martes, 13 de diciembre de 2016
Evangelización y apostolado personal de amistad. Afán de almas.
1 Evangelización y apostolado personal de amistad. Afán de almas. Fuente: www.conelpapa.com - Curso de vida cristiana para jóvenes Clase XVII. El esquema que se ofrece es bastante extenso. Corresponde a los padres y los educadores elegir los temas que consideren más convenientes, y decidir en cuántas sesiones se puede dar esta clase. Lecturas y estudio previo • Documento conciliar sobre El apostolado de los laicos • Para que todos se salven • Los grandes horizontes del apostolado Haced discípulos a todas las gentes • Jesús dijo: “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo, y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado” (Mateo, 28, 19-20). • La misión apostólica de la Iglesia es propagar el mensaje, el Reino de Cristo en toda la tierra. • Eso significa que la vocación cristiana es, por su misma naturaleza, vocación al apostolado. • Recuerda el Compendio del Catecismo, n. 5: "Se puede hablar de Dios a todos y con todos, partiendo de las perfecciones del hombre y las demás creaturas, las cuales son un reflejo, si bien limitado, de la infinita perfección de Dios". o El cristiano debe llevar a cabo esa misión evangelizadora recibida en el Bautismo con libertad y responsabilidad personal, con espontaneidad apostólica y con la alegría de llevar los demás el anuncio gozoso del Evangelio. El entusiasmo apostólico es un fruto natural del gozo de la Verdad. 2 El ejemplo de los primeros cristianos • Los primeros cristianos evangelizaron la sociedad pagana romana con su santidad personal, con su entusiasmo apostólico, con su apostolado del ejemplo, de la palabra y de la amistad. No se dejaron mimetizar por las costumbres de esa sociedad pagana, a la que vivificaron humana y espiritualmente. Constituyen un ejemplo y un camino a seguir. o S. Agustín espoleaba a los cristianos del siglo III para que no vivieran tranquilos, ni se durmieran en los laureles: «Conocéis lo que cada uno de vosotros tiene que hacer en su casa con el amigo, el vecino, con su dependiente, con el superior, con el inferior. Conocéis también de qué modo da Dios ocasión, de qué manera abre la puerta con su palabra. No queráis, pues, vivir tranquilos hasta ganarlos para Cristo, porque vosotros habéis sido ganados por Cristo» (In loann. Ev. 10,9). Vida cristiana de unión con Cristo y apostolado • No cabe una verdadera vida cristiana que no sea evangelizadora y apostólica, porque “hacer apostolado”, “anunciar el Evangelio”, evangelizar, no es algo propio de una minoría selecta o concienciada dentro de los seguidores de Jesús. Todo bautizado, por el mismo hecho de serlo, está llamado por Cristo a la misión evangelizadora, con el dinamismo y exigencia de los primeros cristianos. o San Agustín. Estas palabras del obispo de Hipona se aplican a los cristianos de todas las épocas: «Predicad a Cristo cuando podáis, a cuantos podáis, como podáis. Se os pide fe, no elocuencia; si en vosotros habla la fe hablará Cristo. Si 3 tenéis fe, Cristo habitará en vosotros. Habéis escuchado el salmo: `Creí, y por tanto hablé'. No puedo creer y quedarme mudo. Quien no se desborda, es un desagradecido con Aquel que le ha llenado; cada uno debe desbordarse en aquello de lo que ha sido colmado» o El Concilio Vaticano II recordaba que todos los bautizados hemos recibido la misión apostólica con el bautismo. Por tanto, hacer apostolado y ganar almas para Cristo es un derecho y un deber urgentes para todos: «A todos los cristianos se impone la gloriosa tarea de trabajar para que el mensaje divino de la salvación sea conocido y aceptado en todas partes por todos los hombres» (Decr. Apostolica actuositatem, 3; n° 1,2,4,5; Const. Lumen gentium, 35). El apóstol: los frutos son de Dios • El Apóstol no es el protagonista del apostolado. No puede pensar, si hay frutos, que él es quién "se apunta los tantos". El Protagonista del apostolado es el Espíritu Santo, y los frutos son siempre frutos de la Gracia. • Dios es el único que santifica, el único que mueve los corazones. Por esa razón, el bautizado verdaderamente apostólico acude con frecuencia al Espíritu Santo, y le pide sus dones: sabiduría, entendimiento, consejo, fortaleza, ciencia, piedad, temor de Dios. • La misión del Apóstol es secundar la gracia de Dios, que desea que todos los hombres se salven. 4 Dios mío, dame diez santos y cambiaré esta ciudad "Me ha venido a la cabeza una reflexión que probablemente se relaciona con la proximidad de mi visita a Inglaterra. Es de un autor inglés -me parece que del Cardenal Newman, pero no estoy seguro- que, al contemplar como Londres, una ciudad inmensa, se iba descristianizando y secularizando como tantas grandes ciudades, oraba de este modo al Señor: dame diez santos y cambiaré esta ciudad. Habés hablado mucho de la mala situación espiritual de vuestros contemporáneos, que se muestran indiferentes, desinteresados, sin inquietud por los problemas espirituales, religiosos y éticos: que encaran su vida con superficialidad. (...) La respuesta que podéis dar -y que ya dais- es la que se expresa en esa oración: dame diez santos y cambiaré esta ciudad. Es lo que se enseña en la parábola del fermento y la masa: el fermento cambia la masa, la hace creer y convertirse en pan. Pienso que vosotros, que habéis recibido la gracia de una vocación cristiana más madura, más profunda, podéis seguir actuando como el fermento en la masa, como los que se sienten capaces de cambiar las grandes urbes, las grandes ciudades, las grandes corrientes intelectuales, para alcanzar un futuro mejor. (...) El hombre, cuando se deja llevar por la fuerza de Dios, por la gracia de Dios, cuando camina a su lado, es capaz de cambiar el mundo. Esto es lo que os deseo: que cambiéis el mundo, que mejoréis el mundo". (Juan Pablo II, Palabras informales en el Patio de San Dámaso, Ciudad del Vaticano, a los participantes en el Univ 82) • El apostolado nace de la oración, de la unión con Cristo. • Orad sin interrupción por los demás hombres. Hay en ellos una esperanza de conversión, una conversión que les conducirá a Dios. Volveos hacia ellos para que, por medio de vuestras obras, se hagan discípulos vuestros. San Ignacio de Antioquia, Carta a los Efesios 5 Primero oración; después expiación; en tercer lugar, muy en “tercer lugar”, acción.(San Josemaría Camino, 82) • Por esa razón, la fecundidad del apostolado depende de la unión con Cristo. • Por eso no importa el aparente "éxito" o "fracaso": "Si contamos exclusivamente con nuestras propias fuerzas, no lograremos nada en el terreno sobrenatural; siendo instrumentos de Dios, conseguiremos todo: todo lo puedo en aquel que me conforta. Dios, por su infinita bondad, ha dispuesto utilizar estos instrumentos ineptos. Así que el apóstol no tiene otro fin que dejar obrar al Señor, mostrarse enteramente disponible, para que Dios realice —a través de sus criaturas, a través del alma elegida— su obra salvadora". Es Cristo que pasa, 120 ¡Anunciad la Palabra con toda claridad, indiferentes al aplauso o al rechazo! En definitiva, no somos nosotros quienes promovemos el éxito o el fracaso del Evangelio, sino el Espíritu de Dios. Juan Pablo II, 17.II.1980, A la conferencia Episcopal alemana. • Recuerda la Escritura: si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles. Comentando esta frase, dice san Agustín en su comentario sobre el Salmo 126: San Agustín: ¿Quiénes son los que trabajan en esta construcción? Todos los que predican la palabra de Dios en la Iglesia, los dispensadores de los misterios de Dios. Todos nos esforzamos, todos trabajamos, todos construimos ahora; y también antes de nosotros se esforzaron, trabajaron, construyeron otros; pero si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles. Apostolado del ejemplo y de la palabra • Parte del apostolado debe ser apostolado del ejemplo; pero junto con ese apostolado, hay que hacer apostolado de la palabra, que lleva a anunciar a Cristo con ocasión y sin ella. 6 • Para ser apóstol hay que procurar ser coherente con la propia fe. Recordaba san Antonio de Padua en el Sermón I, 226 que "En vano se esfuerza en propagar la doctrina cristiana quien la contradice con sus obras". • El apostolado significa llevar a cada alma a Cristo, por su camino propio, sabiendo que cada alma vale toda la sangre de Cristo. • ¿Qué decir? Es el Espíritu Santo el que ayuda al verdadero apóstol - que ora y procura formarse bien- para que diga en cada momento lo que debe decir. San Cirilo: El Espíritu Santo, que habita en los que están bien dispuestos, les inspira como buen Doctorm lo que deben decir (Catena Aurea, vol. VI, p. 77) La "eficacia" apostólica • Un hombre apostólico sabe que el Señor se sirve de sus defectos en la tarea evangelizadora, si lucha contra ellos, porque la evangelización no es el resultado de un conjunto de acciones puramente humanas, brillantes, acertadas y “eficaces”, sino fruto de la gracia de Dios. • El hombre apostólico confía plenamente en la gracia, sabiendo que Dios desea que ponga todos los medios humanos, aunque los frutos apostólicos no guarden relación ni sean consecuencia de esos medios: Dios es el que santifica. El apostolado de la amistad • La amistad es un tesoro, un bien en sí misma. El amigo quiere que sus amigos disfruten con él de juego divino del Amor a Dios. • Desde los Apóstoles y los primeros cristianos hasta la actualidad, la amistad ha sido el medio por el cual millones de personas se han encontrado con Cristo. • El apóstol procura ayudar a sus amigos,—sean cristianos o no— para que se decidan a vivir su fe con plenitud o a buscarla con sincero corazón, dentro de un respeto exquisito a su libertad. Este trato de amistad requiere: 7 — disponibilidad, dedicación generosa de tiempo: sin tiempo no hay amistad. — afecto y cariño, que se traducen en delicadeza, paciencia y comprensión. —conocimiento de sus problemas, para ayudarles a vencer obstáculos. • Este afan apostólico no debe llevar a instrumentalizar la amistad, que no debe ser considerada como un medio, ni un instrumento para conseguir un fin, por bueno que éste sea. o Se instrumentaliza la amistad cuando se la utiliza para alcanzar metas profesionales, sociales, y también, evangelizadoras. En este último caso no interesa la persona por sí misma, con toda su dignidad de hijo de Dios, sino el fin para el que sirve: "tengo un amigo para conseguir mi objetivo" . El tiempo en el apostolado. Paciencia y urgencia apostólica: es Dios quien marca el ritmo El apóstol procura vivir en el presente, sabiendo que las personas que le rodean constituyen la generación que debe acercar a Cristo.De ahí nace la urgencia apostólica del apóstol. Pero los tiempos son de Dios: el apostolado no es una carrera de rallyes: se trata de ir al paso de Dios, al ritmo de Dios, por sus circuitos, tomando las curvas con Él. Santa Teresa de Lisieux, Novissima verba: No podré descansar hasta el fin del mundo, mientras haya almas que salvar ¡A cuántos hombres es preciso llevar todavía a la fe! ¡A cuantos hombres es preciso reconquistar para la fe que han perdido, siendo esto más difícil que la primera conversión a la fe! Sin embargo, la Iglesia, consciente siempre del don de la Encarnación de Dios, no puede nunca detenerse, no puede pararse jamás” (Juan Pablo II) Pero la urgencia apostólica, si nace de Cristo, lleva a actuar con paciencia y serenidad, que no quiere decir lentitud. 8 Es propio del cristiano apóstol conjugar la urgencia evangelizadora con el saber esperar, poniendo los medios necesarios, día tras día, con paciencia y fortaleza, porque la Evangelización no se puede realizar mediante esfuerzos tibios. Eso debe llevarle: -a no precipitar los hechos: salvo casos excepcionales, como el de André Frossard, que experimentó una conversión repentina fruto de una gracia excepcional, lo habitual es que las personas sigan un itinerario de acercamiento a Cristo con fases graduales. - a ir al paso de Dios. Como la acción evangelizadora no una táctica, sino fruto del amor a Cristo, el apóstol debe esperar, con plena confianza y sin desánimos. Cada alma tiene su propio tiempo. Porque confía en la gracia, el apóstol debe tener la humildad de ser siempre optimista. El Señor tiene sus caminos para cada alma: caminos personales y misteriosos: unas veces, rápidos y veloces; otras veces, lento. Dificultades en el apostolado. La gran dificultad, el gran contrincante: la falta de amor, de fe y de unión con Dios Muchos cristianos encuentran excusas para no evangelizar: falta de medios económico, ignorancia, falta de salud... A ellos les contesta san Juan Crisóstomo: "No puedes aducir tu pobreza como pretexto. La que dio sus monedas te acusará. El mismo Pedro dijo: No tengo oro ni plata (Hech, 3,6). Y Pablo era tan pobre que muchas veces padecía hambre y carecía de lo necesario para vivir. Ni puedes puedes poner tu origen humilde como excusa: ellos también eran humildes y de modesta condición. Ni la ignorancia te servirá de excusa: ellos eran todos hombres in letras (...) No aduzcas la enfermedad como pretexto: Timoteo estaba sometido a frecuentes achaques" (Homilía 20 sobre los Hechos de los Apóstoles) Idea Clave: La verdadera y única dificultad en la evangelización es la falta de amor a Dios y de fe en Él, la falta de amor a la Iglesia y a la propia vocación cristiana; el egoísmo personal que unido a la falta de fe lleva a desinteresarse por el alma de los que nos rodean. El apostolado exige el desasimiento de uno mismo, de todo lo propio; es de Dios de quien hay que hablar, no de uno mismo; por eso recordaba san Juan Crisóstomo: "La virtud y la bondad de un enviado consisten en que no diga nada de sí mismo" (Catena Aurea, vol V, p. 27) Esto no impide reconocer las evidentes dificultades exteriores e interiores, objetivas y subjetivas. 9 Respetos humanos Nacen de la tendencia a vernos con los ojos de los demás. Muchos adolescentes y jóvenes, dependen casi por completo de la opinión de su novia, de sus amigos, de su clase, de la moda... El cristiano maduro comienza a ser independiente cuando supera los respetos humanos y procura verse desde los ojos de Dios: cuando es ésala única mirada que realmente le importa Escribe M. Esparza: "Da pena quienes dependen tanto de la opinión ajena. Unos se las dan de independientes, otros van mendigando aprecio. Con tal de quedar bien, son capaces de sacrificar cualquier cosa. De ese modo se compromete seriamente la autenticidad' de nuestras'relaciones. "En cuanto nos reunimos unos cuantos -se dice en una novela-, no nos atrevemos a ser como somos en realidad, porque tememos ser distintos a como creemos que son nuestros semejantes, y nuestros semejantes temen ser distintos a como creen que somos nosotros. Y, en consecuencia, todos pretenden ser menos piadosos, menos virtuosos y menos honrados de lo que realmenteson [...] Es lo que yo llamo la nueva hipocresía [...] antes la gente pretendía hacerse pasar por mejor de lo que era, pero ahora todos pretemden parecer peores. Antes un hombre decía que iba a misa los domingos aunque no fuese, pero ahora dice que va a jugar al golf y le fastidiaría mucho que sus amigos descubriesen que en realidad iba a la iglesia". Algunas dificultades habituales en la evangelización. Ámbitos de apostolado Apostolado del ejemplo • Nuestra vida tiene que testimoniar la fe que vivimos, sin respetos humanos. Enseña San Josemaría en su homilía Para que todos se salven: 10 "¿Y cómo cumpliremos ese apostolado? Antes que nada, con el ejemplo, viviendo de acuerdo con la Voluntad del Padre, como Jesucristo, con su vida y sus enseñanzas, nos ha revelado. Verdadera fe es aquella que no permite que las acciones contradigan lo que se afirma con las palabras. Examinando nuestra conducta personal, debemos medir la autenticidad de nuestra fe. No somos sinceramente creyentes, si no nos esforzamos por realizar con nuestras acciones lo que confesamos con los labios. Dejarse guíar por Jesús Escribe Chiara Lubich, fundadora del Movimiento focolar: Escuchar y seguir a Jesús. Dios quiere guiarnos como hace un pastor con su grey para llevarnos a la tierra prometida. Dios, que nos pensó desde siempre, sabe como debemos caminar para vivir en plenitud, para alcanzar nuestro verdadero ser. En su amor, nos sugiere que debemos hacer y nos indica los caminos a recorrer. Dios nos habla como amigos porque quiere introducirnos en la comunión con El. Si uno escucha su voz, como dice el salmo, entrará en el descanso con El. A cada uno de nosotros, Dios nos hace sentir su voz. Nos lo recuerda el Concilio Vaticano II: En la intimidad de la conciencia, el hombre descubre una ley que no se da a sí mismo, a la que debe obedecer y cuya voz, que lo llama siempre a amar y a hacer el bien y escapar del mal, cuando es necesario, dice claramente a su corazón: haz esto, escapa de lo otro. El hombre tiene en realidad una ley escrita por Dios dentro de su corazón... ¿qué debemos hacer cuando Dios nos habla en nuestro interior? Debemos simplemente ponernos a escuchar su Palabra, sabiendo bien que, escuchar significa adherir por entero, obedecer, adecuarse a eso que se nos dice. Es como dejarse tomar por la mano y guiar por Dios. Ser lo que se es Contaba Kiko Argüello, iniciador del Camino Neocatecumenal: Apenas habíamos llegado y ya don Dino nos había conducido al santuario de la Virgen de Pompeya para poner a sus pies nuestra misión. Y las primeras palabras que pronunció Pablo VI sobre el Camino neocatecumenal las dijo el 8 de mayo de 1974, fiesta de la Virgen de Pompeya, o Virgen del Rosario: "Cuánta alegría y cuánta esperanza nos dais con vuestra presencia y con vuestra actividad! 11 Este propósito, que para vosotros es un modo consciente y auténtico de vivir la vocación cristiana, se traduce en un testimonio eficaz para los otros: hacéis apostolado porque sois lo que sois!... Vivir y promover este despertar es considerado por vosotros como una forma de "después del bautismo", que podrá renovar en las comunidades cristianas de hoy aquellos efectos de madurez y profundización que en la Iglesia primitiva eran realizados en el período de preparación al bautismo. Vosotros lo hacéis después. El antes o después yo diría, es secundario. Lo importante es que vosotros buscáis la autenticidad, la plenitud, la coherencia, la sinceridad de la vida cristiana. Y esto tiene un mérito grandísimo, repito, que nos consuela enormemente..." De esta forma el Papa respondía sin saberlo a aquellas acusaciones: "Hacéis apostolado sólo porque sois lo que sois!" y "el antes o después del bautismo, yo diría es secundario". La fecha del 8 de mayo fue para nosotros un signo de que la Virgen nos animaba y nos daba a entender su solicitud ante nuestros problemas. El apostolado epistolar Del "apostolado epistolar" me haces un buen panegírico. —Escribes: "No sé cómo emborronar papel hablando de cosas que puedan ser útiles al que recibe la carta. Cuando empiezo, le digo a mi Custodio que si escribo es con el fin de que sirva para algo. Y, aunque no diga más que bobadas, nadie puede quitarme —ni quitarle— el rato que he pasado pidiendo lo que sé que más necesita el alma a quien va dirigida mi carta". (Camino, 976) "La carta me cogió en unos días tristes, sin motivo alguno, y me animó extraordinariamente su lectura, sintiendo cómo trabajan los demás". —Y otro: "Me ayudan sus cartas y las noticias de mis hermanos, como un sueño feliz ante la realidad de todo lo que palpamos..." —Y otro: "¡Qué alegría recibir esas cartas y saberme amigo de esos amigos!" —Y otro y mil: "Recibí carta de X. y me avergüenza pensar en mi falta de espíritu comparado con ellos". ¿Verdad que es eficaz el "apostolado epistolar"? (Camino, 977) El apostolado del almuerzo "Apostolado del almuerzo": es la vieja hospitalidad de los Patriarcas, con el calor fraternal de Betania. —Cuando se ejercita, parece que se entrevé a Jesús, que preside, como en casa de Lázaro. (Camino, 974) El apostolado de la diversión. Es el que realizan los jóvenes que se esfuerzan por crear su propio ambiente, sin ceder a la presión de ciertas estructuras e intereses económicos de la sociedad 12 actual que intentan imponerles modos de divertirse, en los que con frecuencia se ofende a Dios. Se lee en Camino, 975: Urge recristianizar las fiestas y costumbres populares. — Urge evitar que los espectáculos públicos se vean en esta disyuntiva: o ñoños o paganos. Pide al Señor que haya quien trabaje en esa labor de urgencia, que podemos llamar "apostolado de la diversión". El tono en el apostolado El lenguaje cristiano debe ser -si quiere ser fiel a lo que desea transmitir- un lenguaje de libertad, de caridad, de comprensión, de diálogo, de apertura de horizontes, de búsqueda conjunta. El apostolado no tiene nada de "pugilístico". El apóstol no se mueve en un ring, sino en el ámbito cordial de la confianza, de la amistad, de la caridad. No busca vencer al otro, sino con-vencer, es decir, alcanzar junto al otro la verdad que se busca. Por eso no es conveniente emplear un lenguaje autoritario, impositivo, brusco, agresivo, más propio de un combate de boxeo verbal, sino el tono propio de la amistad: alegre, comprensivo, amable, humilde, alentador, simpático, esperanzado... El apóstol habla con la caridad de Cristo: sugiere y propone, no dicta ni pretende imponer: sabe conjugar la fe y la convicción con el respeto al otro; la humildad con la confianza en Dios. La verdad se propone, no se impone (Juan Pablo II, V Viaje a España). Conviene recordar que no es lo mismo vencer que convencer. La tarea apostólica no consiste en imponerse dialécticamente ni en "triunfar" sobre el otro (dejándole sin argumentos, por ejemplo), sino en comunicar esperanza, alegría y confianza en Dios, en transmitir con humildad el mensaje del Evangelio. El hombre verdaderamente apostólico se esfuerza por sembrar optimismo, comprensión y grandeza de miras; no denigra ni critica; procura cultivar un talante abierto, y amable; y debe estár dispuesto siempre a dialogar, a sugerir, a escuchar, firme en su fe y en el amor, sin transigir con el error, pero demostrando verdadero respeto a la persona que mantiene ese error. 13 Dos extremos erróneos en la acción evangelizadora Hay dos extremos equivocados, que parten de un concepto erróneo de la libertad: A. El extremo de los que -en base a una malentendida libertad- se desentienden de los demás, y los dejan en su ignorancia y alejamiento de Dios, olvidándose de que, por su condición de bautizados y testigos de Cristo, tienen el derecho y el deber de difundir el mensaje evangélico, con mismo entusiasmo apostólico de los primeros cristianos. El cristianismo verdadero no puede reducir su vida a un “intimismo espiritual”, ni recluirse en una torre de marfil, porque el Mandamiento Nuevo lleva a salir de sí mismo, a darse a los demás por amor de Dios. Juan Pablo II recordaba en la Redemptoris missio: "La misión no coarta la libertad, sino más bien la favorece. La Iglesia propone, no impone nada: respeta las personas y las culturas, y se detiene ante el sagrario de la conciencia. A quienes se oponen con los pretextos más variados a la actividad misionera de la Iglesia; ella va repitiendo: ¡Abrid las puertas a Cristo!" B. El extremo de los que desprecian la libertad y piensan que es lícito usar cierta coacción para ganar almas para Cristo. www.parroquiasantamonica.com
cfr. Una lamparilla – Avvenire – 29 maggio 2007 – Gianfranco Ravasi
Apostolado. Si estás sumergido en las tinieblas, vale más encender una lamparilla que mil ardientes protestas contra la oscuridad. cfr. Una lamparilla – Avvenire – 29 maggio 2007 – Gianfranco Ravasi Es mucho más importante encender una pequeña lámpara que maldecir la oscuridad Quizás alguna vez también nosotros, en este espacio de reflexión, nos hemos abandonado a la tentación del lamento puro y simple. Adoptamos esta actitud fácilmente y por esto es bastante común: la política está corrompida, la sociedad va a la deriva, la religión está en crisis, se multiplican los delitos, se extiende la estupidez … y así se podría multiplicar una imparable letanía de quejas. Pues bien, aun no pecando de ingenuidad o de indiferencia, se debería elegir un comportamiento diverso. Es lo que proponía ya hace cinco siglos antes de Cristo en sus Diálogos un célebre maestro chino, Confucio, con este aforismo: si estás sumergido en las tinieblas, vale más una lamparilla que mil ardientes protestas contra la oscuridad. El lamento estéril es, normalmente, la coartada de los perezosos, que pretenden ser liberados de sus males, pero no mueven un dedo para comenzar ellos mismos a reaccionar. Las protestas infinitas, el desacuerdo verbal, la queja permanente, nacen de una inercia y de una debilidad de espíritu y no son ciertamente indicio de noble indignación sino de cobarde aquiescencia. Surge, por tanto, la necesidad de encender aunque sólo fuese una chispa de luz y de colocar una semilla en el terreno de la historia. El mar está hecho por un inmenso número de gotas y sólo así revela su grandeza. La imagen vale también para el bien (y paradójicamente para el mal): a costa de sustraer gotas se seca el álveo de la justicia, de la honradez y del amor. No nos paremos en la desaprobación solamente, movámonos para transformar e iluminar el mundo. www.parroquiasantamonica.com
Cfr. Evangelización - Joseph Ratzinger - Conferencia dictada en el jubileo de los catequistas, el 10 de diciembre del 2000.
1 Apostolado. Hace falta una nueva evangelización. Nuestra vida es una cuestión abierta, un proyecto incompleto, que es preciso seguir realizando. La pregunta fundamental de todo hombre es: ¿cómo se lleva a cabo este proyecto de realización del hombre? ¿Cómo se aprende el arte de vivir? ¿Cuál es el camino que lleva a la felicidad? Jesús dice al inicio de su vida pública: he venido para evangelizar a los pobres (cf. Lc 4, 18). Esto significa: yo tengo la respuesta a vuestra pregunta fundamental; yo os muestro el camino de la vida, el camino que lleva a la felicidad; más aún, yo soy ese camino. (Joseph Ratzinger). Cfr. Evangelización - Joseph Ratzinger - Conferencia dictada en el jubileo de los catequistas, el 10 de diciembre del 2000. CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 27 abril 2005 (ZENIT.org).- Publicamos la conferencia del cardenal Joseph Ratzinger durante el jubileo de los catequistas y profesores de Religión celebrado el 10 de diciembre de 2000 en Roma. La vida humana no se realiza por sí misma. Nuestra vida es una cuestión abierta, un proyecto incompleto, que es preciso seguir realizando. La pregunta fundamental de todo hombre es: ¿cómo se lleva a cabo este proyecto de realización del hombre? ¿Cómo se aprende el arte de vivir? ¿Cuál es el camino que lleva a la felicidad? Evangelizar quiere decir mostrar ese camino, enseñar el arte de vivir. Jesús dice al inicio de su vida pública: he venido para evangelizar a los pobres (cf. Lc 4, 18). Esto significa: yo tengo la respuesta a vuestra pregunta fundamental; yo os muestro el camino de la vida, el camino que lleva a la felicidad; más aún, yo soy ese camino. La pobreza más profunda es la incapacidad de alegría, el tedio de la vida considerada absurda y contradictoria. Esta pobreza se halla hoy muy extendida, con formas muy diversas, tanto en las sociedades materialmente ricas como en los países pobres. La incapacidad de alegría supone y produce la incapacidad de amar, produce la envidia, la avaricia.... todos los vicios que arruinan la vida de las personas y el mundo. Por eso, hace falta una nueva evangelización. Si se desconoce el arte de vivir, todo lo demás ya no funciona. Pero ese arte no es objeto de la ciencia; sólo lo puede comunicar quien tiene la vida, el que es el Evangelio en persona. Estructura y método de la nueva evangelización Estructura La evangelización permanente o clásica Antes de hablar de los contenidos fundamentales de la nueva evangelización quisiera explicar su estructura y el método adecuado. La Iglesia evangeliza siempre y nunca ha interrumpido el camino de la evangelización. Cada día celebra el misterio eucarístico, administra los sacramentos, anuncia la palabra de vida, la palabra de Dios, y se compromete en favor de la justicia y la caridad. Y esta evangelización produce fruto: da luz y alegría; da el camino de la vida a numeroso personas. Muchos otros viven, a menudo sin saberlo, de la luz y del calor resplandeciente de esta evangelización permanente. Sin embargo, existe un proceso progresivo de descristianización y de pérdida de los valores humanos esenciales, que resulta preocupante. Gran parte de la humanidad de hoy no encuentra en la evangelización permanente de la Iglesia el Evangelio, es decir, la respuesta convincente a la pregunta: ¿cómo vivir? La nueva evangelización Por eso buscamos, además de la evangelización permanente, nunca interrumpida y que no se debe interrumpir nunca, una nueva evangelización, capaz de lograr que la escuche ese mundo que no tiene acceso a la evangelización "clásica". Todos necesitan el Evangelio. El Evangelio está destinado a todos y no sólo a un grupo determinado, y por eso debemos buscar nuevos caminos para llevar el Evangelio a todos. La tentación de la impaciencia. El grano de mostaza. Sin embargo, aquí se oculta también una tentación: la tentación de la impaciencia, la tentación de buscar el gran éxito inmediato, los grandes números. Y este no es el método del reino de Dios. Para el reino de Dios, así como para la evangelización, instrumento y vehículo del reino de Dios, vale siempre la parábola del grano de mostaza (cf. Mc 4, 31-32). El reino de Dios vuelve a comenzar siempre bajo este signo. Nueva evangelización no puede querer decir atraer inmediatamente con nuevos métodos, más refinadas, a las grandes mesas que se han 2 alejado de la Iglesia. No; no es esta la promesa de la nueva evangelización. Nueva evangelización significa no contentarse con el hecho de que del grano de mostaza haya crecido el gran árbol de la Iglesia universal, ni pensar que basta el hecho de que en sus ramas pueden anidar aves de todo tipo, sino actuar de nuevo valientemente, con la humildad del granito, dejando que Dios decida cuándo y cómo crecerá (cf. Mc 4, 26-29). Las grandes cosas comienzan siempre con un granito y los movimientos de masas son siempre efímeros. En su visión del proceso de la evolución, Teilhard de Chardin habla del "blanco de los orígenes": el inicio de las nuevas especies es invisible y está fuera del alcance de la investigación científica. Las fuentes se hallan ocultas; son demasiado pequeñas. En otras palabras, las grandes realidades tienen inicios humildes. Prescindamos ahora de si Teilhard tiene razón, y hasta qué punto, con sus teorías evolucionistas: la ley de los orígenes invisibles refleja una verdad presente precisamente en la acción de Dios en la historia. "No por ser grande te elegí; al contrario, eres el más pequeño de los pueblos; te elegí porque te amo...", dice Dios al pueblo de Israel en el Antiguo Testamento y así expresa la paradoja fundamental de la historia de la salvación: ciertamente, Dios no cuenta con grandes números; el poder exterior no es el signo de su presencia. Gran parte de los parábolas de Jesús Indican esta estructura de la acción divina y responden así a las preocupaciones de los discípulos, los cuales esperaban del Mesías éxitos y señales muy diferentes: éxitos del tipo que ofrece Satanás al Señor "Te daré todo esto, todos los reinos del mundo..." (cf. Mt 4, 9). Desde luego, san Pablo, al final de su vida, tuvo la impresión de que había llevado el Evangelio hasta los confines de la tierra, pero los cristianos eran pequeñas comunidades dispersas por el mundo, insignificantes según los criterios seculares. En realidad fueron la levadura que penetra en la masa y llevaron en su interior el futuro del mundo (cf. Mt 13, 33). Un antiguo proverbio reza: "Éxito no es un nombre de Dios". La nueva evangelización debe actuar como el grano de mostaza y no ha de pretender que surja inmediatamente el gran árbol. Nosotros vivimos con una excesiva seguridad por el gran árbol que ya existe o sentimos el afán de tener un árbol aún más grande, más vital. En cambio, debemos aceptar el misterio de que la Iglesia es al mismo tiempo un gran árbol y un granito. En la historia de la salvación siempre es simultáneamente Viernes Santo y Domingo de Pascua. El método De esta estructura de la nueva evangelización deriva también el método adecuado. Ciertamente, debemos usar de modo razonable los métodos modernos para lograr que se nos escuche; o, mejor, para hacer accesible y comprensible la voz del Señor. No buscamos que se nos escuche a nosotros; no queremos aumentar el poder y la extensión de nuestras instituciones; lo que queremos es servir al bien de las personas y de la humanidad, dando espacio a Aquel que es la Vida. La renuncia al propio yo Esta renuncia al propio yo, ofreciéndolo a Cristo para la salvación de los hombres, es la condición fundamental del verdadero compromiso en favor del Evangelio: "Yo he venido en nombre de mi Padre, y no me recibía; si otro viene en su propio nombre, a ese lo recibiréis" (Jn 5, 43). Lo que distingue al anticristo es el hecho de que habla en su propio nombre. El signo del Hijo es su comunión con el Padre. El Hijo nos introduce en la comunión trinitaria, en el círculo del amor suyo, cuyas personas son "relaciones puras", el acto puro de entregarse y de acogerse. El designio trinitario, visible en el Hijo, que no habla en su nombre, muestra la forma de vida del verdadero evangelizador; más aún, evangelizar no es tanto una forma de hablar; es más bien una forma de vivir: vivir escuchando y ser portavoz del Padre. "No hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga" (Jn 16, 13), dice el Señor sobre el Espíritu Santo. Esta forma cristológica y pneumatológica de la evangelización es al mismo tiempo una forma eclesiológica: el Señor, y el Espíritu construyen la Iglesia, se comunican en la Iglesia. El anuncio de Cristo, el anuncio del reino de Dios, supone la escucha de su voz en la voz de la Iglesia. "No hablar en nombre propio" significa hablar en la misión de la Iglesia. Consecuencias de la renuncia al propio yo El fundamento de la oración De esta ley de renuncia al propio yo se siguen consecuencias muy prácticas. Todos los métodos racionales y moralmente aceptables se deben estudiar; es un deber usar estas posibilidades de comunicación. Pero las palabras y todo el arte de la comunicación no pueden ganar a la persona humana hasta la profundidad a la que debe llegar el Evangelio. Hace pocos años leí la biografía de un óptimo sacerdote de nuestro siglo, don Dídimo, párroco de Bassano del Grappa. En sus apuntes se encuentran palabras de oro, fruto de una vida de oración y meditación. A propósito de lo que estamos tratando, dice don Dídimo, por ejemplo: "Jesús predicaba de día y oraba de noche". Con esta breve noticia quería decir: Jesús debía ganar de Dios a sus discípulos. Eso vale siempre. No podemos ganar nosotros a los hombres. Debemos obtenerlos de Dios para Dios. Todos los métodos son ineficaces si no están fundados en la oración. La palabra del anuncio siempre ha de estar 3 impregnada una intensa vida de oración. Jesús redimió el mundo con su sufrimiento y su muerte. El grano de mostaza Debemos dar un paso más. Jesús predicaba de día y oraba de noche, pero eso no es todo. Su vida entera, como demuestra de modo muy hermoso el evangelio de san Lucas, fue un camino hacia la cruz, una ascensión hacia Jerusalén. Jesús no redimió el mundo con palabras hermosas, sino con su sufrimiento y su muerte. Su pasión es fuente inagotable de vida para el mundo; la pasión da fuerza a su palabra. El Señor mismo, extendiendo y ampliando la parábola del grano de mostaza, formuló esta ley de fecundidad en parábola del grano de trigo que cae tierra y muere (cf. Jn 12, 24). También esta ley es válida hasta el fin del mundo y, juntamente con el misterio del grano de mostaza, es fundamental para la nueva evangelización. Toda la historia lo demuestra. Sería fácil demostrarlo en la historia del cristianismo. Aquí quisiera recordar solamente el inicio de la evangelización en la vida de san Pablo. El éxito de su misión no fue fruto de la retórica o de la prudencia pastoral; su fecundidad dependió de su sufrimiento, de su unión a la pasión de Cristo (cf. 1 Cor 2, 1-5; 2 Cor, 5, 7; 11; 10 s; 11, 30; Gal 4, 12-14). "No se dará otro signo que el signo del profeta Jonás" (Lc 1 29), dijo el Señor. El signo de Jonás es Cristo crucificado, son los testigos que completan "lo que falta a la pasión de Cristo" (Col 1, 24). En todas las épocas de la historia se han cumplido siempre las palabras de Tertuliano: la sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos. San Agustín dice lo mismo de modo muy hermoso, interpretando el texto de san Juan donde la profecía del martirio de san Pedro y el mandato de apacentar, es decir, la institución de su primado, están íntimamente relacionados (cf. Jn 21, 16). San Agustín lo comenta así: "Apacienta mis ovejas, es decir, sufre por mis ovejas" (Sermón 32: PL 2, 640). Una madre no puede dar a luz un niño sin sufrir. Todo parto implica sufrimiento, es sufrimiento, y llegar a ser cristiano es un parto. Digámoslo una vez más con palabras del Señor: "El reino do Dios exige violencia" (M 11, l2; Lc 10, 16), pero la violencia de Dios es el sufrimiento, la cruz. No podemos dar vida a otros sin dar nuestra vida. El proceso de renuncia al propio yo, al que me he referido antes, es la forma concreta (expresada de muchas formas diversas) de dar la propia vida. Ya lo dijo el Salvador: "Quien pierda su vida por mi y por el Evangelio, la salvará" (Mc 8, 35). Los contenidos esenciales de la nueva evangelización Conversión Por lo que atañe a los contenidos de la nueva evangelización conviene ante todo tener presente que el Antiguo Testamento y el Nuevo son inseparables. El contenido fundamental del Antiguo Testamento está resumido en el mensaje de san Juan Bautista: "Convertíos". No se puede llegar a Jesús sin el Bautista; no es posible llegar a Jesús sin responder a la llamada del Precursor; más aún, Jesús asumió el mensaje de Juan en la síntesis de su propia predicación: "Convertíos y creed en el Evangelio" (Mc 1, 15). La palabra griega para decir "convertirse" significa: cambiar de mentalidad, poner en tela de juicio el propio modo de vivir y el modo común de vivir, dejar entrar a Dios en los criterios de la propia vida, no juzgar ya simplemente según las opiniones corrientes. Dejar de vivir como viven todos: buscar una nueva vida Por consiguiente, convertirse significa dejar de vivir como viven todos, dejar de obrar como obran todos, dejar de sentirse justificados en actos dudosos, ambiguos, malos, por el hecho de que los demás hacen lo mismo; comenzar a ver la propia vida con los ojos de Dios; por tanto, tratar de hacer el bien, aunque sea incómodo; no estar pendientes del juicio de la mayoría, de los demás, sino del juicio de Dios. En otras palabras, buscar un nuevo estilo de vida, una vida nueva. La esencia del mensaje de Cristo no es reducirlo a la moralidad: es el don de la comunión con Jesús Todo esto no significa moralismo. Quien reduce el cristianismo a la moralidad pierde de vista la esencia del mensaje de Cristo: el don de una nueva amistad, el don de la comunión con Jesús y, por tanto, con Dios. Quien se convierte a Cristo no quiere tener autonomía moral, no pretende construir con sus fuerzas su propia bondad. "Conversión" (metánoia) significa precisamente lo contrario: salir de la autosuficiencia, descubrir y aceptar la propia indigencia, la necesidad de los demás y la necesidad de Dios, de su perdón, de su amistad. La vida sin conversión es autojustificación (yo no soy peor que los demás); la conversión es la humildad de entregarse al amor del Otro, amor que se transforma en medida y criterio de mi propia vida. El aspecto social de la conversión: la verdadera personalización es siempre una socialización nueva: la apertura al tú 4 Aquí debemos tener presente también el aspecto social de la conversión. Ciertamente, la conversión es ante todo un acto personalísimo, es personalización. Yo renuncio a "vivir como todos"; ya no me siento justificado por el hecho de que todos hacen lo mismo que yo, y encuentro ante Dios mi propio yo, mi responsabilidad personal. Pero la verdadera personalización es siempre también una socialización nueva y más profunda. El yo se abre de nuevo al tú, en toda su profundidad, y así nace un nuevo nosotros. Si el estilo de vida común en el mundo implica el peligro de la despersonalización, de vivir no mi propia vida sino la de todos los demás, en la conversión debe realizarse un nuevo nosotros del caminar común con Dios. Anunciando la conversión debemos ofrecer también una comunidad de vida, un espacio común del nuevo estilo de vida. No se puede evangelizar sólo con palabras. El Evangelio crea vida, crea comunidad de camino. Una conversión puramente individual no tiene consistencia. El reino de Dios: Dios vive, está presente y actúa en el mundo, en mi vida. La palabra clave del anuncio de Jesús “es reino de Dios”: que no es una cosa sino que es Dios, que existe, que vive, que está presente y actúa en el mundo- En la llamada a la conversión está implícito, como su condición fundamental, el anuncio del Dios vivo. El teocentrismo es fundamental en el mensaje de Jesús y debe ser también el núcleo de la nueva evangelización. La palabra clave del anuncio de Jesús es: reino de Dios. Pero reino de Dios no es una cosa, una estructura social o política, una utopía. El reino de Dios es Dios. Reino de Dios quiere decir: Dios existe, Dios vive, Dios está presente y actúa en el mundo, en nuestra vida, en mi vida. Dios no es una "causa última" lejana. Dios no es el "gran arquitecto" del deísmo, que montó la máquina del mundo y así estaría fuera. Al contrario, Dios es la realidad más presente y decisiva en cada acto de mi vida, en cada momento de la historia. En su conferencia de despedida de su cátedra en la universidad de Münster, el teólogo Juan Bautista Metz dijo cosas que nadie se imaginaba oír de sus labios. Antes había enseñado antropocentrismo: el verdadera acontecimiento del cristianismo sería el giro antropológico, la secularización, el descubrimiento de la secularidad del mundo. Luego enseñó teología política, la índole política de la fe; la "memoria peligrosa"; y, finalmente, la teología narrativa. Después de este camino largo y difícil, hoy nos dice: si verdadero problema de nuestro tiempo es "la crisis de Dios", la ausencia de Dios, disfrazada de religiosidad vacía. La teología debe volver a ser realmente teo-logía, hablar de Dios y con Dios. Metz tiene razón. Lo "único necesario" (unum necessarium) para el hombre es Dios. Todo cambia dependiendo de si Dios existe o no existe. Por desgracia, también nosotros, los cristianos, vivimos a menudo como si Dios no existiera (si Deus non daretur). Vivimos según el eslogan: Dios no existe y, si existe, no influye. Por eso, la evangelización ante todo debe hablar de Dios, anunciar al único Dios verdadero: el Creador, el Santificador, el Juez (cf. Catecismo de la Iglesia católica). Anunciar a Dios es introducir en la relación con Dios También aquí es preciso tener presente el aspecto práctico. No se puede dar a conocer a Dios únicamente con palabras. No se conoce a una persona cuando sólo se tienen do ella referencias de segunda mano. Anunciar a Dios es introducir en la relación con Dios: enseñar a orar. La oración es fe en acto. Y sólo en la experiencia de la vida también la evidencia de su existencia. Por eso son tan importantes las escuelas de oración, las comunidades de oración. Son complementarias la oración personal ("en tu propio aposento", solo en la presencia de Dios), la oración común "paralitúrgica" ("religiosidad popular") y la oración litúrgica. Sí, la liturgia es ante todo oración: su elemento específico consiste en que su sujeto primario no somos nosotros (como en la oración privada y en la religiosidad popular), sino Dios mismo. La liturgia es actio divina, Dios actúa y nosotros respondemos a la acción divina. Hablar de Dios y hablar con Dios deben ir siempre juntos. El anuncio de Dios lleva a la comunión con Dios en la comunión fraterna, fundada y vivificada por Cristo. Por eso la liturgia (los sacramentos) no es un tema adjunto al de la predicación del Dios vivo, sino la concretización de nuestra relación con Dios. Observación general sobre la cuestión litúrgica La banalización del misterio En este contexto desearía hacer una observación general sobre la cuestión litúrgica. Con frecuencia nuestro modo de celebrar la liturgia es demasiado racionalista. La liturgia se convierte en enseñanza, cuyo criterio es que la entiendan. Eso a menudo tiene como consecuencia la banalización del misterio, el predominio de nuestras palabras, la repetición de una serie de palabras que parecen más inteligibles y más gratas a la gente. Pero esto es un error no sólo teológico, sino también psicológico y pastoral. La ola de esoterismo, la difusión de técnicas asiáticas de distensión y de auto-vaciamiento muestran que en nuestras liturgias falta algo. 5 Precisamente en el mundo actual necesitamos el silencio, el misterio supraindividual, la belleza. La liturgia no es una invención del sacerdote celebrante o de un grupo de especialistas. La liturgia –el rito– se ha desarrollado en un proceso orgánico a lo largo de los siglos; encierra el fruto de la experiencia de fe de todas las generaciones. Aunque los participantes tal vez no comprendan todas sus fórmulas, perciben su significado profundo, la presencia del misterio, que trasciendo todas las palabras. El celebrante no es el centro de la acción litúrgica; no está delante del pueblo en su nombre propio, no habla de sí y por sí, sino in persona Christi. Lo que cuenta no son las cualidades personales del celebrante, sino sólo su fe, en la que se debe reflejar Cristo. "Conviene que él crezca y yo disminuya" (Jn 3, 30). Jesucristo Sólo en Cristo y por Cristo el tema de Dios se hace realmente concreto: Cristo es el Emmanuel, el Dios con nosotros Con esta reflexión el tema de Dios ya se ha extendido y concretado en el tema de Jesucristo. Sólo en Cristo y por Cristo el tema de Dios se hace realmente concreto: Cristo es el Emmanuel, el Dios con nosotros, la concretización del "Yo soy", la respuesta al deísmo. Hoy es muy fuerte la tentación de reducir a Jesucristo, el Hijo de Dios, sólo a un Jesús histórico, sólo a un hombre. No se niega necesariamente su divinidad, pero con ciertos métodos se destila de la Biblia un Jesús a nuestra medida, un Jesús posible y comprensible en los parámetros de nuestra historiografía. Pero este "Jesús histórico" es una elaboración, la imagen de sus autores y no la imagen del Dios vivo (cf. 2 Cor 4, 4 s; Col 1, 15). El Cristo de la fe no es un mito. El así llamado "Jesús histórico" es una figura mitológica, inventada por diversos intérpretes. Los doscientos años de historia, del "Jesús histórico" reflejan fielmente la historia de las filosofías y de las ideologías de este periodo. El seguimiento de Cristo no es imitar al hombre Jesús, sino identificarse con Cristo, llegar a la unión con Dios En los límites de esta conferencia me es imposible tratar los contenidos del anuncio del Salvador. Sólo quisiera aludir brevemente a dos aspectos importantes. El primero es el seguimiento de Cristo. Cristo se presenta como camino de mi vida. Seguimiento de Cristo no significa imitar al hombre Jesús. Ese intento fracasaría necesariamente; sería un anacronismo. El seguimiento de Cristo tiene una meta mucho más elevada: identificarse con Cristo, es decir, llegar a la unión con Dios. Esa palabra tal vez choque a los oídos del hombre moderno. Pero, en realidad todos tenemos sed de infinito, de una libertad infinita, de una felicidad ilimitada. Toda la historia de las revoluciones de los últimos dos siglos sólo se explica así. La droga sólo se explica así. El hombre no se contenta con soluciones que no lleguen a la divinización. Pero todos los caminos ofrecidos por la "serpiente" (cf. Gn 3, 5), es decir, la sabiduría mundana, fracasan. El único camino es la identificación con Cristo, realizable en la vida sacramental. Seguir a Cristo no es un asunto de moralidad, sino un tema "mistérico", un conjunto de acción divina y respuesta nuestra. El misterio pascual, la cruz y la resurrección. La cruz pertenece al misterio divino, es expresión del amor hasta el extremo Así, en el tema del seguimiento se encuentra presente el otro centro de la cristología, al que quería aludir: el misterio pascual, la cruz y la resurrección. De ordinario en las reconstrucciones del "Jesús histórico" el tema de la cruz carece de significado. En una interpretación "burguesa" se transforma en un accidente de por sí evitable, sin valor teológico; en una interpretación revolucionaria se convierte en la muerta heroica de un rebelde. La verdad es muy diferente. La cruz pertenece al misterio divino; es expresión de su amor hasta el extremo (cf. Jn 13, l). El seguimiento de Cristo es participación en su cruz, unirse a su amor, a la transformación de nuestra vida, que se convierte en nacimiento del hombre nuevo, creado según Dios (cf. Ef 4, 24). Quien omite la cruz, omite la esencia del cristianismo (cf. 1 Cor 2, 2). La vida eterna El anuncio de un Dios presente en la historia para hacer justicia. El anuncio del juicio y de nuestra responsabilidad. El hombre no puede hacer o dejar de hacer lo que le apetezca. Será juzgado. Debe rendir cuentas. Un último elemento central de toda verdadera evangelización es la vida eterna. Hoy, en la vida diaria, debemos anunciar con nueva fuerza nuestra fe. Aquí quisiera sólo aludir a un aspecto a menudo descuidado actualmente de la predicación de Jesús: el anuncio del reino de Dios es anuncio del Dios presente, del Dios que nos conoce, que nos escucha; del Dios que entra en la historia para hacer justicia. Por eso, esta predicación es anuncio del juicio, anuncio de nuestra responsabilidad. El hombre no puede hacer o dejar de hacer lo que le 6 apetezca. Será juzgado. Debe rendir cuentas. Esta certeza vale tanto para los poderosos como para los sencillos. Si se respeta, se trazan los límites de todo poder de este mundo. Dios hace justicia, y en definitiva sólo él puede hacerla. Nosotros lograremos hacer justicia en la medida que seamos capaces de vivir en presencia de Dios y de comunicar al mundo la verdad del juicio. Así el artículo de fe del juicio, su fuerza de formación de las conciencias, es un contenido central del Evangelio y es realmente una buena nueva. Lo es para todos los que sufren por la injusticia del mundo y piden justicia. Así se comprende también la conexión entre el reino de Dios y los "pobres", los que sufren y todos los que viven las bienaventuranzas del sermón de la Montaña. Están protegidos por la certeza del juicio, por la certeza de que hay justicia. Este es el verdadero contenido del artículo del Credo sobre el juicio, sobre Dios juez: hay justicia. Las injusticias del mundo no son la última palabra de la historia. Hay justicia. Sólo quien no quiera que haya justicia puede oponerse a esta verdad. Si tomamos en serio el juicio y la grave responsabilidad que de él brota para nosotros, comprenderemos bien el otro aspecto de este anuncio, es decir, la redención, el hecho de que Jesús en la cruz asume nuestros pecados; que Dios mismo en la pasión de su Hijo se convierte en abogado de nosotros, pecadores, y así hace posible la penitencia, la esperanza al pecador arrepentido, esperanza expresada de modo admirable en las palabras de san Juan: "Dios es mayor que nuestra conciencia y conoce todo" (Jn 3, 20). Ante Dios tranquilizaremos nuestra conciencia, independientemente de lo que nos reproche. Sólo teniendo hambre y sed de justicia, abrimos nuestro corazón, nuestra vida, a la misericordia divina. No es verdad que la fe en la vida eterna quite importancia a la vida en la tierra. La bondad de Dios es infinita, pero no la debemos reducir a un empalago sin verdad. Sólo creyendo en el justo juicio de Dios, sólo teniendo hambre y sed de justicia (cf. Mt 5, 6), abrimos nuestro corazón, nuestra vida, a la misericordia divina. No es verdad que la fe en la vida eterna quite importancia a la vida en la tierra. Al contrario, sólo si la medida de nuestra vida es la eternidad, también esta vida en la tierra es grande y su valor inmenso. Dios no es el rival de nuestra vida. La sencillez del mensaje cristiano: hablar de Dios y del hombre Dios no es el rival de nuestra vida, sino el garante de nuestra grandeza. Así volvemos a nuestro punto de partida: Dios. Si consideramos bien el mensaje cristiano, no hablamos de un montón de cosas. El mensaje cristiano es en realidad muy sencillo: hablamos de Dios y del hombre, y así lo decimos todo. www.parroquiasantamonica.com
lunes, 12 de diciembre de 2016
Cfr. 26 tiempo ordinario Ciclo B 27 septiembre 2009
1 [Chiesa/Omelie1/Apostolato/26B09EvangelizaciónApostoladoMonopolioEnvidiaCarismas] Domingo 26 del tiempo ordinario. Evangelización/Apostolado. El monopolio y la envidia. No hay exclusivismos en la evangelización; en la Iglesia católica nadie tiene el monopolio. Unidad y diversidad en la edificación del reino de Dios. S. Agustín veía en la envidia el «pecado diabólico por excelencia». La envidia procede con frecuencia del orgullo; el bautizado ha de esforzarse por vivir en la humildad. Cfr. 26 tiempo ordinario Ciclo B 27 septiembre 2009 Números 11, 25-29; Marcos 9, 38-43.45.47-48Salmo 18,8;10; 12-13;14 1ª Lectura (Números 11,25-29) Lectura del libro de los Números 25 En aquellos días, el Señor descendió de la nube y habló con Moisés. Tomó del Espíritu que reposaba sobre Moisés y se lo dio a los setenta ancianos. Cuando el Espíritu se posó sobre ellos, se pusieron a profetizar. 26 Se habían quedado en el campamento dos hombres: uno llamado Eldad y otro, Medad. También sobre ellos se posó el Espíritu, pues aunque no habían ido a la reunión, eran de los elegidos y ambos comenzaron a profetizar en el campamento. 27 Un muchacho corrió a contarle a Moisés que Eldad y Medad estaban profetizando en el campamento. 28 Entonces Josué, hijo de Nun, que desde muy joven era ayudante de Moisés, le dijo: "Señor mío, prohíbeselo". 29 Pero Moisés le respondió: "¿Crees que voy a ponerme celoso? Ojalá que todo el pueblo de Dios fuera profeta y descendiera sobre todos ellos el Espíritu del Señor". Salmo responsorial (18) R. Los mandamientos del Señor alegran el corazón. L. La ley del Señor es perfecta del todo y reconforta el alma; inmutables son las palabras del Señor y hacen sabio al sencillo /R. L. La voluntad de Dios es santa y para siempre estable; los mandamientos del Señor son verdaderos y enteramente justos /R. L. Aunque tu servidor se esmera en cumplir tus preceptos con cuidado, ¿quién no falta, Señor, sin advertirlo? Perdona mis errores ignorados /R. L. Presérvame, Señor, de la soberbia, no dejes que el orgullo me domine; así, del gran pecado tu servidor podrá encontrarse libre /R. 2ª Lectura (Santiago 5,1-6) Lectura de la carta del apóstol Santiago Lloren y laméntense, ustedes, los ricos, por las desgracias que les esperan. Sus riquezas se han corrompido; la polilla se ha comido sus vestidos; enmohecidos están su oro y su plata, y ese moho será una prueba contra ustedes y consumirá sus carnes, como el fuego. Con esto ustedes han atesorado un castigo para los últimos días. El salario que ustedes han defraudado a los trabajadores que segaron sus campos está clamando contra ustedes; sus gritos han llegado hasta el oído del Señor de los Ejércitos. Han vivido ustedes en este mundo entregados al lujo y al placer, engordando como reses para el día de la matanza. Han condenado a los inocentes y los han matado, porque no podían defenderse. Evangelio (Marcos 9,38-43.45.47-48) Lectura del santo Evangelio según san Marcos En aquel tiempo, 38 Juan le dijo: «Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre y no viene con nosotros y tratamos de impedírselo porque no venía con nosotros.» 39 Pero Jesús dijo: «No se lo impidáis, pues no hay nadie que obre un milagro invocando mi nombre y que luego sea capaz de hablar mal de mí. 40 Pues el que no está contra nosotros, está por nosotros.» 41 «Todo aquel que os dé de beber un vaso de agua por el hecho de que sois de Cristo, os aseguro que no perderá su recompensa.» 42 «Y al que escandalice a uno de estos pequeños que creen, mejor le es que le pongan al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos y que le echen al mar. 43 Y si tu mano te es ocasión de pecado, córtatela. Más vale que entres manco en la Vida que, con las dos manos, ir a la gehenna, al fuego que no se apaga. 45Y si tu pie te es ocasión de pecado, córtatelo. Más vale que entres cojo en la Vida que, con los dos pies, ser arrojado a la gehenna. 47 Y si tu ojo te es ocasión de pecado, sácatelo. Más vale que entres con un solo ojo en el Reino de Dios que, con los dos ojos, ser arrojado a la gehenna, 48 donde su gusano no muere y el fuego no se apaga. 1. Primera lectura del libro de los Números (11, 25-29) y Evangelio (Marcos 9, 38-42) o a) Antecedentes del texto del libro de los Números: vv. 1-15 - el pueblo de Israel se lamenta continuamente ante Moisés, cuando están atravesando el desierto camino hacia la tierra prometida, después de haber dejado Egipto: [1 El pueblo profería quejas amargas a los oídos de Yahveh, y Yahveh lo oyó. ... 5 ¡Cómo nos acordamos del pescado que comíamos de balde en Egipto, y de los pepinos, melones, puerros, cebollas y ajos! 6 En cambio ahora tenemos el alma seca. No hay de nada. Nuestros ojos no ven más que el maná.»] 2 - Y Moisés se dirige al Señor, cansado a causa del trabajo que debe soportar para llevar a cabo la misión que Yahveh le había confiado: [10 Moisés oyó llorar al pueblo, cada uno en su familia, a la puerta de su tienda. Se irritó mucho la ira de Yahveh. A Moisés le pareció mal, 11y le dijo a Yahveh: «¿Por qué tratas mal a tu siervo? ¿Por qué no he hallado gracia a tus ojos, para que hayas echado sobre mí la carga de todo este pueblo? 12 ¿Acaso he sido yo el que ha concebido a todo este pueblo y lo ha dado a luz, para que me digas: "Llévalo en tu regazo, como lleva la nodriza al niño de pecho, hasta la tierra que prometí con juramento a sus padres?" 13 ¿De dónde voy a sacar carne para dársela a todo este pueblo, que me llora diciendo: Danos carne para comer? 14 No puedo cargar yo solo con todo este pueblo: es demasiado pesado para mí. 15 Si vas a tratarme así, mátame, por favor, si he hallado gracia a tus ojos, para que no vea más mi desventura.»] - El Señor responde a Moisés diciéndole que reúna 70 ancianos del pueblo para que le ayuden (vv. 16-17; 24-39) e infunde sobre ellos el espíritu de Moisés; y promete que tendrían carne en abundancia (vv. 18-23; 31-34). Los ancianos ayudarían a Moisés con su palabra (ayudando al pueblo de Israel a entender el designio de Dios) y con su ejemplo. o b) La petición de Josué a Moisés y la respuesta de éste: vv. 28-29 - Pero resultó que, como hemos escuchado en la primera lectura de hoy, hubo dos hombres que estaban en el campamento y no fueron a la reunión de los ancianos y también profetizaban. Josué pidió a Moisés que se lo prohibiese a estos dos; y la respuesta de Moisés fue muy clara y tajante: "¿Crees que voy a ponerme celoso? Ojalá que todo el pueblo de Dios fuera profeta y descendiera sobre todos ellos el Espíritu del Señor". Estas palabras corrigen los celos de Josué. o c) Evangelio. La petición del apóstol Juan y la respuesta de Jesús: vv. 38-41 • La historia de la petición de Josué, se repite en el párrafo del evangelio de hoy. Juan, uno de los discípulos predilectos del Señor, también se muestra celoso de que otras personas, fuera del grupo de los apóstoles, ejerciten la misma acción de liberar demonios. Y Jesús, el nuevo Moisés, rectifica también a Juan, afirmando que otros que no son sus discípulos pueden también practicar lo que han escuchado de su predicación. - 38 Juan le dijo: «Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre y no viene con nosotros y tratamos de impedírselo porque no venía con nosotros.» 39 Pero Jesús dijo: «No se lo impidáis, pues no hay nadie que obre un milagro invocando mi nombre y que luego sea capaz de hablar mal de mí. 40 Pues el que no está contra nosotros, está por nosotros.» 2. No hay exclusivismos en la evangelización; en la Iglesia católica nadie tiene el monopolio. • Los dos episodios que hemos visto - del Evangelio y del libro de los Números – nos indican en primer lugar que el Espíritu “sopla donde quiere” (Juan 3,8). Dios ha escogido, en el AT y en el NT, instrumentos para manifestarse; ha querido que hubiese instituciones que fuesen lugar de encuentro y de acción privilegiados de su Espíritu (para nosotros: Iglesia, sacramentos, jerarquía, sacerdocio), pero no se ha ligado a ellos exclusivamente, no ha dado en monopolio ni como contrato el Espíritu a ninguno, “precisamente porque es tal la libertad de Dios que ninguna realidad creada la puede expresar completamente o gestionarla” 1 . • El Catecismo (n. 1866) explica por qué no podemos molestarnos o impedir que otras personas fuera de nosotros mismos hagan apostolado: “En la Iglesia Católica nadie tiene el monopolio de la evangelización, o de la catequesis, nadie trabaja en exclusiva”. • Nuevo Testamento, Eunsa 2004, nota Marcos 9, 33-50: “A propósito del que expulsaba demonios en nombre de Cristo, el Señor les enseña a tener amplitud de miras en el crecimiento del Reino de Dios (vv. 38-40) y les previene - a ellos y a nosotros - contra el exclusivismo y el espíritu de partido único”. 1 Cfr. Raniero Cantalamessa, La parola e la vita, Città Nuova, Anno B, XXVI domenica, IX edizione giugno 2005, pp. 305-306 3 3. Unidad y diversidad en la edificación del reino de Dios, en el apostolado. o Todos tenemos que ocuparnos del reino de Dios: • Conc. Vat. II Apostolicam actuositatem (Decreto sobre el apostolado de los laicos), n. 3: «se impone a todos los cristianos la dulcísima obligación de trabajar para que el mensaje divino de la salvación sea conocido y aceptado por todos los hombres de cualquier lugar de la tierra». De diferentes modos: individualmente o unidos a otros en diversísimas formas • Conc. Vat. II, Decreto sobre el apostolado de los laicos .... nn. 15 y 16: «Los seglares pueden ejercer su acción apostólica como individuos o reunidos en varias comunidades o asociaciones» (n. 15); «Muchas son las formas de apostolado con que los seglares edifican la Iglesia y santifican el mundo, animándolo en Cristo» (nn. 16, 19); «Todas las formas de apostolado han de ser debidamente apreciadas» (n. 21). • Por lo tanto, hay muchos modos de trabajar, diversos ... Lo que se nos pide a todos es que estemos unidos a los Obispos y al Papa. En la Iglesia, son los Obispos en comunión con el Papa y el mismo Papa quienes garantizan que todos – aún por los caminos más diversos – hagamos la cosas correctamente. Y es bueno que haya diversidad, y nos alegramos cuando encontramos muchas personas que – aunque sea de modo diverso – están trabajando por el Señor. 4. La humildad de Moisés le lleva a no tener envidia. • Se ha señalado la respuesta que Moisés dio a Josué para explicar su humildad “que llega hasta no sentir ninguna envidia por el don profético de los demás (Números 11,25-29)” 2 • La envidia es uno de los vicios capitales que generan otros pecados 3 , y puede conducir a las peores fechorías 4 . Al proceder con frecuencia del orgullo, el bautizado ha de esforzarse por vivir en la humildad 5 . o Algunos números del Catecismo de la Iglesia Católica sobre la envidia - CEC 2539: La envidia es un pecado capital. Manifiesta la tristeza experimentada ante el bien del prójimo y el deseo desordenado de poseerlo, aunque sea en forma indebida. Cuando desea al prójimo un mal grave es un pecado mortal: S. Agustín veía en la envidia el «pecado diabólico por excelencia» (Catech. 4, 8.). «De la envidia nacen el odio, la maledicencia, la calumnia, la alegría causada por el mal del prójimo y la tristeza causada por su prosperidad» (S. Gregorio Magno, mor. 31, 45.). - CEC 2317: Las injusticias, las desigualdades excesivas de orden económico o social, la envidia, la desconfianza y el orgullo, que existen entre los hombres y las naciones, amenazan sin cesar la paz y causan las guerras. Todo lo que se hace para superar estos desórdenes contribuye a edificar la paz y evitar la guerra: En la medida en que los hombres son pecadores, les amenaza y les amenazará hasta la venida de Cristo, el peligro de guerra; en la medida en que, unidos por la caridad, superan el pecado, se superan también las violencias hasta que se cumpla la palabra: «De sus espadas forjarán arados y de sus lanzas podaderas. Ninguna nación levantará ya más la espada contra otra y no se adiestrarán más para el combate» (Isaías 2, 4) (Gaudium et spes 78, 6). - CEC 2538: El décimo mandamiento exige que se destierre del corazón humano la envidia. Cuando el profeta Natán quiso estimular el arrepentimiento del rey David, le contó la historia del pobre que sólo poseía una oveja, a la que trataba como una hija, y del rico que, a pesar de sus numerosos rebaños, envidiaba al primero y acabó por robarle la cordera (Cf 2 Samuel 12, 1-4.). La envidia puede conducir a las peores fechorías (Cf Génesis 4, 3-7; 1 Reyes 21, 1-29.). La muerte entró en el mundo por la envidia del diablo (Cf Sabiduría 2, 24.). 2 P. Stefani, Moisés, en Nuevo Diccionario de Teología Bíblica, Ed. Paulinas 1990, 2152. 3 Cfr. CEC nn. 1866 y 2539 4 Cfr. CEC 2538 5 Cfr. CEC 2540 4 Luchamos entre nosotros, y es la envidia la que nos arma unos contra otros... Si todos se afanan así por perturbar el Cuerpo de Cristo, ¿a dónde llegaremos? Estamos debilitando el Cuerpo de Cristo... Nos declaramos miembros de un mismo organismo y nos devoramos como lo harían las fieras (S. Juan Crisóstomo, hom. in 2 Corintios 28, 3-4.). - CEC 2540: La envidia representa una de las formas de la tristeza y, por tanto, un rechazo de la caridad; el bautizado debe luchar contra ella mediante la benevolencia. La envidia procede con frecuencia del orgullo; el bautizado ha de esforzarse por vivir en la humildad: ¿Querríais ver a Dios glorificado por vosotros? Pues bien, alegraos del progreso de vuestro hermano y con ello Dios será glorificado por vosotros. Dios será alabado -se dirá- porque su siervo ha sabido vencer la envidia poniendo su alegría en los méritos de otros (S. Juan Crisóstomo, hom. in Romanos 7, 3.). - CEC 2553: La envidia es la tristeza que se experimenta ante el bien del prójimo y el deseo desordenado de apropiárselo. Es un pecado capital. - CEC 2554: El bautizado combate la envidia mediante la benevolencia, la humildad y el abandono en la providencia de Dios. www.parroquiasantamonica.com
domingo, 11 de diciembre de 2016
Benedicto XVI, San Bernardo de Claraval, Audiencia General del 21 de octubre de 2009.
1 Sin una profunda fe en Dios, alimentada por la oración y por la contemplación, por una relación íntima con el Señor, nuestras reflexiones sobre los misterios divinos corren el riesgo de ser un vano ejercicio intelectual, y pierden su credibilidad. Cfr. Benedicto XVI, San Bernardo de Claraval, Audiencia General del 21 de octubre de 2009 Queridos hermanos y hermanas: o Biografía y obras que escribió Hoy quiero hablar sobre san Bernardo de Claraval, llamado el "último de los Padres" de la Iglesia, porque en el siglo XII, una vez más, renovó e hizo presente la gran teología de los Padres. No conocemos con detalles los años de su juventud, aunque sabemos que nació en el año 1090 en Fontaines, en Francia, en una familia numerosa y discretamente acomodada. De joven, se entregó al estudio de las llamadas artes liberales —especialmente de la gramática, la retórica y la dialéctica— en la escuela de los canónigos de la iglesia de Saint-Vorles, en Châtillon-sur-Seine, y maduró lentamente la decisión de entrar en la vida religiosa. Alrededor de los veinte años entró en el Císter, una fundación monástica nueva, más ágil respecto de los antiguos y venerables monasterios de entonces y, al mismo tiempo, más rigurosa en la práctica de los consejos evangélicos. Algunos años más tarde, en 1115, san Bernardo fue enviado por san Esteban Harding, tercer abad del Císter, a fundar el monasterio de Claraval (Clairvaux). Allí el joven abad, que tenía sólo 25 años, pudo afinar su propia concepción de la vida monástica, esforzándose por traducirla en la práctica. Mirando la disciplina de otros monasterios, san Bernardo reclamó con decisión la necesidad de una vida sobria y moderada, tanto en la mesa como en la indumentaria y en los edificios monásticos, recomendando la sustentación y la solicitud por los pobres. Entretanto la comunidad de Claraval crecía en número y multiplicaba sus fundaciones. Correspondencia, Sermones sobre el Cantar de los Cantares, Sentencias y Tratados, De Consideratione. Luchas contra Abelardo y contra los cátaros. En esos mismos años, antes de 1130, san Bernardo inició una vasta correspondencia con muchas personas, tanto importantes como de modestas condiciones sociales. A las muchas Cartas de este período hay que añadir numerosos Sermones, así como Sentencias y Tratados. También a esta época se remonta la gran amistad de Bernardo con Guillermo, abad de Saint-Thierry, y con Guillermo de Champeaux, personalidades muy importantes del siglo XII. Desde 1130 en adelante empezó a ocuparse de no pocos y graves asuntos de la Santa Sede y de la Iglesia. Por este motivo tuvo que salir cada vez más a menudo de su monasterio, en ocasiones incluso fuera de Francia. Fundó también algunos monasterios femeninos, y fue protagonista de un notable epistolario con Pedro el Venerable, abad de Cluny, del que hablé el miércoles pasado. Dirigió principalmente sus escritos polémicos contra Abelardo, un gran pensador que inició una nueva forma de hacer teología, introduciendo sobre todo el método dialéctico-filosófico en la construcción del pensamiento teológico. Otro frente contra el que san Bernardo luchó fue la herejía de los cátaros, que despreciaban la materia y el cuerpo humano, despreciando, en consecuencia, al Creador. Él, en cambio, sintió el deber de defender a los judíos, condenando los rebrotes de antisemitismo cada vez más generalizados. Por este último aspecto de su acción apostólica, algunas decenas de años más tarde, Ephraim, rabino de Bonn, rindió a san Bernardo un vibrante homenaje. En ese mismo periodo el santo abad escribió sus obras más famosas, como los celebérrimos Sermones sobre el Cantar de los cantares. En los últimos años de su vida —su muerte sobrevino en 1153— san Bernardo tuvo que reducir los viajes, aunque sin interrumpirlos del todo. Aprovechó para revisar definitivamente el conjunto de las Cartas, de los Sermones y de los Tratados. Es digno de mención un libro bastante particular, que terminó precisamente en este período, en 1145, cuando un alumno suyo, Bernardo Pignatelli, fue elegido Papa con el nombre de Eugenio III. En esta circunstancia, san Bernardo, en calidad de padre espiritual, escribió a este hijo espiritual suyo el texto De Consideratione, que contiene enseñanzas para poder ser un buen Papa. En este libro, que sigue siendo una lectura conveniente para los Papas de todos los tiempos, san Bernardo no sólo indica cómo ser un buen Papa, sino que también expresa una profunda visión del misterio de la Iglesia y del misterio de Cristo, que desemboca, al final, en la contemplación del misterio de Dios trino y uno: "Debería proseguir la búsqueda de este Dios, al que no se busca suficientemente —escribe el santo abad—, pero quizá se puede buscar mejor y encontrar más fácilmente con la oración que con la discusión. Pongamos, por tanto, aquí término al libro, pero no a la búsqueda" (XIV, 32: PL 182, 808), a estar en camino hacia Dios. o Dos aspectos centrales de la rica doctrina de san Bernardo, que se refieren a Jesucristo y a María Santísima. A) Sólo hay un nombre que cuenta: el de Jesús Nazareno. El verdadero conocimiento de Dios consiste en la experiencia personal, profunda, de Jesucristo y de su amor. Ahora quiero detenerme sólo en dos aspectos centrales de la rica doctrina de san Bernardo: se refieren a Jesucristo y a María santísima, su Madre. Su solicitud por la íntima y vital participación del cristiano en el amor de Dios en Jesucristo no trae orientaciones nuevas en el estatuto científico de la teología. Pero, de forma más decidida que nunca, el abad de Claraval relaciona al teólogo con el contemplativo y el místico. Sólo Jesús 2 —insiste san Bernardo ante los complejos razonamientos dialécticos de su tiempo—, sólo Jesús es "miel en la boca, cántico en el oído, júbilo en el corazón" (mel in ore, in aure melos, in corde iubilum)". Precisamente de aquí proviene el título, que le atribuye la tradición, de Doctor mellifluus: de hecho, su alabanza de Jesucristo "fluye como la miel". En las intensas batallas entre nominalistas y realistas —dos corrientes filosóficas de la época— el abad de Claraval no se cansa de repetir que sólo hay un nombre que cuenta, el de Jesús Nazareno. "Árido es todo alimento del alma —confiesa— si no se lo rocía con este aceite; insípido, si no se lo sazona con esta sal. Lo que escribes no tiene sabor para mí, si no leo allí a Jesús". Y concluye: "Cuando discutes o hablas, nada tiene sabor para mí, si no siento resonar el nombre de Jesús" (Sermones in Cantica canticorum xv, 6: PL 183, 847). Para san Bernardo, de hecho, el verdadero conocimiento de Dios consiste en la experiencia personal, profunda, de Jesucristo y de su amor. Y esto, queridos hermanos y hermanas, vale para todo cristiano: la fe es ante todo encuentro personal íntimo con Jesús, es hacer experiencia de su cercanía, de su amistad, de su amor, y sólo así se aprende a conocerlo cada vez más, a amarlo y seguirlo cada vez más. ¡Que esto nos suceda a cada uno de nosotros! B) La participación de María en el sacrificio redentor de su Hijo. San Bernardo no tiene dudas: "per Mariam ad Iesum", a través de María somos llevados a Jesús. En otro célebre Sermón en el domingo dentro de la octava de la Asunción, el santo abad describe en términos apasionados la íntima participación de María en el sacrificio redentor de su Hijo. "¡Oh santa Madre —exclama—, verdaderamente una espada ha traspasado tu alma!... Hasta tal punto la violencia del dolor ha traspasado tu alma, que con razón te podemos llamar más que mártir, porque en ti la participación en la pasión del Hijo superó con mucho en intensidad los sufrimientos físicos del martirio" (14: PL 183, 437-438). San Bernardo no tiene dudas: "per Mariam ad Iesum", a través de María somos llevados a Jesús. Él atestigua con claridad la subordinación de María a Jesús, según los fundamentos de la mariología tradicional. Pero el cuerpo del Sermón documenta también el lugar privilegiado de la Virgen en la economía de la salvación, dada su particularísima participación como Madre (compassio) en el sacrificio del Hijo. Por eso, un siglo y medio después de la muerte de san Bernardo, Dante Alighieri, en el último canto de la Divina Comedia, pondrá en los labios del Doctor melifluo la sublime oración a María: "Virgen Madre, hija de tu Hijo, / humilde y elevada más que cualquier criatura / término fijo de eterno consejo, ..." (Paraíso 33, vv. 1 ss). A veces se pretende resolver las cuestiones fundamentales sobre Dios, sobre el hombre y sobre el mundo únicamente con las fuerzas de la razón. San Bernardo, en cambio, sólidamente fundado en la Biblia y en los Padres de la Iglesia, nos recuerda que sin una profunda fe en Dios, alimentada por la oración y por la contemplación, por una relación íntima con el Señor, nuestras reflexiones sobre los misterios divinos corren el riesgo de ser un vano ejercicio intelectual, y pierden su credibilidad. Estas reflexiones, características de un enamorado de Jesús y de María como san Bernardo, siguen inspirando hoy de forma saludable no sólo a los teólogos, sino a todos los creyentes. A veces se pretende resolver las cuestiones fundamentales sobre Dios, sobre el hombre y sobre el mundo únicamente con las fuerzas de la razón. San Bernardo, en cambio, sólidamente fundado en la Biblia y en los Padres de la Iglesia, nos recuerda que sin una profunda fe en Dios, alimentada por la oración y por la contemplación, por una relación íntima con el Señor, nuestras reflexiones sobre los misterios divinos corren el riesgo de ser un vano ejercicio intelectual, y pierden su credibilidad. La teología remite a la "ciencia de los santos", a su intuición de los misterios del Dios vivo, a su sabiduría, don del Espíritu Santo, que son punto de referencia del pensamiento teológico. Junto con san Bernardo de Claraval, también nosotros debemos reconocer que el hombre busca mejor y encuentra más fácilmente a Dios "con la oración que con la discusión". Al final, la figura más verdadera del teólogo y de todo evangelizador sigue siendo la del apóstol san Juan, que reclinó su cabeza sobre el corazón del Maestro. o Invocaciones a María Quiero concluir estas reflexiones sobre san Bernardo con las invocaciones a María que leemos en una bella homilía suya: "En los peligros, en las angustias, en las incertidumbres —dice— piensa en María, invoca a María. Que Ella no se aparte nunca de tus labios, que no se aparte nunca de tu corazón; y para que obtengas la ayuda de su oración, no olvides nunca el ejemplo de su vida. Si la sigues, no puedes desviarte; si la invocas, no puedes desesperar; si piensas en ella, no puedes equivocarte. Si ella te sostiene, no caes; si ella te protege, no tienes que temer; si ella te guía, no te cansas; si ella te es propicia, llegarás a la meta..." (Hom. ii super "Missus est", 17: PL 183, 70-71). www.parroquiasantamonica.com
La evangelización. El apostolado.
1 La evangelización. El apostolado. Todos los bautizados tenemos que ocuparnos de ello; y nadie tiene la exclusiva. No debemos tener envidia porque los demás evangelicen de muy diversos modos: “Muchas son las formas de apostolado con que los seglares edifican la Iglesia y santifican el mundo, animándolo en Cristo”. Cfr. 26 tiempo ordinario Ciclo B 30 septiembre 2012 Números 11, 25-29; Marcos 9, 38-43.45.47-48Salmo 18,8;10; 12-13;14 1ª Lectura (Números 11,25-29) 25 En aquellos días, el Señor descendió de la nube y habló con Moisés. Tomó del Espíritu que reposaba sobre Moisés y se lo dio a los setenta ancianos. Cuando el Espíritu se posó sobre ellos, se pusieron a profetizar. 26 Se habían quedado en el campamento dos hombres: uno llamado Eldad y otro, Medad. También sobre ellos se posó el Espíritu, pues aunque no habían ido a la reunión, eran de los elegidos y ambos comenzaron a profetizar en el campamento. 27 Un muchacho corrió a contarle a Moisés que Eldad y Medad estaban profetizando en el campamento. 28 Entonces Josué, hijo de Nun, que desde muy joven era ayudante de Moisés, le dijo: "Señor mío, prohíbeselo". 29 Pero Moisés le respondió: "¿Crees que voy a ponerme celoso? Ojalá que todo el pueblo de Dios fuera profeta y descendiera sobre todos ellos el Espíritu del Señor". Salmo responsorial (18) R. Los mandamientos del Señor alegran el corazón. L. La ley del Señor es perfecta del todo y reconforta el alma; inmutables son las palabras del Señor y hacen sabio al sencillo /R. L. La voluntad de Dios es santa y para siempre estable; los mandamientos del Señor son verdaderos y enteramente justos /R. L. Aunque tu servidor se esmera en cumplir tus preceptos con cuidado, ¿quién no falta, Señor, sin advertirlo? Perdona mis errores ignorados /R. L. Presérvame, Señor, de la soberbia, no dejes que el orgullo me domine; así, del gran pecado tu servidor podrá encontrarse libre /R. 2ª Lectura (Santiago 5,1-6) 1 Ahora, vosotros, los ricos, llorad a gritos por las desgracias que os van a caer. 2 Vuestra riqueza está podrida, y vuestros vestidos consumidos por la polilla; 3 vuestro oro y vuestra plata están enmohecidos, y su moho servirá de testimonio contra vosotros y devorará vuestras carnes como fuego. Habéis atesorado para los últimos días. 4 Mirad: el salario que habéis defraudado a los obreros que segaron vuestros campos, está clamando; y los gritos de los segadores han llegado a los oídos del Señor de los ejércitos. 5 Habéis vivido lujosamente en la tierra, entregados a los placeres, y habéis cebado vuestros corazones para el día de la matanza. 6 Habéis condenado y habéis dado muerte al justo, sin que él os ofreciera resistencia. Evangelio (Marcos 9,38-43.45.47-48) En aquel tiempo, 38 Juan le dijo: «Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre y no viene con nosotros y tratamos de impedírselo porque no venía con nosotros.» 39 Pero Jesús dijo: «No se lo impidáis, pues no hay nadie que obre un milagro invocando mi nombre y que luego sea capaz de hablar mal de mí. 40 Pues el que no está contra nosotros, está por nosotros.» 41 «Todo aquel que os dé de beber un vaso de agua por el hecho de que sois de Cristo, os aseguro que no perderá su recompensa.» 42 «Y al que escandalice a uno de estos pequeños que creen, mejor le es que le pongan al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos y que le echen al mar. 43 Y si tu mano te es ocasión de pecado, córtatela. Más vale que entres manco en la Vida que, con las dos manos, ir a la gehenna, al fuego que no se apaga. 45Y si tu pie te es ocasión de pecado, córtatelo. Más vale que entres cojo en la Vida que, con los dos pies, ser arrojado a la gehenna. 47 Y si tu ojo te es ocasión de pecado, sácatelo. Más vale que entres con un solo ojo en el Reino de Dios que, con los dos ojos, ser arrojado a la gehenna, 48 donde su gusano no muere y el fuego no se apaga. 1. Primera lectura del libro de los Números (11, 25-29) y Evangelio (Marcos 9, 38-42) o a) Antecedentes del texto de los Números: vv. 1-15 - el pueblo de Israel se lamenta continuamente ante Moisés, cuando están atravesando el desierto camino hacia la tierra prometida, después de haber dejado Egipto: 2 [1 El pueblo profería quejas amargas a los oídos de Yahveh, y Yahveh lo oyó. ... 5 ¡Cómo nos acordamos del pescado que comíamos de balde en Egipto, y de los pepinos, melones, puerros, cebollas y ajos! 6 En cambio ahora tenemos el alma seca. No hay de nada. Nuestros ojos no ven más que el maná.»] - Y Moisés se dirige al Señor, cansado a causa del trabajo que debe soportar para llevar a cabo la misión que Yahveh le había confiado: [10 Moisés oyó llorar al pueblo, cada uno en su familia, a la puerta de su tienda. Se irritó mucho la ira de Yahveh. A Moisés le pareció mal, 11y le dijo a Yahveh: «¿Por qué tratas mal a tu siervo? ¿Por qué no he hallado gracia a tus ojos, para que hayas echado sobre mí la carga de todo este pueblo? 12 ¿Acaso he sido yo el que ha concebido a todo este pueblo y lo ha dado a luz, para que me digas: "Llévalo en tu regazo, como lleva la nodriza al niño de pecho, hasta la tierra que prometí con juramento a sus padres?" 13 ¿De dónde voy a sacar carne para dársela a todo este pueblo, que me llora diciendo: Danos carne para comer? 14 No puedo cargar yo solo con todo este pueblo: es demasiado pesado para mí. 15 Si vas a tratarme así, mátame, por favor, si he hallado gracia a tus ojos, para que no vea más mi desventura.»] - El Señor responde a Moisés diciéndole que reúna 70 ancianos del pueblo para que le ayuden (vv. 16-17; 24-39) e infunde sobre ellos el espíritu de Moisés; y promete que tendrían carne en abundancia (vv. 18-23; 31-34). Los ancianos ayudarían a Moisés con su palabra (ayudando al pueblo de Israel a entender el designio de Dios) y con su ejemplo. o b) La petición de Josué a Moisés y la respuesta de éste: vv. 28-29 - Pero resultó que, como hemos escuchado en la primera lectura de hoy, hubo dos hombres que estaban en el campamento y no fueron a la reunión de los ancianos y también profetizaban. Josué pidió a Moisés que se lo prohibiese a estos dos; y la respuesta de Moisés fue muy clara y tajante: "¿Crees que voy a ponerme celoso? Ojalá que todo el pueblo de Dios fuera profeta y descendiera sobre todos ellos el Espíritu del Señor". o c) Evangelio. La petición del apóstol Juan y la respuesta de Jesús: vv. 38-41 - 38 Juan le dijo: «Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre y no viene con nosotros y tratamos de impedírselo porque no venía con nosotros.» 39 Pero Jesús dijo: «No se lo impidáis, pues no hay nadie que obre un milagro invocando mi nombre y que luego sea capaz de hablar mal de mí. 40 Pues el que no está contra nosotros, está por nosotros.» 2. No hay exclusivismos en la evangelización; en la Iglesia católica no se debe dar el espíritu de partido único. • Los dos episodios que hemos visto - del Evangelio y del libro de los Números – nos indican en primer lugar que el Espíritu “sopla donde quiere” (Juan 3,8). Dios ha escogido, en el AT y en el NT, instrumentos para manifestarse; ha querido que hubiese instituciones que fuesen lugar de encuentro y de acción privilegiados de su Espíritu (para nosotros: Iglesia, sacramentos, jerarquía, sacerdocio), pero no se ha ligado a ellos exclusivamente, no ha dado en monopolio ni como contrato el Espíritu a ninguno, “precisamente porque es tal la libertad de Dios que ninguna realidad creada la puede expresar completamente o gestionarla” 1 . • Nuevo Testamento, Eunsa 2004, nota Marcos 9, 33-50: “A propósito del que expulsaba demonios en nombre de Cristo, el Señor les enseña a tener amplitud de miras en el crecimiento del Reino de Dios (vv. 38-40) y les previene - a ellos y a nosotros - contra el exclusivismo y el espíritu de partido único”. o Unidad y diversidad en la edificación del reino de Dios, en el apostolado 1 Cfr. Raniero Cantalamessa, La parola e la vita, Città Nuova, Anno B, XXVI domenica, IX edizione giugno 2005 3 Todos tenemos que ocuparnos del reino de Dios: • Conc. Vat. II Apostolicam actuositatem (Decreto sobre el apostolado de los laicos), n. 3: «se impone a todos los cristianos la dulcísima obligación de trabajar para que el mensaje divino de la salvación sea conocido y aceptado por todos los hombres de cualquier lugar de la tierra». De diferentes modos: individualmente o unidos a otros en diversísimas formas • Conc. Vat. II, Decreto sobre el apostolado de los laicos .... nn. 15 y 16: «Los seglares pueden ejercer su acción apostólica como individuos o reunidos en varias comunidades o asociaciones» (n. 15); «Muchas son las formas de apostolado con que los seglares edifican la Iglesia y santifican el mundo, animándolo en Cristo» (nn. 16, 19); «Todas las formas de apostolado han de ser debidamente apreciadas» (n. 21). • Por lo tanto, hay muchos modos de trabajar, diversos ... Lo que se nos pide a todos es que estemos unidos a los Obispos y al Papa. En la Iglesia, son los Obispos en comunión con el Papa y el mismo Papa quienes garantizan que todos – aún por los caminos más diversos – hagamos la cosas correctamente. Y es bueno que haya diversidad, y nos alegramos cuando encontramos muchas personas que – aunque sea de modo diverso – están trabajando por el Señor. 3. La humildad de Moisés le lleva a no tener envidia de los dones que Dios dio a los demás. • Se ha señalado la respuesta que Moisés dio a Josué para explicar su humildad “que llega hasta no sentir ninguna envidia por el don profético de los demás (Números 11,25-29)” 2 • Como veremos a continuación, la envidia es uno de los vicios capitales que generan otros pecados y puede conducir a las peores fechorías. Al proceder con frecuencia del orgullo, el bautizado ha de esforzarse por vivir en la humildad. Juan Pablo II habla de una profunda libertad interior de Moisés, motivada por la confianza en Dios. Homilía, 27 de septiembre de 2003 • "El que no está contra nosotros, está a favor nuestro" (Marcos 9,40). Así dice Jesús en el pasaje evangélico de este domingo, haciéndose eco de la primera lectura, que presenta a Moisés en actitud de profunda libertad interior, motivada por la confianza en Dios (cf. Números 11,29). o Algunos números del Catecismo de la Iglesia Católica sobre la envidia De la envidia nacen muchos males. - CEC 1866 Los vicios pueden ser catalogados según las virtudes a que se oponen, o también pueden ser comprendidos en los pecados capitales que la experiencia cristiana ha distinguido siguiendo a S. Juan Casiano y a S. Gregorio Magno (mor. 31, 45). Son llamados capitales porque generan otros pecados, otros vicios. Entre ellos soberbia, avaricia, envidia, ira, lujuria, gula, pereza. - CEC 2539: La envidia es un pecado capital. Manifiesta la tristeza experimentada ante el bien del prójimo y el deseo desordenado de poseerlo, aunque sea en forma indebida. Cuando desea al prójimo un mal grave es un pecado mortal: S. Agustín veía en la envidia el «pecado diabólico por excelencia» (Catech. 4, 8.). «De la envidia nacen el odio, la maledicencia, la calumnia, la alegría causada por el mal del prójimo y la tristeza causada por su prosperidad» (S. Gregorio Magno, mor. 31, 45.). - CEC 2317: Las injusticias, las desigualdades excesivas de orden económico o social, la envidia, la desconfianza y el orgullo, que existen entre los hombres y las naciones, amenazan sin cesar la paz y causan las guerras. Todo lo que se hace para superar estos desórdenes contribuye a edificar la paz y evitar la guerra: En la medida en que los hombres son pecadores, les amenaza y les amenazará hasta la venida de Cristo, el peligro de guerra; en la medida en que, unidos por la caridad, superan el 2 P. Stefani, Moisés, en Nuevo Diccionario de Teología Bíblica, Ed. Paulinas 1990, 2152. 4 pecado, se superan también las violencias hasta que se cumpla la palabra: «De sus espadas forjarán arados y de sus lanzas podaderas. Ninguna nación levantará ya más la espada contra otra y no se adiestrarán más para el combate» (Is 2, 4) (Gaudium et spes 78, 6) La envidia puede conducir a las peores fechorías. - CEC 2538: El décimo mandamiento exige que se destierre del corazón humano la envidia. Cuando el profeta Natán quiso estimular el arrepentimiento del rey David, le contó la historia del pobre que sólo poseía una oveja, a la que trataba como una hija, y del rico que, a pesar de sus numerosos rebaños, envidiaba al primero y acabó por robarle la cordera (Cf 2 S 12, 1-4.). La envidia puede conducir a las peores fechorías (Cf Gn 4, 3-7; 1 R 21, 1-29.). La muerte entró en el mundo por la envidia del diablo (Cf Sb 2, 24.). Luchamos entre nosotros, y es la envidia la que nos arma unos contra otros... Si todos se afanan así por perturbar el Cuerpo de Cristo, ¿a dónde llegaremos? Estamos debilitando el Cuerpo de Cristo... Nos declaramos miembros de un mismo organismo y nos devoramos como lo harían las fieras (S. Juan Crisóstomo, hom. in 2 Cor 28, 3-4.). La envidia procede con frecuencia del orgullo. - CEC 2540: La envidia representa una de las formas de la tristeza y, por tanto, un rechazo de la caridad; el bautizado debe luchar contra ella mediante la benevolencia. La envidia procede con frecuencia del orgullo; el bautizado ha de esforzarse por vivir en la humildad: ¿Querríais ver a Dios glorificado por vosotros? Pues bien, alegraos del progreso de vuestro hermano y con ello Dios será glorificado por vosotros. Dios será alabado -se dirá- porque su siervo ha sabido vencer la envidia poniendo su alegría en los méritos de otros (S. Juan Crisóstomo, hom. in Rom 7, 3.). - CEC 2553: La envidia es la tristeza que se experimenta ante el bien del prójimo y el deseo desordenado de apropiárselo. Es un pecado capital. Cómo se combate la envidia. - CEC 2554: El bautizado combate la envidia mediante la benevolencia, la humildad y el abandono en la providencia de Dios. 4. Hay muchos dones de Dios presentes en los miembros de Cristo que constituyen la Iglesia. Cfr. San Agustín, Sermón 162 A, 4-6 o A cada miembro se le han concedido los dones adecuados y no puede darse que todos posean el mismo. Que nadie tenga envidia de los dones del otro Cualquier cosa que posea mi hermano, si no siento envidia de ello y lo amo, es mío. No lo tengo personalmente, pero lo tengo en él; no sería mío, si no formásemos un solo cuerpo bajo una misma cabeza. El mismo apóstol Pablo habló, enumerándolos, de muchos dones de Dios presentes en los miembros de Cristo que constituyen la Iglesia, diciendo que a cada uno se le han concedido los dones adecuados y que no puede darse que todos posean el mismo. Pero ninguno quedará sin su don: apóstoles, profetas, doctores, intérpretes, habladores de lenguas, poseedores del poder de curación, de auxilio, de gobierno, distintas clases de lenguas. Éstos son los mencionados; pero vemos que hay otros muchos en las distintas personas. Que nadie, pues, se apene porque no se le ha concedido lo que ve que se concedió a otro: tenga la caridad, no sienta envidia de quien posee el don y poseerá con quien lo tiene lo que él personalmente no tiene. En efecto, cualquier cosa que posea mi hermano, si no siento envidia de ello y lo amo, es mío. No lo tengo personalmente, pero lo tengo en él; no sería mío, si no formásemos un solo cuerpo bajo una misma cabeza. Si, por ejemplo, la mano izquierda tiene un anillo y no la derecha, ¿acaso está ésta sin adorno? Mira las dos manos y verás que una lo tiene y la otra no; mira el conjunto del cuerpo al que se unen ambas manos y advierte que la que no tiene adorno lo tiene en aquella que lo tiene. Los ojos ven por donde se ha de ir, los pies van por donde los ojos ven; ni los pies pueden ver, ni los ojos caminar. Pero el pie te responde: «También yo tengo luz, pero no en mí, sino en 5 el ojo, pues el ojo no ve sólo para sí y no para mí». Dicen igualmente los ojos: «También nosotros caminamos, no por nosotros, sino por los pies; pues los pies no se llevan sólo a sí mismos y no a nosotros». De esta manera, cada miembro, según los oficios distintos y peculiares que se les han confiado, ejecutan lo que les ordena la mente; no obstante eso, todos constituyen un solo cuerpo y forman una unidad; y no se arrogan lo que tienen otros miembros en el caso de que no lo posean ellos, ni piensan que les es ajeno lo que todos tienen al mismo tiempo en el único cuerpo. Si a algún miembro del cuerpo le sobreviene alguna molestia, ¿cuál de los restantes miembros le negará su ayuda? Finalmente, hermanos, si a algún miembro del cuerpo le sobreviene alguna molestia, ¿cuál de los restantes miembros le negará su ayuda? ¿Qué cosa hay en el hombre más en el extremo que el pie? Y en el mismo pie, ¿qué más en el extremo que la planta? Y en la misma planta, ¿qué otra cosa que la misma piel con que se pisa la tierra? Así y todo, esta extremidad del cuerpo forma tal parte del conjunto que, si en ese mismo lugar se clava una espina, todos los miembros concurren a prestar su ayuda para extraerla: al instante se doblan las rodillas; se dobla la espina -no la que hirió, sino la que sostiene todo el dorso-; se sienta, para sacar la espina; ya el mismo hecho de sentarse para sacar la espina es obra del cuerpo entero. ¡Cuán pequeño es el lugar que sufre la molestia! Es tan pequeño cuanto la espina que lo punzó; y, sin embargo, el cuerpo en su totalidad no se desentiende de la molestia sufrida por aquel extremo y exiguo lugar; los restantes miembros no sufren dolor alguno, pero todos lo sienten en aquel único lugar. De aquí tomó el Apóstol un ejemplo de la caridad, exhortándonos a amarnos mutuamente como se aman los miembros en el cuerpo. Dice él: Si sufre un miembro, se compadecen también los otros, y si es glorificado uno solo, se alegran todos. Vosotros sois el cuerpo de Cristo y sus miembros (1 Cor 12,26-27). Si así se aman los miembros que tienen su cabeza en la tierra, ¡cómo deben amarse aquellos que la tienen en el cielo! Es cierto que tampoco se aman si se apartan de su cabeza; pero cuando esa cabeza de tal manera lo es, de tal manera ha sido exaltada y de tal manera colocada a la derecha del Padre, que, no obstante, se fatiga aquí en la tierra; no en sí misma, sino en sus miembros, hasta el punto de decir al final: tuve hambre, tuve sed, fui huésped cuando se le pregunte: ¿ Cuándo te vimos hambriento o sediento?, como si respondiera: « Yo estaba en el cielo en cuanto Cabeza; pero en la tierra los miembros tenían sed», a esta cabeza no nos unimos si no es por la caridad. Cada miembro, en su competencia, realiza su tarea propia. Las funciones son distintas, pero la salud es única. Así, pues, hermanos, vemos que cada miembro, en su competencia, realiza su tarea propia, de forma que el ojo ve, pero no obra; la mano, en cambio, obra, pero no ve; el oído oye, pero ni ve ni obra; la lengua habla, pero ni ve ni oye; y aunque cada miembro tiene funciones distintas y separadas, unidos en el conjunto del cuerpo tienen algo común entre todos. Las funciones son distintas, pero la salud es única. En los miembros de Cristo la caridad es lo mismo que la salud en los miembros del cuerpo. El ojo está colocado en el lugar mejor, el lugar destacado, puesto como consejero en la fortaleza, para que desde ella mire, vea y muestre. Gran honor el de los ojos por su ubicación, por su agilidad y por cierta fuerza que no tienen los demás miembros. De aquí que los hombres juran por sus ojos con más frecuencia que por cualquier otro miembro. Nadie ha dicho a otro: «Te amo como a mis oídos», a pesar de que el sentido del oído es casi igual y está cercano a los ojos. ¿Qué decir de los restantes? A diario dicen los hombres: «Te amo como a mis propios ojos». Y el Apóstol, indicando que se tiene mayor amor a los ojos que a los restantes miembros, para mostrarse amado por la Iglesia de Dios, dice: Doy testimonio en favor vuestro de que, si os hubiera sido posible, hubiérais sacado vuestros ojos y me los habríais dado a mí (Gál 4,15). Nada hay, por tanto, en el cuerpo más sublime y más respetado que los ojos y nada hay quizá más en la extremidad del cuerpo que el dedo meñique del pie. Aun siendo así, conviene que en el cuerpo haya dedos y que estén sanos, antes que sean ojo cubierto de legañas por alguna afección, pues la salud, común a todos los miembros, es más preciosa que las funciones de cada uno de ellos. Así ves que en la Iglesia un hombre tiene un don pequeño, y, con todo, tiene la caridad; quizá veas en la misma Iglesia otro más eminente, con un don mayor, que, sin embargo, no tiene caridad; sea el primero el dedo más alejado, y el segundo el ojo. El que pudo obtener la salud, ése es el que más aporta al conjunto del cuerpo. Es molestia para el cuerpo entero el miembro que enferma Finalmente, es molestia para el cuerpo entero el miembro que enferma, y, en verdad, todos los miembros aportan su colaboración para que sane el enfermo y la mayor parte de las veces sana. Pero si no hubiera sanado y la podredumbre engendrada indicase la imposibilidad de ello, de tal modo se mira por el bien de todos, que se le separa de la unidad del cuerpo. www.parroquiasantamonica.com Vida Cristiana
sábado, 10 de diciembre de 2016
Una cultura del amor (1).
1 Una cultura del amor (1). Anatomía del amor. Intentamos conocer a alguien después de sentir su inconfundible bondad. El amor es una apertura a lo que es bueno. Para ser buenos, tenemos que estar comprometidos con algo que verdaderamente nos importe, tiene que haber algo que apreciemos. Los corazones endurecidos, amargos e inflexibles son dignos de horror. Superaremos nuestra indigencia principalmente porque estemos dispuestos a «padecer» el amor de alguien que puede darnos plenitud. Estamos interconectados por nuestra necesidad, pero también por nuestra capacidad de hacernos felices y enriquecernos unos a otros. Cfr. Paul J. Wadell, La primacía del amor, ed. Palabra 2002. cap. V Las pasiones y los afectos en la vida moral: explorando la primacía del amor, pp. 145-166 PASIONES Y AFECTOS EN LA VIDA MORAL ........................................ ¡ERROR! MARCADOR NO DEFINIDO. Necesidad de las pasiones y los afectos en la vida moral .......................................................................... 2 Amor y apatía ...................................................................................................................................................... 2 El esquema de la vida moral que expone Tomás: el amor empeñado en la búsqueda de su plenitud en el gozo. No se puede plantear una teología moral adecuada al ser humano sin que se tome en serio el papel que juegan las pasiones y afectos en nuestras vidas. ............................................................................................................ 2 Si los afectos están en el corazón de la vida, ¿pueden ser ellos mismos el centro de la bondad? Para ser buenos, tenemos que estar comprometidos con algo que verdaderamente nos importe, tiene que haber algo que apreciemos, alguna pasión primordial que sirva de guía para nuestra vida. ................................................................. 3 Necesitamos un amor que nos haga felices y porque nos hace buenos. ............................................................ 3 I. SER HOMBRE ES SER APASIONADO. ESTAMOS HECHOS PARA RECIBIR AL MUNDO PP. 147-156 .................................................................................................................................................................. 3 El apetito: término que explica las pasiones y afectos ....................................................................................... 3 Los apetitos reconocen una necesidad; tenemos apetitos porque experimentamos nuestra indigencia y buscamos lo que nos ayude a solucionar esa necesidad ...................................................................................... 3 Los seres humanos son criaturas con apetitos pp. 149-150 ...................................................................... 4 Tenemos hambre de amistad y sed de conocimiento, inteligencia, belleza y sabiduría. Respondemos con interés y esperanza a todos los bienes de este mundo que pueden cubrir nuestras necesidades. Somos apetitos, somos criaturas indigentes. ................................................................................................................... 4 Los apetitos son signos de actividad, pero su actividad es una respuesta a algo cuyo bien ya ha actuado sobre nosotros. Los apetitos responden, se mueven solo porque ya han sido antes interpelados por la bondad de otra cosa.............................................................................................................................................. 4 ¿Qué se siente al enamorarse? Las palabras que usamos para describir el enamoramiento indican que intentamos conocer a alguien después de sentir su inconfundible bondad. Nos atraen porque, de alguna manera, su encanto ha llegado directamente al alma, a veces antes de ser conscientes de ello. ...................... 4 Una anatomía del amor pp. 151-153 ......................................................................................................... 5 El amor tiene su origen en el amado, en el objeto apetecible. Al principio somos pasivos y no creamos los valores que nos atraen. ......................................................................................................................................... 5 Hay relaciones que marcan profundamente nuestras vidas y nos transforman interiormente. .......................... 5 El amor: es una apertura continua a todo lo que es bueno pp. 153-156 ................................................... 6 Estamos hechos para abrirnos, para recibir algo; somos receptivos; crecemos cuando amamos y morimos cuando odiamos; son indispensables la reconciliación y la curación; los corazones endurecidos, amargos e inflexibles son dignos de horror. ......................................................................................................................... 6 El universo moral es un universo de interrelaciones profundas, de continua influencia mutua. Estamos interconectados por nuestra necesidad, pero también por nuestra capacidad de hacernos felices y enriquecernos unos a otros................................................................................................................................... 6 La bondad es percibida en el nivel más profundo de nuestro ser: y, una vez adquirida, se hace parte integrante de nosotros porque recibimos su «forma. .......................................................................................... 7 Durante la primera fase somos pasivos, no actuamos sino recibimos; sin embargo, en la segunda fase somos activos, respondemos con la intención de acercarnos enamorados a lo que sabemos que es bueno. ..... 7 II. LO QUE SIGNIFICA LLAMAR PASIÓN AL AMOR PP. 157-166 ................................................................... 8 Somos deficientes; necesitamos recibir lo que nos falta. Una pasión es signo de una deficiencia: Tomás llama pasión al amor. Nuestra perfección llegará gracias a la recepción de un bien que nos falta, que nos llegará por mano ajena. ........................................................................................................................................ 8 Superaremos nuestra indigencia principalmente por nuestra apertura a lo que tiene bondad y poder para darnos una vida más plena, no por nuestros propios esfuerzos, sino porque estemos dispuestos a «padecer» el amor de alguien que puede darnos plenitud. ................................................................................................. 8 Por qué el amor es la suma vulnerabilidad pp. 159-161 .......................................................................... 9 El amor nos perfecciona no porque alcanzamos la perfección por lo que hacemos, sino porque nos lleva a lo que nos llena. El amor nos abre gradualmente al Amor del que vienen todas las cosas. ............................... 9 Cuanto más nos acercamos a Dios, somos mejores. .......................................................................................... 9 2 En la vida moral, nosotros somos los `pacientes' y Dios es el `agente,' es decir, que Dios es el que actúa y nosotros los que debemos abrirnos para recibir. Somos pacientes tratados y sanados por el amor divino. ...... 9 La esencia de la vida moral es la curación de la indigencia por medio del único Amor capaz de plenificar todas las cosas. ................................................................................................................................................... 10 La caridad es la apertura apasionada a Dios pp. 161-164 .................................................................... 10 Para Tomás las virtudes están ancladas en el amor entendido como una pasión, así que cuanto más ............... crecemos en las virtudes más dependemos de ese amor. La actividad de las virtudes no nos vuelva más independientes ni autosuficientes sino que nos vincula más a Dios. ................................................................ 10 Las virtudes nos perfeccionan porque, cuando amamos, nos dejamos transformar; cuando padecemos el amor de Dios somos curados al recibir el amor que nos redime. ..................................................................... 11 Por qué la caridad nos hace divinos pp. 164-166 ................................................................................... 11 Dado que el amor es una pasión, cuando amamos estamos conformándonos con nuestro amado. Amar es dejarse recrear por la bondad. En el caso de la caridad somos recreados por la bondad divina. ..................... 11 Amar a Dios nos inquieta porque tener caridad implica centrarse en Dios: ceder el control y perder el gobierno de nuestro ser; dejar que Dios dirija nuestra vida por sus criterios. Amar es dejar que el otro te posea y así encontramos nuestra identidad. ................................................................................................ 11 Por ello, estar decididos a amar es estar dispuestos a morir. La muerte es un requisito del amor. ................. 12 Conclusión/resumen de este capítulo p. 166 ............................................................................................. 12 Necesidad de las pasiones y los afectos en la vida moral Lo esencial de la vida moral es que coincidan nuestros sentimientos con lo que es lo mejor para nosotros. Somos por naturaleza seres amantes, pero debemos aprender a amar las cosas adecuadas de modo apropiado. Hemos de educar nuestros afectos para que reaccionemos correctamente a todo lo que tenemos delante, amando lo bueno, odiando lo que es malo, sintiendo tristeza por la pérdida de lo que es realmente un bien, ira cuando lo vemos amenazado y temor cuando cabe la posibilidad de que sea vencido. Al contrario de lo que muchos piensan y de cómo muchas veces se ha interpretado el pensamiento del Aquinate, lo que importa en la vida moral no es negar las pasiones o intentar reprimirlas, sino cultivarlas hasta que nos faculten para hacer bien. La vida moral cristiana, insiste Tomás, no requiere extirpación de las pasiones, sino su transformación. La moralidad necesita de las pasiones porque, solo cuando algo nos importa, somos capaces de hacer alguna cosa. Tomás valora los sentimientos, las pasiones y las emociones en su justo punto. Para él, la moralidad se mantiene gracias cultivo de un amor correcto al que permitimos la dirección nuestras vidas. Amor y apatía Todos somos conscientes de esto: cuanto más fuertemente sentimos algo, más fácil es hacerlo por lo que, si amamos algo profunda y apasionadamente, nos empeñaremos en conseguirlo. Por eso vemos muy claro el peligro de la apatía. Ser apático significa quedarse impasible ante todas las cosas, ser insensible a ellas; afectivamente hablando es estar muerto para todo, incluido el bien. Amar, sin embargo es estar vivo para el bien, es experimentar la hermosura del mundo y responder a ella. Cuando amamos algo, lo buscamos, construimos nuestras vidas en orden a conseguirlo, y cuando logramos lo que deseamos, nos encontramos con el gozo. El esquema de la vida moral que expone Tomás: el amor empeñado en la búsqueda de su plenitud en el gozo. No se puede plantear una teología moral adecuada al ser humano sin que se tome en serio el papel que juegan las pasiones y afectos en nuestras vidas. Este es el esquema de la vida moral que expone Tomás: el amor empeñado en la búsqueda de su plenitud en el gozo. Sabe que es necesario sentir para poder actuar; por eso, nuestras pasiones y afectos le parecen cruciales y no los desprecia en su discusión sobre la vida moral. Son el eje de la vida moral, porque lo que al final llegamos a hacer gira sobre lo que amamos y sobre cómo lo amamos, sobre lo que escogemos para hacernos felices y sobre lo que nos puede entristecer. En este sentido, el amor conforma todo lo que hacemos porque el deseo de lo que amamos nos mueve a su búsqueda a través de la acción. En nuestra vida se dan una multitud de amores y empeños, y cada uno de ellos guía, forma y transforma nuestra vida. Y Tomás lo sabe. No se puede plantear una teología moral adecuada al ser humano sin que se 3 tome en serio el papel que juegan las pasiones y afectos en nuestras vidas. Nuestros sentimientos son parte fundamental e indispensable de nuestra existencia y Tomás quiere establecer un diálogo con ellos para definir su papel en la vida moral y descubrir por qué tienen tanto poder sobre nosotros. Despreciarlos sería ignorar una parte vital de nosotros mismos; considerarlos irrelevantes en una discusión sobre la moralidad es plantear una ética que solo puede dañar. Si los afectos están en el corazón de la vida, ¿pueden ser ellos mismos el centro de la bondad? Para ser buenos, tenemos que estar comprometidos con algo que verdaderamente nos importe, tiene que haber algo que apreciemos, alguna pasión primordial que sirva de guía para nuestra vida. Ahora bien, si los afectos están en el corazón de la vida, ¿pueden ser ellos mismos el centro de la bondad? Esto precisamente es lo que se cuestiona Tomás al comienzo de su análisis sobre las pasiones y los afectos. Sabe que debe existir un modo por el que los sentimientos nos faciliten, en vez de impedirnos, nuestra búsqueda de la bondad. Él intuye que, para ser buenos, tenemos que estar comprometidos con algo que verdaderamente nos importe, tiene que haber algo que apreciemos, alguna pasión primordial que sirva de guía para nuestra vida. Sabe que las personas buenas son grandes amantes, y así, quiere descubrir qué es lo que aman. Ve con claridad que la plenitud moral no reside en evitar las pasiones, sino en cultivarlas mediante un amor adecuado. Necesitamos un amor que nos haga felices y porque nos hace buenos. Por tanto, lo que necesitamos es un amor que nos haga felices y porque nos hace buenos. Con esta idea en la mente Tomás empieza la exploración de nuestros corazones. Primero considera lo que indican las pasiones sobre la naturaleza humana y cómo se pueden perfeccionar. En segundo lugar, dirigimos la mirada en particular a la pasión del amor y la importancia que tiene para el Aquinate. Nuestras reflexiones estarán vinculadas a los análisis que hace Tomás de las pasiones y afectos en las cuestiones veintidós y veintiséis de la Prima Secundae (ST, I-II, 22,2; 26,2). I. SER HOMBRE ES SER APASIONADO. ESTAMOS HECHOS PARA RECIBIR AL MUNDO pp. 147-156 El apetito: término que explica las pasiones y afectos El término que emplea más generalmente el Aquinate para explicar las pasiones y afectos es el de «apetito». Cree que es una adecuada descripción. Entendemos que «tener apetito» es ansiar algo que deseamos y de lo que carecemos Si no comemos en mucho tiempo, tenemos apetito de comida; si nos sentimos solos y tristes, tenemos apetito de compañeros o actividad. Si estamos agobiados, quizás tendremos apetito de soledad; si estamos cansados por el trabajo o las responsabilidades cotidianas, tendremos apetito de ocio. El apetito tiende a algo percibido como bueno, pero que nos falta. Lo deseamos porque lo vemos conveniente, pero al faltarnos sentimos necesidad: necesidad de la comida que pondrá fin al hambre, necesidad de los amigos que nos consolarán, necesidad del silencio que aquietará nuestras vidas. Tener apetito es tender hacia aquello que creemos bueno y necesario para nosotros. Los apetitos reconocen una necesidad; tenemos apetitos porque experimentamos nuestra indigencia y buscamos lo que nos ayude a solucionar esa necesidad Los apetitos tienen su origen en el reconocimiento de una necesidad, somos conscientes de nuestra indigencia y vemos algo que creemos que nos ayudará, por eso lo consideramos bueno. Deseamos algo porque nos parece que es al menos una respuesta parcial a nuestra necesidad. Y es al reconocer esta bondad, cuando respondemos con un intento de alcanzarlo, buscarlo y poseerlo. Tenemos apetitos porque experimentamos profundamente nuestra indigencia y estamos alerta ante las posibles soluciones a nuestras necesidades. Por eso, cuando encontramos algo que sentimos que nos acercará a la plenitud, lo deseamos. Los apetitos se arraigan en la necesidad; son el modo que tiene la naturaleza de dar respuesta a nuestras carencias, se desarrollan en el reconocimiento de que nos falta algo que necesitamos para crecer 4 y desarrollarnos. Pero se fundamentan en la conciencia de la imposibilidad de aportar nosotros mismos estos bienes, ya que provienen de fuera porque son externos a nosotros mismos. Nos seducen, nos llaman y nos tientan por su valor. Son bienes que no nos podemos dar, sino solo recibir, así que, cuando experimentamos su bondad, intentamos alcanzarlos para hacerlos parte de nuestras vidas. Los seres humanos son criaturas con apetitos pp. 149-150 Tenemos hambre de amistad y sed de conocimiento, inteligencia, belleza y sabiduría. Respondemos con interés y esperanza a todos los bienes de este mundo que pueden cubrir nuestras necesidades. Somos apetitos, somos criaturas indigentes. En la descripción de los apetitos que hace el Aquinate se sugiere que el hombre es por naturaleza una criatura llena de apetitos, de fuertes tendencias. Ciertamente, el ser humano es aquel cuya naturaleza es en verdad apetito y deseo. Todo su ser tiende hacia cualquier bien que le promete una plenitud de vida. Tiene hambre de perfección, está hambriento de una plenitud que le viene dada desde fuera y que solo puede recibir. Vivimos conscientes de nuestra necesidad, tenemos hambre de amistad porque nos ha faltado el amor y el afecto, tenemos sed de conocimiento, inteligencia, belleza y sabiduría. Nos emociona la belleza de un paisaje, y aún más la amabilidad de un desconocido. Sentimos en lo más íntimo nuestra indigencia, es la raíz de nuestro ser. En consecuencia, respondemos con interés y esperanza a todos los bienes de este mundo que pueden cubrir nuestras necesidades. Somos apetitos, somos criaturas indigentes, con hambre de lo que nos puede saciar, lo que, de paso, puede ayudarnos a entender por qué el pan y el vino son los símbolos más apropiados para que un pueblo hambriento celebre la eucaristía 1 . Los apetitos son signos de actividad, pero su actividad es una respuesta a algo cuyo bien ya ha actuado sobre nosotros. Los apetitos responden, se mueven solo porque ya han sido antes interpelados por la bondad de otra cosa. Es importante comprender que las pasiones y afectos, como apetitos, son activos en un sentido secundario. En verdad el término apetito sugiere que intentamos alcanzar algo que intuimos como bueno, pero cuya acción no ha tenido su principio en nosotros, sino en el objeto que nos atrae. Los apetitos son signos de actividad, describen cómo nos movemos hacia lo que es bueno, pero su actividad es una respuesta a algo cuyo bien ya ha actuado sobre nosotros. Los apetitos responden, se mueven sólo porque ya han sido antes interpelados por la bondad de otra cosa. Consideremos un momento cómo sabemos que algo es bueno. No declaramos su valor: lo sentimos. Si escuchamos una sinfonía de Mozart, aunque decimos que es bella, es más bien la misma música la que nos transmite esta idea. Al estar ante el Gran Cañón, no somos nosotros los que le damos valor, sino es el propio Cañón el que nos dice «soy bello». Reaccionamos ante una sinfonía de Mozart, del Gran Cañón o de un cuadro de Monet, porque primero cada uno de ellos nos ha mostrado su bondad. Respondemos a una bondad aprehendida, a un valor percibido primeramente. ¿Qué se siente al enamorarse? Las palabras que usamos para describir el enamoramiento indican que intentamos conocer a alguien después de sentir su inconfundible bondad. Nos atraen porque, de alguna manera, su encanto ha llegado directamente al alma, a veces antes de ser conscientes de ello. ¿Qué se siente al enamorarse? Las palabras que usamos para describir la experiencia nos indican que intentamos conocer a alguien únicamente después de sentir su inconfundible bondad. Nos atraen porque, de alguna manera, su encanto ha llegado directamente al alma. Por eso nos enamoramos a veces antes de ser conscientes de ello. Algo suyo, su bondad, su belleza, su singularidad, nos ha hablado, nos ha afectado, nos ha impresionado tan profundamente que 1 1 Cfr. J. MOUROUX, The Christian Experience, o.c., pp. 237-238. 5 ineludiblemente nos movemos hacia ello como respuesta. Desear algo sólo es posible porque hemos experimentado primero su bondad. Una vez descubierta esta bondad, nos acercamos para conocerla más plenamente, para no perder ese bien ya gustado. Así explica Tomás el proceso: «De la misma manera, el objeto apetecible da al apetito primeramente una cierta adaptación para con él, que es la complacencia en lo apetecible; de la cual se sigue el movimiento hacia lo apetecible. Porque `el movimiento apetitivo es circular' como se dice en el III De anima [de Aristóteles]. Lo apetecible mueve el apetito, introduciéndose en cierto modo en su intención; y el apetito tiende a conseguir realmente lo apetecible, de manera que el fin del movimiento esté allí donde estuvo su principio» (ST, I-II, 26,2). Una anatomía del amor pp. 151-153 El amor tiene su origen en el amado, en el objeto apetecible. Al principio somos pasivos y no creamos los valores que nos atraen. ¿Qué pasa aquí? ¿Qué quiere exponer Tomás? Nos está ofreciendo una anatomía del amor según la cual éste tiene su origen no tanto en uno mismo cuanto en el amado, el objeto apetecible que actúa en nosotros de modo que nos transforma. Esto es lo que quiere decir Tomás cuando escribe: «el objeto apetecible da al apetito primeramente una cierta adaptación para con él, que es la complacencia en lo apetecible». El objeto apetecible trabaja en nosotros, su bondad nos penetra y nos cambia. Sentimos su bondad, nos impresiona; en cierto modo, se hace parte de nosotros. En otras palabras, actuamos hacia lo que amamos porque primero actuó en nosotros. La iniciativa no nos pertenece. Al principio somos pasivos en cuanto que no creamos estos valores. Los sentimos, los experimentamos, nos emocionan y nos conmueven. Somos pasivos en cuanto que respondemos solamente porque primero actuaron en nosotros. Sentimos la bondad del mundo, sentimos que nos cautiva y nos entregamos a ese amor. Vivimos interpelados por un mundo rico en valores, lleno de maravillas, un mundo atractivo, complejo y seductor. Contemplamos su bondad y nos emociona: la bondad de lo que tenemos delante nos deja huella. Por eso, nos encanta un buen cuadro o una rara flor, y por eso también nos enamoramos de la belleza de una persona. La bondad de la vida nos traspasa y deja su sello en el alma. Ser «marcado» por la belleza de otro conlleva un cambio para siempre, porque no podemos dejar atrás esta bondad: forma parte ya de lo que somos y, no podemos olvidarlo porque perdura siempre de algún modo en nuestros corazones. Este es el efecto que Tomás dice que «el objeto da», cuando explica la manera en que algo bueno nos transforma, imbuyéndonos en un sentido de afinidad o atracción hacia él. Sentimos, por tanto, una afinidad con todo lo bello porque algo de su bondad ha entrado en nosotros. Buscamos estas cosas, porque algunos elementos de su excelencia se hacen parte de la construcción de nuestra vida. Nos inclinamos hacia ellos porque algo de su bondad ya se ha introducido en el alma. Hay relaciones que marcan profundamente nuestras vidas y nos transforman interiormente. ¿Por qué no podemos olvidar a algunas personas? ¿Por qué viven en nuestros corazones aunque no les veamos durante años? Hay relaciones que marcan tan profundamente nuestras vidas que después ya no somos los mismos, en su ausencia los seguimos sintiendo presentes. Incluso, aunque sepamos que no les vamos a ver nunca más, no podemos actuar como si no hubieran formado parte de nuestra vida. Nos han dejado su marca, nos han cambiado irremediablemente y, para bien o para mal, son parte de nuestra historia, inseparables de nuestra identidad. Descubrir quiénes somos pasa por reconocer que estamos marcados por determinadas relaciones personales. ¿Por qué ocurre esto? ¿Cómo puede ser que algunas personas nos afecten permanentemente? Tomás explica: «lo apetecible mueve el apetito, introduciéndose de algún modo en su intención... ». Esto es lo que ocurre en este caso: algo de ellas permanece dentro de nosotros, queda impreso en nuestro interior y continúa formándonos. Por eso, de pronto los recordamos, y sentimos con tanta fuerza su presencia, aunque hayan pasado años de ausencia. Es así como los demás «mueven algo en nosotros». Hay algo de su ser que cala en nuestro 6 interior, nos impregna y deja impreso el aroma de su bondad que permanece en nuestro corazón. Ahora bien, si nos marca, también nos transforma, porque el efecto de la bondad de otro no es algo superficial, se siente de corazón. Tomás nos lo explica de un modo un poco oscuro: «'pasión' es el efecto del agente en el paciente» (ST, III, 26,2), pero el sentido de lo que dice no es nada esotérico. Tomás expone cómo otras personas y cosas nos cambian, cómo trabajan en nosotros y nos rehacen. Insiste para que entendamos cuán profunda y perdurablemente influye nuestro mundo en nosotros, y quiere demostrar que dichas influencias no son periféricas. Son personales y permanentes y por eso producen en nosotros pasión hacia ellas. Después de percibir su bondad, nos sentimos llamados a alcanzarlas. El cambio que menciona Tomás es nuestra transformación interior. Somos modificados interiormente al recibir la excelencia de otra persona, y, sintiéndola parte de nuestra alma, la buscamos como otra definición de nosotros mismos. Hemos asimilado la bondad de otro, ya es parte integral de nuestra identidad, porque no nos imaginamos sin esa persona. Por eso Tomás escribe: «la primera inmutación» producida por el objeto «es el amor, que no es otra cosa que la complacencia en lo apetecido» (ST, I-II, 26,2). Les amamos porque hemos sentido su bondad, porque su valor innegable nos ha llegado, no de modo inerte ni fugaz, sino con tanta plenitud que ha suscitado en nosotros una inclinación hacia ella y un sentido de afinidad. Les amamos ahora, no solamente porque hemos percibido su bondad, sino también porque forman parte de nosotros; les buscamos, porque sentimos que con ellas debemos estar. El amor: es una apertura continua a todo lo que es bueno pp. 153-156 Estamos hechos para abrirnos, para recibir algo; somos receptivos; crecemos cuando amamos y morimos cuando odiamos; son indispensables la reconciliación y la curación; los corazones endurecidos, amargos e inflexibles son dignos de horror. El corazón de la antropología de Aquino es la idea de que estamos hechos para recibir algo. No somos individuos autosuficientes y cerrados, sino criaturas con una necesidad tan honda que estamos hechos para abrirnos, formados para abrazar todos los bienes que nos regalan una vida más plena. Somos receptivos, y esta apertura continua a la bondad de los demás v de la vida es nuestro rasgo más fundamental y distintivo. Nos desconocemos a nosotros mismos si nos falta esta hospitalidad hacia la vida y nos dañamos irreparablemente si permanecemos recelosos y cerrados a los demás. Nos moriríamos si no admitiéramos nada de nadie porque estamos hechos para recibir; por eso crecemos cuando amamos y morimos cuando odiamos; por eso son indispensables la reconciliación y la curación; por eso los corazones endurecidos, amargos e inflexibles son dignos de horror. Estamos hechos para aceptar la vida, a los demás y, sin duda, a Dios. Para llenarnos de lo bueno que nos ofrece nuestro mundo, y después de él, para recibir la vida de Dios. Esta verdad se puede aplicar también al universo. El amor es el hecho fundamental, la expresión del deseo universal: empieza con la atracción que produce la fascinación, lo que mantiene la unidad del cosmos 2 . Estamos todos destinados a ser amantes, y alcanzamos lo mejor de nosotros cuando formamos parte de este universo de amor, cada uno dando y recibiendo, todos haciendo felices a los demás y hechos felices por ellos. Así nos ve el Aquinate, como criaturas que tienen una gran necesidad de ser amadas, que llega a ser cada una fuente de vida y salvación para las demás. El universo moral es un universo de interrelaciones profundas, de continua influencia mutua. Estamos interconectados por nuestra necesidad, pero también por nuestra capacidad de hacernos felices y enriquecernos unos a otros. 2 Para una discusión fascinante sobre el amor como la fuerza básica de toda la vida, cfr. B. SWIMME, The Universe Is a Green Dragon, Bear & Company, Santa Fe 1984, pp. 43-52. 7 Esta es la visión que tiene el Aquinate de nuestro universo moral. Es un universo de interrelaciones profundas, un universo de una continua influencia mutua en cuanto que cada cosa actúa sobre todo lo demás, produciendo una simetría de necesidad y donación, de carencia y de medios para la plenitud. Estamos interconectados por nuestra necesidad, pero también por nuestra capacidad de hacernos felices y enriquecernos unos a otros. Compartimos la capacidad de abrirnos a lo que no podemos darnos a nosotros mismos: podemos ofrecer a otro lo que nosotros solamente podemos recibir. La belleza del universo moral tomista reside en eso: cada uno bendice al otro con la vida que él mismo también debe haber recibido de los demás. Cuando Tomás expresa tan sucintamente: «'pasión' es el efecto del agente en el paciente», alude a un universo donde todo es apasionado porque todo ha recibido algo: un cosmos donde todas las cosas están anhelantes, porque han conocido la bondad por medio de los demás. Es la imagen de todos nosotros impresionados, afectados e influidos por la multitud de «agentes» en nuestro mundo, ya sean una persona, un paisaje hermoso, la fuerza de una poesía o el placer de una comida maravillosa. Recibir la influencia de todas estas cosas es llevar con nosotros la parte de bondad que cada una tiene. Tomás dice que recibimos su «forma» (ST, I-II, 26,2). La «forma» es lo que hace una cosa diferente y única respecto de las demás, lo que identifica una cosa frente a las otras. Recibir la forma de algo implica que su elemento más personal ha pasado a ser parte de nosotros por lo que ya no somos totalmente distintos, porque algo del otro está en nuestro interior. ¿No es eso lo que pasa cuando amamos a otra persona? Ya no somos completamente distintos porque hemos asumido alguna característica de la persona amada de tal modo que realmente se hace parte de nuestra alma. Por eso se acrecienta nuestro amor; por eso, cuanto más tiempo pase, nuestro deseo es mayor y nunca nos parece suficiente la intimidad alcanzada. No podemos olvidarlos porque forman parte esencial de nosotros; por eso, no nos cansamos de unirnos a ellos. Después de sentir su bondad, nuestras vidas se entremezclan y nuestras almas se empeñan en ir logrando una mayor unidad. La bondad es percibida en el nivel más profundo de nuestro ser: y, una vez adquirida, se hace parte integrante de nosotros porque recibimos su «forma. Esto es lo que Tomás quiere decir cuando habla de las pasiones y afectos, y lo que tiene en mente cuando nos describe como criaturas de apetitos. Se esfuerza en expresar la razón de nuestro amor y lo que nos ocurre cuando amamos. Quiere entender lo mejor que pueda por qué buscamos apasionadamente aquello que hemos descubierto como bueno. Deduce que se debe a que la bondad es percibida en el nivel más profundo de nuestro ser: y, una vez adquirida, se hace parte integrante de nosotros porque recibimos su «forma»; por eso sentimos una adaptación o connaturalidad con ella, puesto que eso que amamos ya no es algo completamente ajeno o extraño, sino que se ha convertido en algo personal, una parte de quienes somos, inseparable ya de la definición de nuestro ser. Durante la primera fase somos pasivos, no actuamos sino recibimos; sin embargo, en la segunda fase somos activos, respondemos con la intención de acercarnos enamorados a lo que sabemos que es bueno. En segundo lugar, Tomás explica que empezamos a acercarnos enamorados a aquella cosa cuya bondad hemos sentido. Las pasiones son apetitos que nos relacionan con lo que hemos aprendido a amar en la esperanza de poseerlo. Por eso dice Tomás que así se halla el fin del movimiento allí donde tuvo su principio. Cuando algo amable ha despertado nuestro interés, lo deseamos y, por ese mismo deseo, actuamos para hacerlo parte de nuestras vidas. En consecuencia, la vida moral consiste en el efecto que produce algo bueno y amable sobre nosotros y en nuestra respuesta a esa bondad a través de la acción. Algo actúa en nosotros, y nosotros respondemos. La vida moral es estar impresionado e intentar alcanzarlo, ser afectado y aproximarse. Conscientemente o no, vamos por la vida con el corazón abierto y lo más importante que tenemos que aprender es cómo llenarlo. 8 II. LO QUE SIGNIFICA LLAMAR PASIÓN AL AMOR pp. 157-166 Somos deficientes; necesitamos recibir lo que nos falta. Una pasión es signo de una deficiencia: Tomás llama pasión al amor. Nuestra perfección llegará gracias a la recepción de un bien que nos falta, que nos llegará por mano ajena. La teología moral del Aquinate presenta acertadamente el hecho de que todavía no somos lo que debemos ser, y que no tenemos en nosotros lo que nos falta para nuestra perfección. El requisito para nuestra plenitud no se encuentra en nosotros y no podemos ayudarnos en nuestra propia reconstrucción, tenemos que recibirla de fuera. Por eso, no es cuestión de autorrealización, sino de aceptar que otro nos realice. En opinión del Aquinate, nuestra falta de plenitud no implica meramente que necesitemos más tiempo para perfeccionarnos; es más, el hecho de necesitarlo señala nuestra propia carencia de los recursos necesarios para alcanzarla. No solo somos deficientes, lo somos intrínsecamente. Estamos obligados a recibir lo que nos falta: nuestra perfección nos vendrá dada como un don. Por eso, Tomás llama pasión al amor. Una pasión es signo de una deficiencia, una confesión de necesidad. El término significa la necesidad de un desarrollo posterior, habla de una indigencia que anhela superación; sin embargo, también reconoce que la plenitud no es algo que podemos darnos a nosotros mismos, la adquirimos por medio de la acción de otro. Decir que el amor es la llave de nuestra salvación moral e identificarlo con una pasión equivale a saber que nuestra perfección llegará gracias a la recepción de un bien que nos falta y que, además, ese bien nos ha de venir de mano ajena, puesto que por naturaleza somos incapaces de proporcionárnoslo a nosotros mismos. Como seres humanos padecemos una limitación absoluta: solamente llegamos a la plenitud conformados por un bien ajeno. El Aquinate explica: «La pasión pertenece al orden de lo defectuoso, porque corresponde a un ser en cuanto está en potencia» (ST, I-II, 22,2, ad 1). Superaremos nuestra indigencia principalmente por nuestra apertura a lo que tiene bondad y poder para darnos una vida más plena, no por nuestros propios esfuerzos, sino porque estemos dispuestos a «padecer» el amor de alguien que puede darnos plenitud. Según este texto, Tomás defiende que la deficiencia que padecemos en cuanto humanos solo puede remediarse a través de otra persona que nos ofrezca lo que no podemos darnos a nosotros mismos. Si esto es así, entonces la pasión no solo incluye la necesidad, sino también la receptividad, puesto que la plenitud que nos es propia exige la actuación de otro. Somos reconstruidos por la influencia ajena, nos curamos por mediación de otro. Al utilizar el lenguaje de la «potencialidad», Tomás admite que podemos superar nuestra indigencia, pero añade inmediatamente que esto no tendrá lugar principalmente por nuestros propios esfuerzos, sino por nuestra apertura a lo que tiene bondad y poder para darnos una vida más plena. Si «la pasión... corresponde a un ser en cuanto está en potencia», está claro que nuestro fortalecimiento no es cuestión de esfuerzo, sino de la disposición a «padecer» el amor de alguien que puede darnos plenitud. Nos encontramos, pues, ante una relación que va de «la potencia a la realidad», pero en lo que insiste Tomás es que la diferencia entre lo que somos ahora y lo que debemos ser, es una tarea de aquel que con su amor nos proporcione lo que nunca podríamos darnos a nosotros mismos. Llamar pasión al amor no solo significa que tiene que ocurrirnos algo más, sino también que ese «más» no depende de nuestro empeño en hacer, sino de la influencia que recibamos del otro. Estamos ante una relación que va de «la potencia a la realidad», una relación que se encuentra entre la promesa y la posible realización. Tomás insiste en que tal realización no es obra de nuestras propias manos, sino que nos llega a través de la ternura de un amor mejor. Como veremos, esta intuición es la que sostiene la convicción del Aquinate de que las virtudes se perfeccionan no por nuestro propio esfuerzo, sino por el Espíritu del Amor activo en nosotros. 9 Por qué el amor es la suma vulnerabilidad pp. 159-161 El amor nos perfecciona no porque alcanzamos la perfección por lo que hacemos, sino porque nos lleva a lo que nos llena. El amor nos abre gradualmente al Amor del que vienen todas las cosas. Esta idea cambia nuestra manera de pensar sobre el amor. Tomás habla de él como de aquello que nos perfecciona, pero no en el sentido de que alcanzamos la perfección en cuanto a lo que hacemos. Nos perfecciona porque su actividad explícita es llevarnos a lo que nos llena. La estrategia del amor es abrirnos gradualmente al Amor, del que vienen todas las cosas. Si Dios y los demás nos hacen vivir, entonces nuestro amor nos perfecciona, no porque desarrolle una capacidad innata en nosotros, sino porque nos acerca más a los que pueden llevarnos a nuestra plenitud. El amor conlleva la apertura necesaria para vivir. Por eso, precisamente, la vulnerabilidad no nos destruye, sino que es la que nos lleva a vivir más plenamente, porque al enamorarnos nos abre a todo lo que nos puede curar y reconstruir. Ser hombre significa recibir lo que nos falta para ser plenos, reconocerse como vulnerable es abrir la puerta a todo lo que nos puede dar lo más glorioso de la vida. Cuanto más receptivos estamos a la bondad, más permanente es nuestra superación de la necesidad. Esta apertura a lo mejor y a lo que más nos perfecciona es lo que nos cura. Al referir todo esto a Dios, el Aquinate escribe lo siguiente: «En lo que se refiere a la perfección, la intensidad se determina por la aproximación a un primer principio único, de manera que cuanto más cercana a él se halla una cosa, tanto es más intensa. Como la intensidad de lo lúcido se determina por su aproximación a lo sumamente luminoso, de manera que, cuanto más se acerca a ello una cosa, tanto más lúcido es. Pero, en lo que se refiere al defecto, la intensidad se determina no por la aproximación a lo sumo, sino por el alejamiento de lo perfecto, pues en esto consiste la razón del defecto y la privación. Y, por tanto, cuanto menos se aparta de lo que es primero, tanto menos intenso es. Por eso, al principio siempre se encuentran pequeños defectos, que, después, al ir avanzando, se acrecientan» (ST, I-II, 22,2, ad 1). Cuanto más nos acercamos a Dios, somos mejores. Este texto es, probablemente, el resumen más conciso de la teología moral del Aquinate: cuanto más nos acercamos a Dios, somos mejores, porque Dios es la excelencia en la que todo se vuelve bueno. Nosotros, estrictamente hablando, no nos hacemos buenos sino que nos transformamos, nos renovamos y nos fortalecemos por la acción del amor de Dios en nosotros, que cura y salva. Por eso, llamar pasión al amor y hacer de él la madre y raíz de las virtudes podría ser el elemento metodológico más brillante del Aquinate; es el corazón de su teología moral. Una pasión significa que algo es más perfecto cuanto más recibe de la fuente de su perfección. No puede perfeccionarse a sí mismo porque la fuente de su perfección está fuera de él. Así lo insinúa el Aquinate cuando escribe: «El término pasión implica que el paciente sea atraído hacia algo que hay en el agente» (ST, I-II, 22,2). Lo que nos atrae hacia Dios, entendido como agente, es la bondad y la vida que necesitamos para nuestra salvación, una bondad que podemos recibir pero nunca igualar. En la vida moral, nosotros somos los `pacientes' y Dios es el `agente,' es decir, que Dios es el que actúa y nosotros los que debemos abrirnos para recibir. Somos pacientes tratados y sanados por el amor divino. Quisiéramos hacer hincapié en la imagen que usa Tomás en este texto. En la vida moral, nosotros somos los `pacientes' y Dios es el `agente,' es decir, que Dios es el que actúa y nosotros los que debemos abrirnos para recibir. Somos pacientes tratados y sanados por el amor divino. Esto significa que tenemos necesidad de una curación que solo podemos recibir y que, de hecho, recibimos de Dios. Significa que estamos rotos, heridos, a menudo destrozados en nuestras vidas. Además, no podemos hacernos por propia determinación, sino por medio de nuestra complacencia ante Dios. Dios es el Buen Samaritano que nos rescata en nuestro viaje, el único que se detiene para cargar con nosotros. En la vida moral, pues, nosotros somos los pacientes y Dios es el sanador, el único que mira por nosotros, que nos acaricia, que venda nuestras heridas y que nos devuelve a la vida. 10 La esencia de la vida moral es la curación de la indigencia por medio del único Amor capaz de plenificar todas las cosas. Por eso, la esencia de la vida moral es la curación de la indigencia por medio del único Amor capaz de plenificar todas las cosas. Para Tomás, la vida moral consiste en «sufrir» o «padecer» a Dios, permitir que el amor que cura y reconstruye actúe en nosotros. Es una restauración continua donde nuestras vidas, a veces destruidas por la confusión o asoladas por las heridas, son limpiadas y fortalecidas por el único amor con el que no podemos rivalizar; por el único amor que solo podemos recibir. Es Dios, que actúa en nosotros por medio del Espíritu, el que nos fortalece; así, cuanto más enamorados nos acercamos a Dios, más intenso es su amor redentor por nosotros, más nos perfecciona, más irresistible, penetrante y eficaz resulta para nosotros. Según Tomás, la vida moral consiste en nuestra continua rehabilitación a través del amor santo que nos redime, y el hecho de no merecer este amor no tiene importancia; solo necesitamos la suficiente humildad para poder recibirlo. La caridad es la apertura apasionada a Dios pp. 161-164 ¿Cómo influye en el concepto que tenemos de caridad el hecho de designar como pasión al amor? Si definimos a éste como una pasión esencialmente receptiva, entonces la caridad consiste en recibir apasionadamente a Dios, lo que aparentemente choca con entender la caridad como virtud. Definir la caridad como una apertura apasionada hacia Dios no significa que no sea una virtud, sino que no sigue el modelo de virtud en el que solemos pensar. Si el amor es una pasión y la caridad es pasión por Dios, entonces, como virtud, su función es abrirnos más confiadamente a Dios. Si una pasión supone la posibilidad de ser dependiente de algo externo a uno mismo, la caridad es la virtud por la que nos hacemos vulnerables para Dios. La caridad es una actividad, pero su actividad como virtud es, en esencia, la apertura. En el capítulo IV ya se apuntaba esta idea cuando hablábamos de lo que implica tener amistad con Dios. La caridad es la virtud de la amistad con Dios, pero solo es posible cuando nos asemejamos lo suficiente a Dios en la bondad como para ser `otro yo' para Él. Pues bien, para que esto suceda, debemos practicar una extraordinaria receptividad hacia Dios. En otras palabras, la caridad tiene su principio en la pasión por Dios, ya que solamente por medio de una voluntad continua de «sufrirle» totalmente podemos alcanzar la semejanza necesaria para hablar de Él como amigo. Condicionada la caridad por este deseo apasionado de Dios, el Aquinate demuestra que es la misma caridad la que debe cambiarnos antes de poder plenificarnos. Para Tomás las virtudes están ancladas en el amor entendido como una pasión, así que cuanto más crecemos en las virtudes más dependemos de ese amor. La actividad de las virtudes no nos vuelva más independientes ni autosuficientes sino que nos vincula más a Dios. Este análisis de la pasión del amor hace que el Aquinate tenga un concepto diferente de las virtudes. Sí, su ética es una «ética de la virtud», pero entendida de un modo particular. Hay una paradoja implícita en lo que expone el Aquinate sobre las virtudes que solamente se percibe cuando se reconoce su conexión con las pasiones. El error de tantos estudios sobre la teología moral del Aquinate es que no han logrado apreciar la relación entre su análisis de las pasiones y los afectos, por un lado, y su teoría de las virtudes, por otro. No podemos comprender rectamente lo que entiende el Aquinate por virtud hasta que lo vemos a la luz del amor del que surge. Por tanto, para comprender el significado de virtud, especialmente de aquellas que nacen del amor de caridad, no las podemos separar de las pasiones y los afectos, puesto que es la propia pasión del amor la que les da forma y sentido. Para el Aquinate, las virtudes son principalmente estrategias del amor, obras del amor, porque cada una de ellas expresa de un modo peculiar el amor originario de la acción. Tomás nunca considera las virtudes por sí mismas, sino siempre en relación con las pasiones de donde proceden y de las que reciben su significado. Las virtudes están ancladas en el amor entendido como una pasión, así que cuanto más crecemos en las virtudes tanto más dependemos de ese amor. 11 La paradoja mencionada es que, a través de la actividad de las virtudes nacidas de la caridad, no nos volvemos más independientes ni autosuficientes, sino que, al contrario, nos vemos más vinculados a Dios. Crecer en las virtudes de la caridad es crecer en la dependencia divina, permitir que Dios actúe cada vez más en nosotros. La paradoja es que, cuanto más numerosos son nuestros actos de caridad, tanto más crece la acción de Dios en nuestra vida. La paradoja es que, cuanto más fuertes somos en las virtudes de la caridad, tanto más indefensos somos ante Dios. Este es el giro imprevisto que nos descubre Tomás en su concepto sobre las virtudes y del que solo nos damos cuenta cuando constatamos la conexión entre las virtudes y el amor que las conforma. Cuanto más crece la caridad en nosotros, tanto más difícil es resistir a Dios, porque un amor apasionado a Él nos lleva a «padecer» más plenamente su amor. Crecer en caridad supone abandonar los modos de resistir a Dios, e ir ampliando las posibilidades de recepción. Las virtudes nos perfeccionan porque, cuando amamos, nos dejamos transformar; cuando padecemos el amor de Dios somos curados al recibir el amor que nos redime. A las personas educadas en el concepto de virtud entendida como una acción que nos perfecciona, la visión de Tomás les parecerá una locura, pero es una conclusión inevitable si consideramos la conexión entre las virtudes y el amor y comprendemos lo que significa entender el amor como pasión. Esto no significa negar que las virtudes nos perfeccionan, simplemente queremos afirmar que nos perfeccionan en un sentido distinto. Nos perfeccionan porque, cuando amamos, nos dejamos transformar; porque, cuando sufrimos o padecemos el amor de Dios, somos curados; porque, cuanto más actuamos hacia Dios por las virtudes, tanto más recibimos el amor que nos redime. Al integrar la pasión por Dios, cualquier virtud informada por la caridad es un modo de transformarnos por medio del amor que nos hace amigos de Dios. Por qué la caridad nos hace divinos pp. 164-166 Dado que el amor es una pasión, cuando amamos estamos conformándonos con nuestro amado. Amar es dejarse recrear por la bondad. En el caso de la caridad somos recreados por la bondad divina. El cambio es impresionante. Padecer algo es recibirlo, es hacer nuestro algo que no teníamos antes. Como nos dice el Aquinate, crecemos en la bondad de Dios. Lo que ocurre cuando intentamos amar a Dios como a un amigo es que asumimos su hermosura a través de la apertura apasionada de la caridad. Así nos transformamos en lo que amamos: dado que el amor es una pasión, cuando amamos estamos conformándonos con nuestro amado. El amor siempre nos cambia en virtud del amado. Cuando amamos, nos hacemos vulnerables al otro. El amor es la más radical de las vulnerabilidades porque nos abre al otro y de tal manera, que permitimos «padecer» nosotros mismos aquello que hace al otro diferente. En el caso de Dios nos referimos a su bondad. Al estar enamorados nos definimos no por nuestro ser, sino en referencia a aquel que amamos. Amar es ser determinado por el amado, recibirle plenamente en nuestro ser. El amor es entrega, una rendición integral a la bondad del amado. Amar es dejarnos recrear por esa bondad. Esta es nuestra conversión, nuestra transfiguración, pero queda fuera de nuestro control en cuanto que el que dirige el cambio es aquel que amamos. Lo que ocurre en el caso de la caridad por ser una apertura apasionada a Dios es que somos recreados según la bondad divina. La caridad, por eso, es también una conversión porque amar a Dios es perder un modo de ser, y adquirir otro es ser conformado por la bondad divina. Amar a Dios nos inquieta porque tener caridad implica centrarse en Dios: ceder el control y perder el gobierno de nuestro ser; dejar que Dios dirija nuestra vida por sus criterios. Amar es dejar que el otro te posea y así encontramos nuestra identidad. Por todo esto, la caridad nos seduce por su belleza, pero también nos inquieta. Amar a Dios según la caridad significa que cedemos parte de nuestro control justo en el punto más clave porque supone perder el gobierno de nuestro ser. Tener caridad implica centrarse en Dios, 12 no solamente en cuanto que Él deba ser el primero de nuestros afectos, sino más bien porque Dios llega a ser el único por el que tiene sentido todo lo demás en la vida. Amar a Dios por la caridad es dejarle que dirija nuestra vida por sus criterios asombrosos, es rendirse hasta que pueda ir influyendo en nosotros. Dijimos anteriormente que no podemos escapar a la influencia de lo que amamos, y esta es la razón. Amar es dejar que el otro te posea, pero con la paradoja de que es la persona gracias a la cual encuentras tu identidad. Amar a Dios por caridad es ser hecho por Dios, es confiarnos al poder de una bondad que no podemos controlar. Por ello, estar decididos a amar es estar dispuestos a morir. La muerte es un requisito del amor. Todo esto nos conduce a decir que, si estamos decididos a amar, hemos de estar dispuestos a morir. La muerte es un requisito del amor, por lo menos la muerte a un autocontrol excesivo, a una autocomplacencia insana. Para amar es necesaria la muerte de una parte de nosotros. Tenemos que morir en el sentido de entregar el control de nuestras vidas y rendirnos finalmente a la bondad de otro. Es necesario morir para amar, ya que amar es ser poseído por la bondad de otro, y la caridad es ser poseído por la Bondad Divina. Para amar, tal como explica el Evangelio, tenemos que deshacernos del hombre viejo y confiar en el nuevo ser conformado por la bondad de Dios. Conclusión/resumen de este capítulo p. 166 En este capítulo hemos avanzado mucho. Hemos mostrado el papel que juegan las pasiones y los afectos en la vida moral. Hemos visto lo importantes que son nuestros sentimientos para el Aquinate y cómo ves en ellos la posibilidad de crecer en la bondad. Nos hemos definido como criaturas de apetitos hambrientas de todos los bienes que nos faltan y con la necesidad de llenarnos. Hemos visto que el amor nos abre para ser conformados, cambiados, bendecidos, y enriquecidos por la acción de un bien mayor en nosotros. Puede ser otra persona, una obra de arte o un paraje natural, pero también puede ser Dios. La estrategia de la teología moral del Aquinate es hacernos flexibles a la amable influencia de Dios, ya que, cuando padecemos este amor, la bondad y la misericordia de Dios nos cura para darnos de su plenitud. Esto no es fácil. Puede que tengamos un profundo deseo de acoger a Dios en nuestras vidas, o quizá lo que más deseamos es la amistad y la unión con Dios, pero muchas cosas nos disuaden. La vida moral empieza en el amor y continúa en el gozo, pero a menudo la adversidad la interrumpe, y la rutina de la vida cotidiana nos desgasta. Igual que Stephen Dedalus en el libro de James Joyce Un retrato del artista como un joven, «nos cansamos de nuestros ardientes caminos». A veces interviene una tragedia que nos turba, en ocasiones la mala fortuna es tal que nuestro deseo de ser buenos casi se apaga completamente. Otras veces, simplemente nos cansamos de la rutina y de la presión de nuestras responsabilidades y entonces, más que ser buenos, deseamos huir. Esto forma parte de nuestra experiencia moral y Tomás se emplea a fondo en esta cuestión. Para ver de qué forma lo hace, debemos investigar con profundidad su análisis de las emociones y las diferentes funciones que tienen en su esquema de la vida moral. Este es el tema del capítulo VI. www.parroquiasantamonica.com
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