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miércoles, 21 de junio de 2017

«Aprender el hombre» es un difícil estudio Gianfranco Ravasi Avvenire 1 diciembre 2004



«Aprender el hombre» es un difícil estudio Gianfranco Ravasi Avvenire 1 diciembre 2004 Te estoy aprendiendo, hombre, te aprendo despacio, despacio. De este difícil estudio goza y sufre el corazón1 . Jerzy Liebert (1904-1931) habría permanecido desconocido para mí y para muchos otros si no hubiésemos tropezado con estos versos suyos, citados por Juan Pablo II en su libro “¡Levantaos! ¡Vamos!” (Plaza Janés). En realidad, hace un mes durante una serie de conferencias que he dado en Polonia, he sabido por el público hasta qué punto este poeta, muerto cuando tenía sólo 27 años, era popular, sobre todo como autor de canciones populares. El Papa comenta así estos versos suyos: «Cada hombre es una persona individual, y por eso yo no puedo programar a priori un tipo de relación que valga para todos, sino que cada vez, por así decir, debo volver a descubrirlo desde el principio». Sí, es verdad que cada persona es un microcosmo siempre nuevo y sorprendente y es necesario aprender su «mapa» con paciencia, si se quiere estar cerca de sus dolores, responder a sus preguntas, compartir sus esperanzas. También la mujer o el hombre que desde siempre está a tu lado tiene dentro de sí tantos lugares secretos que solamente con atención amorosa pueden ser descubiertos y sólo por amor pueden ser desvelados. Es, como dice el poeta, un «difícil estudio», pero solamente es por este camino por el que se consigue establecer un vínculo auténtico y por el que se puede conocer la humanidad. Ciertamente, a veces - como afirmaba el gran Goethe - el hombre es un «microcosmos de locura»; pero, con todo, es «imagen y semejanza de Dios» y, como tal, capaz de grandezas inconmensurables, de mensajes sorprendentes, de amores generosos y totales. Y conociéndolo, obviamente nos conocemos a nosotros mismos. www.parroquiasantamonica.com 1 [Jerzy Liebert, Poezje, Varsovia, 1983, p, 144]

El hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios: esto significa racionalidad y libertad, y capacidad de una relación personal de amistad con Dios



El hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios: esto significa racionalidad y libertad, y capacidad de una relación personal de amistad con Dios Juan Pablo II, Encíclica «Dominum et vivificantem», sobre el Espíritu Santo en la vida de la Iglesia y del mundo, 18 de mayo de 1986, n. 34: El mismo hombre en su propia humanidad recibe como don una especial « imagen y semejanza » de Dios. Esto significa no sólo racionalidad y libertad como propiedades constitutivas de la naturaleza humana, sino además, desde el principio, capacidad de una relación personal con Dios, como « yo » y « tú » y, por consiguiente, capacidad de alianza que tendrá lugar con la comunicación salvífica de Dios al hombre. En el marco de la « imagen y semejanza » de Dios, «el don del Espíritu» significa, finalmente, una llamada a la amistad, en la que las trascendentales « profundidades de Dios » están abiertas, en cierto modo, a la participación del hombre. El Concilio Vaticano II enseña: « Dios invisible (cf. Colosenses 1, 15; 1 Timoteo 1, 17) movido de amor, habla a los hombres como amigos, trata con ellos (cf. Baruc 3, 38) para invitarlos y recibirlos en su compañía »1 . www.parroquiasantamonica.com 1 Concilio Vaticano II, Constitución dogmática. Dei Verbum, sobre la divina revelación, 2.

¿Puede pensar un ordenador? Jose Ramón Ayllón, En torno al hombre – Introducción a la filosofía, ed. Rialp Séptima edición 1998. cap IV: El hombre: animal racional pp. 55-73



1 ¿Puede pensar un ordenador? Jose Ramón Ayllón, En torno al hombre – Introducción a la filosofía, ed. Rialp Séptima edición 1998. cap IV: El hombre: animal racional pp. 55-73 Sólo sabiendo lo que es pensar y lo que es un ordenador seremos capaces de saber si tal objeto puede realizar tal acción. Un ordenador es una máquina que almacena y combina símbolos, pero no con la autonomía que posee un ser vivo para decidir el qué y el cuándo, sino con la pasividad de una mesa incapaz de escoger los objetos que van a estar sobre ella. En cuanto a la combinación de símbolos, el ordenador sólo realizará las combinaciones para las que ha sido diseñado, sin saber qué simbolizan sus símbolos ni en qué consisten tales operaciones, como tampoco un martillo sabe lo que es un clavo, ni un bolígrafo sabe lo que es escribir. Que realiza esas operaciones con más rapidez que el hombre equivale a decir que el martillo clava los clavos con más rapidez que el hombre: afirmaciones falsas, pues es el hombre quien clava por medio del martillo, y quien opera por medio del ordenador. En cambio, aciertan quienes dicen que el ordenador es un tonto rápido, pues no confunden la velocidad con la inteligencia. Además, ya hemos dicho que la rapidez del ordenador es la rapidez del hombre que lo ha diseñado, igual que la velocidad del avión es la velocidad del hombre que va dentro. El avión es más rápido que el caballo, pero no que el hombre. Ni el ordenador piensa, ni el auricular telefónico habla. Entre otras cosas porque no saben lo que es pensar ni lo que es hablar. Ni siquiera saben que existen. (...) Pensar es entender. Y entender no es almacenar datos o retener imágenes; eso lo hacen mejor los libros y los audiovisuales. Entender significa captar que las cosas son, y saber lo que son. Y esta capacidad no la encontramos en nada fabricado por la mano del hombre: la máquina fotográfica no ve nada, y el periscopio no sabe que el agua moja. Saber que existen las cosas no es nada sencillo; en realidad, sólo lo saben algunos seres vivos, y lo ignoran, por supuesto, las ventanas y los espejos. Pero saber lo que son las cosas es mucho más que saber que existen, y también mucho más difícil de explicar, aunque podemos intentarlo. Conocer cualquier cosa es poseerla interiormente. Porque conozco la Torre de Pisa o las Pirámides egipcias puedo re-conocerlas si las veo, y también puedo describirlas sin tenerlas delante: no m e hace falta su presencia externa, pues ya he afirmado que las poseo interiormente. Si ese conocimiento mío ha partido de la vista - porque he estado en Italia o en El Cairo -, el oftalmólogo podría explicarlo sobre una base neurológica: el nervio óptico transmite un estímulo visual hasta el cerebro, y ahí queda codificado junto con innumerables estímulos diferentes producidos por otros objetos. Sin embargo, esta explicación no es suficiente: recibir un estímulo no es conocerlo, ni conocer su causa: la lluvia cae por igual sobre la estatua que sobre los peatones, pero la estatua no siente el agua. Y ahí está el centro del problema: no se trata de recibir un estímulo sino de captarlo. ¿Por qué la bombilla no ve su luz ni siente la electricidad que corre por su filamento? ¿Qué es captar un estímulo? ¿Por que no capta el espejo la imagen del que se afeita ante él? ¿Por qué la capto yo? ¿Es sólo una cuestión de neuronas? No acaban aquí las dificultades, porque sentir no es lo mismo que entender. Cuando hablo con mi amigo, su perro también escucha mis palabras, y ambos sienten lo mismo, pero sólo mi amigo entiende lo que digo. Toda sensación conduce - como decíamos antes – a la posesión interior de la realidad interior sentida (por eso podemos canturrear ahora la melodía que escuchamos hace años). Pues bien, entender también es poseer interiormente, pero lo poseído ya no es la forma externa o imagen sensible de lo que tengo ante mis ojos, sino algo muy distinto: su esencia. 2 Gracias a la esencia, las cosas son lo que son, pero la esencia no es precisamente lo que ven los sentidos. La esencia es un proyecto llevado a cabo, una idea materializada: había que pescar y se inventó el anzuelo; era necesario abrigarse y se ideó el vestido; necesitábamos medir el tiempo y lo conseguimos gracias al reloj. Y cuando veo un anzuelo, estrictamente sólo veo un diminuto y puntiagudo hierro curvado. Si nos atenemos a los datos sensibles, seríamos completamente incapaces de saber qué son muchas sofisticadas máquinas de alta tecnología. Así pues, los sentidos no pueden contestar qué es o para qué sirve el objeto que tenemos delante. Donde el ojo ve una gigantesca montaña piramidal, sólo el entendimiento descubre su esencia: la tumba del faraón; y donde ve un hierro retorcido sólo el entendimiento aprecia que se trata de un sacacorchos. La esencia, que es lo que da razón, sólo puede ser captada por la razón. La mejor demostración de que entendemos la realidad es que podemos ponerla a nuestro servicio. El animal sólo es capaz de adaptarse al medio. El hombre, por el contrario, es capaz de dominar el medio: domina al fuego, domestica animales, cultiva la tierra, suprime las distancias, conquista el espacio... Después de lo dicho, la pregunta que encabeza estas líneas tiene una respuesta retórica: ¿Puede hacer esto un ordenador? www.parroquiasantamonica.com

¿Cuál es el rostro del hombre, es decir, dónde está su grandeza y su dignidad? ¿Qué pasa con quien es inerme, está enfermo, o con quien no “triunfa” en la vida?



1 ¿Cuál es el rostro del hombre, es decir, dónde está su grandeza y su dignidad? ¿Qué pasa con quien es inerme, está enfermo, o con quien no “triunfa” en la vida? Benedicto XVI, Mensaje al XXIX Meeting para la Amistad entre los pueblo. Carta del Secretario de Estado al Obispo de Rimini, 24 agosto 2008 O protagonistas o nadie: un título provocativo El provocativo título del encuentro: “O protagonistas o nadie”, llama inmediatamente la atención. En verdad, éste es precisamente lo que intentan los organizadores: hacer “reflexionar sobre el concepto de persona”. ¿Qué significa ser protagonistas de la propia existencia y de la del mundo? La pregunta se hace hoy urgente, porque la alternativa al protagonismo parece ser a menudo una vida sin sentido, el gris anonimato de tantos “nadie” que se confunden entre los pliegues de una masa informe, incapaces por desgracia de emerger con un rostro propio digno de atención. La interrogación debería enfocarse mejor, y podría reformularse así: ¿qué es el rostro de un hombre, qué lo hace inconfundible, asegurando la plena dignidad de su existencia? Lo que se considera hoy como logro o como éxito en la vida La sociedad y la cultura en la que estamos inmersos, y de la cual los medios de comunicación constituyen una fuerte caja de resonancia, están ampliamente dominadas por la convicción de que la notoriedad constituye un componente esencial de la propia realización personal. Salir del anonimato, conseguir imponerse a la opinión pública con cualquier medio y pretexto, éste es el fin que muchos persiguen. El poder político o económico, el prestigio conseguido en la propia profesión, la riqueza bien mostrada, la notoriedad de las propias realizaciones, la ostentación incluso de los propios excesos... todo esto se considera hoy pacíficamente como “éxito”, como “logro” de la propia vida. Es por ello que cada vez más las nuevas generaciones ambicionan profesiones y carreras idealizadas precisamente porque ofrecen una oportunidad para “aparecer”, para sentirse “alguien”. El ideal al que miran está representado por los actores de cine, por los personajes y mitos de la televisión y del espectáculo, por los atletas, los jugadores de fútbol, etc. ¿Qué pasa con los olvidados, pobres, inermes, enfermos, etc.? Pero ¿qué pasa con el que no accede a ese nivel de visibilidad social? ¿Qué pasa con el que es olvidado, si no incluso aplastado por las dinámicas del éxito mundano sobre las que se ha apoyado la sociedad en la que vive? ¿Qué pasa con el que es pobre, inerme, enfermo, anciano o discapacitado, con el que no tiene talentos para hacerse camino entre los demás o no tiene medios para cultivarlos, con el que no tiene voz para hacer oír sus propias ideas o convicciones? ¿Cómo se considera al que lleva una vida oscura , sin relevancia aparente para los periódicos y televisiones? El hombre de hoy, como el de todos los tiempos, tiende a su propia felicidad y la persigue allí conde cree poder encontrarla. Ése es por tanto el verdadero interrogante que se esconde tras la palabra “protagonismo”, que el Meeting propone este año a nuestra reflexión: ¿en qué consiste la felicidad? ¿Qué puede verdaderamente llevar al hombre a conseguirla? Qué entienden Pablo y los cristianos por grandeza de la vida, por éxito o Pablo se presenta a sí mismo como una vida lograda en Cristo, aunque haya estado lejos del triunfo humano El Papa Benedicto XVI ha declarado este año un jubileo especial dedicado a un “campeón” de la cristiandad de todos los tiempos, el fariseo de Tarso de nombre Saulo, que tras haber perseguido con furor a la Iglesia de los orígenes, se convirtió al irrumpir la llamada del Señor. Desde aquel momento, sirvió a la causa del Evangelio con dedicación total, recorriendo incansablemente el mundo entonces conocido y contribuyendo a poner las bases de la que luego sería la cultura europea, conformada por el Cristianismo. Son raros los espíritus que hayan mostrado una vastedad de conocimientos y una agudeza semejantes a los suyos. Sus Cartas manifiestan la fuerza explosiva de su personalidad apasionada y han atraído a millones de lectores, ejerciendo una influencia única sobre generaciones y generaciones de hombres, sobre pueblos y naciones enteras. A través de sus escritos, Pablo no cesa de presentar a Cristo como auténtica fuente de respeto entre los hombres, de paz entre las naciones, de justicia en la convivencia. Todos nosotros, a dos mil años de distancia, podemos aún considerarnos “hijos” de su predicación, y nuestra civilización se sabe deudora de este hombre precisamente por los valores que están en su fundamento. Y sin embargo, la existencia de san Pablo está bien lejos de las luces de candilejas y de los reconocimientos públicos. Cuando él murió, la Iglesia que había contribuido a difundir era todavía una pequeña semilla, un grupo que las solemnes autoridades del Imperio Romano se podían permitir 2 ignorar o de aplastar. La existencia de Pablo, examinada en su cotidianeidad, parece incluso atribulada, afligida por hostilidades y peligros, llena de dificultades que afrontar más que de consuelos y alegrías de las que disfrutar. Él mismo da testimonio vivo en muchísimas frases de sus escritos. Por ejemplo, lo que dice en la Segunda Carta a los Corintios: “Cinco veces he recibido los treinta y nueve golpes de parte de los judíos; tres veces he sido flagelado con las vergas, una vez he sido lapidado, tres veces he naufragado, he transcurrido a la deriva en las olas un día y una noche. Innumerables viajes, peligros en los ríos, peligros de bandidos, peligros de mis connacionales, peligros de los paganos, peligros en la ciudad, peligros en el desierto, peligros en el mar, peligros de los falsos hermanos: trabajo y cansancio, vigilias sin número, hambre y sed, ayunos frecuentes, frío y desnudez. Y además de todo esto, mi inquietud cada día, la preocupación por todas las Iglesias. ¿Quién es débil que yo no lo sea? ¿Quién recibe escándalo, que yo no tiemble?”(11, 24-19). Esta carrera de obstáculos -así podríamos definirla- llevada adelante con la fuerza y en nombre de su Redentor, la concluyó Pablo en Roma, donde condenado a muerte fue decapitado. Junto a él, arreciando la persecución del Emperador Nerón, murieron muchos otros cristianos, y entre ellos Pedro, el pescador de Galilea y jefe de la Iglesia. o La vida de los cristianos santos y mártires ¿La vida de Pablo puede considerarse como verdaderamente “lograda”? Estamos ante la paradoja de la vida cristiana como tal. ¿Qué significa para el cristiano “lograr”? ¿Qué nos dicen las vidas de tantos santos que han trascurrido sus existencias retirados en los conventos? ¿Qué nos dicen las vidas y mas muertes de innumerables mártires cristianos cuyos nombres son casi siempre desconocidos, y que han concluido su existencia no entre aclamaciones, sino rodeados del desprecio, del odio y de la indiferencia? ¿Donde está entonces la “grandeza” de sus vidas, la luminosidad de su testimonio, su “éxito”? o Protagonista de su existencia es el que ofrece su vida a Dios, que lo llama a cooperar en el proyecto universal de la salvación. También recientemente el Papa Benedicto XVI ha recordado que el hombre está llamado al cumplimiento eterno de su existencia. Esto va más allá del simple éxito mundano y no está en contradicción con la humildad de las condiciones en las que tiene lugar su peregrinación en la tierra. El cumplimiento de lo humano es el conocimiento de Dios, por quien toda persona ha sido creada y a quien tiende con toda fibra del propio ser. Para conseguir esto no vale ni la fama ni el éxito entre las multitudes. Ése es por tanto el protagonismo que el título de la presente edición del Meeting di Rimini quiere proponer. Protagonista de su existencia es el que ofrece su vida a Dios, que lo llama a cooperar en el proyecto universal de la salvación. Sólo Cristo puede desvelar al hombre su verdadera dignidad y comunicarle el verdadero sentido y la grandeza de su existencia El Meeting quiere corroborar que sólo Cristo puede desvelar al hombre su verdadera dignidad y comunicarle el verdadero sentido de su existencia. Cuando el creyente lo sigue dócilmente, es capaz de dejar un rastro duradero en la historia. Es el rastro del Amor del que se convierte en su propio testigo porque está aferrado por el Amor. Y entonces lo que fue posible para san Pablo lo es también para cada uno de nosotros. No importa si el diseño de Dios prevé para nosotros un reducido radio de acción; no importa si vivimos entre las paredes de un monasterio de clausura o si estamos inmersos en múltiples y diversas actividades; no importa si somos padres y madres de familia o consagrados o sacerdotes. Dios se sirve de nosotros según su plan de amor, según modalidades que Él establece, y nos pide que secundemos la acción de su Espíritu; nos quiere colaboradores suyos para la realización de su reino. A cada uno le dice: “Ven y sígueme” (Lc 18, 22), y sólo siguiéndole el hombre conoce la verdadera exaltación de su yo. Esto nos enseña la experiencia de los santos, hombres y mujeres, que muy a menudo han vivido su fidelidad a Dios de forma discreta y ordinaria. Y entre ellos encontramos muchos verdaderos protagonistas de la historia, personas plenamente realizadas, ejemplos vivientes de esperanza y testigos de un amor que no teme a nada, ni siquiera a la muerte. El Santo Padre augura que estas reflexiones ayuden a los participantes en el Meeting a encontrar a Cristo, para comprender mejor el valor de la vida cristiana y realizar su sentido en el protagonismo humilde del servicio a la misión de la Iglesia, en Italia y en el mundo. Con este fin Él asegura su oración para el buen desarrollo del Meeting y le envía a usted, a los organizadores y a todos los presentes una especial Bendición. www.parroquiasantamonica.com

El individualismo: cuando la persona se concentra sólo en sí misma, se vuelve frágil



El individualismo: cuando la persona se concentra sólo en sí misma, se vuelve frágil Benedicto XVI, Discurso, Encuentro con los jóvenes en Cagliari, Domingo 7 septiembre 2008 (...) Y ¿qué decir del hecho de que en la actual sociedad consumista el lucro y el éxito se han convertido en los nuevos ídolos ante los cuales muchos se postran? La consecuencia es que se tiende a dar valor sólo a quien —como se suele decir— "ha hecho fortuna" y es "famoso", y no a quien cada día debe luchar fatigosamente por salir adelante. La posesión de los bienes materiales y el aplauso de la gente han sustituido el trabajo sobre uno mismo que sirve para templar el espíritu y formar una personalidad auténtica. Se corre el riesgo de ser superficial, de recorrer atajos peligrosos en busca del éxito, entregando así la vida a experiencias que suscitan satisfacciones inmediatas, pero que en sí mismas son precarias y falaces. Aumenta la tendencia al individualismo y, cuando la persona se concentra sólo en sí misma, se vuelve inevitablemente frágil; falta la paciencia de la escucha, fase indispensable para comprender al otro y trabajar juntos. www.parroquiasantamonica.com

“Hombres y mujeres pueden llegar igual de lejos, pero las vías son distintas”. Es imprescindible una educación personalizada, que atienda a las especificidades de cada sexo. Los últimos avances neurológicos están demostrando que nacemos con unas improntas muy fuertes de la naturaleza, que las hormonas marcan desde la octava semana de gestación un cerebro masculino y femenino.



1 “Hombres y mujeres pueden llegar igual de lejos, pero las vías son distintas”. Es imprescindible una educación personalizada, que atienda a las especificidades de cada sexo. Los últimos avances neurológicos están demostrando que nacemos con unas improntas muy fuertes de la naturaleza, que las hormonas marcan desde la octava semana de gestación un cerebro masculino y femenino. Entrevista a María Calvo María Calvo, Presidenta en España de la Asociación Europea de Educación Diferenciada (Easse, en sus siglas en inglés) (Foto: Jorge Zorrilla) Se muestra como una gran defensora de la mujer, en el sentido de que pueda alcanzar el máximo a lo que aspire, de igual forma que los hombres. Pero para ello piensa que es imprescindible una Educación personalizada, que atienda a las especificidades de cada sexo. María Calvo es presidenta en nuestro país de la Asociación Europea de Educación Diferenciada (Easse, en sus siglas en inglés) y profesora de Derecho Administrativo de la Universidad Carlos III. Ella lamenta que en España los colegios diferenciados sean sólo una opción posible para los ricos. Según Calvo, “las chicas tienen mayor destreza lingüística y verbal, mientras que los chicos desarrollan más la capacidad visuoespacial, de ahí que ellas se decanten más por las materias humanísticas y ellos por las Matemáticas y la Física”. Por Adrián Arcos (adrian@magisnet.com) ¿De qué forma empezó a estudiar el tema de la Educación diferenciada? Decidí ir a Estados Unidos para estudiar este tema, ya que allí estaban abriendo la opción en los colegios públicos y me sorprendió que Obama fuera un ultradefensor de este modelo. Siempre hemos pensado que hombre y mujer éramos idénticos. Yo lo pensaba hasta hace poco, y me estaba obsesionando con que la Educación de mis hijos tenía que ser la misma, pero en realidad me estaba dando golpes contra la pared. Ahora, la ideología de género es lo que trata de imponer, que nacemos idénticos y que es la Educación, la cultura, las pautas que les damos lo que hace a la niña femenina y al niño masculino. ¿No es así entonces? En absoluto. Los últimos avances neurológicos están demostrando que nacemos con unas improntas muy fuertes de la naturaleza, que las hormonas marcan desde la octava semana de gestación un cerebro masculino y femenino, con unas tendencias, unas inclinaciones, con unas habilidades que luego tienen reflejo en el aprendizaje. ¿De qué forma se reflejan esas cualidades innatas? Se ha demostrado que la zona del hemisferio izquierdo del cerebro, que es la que se ocupa de las destrezas verbales, madura en las niñas hasta dos años antes. Por eso ellas tienden a hablar antes, hacen frases más complejas, utilizan más calificativos, y aprenden a escribir también antes porque tienen la psicomotricidad fina mucho más desarrollada. Por lo tanto, tienes en una misma clase a niñas que destacan en lectura y escritura, junto a unos chicos que se quedan atrás. Y además, como existe la tendencia en los centros a considerarlos idénticos, pues el chico que no alcanza a su compañera es que es tonto, torpe, se distrae, tira la toalla y acabamos diciendo que estudiar es cosa de chicas. 2 ¿Salen entonces los niños perjudicados? De ese 30% de fracaso escolar, la inmensa mayoría son chicos. Además, repite curso el doble de chicos que de chicas; y llegan a la Universidad un 60% de mujeres frente a un 40% de hombres. Hay mucha defensa de las mujeres, pero yo creo que el que está en crisis es el varón y hay que ayudarle como sea. Con 12 años, tienes ya a auténticas mujeres, pero los chicos –sin ofender– son todavía unos críos a esa edad. Además, los chicos no se comportan igual, ya que tienen un crecimiento muscular y una testosterona disparada que les hace estar en constante movimiento, necesitan dar patadas al balón, les cuesta estar quietos en una silla y se portan peor. Cuando les exigimos lo mismo, también en comportamiento, el niño termina siendo sancionado. De hecho, tres de cada cuatro expedientes disciplinarios corresponden a varones. Entre el castigo que reciben los niños por comparación con las niñas, entre el pastilleo que les están dando –porque hay un porcentaje elevadísimo de falsas hiperactividades diagnosticadas incluso a petición de los padres para que ese niño se esté quieto–, y entre la incompresión hacia ese retraso lingüístico, la verdad es que los chicos están teniendo graves problemas en la escuela. ¿Hay algún ámbito en el que destaquen los varones? Por supuesto. En Secundaria sucede lo contrario. La testosterona la han unido los neurólogos a la capacidad visuoespacial, a la orientación, la matemática, la lógica abstracta... El hecho de que los hombres leen mejor los mapas es una realidad absoluta, no es un estereotipo o un rol. Por eso en Secundaria las chicas empiezan a quedarse atrás en Matemáticas o Física. Si no les damos un apoyo especial, sucede que tenemos un 24% de mujeres en las carreras de ingeniería. Eso no es justo, si queremos igualdad hay que darles un apoyo. En Alemania (Berlín y Renania del Norte), en los colegios públicos a las niñas se les separa en Matemáticas en Secundaria. Sin dogmatismos, no se van a traumatizar, ni estamos discriminando. Las separan para conseguir la igualdad, para que lleguen tan lejos como cualquier hombre, sin ningún tipo de prejuicios absurdos. ¿Son tan importantes esas diferencias? Si conoces esas diferencias puedes ayudarles y reconducirlos. En las mujeres, el hemisferio izquierdo está más desarrollado y tiene muchas conexiones con el hemisferio derecho, que se encarga de las emociones. Somos más capaces de transmitir los sentimientos. Mientras que los chicos no tienen conexión entre los hemisferios. De ahí que se diga que los hombres no dicen lo que les pasa. Las hormonas producen en la mujer una apertura hacia los demás y una tendencia a las relaciones humanas. Por eso en la adolescencia las niñas se vuelven tan dependientes unas de otras, y empiezan esas conversaciones telefónicas interminables. Curiosamente, la testosterona lo que genera en los varones de la misma edad es la cerrazón y desconectar de los demás. Las hormonas de las chicas les producen necesidad de dedicarse a los sectores sociales. Renuncian a la técnica, a la ingeniería y tienden más hacia lo humanístico. Si conoces estas diferencias, puedes reconducir y evitar estos estereotipos. Pero en esta etapa de la adolescencia, parece vital una convivencia entre sexos. Claro. Pero la convivencia puede ser en el comedor, en el recreo, en otras asignaturas... No se trata de meter a los niños en urnas de cristal y que no tengan relación con el sexo opuesto, porque en eso nadie puede estar de acuerdo hoy en día. Por algunas horas que estén separados no va a pasar nada. En la vida diaria incluso hay momentos en los que los adultos necesitamos estar solamente con gente de nuestro sexo. Porque nos expresamos de forma distinta, te sientes más libre… Pues a los niños, que tienen su personalidad aún sin configurar, a veces les resulta agotador estar continuamente con el sexo opuesto. www.parroquiasantamonica.com

Pasiones y afectos en la vida moral. No se puede plantear una teología moral adecuada al ser humano sin que se tome en serio el papel que juegan las pasiones y afectos en nuestras vidas. Tenemos hambre de amistad y sed de conocimiento, inteligencia, belleza y sabiduría. Estamos hechos para abrirnos, para recibir algo; somos receptivos; crecemos cuando amamos y morimos cuando odiamos; son indispensables la reconciliación y la curación; los corazones endurecidos, amargos e inflexibles son dignos de horror. La esencia de la vida moral es la curación de la indigencia por medio del único Amor capaz de plenificar todas las cosas.



1 Pasiones y afectos en la vida moral. No se puede plantear una teología moral adecuada al ser humano sin que se tome en serio el papel que juegan las pasiones y afectos en nuestras vidas. Tenemos hambre de amistad y sed de conocimiento, inteligencia, belleza y sabiduría. Estamos hechos para abrirnos, para recibir algo; somos receptivos; crecemos cuando amamos y morimos cuando odiamos; son indispensables la reconciliación y la curación; los corazones endurecidos, amargos e inflexibles son dignos de horror. La esencia de la vida moral es la curación de la indigencia por medio del único Amor capaz de plenificar todas las cosas. Cfr. Paul J. Wadell, La primacía del amor, ed. Palabra 2002. cap. V Las pasiones y los afectos en la vida moral: explorando la primacía del amor, pp. 145-166 PASIONES Y AFECTOS EN LA VIDA MORAL ................................................................................................... 1 Necesidad de las pasiones y los afectos en la vida moral .......................................................................... 2 Amor y apatía ...................................................................................................................................................... 2 El esquema de la vida moral que expone Tomás: el amor empeñado en la búsqueda de su plenitud en el gozo. No se puede plantear una teología moral adecuada al ser humano sin que se tome en serio el papel que juegan las pasiones y afectos en nuestras vidas. ............................................................................................................ 2 Si los afectos están en el corazón de la vida, ¿pueden ser ellos mismos el centro de la bondad? Para ser buenos, tenemos que estar comprometidos con algo que verdaderamente nos importe, tiene que haber algo que apreciemos, alguna pasión primordial que sirva de guía para nuestra vida. ................................................................. 3 Necesitamos un amor que nos haga felices y porque nos hace buenos. ............................................................ 3 I. SER HOMBRE ES SER APASIONADO. ESTAMOS HECHOS PARA RECIBIR AL MUNDO PP. 147-156 .................................................................................................................................................................. 3 El apetito: término que explica las pasiones y afectos ....................................................................................... 3 Los apetitos reconocen una necesidad; tenemos apetitos porque experimentamos nuestra indigencia y buscamos lo que nos ayude a solucionar esa necesidad ...................................................................................... 3 Los seres humanos son criaturas con apetitos pp. 149-150 ...................................................................... 4 Tenemos hambre de amistad y sed de conocimiento, inteligencia, belleza y sabiduría. Respondemos con interés y esperanza a todos los bienes de este mundo que pueden cubrir nuestras necesidades. Somos apetitos, somos criaturas indigentes. ................................................................................................................... 4 Los apetitos son signos de actividad, pero su actividad es una respuesta a algo cuyo bien ya ha actuado sobre nosotros. Los apetitos responden, se mueven solo porque ya han sido antes interpelados por la bondad de otra cosa.............................................................................................................................................. 4 ¿Qué se siente al enamorarse? Las palabras que usamos para describir el enamoramiento indican que intentamos conocer a alguien después de sentir su inconfundible bondad. Nos atraen porque, de alguna manera, su encanto ha llegado directamente al alma, a veces antes de ser conscientes de ello. ...................... 4 Una anatomía del amor pp. 151-153 ......................................................................................................... 5 El amor tiene su origen en el amado, en el objeto apetecible. Al principio somos pasivos y no creamos los valores que nos atraen. ......................................................................................................................................... 5 Hay relaciones que marcan profundamente nuestras vidas y nos transforman interiormente. .......................... 5 El amor: es una apertura continua a todo lo que es bueno pp. 153-156 ................................................... 6 Estamos hechos para abrirnos, para recibir algo; somos receptivos; crecemos cuando amamos y morimos cuando odiamos; son indispensables la reconciliación y la curación; los corazones endurecidos, amargos e inflexibles son dignos de horror. ......................................................................................................................... 6 El universo moral es un universo de interrelaciones profundas, de continua influencia mutua. Estamos interconectados por nuestra necesidad, pero también por nuestra capacidad de hacernos felices y enriquecernos unos a otros................................................................................................................................... 6 La bondad es percibida en el nivel más profundo de nuestro ser: y, una vez adquirida, se hace parte integrante de nosotros porque recibimos su «forma. .......................................................................................... 7 Durante la primera fase somos pasivos, no actuamos sino recibimos; sin embargo, en la segunda fase somos activos, respondemos con la intención de acercarnos enamorados a lo que sabemos que es bueno. ..... 7 II. LO QUE SIGNIFICA LLAMAR PASIÓN AL AMOR PP. 157-166 ................................................................... 8 Somos deficientes; necesitamos recibir lo que nos falta. Una pasión es signo de una deficiencia: Tomás llama pasión al amor. Nuestra perfección llegará gracias a la recepción de un bien que nos falta, que nos llegará por mano ajena. ........................................................................................................................................ 8 Superaremos nuestra indigencia principalmente por nuestra apertura a lo que tiene bondad y poder para darnos una vida más plena, no por nuestros propios esfuerzos, sino porque estemos dispuestos a «padecer» el amor de alguien que puede darnos plenitud. ................................................................................................. 8 Por qué el amor es la suma vulnerabilidad pp. 159-161 .......................................................................... 9 El amor nos perfecciona no porque alcanzamos la perfección por lo que hacemos, sino porque nos lleva a lo que nos llena. El amor nos abre gradualmente al Amor del que vienen todas las cosas. ............................... 9 Cuanto más nos acercamos a Dios, somos mejores. .......................................................................................... 9 En la vida moral, nosotros somos los `pacientes' y Dios es el `agente,' es decir, que Dios es el que actúa y nosotros los que debemos abrirnos para recibir. Somos pacientes tratados y sanados por el amor divino. ...... 9 2 La esencia de la vida moral es la curación de la indigencia por medio del único Amor capaz de plenificar todas las cosas. ................................................................................................................................................... 10 La caridad es la apertura apasionada a Dios pp. 161-164 .................................................................... 10 Para Tomás las virtudes están ancladas en el amor entendido como una pasión, así que cuanto más ............... crecemos en las virtudes más dependemos de ese amor. La actividad de las virtudes no nos vuelva más independientes ni autosuficientes sino que nos vincula más a Dios. ................................................................ 10 Las virtudes nos perfeccionan porque, cuando amamos, nos dejamos transformar; cuando padecemos el amor de Dios somos curados al recibir el amor que nos redime. ..................................................................... 11 Por qué la caridad nos hace divinos pp. 164-166 ................................................................................... 11 Dado que el amor es una pasión, cuando amamos estamos conformándonos con nuestro amado. Amar es dejarse recrear por la bondad. En el caso de la caridad somos recreados por la bondad divina. ..................... 11 Amar a Dios nos inquieta porque tener caridad implica centrarse en Dios: ceder el control y perder el gobierno de nuestro ser; dejar que Dios dirija nuestra vida por sus criterios. Amar es dejar que el otro te posea y así encontramos nuestra identidad. ................................................................................................ 11 Por ello, estar decididos a amar es estar dispuestos a morir. La muerte es un requisito del amor. ................. 12 Conclusión/resumen de este capítulo p. 166 ............................................................................................. 12 Necesidad de las pasiones y los afectos en la vida moral Lo esencial de la vida moral es que coincidan nuestros sentimientos con lo que es lo mejor para nosotros. Somos por naturaleza seres amantes, pero debemos aprender a amar las cosas adecuadas de modo apropiado. Hemos de educar nuestros afectos para que reaccionemos correctamente a todo lo que tenemos delante, amando lo bueno, odiando lo que es malo, sintiendo tristeza por la pérdida de lo que es realmente un bien, ira cuando lo vemos amenazado y temor cuando cabe la posibilidad de que sea vencido. Al contrario de lo que muchos piensan y de cómo muchas veces se ha interpretado el pensamiento del Aquinate, lo que importa en la vida moral no es negar las pasiones o intentar reprimirlas, sino cultivarlas hasta que nos faculten para hacer bien. La vida moral cristiana, insiste Tomás, no requiere extirpación de las pasiones, sino su transformación. La moralidad necesita de las pasiones porque, solo cuando algo nos importa, somos capaces de hacer alguna cosa. Tomás valora los sentimientos, las pasiones y las emociones en su justo punto. Para él, la moralidad se mantiene gracias cultivo de un amor correcto al que permitimos la dirección nuestras vidas. Amor y apatía Todos somos conscientes de esto: cuanto más fuertemente sentimos algo, más fácil es hacerlo por lo que, si amamos algo profunda y apasionadamente, nos empeñaremos en conseguirlo. Por eso vemos muy claro el peligro de la apatía. Ser apático significa quedarse impasible ante todas las cosas, ser insensible a ellas; afectivamente hablando es estar muerto para todo, incluido el bien. Amar, sin embargo es estar vivo para el bien, es experimentar la hermosura del mundo y responder a ella. Cuando amamos algo, lo buscamos, construimos nuestras vidas en orden a conseguirlo, y cuando logramos lo que deseamos, nos encontramos con el gozo. El esquema de la vida moral que expone Tomás: el amor empeñado en la búsqueda de su plenitud en el gozo. No se puede plantear una teología moral adecuada al ser humano sin que se tome en serio el papel que juegan las pasiones y afectos en nuestras vidas. Este es el esquema de la vida moral que expone Tomás: el amor empeñado en la búsqueda de su plenitud en el gozo. Sabe que es necesario sentir para poder actuar; por eso, nuestras pasiones y afectos le parecen cruciales y no los desprecia en su discusión sobre la vida moral. Son el eje de la vida moral, porque lo que al final llegamos a hacer gira sobre lo que amamos y sobre cómo lo amamos, sobre lo que escogemos para hacernos felices y sobre lo que nos puede entristecer. En este sentido, el amor conforma todo lo que hacemos porque el deseo de lo que amamos nos mueve a su búsqueda a través de la acción. En nuestra vida se dan una multitud de amores y empeños, y cada uno de ellos guía, forma y transforma nuestra vida. Y Tomás lo sabe. No se puede plantear una teología moral adecuada al ser humano sin que se tome en serio el papel que juegan las pasiones y afectos en nuestras vidas. Nuestros sentimientos son parte fundamental e indispensable de nuestra existencia y Tomás quiere 3 establecer un diálogo con ellos para definir su papel en la vida moral y descubrir por qué tienen tanto poder sobre nosotros. Despreciarlos sería ignorar una parte vital de nosotros mismos; considerarlos irrelevantes en una discusión sobre la moralidad es plantear una ética que solo puede dañar. Si los afectos están en el corazón de la vida, ¿pueden ser ellos mismos el centro de la bondad? Para ser buenos, tenemos que estar comprometidos con algo que verdaderamente nos importe, tiene que haber algo que apreciemos, alguna pasión primordial que sirva de guía para nuestra vida. Ahora bien, si los afectos están en el corazón de la vida, ¿pueden ser ellos mismos el centro de la bondad? Esto precisamente es lo que se cuestiona Tomás al comienzo de su análisis sobre las pasiones y los afectos. Sabe que debe existir un modo por el que los sentimientos nos faciliten, en vez de impedirnos, nuestra búsqueda de la bondad. Él intuye que, para ser buenos, tenemos que estar comprometidos con algo que verdaderamente nos importe, tiene que haber algo que apreciemos, alguna pasión primordial que sirva de guía para nuestra vida. Sabe que las personas buenas son grandes amantes, y así, quiere descubrir qué es lo que aman. Ve con claridad que la plenitud moral no reside en evitar las pasiones, sino en cultivarlas mediante un amor adecuado. Necesitamos un amor que nos haga felices y porque nos hace buenos. Por tanto, lo que necesitamos es un amor que nos haga felices y porque nos hace buenos. Con esta idea en la mente Tomás empieza la exploración de nuestros corazones. Primero considera lo que indican las pasiones sobre la naturaleza humana y cómo se pueden perfeccionar. En segundo lugar, dirigimos la mirada en particular a la pasión del amor y la importancia que tiene para el Aquinate. Nuestras reflexiones estarán vinculadas a los análisis que hace Tomás de las pasiones y afectos en las cuestiones veintidós y veintiséis de la Prima Secundae (ST, I-II, 22,2; 26,2). I. SER HOMBRE ES SER APASIONADO. ESTAMOS HECHOS PARA RECIBIR AL MUNDO pp. 147-156 El apetito: término que explica las pasiones y afectos El término que emplea más generalmente el Aquinate para explicar las pasiones y afectos es el de «apetito». Cree que es una adecuada descripción. Entendemos que «tener apetito» es ansiar algo que deseamos y de lo que carecemos Si no comemos en mucho tiempo, tenemos apetito de comida; si nos sentimos solos y tristes, tenemos apetito de compañeros o actividad. Si estamos agobiados, quizás tendremos apetito de soledad; si estamos cansados por el trabajo o las responsabilidades cotidianas, tendremos apetito de ocio. El apetito tiende a algo percibido como bueno, pero que nos falta. Lo deseamos porque lo vemos conveniente, pero al faltarnos sentimos necesidad: necesidad de la comida que pondrá fin al hambre, necesidad de los amigos que nos consolarán, necesidad del silencio que aquietará nuestras vidas. Tener apetito es tender hacia aquello que creemos bueno y necesario para nosotros. Los apetitos reconocen una necesidad; tenemos apetitos porque experimentamos nuestra indigencia y buscamos lo que nos ayude a solucionar esa necesidad Los apetitos tienen su origen en el reconocimiento de una necesidad, somos conscientes de nuestra indigencia y vemos algo que creemos que nos ayudará, por eso lo consideramos bueno. Deseamos algo porque nos parece que es al menos una respuesta parcial a nuestra necesidad. Y es al reconocer esta bondad, cuando respondemos con un intento de alcanzarlo, buscarlo y poseerlo. Tenemos apetitos porque experimentamos profundamente nuestra indigencia y estamos alerta ante las posibles soluciones a nuestras necesidades. Por eso, cuando encontramos algo que sentimos que nos acercará a la plenitud, lo deseamos. Los apetitos se arraigan en la necesidad; son el modo que tiene la naturaleza de dar respuesta a nuestras carencias, se desarrollan en el reconocimiento de que nos falta algo que necesitamos para crecer y desarrollarnos. Pero se fundamentan en la conciencia de la imposibilidad de aportar nosotros mismos estos bienes, ya que provienen de fuera porque son externos a nosotros mismos. Nos 4 seducen, nos llaman y nos tientan por su valor. Son bienes que no nos podemos dar, sino solo recibir, así que, cuando experimentamos su bondad, intentamos alcanzarlos para hacerlos parte de nuestras vidas. Los seres humanos son criaturas con apetitos pp. 149-150 Tenemos hambre de amistad y sed de conocimiento, inteligencia, belleza y sabiduría. Respondemos con interés y esperanza a todos los bienes de este mundo que pueden cubrir nuestras necesidades. Somos apetitos, somos criaturas indigentes. En la descripción de los apetitos que hace el Aquinate se sugiere que el hombre es por naturaleza una criatura llena de apetitos, de fuertes tendencias. Ciertamente, el ser humano es aquel cuya naturaleza es en verdad apetito y deseo. Todo su ser tiende hacia cualquier bien que le promete una plenitud de vida. Tiene hambre de perfección, está hambriento de una plenitud que le viene dada desde fuera y que solo puede recibir. Vivimos conscientes de nuestra necesidad, tenemos hambre de amistad porque nos ha faltado el amor y el afecto, tenemos sed de conocimiento, inteligencia, belleza y sabiduría. Nos emociona la belleza de un paisaje, y aún más la amabilidad de un desconocido. Sentimos en lo más íntimo nuestra indigencia, es la raíz de nuestro ser. En consecuencia, respondemos con interés y esperanza a todos los bienes de este mundo que pueden cubrir nuestras necesidades. Somos apetitos, somos criaturas indigentes, con hambre de lo que nos puede saciar, lo que, de paso, puede ayudarnos a entender por qué el pan y el vino son los símbolos más apropiados para que un pueblo hambriento celebre la eucaristía 1 . Los apetitos son signos de actividad, pero su actividad es una respuesta a algo cuyo bien ya ha actuado sobre nosotros. Los apetitos responden, se mueven solo porque ya han sido antes interpelados por la bondad de otra cosa. Es importante comprender que las pasiones y afectos, como apetitos, son activos en un sentido secundario. En verdad el término apetito sugiere que intentamos alcanzar algo que intuimos como bueno, pero cuya acción no ha tenido su principio en nosotros, sino en el objeto que nos atrae. Los apetitos son signos de actividad, describen cómo nos movemos hacia lo que es bueno, pero su actividad es una respuesta a algo cuyo bien ya ha actuado sobre nosotros. Los apetitos responden, se mueven sólo porque ya han sido antes interpelados por la bondad de otra cosa. Consideremos un momento cómo sabemos que algo es bueno. No declaramos su valor: lo sentimos. Si escuchamos una sinfonía de Mozart, aunque decimos que es bella, es más bien la misma música la que nos transmite esta idea. Al estar ante el Gran Cañón, no somos nosotros los que le damos valor, sino es el propio Cañón el que nos dice «soy bello». Reaccionamos ante una sinfonía de Mozart, del Gran Cañón o de un cuadro de Monet, porque primero cada uno de ellos nos ha mostrado su bondad. Respondemos a una bondad aprehendida, a un valor percibido primeramente. ¿Qué se siente al enamorarse? Las palabras que usamos para describir el enamoramiento indican que intentamos conocer a alguien después de sentir su inconfundible bondad. Nos atraen porque, de alguna manera, su encanto ha llegado directamente al alma, a veces antes de ser conscientes de ello. ¿Qué se siente al enamorarse? Las palabras que usamos para describir la experiencia nos indican que intentamos conocer a alguien únicamente después de sentir su inconfundible bondad. Nos atraen porque, de alguna manera, su encanto ha llegado directamente al alma. Por eso nos enamoramos a veces antes de ser conscientes de ello. Algo suyo, su bondad, su belleza, su singularidad, nos ha hablado, nos ha afectado, nos ha impresionado tan profundamente que ineludiblemente nos movemos hacia ello como respuesta. Desear algo sólo es posible porque 1 1 Cfr. J. MOUROUX, The Christian Experience, o.c., pp. 237-238. 5 hemos experimentado primero su bondad. Una vez descubierta esta bondad, nos acercamos para conocerla más plenamente, para no perder ese bien ya gustado. Así explica Tomás el proceso: «De la misma manera, el objeto apetecible da al apetito primeramente una cierta adaptación para con él, que es la complacencia en lo apetecible; de la cual se sigue el movimiento hacia lo apetecible. Porque `el movimiento apetitivo es circular' como se dice en el III De anima [de Aristóteles]. Lo apetecible mueve el apetito, introduciéndose en cierto modo en su intención; y el apetito tiende a conseguir realmente lo apetecible, de manera que el fin del movimiento esté allí donde estuvo su principio» (ST, I-II, 26,2). Una anatomía del amor pp. 151-153 El amor tiene su origen en el amado, en el objeto apetecible. Al principio somos pasivos y no creamos los valores que nos atraen. ¿Qué pasa aquí? ¿Qué quiere exponer Tomás? Nos está ofreciendo una anatomía del amor según la cual éste tiene su origen no tanto en uno mismo cuanto en el amado, el objeto apetecible que actúa en nosotros de modo que nos transforma. Esto es lo que quiere decir Tomás cuando escribe: «el objeto apetecible da al apetito primeramente una cierta adaptación para con él, que es la complacencia en lo apetecible». El objeto apetecible trabaja en nosotros, su bondad nos penetra y nos cambia. Sentimos su bondad, nos impresiona; en cierto modo, se hace parte de nosotros. En otras palabras, actuamos hacia lo que amamos porque primero actuó en nosotros. La iniciativa no nos pertenece. Al principio somos pasivos en cuanto que no creamos estos valores. Los sentimos, los experimentamos, nos emocionan y nos conmueven. Somos pasivos en cuanto que respondemos solamente porque primero actuaron en nosotros. Sentimos la bondad del mundo, sentimos que nos cautiva y nos entregamos a ese amor. Vivimos interpelados por un mundo rico en valores, lleno de maravillas, un mundo atractivo, complejo y seductor. Contemplamos su bondad y nos emociona: la bondad de lo que tenemos delante nos deja huella. Por eso, nos encanta un buen cuadro o una rara flor, y por eso también nos enamoramos de la belleza de una persona. La bondad de la vida nos traspasa y deja su sello en el alma. Ser «marcado» por la belleza de otro conlleva un cambio para siempre, porque no podemos dejar atrás esta bondad: forma parte ya de lo que somos y, no podemos olvidarlo porque perdura siempre de algún modo en nuestros corazones. Este es el efecto que Tomás dice que «el objeto da», cuando explica la manera en que algo bueno nos transforma, imbuyéndonos en un sentido de afinidad o atracción hacia él. Sentimos, por tanto, una afinidad con todo lo bello porque algo de su bondad ha entrado en nosotros. Buscamos estas cosas, porque algunos elementos de su excelencia se hacen parte de la construcción de nuestra vida. Nos inclinamos hacia ellos porque algo de su bondad ya se ha introducido en el alma. Hay relaciones que marcan profundamente nuestras vidas y nos transforman interiormente. ¿Por qué no podemos olvidar a algunas personas? ¿Por qué viven en nuestros corazones aunque no les veamos durante años? Hay relaciones que marcan tan profundamente nuestras vidas que después ya no somos los mismos, en su ausencia los seguimos sintiendo presentes. Incluso, aunque sepamos que no les vamos a ver nunca más, no podemos actuar como si no hubieran formado parte de nuestra vida. Nos han dejado su marca, nos han cambiado irremediablemente y, para bien o para mal, son parte de nuestra historia, inseparables de nuestra identidad. Descubrir quiénes somos pasa por reconocer que estamos marcados por determinadas relaciones personales. ¿Por qué ocurre esto? ¿Cómo puede ser que algunas personas nos afecten permanentemente? Tomás explica: «lo apetecible mueve el apetito, introduciéndose de algún modo en su intención... ». Esto es lo que ocurre en este caso: algo de ellas permanece dentro de nosotros, queda impreso en nuestro interior y continúa formándonos. Por eso, de pronto los recordamos, y sentimos con tanta fuerza su presencia, aunque hayan pasado años de ausencia. Es así como los demás «mueven algo en nosotros». Hay algo de su ser que cala en nuestro interior, nos impregna y deja impreso el aroma de su bondad que permanece en nuestro corazón. 6 Ahora bien, si nos marca, también nos transforma, porque el efecto de la bondad de otro no es algo superficial, se siente de corazón. Tomás nos lo explica de un modo un poco oscuro: «'pasión' es el efecto del agente en el paciente» (ST, III, 26,2), pero el sentido de lo que dice no es nada esotérico. Tomás expone cómo otras personas y cosas nos cambian, cómo trabajan en nosotros y nos rehacen. Insiste para que entendamos cuán profunda y perdurablemente influye nuestro mundo en nosotros, y quiere demostrar que dichas influencias no son periféricas. Son personales y permanentes y por eso producen en nosotros pasión hacia ellas. Después de percibir su bondad, nos sentimos llamados a alcanzarlas. El cambio que menciona Tomás es nuestra transformación interior. Somos modificados interiormente al recibir la excelencia de otra persona, y, sintiéndola parte de nuestra alma, la buscamos como otra definición de nosotros mismos. Hemos asimilado la bondad de otro, ya es parte integral de nuestra identidad, porque no nos imaginamos sin esa persona. Por eso Tomás escribe: «la primera inmutación» producida por el objeto «es el amor, que no es otra cosa que la complacencia en lo apetecido» (ST, I-II, 26,2). Les amamos porque hemos sentido su bondad, porque su valor innegable nos ha llegado, no de modo inerte ni fugaz, sino con tanta plenitud que ha suscitado en nosotros una inclinación hacia ella y un sentido de afinidad. Les amamos ahora, no solamente porque hemos percibido su bondad, sino también porque forman parte de nosotros; les buscamos, porque sentimos que con ellas debemos estar. El amor: es una apertura continua a todo lo que es bueno pp. 153-156 Estamos hechos para abrirnos, para recibir algo; somos receptivos; crecemos cuando amamos y morimos cuando odiamos; son indispensables la reconciliación y la curación; los corazones endurecidos, amargos e inflexibles son dignos de horror. El corazón de la antropología de Aquino es la idea de que estamos hechos para recibir algo. No somos individuos autosuficientes y cerrados, sino criaturas con una necesidad tan honda que estamos hechos para abrirnos, formados para abrazar todos los bienes que nos regalan una vida más plena. Somos receptivos, y esta apertura continua a la bondad de los demás v de la vida es nuestro rasgo más fundamental y distintivo. Nos desconocemos a nosotros mismos si nos falta esta hospitalidad hacia la vida y nos dañamos irreparablemente si permanecemos recelosos y cerrados a los demás. Nos moriríamos si no admitiéramos nada de nadie porque estamos hechos para recibir; por eso crecemos cuando amamos y morimos cuando odiamos; por eso son indispensables la reconciliación y la curación; por eso los corazones endurecidos, amargos e inflexibles son dignos de horror. Estamos hechos para aceptar la vida, a los demás y, sin duda, a Dios. Para llenarnos de lo bueno que nos ofrece nuestro mundo, y después de él, para recibir la vida de Dios. Esta verdad se puede aplicar también al universo. El amor es el hecho fundamental, la expresión del deseo universal: empieza con la atracción que produce la fascinación, lo que mantiene la unidad del cosmos 2 . Estamos todos destinados a ser amantes, y alcanzamos lo mejor de nosotros cuando formamos parte de este universo de amor, cada uno dando y recibiendo, todos haciendo felices a los demás y hechos felices por ellos. Así nos ve el Aquinate, como criaturas que tienen una gran necesidad de ser amadas, que llega a ser cada una fuente de vida y salvación para las demás. El universo moral es un universo de interrelaciones profundas, de continua influencia mutua. Estamos interconectados por nuestra necesidad, pero también por nuestra capacidad de hacernos felices y enriquecernos unos a otros. Esta es la visión que tiene el Aquinate de nuestro universo moral. Es un universo de interrelaciones profundas, un universo de una continua influencia mutua en cuanto que cada 2 Para una discusión fascinante sobre el amor como la fuerza básica de toda la vida, cfr. B. SWIMME, The Universe Is a Green Dragon, Bear & Company, Santa Fe 1984, pp. 43-52. 7 cosa actúa sobre todo lo demás, produciendo una simetría de necesidad y donación, de carencia y de medios para la plenitud. Estamos interconectados por nuestra necesidad, pero también por nuestra capacidad de hacernos felices y enriquecernos unos a otros. Compartimos la capacidad de abrirnos a lo que no podemos darnos a nosotros mismos: podemos ofrecer a otro lo que nosotros solamente podemos recibir. La belleza del universo moral tomista reside en eso: cada uno bendice al otro con la vida que él mismo también debe haber recibido de los demás. Cuando Tomás expresa tan sucintamente: «'pasión' es el efecto del agente en el paciente», alude a un universo donde todo es apasionado porque todo ha recibido algo: un cosmos donde todas las cosas están anhelantes, porque han conocido la bondad por medio de los demás. Es la imagen de todos nosotros impresionados, afectados e influidos por la multitud de «agentes» en nuestro mundo, ya sean una persona, un paisaje hermoso, la fuerza de una poesía o el placer de una comida maravillosa. Recibir la influencia de todas estas cosas es llevar con nosotros la parte de bondad que cada una tiene. Tomás dice que recibimos su «forma» (ST, I-II, 26,2). La «forma» es lo que hace una cosa diferente y única respecto de las demás, lo que identifica una cosa frente a las otras. Recibir la forma de algo implica que su elemento más personal ha pasado a ser parte de nosotros por lo que ya no somos totalmente distintos, porque algo del otro está en nuestro interior. ¿No es eso lo que pasa cuando amamos a otra persona? Ya no somos completamente distintos porque hemos asumido alguna característica de la persona amada de tal modo que realmente se hace parte de nuestra alma. Por eso se acrecienta nuestro amor; por eso, cuanto más tiempo pase, nuestro deseo es mayor y nunca nos parece suficiente la intimidad alcanzada. No podemos olvidarlos porque forman parte esencial de nosotros; por eso, no nos cansamos de unirnos a ellos. Después de sentir su bondad, nuestras vidas se entremezclan y nuestras almas se empeñan en ir logrando una mayor unidad. La bondad es percibida en el nivel más profundo de nuestro ser: y, una vez adquirida, se hace parte integrante de nosotros porque recibimos su «forma. Esto es lo que Tomás quiere decir cuando habla de las pasiones y afectos, y lo que tiene en mente cuando nos describe como criaturas de apetitos. Se esfuerza en expresar la razón de nuestro amor y lo que nos ocurre cuando amamos. Quiere entender lo mejor que pueda por qué buscamos apasionadamente aquello que hemos descubierto como bueno. Deduce que se debe a que la bondad es percibida en el nivel más profundo de nuestro ser: y, una vez adquirida, se hace parte integrante de nosotros porque recibimos su «forma»; por eso sentimos una adaptación o connaturalidad con ella, puesto que eso que amamos ya no es algo completamente ajeno o extraño, sino que se ha convertido en algo personal, una parte de quienes somos, inseparable ya de la definición de nuestro ser. Durante la primera fase somos pasivos, no actuamos sino recibimos; sin embargo, en la segunda fase somos activos, respondemos con la intención de acercarnos enamorados a lo que sabemos que es bueno. En segundo lugar, Tomás explica que empezamos a acercarnos enamorados a aquella cosa cuya bondad hemos sentido. Las pasiones son apetitos que nos relacionan con lo que hemos aprendido a amar en la esperanza de poseerlo. Por eso dice Tomás que así se halla el fin del movimiento allí donde tuvo su principio. Cuando algo amable ha despertado nuestro interés, lo deseamos y, por ese mismo deseo, actuamos para hacerlo parte de nuestras vidas. En consecuencia, la vida moral consiste en el efecto que produce algo bueno y amable sobre nosotros y en nuestra respuesta a esa bondad a través de la acción. Algo actúa en nosotros, y nosotros respondemos. La vida moral es estar impresionado e intentar alcanzarlo, ser afectado y aproximarse. Conscientemente o no, vamos por la vida con el corazón abierto y lo más importante que tenemos que aprender es cómo llenarlo. 8 II. LO QUE SIGNIFICA LLAMAR PASIÓN AL AMOR pp. 157-166 Somos deficientes; necesitamos recibir lo que nos falta. Una pasión es signo de una deficiencia: Tomás llama pasión al amor. Nuestra perfección llegará gracias a la recepción de un bien que nos falta, que nos llegará por mano ajena. La teología moral del Aquinate presenta acertadamente el hecho de que todavía no somos lo que debemos ser, y que no tenemos en nosotros lo que nos falta para nuestra perfección. El requisito para nuestra plenitud no se encuentra en nosotros y no podemos ayudarnos en nuestra propia reconstrucción, tenemos que recibirla de fuera. Por eso, no es cuestión de autorrealización, sino de aceptar que otro nos realice. En opinión del Aquinate, nuestra falta de plenitud no implica meramente que necesitemos más tiempo para perfeccionarnos; es más, el hecho de necesitarlo señala nuestra propia carencia de los recursos necesarios para alcanzarla. No solo somos deficientes, lo somos intrínsecamente. Estamos obligados a recibir lo que nos falta: nuestra perfección nos vendrá dada como un don. Por eso, Tomás llama pasión al amor. Una pasión es signo de una deficiencia, una confesión de necesidad. El término significa la necesidad de un desarrollo posterior, habla de una indigencia que anhela superación; sin embargo, también reconoce que la plenitud no es algo que podemos darnos a nosotros mismos, la adquirimos por medio de la acción de otro. Decir que el amor es la llave de nuestra salvación moral e identificarlo con una pasión equivale a saber que nuestra perfección llegará gracias a la recepción de un bien que nos falta y que, además, ese bien nos ha de venir de mano ajena, puesto que por naturaleza somos incapaces de proporcionárnoslo a nosotros mismos. Como seres humanos padecemos una limitación absoluta: solamente llegamos a la plenitud conformados por un bien ajeno. El Aquinate explica: «La pasión pertenece al orden de lo defectuoso, porque corresponde a un ser en cuanto está en potencia» (ST, I-II, 22,2, ad 1). Superaremos nuestra indigencia principalmente por nuestra apertura a lo que tiene bondad y poder para darnos una vida más plena, no por nuestros propios esfuerzos, sino porque estemos dispuestos a «padecer» el amor de alguien que puede darnos plenitud. Según este texto, Tomás defiende que la deficiencia que padecemos en cuanto humanos solo puede remediarse a través de otra persona que nos ofrezca lo que no podemos darnos a nosotros mismos. Si esto es así, entonces la pasión no solo incluye la necesidad, sino también la receptividad, puesto que la plenitud que nos es propia exige la actuación de otro. Somos reconstruidos por la influencia ajena, nos curamos por mediación de otro. Al utilizar el lenguaje de la «potencialidad», Tomás admite que podemos superar nuestra indigencia, pero añade inmediatamente que esto no tendrá lugar principalmente por nuestros propios esfuerzos, sino por nuestra apertura a lo que tiene bondad y poder para darnos una vida más plena. Si «la pasión... corresponde a un ser en cuanto está en potencia», está claro que nuestro fortalecimiento no es cuestión de esfuerzo, sino de la disposición a «padecer» el amor de alguien que puede darnos plenitud. Nos encontramos, pues, ante una relación que va de «la potencia a la realidad», pero en lo que insiste Tomás es que la diferencia entre lo que somos ahora y lo que debemos ser, es una tarea de aquel que con su amor nos proporcione lo que nunca podríamos darnos a nosotros mismos. Llamar pasión al amor no solo significa que tiene que ocurrirnos algo más, sino también que ese «más» no depende de nuestro empeño en hacer, sino de la influencia que recibamos del otro. Estamos ante una relación que va de «la potencia a la realidad», una relación que se encuentra entre la promesa y la posible realización. Tomás insiste en que tal realización no es obra de nuestras propias manos, sino que nos llega a través de la ternura de un amor mejor. Como veremos, esta intuición es la que sostiene la convicción del Aquinate de que las virtudes se perfeccionan no por nuestro propio esfuerzo, sino por el Espíritu del Amor activo en nosotros. 9 Por qué el amor es la suma vulnerabilidad pp. 159-161 El amor nos perfecciona no porque alcanzamos la perfección por lo que hacemos, sino porque nos lleva a lo que nos llena. El amor nos abre gradualmente al Amor del que vienen todas las cosas. Esta idea cambia nuestra manera de pensar sobre el amor. Tomás habla de él como de aquello que nos perfecciona, pero no en el sentido de que alcanzamos la perfección en cuanto a lo que hacemos. Nos perfecciona porque su actividad explícita es llevarnos a lo que nos llena. La estrategia del amor es abrirnos gradualmente al Amor, del que vienen todas las cosas. Si Dios y los demás nos hacen vivir, entonces nuestro amor nos perfecciona, no porque desarrolle una capacidad innata en nosotros, sino porque nos acerca más a los que pueden llevarnos a nuestra plenitud. El amor conlleva la apertura necesaria para vivir. Por eso, precisamente, la vulnerabilidad no nos destruye, sino que es la que nos lleva a vivir más plenamente, porque al enamorarnos nos abre a todo lo que nos puede curar y reconstruir. Ser hombre significa recibir lo que nos falta para ser plenos, reconocerse como vulnerable es abrir la puerta a todo lo que nos puede dar lo más glorioso de la vida. Cuanto más receptivos estamos a la bondad, más permanente es nuestra superación de la necesidad. Esta apertura a lo mejor y a lo que más nos perfecciona es lo que nos cura. Al referir todo esto a Dios, el Aquinate escribe lo siguiente: «En lo que se refiere a la perfección, la intensidad se determina por la aproximación a un primer principio único, de manera que cuanto más cercana a él se halla una cosa, tanto es más intensa. Como la intensidad de lo lúcido se determina por su aproximación a lo sumamente luminoso, de manera que, cuanto más se acerca a ello una cosa, tanto más lúcido es. Pero, en lo que se refiere al defecto, la intensidad se determina no por la aproximación a lo sumo, sino por el alejamiento de lo perfecto, pues en esto consiste la razón del defecto y la privación. Y, por tanto, cuanto menos se aparta de lo que es primero, tanto menos intenso es. Por eso, al principio siempre se encuentran pequeños defectos, que, después, al ir avanzando, se acrecientan» (ST, I-II, 22,2, ad 1). Cuanto más nos acercamos a Dios, somos mejores. Este texto es, probablemente, el resumen más conciso de la teología moral del Aquinate: cuanto más nos acercamos a Dios, somos mejores, porque Dios es la excelencia en la que todo se vuelve bueno. Nosotros, estrictamente hablando, no nos hacemos buenos sino que nos transformamos, nos renovamos y nos fortalecemos por la acción del amor de Dios en nosotros, que cura y salva. Por eso, llamar pasión al amor y hacer de él la madre y raíz de las virtudes podría ser el elemento metodológico más brillante del Aquinate; es el corazón de su teología moral. Una pasión significa que algo es más perfecto cuanto más recibe de la fuente de su perfección. No puede perfeccionarse a sí mismo porque la fuente de su perfección está fuera de él. Así lo insinúa el Aquinate cuando escribe: «El término pasión implica que el paciente sea atraído hacia algo que hay en el agente» (ST, I-II, 22,2). Lo que nos atrae hacia Dios, entendido como agente, es la bondad y la vida que necesitamos para nuestra salvación, una bondad que podemos recibir pero nunca igualar. En la vida moral, nosotros somos los `pacientes' y Dios es el `agente,' es decir, que Dios es el que actúa y nosotros los que debemos abrirnos para recibir. Somos pacientes tratados y sanados por el amor divino. Quisiéramos hacer hincapié en la imagen que usa Tomás en este texto. En la vida moral, nosotros somos los `pacientes' y Dios es el `agente,' es decir, que Dios es el que actúa y nosotros los que debemos abrirnos para recibir. Somos pacientes tratados y sanados por el amor divino. Esto significa que tenemos necesidad de una curación que solo podemos recibir y que, de hecho, recibimos de Dios. Significa que estamos rotos, heridos, a menudo destrozados en nuestras vidas. Además, no podemos hacernos por propia determinación, sino por medio de nuestra complacencia ante Dios. Dios es el Buen Samaritano que nos rescata en nuestro viaje, el único que se detiene para cargar con nosotros. En la vida moral, pues, nosotros somos los pacientes y Dios es el sanador, el único que mira por nosotros, que nos acaricia, que venda nuestras heridas y que nos devuelve a la vida. 10 La esencia de la vida moral es la curación de la indigencia por medio del único Amor capaz de plenificar todas las cosas. Por eso, la esencia de la vida moral es la curación de la indigencia por medio del único Amor capaz de plenificar todas las cosas. Para Tomás, la vida moral consiste en «sufrir» o «padecer» a Dios, permitir que el amor que cura y reconstruye actúe en nosotros. Es una restauración continua donde nuestras vidas, a veces destruidas por la confusión o asoladas por las heridas, son limpiadas y fortalecidas por el único amor con el que no podemos rivalizar; por el único amor que solo podemos recibir. Es Dios, que actúa en nosotros por medio del Espíritu, el que nos fortalece; así, cuanto más enamorados nos acercamos a Dios, más intenso es su amor redentor por nosotros, más nos perfecciona, más irresistible, penetrante y eficaz resulta para nosotros. Según Tomás, la vida moral consiste en nuestra continua rehabilitación a través del amor santo que nos redime, y el hecho de no merecer este amor no tiene importancia; solo necesitamos la suficiente humildad para poder recibirlo. La caridad es la apertura apasionada a Dios pp. 161-164 ¿Cómo influye en el concepto que tenemos de caridad el hecho de designar como pasión al amor? Si definimos a éste como una pasión esencialmente receptiva, entonces la caridad consiste en recibir apasionadamente a Dios, lo que aparentemente choca con entender la caridad como virtud. Definir la caridad como una apertura apasionada hacia Dios no significa que no sea una virtud, sino que no sigue el modelo de virtud en el que solemos pensar. Si el amor es una pasión y la caridad es pasión por Dios, entonces, como virtud, su función es abrirnos más confiadamente a Dios. Si una pasión supone la posibilidad de ser dependiente de algo externo a uno mismo, la caridad es la virtud por la que nos hacemos vulnerables para Dios. La caridad es una actividad, pero su actividad como virtud es, en esencia, la apertura. En el capítulo IV ya se apuntaba esta idea cuando hablábamos de lo que implica tener amistad con Dios. La caridad es la virtud de la amistad con Dios, pero solo es posible cuando nos asemejamos lo suficiente a Dios en la bondad como para ser `otro yo' para Él. Pues bien, para que esto suceda, debemos practicar una extraordinaria receptividad hacia Dios. En otras palabras, la caridad tiene su principio en la pasión por Dios, ya que solamente por medio de una voluntad continua de «sufrirle» totalmente podemos alcanzar la semejanza necesaria para hablar de Él como amigo. Condicionada la caridad por este deseo apasionado de Dios, el Aquinate demuestra que es la misma caridad la que debe cambiarnos antes de poder plenificarnos. Para Tomás las virtudes están ancladas en el amor entendido como una pasión, así que cuanto más crecemos en las virtudes más dependemos de ese amor. La actividad de las virtudes no nos vuelva más independientes ni autosuficientes sino que nos vincula más a Dios. Este análisis de la pasión del amor hace que el Aquinate tenga un concepto diferente de las virtudes. Sí, su ética es una «ética de la virtud», pero entendida de un modo particular. Hay una paradoja implícita en lo que expone el Aquinate sobre las virtudes que solamente se percibe cuando se reconoce su conexión con las pasiones. El error de tantos estudios sobre la teología moral del Aquinate es que no han logrado apreciar la relación entre su análisis de las pasiones y los afectos, por un lado, y su teoría de las virtudes, por otro. No podemos comprender rectamente lo que entiende el Aquinate por virtud hasta que lo vemos a la luz del amor del que surge. Por tanto, para comprender el significado de virtud, especialmente de aquellas que nacen del amor de caridad, no las podemos separar de las pasiones y los afectos, puesto que es la propia pasión del amor la que les da forma y sentido. Para el Aquinate, las virtudes son principalmente estrategias del amor, obras del amor, porque cada una de ellas expresa de un modo peculiar el amor originario de la acción. Tomás nunca considera las virtudes por sí mismas, sino siempre en relación con las pasiones de donde proceden y de las que reciben su significado. Las virtudes están ancladas en el amor entendido como una pasión, así que cuanto más crecemos en las virtudes tanto más dependemos de ese amor. 11 La paradoja mencionada es que, a través de la actividad de las virtudes nacidas de la caridad, no nos volvemos más independientes ni autosuficientes, sino que, al contrario, nos vemos más vinculados a Dios. Crecer en las virtudes de la caridad es crecer en la dependencia divina, permitir que Dios actúe cada vez más en nosotros. La paradoja es que, cuanto más numerosos son nuestros actos de caridad, tanto más crece la acción de Dios en nuestra vida. La paradoja es que, cuanto más fuertes somos en las virtudes de la caridad, tanto más indefensos somos ante Dios. Este es el giro imprevisto que nos descubre Tomás en su concepto sobre las virtudes y del que solo nos damos cuenta cuando constatamos la conexión entre las virtudes y el amor que las conforma. Cuanto más crece la caridad en nosotros, tanto más difícil es resistir a Dios, porque un amor apasionado a Él nos lleva a «padecer» más plenamente su amor. Crecer en caridad supone abandonar los modos de resistir a Dios, e ir ampliando las posibilidades de recepción. Las virtudes nos perfeccionan porque, cuando amamos, nos dejamos transformar; cuando padecemos el amor de Dios somos curados al recibir el amor que nos redime. A las personas educadas en el concepto de virtud entendida como una acción que nos perfecciona, la visión de Tomás les parecerá una locura, pero es una conclusión inevitable si consideramos la conexión entre las virtudes y el amor y comprendemos lo que significa entender el amor como pasión. Esto no significa negar que las virtudes nos perfeccionan, simplemente queremos afirmar que nos perfeccionan en un sentido distinto. Nos perfeccionan porque, cuando amamos, nos dejamos transformar; porque, cuando sufrimos o padecemos el amor de Dios, somos curados; porque, cuanto más actuamos hacia Dios por las virtudes, tanto más recibimos el amor que nos redime. Al integrar la pasión por Dios, cualquier virtud informada por la caridad es un modo de transformarnos por medio del amor que nos hace amigos de Dios. Por qué la caridad nos hace divinos pp. 164-166 Dado que el amor es una pasión, cuando amamos estamos conformándonos con nuestro amado. Amar es dejarse recrear por la bondad. En el caso de la caridad somos recreados por la bondad divina. El cambio es impresionante. Padecer algo es recibirlo, es hacer nuestro algo que no teníamos antes. Como nos dice el Aquinate, crecemos en la bondad de Dios. Lo que ocurre cuando intentamos amar a Dios como a un amigo es que asumimos su hermosura a través de la apertura apasionada de la caridad. Así nos transformamos en lo que amamos: dado que el amor es una pasión, cuando amamos estamos conformándonos con nuestro amado. El amor siempre nos cambia en virtud del amado. Cuando amamos, nos hacemos vulnerables al otro. El amor es la más radical de las vulnerabilidades porque nos abre al otro y de tal manera, que permitimos «padecer» nosotros mismos aquello que hace al otro diferente. En el caso de Dios nos referimos a su bondad. Al estar enamorados nos definimos no por nuestro ser, sino en referencia a aquel que amamos. Amar es ser determinado por el amado, recibirle plenamente en nuestro ser. El amor es entrega, una rendición integral a la bondad del amado. Amar es dejarnos recrear por esa bondad. Esta es nuestra conversión, nuestra transfiguración, pero queda fuera de nuestro control en cuanto que el que dirige el cambio es aquel que amamos. Lo que ocurre en el caso de la caridad por ser una apertura apasionada a Dios es que somos recreados según la bondad divina. La caridad, por eso, es también una conversión porque amar a Dios es perder un modo de ser, y adquirir otro es ser conformado por la bondad divina. Amar a Dios nos inquieta porque tener caridad implica centrarse en Dios: ceder el control y perder el gobierno de nuestro ser; dejar que Dios dirija nuestra vida por sus criterios. Amar es dejar que el otro te posea y así encontramos nuestra identidad. Por todo esto, la caridad nos seduce por su belleza, pero también nos inquieta. Amar a Dios según la caridad significa que cedemos parte de nuestro control justo en el punto más clave porque supone perder el gobierno de nuestro ser. Tener caridad implica centrarse en Dios, 12 no solamente en cuanto que Él deba ser el primero de nuestros afectos, sino más bien porque Dios llega a ser el único por el que tiene sentido todo lo demás en la vida. Amar a Dios por la caridad es dejarle que dirija nuestra vida por sus criterios asombrosos, es rendirse hasta que pueda ir influyendo en nosotros. Dijimos anteriormente que no podemos escapar a la influencia de lo que amamos, y esta es la razón. Amar es dejar que el otro te posea, pero con la paradoja de que es la persona gracias a la cual encuentras tu identidad. Amar a Dios por caridad es ser hecho por Dios, es confiarnos al poder de una bondad que no podemos controlar. Por ello, estar decididos a amar es estar dispuestos a morir. La muerte es un requisito del amor. Todo esto nos conduce a decir que, si estamos decididos a amar, hemos de estar dispuestos a morir. La muerte es un requisito del amor, por lo menos la muerte a un autocontrol excesivo, a una autocomplacencia insana. Para amar es necesaria la muerte de una parte de nosotros. Tenemos que morir en el sentido de entregar el control de nuestras vidas y rendirnos finalmente a la bondad de otro. Es necesario morir para amar, ya que amar es ser poseído por la bondad de otro, y la caridad es ser poseído por la Bondad Divina. Para amar, tal como explica el Evangelio, tenemos que deshacernos del hombre viejo y confiar en el nuevo ser conformado por la bondad de Dios. Conclusión/resumen de este capítulo p. 166 En este capítulo hemos avanzado mucho. Hemos mostrado el papel que juegan las pasiones y los afectos en la vida moral. Hemos visto lo importantes que son nuestros sentimientos para el Aquinate y cómo ves en ellos la posibilidad de crecer en la bondad. Nos hemos definido como criaturas de apetitos hambrientas de todos los bienes que nos faltan y con la necesidad de llenarnos. Hemos visto que el amor nos abre para ser conformados, cambiados, bendecidos, y enriquecidos por la acción de un bien mayor en nosotros. Puede ser otra persona, una obra de arte o un paraje natural, pero también puede ser Dios. La estrategia de la teología moral del Aquinate es hacernos flexibles a la amable influencia de Dios, ya que, cuando padecemos este amor, la bondad y la misericordia de Dios nos cura para darnos de su plenitud. Esto no es fácil. Puede que tengamos un profundo deseo de acoger a Dios en nuestras vidas, o quizá lo que más deseamos es la amistad y la unión con Dios, pero muchas cosas nos disuaden. La vida moral empieza en el amor y continúa en el gozo, pero a menudo la adversidad la interrumpe, y la rutina de la vida cotidiana nos desgasta. Igual que Stephen Dedalus en el libro de James Joyce Un retrato del artista como un joven, «nos cansamos de nuestros ardientes caminos». A veces interviene una tragedia que nos turba, en ocasiones la mala fortuna es tal que nuestro deseo de ser buenos casi se apaga completamente. Otras veces, simplemente nos cansamos de la rutina y de la presión de nuestras responsabilidades y entonces, más que ser buenos, deseamos huir. Esto forma parte de nuestra experiencia moral y Tomás se emplea a fondo en esta cuestión. Para ver de qué forma lo hace, debemos investigar con profundidad su análisis de las emociones y las diferentes funciones que tienen en su esquema de la vida moral. Este es el tema del capítulo VI. www.parroquiasantamonica.com

Existen realmente unos derechos humanos universales, enraizados en la naturaleza de la persona, en los cuales se reflejan las exigencias objetivas e imprescindibles de una ley moral universal. Lejos de ser afirmaciones abstractas, estos derechos nos dicen más bien algo importante sobre la vida concreta de cada hombre y de cada grupo social. Nos recuerdan también que no vivimos en un mundo irracional o sin sentido.



1 Existen realmente unos derechos humanos universales, enraizados en la naturaleza de la persona, en los cuales se reflejan las exigencias objetivas e imprescindibles de una ley moral universal. Lejos de ser afirmaciones abstractas, estos derechos nos dicen más bien algo importante sobre la vida concreta de cada hombre y de cada grupo social. Nos recuerdan también que no vivimos en un mundo irracional o sin sentido. Cfr. Conferencia del Cardenal Tarcisio Bertone, Secretario de Estado, en el LX Aniversario de la Declaración de los Derechos Humanos: “Los derechos humanos en el Magisterio de Benedicto XVI”. Madrid, 5 de febrero de 2009 EXISTEN REALMENTE UNOS DERECHOS HUMANOS UNIVERSALES, ENRAIZADOS EN LA NATURALEZA DE LA PERSONA, EN LOS CUALES SE REFLEJAN LAS EXIGENCIAS OBJETIVAS E IMPRESCINDIBLES DE UNA LEY MORAL UNIVERSAL. LEJOS DE SER AFIRMACIONES ABSTRACTAS, ESTOS DERECHOS NOS DICEN MÁS BIEN ALGO IMPORTANTE SOBRE LA VIDA CONCRETA DE CADA HOMBRE Y DE CADA GRUPO SOCIAL. NOS RECUERDAN TAMBIÉN QUE NO VIVIMOS EN UN MUNDO IRRACIONAL O SIN SENTIDO. ...................................................................................................................................................................................... 1 Cfr. Conferencia del Cardenal Tarcisio Bertone, Secretario de Estado, en el LX Aniversario de la Declaración de los Derechos Humanos: “Los derechos humanos en el Magisterio de Benedicto XVI”. ..................................... 1 Importancia del reconocimiento y de la tutela de los derechos fundamentales de la persona humana y compromiso de los católicos con la defensa y promoción de los Derechos Humanos. ............................................. 1 1. Aportaciones del cristianismo y de la doctrina social de la Iglesia ....................................................................... 2 2. La Declaración Universal de los Derechos Humanos ............................................................................................ 2 3. Ley natural ............................................................................................................................................................... 3 4. Dignidad del hombre ............................................................................................................................................... 3 5. Universalidad, indivisibilidad y protección ............................................................................................................ 3 6. Derecho que se reconocen ....................................................................................................................................... 4 7. Derecho a la vida ..................................................................................................................................................... 4 8. Familia y educación ................................................................................................................................................. 5 9. Libertad religiosa. Relaciones con la Comunidad Política .................................................................................... 5 10. Conclusiones .......................................................................................................................................................... 7 Eminencias, Altezas Reales, Excelencias, Apreciados Invitados, Señoras y Señores. Importancia del reconocimiento y de la tutela de los derechos fundamentales de la persona humana y compromiso de los católicos con la defensa y promoción de los Derechos Humanos. Agradezco la invitación que me han hecho a participar en este acto que conmemora el 60 Aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, aprobada por las Naciones Unidas el 10 de diciembre de 1948, y que debe considerarse un momento de importancia fundamental en la maduración de la conciencia moral de la humanidad, en consonancia con la dignidad de la persona. Se trata de poner de relieve, una vez más, la importancia que la Santa Sede atribuye al reconocimiento y a la tutela de los derechos fundamentales de la persona humana y resaltar el compromiso de los católicos con la defensa y promoción de los Derechos Humanos. Soy portador de un cordial saludo y bendición a todos Ustedes de Su Santidad el Papa Benedicto XVI, que me consta espera con ilusión la celebración en España de la Jornada Mundial de la Juventud, que tendrá lugar en Madrid en agosto de 2011. El Santo Padre les anima a preparar con entusiasmo tan magno evento, de gran importancia para todos los jóvenes del mundo. Quiero expresar mi gratitud al Cardenal Antonio M Rouco Varela y a la Conferencia Episcopal Española, por la organización de este significativo acto, que me ofrece, además, la oportunidad de visitar nuevamente España. La Iglesia ha tomado muy en serio la cuestión de los derechos humanos. El deseo de paz, la búsqueda de la justicia, el respeto de la dignidad de la persona, la cooperación y la asistencia humanitaria, expresan las justas aspiraciones del espíritu humano. En este sentido, todavía resuena en nosotros el eco de las palabras que el Papa Benedicto XVI dirigió a la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas, el pasado 18 de abril, cuando señalaba que la Declaración Universal “fue el resultado de una convergencia de tradiciones religiosas y culturales, todas ellas motivadas por el deseo común de poner a la persona humana en el corazón de las instituciones, leyes y actuaciones de la sociedad, y de considerar al hombre esencial para el mundo de la cultura, de la religión y de la ciencia”. 2 1. Aportaciones del cristianismo y de la doctrina social de la Iglesia Los Derechos Humanos nacen de la cultura europea occidental, de indudable matriz cristiana. No es casualidad. El cristianismo heredó del judaísmo la convicción, plasmada en la primera página de la Biblia, de que el ser humano es imagen de Dios. Por ello, la Iglesia ha dado su propia contribución, tanto con la reflexión sobre los Derechos Humanos a la luz de la Palabra de Dios y de la razón humana, como con su compromiso de anuncio y de denuncia, que la ha convertido en una defensora infatigable de la dignidad del hombre y de sus derechos, también en estos sesenta años que nos separan de la Declaración de 1948. Los Sumos Pontífices han expresado en numerosas ocasiones el aprecio de la Iglesia católica por el gran valor de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Pablo VI, en su visita a las Naciones Unidas, el 4 de octubre de 1965, después de mostrar su convencimiento de que “la ONU representa el camino obligado de la civilización moderna y de la paz mundial”, se expresaba así frente a los Representantes de las Naciones: “Lo que vosotros proclamáis aquí son los derechos y los deberes fundamentales del hombre, su dignidad y libertad y, ante todo, la libertad religiosa”. Juan Pablo II se dirigió en dos ocasiones a la Asamblea General de las Naciones Unidas. En la primera, el 2 de octubre de 1979, a propósito de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, afirmó que este documento “es una piedra miliar en el largo y difícil camino del género humano”. En su segunda visita, el 5 de octubre de 1995, Juan Pablo II, recordó que: “existen realmente unos derechos humanos universales, enraizados en la naturaleza de la persona, en los cuales se reflejan las exigencias objetivas e imprescindibles de una ley moral universal. Lejos de ser afirmaciones abstractas, estos derechos nos dicen más bien algo importante sobre la vida concreta de cada hombre y de cada grupo social. Nos recuerdan también que no vivimos en un mundo irracional o sin sentido, sino que, por el contrario, hay una lógica moral que ilumina la existencia humana y hace posible el diálogo entre los hombres y entre los pueblos”. El Santo Padre Benedicto XVI[1], dirigiéndose a la Asamblea General de las Naciones Unidas, recordando expresamente el 60° Aniversario de la Declaración Universal, tras señalar que “tiene el mérito de haber permitido confluir en un núcleo fundamental de valores y, por tanto, de derechos, a diferentes culturas, expresiones jurídicas y modelos institucionales”, nos recuerda que “los derechos humanos son presentados cada vez más como el lenguaje común y el sustrato ético de las relaciones internacionales. Al mismo tiempo, la universalidad, la indivisibilidad y la interdependencia de los derechos humanos sirven como garantía para la salvaguardia de la dignidad humana. Sin embargo, es evidente que los derechos reconocidos y enunciados en la Declaración se aplican a cada uno en virtud del origen común de la persona, la cual sigue siendo el punto más alto del designio creador de Dios para el mundo y la historia. Estos derechos se basan en la ley natural inscrita en el corazón del hombre y presente en las diferentes culturas y civilizaciones. Arrancar los derechos humanos de este contexto significaría restringir su ámbito y ceder a una concepción relativista, según la cual el sentido y la interpretación de los derechos podrían variar, negando su universalidad en nombre de los diferentes contextos culturales, políticos, sociales e incluso religiosos”. La Iglesia Católica, que “en virtud del Evangelio que se le ha confiado, proclama los derechos del hombre y reconoce y estima en mucho el dinamismo de la época actual, que está promoviendo por todas partes tales derechos”[2], ha visto en la Declaración, conforme al Magisterio pontificio, un “signo de los tiempos”, considerándola “un paso importante en el camino hacia la organización jurídico-política de la comunidad mundial.”[3] 2. La Declaración Universal de los Derechos Humanos Las grandes preocupaciones en el mundo tras el final de la segunda guerra mundial, con las gravísimas consecuencias de todos conocidas, supusieron un punto de inflexión en la conciencia de las Naciones y en nuestra historia reciente. Su fruto se materializó en San Francisco (Estados Unidos), con la firma de la Carta de la Organización de las Naciones Unidas, el 5 de agosto de 1945, que formuló el principio de una promoción o protección internacional de los derechos humanos y las libertades fundamentales. Tres años más tarde, el 10 de diciembre de 1948, fruto de un intenso trabajo, propiciado por las circunstancias y los desastres a que la guerra había llevado a los pueblos europeos del siglo XX, se aprobó la Declaración Universal, con el respaldo de la inmensa mayoría de los 58 países que entonces configuraban este Organismo internacional. Todo hombre vive de un entramado de sueños y realidades. Todos aspiran hoy a una vida donde reine la paz y la justicia. Cuando defienden un derecho no mendigan un favor, reclaman lo que les es debido por el solo hecho de ser hombre. Por eso se llaman derechos naturales, innatos, inviolables e inalienables, valores inscritos en el ser humano. Por esta significación profunda y por su radicación en el ser humano, los derechos humanos son anteriores y superiores a todos los derechos positivos. De aquí que el poder público quede sometido, a su vez, al orden moral, en el cual se insertan los derechos del hombre. 3 Esta Declaración representa la expresión escrita de las bases en que se fundamenta el Derecho de las naciones, las leyes de la humanidad y los dictados de la conciencia pública adaptados al espíritu del Tercer milenio. Los problemas han dejado de ser nacionales y las soluciones justas han de esperarse también internacionalizadas. Todo esto supone un progreso de la humanidad y, en tal sentido, la Declaración se ha convertido en un referente universal de justicia a escala planetaria. En el acto organizado por el Pontificio Consejo “Justicia y Paz” en el 600 Aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, el Santo Padre Benedicto XVI[4], después de recordar que este documento “constituye aún hoy un altísimo punto de referencia del diálogo intercultural sobre la libertad y los derechos humanos”, insistió que, “en última instancia, los derechos humanos están fundados en Dios Creador, el cual dio a cada uno la inteligencia y la libertad. Si se prescinde de esta sólida base étíca, los derechos humanos son frágiles porque carecen de fundamento sólido”. La celebración del 60° Aniversario de la Declaración constituye, por consiguiente, una ocasión para verificar en qué medida los ideales aceptados por la mayor parte de la comunidad de las Naciones de 1948, son respetados hoy en las diversas legislaciones nacionales y, más aún, en la conciencia de los individuos y de las colectividades. 3. Ley natural Cuando el Magisterio de la Iglesia habla de los derechos humanos no se olvida de fundarlos en Dios, fuente y garantía de todos los derechos, ni tampoco se olvida de enraizarlos en la ley natural. La fuente de los derechos no es nunca un consenso humano, por notable que sea. Benedicto XVI, en el Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2007, enseña que “El reconocimiento y el respeto de la ley natural son también hoy la gran base para el diálogo entre los creyentes de las diversas religiones, así como entre los creyentes e incluso los no creyentes”. La ley natural interpela nuestra razón y nuestra libertad, porque ella misma es fruto de verdad y de libertad: la verdad y la libertad de Dios. La sociedad tiene necesidad de reglas acordes con la naturaleza humana, pero también tiene necesidad de relaciones fraternas. No bastaría una interpretación positivista que redujera la justicia a legalidad, y entendiera así los derechos humanos como resultado exclusivo de medidas legislativas. Benedicto XVI insistió en esta misma idea en el acto organizado por el Pontificio Consejo “Justicia y Paz”, al que nos hemos referido con anterioridad, señalando que “la ley natural, inscrita por Dios en la conciencia humana, es un común denominador a todos los hombres y a todos los pueblos; es una guía universal que todos pueden conocer. Sobre esa base todos pueden entenderse”. 4. Dignidad del hombre El Concilio Vaticano II lo afirma reiteradas veces: “El hombre tiene hoy una conciencia cada vez mayor de la dignidad de la persona humana.”[5] Los derechos humanos se presentan hoy día como una de las vías de acceso a la dignidad de la persona, y como cauce necesario para su promoción en la sociedad y la instauración de la justicia y la paz en todos los niveles. La dignidad humana es como la piedra angular de todo el edificio de la Declaración Universal, que comienza con estas palabras: “El reconocimiento de la dignidad inherente a todos los miembros de la familia humana y de sus derechos iguales e inalienables constituye el fundamento de la libertad, de la justicia y de la paz en el mundo”. Libertad, justicia y paz eran los tres grandes valores humanos que había que recuperar de una vez para siempre. En el párrafo quinto del Preámbulo, se pone de manifiesto que “en la Carta, los pueblos de las Naciones Unidas han proclamado de nuevo su fe en los derechos fundamentales del hombre, en la dignidad y el valor de la persona humana, en la igualdad de derechos de los hombres y de las mujeres, y se han declarado resueltos a favorecer el progreso social y a instaurar mejores condiciones de vida dentro de una libertad mayor”. La Iglesia, siguiendo los dictámenes de su propia doctrina social, argumentada a partir de lo que es conforme a la naturaleza de todo ser humano, “siente que tiene el deber —en palabras de Benedicto XVI— de despertar en la sociedad las fuerzas morales y espirituales, contribuyendo a abrir las voluntades a las exigencias auténticas del bien”. 5. Universalidad, indivisibilidad y protección Contra las predicciones de los escépticos, esta Declaración, que no era obligatoria, enseguida demostró su fuerza moral. Se convirtió en la principal inspiración del movimiento a favor de los derechos humanos en todos los países, y sigue siendo el punto de referencia más importante para debates sobre derechos humanos a nivel internacional. El actual Romano Pontífice, en perfecta continuidad con el pensamiento de su predecesor, subraya que los derechos humanos son universales, se aplican a todos en virtud del origen común de la persona. En realidad, la nota de universalidad es una consecuencia ínsita en el propio concepto de derechos humanos: si los derechos humanos son aquellos que se atribuyen al hombre por el mero hecho de serlo, resulta evidente que han de ser 4 reconocidos a todos los que reúnan esta condición (cfr. Preámbulo Declaración Universal y arts. 2 y 6). El reconocimiento de la universalidad pertenece, pues, al núcleo mismo de la doctrina sobre los derechos humanos. El Santo Padre Benedicto XVI pone su énfasis en la indivisibilidad, que constituye una nota esencial de los derechos humanos, al mismo nivel que la universalidad. Y lo explica con una frase que encierra un profundo contenido: “La Declaración fue adoptada como un ‘ideal común’ (preámbulo) y no puede ser aplicada por partes separadas, según tendencias u opciones selectivas que corren simplemente el riesgo de contradecir la unidad de la persona humana y, por tanto, la indivisibilidad de los derechos humanos.”[6] El Santo Padre pone de relieve, en primer lugar, la responsabilidad que incumbe al Estado: todo Estado tiene el deber primario de proteger a la propia población frente a las violaciones de los derechos humanos. Es decir, le incumbe un papel activo en la defensa y protección de los derechos, hasta el punto de que esta es su misión esencial. Y si el Estado fracasa en el ejercicio de esa responsabilidad, ésta ha de ser asumida por la comunidad internacional: “Si los Estados no son capaces de garantizar esa protección, la comunidad internacional ha de intervenir con los medios jurídicos previstos por la Carta de las Naciones Unidas y por otros instrumentos internacionales”. Por tanto, “los derechos humanos han de ser respetados corno expresión de justicia, y no simplemente porque pueden hacerse respetar mediante la voluntad de los legisladores”. 6. Derecho que se reconocen En nuestros días, hay un proceso continuo y radical de redefinir los derechos humanos individuales en temas muy sensibles y esenciales, como la familia, los derechos del niño y de la mujer, etc. Debemos insistir en que los derechos humanos están “por encima” de la política y también por encima del “Estado-nación”. Son verdaderamente supranacionales. Ninguna minoría ni mayoría política puede cambiar los derechos de quienes son más vulnerables en nuestra sociedad o los derechos humanos inherentes a toda persona humana. Como enseña el Concilio Vaticano II, “la verdad no se impone de otra manera que por la fuerza de la misma verdad.”[7] La protección jurídica de los derechos humanos debe ser así una prioridad para cada Estado. Con palabras de Benedicto XVI: “La justicia es el objeto y, por tanto, también la medida de toda política. La política es más que una simple técnica para determinar los ordenamientos públicos: su origen y su meta están precisamente en la justicia, y ésta es de naturaleza ética.”[8] Nos recuerda el Papa, así, que no puede existir un orden social o estatal justo si no respeta la justicia, y la justicia sólo puede alcanzarse con un previo respeto a los Derechos Humanos y a la dignidad natural de cada hombre, de cada persona humana, con independencia de la fase de su vida en que se encuentre. 7. Derecho a la vida La dignidad del ser humano, el tema clave de toda la doctrina social de la Iglesia, implica, entre otras cosas, el respeto a la vida desde su concepción hasta su ocaso natural. El cristiano debe amar y desear la vida, como camino hacia Dios. Benedicto XVI, en la Jornada por la Vida de la Conferencia Episcopal Italiana[9], recordaba que “La vida, que es obra de Dios, no debe negarse a nadie, ni siquiera al más pequeño e indefenso y mucho menos si presenta graves discapacidades”. Por lo mismo, no podemos “caer en el engaño de pensar que se puede disponer de la vida hasta legitimar su interrupción, enmascarándola quizá con un velo de piedad humana. Por tanto, es necesario defenderla, tutelarla y valorarla en su carácter único e irrepetible”. En el derecho a la vida nos encontramos frente a un panorama completamente nuevo con respecto a la época en que se aprobó la Declaración Universal, sobre todo a causa del desarrollo de las ciencias y de las tecnologías, con numerosos instrumentos técnicos para decidir sobre la vida y sobre la muerte. Se plantea la necesidad de recuperar el sentido pleno de la acogida de la vida. Benedicto XVI, en su visita a las Naciones Unidas,[10] se refirió a los avances científicos y sus límites: “No obstante los enormes beneficios que la humanidad puede recabar de los descubrimientos de la investigación científica y tecnológica, algunos aspectos de dicha aplicación representan una clara violación del orden de la creación, hasta el punto en que no solamente se contradice el carácter sagrado de la vida, sino que la persona humana misma y la familia se ven despojadas de su identidad natural”. En este sentido, habría que recordar, junto a tantos investigadores y científicos, que las nuevas fronteras de la bioética no imponen una elección entre la ciencia y la moral, sino que más bien exigen un uso moral de la ciencia. En otro contexto, el Santo Padre ha recordado que la libertad “no puede ser invocada para justificar ciertos excesos”, que podrían llevar a “una regresión en el concepto de ser humano,”[11] especialmente en cuestiones como la vida y la familia. El Papa, después de deplorar, una vez más, los continuos ataques perpetrados en todos los continentes contra la vida humana, mostró su convencimiento de que “una cultura de la vida”, especialmente en cuanto a la defensa de la vida y de la familia, “podría revitalizar de nuevo el conjunto de la existencia personal y social”. 5 8. Familia y educación La familia es una institución a tutelar por el Estado. En la mayor parte de los Pactos y Convenciones internacionales se reconoce el derecho de la familia a ser protegida por la sociedad y por el Estado (Declaración Universal, art. 16.3). “La familia se configura como la célula primaria y vital de la sociedad de quien dependen su salud y su fortaleza. Es lógico que la sociedad sea la primera interesada en desarrollar una cultura que la tenga como cimiento seguro, como el primer y más importante camino común del hombre, ya que éste viene al mundo en el seno familiar y, consecuentemente, a él le debe su propio existir como ser humano.”[12] Nunca podrá olvidarse que la familia es la fuente fecunda de la vida, el presupuesto primordial e irreniplazahie de la felicidad individual de los esposos, de la formación de los hijos y del bienestar social, así como de la misma prosperidad material de la nación. La Iglesia proclama que la vida familiar está fundada sobre el matrimonio de un hombre y una mujer, unidos por un vínculo indisoluble, libremente contraído, abierto a la vida humana en todas sus etapas, lugar de encuentro entre generaciones y de crecimiento en sabiduría humana. En la familia, afirmaba el Papa al conmemorar el XX aniversario de la Carta Apostólica “Mulieris dignitatem,”[13] “la mujer y el hombre, gracias al don de la maternidad y de la paternidad, desempeñan juntos un papel insustituible con respeto a la vida. Desde su concepción, los hijos tienen el derecho de poder contar con el padre y con la madre, que los cuiden y los acompañen en su crecimiento. Por su parte, el Estado debe apoyar con adecuadas políticas sociales todo lo que promueve la estabilidad y la unidad del matrimonio, la dignidad y la responsabilidad de los esposos, su derecho y su tarea insustituible de educadores de los hijos”. Se han de adoptar, también, medidas legislativas y administrativas que sostengan a las familias en sus derechos inalienables, necesarios para llevar adelante su extraordinaria misión. Con relación a la igual dignidad y responsabilidad de la mujer respecto al hombre, el Santo Padre, recordó que aún persiste una mentalidad que ignora la novedad del cristianismo: “Hay lugares y culturas donde la mujer es discriminada o subestimada por el solo hecho de ser mujer, donde se recurre incluso a argumentos religiosos y a presiones familiares, sociales y culturales para sostener la desigualdad de sexos, donde se perpetran actos de violencia contra la mujer, convirtiéndola en objeto de maltratos y de explotación en la publicidad y en la industria del consumo y de la diversión. Ante fenómenos tan graves y persistentes, es más urgente aún el compromiso de los cristianos de hacerse por doquier promotores de una cultura que reconozca a la mujer, en el derecho y en la realidad de los hechos, la dignidad que le compete”.[14] La familia es la verdadera escuela de humanidad y de valores perennes, lugar primario en la educación de la persona. En este sentido, se ha de remarcar que es a la familia, y más concretamente, a los padres, a quienes compete por derecho natural la primera tarea educativa, y a los que se debe respetar el derecho a elegir la educación para sus hijos acorde con sus ideas y, en especial, según sus convicciones religiosas. Sobre el particular y, en concreto, sobre la enseñanza religiosa en la escuela, Benedicto XVI ha destacado que es “un derecho inalienable de los padres asegurar la educación moral y religiosa de sus hijos”. La enseñanza confesional de la religión en los centros públicos resulta acorde con el principio de laicidad, porque no supone adhesión ni, por tanto, identificación del Estado con los dogmas y la moral que integran el contenido de esta materia. Asimismo, este tipo de enseñanza no es contraria al derecho de libertad religiosa de los alumnos y de sus padres, debido a su carácter voluntario. 9. Libertad religiosa. Relaciones con la Comunidad Política El respeto inexcusable hacia la dignidad humana implica la defensa y la promoción de los derechos del hombre, y exige el reconocimiento de la dimensión religiosa del mismo. La libertad religiosa (Declaración, art. 18), como derecho primario e inalienable de la persona, es el sustento de las demás libertades, su razón de ser. La libertad religiosa traspasa el horizonte que trata de limitarla a una parcela íntima, a una mera libertad de culto o a una educación inspirada en valores cristianos, para solicitar al ámbito civil y social, libertad para que las confesiones religiosas puedan ejercer su misión. Asimismo resulta básico comprender la libertad religiosa como la condición primera e indispensable para la paz. Son piedras angulares del edificio de los derechos humanos, elementos básicos del bien común y de la solidaridad. La paz hunde sus raíces en la libertad y en la apertura a la verdad. El Estado democrático no es neutral respecto a la libertad religiosa misma, sino que, al igual que respecto a las demás libertades públicas, ha de reconocerla y crear las condiciones para su efectivo y pleno ejercicio por parte de todos los ciudadanos. Y justamente, en virtud de este respeto y apuesta positiva por la libertad religiosa, ha de ser, en cambio, absolutamente neutral respecto de todas las diversas particulares opciones que ante lo religioso los ciudadanos adopten en uso de esa libertad. Querer imponer, como pretende el laicismo, una fe o una religiosidad estrictamente privada es buscar una caricatura de lo que es el hecho religioso. Y es, por supuesto, una 6 injerencia en los derechos de las personas a vivir sus convicciones religiosas como deseen o como éstas se lo demanden. Recordaba Benedicto XVI[15] a los participantes en el 56° Congreso Nacional de Juristas Italianos, que “no es expresión de laicidad, sino su degeneración en laicismo, la hostilidad contra cualquier forma de relevancia política y cultural de la religión; en particular, contra la presencia de todo símbolo religioso en las instituciones públicas”. Tampoco es signo de “sana laicidad”, “negar a la comunidad cristiana, y a quienes la representan legítimamente, el derecho de pronunciarse sobre los problemas morales que hoy interpelan la conciencia de todos los seres humanos, en particular de los legisladores y juristas. En efecto, no se trata de injerencia indebida de la Iglesia en la actividad legislativa, propia y exclusiva del Estado, sino de la afirmación y defensa de los grandes valores que dan sentido a la vida de la persona y salvaguardan su dignidad. Estos valores, antes de ser cristianos, son humanos, por eso ante ellos no puede quedar indiferente y silenciosa la Iglesia, que tiene el deber de proclamar con firmeza la verdad sobre el hombre y sobre su destino”. En definitiva, se trata de mostrar que sin Dios el hombre está perdido, que excluir la religión de la vida social, en particular la marginación del cristianismo, socava las bases mismas de la convivencia humana, pues antes de ser de orden social y político, estas bases son de orden moral. La Iglesia se muestra respetuosa ante la justa autonomía de las realidades temporales, pero pide la misma actitud con respeto a su misión en el mundo y a las variadas manifestaciones personales y sociales de sus fieles, artífices en gran medida de la solidaridad comunitaria y de una ordenada convivencia. El Estado no puede reivindicar competencias, sean directas o indirectas, sobre las convicciones íntimas de las personas ni tampoco imponer o impedir la práctica pública de la religión sobre todo cuando la libertad religiosa contribuye de forma decisiva a la formación de ciudadanos auténticamente libres. “La Iglesia -en palabras de Benedicto XVI- no reivindica el puesto del Estado. No quiere sustituirle. La Iglesia es una sociedad basada en convicciones, que se sabe responsable de todos y no puede limitarse a sí misma. Habla con libertad y dialoga con la misma libertad con el deseo de alcanzar la libertad común. Gracias a una sana colaboración entre la comunidad política y la Iglesia, realizada con la conciencia y el respeto de la independencia y de la autonomía de cada una en su propio campo, se lleva a cabo un servicio al ser humano con miras a su pleno desarrollo personal y social.”[16] Desgraciadamente, nos dice Benedicto XVI, “la libertad religiosa está lejos de ser asegurada efectivamente por doquier: en algunos casos se la niega por motivos religiosos o ideológicos; otras veces, aunque se la reconoce teóricamente, es obstaculizada de hecho por el poder político o, de manera más solapada, por el predominio cultural del agnosticismo y del relativismo.”[17] El Santo Padre, en su discurso ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, al que ya nos hemos referido varias veces, resaltó que “los derechos humanos deben incluir el derecho a la libertad religiosa, entendido como expresión de una dimensión que es al mismo tiempo individual y comunitaria, una visión que manifiesta la unidad de la persona, aun distinguiendo claramente entre la dimensión de ciudadano y la del creyente”. “Es inconcebible, por tanto, que los creyentes tengan que suprimir una parte de sí mismos —su fe— para ser ciudadanos activos. Nunca debería ser necesario renegar de Dios para poder gozar de los propios derechos”. Por lo demás, continuó el Santo Padre, “no se puede limitar la plena garantía de la libertad religiosa al libre ejercicio del culto, sino que se ha de tener en la debida consideración la dimensión pública de la religión y, por tanto, la posibilidad de que los creyentes contribuyan a la construcción del orden social”. En este sentido, “la Iglesia, sin pretender convertirse en un sujeto político, aspira, con la independencia de su autoridad moral, a cooperar leal y abiertamente con todos los responsables del orden temporal en el noble diseño de lograr una civilización de la justicia, la paz, la reconciliación, la solidaridad, y de aquellas otras pautas que nunca se podrán derogar ni dejar a merced de consensos partidistas, pues están grabadas en el corazón humano y responden a la verdad.”[18] Por ello, siguió explicando el Papa, “la presencia de Dios tanto en la conciencia de cada hombre como en el ámbito público es un apoyo firme para el respeto de los derechos fundamentales de la persona y la edificación de una sociedad cimentada en ellos”. El único objetivo de la Iglesia es servir al hombre, inspirándose, como norma suprema de conducta, en las palabras y en el ejemplo de Jesucristo, que “pasó haciendo el bien y curando a todos” (Hch 10,38). Al concluir esta parte de mi exposición, en la cual he tratado de la relación entre el ordenamiento democrático y la libertad religiosa, es preciso hacer una aclaración. Frecuentemente el principio de igualdad referido a las confesiones religiosas es entendido por algunos como uniformidad de tratamiento jurídico de esas por parte de la ley civil. No es una interpretación correcta: el principio de igualdad, en efecto, se vulnera si se tratan situaciones iguales de modo diverso, pero también si se tratan situaciones diversas de igual manera. El principio de igualdad requiere por tanto que por parte del ordenamiento estatal haya una disciplina jurídica de las confesiones religiosas respetuosa con sus peculiaridades, teniendo también presente el arraigamiento cultural e histórico que cada una tiene en la sociedad. 7 10. Conclusiones Históricamente hablando, el acierto principal de la Declaración Universal consistió en haber afirmado solemnemente ante la entera humanidad que la paz de los pueblos, tras dos terribles guerras mundiales, habría que buscarla basando l cooperación internacional y la construcción de un mundo más fraterno en el respeto incondicional a la dignidad de la persona humana y a sus libertades fundamentales. Los derechos humanos, cuya eficacia debe estar garantizada por brotar inmediatamente de la dignidad de la persona humana, son universales, inviolables e inmutables. En definitiva, la Declaración Universal representa la expresión escrita de las bases en que se fundamenta el Derecho de las naciones, las leyes de la humanidad y los dictados de la conciencia pública adaptados al espíritu del Tercer milenio. Sin duda, se ha recorrido un largo camino, pero queda aún un largo tramo por completar: cientos de millones de hermanos y hermanas nuestros ven cómo están amenazados sus derechos a la vida, a la libertad, a la seguridad; no siempre se respeta la igualdad entre todos ni la dignidad de cada uno, mientras se alzan nuevas barreras por motivos relacionados con la raza, la religión, las opiniones políticas u otras convicciones. Sin embargo, en todos los casos, la comunidad humana también está llamada a ir más allá de la mera justicia, manifestando su solidaridad a los pueblos más pobres, con la preocupación de una mejor distribución de la riqueza, sobre todo en tiempos de grave crisis económica. La experiencia de la historia de la humanidad, y específicamente de la cristiandad, nos lleva a reconocer, con Benedicto XVI, que “el futuro de la humanidad no puede depender del simple compromiso político,”[19] sino que debe ser consecuencia del reconocimiento de la dignidad de la persona humana, hombre y mujer, con el fin de crear las condiciones adecuadas, para una vida realizada en plenitud en la sociedad en la que vive. Por su parte, la Iglesia hace todo los esfuerzos posibles para aportar su contribución al bienestar general, a veces en situaciones dificiles. Su mayor deseo es continuar incansablemente prestando ese servicio al hombre, a todo hombre, sin discriminación alguna. La Iglesia se felicita de la creciente preocupación en el mundo actual por la protección de los Derechos Humanos, que corresponden a cada persona por su misma dignidad natural desde el momento mismo de su concepción en el seno materno hasta su muerte de forma natural. Por ello es necesario salvaguardar la dignidad de la persona humana, propugnar una amplia visión de las relaciones sociales que incluya el diálogo Estado-Iglesia, que refuerce la colaboración con las instituciones civiles para el desarrollo integral de la persona y el derecho a la libertad religiosa, que facilite el libre ejercicio de la misión evangelizadora de la Iglesia y que señale el deber de la sociedad y del Estado de garantizar espacios donde los creyentes puedan vivir y celebrar sus creencias. En este contexto, la Iglesia pide hacia su misión en el mundo, manifestada en variadas formas individuales y comunitarias, la misma actitud de respeto y autonomía que ella muestra hacia las realidades temporales. En cuanto al compromiso de la Iglesia por los derechos humanos puede darse un malentendido: el de concebir a la misma Iglesia como una especie de institución humanitaria. En realidad el compromiso de la Iglesia por los derechos humanos no es un signo de secularización. Esto ya ha sido bien aclarado en los discursos pronunciados por Pablo VI, Juan Pablo II y Benedicto XVI en la ONU, que apenas he recordado. El compromiso de la Iglesia por los derechos humanos tiene razones precisas e inherentes a su propia misión; se inscribe en la solicitud de la Iglesia por el hombre en su dimensión integral. Podríamos decir que el motivo último y fundamental por el cual la Iglesia se interesa por los derechos humanos es de orden ético y religioso. Me complace terminar mi intervención con las mismas palabras de Benedicto XVI, pronunciadas en el Angelus del domingo 7 de diciembre de 2008: “Para las poblaciones agotadas por la miseria y el hambre, para las multitudes de prófugos, para cuantos sufren graves y sistemáticas violaciones de sus derechos, la Iglesia se pone como centinela sobre el monte alto de la fe y anuncia: “Aquí está vuestro Dios. Mirad: Dios, el Señor, llega con fuerza” (Is 40, 11). Muchas gracias. [1] Visita a las Naciones Unidas, 18.4.2008. [2] Concilio Vaticano II, Constitución Goudium et spes, 41. [3] Juan XXIII, Encíclica Pacem in terris, 75 [4] Benedicto XVI, 10.12.2008. [5] Concilio Vaticano II, Constitución Gaudium et spes, parte 1, cap. 1, nrs. 12-22; Declaración Dignitotis humanae, Preámbulo, sobre la Libertad Religiosa. [6] Benedicto XVI, Discurso a la Asamblea General de las Naciones Unidas, 18.4.2008. [7] Concilio Vaticano II, Declaración Dignitatis humanae, 1. [8] Benedicto XVI, Encíclica Deus caritas est, 28. [9] Ib. Discurso de 4.2.2008. [10] Visita a las Naciones Unidas, 18.4.2008. [11] Discurso a la Embajadora de Canadá ante la Santa Sede, 30.10.2008. 8 [12] Juan Pablo II, Carta a las Familias, 2.21.1994, nº 2. [13] Discurso en el XX aniversario de la Carta Apostólica Mulieris dignitatem, 9.2.2008. [14] Ib. [15] Discurso al 56° Congreso Nacional de los Juristas Italianos, 9.12.2006. [16] Discurso a la Conferencia Episcopal Francesa, 14.9.2008. [17] Discurso al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, 9 1.2006. [18] Discurso al Embajador de Argentina ante la Santa Sede, 5.12.2008. [19] Discurso a la Embajadora de los Estados Unidos ante la Santa Sede, 27.2.2008. www.parroquiasantamonica.com
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