jueves, 14 de septiembre de 2017

Domingo 24 del Tiempo Ordinario, Ciclo A (2017). El perdón y la justicia son compatibles.

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Ø     Domingo 24 del Tiempo Ordinario, Ciclo A (2017). El perdón y la justicia son
compatibles. El perdón no se opone a la justicia, sino al rencor, a la venganza, al odio; se opone al instinto de devolver mal por mal.  Raíz y dimensiones divinas del perdón y razones humanas.  La autoridad legítima tiene el derecho y el deber de imponer reparaciones a los desórdenes introducidos por delitos  que lesionan derechos humanos y la convivencia civil. El odio voluntario a la persona es contrario a la caridad. La liberación en el espíritu del Evangelio es incompatible con el odio al enemigo en cuanto persona, pero no con el odio al mal que hace en cuanto enemigo. La enseñanza del Padrenuestro: «como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Estamos llamados a ser una sola cosa con Cristo; Pero observar el mandamiento del Señor es imposible si se trata de  imitar desde fuera el modelo divino. Sólo el Espíritu Santo puede hacer nuestros los sentimientos de Cristo Jesús.   

v     Cfr. 24 Domingo del  tiempo ordinario ciclo A -  17 de  septiembre  de  2017

                  Eclesiástico 27, 30-28.8; Romanos 14, 7-9;  Mateo 18, 21-35

Mateo 18, 21-35: 21En aquel tiempo, se adelantó Pedro y preguntó a Jesús: -«Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?» 22 Jesús le contesta: -«No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. 23 Y a propósito de esto, el reino de los cielos se parece a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados. 24 Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. 25 Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. 26 El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: "Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo. 27 " El señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. 28 Pero, al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba, diciendo: "Págame lo que me debes." 29 El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba, diciendo: "Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré." 30 Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía.  31 Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. 32 Entonces el señor lo llamó y le dijo: "¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. 33 ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?" 34 Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. 35 Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano.»

Eclesiástico 27,33-28, 9:  33  Rencor y cólera, ambos son detestables, y el hombre pecador los tendrá dentro. 1 Del vengativo se vengará el Señor; Él le tendrá siempre presentes sus pecados. 2 Perdona la ofensa a tu prójimo, y se te perdonarán los pecados cuando reces. 3 Hombre que a hombre guarda rencor, ¿cómo osará pedir al Señor la curación? 4.  El hombre que no tiene misericordia con su semejante, ¿cómo se atreve a rezar por sus propios pecados? 5. Si él, siendo mortal, guarda rencor, ¿quién le perdonará sus pecados? ¿Y pide a Dios la reconciliación? 6.  Recuerda tus postrimerías y dejarás de odiar: 7 son corrupción y muerte; así cumplirás los mandatos.  8 Recuerda los preceptos, y no te enojes con el prójimo; 9 recuerda la  alianza del Altísimo, y no tengas en cuenta los errores del prójimo.

El perdón y la justicia son compatibles:
«No hay paz sin justicia, no hay justicia sin perdón».
(San Juan Pablo II, Mensaje para la celebración de la Jornada Mundial por la paz del 2002)

1. Una falsa alternativa: ¿perdón o justicia?

-          Ante hechos indignantes y muy numerosos -  desgraciadamente -  que suceden en la
vida (crímenes y todo tipo de injusticias), que proporcionan indecibles sufrimientos a personas y pueblos, podemos caer en la tentación de preguntarnos: ¿debo perdonar como dice el Señor o promover que se haga justicia?. La indignación que sufrimos ante determinados hechos objetivamente condenables, nos lleva a estar de acuerdo con lo que un autor ha escrito: “perdonar las ofensas no es fácil, y probablemente no forma parte del código genético de la criatura humana”.
Pero plantearnos en términos alternativos el perdón y la justicia es falso, como
observa San Juan Pablo II en su Mensaje para la Celebración de la Jornada Mundial por la Paz (1 de enero de 2002).
Se proponen a continuación  de manera esquemática y breve (compatible con la naturaleza de una homilía)  los puntos que nos pueden ayudar a resolver esa falsa alternativa, según ese documento y algunos otros del magisterio eclesiástico. Se observará que se trata de procurar hacer compatible las exigencias de la justicia con las de la misericordia y del perdón.

v     El perdón no se opone a la justicia, sino al rencor, a la venganza, al odio.

-          cfr. Mensaje …, n. 3: “El perdón se opone al rencor y a la venganza, no a la
justicia. (...) El perdón en modo alguno se contrapone a la justicia, porque no consiste en inhibirse ante las legítimas exigencias de reparación del orden violado. (...) pretende una profunda recuperación de las heridas abiertas. Para esta recuperación, son esenciales ambos, la justicia y el perdón.”.
-          Catecismo de la Iglesia Católica (CEC), n  2262: “En el Sermón de la Montaña, el
Señor recuerda el precepto: «No matarás» (Mateo 5, 21), y añade el rechazo absoluto de la ira, del odio y de la venganza.” (...)

v     El perdón se opone al instinto de devolver mal por mal.  Raíz y dimensiones divinas del perdón y razones humanas.  

-          Mensaje...., n.8: “El perdón, antes de ser un hecho social, nace en el corazón de
cada uno. Sólo en la medida en que se afirma una ética y una cultura del perdón se puede esperar también en una " política del perdón ", expresada con actitudes sociales e instrumentos jurídicos, en los cuales la justicia misma asuma un rostro más humano.
En realidad, el perdón es ante todo una decisión personal, una opción del
corazón que va contra el instinto espontáneo de devolver mal por mal. Dicha opción tiene su punto de referencia en el amor de Dios, que nos acoge a pesar de nuestro pecado y, como modelo supremo, el perdón de Cristo, el cual invocó desde la cruz: " Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen " (Lucas 23, 34).
Así pues, el perdón tiene una raíz y una dimensión divinas. No obstante, esto no excluye que su valor pueda entenderse también a la luz de consideraciones basadas en razones humanas. La primera entre todas, es la que se refiere a la experiencia vivida por el ser humano cuando comete el mal. Entonces se da cuenta de su fragilidad y desea que los otros sean indulgentes con él. Por tanto, ¿por qué no tratar a los demás como uno desea ser tratado? Todo ser humano abriga en sí la esperanza de poder reemprender un camino de vida y no quedar para siempre prisionero de sus propios errores y de sus propias culpas. Sueña con poder levantar de nuevo la mirada hacia el futuro, para descubrir aún una perspectiva de confianza y compromiso.”

v     La autoridad legítima tiene el derecho y el deber de imponer reparaciones a los desórdenes introducidos por delitos  que lesionan derechos humanos y la convivencia civil.

-          CEC, n.  2266: “A la exigencia de la tutela del bien común corresponde el esfuerzo
del Estado para contener la difusión de comportamientos lesivos de los derechos humanos y las normas fundamentales de la convivencia civil. La legítima autoridad pública tiene el derecho y el deber de aplicar penas proporcionadas a la gravedad del delito. La pena tiene, ante todo, la finalidad de reparar el desorden introducido por la culpa. Cuando la pena es aceptada voluntariamente por el culpable, adquiere un valor de expiación. La pena finalmente, además de la defensa del orden público y la tutela de la seguridad de las personas, tiene una finalidad medicinal: en la medida de lo posible, debe contribuir a la enmienda del culpable”. 
  

v     El odio voluntario a la persona es contrario a la caridad.

§         La liberación en el espíritu del Evangelio es incompatible con el odio al enemigo en cuanto persona, pero no con el odio al mal que hace en cuanto enemigo.
-          CEC, n. 1933: (...) La enseñanza de Cristo exige incluso el perdón de las ofensas.
Extiende el mandamiento del amor que es el de la nueva ley a todos los enemigos (Cf Mateo 5, 43-44). La liberación en el espíritu del Evangelio es incompatible con el odio al enemigo en cuanto persona, pero no con el odio al mal que hace en cuanto enemigo.”
-          CEC, 2303: El odio voluntario es contrario a la caridad. El odio al prójimo es
pecado cuando se le desea deliberadamente un mal. El odio al prójimo es un pecado grave cuando se le desea deliberadamente un daño grave. «Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial...» (Mateo 5, 44-45).

2.  El perdón en la liturgia de la celebración eucarística de hoy


v     En la primera Lectura, del libro del Eclesiástico, encontramos dos grupos de sentencias sobre el perdón.

                  cfr. Sagrada Escritura, Libros poéticos y sapienciales, Eclesiástico/Sirácida
                  28, 1-13, Eunsa 2001.

-          Versículos 1-5: hay que perdonar para poder ser perdonado;
-          Versículos 6-9: no mantendremos el ánimo irritado contra el prójimo si
«recordamos» quiénes somos y qué ha hecho Dios con nosotros.
-          “Parece claro que nuestro Señor tenía estos u otros consejos semejantes al enseñar
en el Padrenuestro: «perdónanos nuestras deudas como también nosotros perdonamos a nuestros deudores» (Mt 6,12; cfr. también Mt 6,14)”. (Cfr. Sagrada Escritura, Libros poéticos ....).

v     En el Evangelio: Mateo 18, 21-22

-          La respuesta del Señor a la pregunta de Pedro equivale al adverbio «siempre».
Debemos perdonar siempre. “No encerró el Señor el perdón en un número determinado, sino que dio a entender que hay que perdonar continuamente y siempre” (S. Juan Crisóstomo, Hom. In Mt. 61,1).
Biblia de Jerusalén, Mateo 18-21:“El «prójimo» se extiende a todo hombre, incluidos aquellos a los que hay que devolver bien por mal (5, 44-45; Romanos 12, 17-21; 1 Tesalonicenses 5,15; 1 Pedro 3,9; ver Éxodo 21, 25+; Salmo 5,11+). (Biblia de Jerusalén, Mt 18, 21).

3. La enseñanza del Padrenuestro: «como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.


v     Estamos llamados a ser una sola cosa con Cristo

- CEC 521: Todo lo que Cristo vivió hace que podamos vivirlo en El y que El lo viva en nosotros. «El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido en cierto modo con todo hombre» (Gaudium et spes 22, 2). Estamos llamados a no ser más que una sola cosa con El; nos hace comulgar en cuanto miembros de su Cuerpo en lo que El vivió en su carne por nosotros y como modelo nuestro:
Debemos continuar y cumplir en nosotros los estados y Misterios de Jesús, y pedirle con frecuencia que los realice y lleve a plenitud en nosotros y en toda su Iglesia... Porque el Hijo de Dios tiene el designio de hacer participar y de extender y continuar sus Misterios en nosotros y en toda su Iglesia por las gracias que El quiere comunicarnos y por los efectos que quiere obrar en nosotros gracias a estos Misterios. Y por este medio quiere cumplirlos en nosotros (S. Juan Eudes, regn).

v     Pero observar el mandamiento del Señor es imposible si se trata de  imitar desde fuera el modelo divino. Sólo el Espíritu Santo puede hacer nuestros los sentimientos de Cristo Jesús.    

-          CEC, n.  2842: Este «como» no es el único en la enseñanza de Jesús: «Sed perfectos
"como" es perfecto vuestro Padre celestial» (Mateo 5, 48); «Sed misericordiosos, "como" vuestro Padre es misericordioso» (Lucas 6, 36); «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que "como" yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros» (Juan 13, 34). Observar el mandamiento del Señor es imposible si se trata de imitar desde fuera el modelo divino. Se trata de una participación, vital y nacida «del fondo del corazón», en la santidad, en la misericordia y en el amor de nuestro Dios. Sólo el Espíritu que es «nuestra vida» (Gálatas 5, 25) puede hacer nuestros los mismos sentimientos que hubo en Cristo Jesús (Cf Filipenses  2, 1. 5). Así, la unidad del perdón se hace posible, «perdonándonos mutuamente "como" nos perdonó Dios en Cristo» (Efesios 4, 32).




VIDA CRISTIANA

sábado, 9 de septiembre de 2017

No corrijas si no te sabes amado: + Fr. Santiago Agrelo Arzobispo de Tánger

La Palabra que escuchamos este domingo parece centrada en la corrección fraterna, y  seguramente hay en esa apreciación mucho de verdad.
Sabéis, sin embargo, que vuestra celebración ha de estar centrada en Cristo, y Cristo –su enseñanza, su vida, su muerte-, será la luz que nos permita acercarnos al misterio de la Palabra de Dios y discernir, iluminados por él, también lo que concierne al ámbito de nuestra solidaridad con los hermanos en la búsqueda de su bien y de su salvación.
Pues de eso se trata, de “solidaridad”, una solidaridad semejante a la que tiene Dios con todos sus hijos: “Si no hablas al malvado, te pediré cuenta de su sangre”. No se preocupa el Señor por su ley sino por la sangre, es decir, por la vida de quien quebranta esa ley.
Es ésta una primera condición que hemos de salvaguardar siempre en nuestra relación con los hermanos: Amar su vida, amarlos.
Por eso, cuando en la oración unos a otros nos animamos, diciendo: “¡Ojalá escuchéis hoy su voz; no endurezcáis vuestro corazón!”, lo decimos con el pensamiento puesto en la ley del Señor, deseamos que todos aclamen a nuestro salvador, pedimos que todos bendigan al Señor, creador nuestro, pero también llevamos en el corazón la vida de nuestros hermanos, y a todos decimos “escucha”, porque para todos deseamos la vida. “A nadie le debáis nada más que amor”. No temas, hermano mío, que el Señor te pida cuenta de tu hermano, si tú lo has amado; no temas que te reclame su vida, si le has ayudado a amar.
“¡Ojalá escuchéis hoy su voz; no endurezcáis vuestro corazón!” Para ti, la voz del Señor, que ha resonado en las Escrituras Santas, se ha hecho voz humana en Cristo Jesús. Fíjate cómo corrige quien ama: recuerda cómo corrige a la mujer que con sus avíos de prostituta entra en el banquete de Simón para llorar agradecida a los pies de la compasión de Dios; mira cómo reprende a Zaqueo el publicano, a la mujer adúltera, al hijo que vuelve de lejos después de haber derrochado la fortuna de la familia; recuerda, escucha, contempla cómo reprende Jesús a los leprosos con los que se manchó, a los pecadores con los que comió, al ladrón que con él entró en el paraíso para estrenarlo en el primer día de la nueva creación.
Y si no eres capaz de recordar lo que otros han vivido como buena noticia de Dios en sus vidas, recuerda lo que tú mismo has podido experimentar en la tuya, y contempla lo que ahora estás viviendo, pues hoy, en esta eucaristía, te recibe el que te ama, te acoge el que te cura, te invita a su mesa el que te salva.
Y esta experiencia de fe nos orienta para definir una segunda condición para una relación cristiana, para una relación según Dios, con los demás: No corrijas si no te sabes amado, curado, salvado.
Habréis observado que ese modo que tiene Jesús de “corregir” es expresión perfecta de lo que Jesús es para los “necesitados de corrección”, o más exactamente, es expresión perfecta de lo que el Verbo eterno, el Altísimo Hijo de Dios, ha escogido hacerse por nosotros y ser para nosotros: pequeño y siervo, humilde y entregado. Anota, pues, hermano mío, una nueva condición para la corrección fraterna: No corrijas si no te haces pequeño y humilde, si no te entregas a todos para servirlos a todos.
Ahora, de labios de Jesús, del que te ama, del que te salva, ya puedes escuchar de nuevo las palabras del Evangelio: “Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, habrás salvado a tu hermano”. Corrige para salvar. Ama para corregir. Aprende de Jesús para amar. Escucha su palabra para aprender. Haz silencio en tu interior para escuchar.

Dom. 23 del Tiempo Ordinario Ciclo A – 10 de septiembre de 2017.

Ø     Domingo 23 del Tiempo Ordinario, Ciclo A (2017). La vigilancia en el Antiguo y
Nuevo Testamento. La vigilancia en la vida cristiana es responsabilidad de todos los cristianos. "Debemos siempre velar, velar contra el engaño, contra la seducción del maligno".
Aspectos sobre la vigilancia que encontramos en el Catecismo de la Iglesia Católica.
Todos debemos sentiros corresponsables de la vida de los demás, de sus éxitos o de sus fracasos.

v     Cfr. Dom. 23 del Tiempo Ordinario Ciclo A – 10 de septiembre de 2017.

Ezequiel 33, 7-9; Romanos 13, 8-10; Mateo 18, 15-20
Cfr. Sagrada Biblia, Libros proféticos, Eunsa 2002, Ezequiel 33.

Lectura del Profeta Ezequiel 33,7-9: Esto dice el Señor: 7 A ti, hijo de hombre, te he puesto de centinela sobre la casa de Israel: escucharás la palabra de mi boca y les advertirás de mi parte. 8 Si yo digo al  impío: «Impío, vas a morir», y no hablas para advertir al impío de su camino, este impío morirá por su culpa, pero reclamaré su sangre de tu mano. 9 Pero si tú adviertes al impío para que se aparte de su camino y no se aparta, él morirá por su culpa pero tú habrás salvado tu vida.

Mateo 18, 15-20: 15 « Si tu hermano llega a pecar, vete y repréndele, a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. 16 Si no te escucha, toma todavía contigo uno o dos, para que todo asunto quede zanjado por la palabra de dos o tres testigos. 17 Si les desoye a ellos, díselo a la comunidad. Y si hasta a la comunidad desoye, sea para ti como el gentil y el publicano. 18 « Yo os aseguro: todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo. 19 « Os aseguro también que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, sea lo que fuere, lo conseguirán de mi Padre que está en los cielos. 20 Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.

A ti, hijo de hombre, te he puesto de centinela sobre la casa de Israel:
escucharás la palabra de mi boca y les advertirás de mi parte.
(Primera Lectura, Ezequiel 33, 79)

En líneas generales,
las lecturas de hoy nos hablan de la preocupación por el hermano,
como una consecuencia del mandato del amor al prójimo, es decir,
de sentirse corresponsable de su vida, de sus éxitos o sus fracasos.

1. La vigilancia en el Antiguo Testamento

v     El profeta/centinela en la Biblia: su función de vigilancia. “Escucharás la palabra de mi boca y les advertirás de mi parte”

·         La Casa de la Biblia, Comentario al Antiguo Testamento II, 1997 p. 220: “Ya Jeremías
hablaba de estos centinelas que el Señor ha dado a su pueblo para que den la alerta en caso de peligro (Jeremías 6,17).  De profetas centinelas también hablan Oseas (5,8; 6,5), Habacuc (2,1) e Isaías (21,6). (...) Los falsos profetas son adivinos, magos y embusteros; el profeta verdadero es el centinela que vigila y está atento a la palabra de Dios; no adivina, sino que lee los acontecimientos de la historia para iluminarlos a través de la palabra de Dios que anuncia”
·         El profeta invitará frecuentemente a la conversión, porque el Señor quiere la vida del
hombre y no su muerte (cfr. Ezequiel  33,11).

2. La vigilancia en el Nuevo Testamento.


v     La vigilancia es fundamental en la vida cristiana

o       La enseñanza de Jesús en el Catecismo de la Iglesia Católica
n.  2612: «En Jesús "el Reino de Dios está próximo", llama a la conversión y a la fe pero
también a la vigilancia».  (…)

n.  2621 : “En su enseñanza, Jesús instruye a sus discípulos para que oren con un corazón
purificado, una fe viva y perseverante, una audacia filial. Les insta a la vigilancia y les invita a presentar sus peticiones a Dios en su Nombre. El mismo escucha las plegarias que se le dirigen”.

n. 2730.Mirado positivamente, el combate contra el yo posesivo y dominador consiste en la
vigilancia. Cuando Jesús insiste en la vigilancia, es siempre en relación a Él, a su Venida, al último día y al "hoy". El esposo viene en mitad de la noche; la luz que no debe apagarse es la de la fe: "Dice de ti mi corazón: busca su rostro" (Sal 27, 8).

n. 2863 : Al decir: «No nos dejes caer en la tentación», pedimos a Dios que no nos permita
tomar el camino que conduce al pecado. Esta petición implora el Espíritu de discernimiento y de fuerza; solicita la gracia de la vigilancia y la perseverancia final.
La vigilancia es "guarda del corazón", y Jesús pide al Padre que "nos guarde en su Nombre". Pedimos a Dios que no nos permita tomar el camino del pecado
n. 2849 : (…) La vigilancia del corazón es recordada con insistencia en comunión con la
suya (cf Mc 13, 9. 23. 33 - 37; Mc 14, 38; Lc 12, 35 - 40). La vigilancia es "guarda del corazón", y Jesús pide al Padre que "nos guarde en su Nombre" (Jn 17, 11). El Espíritu Santo trata de despertarnos continuamente a esta vigilancia (cf 1Co 16, 13; Col 4, 2; 1Ts 5, 6; 1P 5, 8). Esta petición adquiere todo su sentido dramático referida a la tentación final de nuestro combate en la tierra; pide la perseverancia final. "Mira que vengo como ladrón. Dichoso el que esté en vela" (Ap 16, 15).
o       Otros aspectos sobre la vigilancia que encontramos en el Catecismo de la Iglesia Católica
n. 2088:  “El primer mandamiento nos pide que alimentemos y guardemos con prudencia y vigilancia nuestra fe y que rechacemos todo lo que se opone a ella”.  (…)
Con referencia al  amor a Dios hay que estar atentos - vigilar -  a la indiferencia, la ingratitud, la tibieza, la pereza espiritual. 
n. 2094: Se puede pecar de diversas maneras contra el amor de Dios. La indiferencia olvida
o rechaza la consideración de la caridad divina; desprecia su acción preveniente y niega su fuerza. La ingratitud omite o se niega a reconocer la caridad divina y devolverle amor por amor. La tibieza es una vacilación o una negligencia en responder al amor divino; puede implicar la negación a entregarse al movimiento de la caridad. La acedia o pereza espiritual llega a rechazar el gozo que viene de Dios y a sentir horror por el bien divino. El odio de Dios tiene su origen en el orgullo; se opone al amor de Dios cuya bondad niega y lo maldice porque condena el pecado e inflige penas.
o       El descuido de la vigilancia lleva a la acedia [1]: una forma de aspereza o de desabrimiento.
·         n. 2733: Otra tentación a la que abre la puerta la presunción es la acedia. Los Padres
espirituales entienden por ella una forma de aspereza o de desabrimiento debidos al relajamiento de la ascesis, al descuido de la vigilancia, a la negligencia del corazón. "El espíritu está pronto pero la carne es débil" (Mt 26, 41). El desaliento, doloroso, es el reverso de la presunción. Quien es humilde no se extraña de su miseria; ésta le lleva a una mayor confianza, a mantenerse firme en la constancia.
o       Primera Carta de San Pedro
·         San Pedro, al final de su primera Carta, hace una indicación precisa a todos: “Sed
sobrios y vigilad, porque vuestro adversario, el diablo, como un león rugiente, ronda buscando a quien devorar. Resistidle firmes en la fe, sabiendo que vuestros hermanos dispersos por el mundo soportan los mismos padecimientos” (5, 8-9).
o       Las parábolas de Jesús sobre la vigilancia
No olvidemos las conocidas parábolas sobre la vigilancia que encontramos en los capítulos 24 y 25 de San Mateo: la parábola del siervo fiel, la de las vírgenes necias y prudentes, la de los talentos. 

 

3. "Debemos siempre velar, velar contra el engaño, contra la seducción del maligno".

Homilía de Papa Francisco en la Casa Santa Marta - Viernes 11 de octubre de 2013, comentando el Evangelio del día, Lucas 11, 15-26.
(…)
o       ¿Vigilo sobre mí? ¿Sobre mi corazón? ¿Sobre mis sentimientos? ¿Sobre mis pensamientos? ¿Custodio el tesoro de la gracia? ¿Custodio la presencia del Espíritu Santo en mí?
El Papa observó que Jesús nos ofrece algunos criterios para entender la presencia del maligno y reaccionar.
Último criterio es el de la vigilancia. "Debemos siempre velar, velar contra el engaño, contra la seducción del maligno", exhortó el Pontífice. Y volvió a citar el Evangelio: "Cuando un hombre fuerte y bien armado guarda su palacio, sus bienes están seguros. Y nosotros podemos hacernos la pregunta: ¿yo vigilo sobre mí? ¿Sobre mi corazón? ¿Sobre mis sentimientos? ¿Sobre mis pensamientos? ¿Custodio el tesoro de la gracia? ¿Custodio la presencia del Espíritu Santo en mí?". Si no se custodia -añadió, citando otra vez el Evangelio-, "llega otro que es más fuerte y lo vence, le quita las armas de que se fiaba y reparte su botín".
Son estos, por lo tanto, los criterios para responder a los desafíos planteados por la presencia del diablo en el mundo: la certeza de que "Jesús lucha contra el diablo"; "quien no está con Jesús está contra Jesús"; y "la vigilancia". Hay que tener presente -dijo también el Papa- que "el demonio es astuto: jamás es expulsado para siempre, sólo lo será el último día". Porque cuando "el espíritu inmundo sale del hombre -recordó, citando el Evangelio-, da vueltas por lugares áridos, buscando un sitio para descansar, y al no encontrarlo dice: volveré a mi casa de donde salí. Al volver se la encuentra barrida y arreglada. Entonces va y toma otros siete espíritus peores que él y se mete a vivir allí. Y el final de aquel hombre resulta peor que el principio".
He aquí por qué es necesario velar. "Su estrategia es ésta -advirtió el Papa Francisco-: tú te has hecho cristiano, vas adelante con tu fe, y yo te dejo, te dejo tranquilo. Pero después, cuando te has acostumbrado y no estás muy alerta y te sientes seguro, yo vuelvo. El Evangelio de hoy comienza con el demonio expulsado y acaba con el demonio que vuelve. San Pedro lo decía: es como un león feroz que ronda a nuestro alrededor". Y esto no son mentiras: "es la Palabra del Señor".
"Pidamos al Señor -fue su oración conclusiva- la gracia de tomar en serio estas cosas. Él ha venido a luchar por nuestra salvación, Él ha vencido al demonio".




VIDA CRISTIANA



[1] Nota de la Redacción de Vida Cristiana sobre la acedia. Es  la pereza – o torpor, modorra o aburrimiento -  en el plano espiritual y religioso. Santo Tomás de Aquino precisa que es tristeza ante el  bien espiritual que  quita el gusto de la acción sobrenatural. Es una desazón o flacidez espiritual ante  las realidades espirituales que  empuja a abandonar toda actividad de la vida espiritual. El Catecismo de la Iglesia Católica (n. 2094) dice “Se puede pecar de diversas maneras contra el amor de Dios. (…) La acedia o pereza espiritual llega a rechazar el gozo que viene de Dios y a sentir horror por el bien divino (…)”. Se suelen referir como sinónimos de la palabra “desabrimiento” que aparece en el Catecismo: el desagrado, la aspereza en el trato, la brusquedad, la hosquedad, la adustez.

sábado, 2 de septiembre de 2017

Domingo 22 del tiempo ordinario Año A, 3 de septiembre de 2017



Ø     Domingo 22 del Tiempo Ordinario, Año A (2017). La vocación cristiana. Diversos aspectos

de nuestras relaciones con Dios. a) Primera Lectura (Jeremías): una historia de amor. El Señor me ha seducido. b) Segunda Lectura (Carta a los Romanos). El verdadero culto: todos estamos llamados a ofrecer la propia vida a Dios. c) Evangelio (Mateo). Jesús habla de “perder” o “ganar”  la vida.


v     Cfr. Domingo 22 del tiempo ordinario Año A, 3 de septiembre de 2017


1ª Lectura Jeremías 20,7-9: 7 Tú me has seducido, Señor, y yo me he dejado seducir; has sido más fuerte que yo, me has podido. Me he convertido en irrisión continua, todos se burlan de mí. 8 Pues cada vez que hablo tengo que gritar y proclamar: «¡Violencia y ruina!». La palabra del Señor es para mí oprobio y burla todo el día.  9 Yo me decía: No pensaré más en él, no hablaré más en su nombre. Pero había en mi corazón como un fuego abrasador encerrado en mis huesos; me he agotado en contenerlo y no lo he podido soportar. 
Salmo Responsorial  63,2-6.8-9: 2 Oh Dios, tú eres mi Dios;  desde el amanecer ya te estoy buscando,  mi alma tiene sed de ti,  en pos de ti mi ser entero desfallece  cual tierra de secano árida y falta de agua. 3 Así en el santuario te contemplo  para ver tu gloria y tu poder.  4 Tu amor vale más que la vida,  mis labios te alabarán; 5 toda mi vida te bendeciré,  en tu nombre levantaré mis manos;  6 me saciaré como en banquete espléndido,  mi boca te alabará con labios jubilosos. 8 porque tú eres mi auxilio  y a la sombra de tus alas me recreo;   9 me abrazo a ti con toda el alma,  y tu diestra me sostiene.  
2ª Lectura Romanos  12,1-2: 1 Hermanos, os ruego, por la misericordia de Dios, que   ofrezcáis vuestros cuerpos como sacrificio vivo, consagrado, agradable a Dios; éste es el culto que debéis   ofrecer.   2 Y no os acomodéis a este mundo; al   contrario, transformaos y renovad vuestro interior para   que sepáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo   bueno, lo que le agrada, lo perfecto.  
Evangelio Mt 16,21-27: 21 Desde entonces comenzó Jesús a declarar a sus discípulos que él tenía que ir a Jerusalén y padecer mucho  de parte de los ancianos del pueblo, de los sumos   sacerdotes y de los maestros de la ley, ser matado y   resucitar al tercer día.  22 Pedro se lo llevó aparte y se   puso a reprenderle: «¡Dios te libre, Señor! ¡No te   sucederá eso!».  23 Pero él, volviéndose, le dijo:   «¡Apártate de mí, Satanás!, pues eres un obstáculo para   mí, porque tus sentimientos no son los de Dios, sino los   de los hombres». 24 Luego dijo a sus discípulos: «El que quiera venir en   pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame.     25 Porque el que quiera salvar su vida la perderá, pero el   que pierda su vida por mí la encontrará.   26 ¿Qué le vale   al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? ¿Y qué   dará el hombre a cambio de su vida?   27 Porque el hijo   del hombre vendrá en la gloria de su Padre con sus   ángeles, y entonces dará a cada uno según sus obras.  

Vocación cristiana: diversos aspectos de nuestras relaciones con Dios
Primera Lectura (Jeremías): una historia de amor. El Señor me ha seducido.
Segunda Lectura (Carta a los Romanos). El verdadero culto: todos estamos llamados a ofrecer la propia vida a Dios.
Evangelio (Mateo). Jesús habla de “perder” o “ganar” la vida.

1. Primera Lectura, del Libro de  Jeremías

     20, 7-9

v     A. La figura del profeta Jeremías.

Jeremías vivió entre el VII y el VI siglo a.C., en una de las épocas más funestas de la historia de Israel. Dios le confió la misión de anunciar a Israel el castigo del exilio que sufriría para purificar su fe con vistas a nueva alianza entre Dios y su pueblo, que anunciará Jeremías en el capítulo 31. Así como hubo profetas cuya misión era la de consolar a Israel, la misión de Jeremías fue la de hablar del castigo punitivo y, por tanto, más que nada ser el típico “profeta de las desgracias”; como  consecuencia fue odiado y perseguido y maltratado por sus opositores [1].

v     B. Su vocación. Una historia de amor: el Señor me ha seducido.

o        Ante las dificultades,  tiene la tentación de renunciar a la misión que le ha sido encomendada.

§         Pero reconoce que en su corazón hay como  un fuego abrasador encerrado en los huesos; que se ha agotado en contenerlo y no ha podido soportarlo.   
Se podría añadir que los profetas han experimentado la incomprensión, en cuanto que tenían que hablar de parte de Dios de modo que, muchas veces, su palabra entraba en colisión con el modelo de vida y los comportamientos de los que les escuchaban. 
Abre su corazón para expresar que, por una parte, se siente aislado en el cumplimiento de la misión que Dios le había encomendado, tiene que soportar un aislamiento social y siente fuertemente   la tentación de renunciar a la misión que Dios le ha encomendado [2].
 Y, por otra parte, confiesa que se sabe sostenido por el Señor. Y, para explicar la fuerza de Dios que le llama, utiliza  la imagen de un fuego interno - en sus huesos -  abrasador : “Pero había en mi corazón como un fuego abrasador encerrado en mis huesos; me he agotado en contenerlo y no lo he podido soportar” (v. 9).
Jeremías comienza explicando su vocación como una historia de amor: el Señor le ha elegido antes de nacer, lo ha “seducido” y lo llama a ser profeta, a pesar de su resistencia y dudas y rebeldías (cfr. el primer capítulo del libro de Jeremías [3] ). Con la ayuda del Señor supo superar pruebas muy duras.

v     C. La oración del profeta.

o        La oración del profeta “cara a cara con Dios”: a veces es una escucha, a veces es un litigio o a veces es una queja o lamento.

·        Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2584 En el "cara a cara" con Dios, los profetas
sacan luz y fuerza para su misión. Su oración no es una huida del mundo infiel, sino una escucha de la palabra de Dios, a veces un litigio o una queja, siempre una intercesión que espera y prepara la intervención del Dios salvador, Señor de la historia (cf Amós 7,2 Amós  7,5 Isaías 6,5 Isaias 6,8 Isaías  6,11 Jeremías 1,6 Jeremías 15,15-18  Jeremías  20,7-18).

2. Segunda Lectura de la Carta a los Romanos: todo estamos llamados a ofrecer la propia vida a Dios, es “el culto que debemos ofrecer”.  

Romanos 12, 1-2

v     El culto espiritual agradable a Dios es la ofrenda de la propia vida, el sacrificio de la propia existencia.


o        La identidad del hombre: orientar la vida a Dios, no reduciéndola a lo que come o a la satisfacción de necesidades.

Hoy leemos el texto que, seguramente, es  uno de los más importantes en la Escritura para explicar lo que es en la vida cristiana el culto espiritual, el verdadero culto a Dios: la ofrenda de la propia vida para seguir la voluntad de Dios, como “como sacrificio vivo, consagrado, agradable a Dios”. En la Escritura, en este caso, “cuerpo” equivale a “vida”. Se trata del sacrificio de la propia existencia. Aparece claro en el v. 2: “Y no os acomodéis a este mundo; al   contrario, transformaos y renovad vuestro interior para   que sepáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo   bueno, lo que le agrada, lo perfecto”. 
El “culto racional” del que habla san Pablo en su Carta los Romanos, lleva a orientar la vida a Dios, rechazando la mentalidad de quien reduce la identidad del hombre a lo que come o a la satisfacción de necesidades. 

o        El cristiano es sacerdote de su propia existencia, para realizar cada una de sus acciones en espíritu de obediencia a la voluntad de Dios.

·        Nuevo Testamento, Eunsa 1999, Romanos 12,1-8: “En los vv. 1-2 el Apóstol introduce la
invitación a dar a Dios un culto espiritual, como consecuencia de la nueva condición dada por el Bautismo. Los cristianos son el nuevo Pueblo de Dios y están incorporados a Cristo como miembros suyos, de modo que «todos, por el Bautismo, hemos sido constituidos sacerdotes de nuestra propia existencia, ‘para ofrecer víctimas espirituales, que sean agradables a Dios por Jesucristo (1 Pedro  2,5), para realizar cada una de nuestras propias acciones en espíritu de obediencia a la voluntad de Dios, perpetuando así la misión del Dios-Hombre» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 96)”.

o        El culto verdadero a Dios por parte del hombre: unido a Cristo, honrando a Dios en la existencia cotidiana más concreta. El ofrecimiento a Dios de la persona entera.

Benedicto XVI Audiencia General, 7 enero 2009
§         La exhortación a "ofrecer los cuerpos" se refiere a la persona entera. Se trata de honrar a Dios en la existencia cotidiana más concreta, hecha de visibilidad relacional y perceptible.
"Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, a que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios: tal será vuestro culto espiritual". En estas palabras se verifica una paradoja aparente: mientras el sacrificio exige por norma la muerte de la víctima, Pablo hace referencia a la vida del cristiano. La expresión "presentar vuestros cuerpos", unida al concepto sucesivo de sacrificio, asume el esbozo cultual de "dar en oblación, ofrecer". La exhortación a "ofrecer los cuerpos" se refiere a la persona entera; de hecho, en Romanos 6, 13, invita a "presentaros a vosotros mismos". Por lo demás, la referencia explícita a la dimensión física del cristiano coincide con la invitación a "glorificar a Dios con vuestro cuerpo" (1 Corintios 6, 20): se trata de honrar a Dios en la existencia cotidiana más concreta, hecha de visibilidad relacional y perceptible.
            Un comportamiento de este tipo es calificado por Pablo como "sacrificio vivo, santo, agradable a Dios". Es aquí donde encontramos precisamente el vocablo "sacrificio". En el uso corriente este término forma parte de un contexto sacro y sirve para designar el degollamiento de un animal, del que una parte puede ser quemada en honor de los dioses y la otra consumida por los oferentes en un banquete. Pablo lo aplicaba en cambio a la vida del cristiano. De hecho califica un sacrificio así sirviéndose de tres adjetivos. El primero --"vivo"-- expresa una vitalidad. El segundo --"santo"-- recuerda la idea paulina de una santidad que no está ligada a lugares u objetos, sino a la persona misma del cristiano. El tercero --"agradable a Dios"-- recuerda quizás la frecuente expresión bíblica del sacrificio "de suave olor" (Cf. Levítico 1,13.17; 23,18; 26,31; etc.).
§         Un culto en el que el hombre mismo en su totalidad de un ser dotado de razón, se convierte en adoración, glorificación del Dios vivo.
Inmediatamente después, Pablo define así esta nueva forma de vivir: éste es "vuestro culto espiritual". Los comentadores del texto saben bien que la expresión griega (ten logiken latreían) no es fácil de traducir. La Biblia latina traduce: "rationabile obsequium". La misma palabra "rationabile" aparece en la primera Plegaria eucarística, el Canon Romano: en él se reza para que Dios acepte esta ofrenda como "rationabile". La tradicional traducción italiana "culto espiritual" no refleja todos los detalles del texto griego (y ni siquiera del latino). En todo caso no se trata de un culto menos real, o incluso solamente metafórico, sino de un culto más concreto y realista, un culto en el que el hombre mismo en su totalidad de un ser dotado de razón, se convierte en adoración, glorificación del Dios vivo.

3. Evangelio

v     A. El Señor anuncia por primera vez su pasión (Mateo 16, 21), como obediencia consciente  al proyecto de Dios Padre.  

·         El Señor introduce la descripción de todas las acciones que iba a realizar (ir a Jerusalén,
padecer, ser matado y resucitar al tercer día) con la expresión  “tenía que” (debía).  Todo sucedería necesariamente como obediencia a la voluntad del Padre, que ofrece así la salvación a la humanidad. Por parte de Jesús se trata de una obediencia consciente al proyecto de Dios Padre.

v     B. Los discípulos no comprenden ese proyecto. Jesús indica a los discípulos en qué consiste la entrega que él les pide, en qué consiste el seguimiento de Jesús.

En los vv. 24-26 dice a todos los discípulos frases categóricas: «El que quiera venir en   pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame.  Porque el que quiera salvar su vida la perderá, pero el   que pierda su vida  por mí la encontrará. ¿Qué le vale   al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? ¿Y qué   dará el hombre a cambio de su vida?».  Indica así el contenido del seguimiento de Cristo, de lo que significa ser su discípulo.

o        “Perder” y “encontrar” la vida.

·        A veces podemos aferrarnos a la vida viviendo exclusivamente para uno mismo, al hacer del
propio “yo” la razón última y el objetivo supremo de la existencia.
·        Gianfranco Ravasi, Secondo le Scritture, Anno A, Piemme 1995, p. 246:  “Jesús nos
propone, abiertamente, el “perdernos” en la donación a Él por amor (“por mí”). Es el “dar la vida por
la persona que se ama” [4] , el entregarnos a nosotros mismos a manos llenas, las propias energías, el
propio tiempo y los propios bienes a los hermanos, lo que nos constituye como verdaderos
discípulos. Y el resultado es paradójico. Mientras la civilización actual nos enseña a “encontrar”, a
“poseer” y al fin hace que nos sintamos solos y pobres en la conciencia, Jesús nos enseña a
“perdernos” para colmarnos de serenidad y de paz. Contra las leyes de la economía su “perdernos” se
convierte en “encontrarnos”; al donarnos no nos privamos sino que nos enriquecemos”.

4. La fe como nuevo principio operativo

v     El verdadero discípulo que sigue a Jesús es aquel que expresa en la praxis su adhesión a la fe.

- “La fe bíblica no es nunca un puro creer teórico, sino que se expresa siempre, necesariamente, en un obrar. En la Sagrada Escritura, creer significa obrar: salir del propio país, aceptar el realizar un sacrificio, marcharse de Egipto, obedecer a las palabras de la Alianza. Solo en la acción se expresa la propia fe en Dios, porque no todo el que dice: «Señor, Señor, entrará en el Reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos» (Mateo 7, 21). Y, por esto, el gran discurso moral de Jesús, conocido como el Sermón de la Montaña, se cierra con la amonestación de que un sólida construcción de la propia vida se fundamenta sobre la unidad entre el escuchar y poner en práctica aquello que se ha oído, de otro modo sería como haber construido sobre arena, en vez de sobre la roca (cfr. Mateo 7, 14-27).  El verdadero discípulo que sigue a Jesús es aquel que expresa en la praxis su adhesión a la fe” (Cfr. Livio Melina, José Noriega, Juan Pérez Soba, Una luz para el obrar. Experiencia moral, caridad y acción cristiana, Palabra 2006. La fe como nuevo principio operativo: pp. 192-194).

Vida Cristiana





[1] “Jeremías desarrolló su actividad en Judá, en los tiempos en que el nuevo imperio babilónico comenzaba a constituir una amenaza para los israelitas (años 605 a.C. y siguientes), amenaza que culminó con la caída definitiva de Jerusalén ante las tropas de Nabucodonosor (598 a.C) y la deportación a Babilonia”. (Cfr. Antiguo Testamento, Libros proféticos, Introducción al libro del profeta Jeremías, Eunsa p. 305)    
[2] Jeremías 20, 7-9: “Me he convertido en irrisión continua, todos se burlan de mí. Pues cada vez que hablo tengo que gritar y proclamar: «¡Violencia y ruina!». La palabra del Señor es para mí oprobio y burla todo el día.  Yo me decía: No pensaré más en él, no hablaré más en su nombre”.
[3] Jeremías 1, 4-9: Entonces me fue dirigida la palabra de Yahveh en estos términos:  Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía, y antes que nacieses, te tenía consagrado: yo profeta de las naciones te constituí.  Yo dije: "¡Ah, Señor Yahveh! Mira que no sé expresarme, que soy un muchacho." Y me dijo Yahveh: No digas: "Soy un muchacho", pues adondequiera que yo te envíe irás, y todo lo que te mande dirás. No les tengas miedo, que contigo estoy yo para salvarte -oráculo de Yahveh-. Entonces alargó Yahveh su mano y tocó mi boca. Y me dijo Yahveh: Mira que he puesto mis palabras en tu boca. “El relato de la vocación de Jeremías muestra en profundidad el misterio de toda llamada divina, acto eterno y gratuito de Dios por el que se desvela a un alma el porqué y el para qué de su vida. (…) Cuando el misterio de la vocación personal comienza a desvelarse, la primera reacción  puede ser de miedo, puesto que se constatan las personales limitaciones para llevar a cabo la tarea a la que el Señor llama. Así sucede a Jeremías, que se escusa por su excesiva juventud (v. 6). (…) En cualquier caso, en la respuesta a la vocación hay que atender sobre todo a Dios mismo que llama, nunca abandona a sus elegidos y proporciona todo el apoyo necesario para realizar la misión que les encomienda (vv. 7-8) (Antiguo Testamento, Libros proféticos, Jeremías 1, 4-10, Eunsa pp. 320-321). 
[4] “No hay prueba de amor más grande que dar la vida por los hermanos” (Juan 15, 13).

A ti te necesito, sólo a ti: + Fr. Santiago Agrelo Arzobispo de Tánger

El creyente sabe que Dios no es para él una idea, pues lo ha sentido como fuego que abrasa, como caudal inagotable y limpio de agua que refrigera. El creyente no piensa en Dios para poder decir de él algo novedoso o admirable, sino que se acerca a Dios para abrasarse en su fuego, busca a Dios para apagar en él la sed, y sólo dejará de agitarse cuando Dios sea para él el aire que respira, la luz que lo ilumina, la dicha que lo posee.
Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío”. Éste es hoy el estribillo de nuestra oración responsorial. Son palabras de fe para labios creyentes; y serán palabras verdaderas sólo para quien haya conocido al Señor, sólo para quien haya experimentado su fuerza y su gloria, su gracia y su amor.
Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío”. Las palabras de la oración expresan a un tiempo plenitud y vacío, cercanía y ausencia, conocimiento y búsqueda. El orante –Jeremías, el salmista, Jesús de Nazaret, nuestra asamblea eucarística, la Iglesia entera- madruga por Dios para buscarlo mientras Dios camina con el orante y lo sostiene; tú tienes sed de Dios, aunque todo tu ser está unido a él; tienes ansia de Dios, ¡y cantas con júbilo a la sombra de sus alas! Dios es caudal inagotable de agua, y en su presencia nosotros somos siempre “como tierra reseca, agostada, sin agua”.
Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío”. Las palabras de la oración han puesto a Dios en el centro de tu vida: “Tu amor me sacó de mí. A ti te necesito, sólo a ti. Ardiendo estoy día y noche, a ti te necesito, sólo a ti… Tu amor disipa otros amores, en el mar del amor los hunde. Tu presencia todo lo llena. A ti te necesito, sólo a ti”, pues “tú eres el bien, todo bien, sumo bien, Señor Dios vivo y verdadero”. ¡Plenitud y vacío, cercanía y ausencia, conocimiento y búsqueda!
De ti, Señor, dice tu profeta: “Me sedujiste, y me dejé seducir; me forzaste y me pudiste”. Lo cautivaste, Señor, con el atractivo de tu palabra, lo cegaste con el resplandor de tu belleza, y así lo llevaste a tu luz y a su noche, a tu fuego y a su oprobio, a tu gloria y a su cruz.
Considera la noche del profeta: “Yo era el hazmerreír todo el día; todos se burlan de mí… La Palabra del Señor se volvió para mí oprobio y desprecio todo el día”. Considera la noche oscura de Jesús: “Los que pasaban por allí le insultaban, meneando la cabeza y diciendo: Tú que destruyes el santuario y en tres días lo levantas, ¡sálvate a ti mismo, si eres Hijo de Dios, y baja de la cruz! Igualmente los sumos sacerdotes junto con los escribas y los ancianos se burlaban de él, diciendo: A otros salvó y a sí mismo no puede salvarse. Rey de Israel es: que baje ahora de la cruz, y creeremos en él. Ha puesto su confianza en Dios; que le salve ahora, si es que de verdad le quiere”.
Ahora ya puedes, Iglesia de Dios, mirarte a ti misma en el espejo de Cristo, pues otra cosa no eres que el cuerpo del Hijo que todavía está subiendo a Jerusalén, a su noche, al sufrimiento, a la muerte, a la vida. Mírate a ti misma en el espejo de los pobres, que otra cosa no son que el cuerpo de Cristo, tu propio cuerpo, subiendo a la noche de sus angustias.
Si estabas sedienta de Dios porque habías conocido su bondad y su hermosura, su gloria y su poder, ahora que has experimentado la noche, la de Cristo, la de los pobres, tu propia noche, eres delante de Dios como “tierra reseca, agostada, sin agua”. Tenías sed, y la noche hizo que la sed te devore, hasta hacer de ti pura sed de Dios.

domingo, 27 de agosto de 2017

Con Cristo Jesús entra en mi casa la esperanza del mundo: + Fr. Santiago Agrelo Arzobispo de Tánger

Me pregunto quién es el orante del salmo con que nosotros hemos orado hoy: “Te doy gracias, Señor, de todo corazón; delante de los ángeles tañeré para ti”. Con estas palabras pudo orar Eliacín, siervo del Señor, llamado por Dios a ser un padre para los habitantes de Jerusalén, escogido para dar a la casa paterna un trono glorioso. Él pudo decir con el corazón lleno de agradecimiento: “Me postraré hacia tu santuario, daré gracias a tu nombre”. Pero esas palabras también puede hacerlas suyas con verdad Simón el pescador, apóstol de Jesús, a quien Jesús llama dichoso, porque el Padre del cielo le ha revelado misterios inefables; Simón será la Piedra sobre la que Jesús edificará su Iglesia; a Simón entregará Jesús las llaves del Reino de los cielos; Simón puede llenar de sentido nuevo y pronunciar con asombro renovado todas las palabras del salmista: “El Señor es sublime, se fija en el humilde… Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos”. Con todo, nadie podrá nunca decir las palabras de esa oración con más verdad, más agradecimiento y más gozo que el mismo Cristo Jesús; él es el “Hijo del Hombre, vestido de una túnica talar, ceñido el pecho con un ceñidor de oro”; sólo él puede decir de sí mismo: “Soy yo, el Primero y el Último, el que vive; estuve muerto, pero ahora estoy vivo… y tengo las llaves de la muerte”; sólo él es “el Santo, el Veraz, el que tiene la llave de David: si él abre, nadie puede cerrar; si él cierra, nadie puede abrir”.
Ahora ya puedes, Iglesia santa, decir tú también las palabras de tu oración en comunión con tu Señor, como cuerpo suyo que eres, pues a ti misma puedes verte “revestida con la justicia” que te ha venido de Dios, puedes ver “ceñida tu cintura con la verdad”, puedes ver en tu mano “las llaves” de la reconciliación que tu Señor te ha confiado. Grita tu agradecimiento con más fuerza que si gritases delante de Dios tu necesidad: “Te doy gracias, Señor, de todo corazón…”.
Ya sabes, amada del Señor, con quién has pronunciado las palabras de tu salmo; ya sabes a quién vas a recibir en comunión; ya puedes decir a tu Señor quién es él para ti.
Si digo que tú eres para mí el Primero y el Último, digo, mi Señor, que tú eres mi todo, mi bien, mí único bien. Me gustaría decir con palabras mías quién eres para mí, pero sólo encontraría pobres palabras, sólo sabría balbucir como un niño mientras te miro. Por eso recurro a ti, Señor, para decirte quién eres con palabras tuyas: Tú eres el único de entre nosotros que “ha nacido para todos” los demás; tú eres el único de entre nosotros a quien todos podemos llamar “mi Salvador”; tú eres “la Luz que ilumina el mundo”, el “Pan de cielo” para el camino del pueblo de Dios, el buen Pastor que busca su oveja perdida hasta dar la vida por ella, tú eres la Resurrección y la Vida para todos los que mueren.
Si te recibo, Señor, entra en mi casa la esperanza del mundo; si te acojo, tu santidad me penetra, tu gracia me justifica, tu justicia me ciñe; en las penas “tú eres nuestra dulzura”, en el ardor “tú eres el refrigerio”, en la tristeza “tú eres el gozo”, en la prueba “tú eres seguridad”, en la fatiga “tú eres el descanso”, en la pobreza “tú eres toda nuestra riqueza y satisfacción”. Tú eres quien hace suya mi lepra para que yo quede limpio; tú eres quien toca mis ojos para que vea; tú eres quien me toma de la mano para que camine. Para los esclavos eres libertad, para los pecadores eres perdón, para los pobres tú eres el reino de Dios. Y para mí, Señor, para mí que soy esclavo y ciego, leproso y pecador, para mí, Señor, pido que seas tú solo mi todo.
Iglesia amada del Señor, ya sabes también con quién vas a comulgar, quién te recibe, a quién vas a recibir. No habría comunión de verdad si tú, creyente y pobre, no fueses recibida por Cristo; no habrá comunión de verdad si tú no recibes a Cristo en sus pobres.

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