lunes, 23 de diciembre de 2019

Rezo del Ángelus, Benedicto XVI, en los años del 2005 al 2012. El cuarto domingo de Adviento.



Ø  Rezo del Ángelus, Benedicto XVI, en los años del 2005 al 2012. El cuarto domingo de
Adviento.

v  Domingo 18 de diciembre de 2005

Queridos hermanos y hermanas:
En estos últimos días del Adviento, la liturgia nos invita a contemplar de modo especial a la Virgen María y a san José, que vivieron con intensidad única el tiempo de la espera y de la preparación del nacimiento de Jesús. Hoy deseo dirigir mi mirada a la figura de san José. En la página evangélica de hoy san Lucas presenta a la Virgen María como “desposada con un hombre llamado José, de la casa de David” (Lc 1, 27). Sin embargo, es el evangelista san Mateo quien da mayor relieve al padre putativo de Jesús, subrayando que, a través de él, el Niño resultaba legalmente insertado en la descendencia davídica y así daba cumplimiento a las Escrituras, en las que el Mesías había sido profetizado como “hijo de David”.
Desde luego, la función de san José no puede reducirse a este aspecto legal. Es modelo del hombre “justo” (Mt 1, 19), que en perfecta sintonía con su esposa acoge al Hijo de Dios hecho hombre y vela por su crecimiento humano. Por eso, en los días que preceden a la Navidad, es muy oportuno entablar una especie de coloquio espiritual con san José, para que él nos ayude a vivir en plenitud este gran misterio de la fe.

El silencio de san José: gracias al cual, al unísono con María
guarda la palabra de Dios conocida a través de la Escrituras;
silencio entretejido de oración constante, de adoración de su santísima voluntad
y de confianza sin reservas en su providencia.

El amado Papa Juan Pablo II, que era muy devoto de san José, nos ha dejado una admirable meditación dedicada a él en la exhortación apostólica Redemptoris Custos“Custodio del Redentor”. Entre los muchos aspectos que pone de relieve, pondera en especial el silencio de san José. Su silencio estaba impregnado de contemplación del misterio de Dios, con una actitud de total disponibilidad a la voluntad divina. En otras palabras, el silencio de san José no manifiesta un vacío interior, sino, al contrario, la plenitud de fe que lleva en su corazón y que guía todos sus pensamientos y todos sus actos. Un silencio gracias al cual san José, al unísono con María, guarda la palabra de Dios, conocida a través de las sagradas Escrituras, confrontándola continuamente con los acontecimientos de la vida de Jesús; un silencio entretejido de oración constante, oración de bendición del Señor, de adoración de su santísima voluntad y de confianza sin reservas en su providencia.

Nos es muy necesario el silencio de san José, en un mundo a menudo ruidoso,
que no favorece la escucha de la voz de Dios.

No se exagera si se piensa que, precisamente de su “padre” José, Jesús aprendió, en el plano humano, la fuerte interioridad que es presupuesto de la auténtica justicia, la “justicia superior”, que él un día enseñará a sus discípulos (cf. Mt 5, 20). Dejémonos “contagiar” por el silencio de san José. Nos es muy necesario, en un mundo a menudo demasiado ruidoso, que no favorece el recogimiento y la escucha de la voz de Dios. En este tiempo de preparación para la Navidad cultivemos el recogimiento interior, para acoger y tener siempre a Jesús en nuestra vida.

v  Domingo 24 de diciembre de 2006, víspera de Navidad

Queridos hermanos y hermanas:
La celebración de la santa Navidad ya es inminente. La vigilia de hoy nos prepara para vivir intensamente el misterio que esta noche la liturgia nos invitará a contemplar con los ojos de la fe.
En el Niño divino recién nacido, acostado en el pesebre,
se manifiesta nuestra salvación.
El nacimiento de Cristo nos ayuda a tomar conciencia del valor de la vida humana, de la vida de todo ser humano,
desde su primer instante hasta su ocaso natural.
Ese niño brinda la posibilidad de mirar de un modo nuevo
las realidades de cada día.
En el Niño divino recién nacido, acostado en el pesebre, se manifiesta nuestra salvación. En el Dios que se hace hombre por nosotros, todos nos sentimos amados y acogidos, descubrimos que somos valiosos y únicos a los ojos del Creador. El nacimiento de Cristo nos ayuda a tomar conciencia del valor de la vida humana, de la vida de todo ser humano, desde su primer instante hasta su ocaso natural. A quien abre el corazón a este “niño envuelto en pañales” y acostado “en un pesebre” (cf. Lc 2, 12), él le brinda la posibilidad de mirar de un modo nuevo las realidades de cada día. Podrá gustar la fuerza de la fascinación interior del amor de Dios, que logra transformar en alegría incluso el dolor.
Preparémonos, queridos amigos, para encontrarnos con Jesús, el Emmanuel, Dios con nosotros. Al nacer en la pobreza de Belén, quiere hacerse compañero de viaje de cada uno. En este mundo, desde que él mismo quiso poner aquí su “tienda”, nadie es extranjero. Es verdad, todos estamos de paso, pero es precisamente Jesús quien nos hace sentir como en casa en esta tierra santificada por su presencia. Pero nos pide que la convirtamos en una casa acogedora para todos. Este es precisamente el don sorprendente de la Navidad: Jesús ha venido por cada uno de nosotros y en él nos ha hecho hermanos. De ahí deriva el compromiso de superar cada vez más los recelos y los prejuicios, derribar las barreras y eliminar las contraposiciones que dividen o, peor aún, enfrentan a las personas y a los pueblos, para construir juntos un mundo de justicia y de paz.

En el corazón de la noche vendrá por nosotros.
Pero su deseo es también venir a nosotros,
es decir, a habitar en el corazón de cada uno de nosotros.

Con estos sentimientos, queridos hermanos y hermanas, vivamos las últimas horas que nos separan de la Navidad, preparándonos espiritualmente para acoger al Niño Jesús. En el corazón de la noche vendrá por nosotros. Pero su deseo es también venir a nosotros, es decir, a habitar en el corazón de cada uno de nosotros. Para que esto sea posible, es indispensable que estemos disponibles y nos preparemos para recibirlo, dispuestos a dejarlo entrar en nuestro interior, en nuestras familias, en nuestras ciudades. Que su nacimiento no nos encuentre ocupados en festejar la Navidad, olvidando que el protagonista de la fiesta es precisamente él. Que María nos ayude a mantener el recogimiento interior indispensable para gustar la alegría profunda que trae el nacimiento del Redentor. A ella nos dirigimos ahora con nuestra oración, pensando de modo especial en los que van a pasar la Navidad en la tristeza y la soledad, en la enfermedad y el sufrimiento. Que la Virgen dé a todos fortaleza y consuelo.

v  IV Domingo de Adviento, 23 de diciembre de 2007

Queridos hermanos y hermanas:
Dios se hizo Hijo del hombre
para que nosotros nos convirtiéramos en hijos de Dios.
La Evangelización: “¡Ven, Señor, a transformar nuestros corazones,
para que en el mundo se difundan la justicia y la paz!”.

Sólo un día separa a este cuarto domingo de Adviento de la santa Navidad. Mañana por la noche nos reuniremos para celebrar el gran misterio del amor, que nunca termina de sorprendernos. Dios se hizo Hijo del hombre para que nosotros nos convirtiéramos en hijos de Dios. Durante el Adviento, del corazón de la Iglesia se ha elevado con frecuencia una imploración: “Ven, Señor, a visitarnos con tu paz; tu presencia nos llenará de alegría”. La misión evangelizadora de la Iglesia es la respuesta al grito “¡Ven, Señor Jesús!”, que atraviesa toda la historia de la salvación y que sigue brotando de los labios de los creyentes. “¡Ven, Señor, a transformar nuestros corazones, para que en el mundo se difundan la justicia y la paz!”.
Esto es lo que pretende poner de relieve la Nota doctrinal acerca de algunos aspectos de la evangelización, que acaba de publicar la Congregación para la Doctrina de la Fe. Este documento quiere recordar a todos los cristianos —en una situación en la que con frecuencia ya no queda claro ni siquiera a muchos fieles la razón misma de la evangelización— que “acoger la buena nueva en la fe impulsa de por sí” (n. 7) a comunicar la salvación recibida como un don.
En efecto, “la Verdad que salva la vida —que se hizo carne en Jesús—, enciende el corazón de quien la recibe con un amor al prójimo que mueve la libertad a comunicar lo que se ha recibido gratuitamente” (ib.). Ser alcanzados por la presencia de Dios, que viene a nosotros en Navidad, es un don inestimable, un don capaz de hacernos “vivir en el abrazo universal de los amigos de Dios” (ib.), en la “red de amistad con Cristo, que une el cielo y la tierra” (ib., 9), que orienta la libertad humana hacia su realización plena y que, si se vive en su verdad, florece “con un amor gratuito y enteramente solícito por el bien de todos los hombres” (ib., 7).

La alegría de la Navidad, que ya experimentamos anticipadamente,
al llenarnos de esperanza,
nos impulsa al mismo tiempo
a anunciar a todos la presencia de Dios en medio de nosotros.

No hay nada más hermoso, urgente e importante que volver a dar gratuitamente a los hombres lo que hemos recibido gratuitamente de Dios. No hay nada que nos pueda eximir o dispensar de este exigente y fascinante compromiso. La alegría de la Navidad, que ya experimentamos anticipadamente, al llenarnos de esperanza, nos impulsa al mismo tiempo a anunciar a todos la presencia de Dios en medio de nosotros.

La Virgen María, que no comunicó al mundo una idea, sino a Jesús mismo,
el Verbo encarnado,
es modelo incomparable de evangelización.
Invoquémosla con confianza,
para que la Iglesia anuncie también en nuestro tiempo a Cristo Salvador.

La Virgen María, que no comunicó al mundo una idea, sino a Jesús mismo, el Verbo encarnado, es modelo incomparable de evangelización. Invoquémosla con confianza, para que la Iglesia anuncie también en nuestro tiempo a Cristo Salvador. Que cada cristiano y cada comunidad experimenten la alegría de compartir  con los demás la buena nueva de que Dios “tanto amó al mundo que le entregó a su Hijo unigénito para que el mundo se salve por medio de él” (Jn 3, 16-17). Este es el auténtico sentido de la Navidad, que debemos siempre redescubrir y vivir intensamente.

v  IV domingo de Adviento, 21 de diciembre de 2008

Queridos hermanos y hermanas:

El evangelio de este cuarto domingo de Adviento
nos vuelve a proponer el relato de la Anunciación,
misterio al que volvemos cada día al rezar el Ángelus.

El evangelio de este cuarto domingo de Adviento nos vuelve a proponer el relato de la Anunciación (Lc 1, 26-38), el misterio al que volvemos cada día al rezar el Ángelus. Esta oración nos hace revivir el momento decisivo en el que Dios llamó al corazón de María y, al recibir su “sí”, comenzó a tomar carne en ella y de ella. La oración “Colecta” de la misa de hoy es la misma que se reza al final del Ángelus: “Derrama, Señor, tu gracia sobre nosotros, que por el anuncio del ángel hemos conocido la encarnación de tu Hijo, para que lleguemos por su pasión y su cruz a la gloria de la resurrección”.

Dios se hace hombre, y su muerte y resurrección:
dos ejes inseparables  de un único plan divino.

A pocos días ya de la fiesta de Navidad, se nos invita a dirigir la mirada al misterio inefable que María llevó durante nueve meses en su seno virginal: el misterio de Dios que se hace hombre. Este es el primer eje de la redención. El segundo es la muerte y resurrección de Jesús, y estos dos ejes inseparables manifiestan un único plan divino: salvar a la humanidad y su historia asumiéndolas hasta el fondo al hacerse plenamente cargo de todo el mal que las oprime.
Este misterio de salvación, además de su dimensión histórica, tiene también una dimensión cósmica:  Cristo es el sol de gracia que, con su luz, “transfigura y enciende el universo en espera” (Liturgia). La misma colocación de la fiesta de Navidad está vinculada al solsticio de invierno, cuando las jornadas, en el hemisferio boreal, comienzan a alargarse. A este respecto, tal vez no todos saben que la plaza de San Pedro es también una meridiana; en efecto, el gran obelisco arroja su sombra a lo largo de una línea que recorre el empedrado hacia la fuente que está bajo esta ventana, y en estos días la sombra es la más larga del año. Esto nos recuerda la función de la astronomía para marcar los tiempos de la oración. El Ángelus, por ejemplo, se recita por la mañana, a mediodía y por la tarde, y con la meridiana, que en otros tiempos servía precisamente para conocer el “mediodía verdadero”, se regulaban los relojes.
El hecho de que precisamente hoy, 21 de diciembre, a esta misma hora, caiga el solsticio de invierno me brinda la oportunidad de saludar a todos aquellos que van a participar de varias maneras en las iniciativas del año mundial de la astronomía, el 2009, convocado en el cuarto centenario de las primeras observaciones de Galileo Galilei con el telescopio.
Entre mis predecesores de venerada memoria ha habido cultivadores de esta ciencia, como
·         Silvestre II, que la enseñó,
·         Gregorio XIII, a quien debemos nuestro calendario, y
·         san Pío X, que sabía construir relojes de sol.
Si los cielos, según las bellas palabras del salmista, “narran la gloria de Dios” (Sal 19, 2), también las leyes de la naturaleza, que en el transcurso de los siglos tantos hombres y mujeres de ciencia nos han ayudado a entender cada vez mejor, son un gran estímulo para contemplar con gratitud las obras del Señor.
Volvamos ahora nuestra mirada a María y José, que esperan el nacimiento de Jesús, y aprendamos de ellos el secreto del recogimiento para gustar la alegría de la Navidad. Preparémonos para acoger con fe al Redentor que viene a estar con nosotros, Palabra de amor de Dios para la humanidad de todos los tiempos.

v  IV Domingo de Adviento, 20 de diciembre de 2009

Queridos hermanos y hermanas:
Hay un designio divino que comprende y explica
los tiempos y los lugares de la venida del Hijo de Dios al mundo.
Es un designio de paz, como anuncia también el profeta hablando del Mesías.
No se trata de una paz lograda y estable,
sino una paz fatigosamente buscada y esperada.

Con el IV domingo de Adviento, la Navidad del Señor está ya ante nosotros. La liturgia, con las palabras del profeta Miqueas, invita a mirar a Belén, la pequeña ciudad de Judea testigo del gran acontecimiento: “Pero tú, Belén de Efratá, la más pequeña entre las aldeas de Judá, de ti saldrá el jefe de Israel. Su origen es desde lo antiguo, de tiempo inmemorial” (Mi 5, 1). Mil años antes de Cristo, en Belén había nacido el gran rey David, al que las Escrituras concuerdan en presentar como antepasado del Mesías. El Evangelio de san Lucas narra que Jesús nació en Belén porque José, el esposo de María, siendo de la “casa de David”, tuvo que dirigirse a esa aldea para el censo, y precisamente en esos días María dio a luz a Jesús (cf. Lc 2, 1-7). En efecto, la misma profecía de Miqueas prosigue aludiendo precisamente a un nacimiento misterioso: “Dios los abandonará -dice- hasta el tiempo en que la madre dé a luz. Entonces el resto de sus hermanos volverá a los hijos de Israel” (Mi 5, 2).
Así pues, hay un designio divino que comprende y explica los tiempos y los lugares de la venida del Hijo de Dios al mundo. Es un designio de paz, como anuncia también el profeta hablando del Mesías: “En pie pastoreará con la fuerza del Señor, por el nombre glorioso del Señor su Dios. Habitarán tranquilos porque se mostrará grande hasta los confines de la tierra. Él mismo será nuestra paz” (Mi 5, 3-4).
Precisamente este último aspecto de la profecía, el de la paz mesiánica, nos lleva naturalmente a subrayar que Belén es también una ciudad-símbolo de la paz, en Tierra Santa y en el mundo entero. Por desgracia, en nuestros días, no se trata de una paz lograda y estable, sino una paz fatigosamente buscada y esperada. Dios, sin embargo, no se resigna nunca a este estado de cosas; por ello, también este año, en Belén y en todo el mundo, se renovará en la Iglesia el misterio de la Navidad, profecía de paz para cada hombre, que compromete a los cristianos a implicarse en las cerrazones, en los dramas, a menudo desconocidos y ocultos, y en los conflictos del contexto en el que viven, con los sentimientos de Jesús, para ser en todas partes instrumentos y mensajeros de paz, para llevar amor donde hay odio, perdón donde hay ofensa, alegría donde hay tristeza y verdad donde hay error, según las bellas expresiones de una conocida oración franciscana.

Hoy, como en tiempos de Jesús, la Navidad no es un cuento para niños,
sino la respuesta de Dios al drama de la humanidad que busca la paz verdadera.
A nosotros nos toca abrir de par en par las puertas para acogerlo.

Hoy, como en tiempos de Jesús, la Navidad no es un cuento para niños, sino la respuesta de Dios al drama de la humanidad que busca la paz verdadera. “Él mismo será nuestra paz”, dice el profeta refiriéndose al Mesías. A nosotros nos toca abrir de par en par las puertas para acogerlo. Aprendamos de María y José: pongámonos con fe al servicio del designio de Dios. Aunque no lo comprendamos plenamente, confiemos en su sabiduría y bondad. Busquemos ante todo el reino de Dios, y la Providencia nos ayudará. ¡Feliz Navidad a todos!

v  IV Domingo de Adviento, 19 de diciembre de 2010

Queridos hermanos y hermanas:
En este cuarto domingo de Adviento el evangelio de san Mateo narra cómo sucedió el nacimiento de Jesús situándose desde el punto de vista de san José. Él era el prometido de María, la cual «antes de empezar a estar juntos ellos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo» (Mt 1, 18). El Hijo de Dios, realizando una antigua profecía (cf. Is 7, 14), se hace hombre en el seno de una virgen, y ese misterio manifiesta a la vez el amor, la sabiduría y el poder de Dios a favor de la humanidad herida por el pecado. San José se presenta como hombre «justo» (Mt 1, 19), fiel a la ley de Dios, disponible a cumplir su voluntad. Por eso entra en el misterio de la Encarnación después de que un ángel del Señor, apareciéndosele en sueños, le anuncia: «José, hijo de David, no temas tomar contigo a María, tu mujer, porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1, 20-21). Abandonando el pensamiento de repudiar en secreto a María, la toma consigo, porque ahora sus ojos ven en ella la obra de Dios.
San Ambrosio comenta que «en José se dio la amabilidad y la figura del justo, para hacer más digna su calidad de testigo» (Exp. Ev. sec. Lucam II, 5: ccl 14, 32-33). Él —prosigue san Ambrosio— «no habría podido contaminar el templo del Espíritu Santo, la Madre del Señor, el seno fecundado por el misterio» (ib., II, 6: CCL 14, 33). A pesar de haber experimentado turbación, José actúa «como le había ordenado el ángel del Señor», seguro de hacer lo que debía. También poniendo el nombre de «Jesús» a ese Niño que rige todo el universo, él se inserta en el grupo de los servidores humildes y fieles, parecido a los ángeles y a los profetas, parecido a los mártires y a los apóstoles, como cantan antiguos himnos orientales. San José anuncia los prodigios del Señor, dando testimonio de la virginidad de María, de la acción gratuita de Dios, y custodiando la vida terrena del Mesías. Veneremos, por tanto, al padre legal de Jesús (cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 532)porque en él se perfila el hombre nuevo, que mira con fe y valentía al futuro, no sigue su propio proyecto, sino que se confía totalmente a la infinita misericordia de Aquel que realiza las profecías y abre el tiempo de la salvación.

A san José, patrono universal de la Iglesia, deseo confiar a todos los pastores,
exhortándolos a ofrecer «a los fieles cristianos y al mundo entero
la humilde y cotidiana propuesta de las palabras y de los gestos de Cristo».
Que nuestra vida se adhiera cada vez más a la Persona de Jesús.

Queridos amigos, a san José, patrono universal de la Iglesia, deseo confiar a todos los pastores, exhortándolos a ofrecer «a los fieles cristianos y al mundo entero la humilde y cotidiana propuesta de las palabras y de los gestos de Cristo» (Carta de convocatoria del Año sacerdotal). Que nuestra vida se adhiera cada vez más a la Persona de Jesús, precisamente porque «el que es la Palabra asume él mismo un cuerpo; viene de Dios como hombre y atrae a sí toda la existencia humana, la lleva al interior de la palabra de Dios» (Jesús de Nazaret, Madrid 2007, p. 387). Invoquemos con confianza a la Virgen María, la llena de gracia «adornada de Dios», para que, en la Navidad ya inminente, nuestros ojos se abran y vean a Jesús, y el corazón se alegre en este admirable encuentro de amor.

v  IV Domingo de Adviento, 18 de diciembre de 2011

Queridos hermanos y hermanas:
La importancia de la virginidad de María.
La Virgen María no sólo concibió, sino que lo hizo por obra del Espíritu Santo,
es decir, de Dios mismo. El ser humano que comienza a vivir en su seno
toma la carne de María, pero su existencia deriva totalmente de Dios. 

En este cuarto y último domingo de Adviento la liturgia nos presenta este año el relato del anuncio del ángel a María. Contemplando el estupendo icono de la Virgen santísima, en el momento en que recibe el mensaje divino y da su respuesta, nos ilumina interiormente la luz de verdad que proviene, siempre nueva, de ese misterio. En particular, quiero reflexionar brevemente sobre la importancia de la virginidad de María, es decir, del hecho de que ella concibió a Jesús permaneciendo virgen.
En el trasfondo del acontecimiento de Nazaret se halla la profecía de Isaías. «Mirad: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emanuel» (Is 7, 14). Esta antigua promesa encontró cumplimiento superabundante en la Encarnación del Hijo de Dios.
De hecho, la Virgen María no sólo concibió, sino que lo hizo por obra del Espíritu Santo, es decir, de Dios mismo. El ser humano que comienza a vivir en su seno toma la carne de María, pero su existencia deriva totalmente de Dios. Es plenamente hombre, hecho de tierra —para usar el símbolo bíblico—, pero viene de lo alto, del cielo. El hecho de que María conciba permaneciendo virgen es, por consiguiente, esencial para el conocimiento de Jesús y para nuestra fe, porque atestigua que la iniciativa fue de Dios y sobre todo revela quién es el concebido. Como dice el Evangelio: «Por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios» (Lc 1, 35). En este sentido, la virginidad de María y la divinidad de Jesús se garantizan recíprocamente.

«¿Cómo será eso, pues no conozco varón?» (Lc 1, 34).
En su sencillez, María es muy sabia: no duda del poder de Dios,
pero quiere entender mejor su voluntad,
para adecuarse completamente a esa voluntad.

Por eso es tan importante aquella única pregunta que María, «turbada grandemente», dirige al ángel: «¿Cómo será eso, pues no conozco varón?» (Lc 1, 34). En su sencillez, María es muy sabia: no duda del poder de Dios, pero quiere entender mejor su voluntad, para adecuarse completamente a esa voluntad. María es superada infinitamente por el Misterio, y sin embargo ocupa perfectamente el lugar que le ha sido asignado en su centro. Su corazón y su mente son plenamente humildes, y, precisamente por su singular humildad, Dios espera el «sí» de esa joven para realizar su designio. Respeta su dignidad y su libertad. El «sí» de María implica a la vez la maternidad y la virginidad, y desea que todo en ella sea para gloria de Dios, y que el Hijo que nacerá de ella sea totalmente don de gracia.

Quien confía profundamente en el amor de Dios,
acoge en sí a Jesús, su vida divina, por la acción del Espíritu Santo.

Queridos amigos, la virginidad de María es única e irrepetible; pero su significado espiritual atañe a todo cristiano. En definitiva, está vinculado a la fe: de hecho, quien confía profundamente en el amor de Dios, acoge en sí a Jesús, su vida divina, por la acción del Espíritu Santo. ¡Este es el misterio de la Navidad! A todos os deseo que lo viváis con íntima alegría.

 

v  IV Domingo de Adviento, 23 de diciembre de 2012

(Vídeo en Italiano)
Queridos hermanos y hermanas:
La visita de María a su pariente Isabel.
La anciana Isabel simboliza a Israel que espera al Mesías,
mientras que la joven María lleva en sí la realización de tal espera,
para beneficio de toda la humanidad. 
En las dos mujeres se encuentran y se reconocen, ante todo,
los frutos de su seno, Juan y Cristo.

En este IV domingo de Adviento, que precede en poco tiempo al Nacimiento del Señor, el Evangelio narra la visita de María a su pariente Isabel. Este episodio no representa un simple gesto de cortesía, sino que reconoce con gran sencillez el encuentro del Antiguo con el Nuevo Testamento. Las dos mujeres, ambas embarazadas, encarnan, en efecto, la espera y el EsperadoLa anciana Isabel simboliza a Israel que espera al Mesías, mientras que la joven María lleva en sí la realización de tal espera, para beneficio de toda la humanidad. En las dos mujeres se encuentran y se reconocen, ante todo, los frutos de su seno, Juan y Cristo. Comenta el poeta cristiano Prudencio: «El niño contenido en el vientre anciano saluda, por boca de su madre, al Señor hijo de la Virgen» (Apotheosis, 590: PL 59, 970)El júbilo de Juan en el seno de Isabel es el signo del cumplimiento de la espera: Dios está a punto de visitar a su pueblo. En la Anunciación el arcángel Gabriel había hablado a María del embarazo de Isabel (cf. Lc 1, 36) como prueba del poder de Dios: la esterilidad, a pesar de la edad avanzada, se había transformado en fertilidad.
Isabel, acogiendo a María, reconoce que se está realizando la promesa de Dios a la humanidad y exclama: «¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?» (Lc 1, 42-43). La expresión «bendita tú entre las mujeres» en el Antiguo Testamento se refiere a Yael (Jue 5, 24) y a Judit (Jdt 13, 18), dos mujeres guerreras que se ocupan de salvar a Israel. Ahora, en cambio, se dirige a María, joven pacífica que va a engendrar al Salvador del mundo. Así también el estremecimiento de alegría de Juan (cf. Lc 1, 44) remite a la danza que el rey David hizo cuando acompañó el ingreso del Arca de la Alianza en Jerusalén (cf. 1 Cro 15, 29). El Arca, que contenía las tablas de la Ley, el maná y el cetro de Aarón (cf. Hb 9, 4), era el signo de la presencia de Dios en medio de su puebloEl que está por nacer, Juan, exulta de alegría ante María, Arca de la nueva Alianza, que lleva en su seno a Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre.
La escena de la Visitación expresa también la belleza de la acogida:
donde hay acogida recíproca, escucha, espacio para el otro,
allí está Dios y la alegría que viene de Él.
En el tiempo de Navidad imitemos a María,
visitando a cuantos viven en dificultad,
en especial a los enfermos, los presos, los ancianos y los niños.
E imitemos también a Isabel que acoge al huésped como a Dios mismo:
sin desearlo, no conoceremos nunca al Señor;
sin esperarlo, no lo encontraremos; sin buscarlo, no lo encontraremos.

La escena de la Visitación expresa también la belleza de la acogida: donde hay acogida recíproca, escucha, espacio para el otro, allí está Dios y la alegría que viene de Él. En el tiempo de Navidad imitemos a María, visitando a cuantos viven en dificultad, en especial a los enfermos, los presos, los ancianos y los niños. E imitemos también a Isabel que acoge al huésped como a Dios mismo: sin desearlo, no conoceremos nunca al Señor; sin esperarlo, no lo encontraremos; sin buscarlo, no lo encontraremos. Con la misma alegría de María que va deprisa donde Isabel (cf. Lc 1, 39), también nosotros vayamos al encuentro del Señor que viene. Oremos para que todos los hombres busquen a Dios, descubriendo que es Dios mismo quien viene antes a visitarnos. A María, Arca de la Nueva y Eterna Alianza, confiamos nuestro corazón, para que lo haga digno de acoger la visita de Dios en el misterio de su Nacimiento.
Vida Cristiana

4º Adviento Ciclo A 22 diciembre 2019



[Chiesa/Omelie1/Avvento/4AdvA19JoséObedienciaFeEncuentroConCristoConfiandoVida]

Ø 4º Domingo de adviento, Ciclo A (2019). La vocación de José: aceptó el encargo que Dios le hizo; descubre y acepta la vocación a la que Dios le llamó. El Señor irrumpe en nuestras vidas, en nuestra historia personal, dándonos a conocer su designio, su plan para cada uno de nosotros, y, por la fe en Él, aceptamos esa irrupción. Es la «obediencia de la fe». La disponibilidad para escuchar la palabra de Dios y servir fielmente a su voluntad; es la respuesta del hombre al Dios que habla y que, con Cristo, adquiere la forma del encuentro con una Persona a la que se confía la propia vida. La fe no significa sólo aceptar un cierto número de verdades abstractas. La fe consiste en una relación íntima con Cristo, basada en el amor con que nos ha amado antes hasta la entrega total de sí mismo, al que correspondemos con la voluntad de poner en sintonía la propia vida con los pensamientos y sentimientos de su Corazón. No puede faltar una atenta escucha de sus inspiraciones a través de su Palabra, de las personas con que nos encontramos, de las situaciones de la vida de todos los días.


v  Cf. 4º Adviento Ciclo A   22 diciembre 2019


Mateo 1, 18-24. 18 La generación  de Jesucristo fue así: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de que conviviesen, se encontró con que había concebido en su seno por obra del Espíritu Santo. 19 José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto. 20 Consideraba él estas cosas, cuando un ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: -«José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque -«José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que en ella ha sido concebido es obra  del Espíritu Santo.. 21  Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus  pecados.» 22 Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por el Profeta: 23 «Mirad: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa "Dios-con-nosotros".» 24 Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y se llevó a casa a su mujer.
Romanos 1, 1-7: 1Pablo, siervo de Cristo Jesús, apóstol por vocación, escogido para el Evangelio de Dios, 2 que había ya prometido por medio de sus profetas en las Escrituras Sagradas, 3 acerca de su Hijo, nacido del linaje de David según la carne, 4 constituido Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos, Jesucristo Señor nuestro, 5 por quien recibimos la gracia y el apostolado, para predicar la obediencia de la fe a gloria de su nombre entre todos los gentiles, 6 entre los cuales os contáis también vosotros, llamados de Jesucristo, 7 a todos los amados de Dios que estáis en Roma, santos por vocación, a vosotros gracia y paz, de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo.

En este domingo precedente a la Navidad, la liturgia nos propone la meditación sobre las figuras de los padres de Jesús. En el Evangelio de Mateo (Ciclo A) resalta la figura de José; María dará luz a un hijo a quien pondrá por nombre Jesús, “Dios-con-nosotros”. Se trata de dos padres inscritos en la acción misteriosa de Dios en la historia. Toda pareja humana que se constituye en familia, tiene una vocación semejante, la de estar «abierta» a la acción de Dios.  Cfr. Omelie- temi di predicazione, n. 107 nuova serie, IV Domenica di Avvento Ciclo A,


La obediencia de la fe. El sentido vocacional de la vida.
El descubrimiento del designio que Dios tiene para cada uno de nosotros.
José aceptó el encargo que Dios le hizo:
descubre y acepta la vocación a la que Dios le llamó.

1.    La vocación de José: aceptó el encargo que Dios le hizo; descubre y acepta la vocación a la que Dios le llamó. Es la «obediencia de la fe». El Señor irrumpe en nuestras vidas, en nuestra historia personal, dándonos a conocer su designio, su plan para cada uno de nosotros, y, por la fe en Él, aceptamos esa irrupción.

 

v  La vocación de José

o   Lo mismo que María acepta colaborar en la historia de la salvación.

·         Mateo 1, José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que en ella ha sido
concebido es obra  del Espíritu Santo (v. 20). Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y se llevó a casa a su mujer  (v. 24).
·         José es llamado justo (v. 19), que en la mentalidad de la época indicaba el hombre que vivía según
los preceptos de la Ley, y buscaba cumplir la  voluntad de Dios en todo, que acepta y respeta el misterio de Dios, no sólo en esta ocasión sino también cuando tuvo que ir a Belén para registrarse, cuando tuvo que escapar a Egipto y volver a Israel guiando, por otra parte, a su familia con mano firme y segura.  José – lo mismo que María – acepta colaborar en la historia de la salvación. El Señor le pide que acoja a María en su casa, formalizando de este modo la segunda parte del matrimonio entre los hebreos; al dar el nombre al hijo de María, José cumple con el cometido que tiene todo padre: Jesús es hijo a todos los efectos jurídicos y es reconocido como miembro de esa familia considerada como una más en Nazaret, y es considerado descendiente de David.

v  La «obediencia de la fe»  en la  Carta a los Romanos

o   En la segunda Lectura de hoy

Romanos 1, 5, segunda Lectura de hoy: “Por  Jesucristo Señor nuestro recibimos la gracia y el apostolado, para predicar la obediencia de la fe a gloria de su nombre entre todos los gentiles”.
·         Nuevo Testamento, Eunsa 2004: “La «obediencia de la fe» es la aceptación del Evangelio, acto
que pertenece a la inteligencia y voluntad humanas, pero que las supera: sólo puede realizarse a partir de la fe”.

o   La fe en Romanos 1, 16

Romanos 1, 16: “No me avergüenzo del Evangelio, porque es una fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree”.
§  La fe no es sólo pura adhesión intelectual sino también confianza y obediencia a una verdad de vida que compromete todo el ser.
·         Cfr. Biblia de Jerusalén, comentario a Romanos 1,16: La fe no es pura adhesión intelectual; es también
confianza y obediencia (Romanos 1,5, Romanos 6,17, Romanos 10,16, Romanos 16,26; ver Hechos 6,7) a una verdad de vida (2Tesalonicenses 2,12s) que compromete a todo el ser mediante la unión con Cristo (2Corintios 13,5, Gálatas 2,16, Gálatas 2,20, Efesios 3,17) y le otorga el Espíritu (Gálatas 3,2, Gálatas 3,5, Gálatas 3,14; ver Juan 7,38s, Hechos 11,16-17) de Hijos de Dios (Gálatas 3,26; ver Juan 1,12).

v  La obediencia de la fe en «Redemptoris custos», de Juan Pablo II

o   José se convirtió en depositario singular del misterio.

§  "Cuando Dios revela hay que prestarle "la obediencia de la fe", por la que el hombre se confía libre y totalmente a Dios”.
·         4.  (...) “Se puede decir que lo que hizo José le unió en modo particularísimo a la fe de María.
Aceptó como verdad proveniente de Dios lo que ella ya había aceptado en la anunciación. El Concilio dice al
respecto: "Cuando Dios revela hay que prestarle "la obediencia de la fe", por la que el hombre se confía libre
y totalmente a Dios, prestando a Dios revelador el homenaje del entendimiento y de la voluntad y asintiendo
voluntariamente a la revelación hecha por él"(Const. dogm. Dei Verbum sobre la divina Revelación, 5).
La frase anteriormente citada, que concierne a la esencia misma de la fe, se refiere plenamente a José de
Nazaret.
·         5.  El, por tanto, se convirtió en el depositario singular del misterio "escondido desde siglos en
Dios" (cf. Efesios 3, 9), lo mismo que se convirtió María en aquel momento decisivo que el Apóstol llama "la plenitud de los tiempos", cuando "envió Dios a su Hijo, nacido de mujer" para "rescatar a los que se hallaban bajo la ley", "para que recibieran la filiación adoptiva" (cf. Gálatas 4, 4-5). "Dispuso Dios -afirma el Concilio- en su sabiduría revelarse a sí mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad (cf. Efesios 1, 9), mediante el cual los hombres, por medio de Cristo, Verbo encarnado, tienen acceso al Padre en el Espíritu Santo y se hacen consortes de la naturaleza divina (cf. Efesios2, 18; 2 Pe 1, 4)". (Const. dogm. Dei Verbum sobre la divina Revelación, 2)
§  José es el primero en participar de la fe de la Madre de Dios, y, haciéndolo así, sostiene a su esposa en la fe de la divina anunciación.
De este misterio divino José es, junto con María, el primer depositario. Con María -y también en relación con María- él participa en esta fase culminante de la autorrevelación de Dios en Cristo, y participa desde el primer instante. Teniendo a la vista el texto de ambos evangelistas Mateo y Lucas, se puede decir también que José es el primero en participar de la fe de la Madre de Dios, y que, haciéndolo así, sostiene a su esposa en la fe de la divina anunciación. El es asimismo el que ha sido puesto en primer lugar por Dios en la vía de la "peregrinación de la fe", a través de la cual, María, sobre todo en el Calvario y en Pentecostés, precedió de forma eminente y singular. (Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium sobre la Iglesia, 63)

o   La historia de José – en determinados momentos dramática, cuando «consideraba él estas cosas» - nos invita a todos a desear discernir la presencia de Dios en nuestras vidas. La «obediencia de la fe» es la disponibilidad para escuchar la palabra de Dios y servir fielmente a su voluntad.  nn. 30-31

·         30.  “Como se dice en la Constitución Dogmática del Concilio Vaticano II sobre la divina
Revelación, la actitud fundamental de toda la Iglesia debe ser de "religiosa escucha de la Palabra de Dios"(Const. dogm. Dei Verbum, sobre la divina Revelación, 1), esto es, de disponibilidad absoluta para servir fielmente a la voluntad salvífica de Dios revelada en Jesús. Ya al inicio de la redención humana encontramos el modelo de obediencia -después del de María- precisamente en José, el cual se distingue por la fiel ejecución de los mandatos de Dios.
Pablo VI invitaba a invocar este patrocinio "como la Iglesia, en estos últimos tiempos suele hacer; ante todo, para sí, en una espontánea reflexión teológica sobre la relación de la acción divina con la acción humana, en la gran economía de la redención, en la que la primera, la divina, es completamente suficiente, pero la segunda, la humana, la nuestra, aunque no puede nada (cf. Juan 15, 5), nunca está dispensada de una humilde, pero incondicional y ennoblecedora colaboración. Además, la Iglesia lo invoca como protector con un profundo y actualísimo deseo de hacer florecer su terrena existencia con genuinas virtudes evangélicas, como resplandecen en san José" (Pablo VI, Alocución (19 de marzo de 1969): Insegnamenti, VII (1969), p. 1269)
·         31. La Iglesia transforma estas exigencias en oración. Y recordando que Dios ha confiado los
primeros misterios de la salvación de los hombres a la fiel custodia de San José, le pide que le conceda colaborar fielmente en la obra de la salvación, que le dé un corazón puro, como san José, que se entregó por entero a servir al Verbo Encarnado, y que "por el ejemplo y la intercesión de san José, servidor fiel y obediente, vivamos siempre consagrados en justicia y santidad". (Cf. Missale Romanum, Collecta; Super oblata en "Sollemnitate S. Ioseph Sponsi B.M.V."; Post. commn. en "Missa votiva S. Ioseph")”.

v  La obediencia de la fe en el Catecismo de La Iglesia Católica

o   La obediencia de la fe es la respuesta del hombre al Dios que revela.

n. 143: “Por la fe, el hombre somete completamente su inteligencia y su voluntad a Dios. Con todo su ser, el hombre da su asentimiento a Dios que revela (Cf DV 5). La Sagrada Escritura llama «obediencia de la fe» a esta respuesta del hombre a Dios que revela (Cf Romanos 1, 5; 16, 26).”

o   La obediencia en la fe: sometimiento libre a la palabra escuchada porque su verdad está garantizada por Dios.

·         n. 144:  LA OBEDIENCIA DE LA FE - Obedecer («ob-audire») en la fe, es someterse libremente a la
palabra escuchada, porque su verdad está garantizada por Dios, la Verdad misma. De esta obediencia, Abraham es el modelo  que nos propone la Sagrada Escritura. La Virgen María es la realización más perfecta de la misma.

v  La obediencia de la fe en el libro de los Salmos.

Cfr. Salmo responsorial del pasado lunes de la semana 3ª de Adviento.
Salmo 24, 4-5 AB.6-7 BC, 8-9 (R: 4B)

o   Una petición del salmista a Dios, para que nos dé a conocer su designio, su proyecto sobre nosotros, nuestra vocación.

R. Señor, instrúyeme en tus sendas
Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas, haz que camine con lealtad; enséñame porque tú eres mi Dios y Salvador. R.
Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas; acuérdate de mí con misericordia, por tu bondad, Señor.  R.
El Señor es bueno y recto, y enseña el camino a los pecadores; hace caminar a los humildes con rectitud, enseña su camino a los humildes. R.

v  Benedicto XVI

o    Homilía, en Varsovia 26 mayo 2006

§  La fe no significa sólo aceptar un cierto número de verdades abstractas. La fe consiste en una relación íntima con Cristo, una relación basada en el amor de Aquél que nos ha amado antes, hasta la entrega total de sí mismo. Nuestra correspondencia, nuestro amor por Cristo, se expresa en poner en sintonía la propia vida con los pensamientos y sentimientos de su Corazón.
            De hecho, Cristo dice: «Si me amáis…». La fe no significa sólo aceptar un cierto número de verdades abstractas sobre los misterios de Dios, del hombre, de la vida y de la muerte, de las realidades futuras. La fe consiste en una relación íntima con Cristo, una relación basada en el amor de Aquél que nos ha amado antes (Cf. 1 Juan 4, 11), hasta la entrega total de sí mismo. «La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros» (Romanos 5, 8). ¿Qué otra respuesta podemos dar a un amor tan grande, sino un corazón abierto y dispuesto a amar? Pero, ¿qué quiere decir amar a Cristo? Quiere decir fiarse de Él, incluso en la hora de la prueba, seguirle fielmente incluso en el Vía Crucis, con la esperanza de que pronto llegará la mañana de la resurrección. Si confiamos en Él no perdemos nada, sino que ganamos todo. Nuestra vida adquiere en sus manos su verdadero sentido. El amor por Cristo se expresa con la voluntad de poner en sintonía la propia vida con los pensamientos y los sentimientos de su Corazón. Esto se logra mediante la unión interior, basada en la gracia de los Sacramentos, reforzada con la oración continua, con la alabanza, con la acción de gracias y la penitencia. No puede faltar una atenta escucha de las inspiraciones que Él suscita a través de su Palabra, a través de las personas con las que nos encontramos, de las situaciones de vida de todos los días[1]. Amarlo quiere decir permanecer en diálogo con Él, para conocer su voluntad y realizarla prontamente.

o   Benedicto XVI, Exhortación apostólica “Verbum Domini”.

30 septiembre de 2010, nn. 24 y 25
Dialogar con Dios mediante sus palabras
§  Toda la existencia del hombre se convierte en un diálogo con Dios que habla y escucha, que llama y mueve nuestra vida. La Palabra de Dios revela aquí que toda la existencia del hombre está bajo la llamada divina
24. La Palabra divina nos introduce a cada uno en el coloquio con el Señor: el Dios que habla nos enseña cómo podemos hablar con Él. Pensamos espontáneamente en el Libro de los Salmos, donde se nos ofrecen las palabras con que podemos dirigirnos a él, presentarle nuestra vida en coloquio ante él y transformar así la vida misma en un movimiento hacia él.[Cf. Discurso en el encuentro con el mundo de la cultura en el  Collège des Bernardins de París (12 septiembre 2008): AAS 100 (2008), 721-730.] En los Salmos, en efecto, encontramos toda la articulada gama de sentimientos que el hombre experimenta en su propia existencia y que son presentados con sabiduría ante Dios; aquí se encuentran expresiones de gozo y dolor, angustia y esperanza, temor y ansiedad. Además de los Salmos, hay también muchos otros textos de la Sagrada Escritura que hablan del hombre que se dirige a Dios mediante la oración de intercesión (cf. Ex 33,12-16), del canto de júbilo por la victoria (cf. Ex 15), o de lamento en el cumplimiento de la propia misión  (cf. Jr 20,7-18). Así, la palabra que el hombre dirige a Dios se hace también Palabra de Dios, confirmando el carácter dialogal de toda la revelación cristiana,[Cf. Propositio 4.] y toda la existencia del hombre se convierte en un diálogo con Dios que habla y escucha, que llama y mueve nuestra vida. La Palabra de Dios revela aquí que toda la existencia del hombre está bajo la llamada divina. [Cf. Relatio post disceptationem, 12.]
§  La fe es la respuesta propia del hombre al Dios que habla. Con Cristo, la fe adquiere la forma del encuentro con una Persona, a la que se confía la propia vida.
25. «Cuando Dios revela, el hombre tiene que “someterse con la fe” (cf. Romanos 16,26; Romanos 1,5; 2 Corintios 10,5-6), por la que el hombre se entrega entera y libremente a Dios, le ofrece “el homenaje total de su entendimiento y voluntad”, asintiendo libremente a lo que él ha revelado». [76: Conc. Ecum. Vaticano II, Const. Dogm. Dei Verbum, sobre la divina revelación, 5] Con estas palabras, la Constitución dogmática Dei Verbum expresa con precisión la actitud del hombre en relación con Dios. La respuesta propia del hombre al Dios que habla es la fe. En esto se pone de manifiesto que «para acoger la Revelación, el hombre debe abrir la mente y el corazón a la acción del Espíritu Santo que le hace comprender la Palabra de Dios, presente en las sagradas Escrituras».[77: Propositio 4] En efecto, la fe, con la que abrazamos de corazón la verdad que se nos ha revelado y nos entregamos totalmente a Cristo, surge precisamente por la predicación de la Palabra divina: «la fe nace del mensaje, y el mensaje consiste en hablar de Cristo» (Romanos 10,17). La historia de la salvación en su totalidad nos muestra de modo progresivo este vínculo íntimo entre la Palabra de Dios y la fe, que se cumple en el encuentro con Cristo. Con él, efectivamente, la fe adquiere la forma del encuentro con una Persona a la que se confía la propia vida. Cristo Jesús está presente ahora en la historia, en su cuerpo que es la Iglesia; por eso, nuestro acto de fe es al mismo tiempo un acto personal y eclesial.

v  La obediencia a la voluntad de Dios  vale más que los sacrificios

o   Por el bautismo los cristianos hemos sido constituidos sacerdotes de nuestra propia existencia.

·         En Romanos 12, 1-2, San Pablo pide a los cristianos que se ofrezcan ellos mismos “como sacrificio vivo,
santo, agradable a Dios”, y tal será su “culto espiritual”.
·         Nuevo Testamento, Eunsa 1999, Romanos 12,1-8: “En los vv. 1-2 el Apóstol introduce la invitación a
dar a Dios un culto espiritual, como consecuencia de la nueva condición dada por el Bautismo. Los cristianos son el nuevo Pueblo de Dios y están incorporados a Cristo como miembros suyos, de modo que «todos, por el Bautismo, hemos sido constituidos sacerdotes de nuestra propia existencia, ‘para ofrecer víctimas espirituales, que sean agradables a Dios por Jesucristo’ (1 Pedro 2,5), para realizar cada una de nuestras propias acciones en espíritu de obediencia a la voluntad de Dios, perpetuando así la misión del Dios-Hombre (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 96) ».”

2. María realiza de la manera más perfecta la obediencia de la fe

·         Catecismo de la Iglesia Católica,  148: La Virgen María realiza de la manera más perfecta la
obediencia de la fe. En la fe, María acogió el anuncio y la promesa que  le traía el ángel Gabriel, creyendo que "nada es imposible para Dios"  (Lucas 1, 37; cf  Génesis 18, 14) y dando su asentimiento: "He aquí la esclava  del Señor; hágase en mí según tu palabra" (Lucas 1, 38). Isabel la  saludó: "¡Dichosa la que ha creído que se cumplirían las cosas que le  fueron dichas de parte del Señor!" (Lucas 1, 45). Por esta fe todas las  generaciones la proclamarán bienaventurada (cf  Lucas 1, 48). Durante toda su vida, y hasta su última prueba (cf  Lucas 2, 35), cuando Jesús, su hijo, murió en la cruz, su fe no vaciló. María no cesó de creer en el "cumplimiento" de la palabra de Dios. Por todo ello, la Iglesia venera en María la realización más pura de la fe.  



Vida Cristiana




[1] Nota de la redacción de Vida Cristiana: “El Señor viene ahora a nuestro encuentro en cada hombre y en cada acontecimiento, para que lo recibamos en la fe y por el amor demos testimonio de la espera dichosa de su reino” (Prefacio III de Adviento).

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