viernes, 14 de agosto de 2020
Fijos los ojos en el cielo: por Santiago Agrelo
sábado, 8 de agosto de 2020
Señor, sálvame: por Santiago Agrelo
domingo, 2 de agosto de 2020
Ver, compadecerse, curar: por Santiago Agrelo
viernes, 24 de julio de 2020
No dejes de buscar a Cristo: por Santiago Agrelo
jueves, 23 de julio de 2020
La confianza se hace abandono: por Santiago Agrelo
sábado, 11 de julio de 2020
Una cosecha abundante para el Reino de Dios: por Santiago Agrelo
domingo, 5 de julio de 2020
Alégrate, canta, bendice a tu Dios: por Santiago Agrelo
Lo vio y lo anunció el profeta: “Mira a tu Rey que viene a ti”.
Mira a tu Rey en el misterio de la encarnación: Entra en la casa de Nazaret, y tu fe se asombrará de ver a Dios hecho hombre en el sí de una doncella, mientras el mundo gira indiferente, gira como siempre, alejándose de sí mismo, y el hombre se afana como siempre en conquistar el cielo. Míralo, virgen Iglesia: Tu Rey viene a ti justo y victorioso, modesto y cabalgando en un pollino de borrica. Míralo, alégrate, canta.
Míralo también en el misterio de su tránsito de este mundo al Padre: alfombra su camino con tu manto, alaba a Dios, pues con Jesús ha venido a tu vida la paz que el cielo te regala. Míralo, alégrate, canta: “Bendito el que viene como Rey en nombre del Señor”.
Considera, virgen Iglesia, a dónde viene tu Rey, a qué posada lleva su camino; y verás que, en Nazaret, en Jerusalén, en la Eucaristía que hoy celebras, “tu Rey viene a ti”: viene a tu condición humilde, a tus pobres, a tus enfermos, a tus duelos, a tu humanidad herida, a tu mundo de esperanzas y deseos, a tu hambre de justicia y de pan.
Él viene pobre a ese reino nuestro: viene en la pobreza de su palabra, una palabra hecha de palabras nuestras; viene en la pobreza de su pan, un pan que es fruto de esta tierra nuestra y de nuestro trabajo.
Y sólo porque él viene, la palabra del profeta, con la fuerza de unos imperativos suplicantes, te invita, virgen Iglesia, a entrar en el milagro de una bienaventuranza que es de los pobres, de una fiesta que es para los hambrientos. El profeta suplica y te invita: Mira, alégrate, canta.
Y ahora escucha el evangelio, lo que te dice “el que viene a ti”, lo que te pide el que ha hecho por ti ese camino que baja del cielo a la tierra, el que se ha acercado tanto a ti que te lleva guardada dentro de él. “El que viene a ti”, pide tu fe. “El que viene a ti”, pide que vayas a él: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré”
Escúchalo, cree, comulga…
Ve a tu Señor, aprende de él, abraza su cruz, carga con su yugo…
Él es manso y humilde de corazón: Su yugo es llevadero. Su carga es ligera.
Escúchalo, cree, comulga… Él y tú destruiréis la violencia de la guerra. Él y tú dictaréis la paz a las naciones.
Alégrate, canta, bendice a tu Dios, pues, por la fe, te acercaste “al Rey que viene a ti”, comulgaste con él, y has conocido que es clemente y misericordioso, sabes que es bondadoso en todas sus acciones, has experimentado que es cariñoso con todas sus criaturas.
Alégrate, canta, bendice a tu Dios, Iglesia resplandeciente con la santidad de Dios, Iglesia de enfermos que por la fe han sido curados, de leprosos purificados, de ciegos iluminados, de pecadores perdonados, de muertos resucitados.
Alégrate, canta, bendice a tu Dios, Iglesia de pobres que el Hijo de Dios, haciéndose pobre, ha enriquecido con su pobreza; Iglesia de pobres, enviada a los pobres, Iglesia evangelio de Dios para todos los hambrientos de justicia y de pan.
Alégrate, canta, bendice a tu Dios.
Feliz encuentro con el Rey que viene a ti, Iglesia amada de Dios.
Imperativos suplicantes: por Santiago Agrelo
Mira a tu Rey en el misterio de la encarnación: Entra en la casa de Nazaret, y tu fe se asombrará de ver a Dios hecho hombre en el sí de una doncella, mientras el mundo gira indiferente, gira como siempre, alejándose de sí mismo, y el hombre se afana como siempre en conquistar el cielo. Míralo, virgen Iglesia: Tu Rey viene a ti justo y victorioso, modesto y cabalgando en un pollino de borrica. Míralo, alégrate, canta.
Míralo también en el misterio de su tránsito de este mundo al Padre: alfombra su camino con tu manto, alaba a Dios, pues con Jesús ha venido a tu vida la paz que el cielo te regala. Míralo, alégrate, canta: “Bendito el que viene como Rey en nombre del Señor”.
Considera, virgen Iglesia, a dónde viene tu Rey, a qué posada lleva su camino; y verás que, en Nazaret, en Jerusalén, en la Eucaristía que hoy celebras, “tu Rey viene a ti”: viene a tu condición humilde, a tus pobres, a tus enfermos, a tus duelos, a tu humanidad herida, a tu mundo de esperanzas y deseos, a tu hambre de justicia y de pan.
Él viene pobre a ese reino nuestro: viene en la pobreza de su palabra, una palabra hecha de palabras nuestras; viene en la pobreza de su pan, un pan que es fruto de esta tierra nuestra y de nuestro trabajo.
Y sólo porque él viene, la palabra del profeta, con la fuerza de unos imperativos suplicantes, te invita, virgen Iglesia, a entrar en el milagro de una bienaventuranza que es de los pobres, de una fiesta que es para los hambrientos. El profeta suplica y te invita: Mira, alégrate, canta.
Y ahora escucha el evangelio, lo que te dice “el que viene a ti”, lo que te pide el que ha hecho por ti ese camino que baja del cielo a la tierra, el que se ha acercado tanto a ti que te lleva guardada dentro de él. “El que viene a ti”, pide tu fe. “El que viene a ti”, pide que vayas a él: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré”
Escúchalo, cree, comulga…
Ve a tu Señor, aprende de él, abraza su cruz, carga con su yugo…
Él es manso y humilde de corazón: Su yugo es llevadero. Su carga es ligera.
Escúchalo, cree, comulga… Él y tú destruiréis la violencia de la guerra. Él y tú dictaréis la paz a las naciones.
Alégrate, canta, bendice a tu Dios, pues, por la fe, te acercaste “al Rey que viene a ti”, comulgaste con él, y has conocido que es clemente y misericordioso, sabes que es bondadoso en todas sus acciones, has experimentado que es cariñoso con todas sus criaturas.
Alégrate, canta, bendice a tu Dios, Iglesia resplandeciente con la santidad de Dios, Iglesia de enfermos que por la fe han sido curados, de leprosos purificados, de ciegos iluminados, de pecadores perdonados, de muertos resucitados.
Alégrate, canta, bendice a tu Dios, Iglesia de pobres que el Hijo de Dios, haciéndose pobre, ha enriquecido con su pobreza; Iglesia de pobres, enviada a los pobres, Iglesia evangelio de Dios para todos los hambrientos de justicia y de pan.
Alégrate, canta, bendice a tu Dios.
Feliz encuentro con el Rey que viene a ti, Iglesia amada de Dios
miércoles, 10 de junio de 2020
“Aunque es de noche”: por Santiago Agrelo
Es la fiesta del santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo.
El místico escribió así de este misterio: “Aquesta eterna fonte está escondida en este vivo pan por darnos vida, aunque es de noche”.
La misma fe que alumbró la noche del místico nos toma de la mano en este día y nos introduce en el misterio del mismo pan vivo, para que creamos, para que comamos, para que vivamos.
Aquel Verbo que, hecho carne, habitó entre nosotros, de cuya plenitud todos hemos recibido, gracia sobre gracia, en este pan vivo lo acogemos, aunque es de noche.
Aquel Unigénito que el Padre le dio al mundo, medida sin medida de su amor, para que el mundo tuviese vida eterna, en este pan vivo se nos da, aunque es de noche.
Aquella luz que vieron los que habitaban en tierra y sombras de muerte, la misma luz que iluminó los ojos del ciego de nacimiento, brilla para ti en este humilde sacramento, aunque es de noche.
La vida que se anunció en la resurrección de Lázaro y se manifestó gloriosa en la resurrección de Cristo Jesús, ésa es la vida que recibes con este pan del cielo, aunque es de noche.
En este sacramento el Padre te convida, el Hijo se te entrega, el Espíritu te santifica, aunque es de noche.
En este admirable sacramento, el Espíritu Santo nos transforma para que formemos en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu, y seamos así ofrenda agradable a los ojos del Padre, aunque es de noche.
La paz y la salvación que, con el don del Espíritu Santo, el amor del Padre ofreció al mundo entero por la muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo, en este pan vivo se nos dan, aunque es de noche.
En este pan siempre te espera el que te ama, aunque es de noche.
Y si quieres abrazarlo porque te mueres de amor, porque necesitas decírselo, que le quieres, porque se ha quedado contigo, porque no sabes vivir sin él, entonces abrázalo en los pobres, díselo al oído de los pobres, díselo quedándote con ellos, porque no sabes vivir sin ellos, porque en ellos lo ves a él, aunque es de noche.
sábado, 6 de junio de 2020
Aprender a Dios en Dios: por Santiago Agrelo
Porque es amor, Dios sólo puede ser Uno, pues el amor es vínculo de perfecta unidad. Pero, iluminados por la palabra de la revelación, al proclamar nuestra fe en la verdadera y eterna y única divinidad, adoramos a Dios Padre, con su único Hijo y el Espíritu Santo, tres Personas distintas, de única naturaleza e iguales en su dignidad.
He pedido palabras a la liturgia para decir de lo indecible, para hablar de lo inefable. Pero has de buscar en la memoria de la fe otras palabras que te ayuden a entrar en el misterio que confiesas, a gustar lo que se te conceda conocer, a contar lo que allí se te haya concedido gustar.
No se entra en el misterio de Dios por la fuerza de la deducción lógica, sino por la gracia del encuentro amoroso. Sólo el amor abre el cielo para que oigas y veas, para que conozcas y creas, para que gustes y ames.
Se te ha dado conocer el amor del Padre al Hijo: “Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco”. Se te ha concedido saber del amor que el Padre te tiene a ti: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna”. Te han llamado a morar en el amor que has conocido: “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor”.
Ya sabes dónde has de aprender a Dios, para conocer la gloria de la eterna Trinidad y adorar su unidad todopoderosa: a Dios lo aprendemos en Cristo Jesús. Nadie va al Padre, si no va por Jesús. Nadie recibe el Espíritu, si no lo recibe de Jesús. Quien ha visto a Jesús, ha visto al Padre, porque Jesús está en el Padre, y el Padre está en Jesús.
En Cristo Jesús aprendemos este misterio, que no es sólo de Dios, sino que, por el amor que Dios nos tiene, es también nuestro misterio: “Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí, y yo en vosotros”.
A ti, por la fe, se te ha dado beber de la eterna fuente que es la Trinidad Santa, pues el Hijo de Dios salió del Padre y vino al mundo, salió de Dios y vino a ti: creíste en él para salvarte, bebiste en él para tener vida eterna.
A ti, por la fe, se te ha dado volver con el Hijo a la eterna fuente de la que Él ha nacido, de la que Él había salido. Ya no podrás hablar del Hijo de Dios sin hablar de ti, pues Él no quiso volver al Padre sin llevarte consigo.
Considera dónde moras, en qué fuego tu zarza arde ya sin consumirse, en qué infinito caudal se apaga tu sed de eternidad, y deja que el deseo de Dios te mueva hasta que te pierdas en el Amor.
Y mientras no llega para ti la hora del deseo apagado, entra en el tiempo divino de la Eucaristía, y habrás entrado por el sacramento en la eterna fuente que mana y corre.
Allí aprenderás a Dios; allí conocerás la gracia del Hijo, el amor del Padre, la comunión del Espíritu; allí, con Cristo y con los hermanos, imitarás el misterio de la divina unidad, para tener, con todos, un mismo sentir, un solo corazón, un alma sola.
Desde dentro de la fuente llegan a tu corazón palabras para nombrarla: “Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira, rico en clemencia y lealtad”.
Imita lo que nombras, y, de ese modo, por la puerta humilde de tu compasión y tu misericordia, los pobres aprenderán en ti el misterio de Dios.