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domingo, 25 de marzo de 2018

Juan Pablo II, audiencia general – comentario al himno a Cristo del primer capítulo de la Carta de san Pablo a los Colosenses (versículos 3, 12-20), 5 de mayo de 2004.



 

Ø Cristo, Señor del cosmos y de la historia. Catequesis, Audiencia General de San Juan Pablo II, sobe el himno a Cristo en Colosenses, capítulo 1. En el proyecto de Dios Padre: Cristo es también

el Señor de la historia de la salvación.  

      

v  Cfr.Juan Pablo II, audiencia general – comentario al himno a Cristo del primer capítulo de la Carta de san Pablo a los Colosenses (versículos 3, 12-20), 5 de mayo de 2004.

Colosenses 3, 12-20

12 Damos gracias a Dios Padre,
que nos ha hecho capaces de compartir
la herencia del pueblo santo en la luz.

13 Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas,
y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido,
14 por cuya sangre hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.

15 Él es imagen de Dios invisible,
primogénito de toda criatura;
16 porque por medio de él
fueron creadas todas las cosas:
celestes y terrestres, visibles e invisibles,
Tronos, Dominaciones, Principados, Potestades;
todo fue creado por él y para él.

17 Él es anterior a todo, y todo se mantiene en él.
18 Él es también la cabeza del cuerpo: de la Iglesia.
Él es el principio, el primogénito de entre los muertos,
y así es el primero en todo.

19 Porque en él quiso Dios que residiera toda la plenitud.
20 Y por él quiso reconciliar consigo todos los seres:
los del cielo y los de la tierra,
haciendo la paz por la sangre de su cruz.

o   Posiblemente un canto conocido        

1. Hemos escuchado el admirable himno cristológico de la Carta a los Colosenses. La Liturgia de las Vísperas lo presenta a los fieles en las cuatro semanas en la que se articula como un cántico, carácter que quizá tenía desde sus orígenes. De hecho, muchos estudiosos consideran que el himno podría ser la cita de un canto de las Iglesias de Asia menor, incluido por Pablo en la carta dirigida a la comunidad cristianas de Colosas, que entonces era una ciudad floreciente y populosa.

        El apóstol, sin embargo, nunca viajó a este centro de la Frigia, región de la actual Turquía. La Iglesia local había sido fundada por un discípulo suyo, originario de aquellas tierras, Epafras. Éste aparece al final de la carta junto al evangelista Lucas, «el médico querido», como lo llama san Pablo (4, 14), y junto a otro personaje, Marcos, «primo de Bernabé» (4, 10), en referencia quizá al compañero de Pablo (Cf. Hechos 12, 25; 13, 5.13), que después se convertiría en evangelista.

o   Inmensidad y creación divinas        

2. Dado que tendremos la oportunidad de volver en varias ocasiones a comentar este cántico, nos contentamos ahora con ofrecer una mirada de conjunto y evocar un comentario espiritual, escrito por un famoso Padre de la Iglesia, san Juan Crisóstomo (IV sec. d.C.), famoso orador y obispo de Constantinopla. En el himno emerge la grandiosa figura de Cristo, Señor del cosmos. Al igual que la divina Sabiduría creadora exaltada por el Antiguo Testamento (Cf. por ejemplo Proverbios 8, 22-31), «él existe con anterioridad a todo, y todo tiene en él su consistencia»; es más «todo fue creado por él y para él» (Colosenses 1, 16-17).

        Por tanto, en el universo, se despliega un designio trascendente que Dios actúa a través de la obra de su Hijo. Lo proclama también el «Prólogo» del Evangelio de Juan, cuando afirma que «todo se hizo por la Palabra y sin ella no se hizo nada de cuanto existe» (Juan 1, 3). También la materia con su energía, la vida y la luz llevan la huella del Verbo de Dios, «su Hijo amado». La revelación del Nuevo Testamento ofrece una nueva luz sobre las palabras del sabio del Antiguo Testamento, quien declaraba que «de la grandeza y hermosura de las criaturas se llega, por analogía, a contemplar a su Autor» (Sabiduría 13, 5).

o   En el proyecto de Dios Padre: Cristo es también el Señor de la historia de la salvación.         

3. El Cántico de la Carta a los Colosenses presenta otra función de Cristo: él es también el Señor de la historia de la salvación, que se manifiesta en la Iglesia (Cf. Colosenses 1, 18) y se realiza en «la sangre de su cruz» (versículo 20), manantial de paz y de armonía para toda historia humana.

        Por tanto, no sólo el horizonte exterior a nuestra existencia está marcado por la presencia eficaz de Cristo, sino también la realidad más específica de la criatura humana, es decir, la historia. Ésta no está a la merced de fuerzas ciegas e irracionales, sino que, a pesar del pecado y el mal, se rige y está orientada –por obra de Cristo– hacia la plenitud. Por medio de la Cruz de Cristo, toda la realidad está «reconciliada» con el Padre (Cf. versículo 20).

        El himno traza, de este modo, un estupendo cuadro del universo y de la historia, invitándonos a la confianza. No somos una mota de polvo inútil, perdida en un espacio y en un tiempo sin sentido, sino que formamos parte de un proyecto surgido del amor del Padre.

o   Una existencia gratuita y benevolente         

4. Como habíamos anunciado, damos ahora la palabra a san Juan Crisóstomo para que sea él quien culmine esta reflexión. En su «Comentario a la Carta a los Colosenses» se detiene ampliamente en este cántico. Al inicio, subraya el carácter gratuito de Dios, al «compartir la suerte del pueblo santo en la luz» (v. 12). «¿Por qué la llama "suerte"?», se pregunta Crisóstomo, y responde: «Para demostrar que nadie puede conseguir el Reino con sus propias obras. También en este caso, como en la mayoría de las veces, la "suerte" tiene el sentido de "fortuna". Nadie puede tener un comportamiento capaz de merecer el Reino, sino que todo es don del Señor. Por eso dice: "Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer"» (Patrología Griega 62, 312).

        Esta gratuidad benévola y poderosa vuelve a emerger más adelante, cuando leemos que por medio de Cristo se han creado todas las cosas (Cf. Colosenses 1, 16). «De él depende la sustancia de todas las cosas –explica el obispo–. No sólo las hizo pasar del no ser al ser, sino que las sigue sosteniendo de manera que si quedaran sustraídas a su providencia, perecerían y se disolverían... Dependen de él. De hecho, sólo el hecho de inclinarse hacia él es suficiente para sostenerlas y reforzarlas» (Patrología Griega 62, 319).

        Con mayor motivo es signo de amor gratuito lo que Dios realiza por la Iglesia, de la que es Cabeza. En este sentido (Cf. versículo 18), Juan Crisóstomo explica: «después de haber hablado de la dignidad de Cristo, el apóstol habla también de su amor por los hombres: "Él es la cabeza de su cuerpo, que es la Iglesia", para mostrar su íntima comunión con nosotros. Quien está tan alto se unió a quienes están abajo» (Patrología Griega, 62, 320).


Vida Cristiana

domingo, 9 de julio de 2017

LA AUTOSUFICIENCIA Cfr. San Juan Pablo II, Catequesis, Audiencia General del 12 de mayo de 2004



Ø     La falsa esperanza de salvarnos por nosotros mismos, con nuestros propios recursos. Comentario de

Juan Pablo II,  en la Audiencia General del 12 de mayo de 2004, al salmo 29. La tentación de la soberbia y la autosuficiencia, asalta en los tiempos de bienestar. Se debe pedir sin cesar, con humildad, la ayuda de la gracia divina, aunque ya se cuente con ella.


Dios salva de la muerte  Salmo 30/29
1 Salmo. Cántico para la dedicación del templo. De David.
2 Te ensalzaré, Señor, porque me has librado y no has dejado que mis enemigos se rían de mí.
3 Señor, Dios mío, a ti grité, y tú me sanaste.
4 Señor, sacaste mi vida del abismo, me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa.
5 Tañed para el Señor, fieles suyos, celebrad el recuerdo de su nombre santo;
6 su cólera dura un instante; su bondad, de por vida; al atardecer nos visita el llanto; por la mañana, el júbilo.
7 Yo pensaba muy seguro: «No vacilaré jamás».
8 Tu bondad, Señor, me aseguraba el honor y la fuerza; pero escondiste tu rostro, y quedé desconcertado.
9 A ti, Señor, llamé, supliqué a mi Dios:
10 «¿Qué ganas con mi muerte, con que yo baje a la fosa?
¿Te va a dar gracias el polvo, o va a proclamar tu lealtad?
11 Escucha, Señor, y ten piedad de mí; Señor, socórreme».
12 Cambiaste mi luto en danzas, me desataste el sayal y me has vestido de fiesta;
13 te cantará mi alma sin callarse. Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre.

LA AUTOSUFICIENCIA


v     Cfr. San Juan Pablo II, Catequesis, Audiencia General del 12 de mayo de 2004


1. El orante eleva a Dios, desde lo más profundo de su corazón, una intensa y ferviente acción de gracias porque lo ha librado del abismo de la muerte. Ese sentimiento resalta con fuerza en el salmo 29, que acaba de resonar no sólo en nuestros oídos, sino también, sin duda, en nuestro corazón. 
Este himno de gratitud revela una notable finura literaria y se caracteriza por una serie de contrastes que expresan de modo simbólico la liberación alcanzada gracias al Señor. Así, "sacar la vida del abismo" se opone a "bajar a la fosa" (cf.v. 4); la "bondad de Dios de por vida" sustituye su "cólera de un instante" (cf. v. 6); el "júbilo de la mañana" sucede al "llanto del atardecer" (ib.); el "luto" se convierte en "danza" y el triste "sayal" se transforma en "vestido de fiesta" (v. 12). 
Así pues, una vez que ha pasado la noche de la muerte, clarea el alba del nuevo día. Por eso, la tradición cristiana ha leído este salmo como canto pascual. Lo atestigua la cita inicial, que la edición del texto litúrgico de las Vísperas toma de un gran escritor monástico del siglo IV, Juan Casiano:  "Cristo, después de su gloriosa resurrección, da gracias al Padre". 

2. El orante se dirige repetidamente al "Señor" -por lo menos ocho veces- para anunciar que lo ensalzará (cf. vv. 2 y 13), para recordar el grito que ha elevado hacia él en el tiempo de la prueba (cf. vv. 3 y 9) y su intervención liberadora (cf. vv. 2, 3, 4, 8 y 12), y para invocar de nuevo su misericordia (cf. v. 11). En otro lugar, el orante invita a los fieles a cantar himnos al Señor para darle gracias (cf. v. 5). 
Las sensaciones oscilan constantemente entre el recuerdo terrible de la pesadilla vivida y la alegría de la liberación. Ciertamente, el peligro pasado es grave y todavía causa escalofrío; el recuerdo del sufrimiento vivido es aún nítido e intenso; hace muy poco que el llanto se ha enjugado. Pero ya ha despuntado el alba de un nuevo día; en vez de la muerte se ha abierto la perspectiva de la vida que continúa. 

La tentación de la soberbia y la autosuficiencia

v     Nunca debemos dejarnos arrastrar por la oscura tentación de la desesperación, aunque parezca que todo está perdido

o     Ciertamente, tampoco hemos de caer en la falsa esperanza de salvarnos por nosotros mismos, con nuestros propios recursos.



3. De este modo, el Salmo demuestra que nunca debemos dejarnos arrastrar por la oscura tentación de la desesperación, aunque parezca que todo está perdido. Ciertamente, tampoco hemos de caer en la falsa esperanza de salvarnos por nosotros mismos, con nuestros propios recursos. En efecto, al salmista le asalta la tentación de la soberbia y la autosuficiencia: "Yo pensaba muy seguro: "No vacilaré jamás"" (v. 7). 
Los Padres de la Iglesia comentaron también esta tentación que asalta en los tiempos de bienestar y vieron en la prueba una invitación de Dios a la humildad. Por ejemplo, san Fulgencio, obispo de Ruspe (467-532), en su Carta 3, dirigida a la religiosa Proba, comenta el pasaje del Salmo con estas palabras: "El salmista confesaba que a veces se enorgullecía de estar sano, como si fuese una virtud suya, y que en ello había descubierto el peligro de una gravísima enfermedad. En efecto, dice: "Yo pensaba muy seguro: No vacilaré jamás". Y dado que al decir eso había perdido el apoyo de la gracia divina, y, desconcertado, había caído en la enfermedad, prosigue diciendo: "Tu bondad, Señor, me aseguraba el honor y la fuerza; pero escondiste tu rostro, y quedé desconcertado". Asimismo, para mostrar que se debe pedir sin cesar, con humildad, la ayuda de la gracia divina, aunque ya se cuente con ella, añade: "A ti, Señor, llamé; supliqué a mi Dios". Por lo demás, nadie eleva oraciones y hace peticiones sin reconocer que tiene necesidades, y sabe que no puede conservar lo que posee confiando sólo en su propia virtud" (Lettere di San Fulgenzio di Ruspe, Roma 1999, p. 113). 


4. Después de confesar la tentación de soberbia que le asaltó en el tiempo de prosperidad, el salmista recuerda la prueba que sufrió a continuación, diciendo al Señor: "Escondiste tu rostro, y quedé desconcertado" (v. 8).
El orante recuerda entonces de qué manera imploró al Señor (cf. vv. 9-11):  gritó, pidió ayuda, suplicó que le librara de la muerte, aduciendo como razón el hecho de que la muerte no produce ninguna ventaja a Dios, dado que los muertos no pueden ensalzarlo y ya no tienen motivos para proclamar su fidelidad, al haber sido abandonados por él. 
Volvemos a encontrar esa misma argumentación en el salmo 87, en el cual el orante, que ve cerca la muerte, pregunta a Dios: "¿Se anuncia en el sepulcro tu misericordia o tu fidelidad en el reino de la muerte?" (Sal 87, 12). De igual modo, el rey Ezequías, gravemente enfermo y luego curado, decía a Dios: "Que el seol no te alaba ni la muerte te glorifica (...). El que vive, el que vive, ese te alaba" (Is 38, 18-19). 
Así expresaba el Antiguo Testamento el intenso deseo humano de una victoria de Dios sobre la muerte y refería diversos casos en los que se había obtenido esta victoria: gente que corría peligro de morir de hambre en el desierto, prisioneros que se libraban de la condena a muerte, enfermos curados, marineros salvados del naufragio (cf. Sal 106, 4-32). Sin embargo, no se trataba de victorias definitivas. Tarde o temprano, la muerte lograba prevalecer. 
La aspiración a la victoria, a pesar de todo, se ha mantenido siempre y al final se ha convertido en una esperanza de resurrección. La satisfacción de esta fuerte aspiración ha quedado garantizada plenamente con la resurrección de Cristo, por la cual nunca daremos gracias a Dios suficientemente.



Vida Cristiana

sábado, 1 de julio de 2017

Beatificación de Juan Pablo II. Texto íntegro del Decreto. «Él decide sobre mi vida».Deseo confiarme totalmente al Señor. La Beatificación es una señal de hondura de fe y una invitación a una vida cristiana plena.



1 Beatificación de Juan Pablo II. Texto íntegro del Decreto. «Él decide sobre mi vida».Deseo confiarme totalmente al Señor. La Beatificación es una señal de hondura de fe y una invitación a una vida cristiana plena. Cfr. Decreto de beatificación de Juan Pablo II Fuente: Alfa y Omega, n. 721 – 20-I-2011 BEATIFICACIÓN DE JUAN PABLO II. TEXTO ÍNTEGRO DEL DECRETO. «ÉL DECIDE SOBRE MI VIDA».DESEO CONFIARME TOTALMENTE AL SEÑOR. LA BEATIFICACIÓN ES UNA SEÑAL DE HONDURA DE FE Y UNA INVITACIÓN A UNA VIDA CRISTIANA PLENA. ................................ 1 Cfr. Decreto de beatificación de Juan Pablo II ............................................................................... 1 o 1.- Aportación de Karol Wojtyla al Concilio Vaticano II .................................................................................2 o 2.- Totus Tuus, confianza en María Madre de Dios ..........................................................................................3 o 3.- La guerra de Iraq y la paz ofensiva ..............................................................................................................3 o 4.- Año 2000 Jubileo: una realidad histórica para recordar la venida de Jesús de Nazaret ...............................4 o 5.- Atención a la Juventud y el significado de las JMJ ......................................................................................5 o 6.- La sencillez de la oración de Juan Pablo II ..................................................................................................5 o 7.- El testamento de Juan Pablo II .....................................................................................................................6 o 8.- Un aspecto esencial del nuevo Beato: Dios es el fundamento de todos nuestros esfuerzos .........................7 o 9.- Confiar el mundo a la Divina Misericordia..................................................................................................7 «Él decide sobre mi vida» - Deseo confiarme totalmente al Señor Beatificación: señal de hondura de fe e invitación a una vida cristiana plena El pasado viernes 14 de enero, la Congregación vaticana de las Causas de los Santos hizo público el Decreto de beatificación del Papa Juan Pablo II, que tendrá lugar el día 1 de mayo próximo, Domingo II de Pascua, fiesta de la Divina Misericordia. Ofrecemos en estas páginas el texto íntegro: Monseñor Karol Wojtyla, arzobispo de Cracovia, en el Concilio Vaticano II La proclamación por la Iglesia de un santo o un Beato es fruto de la unión de varios aspectos relativos a una persona concreta. Primero, es un acto que dice algo importante en la vida de la misma Iglesia. Está ligado a un culto, por ejemplo, a la memoria de la persona, a su pleno reconocimiento en la conciencia de la comunidad eclesial, del país, o de la Iglesia universal en distintos países, continentes y culturas. Otro aspecto es la conciencia de que la elevación a los altares será un importante signo de la hondura de la fe, de la difusión de la fe en el itinerario vital de esta persona, y que este signo se convertirá en una invitación, un 2 estímulo para todos nosotros hacia una vida cristiana incluso más profunda y plena. Finalmente, la condición sine qua non es la santidad de la vida de la persona, verificada en los precisos y formales procedimientos canónicos. Todo ello proporciona el material para la decisión del sucesor de Pedro, del Papa, con vistas a la proclamación de un Beato o un santo, del culto en el contexto de la comunidad eclesial y de su liturgia. El pontificado de Juan Pablo II fue un elocuente y claro signo, no sólo para los católicos, sino para la opinión pública mundial, para personas de todos los colores y credos. La reacción mundial a su estilo de vida, al desarrollo de su misión apostólica, al modo como soportó su sufrimiento, la decisión de continuar su misión petrina hasta el final como querida por la divina Providencia, y, finalmente, la reacción a su muerte, la popularidad de la aclamación: «¡Santo, ya!», que algunos hicieron el día de su funeral, todo ello es base sólida en la experiencia de haberse encontrado con la persona que era el Papa. Los fieles sintieron, experimentaron que era un hombre de Dios, que realmente ve los pasos concretos y los mecanismos del mundo contemporáneo en Dios, en la perspectiva de Dios, con los ojos de un místico que alza los ojos sólo a Dios. Fue claramente un hombre de oración: tanto es así que, sólo en la dinámica de unión personal con Dios, de la escucha permanente a lo que Dios quiere decir en una situación concreta, fluía la entera actividad del Papa Juan Pablo II. Quienes estuvieron más cercanos a él pudieron ver que, antes de sus entrevistas con sus visitantes, ya fueran jefes de Estado, altos dignatarios de la Iglesia o sencillos ciudadanos, Juan Pablo II se recogía en oración por las intenciones de los visitantes y de la reunión a celebrar. o 1.- Aportación de Karol Wojtyla al Concilio Vaticano II Tras el Vaticano II, durante los pontificados de Pablo VI y Juan Pablo II, el modo de presentación, y entonces de autopresentación del papado, ha sido completamente expresivo. Con motivo del 25 aniversario del pontificado de Juan Pablo II, el Ministerio de Asuntos Exteriores italiano publicó, en 2004, un libro titulado Id por todo el mundo. Giancarlo Zizola, vaticanista reconocido, subrayó que «el papado ha conquistado su ciudadanía en el reino de la visibilidad pública, saliendo del lugar de marginación del culto adonde había sido relegado por decreto de la sociedad secular, en nombre de una visión militante del principio liberal de separación de Iglesia y Estado» (p.17). Un historiador alemán, el jesuita Klaus Schatz, hablando de Pablo VI y de Juan Pablo II, subrayó el significado de papado itinerante -por tanto, en conformidad con el Vaticano II-, más en modo de un movimiento misionero que como un polo estático de unidad. Schatz se refiere a la manera de interpretar la misión papal como una llamada a «confirmar en la fe a los hermanos» (Lc 22, 32), en un modo ligado a la autoridad estructural, pero con un fuerte toque espiritual y carismático, en relación con la credibilidad personal y arraigada en el mismo Dios. Detengámonos un momento a considerar el Vaticano II. El joven arzobispo de Cracovia fue uno de los padres conciliares más activos. Hizo una aportación significativa al Esquema XIII, que luego devendría en la Constitución pastoral del Concilio Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo, y la Constitución dogmática Lumen gentium. Gracias a sus estudios en el extranjero, el obispo Wojtyla tenía una experiencia concreta de evangelización y de la misión de la Iglesia, en Europa occidental o en otros continentes, pero sobre todo del ateísmo totalitario en Polonia y en otros países del bloque soviético. Llevó toda esta experiencia a los debates conciliares, ciertamente no como conversaciones de salón, muy corteses pero vacías de contenido. Aquí había un esfuerzo sustancial y decisivo por insertar el dinamismo del Evangelio en el entusiasmo conciliar, arraigado en la convicción de que el cristianismo es capaz de dar un alma al desarrollo de la modernidad y a la realidad del mundo social y cultural. Todo esto sería utilizado en preparar las futuras responsabilidades del sucesor de Pedro. Como Juan Pablo II dijo, él ya tenía en mente su primera encíclica, Redemptor hominis, y la trajo a Roma desde Cracovia. Todo lo que tenía que hacer en Roma era redactar todas estas ideas. En su encíclica, hay una amplia invitación a la Humanidad a redescubrir la realidad de la redención en Cristo: «El hombre (...) permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente. Por esto, precisamente, Cristo redentor, como se ha dicho anteriormente, revela plenamente el hombre al mismo hombre. (...) El hombre vuelve a encontrar la grandeza, la dignidad y el valor propios de su humanidad. En el misterio de la Redención, el hombre es confirmado y, en cierto modo, es nuevamente creado. (...) El hombre que quiere comprenderse hasta el fondo a sí mismo -no solamente según criterios y medidas del propio ser inmediatos, parciales, a veces superficiales e incluso aparentes- debe, con su inquietud, incertidumbre e incluso con su debilidad y pecaminosidad, con su vida y con su muerte, acercarse a Cristo. Debe, por decirlo así, entrar en Él con todo su ser, debe apropiarse y asimilar toda la realidad de la Encarnación y la Redención para encontrarse a sí mismo» (n. 10). «Esta unión de Cristo con el hombre es, en sí misma, un misterio, del que nace el hombre nuevo, llamado a participar en la vida de Dios, creado nuevamente en Cristo, en la plenitud de la gracia y la verdad. 3 (...) Ésta es la fuerza que transforma interiormente al hombre, como principio de una vida nueva que no se desvanece y no pasa, sino que dura hasta la vida eterna. Esta vida prometida y dada a cada hombre por el Padre en Jesucristo (...) es, de algún modo, cumplimiento del destino que desde la eternidad Dios le ha preparado. Este destino divino se hace camino, por encima de todos los enigmas, incógnitas, tortuosidades, curvas del destino humano en el mundo temporal. En efecto, si todo esto lleva, aun con toda la riqueza de la vida temporal, por inevitable necesidad a la frontera de la muerte y a la meta de la destrucción del cuerpo humano, Cristo se nos aparece más allá de esta meta: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí... no morirá para siempre» (n. 18). o 2.- Totus Tuus, confianza en María Madre de Dios Mosaico de la Virgen ante la plaza de San Pedro, desde la elección de Juan Pablo II, con el lema de su pontificado La vida de Juan Pablo II se dedicó totalmente al servicio del Señor, por intercesión de su Madre. Su lema era Totus Tuus, ya fuera para el bien de la Iglesia, o para el del hombre que es «el camino de la Iglesia» (Redemptor hominis, 14). Ésta es la razón de ser de los Viajes apostólicos internacionales, los encuentros diarios con la gente, con los responsables de comunidades eclesiales, con cardenales y obispos, con los cabezas de otras Iglesias y comunidades cristianas, los líderes de otras religiones y con los laicos. Esto es también verdad en los documentos escritos por el Papa, las relaciones diplomáticas de la Sante Sede con los Estados y organizaciones internacionales. La profunda convicción del valor del Vaticano II -no sólo sobre la necesidad, sino también sobre la posibilidad, para la Iglesia, de ofrecer el Evangelio de Cristo y construir sobre él la experiencia de la Iglesia como una inspiración vibrante y energética de la visión y mecanismos del mundo moderno- fue siempre convicción del Papa. En 1989, cayó el muro de Berlín, pero, a nivel internacional, se podía sentir la fuerza destructiva de los mecanismos comerciales y de los intereses privados económicos e ideológicos, incluso muchos de ellos anónimos, que traían injusticia y marginación a todos los pueblos -incluso a ciertos grupos sociales en los países desarrollados-, y en especial se podía percibir que la vida humana había sido devaluada. En muchos Viajes apostólicos internacionales a los varios continentes, el Papa proclamó el Evangelio de Cristo y la preocupación de la Iglesia. Escribió de modo más sistemático las encíclicas Laborem exercens, Sollicitudo rei socialis, Centesimus annus; y también Evangelium vitae, Veritatis splendor, Fides et ratio; y las encíclicas que tenían que ver directamente con la vida y el apostolado de la Iglesia, como Dominum et vivificantem, Redemptoris missio, Ut unum sint, Ecclesia de Eucharistia. o 3.- La guerra de Iraq y la paz ofensiva A menudo, como en el caso de los esfuerzos realizados para evitar la guerra entre los Estados Unidos e Iraq, existe una auténtica paz ofensiva, no sólo para salvar la vida de las personas, también para frenar el crecimiento del odio y las dementes ideas sobre el enfrentamiento entre las civilizaciones, o sobre el nuevo fenómeno del terrorismo a gran escala. De ahí el discurso de Año Nuevo ante los Cuerpos Diplomáticos acreditados en la Santa Sede, también el inolvidable febrero de 2002, en el que el Papa mantuvo encuentros con diplomáticos de primera categoría, J. Fischer (7 de febrero); Tarek Aziz (14 de febrero), Kofi Anan (18 4 de febrero), Tony Blair (22 de febrero), José María Aznar y el enviado de Seyyed Mohammed Khatami, Presidente de la República Islámica de Irán (27 de febrero); y finalmente, debido a la insostenible situación humana, la decisión de mandar al cardenal Etchegaray en misión especial a Bagdad (15 de febrero), y al cardenal Pío Laghi a Washington (del 3 al 9 de marzo). El febrero del Papa concluyó con el encuentro del cardenal J.L. Tauran con los 74 embajadores y diplomáticos del mundo entero; el Secretario por las Relaciones con los Estados, el ministro de Asuntos Exteriores del Papa, el cardenal Tauran, hizo un llamamiento para evitar la guerra, y les recordó todo lo que el Papa había dicho en su paz ofensiva. o 4.- Año 2000 Jubileo: una realidad histórica para recordar la venida de Jesús de Nazaret Juan Pablo II, tras abrir la Puerta Santa de la Basílica vaticana, inaugura el gran Jubileo del año 2000 La entonces actual tarea de Juan Pablo II se centró en la pastoral y vida de la Iglesia: las visitas ad Limina de los obispos de todo el mundo, las audiencias de los miércoles y los encuentros de los domingos con los fieles, para el Ángelus, las Visitas pastorales a las parroquias de Roma. Todo fue hecho y recordado para promover la proclamación de Cristo, para acercar a nuestros conocimientos Su Persona, y «las palabras pronunciadas por Cristo en el momento de despedirse de los Apóstoles expresan el misterio de la historia del hombre, de cada uno y de todos, el misterio de la historia de la Humanidad. El Bautismo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo es una inmersión en el Dios vivo, en el que es, que era y que viene. El Bautismo es el comienzo del encuentro, de la unidad, de la comunión, para el que toda la vida terrena es solamente un prólogo y una introducción; el cumplimiento y la plenitud pertenecen a la eternidad. Pasa la figura de este mundo. Debemos, por consiguiente, encontrarnos en el mundo de Dios, para alcanzar el fin, para llegar a la plenitud de la vida y de la vocación del hombre» (Cracovia, 10 de junio de 1979). «Ésta fue, en efecto, una inquietud de Juan Pablo II: señalar con claridad que nuestra mirada se dirige hacia el Cristo que viene, por supuesto El que vino, pero mucho más aún El que vendrá, y que, en esta perspectiva, vivimos la fe en orientación hacia el futuro. Eso implica que estamos realmente en condiciones de presentar el mensaje de la fe en una nueva manera, desde la perspectiva del Cristo que viene» (Benedicto XVI, Luz del mundo). El gran Jubileo de la Redención, en el año 2000, no fue para Juan Pablo II un pretexto para la acción pastoral, sino que, ante todo, fue una realidad histórica que recuerda la venida de Jesús de Nazaret y todo lo que este acontecimiento histórico ha traído consigo, a saber, la Redención, el testimonio del amor de Dios en la Cruz y en la Resurrección, la vida de la Iglesia primitiva, el camino de salvación realizado por el Salvador, por el que ha introducido a su Iglesia como un signo e instrumento de unidad interna con Dios, así como de la familia humana. El gran Jubileo del año 2000 nos trae de la Tierra Santa, tierra de Jesús, y de Roma, lugar del apostolado del sucesor de Pedro, el vínculo de autenticidad del mensaje y de la unidad de la comunidad eclesial. El mensaje ha sido reformulado en las Cartas Tertio millennio adveniente y Novo millennio ineunte. Pero para el Papa lo que más importaba era el agradecimiento personal y de la Iglesia entera a nuestro Señor Jesús, y el encuentro en la fe con el que Él nos ha amado hasta el final, que nos ha salvado y sigue siendo un signo tan necesario en un mundo que se está volviendo cada vez más sordo, mientras trata de organizar su vida como si Dios no existiese, errando sin identidad y sin sentido. 5 o 5.- Atención a la Juventud y el significado de las JMJ Juan Pablo II, en Tor Vergata (Roma), durante la Jornada Mundial de la Juventud del año 2000 Juan Pablo II acostumbraba a analizar los resultados de sus Viajes apostólicos al extranjero con sus colaboradores, para identificar lo que se había hecho bien, y prever cambios para los Viajes sucesivos. Tras el Viaje a Polonia en 1991, el Papa se dio cuenta de que, durante la Misa en Varsovia, en las zonas más alejadas, los jóvenes iban y venían, bebían cerveza o coca-cola, y volvían. «No era como en los Viajes anteriores -dijo-, ha habido un cambio en la mentalidad de la sociedad. No vale la pena fijarnos en los primeros puestos. Los VIP están siempre sentados de la misma manera, pero los márgenes son importantes y merecen nuestra atención». Es importante fijarnos en que el Papa no usaba la palabra multitud: él siempre veía y prestaba atención a la gente. Era muy atento al papel de los laicos en la vida y misión de la Iglesia. Es muy significativo que, cuando todavía era capellán de la Universidad de Cracovia, aprovechara un breve período de deshielo político en 1957 para organizar -en colaboración con el arzobispo de Wroclaw, Boleslaw Kominek- un simposio en la ciudad para más de 100 estudiantes universitarios de toda Polonia (¡por primera vez desde hacía décadas!), precisamente sobre el tema El papel de los laicos en la Iglesia (¡y esto fue años antes del Concilio Vaticano II!) Más tarde, durante las vacaciones de verano, organizaba Ejercicios espirituales en la sede de las Hermanas Ursulinas de la Unión Romana, de Bado Slaskie, para un grupo un poco más pequeño de participantes del simposio de Wroclaw, precisamente para promover la formación de los laicos. Con la creación de las Jornadas Mundiales de la Juventud, el Papa dio su apoyo a diversas formas de actividad de los laicos en la vida y misión de la Iglesia, allanando así el camino a iniciativas muy significativas, algunos años más tarde, durante el pontificado de Benedicto XVI: la celebración, en septiembre de 2010 en Corea, de un importante Congreso de laicos católicos de Asia, las reuniones de los obispos africanos que cada vez alientan más a los laicos a ocupar cargos de responsabilidad en los sectores de la evangelización, la actividad social y en ámbito educativo de la Iglesia, la significativa presencia de laicos católicos en la Misión Continental de América Latina. Al revisar su pontificado, Benedicto XVI hace una observación de los cambios generacionales a escala mundial, y llega a la misma conclusión que su predecesor, a saber, que «los tiempos han cambiado». Mientras tanto, una nueva generación ha llegado, con nuevos problemas. La generación de finales de los sesenta, con sus propias peculiaridades, vino y se fue. Incluso la siguiente generación, más pragmática, ha envejecido. Hoy en día, hay que preguntarse: «¿Cómo podemos hacer frente a un mundo que se pone en peligro, y en el que el progreso se convierte en un peligro? ¿No deberíamos empezar todo de nuevo desde Dios?» (Luz del mundo). Así que Benedicto XVI hace un llamamiento «a que pueda surgir una nueva generación de católicos, personas renovadas interiormente, que se comprometan en la política sin ningún complejo de inferioridad» (una idea muchas veces repetida por el Papa, por ejemplo, en el Mensaje para la 46ª Semana Social de los católicos italianos, 12 de octubre de 2010). Él sigue pidiendo una nueva generación de buenos intelectuales y científicos, atentos al hecho de que «una perspectiva científica se vuelve peligrosa si ignora la dimensión religiosa y ética de la vida, de la misma manera que la religión se convierte en limitada si rechaza la legítima contribución de la ciencia a nuestra comprensión del mundo» (Londres, Saint Mary's College, 17 de septiembre de 2010); el Papa pide una «nueva generación de laicos cristianos comprometidos, capaces de buscar, con rigor y competencia moral, soluciones de desarrollo sostenible» (7 de septiembre de 2008). o 6.- La sencillez de la oración de Juan Pablo II 6 Multitud de fieles congregados en la Plaza de San Pedro, el día 3 de abril de 2005, Domingo de la Divina Misericordia, junto a su bien visible imagen, en el funeral por Juan Pablo II Cuando recordamos lo que Juan Pablo II llevó a cabo, los grandes eventos se mezclan con el recuerdo de momentos sencillos de oración, que fueron una fuente de asombro incluso para sus colaboradores. Voy a mencionar sólo dos, procedentes de dos diferentes períodos de su vida [n. de la r.: es el testimonio del padre Andzrej, capellán universitario en Lublin). En los años setenta, yo era capellán de los estudiantes de la Universidad Católica de Lublin. Al inicio del año académico, el entonces cardenal de Cracovia vino para participar en la Eucaristía en la iglesia de la universidad, en la inauguración oficial del gran salón, y en el almuerzo. Después de eso, el cardenal estaba listo para regresar a Cracovia. El Rector de la Universidad, el padre Krapiec, lo acompañó hasta el coche, pero se detuvo a charlar con otro invitado, tanto que llegaron tarde al coche. Pero he aquí que ¡el cardenal había desaparecido! Los diez segundos que esperaron les parecieron diez siglos. El Rector, acostumbrado a tener todo bajo control, no sabía dónde podía haber ido el cardenal. Me preguntó: «¿Dónde está Wojtyla? ¡El cardenal ha desaparecido! ¿Dónde está?» Con una leve sonrisa burlona, me tomé un tiempo antes de responderle, sólo para tomarle el pelo un poco. Entonces le dije: «Probablemente ha ido a la iglesia». Allí fuimos, y, efectivamente, encontramos al cardenal, arrodillado en oración delante del Vía Crucis. El otro recuerdo fue en 1999, durante su séptimo Viaje apostólico a Polonia. Duró 13 días, con 22 paradas en el programa, desde el norte hacia el sur del país. Un programa mucho más allá de las capacidades físicas del Papa. Uno de esos días, tenía que celebrarse -según el programa- la bendición del santuario de Lichen, la Eucaristía en Bydgoszcz, a continuación una reunión con la gente de la universidad, la liturgia del Sagrado Corazón, en relación con la beatificación del padre Frelichowski en otra ciudad, en Torun, y después volver a Lichen para la noche. ¡Un día de lo más ocupado! Así que, después de la cena, la comitiva papal se fue a la cama inmediatamente. Pero el Papa se encerró solo en la capilla por un largo, muy largo momento de oración. Quedábamos sólo tres de nosotros: monseñor Chrapek, encargado de la planificación de la Visita para el episcopado, yo mismo, como asistente, y el famoso Camillo Cibin, jefe de la seguridad del Vaticano. Por fin, el Papa salió de la capilla para ir a su dormitorio. Cibin me dijo: «Padre Andzrej, tráigame una silla. Pero una que sea dura, de madera, no un sofá, dos tazas de café, café fuerte, y una manzana». Todo ello para ayudarle a esperar toda la noche en la puerta de la habitación del Papa, que no se había cerrado del todo, para determinar si el Papa -no sólo cansado, sino también de edad avanzada- respiraba con normalidad o si tenía alguna necesidad de ayuda. La santidad personal del Papa era algo que estaba más allá y por encima de la estima de que gozaba entre sus colaboradores más cercanos, y esto era muy significativo. o 7.- El testamento de Juan Pablo II Facsímil de su Testamento Juan Pablo II era consciente del hecho de que estamos viviendo momentos muy difíciles de la Historia, que el sucesor de Pedro tenía el deber de confirmar en la fe, pero era igualmente consciente de que el aspecto más importante fue el de confiar en Dios. El testamento que él escribió en 1979, y que modificaba 7 todos los años, durante los Ejercicios espirituales, nos da un poderoso testimonio de ello. Del 24 de febrero al 1 de marzo, escribió: «24.II - 1.III.1980. Durante estos Ejercicios espirituales he reflexionado sobre la verdad del sacerdocio de Cristo ante el paso que supone, para cada uno de nosotros, la hora de nuestra muerte. Para nosotros, partir de este mundo, para renacer en el siguiente, el mundo futuro, signo elocuente (añadía la palabra decisivo sobre ella) es la resurrección de Cristo. (...) Los tiempos que vivimos se han convertido en indeciblemente difíciles y preocupantes. La vida de la Iglesia también se ha vuelto difícil y tensa, una prueba característica de estos tiempos, para los fieles y los pastores. En algunos países (como uno sobre el que leí durante los Ejercicios espirituales), la Iglesia se encuentra en un momento de persecución igual al de los primeros siglos, tal vez más, teniendo en cuenta el grado de crueldad y de odio. Sanguis martyrum - semen christianorum (sangre de los mártires, semilla de cristianos). Por otra parte, tantas personas inocentes han desaparecido, incluso en este país en el que vivimos… Una vez más, deseo confiarme totalmente a la gracia del Señor. Él decidirá cuándo y cómo debo terminar mi vida terrena y mi ministerio pastoral. En la vida y en la muerte Totus Tuus, mediante la Inmaculada. Aceptando ya esta muerte, espero que Cristo me dé la gracia de este último pasaje, es decir, (mi) Pascua. Yo también espero que la haga útil para esta causa más importante a la que trato de servir: la salvación de los seres humanos, la protección de la familia humana, en todas las naciones y entre todos los pueblos (entre ellos me refiero, en particular, a mi propio país natal), útil para aquellos que, de una manera especial, se me han confiado, en la Iglesia, para gloria del propio Dios». El 5 de marzo de 1982, añadió: «El atentado contra mi vida, el 13.V.1981, ha confirmado, en cierto modo, la exactitud de las palabras escritas durante los Ejercicios espirituales de 1980 (24.II - 1.III). Siento aún más profundamente que estoy totalmente en las Manos de Dios, y permanezco continuamente a disposición de mi Señor, encomendándome a Él en Su Inmaculada Madre (Totus Tuus)». Posteriormente, el 17 de marzo del Año Jubilar 2000, número 3: «Como cada año, durante los Ejercicios espirituales, leo mi testamento del 6.III.1979. Sigo manteniendo las disposiciones contenidas en él. Lo que se ha añadido, en ese momento y durante los siguientes Ejercicios espirituales, constituye un reflejo de la situación general difícil y tensa que ha marcado los años ochenta. Desde el otoño de 1989, esta situación ha cambiado. La última década del siglo pasado estuvo libre de las tensiones anteriores; esto no significa que no hubiera nuevos problemas o dificultades. De manera especial, que la Divina Providencia sea alabada por ello, el período llamado guerra fría ha terminado sin un violento conflicto nuclear, una amenaza que pesaba sobre el mundo durante el período anterior» (las palabras en negrita están destacadas por el propio Papa). o 8.- Un aspecto esencial del nuevo Beato: Dios es el fundamento de todos nuestros esfuerzos Éste es de nuevo un aspecto esencial, si se quiere entender más profundamente la personalidad del nuevo Beato para la Iglesia, Karol Wojtyla - Juan Pablo II. El fundamento de todos los esfuerzos de nuestra vida está en Dios. Estamos rodeados por el amor divino, por los resultados de la Redención y la Salvación. Pero hay que ayudar a que se arraigue profundamente en Dios mismo, debemos hacer todo lo posible para que se creen actitudes personales y sociales arraigadas en la realidad de Dios. Esto requiere paciencia, tiempo y la capacidad de verlo todo a través de los ojos de Dios. La última y breve peregrinación del Papa Juan Pablo II a Polonia, más concretamente a su patria chica, a Cracovia, Wadovice y al Camino de la Cruz (de Kalwaria Zebrzydowska), mostró una determinación, pero también una agudeza espiritual «en el proceso de maduración en el tiempo» para que toda la Humanidad, especialmente la comunidad eclesial y cristiana, pudiese comprender mejor algunos de los aspectos fundamentales de la fe. Desde el comienzo de su pontificado, en 1978, Juan Pablo II hablaba a menudo en sus homilías de la misericordia de Dios. Ésta se convirtió en el tema de su segunda encíclica, Dives in misericordia, en 1980. Era consciente de que la cultura moderna y su lenguaje no tienen un lugar para la misericordia, tratándola como algo extraño, sino que tratan de inscribirlo todo en las categorías de la justicia y la ley. Pero esto no es suficiente, porque no es en absoluto la realidad de Dios. o 9.- Confiar el mundo a la Divina Misericordia 8 Juan Pablo II, en el acto de petición de perdón (Cuaresma, año 2000), en la Basílica vaticana, ante el Crucificado que se venera en la iglesia romana de San Marcelo Más tarde, el Papa tomó algunas medidas para finalizar el proceso de beatificación de sor Faustina Kowalska, y la canonización (2000). Toda la comunidad eclesial fue llevada a sentir la cercanía de esa persona tan íntimamente vinculada con el mensaje de la Misericordia, lo que facilitó el desarrollo de este tema para Juan Pablo II, mostrando la realidad de la Divina Misericordia en los muchos contextos alrededor del mundo, en los diversos continentes de la Humanidad hoy. Por último, en agosto de 2002, en Lagiewniki, donde sor Faustina vivió y murió, Juan Pablo II confió el mundo a la Divina Misericordia, a la confianza ilimitada en Dios, el Misericordioso, a Aquel que ha sido no sólo una fuente de inspiración, sino también de la fuerza de su servicio como sucesor de Pedro: «Es el Espíritu Santo, Consolador y Espíritu de verdad, quien nos conduce por los caminos de la Misericordia divina. Él, convenciendo al mundo en lo referente al pecado, en lo referente a la justicia y en lo referente al juicio (Jn 16, 8), al mismo tiempo revela la plenitud de la salvación en Cristo. Este convencer en lo referente al pecado tiene lugar en una doble relación con la cruz de Cristo. Por una parte, el Espíritu Santo nos permite reconocer, mediante la cruz de Cristo, el pecado, todo pecado, en toda la dimensión del mal, que encierra y esconde en sí. Por otra, el Espíritu Santo nos permite ver, siempre mediante la cruz de Cristo, el pecado a la luz del mysterium pietatis, es decir, del amor misericordioso e indulgente de Dios (cf. Dominum et vivificantem, 32). Y así, el convencer en lo referente al pecado, se transforma al mismo tiempo en un convencer de que el pecado puede ser perdonado y el hombre puede corresponder de nuevo a la dignidad de hijo predilecto de Dios. En efecto, la cruz es la inclinación más profunda de la Divinidad hacia el hombre (...). La cruz es como un toque del amor eterno sobre las heridas más dolorosas de la existencia terrena del hombre (Dives in misericordia, 8). La piedra angular de este santuario, tomada del monte Calvario, en cierto modo de la base de la cruz en la que Jesucristo venció el pecado y la muerte, recordará siempre esta verdad. (…) ¡Cuánta necesidad de la misericordia de Dios tiene el mundo de hoy! En todos los continentes, desde lo más profundo del sufrimiento humano, parece elevarse la invocación de la misericordia. Donde reinan el odio y la sed de venganza, donde la guerra causa el dolor y la muerte de los inocentes, se necesita la gracia de la misericordia para calmar las mentes y los corazones, y hacer que brote la paz. Donde no se respeta la vida y la dignidad del hombre, se necesita el amor misericordioso de Dios, a cuya luz se manifiesta el inexpresable valor de todo ser humano. Se necesita la misericordia para hacer que toda injusticia en el mundo termine en el resplandor de la verdad. Por eso hoy, en este santuario, quiero consagrar solemnemente el mundo a la Misericordia divina. Lo hago con el deseo ardiente de que el mensaje del amor misericordioso de Dios, proclamado aquí a través de santa Faustina, llegue a todos los habitantes de la tierra y llene su corazón de esperanza. Que este mensaje se difunda desde este lugar a toda nuestra amada patria y al mundo. Ojala se cumpla la firme promesa del Señor Jesús: de aquí debe salir la chispa que preparará al mundo para su última venida» (Homilía en Lagiewniki, 17 de agosto de 2002). Así, los últimos meses en la vida del Papa Juan Pablo II, marcados por el sufrimiento, llevaron su pontificado a su cumplimiento.

La sal y la luz en la vida cristiana (2011). Mensaje de Juan Pablo II para la 17 Jornada Mundial de la Juventud. 25 de julio de 2002. Por el bautismo toda nuestra vida ha sido sazonada con la vida nueva que viene de Cristo. No acomodarse al mundo, conservar la fe y transmitirla. La búsqueda del sentido y de la plenitud de la existencia, sin resignarse a proyectos insignificantes, a las diversiones insulsas y a las modas pasajeras, evitando la mediocridad y el conformismo. El encuentro personal con Cristo ilumina la vida con una nueva luz.



1 La sal y la luz en la vida cristiana (2011). Mensaje de Juan Pablo II para la 17 Jornada Mundial de la Juventud. 25 de julio de 2002. Por el bautismo toda nuestra vida ha sido sazonada con la vida nueva que viene de Cristo. No acomodarse al mundo, conservar la fe y transmitirla. La búsqueda del sentido y de la plenitud de la existencia, sin resignarse a proyectos insignificantes, a las diversiones insulsas y a las modas pasajeras, evitando la mediocridad y el conformismo. El encuentro personal con Cristo ilumina la vida con una nueva luz. Cfr. 5º Domingo T. Ordinario Ciclo A, 6 febrero 2011 Evangelio: Mateo 5, 13-16 Isaías 58, 7-10. Así dice el Señor: «Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, viste al que ves desnudo, y no te cierres a tu propia carne. 8 Entonces romperá tu luz como la aurora, en seguida te brotará la carne sana; te abrirá camino la justicia, detrás irá la gloria del Señor. Entonces clamarás al Señor, y te responderá; gritarás, y te dirá: «Aquí estoy. » Cuando destierres de ti la opresión, el gesto amenazador y la maledicencia, 10 y ofreces tu propio sustento al hambriento y sacies el alma afligida, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad será como el mediodía.» Salmo responsorial Sal 111, 4-5. 6-7. 8a y 9 (R.: 4a) R. El justo brilla en las tinieblas como una luz. 4 En las tinieblas brilla como una luz el que es justo, clemente y compasivo. 5 Dichoso el hombre compasivo y que presta, y que administra con justicia sus asuntos. R. 6 El justo jamás vacilará, y será siempre recordado. 7 No temerá las malas noticias, su corazón está firme en el Señor. R. 8 Su corazón está seguro, sin temor. Reparte limosna a los pobres; su caridad es constante, sin falta, y alzará la frente con dignidad. R. 1 Corintios 2, 1-5 Yo, hermanos, cuando vine a vosotros a anunciaros el misterio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado. Me presenté a vosotros débil y temblando de miedo; mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu, para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios. Aleluya Jn 8, 12b: Yo soy la luz del mundo, dice el Señor, el que me sigue tendrá la luz de la vida. Mateo 5, 13-16. En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: 13 «Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. 14 Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del candelero, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. 16 Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo. » Mensaje de Juan Pablo II para la XVII Jornada Mundial de la Juventud 2002 (25 julio 2002) –“ Vosotros sois la sal de la tierra ... vosotros sois la luz del mundo”, (Mt 5, 13-14) o a) Por el bautismo toda nuestra vida ha sido sazonada con la vida nueva que viene de Cristo. No acomodarse al mundo, conservar la fe y transmitirla. "Vosotros sois la sal de la tierra... vosotros sois la luz del mundo", (Mt 5,13-14): éste es el lema que he elegido para la próxima Jornada Mundial de la Juventud. Las dos imágenes, de la sal y la luz, utilizadas por Jesús, son complementarias y ricas de sentido. En efecto, en la antigüedad se consideraba a la sal y a la luz como elementos esenciales de la vida humana. A) La sal de la tierra "Vosotros sois la sal de la tierra....". Como es bien sabido, una de las funciones principales de la sal es sazonar, dar gusto y sabor a los alimentos. Esta imagen nos recuerda que, por el bautismo, todo nuestro ser ha sido profundamente transformado, porque ha sido "sazonado" con la vida nueva que viene de Cristo (cf. Rm 6, 4). La sal por la que no se desvirtúa la identidad cristiana, incluso en un ambiente hondamente secularizado, es la gracia bautismal que nos ha regenerado, haciéndonos vivir en Cristo y concediendo la capacidad de responder a su llamada para "que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios" (Rm 12, 1). Escribiendo a los cristianos de Roma, san Pablo los exhorta a manifestar claramente su modo de vivir y de pensar, diferente del de sus contemporáneos: "no os acomodéis al mundo 2 presente, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto" (Rm 12, 2). Durante mucho tiempo, la sal ha sido también el medio usado habitualmente para conservar los alimentos. Como la sal de la tierra, estáis llamados a conservar la fe que habéis recibido y a transmitirla intacta a los demás. Vuestra generación tiene ante sí el gran desafío de mantener integro el depósito de la fe (cf 2 Ts 2, 15; 1 Tm 6, 20; 2 Tm 1, 14). o b) Descubrid las raíces cristianas y profundizad en el conocimiento de la herencia espiritual recibida. ¡Descubrid vuestras raíces cristianas, aprended la historia de la Iglesia, profundizad el conocimiento de la herencia espiritual que os ha sido transmitido, seguid a los testigos y a los maestros que os han precedido! Sólo permaneciendo fieles a los mandamientos de Dios, a la alianza que Cristo ha sellado con su sangre derramada en la Cruz, podréis ser los apóstoles y los testigos del nuevo milenio. o c) La búsqueda del sentido y de la plenitud de la existencia, sin resignarse a proyectos insignificantes, a las diversiones insulsas y a las modas pasajeras, evitando la mediocridad y el conformismo. Es propio de la condición humana, y especialmente de la juventud, buscar lo absoluto, el sentido y la plenitud de la existencia. Queridos jóvenes, ¡no os contentéis con nada que esté por debajo de los ideales más altos! No os dejéis desanimar por los que, decepcionados de la vida, se han hecho sordos a los deseos más profundos y más auténticos de su corazón. Tenéis razón en no resignaros a las diversiones insulsas, a las modas pasajeras y a los proyectos insignificantes. Si mantenéis grandes deseos para el Señor, sabréis evitar la mediocridad y el conformismo, tan difusos en nuestra sociedad. B. Luz del mundo o d) El sol es Cristo resucitado. "Vosotros sois la luz del mundo....". Para todos aquellos que al principio escucharon a Jesús, al igual que para nosotros, el símbolo de la luz evoca el deseo de verdad y la sed de llegar a la plenitud del conocimiento que están impresos en lo más íntimo de cada ser humano. Cuando la luz va menguando o desaparece completamente, ya no se consigue distinguir la realidad que nos rodea. En el corazón de la noche podemos sentir temor e inseguridad, esperando sólo con impaciencia la llegada de la luz de la aurora. Queridos jóvenes, ¡a vosotros os corresponde ser los centinela de la mañana (cf. Is 21, 11-12) que anuncian la llegada del sol que es Cristo resucitado! o e) La luz es la de la fe, don gratuito de Dios. El encuentro personal con Cristo ilumina la vida con una nueva luz. La luz de la cual Jesús nos habla en el Evangelio es la de la fe, don gratuito de Dios, que viene a iluminar el corazón y a dar claridad a la inteligencia: "Pues el mismo Dios que dijo: ‘De las tinieblas brille la luz’, ha hecho brillar la luz en nuestros corazones, para irradiar el conocimiento de la gloria de Dios que está en la faz de Cristo" (2 Co 4, 6). Por eso adquieren un relieve especial las palabras de Jesús cuando explica su identidad y su misión: "Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida" (Jn 8, 12). El encuentro personal con Cristo ilumina la vida con una nueva luz, nos conduce por el buen camino y nos compromete a ser sus testigos. Con el nuevo modo que Él nos proporciona de ver el mundo y las personas, nos hace penetrar más profundamente en el misterio de la fe, que no es sólo acoger y ratificar con la inteligencia un conjunto de enunciados teóricos, sino asimilar una experiencia, vivir una verdad; es la sal y la luz de toda la realidad (cf. Veritatis splendor, 88). o f) El Evangelio es el gran criterio que guía el rumbo de la vida. En el contexto actual de secularización, en el que muchos de nuestros contemporáneos piensan y viven como si Dios no existiera, o son atraídos por formas de religiosidad irracionales, es necesario que precisamente vosotros, queridos jóvenes, reafirméis que la fe es una decisión personal que compromete toda la existencia. ¡Que el Evangelio sea el gran criterio que guíe las decisiones y el rumbo de vuestra vida! De este modo os haréis misioneros con los gestos y las palabras y, dondequiera que trabajéis y viváis, seréis signos del amor de Dios, testigos creíbles de la presencia amorosa de Cristo. No lo olvidéis: ¡"No se enciende una lámpara para ponerla debajo del celemín" (cf. Mt 5,15). o g) La santidad da pleno sentido a la vida, haciéndola un reflejo de la gloria de Dios. Así como la sal da sabor a la comida y la luz ilumina las tinieblas, así también la santidad da pleno sentido a la vida, haciéndola un reflejo de la gloria de Dios. ¡Con cuántos santos, también entre los jóvenes, cuenta la historia de la Iglesia! En su amor por Dios han hecho resplandecer las mismas virtudes heroicas ante el mundo, convirtiéndose en modelos de vida propuestos por la Iglesia para que todos les imiten.

Juan Pablo II. Beatificación (1 mayo 2011). Homilía de Benedicto XVI, crónica. Nos quitó el miedo a llamarnos cristianos.



1 Juan Pablo II. Beatificación (1 mayo 2011). Homilía de Benedicto XVI, crónica. Nos quitó el miedo a llamarnos cristianos. Benedicto XVI: Juan Pablo II nos quitó el miedo a llamarnos cristianos. CIUDAD DEL VATICANO, domingo 1 de mayo de 2011 (ZENIT.org).- Juan Pablo II consiguió, “con la fuerza de un gigante”, devolver al cristianismo su fuerza transformadora del mundo, y hacer que los cristianos “dejasen de tener miedo” a serlo, afirmó hoy el Papa Benedicto XVI durante la homilía de la ceremonia de beatificación de su predecesor, en la Plaza de San Pedro. Ante más de un millón de peregrinos llegados de todo el mundo a Roma para la beatificación, el Papa Benedicto XVI definió al nuevo beato como un “gigante” que dedicó su vida a una “causa”: “¡No temáis! !Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!”. La gran tarea de Juan Pablo II, explicó, fue superar la confrontación entre marxismo y cristianismo, devolviendo a este último su fuerza capaz de transformar la sociedad y realizar las esperanzas de los hombres. El papa polaco, afirmó, “abrió a Cristo la sociedad, la cultura, los sistemas políticos y económicos, invirtiendo con la fuerza de un gigante, fuerza que le venía de Dios, una tendencia que podía parecer irreversible”. “Con su testimonio de fe, de amor y de valor apostólico, acompañado de una gran humanidad, este hijo ejemplar de la Nación polaca ayudó a los cristianos de todo el mundo a no tener miedo de llamarse cristianos, de pertenecer a la Iglesia, de hablar del Evangelio”. Es decir, añadió, “nos devolvió la fuerza de creer en Cristo, porque Cristo es Redemptor hominis, Redentor del hombre: el tema de su primera Encíclica e hilo conductor de todas las demás”. Karol Wojtyla “subió al Solio de Pedro llevando consigo la profunda reflexión sobre la confrontación entre el marxismo y el cristianismo, centrada en el hombre”. “Su mensaje fue éste: el hombre es el camino de la Iglesia, y Cristo es el camino del hombre. Con este mensaje, que es la gran herencia del Concilio Vaticano II y de su «timonel», el Siervo de Dios el Papa Pablo VI, Juan Pablo II condujo al Pueblo de Dios a atravesar el umbral del Tercer Milenio, que gracias precisamente a Cristo él pudo llamar 'umbral de la esperanza'”. El papa polaco “dio al Cristianismo una renovada orientación hacia el futuro, el futuro de Dios, trascendente respecto a la historia, pero que incide también en la historia”, afirmó. “Aquella carga de esperanza que en cierta manera se le dio al marxismo y a la ideología del progreso, él la reivindicó legítimamente para el Cristianismo, restituyéndole la fisonomía auténtica de la esperanza, de vivir en la historia con un espíritu de 'adviento', con una existencia personal y comunitaria orientada a Cristo, plenitud del hombre y cumplimiento de su anhelo de justicia y de paz”. o Wojtyla y el Vaticano II El Papa Benedicto XVI quiso subrayar el mérito de Juan Pablo II de haber abierto las “riquezas del Concilio Vaticano II” a toda la Iglesia. La clave de ello, explicó, fue la profunda devoción mariana que acompañó toda la vida del nuevo beato. Karol Wojtyla, “primero como obispo auxiliar y después como arzobispo de Cracovia, participó en el Concilio Vaticano II y sabía que dedicar a María el último capítulo del Documento sobre la Iglesia significaba poner a la Madre del Redentor como imagen y modelo de santidad para todos los cristianos y para la Iglesia entera”. “Esta visión teológica es la que el beato Juan Pablo II descubrió de joven y que después conservó y profundizó durante toda su vida. Una visión que se resume en el icono bíblico de Cristo en la cruz, y a sus pies María, su madre”, afirmó el Papa. Recordó las palabras del testamento de su predecesor, que le dirigió el cardenal Stefan Wyszyński: "La tarea del nuevo Papa consistirá en introducir a la Iglesia en el tercer milenio". Juan Pablo II añadía a continuación: “Estoy convencido de que durante mucho tiempo aún las nuevas generaciones podrán recurrir a las riquezas que este Concilio del siglo XX nos ha regalado. Como obispo que participó en el acontecimiento conciliar desde el primer día hasta el último, deseo confiar este gran patrimonio a todos los que están y estarán llamados a aplicarlo”. 2 o Hace seis años El Papa quiso recordar los funerales de Juan Pablo II, hace seis años, en esa misma Plaza de San Pedro: “el dolor por su pérdida era profundo, pero más grande todavía era el sentido de una inmensa gracia que envolvía a Roma y al mundo entero, gracia que era fruto de toda la vida de mi amado Predecesor y, especialmente, de su testimonio en el sufrimiento”. “Ya en aquel día percibíamos el perfume de su santidad, y el Pueblo de Dios manifestó de muchas maneras su veneración hacia él”, afirmó. Por eso, explicó, “he querido que, respetando debidamente la normativa de la Iglesia, la causa de su beatificación procediera con razonable rapidez. Y he aquí que el día esperado ha llegado; ha llegado pronto, porque así lo ha querido el Señor: Juan Pablo II es beato”. Concluyendo la homilía, el Papa quiso dar su propio “testimonio personal” sobre el nuevo beato, con quien trabajó durante más de veinte años. “Ya antes había tenido ocasión de conocerlo y de estimarlo, pero desde 1982, cuando me llamó a Roma como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, durante 23 años pude estar cerca de él y venerar cada vez más su persona”, afirmó. De él destacó dos rasgos, como hombre de oración y como testigo ante el sufrimiento. “El ejemplo de su oración siempre me ha impresionado y edificado: él se sumergía en el encuentro con Dios, aun en medio de las múltiples ocupaciones de su ministerio”, afirmó. “Y después, su testimonio en el sufrimiento: el Señor lo fue despojando lentamente de todo, sin embargo él permanecía siempre como una 'roca', como Cristo quería”, añadió. “Su profunda humildad, arraigada en la íntima unión con Cristo, le permitió seguir guiando a la Iglesia y dar al mundo un mensaje aún más elocuente, precisamente cuando sus fuerzas físicas iban disminuyendo. Así, él realizó de modo extraordinario la vocación de cada sacerdote y obispo: ser uno con aquel Jesús al que cotidianamente recibe y ofrece en la Eucaristía”, concluyó.

Juan Pablo II. Beatificación (1 mayo 2011). Homilía de Benedicto XVI, texto íntegro. Jesús es el Cristo: ésta es la bienaventuranza de la fe que Juan Pablo II recibió de Dios Padre, como un don para la edificación de la Iglesia de Cristo. Juan Pablo II abrió a Cristo la sociedad, la cultura, los sistemas políticos y económicos, invirtiendo con la fuerza de un gigante, fuerza que le venía de Dios, una tendencia que podía parecer irreversible. Con su testimonio de fe, de amor y de valor apostólico, acompañado de una gran humanidad. Juan Pablo II recordó con fuerza la vocación universal a la santidad.



1 Juan Pablo II. Beatificación (1 mayo 2011). Homilía de Benedicto XVI, texto íntegro. Jesús es el Cristo: ésta es la bienaventuranza de la fe que Juan Pablo II recibió de Dios Padre, como un don para la edificación de la Iglesia de Cristo. Juan Pablo II abrió a Cristo la sociedad, la cultura, los sistemas políticos y económicos, invirtiendo con la fuerza de un gigante, fuerza que le venía de Dios, una tendencia que podía parecer irreversible. Con su testimonio de fe, de amor y de valor apostólico, acompañado de una gran humanidad. Juan Pablo II recordó con fuerza la vocación universal a la santidad. Cfr. Benedicto XVI, Homilía en la Beatificación del Siervo de Dios Juan Pablo II, 1 de mayo de 2011. Queridos hermanos y hermanas. Hace seis años nos encontrábamos en esta Plaza para celebrar los funerales del Papa Juan Pablo II. El dolor por su pérdida era profundo, pero más grande todavía era el sentido de una inmensa gracia que envolvía a Roma y al mundo entero, gracia que era fruto de toda la vida de mi amado Predecesor y, especialmente, de su testimonio en el sufrimiento. Ya en aquel día percibíamos el perfume de su santidad, y el Pueblo de Dios manifestó de muchas maneras su veneración hacia él. Por eso, he querido que, respetando debidamente la normativa de la Iglesia, la causa de su beatificación procediera con razonable rapidez. Y he aquí que el día esperado ha llegado; ha llegado pronto, porque así lo ha querido el Señor: Juan Pablo II es beato. Deseo dirigir un cordial saludo a todos los que, en número tan grande, desde todo el mundo, habéis venido a Roma, para esta feliz circunstancia, a los señores cardenales, a los patriarcas de las Iglesias católicas orientales, hermanos en el episcopado y el sacerdocio, delegaciones oficiales, embajadores y autoridades, personas consagradas y fieles laicos, y lo extiendo a todos los que se unen a nosotros a través de la radio y la televisión. Éste es el segundo domingo de Pascua, que el beato Juan Pablo II dedicó a la Divina Misericordia. Por eso se eligió este día para la celebración de hoy, porque mi Predecesor, gracias a un designio providencial, entregó el espíritu a Dios precisamente en la tarde de la vigilia de esta fiesta. Además, hoy es el primer día del mes de mayo, el mes de María; y es también la memoria de san José obrero. Estos elementos contribuyen a enriquecer nuestra oración, nos ayudan a nosotros que todavía peregrinamos en el tiempo y el espacio. En cambio, qué diferente es la fiesta en el Cielo entre los ángeles y santos. Y, sin embargo, hay un solo Dios, y un Cristo Señor que, como un puente une la tierra y el cielo, y nosotros nos sentimos en este momento más cerca que nunca, como participando de la Liturgia celestial. o La bienaventuranza de la fe Jesús es el Cristo: ésta es la bienaventuranza de la fe que Juan Pablo II recibió de Dios Padre, como un don para la edificación de la Iglesia de Cristo. «Dichosos los que crean sin haber visto» (Jn 20, 29). En el evangelio de hoy, Jesús pronuncia esta bienaventuranza: la bienaventuranza de la fe. Nos concierne de un modo particular, porque estamos reunidos precisamente para celebrar una beatificación, y más aún porque hoy un Papa ha sido proclamado Beato, un Sucesor de Pedro, llamado a confirmar en la fe a los hermanos. Juan Pablo II es beato por su fe, fuerte y generosa, apostólica. E inmediatamente recordamos otra bienaventuranza: «¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo» (Mt 16, 17). ¿Qué es lo que el Padre celestial reveló a Simón? Que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios vivo. Por esta fe Simón se convierte en «Pedro», la roca sobre la que Jesús edifica su Iglesia. La bienaventuranza eterna de Juan Pablo II, que la Iglesia tiene el gozo de proclamar hoy, está incluida en estas palabras de Cristo: «Dichoso, tú, Simón» y «Dichosos los que crean sin haber visto». Ésta es la bienaventuranza de la fe, que también Juan Pablo II recibió de Dios Padre, como un don para la edificación de la Iglesia de Cristo. o La bienaventuranza de la Virgen María, Madre del Redentor. La Virgen, con su fe, sostuvo la fe de los Apóstoles Pero nuestro pensamiento se dirige a otra bienaventuranza, que en el evangelio precede a todas las demás. Es la de la Virgen María, la Madre del Redentor. A ella, que acababa de concebir a Jesús en su seno, santa Isabel le dice: «Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá» (Lc 1, 45). 2 La bienaventuranza de la fe tiene su modelo en María, y todos nos alegramos de que la beatificación de Juan Pablo II tenga lugar en el primer día del mes mariano, bajo la mirada maternal de Aquella que, con su fe, sostuvo la fe de los Apóstoles, y sostiene continuamente la fe de sus sucesores, especialmente de los que han sido llamados a ocupar la cátedra de Pedro. María no aparece en las narraciones de la resurrección de Cristo, pero su presencia está como oculta en todas partes: ella es la Madre a la que Jesús confió cada uno de los discípulos y toda la comunidad. De modo particular, notamos que la presencia efectiva y materna de María ha sido registrada por san Juan y san Lucas en los contextos que preceden a los del evangelio de hoy y de la primera lectura: en la narración de la muerte de Jesús, donde María aparece al pie de la cruz (cf. Jn 19, 25); y al comienzo de los Hechos de los Apóstoles, que la presentan en medio de los discípulos reunidos en oración en el cenáculo (cf. Hch. 1, 14). o Una realidad accesible a la fe: sin haber visto a Jesucristo lo amamos y creemos en él, y nos alegramos al alcanzar la propia salvación. (1ª Carta de Pedro). También la segunda lectura de hoy nos habla de la fe, y es precisamente san Pedro quien escribe, lleno de entusiasmo espiritual, indicando a los nuevos bautizados las razones de su esperanza y su alegría. Me complace observar que en este pasaje, al comienzo de su Primera carta, Pedro no se expresa en un modo exhortativo, sino indicativo; escribe, en efecto: «Por ello os alegráis», y añade: «No habéis visto a Jesucristo, y lo amáis; no lo veis, y creéis en él; y os alegráis con un gozo inefable y transfigurado, alcanzando así la meta de vuestra fe: vuestra propia salvación» (1 P 1, 6.8-9). Todo está en indicativo porque hay una nueva realidad, generada por la resurrección de Cristo, una realidad accesible a la fe. «Es el Señor quien lo ha hecho –dice el Salmo (118, 23)- ha sido un milagro patente», patente a los ojos de la fe. o Juan Pablo II recordó con fuerza la vocación universal a la santidad. Queridos hermanos y hermanas, hoy resplandece ante nuestros ojos, bajo la plena luz espiritual de Cristo resucitado, la figura amada y venerada de Juan Pablo II. Hoy, su nombre se añade a la multitud de santos y beatos que él proclamó durante sus casi 27 años de pontificado, recordando con fuerza la vocación universal a la medida alta de la vida cristiana, a la santidad, como afirma la Constitución conciliar sobre la Iglesia Lumen gentium. Todos los miembros del Pueblo de Dios –Obispos, sacerdotes, diáconos, fieles laicos, religiosos, religiosas- estamos en camino hacia la patria celestial, donde nos ha precedido la Virgen María, asociada de modo singular y perfecto al misterio de Cristo y de la Iglesia. Karol Wojtyła, primero como Obispo Auxiliar y después como Arzobispo de Cracovia, participó en el Concilio Vaticano II y sabía que dedicar a María el último capítulo del Documento sobre la Iglesia significaba poner a la Madre del Redentor como imagen y modelo de santidad para todos los cristianos y para la Iglesia entera. Esta visión teológica es la que el beato Juan Pablo II descubrió de joven y que después conservó y profundizó durante toda su vida. Una visión que se resume en el icono bíblico de Cristo en la cruz, y a sus pies María, su madre. Un icono que se encuentra en el evangelio de Juan (19, 25-27) y que quedó sintetizado en el escudo episcopal y posteriormente papal de Karol Wojtyła: una cruz de oro, una «eme» abajo, a la derecha, y el lema: «Totus tuus», que corresponde a la célebre expresión de san Luis María Grignion de Monfort, en la que Karol Wojtyła encontró un principio fundamental para su vida: «Totus tuus ego sum et omnia mea tua sunt. Accipio Te in mea omnia. Praebe mihi cor tuum, Maria -Soy todo tuyo y todo cuanto tengo es tuyo. Tú eres mi todo, oh María; préstame tu corazón». (Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, n. 266). o «¡No temáis! !Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!». Juan Pablo II abrió a Cristo la sociedad, la cultura, los sistemas políticos y económicos, invirtiendo con la fuerza de un gigante, fuerza que le venía de Dios, una tendencia que podía parecer irreversible. Con su testimonio de fe, de amor y de valor apostólico, acompañado de una gran humanidad. El nuevo Beato escribió en su testamento: «Cuando, en el día 16 de octubre de 1978, el cónclave de los cardenales escogió a Juan Pablo II, el primado de Polonia, cardenal Stefan Wyszyński, me dijo: “La tarea del nuevo Papa consistirá en introducir a la Iglesia en el tercer milenio”». Y añadía: «Deseo expresar una vez más gratitud al Espíritu Santo por el gran don del Concilio Vaticano II, con respecto al cual, junto con la Iglesia entera, y en especial con todo el Episcopado, me siento en deuda. Estoy convencido de que durante mucho tiempo aún las nuevas generaciones podrán recurrir a las riquezas que este Concilio del siglo XX nos ha regalado. Como obispo que participó en el acontecimiento conciliar desde el primer día hasta el último, deseo confiar este gran patrimonio a todos los que están y estarán llamados a aplicarlo. Por mi parte, doy las 3 gracias al eterno Pastor, que me ha permitido estar al servicio de esta grandísima causa a lo largo de todos los años de mi pontificado». ¿Y cuál es esta «causa»? Es la misma que Juan Pablo II anunció en su primera Misa solemne en la Plaza de San Pedro, con las memorables palabras: «¡No temáis! !Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!». Aquello que el Papa recién elegido pedía a todos, él mismo lo llevó a cabo en primera persona: abrió a Cristo la sociedad, la cultura, los sistemas políticos y económicos, invirtiendo con la fuerza de un gigante, fuerza que le venía de Dios, una tendencia que podía parecer irreversible. Con su testimonio de fe, de amor y de valor apostólico, acompañado de una gran humanidad, este hijo ejemplar de la Nación polaca ayudó a los cristianos de todo el mundo a no tener miedo de llamarse cristianos, de pertenecer a la Iglesia, de hablar del Evangelio. En una palabra: ayudó a no tener miedo de la verdad, porque la verdad es garantía de libertad. Más en síntesis todavía: nos devolvió la fuerza de creer en Cristo, porque Cristo es Redemptor hominis, Redentor del hombre: el tema de su primera Encíclica e hilo conductor de todas las demás. o Karol Wojtyła subió al Solio de Pedro llevando consigo la profunda reflexión sobre la confrontación entre el marxismo y el cristianismo, centrada en el hombre. Él, a través del largo camino de preparación para el Gran Jubileo, dio al Cristianismo una renovada orientación hacia el futuro, el futuro de Dios, trascendente respecto a la historia, pero que incide también en la historia. Karol Wojtyła subió al Solio de Pedro llevando consigo la profunda reflexión sobre la confrontación entre el marxismo y el cristianismo, centrada en el hombre. Su mensaje fue éste: el hombre es el camino de la Iglesia, y Cristo es el camino del hombre. Con este mensaje, que es la gran herencia del Concilio Vaticano II y de su «timonel», el Siervo de Dios el Papa Pablo VI, Juan Pablo II condujo al Pueblo de Dios a atravesar el umbral del Tercer Milenio, que gracias precisamente a Cristo él pudo llamar «umbral de la esperanza». Sí, él, a través del largo camino de preparación para el Gran Jubileo, dio al Cristianismo una renovada orientación hacia el futuro, el futuro de Dios, trascendente respecto a la historia, pero que incide también en la historia. Aquella carga de esperanza que en cierta manera se le dio al marxismo y a la ideología del progreso, él la reivindicó legítimamente para el Cristianismo, restituyéndole la fisonomía auténtica de la esperanza, de vivir en la historia con un espíritu de «adviento», con una existencia personal y comunitaria orientada a Cristo, plenitud del hombre y cumplimiento de su anhelo de justicia y de paz. o El testimonio personal de Benedicto XVI El ejemplo de su oración, en medio de las múltiples ocupaciones de su ministerio; su testimonio en el sufrimiento, su profunda humildad. Quisiera finalmente dar gracias también a Dios por la experiencia personal que me concedió, de colaborar durante mucho tiempo con el beato Papa Juan Pablo II. Ya antes había tenido ocasión de conocerlo y de estimarlo, pero desde 1982, cuando me llamó a Roma como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, durante 23 años pude estar cerca de él y venerar cada vez más su persona. Su profundidad espiritual y la riqueza de sus intuiciones sostenían mi servicio. El ejemplo de su oración siempre me ha impresionado y edificado: él se sumergía en el encuentro con Dios, aun en medio de las múltiples ocupaciones de su ministerio. Y después, su testimonio en el sufrimiento: el Señor lo fue despojando lentamente de todo, sin embargo él permanecía siempre como una «roca», como Cristo quería. Su profunda humildad, arraigada en la íntima unión con Cristo, le permitió seguir guiando a la Iglesia y dar al mundo un mensaje aún más elocuente, precisamente cuando sus fuerzas físicas iban disminuyendo. Así, él realizó de modo extraordinario la vocación de cada sacerdote y obispo: ser uno con aquel Jesús al que cotidianamente recibe y ofrece en la Iglesia. ¡Dichoso tú, amado Papa Juan Pablo, porque has creído! Te rogamos que continúes sosteniendo desde el Cielo la fe del Pueblo de Dios. Desde el Palacio nos has bendecido muchas veces en esta Plaza. Hoy te rogamos: Santo Padre: bendícenos. Amén. © Copyright 2011 - Libreria Editrice Vaticana www.parroquiasantamonica.com

Juan Pablo II. Beatificación (1 mayo 2011). Su vida en cifras.


Juan Pablo II. Beatificación (1 mayo 2011). Su vida en cifras. La vida de Karol Wojtyla en cifras Los datos contenidos en el libro litúrgico del rito de beatificación ROMA, domingo 1 de mayo de 2011 (ZENIT.org).- Humillime a Sanctitate Vestra petit ut Venerabilem Servum Dei Ioannem Paulum II, papam, numero Beatorum adscribere benignissime digneris. Con esta fórmula latina (traducida en español: “Pido humildemente a Su Santidad la incorporación al número de los Beatos, al Venerable Siervo de Dios Juan Pablo II, Papa”) el cardenal Agustín Vallini, vicario del Papa en la diócesis de Roma, comenzará el domingo por la mañana, el rito de la beatificación de Karol Wojtyla. El cardenal lee, entonces, como esta prescrito para este rito, algunos datos biográficos esenciales del Siervo de Dios, contenidos en el libro de la liturgia. Se hacen presentes los números del pontificado: Juan Pablo II realizó 146 visitas en Italia, visitó 317 de las actuales 332 parroquias de Roma. Los viajes al extranjero fueron 104. Escribió 14 encíclicas, 15 Exhortaciones Apostólicas, 11 Constituciones Apostólicas y 45 Cartas Apostólicas, además de 5 libros. Celebró 9 Consistorios en los que nombró 231 cardenales, más uno “in pectore”, nunca revelado. En 26 años, 5 meses y 17 días de pontificado presidió 6 reuniones plenarias del Colegio Cardenalicio. Convocó 15 asambleas generales del Sínodo de los Obispos. Y a propósito de beatificaciones... Wojtyla celebró 147 ritos de beatificación, en los que proclamó 1338 beatos y 51 canonizaciones para un total de 482 santos. “Ningún Papa -se lee en el libro- se reunió con tantas personas como Juan Pablo II”. Las audiencias generales del miércoles fueron 1160; en las que participaron 17 millones y 600 mil fieles. Sólo en el Año Jubilar de 2000, vio a 8 millones de peregrinos. Fueron 38 las visitas oficiales de personalidades gubernamentales de todo el mundo, mientras que concedió 738 audiencias y encuentros privados con jefes de Estado y 246 con primeros ministros. “Proponiendo al pueblo de Dios momentos de especial intensidad espiritual -siguen diciendo las notas biográficas- convocó el Año de la Redención, el Año Mariano y el Año de la Eucaristía además del Gran Jubileo de 2000”. No se puede olvidar tampoco que “acercó a las nuevas generaciones convocando las celebraciones de la Jornada Mundial de la Juventud”. Además promulgó el nuevo Código de derecho canónico para las Iglesias Latinas y el de las Iglesias orientales y el Catecismo de la Iglesia Católica. Una vida, la de Juan Pablo II, marcada por las tragedias de la historia: la ocupación nazi de Polonia que lo obligó a frecuentar el seminario clandestino de Cracovia y el régimen comunista al que se opuso en nombre de la dignidad del hombre y de la libertad religiosa. También los dramas personales: la muerte de su madre en 1929, la de su único hermano en 1932 y de su padre en 1941, que lo dejaron sólo en el mundo a los 21 años de edad. Ordenado sacerdote en 1946, fue ordenado obispo auxiliar de Cracovia en 1958, arzobispo de la misma diócesis en 1964 y cardenal en 1967. Participó en el Concilio Vaticano II (1962-1965) haciendo una aportación importante en la elaboración de la constitución Gaudium et spes. Fue elegido Papa el 16 de octubre de 1978. El 13 de mayo de 1981 sufrió en la Plaza San Pedro “un grave atentado” del que lo salvó “la mano materna de la Madre de Dios” y “después de una larga convalecencia perdonó a su agresor”. “Consciente de haber recibido una nueva vida -añade el libro- intensificó sus esfuerzos pastorales con heroica generosidad”. Por Chiara Santomiero. Traducción del italiano por Carmen Álvarez

Juan Pablo II. Beatificación (1 mayo 2011). La Vigilia en el Circo Máximo, en Roma. Crónica (1).


1 Juan Pablo II. Beatificación (1 mayo 2011). La Vigilia en el Circo Máximo, en Roma. Crónica (1). Vigilia en el Circo Máximo: Juan Pablo II nuevamente entre los jóvenes Desde México, Polonia, Rumanía o Italia, atraídos por su santidad ROMA, sábado 30 de abril de 2011 (ZENIT.org).- Cuando la vigilia de preparación a la beatificación de Juan Pablo II, en el Circo Máximo de Roma, se conectó por satélite con el Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe, las misioneras del Santísimo Sacramento, mezcladas entre los peregrinos, agitaron sus pañuelos para atraer la atención de sus compatriotas. Son siete, y vienen de Nuevo León. "Juan Pablo II fue un padre para nosotras --afirma la hermana Adela de la Rosa en esta noche del sábado--. Siempre cercano a la gente, unido a Cristo, un testigo con toda su vida". Impactaba su capacidad para entablar un contacto con la gente: "en su vista a México, la gente le esperó en la calle durante horas y horas con la esperanza de verle un momento, de poderle tocar". Las hermanas tenían previsto ir del Circo Máximo de Roma a la plaza de San Pdro y esperar a que las 5.30 de la madrugada se abran los ingresos para poder participar en la beatificación. El suelo está húmedo, pues durante el día ha llovido. "Y, ¿si vuelve a llover?", les preguntamos. "No importa --responden--, abriremos los paraguas". o Del Este de Europa Junto a ellas enarbolan banderas blancas y rojas diecinueve muchachos polacos que han viajado durante tres días para llegar a Roma desde Gdansk. No sienten el cansancio. "Es más, para nosotros --afirma Magda Batachowska-- es un sueño poder estar aquí con motivo de la beatificación de Juan Pablo II". Como polaco, "fue de manera particular 'nuestro' papa, un padre para todos y ahora un santo al que podemos encomendarnos". ¿Qué palabras se han quedado más grabadas en el corazón? "No tengáis miedo --responde con seguridad Magda--: así es, nada malo puede sucederle a quien cree". "Nu và temeti!", es el eslogan impreso en las camisetas de la Acción Católica de Rumanía. Salieron en un autobús el jueves pasado desde Cluj, e hicieron etapa en Padua, Asís, y en Roma, donde son acogidos en la parroquia de San Bernabé, con sacos de dormir. "El papa venía del Este de Europa --afirma Oana Tuduce--. Sabía comprender nuestra situación, pues él mismo la había vivido, y esto nos daba aliento". "Su lección fundamental -añade Oana-- fue la confianza en la verdad, pues la verdad nos hace libres: si en nuestros países hubiera más valentía para afrontar los errores del pasado, la situación actual mejoraría". o Misionero con el sufrimiento Un largo viaje en autobús, en la noche, han tenido que afrontar también los scouts de Misterbianco, en la provincia italiana de Catania. Giuseppe Scuderi tenía 16 años cuando falleció Karol Wojtyla, pero reconoce: "Le veía en la televisión y lo sentía cerca de los jóvenes, cariñoso con los pequeños". Alfredo Murabito añade: "No se comprendía muy bien cuando hablaba en los últimos tiempos de su vida, pero transmitía emociones: al escucharle, uno se sentía mejor". Estos muchachos también han previsto una "noche blanca", sin dormir, entre el Circo Máximo y la plaza de San Pedro: "no hemos traído ni siquiera los sacos de dormir --explican--. Hubiera sido un peso inútil". o Vidas cambiadas en pocos segundos El hermano Fabian, de la Comunidad de San Juan, en Austria, que une vida activa y contemplativa, recuerda un momento particular ligado a Juan Pablo II: "Tenía 19 años y él visitó Paderborn, en Alemania del Norte, de camino hacia Berlín. Iba en el papamóvil y al pasar a mi lado me cruzó la mirada, se me quedó mirando: fue un momento decisivo para mí". "Hoy la Iglesia nos alienta a encomendarnos a su intercesión y su beatificación es como un sello de lo que ya llevábamos en el corazón", añade. 2 Con motivo de la beatificación de la Madre Teresa de Calcuta, Costança Andrade, de Lisboa, vino a Roma para perderse entre la muchedumbre de peregrinos que festejaba los 25 años de pontificado de Juan Pablo II. En la noche, habían programado fuegos artificiales: "la plaza de San Pedro estaba a oscuras -- recuerda Costança-- y el Papa se asomó a la ventana. Entonamos el canto de la Virgen de Fátima y de repente Juan Pablo II dijo 'buenas noches' en portugués. Es un recuerdo imborrable". o Santidad cercana ¿Por qué le queremos? "Porque abrió la Iglesia a la gente, porque es un santo para nuestro tiempo", afirma Benedetto Coccia, presidente de la Acción Católica de Roma. "Juan Pablo II acercó el concepto de santidad a los jóvenes, haciendo que se derrumbara el prejuicio de la lejanía de la vida cotidiana que teníamos". Muchos jóvenes de la asociación, con motivo de la beatificación, se han comprometido como voluntarios: "es una forma de servicio --afirma Benedetto--, pero también una manera de dar las gracias al Papa, que nos enseñó a ser Iglesia". o Alegría neocatecumenal En torno a un canto religioso se encontraban reunidos en un área del Circo Máximo jóvenes de las comunidades del Camino Neocatecumenal, procedentes de toda Europa, bailando al ritmo del tambor bíblico. Gianfranco Tata, de la comunidad neocatecumenal de la parroquia de san Jerónimo Emiliano de Roma es un veterano de las Jornadas Mundiales de la Juventud, comenzando por la de Santiago de Compostela, en 1989, pasando por Denver, París, Roma, Toronto, hasta concluir con la de Colonia, en 2005, presidida por Benedicto XVI. "He visto a Juan Pablo II muchas veces --cuenta--. Creo que evangelizó al mundo con su sufrimiento, trastocando la lógica del mundo que no acepta a quien no está en perfectas condiciones". "Le veía con frecuencia en al televisión, el domingo --afirma Achille Ascione de Nápoles--; su sufrimiento me impresionaba, sufría con él. Créeme, hablo de corazón". Achille no ha venido al Circo Máximo como peregrino, sino para vender imanes con la imagen sonriente de Juan Pablo II mientras bendice. Es uno de las oficios que improvisa para ganarse la vida. "Presente, presente, el Papa está presente", repiten mientras tanto en coro, los fieles desde el Santuario de Guadalupe, contagiando de alegría a los doscientos mil peregrinos congregados en Roma. Y se escucha nuevamente el famoso grito: "Juan Pablo, segundo, te quiere todo el mundo". En su testimonio en el palco, seguido por más de cien países gracias a la televisión, el cardenal Stanislaw Dziwisz, fiel secretario de Karol Wojtyla durante más de 40 años, asegura: "en esta noche, en el Circo Máximo, Juan Pablo II está más presente que nunca". Por Chiara Santomiero
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