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jueves, 13 de julio de 2017

Teología del cuerpo. Por cuerpo se entiende toda la persona humana, considerada en su dimensión corpórea. Elementos estructurales de la teología del cuerpo según Juan Pablo II: la experiencia; la soledad originaria; la comunión de personas; el deseo y el descubrimiento de la dimensión esponsal del cuerpo; el lenguaje del cuerpo, el significado unitivo y el significado procreador del acto sexual; El sacramento del cuerpo. En virtud del bautismo de los esposos, su íntima comunión de vida y de amor fundada por el Creador, como ha mostrado Juan Pablo II, es elevada y asumida por la caridad nupcial de Cristo que la apoya con su fuerza de redención.


1 Teología del cuerpo. Por cuerpo se entiende toda la persona humana, considerada en su dimensión corpórea. Elementos estructurales de la teología del cuerpo según Juan Pablo II: la experiencia; la soledad originaria; la comunión de personas; el deseo y el descubrimiento de la dimensión esponsal del cuerpo; el lenguaje del cuerpo, el significado unitivo y el significado procreador del acto sexual; El sacramento del cuerpo. En virtud del bautismo de los esposos, su íntima comunión de vida y de amor fundada por el Creador, como ha mostrado Juan Pablo II, es elevada y asumida por la caridad nupcial de Cristo que la apoya con su fuerza de redención. Cfr. Jean Laffitte, La teología del cuerpo, Lectio magistralis – Una profundización en el legado de Juan Pablo II ROMA, domingo, 23 de mayo de 2010 (ZENIT.org).- Publicamos la Lectio magistralis pronunciada por el obispo Jean Laffitte, secretario del Consejo Pontificio para la Familia, en la Facultad de Bioética del Ateneo Pontificio Regina Apostolorum de Roma, el pasado 22 de abril. TEOLOGÍA DEL CUERPO o A. El cuerpo humano y sus significados. «Teología del cuerpo»: se trata de toda la persona humana, considerada en su dimensión corpórea. Quisiera comenzar esta intervención mía con una primera observación sobre el título elegido: "Teología del cuerpo". Verdaderamente la expresión es paradójica. El discurso sobre Dios, teo-logía, se refiere a la persona humana considerada en su totalidad y no sólo en una dimensión de su ser, aquí, el cuerpo. Por tanto, cuando se habla de teología del cuerpo, es necesario entender desde el principio en qué acepción se entiende la palabra cuerpo. Se trata de toda la persona humana, considerada en su dimensión corpórea. Hablamos así de un cuerpo animado, cuyos fenómenos pueden ser estudiados en el campo de varias ciencias: fisiología, anatomía, todos los sectores de las ciencias biomédicas. No es en este restringido sentido fisiológico como la palabra cuerpo debe ser entendida en nuestra perspectiva. De hecho, el cuerpo humano tiene otros significados. En la medida en que hace presente y visible a toda la persona humana, es portador de valores simbólicos: el cuerpo es la modalidad en la que la persona se hace presente. Cada persona se deja contemplar en su cuerpo; el cuerpo es único, singular, personal. Es ciertamente una realidad carnal. Con todo, está animado no de la forma en que un robot estaría animado por movimientos mecánicos y estereotipados, sino de un modo tal que será en seguida identificado como el cuerpo de esta persona precisa. En este sentido, todos los cuerpos son distintos, porque las personas son distintas. Espíritu, alma y cuerpo. Lo espiritual y lo psíquico. Si nos queremos limitar a la antropología de San Pablo, como la encontramos expresada por ejemplo en la primera carta a los Tesalonicenses, donde el Apóstol se refiere al hombre "todo entero espíritu, alma y cuerpo" (1 Ts 5,23), vemos que una realidad invisible, indicada por los dos términos "alma" y "espíritu", sobre los que diremos luego algo, se completa con un dato material, visible, expresado por la palabra "cuerpo". Como lo hizo observar justamente Denis Biju-Duval [(Biju-duval D.; La profondità del cuore. Tra psichico e spirituale (Prefacio de J. Laffitte), Effatà Editrice, Cantalupa (To) 2009, pp. 29-41).], esta antropología no debe oponerse a la clásica distinción entre alma y cuerpo, más familiar a los espíritus occidentales. Según este autor, las dos antropologías (alma-cuerpo y espíritu-alma-cuerpo) han sido opuestas artificialmente, sustantivando los términos semíticos, expresados en la Biblia en forma de adjetivos: lo espiritual (pneumatikos), lo psíquico (psychikos). Las realidades espiritual y psíquica remiten a la interioridad del hombre, al corazón, lugar simbólico tanto de la decisión (espiritual) como de los sentimientos y de la afectividad (psíquica). La interioridad del hombre se comprende sólo en la tensión con su exterioridad. La carne expresa lo que de algún modo sucede en el corazón del hombre. Esto es tan cierto que, para designar la realidad interior del hombre, se usan a menudo símbolos e imágenes inspiradas en la exterioridad (además del lenguaje espacial, como para el binomio interior-exterior, encontramos elementos orgánicos, el "corazón", el "aire puro", las "vísceras", o incluso elementos naturales, hablando del corazón como de una "tierra fértil" o "estéril", como de un templo", de una casa, etc.). Además de esta función de revelar algo escondido, el cuerpo tiene el papel de mediar entre el hombre y el mundo. Existe una cierta ambigüedad del cuerpo en la medida en que se encuentra por así decirlo a medio camino entre un objeto recibido (Körper) y un hecho asumido (Leib), entre, si queremos, el haber y el ser: "tengo" un cuerpo que me causa sufrimiento o placer, pero al mismo tiempo, "soy" un cuerpo, 2 de forma que quien ataca o hiere mi cuerpo ataca o hiere a toda mi persona. Soy mi cuerpo. Mi cuerpo exige naturalmente respeto. o B. Teología Me parece que las distinciones hechas ayudan a entender que la palabra "cuerpo" es una realidad compleja. Queda ahora algo que decir sobre el otro término de nuestro título, "teología". Valor teológico del cuerpo: la Creación, la Encarnación y la Resurrección. El cuerpo tiene un valor teológico por tres motivos fundamentales: - El primero es el hecho de que ha sido querido por Dios y creado por él. Esta observación implica necesariamente que es portador de algunas finalidades intrínsecas. - El segundo motivo es que Dios ha elegido el cuerpo humano como mediación para revelarse a los hombres: es el dato de la Encarnación. El Verbo se hizo carne. - A estos dos elementos, Creación y Encarnación, debe añadirse un tercero, la Resurrección, que se refiere al destino final del cuerpo humano; es un dato que especifica la fe cristiana: la resurrección de los cuerpos. A pesar de su crecimiento, sus sufrimientos, su envejecimiento hasta la muerte, y su descomposición orgánica, el cuerpo humano está destinado a resucitar. En una visión de fe, este dato ha sido acreditado por el acontecimiento histórico fundamental que ha sido la resurrección de Jesús de entre los muertos. Es sobre la base de este acontecimiento que el cristiano cree verdaderamente que habrá una resurrección de los muertos; un acontecimiento fundamental para él y para todos los hombres, que serán integrados a la fuerza del Resucitado. Podríamos en otro lugar profundizar en el hecho de que la resurrección del cuerpo, lejos de ser una creencia irracional, se funda al contrario en la eminente coherencia de la fe, expresada en este campo por el destino común entre el cuerpo de cada bautizado y el cuerpo del Señor resucitado. Es imposible fundar una "teología del cuerpo" sin integrar la certeza de la resurrección. Nos ayuda en este sentido el texto esencial de san Pablo en la primera carta a los Corintios: "El cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor, y el Señor para el cuerpo. Y Dios, que resucitó al Señor, nos resucitará también a nosotros mediante su poder (1 Cor 6, 13-14). En el contexto de una enseñanza sobre el uso equivocado y pecaminoso del cuerpo que es la fornicación, el Apóstol saca las consecuencias morales de esta forma: "¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? Y ¿había de tomar yo los miembros de Cristo para hacerlos miembros de prostituta? ¡De ningún modo! ¿O no sabéis que quien se une a la prostituta se hace un solo cuerpo con ella? Pues está dicho: Los dos se harán una sola carne. Mas el que se une al Señor, se hace un solo espíritu con él (1 Cor 6, 15-17). En verdad, para ser completos, deberíamos prolongar la lectura de san Pablo, en particular recordar estas dos ideas secundarias de que el cuerpo es "templo del Espíritu Santo", y de que el hombre ya no se pertenece, desde el momento en que ha sido "comprado a caro precio por el Señor". El caro precio ha sido el del Calvario, de la pasión y de la muerte de Jesús en el leño de la cruz. Para resumir en pocas palabras estos fundamentos de la "Teología del cuerpo", es necesario no olvidar ninguno de los elementos apenas evocados: creación del hombre por Dios y por tanto creación de su propio cuerpo, asunción del cuerpo humano por el Hijo eterno del Padre, resurrección de Jesús y resurrección de los hombres en su persona, presencia del Espíritu de Dios como en un templo, dando al cuerpo humano una dignidad excelsa. o C. Elementos estructurales de la teología del cuerpo según Juan Pablo II Sólo desde esta perspectiva de la fe cristiana se puede comprender la teología del cuerpo según Juan Pablo II. Como se sabe, la teología del cuerpo designa el contenido de las 129 "Catequesis sobre el amor humano" que el Papa pronunció de 1979 a 1984, con motivo de las audiencias públicas del miércoles. Todos conocéis al menos una parte de estos textos que personalmente considero que constituyen una aportación fundamental al magisterio ordinario del pontífice polaco, y estoy convencido de que estamos sólo al inicio de su difusión. La fecundidad de las Catequesis se debe al hecho de que no sólo integran el conjunto de la visión bíblica y magisterial tradicional de la Iglesia, algo que ya hemos tratado de mostrar brevemente al inicio de esta conversación, sino que además lo explicitan de una manera extraordinariamente original. La originalidad está en la manera de presentar el contenido de la fe sobre la persona humana, en el dinamismo propio del sujeto. De este modo, el auditor o el lector se siente personalmente comprometido en esta visión, que asume un carácter existencial intenso. Me parece que es una clave central para comprender la novedad de la aportación de Juan Pablo II. 3 a) el carácter concreto de la experiencia Quisiera ofreceros ahora un primer criterio esencial de la teología del cuerpo según Juan Pablo II, pues le permite evitar desde el inicio todo riesgo de ideología: se trata de su concepto de experiencia. En vez de ser reducida a la observación de fenómenos científicamente observables, la experiencia del amor no descuida ninguna de las dimensiones de la existencia humana. Todos los elementos de la percepción humana y de los dinamismos volitivos del hombre están presentes, así como su capacidad para entrar en relación con Dios. La comunión de personas, según las Catequesis, no se contenta con la aportación del personalismo de Martin Buber o de Max Scheler, sino que le da su auténtico alcance trascendente, después de haber identificado la fuente en Dios: ser en comunión significa estar unidos a Dios, fuente y fin de toda comunión humana auténtica. La experiencia es una vivencia (Erlebnis), lo que significa desde esta perspectiva que Dios no es ajeno a la experiencia: el hombre y la mujer experimentan la presencia y la acción de Dios y Dios les da la capacidad para vivir una comunión de personas que se convierte en mediación de lo absoluto y camino hacia él. En este sentido, la comunión de personas es una vocación y permite a quien ama santificarse verdaderamente. En otras palabras, crecer en la comunión con Dios. Quiero subrayar que el planteamiento de las Catequesis no es moralista o voluntarista, sino que se trata de una actitud auténticamente mística, en el sentido de que se concentra en el misterio imposible de aferrar de la unión entre Dios y el hombre, en el que se integra la relación nupcial hombre-mujer. b) la soledad originaria: define el estado objetivo en que fue creado el primer hombre, que se realiza plenamente cuando se le ofrece una «ayuda adecuada». La primera parte de las Catequesis está dedicada a la clásica lectura de las dos narraciones de la creación del hombre y de la mujer en los primeros capítulos del libro del Génesis (1, 26-27). "Y dijo Dios: 'Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra... Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, hombre y mujer los creó". La segunda narración (Génesis 2, 18-25) muestra la creación de la mujer a partir de la costilla de Adán y la aceptación por parte de este último del don del creador: "Esta vez sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne". El Papa no tiene miedo de ofrecer una lectura de carácter filosófico de estas fuentes tradicionales: utiliza un concepto normalmente psicológico, la soledad, y lo transforma en una realidad ontológica de creación. Nace así la genial expresión soledad originaria que define el estado objetivo en el que fue creado el primer hombre, Adán, que se realiza plenamente en su humanidad, cuando se le ofrece una ayuda adecuada. La segunda narración presenta desde esta perspectiva al hombre bajo el aspecto de su objetividad. La primera relación que experimenta el hombre es su relación con Dios que le ha creado directamente a partir de arcilla. De Dios recibe la orden de no probar el fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal. Por tanto, esta relación de dependencia fundamental de Dios da a entender la condición ética del hombre, que se encuentra por primera vez ante una opción moral: obedecer o desobedecer. La soledad originaria explica la expectativa del hombre de esa ayuda adecuada, que permite integrar de manera coherente el deseo fundamental que siente el hombre de unirse con una mujer. De este modo se integra toda la dimensión del deseo y de su expresión sexual: de este modo, los dos forman una sola carne. Dos significados esenciales de la «soledad originaria». La soledad tiene dos significados esenciales: el hombre descubre que es diferente de todo el mundo que le rodea y experimenta el carácter específico de su ser en relación con todas las criaturas. El segundo elemento afecta más de cerca a nuestro objetivo. Juan Pablo II se refiere a la relación hombre-mujer cuando habla de soledad originaria: el hombre experimenta sus propios límites, simbolizados por las fronteras naturales de su propio cuerpo. La contemplación del cuerpo de la mujer le introduce en una experiencia singular, la de la belleza del cuerpo. A través de esta mediación, que involucra a toda su naturaleza, experimenta de manera más fundamental aún la experiencia de la comunión. Como vemos, el cuerpo sirve también para descubrir, a través de la ambigüedad del deseo, la vocación profunda del hombre y de la mujer a la comunión. c) la comunión de personas El hombre no es tanto imagen de Dios en el momento de la soledad, sino más bien en el momento de la comunión. La complementariedad sexual Otro ejemplo es el de la comunión de personas (communio personarum). La comunión representa también un dato de experiencia personal: estar en comunión con Dios, estar en comunión con el otro. La segunda originalidad de Juan Pablo II consiste en haber visto en la comunión de personas un dato creatural que ha sido perfectamente ilustrado por un texto del magisterio: Mulieris Dignitatem. Me refiero a los 4 primeros números de la carta apostólica. Cito: "El hecho de que el ser humano, creado como hombre y mujer, sea imagen de Dios no significa solamente que cada uno de ellos individualmente es semejante a Dios como ser racional y libre; significa además que el hombre y la mujer, creados como «unidad de los dos» en su común humanidad, están llamados a vivir una comunión de amor y, de este modo, reflejar en el mundo la comunión de amor que se da en Dios, por la que las tres Personas se aman en el íntimo misterio de la única vida divina". En este texto, en realidad, encontramos un eco de lo que Juan Pablo II había introducido en una de las Catequesis, ampliando de manera extraordinaria el concepto tradicional de imagen de Dios. Él había escrito con audacia que "el hombre no es tanto imagen de Dios en el momento de la soledad, sino más bien en el momento de la comunión. Desde el inicio, no era sólo una imagen en la que reflejaba la soledad de una Persona que gobierna el mundo, sino también y esencialmente una imagen de una comunión de Personas divina e inescrutable (Juan Pablo II, Catechesi XIX, Ibid., pp.91). La novedad absoluta de la Teología del Cuerpo estriba en el hecho de que, en el acto creativo del hombre por parte de Dios, está inscrita la corporeidad del hombre y de la mujer como una llamada a la comunión. La implicación de esta visión permite a Juan Pablo II subrayar la complementariedad sexual, en la medida en la que expresa precisamente la comunión de personas como un dato original. La novedad absoluta de la Teología del Cuerpo, en este sentido, estriba en el hecho de que, en el acto creativo del hombre por parte de Dios, está inscrita la corporeidad del hombre y de la mujer como una llamada a la comunión. Permitidme invitaros a meditar en la tendencia que se da hoy a abandonar el criterio absoluto de la comunión para comprender el verdadero sentido de la sexualidad; se da, de hecho, un lazo entre esta tendencia y la ideología actual, que consiste en descuidar la diversidad sexual con la negación explícita de la masculinidad y de la femineidad. Me refiero a la ideología del gender, que no tiene otra opción que reducir miserablemente el misterio de la sexualidad humana a un dato meramente cultural, que fundamentaría el carácter indiferenciado de las opciones de comportamiento en el campo sexual. Es interesante constatar que esta visión ideológica está acompañada por una falta de esperanza en la capacidad del hombre y de la mujer para vivir para siempre una comunión de personas en su forma conyugal, lo que supone respetar los caracteres esenciales de unidad e indisolubilidad. d) el deseo y el descubrimiento de la dimensión esponsal del cuerpo Antes hablaba de ambigüedad del deseo en el sentido de que, en su estructura, el deseo sexual, como lo demostrarán algunas Catequesis, implica al mismo tiempo una dimensión gratificante orientada a la dilatación del propio ser en la unión del hombre con la mujer, pero también un cierto pathos, un sufrimiento de quien experimenta que no puede darse a sí mismo la alegría que sólo la comunión con el otro (o la otra) puede suscitar. La riqueza de este planteamiento me parece evidente. Constatamos que encuentra su origen en una larga contemplación por parte del filósofo Karol Wojtyla del fenómeno del amor, así como de su profundización en su manifestación conyugal en el misterio de la sexualidad. Una lectura de sus obras filosóficas y antropológicas, por ejemplo, "Amor y responsabilidad, persona y acto", los numerosos artículos publicados en Polonia de los que contamos desde hace unos años con una traducción al italiano, manifiesta la influencia de varios autores pertenecientes a las corrientes fenomenológicas y personalistas. No es posible desarrollar aquí lo que el filósofo Karol Wojtyla debe a cada uno de estos autores de los que sólo podemos citar los principales: Edmund Husserl, Max Scheler, Edith Stein, Dietrich von Hildebrand. El deseo manifiesta un valor inscrito en el cuerpo: su dimensión esponsal. El cuerpo está orientado al don de la persona. Según las palabras del Papa [Juan Pablo II, Catechesi XIV, XV e XVI, in Uomo e Donna lo creò, Catechesi sull'amore umano, Città Nuova Editrice-Libreria Editrice Vaticana, Roma 1985, pp 74- 83]: "el cuerpo expresa la femineidad a la masculinidad y viceversa la masculinidad a la femineidad, manifiesta la reciprocidad y la comunión de las personas. Precisamente en el amor, la persona se convierte en don. Juan Pablo II se inspira en la antropología desarrollada por la constitución pastoral Gaudium et Spes, según la cual, "el hombre como persona, creatura que Dios ha querido por sí misma, sólo puede encontrarse a sí mismo plenamente en el don de sí" (Ibid., p 80.). El hombre puro de corazón descubre el significado esponsal del propio cuerpo orientado hacia el don de toda la persona y la recepción de toda la persona de la otra. El amor presupone este doble movimiento, en una reciprocidad del don que los dos cónyuges ofrecen de sí mismos al otro (otra). Esto implica que los dos estén unidos por la conciencia del significado del cuerpo. El respeto del significado del cuerpo determina un ethos del don, que permite integrar los diferentes dinamismos de la persona. e) El lenguaje del cuerpo. El significado unitivo y el significado procreador del acto sexual. 5 Sabemos que el joven perito, en el Concilio Vaticano II, Karol Wojtyla, había participado en la reflexión y en los debates sobre lo que se convertiría en el contenido de la encíclica Humanae Vitae en 1968. La encíclica de Pablo VI dio pie a una contestación contra la enseñanza y la argumentación de la moral conyugal enseñada en ese texto. El arzobispo de Cracovia había comprendido que el corazón de la argumentación debía fundamentarse sobre la afirmación del carácter inseparable de las dos dimensiones del acto conyugal: unitiva y procreadora. Ya la constitución Gaudium et Spes del Concilio Vaticano II había desarrollado este análisis de la naturaleza del acto sexual, que debía reflejar el sentido completo de la entrega mutua y de la procreación humana. El acto conyugal posee una íntima estructura que debe ser respetada: es al mismo tiempo un acto de profunda unión entre los esposos y un acto que, en la medida en que está abierto a la vida, puede tener como consecuencia la venida a la existencia de una nueva persona humana. Este posible efecto no sólo depende de la voluntad de los esposos, como lo demuestra el hecho de que no todos los actos sexuales dan origen a la concepción. Esta observación nos ayuda a recordar que el verdadero artífice de la vida es Dios creador. Sin embargo, los esposos tienen el poder de hacerse disponibles a la eventual acogida de esta nueva vida, actuando de este modo como colaboradores del Creador. Por este motivo, se les llama procreadores. La transmisión de la vida es, por tanto, una forma de servicio. Las dos dimensiones del acto que une profundamente a los esposos no pueden separarse de un acto deliberado de los cónyuges. En su teología del cuerpo, Juan Pablo II recuerda que la Humanae Vitae hacía referencia a las leyes inscritas en el ser mismo del hombre y de la mujer. La íntima estructura del acto sexual es llamada por el Papa la verdad ontológica del acto. Ahora bien, los actos de los esposos deben expresar esta verdad. Los cónyuges la asumen al quedar abiertos a la transmisión de la vida; es una actitud interior que se hace posible gracias a la virtud de la castidad conyugal. El cuerpo humano es el medio de expresión de todo el hombre, de la persona que se revela a sí misma a través del lenguaje del cuerpo. Este lenguaje, dice Juan Pablo II, tiene un importante significado interpersonal, especialmente cuando se trata de las relaciones recíprocas entre el hombre y la mujer. El Papa añade, sin embargo, que en un determinado nivel el lenguaje del cuerpo debe expresar la verdad del sacramento. La participación en el designio eterno de amor de Dios le permite convertirse en una especie de profecía del cuerpo. Juan Pablo II trata de unir de este modo la dimensión sacramental del don de los esposos con la dimensión personalista. De este modo, nos encontramos ante una auténtica revelación del cuerpo que, en el acto conyugal, no sólo significa el amor sino también la posible fecundidad. No es lícito separar el significado unitivo del significado procreador porque tanto uno como otro pertenecen a la verdad del otro: uno se vive junto al otro y, en cierto sentido, el uno a través del otro. No puedo desarrollar aquí toda la fuerza de argumentos de la encíclica Humanae Vitae releída e interpretada por Juan Pablo II, ni las implicaciones éticas que afectan a la paternidad y a la maternidad responsables y al recurso a los métodos naturales para limitar los nacimientos, cuando hay motivos serios (iustae causae). Para Juan Pablo II, la malicia esencial del acto anticonceptivo, es decir, cuando es deliberadamente infértil, se debe al hecho de que viola el orden interior de la comunión conyugal. f) El sacramento del cuerpo. La analogía entre el amor del Señor por la Iglesia y el amor del esposo por su esposa es una piedra angular de la teología cristiana del matrimonio en san Pablo. En virtud del bautismo de los esposos, su íntima comunión de vida y de amor fundada por el Creador, como ha mostrado Juan Pablo II, es elevada y asumida por la caridad nupcial de Cristo que la apoya con su fuerza de redención. La relación nupcial entre los cónyuges es el lugar de la presencia de Cristo. La reflexión de Juan Pablo II sobre la sexualidad siempre ha tenido una perspectiva cristológica. Cristo es fuente y modelo de las relaciones entre los cónyuges. El misterio nupcial de amor entre Cristo Esposo y la Iglesia Esposa fundamenta el misterio del matrimonio cristiano. En una visión de fe, la comunión de amor y de vida entre los cónyuges tiene como misión propia, por su naturaleza profética, expresar y hacer actual la unión entre Cristo y su Iglesia. Deberíamos reflexionar sobre la manera en que la Iglesia es verdaderamente una comunión de vida y de amor. Por una parte, en la Iglesia se transmite la vida eterna, pues está fecundada por el don del Espíritu Santo. Por otra parte, la Iglesia es esencialmente una comunión de amor, en la medida en la que el amor infinito la ha hecho nacer del costado traspasado del Redentor. Es interesante observar que en los escritores sagrados y en la gran tradición de los Padres, la unión entre Dios y la Iglesia siempre ha sido descrita en términos inspirados por el amor nupcial. Por ejemplo, en el contexto de una enseñanza conyugal, Pablo hace referencia al modelo de Cristo que cuida de su Iglesia. La Iglesia se alimenta de la espera escatológica de estar eternamente unida a su Señor. De este modo, la unión entre Cristo y la Iglesia se presenta como la celebración de las bodas eternas del Cordero. La analogía entre el amor del Señor por la 6 Iglesia y el amor del esposo por su esposa es una piedra angular de la teología cristiana del matrimonio en san Pablo. Sin embargo, también en este campo de los sacramentos la aportación de la teología del cuerpo de Juan Pablo II es muy original. Comienza con el lazo que une al cuerpo con el sacramento. Como es sabido, todo sacramento presupone una realidad corporal: el sacramento es signo de algo, es una realidad visible que hace referencia a otra realidad escondida. El Papa medita en la Carta a los Efesios. Observa que la realidad invisible que tiene que significar el sacramento es la caridad de Cristo, su amor infinito. Ahora bien, ¿acaso el signo visible del amor de Cristo no es su cuerpo muerto y resucitado? El cuerpo muerto en la Cruz puede ser interpretado sin dificultad como la consecuencia del amor de quien ha entregado la propia vida por la salvación del mundo. Sin embargo, el hecho de que el mismo cuerpo haya resucitado muestra que es también sacramento del amor del Padre, pues el Hijo se ha ofrecido como sacrificio al Padre. La resurrección de Jesús testimonia que su oración al Padre ha sido escuchada. El misterio eclesial del amor de los esposos puede ser ampliado, como hace Juan Pablo II, hacia una dirección eucarística. San Pablo recuerda el deber de los maridos de amar a las mujeres como a su propio cuerpo. De este modo, el esposo que ama a su mujer se ama a sí mismo, alimenta su propia carne y, como dice el apóstol, "la cuida con cariño, lo mismo que Cristo a la Iglesia, pues somos miembros de su Cuerpo. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne. Gran misterio es éste, lo digo respecto a Cristo y la Iglesia" (Efesios, 5 29-32). En su sentido propio, la palabra cuerpo indica el cuerpo sexuado del hombre y de la mujer, que les permite, al unirse, conformar una sola carne. En sentido metafórico la Iglesia es llamada Cuerpo de Cristo. Esto sugiere el lazo profundo que une a todos los hombres con el Hijo de Dios. Ya hemos evocado cómo la unión sexual entre el hombre y la mujer debe ser entendida como el don recíproco que cada uno de los dos hace al otro. Sin embargo, la frase de Pablo, según la cual, "nadie aborreció jamás su propia carne; antes bien, la alimenta y la cuida con cariño", hace referencia implícitamente a la Eucaristía: con su cuerpo Cristo alimenta a la Iglesia. El Papa observa que la analogía entre la relación hombre-mujer y la relación Cristo-Iglesia contribuye a iluminar el misterio divino, en el sentido de que nos enseña algo sobre el amor recíproco que une a Cristo con la Iglesia. Al mismo tiempo, sin embargo, nos enseña también la verdad esencial del matrimonio, cuya vocación consiste en reflejar el don de Cristo a la Iglesia junto al amor de la Iglesia por Cristo. Si el sacramento tiene como fin expresar este misterio divino, tenemos que admitir que no podrá hacerlo nunca completamente. El misterio, de hecho, siempre sobrepasa al sacramento. Pero Juan Pablo II completa su análisis con la observación de que el sacramento, en realidad, va más allá de su significado. No se contenta con proclamar el misterio de manera significativa; está destinado a realizarlo en el hombre. Y de este modo, en virtud del bautismo de los esposos, su íntima comunión de vida y de amor fundada por el Creador, como ha mostrado Juan Pablo II, es elevada y asumida por la caridad nupcial de Cristo que la apoya con su fuerza de redención. La luz de la Redención consiente al Papa dar a la teología del cuerpo su dimensión más profunda. El centro de la atención se concentra aquí en la Última Cena. En el momento de la comunión más intensa con los discípulos, Jesús anticipa la entrega libre que hace de sí mismo. No sólo afirma que el pan y el vino que les da de comer y de beber son su cuerpo y su sangre, sino que expresa el valor de sacrificio, haciéndolo sacramentalmente presente. El cuerpo entregado y la sangre derramada ya no sólo tienen el significado de un símbolo: se ofrecen como comida y bebida para los discípulos que, unidos a Jesús y entre sí, se unen corporalmente con él. Quedar unido corporalmente con Cristo quiere decir estar asociado a su propio sacrificio redentor. La unidad en la caridad es exigida para recibir digna y eficazmente el cuerpo y la sangre de Cristo. Este don se hace a toda la Iglesia, Esposa de Cristo. El Papa muestra de este modo que la esencia de la Eucaristía es nupcial, pues es el don que el esposo hace a su esposa y que la esposa acoge en la fe. Una auténtica espiritualidad conyugal. Matrimonio y Eucaristía. Sin esfuerzo podéis imaginar el interés de esta reflexión para una auténtica espiritualidad conyugal. Sólo presento algunas sendas de exploración: la Eucaristía refuerza y regenera la comunión entre los esposos; revela a los esposos cristianos la verdadera identidad eucarística del matrimonio; es en cierto sentido memoria del don que los esposos se han hecho uno al otro; la luz eucarística permite concebir la unión de los esposos en su dimensión adecuada de entrega total, abierta a una fecundidad que la trasciende. [Traducción del original italiano realizada por Inma Álvarez y Jesús Colina] www.parroquiasantamonica.com

Teología del Cuerpo y del Amor. El lenguaje positivo del cuerpo según el diseño originario de Dios, antes de la Caída. Los cuerpos de Adán y Eva aparecen en perfecta armonía. Nuestros cuerpos hablan, si sabemos escuchar, el lenguaje del verdadero amor. El cuerpo contiene también un lenguaje negativo: nos habla de la opresión del otro, del deseo de apropiación del otro, de explotarlo. Este lenguaje no pertenece al diseño original de Dios sino que es fruto del pecado. Después de la caída hay un camino de redención del cuerpo: la familia, lugar donde la teología del cuerpo y del amor se unen. La teología del cuerpo y la Encarnación. La llamada a la comunión de las personas.



1 Teología del Cuerpo y del Amor. El lenguaje positivo del cuerpo según el diseño originario de Dios, antes de la Caída. Los cuerpos de Adán y Eva aparecen en perfecta armonía. Nuestros cuerpos hablan, si sabemos escuchar, el lenguaje del verdadero amor. El cuerpo contiene también un lenguaje negativo: nos habla de la opresión del otro, del deseo de apropiación del otro, de explotarlo. Este lenguaje no pertenece al diseño original de Dios sino que es fruto del pecado. Después de la caída hay un camino de redención del cuerpo: la familia, lugar donde la teología del cuerpo y del amor se unen. La teología del cuerpo y la Encarnación. La llamada a la comunión de las personas. Cfr. Audiencia a los miembros del Instituto Pontificio Juan Pablo II 13 de mayo de 2011, 30 aniversario de la fundación del Instituto 1 Señores cardenales, venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio, queridos hermanos y hermanas, o Conjugar la teología del cuerpo con la del amor para encontrar la unidad del camino del hombre. Con alegría os acojo hoy, pocos días después de la beatificación del Papa Juan Pablo II, que hace treinta años, como hemos oído, quiso fundar contemporáneamente el Consejo Pontificio para la Familia y vuestro Instituto Pontificio; dos organismos que muestran como él estaba firmemente persuadido de la importancia decisiva de la familia para la Iglesia y para la sociedad. Saludo a los representantes de vuestra gran comunidad, esparcida en todos los continentes, como también la benemérita Fundación para el matrimonio y la familia que he creado para sostener vuestra misión. Agradezco al presidente, monseñor Melina, las palabras que me ha dirigido en nombre de todos. El nuevo Beato Juan Pablo II, que, como se ha recordado, hace treinta años sufrió el terrible atentado en la plaza de San Pedro, os ha confiado en particular, para el estudio, la investigación y la difusión, sus “Catequesis sobre el amor humano”, que contienen una profunda reflexión sobre el cuerpo humano. Conjugar la teología del cuerpo con la del amor para encontrar la unidad del camino del hombre: este es el tema que quisiera indicaros para vuestro trabajo. o Nuestros cuerpos esconden un misterio. Los cuerpos pintados por Miguel Angel. El cuerpo es el lugar donde el espíritu habita. Por tanto, es posible entender que nuestros cuerpos no son materia inerte, pesada, sino que hablan, si sabemos escuchar, con el lenguaje del amor verdadero. Poco después de la muerte de Miguel Ángel, Paolo Veronese fue llamado ante la Inquisición, con la acusación de haber pintado figuras inapropiadas alrededor de la Última Cena. El pintor respondió que también en la Capilla Sixtina los cuerpos estaban representados desnudos, con poca reverencia. Fue el mismo inquisidor el que defendió a Miguel Ángel con una respuesta que se hizo famosa: “¿No sabes que en estas figuras no hay nada que no sea espíritu?”. En la actualidad nos cuesta entender estas palabras, porque el cuerpo aparece como materia inerte, pesada, opuesta al conocimiento y a la libertad propias del espíritu. Pero los cuerpos pintados por Miguel Ángel están llenos de luz, vida, esplendor. Quería mostrar, de esta manera, que nuestros cuerpos esconden un misterio. En ellos el espíritu se manifiesta y actúa. Están llamados a ser cuerpos espirituales, como dice San Pablo (cfr 1Cor 15,44). Podemos ahora preguntarnos: ¿Puede este destino del cuerpo, iluminar las etapas de su camino? Si nuestro cuerpo está llamado a ser espiritual, ¿no deberá ser su historia la de la alianza entre el cuerpo y el espíritu? De hecho, lejos de oponerse al espíritu, el cuerpo es el lugar donde el espíritu habita. A la luz de esto, es posible entender que nuestros cuerpos no son materia inerte, pesada, sino que hablan, si sabemos escuchar, con el lenguaje del amor verdadero. 1 Traducción del original italiano de la redacción de Vida Cristiana 2 La creación del hombre. El cuerpo nos habla de un origen que nosotros no nos hemos conferido a nosotros mismos. Lleva consigo un significado filial: nos recuerda la generación que nos lleva a Dios Creador a través de nuestros padres que nos han dado la vida. Los cuerpos de Adán y Eva aparecen, antes de la Caída, en perfecta armonía. La primera palabra de este lenguaje se encuentra en la creación del hombre. El cuerpo nos habla de un origen que nosotros no nos hemos conferido a nosotros mismos. “Me plasmaste en el seno de mi madre”, dice el salmista al Señor (Sal 139,13). Podemos afirmar que el cuerpo, al revelarnos el Origen, lleva consigo un significado filial, porque nos recuerda nuestra generación, que muestra, a través de nuestros padres que nos han dado la vida, a Dios Creador. Sólo cuando reconoce el amor original que le ha dado la vida, el hombre puede aceptarse a sí mismo, puede reconciliarse con la naturaleza y con el mundo. A la creación de Adán le sigue la de Eva. La carne, recibida de Dios, está llamada a hacer posible la unión de amor entre el hombre y la mujer, y transmitir la vida. Los cuerpos de Adán y Eva aparecen, antes de la Caída, en perfecta armonía. Hay en ellos un lenguaje que no han creado, un eros radicado en su naturaleza, que les invita a recibirse mutuamente del Creador, para poder, de esta manera, donarse. Comprendemos entonces que, en el amor, el hombre es “creado nuevamente”. Incipit vita nova, decía Dante (Vita Nuova I,1), la vida de la nueva unidad de los dos en una carne. La verdadera fascinación de la sexualidad cuando la unión en una sola carne se hace unión de toda la vida. La verdadera fascinación de la sexualidad nace de la grandeza de este horizonte que se abre: la belleza integral, el universo de la otra persona y del “nosotros” que nace de la unión, la promesa de comunión que allí se esconde, la fecundidad nueva, el camino que el amor abre hacia Dios, fuente de amor. La unión en una sola carne se hace, entonces, unión de toda la vida, hasta que el hombre y la mujer se convierten también en un solo espíritu. Se abre, así, un camino en el que el cuerpo nos enseña el valor del tiempo, de la lenta maduración en el amor. La virtud de la castidad: No es un “no” a los placeres y a la alegría de la vida, sino el gran “sí” al amor como comunicación profunda entre las personas. Desde esta perspectiva, la virtud de la castidad recibe un nuevo sentido. No es un “no” a los placeres y a la alegría de la vida, sino el gran “sí” al amor como comunicación profunda entre las personas, que exige tiempo y respeto, como camino hacia la plenitud y como amor que se convierte en capaz de generar la vida y de acoger generosamente la vida nueva que nace. o El cuerpo contiene también un lenguaje negativo: nos habla de la opresión del otro, del deseo de apropiación del otro, de explotarlo. Este lenguaje no pertenece al diseño original de Dios sino que es fruto del pecado. Después de la caída hay un camino de redención del cuerpo. La familia: lugar donde la teología del cuerpo y del amor se unen. Es cierto que el cuerpo contiene también un lenguaje negativo: nos habla de la opresión del otro, del deseo de poseerlo y de explotarlo. Sin embargo, sabemos que este lenguaje no pertenece al diseño original de Dios, sino que es fruto del pecado. Cuando se separa de su sentido filial, de su conexión con el Creador, el cuerpo se rebela contra el hombre, pierde su capacidad de hacer brillar la comunión y se convierte en terreno del que se apropia el otro. ¿No es quizás, este el drama de la sexualidad, que hoy permanece encerrada en el círculo estrecho del propio cuerpo y en la emotividad, pero que en realidad puede realizarse sólo en la llamada a algo más grande? Respecto a esto, Juan Pablo II hablaba de la humildad del cuerpo. Un personaje de Claudel dice a su amado: “la promesa que mi cuerpo te hizo, yo soy incapaz de llevarla a cabo”; a la que sigue la respuesta: “el cuerpo se rompe, pero no la promesa... “(Le soulier de satin, Día III, Escena XIII). La fuerza de esta promesa explica como la Caída no fue la última palabra sobre el cuerpo en la historia de la salvación. Dios ofrece al hombre también un camino de redención del cuerpo, cuyo lenguaje viene preservado en la familia. Si, después de la Caída, Eva recibe el nombre de Madre de los Vivientes, es un testimonio de que la fuerza del pecado no consigue cancelar el lenguaje original del cuerpo, la bendición de vida que Dios continúa ofreciendo cuando el hombre y la mujer se unen en una sola carne. La familia: he aquí el lugar donde la teología del cuerpo y la 3 teología del amor se unen. Aquí se aprende la bondad del cuerpo, el testimonio bueno de su origen, en la experiencia del amor que recibimos de los padres. Aquí se vive el don de sí en una sola carne, en la caridad conyugal que une a los esposos. Aquí se experimenta la fecundidad del amor, y la vida se entrelaza a la de las otras generaciones. Es en la familia donde el hombre descubre su relacionalidad, no como individuo autónomo que se autorrealiza, sino como hijo, esposo, padre, cuya identidad se funda en la llamada al amor, a ser recibidos por otros y a donarse a otros. o La teología del cuerpo y la Encarnación. La llamada a la comunión de las personas. Este camino de la creación encuentra su plenitud con la Encarnación, con la venida de Cristo. Dios asumió el cuerpo, se ha revelado en él. El movimiento del cuerpo hacia lo alto está integrado aquí en otro movimiento más original, el movimiento humilde de Dios que se abaja hacia el cuerpo, para después elevarlo hacia sí. Como Hijo, recibió el cuerpo filial en la gratitud y en la escucha del Padre y ha donado este cuerpo por nosotros, para generar así el cuerpo nuevo de la Iglesia. La liturgia de la Ascensión canta esta historia de la carne, pecadora en Adán, asumida y redimida por Cristo. Es una carne que está cada vez más llena de luz y de Espíritu, llena de Dios. Aparece así la profundidad de la teología del cuerpo. Esta, cuando es leída junto a la tradición, evita el riesgo de la superficialidad y consiente acoger la grandeza de la vocación al amor, que es una llamada a la comunión de las personas en la doble forma de vida, de la virginidad y del matrimonio. Queridos amigos, vuestro Instituto está bajo la protección de la Virgen María. De María dice Dante palabras luminosas para una teología del cuerpo: “en el vientre tuyo se reencendió el amor” (Paraíso XXXIII, 7). En su cuerpo de mujer ha tomado cuerpo aquel Amor que genera la Iglesia. La Madre del Señor continúe protegiéndoos en vuestro camino y haga fecundos vuestro estudio y enseñanza, a servicio de la misión de la Iglesia para la familia y la sociedad. Os acompañe la Bendición Apostólica, que os imparto a todos de todo corazón. Gracias. www.parroquiasantamonica.com

La sexualidad. Es un modo de ser de la persona humana, hace que el varón y la mujer – aunque como personas son iguales en su naturaleza y dignidad – sean esencialmente diferentes. Esa diferenciación sexual no es un producto cultural y es indicadora de la mutua complementariedad.


[Chiesa/Testi/Sessualità/SexualidadModoSerPersonaHumanaDiferenciaComplementariedadIcetaSarmiento] La sexualidad. Es un modo de ser de la persona humana, hace que el varón y la mujer – aunque como personas son iguales en su naturaleza y dignidad – sean esencialmente diferentes. Esa diferenciación sexual no es un producto cultural y es indicadora de la mutua complementariedad. Cfr. Augusto Sarmiento – Mario Iceta, ¡Nos casamos!, Curso de preparación al matrimonio, Eunsa 2005, pp. 56-57 o En el ser humano cuerpo y alma forman una unidad, un único «yo». La sexualidad es inseparable de la persona, es un modo de ser de la persona humana. En el ser humano el cuerpo y el alma (la materia y el espíritu) constituyen esa totalidad unificada que es la persona humana. La persona humana no es sólo el alma, ni sólo el cuerpo. Es el alma y el cuerpo en cuanto forman una unidad, un único «yo». Hasta el punto de que el cuerpo es la persona en su visibilidad. Pero esta existe necesariamente como hombre o como mujer. El espíritu se une a un cuerpo que necesariamente es masculino o femenino y, por esa unidad substancial entre cuerpo y espíritu, el ser humano es en su totalidad masculino o femenino. La sexualidad es inseparable de la persona; no es un simple atributo; es un modo de ser de la persona humana. Es la persona misma la que siente y se expresa a través de la sexualidad. Afecta tan profundamente a la persona que al decidir sobre la sexualidad, por ejemplo, en la alianza conyugal o en la entrega propia de la unión conyugal, se decide sobre la persona. Los mismos rasgos anatómicos, en cuanto expresión física de esa masculinidad o feminidad, están dotados de una significación trascendente y objetiva: están llamados a ser manifestación visible de la persona. o A su vez, la sexualidad, como modo de ser la persona humana, hace que el varón y la mujer sean esencialmente diferentes aunque son iguales en su naturaleza y dignidad. La diferenciación sexual, indicadora de la mutua complementariedad, no es un producto cultural. A su vez, la sexualidad, como modo de ser la persona humana, hace que el varón y la mujer sean esencialmente diferentes. Como personas, son iguales en su naturaleza y dignidad: el hombre no es más que la mujer ni ésta más o menos que aquél. Pero, por su masculinidad y feminidad, son esencialmente diferentes: su condición personal está de tal manera modificada por la sexualidad que la realización de su «ser persona» sólo se lleva a cabo si se respeta esa peculiaridad. La diferenciación sexual no es un producto cultural, es un componente estructural de la naturaleza humana. (Aunque no debe entenderse de una manera fisicista sino como un dato creacional que se realiza en la historia). Esa diferenciación es, además, indicadora de la mutua complementariedad. Bajo cualquiera de los aspectos que se contemple — el biológico, el psicológico, el social, etc. —, la sexualidad tiene una dimensión relacional. Es manifestación de una riqueza y de una necesidad: está orientada a sentir, expresar y vivir el amor humano. La sexualidad humana, por tanto, es parte integrante de la concreta capacidad de amor inscrita por Dios en la humanidad masculina y femenina, comporta «la capacidad de expresar el amor: ese amor precisamente en el que el hombre—persona se convierte en don y — mediante este don— realiza el sentido mismo de su ser y existir)» (Juan Pablo II, Alocución, 16. I. 1980, n. 1). www.parroquiasantamonica.com

La vida. En primer lugar la vida es algo biológico. En el ser humano hay un nuevo nivel: es el espíritu que vive y vivifica. Según la fe cristiana hay otro nivel: el del encuentro con Cristo. Se alcanza la etapa más alta cuando la vida se convierte en convivencia con Dios. Las vocaciones en la vida son muy variadas. Cada vida entraña su propia vocación. Tiene su propio código y su propio camino. Todo esto no significa que estemos desnortados en el océano de lo indeterminado. Existen modelos fundamentales. La referencia fundamental es Cristo. El cristianismo no se desvanece en lo indeterminado, perdiendo expresividad. Su perfil amplio permite el desarrollo de la originalidad, pero con normas que posibilitan ese desarrollo.


1 La vida. En primer lugar la vida es algo biológico. En el ser humano hay un nuevo nivel: es el espíritu que vive y vivifica. Según la fe cristiana hay otro nivel: el del encuentro con Cristo. Se alcanza la etapa más alta cuando la vida se convierte en convivencia con Dios. Las vocaciones en la vida son muy variadas. Cada vida entraña su propia vocación. Tiene su propio código y su propio camino. Todo esto no significa que estemos desnortados en el océano de lo indeterminado. Existen modelos fundamentales. La referencia fundamental es Cristo. El cristianismo no se desvanece en lo indeterminado, perdiendo expresividad. Su perfil amplio permite el desarrollo de la originalidad, pero con normas que posibilitan ese desarrollo. DIOS Y EL MUNDO - Joseph Ratzinger Creer y vivir en nuestra época Una conversación con Peter Seewald Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores – primera edición, Barcelona 2002 Segunda parte – 12. Sobre la vida La vida del ser humano pp. 259-264 [Entre corchetes: titulación de párrafos de la redacción de Vida Cristiana] Si contemplamos desde la distancia la vida del ser humano, ¿qué es? ¿Es la vida esencialmente un juego que espera ser jugado? ¿Es como una pluma a merced del viento? ¿Dependiente de instintos, de violencias, del origen de una persona, del picotazo de una mosca de malaria capaz de hacerla descarriar? ¿O quizás el decurso vital de todos nosotros está trazado hace mucho? ¿Como si fuera un programa que Dios, en su insondable voluntad, ha inscrito desde tiempos inmemoriales en su misterioso Libro de la vida? Miguel Ángel lo expresó así: «La figura está hace mucho en la piedra. Yo me limito a eliminar lo superfluo». Con esta pregunta ha introducido usted un tema muy rico. Creo que cuando preguntamos «qué es la vida», es importante percatarse ante todo de la heterogeneidad de esa idea. [En primer lugar la vida es algo biológico] En primer lugar, la vida es algo biológico. Al fin y al cabo sale de lo inorgánico y describe un nuevo plano de realidad. Una de las características principales de la existencia de vida, se aduce, es la capacidad de autorreproducirse y funcionar de un mecanismo que ya no es una máquina, sino un organismo. Así pues, en primer lugar tenemos el nivel de lo biológico, que comienza en los más sencillos seres unicelulares y evoluciona hacia formas cada vez más elevadas y complejas, tornándose más grandioso, misterioso y rico. [En el ser humano hay un nuevo nivel: es el espíritu que vive y vivifica] En el ser humano es preciso añadir un nuevo nivel. Es el espíritu, que vive y vivifica. El espíritu se funde con la existencia biológica, confiriendo a la vida otra dimensión. [Según la fe cristiana hay otro nivel: el del encuentro con Cristo] Además, la fe cristiana está convencida de la existencia de otro nivel, concretamente el encuentro con Cristo. Podemos presentirlo ya en el proceso del amor humano: siempre que soy amado, en la dinámica del espíritu me adentro en un nuevo nivel a través del Tú del otro. Algo similar sucede cuando, a través de Cristo, el propio Dios se vuelve hacia mí, convirtiendo mi vida en una convivencia con la vida primigenia creadora. Es decir, que la vida tiene múltiples etapas. 2 [Se alcanza la etapa más alta cuando la vida se convierte en convivencia con Dios] Y se alcanza la más alta cuando se convierte en convivencia con Dios. Precisamente aquí radica la audacia de la aventura humana. La persona puede y debe ser la síntesis de todas estas etapas de la creación. Puede y debe llegar hasta el Dios vivo y devolverle lo que procede de Él. Ya hemos dicho que el factor libertad entra en la dinámica de cada existencia, y este factor se opone a la predestinación absoluta. [Es importante que la vida acontezca en esas distintas etapas. En las superiores se alcanza finalmente la eternidad a través de la muerte] En la concepción cristiana de Dios no existe una fijación rígida para la vida. Porque ese Dios es tan grande y tan dueño de todo, es por naturaleza tan amante de la libertad, que puede introducir la autodeterminación en la vida del ser humano. Aunque siempre mantenga en sus manos la vida de esa persona, y la abarque y la sustente, la libertad no es pura ficción. Llega tan lejos que el ser humano puede arruinar incluso el proyecto divino. Es importante que la vida acontezca en esas distintas etapas. En las superiores se alcanza finalmente la eternidad a través de la muerte. Ciertamente la muerte es, de hecho, el destino necesario de toda vida meramente orgánica. Si la libertad es algo más que una palabra, ¿cómo consigo entonces ordenar realmente mi vida? ¿Cómo dominar la rueda de mi vida, todas las etapas, pasajes y encrucijadas tan importantes para mí? ¿Se puede decir eso siquiera desde la doctrina cristiana? ¿Tiene que ser mi vida como la de la madre Teresa? [Las vocaciones en la vida son muy variadas] Es una posibilidad. Pero si nos imaginamos, por ejemplo, la gran galería de los santos o, en general, la galería de las grandes personalidades que han llevado una vida plena, veremos que las vocaciones son muy variadas. No todo el mundo debe ser una madre Teresa. También un gran científico, un gran erudito, un músico, un sencillo artesano o un obrero pueden exhibir una vida plena, puesto que son personas que viven su existencia con honradez, lealtad y humildad... Parece algo pasado de moda... [Cada vida entraña su propia vocación. Tiene su propio código y su propio camino.] Tal vez, pero precisamente ahí radica una vida plena, ya sea de ayer, de hoy o de mañana. Cada vida entraña su propia vocación. Tiene su propio código y su propio camino. Nadie es una mera imitación obtenida con un troquel entre una plétora de ejemplares iguales. Y cada persona necesita también el valor creativo para vivir su vida y no convertirse en una copia de otro. Si recuerda usted la parábola del criado vago que entierra su talento para que nada le suceda, comprenderá lo que quiero decir. Él es un hombre que se niega a asumir el riesgo de la existencia, a desplegar toda su originalidad y a exponerla a las amenazas que necesariamente eso conlleva. En este sentido, las vocaciones son muy diversas. En nuestro primer libro, Sal de la tierra, dije que existen tantos caminos hacia Dios como personas. Aquí debería añadirse: «Existen tantos caminos de vida plena como personas». Entonces, ¿el ser humano es, por decirlo así, una creatividad vacía? 3 [Todo esto no significa que estemos desnortados en el océano de lo indeterminado.] No, todo esto no significa que estemos desnortados en el océano de lo indeterminado, como dice Sartre, por ejemplo. Sartre opina que estamos condenados a la libertad. La vaca no tiene que meditar cómo cumplir su ser, pero la persona ha de inventarse a sí misma. Aunque eso no significa que la vida proceda de la nada, que carezca de todo proyecto. [Existen modelos fundamentales. La referencia fundamental es Cristo.] Existen modelos fundamentales. Cada individuo intenta encontrar en algún sitio puntos de referencia para preguntar: ¿cómo lo hiciste tú, cómo lo hizo él, cómo podría hacerlo yo? ¿Cómo puedo reconocerme a mí mismo y mis posibilidades? Estamos convencidos de que el punto de referencia fundamental es Cristo. Por un lado, nos proporciona las grandes directrices comunes y, por otro, establece con nosotros una relación tan personal, que Él y la comunidad de los creyentes nos permiten desplegar nuestra originalidad, conciliando de esa manera originalidad y comunidad. Antes la gente quería ser sencillamente una persona como es debido y tener hasta cierto punto asegurada su existencia. Con eso bastaba. Había un tiempo para labrar el campo, otro para sembrar y otro para cosechar. Y la Biblia decía cómo funciona la vida. Hoy todo parece haberse vuelto mucho más complicado. En cualquier caso, la anterior directriz fundamental de una vida, el plan vital, que hasta ahora conformaba una especie de identidad, es cada vez más difícil de lograr. Me parece indiscutible que, en esta sociedad nuestra tan compleja, la vida se ha vuelto mucho más compleja aún si cabe. Sin embargo, no debemos tirarlo todo por la borda y considerar las constantes casi inexistentes. Ya hemos reflexionado sobre los diez mandamientos, los cuales, a pesar de abrirse siempre de nuevo a cada generación y a cada individuo, contienen un mensaje claro e inmutable. [El cristianismo no se desvanece en lo indeterminado, perdiendo expresividad. Su perfil amplio permite el desarrollo de la originalidad, pero con normas que posibilitan ese desarrollo.] Habría que repetir que el cristianismo no se desvanece en lo indeterminado, perdiendo expresividad. El cristianismo precisamente tiene un perfil que, por una parte, es lo bastante amplio como para permitir el desarrollo de la originalidad, pero por otra también puede determinar las normas que posibilitan dicho desarrollo. En un mundo tan embrollado y complejo, es preciso apostar más por las grandes constantes del discurso divino, para seguir encontrando la directriz fundamental. Porque cuando no se obra así, la creatividad nihilista del individuo se convierte muy pronto en una copia que se somete a las normas generales y que sólo obra según los dictados de la época y sus posibilidades. Abandonar el mensaje específico de la fe no nos hace más originales sino cada vez más uniformados a la baja según las modas de la época. Esta tendencia a la uniformidad la percibimos en la vida moderna. Por eso, en mi opinión, hoy es más importante que nunca ver que las constantes de la revelación y de la fe también son hitos del camino que me suministran los puntos de apoyo para llegar arriba y que al mismo tiempo me aportan luz para desplegar mi destino completamente personal. www.parroquiasantamonica.com Vida Cristiana

Discurso del Papa Francisco al Parlamento Europeo (noviembre de 2014). La firme convicción de los Padres fundadores de la Unión Europea: en el centro de su ambicioso proyecto político se encontraba la confianza en el hombre, no tanto como ciudadano o sujeto económico, sino en el hombre como persona dotada de una dignidad trascendente. La sabia unión de la dimensión individual, o mejor, personal, con la del bien común, con ese «todos nosotros» formado por individuos, familias y grupos intermedios que se unen en comunidad social. El futuro de Europa depende del redescubrimiento del nexo vital e inseparable entre dos elementos: a) la dimensión trascendente de la vida: el «espíritu humanista», la centralidad de la persona humana; b) la capacidad práctica y concreta de afrontar las situaciones y los problemas. El favorecimiento de las cualidades de la persona humana. La importancia de la familia, célula fundamental y elemento precioso de toda sociedad.


1 Discurso del Papa Francisco al Parlamento Europeo (noviembre de 2014). La firme convicción de los Padres fundadores de la Unión Europea: en el centro de su ambicioso proyecto político se encontraba la confianza en el hombre, no tanto como ciudadano o sujeto económico, sino en el hombre como persona dotada de una dignidad trascendente. La sabia unión de la dimensión individual, o mejor, personal, con la del bien común, con ese «todos nosotros» formado por individuos, familias y grupos intermedios que se unen en comunidad social. El futuro de Europa depende del redescubrimiento del nexo vital e inseparable entre dos elementos: a) la dimensión trascendente de la vida: el «espíritu humanista», la centralidad de la persona humana; b) la capacidad práctica y concreta de afrontar las situaciones y los problemas. El favorecimiento de las cualidades de la persona humana. La importancia de la familia, célula fundamental y elemento precioso de toda sociedad. Cfr. Papa Francisco, Discurso al Parlamento Europeo 25 de noviembre de 2014 Señor Presidente, Señoras y Señores Vicepresidentes, Señoras y Señores Eurodiputados, Trabajadores en los distintos ámbitos de este hemiciclo, Queridos amigos Les agradezco que me hayan invitado a tomar la palabra ante esta institución fundamental de la vida de la Unión Europea, y por la oportunidad que me ofrecen de dirigirme, a través de ustedes, a los más de quinientos millones de ciudadanos de los 28 Estados miembros a quienes representan. Agradezco particularmente a usted, Señor Presidente del Parlamento, las cordiales palabras de bienvenida que me ha dirigido en nombre de todos los miembros de la Asamblea. Mi visita tiene lugar más de un cuarto de siglo después de la del Papa Juan Pablo II. Muchas cosas han cambiado desde entonces, en Europa y en todo el mundo. No existen los bloques contrapuestos que antes dividían el Continente en dos, y se está cumpliendo lentamente el deseo de que «Europa, dándose soberanamente instituciones libres, pueda un día ampliarse a las dimensiones que le han dado la geografía y aún más la historia».[1] Junto a una Unión Europea más amplia, existe un mundo más complejo y en rápido movimiento. Un mundo cada vez más interconectado y global, y, por eso, siempre menos «eurocéntrico». Sin embargo, una Unión más amplia, más influyente, parece ir acompañada de la imagen de una Europa un poco envejecida y reducida, que tiende a sentirse menos protagonista en un contexto que la contempla a menudo con distancia, desconfianza y, tal vez, con sospecha. Al dirigirme hoy a ustedes desde mi vocación de Pastor, deseo enviar a todos los ciudadanos europeos un mensaje de esperanza y de aliento. Un mensaje de esperanza basado en la confianza de que las dificultades puedan convertirse en fuertes promotoras de unidad, para vencer todos los miedos que Europa – junto a todo el mundo – está atravesando. Esperanza en el Señor, que transforma el mal en bien y la muerte en vida. La confianza en el hombre como persona dotada de una dignidad trascendente. Un mensaje de aliento para volver a la firme convicción de los Padres fundadores de la Unión Europea, los cuales deseaban un futuro basado en la capacidad de trabajar juntos para superar las divisiones, favoreciendo la paz y la comunión entre todos los pueblos del Continente. En el centro de este ambicioso proyecto político se encontraba la confianza en el hombre, no tanto como ciudadano o sujeto económico, sino en el hombre como persona dotada de una dignidad trascendente. Quisiera subrayar, ante todo, el estrecho vínculo que existe entre estas dos palabras: «dignidad» y «trascendente». 2 o Dignidad La percepción de la importancia de los derechos humanos. La «dignidad» es una palabra clave que ha caracterizado el proceso de recuperación en la segunda postguerra. Nuestra historia reciente se distingue por la indudable centralidad de la promoción de la dignidad humana contra las múltiples violencias y discriminaciones, que no han faltado, tampoco en Europa, a lo largo de los siglos. La percepción de la importancia de los derechos humanos nace precisamente como resultado de un largo camino, hecho también de muchos sufrimientos y sacrificios, que ha contribuido a formar la conciencia del valor de cada persona humana, única e irrepetible. Esta conciencia cultural encuentra su fundamento no sólo en los eventos históricos, sino, sobre todo, en el pensamiento europeo, caracterizado por un rico encuentro, cuyas múltiples y lejanas fuentes provienen de Grecia y Roma, de los ambientes celtas, germánicos y eslavos, y del cristianismo que los marcó profundamente,[2] dando lugar al concepto de «persona». Hoy, la promoción de los derechos humanos desempeña un papel central en el compromiso de la Unión Europea, con el fin de favorecer la dignidad de la persona, tanto en su seno como en las relaciones con los otros países. Se trata de un compromiso importante y admirable, pues persisten demasiadas situaciones en las que los seres humanos son tratados como objetos, de los cuales se puede programar la concepción, la configuración y la utilidad, y que después pueden ser desechados cuando ya no sirven, por ser débiles, enfermos o ancianos. Promover la dignidad de la persona significa reconocer que posee derechos inalienables, de los cuales no puede ser privada arbitrariamente por nadie y, menos aún, en beneficio de intereses económicos. Efectivamente, ¿qué dignidad existe cuando falta la posibilidad de expresar libremente el propio pensamiento o de profesar sin constricción la propia fe religiosa? ¿Qué dignidad es posible sin un marco jurídico claro, que limite el dominio de la fuerza y haga prevalecer la ley sobre la tiranía del poder? ¿Qué dignidad puede tener un hombre o una mujer cuando es objeto de todo tipo de discriminación? ¿Qué dignidad podrá encontrar una persona que no tiene qué comer o el mínimo necesario para vivir o, todavía peor, que no tiene el trabajo que le otorga dignidad? Promover la dignidad de la persona significa reconocer que posee derechos inalienables, de los cuales no puede ser privada arbitrariamente por nadie y, menos aún, en beneficio de intereses económicos. El concepto de derecho ya no se asocia al de deber. Es necesario prestar atención para no caer en algunos errores que pueden nacer de una mala comprensión de los derechos humanos y de un paradójico mal uso de los mismos. Existe hoy, en efecto, la tendencia hacia una reivindicación siempre más amplia de los derechos individuales – estoy tentado de decir individualistas – , que esconde una concepción de persona humana desligada de todo contexto social y antropológico, casi como una «mónada» (µονάς), cada vez más insensible a las otras «mónadas» de su alrededor. Parece que el concepto de derecho ya no se asocia al de deber, igualmente esencial y complementario, de modo que se afirman los derechos del individuo sin tener en cuenta que cada ser humano está unido a un contexto social, en el cual sus derechos y deberes están conectados a los de los demás y al bien común de la sociedad misma. Unir sabiamente la dimensión individual, o mejor, personal, con la del bien común, con ese «todos nosotros» formado por individuos, familias y grupos intermedios que se unen en comunidad social. Considero por esto que es vital profundizar hoy en una cultura de los derechos humanos que pueda unir sabiamente la dimensión individual, o mejor, personal, con la del bien común, con ese «todos nosotros» formado por individuos, familias y grupos intermedios que se unen en comunidad social.[3] En efecto, si el 3 derecho de cada uno no está armónicamente ordenado al bien más grande, termina por concebirse sin limitaciones y, consecuentemente, se transforma en fuente de conflictos y de violencias. La dignidad trascendente del hombre o Significa apelarse a su naturaleza, a la innata capacidad de distinguir el bien del mal, a esa «brújula» inscrita en nuestros corazones y que Dios ha impreso en el universo creado. Significa sobre todo mirar al hombre no como un absoluto, sino como un ser relacional. Así, hablar de la dignidad trascendente del hombre, significa apelarse a su naturaleza, a su innata capacidad de distinguir el bien del mal, a esa «brújula» inscrita en nuestros corazones y que Dios ha impreso en el universo creado;[4] significa sobre todo mirar al hombre no como un absoluto, sino como un ser relacional. La soledad. Una de las enfermedades que veo más extendidas hoy en Europa es la soledad, propia de quien no tiene lazo alguno. Se ve particularmente en los ancianos, a menudo abandonados a su destino, como también en los jóvenes sin puntos de referencia y de oportunidades para el futuro; se ve igualmente en los numerosos pobres que pueblan nuestras ciudades y en los ojos perdidos de los inmigrantes que han venido aquí en busca de un futuro mejor. Desde muchas partes se recibe una impresión general de cansancio, de envejecimiento, de una Europa anciana que ya no es fértil ni vivaz. Esta soledad se ha agudizado por la crisis económica, cuyos efectos perduran todavía con consecuencias dramáticas desde el punto de vista social. Se puede constatar que, en el curso de los últimos años, junto al proceso de ampliación de la Unión Europea, ha ido creciendo la desconfianza de los ciudadanos respecto a instituciones consideradas distantes, dedicadas a establecer reglas que se sienten lejanas de la sensibilidad de cada pueblo, e incluso dañinas. Desde muchas partes se recibe una impresión general de cansancio, de envejecimiento, de una Europa anciana que ya no es fértil ni vivaz. Por lo que los grandes ideales que han inspirado Europa parecen haber perdido fuerza de atracción, en favor de los tecnicismos burocráticos de sus instituciones. Se constata amargamente el predominio de las cuestiones técnicas y económicas en el centro del debate político, en detrimento de una orientación antropológica auténtica. A eso se asocian algunos estilos de vida un tanto egoístas, caracterizados por una opulencia insostenible y a menudo indiferente respecto al mundo circunstante, y sobre todo a los más pobres. Se constata amargamente el predominio de las cuestiones técnicas y económicas en el centro del debate político, en detrimento de una orientación antropológica auténtica.[5] El ser humano corre el riesgo de ser reducido a un mero engranaje de un mecanismo que lo trata como un simple bien de consumo para ser utilizado, de modo que – lamentablemente lo percibimos a menudo –, cuando la vida ya no sirve a dicho mecanismo se la descarta sin tantos reparos, como en el caso de los enfermos, los enfermos terminales, de los ancianos abandonados y sin atenciones, o de los niños asesinados antes de nacer. Este es el gran equívoco que se produce «cuando prevalece la absolutización de la técnica», que termina por causar «una confusión entre los fines y los medios». Es el resultado inevitable de la «cultura del descarte» y del «consumismo exasperado». Este es el gran equívoco que se produce «cuando prevalece la absolutización de la técnica»,[6] que termina por causar «una confusión entre los fines y los medios».[7] Es el resultado inevitable de la «cultura del descarte» y del «consumismo exasperado». Al contrario, afirmar la dignidad de la persona significa 4 reconocer el valor de la vida humana, que se nos da gratuitamente y, por eso, no puede ser objeto de intercambio o de comercio. Ustedes, en su vocación de parlamentarios, están llamados también a una gran misión, aunque pueda parecer inútil: Preocuparse de la fragilidad, de la fragilidad de los pueblos y de las personas. Cuidar la fragilidad quiere decir fuerza y ternura, lucha y fecundidad, en medio de un modelo funcionalista y privatista que conduce inexorablemente a la «cultura del descarte». Cuidar de la fragilidad de las personas y de los pueblos significa proteger la memoria y la esperanza; significa hacerse cargo del presente en su situación más marginal y angustiante, y ser capaz de dotarlo de dignidad.[8] ¿Cómo devolver la esperanza al futuro? Por lo tanto, ¿cómo devolver la esperanza al futuro, de manera que, partiendo de las jóvenes generaciones, se encuentre la confianza para perseguir el gran ideal de una Europa unida y en paz, creativa y emprendedora, respetuosa de los derechos y consciente de los propios deberes? o El futuro de Europa depende del redescubrimiento del nexo vital e inseparable entre dos elementos: a) la dimensión trascendente de la vida: el «espíritu humanista», la centralidad de la persona humana; b) la capacidad práctica y concreta de afrontar las situaciones y los problemas. Para responder a esta pregunta, permítanme recurrir a una imagen. Uno de los más célebres frescos de Rafael que se encuentra en el Vaticano representa la Escuela de Atenas. En el centro están Platón y Aristóteles. El primero con el dedo apunta hacia lo alto, hacia el mundo de las ideas, podríamos decir hacia el cielo; el segundo tiende la mano hacia delante, hacia el observador, hacia la tierra, la realidad concreta. Me parece una imagen que describe bien a Europa en su historia, hecha de un permanente encuentro entre el cielo y la tierra, donde el cielo indica la apertura a lo trascendente, a Dios, que ha caracterizado desde siempre al hombre europeo, y la tierra representa su capacidad práctica y concreta de afrontar las situaciones y los problemas. El futuro de Europa depende del redescubrimiento del nexo vital e inseparable entre estos dos elementos. Una Europa que no es capaz de abrirse a la dimensión trascendente de la vida es una Europa que corre el riesgo de perder lentamente la propia alma y también aquel «espíritu humanista» que, sin embargo, ama y defiende. Precisamente a partir de la necesidad de una apertura a la trascendencia, deseo afirmar la centralidad de la persona humana, que de otro modo estaría en manos de las modas y poderes del momento. En este sentido, considero fundamental no sólo el patrimonio que el cristianismo ha dejado en el pasado para la formación cultural del continente, sino, sobre todo, la contribución que pretende dar hoy y en el futuro para su crecimiento. Dicha contribución no constituye un peligro para la laicidad de los Estados y para la independencia de las instituciones de la Unión, sino que es un enriquecimiento. Nos lo indican los ideales que la han formado desde el principio, como son: la paz, la subsidiariedad, la solidaridad recíproca y un humanismo centrado sobre el respeto de la dignidad de la persona. El diálogo provechoso, abierto y transparente entre la Santa Sede y la Iglesia Católica, y las instituciones de la Unión europea. o Una Europa capaz de apreciar las propias raíces religiosas. Por ello, quisiera renovar la disponibilidad de la Santa Sede y de la Iglesia Católica, a través de la Comisión de las Conferencias Episcopales Europeas (COMECE), para mantener un diálogo provechoso, abierto y trasparente con las instituciones de la Unión Europea. Estoy igualmente convencido de que una Europa capaz de apreciar las propias raíces religiosas, sabiendo aprovechar su riqueza y potencialidad, puede ser también más fácilmente inmune a tantos extremismos que se expanden en el mundo actual, también por el gran vacío en el ámbito de los ideales, como lo vemos en el así llamado Occidente, porque «es precisamente este olvido de Dios, en lugar de su glorificación, lo que engendra la violencia».[9] 5 A este respecto, no podemos olvidar aquí las numerosas injusticias y persecuciones que sufren cotidianamente las minorías religiosas, y particularmente cristianas, en diversas partes del mundo. Comunidades y personas que son objeto de crueles violencias: expulsadas de sus propias casas y patrias; vendidas como esclavas; asesinadas, decapitadas, crucificadas y quemadas vivas, bajo el vergonzoso y cómplice silencio de tantos. o El lema de la Unión Europea es Unidad en la diversidad. Unidad no significa uniformidad política, económica, cultural, o de pensamiento. El lema de la Unión Europea es Unidad en la diversidad, pero la unidad no significa uniformidad política, económica, cultural, o de pensamiento. En realidad, toda auténtica unidad vive de la riqueza de la diversidad que la compone: como una familia, que está tanto más unida cuanto cada uno de sus miembros puede ser más plenamente sí mismo sin temor. En este sentido, considero que Europa es una familia de pueblos, que podrán sentir cercanas las instituciones de la Unión si estas saben conjugar sabiamente el anhelado ideal de la unidad, con la diversidad propia de cada uno, valorando todas las tradiciones; tomando conciencia de su historia y de sus raíces; liberándose de tantas manipulaciones y fobias. Poner en el centro la persona humana significa sobre todo dejar que muestre libremente el propio rostro y la propia creatividad, sea en el ámbito particular que como pueblo. Por otra parte, las peculiaridades de cada uno constituyen una auténtica riqueza en la medida en que se ponen al servicio de todos. Es preciso recordar siempre la arquitectura propia de la Unión Europea, construida sobre los principios de solidaridad y subsidiariedad, de modo que prevalezca la ayuda mutua y se pueda caminar, animados por la confianza recíproca. Una concepción uniformadora de la globalidad daña la vitalidad del sistema democrático, debilitando el contraste rico, fecundo y constructivo, de las organizaciones y de los partidos políticos entre sí. Se corre el riesgo de vivir en el reino de la idea, de la mera palabra, de la imagen, del sofisma… y se termina por confundir la realidad de la democracia con un nuevo nominalismo político. En esta dinámica de unidad-particularidad, se les plantea también, Señores y Señoras Eurodiputados, la exigencia de hacerse cargo de mantener viva la democracia, la democracia de los pueblos de Europa. No se nos oculta que una concepción uniformadora de la globalidad daña la vitalidad del sistema democrático, debilitando el contraste rico, fecundo y constructivo, de las organizaciones y de los partidos políticos entre sí. De esta manera se corre el riesgo de vivir en el reino de la idea, de la mera palabra, de la imagen, del sofisma… y se termina por confundir la realidad de la democracia con un nuevo nominalismo político. Mantener viva la democracia en Europa exige evitar tantas «maneras globalizantes» de diluir la realidad: los purismos angélicos, los totalitarismos de lo relativo, los fundamentalismos ahistóricos, los eticismos sin bondad, los intelectualismos sin sabiduría.[10] Mantener viva la realidad de las democracias es un reto de este momento histórico, evitando que su fuerza real – fuerza política expresiva de los pueblos – sea desplazada ante las presiones de intereses multinacionales no universales, que las hacen más débiles y las trasforman en sistemas uniformadores de poder financiero al servicio de imperios desconocidos. Este es un reto que hoy la historia nos ofrece. o Favorecimiento de las cualidades de la persona humana. Subrayar la importancia de la familia, célula fundamental y elemento precioso de toda sociedad. La familia unida, fértil e indisoluble trae consigo los elementos fundamentales para dar esperanza al futuro. 6 Dar esperanza a Europa no significa sólo reconocer la centralidad de la persona humana, sino que implica también favorecer sus cualidades. Se trata por eso de invertir en ella y en todos los ámbitos en los que sus talentos se forman y dan fruto. El primer ámbito es seguramente el de la educación, a partir de la familia, célula fundamental y elemento precioso de toda sociedad. La familia unida, fértil e indisoluble trae consigo los elementos fundamentales para dar esperanza al futuro. Sin esta solidez se acaba construyendo sobre arena, con graves consecuencias sociales. Por otra parte, subrayar la importancia de la familia, no sólo ayuda a dar prospectivas y esperanza a las nuevas generaciones, sino también a los numerosos ancianos, muchas veces obligados a vivir en condiciones de soledad y de abandono porque no existe el calor de un hogar familiar capaz de acompañarles y sostenerles. La educación no puede limitarse a ofrecer un conjunto de conocimientos técnicos, sino que debe favorecer un proceso más complejo de crecimiento de la persona humana en su totalidad. Junto a la familia están las instituciones educativas: las escuelas y universidades. La educación no puede limitarse a ofrecer un conjunto de conocimientos técnicos, sino que debe favorecer un proceso más complejo de crecimiento de la persona humana en su totalidad. Los jóvenes de hoy piden poder tener una formación adecuada y completa para mirar al futuro con esperanza, y no con desilusión. Numerosas son las potencialidades creativas de Europa en varios campos de la investigación científica, algunos de los cuales no están explorados todavía completamente. Baste pensar, por ejemplo, en las fuentes alternativas de energía, cuyo desarrollo contribuiría mucho a la defensa del ambiente. o Un compromiso a favor de la ecología. Somos custodios de la naturaleza, pero no dueños. Europa ha estado siempre en primera línea de un loable compromiso en favor de la ecología. En efecto, esta tierra nuestra necesita de continuos cuidados y atenciones, y cada uno tiene una responsabilidad personal en la custodia de la creación, don precioso que Dios ha puesto en las manos de los hombres. Esto significa, por una parte, que la naturaleza está a nuestra disposición, podemos disfrutarla y hacer buen uso de ella; por otra parte, significa que no somos los dueños. Custodios, pero no dueños. Por eso la debemos amar y respetar. «Nosotros en cambio nos guiamos a menudo por la soberbia de dominar, de poseer, de manipular, de explotar; no la “custodiamos”, no la respetamos, no la consideramos como un don gratuito que hay que cuidar».[11] Respetar el ambiente no significa sólo limitarse a evitar estropearlo, sino también utilizarlo para el bien. Pienso sobre todo en el sector agrícola, llamado a dar sustento y alimento al hombre. No se puede tolerar que millones de personas en el mundo mueran de hambre, mientras toneladas de restos de alimentos se desechan cada día de nuestras mesas. Además, el respeto por la naturaleza nos recuerda que el hombre mismo es parte fundamental de ella. Junto a una ecología ambiental, se necesita una ecología humana, hecha del respeto de la persona, que hoy he querido recordar dirigiéndome a ustedes. o En el trabajo florecen los talentos de la persona humana. El favorecimiento de las políticas de empleo. El segundo ámbito en el que florecen los talentos de la persona humana es el trabajo. Es hora de favorecer las políticas de empleo, pero es necesario sobre todo volver a dar dignidad al trabajo, garantizando también las condiciones adecuadas para su desarrollo. Esto implica, por un lado, buscar nuevos modos para conjugar la flexibilidad del mercado con la necesaria estabilidad y seguridad de las perspectivas laborales, indispensables para el desarrollo humano de los trabajadores; por otro lado, significa favorecer un adecuado contexto social, que no apunte a la explotación de las personas, sino a garantizar, a través del trabajo, la posibilidad de construir una familia y de educar los hijos. o Soluciones para la cuestión migratoria. Es igualmente necesario afrontar juntos la cuestión migratoria. No se puede tolerar que el mar Mediterráneo se convierta en un gran cementerio. En las barcazas que llegan cotidianamente a las costas europeas hay 7 hombres y mujeres que necesitan acogida y ayuda. La ausencia de un apoyo recíproco dentro de la Unión Europea corre el riesgo de incentivar soluciones particularistas del problema, que no tienen en cuenta la dignidad humana de los inmigrantes, favoreciendo el trabajo esclavo y continuas tensiones sociales. Europa será capaz de hacer frente a las problemáticas asociadas a la inmigración si es capaz de proponer con claridad su propia identidad cultural y poner en práctica legislaciones adecuadas que sean capaces de tutelar los derechos de los ciudadanos europeos y de garantizar al mismo tiempo la acogida a los inmigrantes; si es capaz de adoptar políticas correctas, valientes y concretas que ayuden a los países de origen en su desarrollo sociopolítico y a la superación de sus conflictos internos – causa principal de este fenómeno –, en lugar de políticas de interés, que aumentan y alimentan estos conflictos. Es necesario actuar sobre las causas y no solamente sobre los efectos. La conciencia de la propia identidad y las relaciones con otros países Señor Presidente, Excelencias, Señoras y Señores Diputados: Ser conscientes de la propia identidad es necesario también para dialogar en modo propositivo con los Estados que han solicitado entrar a formar parte de la Unión en el futuro. Pienso sobre todo en los del área balcánica, para los que el ingreso en la Unión Europea puede responder al ideal de paz en una región que ha sufrido mucho por los conflictos del pasado. Por último, la conciencia de la propia identidad es indispensable en las relaciones con los otros países vecinos, particularmente con aquellos de la cuenca mediterránea, muchos de los cuales sufren a causa de conflictos internos y por la presión del fundamentalismo religioso y del terrorismo internacional. A ustedes, legisladores, les corresponde la tarea de custodiar y hacer crecer la identidad europea, de modo que los ciudadanos encuentren de nuevo la confianza en las instituciones de la Unión y en el proyecto de paz y de amistad en el que se fundamentan. Sabiendo que «cuanto más se acrecienta el poder del hombre, más amplia es su responsabilidad individual y colectiva».[12] Les exhorto, pues, a trabajar para que Europa redescubra su alma buena. Europa y el cristianismo Un autor anónimo del s. II escribió que «los cristianos representan en el mundo lo que el alma al cuerpo».[13] La función del alma es la de sostener el cuerpo, ser su conciencia y la memoria histórica. Y dos mil años de historia unen a Europa y al cristianismo. Una historia en la que no han faltado conflictos y errores, también pecados, pero siempre animada por el deseo de construir para el bien. Lo vemos en la belleza de nuestras ciudades, y más aún, en la de múltiples obras de caridad y de edificación humana común que constelan el Continente. Esta historia, en gran parte, debe ser todavía escrita. Es nuestro presente y también nuestro futuro. Es nuestra identidad. Europa tiene una gran necesidad de redescubrir su rostro para crecer, según el espíritu de sus Padres fundadores, en la paz y en la concordia, porque ella misma no está todavía libre de conflictos. Queridos Eurodiputados, ha llegado la hora de construir juntos la Europa que no gire en torno a la economía, sino a la sacralidad de la persona humana, de los valores inalienables; la Europa que abrace con valentía su pasado, y mire con confianza su futuro para vivir plenamente y con esperanza su presente. Ha llegado el momento de abandonar la idea de una Europa atemorizada y replegada sobre sí misma, para suscitar y promover una Europa protagonista, transmisora de ciencia, arte, música, valores humanos y también de fe. La Europa que contempla el cielo y persigue ideales; la Europa que mira y defiende y tutela al hombre; la Europa que camina sobre la tierra segura y firme, precioso punto de referencia para toda la humanidad. Gracias. 8 [1] Juan pablo II, Discurso al Parlamento Europeo, 11 octubre 1988, 5. [2] Cf. Juan pablo II, Discurso a la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa, 8 octubre 1988, 3. [3] Cf. Benedicto XVI, Caritas in veritate, 7; Con. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 26. [4] Cf. Compendio de la doctrina social de la Iglesia, 37, 37. [5] Cf. Evangelii gaudium, 55. [6] Benedicto XVI, Caritas in veritate, 71. [7] Ibíd. [8] Cf. Evangelii gaudium, 209. [9] Benedicto XVI, Discurso a los Miembros del Cuerpo diplomático, 7 enero 2013. [10] Cf. Evangelii gaudium, 231. [11] Audiencia General, 5 junio 2013. [12] Gaudium et spes, 34. [13] Carta a Diogneto, 6. www.parroquiasantamonica.com Vida Cristiana
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