viernes, 11 de mayo de 2018

La Ascensión del Señor, Ciclo B, 13 Mayo de 2018

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La Ascensión del Señor (2018). El cielo. No significa un lugar, sino una manera de ser: es la comunión plena y definitiva con Dios, es estar con Cristo. Ahora, gracias al hecho de estar con el Padre, está cerca de cada uno de nosotros, para siempre. El Señor se encuentra junto a nosotros con la fuerza del Espíritu Santo. La misión del Espíritu consiste en introducirnos en la grandeza del misterio de Cristo. La Ascensión es el momento en que Jesús nos pasa el relevo a sus discípulos. Nuestra tarea es llevar el testimonio de Cristo hasta los confines de la tierra. Todo cristiano, a su manera, puede y debe ser testigo del Señor resucitado. El inicio de la comunión con Cristo ya en esta tierra. Cristo no ofrece un programa político.  El reino de Dios y su justicia es una vida santa.


v  Cfr. La Ascensión del Señor, Ciclo B, 13 Mayo de 2018 

Marcos 16, 15-20; Hechos 1, 1-11; Efesios 1, 17-23

Hechos de los apóstoles 1, 1-11: (...)  3  Se les presentó después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo, y, apareciéndoseles durante cuarenta días, les habló del reino de Dios. 4 Una vez que comían juntos, les recomendó: (…) 8 Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines del mundo.» 9 Y después de decir esto, mientras miraban mientras ellos lo observaban, se elevó, y una nube lo ocultó a sus ojos. 10 Estaban mirando atentamente al cielo mientras él se iba, cuando se  presentaron ante ellos dos hombres con vestiduras blancas 11 que dijeron:- «Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo volverá como le habéis visto marcharse.»

Marcos 16,15-20: 15 En aquel tiempo se apareció Jesús y les dijo: -Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda criatura. 16 El que crea y sea bautizado se salvará; pero el que no crea se condenará. 17 A los que crean, les acompañarán estos milagros: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, 18 agarrarán serpientes con las manos, y si bebieran un veneno, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos y quedarán curados. 19 19 El Señor Jesús, después de hablarles, se elevó  al cielo y está sentado  a la derecha de Dios. 20 Ellos fueron y proclamaron el Evangelio por todas partes, y el Señor actuaba con ellos y confirmaba la Palabra con los milagros que los acompañaban.

Se elevó al cielo y está sentado a la derecha de Dios

 

1. El cielo. No significa un lugar, sino una manera de ser: es la comunión plena y definitiva con Dios, es estar con Cristo.

·         El cielo no significa un lugar sino una manera de ser. El cielo es la comunión plena y definitiva con
Dios, destinada a los que creerán en el Señor. Vivir en el cielo es estar con Cristo. Es la comunidad bienaventurada de todos los que están perfectamente incorporados a él.  
Como veremos en los números del Catecismo que se citan a continuación, cuando decimos con la Biblia «Padre nuestro que estás en el cielo» o decimos de alguien que «ha ido al cielo», nos estamos adaptando al lenguaje popular. Pero la Biblia enseña que Dios “está en el cielo, en la tierra y en todo lugar», que es Él quien “ha creado los cielos”, y, si los ha creado, no puede ser encerrado en ellos; que Dios está en los cielos significa más bien que habita «en una luz inaccesible», como dice San Pablo en su primera Carta a Timoteo y recoge el Catecismo [1]: “Dios, que «habita  una luz  inaccesible» (1 Tm 6, 16), quiere comunicar su propia vida divina a los hombres libremente creados por él, para hacer de ellos, en su Hijo único, hijos adoptivos (Cf Ef l, 4-5). (...) ”. Que está en el cielo significa que es infinitamente diverso de nosotros; en definitiva el cielo es, en sentido religioso, más un estado que un lugar.

El cielo no designa un lugar
sino la presencia de Dios en el corazón de los justos
en el que Dios habita como en su templo.

v  A) El inicio de la comunión con Cristo ya en esta tierra

o   En el Catecismo de la Iglesia Católica

§  El cielo designa la presencia de Dios en el corazón de los justos.
·         n.  2802: «Que estás en el cielo» no designa un lugar, sino la majestad de Dios y su presencia en el
corazón de los justos. El cielo, la Casa del Padre, constituye la verdadera patria hacia donde tendemos y a la que ya pertenecemos.
§  El cielo es el corazón de los justos en el que Dios habita como en su templo.
·         n. 2794: «QUE ESTAS EN EL CIELO» - Esta expresión bíblica no significa un lugar [«el
espacio»] sino una manera de ser; no el alejamiento de Dios sino su majestad. Dios Padre no está «fuera», sino «más allá de todo» lo que, acerca de la santidad divina, puede el hombre concebir. Como es tres veces Santo, está totalmente cerca del corazón humilde y contrito:
Con razón, estas palabras "Padre nuestro que estás en el cielo" hay que entenderlas en relación al corazón de los justos en el que Dios habita como en su templo. Por eso también el que ora desea ver que reside en él Aquel a quien invoca (S. Agustín, serm. Dom. 2, 5, 17).
El «cielo» bien podía ser también aquellos que llevan la imagen del mundo celestial, y en los que Dios habita y se pasea (S. Cirilo de Jerusalén, catech. myst. 5, 11).
§  Todos tenemos que esforzarnos y asemejarnos con  Cristo en esta tierra
·         n. 793 (...) Todos los miembros tienen que esforzarse en asemejarse a él «hasta que Cristo esté
formado en ellos» (Gálatas 4, 19) (...)

v  B) La comunión plena con Cristo cuando terminamos la vida en esta tierra. 

o   En el Catecismo de la Iglesia Católica


Vivir en el cielo es «estar con Cristo»

§  Los que mueren en la gracia y la amistad de Dios y están perfectamente purificados, viven para siempre con Cristo.
·         n.  1023:  El cielo - Los que mueren en la gracia y la amistad de Dios y están perfectamente
purificados, viven para siempre con Cristo. Son para siempre semejantes a Dios, porque lo ven «tal cual es» (1 Juan 3, 2), cara a cara (Cf 1 Corintios 13, 12; Apocalipsis 22, 4):
·         n. 1025: Vivir en el cielo es «estar con Cristo» (Cf Jn 14, 3; Flp 1, 23; 1 Ts 4, 17). Los
elegidos viven «en El», aún más, tienen allí, o mejor, encuentran allí su verdadera identidad, su propio nombre (Cf Ap 2, 17):
Pues la vida es estar con Cristo; donde está Cristo, allí está la vida, allí está el reino (S.
Ambrosio, Luc. 10, 121).
§  El cielo es la comunidad bienaventurada de todos los que están perfectamente incorporados a El.
·         n. 1026: Por su muerte y su Resurrección Jesucristo nos ha «abierto» el cielo. La vida de los
bienaventurados consiste en la plena posesión de los frutos de la redención realizada por Cristo, quien asocia a su glorificación celestial a aquellos que han creído en El y que han permanecido fieles a su voluntad. El cielo es la comunidad bienaventurada de todos los que están perfectamente incorporados a El.
§  El cielo es la comunión de vida y de amor con Dios
·         n. 1024: Esta vida perfecta con la Santísima Trinidad, esta comunión de vida y de amor con ella,
con la Virgen María, los ángeles y todos los bienaventurados se llama «el cielo». El cielo es el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha.

o   En el Antiguo Testamento: “subió al cielo” indicaba el ingreso del justo en la comunión  plena de Dios.

·         Ya en el Antiguo Testamento  “subió al cielo”  indicaba el ingreso del justo en la comunión plena
de Dios después de la muerte; es la representación del destino de la eternidad bienaventurada que espera al hombre fiel en esta tierra; así lo explica el salmo 16, 10-11: “10 pues tú no me entregarás a la muerte ni dejarás que tu amigo fiel baje a la tumba. 11 Me enseñarás el camino de la vida, plenitud de gozo en tu presencia, alegría perpetua a tu derecha”.

v  C) Cristo está presente en cada uno de nosotros por la acción del Espíritu Santo

o   “Estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mateo 18,20).

                        Cfr. Juan Pablo II, Homilía, en la Ascensión del Señor, En el estadio Funchal,
                        Madeira (12-V-1991)

o   “Estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mateo 18,20).

·         “Galileos, ¿qué hacéis ahí mirando al cielo? Éste que os ha sido llevado, este mismo Jesús,
vendrá así tal como lo habéis visto subir al cielo” (Hechos 1,11). Con estas palabras termina el relato de la Ascensión del Señor. Antes, Cristo mismo había dicho: “No os dejaré huérfanos: volveré a vosotros” (Juan 14,18), afirmación que alguno podría considerar referida sólo a las apariciones en aquellos cuarenta días, después de la resurrección. ¡Pero no! De hecho, cuando ya subía definitivamente al Padre, dijo: “Y he aquí que estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mateo 18,20).
Este “yo estoy” tiene la fuerza del nombre de Dios. “Yo estoy” como hijo en el Padre (o, a la diestra del Padre), y “estoy con vosotros” (quiere decir con la Iglesia y con el mundo), en el poder del Espíritu Santo. Gracias a este poder, nuestra permanencia en la fe cristiana tiene carácter de espera de su venida: la segunda definitiva venida de Cristo Salvador.
Pero esta espera no es pasiva: constituye la edificación del Cuerpo de Cristo. (…) ¡No permanezcamos, pues, pasivamente a su espera! En todos lados, en el trabajo o durante el tiempo libre, en tu tierra o viajando por otros lugares, cuando acoges a otros o aceptas su hospitalidad, ¡eres heraldo itinerante de Cristo! Debemos llegar “todos a la unidad de la fe y del conocimiento pleno del Hijo de Dios”. Debemos llegar al estado del hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo (Efesios 4,13).

2. La Ascensión - acontecimiento conclusivo de la vida terrena de Cristo -, significa que Jesucristo es Señor: posee todo poder en los cielos y en la tierra.


·         Catecismo de la Iglesia Católica, n.  668: «Cristo murió y volvió a la vida para eso, para ser
Señor de muertos y vivos» (Romanos 14, 9). La Ascensión de Cristo al Cielo significa su participación, en su humanidad, en el poder y en la autoridad de Dios mismo. Jesucristo es Señor: posee todo poder en los cielos y en la tierra.  Él está «por encima de todo Principado, Potestad, Virtud, Dominación» porque el Padre «bajo sus pies sometió todas las cosas» (Efesios 1, 20-22). Cristo es el Señor del cosmos (Cf Efesios 4, 10; 1 Corintios 15, 24. 27-28) y de la historia. En él, la historia de la humanidad e incluso toda la Creación encuentran su recapitulación (Cf Efesios 1,10), su cumplimiento trascendente.

v  Y está sentado a la derecha de Dios

o   Catecismo de la Iglesia católica

§  Sentarse a la derecha del Padre significa la inauguración del reino del Mesías. A partir de este momento, los apóstoles se convirtieron en los testigos del "Reino que no tendrá fin".
  • n. 664: Sentarse a la derecha del Padre significa la inauguración del reino del Mesías,
cumpliéndose la visión del profeta Daniel respecto del Hijo del hombre: "A él se le dio imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasará, y su reino no será destruido jamás" (Daniel 7, 14). A partir de este momento, los apóstoles se convirtieron en los testigos del "Reino que no tendrá fin" (Símbolo de Nicea-Constantinopla).

3. El Señor se encuentra junto a nosotros con la fuerza del Espíritu Santo.

    Cfr. Benedicto XVI, Homilía 7 mayo 2005 -  Al tomar posesión de la Cátedra del Obispo de
    Roma en la Basílica de San Juan de Letrán

v  La Ascensión significa que  Jesús ya no pertenece al mundo de la corrupción y de la muerte, que pertenece totalmente a Dios.

o   Y, dado que Dios abraza y sostiene a todo el cosmos, la Ascensión del Señor significa que Cristo no se ha alejado de nosotros.

§  Sino que ahora, gracias al hecho de estar con el Padre, está cerca de cada uno de nosotros, para siempre. El ser humano ha sido llevado hasta dentro de la vida misma de Dios.
            Entonces, ¿qué nos quiere decir la fiesta de la Ascensión del Señor? No nos quiere decir
que el Señor se ha ido a algún lugar alejado de los hombres y del mundo. La Ascensión de Cristo no es un viaje en el espacio hacia los astros más remotos; pues en el fondo, también los astros están constituidos de elementos físicos como la tierra. La Ascensión de Cristo significa que ya no pertenece al mundo de la corrupción y de la muerte, que condiciona nuestra vida. Significa que pertenece completamente a Dios. Él, el Hijo Eterno, ha llevado nuestro ser humano a la presencia de Dios, ha llevado consigo la carne y la sangre de forma transfigurada. El hombre encuentra espacio en Dios, a través de Cristo; el ser humano ha sido llevado hasta dentro de la vida misma de Dios. Y, dado que Dios abraza y sostiene a todo el cosmos, la Ascensión del Señor significa que Cristo no se ha alejado de nosotros, sino que ahora, gracias al hecho de estar con el Padre, está cerca de cada uno de nosotros, para siempre. Cada uno de nosotros puede tutearle, cada uno puede dirigirse a Él. El Señor se encuentra siempre al alcance de nuestra voz. Podemos alejarnos de Él interiormente. Podemos vivir dándole las espaldas. Pero Él nos espera siempre, y siempre está cerca de nosotros.

v  El Jesús que se despide no va a alguna parte en un astro lejano. Él entra en la comunión de vida y poder con el Dios viviente, en la situación de superioridad de Dios sobre todo espacio.

           Joseph Ratzinger – Benedicto XVI, Jesús de Nazaret 2, Ed. Encuentro 2011, pp. 328-330

o   Por eso «no se ha marchado», sino que, en virtud del mismo poder de Dios, ahora está siempre presente junto a nosotros y por nosotros.

El Jesús que se despide no va a alguna parte en un astro lejano. Él entra en la comunión de vida y poder con el Dios viviente, en la situación de superioridad de Dios sobre todo espacio. Por eso «no se ha marchado», sino que, en virtud del mismo poder de Dios, ahora está siempre presente junto a nosotros y por nosotros. En los discursos de despedida en el Evangelio de Juan, Jesús dice precisamente esto a sus discípulos: «Me voy y vuelvo a vuestro lado» (Jn 14, 28). Aquí está sintetizada maravillosamente la peculiaridad del «irse» de Jesús, que es al mismo tiempo su «venir», y con eso queda explicado también el misterio acerca de la cruz, la resurrección y la ascensión. Su irse es precisamente así un venir, un nuevo modo de cercanía, de presencia permanente, que Juan pone también en relación con la «alegría», de la que antes hemos oído hablar en el Evangelio de Lucas.

o   Ahora ya no se encuentra en un solo lugar del mundo, como antes de la «ascensión».

§  Con su poder que supera todo espacio, Él no está ahora en un solo sitio, sino que está presente al lado de todos, y todos lo pueden invocar en todo lugar y a lo largo de la historia.
Puesto que Jesús está junto al Padre, no está lejos, sino cerca de nosotros. Ahora ya no se encuentra en un solo lugar del mundo, como antes de la «ascensión»; con su poder que supera todo espacio, Él no está ahora en un solo sitio, sino que está presente al lado de todos, y todos lo pueden invocar en todo lugar y a lo largo de la historia.

4. La fiesta de la Ascensión es el momento en que Jesús nos pasa el relevo a sus discípulos.


v  «Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo, volverá como le habéis visto marcharse» (Hechos 1, 11: primera Lectura).

o   No es tarea de los discípulos quedarse mirando al cielo o conocer los tiempos y los momentos escondidos en el secreto de Dios. Ahora su tarea es llevar el testimonio de Cristo hasta los confines de la tierra.

Volvamos todavía al primer capítulo de los Hechos de los Apóstoles. Hemos dicho que la existencia cristiana no consiste en escudriñar el futuro, sino, de un lado, en el don del Espíritu Santo y, de otro, en el testimonio universal de los discípulos en favor de Jesús crucificado y resucitado (cf. Hechos 1, 6-8). Y la desaparición de Jesús a través de la nube no significa un movimiento hacia otro lugar cósmico, sino su asunción en el ser mismo de Dios y, así, la participación en su poder de presencia en el mundo.
Luego el texto prosigue. Al igual que antes, junto al sepulcro (cf. Lucas 24, 4), también ahora aparecen dos hombres vestidos de blanco y dirigen un mensaje: «Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo, volverá como le habéis visto marcharse» (Hechos 1, 11). Con eso queda confirmada la fe en el retorno de Jesús, pero al mismo tiempo se subraya una vez más que no es tarea de los discípulos quedarse mirando al cielo o conocer los tiempos y los momentos escondidos en el secreto de Dios. Ahora su tarea es llevar el testimonio de Cristo hasta los confines de la tierra.

5. Ellos lo rodearon preguntándole: - «Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?».

v  La pregunta de los Apóstoles (Hechos v. 6) y la respuesta del Señor (vv. 7-8): naturaleza del reino de Dios.

·         Ellos piensan todavía  en una restauración temporal de la dinastía de David, su esperanza se cifra en
algo así como un dominio nacional judío. La respuesta del Señor les dice que los planes de Dios están por encima de una realización política. Su misión  será la de dar testimonio de la resurrección de Jesús.

o   Cristo, Dios y Hombre verdadero, vive y reina y es el Señor del mundo. Sólo por Él se mantiene en vida todo lo que vive.

§  Esto es el reino de Dios y su justicia, una vida santa.
·         San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 180: “Quisiera que considerásemos cómo ese
Cristo, que —Niño amable— vimos nacer en Belén,  es el Señor del mundo: pues por Él fueron
creados todos los seres en los cielos y en la tierra; El ha reconciliado con el Padre todas las cosas, restableciendo la paz entre el cielo y la tierra, por medio de la sangre que derramó en la cruz (Cf Colosenses 1, 11-16). Hoy Cristo reina, a la diestra del Padre: declaran aquellos dos ángeles de blancas vestiduras, a los discípulos que estaban atónitos contemplando las nubes, después de la Ascensión del Señor: varones de Galilea ¿por qué estáis ahí mirando al cielo? Este Jesús, que separándose de vosotros ha subido al cielo, vendrá de la misma manera que le acabáis de ver subir (Hechos 1,11).
Por El reinan los reyes (Cf Proverbios 8,15), con la diferencia de que los reyes, las autoridades humanas, pasan; y el reino de Cristo permanecerá por toda la eternidad (Éxodo 15,18), su reino es un reino eterno y su dominación perdura de generación en generación (Daniel 3,100).
El reino de Cristo no es un modo de decir, ni una imagen retórica. Cristo vive, también como hombre, con aquel mismo cuerpo que asumió en la Encarnación, que resucitó después de la Cruz y subsiste glorificado en la Persona del Verbo juntamente con su alma humana. Cristo, Dios y Hombre verdadero, vive y reina y es el Señor del mundo. Sólo por Él se mantiene en vida todo lo que vive.
§  Los que esperaban del Mesías un poderío temporal visible, se equivocaban. Cristo no ofrece un programa político.
¿Por qué, entonces, no se aparece ahora en toda su gloria? Porque su reino no es de este mundo (Juan 18,36), aunque está en el mundo. Había replicado Jesús a Pilatos: Yo soy rey. Yo para esto nací: para dar testimonios de la verdad; todo aquel que pertenece a la verdad, escucha mi voz (Juan 18,37). Los que esperaban del Mesías un poderío temporal visible, se equivocaban: que no consiste el reino de Dios en el comer ni en el beber, sino en la justicia, en la paz y en el gozo del Espíritu Santo (Romanos 14,17).
Verdad y justicia; paz y gozo en el Espíritu Santo. Ese es el reino de Cristo: la acción divina que salva a los hombres y que culminará cuando la historia acabe, y el Señor, que se sienta en lo más alto del paraíso, venga a juzgar definitivamente a los hombres.
§  Esto es el reino de Dios y su justicia, una vida santa
Cuando Cristo inicia su predicación en la tierra, no ofrece un programa político, sino que dice: haced penitencia, porque está cerca el reino de los cielos (Mateo 3,2; 4,17); encarga a sus discípulos que anuncien esa buena nueva (Lucas 10,9), y enseña que se pida en la oración el advenimiento del reino (Cf. Mateo 6,10). Esto es el reino de Dios y su justicia, una vida santa: lo que hemos de buscar primero (Cf Mateo 6,33), lo único verdaderamente necesario (Cf Lucas 10,42)”.

o   Todo cristiano, a su manera, puede y debe ser testigo del Señor resucitado. 

·         Benedicto XVI, 7 de mayo 2005, Toma de posesión de la cátedra del Obispo de Roma: “De
este modo, el Espíritu Santo es la fuerza por la que Cristo nos hace experimentar su cercanía. Pero la primera lectura deja también un segundo mensaje: seréis mis testigos. Cristo resucitado tiene necesidad de testigos que se hayan encontrado con él, que le hayan conocido íntimamente a través de la fuerza del Espíritu Santo. Hombres que, habiéndole tocado con la mano, por así decir, puedan testimoniarle. Fue así como la Iglesia, familia de Cristo, creció desde «Jerusalén… hasta los confines de la tierra», como dice la lectura. A través de testigos se construyó la Iglesia, comenzando por Pedro y Pablo, por los Doce, hasta todos los hombres y mujeres que, llenos de Cristo, en el transcurso de los siglos, han vuelto a encender y encenderán de nuevo de manera siempre nueva la llama de la fe. Todo cristiano, a su manera, puede y debe ser testigo del Señor resucitado. Cuando leemos los nombres de los santos, podemos ver cuántas veces ante todo han sido --y siguen siendo-- hombres sencillos, hombres de los que surgía --y surge-- una luz resplandeciente capaz de llevar a Cristo”.

6. La esperanza en el cielo - en la tierra nueva -  no debe debilitar, sino más bien avivar la preocupación de cultivar esta tierra. 

v  Aunque hay que distinguir con sumo cuidado entre el progreso temporal y el crecimiento del Reino de Cristo, el primero, en cuanto contribuye a una sociedad mejor ordenada, interesa en gran medida al Reino de Dios.

            Cfr. Concilio Vaticano II, Constitución pastoral «Gaudium et spes», n . 39:
39. Ignoramos tanto el tiempo en que la tierra y la humanidad se consumarán [71], como la forma en que se transformará el universo. Pasa ciertamente la figura de este mundo, deformada por el pecado [72]. Pero sabemos por la revelación que Dios prepara una nueva morada y una nueva tierra donde habita la justicia [73], y cuya bienaventuranza saciará y superará todos los anhelos de paz que ascienden en el corazón de los hombres [74]. Entonces, vencida la muerte, los hijos de Dios serán resucitados en Cristo, y lo que se sembró en debilidad y corrupción se revestirá de incorrupción [75]; y, subsistiendo la caridad y sus obras [76], serán liberadas de la esclavitud de la vanidad todas aquellas criaturas [77] que Dios creó precisamente para servir al hombre.
Y ciertamente se nos advierte que de nada sirve al hombre ganar el mundo entero, si se pierde a sí mismo [78]. Mas la esperanza de una nueva tierra no debe atenuar, sino más bien excitar la preocupación por perfeccionar esta tierra, en donde crece aquel Cuerpo de la nueva humanidad que puede ya ofrecer una cierta prefiguración del mundo nuevo. Por ello, aunque hay que distinguir con sumo cuidado entre el progreso temporal y el crecimiento del Reino de Cristo, el primero, en cuanto contribuye a una sociedad mejor ordenada, interesa en gran medida al Reino de Dios [79].
En efecto; los bienes todos de la dignidad humana, de la fraternidad y de la libertad, es decir, todos los buenos frutos de la naturaleza y de nuestra actividad, luego de haberlos propagado -en el Espíritu de Dios y conforme a su mandato- sobre la tierra, los volveremos a encontrar de nuevo, pero limpios de toda mancha a la vez que iluminados y transfigurados, cuando Cristo devuelva a su Padre el reino eterno y universal: reino de verdad y de vida, reino de santidad y de gracia, reino de justicia, de amor y de paz[80]. Aquí, en la tierra, existe ya el Reino, aunque entre misterios; mas, cuando venga el Señor, llegará a su consumada perfección.

[71] Cf. Hch 1,7.   [72] Cf. 1 Cor 7,31; S. Iren. Adv. haer. 5, 36 PG 7, 1222.  [73] Cf. 2 Cor 5,2; 2 Pe 3,13.  [74] Cf. 1 Cor 2,9; Ap 21,4-5.   [75] Cf. 1 Cor 15,42.53. [76] Cf. 1 Cor 13,8; 3,14.  [77] Cf. Rom 8,19-21. [78] Cf. Lc 9,25.  [79] Cf. Pío XI, e. QA l. c., 207.   [80] Praefatio Festi Christi Regis.

Vida Cristiana


[1] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica n. 52

sábado, 5 de mayo de 2018

Comuniones en Mayo durante la Misa de las familias


Embriaguez: por Santiago Agrelo



La declaración-invitación la hace Jesús a sus discípulos, y la entendemos hecha hoy a nosotros, los que nos llamamos cristianos: “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor”.
Lo has oído bien, Iglesia cuerpo de Cristo: para esto se agita el universo, para esto nacieron los mundos, para esto nacimos, para ser amados con amor divino, con pasión de Dios, para ser amados como el Padre ama a su Hijo, como Dios ama a Dios, para ser amados y permanecer en el amor.
El que te ama, te pide que permanezcas en su amor, que habites en ese amor, que tengas en ese amor la dirección de tu casa.
Y si preguntas cómo podrá ser eso si tú no conoces el rostro de tu Señor, si jamás has visto a tu Dios, cómo se puede morar en el corazón de Dios, el ángel de esta anunciación, Jesús, te acercará a las puertas del misterio: “Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor”.
Entonces le dirás: “Heme aquí”, estoy dispuesto, “hágase”.
Y él te dirá: “Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado”.
Envolver el mundo en el amor con que Dios nos ama: ése es el modo sencillo y humilde de permanecer en el amor que el Hijo de Dios nos tiene.
En realidad, ése es el modo sencillo y humilde que Dios ha escogido para venir a nosotros, para quedarse en nosotros, habitar en nosotros, poner en nosotros la dirección de su casa.
Habrás observado, hermana mía, hermano mío –hablo a contemplativos-, que en ese mundo nuevo, en el mundo de los discípulos del amor, en el mundo del pueblo de Dios, en el mundo-utopía que encontró su lugar en nuestra fe, no sirve el vino para embriagarse, no cabe el abuso para alegrarse, no ayuda la arrogancia para ser alguien.
Ebrios nos han de encontrar, como en día de Pentecostés, cuantos nos oigan hablar  de las grandezas de Dios: ebrios de Espíritu Santo, ebrios de alegría, ebrios de humildes palabras, de divinas palabras.
Ése es el regalo que nos deja el ángel de esta anunciación: su alegría en nosotros, la plenitud de su alegría en nosotros, embriaguez de alegría para todo el pueblo de Dios…
Éste es el mundo de los que reciben al Hijo, de los que creen en su nombre, de los que han nacido de Dios…
Escucha, cree, comulga, recibe… ama y embriaga de alegría tu pequeño mundo: Es una utopía que el Espíritu de Dios ha puesto al alcance de tu mano.
Feliz domingo.

miércoles, 2 de mayo de 2018

6º Domingo de Pascua, Año B (2018). La amistad que me ofrece el Señor.




6º Domingo de Pascua, Año B (2018). La amistad que me ofrece el Señor. Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando. La amistad que Él me ofrece significa que yo trate siempre de conocerle mejor. Señor, ayúdame a ser cada vez más tu amigo. Las palabras de Jesús sobre la amistad están en el contexto del discurso sobre la vid. El discípulo de Jesús debe ponerse en camino, salir de sí  mismo e ir hacia los otros. Nuestra amistad con Dios, que nos ha dado Jesús, es una amistad que cambia nuestras vidas y nos llena de entusiasmo y alegría. Nos lleva a vivir como hijos de Dios y nos ayuda a derramar este amor también sobre los otros y a reconocerlos como hermanos. Jesús es nuestro modelo en la amistad


v  Cfr. VI Domingo de Pascua  Año B  6 de mayo de 2018

Juan 15, 9-17;  1 Juan 4, 7-10

Juan 15, 9-17: 9 Como el Padre me ama, así también os amo yo; permaneced en mi amor. 10 Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor,  como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor. 11 Os digo esto, para que mi alegría esté con vosotros, y vuestra alegría sea plena. 12 Este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado. 13 Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos. 14 Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. 15 No os llamo ya siervos,  porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os llamo amigos  porque todo lo que he oído a mi Padre  os lo he dado a conocer. 16 No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca;  de modo que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo conceda. 17 Lo que os mando es que os améis los unos a los otros.»
           
Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando.
 (Juan 15, 14)
Nuestra amistad con Dios, que nos ha dado Jesús, cambia nuestras vidas
y nos llena de entusiasmo y alegría.
Nos lleva a vivir como hijos de Dios
y nos ayuda a derramar este amor también sobre los otros
y a reconocerlos como hermanos.

1. «Ya no os llamo siervos, sino amigos» (Juan 15, 15)

     Cfr. Benedicto XVI, Homilía, Solemnidad de San Pedro y San Pablo, 29 junio 2011. 60º Aniversario Ordenación
     Sacerdotal.

v  ¿Qué es realmente la amistad?

o   Él realmente me conoce personalmente. La amistad que Él me ofrece significa que yo trate siempre de conocerle mejor.

§  Señor, ayúdame siempre a conocerte mejor. Ayúdame a estar cada vez más unido a tu voluntad. Ayúdame a vivir mi vida, no para mí mismo, sino junto a Ti para los otros. Ayúdame a ser cada vez más tu amigo.
¿Qué es realmente la amistad? Ídem velle, ídem nollequerer y no querer lo mismo, decían los antiguos. La amistad es una comunión en el pensamiento y el deseo. El Señor nos dice lo mismo con gran insistencia: «Conozco a los míos y los míos me conocen» (cf. Juan 10,14). El Pastor llama a los suyos por su nombre (cf. Juan 10,3). Él me conoce por mi nombre. No soy un ser anónimo cualquiera en la inmensidad del universo. Me conoce de manera totalmente personal. Y yo, ¿le conozco a Él? La amistad que Él me ofrece sólo puede significar que también yo trate siempre de conocerle mejor; que yo, en la Escritura, en los Sacramentos, en el encuentro de la oración, en la comunión de los Santos, en las personas que se acercan a mí y que Él me envía, me esfuerce siempre en conocerle cada vez más. La amistad no es solamente conocimiento, es sobre todo comunión del deseo. Significa que mi voluntad crece hacia el «sí» de la adhesión a la suya. En efecto, su voluntad no es para mí una voluntad externa y extraña, a la que me doblego más o menos de buena gana. No, en la amistad mi voluntad se une a la suya a medida que va creciendo; su voluntad se convierte en la mía, y justo así llego a ser yo mismo. Además de la comunión de pensamiento y voluntad, el Señor menciona un tercer elemento nuevo: Él da su vida por nosotros (cf. Juan 15,13; 10,15). Señor, ayúdame siempre a conocerte mejor. Ayúdame a estar cada vez más unido a tu voluntad. Ayúdame a vivir mi vida, no para mí mismo, sino junto a Ti para los otros. Ayúdame a ser cada vez más tu amigo.

v  Las palabras de Jesús sobre la amistad están en el contexto del discurso sobre la vid.

o   El Señor enlaza la imagen de la vid con una tarea que encomienda a los discípulos: «Os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca».

§  El discípulo de Jesús debe ponerse en camino, salir de sí  mismo e ir hacia los otros.
Las palabras de Jesús sobre la amistad están en el contexto del discurso sobre la vid. El Señor enlaza la imagen de la vid con una tarea que encomienda a los discípulos: «Os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca» (Juan 15,16). El primer cometido que da a los discípulos, a los amigos, es el de ponerse en camino –os he destinado para que vayáis-, de salir de sí mismos y de ir hacia los otros. Podemos oír juntos aquí también las palabras que el Resucitado dirige a los suyos, con las que san Mateo concluye su Evangelio: «Id y enseñad a todos los pueblos...» (cf. Mateo 28,19s). El Señor nos exhorta a superar los confines del ambiente en que vivimos, a llevar el Evangelio al mundo de los otros, para que impregne todo y así el mundo se abra para el Reino de Dios. Esto puede recordarnos que el mismo Dios ha salido de sí, ha abandonado su gloria, para buscarnos, para traernos su luz y su amor. Queremos seguir al Dios que se pone en camino, superando la pereza de quedarnos cómodos en nosotros mismos, para que Él mismo pueda entrar en el mundo.

o   La tarea del discípulo es la de dar fruto, que es la uva, de la que se hace el vino.

§  Para que madure la uva se necesita sol, y lluvia, el día y la noche. Para que madure un vino de calidad se requiere la paciencia de la fermentación, los atentos cuidados de los procesos de maduración.
Después de la palabra sobre el ponerse en camino, Jesús continúa: dad fruto, un fruto que permanezca. ¿Qué fruto espera Él de nosotros? ¿Cuál es el fruto que permanece? Pues bien, el fruto de la vid es la uva, del que luego se hace el vino. Detengámonos un momento en esta imagen. Para que una buena uva madure, se necesita sol, pero también lluvia, el día y la noche. Para que madure un vino de calidad, hay que prensar la uva, se requiere la paciencia de la fermentación, los atentos cuidados que sirven a los procesos de maduración. Un vino de clase no solamente se caracteriza por su dulzura, sino también por la riqueza de los matices, la variedad de aromas que se han desarrollado en los procesos de maduración y fermentación. (…)
Necesitamos el sol y la lluvia, la serenidad y la dificultad, las fases de purificación y prueba, y también los tiempos de camino alegre con el Evangelio. Volviendo la mirada atrás, podemos dar gracias a Dios por ambas cosas: por las dificultades y por las alegrías, por las horas oscuras y por aquellas felices. En las dos reconocemos la constante presencia de su amor, que nos lleva y nos sostiene siempre de nuevo.

o   El vino es imagen del amor: el verdadero fruto que permanece, el que Dios quiere de nosotros. Amor a Dios y al prójimo.

§  Conlleva en sí la carga de la paciencia, de la humildad, de la maduración de nuestra voluntad en la formación e identificación con la voluntad de Dios, la voluntad de Jesucristo, el Amigo.
El vino que se espera de la uva selecta es sobre todo imagen de la justicia, que se desarrolla en una existencia vivida según la ley de Dios. De este modo crece la verdadera alegría.
Ahora, sin embargo, debemos preguntarnos: ¿Qué clase de fruto es el que espera el Señor de nosotros? El vino es imagen del amor: éste es el verdadero fruto que permanece, el que Dios quiere de nosotros. Pero no olvidemos que, en el Antiguo Testamento, el vino que se espera de la uva selecta es sobre todo imagen de la justicia, que se desarrolla en una existencia vivida según la ley de Dios. Y no digamos que esta es una visión veterotestamentaria ya superada: no, ella sigue siendo siempre verdadera. El auténtico contenido de la Ley, su summa, es el amor a Dios y al prójimo. Este doble amor, sin embargo, no es simplemente algo dulce. Conlleva en sí la carga de la paciencia, de la humildad, de la maduración de nuestra voluntad en la formación e identificación con la voluntad de Dios, la voluntad de Jesucristo, el Amigo. Sólo así, en el hacerse todo nuestro ser verdadero y recto, también el amor es verdadero; sólo así es un fruto maduro. Su exigencia intrínseca, la fidelidad a Cristo y a su Iglesia, requiere que se cumpla siempre también en el sufrimiento. Precisamente de este modo, crece la verdadera alegría. En el fondo, la esencia del amor, del verdadero fruto, se corresponde con las palabras sobre el ponerse en camino, sobre el salir: amor significa abandonarse, entregarse; lleva en sí el signo de la cruz.

2. El don de la piedad: es nuestra amistad con Dios

    Francisco, Catequesis, Audiencia General, 4 de junio de 2014

v  Es nuestra amistad con Dios, que nos ha dado Jesús, una amistad que cambia nuestras vidas y nos llena de entusiasmo y alegría.

o   Nos lleva a vivir como hijos de Dios y nos ayuda a derramar este amor también sobre los otros y a reconocerlos como hermanos.

§  Seremos capaces de gozar con quien está alegre, de llorar con quien llora, de estar cerca de quien está solo o angustiado, de corregir a quien está en error, de consolar a quien está afligido, de acoger y socorrer a quien está necesitado.
            Indica nuestra pertenencia a Dios y nuestro profundo vínculo con Él, un vínculo que da sentido a toda nuestra vida y nos mantiene unidos, en comunión con Él, incluso en los momentos más difíciles y atormentados.
Este vínculo con el Señor no debe interpretarse como un deber o una imposición: es un vínculo que viene desde dentro. Se trata, en cambio, de una relación vivida con el corazón: es nuestra amistad con Dios, que nos ha dado Jesús, una amistad que cambia nuestras vidas y nos llena de entusiasmo y alegría. Por esta razón, el don de la piedad suscita en nosotros, sobre todo, gratitud y alabanza. Es éste, en realidad, el motivo y el sentido más auténtico de nuestro culto y de nuestra adoración. Cuando el Espíritu Santo nos hace sentir la presencia del Señor y de todo su amor por nosotros, nos reconforta el corazón y nos mueve de forma natural a la oración y la celebración. Piedad, por tanto, es sinónimo de auténtico espíritu religioso, de confianza filial con Dios, de aquella capacidad de rezarle con amor y sencillez que caracteriza a los humildes de corazón.
Si el don de la piedad nos hace crecer en la relación y en la comunión con Dios y nos lleva a vivir como sus hijos, al mismo tiempo nos ayuda a derramar este amor también sobre los otros y a reconocerlos como hermanos. (…)
Seremos capaces de gozar con quien está alegre, de llorar con quien llora, de estar cerca de quien está solo o angustiado, de corregir a quien está en error, de consolar a quien está afligido, de acoger y socorrer a quien está necesitado. Hay una relación, muy, muy estrecha entre el don de piedad y la mansedumbre. El don de piedad que nos da el Espíritu Santo nos hace apacibles. Nos hace tranquilos, pacientes, en paz con Dios, al servicio de los otros con apacibilidad.

3. La amistad es comunión de voluntades.

    Card. Joseph Ratzinger, Homilía, en la misa por la elección del Papa, 18 de abril de 2005

v  La amistad es la comunión de las voluntades, donde tiene lugar nuestra redención.


            El segundo elemento con el que Jesús define la amistad es la comunión de las voluntades. «Idem velle – idem nolle», era también para los romanos la definición de la amistad. «Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando» (Juan 15, 14). La amistad con Cristo coincide con lo que expresa la tercera petición del Padrenuestro: «Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo». En la hora de Getsemaní, Jesús transformó nuestra voluntad humana rebelde en voluntad conformada y unida con la voluntad divina. Sufrió todo el drama de nuestra autonomía y, al llevar nuestra voluntad en las manos de Dios, nos da la verdadera libertad: «pero no sea como yo quiero, sino como quieras tú» (Mateo 26, 39). En esta comunión de las voluntades tiene lugar nuestra redención: ser amigos de Jesús, convertirse en amigos de Dios. Cuanto más amamos a Jesús, más le conocemos, más crece nuestra auténtica libertad, la alegría de ser redimidos. ¡Gracias, Jesús, por tu amistad!

4. Caminos para el encuentro con Dios en la amistad de Cristo.

     Mensaje de Francisco a los jóvenes de Lituania, 21 de junio de 20113

v  a) Sobre todo en los sacramentos, en particular en la Eucaristía y en la Reconciliación

El encuentro con el amor de Dios en la amistad de Cristo es posible sobre todo en los sacramentos, en particular la Eucaristía y la Reconciliación. En la santa misa nosotros celebramos el memorial del sacrificio del Señor, su entrega total por nuestra salvación: también hoy Él dona realmente su cuerpo por nosotros y derrama su sangre para redimir los pecados de la humanidad y hacernos entrar en comunión con Él. En la Penitencia, Jesús nos acoge con todas nuestras limitaciones, nos trae la misericordia del Padre que nos perdona, y transforma nuestro corazón, convirtiéndolo en un corazón nuevo, capaz de amar como Él, que amó a los suyos hasta el extremo (cf. Jn 13, 1). Y este amor se manifiesta en su misericordia. Jesús siempre nos perdona.

v  b) en la escucha de su Palabra

Otro camino privilegiado para crecer en la amistad con Cristo es la escucha de su Palabra. El Señor nos habla en la intimidad de nuestra conciencia, nos habla a través de la Sagrada Escritura, nos habla en la oración. Aprended a permanecer en silencio ante Él, a leer y meditar la Biblia, especialmente los Evangelios, a dialogar con Él cada día para sentir su presencia de amistad y de amor.
Y aquí quisiera subrayar la belleza de una oración contemplativa sencilla, accesible a todos, grandes y pequeños, cultos o poco instruidos; es la oración del santo rosario. En el rosario nosotros nos dirigimos a la Virgen María para que nos guíe hacia una unión cada vez más estrecha con su Hijo Jesús para identificarnos con Él, tener sus sentimientos, actuar como Él. En el rosario, de hecho, repitiendo el Ave, María, nosotros meditamos los misterios, los hechos de la vida de Cristo para conocerle y amarle cada vez más. El rosario es un instrumento eficaz para abrirnos a Dios, para que nos ayude a vencer el egoísmo y llevar paz a los corazones, a las familias, a la sociedad y al mundo.

v  El amor de Cristo y su amistad no son un espejismo.

o   Sed testigos de Cristo en vuestros ambientes cotidianos, con sencillez y valentía.

§  Estad siempre atentos a los demás, especialmente a las personas más pobres y más débiles, viviendo y testimoniando el amor fraterno, contra todo egoísmo y cerrazón.
Mostrar sobre todo el Rostro de la misericordia y del amor de Dios, que siempre perdona, alienta, dona esperanza.
Queridos jóvenes, el amor de Cristo y su amistad no son un espejismo —Jesús en la Cruz muestra cuán concretos son— ni están reservados a pocos. Vosotros encontraréis esta amistad y  experimentaréis toda la fecundidad y la belleza si le buscáis con sinceridad, os abrís con confianza a Él y cultiváis con empeño vuestra vida espiritual acercándoos a los sacramentos, meditando la Sagrada Escritura, orando con constancia y viviendo intensamente en la comunidad cristiana. Sentíos parte viva de la Iglesia, comprometidos en la evangelización, en unión con los hermanos en la fe y en comunión con vuestros pastores. ¡No tengáis miedo de vivir la fe! Sed testigos de Cristo en vuestros ambientes cotidianos, con sencillez y valentía. A quienes encontréis, a vuestros coetáneos, sabed mostrar sobre todo el Rostro de la misericordia y del amor de Dios, que siempre perdona, alienta, dona esperanza. Estad siempre atentos a los demás, especialmente a las personas más pobres y más débiles, viviendo y testimoniando el amor fraterno, contra todo egoísmo y cerrazón.

5. Jesús es nuestro modelo en la amistad

     Es Cristo que pasa, 93
·         “Es Amigo, el Amigo: vos autem dixi amicos (Juan 15,15), dice. Nos llama amigos y El
fue quien dio el primer paso; nos amó primero. Sin embargo, no impone su cariño: lo ofrece. Lo muestra con el signo más claro de la amistad: nadie tiene amor más grande que el que entrega su vida por su amigos (Juan 15,13). Era amigo de Lázaro y lloró por él, cuando lo vio muerto: y lo resucitó. Si nos ve fríos, desganados, quizá con la rigidez de una vida interior que se extingue, su llanto será para nosotros vida: Yo te lo mando, amigo mío, levántate y anda (Cf. Juan 11,43; Lucas 5,24), sal fuera de esa vida estrecha, que no es vida”.


Vida Cristiana


martes, 1 de mayo de 2018

Robert H. Benson, «La amistad de Cristo»




Ø Robert H. Benson, «La amistad de Cristo». Benson falleció en 1914, a los 43 años de edad. Hijo del arzobispo de Canterbury, fue ministro anglicano. En 1903 fue admitido en la Iglesia católica, donde recibió la ordenación sacerdotal. Presenta en el libro la vida cristiana como una relación de amistad con Jesucristo, asequible a cualquier cristiano que quiere progresar en el camino de la santidad en la vida ordinaria.   

Robert H. Benson, «La amistad de Cristo»

Así es mi amigo
Primera parte: Cristo en el interior del alma
2: La intimidad con Cristo - Ediciones Rialp, Colección Patmos, Madrid 1996

ASÍ ES MI AMIGO
Te diré cómo le conocí: había oído hablar mucho de Él, pero no hice caso.
Me cubría constantemente de atenciones y regalos, pero nunca le di las gracias.
Parecía desear mi amistad, y yo me mostraba indiferente.
Me sentía desamparado, infeliz, hambriento y en peligro, y El me ofrecía refugio, consuelo, apoyo
y serenidad; pero yo seguía siendo ingrato.
Por fin se cruzó en mi camino y, con lágrimas en los ojos, me suplicó: ven y mora conmigo.
Te diré cómo me trata ahora: satisface todos mis deseos.
Me concede más de lo que me atrevo a pedir.
Se anticipa a mis necesidades.
Me ruega que le pida más.
Nunca me reprocha mis locuras pasadas.
Te diré ahora lo que pienso de El.
Es tan bueno como grande.
Su amor es tan ardiente como verdadero.
Es tan pródigo en sus promesas como fiel en cumplirlas.
Tan celoso de mi amor como merecedor de él.
Soy su deudor en todo, y me invita a que le llame amigo.

PRIMERA PARTE: CRISTO EN EL INTERIOR DEL ALMA
2. LA INTIMIDAD CON CRISTO
No es bueno que el hombre esté solo.
(Gen 2, 18)
          A primera vista nos parece inconcebible que pueda existir una auténtica amistad entre Cristo y el alma. Admitimos la adoración, la dependencia, la obediencia, el servicio e, incluso, la imitación: todas esas cosas son imaginables, pero no la amistad. Y por otra parte, cuando recordamos que Jesucristo asumió un alma humana como la nuestra, un alma capaz de alegrías y tristezas, abierta a las acometidas de la pasión y a las tentaciones, un alma que experimentó la angustia y el gozo, el sufrimiento de la oscuridad y la alegría de la luz; cuando a través de nuestra fe aceptamos todo esto, la posibilidad de entablar amistad —un hecho vital que conocemos por experiencia—, pero ahora con Cristo, nos parece incuestionable.
         En el plano humano la amistad supone siempre la unión de las almas. Pues bien, lo mismo sucede en el caso del hombre con Cristo, cuya alma es el punto de unión entre Su Divinidad y nuestra humanidad. Recibimos Su Cuerpo en la boca, rendimos totalmente nuestro ser ante Su Divinidad, pero solamente a través de la amistad abrazamos Su Alma con la nuestra.

***
         La amistad humana se inicia generalmente por algún detalle externo. Captamos una frase, percibimos una inflexión de voz, advertimos una forma de mirar o un modo de caminar. Y estas leves impresiones nos parecen el comienzo de un mundo nuevo. Consideramos estos detalles como la señal de todo un universo que se oculta tras ellos; creemos haber descubierto al alma que coincide exactamente con la nuestra, al temperamento que, por su semejanza o por su armoniosa diferencia, es perfectamente adecuado para ser el compañero del nuestro. Así comienza el proceso de la amistad: nos damos a conocer y conocemos al otro; encontramos, paso a paso, lo que habíamos esperado, y comprobamos lo que imaginábamos. Y el amigo, por su parte, sigue el mismo itinerario, hasta que llega el momento en que, por una crisis o tras un período de prueba, podemos descubrir que nos hemos equivocado, que hemos defraudado al otro o que el proceso ha seguido un curso diferente. Y como ocurre con el paso de las estaciones, ya no hay más frutos que esperar por ninguna de las dos partes.
         Pues bien, la amistad divina suele comenzar del mismo modo. Puede surgir en el momento de recibir algún sacramento —un hecho repetido miles de veces—, al arrodillamos delante del nacimiento en Navidad o acompañando al Señor en un Vía Crucis. Hemos hecho esos gestos o hemos participado en esas ceremonias frecuentemente, unas veces con indiferencia y otras con fervor. De repente, un día surge en nosotros un sentimiento nuevo. Por primera vez comprendemos que el Divino Niño que abre sus brazos en el pesebre, no sólo desea abrazar al mundo (¡tendría que ser tan pequeño!), sino a nuestra propia alma en particular. Contemplamos a Jesús, ensangrentado y exhausto, alzándose tras su tercera caída, y sentimos que nos pide ayuda para soportar su carga. La mirada de sus divinos ojos se cruza con la nuestra transmitiéndonos un sentimiento o un mensaje que nunca habíamos asociado a nuestras relaciones con El. Y fueron sólo unos detalles en apariencia insignificantes. Golpeó en nuestra puerta y le abrimos; nos llamó y le contestamos. De ahora en adelante, pensamos, El es nuestro y nosotros somos suyos; por fin hemos encontrado al amigo que buscábamos hace tanto tiempo; aquí está el alma que se compenetra perfectamente con la nuestra; la única personalidad que puede dominarnos. Jesucristo ha dado un salto de dos mil años y está a nuestro lado: se ha salido del fresco; se ha levantado del pesebre... «Mi Amado es para mí y yo soy para mi Amado».

***
         Así se inició la amistad. Ahora comienza el proceso.
         La clave de una perfecta amistad consiste en que los amigos se den a conocer mutuamente, dejando a un lado las reservas y mostrándose tal y como cada uno es.
         La primera etapa, pues, de la amistad divina es la revelación del mismo Jesucristo. En nuestra vida espiritual, haya sido tibia o fervorosa, se ha dado un elemento predominante de inconsistencia. Es cierto que hemos sido dóciles, que nos hemos esforzado por evitar el pecado, que hemos recibido la gracia, la hemos perdido y la hemos recuperado, que hemos adquirido méritos o los hemos desperdiciado, que hemos intentado cumplir con nuestros deberes y procurado mejorar y amar. Todo ello es cierto delante de Dios, pero no ha calado en nuestro propio ser. ¿Hemos rezado? Sí, aunque escasamente. Hemos hecho meditación: nos planteamos un tema, reflexionamos sobre él, hacemos un propósito y terminamos, siempre con el reloj a la vista para no alargarla demasiado.
Pero después de aquella nueva y maravillosa experiencia todo cambia. Jesús empieza a mostramos no sólo las maravillas de su pasado, sino la gloria de su presencia. Comienza a vivir con nosotros, rompe el molde en el que le había metido nuestra imaginación: vive, se mueve, habla, actúa, toma un camino u otro, y todo ante nuestra mirada. Comienza a revelamos los secretos que se ocultan en Su humanidad. Hemos oído hablar de sus obras desde que éramos niños, rezamos el Credo, conocemos el Evangelio... Y sin embargo, ahora pasamos del conocimiento de sus hechos al conocimiento de Él. Empezamos a comprender que la Vida Eterna comienza en el momento presente, porque consiste en «conocerte a Ti, el único Dios verdadero y a Jesucristo Tu enviado». Nuestro Dios se ha convertido en nuestro Amigo.
         Jesús, por su parte, nos pide lo mismo que nos ofrece. Se nos manifiesta abiertamente y exige que hagamos lo mismo. Como nuestro Dios, conoce cada fibra de los seres que ha creado, y como nuestro Salvador, cada circunstancia pasada en la que fuimos infieles a sus mandatos; pero como nuestro Amigo, espera que se lo contemos.
         Podríamos decir que la diferencia entre el trato con un conocido y el que establecemos con un amigo radica en que, en el primer caso, tratamos de disimular para presentar una imagen agradable y atractiva; empleamos el lenguaje como un disfraz y la conversación como un camuflaje. En el segundo caso, dejamos a un lado los convencionalismos y las «presentaciones» e intentamos mostrarnos tal y como somos, abriéndole nuestro corazón.
         Esto es, pues, lo que la amistad divina requiere de nosotros. Hasta ahora el Señor se ha contentado con muy poco. Ha aceptado el diezmo de nuestro dinero, una hora de nuestro tiempo, unos cuantos pensamientos y algunos sentimiento demostrados en ceremonias religiosas y de culto. Él ha aceptado todo lo que le hemos dado, en lugar de darnos nosotros mismos. A partir de ahora nos pide que acabemos con todo eso, que nos abramos a El completa y rendidamente, que nos mostremos tal y como somos en una palabra, que dejemos a un lado esos ingenuo cumplidos y seamos profundamente auténticos.
         Cuando un alma cree sentirse desilusionada o defraudada de la amistad divina no suele ser porque  haya traicionado u ofendido a su Señor, o porque no haya estado a la altura de las circunstancias en otros aspectos, sino porque nunca le ha tratado como a un amigo, ni ha sido lo bastante valiente como para cumplir la condición imprescindible en una auténtica amistad: la total sinceridad con El. Es menos ofensivo decir rotundamente «No puedo hacer lo que me pides porque soy cobarde», que esgrimir unas razones excelentes para no hacerlo.

***
         En pocas palabras, este debe ser el camino de la amistad divina. En adelante iremos estudiando con detalle algunos aspectos que la caracterizan. Nos debe alentar el pensamiento de que vamos a emprender un camino que han recorrido ya muchas almas antes que nosotros. Con todo, la historia de nuestra amistad con Jesucristo será algo que rompe todos los esquemas preconcebidos, una experiencia irrepetible.
         Hay momentos de fascinante felicidad —en la comunión o en la oración—, momentos que se nos antojan experiencias imborrables en la vida, y ciertamente lo son; momentos en los que todo el ser se siente invadido e inundado por el amor: cuando el Sagrado Corazón no es ya un mero objeto de adoración sino algo vibrante que late en nosotros; cuando nos rodean los brazos del esposo y nos besa en los labios...
         Hay también momentos de tranquilidad y placidez, de un cariño sereno y profundo al mismo tiempo, de un afecto y un entendimiento mutuo que satisfacen todos los anhelos de nuestra mente y de nuestro corazón.
         Pero hay también períodos —meses o años— de miseria y aridez, en los que nos parece necesario tener paciencia con nuestro divino Amigo; ocasiones en las que creemos sentir su desdén o frialdad. Y habrá realmente momentos en los que tendremos que recurrir a toda nuestra lealtad para no abandonarle decepcionados. Habrá incomprensión, sombras, tinieblas...
         Después, con el transcurso del tiempo y según vayamos superando la crisis, volveremos a confirmar la convicción que nos unió a nuestro Amigo. Porque realmente la suya es la única amistad en la que no cabe decepción posible, y El, el único amigo que no puede fallar. Es la única amistad en la que nuestra humildad y nuestra entrega nunca serán suficientes, nuestras confidencias nunca demasiado íntimas, ni nuestros sacrificios lo bastante grandes. Este Amigo y su amistad justifican plenamente las palabras de uno de sus íntimos: «...porque todo lo considero basura ante el sublime conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien he sacrificado todas las cosas por ganar a Cristo».

Vida Cristiana

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