sábado, 9 de septiembre de 2017

No corrijas si no te sabes amado: + Fr. Santiago Agrelo Arzobispo de Tánger

La Palabra que escuchamos este domingo parece centrada en la corrección fraterna, y  seguramente hay en esa apreciación mucho de verdad.
Sabéis, sin embargo, que vuestra celebración ha de estar centrada en Cristo, y Cristo –su enseñanza, su vida, su muerte-, será la luz que nos permita acercarnos al misterio de la Palabra de Dios y discernir, iluminados por él, también lo que concierne al ámbito de nuestra solidaridad con los hermanos en la búsqueda de su bien y de su salvación.
Pues de eso se trata, de “solidaridad”, una solidaridad semejante a la que tiene Dios con todos sus hijos: “Si no hablas al malvado, te pediré cuenta de su sangre”. No se preocupa el Señor por su ley sino por la sangre, es decir, por la vida de quien quebranta esa ley.
Es ésta una primera condición que hemos de salvaguardar siempre en nuestra relación con los hermanos: Amar su vida, amarlos.
Por eso, cuando en la oración unos a otros nos animamos, diciendo: “¡Ojalá escuchéis hoy su voz; no endurezcáis vuestro corazón!”, lo decimos con el pensamiento puesto en la ley del Señor, deseamos que todos aclamen a nuestro salvador, pedimos que todos bendigan al Señor, creador nuestro, pero también llevamos en el corazón la vida de nuestros hermanos, y a todos decimos “escucha”, porque para todos deseamos la vida. “A nadie le debáis nada más que amor”. No temas, hermano mío, que el Señor te pida cuenta de tu hermano, si tú lo has amado; no temas que te reclame su vida, si le has ayudado a amar.
“¡Ojalá escuchéis hoy su voz; no endurezcáis vuestro corazón!” Para ti, la voz del Señor, que ha resonado en las Escrituras Santas, se ha hecho voz humana en Cristo Jesús. Fíjate cómo corrige quien ama: recuerda cómo corrige a la mujer que con sus avíos de prostituta entra en el banquete de Simón para llorar agradecida a los pies de la compasión de Dios; mira cómo reprende a Zaqueo el publicano, a la mujer adúltera, al hijo que vuelve de lejos después de haber derrochado la fortuna de la familia; recuerda, escucha, contempla cómo reprende Jesús a los leprosos con los que se manchó, a los pecadores con los que comió, al ladrón que con él entró en el paraíso para estrenarlo en el primer día de la nueva creación.
Y si no eres capaz de recordar lo que otros han vivido como buena noticia de Dios en sus vidas, recuerda lo que tú mismo has podido experimentar en la tuya, y contempla lo que ahora estás viviendo, pues hoy, en esta eucaristía, te recibe el que te ama, te acoge el que te cura, te invita a su mesa el que te salva.
Y esta experiencia de fe nos orienta para definir una segunda condición para una relación cristiana, para una relación según Dios, con los demás: No corrijas si no te sabes amado, curado, salvado.
Habréis observado que ese modo que tiene Jesús de “corregir” es expresión perfecta de lo que Jesús es para los “necesitados de corrección”, o más exactamente, es expresión perfecta de lo que el Verbo eterno, el Altísimo Hijo de Dios, ha escogido hacerse por nosotros y ser para nosotros: pequeño y siervo, humilde y entregado. Anota, pues, hermano mío, una nueva condición para la corrección fraterna: No corrijas si no te haces pequeño y humilde, si no te entregas a todos para servirlos a todos.
Ahora, de labios de Jesús, del que te ama, del que te salva, ya puedes escuchar de nuevo las palabras del Evangelio: “Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, habrás salvado a tu hermano”. Corrige para salvar. Ama para corregir. Aprende de Jesús para amar. Escucha su palabra para aprender. Haz silencio en tu interior para escuchar.

Dom. 23 del Tiempo Ordinario Ciclo A – 10 de septiembre de 2017.

Ø     Domingo 23 del Tiempo Ordinario, Ciclo A (2017). La vigilancia en el Antiguo y
Nuevo Testamento. La vigilancia en la vida cristiana es responsabilidad de todos los cristianos. "Debemos siempre velar, velar contra el engaño, contra la seducción del maligno".
Aspectos sobre la vigilancia que encontramos en el Catecismo de la Iglesia Católica.
Todos debemos sentiros corresponsables de la vida de los demás, de sus éxitos o de sus fracasos.

v     Cfr. Dom. 23 del Tiempo Ordinario Ciclo A – 10 de septiembre de 2017.

Ezequiel 33, 7-9; Romanos 13, 8-10; Mateo 18, 15-20
Cfr. Sagrada Biblia, Libros proféticos, Eunsa 2002, Ezequiel 33.

Lectura del Profeta Ezequiel 33,7-9: Esto dice el Señor: 7 A ti, hijo de hombre, te he puesto de centinela sobre la casa de Israel: escucharás la palabra de mi boca y les advertirás de mi parte. 8 Si yo digo al  impío: «Impío, vas a morir», y no hablas para advertir al impío de su camino, este impío morirá por su culpa, pero reclamaré su sangre de tu mano. 9 Pero si tú adviertes al impío para que se aparte de su camino y no se aparta, él morirá por su culpa pero tú habrás salvado tu vida.

Mateo 18, 15-20: 15 « Si tu hermano llega a pecar, vete y repréndele, a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. 16 Si no te escucha, toma todavía contigo uno o dos, para que todo asunto quede zanjado por la palabra de dos o tres testigos. 17 Si les desoye a ellos, díselo a la comunidad. Y si hasta a la comunidad desoye, sea para ti como el gentil y el publicano. 18 « Yo os aseguro: todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo. 19 « Os aseguro también que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, sea lo que fuere, lo conseguirán de mi Padre que está en los cielos. 20 Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.

A ti, hijo de hombre, te he puesto de centinela sobre la casa de Israel:
escucharás la palabra de mi boca y les advertirás de mi parte.
(Primera Lectura, Ezequiel 33, 79)

En líneas generales,
las lecturas de hoy nos hablan de la preocupación por el hermano,
como una consecuencia del mandato del amor al prójimo, es decir,
de sentirse corresponsable de su vida, de sus éxitos o sus fracasos.

1. La vigilancia en el Antiguo Testamento

v     El profeta/centinela en la Biblia: su función de vigilancia. “Escucharás la palabra de mi boca y les advertirás de mi parte”

·         La Casa de la Biblia, Comentario al Antiguo Testamento II, 1997 p. 220: “Ya Jeremías
hablaba de estos centinelas que el Señor ha dado a su pueblo para que den la alerta en caso de peligro (Jeremías 6,17).  De profetas centinelas también hablan Oseas (5,8; 6,5), Habacuc (2,1) e Isaías (21,6). (...) Los falsos profetas son adivinos, magos y embusteros; el profeta verdadero es el centinela que vigila y está atento a la palabra de Dios; no adivina, sino que lee los acontecimientos de la historia para iluminarlos a través de la palabra de Dios que anuncia”
·         El profeta invitará frecuentemente a la conversión, porque el Señor quiere la vida del
hombre y no su muerte (cfr. Ezequiel  33,11).

2. La vigilancia en el Nuevo Testamento.


v     La vigilancia es fundamental en la vida cristiana

o       La enseñanza de Jesús en el Catecismo de la Iglesia Católica
n.  2612: «En Jesús "el Reino de Dios está próximo", llama a la conversión y a la fe pero
también a la vigilancia».  (…)

n.  2621 : “En su enseñanza, Jesús instruye a sus discípulos para que oren con un corazón
purificado, una fe viva y perseverante, una audacia filial. Les insta a la vigilancia y les invita a presentar sus peticiones a Dios en su Nombre. El mismo escucha las plegarias que se le dirigen”.

n. 2730.Mirado positivamente, el combate contra el yo posesivo y dominador consiste en la
vigilancia. Cuando Jesús insiste en la vigilancia, es siempre en relación a Él, a su Venida, al último día y al "hoy". El esposo viene en mitad de la noche; la luz que no debe apagarse es la de la fe: "Dice de ti mi corazón: busca su rostro" (Sal 27, 8).

n. 2863 : Al decir: «No nos dejes caer en la tentación», pedimos a Dios que no nos permita
tomar el camino que conduce al pecado. Esta petición implora el Espíritu de discernimiento y de fuerza; solicita la gracia de la vigilancia y la perseverancia final.
La vigilancia es "guarda del corazón", y Jesús pide al Padre que "nos guarde en su Nombre". Pedimos a Dios que no nos permita tomar el camino del pecado
n. 2849 : (…) La vigilancia del corazón es recordada con insistencia en comunión con la
suya (cf Mc 13, 9. 23. 33 - 37; Mc 14, 38; Lc 12, 35 - 40). La vigilancia es "guarda del corazón", y Jesús pide al Padre que "nos guarde en su Nombre" (Jn 17, 11). El Espíritu Santo trata de despertarnos continuamente a esta vigilancia (cf 1Co 16, 13; Col 4, 2; 1Ts 5, 6; 1P 5, 8). Esta petición adquiere todo su sentido dramático referida a la tentación final de nuestro combate en la tierra; pide la perseverancia final. "Mira que vengo como ladrón. Dichoso el que esté en vela" (Ap 16, 15).
o       Otros aspectos sobre la vigilancia que encontramos en el Catecismo de la Iglesia Católica
n. 2088:  “El primer mandamiento nos pide que alimentemos y guardemos con prudencia y vigilancia nuestra fe y que rechacemos todo lo que se opone a ella”.  (…)
Con referencia al  amor a Dios hay que estar atentos - vigilar -  a la indiferencia, la ingratitud, la tibieza, la pereza espiritual. 
n. 2094: Se puede pecar de diversas maneras contra el amor de Dios. La indiferencia olvida
o rechaza la consideración de la caridad divina; desprecia su acción preveniente y niega su fuerza. La ingratitud omite o se niega a reconocer la caridad divina y devolverle amor por amor. La tibieza es una vacilación o una negligencia en responder al amor divino; puede implicar la negación a entregarse al movimiento de la caridad. La acedia o pereza espiritual llega a rechazar el gozo que viene de Dios y a sentir horror por el bien divino. El odio de Dios tiene su origen en el orgullo; se opone al amor de Dios cuya bondad niega y lo maldice porque condena el pecado e inflige penas.
o       El descuido de la vigilancia lleva a la acedia [1]: una forma de aspereza o de desabrimiento.
·         n. 2733: Otra tentación a la que abre la puerta la presunción es la acedia. Los Padres
espirituales entienden por ella una forma de aspereza o de desabrimiento debidos al relajamiento de la ascesis, al descuido de la vigilancia, a la negligencia del corazón. "El espíritu está pronto pero la carne es débil" (Mt 26, 41). El desaliento, doloroso, es el reverso de la presunción. Quien es humilde no se extraña de su miseria; ésta le lleva a una mayor confianza, a mantenerse firme en la constancia.
o       Primera Carta de San Pedro
·         San Pedro, al final de su primera Carta, hace una indicación precisa a todos: “Sed
sobrios y vigilad, porque vuestro adversario, el diablo, como un león rugiente, ronda buscando a quien devorar. Resistidle firmes en la fe, sabiendo que vuestros hermanos dispersos por el mundo soportan los mismos padecimientos” (5, 8-9).
o       Las parábolas de Jesús sobre la vigilancia
No olvidemos las conocidas parábolas sobre la vigilancia que encontramos en los capítulos 24 y 25 de San Mateo: la parábola del siervo fiel, la de las vírgenes necias y prudentes, la de los talentos. 

 

3. "Debemos siempre velar, velar contra el engaño, contra la seducción del maligno".

Homilía de Papa Francisco en la Casa Santa Marta - Viernes 11 de octubre de 2013, comentando el Evangelio del día, Lucas 11, 15-26.
(…)
o       ¿Vigilo sobre mí? ¿Sobre mi corazón? ¿Sobre mis sentimientos? ¿Sobre mis pensamientos? ¿Custodio el tesoro de la gracia? ¿Custodio la presencia del Espíritu Santo en mí?
El Papa observó que Jesús nos ofrece algunos criterios para entender la presencia del maligno y reaccionar.
Último criterio es el de la vigilancia. "Debemos siempre velar, velar contra el engaño, contra la seducción del maligno", exhortó el Pontífice. Y volvió a citar el Evangelio: "Cuando un hombre fuerte y bien armado guarda su palacio, sus bienes están seguros. Y nosotros podemos hacernos la pregunta: ¿yo vigilo sobre mí? ¿Sobre mi corazón? ¿Sobre mis sentimientos? ¿Sobre mis pensamientos? ¿Custodio el tesoro de la gracia? ¿Custodio la presencia del Espíritu Santo en mí?". Si no se custodia -añadió, citando otra vez el Evangelio-, "llega otro que es más fuerte y lo vence, le quita las armas de que se fiaba y reparte su botín".
Son estos, por lo tanto, los criterios para responder a los desafíos planteados por la presencia del diablo en el mundo: la certeza de que "Jesús lucha contra el diablo"; "quien no está con Jesús está contra Jesús"; y "la vigilancia". Hay que tener presente -dijo también el Papa- que "el demonio es astuto: jamás es expulsado para siempre, sólo lo será el último día". Porque cuando "el espíritu inmundo sale del hombre -recordó, citando el Evangelio-, da vueltas por lugares áridos, buscando un sitio para descansar, y al no encontrarlo dice: volveré a mi casa de donde salí. Al volver se la encuentra barrida y arreglada. Entonces va y toma otros siete espíritus peores que él y se mete a vivir allí. Y el final de aquel hombre resulta peor que el principio".
He aquí por qué es necesario velar. "Su estrategia es ésta -advirtió el Papa Francisco-: tú te has hecho cristiano, vas adelante con tu fe, y yo te dejo, te dejo tranquilo. Pero después, cuando te has acostumbrado y no estás muy alerta y te sientes seguro, yo vuelvo. El Evangelio de hoy comienza con el demonio expulsado y acaba con el demonio que vuelve. San Pedro lo decía: es como un león feroz que ronda a nuestro alrededor". Y esto no son mentiras: "es la Palabra del Señor".
"Pidamos al Señor -fue su oración conclusiva- la gracia de tomar en serio estas cosas. Él ha venido a luchar por nuestra salvación, Él ha vencido al demonio".




VIDA CRISTIANA



[1] Nota de la Redacción de Vida Cristiana sobre la acedia. Es  la pereza – o torpor, modorra o aburrimiento -  en el plano espiritual y religioso. Santo Tomás de Aquino precisa que es tristeza ante el  bien espiritual que  quita el gusto de la acción sobrenatural. Es una desazón o flacidez espiritual ante  las realidades espirituales que  empuja a abandonar toda actividad de la vida espiritual. El Catecismo de la Iglesia Católica (n. 2094) dice “Se puede pecar de diversas maneras contra el amor de Dios. (…) La acedia o pereza espiritual llega a rechazar el gozo que viene de Dios y a sentir horror por el bien divino (…)”. Se suelen referir como sinónimos de la palabra “desabrimiento” que aparece en el Catecismo: el desagrado, la aspereza en el trato, la brusquedad, la hosquedad, la adustez.

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