jueves, 5 de septiembre de 2019

Instrucciones para llegar a ser discípulo de Jesús: Aprender a odiar: por Santiago Agrelo

Todos serán invitados al banquete del reino, todos serán invitados para que “la casa se llene de comensales”, todos podrán seguir a Jesús en su camino hacia Jerusalén, pero no será sin condiciones, no será de cualquier modo, no será “sin vestido de fiesta”.
Muchos “irán a Jesús”, pero  no por ello llegarán a hacerse “discípulos de Jesús”: “irán” pero no entrarán en la casa; “irán” pero no se sentarán a la mesa del banquete.
Seguimiento, casa y mesa imponen condiciones desconcertantes.
En el llano, antes de comenzar el camino, ya habíamos oído una extraña bienaventuranza: “Dichosos vosotros cuando os odien los hombres y os excluyan y os insulten y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre”.
Y en el mismo lugar escuchamos un no menos extraño mandato: “Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian”.
Ahora escuchamos una condición de seguimiento de Jesús que resulta más sorprendente aún que aquel mandato y aquella bienaventuranza: “Si alguno se viene conmigo y no odia a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío”.
Si el odio al que te odia, mucho más que un obstáculo, era un impedimento para entrar en el reino, lo puede ser también el amor del que te ama. Aquel impedimento se retiraba amando al que te odia. Éste habremos de retirarlo odiando al que te ama.
Y ése podrá ser el más allegado de tu familia, el que va más adentro en tu corazón; ése podrás ser incluso tú mismo, tu alma, tu vida.
Duro, muy duro es este lenguaje. Nada de extraño que a Jesús lo hubiesen abandonado todos. En su momento, cuando se atisba ya la soledad en que va a dejarlo la pasión y la muerte, Jesús preguntará a los Doce: “¿También vosotros queréis marcharos?” En aquella ocasión, Simón Pedro contestará: “Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna”.
Pero llegado el momento de la cruz, todos desaparecerán.
Nada quiero añadir a lo que Jesús ha dicho, pero tampoco nada puedo quitar.
Sólo haré memoria de un ejemplo de radicalidad en el odio, memoria de un odio total que a nosotros nos trajo la salvación: “Cristo Jesús se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte y una muerte de cruz”.
Por el camino quedaron –odiados- el cielo y la condición divina, y, en la tierra, padre y madre, hermanos y hermanas… y hasta la propia vida.
Y nosotros hoy, no sólo escuchamos su palabra que nos sacude, sino que comulgamos con el que a sí mismo se odió por salvarnos.
El que quiera seguir a Jesús, de Jesús habrá de aprender a odiar.

domingo, 1 de septiembre de 2019

Domingo 22 del tiempo ordinario, Ciclo C (2019). La humildad. La verdadera naturaleza de la humildad es el olvido de sí mismo.


   

[Chiesa/Omelie1/22C19HumildadImitaciónJesucristoServicioPrójimo]

Ø Domingo 22 del tiempo ordinario, Ciclo C (2019). La humildad. La verdadera naturaleza de la humildad es el olvido de sí mismo. La enseñanza de Jesús sobre el puesto a ocupar cuando somos invitados a una boda, trasciende el ámbito de las buenas maneras en el comportamiento; no es sólo una norma de urbanidad o una astucia, sino que es una invitación a imitarle y una regla para entrar en el Reino de Jesucristo. El mensaje tiene como raíz la imitación de Cristo, el cual «ha venido no para ser servido sino para servir y dar la propia vida como rescate por todos». La humildad y el espíritu de servicio: fundamentalmente consiste en aceptar los dones que Dios nos da y ponerlos al servicio de los demás, de la sociedad. La humildad tiene un fuerte impacto en la vida social y es una virtud apreciada también hoy día por los hombres.




v  Cfr. 22 tiempo ordinario Ciclo C.  1 de septiembre de  2019 


Eclesiástico 3, 19-21.30-31; Hebreos 12, 18-19.22-24a; Lucas 14,1.7-14



Lucas 14, 1.7-14: 1 Un sábado, entró él a comer en casa de uno de los principales de los fariseos y ellos les estaban observando.  7 Notando cómo los invitados elegían los primeros puestos, les dijo una parábola: 8 «Cuando seas convidado por alguien a una boda, no te pongas en el primer puesto, no sea que haya sido convidado por él otro más distinguido que tú, 9 y viniendo el que os convidó a ti y a él, te diga: "Deja el sitio a éste", y entonces vayas a ocupar avergonzado el último puesto. 10 Al contrario, cuando seas convidado, vete a sentarte en el último puesto, de manera que, cuando venga el que te  convidó, te diga: "Amigo, sube más arriba." Y esto será un honor para ti delante de todos los que estén contigo  a la mesa. 11 Porque todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado.» 12 Dijo también al que le había invitado: «Cuando des una comida o una cena, no llames a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a tus vecinos ricos; no sea que ellos te inviten a su vez, y tengas ya tu recompensa. 13 Cuando des un banquete, llama a los pobres, a los lisiados, a los cojos, a los ciegos; 14 y serás dichoso, porque no te pueden corresponder, pues se te recompensará en la resurrección de los justos.»



“Porque todo el que se ensalce, será humillado;

y el que se humille, será ensalzado”

(Lucas 14, 11)

Esta enseñanza no es sólo una norma de urbanidad o de astucia,

sino una invitación a imitar a Jesús.

Es humildad descubrir con alegría cuál es nuestro puesto,

qué talentos nos ha dado el Señor,

para descubrir nuestra vocación, es decir,  lo que quiere el Señor,

y realizarla sin cálculos, es decir, con  humildad.



1. La regla fundamental para participar en el banquete del Reino de Cristo es: “quien se ensalce será humillado; y el que se humille, será ensalzado”(Lucas 14, 11).


o   La enseñanza de Jesús a los invitados a un banquete trasciende el ámbito de las buenas maneras en el comportamiento; no es sólo una norma de urbanidad o una astucia, sino que es una invitación a imitarle y una regla para entrar en el Reino de Jesucristo.


§  El mensaje tiene como raíz la imitación de Cristo, el cual «ha venido no para ser servido sino para servir y dar la propia vida como rescate por todos» (Marcos 10, 45).

·         Gianfranco Ravasi, Secondo le Scritture Anno C, Piemme  1999, pp. 268 y 272: El mensaje de Jesús

parece referirse a un aforismo del libro de los Proverbios: “No te pongas en el sitio de los grandes, porque más vale que te digan «Sube acá», que sentirse humillado en presencia de un superior” (25, 6-7). Jesús, sin embargo, transforma esta norma de urbanidad y de astucia en una exhortación espiritual.  Es más, podemos decir que Jesús ofrece en esta breve  parábola sobre los puestos en la mesa de un banquete, una regla para el ingreso en su Reino.  El arribismo, el orgullo, la autosuficencia son obstáculos; la sencillez, la humildad, el respeto de la justicia son, al contrario, las condiciones ideales para el ingreso. La regla fundamental para participar en el banquete del Reino es ésta: «Quien se  exalta será humillado, quien se humilla será exaltado».  El Reino exige que el hombre renuncie a toda pretensión de salvarse por sí solo, con sus títulos personales. En efecto, lo que me hace obtener un puesto en la comunión con Dios no es mi justicia sino antes que nada su gracia. Es Él quien dice: «Amigo, sube más arriba».

(…) Por otra parte, el mensaje de Jesús no es sólo moral en sentido lato, destinado a golpear a los arrogantes y egoístas, a los políticos altaneros y entregados solamente a su interés exclusivo, personas rampantes y que buscan sólo hacer carrera. El mensaje tiene como raíz la imitación de Cristo, el cual «ha venido no para ser servido sino para servir y dar la propia vida como rescate por todos» (Marcos 10, 45).

  

o   La humildad fundamentalmente consiste en aceptar los dones que Dios nos da y ponerlos al servicio de los demás, de la sociedad.


Cfr. Raniero Cantalamessa, La parola e la vita AnnoC, Città Nuova VIII edizione marzo 1998, XXII Domenica pp. 327-335

§  Consiste en vivir al servicio de los demás

·         p. 328: El punto fundamental acerca de la humildad, según la afirmación del Señor en el Evangelio que

se ha leído hoy: Porque todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado.

“«Quien se humilla será ensalzado»:  ¿Qué significa humillarse?. Si se hiciese esta pregunta a un grupo de cristianos, habría tantas respuestas diversas. Un marido diría: no ser arrogante en casa; una mujer diría: no responder al marido, callar, ceder; una  joven diría: no ser vanidosa; un sacerdote diría: humillarse es sentirse uno mismo y hablar de sí  modestamente, reconocerse pecador, hacer penitencia. Son éstas respuestas que tienen algo de verdad, pero poca; son superficiales, no tocan el verdadero fondo del problema”   

p. 330:  “Ser humilde, según el modelo de Jesús, significa gastarse gratuitamente; significa «no vivir para sí mismo» sino para los demás, es decir, no pretender traer a los demás hacia nosotros mismos (convirtiéndoles, tal vez, en esclavos o personas que nos tengan que honrar), sino tratar de acercarnos a ellos. Por esto, ser engreídos, buscar la aprobación y la gloria, se «oponen a la humildad” (p. 330).   

p. 329: “Humildad  es disponibilidad a descender de nosotros mismos, a abajarnos hacia los hermanos, es voluntad de servir, y de servir por amor, no por el cálculo o por la ventaja o por la gloria que se pueden derivar”.

§  La humildad tiene un fuerte impacto en la vida social

·         p. 333: La humildad tiene un impacto muy grande en la vida social. “Pensemos en una sociedad en la

que dominase la lógica evangélica. ¿Acaso sería una sociedad de resignados, de personas que abandonan sus responsabilidades, de indolentes, sin ningún impulso vital? No. Cada uno se sentiría impulsado a comerciar con el propio talento de inteligencia, de palabra, de espíritu creativo, pero -  y aquí está la diferencia – lo haría al servicio de sus hermanos, no sólo de sí mismo, y para compartir la alegría de Dios que consiste en «dar»; los «fuertes» pondrían su fuerza a disposición de los débiles, y no habría, por tanto, tantas víctimas, tantos pobres empujados hacia la deriva, tantos restos humanos”.    



2. La humildad es una virtud apreciada también hoy día por los hombres.


o   El humilde es persona verdadera, auténtica; vive en la realidad no en el engaño. Es una persona sobria, que sabe valorar objetivamente las cosas; no está oscurecida por el humo de la exaltación.


Cfr. Raniero Cantalamessa, Passa Gesù di Nazareth, Piemme 1999, pp. 239-240

·         p. 239:  “El banquete del que habla Jesús es el banquete universal del Reino y el señor  es Dios. En la

vida, quiere decir Jesús, elige el último lugar, intenta hacer felices  a los demás más que a ti mismo; se modesto en la valoración  de tus méritos, deja que sean los demás quienes los reconozcan, no tú mismo («nadie es buen juez de su propia causa»), y ya desde ahora Dios te exaltará. Te exaltará en su gracia, te hará subir en la graduatoria de sus amigos y de los verdaderos discípulos de su Hijo que es la única cosa que cuenta de verdad”

Te exaltará también ante los demás. Es un hecho sorprendente, pero verdadero. No solamente es

Dios quien  «mira al humilde, y al soberbio lo conoce desde lejos» (Salmo 138,6); también las personas hacemos lo mismo, independientemente de que seamos creyentes o no. La modestia, cuando es sincera y no afectada, conquista y hace amada a la persona; su compañía es deseada, su opinión apreciada. La verdadera gloria huye de quien la persigue, y va detrás de quien la huye.  La modestia hace más bellas también las dotes de la persona. Entre dos actores, artistas o atletas igualmente buenos, el público prefiere instintivamente al más modesto”.

A este respecto, leemos en la segunda Lectura (Eclesiástico 3, 19-21.30-31): «Hijo mío, haz las cosas con mansedumbre, y serás amado por el hombre de valía» (v. 19).

·         p. 240: “El humilde es persona verdadera, auténtica; vive en la realidad no en el engaño. Es una persona

sobria, que sabe valorar objetivamente las cosas; no está oscurecida por el humo de la exaltación. (...) Tiene los pies en la tierra y está enraizado en la roca de la verdad. (Por ley de la estática cuanto más cercano está el baricentro de una cosa al suelo es más difícil que pierda el equilibrio)”

 


3. La verdadera naturaleza de la humildad: el olvido de sí mismo.


o   C.S. Lewis «Cartas del diablo a su sobrino»


En este libro, el diablo Escrutopo escribe unas cartas desde el infierno a su sobrino el diablo

Orugario, que en la tierra  se ocupa de un joven convertido al cristianismo recientemente. El joven diablo informa a su tío regularmente sobre cómo va su trabajo con el convertido para alejarle de Dios; su tío responde a cada informe con una carta en la que hace observaciones y da instrucciones sobre el trabajo a Orugario. Los dos emplean las palabras «el Enemigo» para referirse a Dios.   

Encontramos una buena explicación acerca de la humildad en el cap. XIV, donde el diablo Escrutopo advierte a su sobrino - entre otros -  sobre tres aspectos de esa virtud tal como la quiere Dios, de modo que Orugario influya en el sentido contrario en ese joven convertido [1]:

§  a) Ocúltale la verdadera naturaleza de la humildad, que es el olvido de sí mismo.  

Debes ocultarle al paciente la verdadera finalidad de la humildad. Déjale pensar que es, no el olvido de sí mismo, sino una especie de opinión (de hecho, una mala opinión) acerca de sus propios talentos y carácter. Algún talento, supongo, tendrá realmente. Fija su mente en la idea de que la humildad consiste  en tratar de creer que esos talentos son menos valiosos de lo que él cree que son. Sin duda son  de hecho menos valiosos de lo que él cree, pero no es ésa la cuestión. (...)  Por este método, a miles de humanos se les ha hecho pensar que la humildad significa mujeres bonitas tratando de creer que son feas y hombres inteligentes tratando de creer que son tontos. Y puesto que lo que está tratando de creer puede ser, en algunos casos, manifiestamente absurdo, no pueden conseguir creerlo, y tenemos la ocasión de mantener su mente dando continuamente vueltas alrededor de sí mismos, en un esfuerzo por lograr lo imposible.

§  b) Dios quiere que nos alegremos de nuestros talentos lo mismo que  de los talentos del prójimo.   

(...) El Enemigo quiere que esté [el hombre] tan libre de cualquier prejuicio a su propio favor que pueda alegrarse de sus propios talentos tan franca y agradecidamente como de los talentos de su prójimo... (...)  Quiere que cada hombre, a la larga, sea capaz de reconocerlos en todas las criaturas (incluso en sí mismo) como cosas gloriosas y excelentes.

§  c) Cuando amemos al prójimo como a nosotros mismos, podremos amarnos a nosotros mismos como al prójimo.   

Él quiere matar su amor propio animal tan pronto como sea posible; pero Su política a largo plazo es, me temo, devolverles una nueva especie de amor propio: una caridad y gratitud a todos los seres, incluidos ellos mismos; cuando hayan aprendido realmente a amar a sus prójimos como a sí mismos, les será permitido amarse a sí mismos como a sus prójimos. (...)

Todo su esfuerzo, en consecuencia, tenderá a apartar totalmente del pensamiento del hombre el tema de su propio valor. Preferiría que el hombre se considerase un gran arquitecto o un gran poeta y luego se olvidase de ello a que dedicase mucho tiempo y esfuerzo a tratar de considerarse uno malo. Tus esfuerzos por inculcar al paciente o vanagloria o falsa modestia serán combatidos consecuentemente por parte del Enemigo (...) 



4. Ponernos al servicio del prójimo


o   Romanos 12, 6-8. Humildad es poner los talentos y cualidades que Dios nos ha dado a su servicio y al del prójimo.


§  Así realizamos un papel definido en esta vida (la vocación) y cooperamos al bien de todos.

·         Romanos 12, 6-8: “6 Tenemos dones diferentes conforme a la gracia que se nos ha dado; si se trata de

profecía, ejerzámoslo en la medida de nuestra fe; 7 si se trata del ministerio, en el ministerio; la enseñanza,  enseñando, 8 y  si tiene que exhortar, que exhorte. El que da, que dé con  sencillez; el que preside, que lo haga con esmero; el que ejercita la misericordia, que lo haga con alegría”.

·         Amigos de Dios, 258: Si miramos nuestra vida con humildad, distinguiremos claramente que el

Señor nos ha concedido, además de la gracia de la fe, talentos, cualidades. Ninguno de nosotros es un ejemplar repetido: Nuestro Padre nos ha creado uno a uno, repartiendo entre sus hijos un número diverso de bienes. Hemos de poner esos talentos, esas cualidades, al servicio de todos: utilizar esos dones de Dios como instrumentos para ayudar a descubrir a Cristo.

·         Arrogarnos un puesto que no es el nuestro (cada uno tiene su misión en la vida, su vocación),

actuar con vista a una recompensa ...  es obstaculizar la providencia de Dios ... eso no sería humildad; pero sí es humildad descubrir con alegría cuál es nuestro puesto, qué talentos nos ha dado el Señor, para descubrir nuestra vocación, es decir,  lo que quiere el Señor, y realizarla sin cálculos, es decir, con  humildad ....



5. Antes  del cristianismo, la humildad no aparece en el catálogo de las virtudes: es la virtud del seguimiento de Cristo.




o   Efesios 4, 2. Os ruego que viváis una vida digna de la vocación a la que habéis sido llamados, con toda humildad.


Cfr. Benedicto XVI, Homilía, 23 de febrero de 2012.

 “Quiero detenerme un poco más en esta virtud, porque antes del cristianismo no aparece en el catálogo de las virtudes; es una virtud nueva, la virtud del seguimiento de Cristo. Pensemos en la Carta a los Filipenses, en el capítulo dos: Cristo, siendo de condición divina, se humilló, aceptando la condición de esclavo y haciéndose obediente hasta la cruz (cf. Filipenses 2, 6-8). Este es el camino de la humildad del Hijo que debemos imitar. Seguir a Cristo quiere decir entrar en este camino de la humildad. El texto griego dice tapeinophrosyne (cf. Efesios 4, 2): no ensoberbecerse, tener la medida justa. Humildad.

§  La soberbia es arrogancia; por encima de todo quiere poder, apariencias, aparentar a los ojos de los demás, ser alguien o algo; no tiene la intención de agradar a Dios, sino de complacerse a sí mismo. Es el «yo» en el centro del mundo.

Lo contrario de la humildad es la soberbia, como la razón de todos los pecados. La soberbia es arrogancia; por encima de todo quiere poder, apariencias, aparentar a los ojos de los demás, ser alguien o algo; no tiene la intención de agradar a Dios, sino de complacerse a sí mismo, de ser aceptado por los demás y —digamos— venerado por los demás. El «yo» en el centro del mundo: se trata de mi «yo» soberbio, que lo sabe todo.

Ser cristiano quiere decir superar esta tentación originaria, que también es el núcleo del pecado original: ser como Dios, pero sin Dios; ser cristiano es ser verdadero, sincero, realista. La humildad es sobre todo verdad, vivir en la verdad, aprender la verdad, aprender que mi pequeñez es precisamente mi grandeza, porque así soy importante para el gran entramado de la historia de Dios con la humanidad. Precisamente reconociendo que soy un pensamiento de Dios, de la construcción de su mundo, y soy insustituible, precisamente así, en mi pequeñez, y sólo de este modo, soy grande. Esto es el inicio del ser cristiano: vivir la verdad. Y sólo vivo bien viviendo la verdad, el realismo de mi vocación por los demás, con los demás, en el cuerpo de Cristo. Vivir contra la verdad siempre es vivir mal. ¡Vivamos la verdad!

Aprendamos este realismo: no querer aparentar, sino agradar a Dios y hacer lo que Dios ha pensado de mí y para mí, aceptando así también al otro. Aceptar al otro, que tal vez es más grande que yo, supone precisamente este realismo y amor a la verdad; supone aceptarme a mí mismo como «pensamiento de Dios», tal como soy, con mis límites y, de este modo, con mi grandeza.

§  Aceptarme a mí mismo y aceptar al otro van juntos.

Aceptarme a mí mismo y aceptar al otro van juntos: sólo aceptándome a mí mismo en el gran entramado divino puedo aceptar también a los demás, que forman conmigo la gran sinfonía de la Iglesia y de la creación. Yo creo que las pequeñas humillaciones que día tras días debemos vivir son saludables, porque ayudan a cada uno a reconocer la propia verdad, y a vernos libres de la vanagloria, que va contra la verdad y no puede hacernos felices y buenos. Aceptar y aprender esto, y así aprender y aceptar mi posición en la Iglesia, mi pequeño servicio como grande a los ojos de Dios.

§  La humildad nos hace libres.

Precisamente esta humildad, este realismo, nos hace libres. Si soy arrogante, si soy soberbio, querré siempre agradar, y si no lo logro me siento miserable, me siento infeliz, y debo buscar siempre este placer. En cambio, cuando soy humilde tengo la libertad también de ir a contracorriente de una opinión dominante, del pensamiento de otros, porque la humildad me da la capacidad, la libertad de la verdad. Así pues, pidamos al Señor que nos ayude, que nos ayude a ser realmente constructores de la comunidad de la Iglesia; que crezca, que nosotros mismos crezcamos en la gran visión de Dios, del «nosotros», y que seamos miembros del Cuerpo de Cristo, que pertenece así, en unidad, al Hijo de Dios.



6. Quien es humilde no se extraña de su miseria


·         Catecismo de la Iglesia Católica,  2733: Otra tentación a la que abre la puerta la presunción es la

acedía. Los Padres espirituales entienden por ella una forma de aspereza o de desabrimiento debidos a la pereza, al relajamiento de la ascesis, al descuido de la vigilancia, a la negligencia del corazón. «El espíritu está pronto pero la carne es débil» (Mt 26, 41). El desaliento, doloroso, es el reverso de la presunción. Quien es humilde no se extraña de su miseria; ésta le lleva a una mayor confianza, a mantenerse firme en la constancia.

·         Amigos de Dios, 95: “Ante nuestras miserias y nuestros pecados, ante nuestros errores – aunque,

por la gracia divina, sean de poca monta -, vayamos a la oración y digamos a nuestro Padre: ¡Señor, en mi pobreza, en mi fragilidad, en este barro mío de vasija rota, Señor, colócame unas lañas y - con mi dolor y con tu perdón – seré más fuerte y más gracioso que antes! Una oración consoladora, para que la repitamos cuando se destroce este pobre barro nuestro.”  



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[1] C.S. Lewis, Cartas del diablo a su sobrino, Rialp 1998, pp. 70-72

BREVES REFLEXIONES SOBRE LA HUMILDAD


   

BREVES REFLEXIONES SOBRE LA HUMILDAD

Cfr Liturgia Festiva, Vincenzo Raffa  F D P nn. 1128-1135

Tipografia Poliglotta Vaticana, 3ª edizione, dicembre 1983



Cfr. Domingo 22 del Tiempo Ordinario  C

Traducción de www.parroquiasantamonica.com  Vida Cristiana



  • La persona humilde es caritativa y servicial



-       (n. 1131). La palabra “humildad” ordinariamente nos hace pensar en un aspecto de la perfección

cristiana, una virtud específica, diferente de la obediencia, de la paciencia, de la caridad y de las otras virtudes. 

            Esta noción tradicional es legítima. Pero en el lenguaje bíblico más característico la humildad es la relación religiosa global de sujeción, de obediencia y de fidelidad a Dios a nivel de la conciencia y del comportamiento exterior. Y ya que Dios quiere que los hombres sean tratados con amor, el humilde es caritativo y servicial. (…)

            Estando así las cosas, la soberbia es la autonomía de pensamiento y de acción, o de ambos,  de Dios  con la falta de respeto de su ley. Se convierte así también en desprecio del prójimo. (…)

            En la parábola de los primeros puestos (Evangelio), vista con la óptica descrita en el Evangelio, los comensales que son humillados para ser indebidamente exaltados, son los que pretenden de atribuir a su mérito personal todo lo que es puro don de la omnipotencia e liberalidad divina y, sin embargo, se retienen más merecedores que los demás. (…)

            El fariseo se infla enormemente del valor de sus cualidades, creyéndolas determinantes para su destino, se coloca también sobre los “otros hombres” a los que define “ladrones”, “injustos”, “adúlteros”. Por el contrario, el publicano confiesa su insuficiencia, remitiéndose por entero a la misericordia de Dios. (…)

            En la Escritura el término “humilde” pone la propia causa completamente en las manos de Dios, comportándose coherentemente  con docilidad y disponibilidad  hacia Él y con respeto y caridad hacia los demás en cuanto hijos de Dios. (…)

            Humilde es quien reconoce que todo don viene de Dios (Cfr. Santiago 1, 17). De aquí procede la exhortación: “Humillaos en la presencia del Señor, y Él os ensalzará” (Santiago 4, 10);

“6 Humillaos bajo mano poderosa de Dios, para que a su tiempo os exalte.  7 Descargad sobre Él todas vuestras preocupaciones, porque Él cuida de vosotros (1 Pedro 5, 6-7”). (…)

            La liturgia de hoy (primera Lectura y Evangelio) asocia la humildad con la caridad hacia el prójimo, viendo la segunda como ejercicio de la primera.









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