio al enemigo en cuanto persona, pero no con el odio al mal que hace en cuanto enemigo.”
·         Catecismo … n. 2303: El odio voluntario es contrario a la caridad. El odio al prójimo es pecado
Cuando se le desea deliberadamente un mal. El odio al prójimo es un pecado  grave cuando se le desea deliberadamente un daño grave. «Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial...» (Mt 5, 44-45).

Vida Cristiana



jueves, 14 de septiembre de 2017

Domingo 24 del Tiempo Ordinario, Ciclo A (2017). El perdón y la justicia son compatibles.

Descargar


Ø     Domingo 24 del Tiempo Ordinario, Ciclo A (2017). El perdón y la justicia son
compatibles. El perdón no se opone a la justicia, sino al rencor, a la venganza, al odio; se opone al instinto de devolver mal por mal.  Raíz y dimensiones divinas del perdón y razones humanas.  La autoridad legítima tiene el derecho y el deber de imponer reparaciones a los desórdenes introducidos por delitos  que lesionan derechos humanos y la convivencia civil. El odio voluntario a la persona es contrario a la caridad. La liberación en el espíritu del Evangelio es incompatible con el odio al enemigo en cuanto persona, pero no con el odio al mal que hace en cuanto enemigo. La enseñanza del Padrenuestro: «como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Estamos llamados a ser una sola cosa con Cristo; Pero observar el mandamiento del Señor es imposible si se trata de  imitar desde fuera el modelo divino. Sólo el Espíritu Santo puede hacer nuestros los sentimientos de Cristo Jesús.   

v     Cfr. 24 Domingo del  tiempo ordinario ciclo A -  17 de  septiembre  de  2017

                  Eclesiástico 27, 30-28.8; Romanos 14, 7-9;  Mateo 18, 21-35

Mateo 18, 21-35: 21En aquel tiempo, se adelantó Pedro y preguntó a Jesús: -«Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?» 22 Jesús le contesta: -«No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. 23 Y a propósito de esto, el reino de los cielos se parece a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados. 24 Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. 25 Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. 26 El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: "Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo. 27 " El señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. 28 Pero, al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba, diciendo: "Págame lo que me debes." 29 El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba, diciendo: "Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré." 30 Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía.  31 Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. 32 Entonces el señor lo llamó y le dijo: "¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. 33 ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?" 34 Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. 35 Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano.»

Eclesiástico 27,33-28, 9:  33  Rencor y cólera, ambos son detestables, y el hombre pecador los tendrá dentro. 1 Del vengativo se vengará el Señor; Él le tendrá siempre presentes sus pecados. 2 Perdona la ofensa a tu prójimo, y se te perdonarán los pecados cuando reces. 3 Hombre que a hombre guarda rencor, ¿cómo osará pedir al Señor la curación? 4.  El hombre que no tiene misericordia con su semejante, ¿cómo se atreve a rezar por sus propios pecados? 5. Si él, siendo mortal, guarda rencor, ¿quién le perdonará sus pecados? ¿Y pide a Dios la reconciliación? 6.  Recuerda tus postrimerías y dejarás de odiar: 7 son corrupción y muerte; así cumplirás los mandatos.  8 Recuerda los preceptos, y no te enojes con el prójimo; 9 recuerda la  alianza del Altísimo, y no tengas en cuenta los errores del prójimo.

El perdón y la justicia son compatibles:
«No hay paz sin justicia, no hay justicia sin perdón».
(San Juan Pablo II, Mensaje para la celebración de la Jornada Mundial por la paz del 2002)

1. Una falsa alternativa: ¿perdón o justicia?

-          Ante hechos indignantes y muy numerosos -  desgraciadamente -  que suceden en la
vida (crímenes y todo tipo de injusticias), que proporcionan indecibles sufrimientos a personas y pueblos, podemos caer en la tentación de preguntarnos: ¿debo perdonar como dice el Señor o promover que se haga justicia?. La indignación que sufrimos ante determinados hechos objetivamente condenables, nos lleva a estar de acuerdo con lo que un autor ha escrito: “perdonar las ofensas no es fácil, y probablemente no forma parte del código genético de la criatura humana”.
Pero plantearnos en términos alternativos el perdón y la justicia es falso, como
observa San Juan Pablo II en su Mensaje para la Celebración de la Jornada Mundial por la Paz (1 de enero de 2002).
Se proponen a continuación  de manera esquemática y breve (compatible con la naturaleza de una homilía)  los puntos que nos pueden ayudar a resolver esa falsa alternativa, según ese documento y algunos otros del magisterio eclesiástico. Se observará que se trata de procurar hacer compatible las exigencias de la justicia con las de la misericordia y del perdón.

v     El perdón no se opone a la justicia, sino al rencor, a la venganza, al odio.

-          cfr. Mensaje …, n. 3: “El perdón se opone al rencor y a la venganza, no a la
justicia. (...) El perdón en modo alguno se contrapone a la justicia, porque no consiste en inhibirse ante las legítimas exigencias de reparación del orden violado. (...) pretende una profunda recuperación de las heridas abiertas. Para esta recuperación, son esenciales ambos, la justicia y el perdón.”.
-          Catecismo de la Iglesia Católica (CEC), n  2262: “En el Sermón de la Montaña, el
Señor recuerda el precepto: «No matarás» (Mateo 5, 21), y añade el rechazo absoluto de la ira, del odio y de la venganza.” (...)

v     El perdón se opone al instinto de devolver mal por mal.  Raíz y dimensiones divinas del perdón y razones humanas.  

-          Mensaje...., n.8: “El perdón, antes de ser un hecho social, nace en el corazón de
cada uno. Sólo en la medida en que se afirma una ética y una cultura del perdón se puede esperar también en una " política del perdón ", expresada con actitudes sociales e instrumentos jurídicos, en los cuales la justicia misma asuma un rostro más humano.
En realidad, el perdón es ante todo una decisión personal, una opción del
corazón que va contra el instinto espontáneo de devolver mal por mal. Dicha opción tiene su punto de referencia en el amor de Dios, que nos acoge a pesar de nuestro pecado y, como modelo supremo, el perdón de Cristo, el cual invocó desde la cruz: " Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen " (Lucas 23, 34).
Así pues, el perdón tiene una raíz y una dimensión divinas. No obstante, esto no excluye que su valor pueda entenderse también a la luz de consideraciones basadas en razones humanas. La primera entre todas, es la que se refiere a la experiencia vivida por el ser humano cuando comete el mal. Entonces se da cuenta de su fragilidad y desea que los otros sean indulgentes con él. Por tanto, ¿por qué no tratar a los demás como uno desea ser tratado? Todo ser humano abriga en sí la esperanza de poder reemprender un camino de vida y no quedar para siempre prisionero de sus propios errores y de sus propias culpas. Sueña con poder levantar de nuevo la mirada hacia el futuro, para descubrir aún una perspectiva de confianza y compromiso.”

v     La autoridad legítima tiene el derecho y el deber de imponer reparaciones a los desórdenes introducidos por delitos  que lesionan derechos humanos y la convivencia civil.

-          CEC, n.  2266: “A la exigencia de la tutela del bien común corresponde el esfuerzo
del Estado para contener la difusión de comportamientos lesivos de los derechos humanos y las normas fundamentales de la convivencia civil. La legítima autoridad pública tiene el derecho y el deber de aplicar penas proporcionadas a la gravedad del delito. La pena tiene, ante todo, la finalidad de reparar el desorden introducido por la culpa. Cuando la pena es aceptada voluntariamente por el culpable, adquiere un valor de expiación. La pena finalmente, además de la defensa del orden público y la tutela de la seguridad de las personas, tiene una finalidad medicinal: en la medida de lo posible, debe contribuir a la enmienda del culpable”. 
  

v     El odio voluntario a la persona es contrario a la caridad.

§         La liberación en el espíritu del Evangelio es incompatible con el odio al enemigo en cuanto persona, pero no con el odio al mal que hace en cuanto enemigo.
-          CEC, n. 1933: (...) La enseñanza de Cristo exige incluso el perdón de las ofensas.
Extiende el mandamiento del amor que es el de la nueva ley a todos los enemigos (Cf Mateo 5, 43-44). La liberación en el espíritu del Evangelio es incompatible con el odio al enemigo en cuanto persona, pero no con el odio al mal que hace en cuanto enemigo.”
-          CEC, 2303: El odio voluntario es contrario a la caridad. El odio al prójimo es
pecado cuando se le desea deliberadamente un mal. El odio al prójimo es un pecado grave cuando se le desea deliberadamente un daño grave. «Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial...» (Mateo 5, 44-45).

2.  El perdón en la liturgia de la celebración eucarística de hoy


v     En la primera Lectura, del libro del Eclesiástico, encontramos dos grupos de sentencias sobre el perdón.

                  cfr. Sagrada Escritura, Libros poéticos y sapienciales, Eclesiástico/Sirácida
                  28, 1-13, Eunsa 2001.

-          Versículos 1-5: hay que perdonar para poder ser perdonado;
-          Versículos 6-9: no mantendremos el ánimo irritado contra el prójimo si
«recordamos» quiénes somos y qué ha hecho Dios con nosotros.
-          “Parece claro que nuestro Señor tenía estos u otros consejos semejantes al enseñar
en el Padrenuestro: «perdónanos nuestras deudas como también nosotros perdonamos a nuestros deudores» (Mt 6,12; cfr. también Mt 6,14)”. (Cfr. Sagrada Escritura, Libros poéticos ....).

v     En el Evangelio: Mateo 18, 21-22

-          La respuesta del Señor a la pregunta de Pedro equivale al adverbio «siempre».
Debemos perdonar siempre. “No encerró el Señor el perdón en un número determinado, sino que dio a entender que hay que perdonar continuamente y siempre” (S. Juan Crisóstomo, Hom. In Mt. 61,1).
-  Biblia de Jerusalén, Mateo 18-21:“El «prójimo» se extiende a todo hombre, incluidos aquellos a los que hay que devolver bien por mal (5, 44-45; Romanos 12, 17-21; 1 Tesalonicenses 5,15; 1 Pedro 3,9; ver Éxodo 21, 25+; Salmo 5,11+). (Biblia de Jerusalén, Mt 18, 21).

3. La enseñanza del Padrenuestro: «como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.


v     Estamos llamados a ser una sola cosa con Cristo

- CEC 521: Todo lo que Cristo vivió hace que podamos vivirlo en El y que El lo viva en nosotros. «El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido en cierto modo con todo hombre» (Gaudium et spes 22, 2). Estamos llamados a no ser más que una sola cosa con El; nos hace comulgar en cuanto miembros de su Cuerpo en lo que El vivió en su carne por nosotros y como modelo nuestro:
Debemos continuar y cumplir en nosotros los estados y Misterios de Jesús, y pedirle con frecuencia que los realice y lleve a plenitud en nosotros y en toda su Iglesia... Porque el Hijo de Dios tiene el designio de hacer participar y de extender y continuar sus Misterios en nosotros y en toda su Iglesia por las gracias que El quiere comunicarnos y por los efectos que quiere obrar en nosotros gracias a estos Misterios. Y por este medio quiere cumplirlos en nosotros (S. Juan Eudes, regn).

v     Pero observar el mandamiento del Señor es imposible si se trata de  imitar desde fuera el modelo divino. Sólo el Espíritu Santo puede hacer nuestros los sentimientos de Cristo Jesús.    

-          CEC, n.  2842: Este «como» no es el único en la enseñanza de Jesús: «Sed perfectos
"como" es perfecto vuestro Padre celestial» (Mateo 5, 48); «Sed misericordiosos, "como" vuestro Padre es misericordioso» (Lucas 6, 36); «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que "como" yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros» (Juan 13, 34). Observar el mandamiento del Señor es imposible si se trata de imitar desde fuera el modelo divino. Se trata de una participación, vital y nacida «del fondo del corazón», en la santidad, en la misericordia y en el amor de nuestro Dios. Sólo el Espíritu que es «nuestra vida» (Gálatas 5, 25) puede hacer nuestros los mismos sentimientos que hubo en Cristo Jesús (Cf Filipenses  2, 1. 5). Así, la unidad del perdón se hace posible, «perdonándonos mutuamente "como" nos perdonó Dios en Cristo» (Efesios 4, 32).




VIDA CRISTIANA

jueves, 13 de julio de 2017

Domingo 24 del Tiempo Ordinario, Ciclo A (2011). El perdón y la justicia son compatibles: «No hay paz sin justicia, no hay justicia sin perdón» (Juan Pablo II, Mensaje para la Celebración de la Jornada Mundial por la paz, 2002). El perdón no se opone a la justicia, sino al rencor, a la venganza, al odio. El perdón no consiste en inhibirse ante las legítimas exigencias de reparación del orden violado, sino en una recuperación de las heridas abiertas.



1 Domingo 24 del Tiempo Ordinario, Ciclo A (2011). El perdón y la justicia son compatibles: «No hay paz sin justicia, no hay justicia sin perdón» (Juan Pablo II, Mensaje para la Celebración de la Jornada Mundial por la paz, 2002). El perdón no se opone a la justicia, sino al rencor, a la venganza, al odio. El perdón no consiste en inhibirse ante las legítimas exigencias de reparación del orden violado, sino en una recuperación de las heridas abiertas. Cfr. 24 Semana tiempo ordinario ciclo A 11 septiembre 2011 Eclesiástico 27, 30-28.8; Romanos 14, 7-9; Mateo 18, 21-35 Mateo 18, 21-35: 21En aquel tiempo, se adelantó Pedro y preguntó a Jesús: -«Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?» 22 Jesús le contesta: -«No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. 23 Y a propósito de esto, el reino de los cielos se parece a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: "Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo." El señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero, al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba, diciendo: "Págame lo que me debes." El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba, diciendo: "Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré." Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: "¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?" bY el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano.» Eclesiástico 27,33-28, 9: 33 Rencor y cólera, ambos son detestables, y el hombre pecador los tendrá dentro. 1 Del vengativo se vengará el Señor; Él le tendrá siempre presentes sus pecados. 2 Perdona la ofensa a tu prójimo, y se te perdonarán los pecados cuando reces. 3 Hombre que a hombre guarda rencor, ¿cómo osará pedir al Señor la curación? 4. El hombre que no tiene misericordia con su semejante, ¿cómo se atreve a rezar por sus propios pecados? 5. Si él, siendo mortal, guarda rencor, ¿quién le perdonará sus pecados? ¿Y pide a Dios la reconciliación? 6. Recuerda tus postrimerías y dejarás de odiar: 7 son corrupción y muerte; así cumplirás los mandatos. 8 Recuerda los preceptos, y no te enojes con el prójimo; 9 recuerda la alianza del Altísimo, y no tengas en cuenta los errores del prójimo. 1. ¿Perdón o justicia?: Una falsa alternativa • Ante hechos indignantes y muy numerosos - desgraciadamente - que suceden en la vida (crímenes y todo tipo de injusticias), que proporcionan indecibles sufrimientos a personas y pueblos, podemos caer en la tentación de preguntarnos: ¿debo perdonar como dice el Señor o dejar y promover que se haga justicia?. La indignación que sufrimos antes determinados hechos objetivamente condenables, nos lleva a estar de acuerdo con lo que un autor ha escrito: “perdonar las ofensas no es fácil, y probablemente no forma parte del código genético de la criatura humana”. • Pero plantearnos en términos alternativos el perdón y la justicia es falso, como observa Juan Pablo II en su Mensaje para la Celebración de la Jornada Mundial por la Paz (1 de enero de 2002). Se proponen a continuación, de manera esquemática y breve, los puntos que nos pueden ayudar a resolver esa falsa alternativa, según ese documento y algunos otros del magisterio eclesiástico; como se observará se trata de procurar hacer compatible las exigencias de la justicia con las de la misericordia y del perdón. 2 o La autoridad legítima tiene el derecho y el deber de imponer reparaciones a los desórdenes introducidos por delitos que lesionan derechos humanos y la convivencia civil. • CEC 2266: “A la exigencia de la tutela del bien común corresponde el esfuerzo del Estado para contener la difusión de comportamientos lesivos de los derechos humanos y las normas fundamentales de la convivencia civil. La legítima autoridad pública tiene el derecho y el deber de aplicar penas proporcionadas a la gravedad del delito. La pena tiene, ante todo, la finalidad de repara el desorden introducido por la culpa. Cuando la pena es aceptada voluntariamente por el culpable, adquiere un valor de expiación. La pena finalmente, además de la defensa del orden público y la tutela de la seguridad de las personas, tiene una finalidad medicinal: en la medida de lo posible, debe contribuir a la enmienda del culpable”. o El perdón no se opone a la justicia, sino al rencor, a la venganza, al odio ... El perdón no consiste en inhibirse ante las legítimas exigencias de reparación del orden violado, sino en una recuperación de las heridas abiertas. • cfr. Mensaje, n. 3: “El perdón se opone al rencor y a la venganza, no a la justicia. (...) El perdón en modo alguno se contrapone a la justicia, porque no consiste en inhibirse ante las legítimas exigencias de reparación del orden violado. (...) pretende una profunda recuperación de las heridas abiertas. Para esta recuperación, son esenciales ambos, la justicia y el perdón.” (…). • CEC 2262: “En el Sermón de la Montaña, el Señor recuerda el precepto: «No matarás» (Mateo 5, 21), y añade el rechazo absoluto de la ira, del odio y de la venganza.” (...) o El perdón se opone al instinto de devolver mal por mal. Raíz y dimensiones divinas del perdón y razones humanas. • Mensaje...., n.8: “El perdón, antes de ser un hecho social, nace en el corazón de cada uno. Sólo en la medida en que se afirma una ética y una cultura del perdón se puede esperar también en una " política del perdón ", expresada con actitudes sociales e instrumentos jurídicos, en los cuales la justicia misma asuma un rostro más humano. En realidad, el perdón es ante todo una decisión personal, una opción del corazón que va contra el instinto espontáneo de devolver mal por mal. Dicha opción tiene su punto de referencia en el amor de Dios, que nos acoge a pesar de nuestro pecado y, como modelo supremo, el perdón de Cristo, el cual invocó desde la cruz: " Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen " (Lc 23, 34). Así pues, el perdón tiene una raíz y una dimensión divinas. No obstante, esto no excluye que su valor pueda entenderse también a la luz de consideraciones basadas en razones humanas. La primera entre todas, es la que se refiere a la experiencia vivida por el ser humano cuando comete el mal. Entonces se da cuenta de su fragilidad y desea que los otros sean indulgentes con él. Por tanto, ¿por qué no tratar a los demás como uno desea ser tratado? Todo ser humano abriga en sí la esperanza de poder reemprender un camino de vida y no quedar para siempre prisionero de sus propios errores y de sus propias culpas. Sueña con poder levantar de nuevo la mirada hacia el futuro, para descubrir aún una perspectiva de confianza y compromiso.” o El odio voluntario a la persona es contrario a la caridad. • CEC 1933: (...) La enseñanza de Cristo exige incluso el perdón de las ofensas. Extiende el mandamiento del amor que es el de la nueva ley a todos los enemigos (Cf Mateo 5, 43-44). La liberación en el espíritu del Evangelio es incompatible con el odio al enemigo en cuanto persona, pero no con el odio al mal que hace en cuanto enemigo.” • CEC 2303: El odio voluntario es contrario a la caridad. El odio al prójimo es pecado cuando se le desea deliberadamente un mal. El odio al prójimo es un pecado grave cuando se le desea deliberadamente un daño grave. «Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial...» (Mt 5, 44-45). 3 2. El perdón en la liturgia de la celebración eucarística de hoy o En la primera Lectura, del libro del Eclesiástico, encontramos dos grupos de sentencias sobre el perdón. cfr. Sagrada Escritura, Libros poéticos y sapienciales, Eclesiástico/Sirácida 28, 1-13, Eunsa 2001. • Versículos 1-5: hay que perdonar para poder ser perdonado; • Versículos 6-9: no mantendremos el ánimo irritado contra el prójimo si «recordamos» quiénes somos y qué ha hecho Dios con nosotros. • “Parece claro que nuestro Señor tenía presentes estos u otros consejos semejantes al enseñar en el Padrenuestro: «perdónanos nuestras deudas como también nosotros perdonamos a nuestros deudores». (Mateo 6,12; cfr. también Mateo 6,14)”. • cfr. Gianfranco Ravasi, Secondo le Scritture Anno A, Piemme 3 edizione novembre 1995, XXIV domenica, p. 253: “El párrafo que leemos hoy [en la primera Lectura], dedicado al tema del perdón y del rencor, está escrito con el estilo de la reflexión sapiencial 1 , que se preocupa de hacer confluir en la religión exigencias morales concretas e inmediatas. El rencor hacia el hermano - afirma este sabio – es como una pantalla que interrumpe también el diálogo con Dios. Si perdonas al hermano, también Dios te perdona; si tú eres implacable, también Dios lo será contigo”. o En el Evangelio: Mateo 18, 21-22 • La respuesta del Señor a la pregunta de Pedro equivale al adverbio «siempre». Debemos perdonar siempre. “No encerró el Señor el perdón en un número determinado, sino que dio a entender que hay que perdonar continuamente y siempre” (S. Juan Crisóstomo, Hom. In Mt. 61,1). • “El «prójimo» se extiende a todo hombre, incluidos aquellos a los que hay que devolver bien por mal (5, 44-45; Romanos 12, 17-21; 1 Tesalonicenes 5,15; 1 P 3,9; ver Éxodo 21, 25+; Sal 5,11+). (Biblia de Jerusalén, Mateo 18, 21). • Cfr. Gianfranco Ravasi, o.c. pp. 253-254: “La dimensión «teológica» del perdón ha sido recogida también en el párrafo del «Discurso sobre la comunidad» que Mateo describe en el cap. 18 de su Evangelio. En ese párrafo vemos que aparece una especie de díptico: en la primera tabla se habla sobre la corrección fraterna, como se vio el pasado domingo; en la segunda tabla, que hoy leemos, en la escena se ve el perdón. Algunos textos bíblicos invitaban a conceder el perdón al menos tres veces, como Dios «que perdona al hombre tres veces», como dice Job (33,29). A Pedro le parecía que era atrevido y generoso imaginar un perdón hasta siete veces. Jesús, sin embargo, va más allá rompiendo con toda concepción cuantitativa del perdón. Él da un vuelco al terrible canto de la violencia pronunciado por Lamech en Génesis 4, 24 (“Caín será vengado siete veces y Lamech setenta y siete veces”), y exige a sus discípulos el perdón ilimitado, expresado por medio de la simbólica y exorbitante cifra de «setenta veces siete»2 ”. • Cfr. Gianfranco Ravasi, o.c. p. 254: “La trama de la parábola tiene tres escenas con dos protagonistas: el dueño y el siervo deudor; el siervo y un colega suyo deudor a su vez en relación con él; el dueño y el siervo en la rendición de cuentas final. Toda la narración se basa sobre un contraste. Se trata de la oposición entre dos comportamientos: la deuda del siervo es 1 El libro “Eclesiástico” es uno de los llamados libros «sapienciales o poéticos», también llamados «didácticos» o «morales». Los libros poéticos son los Salmos y el Cantar de los Cantares. Los libros sapienciales son Job, Proverbios, Eclesiastés o Qohélet, Eclesiástico o Sirácida y Sabiduría. “Los libros sapienciales representan la interiorización en el hombre de la Ley divina, cuya bondad es descubierta mediante la razón y la experiencia humanas, y cuyo conocimiento y práctica hace sabio al hombre. De ahí que lo que la Ley prescribe en forma de mandamientos, en los libros sapienciales se proponga en forma de sabios consejos mostrando las consecuencias de seguirlos o no” (Libros poéticos y sapienciales, Eunsa 2001, Introducción p. 13). 2 Ésta es una expresión semítica para indicar un número ilimitado. 4 desmesurada3 , y, sin embargo, al dueño le basta un gesto de buena voluntad y perdona inmediatamente; por su parte, el siervo tiene un colega deudor de un crédito exiguo (cien denarios) y, no obstante, su rigor es inexorable, no admitiendo esperas, rémoras o tolerancia. Dios en su infinita misericordia supera todo delito del hombre, condonándole todo y siempre. El hombre, por el contrario, desvela su mezquindad comportándose frecuentemente como un tirano ofendido que trata despiadadamente al hermano también por una nimiedad o una ofensa mínima y ridícula. La lección de Jesús es por tanto límpida y no admite excepciones. El discípulo debe estar siempre preparado y gozoso para conceder el perdón sin recurrir a excusas o a distinciones vanas de acuerdo con el modelo del perdonar pero no olvidar. El perdón concedido al hermano tiene una raíz profunda: debemos, en efecto, reconocer que nosotros somos perdonados antes por Dios.” (…) • “En el rostro del siervo deudor podemos intuir nuestros rasgos. Nuestros créditos en relación con los demás son nimiedades microscópicas si las comparamos con los créditos que Dios podría presentarnos. (…) 3. La enseñanza del Padrenuestro: «como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. o a) Estamos llamados a ser una sola cosa con Cristo • CEC 521: Todo lo que Cristo vivió hace que podamos vivirlo en Él y que Él lo viva en nosotros. «El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido en cierto modo con todo hombre» (Gaudium et spes 22, 2). Estamos llamados a no ser más que una sola cosa con El; nos hace comulgar en cuanto miembros de su Cuerpo en lo que El vivió en su carne por nosotros y como modelo nuestro: Debemos continuar y cumplir en nosotros los estados y Misterios de Jesús, y pedirle con frecuencia que los realice y lleve a plenitud en nosotros y en toda su Iglesia... Porque el Hijo de Dios tiene el designio de hacer participar y de extender y continuar sus Misterios en nosotros y en toda su Iglesia por las gracias que El quiere comunicarnos y por los efectos que quiere obrar en nosotros gracias a estos Misterios. Y por este medio quiere cumplirlos en nosotros (S. Juan Eudes, regn). o b) Pero observar el mandamiento del Señor es imposible si se trata de imitar desde fuera el modelo divino. Sólo el Espíritu Santo puede hacer nuestros los sentimientos de Cristo Jesús. • CEC 2842: Este «como» no es el único en la enseñanza de Jesús: «Sed perfectos "como" es perfecto vuestro Padre celestial» (Mateo 5, 48); «Sed misericordiosos, "como" vuestro Padre es misericordioso» (Lucas 6, 36); «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que "como" yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros» (Juan 13, 34). Observar el mandamiento del Señor es imposible si se trata de imitar desde fuera el modelo divino. Se trata de una participación, vital y nacida «del fondo del corazón», en la santidad, en la misericordia y en el amor de nuestro Dios. Sólo el Espíritu que es «nuestra vida» (Gálatas 5, 25) puede hacer nuestros los mismos sentimientos que hubo en Cristo Jesús (Cf Filipenses 2, 1. 5). Así, la unidad del perdón se hace posible, «perdonándonos mutuamente "como" nos perdonó Dios en Cristo» (Efesios 4, 32). www.parroquiasantamonica.com Vida Cristiana 3 La deuda es de 10.000 talentos. Algunos investigadores revelan que las rentas anuales de Herodes el Grande eran de unos novecientos talentos y los ingresos fiscales en Galilea y Perea en el siglo 4º a.C. habían sido no superiores a los doscientos talentos.

La paz, la justicia y el perdón. Juan Pablo II: Mensaje para la Celebración de la Jornada Mundial de la Paz (2002). No hay paz sin justicia, no hay justicia sin perdón. La paz es obra de justicia y de amor. Se tiende a pensar en la justicia y en el perdón en términos alternativos. Pero el perdón se opone al rencor y a la venganza, no a la justicia. El fenómeno del terrorismo. ¡No se mata en nombre de Dios! La necesidad del perdón. El perdón, vía maestra. Comprensión y cooperación interreligiosa.



1 La paz, la justicia y el perdón. Juan Pablo II: Mensaje para la Celebración de la Jornada Mundial de la Paz (2002). No hay paz sin justicia, no hay justicia sin perdón. La paz es obra de justicia y de amor. Se tiende a pensar en la justicia y en el perdón en términos alternativos. Pero el perdón se opone al rencor y a la venganza, no a la justicia. El fenómeno del terrorismo. ¡No se mata en nombre de Dios! La necesidad del perdón. El perdón, vía maestra. Comprensión y cooperación interreligiosa. Cfr. Juan Pablo II, Mensaje para la Celebración de la Jornada Mundial de la Paz, 1 de enero de 2002 NO HAY PAZ SIN JUSTICIA NO HAY JUSTICIA SIN PERDÓN 1. Este año, la Jornada Mundial de la Paz se celebra con el trasfondo de los dramáticos acontecimientos del pasado 11 de septiembre. Aquel día se cometió un crimen de terrible gravedad: en pocos minutos, millares de personas inocentes, de diverso origen étnico, fueron horrendamente asesinados. Desde entonces, todo el mundo ha tomado conciencia con nueva intensidad de la vulnerabilidad personal y ha comenzado a mirar el futuro con un sentimiento profundo de miedo, hasta ahora desconocido. Ante estos estados de ánimo, la Iglesia desea dar testimonio de su esperanza, fundada en la convicción de que el mal, el mysterium iniquitatis, no tiene la última palabra en los avatares humanos. La historia de la salvación descrita en la Sagrada Escritura proyecta una gran luz sobre toda la historia del mundo, mostrando que está siempre acompañada por la solicitud diligente y misericordiosa de Dios, que conoce el modo de llegar a los corazones más endurecidos y sacar también buenos frutos de un terreno árido y estéril. La esperanza que sostiene a la Iglesia al comenzar el año 2002 es que el mundo, donde el poder del mal parece predominar todavía, se transforme realmente, con la gracia de Dios, en un mundo en el que puedan colmarse las aspiraciones más nobles del corazón humano; un mundo en el que prevalezca la verdadera paz. o La paz: obra de justicia y amor 2. Lo que ha ocurrido recientemente, con los hechos sangrientos que acabamos de recordar, me ha impulsado a continuar una reflexión que brota a menudo de lo más hondo de mi corazón, al rememorar acontecimientos históricos que han marcado mi vida, especialmente en los años de mi juventud. Los indecibles sufrimientos de los pueblos y de las personas, entre ellas no pocos amigos y conocidos míos, causados por los totalitarismos nazi y comunista, siempre me han interpelado íntimamente y animado mi oración. Muchas veces me he detenido a pensar sobre esta pregunta: ¿cuál es el camino que conduce al pleno restablecimiento del orden moral y social, violado tan bárbaramente? La convicción a la que he llegado, razonando y confrontándome con la Revelación bíblica, es que no se restablece completamente el orden quebrantado, si no es conjugando entre sí la justicia el perdón. Los pilares de la paz verdadera son la justicia y esa forma particular del amor que es el perdón. Se tiende a pensar en la justicia y en el perdón en términos alternativos. Pero el perdón se opone al rencor y a la venganza, no a la justicia. 3. Pero ¿cómo se puede hablar, en las circunstancias actuales, de justicia y, al mismo tiempo, de perdón como fuentes y condiciones de la paz? Mi respuesta es que se puede y se debe hablar de ello a pesar de la dificultad que comporta, entre otros motivos, porque se tiende a pensar en la justicia y en el perdón en términos alternativos. Pero el perdón se opone al rencor y a la venganza, no a la justicia. En realidad, la verdadera paz es " obra de la justicia " (Is 32, 17). Como ha afirmado el Concilio Vaticano II, la paz es " el fruto del orden asignado a la sociedad humana por su divino Fundador y que los hombres, siempre sedientos de una justicia más perfecta, han de llevar a cabo " (Constitución pastoral Gaudium et spes, 78). Desde hace más de quince siglos, resuena en la Iglesia católica la enseñanza de Agustín de Hipona, quien ha recordado que la paz, a la cual se debe tender con la aportación de todos, consiste en la tranquillitas ordinis, en la tranquilidad del orden (cf. De civitate Dei, 19, 13). La verdadera paz, pues, es fruto de la justicia, virtud moral y garantía legal que vela sobre el pleno respeto de derechos y deberes, y sobre la distribución ecuánime de beneficios y cargas. Pero, puesto que la justicia humana es siempre frágil e imperfecta, expuesta a las limitaciones y a los egoísmos personales y de grupo, debe ejercerse y en cierto modo completarse con el perdón, que cura las heridas y restablece en profundidad las relaciones humanas truncadas. Esto vale tanto para las tensiones que afectan a los individuos, como para las de alcance más general, e incluso internacional. El perdón en modo alguno se contrapone a la justicia, porque no consiste en inhibirse ante las legítimas 2 exigencias de reparación del orden violado. El perdón tiende más bien a esa plenitud de la justicia que conduce a la tranquilidad del orden y que, siendo mucho más que un frágil y temporal cese de las hostilidades, pretende una profunda recuperación de las heridas abiertas. Para esta recuperación, son esenciales ambos, la justicia y el perdón. Éstas son las dos dimensiones de la paz que deseo analizar en este mensaje. Este año, la Jornada Mundial ofrece a toda la humanidad, y especialmente a los Jefes de las Naciones, la oportunidad de reflexionar sobre las exigencias de la justicia y sobre el llamamiento al perdón ante los graves problemas que siguen afligiendo el mundo, entre los cuales se encuentra, y no en último lugar, el nuevo nivel de violencia introducido por el terrorismo organizado. o El fenómeno del terrorismo 4. Es precisamente la paz fundada sobre la justicia y sobre el perdón la que es atacada actualmente por el terrorismo internacional. En estos últimos años, especialmente después de la guerra fría, el terrorismo se ha transformado en una sofisticada red de connivencias políticas, técnicas y económicas, que supera los confines nacionales y se expande hasta abarcar todo el mundo. Se trata de verdaderas organizaciones, dotadas a menudo de ingentes recursos financieros, que planifican estrategias a gran escala, agrediendo a personas inocentes y sin implicación alguna en las perspectivas pretendidas por los terroristas. Empleando sus mismos secuaces como arma arrojadiza contra personas inermes y desprevenidas, estas organizaciones terroristas muestran de modo sobrecogedor el instinto de muerte que las mueve. El terrorismo nace del odio y engendra aislamiento, desconfianza y exclusión. La violencia se suma a la violencia, en una trágica espiral que contagia también a las nuevas generaciones, las cuales heredan así el odio que ha dividido a las anteriores. El terrorismo se basa en el desprecio de la vida del hombre. Precisamente por eso, no sólo comete crímenes intolerables, sino que en sí mismo, en cuanto recurso al terror como estrategia política y económica, es un auténtico crimen contra la humanidad. 5. Existe, por tanto, un derecho a defenderse del terrorismo. Es un derecho que, como cualquier otro, debe atenerse a reglas morales y jurídicas, tanto en la elección de los objetivos como de los medios. La identificación de los culpables ha de ser probada debidamente, porque la responsabilidad penal es siempre personal y, por tanto, no puede extenderse a las naciones, a las etnias o a las religiones a las que pertenecen los terroristas. La colaboración internacional en la lucha contra la actividad terrorista debe comportar también un compromiso especial en el ámbito político, diplomático y económico, con el fin de solucionar con valentía y determinación las eventuales situaciones de opresión y marginación que pudieran estar en el origen de los planes terroristas. En efecto, el reclutamiento de los terroristas resulta más fácil en los contextos sociales donde los derechos son conculcados y las injusticias se toleran durante demasiado tiempo. No obstante, es preciso afirmar con claridad que las injusticias existentes en el mundo nunca pueden usarse como pretexto para justificar los atentados terroristas. Se ha de subrayar, además, que entre las víctimas de la destrucción radical del orden, como pretenden los terroristas, han de incluirse en primer lugar a los millones de hombres y mujeres menos preparados para resistir el colapso de la solidaridad internacional. Me refiero concretamente a los pueblos del mundo en vías de desarrollo, que viven ya con estrechos márgenes de supervivencia, y que serían los más dolorosamente perjudicados por el caos global, económico y político. La pretensión del terrorismo de actuar en nombre de los pobres es una falsedad patente. o ¡No se mata en nombre de Dios! 6. Quien mata con atentados terroristas cultiva sentimientos de desprecio hacia la humanidad, manifestando desesperación ante la vida y el futuro; desde esta perspectiva, se puede odiar y destruir todo. El terrorista piensa que la verdad en la que cree o el sufrimiento padecido son tan absolutos que lo legitiman a reaccionar destruyendo incluso vidas humanas inocentes. A veces, el terrorismo es hijo de un fundamentalismo fanático, que nace de la convicción de poder imponer a todos su propia visión de la verdad. La verdad, en cambio, aún cuando se la haya alcanzado -y eso ocurre siempre de manera limitada y perfectible-, jamás puede ser impuesta. El respeto de la conciencia de los demás, en la cual se refleja la imagen misma de Dios (cf. Gn 1, 26-27), permite sólo proponer la verdad al otro, al cual corresponde acogerla responsablemente. Pretender imponer a otros con la violencia lo que se considera 3 como la verdad, significa violar la dignidad del ser humano y, en definitiva, ultrajar a Dios, del cual es imagen. Por eso, el fanatismo fundamentalista es una actitud radicalmente contraria a la fe en Dios. Si nos fijamos bien, el terrorismo no sólo instrumentaliza al hombre, sino también a Dios, haciendo de él un ídolo, del cual se sirve para sus propios objetivos. 7. Por tanto, ningún responsable de las religiones puede ser indulgente con el terrorismo y, menos aún, predicarlo. Es una profanación de la religión proclamarse terroristas en nombre de Dios, hacer en su nombre violencia al hombre. La violencia terrorista es contraria a la fe en Dios Creador del hombre; en Dios que lo cuida y lo ama. En particular, es totalmente contraria a la fe en Cristo, el Señor, que enseñó a sus discípulos a rezar así: " Perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a quienes nos ofenden " (Mt 6, 12). Siguiendo la enseñanza y el ejemplo de Jesús, los cristianos están convencidos de que mostrar misericordia significa vivir plenamente la verdad de nuestra vida: podemos y tenemos que ser misericordiosos, porque nos ha sido manifestada la misericordia por un Dios que es Amor misericordioso (cf. 1Jn 4, 7-12). El Dios que nos redime mediante su entrada en la historia, y que mediante el drama del Viernes Santo prepara la victoria del día de Pascua, es un Dios de misericordia y de perdón (cf. Sal 103 [102], 3-4. 10-13). A cuantos le objetaban que comía con los pecadores, Jesús les ha contestado: " Id, pues, a aprender qué significa aquello de: Misericordia quiero, que no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores " (Mt 9, 13). Los seguidores de Cristo, bautizados en su muerte y en su resurrección, deben ser siempre hombres y mujeres de misericordia y perdón. o Necesidad del perdón 8. Pero, ¿qué significa concretamente perdonar? Y ¿por qué perdonar? Una reflexión sobre el perdón no puede eludir estas preguntas. Volviendo a una reflexión que tuve oportunidad de ofrecer para la Jornada de la Paz 1997 (" Ofrece el perdón, recibe la paz "), deseo recordar que el perdón, antes de ser un hecho social, nace en el corazón de cada uno. Sólo en la medida en que se afirma una ética y una cultura del perdón se puede esperar también en una " política del perdón ", expresada con actitudes sociales e instrumentos jurídicos, en los cuales la justicia misma asuma un rostro más humano. En realidad, el perdón es ante todo una decisión personal, una opción del corazón que va contra el instinto espontáneo de devolver mal por mal. Dicha opción tiene su punto de referencia en el amor de Dios, que nos acoge a pesar de nuestro pecado y, como modelo supremo, el perdón de Cristo, el cual invocó desde la cruz: " Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen " (Lc 23, 34). Así pues, el perdón tiene una raíz y una dimensión divinas. No obstante, esto no excluye que su valor pueda entenderse también a la luz de consideraciones basadas en razones humanas. La primera entre todas, es la que se refiere a la experiencia vivida por el ser humano cuando comete el mal. Entonces se da cuenta de su fragilidad y desea que los otros sean indulgentes con él. Por tanto, ¿por qué no tratar a los demás como uno desea ser tratado? Todo ser humano abriga en sí la esperanza de poder reemprender un camino de vida y no quedar para siempre prisionero de sus propios errores y de sus propias culpas. Sueña con poder levantar de nuevo la mirada hacia el futuro, para descubrir aún una perspectiva de confianza y compromiso. 9. En cuanto acto humano, el perdón es ante todo una iniciativa de cada individuo respecto a sus semejantes. La persona, sin embargo, tiene una dimensión esencialmente social, por la cual establece una red de relaciones sociales en las que se manifiesta a sí misma: no sólo en el bien sino, por desgracia, incluso en el mal. Consecuencia de ello es que el perdón es necesario también en el ámbito social. Las familias, los grupos, los Estados, la misma Comunidad internacional, necesitan abrirse al perdón para remediar las relaciones interrumpidas, para superar situaciones de estéril condena mutua, para vencer la tentación de excluir a los otros, sin concederles posibilidad alguna de apelación. La capacidad de perdón es básica en cualquier proyecto de una sociedad futura más justa y solidaria. Por el contrario, la falta de perdón, especialmente cuando favorece la prosecución de conflictos, tiene enormes costes para el desarrollo de los pueblos. Los recursos se emplean para mantener la carrera de armamentos, los gastos de las guerras, las consecuencias de las extorsiones económicas. De este modo, llegan a faltar las disponibilidades financieras necesarias para promover desarrollo, paz, justicia. ¡Cuánto sufre la humanidad por no saberse reconciliar, cuántos retrasos padece por no saber perdonar! La paz es la condición para el desarrollo, pero una verdadera paz es posible solamente por el perdón. 4 o El perdón, vía maestra 10. La propuesta del perdón no se comprende de inmediato ni se acepta fácilmente; es un mensaje en cierto modo paradójico. En efecto, el perdón comporta siempre a corto plazo una aparente pérdida, mientras que, a la larga, asegura un provecho real. La violencia es exactamente lo opuesto: opta por un beneficio sin demora, pero, a largo plazo, produce perjuicios reales y permanentes. El perdón podría parecer una debilidad; en realidad, tanto para concederlo como para aceptarlo, hace falta una gran fuerza espiritual y una valentía moral a toda prueba. Lejos de ser menoscabo para la persona, el perdón la lleva hacia una humanidad más plena y más rica, capaz de reflejar en sí misma un rayo del esplendor del Creador. El ministerio que llevo a cabo al servicio del Evangelio me hace sentir profundamente el deber, y a la vez me da la fuerza, de insistir sobre la necesidad del perdón. Lo hago también hoy, sostenido por la esperanza de poder suscitar una reflexión serena y madura, de cara a una renovación general, tanto en los corazones de las personas como en las relaciones entre los pueblos de la tierra. 11. Meditando sobre el tema del perdón, habría que recordar algunas situaciones trágicas de conflicto, que desde hace demasiado tiempo fomentan odios profundos y lacerantes, con la consiguiente espiral incontenible de tragedias personales y colectivas. Me refiero, en particular, a cuanto ocurre en Tierra Santa, lugar bendito y sagrado del encuentro de Dios con los hombres, lugar de la vida, muerte y resurrección de Jesús, el Príncipe de la paz. La delicada situación internacional invita a subrayar con renovada fuerza la urgencia de una solución del conflicto árabe-israelí, que dura ya más de cincuenta años, con una alternancia de fases más o menos agudas. El continuo recurso a actos terroristas o de guerra, que agravan para todos la situación y obscurecen las perspectivas, tiene que dar paso finalmente a una negociación decisiva. Los derechos y exigencias de cada parte serán tenidos debidamente en cuenta, y regulados de manera ecuánime, si y cuando prevalezca en todos la voluntad de justicia y de reconciliación. A estos queridos pueblos dirijo de nuevo una invitación apremiante a esforzarse por llegar a una nueva era de respeto mutuo y de acuerdo constructivo. o Comprensión y cooperación interreligiosa 12. En este gran esfuerzo, los líderes religiosos tienen una responsabilidad específica. Las confesiones cristianas y las grandes religiones de la humanidad han de colaborar entre sí para eliminar las causas sociales y culturales del terrorismo, enseñando la grandeza y la dignidad de la persona y difundiendo una mayor conciencia de la unidad del género humano. Se trata de un campo concreto del diálogo y de la colaboración ecuménica e interreligiosa, para prestar un servicio urgente de las religiones a la paz entre los pueblos. En particular, estoy convencido de que los líderes religiosos judíos, cristianos y musulmanes, deben tomar la iniciativa, mediante la condena pública del terrorismo, negando a cuantos participan en él cualquier forma de legitimación religiosa o moral. 13. Al dar testimonio común de la verdad moral, según la cual el asesinato deliberado del inocente es siempre un pecado grave, en cualquier sitio y sin excepciones, los líderes religiosos del mundo favorecerán la formación de una opinión pública moralmente correcta. Ésta es la condición necesaria para la edificación de una sociedad internacional capaz de alcanzar la tranquilidad del orden en la justicia y en la libertad. Un compromiso de este tipo por parte de las religiones no puede dejar de adentrarse en la vía del perdón, que lleva a la comprensión recíproca, al respeto y a la confianza. El servicio que las religiones pueden ofrecer en favor de la paz y contra el terrorismo consiste precisamente en la pedagogía del perdón, porque el hombre que perdona o pide perdón comprende que hay una Verdad más grande que él y que, acogiéndola, puede transcenderse a sí mismo. o Oración por la paz 14. Justamente por esta razón, la oración por la paz no es un elemento que " viene después " del compromiso por la paz. Al contrario, está en el corazón mismo del esfuerzo por la edificación de una paz en el orden, en la justicia y en la libertad. Orar por la paz significa abrir el corazón humano a la irrupción del poder renovador de Dios. Con la fuerza vivificante de su gracia, Dios puede abrir caminos a la paz allí donde parece que sólo hay obstáculos y obstrucciones; puede reforzar y ampliar la 5 solidaridad de la familia humana, a pesar de prolongadas historias de divisiones y de luchas. Orar por la paz significa orar por la justicia, por un adecuado ordenamiento de las Naciones y en las relaciones entre ellas. Quiere decir también rogar por la libertad, especialmente por la libertad religiosa, que es un derecho fundamental humano y civil de todo individuo. Orar por la paz significa rogar para alcanzar el perdón de Dios y para crecer, al mismo tiempo, en la valentía que es necesaria en quien quiere, a su vez, perdonar las ofensas recibidas. Por todos estos motivos, he invitado a los representantes de las religiones del mundo a acudir a Asís, la ciudad de san Francisco, el próximo 24 de enero, para orar por la paz. Queremos manifestar con ello que el genuino sentimiento religioso es una fuente inagotable de respeto mutuo y de armonía entre los pueblos; más aún, en él se encuentra el principal antídoto contra la violencia y los conflictos. En estos momentos de honda preocupación, la familia humana necesita que se le recuerden las razones seguras de nuestra esperanza. Justamente esto es lo que queremos proclamar en Asís, pidiendo a Dios Omnipotente - según la expresión atribuida al mismo san Francisco - que haga de nosotros instrumentos de su paz. 15. No hay paz sin justicia, no hay justicia sin perdón: esto es lo que quiero anunciar en este Mensaje a creyentes y no creyentes, a los hombres y mujeres de buena voluntad, que se preocupan por el bien de la familia humana y por su futuro. No hay paz sin justicia, no hay justicia sin perdón: esto es lo que quiero recordar a cuantos tienen en sus manos el destino de las comunidades humanas, para que se dejen guiar siempre en sus graves y difíciles decisiones por la luz del verdadero bien del hombre, en la perspectiva del bien común. No hay paz sin justicia, no hay justicia sin perdón: no me cansaré de repetir esta exhortación a cuantos, por una razón o por otra, alimentan en su interior odio, deseo de venganza o ansia de destrucción. Que en esta Jornada de la Paz se eleve desde el corazón de cada creyente, de manera más intensa, la oración por todas las víctimas del terrorismo, por sus familias afectadas trágicamente y por todos los pueblos a los que el terrorismo y la guerra continúan agraviando e inquietando. Que no queden fuera de nuestra oración aquellos mismos que ofenden gravemente a Dios y al hombre con estos actos sin piedad: que se les conceda recapacitar sobre sus actos y darse cuenta del mal que ocasionan, de modo que se sientan impulsados a abandonar todo propósito de violencia y buscar el perdón. Que la humanidad, en estos tiempos azarosos, pueda encontrar paz verdadera y duradera, aquella paz que sólo puede nacer del encuentro de la justicia con la misericordia. Vaticano, 8 de diciembre de 2001 www.parroquiasantamonica.com Vida Cristiana
Imprimir

Printfriendly