viernes, 29 de diciembre de 2017

Domingo de la S. Familia 31 de diciembre de 2017, Ciclo B


Ø La familia. Es escuela de fe, y también y no menos importante, escuela del más rico humanismo.

v  Cfr. Domingo de la S. Familia 31 de diciembre de 2017, Ciclo B

Eclesiástico 3, 2-6.12-14; Sal 127, 1-2.3.4-5; Colosenses  3, 12-21; Lucas 2,22-40
Lucas 2, 22-40: 22 Cuando llegó el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor, 23 de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: «Todo primogénito varón será consagrado al Señor», 24 y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: «un par de tórtolas o dos pichones.» Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo. Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: - «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel.» Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño. Simeón los bendijo,diciendo a María, su madre: - «Mira, éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti, una espada te traspasará el alma.» Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana; de jovencita había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Acercándose en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén. Y cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. 40 El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba.
“El hogar es la primera escuela de la vida cristiana
y «escuela del más rico humanismo»”
(Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1657)

1. El horizonte de la fe en la familia.

v  A modo de introducción.

o   ¿Es posible creer hoy y cultivar hoy una idea de la familia alta, sin parecer ilusos que viven fuera del tiempo? 

Cfr. Raniero Cantalamessa, La Parola e la Vita, Anno B, Città Nuova, 9ª Edizione
Junio 2001, pp. 40-45
·         “Es posible que dos jóvenes se conozcan, se den cuenta de que se quieren, un bien
especial, diverso de cualquier otro sentimiento que han experimentado hasta hoy.  Es posible que su amor madure hasta tomar posesión de su ser y transformarles , como el fuego que hace incandescente lo que penetra. Es posible que lleguen un día ante el altar para pedir a Dios, con la confianza de hijos, que consagre su amor que, a pesar de la fragilidad de su carne, se han esforzado por mantenerse castos, o hacer de modo que, caminando, puedan presentarlo para consagrar toda su vida. Es posible que a su alrededor, o mejor de ellos, broten otras vidas, que pasen los años, que llamen a la puerta los más profundos dolores, sin que su familia y su amor se endurezcan. Todo esto es posible, por la sencilla razón de que de hecho existe, y todos nosotros hemos conocido algún ejemplo” .
            [Para que suceda esto] El secreto real es éste: no perder jamás el contacto y no separarse de la raíz de la que nace un día la familia, es decir del amor.  (pp. 42-43).
            Esto parece imposible  (…) pero no lo es si tal amor es “elevado” progresivamente por la caridad (…) que constituye “el primero y más grande mandamiento” donde encontrar el primer y principal campo de acción en la familia. Es extraño que por amor al prójimo se entienda el amor por los pobres del tercer mundo, por los leprosos, por los lejanos, y  no se entienda, normalmente, por el amor del prójimo más próximo, es decir, aquél que está cercano, aquel que es vecino.
            Cuando la caridad (aquella que la Escritura llama ágape)  completa el amor humano  (lo que los griegos llamaban eros), entonces los frutos son maravillosos. San Pablo los enumera en una Carta suya: la caridad, dice, es paciente, es amable, no es envidiosa, no se irrita, no busca lo suyo, no se irrita … (Cf. 1 Corintios 13, 4ss.). Lo recuerda bajo la forma de consejo también en la Lectura de hoy: revestíos de entrañas de misericordia, de bondad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia. Sobrellevaos mutuamente y perdonaos  cuando alguno tenga queja contra otro; como el Señor os ha perdonado, hacedlo así también vosotros. (p. 43).
            Sólo este tipo de amor, que ya no es pura atracción física, ni sentimentalismo, sino verdadero don de sí mismo al otro, puede hacer superar la contraposición que hoy destroza tantas familia y divide una generación de la otra, es decir, los hijos de los padres. Estos, en efecto, no hacen otra cosa que hablar de obediencia; aquellos, los jóvenes, no entienden otra  palabra que libertad. Una antítesis que crea con frecuencia fosos de incomprensión, de amargura y desilusión, y hace que se pierda el amor entre unos y otros en la vida de familia, y que induce a los jóvenes a buscar en otra parte, por ejemplo en la doga, una evasión. (pp. 43-44).
            Según la palabra de Dios, hay una salida a esa alternativa entre obediencia y libertad, que es, precisamente, la caridad.  (…)
            ¿Cómo se  adquiere la disposición que sabe perdonar, dar en silencio u olvidar?  (…) sobre todo es fruto de la gracia y de la ayuda de Dios. Hay un himno que cantamos frecuentemente en la comunión que dice: «Donde hay caridad y amor aquí está Dios». También lo contrario es verdad profundamente: «Donde está Dios, hay caridad y amor». En la familia en la que Dios está presente por la fe de los padres, por la escucha de la palabra, por la oración hecha en común y por la observancia de su ley, no faltará el amor, o podrá renacer después de las crisis. (p. 44).  

o   Las familias creyentes tienen una importancia primordial en cuanto faros de una fe viva e irradiadora.

·         Es muy importante que la familia viva su vida en la fe, de modo que a la luz de ésta los miembros
de la familia interpreten todas las etapas y los sucesos que miden la misma vida. “Las familias creyentes tienen una importancia primordial en cuanto faros de una fe viva e irradiadora. Por eso el Concilio Vaticano II llama a la familia, con una antigua expresión, «Ecclesia doméstica» (Lumen Gentium, 11; cf  Familiaris consortio, 21)”. (Cfr. CEC 1656).

o   Fe, esperanza, caridad

·         “La fe y la esperanza se han de manifestar en el sosiego con que se enfocan los problemas,
pequeños o grandes, que en todos los hogares ocurren, en la ilusión con que se persevera en el cumplimiento del propio deber. La caridad lo llenará así todo, y llevará a compartir las alegrías y los posibles sinsabores; a saber sonreír, olvidándose de las propias preocupaciones para atender a los demás; a escuchar al otro cónyuge o a los hijos, mostrándoles que de verdad se les quiere y comprende; a pasar por alto menudos roces sin importancia que el egoísmo podría convertir en montañas; a poner un gran amor en los pequeños servicios de que está compuesta la convivencia diaria  (Es Cristo que pasa, n. 23).

v  Los hijos aprenden en la familia a descubrir su vocación, lo que Dios quiere de ellos: los padres han de fomentar la vocación personal de cada hijo (cfr. CEC 1656; Lumen gentium, 11 [1]).

·         Familiaris consortio, n. 53:  La familia debe formar a los hijos para la vida, de manera que
cada uno cumpla en plenitud su cometido, de acuerdo con la vocación recibida de Dios. (…).

o   Las diversas circunstancias de la vida de familia son vistas como vocación/llamada de Dios y son realizadas como respuesta filial a su llamada.

·         Familiaris consortio, n. 59: La vida de oración en la familia “tiene como contenido original la
misma vida de familia que en las diversas circunstancias es interpretada como vocación de Dios y es actuada como respuesta filial a su llamada: alegrías y dolores, esperanzas y tristezas, nacimientos y cumpleaños, aniversarios de la boda de los padres, partidas, alejamientos y regresos, elecciones importantes y decisivas, muerte de personas queridas, etc., señalan la intervención del amor de Dios en la historia de la familia, como deben también señalar el momento favorable de acción de gracias, de imploración, de abandono confiado de la familia al Padre común que está en los cielos.”

2. Familia y sociedad: el hogar es «escuela del más rico humanismo» (Cfr. Gaudium et spes, 52,1; Catecismo de la Iglesia Católica, nn.  1657. 2207)

v  En la familia se aprenden los valores morales; la vida de familia es iniciación a la vida de la sociedad. La familia es escuela del más rico humanismo.

·         Catecismo de la …, n. 1657: “El hogar es así la primera escuela de la vida cristiana y «escuela
del más rico humanismo» (Gaudium et spes 52, 1). Aquí se aprende la paciencia y el gozo del trabajo, el amor fraterno, el perdón generoso, incluso reiterado, y sobre todo el culto divino por medio de la oración y la ofrenda de su vida.”   
·         Catecismo de la … , n. 2207: “La familia es la «célula original de la vida social». Es la sociedad
natural en que el hombre y la mujer son llamados al don de sí en el amor y en el don de la vida. La autoridad, la estabilidad y la vida de relación en el seno de la familia constituyen los fundamentos de la libertad, de la seguridad, de la fraternidad en el seno de la sociedad. La familia es la comunidad en la que, desde la infancia, se pueden aprender los valores morales, se comienza a honrar a Dios y a usar bien de la libertad. La vida de familia es iniciación a la vida en sociedad”.
·         San Juan Pablo II, Familiaris consortio,  64: “Animada y sostenida por el mandamiento nuevo
del amor, la familia cristiana vive la acogida, el respeto, el servicio a cada hombre, considerado siempre en su dignidad de persona y de hijo de Dios.”

v  La tarea educativa de los padres es esencial, original y primaria, insustituible e inalienable

·         Familiaris consortio, 36. “La tarea educativa tiene sus raíces en la vocación primordial de los
esposos a participar en la obra creadora de Dios; ellos, engendrando en el amor y por amor una nueva persona, que tiene en sí la vocación al crecimiento y al desarrollo, asumen por eso mismo la obligación de ayudarla eficazmente a vivir una vida plenamente humana. Como ha recordado el Concilio Vaticano II: «Puesto que los padres han dado la vida a los hijos, tienen la gravísima obligación de educar a la prole, y por tanto hay que reconocerlos como los primeros y principales educadores de sus hijos. Este deber de la educación familiar es de tanta transcendencia que, cuando falta, difícilmente puede suplirse. Es, pues, deber de los padres crear un ambiente de familia animado por el amor, por la piedad hacia Dios y hacia los hombres, que favorezca la educación íntegra personal y social de los hijos. La familia es, por tanto, la primera escuela de las virtudes sociales, que todas las sociedades necesitan» (Declaración sobre la educación cristiana de la juventud, Gravissimum educationis, 3).
El derecho-deber educativo de los padres se califica como esencial, relacionado como está con la transmisión de la vida humana; como original y primario, respecto al deber educativo de los demás, por la unicidad de la relación de amor que subsiste entre padres e hijos; como insustituible e inalienable y que, por consiguiente, no puede ser totalmente delegado o usurpado por otros.”

v  Valores esenciales de la vida humana en los que hay que educar a los hijos cfr. Familiaris consortio, 37

o   Justa libertad ante los bienes materiales.

            “Aun en medio de las dificultades, hoy a menudo agravadas, de la acción educativa, los padres deben formar a los hijos con confianza y valentía en los valores esenciales de la vida humana. Los hijos deben crecer en una justa libertad ante los bienes materiales, adoptando un estilo de vida sencillo y austero, convencidos de que «el hombre vale más por lo que es que por lo que tiene» (Conc. Vaticano II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, 35)”.

o   b) Los hijos deben enriquecerse no sólo con el sentido de la verdadera justicia sino, más aún, del verdadero amor.

“En una sociedad sacudida y disgregada por tensiones y conflictos a causa del choque entre los diversos individualismos y egoísmos, los hijos deben enriquecerse no sólo con el sentido de la verdadera justicia, que lleva al respeto de la dignidad personal de cada uno, sino también y más aún del sentido del verdadero amor, como solicitud sincera y servicio desinteresado hacia los demás, especialmente a los más pobres y necesitados. La familia es la primera y fundamental escuela de socialidad; como comunidad de amor, encuentra en el don de sí misma la ley que la rige y hace crecer. El don de sí, que inspira el amor mutuo de los esposos, se pone como modelo y norma del don de sí que debe haber en las relaciones entre hermanos y hermanas, y entre las diversas generaciones que conviven en la familia. La comunión y la participación vivida cotidianamente en la casa, en los momentos de alegría y de dificultad, representa la pedagogía más concreta y eficaz para la inserción activa, responsable y fecunda de los hijos en el horizonte más amplio de la sociedad.”

o   c) Los padres están llamados a ofrecer a los hijos una educación sexual clara y delicada. Es una riqueza de toda la persona – cuerpo, sentimiento y espíritu – que lleva a la persona hacia el don de sí misma en el amor, frente a una cultura que «banaliza» en gran parte la sexualidad humana.

§  Esta educación llevará a los hijos  a conocer y estimar las normas morales como garantía necesaria y preciosa para un crecimiento personal y responsable en la sexualidad humana.
“La educación para el amor como don de sí mismo constituye también la premisa indispensable para los padres, llamados a ofrecer a los hijos una educación sexual clara y delicada. Ante una cultura que «banaliza» en gran parte la sexualidad humana, porque la interpreta y la vive de manera reductiva y empobrecida, relacionándola únicamente con el cuerpo y el placer egoísta, el servicio educativo de los padres debe basarse sobre una cultura sexual que sea verdadera y plenamente personal. En efecto, la sexualidad es una riqueza de toda la persona —cuerpo, sentimiento y espíritu— y manifiesta su significado íntimo al llevar la persona hacia el don de sí misma en el amor.
La educación sexual, derecho y deber fundamental de los padres, debe realizarse siempre bajo su dirección solícita, tanto en casa como en los centros educativos elegidos y controlados por ellos. En este sentido la Iglesia reafirma la ley de la subsidiaridad, que la escuela tiene que observar cuando coopera en la educación sexual, situándose en el espíritu mismo que anima a los padres.
En este contexto es del todo irrenunciable la educación para la castidad, como virtud que desarrolla la auténtica madurez de la persona y la hace capaz de respetar y promover el «significado esponsal» del cuerpo. Más aún, los padres cristianos reserven una atención y cuidado especial —discerniendo los signos de la llamada de Dios— a la educación para la virginidad, como forma suprema del don de uno mismo que constituye el sentido mismo de la sexualidad humana.
Por los vínculos estrechos que hay entre la dimensión sexual de la persona y sus valores éticos, esta educación debe llevar a los hijos a conocer y estimar las normas morales como garantía necesaria y preciosa para un crecimiento personal y responsable en la sexualidad humana.
Por esto la Iglesia se opone firmemente a un sistema de información sexual separado de los principios morales y tan frecuentemente difundido, el cual no sería más que una introducción a la experiencia del placer y un estímulo que lleva a perder la serenidad, abriendo el camino al vicio desde los años de la inocencia.”




Vida Cristiana






[1] Concilio Vaticano II, Lumen Gentium, 11: «(…) Por fin, los cónyuges cristianos, en virtud del sacramento del matrimonio, por el que manifiestan y participan del misterio de la unidad y del fecundo amor entre Cristo y la Iglesia (Efesios, 5, 32), se ayudan mutuamente a santificarse en la vida conyugal y en la procreación y educación de los hijos, y, de esta manera, tienen en su condición y estado de vida su propia gracia en el Pueblo de Dios (cf. 1 Corintios, 7, 7) [1 Cor., 7, 7: "Cada uno recibe del Señor su propio don: uno de una manera y otro de otra". Cf. S. Agustín, De Dono Persev., 14, 37]».

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