viernes, 26 de abril de 2019

Que ilumine a los pobres la luz de la resurrección: por Santiago Agrelo

Es el día octavo de nuestra fiesta de Pascua. La comunidad reunida en torno a Cristo resucitado, vuelve a entonar con él su salmo de alabanza al Dios de la vida: “Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia”.
Puedes decirlo con la casa de Israel; puedes decirlo con la casa de Aarón; puedes decirlo con los fieles del Señor; pero no dejes de decirlo con Cristo resucitado: “Eterna es su misericordia”.
Si confiesas que “Cristo ha resucitado”, vas diciendo que Cristo está en Dios; vas diciendo que aquel a quien viste crucificado, vive para siempre con la vida de Dios; vas diciendo que Cristo  está sentado a la derecha de Dios en el cielo; ¡y todo “porque el Señor es bueno, porque es eterna su misericordia”!
Si confiesas que “Cristo ha resucitado”, vas diciendo que Cristo está en ti; que aquel a quien tu fe contempla glorificado, vive contigo para siempre, vive en ti por su Espíritu, y por medio de ti continúa llevando a los pobres la buena noticia del Reino de Dios, ¡y todo “porque el Señor es bueno, porque es eterna su misericordia”!
Si confiesas que “Cristo ha resucitado”, vas diciendo que tu vida –tu pequeñez, tu debilidad, tu fragilidad, tu pobreza, tu miseria, tu noche- está escondida con Cristo en Dios; y que la vida de Dios –su grandeza, su fuerza, su poder, su gloria, su misericordia, su luz- está escondida con Cristo en ti.
Por eso, Iglesia cuerpo de Cristo, tu salmo es el de tu Señor, pues es de los dos la alegría y el gozo de este día en el que Dios hizo maravillas de amor, es de los dos la salvación cumplida en este día, es de los dos la prosperidad alcanzada.
Tú lo vas diciendo con Cristo resucitado, y él ya nunca lo dirá sin ti: “Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia”. Y a vuestro canto se unirá en todo tiempo el coro de los que van siendo iluminados por la caridad de la Iglesia con la luz de la resurrección de Cristo.
A vuestro canto se unirán los que crean sin haber visto, los que creyendo reciban de Cristo resucitado la paz y el Espíritu, los que se hayan acogido en ti a  la misericordia de Dios y hayan recibido de ti su perdón, lo que hayan conocido que Cristo vive porque tú los has amado.
“Alegraos en vuestra gloria, dando gracias a Dios, que os ha llamado al reino celestial”, a la vida con Cristo, a la gloria de su resurrección.
Feliz Pascua, queridos.

Papa Francisco, Catequesis, El sacramento de la confesión, Audiencia General del 19 de febrero de 2014.




[Chiesa/Testi/Confessione/ConfesiónAbrazoCalurosoDeLaMisericordiaDeDiosPadreFrancisco]

La confesión es un abrazo caluroso
de la misericordia de Dios Padre

v  Cfr. Papa Francisco, Catequesis, El sacramento de la confesión, Audiencia General del 19 de febrero de 2014.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

o   El sacramento de la Reconciliación es un sacramento de curación. Cuando yo voy a confesarme es para sanarme, curar mi alma, sanar el corazón y algo que hice y no funciona bien.

§  El perdón de nuestros pecados no es algo que podamos darnos nosotros mismos. Yo no puedo decir: me perdono los pecados. El perdón se pide, se pide a otro, y en la Confesión pedimos el perdón a Jesús.
A través de los sacramentos de iniciación cristiana, el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía, el hombre recibe la vida nueva en Cristo. Ahora, todos lo sabemos, llevamos esta vida «en vasijas de barro» (2 Cor 4, 7), estamos aún sometidos a la tentación, al sufrimiento, a la muerte y, a causa del pecado, podemos incluso perder la nueva vida. Por ello el Señor Jesús quiso que la Iglesia continúe su obra de salvación también hacia los propios miembros, en especial con el sacramento de la Reconciliación y la Unción de los enfermos, que se pueden unir con el nombre de «sacramentos de curación». El sacramento de la Reconciliación es un sacramento de curación. Cuando yo voy a confesarme es para sanarme, curar mi alma, sanar el corazón y algo que hice y no funciona bien. La imagen bíblica que mejor los expresa, en su vínculo profundo, es el episodio del perdón y de la curación del paralítico, donde el Señor Jesús se revela al mismo tiempo médico de las almas y los cuerpos (cf. Mc 2, 1-12; Mt 9, 1-8; Lc 5, 17-26).
El sacramento de la Penitencia y de la Reconciliación brota directamente del misterio pascual. En efecto, la misma tarde de la Pascua el Señor se aparece a los discípulos, encerrados en el cenáculo, y, tras dirigirles el saludo «Paz a vosotros», sopló sobre ellos y dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados» (Jn 20, 21-23). Este pasaje nos descubre la dinámica más profunda contenida en este sacramento. Ante todo, el hecho de que el perdón de nuestros pecados no es algo que podamos darnos nosotros mismos. Yo no puedo decir: me perdono los pecados. El perdón se pide, se pide a otro, y en la Confesión pedimos el perdón a Jesús. El perdón no es fruto de nuestros esfuerzos, sino que es un regalo, es un don del Espíritu Santo, que nos llena de la purificación de misericordia y de gracia que brota incesantemente del corazón abierto de par en par de Cristo crucificado y resucitado. En segundo lugar, nos recuerda que sólo si nos dejamos reconciliar en el Señor Jesús con el Padre y con los hermanos podemos estar verdaderamente en la paz. Y esto lo hemos sentido todos en el corazón cuando vamos a confesarnos, con un peso en el alma, un poco de tristeza; y cuando recibimos el perdón de Jesús estamos en paz, con esa paz del alma tan bella que sólo Jesús puede dar, sólo Él.

o   Uno puede decir: yo me confieso sólo con Dios. Sí, tú puedes decir a Dios «perdóname», y decir tus pecados, pero nuestros pecados son también contra los hermanos, contra la Iglesia. Por ello es necesario pedir perdón a la Iglesia, a los hermanos, en la persona del sacerdote.

A lo largo del tiempo, la celebración de este sacramento pasó de una forma pública —porque al inicio se hacía públicamente— a la forma personal, a la forma reservada de la Confesión. Sin embargo, esto no debe hacer perder la fuente eclesial, que constituye el contexto vital. En efecto, es la comunidad cristiana el lugar donde se hace presente el Espíritu, quien renueva los corazones en el amor de Dios y hace de todos los hermanos una cosa sola, en Cristo Jesús. He aquí, entonces, por qué no basta pedir perdón al Señor en la propia mente y en el propio corazón, sino que es necesario confesar humilde y confiadamente los propios pecados al ministro de la Iglesia. En la celebración de este sacramento, el sacerdote no representa sólo a Dios, sino a toda la comunidad, que se reconoce en la fragilidad de cada uno de sus miembros, que escucha conmovida su arrepentimiento, que se reconcilia con Él, que le alienta y le acompaña en el camino de conversión y de maduración humana y cristiana. Uno puede decir: yo me confieso sólo con Dios. Sí, tú puedes decir a Dios «perdóname», y decir tus pecados, pero nuestros pecados son también contra los hermanos, contra la Iglesia. Por ello es necesario pedir perdón a la Iglesia, a los hermanos, en la persona del sacerdote.

v  «Pero padre, yo me avergüenzo...».

o   Incluso la vergüenza es buena, es salud tener un poco de vergüenza, porque avergonzarse es saludable.

§  Incluso la vergüenza hace bien, porque nos hace humildes, y el sacerdote recibe con amor y con ternura esta confesión, y en nombre de Dios perdona.
«Pero padre, yo me avergüenzo...». Incluso la vergüenza es buena, es salud tener un poco de vergüenza, porque avergonzarse es saludable. Cuando una persona no tiene vergüenza, en mi país decimos que es un «sinvergüenza». Pero incluso la vergüenza hace bien, porque nos hace humildes, y el sacerdote recibe con amor y con ternura esta confesión, y en nombre de Dios perdona. También desde el punto de vista humano, para desahogarse, es bueno hablar con el hermano y decir al sacerdote estas cosas, que tanto pesan a mi corazón. Y uno siente que se desahoga ante Dios, con la Iglesia, con el hermano. No tener miedo de la Confesión. Uno, cuando está en la fila para confesarse, siente todas estas cosas, incluso la vergüenza, pero después, cuando termina la Confesión sale libre, grande, hermoso, perdonado, blanco, feliz. ¡Esto es lo hermoso de la Confesión! Quisiera preguntaros —pero no lo digáis en voz alta, que cada uno responda en su corazón—: ¿cuándo fue la última vez que te confesaste? Cada uno piense en ello... ¿Son dos días, dos semanas, dos años, veinte años, cuarenta años? Cada uno haga cuentas, pero cada uno se pregunte: ¿cuándo fue la última vez que me confesé? Y si pasó mucho tiempo, no perder un día más, ve, que el sacerdote será bueno. Jesús está allí, y Jesús es más bueno que los sacerdotes, Jesús te recibe, te recibe con mucho amor. Sé valiente y ve a la Confesión.

o   Celebrar el sacramento de la Reconciliación significa ser envueltos en un abrazo caluroso: es el abrazo de la infinita misericordia del Padre.

Queridos amigos, celebrar el sacramento de la Reconciliación significa ser envueltos en un abrazo caluroso: es el abrazo de la infinita misericordia del Padre. Recordemos la hermosa, hermosa parábola del hijo que se marchó de su casa con el dinero de la herencia; gastó todo el dinero, y luego, cuando ya no tenía nada, decidió volver a casa, no como hijo, sino como siervo. Tenía tanta culpa y tanta vergüenza en su corazón. La sorpresa fue que cuando comenzó a hablar, a pedir perdón, el padre no le dejó hablar, le abrazó, le besó e hizo fiesta. Pero yo os digo: cada vez que nos confesamos, Dios nos abraza, Dios hace fiesta. Sigamos adelante por este camino. Que Dios os bendiga.



Vida Cristiana

Domingo 2º de Pascua, Ciclo C. (2019). Domingo de la Misericordia Divina.




[Chiesa/Omelie1/Pasqua/2PascuaC19MisericordiaDivinaConfesiónCruz]

Ø Domingo 2º de Pascua, Ciclo C. (2019). Domingo de la Misericordia Divina. El Sacramento de la Confesión o del Perdón es el Sacramento de la Misericordia Divina. En el evangelio de hoy, el mensaje más importante transmitido a sus discípulos comprende tres elementos: a) la misión apostólica v. 21 («Como el Padre me envió, así os envío yo»);  b) el don del Espíritu v. 22 («Dicho esto sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo»); c) y el poder de perdonar los pecados v. 23 («a quienes les perdonareis los pecados les son  perdonados»). Cuántos desiertos debe atravesar hoy el ser humano, sobre todo el desierto que está dentro de él, cuando falta el amor de Dios  y del prójimo. Pero la misericordia de Dios puede hacer florecer hasta la tierra más árida, puede hacer revivir incluso a los huesos secos. He aquí, pues, la invitación que hago a todos: acojamos la gracia de la Resurrección de Cristo.

v  Cfr. 2º Pascua, Ciclo C, 28 de abril de 2019

            Todos los ciclos, A-B-C,  de este domingo tienen el mismo evangelio: Juan 20, 19-31.
Cfr. Temi di predicazione – omelie, Editrice Domenicana Italiana, n. 49 N uova Serie, Ciclo C, Napoli – Bari,  pp.8-16; Sagrada Biblia, Nuevo Testamento, Universidad de Navarra 1999;  Vincenzo Raffa, Liturgia Festiva, Anni A-B-C, Tipografia Poliglota Vaticana  1983, p. 953.

Juan 20, 19-31: 19 Al anochecer del día de la resurrección, estando cerradas las puertas de la casa donde se hallaban los discípulos, por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: "La paz esté con vosotros". 20 Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Cuando los discípulos vieron al Señor, se llenaron de alegría. 21 De nuevo les dijo Jesús: "La paz esté con vosotros. Como el Padre me ha enviado, así os envío yo". 22 Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: "Recibid al Espíritu Santo. 23 A quienes les perdonéis los pecados, les quedarán perdonados; a quienes se los retengáis, les serán retenidos". 24 Tomás, uno de los Doce, a quien llamaban el Gemelo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. 25 Los otros discípulos le dijeron: "Hemos visto al Señor". Pero él les contestó: "Si no veo en sus manos la señal de los clavos y si no meto mi dedo en los agujeros de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré". Ocho días después, estaban reunidos los discípulos a puerta cerrada y Tomás estaba con ellos. Jesús se presentó de nuevo en medio de ellos y les dijo: "La paz esté con vosotros". Luego le dijo a Tomás: "Aquí están mis manos; acerca tu dedo. Trae acá tu mano, métela en mi costado y no sigas dudando, sino cree". Tomás le respondió: '¡Señor mío y Dios mío!' 29 Jesús añadió: "Tú crees porque me has visto. Dichosos los que creen sin haber visto". 30 Muchos otros signos hizo también Jesús en presencia de sus discípulos, pero no están escritas en este libro. 31 Sin embargo, éstos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre.

El 5 de mayo del 2000 la Congregación del Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede declaró el Segundo Domingo de Pascua, es decir, el domingo siguiente al Domingo de Resurrección, como “Segundo Domingo de Pascua o de la Divina Misericordia”.
Juan Pablo II: “En todo el mundo el Segundo Domingo de Pascua recibirá el nombre de Domingo de la Divina Misericordia. Una invitación perenne para el mundo cristiano a afrontar, con confianza en la benevolencia divina, las dificultades y las pruebas que esperan al género humano en los años venideros”.
Así, lo que era una devoción privada, muy extendida ya en muchas partes del mundo católico, pasó a ser Fiesta oficial de la Iglesia. El Papa dispuso que se conservaran los mismos textos tanto en el Misal Romano, como en la Liturgia de las Horas.

El don de «perdonar los pecados»:
una ola de misericordia inunda toda la humanidad.

1. La institución del sacramento de la Misericordia Divina

·         El Sacramento de la Confesión o del Perdón es el Sacramento de la Misericordia Divina.
·         El texto evangélico de ese domingo (Juan. 20, 19-31) es elocuente en cuanto a la Misericordia Divina:
narra la institución del Sacramento de la Confesión o del Perdón. Es el Sacramento de la Misericordia Divina.
·         Sagrada Biblia, Nuevo Testamento, Universidad de Navarra 2004, nota 20, 19-23 “La misión  que el Señor da a
los  Apóstoles (vv. 22-23), similar al final del Evangelio de Mateo (Mt 28, 18ss), manifiesta el origen divino de la misión de la Iglesia y su poder para perdonar los pecados. «El Señor, principalmente entonces, instituyó el sacramento de la Penitencia, cuando, resucitado de entre los muertos, sopló sobre sus discípulos diciendo
‘Recibid el Espíritu Santo...’. Por este hecho tan insigne y por tan claras palabras, el común sentir de todos
Lo Padres entendió siempre que fue comunicada a los Apóstoles y a sus legítimos sucesores la potestad de
perdonar y retener los pecados para reconciliar a los fieles caídos en pecado después del bautismo» (C. De
Trento, De Penit.1).

o   Catecismo de la Iglesia Católica

·         n. 976: El Símbolo de los Apóstoles vincula la fe en el perdón de los pecados a la fe en el Espíritu Santo,
pero también a la fe en la Iglesia y en la comunión de los santos. Al dar el Espíritu Santo a sus apóstoles, Cristo resucitado les confirió su propio poder divino de perdonar los pecados: "Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos" (Juan  20,22-23).
·         n. 1422: Artículo 4: El sacramento de la Penitencia y de la Reconciliación.   «Los que se acercan al
sacramento de la Penitencia obtienen de la misericordia de Dios el perdón de los pecados cometidos contra El
y, al mismo tiempo, se reconcilian con la Iglesia, a la que ofendieron con sus pecados. Ella les mueve a
conversión con su amor, su ejemplo y sus oraciones» (Lumen gentium 11).
·         La Segunda parte del Catecismo tratará explícitamente del perdón de los pecados por el Bautismo, el
sacramento de la Penitencia y los demás sacramentos, sobre todo la Eucaristía. Aquí basta con evocar
brevemente, por tanto, algunos datos básicos.

2. Diversos aspectos del don de Jesús a los Apóstoles de “perdonar los pecados”.


v  A) El gesto de Jesús de mostrar las manos y el costado (v. 27): el don de «perdonar los pecados» brota de las heridas de sus manos y de sus pies, y de su costado traspasado. Una ola de misericordia inunda toda la humanidad.

·         Juan Pablo II, 22 abril 2001: “El evangelio, que acabamos de proclamar, nos ayuda a captar
plenamente el sentido y el valor de este don. El evangelista san Juan nos hace compartir la emoción que experimentaron los Apóstoles durante el encuentro con Cristo, después de su resurrección. Nuestra atención se centra en el gesto del Maestro, que transmite a los discípulos temerosos y atónitos la misión de ser ministros de la misericordia divina. Les muestra sus manos y su costado con los signos de su pasión, y les comunica: "Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo" (Jn 20, 21). E inmediatamente después "exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: "Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos"" (Jn 20, 22-23). Jesús les confía el don de "perdonar los pecados", un don que brota de las heridas de sus manos, de sus pies y sobre todo de su costado traspasado. Desde allí una ola de misericordia inunda toda la humanidad.”

v  B) En el evangelio de hoy, el mensaje más importante transmitido a sus discípulos comprende tres elementos:

a)      la misión apostólica v. 21 («Como el Padre me envió, así os envío yo»);  
b)      el don del Espíritu v. 22 («Dicho esto sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu  Santo»);
c)      y el poder de perdonar los pecados v. 23 («a quienes les perdonareis los pecados les son
     perdonados»).
·         Los discípulos continuarán en la Iglesia la misma misión de Jesús. Les da un “don inefable que
tan estrechamente los incorporaba a la obra divina, porque sólo Dios posee el poder de perdonar los pecados” [1]. Se harán guiar por el mismo Espíritu Santo que Jesús les transmitió soplando sobre ellos. Se debe notar que el gesto de soplar (v. 22) sobre ellos evoca el gesto creativo de Dios, que dio la vida al primer hombre plasmado del fango de la tierra: “e insufló en sus narices aliento de vida, y resultó el hombre un ser viviente” (Gén. 2,7). La remisión de los pecados supone la  vuelta de todo hombre a la original y perdida intimidad con Dios Padre, supone un nuevo comienzo, como una re-creación de la humanidad [2].

v  C) Jesús trae el Espíritu Santo en virtud de su crucifixión.

                                          Cfr. Juan Pablo II, Enc. Dominum et vivificantem, n. 24:
“La venida del Señor llena de gozo a los presentes: « Su tristeza se convierte en gozo » (Cf Juan 16,20), como ya había prometido antes de su pasión. Y sobre todo se verifica el principal anuncio del discurso de despedida: Cristo resucitado, como si preparara una nueva creación, « trae » el Espíritu Santo a los apóstoles. Lo trae a costa de su « partida »; les da este Espíritu como a través de las heridas de su crucifixión: « les mostró las manos y el costado ». En virtud de esta crucifixión les dice: « Recibid el Espíritu Santo ».
Se establece así una relación profunda entre el envío del Hijo y el del Espíritu Santo. No se da el
envío del Espíritu Santo (después del pecado original) sin la Cruz y la Resurrección: « Si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito ».(Juan 16,7) Se establece también una relación íntima entre la misión del Espíritu Santo y la del Hijo en la Redención. La misión del Hijo, en cierto modo, encuentra su « cumplimiento » en la Redención: « Recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros ».(Juan  16,15) La Redención es realizada totalmente por el Hijo, el Ungido, que ha venido y actuado con el poder del Espíritu Santo, ofreciéndose finalmente en sacrificio supremo sobre el madero de la Cruz. Y esta Redención, al mismo tiempo, es realizada constantemente en los corazones y en las conciencias humanas —en la historia del mundo— por el Espíritu Santo, que es el « otro Paráclito ».”        

v  D)  Juan Pablo II: La Misericordia revelada en la cruz y en la resurrección.

                            Cfr. Enc. Dives in misericordia, nn. 7-8
El mensaje mesiánico de Cristo y su actividad entre los hombres terminan con la cruz y la  resurrección. (...)
El misterio pascual es el culmen de esta revelación y actuación de la misericordia, que es capaz de justificar al hombre, de restablecer la justicia en el sentido del orden salvífico querido por Dios desde el principio para el hombre y, mediante el hombre, en el mundo. Cristo que sufre, habla sobre todo al hombre, y no solamente al creyente. También el hombre no creyente podrá descubrir en El la elocuencia de la solidaridad con la suerte humana, como también la armoniosa plenitud de una dedicación desinteresada a la causa del hombre, a la verdad y al amor. (...)

o   Creer en el Hijo crucificado significa « ver al Padre », (Cf. Juan 14,9) significa creer que el amor está presente en el mundo y que este amor es más fuerte que toda clase de mal, en que el hombre, la humanidad, el mundo están metidos. Creer en ese amor significa creer en la misericordia.

Creer en el Hijo crucificado significa « ver al Padre », (Cf. Juan 14,9) significa creer que el amor está presente en el mundo y que este amor es más fuerte que toda clase de mal, en que el hombre, la humanidad, el mundo están metidos. Creer en ese amor significa creer en la misericordia. En efecto, es ésta la dimensión indispensable del amor, es como su segundo nombre y a la vez el modo específico de su revelación y actuación respecto a la realidad del mal presente en el mundo que afecta al hombre y lo asedia, que se insinúa asimismo en su corazón y puede hacerle « perecer en la gehenna ».(Mateo 10, 28)

v  E) Un amor más fuerte que la muerte, más fuerte que el pecado.

                                    Cfr. Juan Pablo II, Enc. Dives in misericordia, n. 8:

o   La cruz es como un toque del amor eterno sobre las heridas más dolorosas de la existencia terrena del hombre

La cruz es la inclinación más profunda de la Divinidad hacia el hombre y todo lo que el hombre —de modo especial en los momentos difíciles y dolorosos— llama su infeliz destino. La cruz es como un toque del amor eterno sobre las heridas más dolorosas de la existencia terrena del hombre, es el cumplimiento, hasta el final, del programa mesiánico que Cristo formuló una vez en la sinagoga de Nazaret (Lucas 4, 18-31) y repitió más tarde ante los enviados de Juan Bautista(Lucas 7, 20-23). Según las palabras ya escritas en la profecía de Isaías,(Isaías 35,5; 61, 1-3) tal programa consistía en la revelación del amor misericordioso a los pobres, los que sufren, los prisioneros, los ciegos, los oprimidos y los pecadores. (...)
Cristo, a quien el Padre « no perdonó » (Romanos 8,32) en bien del hombre y que en su pasión así como en el suplicio de la cruz no encontró misericordia humana, en su resurrección ha revelado la plenitud del amor que el Padre nutre por El y, en El, por todos los hombres. « No es un Dios de muertos, sino de vivos »(Marcos 12,27). En su resurrección Cristo ha revelado al Dios de amor misericordioso, precisamente porque ha aceptado la cruz como vía hacia la resurrección. Por esto —cuando recordamos la cruz de Cristo, su pasión y su muerte— nuestra fe y nuestra esperanza se centran en el Resucitado: en Cristo que « la tarde de aquel mismo día, el primero después del sábado... se presentó en medio de ellos » en el Cenáculo, « donde estaban los discípulos,... alentó sobre ellos y les dijo: recibid el Espíritu Santo; a quienes perdonéis los pecados les serán perdonados y a quienes los retengáis les serán retenidos » (Juan 20, 19-23).

o   El Hijo de Dios en su resurrección ha experimentado radicalmente la misericordia,  es decir, el amor del Padre que es más fuerte que la muerte y se revela a sí mismo como fuente inagotable de la misericordia.

Este es el Hijo de Dios que en su resurrección ha experimentado de manera radical en sí mismo la misericordia, es decir, el amor del Padre que es más fuerte que la muerte. Y es también el mismo Cristo, Hijo de Dios, quien al término —y en cierto sentido, más allá del término— de su misión mesiánica, se revela a sí mismo como fuente inagotable de la misericordia, del mismo amor que, en la perspectiva ulterior de la historia de la salvación en la Iglesia, debe confirmarse perennemente más fuerte que el pecado. El Cristo pascual es la encarnación definitiva de la misericordia, su signo viviente: histórico-salvífico y a la vez escatológico. En el mismo espíritu, la liturgia del tiempo pascual pone en nuestros labios las palabras del salmo: « Cantaré eternamente las misericordias del Señor » (Cf Sal 89[88],2).

3. El salmo responsorial de hoy: 117

R. La misericordia del Señor es eterna. Aleluya.
L. Diga la casa de Israel: "Su misericordia es eterna". Diga la casa de Aarón: "Su misericordia es eterna". Digan los que temen al Señor: "'Su misericordia es eterna" /R.
L. La piedra que desecharon los constructores, es ahora la piedra angular. Esto es obra de la mano del Señor, es un milagro patente. Este es el día del triunfo del Señor, día de júbilo y de gozo /R.
L. Libéranos, Señor, y danos tu victoria. Bendito el que viene en nombre del Señor. Que Dios desde su templo nos bendiga. Que el Señor, nuestro Dios, nos ilumine/ /R.

 

v  La piedra que descartaron los constructores, es ahora la piedra angular

Cfr. Vincenzo Raffa, Liturgia Festiva, Anni A-B-C, Tipografia Poliglota –Vaticana  1983, p. 953.

“El Antiguo Testamento recurre a veces a la metáfora de la piedra para indicar el punto de fuerza de un nuevo orden querido por Dios, y para delinear  también la suerte feliz de cuantos se inscriben y la desgracia de los que lo repudian. Isaías 28, 16:  «He aquí que yo pongo por fundamento en Sión una piedra elegida, angular, preciosa y fundamental: quien tuviere fe en ella no vacilará». Isaías 8,14-15: «Dios 14 Será piedra de tropiezo, la roca desde la que se despeñen ... 15 Muchos tropezarán en ella, caerán y se harán pedazos,  quedarán atrapados y presos»
            En conformidad con la imagen profética de la piedra como fundamento, el Mesías fue matado por los Hebreos («piedra descartada») y resucitado por Dios para ser la cabeza de un nuevo pueblo de elegidos, santos, sacerdotes del Altísimo («convertido en piedra angular»). (...)
            En el ámbito de la salvación total del hombre no existe otro fundamento que Cristo (Hechos 4,12; 1 Corintios 3, 11; cfr. Romanos 15, 20-21).
            La seguridad de una construcción depende del fundamento. Quien pone a Cristo como fundamento con fe operativa, tiene la garantía de la vida eterna (Romanos 9,33; 1 Pedro 2, 6-11). Pero es fatal precipitar sobre un bloque o ser golpeado por él. Quien se arroja sobre Cristo, o quien es golpeado por su condena, está contra Dios y, por tanto, se pierde (Mateo 21, 44; Romanos 9, 32-33; 1 Pedro 2,8).
            A este propósito se podría recordar la comparación de la casa fundada sobre la roca y  la fundada sobre la arena (Mateo 7, 24-27; Lucas 6, 47-49).” (Vincenzo Raffa, o.c. p. 953).

4. Cuántos desiertos debe atravesar hoy el ser humano, sobre todo el desierto que está dentro de él, cuando falta el amor de Dios  y del prójimo.

     Cfr. Papa Francisco, Mensaje de Pascua de 2013

o   Pero la misericordia de Dios puede hacer florecer hasta la tierra más árida, puede hacer revivir incluso a los huesos secos. He aquí, pues, la invitación que hago a todos: acojamos la gracia de la Resurrección de Cristo.

·         Pidamos a Jesús resucitado, que transforma la muerte en vida, que cambie el odio en amor, la venganza en perdón, la guerra en paz. Sí, Cristo es nuestra paz, e imploremos por medio de él la paz para el mundo entero.

Cuántos desiertos debe atravesar el ser humano también hoy. Sobre todo el desierto que está dentro de él, cuando falta el amor de Dios y del prójimo, cuando no se es consciente de ser custodio de todo lo que el Creador nos ha dado y nos da. Pero la misericordia de Dios puede hacer florecer hasta la tierra más árida, puede hacer revivir incluso a los huesos secos. He aquí, pues, la invitación que hago a todos: Acojamos la gracia de la Resurrección de Cristo. Dejémonos renovar por la misericordia de Dios, dejemos que la fuerza de su amor transforme también nuestras vidas; y hagámonos instrumentos de esta misericordia, cauces a través de los cuales Dios pueda regar la tierra, custodiar toda la creación y hacer florecer la justicia y la paz. Así, pues, pidamos a Jesús resucitado, que transforma la muerte en vida, que cambie el odio en amor, la venganza en perdón, la guerra en paz. Sí, Cristo es nuestra paz, e imploremos por medio de él la paz para el mundo entero.

5. San Josemaría Escrivà

v  Cfr. Amigos de Dios, 215: Dios no se cansa de perdonar

“Advierte la Escritura Santa que hasta el justo cae siete veces [Proverbios 24, 16.]. Siempre que he leído estas palabras, se ha estremecido mi alma con una fuerte sacudida de amor y de dolor. Una vez más viene el Señor a nuestro encuentro, con esa advertencia divina, para hablarnos de su misericordia, de su ternura, de su clemencia, que nunca se acaban. Estad seguros: Dios no quiere nuestras miserias, pero no las desconoce, y cuenta precisamente con esas debilidades para que nos hagamos santos.
   Una sacudida de amor, os decía. Miro mi vida y, con sinceridad, veo que no soy nada, que no valgo nada, que no tengo nada, que no puedo nada; más: ¡que soy la nada!, pero Él es el todo y, al mismo tiempo, es mío, y yo soy suyo, porque no me rechaza, porque se ha entregado por mí. ¿Habéis contemplado amor más grande?
      Y una sacudida de dolor, pues repaso mi conducta, y me asombro ante el cúmulo de mis negligencias. Me basta examinar las pocas horas que llevo de pie en este día, para descubrir tanta falta de amor, de correspondencia fiel. Me apena de veras este comportamiento mío, pero no me quita la paz. Me postro ante Dios, y le expongo con claridad mi situación. Enseguida recibo la seguridad de su asistencia, y escucho en el fondo de mi corazón que El me repite despacio: meus es tu! [Isaías 43, 1]; sabía -y sé- cómo eres, ¡adelante!
      No puede ser de otra manera. Si acudimos continuamente a ponernos en la presencia del Señor, se acrecentará nuestra confianza, al comprobar que su Amor y su llamada permanecen actuales: Dios no se cansa de amarnos. La esperanza nos demuestra que, sin Él, no logramos realizar ni el más pequeño deber; y con El, con su gracia, cicatrizarán nuestras heridas; nos revestiremos con su fortaleza para resistir a los ataques del enemigo, y mejoraremos. En resumen: la conciencia de que estamos hechos de barro de botijo nos ha de servir, sobre todo, para afirmar nuestra esperanza en Cristo Jesús.


Vida Cristiana


[1] Louis Claude de Fillion, Nuestro Señor Jesucristo según los Evangelios, Edibesa 2000, p. 434
[2] Cf. Biblia de Jerusalén, Desclée De Brouwer, Bilbao 1998, nota a Juan 20,22

“Una sociedad civilizada debe eliminar el sufrimiento, no al sufriente” LUIS LUQUE - 5.ABR.2019 - Aceprensa




“Una sociedad civilizada debe eliminar el sufrimiento,
no al sufriente”
LUIS LUQUE - 5.ABR.2019 - Aceprensa

El caso de María José Carrasco, la sexagenaria enferma de esclerosis múltiple a la que su marido ayudó a suicidarse, ha abierto telediarios en los últimos días. El esposo, Ángel Hernández, que cuidó de ella durante décadas, fue arrestado tras confesar su acción y, poco después, puesto en libertad a la espera de juicio.
Empujada a escena por este drama, la eutanasia vuelve como tema en plena campaña electoral en España, con algunos políticos señalando culpables por la tragedia, pero sin hacer demasiado hincapié en que los cuidados paliativos, la alternativa eficaz al suicidio asistido, deben llegar a cada ciudadano que los necesite.
También algunos juristas han tomado la palabra, básicamente para buscarle atenuantes al asunto, toda vez que la ley habla de penas de prisión de 2 a 5 años para quien coopere con el suicidio de una persona. “En casos concretos, cuando se hace por amor y a petición, no sé si hay un reproche penal que justifique que esa persona entre en prisión”, dice a El PaísFederico Montalvo, presidente del Comité Español de Bioética. El “amor” sale a la palestra.

Aceprensa ha conversado brevemente sobre el suceso con el Dr. Marcos Gómez Sancho, quien fue presidente de la Sociedad Española de Cuidados Paliativos (SECPAL) entre 1995 y 2000:
— Respecto a María José Carrasco, estamos ante un caso muy avanzado de esclerosis múltiple. Según su esposo, ella tuvo acceso a los cuidados paliativos. ¿Puede hacerse un control efectivo de los síntomas en un caso de este tipo?

— Los síntomas en estos casos no suelen ser muchos. Lo preocupante es la discapacidad. La persona va perdiendo fuerza, no es capaz de levantarse, no puede tragar, no puede hablar… No hay síntomas como el dolor. Lo preocupante es la invalidez a la que se ve abocada de forma lenta.

o   Atender a los enfermos y a sus familiares


— ¿Qué papel deben desempeñar los paliativos en una situación así?

— El mismo que con todos los enfermos: mejorar su calidad de vida en la medida de lo posible y atender también a los familiares, que suelen pasarlo muy mal. Esta enferma estuvo en cuidados paliativos y luego en un centro, pero la mayor parte del tiempo estuvo en su casa, y por lo que sé, sin demasiadas ayudas.
Toda la sociedad tiene que unir esfuerzos para dar respuesta a las necesidades de estos enfermos. Necesitan más ayudas, probablemente económicas. En España, cada día mueren cien personas en una siniestra lista de espera, mientras aguardan el dinero que les corresponde como ayuda por la ley. ¡Cien cada día! Habría que darles antes esas ayudas, agilizar la forma en que se administran para que las reciban a tiempo.
El proyecto de ley de la eutanasia, por ejemplo, garantiza que desde que se solicite el procedimiento hasta que se ejecute, no pasen más de 35 días. ¡Digo yo que se podían dar la misma prisa con las ayudas económicas a los enfermos que las necesitan y que tienen derecho a ellas!
En España hay cada año 75.000 personas con necesidades muy agudas que no reciben cuidados paliativos y por tanto mueren con un sufrimiento evitable
Este caso que ha saltado a la opinión pública en Madrid, me produce auténtico escalofrío. Me da la impresión de que el marido estaba muy agotado: era el único cuidador, 30 años asistiendo a su esposa. Eso no puede ser. Tiene que haber personas ayudando, posibilidades de ingresar al paciente en algún centro y darles un respiro a los cuidadores. Probablemente se puedan hacer más cosas que las que se hacen.
— En su carta, el esposo de María José explica que los paliativos “de buena calidad, como los que ha recibido ella, deben ser un derecho de todos los que lo necesiten y demanden, pero también tiene que existir el derecho al suicidio asistido”. ¿Pueden acaso ser opciones alternativas o complementarias?

— En España hay cada año 75.000 personas con necesidades muy agudas que no reciben cuidados paliativos y, por tanto, mueren con un sufrimiento intenso y perfectamente evitable si se les hubieran suministrado. Estos 75.000 enfermos no pueden elegir entre eutanasia y cuidados paliativos, ¡porque no hay cuidados paliativos para ellos! Por eso decimos que lo más urgente y coherente es implementarlos para que tengan acceso todos los enfermos que los necesiten, algo que hoy no es una realidad.
Muchas personas vienen a las unidades de cuidados paliativos solicitando una inyección para morir, y cuando les preguntamos qué tratamiento han estado llevando, resulta que están tomando un nolotil o un paracetamol. Cuando se les aplica la morfina y dejan de sentir el dolor, dejan de pedir lo primero. Por tanto, la coherencia es que el primer paso sea cuidar al enfermo; ahora bien, ¿a pesar de eso habrá enfermos que querrán la eutanasia? Los habrá. Pero afortunadamente no serán tantos. Por lo general la gente no se quiere morir: quiere vivir, siempre que pueda hacerlo decente y adecuadamente.
– El esposo fue detenido y poco después liberado sin medidas cautelares…

– Es realmente muy difícil llevar a la cárcel a un hombre que, hartos de sufrir él y su esposa, ha tomado esta decisión por iniciativa de la enferma. Se le aplicarán los atenuantes que figuran en el Código Penal, y me parece que ni siquiera entrará en la cárcel, porque es un drama muy grande. Los jueces tienen que aplicar la legislación vigente, y eso está fuera de nuestro alcance.
Yo no soy favorable a la eutanasia. Mientras haya 75.000 enfermos que mueran por sufrimiento intenso por no recibir cuidados paliativos, mientras todos los pacientes españoles no reciban una atención adecuada y de calidad, no se puede hablar de eutanasia. Una sociedad civilizada tiene que disponer de una manera de eliminar el sufrimiento que no sea eliminar al sufriente. Hay muchas deficiencias en la atención, y la eutanasia no es nada prioritario. Sí lo es atender a los pacientes. Eso, y dar las ayudas establecidas e incluso aumentarlas, es lo realmente urgente.



Vida Cristiana

domingo, 21 de abril de 2019

Benedicto XVI, Homilía en la Vigilia Pascual del año 2010, 3 de abril.




[Chiesa/Omelie1/SettimanaSanta/VigiliaPascual/VigiliaPascual19NuevaVidaInmortalidadBautismoBXVI]

Ø Vigilia Pascual (20 de abril del 2019). Homilía de Benedicto XVI en la Vigilia Pascual del

2010. El Bautismo es fármaco de inmortalidad. Es el comienzo de un camino que abarca toda nuestra existencia, que nos hace capaces de eternidad, de manera que con el vestido de luz de Cristo podamos comparecer en presencia de Dios y vivir por siempre con él. Es muerte y resurrección, renacimiento a la vida nueva. El Señor resucitado nos da la alegría: la verdadera vida. La hierba medicinal contra la muerte existe.


v  Cfr. Benedicto XVI, Homilía en la Vigilia Pascual del año 2010, 3 de abril. 

Queridos hermanos y hermanas

o   Una leyenda judía: la aflicción del hombre ante el destino de enfermedad, dolor y muerte que se le ha impuesto.

§  Se pone en evidencia la resistencia que el hombre opone a la muerte.
Una antigua leyenda judía tomada del libro apócrifo «La vida de Adán y Eva» cuenta que Adán, en la enfermedad que le llevaría a la muerte, mandó a su hijo Set, junto con Eva, a la región del Paraíso para traer el aceite de la misericordia, de modo que le ungiesen con él y sanara. Después de tantas oraciones y llanto de los dos en busca del árbol de la vida, se les apareció el arcángel Miguel para decirles que no conseguirían el óleo del árbol de la misericordia, y que Adán tendría que morir. Algunos lectores cristianos han añadido posteriormente a esta comunicación del arcángel una palabra de consuelo. El arcángel habría dicho que, después de 5.500 años, vendría el Rey bondadoso, Cristo, el Hijo de Dios, y ungiría con el óleo de su misericordia a todos los que creyeran en él: «El óleo de la misericordia se dará de eternidad en eternidad a cuantos renaciesen por el agua y el Espíritu Santo. Entonces, el Hijo de Dios, rico en amor, Cristo, descenderá en las profundidades de la tierra y llevará a tu padre al Paraíso, junto al árbol de la misericordia».
En esta leyenda puede verse toda la aflicción del hombre ante el destino de enfermedad, dolor y muerte que se le ha impuesto. Se pone en evidencia la resistencia que el hombre opone a la muerte. En alguna parte — han pensado repetidamente los hombres — deberá haber una hierba medicinal contra la muerte. Antes o después, se deberá poder encontrar una medicina, no sólo contra esta o aquella enfermedad, sino contra la verdadera fatalidad, contra la muerte. En suma, debería existir la medicina de la inmortalidad. También hoy los hombres están buscando una sustancia curativa de este tipo.

o   El Bautismo, fármaco de inmortalidad. La verdadera hierba medicinal contra la muerte.

§  No debería llevar sólo a prolongar indefinidamente esta vida actual, sino más bien transformar nuestra vida desde dentro.
Esta medicina se nos da en el Bautismo.
También la ciencia médica actual está tratando, si no de evitar propiamente la muerte, sí de eliminar el mayor número posible de sus causas, de posponerla cada vez más, de ofrecer una vida cada vez mejor y más longeva. Pero, reflexionemos un momento: ¿qué ocurriría realmente si se lograra, tal vez no evitar la muerte, pero sí retrasarla indefinidamente y alcanzar una edad de varios cientos de años? ¿Sería bueno esto? La humanidad envejecería de manera extraordinaria, y ya no habría espacio para la juventud. Se apagaría la capacidad de innovación y una vida interminable, en vez de un paraíso, sería más bien una condena. La verdadera hierba medicinal contra la muerte debería ser diversa. No debería llevar sólo a prolongar indefinidamente esta vida actual. Debería más bien transformar nuestra vida desde dentro. Crear en nosotros una vida nueva, verdaderamente capaz de eternidad, transformarnos de tal manera que no se acabara con la muerte, sino que comenzara en plenitud sólo con ella. Lo nuevo y emocionante del mensaje cristiano, del Evangelio de Jesucristo era, y lo es aún, esto que se nos dice: sí, esta hierba medicinal contra la muerte, este fármaco de inmortalidad existe. Se ha encontrado. Es accesible. Esta medicina se nos da en el Bautismo. Una vida nueva comienza en nosotros, una vida nueva que madura en la fe y que no es truncada con la muerte de la antigua vida, sino que sólo entonces sale plenamente a la luz.
El Bautismo es el comienzo de un camino que abarca toda nuestra existencia, que nos hace capaces de eternidad, de manera que con el vestido de luz de Cristo podamos comparecer en presencia de Dios y vivir por siempre con él.
Ante esto, algunos, tal vez muchos, responderán: ciertamente oigo el mensaje, sólo que me falta la fe. Y también quien desea creer preguntará: ¿Es realmente así? ¿Cómo nos lo podemos imaginar? ¿Cómo se desarrolla esta transformación de la vieja vida, de modo que se forme en ella la vida nueva que no conoce la muerte? Una vez más, un antiguo escrito judío puede ayudarnos a hacernos una idea de ese proceso misterioso que comienza en nosotros con el Bautismo. En él, se cuenta cómo el antepasado Henoc fue arrebatado por Dios hasta su trono. Pero él se asustó ante las gloriosas potestades angélicas y, en su debilidad humana, no pudo contemplar el rostro de Dios. «Entonces — prosigue el libro de Henoc — Dios dijo a Miguel: “Toma a Henoc y quítale sus ropas terrenas. Úngelo con óleo suave y revístelo con vestiduras de gloria”. Y Miguel quitó mis vestidos, me ungió con óleo suave, y este óleo era más que una luz radiante... Su esplendor se parecía a los rayos del sol. Cuando me miré, me di cuenta de que era como uno de los seres gloriosos» (Ph. Rech, Inbild des Kosmos, II 524).  
Precisamente esto, el ser revestido con los nuevos indumentos de Dios, es lo que sucede en el Bautismo; así nos dice la fe cristiana. Naturalmente, este cambio de vestidura es un proceso que dura toda la vida. Lo que ocurre en el Bautismo es el comienzo de un camino que abarca toda nuestra existencia, que nos hace capaces de eternidad, de manera que con el vestido de luz de Cristo podamos comparecer en presencia de Dios y vivir por siempre con él.
§  El rito de las renuncias (las vestiduras que dejamos) y de las promesas
En el rito del Bautismo hay dos elementos en los que se expresa este acontecimiento, y en los que se pone también de manifiesto su necesidad para el transcurso de nuestra vida. Ante todo, tenemos el rito de las renuncias y promesas. En la Iglesia antigua, el bautizando se volvía hacia el occidente, símbolo de las tinieblas, del ocaso del sol, de la muerte y, por tanto, del dominio del pecado. Miraba en esa dirección y pronunciaba un triple «no»: al demonio, a sus pompas y al pecado. Con esta extraña palabra, «pompas», es decir, la suntuosidad del diablo, se indicaba el esplendor del antiguo culto de los dioses y del antiguo teatro, en el que se sentía gusto viendo a personas vivas desgarradas por bestias feroces. Con este «no» se rechazaba un tipo de cultura que encadenaba al hombre a la adoración del poder, al mundo de la codicia, a la mentira, a la crueldad. Era un acto de liberación respecto a la imposición de una forma de vida, que se presentaba como placer y que, sin embargo, impulsaba a la destrucción de lo mejor que tiene el hombre. Esta renuncia —sin tantos gestos externos— sigue siendo también hoy una parte esencial del Bautismo. En él, quitamos las «viejas vestiduras» con las que no se puede estar ante Dios. Dicho mejor aún, empezamos a despojarnos de ellas. En efecto, esta renuncia es una promesa en la cual damos la mano a Cristo, para que Él nos guíe y nos revista. Lo que son estas «vestiduras» que dejamos y la promesa que hacemos, lo vemos claramente cuando leemos, en el quinto capítulo de la  Carta a los Gálatas, lo que Pablo llama «obras de la carne», término que significa precisamente las viejas vestiduras que se han de abandonar. Pablo las llama así: «fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, enemistades, contiendas, celos, rencores, rivalidades, partidismo, sectarismo, envidias, borracheras, orgías y cosas por el estilo» (Ga 5,19ss.). Estas son las vestiduras que dejamos; son vestiduras de la muerte.  
Dios nos viste con indumentos de luz, las nuevas «vestiduras» fruto del Espíritu. Pablo las llama con las siguientes palabras: amor, alegría, paz, servicialidad, bondad, lealtad, amabilidad, dominio de sí.
En la Iglesia antigua, el bautizando se volvía después hacia el oriente, símbolo de la luz, símbolo del nuevo sol de la historia, del nuevo sol que surge, símbolo de Cristo. El bautizando determina la nueva orientación de su vida: la fe en el Dios trinitario al que él se entrega. Así, Dios mismo nos viste con indumentos de luz, con el vestido de la vida. Pablo llama a estas nuevas «vestiduras» «fruto del Espíritu» y las describe con las siguientes palabras: «Amor, alegría, paz, comprensión, servicialidad, bondad, lealtad, amabilidad, dominio de sí» (Ga 5, 22).
En la Iglesia antigua, el bautizando era a continuación desvestido realmente de sus ropas. Descendía en la fuente bautismal y se le sumergía tres veces; era un símbolo de la muerte que expresa toda la radicalidad de dicho despojo y del cambio de vestiduras. Esta vida, que en todo caso está destinada a la muerte, el bautizando la entrega a la muerte, junto con Cristo, y se deja llevar y levantar por Él a la vida nueva que lo transforma para la eternidad. Luego, al salir de las aguas bautismales, los neófitos eran revestidos de blanco, el vestido de luz de Dios, y recibían una vela encendida como signo de la vida nueva en la luz, que Dios mismo había encendido en ellos. Lo sabían, habían obtenido el fármaco de la inmortalidad, que ahora, en el momento de recibir la santa comunión, tomaba plenamente forma. En ella recibimos el Cuerpo del Señor resucitado y nosotros mismos somos incorporados a este Cuerpo, de manera que estamos ya resguardados en Aquel que ha vencido a la muerte y nos guía a través de la muerte.
§  El Bautismo es muerte y resurrección, renacimiento a la vida nueva.
En el curso de los siglos, los símbolos se han ido haciendo más escasos, pero lo que acontece esencialmente en el Bautismo ha permanecido igual. No es solamente un lavacro, y menos aún una acogida un tanto compleja en una nueva asociación. Es muerte y resurrección, renacimiento a la vida nueva.

o   El Señor resucitado nos da la alegría: la verdadera vida. La hierba medicinal contra la muerte existe.

Sí, la hierba medicinal contra la muerte existe. Cristo es el árbol de la vida hecho de nuevo accesible. Si nos atenemos a Él, entonces estamos en la vida. Por eso cantaremos en esta noche de la resurrección, de todo corazón, el aleluya, el canto de la alegría que no precisa palabras. Por eso, Pablo puede decir a los Filipenses: «Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito: estad alegres» (Flp 4,4). No se puede ordenar la alegría. Sólo se la puede dar. El Señor resucitado nos da la alegría: la verdadera vida. Estamos ya cobijados para siempre en el amor de Aquel a quien ha sido dado todo poder en el cielo y sobre la tierra (cf. Mt 28,18). Por eso pedimos, seguros de ser escuchados, con la oración sobre las ofrendas que la Iglesia eleva en esta noche: Escucha, Señor, la oración de tu pueblo y acepta sus ofrendas, para que aquello que ha comenzado con los misterios pascuales nos ayude, por obra tuya, como medicina para la eternidad. Amén.

Vida Cristiana



Papa Francisco, Homilía de la Vigilia Pascual del año 2013 30 de marzo



[Chiesa/Omelie1/VigiliaPascual/C19SorpresasDiosJesúsViveHacerMemoriaDiosHaHechoPorNosotrosFrancisco]

Ø La Vigilia Pascual (2019). Homilía de Papa Francisco, en la Vigilia Pascual del año 2013. Las
sorpresas que Dios trae a nuestras vidas. No hay situaciones que Dios no pueda cambiar, no hay pecado que no pueda perdonar si nos abrimos a él.  No nos cerremos a las novedades que Dios quiere traer a nuestras vidas. «¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado» Jesús es el «hoy» eterno de Dios. Así, la novedad de Dios se presenta ante los ojos de las mujeres, de los discípulos, de todos nosotros: la victoria sobre el pecado, sobre el mal, sobre la muerte, sobre todo lo que oprime la vida, y le da un rostro menos humano. La invitación a hacer memoria del encuentro con Jesús, de sus palabras, sus gestos, su vida; este recordar con amor la experiencia con el Maestro, es lo que hace que las mujeres superen todo temor y que lleven la proclamación de la Resurrección a los Apóstoles y a todos los otros. Hacer memoria de lo que Dios ha hecho por mí, por nosotros, hacer memoria del camino recorrido; y esto abre el corazón de par en par a la esperanza para el futuro. Aprendamos a hacer memoria de lo que Dios ha hecho en nuestras vidas.

v   Cfr. Papa Francisco, Homilía de la Vigilia Pascual del año 2013

30 de marzo
Queridos hermanos y hermanas 

1. Las novedades, las sorpresas que Dios trae a nuestras vidas.

o   Tenemos miedo de las sorpresas de Dios. Él nos sorprende siempre. Dios es así.

§  Hermanos y hermanas, no nos cerremos a la novedad que Dios quiere traer a nuestras vidas.
No hay situaciones que Dios no pueda cambiar, no hay pecado que no pueda perdonar si nos abrimos a él. Cuando la novedad nos da miedo.
A. En el Evangelio de esta noche luminosa de la Vigilia Pascual, encontramos primero a las mujeres que van al sepulcro de Jesús, con aromas para ungir su cuerpo (cf. Lc 24,1-3). Van para hacer un gesto de compasión, de afecto, de amor; un gesto tradicional hacia un ser querido difunto, como hacemos también nosotros. Habían seguido a Jesús. Lo habían escuchado, se habían sentido comprendidas en su dignidad, y lo habían acompañado hasta el final, en el Calvario y en el momento en que fue bajado de la cruz. Podemos imaginar sus sentimientos cuando van a la tumba: una cierta tristeza, la pena porque Jesús les había dejado, había muerto, su historia había terminado. Ahora se volvía a la vida de antes. Pero en las mujeres permanecía el amor, y es el amor a Jesús lo que les impulsa a ir al sepulcro. Pero, a este punto, sucede algo totalmente inesperado, una vez más, que perturba sus corazones, trastorna sus programas y alterará su vida: ven corrida la piedra del sepulcro, se acercan, y no encuentran el cuerpo del Señor. Esto las deja perplejas, dudosas, llenas de preguntas: «¿Qué es lo que ocurre?», «¿qué sentido tiene todo esto?» (cf. Lc 24,4). ¿Acaso no nos pasa así también a nosotros cuando ocurre algo verdaderamente nuevo respecto a lo de todos los días? Nos quedamos parados, no lo entendemos, no sabemos cómo afrontarlo. A menudo, la novedad nos da miedo, también la novedad que Dios nos trae, la novedad que Dios nos pide. Somos como los apóstoles del Evangelio: muchas veces preferimos mantener nuestras seguridades, pararnos ante una tumba, pensando en el difunto, que en definitiva sólo vive en el recuerdo de la historia, como los grandes personajes del pasado. Tenemos miedo de las sorpresas de Dios. Queridos hermanos y hermanas, en nuestra vida, tenemos miedo de las sorpresas de Dios. Él nos sorprende siempre. Dios es así.
Hermanos y hermanas, no nos cerremos a la novedad que Dios quiere traer a nuestras vidas. ¿Estamos acaso con frecuencia cansados, decepcionados, tristes; sentimos el peso de nuestros pecados, pensamos no lo podemos conseguir? No nos encerremos en nosotros mismos, no perdamos la confianza, nunca nos resignemos: no hay situaciones que Dios no pueda cambiar, no hay pecado que no pueda perdonar si nos abrimos a él.

2. «¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado»

o   Jesús es el «hoy» eterno de Dios. Así, la novedad de Dios se presenta ante los ojos de las mujeres, de los discípulos, de todos nosotros: la victoria sobre el pecado, sobre el mal, sobre la muerte, sobre todo lo que oprime la vida, y le da un rostro menos humano.

§  Los problemas, las preocupaciones de la vida cotidiana tienden a que nos encerremos en nosotros mismos, en la tristeza, en la amargura..., y es ahí donde está la muerte. No busquemos ahí a Aquel que vive. Acepta entonces que Jesús Resucitado entre en tu vida, acógelo como amigo, con confianza: ¡Él es la vida!
Si hasta ahora has estado lejos de él, da un pequeño paso: te acogerá con los brazos abiertos. Si eres indiferente, acepta arriesgar: no quedarás decepcionado.
B. Pero volvamos al Evangelio, a las mujeres, y demos un paso hacia adelante. Encuentran la tumba vacía, el cuerpo de Jesús no está allí, algo nuevo ha sucedido, pero todo esto todavía no queda nada claro: suscita interrogantes, causa perplejidad, pero sin ofrecer una respuesta. Y he aquí dos hombres con vestidos resplandecientes, que dicen: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado» (Lc 24,5-6). Lo que era un simple gesto, algo hecho ciertamente por amor – el ir al sepulcro –, ahora se transforma en acontecimiento, en un evento que cambia verdaderamente la vida. Ya nada es como antes, no sólo en la vida de aquellas mujeres, sino también en nuestra vida y en nuestra historia de la humanidad. Jesús no está muerto, ha resucitado, es el Viviente. No es simplemente que haya vuelto a vivir, sino que es la vida misma, porque es el Hijo de Dios, que es el que vive (cf. Nm 14,21-28; Dt 5,26, Jos 3,10). Jesús ya no es del pasado, sino que vive en el presente y está proyectado hacia el futuro, Jesús es el «hoy» eterno de Dios. Así, la novedad de Dios se presenta ante los ojos de las mujeres, de los discípulos, de todos nosotros: la victoria sobre el pecado, sobre el mal, sobre la muerte, sobre todo lo que oprime la vida, y le da un rostro menos humano. Y este es un mensaje para mí, para ti, querida hermana y querido hermano. Cuántas veces tenemos necesidad de que el Amor nos diga: ¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? Los problemas, las preocupaciones de la vida cotidiana tienden a que nos encerremos en nosotros mismos, en la tristeza, en la amargura..., y es ahí donde está la muerte. No busquemos ahí a Aquel que vive. Acepta entonces que Jesús Resucitado entre en tu vida, acógelo como amigo, con confianza: ¡Él es la vida! Si hasta ahora has estado lejos de él, da un pequeño paso: te acogerá con los brazos abiertos. Si eres indiferente, acepta arriesgar: no quedarás decepcionado. Si te parece difícil seguirlo, no tengas miedo, confía en él, ten la seguridad de que él está cerca de ti, está contigo, y te dará la paz que buscas y la fuerza para vivir como él quiere.

3. La invitación a hacer memoria del encuentro con Jesús, de sus palabras, sus gestos, su vida; este recordar con amor la experiencia con el Maestro, es lo que hace que las mujeres superen todo temor y que lleven la proclamación de la Resurrección a los Apóstoles y a todos los otros.

§  Hacer memoria de lo que Dios ha hecho por mí, por nosotros, hacer memoria del camino recorrido; y esto abre el corazón de par en par a la esperanza para el futuro. Aprendamos a hacer memoria de lo que Dios ha hecho en nuestras vidas.
C. Hay un último y simple elemento que quisiera subrayar en el Evangelio de esta luminosa Vigilia Pascual. Las mujeres se encuentran con la novedad de Dios: Jesús ha resucitado, es el Viviente. Pero ante la tumba vacía y los dos hombres con vestidos resplandecientes, su primera reacción es de temor: estaban «con las caras mirando al suelo» – observa san Lucas –, no tenían ni siquiera valor para mirar. Pero al escuchar el anuncio de la Resurrección, la reciben con fe. Y los dos hombres con vestidos resplandecientes introducen un verbo fundamental: Recordad. «Recordad cómo os habló estando todavía en Galilea... Y recordaron sus palabras» (Lc 24,6.8). Esto es la invitación a hacer memoria del encuentro con Jesús, de sus palabras, sus gestos, su vida; este recordar con amor la experiencia con el Maestro, es lo que hace que las mujeres superen todo temor y que lleven la proclamación de la Resurrección a los Apóstoles y a todos los otros (cf. Lc24,9). Hacer memoria de lo que Dios ha hecho por mí, por nosotros, hacer memoria del camino recorrido; y esto abre el corazón de par en par a la esperanza para el futuro. Aprendamos a hacer memoria de lo que Dios ha hecho en nuestras vidas.
En esta Noche de luz, invocando la intercesión de la Virgen María, que guardaba todos estas cosas en su corazón (cf. Lc 2,19.51), pidamos al Señor que nos haga partícipes de su resurrección: nos abra a su novedad que trasforma, a las sorpresas de Dios, tan bellas; que nos haga hombres y mujeres capaces de hacer memoria de lo que él hace en nuestra historia personal y la del mundo; que nos haga capaces de sentirlo como el Viviente, vivo y actuando en medio de nosotros; que nos enseñe cada día, queridos hermanos y hermanas, a no buscar entre los muertos a Aquel que vive. Amén.
Vida Cristiana


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