[Carta circular a la Iglesia de Tánger con motivo de la fiesta de Pentecostés del año 2008]
Queridos: Precisamente cuando nos disponíamos a celebrar la solemnidad de Pentecostés, memoria necesaria de la efusión del Espíritu Santo sobre la Iglesia apostólica, me resultó imposible dirigiros las acostumbradas palabras de exhortación, con las que cada semana me acerco a vosotros para compartir la dicha de la fe.
El Espíritu Santo, fuego de amor divino en la vida de la Iglesia y en el corazón de cada uno de los fieles, es también, por gracia especial de la divina misericordia, titular y patrono de la parroquia de nuestra iglesia catedral en Tánger.
Por este motivo, considero conveniente haceros llegar, aunque sea después de celebrada la solemnidad de Pentecostés, esta carta, nacida del afecto que os tengo y de mi preocupación porque la vida de mi Iglesia se vea iluminada cada vez más por la luz del Espíritu de Jesús, y sea siempre recreada por la fuerza de su amor.
Alégrate, virgen Iglesia:
Aunque sea la memoria de Pentecostés la que nos ha convocado en asamblea litúrgica y en comunión de fe, hoy te admiro, Iglesia amada del Señor, como si fueses tú quien estuviese viviendo una particular anunciación, como si fueses una imagen viva de aquella doncella de Nazaret que un día recibió en su casa el sorprendente anuncio de una inesperada maternidad humanamente imposible. Sorprendidas os deja, a ella y a ti, que Dios se fije en vosotras, pues conocéis vuestra pequeñez; sorprendidas os quedáis porque el cielo os saluda con un mensaje de alegría; sorprendidas os veis porque todo tiene para vosotras sabor de pura gratuidad, -es gracia el mensaje, es gracia la alegría, es pura gracia el don que vais a recibir-, gratuidad que se hace manifiesta en la confesión de la común virginidad, pues si la virgen es madre, el hijo sólo puede ser don, sólo regalo, sólo gracia, sólo misericordia, sólo mirada cariñosa de Dios sobre la pequeñez de su esclava.
No quiero que ignores, amada del Señor, tu condición virginal. Es ella memoria permanente de tu pobreza, de tu condición humilde, de tu disponibilidad ante el Señor. La imagen de la esterilidad, que en el tiempo de las promesas ha sido evocada tantas veces para poner de manifiesto que todo era gracia de Dios y que sólo Dios es el señor de la vida y de la historia, ahora, en el tiempo del evangelio, deja su lugar a la imagen de la virginidad, que será para siempre evocada como sacramento del poder de Dios, confesión de la grandeza de sus obras y de su maravillosa gratuidad. No olvides, amada del Señor, tu condición virginal, pues si recuerdas tu pobreza, tu incapacidad radical para concebir y alumbrar al Hijo de Dios, nunca cesará tu canto de alabanza al que te ha hecho fecunda, te ha engrandecido, te ha enaltecido, te ha enriquecido, te ha embellecido, te ha llenado de gracia y santidad.
No temas; has hallado gracia delante de Dios:
No temas, amada del Señor, la vocación a la que eres llamada. No temas, virgen Iglesia, aunque te veas pequeña, débil, insignificante. No temas, aunque no sepas bien a qué te está llamando tu Señor. No temas, porque, en tu pequeñez, has hallado gracia delante de Dios, y él te pide que le dejes realizar en ti lo que tú sin él no puedes realizar, lo que él sin ti no podría hacer.
Yo sólo deseo recordarte lo que tu corazón ha gustado desde siempre en la intimidad de la fe: que tu Dios está contigo, que tu Dios es rey en medio de ti, que tu Dios se ha apegado a ti con amor fiel, y se ha unido a ti con alianza eterna, y ha venido a ti para ofrecerte en dote su justicia y su paz.
Tú llevas en la garganta el grito de los pobres, en los labios su clamor por la justicia, en el alma su desgarro por el sufrimiento; y vives con los ojos vueltos a tu Dios, pues sabes, porque eres pobre, que todos los pobres han nacido de su amor, y que su amor os nutre de esperanza, y que en ese amor hallaremos un día la gracia que desvele el sentido de lo que estamos viviendo. Mientras tanto, para que a todo vayamos dando sentido desde la fe, el ángel de nuestra anunciación nos recuerda que hemos hallado gracia delante de Dios, y que empezamos a gestar en la oscuridad del hoy la dicha que se ha de manifestar para los pobres en la luz del mañana.
El Espíritu del Señor vendrá sobre ti:
Si ahora me preguntas cómo podrá ser eso, pues conoces muy de cerca tu debilidad, has experimentado de mil maneras los límites de tu condición humillada, y eres tan pobre que ni siquiera puedes tener hijos, entonces te recordaré lo que desde el cielo vas a recibir: El Espíritu del Señor vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra.
Será Pentecostés para ti, y por obra del Espíritu Santo llevarás a Cristo en tu seno. Puede que nadie conozca tu secreto, pero tú sabes que, por la acción del Espíritu Santo, eres Cuerpo de Cristo, presencia viva del Resucitado: lo llevas en la mirada de tus hijos, en sus palabras, en sus manos, en su ternura, en tus sacramentos, en tu memoria, en tus fiestas, en tu danza, en tu silencio, en todo tu ser.
Será Pentecostés para ti, y el Espíritu Santo se hará lenguas de fuego para congregar a la humanidad entera en la unidad de una nueva creación. Puede que nadie conozca tu secreto, pero tú estás llamada a entender todas las lenguas, todos los gestos, todos los signos, y sabes que hombres y mujeres del mundo viejo, sumidos en la confusión, han de entender tu voz que los convoca a un mundo nuevo, en el que la confusión quedará anulada por el fuego de la caridad.
Será Pentecostés para ti, y el Espíritu Santo que viene sobre ti te revelará que Jesús es el Señor. Puede que nadie conozca tu secreto, pero tú sabes, por obra del Espíritu Santo, que Cristo te ha liberado de tus esclavitudes, y que ya no eres tuya, sino del que te amó y se entregó a sí mismo para que fueses libre.
Será Pentecostés para ti, Iglesia amada del Señor, y el Espíritu Santo, que alienta dentro de ti, dará testimonio de que tus hijos son hijos de Dios, y gritará en cada uno de ellos: Abbá, Padre. Puede que nadie conozca tu secreto, pero tú sabes que tus hijos tienen una vida divina, sabes que han nacido de Dios, sabes que han renacido del agua y del Espíritu, sabes que han entrado como hijos en el misterio de Dios y que son amados como hijos en el único Hijo.
Feliz Pentecostés:
Del Padre, por medio de Jesucristo su Hijo, hemos recibido el Espíritu, que hace de nosotros hijos para presentarnos en el Hijo a Dios nuestro Padre.
Amemos al Padre que es puro amor, de quien procede todo don. Del Padre hemos recibido al Hijo, y por el Hijo, se nos ha dado el Espíritu Santo.
Amemos a su divino Hijo, que por nosotros se entregó, para darnos su Espíritu, y, con el Espíritu, el conocimiento de Dios y la vida eterna.
Amemos al Espíritu Santo y pidamos ser siempre dóciles a su divina inspiración, para que él ilumine nuestro corazón y nos transforme por gracia en imágenes vivas de Cristo Jesús.
domingo, 31 de mayo de 2020
domingo, 24 de mayo de 2020
Dios es tu cielo… Tú eres el cielo de Dios: por Santiago Agrelo
Celebramos el misterio de la ascensión del Señor, misterio que es de salvación porque es misterio de Cristo Jesús, nuestro salvador, y porque es también misterio de su cuerpo, que es la Iglesia, cuerpo del que somos miembros, comunidad de fe de la que somos parte.
Que no te desconcierte la palabra “misterio”, pues no es nombre que se da a un enigma sino puerta de entrada a una revelación.
Entra y contempla.
Es día de glorificación de Cristo Jesús: “Aclamadlo con gritos de júbilo”.
El Enviado, el que, “siendo de condición divina”, había bajado hasta lo más hondo de la condición humana, hasta la muerte y muerte de cruz, es ahora enaltecido sobre todo, se le da ahora el nombre sobre todo nombre, asciende ahora a la vida misma de Dios.
El que, por la encarnación, vino del cielo para ser de la tierra, el que vino de Dios para ser hombre, ahora, por la ascensión, no vuelve a Dios sin el hombre que es para siempre.
El que vino del cielo para ser nuestro hermano, no vuelve al cielo sin la humanidad que comparte con nosotros.
El que por la encarnación vino para ser tuyo, no vuelve al cielo por la ascensión sin llevarte con él.
Y aun más –lo escucharás en el evangelio de este día-: El que por la encarnación vino para ser nuestro, no vuelve al cielo sin quedarse en la tierra con nosotros todos los días hasta el fin del mundo.
Entra y contempla tu misterio, Iglesia cuerpo de Cristo.
Contempla la Trinidad Santa, que es tu casa –tu cielo-, pues en ella has entrado con ese Hijo que es levantado hasta Dios, en ella has entrado como cuerpo del Hijo, en ella eres amada con el amor con que es amado el Hijo de Dios, en ella amas con el amor con que ama el Hijo de Dios.
Contempla el misterio que se te ha revelado y sal a la misión que se te ha confiado: “Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os mandado”.
“Haced discípulos” de Cristo Jesús: haced aprendices de Cristo Jesús, mujeres y hombres bautizados en el nombre de la Trinidad Santa; mujeres y hombres que, por el bautismo, han muerto con Cristo al pecado y han resucitado con Cristo a vida nueva; mujeres y hombres bautizados para que Cristo viva en ellos; mujeres y hombres bautizados para amarse mutuamente y para ser, porque se aman, morada en la que Dios habita –el cielo de Dios-.
Espero, deseo, pido que hoy puedas comulgar con el Hijo que ha sido glorificado a la derecha de Dios en el cielo. Espero, deseo, pido que hoy puedas entonar en la comunidad eclesial el canto de victoria de los redimidos en Cristo Jesús.
Pero, si no pudieres hacerlo, no olvides que no está sin ti en el cielo –a la derecha del Padre- el que quiso quedarse para siempre contigo en la tierra, en la pobreza humilde de tu casa.
Que no te desconcierte la palabra “misterio”, pues no es nombre que se da a un enigma sino puerta de entrada a una revelación.
Entra y contempla.
Es día de glorificación de Cristo Jesús: “Aclamadlo con gritos de júbilo”.
El Enviado, el que, “siendo de condición divina”, había bajado hasta lo más hondo de la condición humana, hasta la muerte y muerte de cruz, es ahora enaltecido sobre todo, se le da ahora el nombre sobre todo nombre, asciende ahora a la vida misma de Dios.
El que, por la encarnación, vino del cielo para ser de la tierra, el que vino de Dios para ser hombre, ahora, por la ascensión, no vuelve a Dios sin el hombre que es para siempre.
El que vino del cielo para ser nuestro hermano, no vuelve al cielo sin la humanidad que comparte con nosotros.
El que por la encarnación vino para ser tuyo, no vuelve al cielo por la ascensión sin llevarte con él.
Y aun más –lo escucharás en el evangelio de este día-: El que por la encarnación vino para ser nuestro, no vuelve al cielo sin quedarse en la tierra con nosotros todos los días hasta el fin del mundo.
Entra y contempla tu misterio, Iglesia cuerpo de Cristo.
Contempla la Trinidad Santa, que es tu casa –tu cielo-, pues en ella has entrado con ese Hijo que es levantado hasta Dios, en ella has entrado como cuerpo del Hijo, en ella eres amada con el amor con que es amado el Hijo de Dios, en ella amas con el amor con que ama el Hijo de Dios.
Contempla el misterio que se te ha revelado y sal a la misión que se te ha confiado: “Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os mandado”.
“Haced discípulos” de Cristo Jesús: haced aprendices de Cristo Jesús, mujeres y hombres bautizados en el nombre de la Trinidad Santa; mujeres y hombres que, por el bautismo, han muerto con Cristo al pecado y han resucitado con Cristo a vida nueva; mujeres y hombres bautizados para que Cristo viva en ellos; mujeres y hombres bautizados para amarse mutuamente y para ser, porque se aman, morada en la que Dios habita –el cielo de Dios-.
Espero, deseo, pido que hoy puedas comulgar con el Hijo que ha sido glorificado a la derecha de Dios en el cielo. Espero, deseo, pido que hoy puedas entonar en la comunidad eclesial el canto de victoria de los redimidos en Cristo Jesús.
Pero, si no pudieres hacerlo, no olvides que no está sin ti en el cielo –a la derecha del Padre- el que quiso quedarse para siempre contigo en la tierra, en la pobreza humilde de tu casa.
jueves, 14 de mayo de 2020
Sólo espero el gozo de abrazarte: por Santiago Agrelo
Pilato preguntó a Jesús: “¿Y qué es la verdad?”
Pilato preguntó, y no esperó la respuesta.
Cada uno de nosotros, lo mismo que Pilato, tiene “su verdad”, su mundo de convicciones interiorizadas, un patrimonio religioso-moral-cultural que nos permite movernos sin desentonar y nos garantiza un cierto orden personal y social.
De ahí que las palabras de Jesús: “Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz”, debieron de resonar en los oídos Pilato –también en los de tantos hombres de hoy- si no como locura, ciertamente como palabras sin sentido.
De hecho, el Prefecto romano formuló una pregunta que, más o menos, quería decir: ¿de qué me estás hablando?
Así es que no esperó la respuesta.
Pero nosotros hemos creído en aquel loco Testigo de la verdad.
Eso significa que no nos conformamos con nuestro pequeño mundo de verdades, sino que buscamos, como quien busca un tesoro, esa verdad de la que Jesús vino a dar testimonio.
Lamentablemente, algunos han reducido la verdad a fórmulas dogmáticas, han confundido verdad y ritos, verdad y normas morales, verdad y tradiciones, verdad y devociones… olvidando que Jesús es la verdad y, porque es la verdad, es también el Testigo de la verdad.
El cristiano debiera haber aprendido a definirse a sí mismo como “discípulo de la verdad”, “buscador de la verdad”, “amigo de la verdad”, “testigo de la verdad”.
Y en seguida, el otro Defensor que el Padre nos ha dado –el primero es Jesús-, el Espíritu de la verdad, nos recuerda que somos “discípulos de Jesús”, “buscadores de Jesús”, “amigos de Jesús”, “testigos de Jesús”.
Como veis, por la fe habéis entrado en un mundo que sólo vosotros podéis conocer: sólo vosotros podéis conocer al Padre que nos dio a su Hijo y que nos da el Espíritu Santo.
Sólo vosotros podéis saber que Jesús está con el Padre, que vosotros estáis con Jesús, y que Jesús está con vosotros.
Sólo vosotros, que aceptasteis la vida de Jesús y acogisteis sus palabras, sabéis que habéis entrado en un mundo de amor, un mundo que, sin la fe, ni siquiera se puede pensar.
Ése es nuestro mundo, el del Espíritu de la verdad, el de nuestro Defensor, el de los humildes y sencillos que han acogido el evangelio: amáis a Jesús; el Padre os ama a vosotros; Jesús también os ama y se os revela –se os revela la verdad-.
Ese mundo nadie ni nada nos lo puede quitar si no es la fe perdida.
Ninguna pandemia, ningún confinamiento, ninguna alarma nos deja sin Jesús, sin su Espíritu, como no nos deja sin Jesús, sin su Espíritu, la ausencia obligada de ningún rito, la privación de ninguna devoción. Tengo la certeza de que, al creyente, pandemias, confinamientos y alarmas lo han dejado más cerca del Señor y le han permitido tomar conciencia de que el Señor nuestro Dios, el Padre con el Hijo y el Espíritu, está más que nunca cerca de nosotros.
Eso sí, pandemias, confinamientos y alarmas nos han robado el gozo del encuentro con nuestros hermanos en la fe, para escuchar juntos a Cristo resucitado, para ofrecernos con él y como él, para recibir de sus manos el alimento que da vida eterna.
Pero ese encuentro llegará pronto y será tanto más gozoso cuanto más esperado
Pilato preguntó, y no esperó la respuesta.
Cada uno de nosotros, lo mismo que Pilato, tiene “su verdad”, su mundo de convicciones interiorizadas, un patrimonio religioso-moral-cultural que nos permite movernos sin desentonar y nos garantiza un cierto orden personal y social.
De ahí que las palabras de Jesús: “Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz”, debieron de resonar en los oídos Pilato –también en los de tantos hombres de hoy- si no como locura, ciertamente como palabras sin sentido.
De hecho, el Prefecto romano formuló una pregunta que, más o menos, quería decir: ¿de qué me estás hablando?
Así es que no esperó la respuesta.
Pero nosotros hemos creído en aquel loco Testigo de la verdad.
Eso significa que no nos conformamos con nuestro pequeño mundo de verdades, sino que buscamos, como quien busca un tesoro, esa verdad de la que Jesús vino a dar testimonio.
Lamentablemente, algunos han reducido la verdad a fórmulas dogmáticas, han confundido verdad y ritos, verdad y normas morales, verdad y tradiciones, verdad y devociones… olvidando que Jesús es la verdad y, porque es la verdad, es también el Testigo de la verdad.
El cristiano debiera haber aprendido a definirse a sí mismo como “discípulo de la verdad”, “buscador de la verdad”, “amigo de la verdad”, “testigo de la verdad”.
Y en seguida, el otro Defensor que el Padre nos ha dado –el primero es Jesús-, el Espíritu de la verdad, nos recuerda que somos “discípulos de Jesús”, “buscadores de Jesús”, “amigos de Jesús”, “testigos de Jesús”.
Como veis, por la fe habéis entrado en un mundo que sólo vosotros podéis conocer: sólo vosotros podéis conocer al Padre que nos dio a su Hijo y que nos da el Espíritu Santo.
Sólo vosotros podéis saber que Jesús está con el Padre, que vosotros estáis con Jesús, y que Jesús está con vosotros.
Sólo vosotros, que aceptasteis la vida de Jesús y acogisteis sus palabras, sabéis que habéis entrado en un mundo de amor, un mundo que, sin la fe, ni siquiera se puede pensar.
Ése es nuestro mundo, el del Espíritu de la verdad, el de nuestro Defensor, el de los humildes y sencillos que han acogido el evangelio: amáis a Jesús; el Padre os ama a vosotros; Jesús también os ama y se os revela –se os revela la verdad-.
Ese mundo nadie ni nada nos lo puede quitar si no es la fe perdida.
Ninguna pandemia, ningún confinamiento, ninguna alarma nos deja sin Jesús, sin su Espíritu, como no nos deja sin Jesús, sin su Espíritu, la ausencia obligada de ningún rito, la privación de ninguna devoción. Tengo la certeza de que, al creyente, pandemias, confinamientos y alarmas lo han dejado más cerca del Señor y le han permitido tomar conciencia de que el Señor nuestro Dios, el Padre con el Hijo y el Espíritu, está más que nunca cerca de nosotros.
Eso sí, pandemias, confinamientos y alarmas nos han robado el gozo del encuentro con nuestros hermanos en la fe, para escuchar juntos a Cristo resucitado, para ofrecernos con él y como él, para recibir de sus manos el alimento que da vida eterna.
Pero ese encuentro llegará pronto y será tanto más gozoso cuanto más esperado
sábado, 9 de mayo de 2020
El camino es Cristo Jesús:: por Santiago Agrelo
Se lo dice Jesús a sus discípulos: “Que no se agite vuestro corazón”.
El verbo “agitar” evoca el estremecimiento que Jesús sintió ante la muerte de su amigo Lázaro y ante la traición de Judas.
“Que no se agite vuestro corazón”. Las circunstancias justifican las palabras de Jesús. Para sus discípulos se acercan horas en que, como barquilla en una tempestad, serán zarandeados por la angustia y, esta vez, habrán de enfrentarse solos a la furia del mar.
No es que Jesús ya no estará dormido en la barca: Ahora ¡Jesús no estará!
Ahora los discípulos no podrán gritar aquel angustiado: “¡Señor, sálvanos, que perecemos!”
Hoy, desde el corazón de sus hijos, desde el corazón de los obligados al confinamiento para huir de la muerte, desde la preocupación de los expuestos al contagio allí donde hay enfermos que atender, desde el dolor de los contagiados que todavía luchan por vivir, desde el silencio de los que ya han caído en esta batalla, la Iglesia clama al Resucitado: “Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti”.
La Iglesia clama, y recuerda, dichas para ella y para todos, las palabras de Jesús: “Que no se agite vuestro corazón”.
Y después de la invitación, recordamos el imperativo que hace posible la calma: “Creed”.
“Creer” es entregar del corazón –entrega total de nosotros mismos- que sólo se puede hacer a Dios y a Jesús: “Creed en Dios y creed también en mí”.
Recuerda las palabras de Jesús cuando la tempestad en el mar de Galilea: “¿Por qué tenéis miedo, hombres de poca fe?”
La fe es el antídoto de las zozobras del corazón.
Pero el Señor nos habló también del motivo de su ausencia.
Es como si la relación de Jesús con sus discípulos, que había empezado con una pregunta sobre una estancia –“Señor, ¿dónde vives?”-, llegase ahora a su culminación con una revelación inesperada, sorprendente, asombrosa, sobre esa vivienda: “En la casa de mi Padre hay muchas estancias”.
No sólo Jesús “vivía” en la casa del Padre. Ésa es también la casa en la que van a vivir sus discípulos. Jesús va a prepararles –a prepararnos- sitio.
No te asombres, Iglesia de Cristo, de esta locura de amor, pues por llevarte con él a donde él vive, a donde él está, a la casa del Padre, a la casa que es Dios, recorrió todo el camino que baja desde el cielo hasta ti, todo el camino que baja desde Dios hasta nuestra debilidad, nuestros confinamientos, nuestros miedos, nuestra muerte.
Tú ya no preguntas como Tomás: “Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?”
Tú has creído y sabes a dónde ha ido Jesús.
Tú has creído y sabes también por dónde ir a dónde ha ido Jesús: El camino es Jesús.
Tú has creído y sabes también cómo ir por el camino que es Jesús: Si los escuchas, vas por el camino que es Jesús; si lo sigues, vas por el camino que es Jesús; si comulgas con él, vas por el camino que es él; si cuidas de él en los pobres, vas por el camino que es él.
Tu camino es Cristo Jeús, su palabra, su vida, su cuerpo que son los pobres.
El verbo “agitar” evoca el estremecimiento que Jesús sintió ante la muerte de su amigo Lázaro y ante la traición de Judas.
“Que no se agite vuestro corazón”. Las circunstancias justifican las palabras de Jesús. Para sus discípulos se acercan horas en que, como barquilla en una tempestad, serán zarandeados por la angustia y, esta vez, habrán de enfrentarse solos a la furia del mar.
No es que Jesús ya no estará dormido en la barca: Ahora ¡Jesús no estará!
Ahora los discípulos no podrán gritar aquel angustiado: “¡Señor, sálvanos, que perecemos!”
Hoy, desde el corazón de sus hijos, desde el corazón de los obligados al confinamiento para huir de la muerte, desde la preocupación de los expuestos al contagio allí donde hay enfermos que atender, desde el dolor de los contagiados que todavía luchan por vivir, desde el silencio de los que ya han caído en esta batalla, la Iglesia clama al Resucitado: “Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti”.
La Iglesia clama, y recuerda, dichas para ella y para todos, las palabras de Jesús: “Que no se agite vuestro corazón”.
Y después de la invitación, recordamos el imperativo que hace posible la calma: “Creed”.
“Creer” es entregar del corazón –entrega total de nosotros mismos- que sólo se puede hacer a Dios y a Jesús: “Creed en Dios y creed también en mí”.
Recuerda las palabras de Jesús cuando la tempestad en el mar de Galilea: “¿Por qué tenéis miedo, hombres de poca fe?”
La fe es el antídoto de las zozobras del corazón.
Pero el Señor nos habló también del motivo de su ausencia.
Es como si la relación de Jesús con sus discípulos, que había empezado con una pregunta sobre una estancia –“Señor, ¿dónde vives?”-, llegase ahora a su culminación con una revelación inesperada, sorprendente, asombrosa, sobre esa vivienda: “En la casa de mi Padre hay muchas estancias”.
No sólo Jesús “vivía” en la casa del Padre. Ésa es también la casa en la que van a vivir sus discípulos. Jesús va a prepararles –a prepararnos- sitio.
No te asombres, Iglesia de Cristo, de esta locura de amor, pues por llevarte con él a donde él vive, a donde él está, a la casa del Padre, a la casa que es Dios, recorrió todo el camino que baja desde el cielo hasta ti, todo el camino que baja desde Dios hasta nuestra debilidad, nuestros confinamientos, nuestros miedos, nuestra muerte.
Tú ya no preguntas como Tomás: “Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?”
Tú has creído y sabes a dónde ha ido Jesús.
Tú has creído y sabes también por dónde ir a dónde ha ido Jesús: El camino es Jesús.
Tú has creído y sabes también cómo ir por el camino que es Jesús: Si los escuchas, vas por el camino que es Jesús; si lo sigues, vas por el camino que es Jesús; si comulgas con él, vas por el camino que es él; si cuidas de él en los pobres, vas por el camino que es él.
Tu camino es Cristo Jeús, su palabra, su vida, su cuerpo que son los pobres.
sábado, 2 de mayo de 2020
“Nada temo, porque tú vas conmigo”: Por Santiago Agrelo
Todo indica que, en nuestro mundo, un mundo de dioses efímeros, hemos sepultado sin duelo la memoria del que es el Bien, sumo Bien, todo Bien, Dios único y eterno.
Si el mundo se puede explicar sin Dios, si puede moverse sin que un Dios lo mueva, si puede haber un mundo sin Dios, se habría quedado sin sentido un Dios sin mundo.
A Dios siempre se le reprochó la lejanía y el silencio. Y en nombre de la lejanía y del silencio hemos terminado por declararlo Dios inútil, inservible, superfluo, y no sólo por eso, también dañino.
Me pregunto de qué han hablado durante siglos los predicadores del Reino, si los hombres todavía no han aprendido que el nombre de Dios es “Dios-con-nosotros”. Más aún, que su nombre es “Dios-en-nosotros”; y que pretende que el nuestro sea “Nosotros-en-Dios”.
Me pregunto de qué hemos hablado, si todavía no hemos aprendido que Dios es Palabra, que lo es desde siempre, y que la Palabra, que es Dios, se hizo carne y acampó entre nosotros para ser escuchada, para ser guardada en el corazón, para ser nuestra luz y nuestra vida.
Me pregunto de qué hemos hablado si de Dios y su misterio hicimos un enigma filosófico, y de la liberación del hombre –de la salvación que viene de Dios- hicimos una cuestión académica.
Me pregunto de qué hemos hablado si hemos interiorizado la obligación de oír Misa todos los domingos y fiestas de guardar, y no reconocemos a nuestro lado, con nosotros, en nosotros, a Cristo resucitado.
Abandona el enigma y entra en el misterio. Fíjate en lo que dice del Dios de Jesús, del Jesús de Dios, la liturgia de este domingo.
“La misericordia del Señor llena la tierra, la palabra del Señor hizo el cielo”. Si ayer necesitaba escuchar en patera las palabras de la revelación, hoy necesito escucharlos en cada confinamiento, en cada UCI, en cada tanatorio, en cada espacio donde a Dios se le pueda acusar de ausencia y de silencio: “La misericordia del Señor llena la tierra, la palabra del Señor hizo el cielo”. La misericordia busca la cercanía; la palabra rompe el silencio. Misericordia y palabra se nos han hecho de casa en Cristo resucitado, Dios-con-nosotros, Dios-en-nosotros, Dios-para-nosotros, “buen Pastor que dio la vida por sus ovejas y se dignó morir por su grey”.
Él dice de sí mismo: “Yo soy la puerta. Quien entre por esa puerta se salvará, y podrá entrar y salir, y encontrar pastos”.
Ojalá resuenen en todos los espacios de nuestra debilidad las palabras del Salmo: “El Señor es mi pastor; nada me falta”. El Señor Dios se nos hizo pastor cercano y premuroso en Cristo Jesús: en él nos buscó, nos rescató, nos liberó, nos curó, nos alimentó…
Creyendo, hemos entrado por Cristo en el recinto de la gracia y de la vida.
Creyendo, entramos y salimos por Cristo, con libertad de hijos.
Creyendo, aunque caminemos por las cañadas oscuras de nuestros confinamientos, de nuestras fragilidades, de nuestras agonías, de nuestra muerte, lo decimos con verdad, “nada temo”, y lo decimos porque la fe nos ha dejado la certeza de que él, Cristo el Señor, “va con nosotros”: “Nada temo, porque tú vas conmigo”.
Creyendo, sabes que él, Cristo Jesús, “ha venido para que tengamos vida y la tengamos en abundancia”. Feliz abrazo con Cristo resucitado en la intimidad de tu vida. No se ha quedado fuera de ella el que ha venido al mundo para ti.
Si el mundo se puede explicar sin Dios, si puede moverse sin que un Dios lo mueva, si puede haber un mundo sin Dios, se habría quedado sin sentido un Dios sin mundo.
A Dios siempre se le reprochó la lejanía y el silencio. Y en nombre de la lejanía y del silencio hemos terminado por declararlo Dios inútil, inservible, superfluo, y no sólo por eso, también dañino.
Me pregunto de qué han hablado durante siglos los predicadores del Reino, si los hombres todavía no han aprendido que el nombre de Dios es “Dios-con-nosotros”. Más aún, que su nombre es “Dios-en-nosotros”; y que pretende que el nuestro sea “Nosotros-en-Dios”.
Me pregunto de qué hemos hablado, si todavía no hemos aprendido que Dios es Palabra, que lo es desde siempre, y que la Palabra, que es Dios, se hizo carne y acampó entre nosotros para ser escuchada, para ser guardada en el corazón, para ser nuestra luz y nuestra vida.
Me pregunto de qué hemos hablado si de Dios y su misterio hicimos un enigma filosófico, y de la liberación del hombre –de la salvación que viene de Dios- hicimos una cuestión académica.
Me pregunto de qué hemos hablado si hemos interiorizado la obligación de oír Misa todos los domingos y fiestas de guardar, y no reconocemos a nuestro lado, con nosotros, en nosotros, a Cristo resucitado.
Abandona el enigma y entra en el misterio. Fíjate en lo que dice del Dios de Jesús, del Jesús de Dios, la liturgia de este domingo.
“La misericordia del Señor llena la tierra, la palabra del Señor hizo el cielo”. Si ayer necesitaba escuchar en patera las palabras de la revelación, hoy necesito escucharlos en cada confinamiento, en cada UCI, en cada tanatorio, en cada espacio donde a Dios se le pueda acusar de ausencia y de silencio: “La misericordia del Señor llena la tierra, la palabra del Señor hizo el cielo”. La misericordia busca la cercanía; la palabra rompe el silencio. Misericordia y palabra se nos han hecho de casa en Cristo resucitado, Dios-con-nosotros, Dios-en-nosotros, Dios-para-nosotros, “buen Pastor que dio la vida por sus ovejas y se dignó morir por su grey”.
Él dice de sí mismo: “Yo soy la puerta. Quien entre por esa puerta se salvará, y podrá entrar y salir, y encontrar pastos”.
Ojalá resuenen en todos los espacios de nuestra debilidad las palabras del Salmo: “El Señor es mi pastor; nada me falta”. El Señor Dios se nos hizo pastor cercano y premuroso en Cristo Jesús: en él nos buscó, nos rescató, nos liberó, nos curó, nos alimentó…
Creyendo, hemos entrado por Cristo en el recinto de la gracia y de la vida.
Creyendo, entramos y salimos por Cristo, con libertad de hijos.
Creyendo, aunque caminemos por las cañadas oscuras de nuestros confinamientos, de nuestras fragilidades, de nuestras agonías, de nuestra muerte, lo decimos con verdad, “nada temo”, y lo decimos porque la fe nos ha dejado la certeza de que él, Cristo el Señor, “va con nosotros”: “Nada temo, porque tú vas conmigo”.
Creyendo, sabes que él, Cristo Jesús, “ha venido para que tengamos vida y la tengamos en abundancia”. Feliz abrazo con Cristo resucitado en la intimidad de tu vida. No se ha quedado fuera de ella el que ha venido al mundo para ti.
sábado, 25 de abril de 2020
Aclamad, tocad, cantad: por Santiago Agrelo
Queridos: La celebración eucarística de este domingo tercero del tiempo pascual se abre con tres imperativos de fiesta: Aclamad, tocad, cantad.
Si me pregunto quién es quien así nos incita, pienso que es la madre Iglesia, reunida en torno a Cristo resucitado, iluminada por la gloria que envuelve el cuerpo del Señor, admirada por la victoria de la Vida sobre la muerte, gozosa por la gracia de sus hijos, animada por la efusión del Espíritu que la purifica y la llena de gracia y la embellece con hermosura divina.
En verdad, es cada uno de nosotros quien dice a sus hermanos: Aclamad, tocad, cantad; pues uno por uno hemos sido iluminados por Cristo, hemos contemplado su victoria, todos habéis gozado con vuestro nuevo nacimiento y habéis experimentado la acción del Espíritu de Dios que ha hecho de vosotros una nueva creación, un pueblo de sacerdotes, profetas y reyes al modo de Cristo Jesús.
Por eso, unos a otros nos decimos: Aclamad, tocad, cantad.
Ahora, Iglesia amada del Señor, Iglesia en familia, recógete, escucha y contempla a Aquel por quien aclamas y tocas y cantas.
Escucha su voz: “Tengo siempre presente al Señor, con él a mi derecha no vacilaré”. El Resucitado, el hombre primero de la nueva humanidad, Cristo Jesús, te habla de su Padre, de su Dios, y te dice: Lo tengo siempre presente, lo tengo siempre a mi lado, él es mi escudo protector, mi gloria, la fuerza de mi salvación, mi ciudadela y mi refugio; con él junto a mí, no vacilaré.
Escucha tu propia voz unida a la suya: “Por eso se me alegra el corazón y mi carne descansa serena: porque no me entregarás a la muerte ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción”.
En Cristo Jesús has conocido al Dios de la vida; con Cristo Jesús te has acercado a la fuente de la alegría; por Cristo Jesús se te han llenado de gozo las entrañas, ya que, unida a él por la fe, sabes que tu Dios te ha mostrado el sendero de la vida, y que tu destino es la alegría perpetua a la derecha de tu Señor.
Son muchos los motivos que tienes ya para la aclamación y el canto; pero he de pedir que mantengas todavía el silencio, y recuerdes las palabras del Apóstol: “Ya sabéis con qué os rescataron: no con bienes efímeros, con oro o plata, sino a precio de la sangre de Cristo, el cordero sin defecto ni mancha”.
No temas, Iglesia en familia, no apartes de tu memoria el recuerdo de lo que eras: esclava de un proceder inútil, esclava de la ley, esclava del pecado, esclava del miedo, esclava de la muerte.
No olvides nunca lo que eras, para que puedas gozar siempre de lo que eres: eras deudora por la culpa cometida, eres deudora por la gracia recibida; tenías una deuda de temor que te oprimía, tienes una deuda de amor que te hace libre.
No olvides lo que eras; y a Cristo, que te ha rescatado para que seas suya, que te ha redimido para que seas libre, que te ha salvado para que tengas la abundancia de su paz, págale tu deuda de amor: escucha con amor su palabra, recíbele con amor en tu vida; reconoce su mano tendida en el pobre y acúdele con amor; reconoce su cuerpo herido en los que sufren, y cúralo con tu amor; dale de comer, dale de beber, apaga su ansia eterna de amor y de ti. Y a mis hermanos y hermanas contemplativos les recuerdo que ellos, de modo muy especial, están llamados a pagar su deuda de amor, protegiendo a los pobres con el escudo de la oración, y envolviendo con un manto de gracia y de inocencia la vida de todos los miembros de Cristo.
Ahora también yo os digo: Aclamad, tocad, cantad, porque Cristo, nuestra vida, ha resucitado, y estáis resucitados con él. Feliz domingo.
domingo, 19 de abril de 2020
Mira, alégrate, ama: por Santiago Agrelo
¡El Señor ha resucitado! No se aparte de él la mirada de la fe.
El Espíritu de Dios ha removido en la noche la piedra que cerraba la sepultura, la de Jesús y la nuestra, y sobre el mundo, sometido hasta aquella hora a la esclavitud de la muerte, amanece, con Cristo resucitado, la luz de la vida.
Mira a tu Señor, asómbrate de su luz, alégrate de su vida, ama al que tanto te amó, al que por ti se entregó, al que abrió delante de ti el camino de la esperanza.
Mira, alégrate, ama: “Éste es el que cubrió a la muerte de confusión y dejó sumido al demonio en el llanto… Éste es el que derrotó a la iniquidad y a la injusticia… Éste es el que nos sacó de la servidumbre a la libertad, de las tinieblas a la luz, de la muerte a la vida, de la tiranía al recinto eterno… Él es la Pascua de nuestra salvación” (Melitón de Sardes).
Mira, alégrate, ama: Verás con cuánto amor te buscó, oveja perdida, el buen Pastor de quien te habías ausentado. Verás con cuánta humildad se puso a tus pies y te lavó el que te disponía para que tuvieses parte con él. Verás con qué mansedumbre se dejó sacrificar por ti este Cordero que quita el pecado del mundo, el que “marcó nuestras almas con su propio Espíritu, y los miembros de nuestro cuerpo con su sangre” (Melitón de Sardes).
Mira, alégrate, ama, Iglesia cuerpo de Cristo, pues la misericordia del Señor ha llenado tu tierra, él te escogió como heredad suya, él se fijó en tu sufrimiento, en tu esclavitud, en tu llanto, y vino a ti, humilde, para salvarte.
Mira, alégrate, ama, Iglesia mártir de la fe, Iglesia perseguida, Iglesia humillada, Iglesia de los que tienen hambre, Iglesia de los arrancados por la injusticia a su tierra, a su familia, a su vida, Iglesia de los enfermos, de los abandonados, de los marginados, de los empobrecidos, de los olvidados, de los que mueren solos, mira, alégrate y ama, pues a ti, que estabas atada como Isaac sobre el altar de la muerte, tu Dios, en su Hijo muerto y resucitado, te ha abierto el sendero de la vida.
Mira, alégrate, ama. Une tu voz a la de Cristo en la hora de su resurrección, y que resuene en el cielo el eco de vuestro canto: “El Señor es mi Dios y salvador: confiaré y no temeré, porque mi fuerza y mi poder es el Señor, él fue mi salvación”.
Resuene en la tierra y en el cielo el Aleluya pascual, pues “hoy nuestro Salvador destruyó las puertas y las cerraduras del imperio de la muerte, destruyó la cárcel del abismo y arruinó el poder del enemigo”.
¡Cristo ha resucitado!
El Espíritu de Dios ha removido en la noche la piedra que cerraba la sepultura, la de Jesús y la nuestra, y sobre el mundo, sometido hasta aquella hora a la esclavitud de la muerte, amanece, con Cristo resucitado, la luz de la vida.
Mira a tu Señor, asómbrate de su luz, alégrate de su vida, ama al que tanto te amó, al que por ti se entregó, al que abrió delante de ti el camino de la esperanza.
Mira, alégrate, ama: “Éste es el que cubrió a la muerte de confusión y dejó sumido al demonio en el llanto… Éste es el que derrotó a la iniquidad y a la injusticia… Éste es el que nos sacó de la servidumbre a la libertad, de las tinieblas a la luz, de la muerte a la vida, de la tiranía al recinto eterno… Él es la Pascua de nuestra salvación” (Melitón de Sardes).
Mira, alégrate, ama: Verás con cuánto amor te buscó, oveja perdida, el buen Pastor de quien te habías ausentado. Verás con cuánta humildad se puso a tus pies y te lavó el que te disponía para que tuvieses parte con él. Verás con qué mansedumbre se dejó sacrificar por ti este Cordero que quita el pecado del mundo, el que “marcó nuestras almas con su propio Espíritu, y los miembros de nuestro cuerpo con su sangre” (Melitón de Sardes).
Mira, alégrate, ama, Iglesia cuerpo de Cristo, pues la misericordia del Señor ha llenado tu tierra, él te escogió como heredad suya, él se fijó en tu sufrimiento, en tu esclavitud, en tu llanto, y vino a ti, humilde, para salvarte.
Mira, alégrate, ama, Iglesia mártir de la fe, Iglesia perseguida, Iglesia humillada, Iglesia de los que tienen hambre, Iglesia de los arrancados por la injusticia a su tierra, a su familia, a su vida, Iglesia de los enfermos, de los abandonados, de los marginados, de los empobrecidos, de los olvidados, de los que mueren solos, mira, alégrate y ama, pues a ti, que estabas atada como Isaac sobre el altar de la muerte, tu Dios, en su Hijo muerto y resucitado, te ha abierto el sendero de la vida.
Mira, alégrate, ama. Une tu voz a la de Cristo en la hora de su resurrección, y que resuene en el cielo el eco de vuestro canto: “El Señor es mi Dios y salvador: confiaré y no temeré, porque mi fuerza y mi poder es el Señor, él fue mi salvación”.
Resuene en la tierra y en el cielo el Aleluya pascual, pues “hoy nuestro Salvador destruyó las puertas y las cerraduras del imperio de la muerte, destruyó la cárcel del abismo y arruinó el poder del enemigo”.
¡Cristo ha resucitado!
jueves, 16 de abril de 2020
Ver, oír, contar: por Santiago Agrelo
No me preguntéis qué es la mística, pues no sabría decirlo, aunque sospecho que tenga mucho que ver con la experiencia del misterio, con ‘los sentidos’ de la fe, con ese ‘ver’ y ‘oír’ al que hacen referencia los apóstoles cuando dan razón de la fuerza que les obliga al testimonio: “No podemos menos de contar lo que hemos visto y oído”.
De eso se trata: Ver, oír, contar. Son ésos los verbos de la experiencia pascual: “El ángel habló a las mujeres… Ha resucitado… Venid a ver el sitio donde yacía, e id aprisa a decir a sus discípulos: Ha resucitado de entre los muertos y va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis… Ellas se marcharon a toda prisa del sepulcro. Llenas de miedo y de alegría corrieron a anunciarlo a los discípulos”.
Oír, ver, temer, alegrarse, correr, anunciar: Mística y testimonio.
El misterio de gracia que las mujeres y los otros discípulos vivieron de manera asombrosa, sorprendente y oscura en el día de la resurrección de Cristo, ese mismo misterio vivimos nosotros en la memoria de los acontecimientos, en su representación ritual, en los sacramentos que Cristo nos dejó para la edificación de su cuerpo que es la Iglesia.
Considéralo, hermana mía, hermano mío, considera si puedes decir con verdad: “El Señor sacó a su pueblo con alegría, a sus escogidos con gritos de triunfo”.
Creer es ver. Si has creído que Cristo ha resucitado, entonces has oído y has visto que “el Señor sacó a su pueblo”, has oído y has visto de dónde lo ha sacado, has oído y has visto a dónde lo ha llevado, has oído y has visto con qué poder lo hizo y con qué alegría los condujo. Si has creído que Cristo ha resucitado, entonces has oído y has visto que “el Seños te sacó con alegría, te condujo con gritos de júbilo”.
De dónde ha salido Jesús, de dónde la Iglesia, de dónde has salido tú: de la opresión, de la esclavitud, de la oscuridad, del llanto, del luto, del pecado, de la muerte.
A dónde nos ha llevado el Señor: a la ciudadanía del cielo, a la liberación, a la luz, a la alegría, a la fiesta, a la gracia, a la justicia, a la vida.
Con qué poder: con el poder de la debilidad, con el poder del amor, con el poder de la cruz.
Considera, Iglesia cuerpo de Cristo, que no hiciste tu éxodo «como Cristo», sino que lo hiciste «en Cristo»: y si no puedes ya verte separada de tu Señor en la salvación experimentada, no te separes de él en el reconocimiento, en la alegría, en el asombro, en la alabanza: “Te doy gracias, Señor, porque me escuchaste… Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia”.
Creer es ver. Espabila el oído para que veas con claridad. Escucha la palabra el apóstol: “Los que os habéis incorporado a Cristo por el bautismo, os habéis revestido de Cristo”. Primero escuchas: crees. Luego te ves: revestido de Cristo. Oyes, ves, te asombras, alabas, corres y anuncias lo que has oído y has visto.
Ésta es, queridos, la verdad más honda de nuestra Pascua: Escuchamos a Cristo resucitado, creemos en él, creyendo comulgamos con él, resucitamos con él, damos gracias con él. Aquí creemos, aquí vemos, aquí somos enviados, de aquí saldremos para ir y anunciar a todos lo que hemos visto y oído.
Ésta es la lógica de la misión: Ir de la experiencia mística al testimonio de fe.
Oír, ver, temer, alegrarse, correr, anunciar: Mística y testimonio
De eso se trata: Ver, oír, contar. Son ésos los verbos de la experiencia pascual: “El ángel habló a las mujeres… Ha resucitado… Venid a ver el sitio donde yacía, e id aprisa a decir a sus discípulos: Ha resucitado de entre los muertos y va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis… Ellas se marcharon a toda prisa del sepulcro. Llenas de miedo y de alegría corrieron a anunciarlo a los discípulos”.
Oír, ver, temer, alegrarse, correr, anunciar: Mística y testimonio.
El misterio de gracia que las mujeres y los otros discípulos vivieron de manera asombrosa, sorprendente y oscura en el día de la resurrección de Cristo, ese mismo misterio vivimos nosotros en la memoria de los acontecimientos, en su representación ritual, en los sacramentos que Cristo nos dejó para la edificación de su cuerpo que es la Iglesia.
Considéralo, hermana mía, hermano mío, considera si puedes decir con verdad: “El Señor sacó a su pueblo con alegría, a sus escogidos con gritos de triunfo”.
Creer es ver. Si has creído que Cristo ha resucitado, entonces has oído y has visto que “el Señor sacó a su pueblo”, has oído y has visto de dónde lo ha sacado, has oído y has visto a dónde lo ha llevado, has oído y has visto con qué poder lo hizo y con qué alegría los condujo. Si has creído que Cristo ha resucitado, entonces has oído y has visto que “el Seños te sacó con alegría, te condujo con gritos de júbilo”.
De dónde ha salido Jesús, de dónde la Iglesia, de dónde has salido tú: de la opresión, de la esclavitud, de la oscuridad, del llanto, del luto, del pecado, de la muerte.
A dónde nos ha llevado el Señor: a la ciudadanía del cielo, a la liberación, a la luz, a la alegría, a la fiesta, a la gracia, a la justicia, a la vida.
Con qué poder: con el poder de la debilidad, con el poder del amor, con el poder de la cruz.
Considera, Iglesia cuerpo de Cristo, que no hiciste tu éxodo «como Cristo», sino que lo hiciste «en Cristo»: y si no puedes ya verte separada de tu Señor en la salvación experimentada, no te separes de él en el reconocimiento, en la alegría, en el asombro, en la alabanza: “Te doy gracias, Señor, porque me escuchaste… Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia”.
Creer es ver. Espabila el oído para que veas con claridad. Escucha la palabra el apóstol: “Los que os habéis incorporado a Cristo por el bautismo, os habéis revestido de Cristo”. Primero escuchas: crees. Luego te ves: revestido de Cristo. Oyes, ves, te asombras, alabas, corres y anuncias lo que has oído y has visto.
Ésta es, queridos, la verdad más honda de nuestra Pascua: Escuchamos a Cristo resucitado, creemos en él, creyendo comulgamos con él, resucitamos con él, damos gracias con él. Aquí creemos, aquí vemos, aquí somos enviados, de aquí saldremos para ir y anunciar a todos lo que hemos visto y oído.
Ésta es la lógica de la misión: Ir de la experiencia mística al testimonio de fe.
Oír, ver, temer, alegrarse, correr, anunciar: Mística y testimonio
viernes, 10 de abril de 2020
JUEVES SANTO DÍA DEL AMOR AL HERMANO "DADLES VOSOTROS DE COMER" (LC 9,13)
CAMPAÑA PARROQUIAL DE AYUDA A LOS MAS NECESITADOS EN ESTE JUEVES SANTO. LO
APORTADO VA DESTINADO A TANTAS FAMILIAS GOLPEADAS ECONOMICAMENTE POR EL
CORONAVIRUS.
PUEDES HACER TU APORTACION EN:
ES92-0075-1031-1106-0002-1650 (Banco Santander).
TITULAR: Parroquia Santa Monica.
CONCEPTO: AYUDA
jueves, 9 de abril de 2020
Cuando la vida es un pan que se da: por Santiago Agrelo
Un pan que se parte y se reparte, eso fue Jesús, ésa fue la vida de Jesús.
No sería equivocado si le llamases “Pan de los pobres”: Pan de lisiados, ciegos, sordos, mudos; pan de leprosos y pecadores; pan de multitudes que andaban como ovejas que no tienen pastor
Jesús se hizo pan de todos haciéndose siervo de todos, el menor entre los pequeños, el último entre los últimos.
Éste es el misterio que hoy se te revela: “Jesús se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos”.
Son muchas las cosas que, oído este evangelio –lo puedes leer en casa, con tu familia-, tú puedes recordar, y todas te hablan de amor.
Recuerda las palabras de Jesús a Nicodemo: “Tanto amó Dos al mundo, que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él”; y tú, hoy, desde ese sagrado recinto de entrega que es tu casa, lo contemplas entregado a servir, a lavar, a purificar, a sanar, a salvar.
Recuerda las palabras del apóstol a los fieles de Filipos: “Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos”; y la palabra del evangelio te lo revela despojado del manto y arrodillado a tus pies para servirte.
Pero tu pensamiento va hoy, de modo muy especial, “al misterio de la Pascua, que es Cristo”, a su vida entregada hasta la muerte, pues en ese misterio ves que Cristo se ha hecho siervo de pobres y oprimidos, de humillados y excluidos, de prostitutas y ladrones, de publicanos y pecadores.
Al recordar el misterio de Cristo, recuerdas que lo has visto hacerse impuro con los leprosos, reconoces en él al que ha venido para ser siervo de todos, lo ves despojado de su rango, de su gloria, de sus vestiduras, levantado en alto y, de ese modo, postrado a los pies de la humanidad entera, para lavar los pies de todos, limpiar el corazón de todos, romper las cadenas de todos, sanar las heridas de todos, amar la pobreza de todos, perdonar los pecados de todos.
Aunque no puedas participar hoy en la misa de la Cena del Señor, tú sabes que el amor de Cristo Jesús es real y haces memoria verdadera de ese amor.
Lee la palabra de la revelación: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía”. Si lees con fe, ya sabes que la entrega de Jesús llegará hasta muerte.
Recuerda y asómbrate: “Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre”. Si has escuchado con fe, sabrás que la sangre de Cristo une a tu Dios contigo en alianza eterna, y esa misma sangre te une a ti con tu Dios.
Recuerda y asómbrate: Jesús se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos. ¿No reconoces lo que estás viviendo? Estás viendo a Cristo a tus pies.
Hoy, Cristo Jesús viene a ti, a tu casa, a tu corazón, a tu vida, porque te ama.
Pero has de saber también –estoy seguro de que ya lo sabes- que si lo recibes, aceptas al mismo tiempo el mandato que él te da: “Que os améis mutuamente como yo os he amado”.
Si lo recibes, acoges el amor infinito de Dios, que se te ha manifestado en Cristo Jesús, y aceptas el mandato de amar como eres amado.
No dudes en acoger al que te ama. No temas al aceptar su divino mandato: Sólo el que ama puede ser libre. “Ama, y haz lo que quieres”.
No sería equivocado si le llamases “Pan de los pobres”: Pan de lisiados, ciegos, sordos, mudos; pan de leprosos y pecadores; pan de multitudes que andaban como ovejas que no tienen pastor
Jesús se hizo pan de todos haciéndose siervo de todos, el menor entre los pequeños, el último entre los últimos.
Éste es el misterio que hoy se te revela: “Jesús se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos”.
Son muchas las cosas que, oído este evangelio –lo puedes leer en casa, con tu familia-, tú puedes recordar, y todas te hablan de amor.
Recuerda las palabras de Jesús a Nicodemo: “Tanto amó Dos al mundo, que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él”; y tú, hoy, desde ese sagrado recinto de entrega que es tu casa, lo contemplas entregado a servir, a lavar, a purificar, a sanar, a salvar.
Recuerda las palabras del apóstol a los fieles de Filipos: “Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos”; y la palabra del evangelio te lo revela despojado del manto y arrodillado a tus pies para servirte.
Pero tu pensamiento va hoy, de modo muy especial, “al misterio de la Pascua, que es Cristo”, a su vida entregada hasta la muerte, pues en ese misterio ves que Cristo se ha hecho siervo de pobres y oprimidos, de humillados y excluidos, de prostitutas y ladrones, de publicanos y pecadores.
Al recordar el misterio de Cristo, recuerdas que lo has visto hacerse impuro con los leprosos, reconoces en él al que ha venido para ser siervo de todos, lo ves despojado de su rango, de su gloria, de sus vestiduras, levantado en alto y, de ese modo, postrado a los pies de la humanidad entera, para lavar los pies de todos, limpiar el corazón de todos, romper las cadenas de todos, sanar las heridas de todos, amar la pobreza de todos, perdonar los pecados de todos.
Aunque no puedas participar hoy en la misa de la Cena del Señor, tú sabes que el amor de Cristo Jesús es real y haces memoria verdadera de ese amor.
Lee la palabra de la revelación: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía”. Si lees con fe, ya sabes que la entrega de Jesús llegará hasta muerte.
Recuerda y asómbrate: “Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre”. Si has escuchado con fe, sabrás que la sangre de Cristo une a tu Dios contigo en alianza eterna, y esa misma sangre te une a ti con tu Dios.
Recuerda y asómbrate: Jesús se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos. ¿No reconoces lo que estás viviendo? Estás viendo a Cristo a tus pies.
Hoy, Cristo Jesús viene a ti, a tu casa, a tu corazón, a tu vida, porque te ama.
Pero has de saber también –estoy seguro de que ya lo sabes- que si lo recibes, aceptas al mismo tiempo el mandato que él te da: “Que os améis mutuamente como yo os he amado”.
Si lo recibes, acoges el amor infinito de Dios, que se te ha manifestado en Cristo Jesús, y aceptas el mandato de amar como eres amado.
No dudes en acoger al que te ama. No temas al aceptar su divino mandato: Sólo el que ama puede ser libre. “Ama, y haz lo que quieres”.
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