viernes, 25 de enero de 2019

Domingo 3º del tiempo ordinario Ciclo C 27 de enero 2019

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[Omelie1/Cristo/3C19CristoRedentorLibereradorLuz]
Ø  Domingo tercero del Tiempo Ordinario, ciclo C  (2019) Jesucristo se presenta como redentor, liberador,
luz, etc. Meditar la historia de Cristo. Una ambición noble para participar en la divina amistad en un recogimiento interior compatible con  nuestros deberes profesionales y con los de ciudadano.

v  Cfr. Domingo 3º del tiempo ordinario  Ciclo C

            27 de enero 2019
              Nehemías 8,2-4a..5-6.8-10; 1 Corintios 12,12-30; Lucas 1,1-4; 4,14-21
Lucas  1, 1-4; 4, 14-21: Puesto que muchos han intentado narrar ordenadamente las cosas que se han verificado entre nosotros, 2 tal como nos las han transmitido los que desde el principio fueron testigos oculares y servidores de la Palabra, 3 he decidido yo también, después de haber investigado diligentemente todo desde los orígenes, escribírtelo por su orden, ilustre Teófilo, 4 para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido. 4, 14 Jesús volvió a Galilea por la fuerza del Espíritu, y su fama se extendió por toda la región. 15 El iba enseñando en sus sinagogas, alabado por todos. 16 Vino a Nazaret, donde se había criado y, según su costumbre, entró en la sinagoga el día de sábado, y se levantó para hacer la lectura. 17 Le entregaron el volumen del profeta Isaías y desenrollando el volumen, halló el pasaje donde estaba escrito:
            18 El Espíritu del Señor está sobre mí, por lo cual me ha ungido para evangelizar a los pobres, me ha
             enviado para  anunciar la redención a  los cautivos y devolver la vista a los ciegos, para poner en libertad
             a los oprimidos 19 y para promulgar el año de gracia del Señor. [cfr. Isaías 61, 1-2]
20 Y enrollando el libro se  lo devolvió al ministro, y se sentó. Todos en la sinagoga tenían los ojos fijos en él. 21 Comenzó, pues, a decirles: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oir

Cristo se presenta como Redentor, Luz, Liberador etc.
(Cfr. Evangelio de hoy: vv. 18-19; 21)
Yo soy la luz del mundo – dice el Señor -. El que me sigue
no camina en las tinieblas,
Sino que tendrá la luz de la vida.
(Cfr. Antífona de comunión, Juan 8, 12)
El Señor me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres,
para anunciar a los cautivos la libertad.
(Lucas 4, 18: Aleluya antes del Evangelio)

1.   Evangelio: es el Señor quien lee la Escritura y la comenta

v  «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír»:

·         El Señor mismo se presenta como cumplimiento de todas las promesas hechas por Dios en el Antiguo Testamento. Pronuncia una frase en la que asegura que toda la esperanza anunciada por Isaías se hace realidad «hoy», en él, en Jesús de Nazaret.
·         Juan Pablo II, Enc. Dives in misericordia, 3: Ante sus conciudadanos en Nazaret, Cristo hace alusión a las
palabras del profeta Isaías: « El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ungió para evangelizar a los pobres; me envió a predicar a los cautivos la libertad, a los ciegos la recuperación de la vista; para poner en libertad a los oprimidos, para anunciar un año de gracia del Señor ».(Lucas 4, 18 s) ) Estas frases, según san Lucas, son su primera declaración mesiánica, a la que siguen los hechos y palabras conocidos a través del Evangelio. Mediante tales hechos y palabras, Cristo hace presente al Padre entre los hombres.

v  El  Catecismo Iglesia Católica lo explica con diversas frases:

o   El Hijo de Dios hecho hombre es la Palabra única, perfecta e insuperable del Padre

                n.  65: CRISTO JESUS, «MEDIADOR Y PLENITUD DE TODA LA REVELACION» (DV 2) - Dios ha dicho todo en su Verbo - «De una manera fragmentaria y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por su Hijo» (Hb 1, 1-2). Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre, es la Palabra única, perfecta e insuperable del Padre. En El lo dice todo, no habrá otra palabra más que ésta. S. Juan de la Cruz, después de otros muchos, lo expresa de manera luminosa, comentando Hb 1, 1-2:
            Porque en darnos, como nos dio a su Hijo, que es una Palabra suya, que no tiene otra, todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra...; porque lo que hablaba antes en partes a los profetas ya lo ha hablado todo en El, dándonos al Todo, que es su Hijo. ö Por lo cual, el que ahora quisiese preguntar a Dios, o querer alguna visión o revelación, ö no sólo haría una necedad, sino haría agravio a Dios, no poniendo los ojos totalmente en Cristo, sin querer otra alguna cosa o novedad (Carm. 2, 22).

o   Toda la vida  (Palabras, obras, silencios, su manera de ser, etc.) de Cristo es revelación del Padre

            n. 516: Toda la vida de Cristo es Revelación del Padre: sus palabras y sus obras, sus silencios y sus sufrimientos, su manera de ser y de hablar. Jesús puede decir: «Quien me ve a mí, ve al Padre» (Jn 14, 9), y el Padre: «Este es mi Hijo amado; escuchadle» (Lc 9, 35). ö Nuestro Señor, al haberse hecho para cumplir la voluntad del Padre (Cf Hb 10, 5-7), nos «manifestó el amor que nos tiene» (1 Jn 4, 9) incluso con los rasgos más sencillos de sus misterios.

o   La Iglesia venera las Escrituras como venera el Cuerpo del Señor

            n. 103: ...  la Iglesia ha venerado siempre las divinas Escrituras como venera también el Cuerpo del Señor. No cesa de presentar a los fieles el Pan de vida que se distribuye en la mesa de la Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo (Cf DV 21).

o   El Nuevo Testamento: su objetivo central es Jesucristo

            n. 124: «La Palabra de Dios, que es fuerza de Dios para la salvación del que cree, se encuentra y despliega su fuerza de modo privilegiado en el Nuevo Testamento» (DV 17). Estos escritos nos ofrecen la verdad definitiva de la Revelación divina. Su objeto central es Jesucristo, el Hijo de Dios encarnado, sus obras, sus enseñanzas, su pasión y su glorificación, así como los comienzos de su Iglesia bajo la acción del Espíritu Santo (Cf DV 20).

o   La Escritura en nuestra vida: fuente de vida espiritual; fácil acceso; lectura frecuente

            n. 131: LA SAGRADA ESCRITURA EN LA VIDA DE LA IGLESIA - «Es tan grande el poder y la fuerza de la palabra de Dios, que constituye sustento y vigor de la Iglesia, firmeza de fe para sus hijos, alimento del alma, fuente límpida y perenne de vida espiritual» (DV 21). «Los fieles han de tener fácil acceso a la Sagrada Escritura» (DV 22).

2. Una ambición en nuestra vida

v  Meditar la historia de Cristo

·         Es Cristo que pasa, 107: «Cuando se ama una persona se desean saber hasta los más mínimos detalles de su
existencia, de su carácter, para así identificarse con ella. Por eso hemos de meditar la historia de Cristo, desde su nacimiento en un pesebre, hasta su muerte y resurrección».

v  Una ambición noble para participar en la divina amistad en un recogimiento interior compatible con  nuestros deberes profesionales y con los de ciudadano.  

·         Amigos de Dios, 300: «Ruego al señor que nos decidamos a alimentar en nuestras almas la única ambición
noble, la única que merece la pena: ir junto a Jesucristo, como fueron su Madre Bendita y el Santo Patriarca, con ansia, con abnegación, sin descuidar nada. Participaremos en la dicha de la divina amistad  - en un recogimiento interior, compatible con  nuestros deberes profesionales y con los de ciudadano -, y le agradeceremos la delicadeza y la claridad con que El nos enseña a cumplir la Voluntad del Padre Nuestro que habita en los cielos».  

4. Condiciones para acoger al Señor: como luz, como liberador, etc. según se presentó él mismo. Realidades que tendremos que reconocer.

Sólo podremos entender a Jesús y alegrarnos de su anuncio, cuando comprendamos que nos trae una salvación real para nuestras prisiones, pobrezas y cegueras. Tendremos que reconocer, sin maquillaje ni ignorancias culpables, cuáles son las cosas que nos esclavizan, las que nos empobrecen y ciegan. Aguantar el tirón y el vértigo de que no todo es tan libre, ni tan autosuficiente, ni tan claro como nos creemos o nos hacen creer. Pero en el realismo de nuestras dificultades cotidianas, allí donde brotan los barrotes que esclavizan, los consumos que empobrecen nuestro corazón y la dignidad de los verdaderamente pobres, las oscuridades que nos ciegan, allí es donde somos convocados para escuchar el hoy de nuestra salvación, el hoy de nuestra libertad, de nuestra alegría y de nuestra luz. (Jesús Sanz Montes, Alfa y Omega n. 529).

5. Unas palabras de san Pablo especialmente importantes para percibir en nuestras vidas una realidad imprescindible: Jesús nos ama.

v  Gálatas 2, 20

-          Vivo, pero ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Y la vida que vivo ahora en la carne la vivo en
la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a si mismo por mí.

o   La certeza del amor incondicionado. La gran esperanza y esperanzas, grandes o pequeñas.

-          Benedicto XVI, Spe salvi n. 26 (30 noviembre 2007): No es la ciencia la que redime al hombre. El
hombre es redimido por el amor. Eso es válido incluso en el ámbito puramente intramundano. Cuando uno experimenta un gran amor en su vida, se trata de un momento de « redención » que da un nuevo sentido a su existencia. Pero muy pronto se da cuenta también de que el amor que se le ha dado, por sí solo, no soluciona el problema de su vida. Es un amor frágil. Puede ser destruido por la muerte. El ser humano necesita un amor incondicionado. Necesita esa certeza que le hace decir: « Ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni criatura alguna podrá apartarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro » (Rm 8,38-39). Si existe este amor absoluto con su certeza absoluta, entonces –sólo entonces– el hombre es « redimido », suceda lo que suceda en su caso particular. Esto es lo que se ha de entender cuando decimos que Jesucristo nos ha « redimido ». Por medio de Él estamos seguros de Dios, de un Dios que no es una lejana « causa primera » del mundo, porque su Hijo unigénito se ha hecho hombre y cada uno puede decir de Él: « Vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó hasta entregarse por mí » (Ga 2,20).
-          Ibidem n. 31. Más aún: nosotros necesitamos tener esperanzas – más grandes o más pequeñas –, que
día a día nos mantengan en camino. Pero sin la gran esperanza, que ha de superar todo lo demás, aquellas no bastan. Esta gran esperanza sólo puede ser Dios, que abraza el universo y que nos puede proponer y dar lo que nosotros por sí solos no podemos alcanzar. De hecho, el ser agraciado por un don forma parte de la esperanza. Dios es el fundamento de la esperanza; pero no cualquier dios, sino el Dios que tiene un rostro humano y que nos ha amado hasta el extremo, a cada uno en particular y a la humanidad en su conjunto. Su reino no es un más allá imaginario, situado en un futuro que nunca llega; su reino está presente allí donde Él es amado y donde su amor nos alcanza. Sólo su amor nos da la posibilidad de perseverar día a día con toda sobriedad, sin perder el impulso de la esperanza, en un mundo que por su naturaleza es imperfecto. Y, al mismo tiempo, su amor es para nosotros la garantía de que existe aquello que sólo llegamos a intuir vagamente y que, sin embargo, esperamos en lo más íntimo de nuestro ser: la vida que es « realmente » vida. Trataremos de concretar más esta idea en la última parte, fijando nuestra atención en algunos « lugares » de aprendizaje y ejercicio práctico de la esperanza.

Vida Cristiana


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