viernes, 26 de octubre de 2018

“Nos parecía soñar”: por Santiago Agrelo

“Cuando el Señor cambió la suerte de Sión, nos parecía soñar” (Salmo responsorial). En la memoria del soñador podría haber estado Egipto, la tierra de la esclavitud, el mar dividido para el paso de los esclavos, las noches del éxodo bajo la luz de Dios, aquellos días bajo la nube, el desierto mitigado con agua de la roca y panes de rocío, la tierra prometida, una tierra con fuentes de leche y miel para la esperanza de un pueblo. En la memoria del soñador, más cercanas que las tierras de Egipto y las maravillas del éxodo, quedaban las tierras de Asiria, y de Caldea, último solar de lágrimas y lutos para los desterrados de Sión. El profeta evoca caminos que Dios abre en la estepa para el paso de los que volverán a la tierra de la libertad. A la luz de la palabra profética, el futuro se ilumina con un éxodo de pobres hacia una nueva esperanza; Dios los guía entre consuelos; “entre ellos hay ciegos y cojos, preñadas y paridas”. El salmista evoca Pascua y fiesta, asombro, alegría y canto de los redimidos: “Cuando el Señor cambió la suerte de Sión, nos parecía soñar: la boca se nos llenaba de risas, la lengua de cantares.” En Cristo Jesús, en los sacramentos de su Pascua, el Señor ha cambiado nuestra suerte: Tocaste, Señor, mis ojos ciegos, y pude verte. Iluminaste mi vida, y pude seguirte. Me curaste, y pude amarte. Cambiaste nuestro duelo en fiesta, el luto en danza, la tristeza en alegría; la luz de tu misericordia iluminó la noche de nuestra esclavitud. Cuando el Señor nuestro Dios cambió nuestra suerte… se nos llenó de paz el corazón, de alegría el alma, de risas la boca, de cantares la lengua, pues se nos había llenado de Cristo Jesús la vida entera. Cuando el Señor cambió nuestra suerte… nos parecía soñar. Un mundo de cambia suertes: Si me preguntan cómo se llama mi Dios, les digo: Su nombre es, «El que ha cambiado mi suerte». Si me preguntan, cuál es mi pueblo, les digo: Mi pueblo son «Los pobres a quienes Dios ha cambiado la suerte». Si me preguntan cuál es mi tarea, les digo: Me han pedido que sea «Mente, corazón y manos del que cambia la suerte de los pobres». Si me preguntan a quiénes he sido enviado, les digo: «A los pobres para que cambie su suerte». Si me preguntan a dónde he llegado, entonces se hace ineludible la confesión y la petición: Dios mío, no hemos llegado a tiempo para librarlos. Salieron hacia una esperanza, se quedaron a la deriva en un mar de angustia, naufragaron en un cementerio de agua. No hemos llegado a tiempo para cambiar su suerte… Dios mío, que el mundo se te llene de corazones y manos para cambiar la suerte de los que lloran. Dios mío, que el mundo se nos llene de cambia suertes.

jueves, 25 de octubre de 2018

LA CURACIÓN DEL CIEGO DE JERICÓ Bartimeo Catequesis de Papa Francisco sobe la parábola del ciego de Jericó. 15 de junio de 2016





LA CURACIÓN DEL CIEGO DE JERICÓ

Bartimeo

Catequesis de Papa Francisco sobe la parábola del ciego de Jericó.

15 de junio de 2016

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Un día Jesús, acercándose a la ciudad de Jericó, realizó el milagro de restituir la vista a un ciego que mendigaba a lo largo del camino (Cfr. Lc 18,35-43). Hoy queremos aferrar el significado de este signo porque también nos toca directamente.

v  La figura de este ciego representa a tantas personas que, también hoy, se encuentran marginadas a causa de una discapacidad física o de otro tipo.

o   Está separado de la gente, está ahí sentado mientras la gente pasa ocupada, en sus pensamientos y tantas cosas… No tienen compasión de él, es más, sienten fastidio por sus gritos.

§  Recordemos las palabras que Moisés pronunció en aquella circunstancia; decía así: «Si hay algún pobre entre tus hermanos, en alguna de las ciudades del país que el Señor, tu Dios, te da, no endurezcas tu corazón ni le cierres tu mano.
El evangelista Lucas dice que aquel ciego estaba sentado al borde del camino pidiendo limosna (Cfr. v. 35). Un ciego en aquellos tiempos – incluso hasta hace poco tiempo atrás – podía vivir solo de la limosna. La figura de este ciego representa a tantas personas que, también hoy, se encuentran marginadas a causa de una discapacidad física o de otro tipo.
Está separado de la gente, está ahí sentado mientras la gente pasa ocupada, en sus pensamientos y tantas cosas… Y el camino, que puede ser un lugar de encuentro, para él en cambio es el lugar de la soledad. Tanta gente que pasa. Y él está solo.
Es triste la imagen de un marginado, sobre todo en el escenario de la ciudad de Jericó, la espléndida y prospera oasis en el desierto. Sabemos que justamente a Jericó llegó el pueblo de Israel al final del largo éxodo de Egipto: aquella ciudad representa la puerta de ingreso en la tierra prometida.
Recordemos las palabras que Moisés pronunció en aquella circunstancia; decía así: «Si hay algún pobre entre tus hermanos, en alguna de las ciudades del país que el Señor, tu Dios, te da, no endurezcas tu corazón ni le cierres tu mano. Es verdad que nunca faltarán pobres en tu país. Por eso yo te ordeno: abre generosamente tu mano el pobre, al hermano indigente que vive en tu tierra» (Deut. 15,7.11).
Es agudo el contraste entre esta recomendación de la Ley de Dios y la situación descrita en el Evangelio: mientras el ciego grita – tenia buena voz, ¿eh? – mientras el ciego grita invocando a Jesús, la gente le reprocha para hacerlo callar, como si no tuviese derecho a hablar. No tienen compasión de él, es más, sienten fastidio por sus gritos. Eh… Cuantas veces nosotros, cuando vemos tanta gente en la calle – gente necesitada, enferma, que no tiene que comer – sentimos fastidio.
Cuantas veces nosotros, cuando nos encontramos ante tantos prófugos y refugiados, sentimos fastidio. Es una tentación: todos nosotros tenemos esto, ¿eh? Todos, también yo, todos. Es por esto que la Palabra de Dios nos enseña. La indiferencia y la hostilidad los hacen ciegos y sordos, impiden ver a los hermanos y no permiten reconocer en ellos al Señor. Indiferencia y hostilidad.
Y cuando esta indiferencia y hostilidad se hacen agresión y también insulto – “pero échenlos fuera a todos estos”, “llévenlos a otra parte” – esta agresión; es aquello que hacia la gente cuando el ciego gritaba: “pero tu vete, no hables, no grites”.

v  El Evangelista dice que alguien de la multitud explicó al ciego el motivo de toda aquella gente diciendo: «Que pasaba Jesús de Nazaret»

Notamos una característica interesante. El Evangelista dice que alguien de la multitud explicó al ciego el motivo de toda aquella gente diciendo: «Que pasaba Jesús de Nazaret» (v. 37). El paso de Jesús es indicado con el mismo verbo con el cual en el libro del Éxodo se habla del paso del ángel exterminador que salva a los Israelitas en las tierras de Egipto (Cfr. Ex 12,23).
Es el “paso” de la pascua, el inicio de la liberación: cuando pasa Jesús, siempre hay liberación, siempre hay salvación. Al ciego, pues, es como si fuera anunciada su pascua. Sin dejarse atemorizar, el ciego grita varias veces dirigiéndose a Jesús reconociéndolo como Hijo de David, el Mesías esperado que, según el profeta Isaías, habría abierto los ojos a los ciegos (Cfr. Is 35,5). A diferencia de la multitud, este ciego ve con los ojos de la fe. Gracias a ella su suplica tiene una potente eficacia.

o   Pensemos también nosotros, cuando hemos estado en situaciones difíciles, también en situaciones de pecado, como ha estado ahí Jesús a tomarnos de la mano y a sacarnos del margen del camino a la salvación.

§  El paso del Señor es un encuentro de misericordia
El ciego no veía, pero su fe le abre el camino a la salvación
De hecho, al oírlo, «Jesús se detuvo y mandó que se lo trajeran» (v. 40). Haciendo así Jesús quita al ciego del margen del camino y lo pone al centro de la atención de sus discípulos y de la gente. Pensemos también nosotros, cuando hemos estado en situaciones difíciles, también en situaciones de pecado, como ha estado ahí Jesús a tomarnos de la mano y a sacarnos del margen del camino a la salvación.
Se realiza así un doble pasaje. Primero: la gente había anunciado la buena noticia al ciego, pero no quería tener nada que ver con él; ahora Jesús obliga a todos a tomar conciencia que el buen anuncio implica poner al centro del propio camino a aquel que estaba excluido.
Segundo: a su vez, el ciego no veía, pero su fe le abre el camino a la salvación, y él se encuentra en medio de cuantos habían bajado al camino para ver a Jesús. Hermanos y hermanas, el paso del Señor es un encuentro de misericordia que une a todos alrededor de Él para permitir reconocer quien tiene necesidad de ayuda y de consolación. También en nuestra vida Jesús pasa; y cuando pasa Jesús, y yo me doy cuenta, es una invitación a acercarme a Él, a ser más bueno, a ser mejor cristiano, a seguir a Jesús.
Jesús se dirige al ciego y le pregunta: «¿Qué quieres que haga por ti?» (v. 41). Estas palabras de Jesús son impresionantes: el Hijo de Dios ahora está frente al ciego como un humilde siervo. Él, Jesús, Dios dice: “Pero, ¿Qué cosa quieres que haga por ti? ¿Cómo quieres que yo te sirva?” Dios se hace siervo del hombre pecador. Y el ciego responde a Jesús no más llamándolo “Hijo de David”, sino “Señor”, el título que la Iglesia desde los inicios aplica a Jesús Resucitado.
El ciego pide poder ver de nuevo y su deseo es escuchado: «¡Señor, que yo vea otra vez! Y Jesús le dijo: Recupera la vista, tu fe te ha salvado» (v. 42). Él ha mostrado su fe invocando a Jesús y queriendo absolutamente encontrarlo, y esto le ha traído el don de la salvación. Gracias a la fe ahora puede ver y, sobre todo, se siente amado por Jesús.

v  Tenemos necesidad siempre de salvación. Y todos nosotros, todos los días, debemos hacer este paso: de mendigos a discípulos.

o   Dejémonos también nosotros llamar por Jesús, y dejémonos curar por Jesús, perdonar por Jesús

Por esto la narración termina refiriendo que el ciego «recuperó la vista y siguió a Jesús, glorificando a Dios» (v. 43): se hace discípulo. De mendigo a discípulo, también este es nuestro camino: todos nosotros somos mendigos, todos.
Tenemos necesidad siempre de salvación. Y todos nosotros, todos los días, debemos hacer este paso: de mendigos a discípulos. Y así, el ciego se encamina detrás del Señor y entrando a formar parte de su comunidad. Aquel que querían hacer callar, ahora testimonia a alta voz su encuentro con Jesús de Nazaret, y  «todo el pueblo alababa a Dios» (v. 43).
Sucede un segundo milagro: lo que había sucedido al ciego hace que también la gente finalmente vea. La misma luz ilumina a todos uniéndolos en la oración de alabanza. Así Jesús infunde su misericordia sobre todos aquellos que encuentra: los llama, los hace venir a Él, los reúne, los sana y los ilumina, creando un nuevo pueblo que celebra las maravillas de su amor misericordioso.
Pero dejémonos también nosotros llamar por Jesús, y dejémonos curar por Jesús, perdonar por Jesús, y vayamos detrás de Jesús alabando a Dios. ¡Así sea!

Vida Cristiana


Domingo 30 Ciclo B del tiempo ordinario, 28 de octubre de 2018




Ø Domingo 30 del tiempo ordinario, Año B (2018). El ciego Bartimeo. El milagro de su  curación.

Le lleva a la fe y al nacimiento de un discípulo del Señor: después de recobrar la vista, Bartimeo “sigue al Señor por el camino”. Jesús le llama: es la vocación cristiana. Los milagros fortalecen la fe, no pretenden satisfacer la curiosidad ni los deseos mágicos. Bartimeo arrojó su capa y fue hacia el Señor. La fe que El nos reclama es así: hemos de andar a su ritmo con obras llenas de generosidad, arrancando y soltando lo que estorba. Perturban el ojo del corazón la codicia, la avaricia,  la iniquidad, la concupiscencia del mundo.


v  Cfr. Domingo 30  Ciclo B del tiempo ordinario, 28 de octubre de 2018

Marcos 10, 46-52
Gianfranco Ravasi, Secondo le Scritture, Anno B, Piemme 1996, pp. 312-318; San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, nn. 196 y 198 – Homilía vida de fe

Marcos 10, 46-52: 46 Llegan a Jericó. Y cuando salía de Jericó, acompañado de sus discípulos y de una gran muchedumbre, el hijo de Timeo (Bartimeo), un mendigo ciego, estaba sentado junto al camino. 47 Al enterarse de que era Jesús de Nazaret, se puso a gritar: « ¡Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí! » 48 Muchos le increpaban para que se callara. Pero él gritaba mucho más: « ¡Hijo de David, ten compasión de mí! » 49 Jesús se detuvo y dijo: « Llamadle. » Llaman al ciego, diciéndole: « ¡Animo, levántate! Te llama. » 50 Y él, arrojando su manto, dio un brinco y vino donde Jesús. 51 Jesús, dirigiéndose a él, le dijo: « ¿Qué quieres que haga por ti? » El ciego le dijo: « Rabbuní, ¡que vea! » 52 Jesús le dijo: « Vete, tu fe te ha salvado. » Y al instante, recobró la vista y le seguía por el camino.

¿Qué quieres que haga por ti?
Maestro, que pueda ver.
Vete, tu fe te ha salvado.
Recobró la vista y le seguía por el camino
(Evangelio,Marcos 10, 51-52 : encuentro de Jesús con el ciego Bartimeo)

1.    La fe de Bartimeo, su actitud ante Jesús
Cfr. Nuevo Testamento, EUNSA 2004, Nota Marcos10, 46-52.
-          “La fuerza y la insistencia de su petición (vv. 47-48), la despreocupación por sus cosas ante la llamada
(v. 50), la fe y la sencillez en su diálogo con el Señor (v. 51). Como consecuencia de su fe, la situación de Bartimeo cambia radicalmente: de estar ciego y sentado junto al camino (v. 46) ha pasado a recobrar la vista y a seguir a Jesús por su camino (v. 52). (…)
            La fe de Bartimeo no se manifiesta sólo en la petición, abarca también las obras: deja el manto, salta para acercarse a Jesús (v. 50), y le sigue camino de Jerusalén.
            «Tú has conocido lo que el Señor te proponía, y has decidido acompañarle en el camino. Tú intentas pisar sobre sus pisadas, vestirte de la vestidura de Cristo, ser el mismo Cristo: pues tu fe, fe en esa luz que el Señor te va dando, ha de ser operativa y sacrificada. No te hagas ilusiones, no pienses en descubrir modos nuevos. La fe que El nos reclama es así: hemos de andar a su ritmo con obras llenas de generosidad, arrancando y soltando lo que estorba». (San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 198 – Homilía Vida de fe)”

2.    La historia de Bartimeo es también posible para nosotros


v  Aunque nuestros ojos físicos sean limpios y nuestra vista sea nítida: necesitamos la luz del Señor para seguirle,  aunque estemos saciados de imágenes, de colores, de bienestar y de cosas.  

Gianfranco Ravasi, Secondo le Scritture, Anno B, Piemme 1996, pp. 312-318
  • Ravasi, Gianfranco o.c. pp. 314-315:   “Por tanto se puede entender que, bajo la superficie exterior,
«física» de la curación de Bartimeo, se esconde un signo más profundo y mesiánico. Es evidente la esperanza mesiánica, subrayada por la invocación, repetida dos veces: «¡Hijo de David!». La ceguera interior es la primera que es cancelada. En efecto, Jesús antes que nada declara la presencia de la fe en ese pobre abandonado al borde del camino y marginado por la gente que «le increpaba para que se callara»: «tu fe te ha salvado». También la reacción del que ha sido curado ante la acción y la palabra de Jesús es significativa: después de recobrar la vista «le seguía por el camino». [...] La historia de un milagro físico se convierte así en la narración espiritual de una vocación a la fe y al nacimiento de un discípulo.  En este sentido esta historia de Bartimeo está abierta y es posible para todos nosotros, aunque nuestros ojos físicos sean  limpios y nuestra vista sea nítida. Se trata, en efecto, de la representación de una iluminación total que penetra en los ángulos más remotos de  toda nuestra existencia. Es una luz de la que tenemos necesidad, aunque estemos saciados de imágenes, de colores, de bienestar y de cosas.  [...]

o   Una vez curado, el creyente no se queda en los márgenes del camino, sumergido en su tristeza cotidiana y en su oscuridad; se alza y «sigue» a su Salvador.

Una vez curado, el creyente no se queda en los márgenes del camino, sumergido en su tristeza cotidiana y en su oscuridad; se alza y «sigue» a su Salvador. (...)
Quien permanece en los bordes del camino es porque no ha querido invocar al Señor que pasa y, por tanto, no lo  ha encontrado. Hace falta saberlo esperar con  disponibilidad, también en los momentos oscuros cuando los vecinos sanos «nos increpan para que nos callemos». Al fin resonará esa voz decisiva: «¡Animo, levántate! te llama.». Y con los ojos purificados y límpidos, lo seguiremos para siempre, también en el camino áspero y estrecho que sube a Jerusalén, hacia la cruz, convencidos de que su luz es dulce y resplandece para siempre”.

o   Por tanto, la súplica de Bartimeo es una súplica elemental que pide la curación, pero también tiene la componente luminosa de la fe que se hace explícita en el título mesiánico que atribuye a Jesús: «Hijo de David».

·         Gianfranco Ravasi, o.c. pp. 316-317:  La súplica de Bartimeo es una súplica “elemental, que surge
espontánea desde el sufrimiento; es un petición primitiva e instintiva de curación. Sin embargo tiene en sí una componente luminosa de fe, que se hace explícita en el título mesiánico, «Hijo de David», expresión de la esperanza que Israel había cultivado siempre: del grande rey de Judá, David, de su árbol genealógico habría brotado el Mesías, el Salvador. Ya Isaías (11, 1-2)  había cantado: Saldrá un vástago del tronco de Jesé  [padre de David], y un retoño de sus raíces brotará. Reposará sobre él el espíritu de Yahveh».  Tal vez la fe del ciego se apoyaba en otro motivo implícito. Frecuentemente uno de los actos que distinguían al Mesías  en los profetas era el de la curación de los ciegos; la vuelta a la luz es idealmente un signo característico de la era mesiánica, como se proclama, por ejemplo, en el mismo Isaías (35,5): «Entonces se despegarán los ojos de los ciegos».

o   Jesús recoge en aquél grito precisamente el hilo de la fe sencilla y espontánea  y le dice: «Vete, tu fe te ha salvado»  [...] En el don de la visión física  se injerta el de la visión plena y total que implica el espíritu.

 Y Jesús recoge en aquél grito precisamente el hilo de la fe sencilla y espontánea: «Vete, tu fe te ha salvado»  [...] En el don de la visión física  se injerta el de la visión plena y total que implica el espíritu. Esta dimensión es exaltada no solamente por la expresión «ser salvado», o por el célebre párrafo paralelo de Juan del ciego de nacimiento en el que descuella  netamente el aspecto espiritual e interior del milagro (Juan 9). Esa dimensión aparece también al final de la narración de hoy: «y le seguía por el camino». El vocablo «seguir» es por excelencia el propio del discípulo, y el «camino» viene remarcado frecuentemente en el Evangelio de Marcos como el símbolo de  la meta de la cruz hacia la que Jesús y el discípulo se dirigen. 
Bartimeo no es sólo un ciego que ha sido curado, es un nuevo discípulo de Jesús; no es solamente un individuo que ha recibido un tratamiento milagroso, sino que es también un «iluminado» en la fe; es un creyente, es casi un bautizado, si es verdad que en Pablo el bautismo es llamado simbólicamente  «iluminación». En su historia, en efecto, no solamente ha pasado un taumaturgo sino el «hijo de David» perfecto, el Cristo Salvador, que ha eliminado toda su oscuridad.

o   El misterioso juego entre gracia y fe.

Es sugestivo anotar que en la narración la muchedumbre es un obstáculo: «Muchos le increpaban para que se callara». El ciego por sí solo jamás habría conseguido identificar el espacio y la persona física de Jesús, si Jesús no se hubiese parado y hubiese dado aquella orden: «Llamadle». Ante aquella voz, con la finura sensitiva del ciego, Bartimeo se precipita hacia el único que se ha preocupado de él. Frecuentemente, algunos textos cristianos de la tradición han procurado entrever en este diálogo el misterioso juego entre gracia y fe.
Nuestro grito es ignorado por todos y por el mundo, indiferentes ante nuestro mal. Es El, el Cristo, quien  pasa por nuestros caminos y, tomando la iniciativa, nos llama y nos salva. A nosotros no  nos queda otra cosa que seguirlo como discípulos fieles. ¡Pero pobres de nosotros si él no pasase y no nos llamase!”.

3. El manto

v  “Arrojando su manto, dio un brinco y vino donde Jesús” (v. 50).

o   Lo que representa el manto para un mendicante

·         El manto representa la seguridad para un mendicante: es su consuelo, su abrigo y su protección. Algunos
Padres de la Iglesia han visto el manto como símbolo de la vida vieja, de la máscara que es un estorbo.
Pero Bartimeo acogiendo la llamada de Jesús, arroga todo y salta en pie y, tanteando en la oscuridad de su ceguera, se dirige decididamente hacia la voz que lo ha llamado.

4.    Jesús le llama: ¡es la vocación cristiana! Bartimeo arrojó su capa y fue hacia el

Señor. Para llegar a Cristo hace falta tirar todo lo que estorbe.

       San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 196 – Homilía Vida de fe.
·         Parándose entonces Jesús, le mandó llamar. Y algunos de los mejores que le rodean, se dirigen al ciego:
ea, buen ánimo, que te llama (Marcos 10, 49). ¡Es la vocación cristiana! Pero no es una sola la llamada de Dios. Considerad además que el Señor nos busca en cada instante: levántate —nos indica—, sal de tu poltronería, de tu comodidad, de tus pequeños egoísmos, de tus problemitas sin importancia. Despégate de la tierra, que estás ahí plano, chato, informe. Adquiere altura, peso y volumen y visión sobrenatural.
            Aquel hombre, arrojando su capa, al instante se puso en pie y vino a él (Marcos 10,50). ¡Tirando su capa! No sé si tú habrás estado en la guerra. Hace ya muchos años, yo pude pisar alguna vez el campo de batalla, después de algunas horas de haber acabado la pelea; y allí había, abandonados por el suelo, mantas, cantimploras y macutos llenos de recuerdos de familia: cartas, fotografías de personas amadas... ¡Y no eran de los derrotados; eran de los victoriosos! Aquello, todo aquello les sobraba, para correr más aprisa y saltar el parapeto enemigo. Como a Bartimeo, para correr detrás de Cristo.
No olvides que, para llegar hasta Cristo, se precisa el sacrificio; tirar todo lo que estorbe: manta, macuto, cantimplora. Tú has de proceder igualmente en esta contienda para la gloria de Dios, en esta lucha de amor y de paz, con la que tratamos de extender el reinado de Cristo. Por servir a la Iglesia, al Romano Pontífice y a las almas, debes estar dispuesto a renunciar a todo lo que sobre; a quedarte sin esa manta, que es abrigo en las noches crudas; sin esos recuerdos amados de la familia; sin el refrigerio del agua. Lección de fe, lección de amor. Porque hay que amar a Cristo así.

5.    La sanación del ojo de nuestro corazón


v  Todo nuestro esfuerzo ha de tender a sanar el ojo del corazón con el que ver a Dios.

Cfr. San Agustín, Sermón 88, 5-6

o   Hemos de aspirar a sanar el ojo del corazón, es decir, a un cambio de vida: es la finalidad de la celebración de los sacramentos, de la predicación de la palabra de Dios, etc.

Todo nuestro esfuerzo, hermanos, en esta vida ha de consistir en sanar el ojo del corazón con que ver a Dios. Con esta finalidad se celebran los sacrosantos misterios; con esta finalidad se predica la palabra de Dios; a esto van dirigidas las exhortaciones morales de la Iglesia, es decir, las que miran a corregir las costumbres, a enmendar las apetencias de la carne, a renunciar a este mundo, no sólo de palabra, sino también con un cambio de vida; a esta finalidad va encaminado todo el actuar de las Escrituras divinas y santas, para que se purifique nuestro interior de lo que impide la contemplación de Dios. Este ojo ha sido hecho para ver esta luz temporal y, aunque celeste, corporal y visible no sólo al hombre, sino también a los animales más viles -para eso fue, hecho: para ver esta luz- , sin embargo, si le cayera o le fuese arrojado algo que le estorbe, se aparta de la luz, y aunque ella lo invada con su presencia, él se retira y se hace ausente. No sólo se hace ausente con su perturbación a la luz presente, sino que hasta le resulta penosa la luz misma, para ver la cual ha sido hecho. De idéntica manera, el ojo del corazón perturbado y dañado se aparta de la luz de la justicia y ni se atreve ni es capaz de contemplarla.

o   Perturban el ojo del corazón la codicia, la avaricia,  la iniquidad, la concupiscencia del mundo.

¿Qué es lo que perturba al ojo del corazón? La codicia, la avaricia, la iniquidad, la concupiscencia del mundo es lo que turba, cierra y ciega el ojo del corazón. ¡Y como se busca el médico cuando el ojo de la carne está dañado; cómo no se difiere el abrir y purgar, para que sane lo que hace que veamos esta luz! Se corre, nadie descansa, nadie se retarda, aunque solo una pajita caiga en el ojo. Sin duda, fue Dios quien hizo el sol que queremos ver cuando los ojos están sanos. Ciertamente es mucho más brillante quien lo hizo, pero no es siquiera de este género de luz que corresponde al ojo de la mente. Aquella luz es la Sabiduría eterna. Dios te hizo a ti, oh hombre, a su imagen. Dándote con qué ver el sol que él hizo, ¿no te iba a dar con qué ver a quien te hizo, habiéndote hecho a su imagen? También te dio esto; te dio lo uno y lo otro. Porque si mucho es lo que amas estos ojos exteriores, mucho también lo que descuidas aquel interior; lo llevas cansado y herido. Si quien te fabricó quisiera mostrársete, te causaría dolor; es un tormento para tu ojo, antes de ser sanado y curado. Pues hasta en el paraíso pecó Adán y se escondió de la presencia de Dios. Mientras tenía el corazón sano por la pureza de conciencia, se gozaba en la presencia de Dios; después que, por el pecado, su ojo quedó dañado, comenzó a temer la luz divina, se refugió en las tinieblas y en la densidad del bosque, huyendo de la verdad y ansiando la oscuridad.

6. La fe y los milagros


v   “¿Qué quieres que te haga?”

o   Quiere que el hombre se ponga de pie, que encuentre el valor de pedir lo que le corresponde por su dignidad.

                        Cfr. Benedicto XVI, Homilía, 25 de octubre de 2009

            En el camino el Señor encuentra a Bartimeo, que ha perdido la vista. Sus caminos se cruzan, se convierten en un único camino. "¡Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí!", grita el ciego con confianza. Replica Jesús: "¡Llamadlo!", y añade: "¿Qué quieres que te haga?". Dios es luz y creador de la luz. El hombre es hijo de la luz, está hecho para ver la luz, pero ha perdido la vista, y se ve obligado a mendigar. Junto a él pasa el Señor, que se ha hecho mendigo por nosotros: sediento de nuestra fe y de nuestro amor. "¿Qué quieres que te haga?". Dios lo sabe, pero pregunta; quiere que sea el hombre quien hable. Quiere que el hombre se ponga de pie, que encuentre el valor de pedir lo que le corresponde por su dignidad. El Padre quiere oír de la voz misma de su hijo la libre voluntad de ver de nuevo la luz, la luz para la que lo ha creado. "Rabbuní, ¡que vea!". Y Jesús le dice: "Vete, tu fe te ha salvado. Y al instante recobró la vista y lo seguía por el camino" (Mc 10, 51-52).
§  Bartimeo se convierte en testigo de la luz, narrando y demostrando en primera persona que había sido curado, renovado y regenerado.
Esto es la Iglesia en el mundo: "sal y luz" en medio de la sociedad de los hombres y de las naciones. 
Sí, la fe en Jesucristo —cuando se entiende bien y se practica— guía a los hombres y a los pueblos a la libertad en la verdad o, por usar las tres palabras del tema sinodal, a la reconciliación, a la justicia y a la paz. Bartimeo que, curado, sigue a Jesús por el camino, es imagen de la humanidad que, iluminada por la fe, se pone en camino hacia la tierra prometida. Bartimeo se convierte a su vez en testigo de la luz, narrando y demostrando en primera persona que había sido curado, renovado y regenerado. Esto es la Iglesia en el mundo: comunidad de personas reconciliadas, artífices de justicia y de paz; "sal y luz" en medio de la sociedad de los hombres y de las naciones. 

v  En este "ver" a través de la fe, por obra del Espíritu Santo, nos completamos recíprocamente y recíprocamente nos ayudamos a educarnos.

o   Una ayuda que se realiza de modo peculiar en la familia: unos a otros se ayudan a crecer en la fe.

       Cfr. Juan Pablo II, Homilía, 28 de octubre de 1979

El mendigo ciego, Bartimeo, tras ser llamado por Cristo, pronunció la principal petición de toda su vida: "Señor, que yo vea"; y recibió la vista y la respuesta: "Anda, tu fe te ha salvado" (Marcos 10,50-51). (…)
En este "ver" a través de la fe, por obra del Espíritu Santo, nos completamos recíprocamente y recíprocamente nos ayudamos a educarnos. Aunque este ver a través de la fe sea el fruto de la gracia del mismo Dios en relación con el alma humana, sin embargo, en relación con nuestro entender, está contemporáneamente confiado también a nuestra humana solicitud y a nuestro celo. (…)
Especialmente fundamental en este campo es el deber de la familia. Precisamente dirigiéndome a los padres de familia cristianos, en la Exhortación Apostólica Catechesi tradendae, publicada hace unos días, digo: "La acción catequética de la familia tiene un carácter peculiar y, en cierto sentido, insustituible.. Esta educación en la fe, impartida por los padres —que debe comenzar desde la más tierna edad de los niños— se realiza ya cuando los miembros de la familia se ayudan unos a otros a crecer en la fe por medio de su testimonio de vida cristiana, a menudo silencioso, mas perseverante a lo largo de una existencia cotidiana vivida según el Evangelio" (núm. 68).

v  El milagro es un “signo” del poder y del amor de Dios que salvan al hombre en Cristo, y al mismo tiempo, una llamada al hombre a la fe.

Cfr. Juan Pablo II, Catequesis, 16 de diciembre de 1987
Los “milagros y los signos” que Jesús realizaba para confirmar su misión mesiánica y la venida del reino de Dios, están ordenados y estrechamente ligados a la llamada a la fe. Esta llamada con relación al milagro tiene dos formas: la fe precede al milagro, más aún, es condición para que se realice; la fe constituye un efecto del milagro, bien porque el milagro mismo la provoca en el alma de quienes lo han recibido, bien porque han sido testigos de él. (…)
Jesús subraya más de una vez que los milagros que Él realiza están vinculados a la fe. “Tu fe te ha curado”, dice a la mujer que padecía hemorragias desde hacía doce años y que, acercándose por detrás, le había tocado el borde del manto, quedando sana (cf .Mateo 9,20-22 y también Lucas 8,48 Mc 5,34).
Palabras semejantes pronuncia Jesús mientras cura al ciego Bartimeo, que, a la salida de Jericó, pedía con insistencia su ayuda gritando: “Hijo de David, Jesús, ten piedad de mi!” (cf. Marcos 10,46-52). Según Marcos: “Anda, tu fe te ha salvado” le responde Jesús. Y Lucas precisa la respuesta: “Ve, tu fe te ha hecho salvo” (Lucas 18,42).
Una declaración idéntica hace al Samaritano curado de la lepra (Lucas 17,19). Mientras a los otros dos ciegos que invocan volver a ver, Jesús les pregunta: “¿Creéis que puedo yo hacer esto?”. “Sí, Señor”... “Hágase en vosotros, según vuestra fe” (Mateo 9,28-29).

o   Impresiona de manera particular el episodio de la mujer cananea

Impresiona de manera particular el episodio de la mujer cananea que no cesaba de pedir la ayuda de Jesús para su hija “atormentada cruelmente por un demonio”. Cuando la cananea se postró delante de Jesús para implorar su ayuda, Él le respondió: “No es bueno tomar el pan de los hijos y arrojarlo a los perrillos” (Era una referencia a la diversidad étnica entre israelitas y cananeos que Jesús, Hijo de David, no podía ignorar en su comportamiento práctico, pero a la que alude con finalidad metodológica para provocar la fe). Y he aquí que la mujer llega intuitivamente a un acto insólito de fe y de humildad. Y dice: “Cierto, Señor, pero también los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus señores”. Ante esta respuesta tan humilde, elegante y confiada, Jesús replica: “¡Mujer, grande es tu fe! Hágase contigo como tú quieres” (cf. Mateo 15,21-28).
¡Es un suceso difícil de olvidar, sobre todo si se piensa en los innumerables “cananeos” de todo tiempo, país, color y condición social que tienden su mano para pedir comprensión y ayuda en sus necesidades!

o   Cuando Jesús “ve la fe”, realiza el milagro. Una llamada al hombre a la fe.

§  Una señales para que creáis que Jesús es el Mesías, y creyendo tengáis vida en su nombre.
Nótese cómo en la narración evangélica se pone continuamente de relieve el hecho de que Jesús, cuando “ve la fe”, realiza el milagro. Esto se dice expresamente en el caso del paralítico que pusieron a sus pies desde un agujero abierto en el techo (cf . Marcos 2,5; Mateo 9,2Lucas 5,20). Pero la observación se puede hacer en tantos otros casos que los evangelistas nos presentan. El factor fe es indispensable; pero, apenas se verifica, el corazón de Jesús se proyecta a satisfacer las demandas de los necesitados que se dirigen a Él para que los socorra con su poder divino.
Una vez más constatamos que, como hemos dicho al principio, el milagro es un “signo” del poder y del amor de Dios que salvan al hombre en Cristo. Pero, precisamente por esto es al mismo tiempo una llamada al hombre a la fe. Debe llevar a creer sea al destinatario del milagro sea a los testigos del mismo.
Esto vale para los mismos Apóstoles, desde el primer “signo” realizado por Jesús en Caná de Galilea; fue entonces cuando “creyeron en Él” (Juan 2,11). Cuando, más tarde, tiene lugar la multiplicación milagrosa de los panes cerca de Cafarnaum, con la que está unido el preanuncio de la Eucaristía, el evangelista hace notar que “desde entonces muchos de sus discípulos se retiraron y ya no le seguían”, porque no estaban en condiciones de acoger un lenguaje que les parecía demasiado “duro”. Entonces Jesús preguntó a los Doce: “¿Queréis iros vosotros también?”. Respondió Pedro: “Señor, ¿a quién iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros hemos creído y sabemos que Tú eres el Santo de Dios” (Cfr. Juan 6,66-69). Así, pues, el principio de la fe es fundamental en la relación con Cristo, ya como condición para obtener el milagro, ya como fin por el que el milagro se ha realizado. Esto queda bien claro al final del Evangelio de Juan donde leemos: “Muchas otras señales hizo Jesús en presencia de los discípulos que no están escritas en este libro; y éstas fueron escritas para que creáis que Jesús es el Mesías, Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre” (Juan 20,30-31).

v  Los signos o milagros que hizo Jesús fortalecen la fe.


o   Son una invitación a creer en Jesús, no pretenden satisfacer la curiosidad ni los deseos mágicos.

·         Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica:
-          n.548: (…) Invitan a creer en Jesús (cf. Juan 10,38). Concede lo que le piden a los que acuden a él
con fe (cf. Marcos 5,25-34 Marcos 10,52 etc.). Por tanto, los milagros fortalecen la fe en Aquél que hace las obras de su Padre: éstas testimonian que él es Hijo de Dios (cf. Juan 10,31-38). Pero también pueden ser "ocasión de escándalo" (Mateo 11,6). No pretenden satisfacer la curiosidad ni los deseos mágicos. A pesar de tan evidentes milagros, Jesús es rechazado por algunos (cf. Juan 11,47-48); incluso se le acusa de obrar movido por los demonios (cf. Marcos 3,22).

o   Jesús escucha la oración de fe expresada en palabras o en silencio

-          n. 2616 (…) Jesús escucha la oración de fe expresada en palabras (el leproso: cf Marcos 1,40-41; Jairo: cf 
Marcos 5,36; la cananea: cf Marcos 7,29; el buen ladrón: cf Lucas 23,39-43), o en silencio (los portadores del paralítico: cf Marcos 2,5; la hemorroísa que toca su vestido: cf Marcos 5,28 las lágrimas y el perfume la pecadora: cf Lucas 7,37-38). La petición apremiante de los ciegos: "¡Ten piedad de nosotros, Hijo de David!" (Mateo 9,27) o "¡Hijo de David, ten compasión de mí!" (Marcos 10,48) ha sido recogida en la tradición de la Oración a Jesús: "¡Jesús, Cristo, Hijo de Dios, Señor, ten piedad de mí, pecador!" Curando enfermedades o perdonando pecados, Jesús siempre responde a la plegaria que le suplica con fe: "Ve en paz, ¡tu fe te ha salvado!".


Vida Cristiana



sábado, 20 de octubre de 2018

Domingo 29 del tiempo ordinario, Año B, 21 de octubre de 2018




Ø Domingo 29 del tiempo ordinario, Año B (2018). La identidad de Jesucristo: en las tres Lecturas aparecen los rasgos del Señor.  Se puede emplear también otra palabra: títulos. Es Buen Pastor - Roca - Camino, verdad y vida - Piedra viva - Roca - Sabiduría de Dios – Salvador – Mediador – Redentor – etc. Hoy nos fijamos especialmente en que es siervo.  Es el siervo que da su vida como rescate por muchos: no ha venido a esta tierra “a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos”. Se compadece de nuestras flaquezas y por ello nos acercamos a él para alcanzar misericordia. Él nos pide a los cristianos que sigamos en nuestra vida su camino: “el que quiera llegar ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos”. La grandeza cristiana no consiste en dominar, sino en servir. El camino que conduce a la “grandeza” evangélica es un itinerario de amor y de servicio, que invierte toda lógica humana.

v  Cfr. Domingo 29 del tiempo ordinario, Año B, 21 de octubre de 2018

Isaías 53, 2.3.10-11; Hebreos 4, 14-16; Marcos 10, 35-45
Cfr. Gianfranco Ravasi, Secondo le Scritture Anno B, Piemme 4 edizione settembre 1996, XIX domenica tempo ordinario; Raniero Cantalamessa, La Parola e la Vita anno B, Città Nuova IX edizione giugno 2001 XIX domenica tempo ordinario; San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 7.

Isaías 53: 2 Creció como un retoño delante de él, como raíz de tierra árida. No hay en él parecer, no hay hermosura que atraiga nuestra mirada, ni belleza que nos agrade en él. 3 Despreciado y rechazado  de los hombres, varón de dolores y experimentado en el sufrimiento, como uno ante quien se oculta el rostro, despreciable, y no le tuvimos en cuenta. 10 Mas dispuso el Señor quebrantarlo con dolencias. Puesto que dio su vida en expiación, verá descendencia, alargará sus días, y, por su mano, el designio del Señor prosperará. 11 Por las fatigas de su alma, verá luz, se saciará de su conocimiento. El justo, mi siervo, justificará a muchos y cargará con sus culpas.
Hebreos 4: 14 Teniendo, pues, tal Sumo Sacerdote que penetró los cielos - Jesús, el Hijo de Dios - mantengamos firmes la fe que profesamos. 15 Pues no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado. 16 Acerquémonos, por tanto, confiadamente al trono de gracia, a fin de alcanzar misericordia y hallar gracia para una ayuda oportuna.
Marcos 10: 35 Se acercan a él Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, y le dicen: « Maestro, queremos, nos concedas lo que te pidamos ». 36 El les dijo: « ¿Qué queréis que os conceda? » 37 Ellos le respondieron: « Concédenos que nos sentemos en tu gloria, uno a tu derecha y otro a tu izquierda. » 38 Jesús les dijo: « No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber la copa que yo voy a beber, o ser bautizados con el bautismo con que yo voy a ser bautizado? » 39 Ellos le dijeron: « Sí, podemos. » Jesús les dijo: « La copa que yo voy a beber, sí la beberéis y también seréis bautizados con el bautismo conque yo voy a ser bautizado; 40 pero, sentarse a mi derecha o a mi izquierda no es cosa mía el concederlo, sino que es para quienes está preparado. » 41 Al oír esto los otros diez, empezaron a indignarse contra Santiago y Juan. 42 Jesús, llamándoles, les dice: « Sabéis que los que son tenidos como jefes de las naciones, las dominan como señores absolutos y sus grandes las oprimen con su poder. 43 Pero no ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, 44 y el que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos, 45 que tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos.

LA IDENTIDAD DE JESUCRISTO
Ha venido a esta tierra para servir y dar su vida como rescate por muchos
(Evangelio)
Justificará a muchos y cargará con su culpas
(Primera Lectura)
Se compadece de nuestras flaquezas
y por ello nos acercamos a él para alcanzar misericordia
(Segunda Lectura)

1.    La identidad de Jesucristo.

v  La primera Lectura

o   Los llamados cuatro Cantos del Siervo, del libro de Isaías, son un lugar muy adecuado para conocer los rasgos del Señor Jesús.

§  Hoy, se nos proponen algunos versos del 4º Canto del Siervo doliente.
·         La Liturgia de la Palabra de este domingo nos propone en la primera Lectura algunos versos del 4º Canto
del siervo doliente.
·         Los otros tres Cantos que, como el cuarto, los encontramos en el libro de Isaías, son: Isaias 42, 1-4
(primer Canto); Isaias 49, 1-6 (segundo Canto); Isaias 50, 4-9 (tercer Canto).
“Los Evangelios y los hechos de los Apóstoles, sin entrar en la cuestión sobre la personalidad originaria del siervo, ven en cada uno de los cuatro cantos una profecía que anuncia al Mesías y que se cumple en Jesucristo” (Libros proféticos, Eunsa 2002, Isaías 42, 1-9).
§  Algunas notas sobre la vida del Siervo según los versículos que aparecen en el Canto 4º este domingo.
a) La vida del Siervo aparece como una existencia privada de importancia: “no hay hermosura que atraiga nuestra mirada”. Pero forma parte del designio misterioso de Dios.
·         La vida del Siervo es descrita como una existencia privada de importancia, como la de un brote que
crece en un terreno árido, y “no hay hermosura que atraiga nuestra mirada” (53,2). A la consideración de su vida como sin relieve se añade el sufrimiento que es consecuencia del desprecio que se le tiene (53,3), porque se le considera culpable y por esto como alguien que ha atraído la maldición de Dios sobre sí. 
La voz del profeta comenta la experiencia del Siervo y la interpreta como algo que forma parte del designio misterioso de Dios (53, 10: “dispuso el Señor quebrantarlo con dolencias”). Su muerte como expiación tiene como consecuencia el hecho de que “verá descendencia y alargará sus días” (53, 10).
·         Acerca del v. 3 (es “varón de dolores y experimentado en el sufrimiento”),  alguna traducción dice que es
sabedor de dolores”, lo cual indica que  el conocimiento que tenía no era simplemente intelectual sino que coincidía “con la experiencia personal de una realidad propia de la vida humana”, en este caso con el dolor[1].
b) Jesús mismo presentó el sentido de su vida y de su muerte a la luz del Siervo doliente.
·         Catecismo de la Iglesia Católica, n. 601: «Muerto por nuestros pecados según las Escrituras» - Este
designio divino de salvación a través de la muerte del «Siervo, el Justo» (Isaías 53, 11) (Cf Hechos 3, 14) había sido anunciado antes en la Escritura como un misterio de redención universal, es decir, de rescate que libera a los hombres de la esclavitud del pecado (Cf Isaías 53, 11-12; Juan 8, 34-36). S. Pablo profesa en una confesión de fe que dice haber «recibido» (1 Corintios 15, 3) que «Cristo ha muerto por nuestros pecados según las Escrituras» (ibid.) (Cf también Hechos 3, 18; 7, 52; 13, 29; 26, 22-23).  La muerte redentora de Jesús cumple, en particular, la profecía del Siervo doliente (Cf Isaías 53, 7-8 y Hechos 8, 32-35). Jesús mismo presentó el sentido de su vida y de su muerte a la luz del Siervo doliente (Cf Mateo 20, 28). Después de su Resurrección dio esta interpretación de las Escrituras a los discípulos de Emaús (Cf Lucas 24, 25-27), luego a los propios apóstoles (Cf Lucas 24, 44-45).
c) Juan Bautista señala a Jesús como el «Cordero de Dios que quita los pecados del mundo»
·         Catecismo de la Iglesia católica, n. 608: «El cordero que quita el pecado del mundo» - Juan Bautista,
después de haber aceptado bautizarle en compañía de los pecadores (Cf Lucas 3, 21; Mt 3, 14-15), vio y señaló a Jesús como el «Cordero de Dios que quita los pecados del mundo» (Juan 1, 29) (Cf Juan 1, 36). Manifestó así que Jesús es a la vez el Siervo doliente que se deja llevar en silencio al matadero (Isaías 53, 7) (Cf Jeremías 11, 19) y carga con el pecado de las multitudes (Cf Isaías 53, 12), y el cordero pascual símbolo de la redención de Israel cuando celebró la primera Pascua (Éxodo 12, 3-14) (Cf Juan 19, 36; 1 Co 5, 7). Toda la vida de Cristo expresa su misión: «Servir y dar su vida en rescate por muchos» (Marcos 10, 45).
d) Jesús repara por nuestras faltas y satisface al Padre por nuestros pecados.
·         Catecismo de la Iglesia Católica, n. 615: Jesús reemplaza  nuestra desobediencia por su obediencia –
«Como por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo todos serán constituidos justos» (Romanos 5, 19). Por su obediencia hasta la muerte, Jesús llevó a cabo la sustitución del Siervo doliente que «se dio a sí mismo en expiación», «cuando llevó el pecado de muchos», a quienes «justificará y cuyas culpas soportará» (Cf Isaías 53, 10-12). Jesús repara por nuestras faltas y satisface al Padre por nuestros pecados (Cf Cc. de Trento: DS 1529).
·         Catecismo de la Iglesia Católica, n. 623: Por su obediencia amorosa a su Padre, «hasta la muerte de
cruz» (Filipenses 2, 8), Jesús cumplió la misión expiatoria (Cf Isaías  53, 10) del Siervo doliente que «justifica a muchos cargando con las culpas de ellos» (Isaías 53, 11). (Cf Romanos 5, 19)

v   La segunda Lectura

o   Es una síntesis sobre el sacerdocio de Cristo

§  Cristo en su misericordia se compadece de nuestras debilidades.
·         Si es verdad que Cristo es el grande Sumo Sacerdote que ha penetrado en los cielos, también ha sido
 “probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado”, y, por tanto,  debemos acercarnos a Él confiadamente, “a fin de alcanzar misericordia y hallar gracia para una ayuda oportuna”.
·         Nuevo Testamento, Eunsa 2004, nota a Hebreos 4, 14-16: “El cristiano debe poner su confianza en el
nuevo Sumo Sacerdote, Cristo, que penetró en los cielos, y en su misericordia, porque se compadece de nuestras debilidades: «Los que habían creído sufrían por aquel entonces una gran tempestad de tentaciones; por eso el Apóstol los consuela, enseñando que nuestro Sumo Pontífice no sólo conoce en cuanto Dios la debilidad de nuestra naturaleza, sino que también en cuanto hombre experimentó nuestros sufrimientos, aunque estaba exento de pecado. Por conocer bien nuestra debilidad, puede concedernos la ayuda que necesitamos, y al juzgarnos dictará su sentencia teniendo en cuenta esa debilidad» (Teodoreto de Ciro, Interpretatio ad Hebraeos, ad loc). (…). 

v  El Evangelio

o   Toda la vida de Cristo expresa su misión: "Servir y dar su vida en rescate por muchos"

·         Catecismo de la Iglesia Católica, n. 608. Juan Bautista, después de haber aceptado bautizarle en
compañía de los pecadores (cf. Lucas 3,21 Mateo 3,14-15), vio y señaló a Jesús como el "Cordero de Dios que quita los pecados del mundo" (Juan 1,29 cf. Juan 1,36). Manifestó así que Jesús es a la vez el Siervo doliente que se deja llevar en silencio al matadero (Isaías 53,7 cf. Jeremías 11,19) y carga con el pecado de las multitudes (cf. Is 53,12) y el cordero pascual símbolo de la Redención de Israel cuando celebró la primera Pascua (Ex 12,3-14; cf Jn 19,36 1Co 5,7). Toda la vida de Cristo expresa su misión: "Servir y dar su vida en rescate por muchos" (Mc 10,45).
§   Jesús es el primer "Siervo de los siervos de Dios".
·         Benedicto XVI, Homilía, 24 de marzo de 2006: Jesús, explicando a los doce Apóstoles que su
autoridad debía ejercerse de modo muy diferente del de los "jefes de las naciones", resume esta modalidad con el estilo del servicio: "El que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos (aquí Jesús utiliza la palabra más fuerte (Mc 10,43-44). La total y generosa disponibilidad para servir a los demás es el signo distintivo de quien en la Iglesia está revestido de autoridad, porque así sucedió con el Hijo del hombre, que no vino "a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos" (Marcos 10,45). Aun siendo Dios, más aún, impulsado precisamente por su divinidad, asumió la forma de siervo - "formam servi" -, como dice admirablemente el himno a Cristo contenido en la carta a los Filipenses (cf. Filipenses  2,6-7).
Así pues, el primer "Siervo de los siervos de Dios" es Jesús. Detrás de él, y unidos a él, los Apóstoles; y, entre estos, de modo especial, Pedro, al que el Señor encomendó la responsabilidad de guiar su grey.
§  La grandeza cristiana
·         Benedicto XVI, Homilía, 24 de noviembre de 2007: La verdadera grandeza cristiana no consiste en
dominar, sino en servir. Jesús nos repite hoy a cada uno que él "no ha venido para ser servido sino para servir y dar su vida como rescate por muchos" (Marcos 10,45).
§  El camino que conduce a la “grandeza evangélica”.  
·         San Juan Pablo II, Homilía, 19 de octubre de 2003, en la Beatificación de Madre Teresa de Calcuta:
"El que quiera ser el primero, sea esclavo de todos" (Mc 10,44). Estas palabras de Jesús a sus discípulos, que acaban de resonar en esta plaza, indican cuál es el camino que conduce a la "grandeza" evangélica. Es el camino que Cristo mismo recorrió hasta la cruz; un itinerario de amor y de servicio, que invierte toda lógica humana. ¡Ser siervo de todos!
§  Jesús perdona setenta veces siete. Nos vuelve a cargar sobre sus hombros una y otra vez.
·         Francisco, Evangelii gaudium, n. 3: Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se
encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso. No hay razón para que alguien piense que esta invitación no es para él, porque «nadie queda excluido de la alegría reportada por el Señor».( Pablo VI, Exhort. ap. Gaudete in Domino, 22) Al que arriesga, el Señor no lo defrauda, y cuando alguien da un pequeño paso hacia Jesús, descubre que Él ya esperaba su llegada con los brazos abiertos. Éste es el momento para decirle a Jesucristo: «Señor, me he dejado engañar, de mil maneras escapé de tu amor, pero aquí estoy otra vez para renovar mi alianza contigo. Te necesito. Rescátame de nuevo, Señor, acéptame una vez más entre tus brazos redentores». ¡Nos hace tanto bien volver a Él cuando nos hemos perdido! Insisto una vez más: Dios no se cansa nunca de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de acudir a su misericordia. Aquel que nos invitó a perdonar «setenta veces siete» (Mt 18,22) nos da ejemplo: Él perdona setenta veces siete. Nos vuelve a cargar sobre sus hombros una y otra vez. Nadie podrá quitarnos la dignidad que nos otorga este amor infinito e inquebrantable. Él nos permite levantar la cabeza y volver a empezar, con una ternura que nunca nos desilusiona y que siempre puede devolvernos la alegría.

2. Otros comentarios de algunos autores a las tres Lecturas de este domingo 29 del Tiempo Ordinario.

v  Este domingo la palabra de Dios está orientada exclusivamente a hacernos crecer en la fe y en el conocimiento de Cristo.

                      Raniero Cantalamessa, o.c. pp. 323-324
·         A  veces buscamos en la palabra de Dios la verdad sobre el hombre, es decir, qué nos dice sobre
nuestra vida cotidiana y sus problemas, o como comportarnos en esta u otra circunstancia de nuestra vida. 
·         Otras veces buscamos en la palabra de Dios algo que es más importante: la verdad sobre Dios y sobre
Jesucristo que nos quiere transmitir. Esto sucede particularmente en los domingos en los que toda la palabra de Dios se orienta a este fin que, - como dice san Pablo – es el de crecer en el conocimiento de Cristo[2], lo cual era la grande pasión del Apóstol. El resto, saber lo que hay que hacer en concreto,  vendría después espontáneamente porque  para quien conoce a Cristo es fácil «tener los mismos sentimientos que Cristo» (Fil 2,5) La fuerza del cristianismo está precisamente en esto: «no es un una doctrina moral o una ideología, que se limita a decir lo que debo hacer o pensar, dejándolo solo con las propias fuerzas e impotente para realizarlo; es una persona  - Jesucristo – que actúa para nosotros y con nosotros».
·         Este domingo es uno de éstos en los que la palabra de Dios está orientada exclusivamente a hacernos
crecer en la fe y en conocimiento de Cristo.

o   El mismo Jesús presenta el sentido de su vida y de su muerte a la luz del Siervo doliente.

  R. Cantalamessa o.c. p. 324
·          En el Evangelio el mismo Jesús nos dice de sí mismo: «el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido,
sino a servir y a dar su vida en redención de muchos» (v. 45). “Es una de las frases más importantes del Evangelio; la que mejor revela lo que pensaba Jesús de sí mismo o, como se dice hoy, la autoconciencia de Cristo. Para entenderlo debemos partir del pasaje de los llamados Cantos del Siervo del Señor, en los que emerge “el perfil misterioso de un hombre  - siervo – que ha acogido una llamada particular de Dios y se ha dedicado alma y cuerpo a su servicio como testigo de la verdad divina, soportando muchos sufrimientos y sacrificando su vida por los demás”.
§  El Catecismo recoge la enseñanza de que fue el mismo Jesús quien presentó el sentido de su vida y de su muerte a la luz del  Siervo doliente.
Raniero Cantalamessa o.c. pp. 324-325  
·         En el libro de Isaías “había quedado al mismo tiempo como un misterio y una promesa  quién era ese
siervo. Pero dos cosas eran claras: en primer lugar que ese hombre habría saboreado hasta el fondo el sufrimiento (varón de dolores y experimentado en el sufrimiento, 53,3); en segundo lugar, el sufrimiento tenía un sentido. No habría sido un sufrimiento brutal sin saber el por qué y para quién, como en el caso de Job que le había llevado al borde de la desesperación, sino un sufrir fecundo que se habría transformado en luz, liberación, rescate y salvación “para muchos”.
·         “Se entendía que bajo aquellas palabras había una promesa: Israel - ¡es más, la humanidad entera! – sufre
y es como aplastado, pero llegará un día en el que sucederá algo (¡y vendrá alguno!) que dará un significado a ese sufrimiento. Sin embargo, los israelitas nunca habían pensado que ese “alguno” fuese precisamente el Mesías; el Mesías debía ser “bello” no “privado de belleza”; glorioso, no “despreciado”; victorioso no un vencido; debería ser el famoso “Hijo del hombre” que presenta para recibir el Reino (cf. Dan. 7,13)”.
·         Así pensaban los que estaban cerca de Jesús; así pensaba también Pedro: «De ningún modo te ocurrirá
eso (el sufrir) » (Mt 16,22).  Este fue el motivo por el que Jesús, durante su vida, debió evitar el llamarse y presentarse como Cristo, es decir, como Mesías; enseguida habrían exigido de Él la contraseña del otro mesías que él no quería ser: ¡si eres el Cristo, di esto; si eres el Cristo haz esto o lo otro! (…)

v  El siervo en la Carta a los Hebreos y en el Evangelio

Gianfranco Ravasi o.c. p. 308

o   Jesucristo es presentado como «un sumo sacerdote perfecto» que lleva los estigmas de la cruz y del sufrimiento, que redime con su misma sangre.

§  Seguir a Jesús es realizar un viaje hasta la donación total.
·         En la segunda Lectura de la Carta a los Hebreos, “Jesucristo es presentado solemnemente como «sumo
sacerdote perfecto». Y, sin embargo, bajo el manto de oro de su gloria pascual, él lleva los estigmas de la cruz y del sufrimiento. Es hermano de la humanidad enferma y dolorosa porque «él mismo ha sido probado en todo». No es un sacerdote rey, impasible, con la aureola de su alejamiento sagrado: en efecto, redime con su misma sangre, acercándose al hombre, es más, entrando en el desierto del mal y del dolor que es la historia humana. 
Precisamente conocemos de sus labios esa elección. El pasaje de Marcos que hoy leemos contiene, en efecto, el tercero y último de los anuncios de su pasión y muerte que han acompañado el viaje de Jesús hacia la ciudad de su martirio. Seguir a Jesús es realizar un viaje hasta la donación total, es el «via crucis» en el sentido pleno de la expresión. Ante este mesianismo de donación y no de poder, ante este camino del «servir» y no del «ser servido», surge la reacción de Santiago y de Juan, discípulos que están todavía envueltos por el humo de las ilusiones políticas y de la religiosidad triunfalista. A su concepción basada  en un mesianismo del poder, Jesús opone su mesianismo de la inmolación y de la donación”.

v  La historia de la misericordia divina se resume y se compendia en Jesucristo

o   El autor de la Carta a los Hebreos nos dice que debemos acercarnos a Cristo para que alcancemos misericordia.

§  La misericordia es el atributo de Dios por el que el hombre se encuentra con el Dios vivo.
La conversión a Dios consiste siempre en descubrir su misericordia.
·         Es oportuno que, dentro del perfil de Jesucristo que hace la liturgia de este domingo, sean resaltadas
también dos afirmaciones del texto de la Carta a los Hebreos: la primera es que Cristo se compadece de nuestras flaquezas, y la segunda que debemos acercarnos a Él para alcanzar misericordia. Sobre la misericordia nos habla - abundantemente -  también el salmo 33/32, que hoy es el salmo responsorial: “La tierra está llena de su misericordia” (v. 5);  “Los ojos del Señor velan por los que esperan en su misericordia” (v. 18);  “Que tu misericordia, Señor, esté sobre nosotros, que hemos puesto en Ti nuestra esperanza” (v. 22).
·         La misericordia de Dios - afirma Juan Pablo II – es la perfección y el atributo de Dios “por el que el
hombre, en la verdad íntima de su existencia, se encuentra particularmente cerca y no raras veces con el Dios vivo”[3]. Y también afirmará, en el mismo documento (n.13), que “la conversión a Dios consiste siempre en descubrir su misericordia, es decir, ese amor que es paciente y benigno [4] a medida del Creador y Padre: el amor, al que «Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo» [5] es fiel hasta las últimas consecuencias en la historia de la alianza con el hombre: hasta la cruz, hasta la muerte y la resurrección de su Hijo. La conversión a Dios es siempre fruto del reencuentro de este Padre, rico en misericordia”.
·         CCE n. 1846: “El Evangelio es la revelación, en Jesucristo, de la misericordia de Dios con los pecadores
(Cf Lucas 15)”.

v  En los salmos y en muchas escenas del Evangelio se puede descubrir constantemente la misericordia de Dios.

                  San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, Homilía «La vocación cristiana», n. 7.
§  Como la debilidad humana no puede mantener un paso decidido en un mundo resbaladizo, el juez misericordioso no niega la esperanza del perdón.
(…) Ahora, que se acerca el tiempo de la salvación, consuela escuchar de los labios de San Pablo que después que Dios Nuestro Salvador ha manifestado su benignidad y amor con los hombres, nos ha liberado no a causa de las obras de justicia que hubiésemos hecho, sino por su misericordia (Tito 3,5).
Si recorréis las Escrituras Santas, descubriréis constantemente la presencia de la misericordia de Dios: llena la tierra (Salmo 32, 5), se extiende a todos sus hijos, super omnem carnem (Ecclesiástico 18,12); nos rodea (Salmo 21, 10), nos antecede (Salmo 58,11), se multiplica para ayudarnos (Salmo 33,8), y continuamente ha sido confirmada (Salmo 116, 2). Dios, al ocuparse de nosotros como Padre amoroso, nos considera en su misericordia (Salmo 24, 7): una misericordia suave (Salmo 108, 21), hermosa como nube de lluvia (Ecclo XXV, 26).
Jesucristo resume y compendia toda esta historia de la misericordia divina: bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia (Mateo V,7). Y en otra ocasión: sed misericordiosos, como vuestro Padre celestial es misericordioso (Lucas 6, 36). Nos han quedado muy grabadas también, entre otras muchas escenas del Evangelio, la clemencia con la mujer adúltera, la parábola del hijo pródigo, la de la oveja perdida, la del deudor perdonado, la resurrección del hijo de la viuda de Naím (Lucas 7, 1-17). ¡Cuántas razones de justicia para explicar este gran prodigio! Ha muerto el hijo único de aquella pobre viuda, el que daba sentido a su vida, el que podía ayudarle en su vejez. Pero Cristo no obra el milagro por justicia; lo hace por compasión, porque interiormente se conmueve ante el dolor humano.
¡Qué seguridad debe producirnos la conmiseración del Señor! Clamará a mí y yo le oiré, porque soy misericordioso (Éxodo 32, 27). Es una invitación, una promesa que no dejará de cumplir. Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para que alcancemos la misericordia y el auxilio de la gracia en el tiempo oportuno (Hebreos 4, 16). Los enemigos de nuestra santificación nada podrán, porque esa misericordia de Dios nos previene; y si —por nuestra culpa y nuestra debilidad— caemos, el Señor nos socorre y nos levanta. Habías aprendido a evitar la negligencia, a alejar de ti la arrogancia, a adquirir la piedad, a no ser prisionero de las cuestiones mundanas, a no preferir lo caduco a lo eterno. Pero, como la debilidad humana no puede mantener un paso decidido en un mundo resbaladizo, el buen médico te ha indicado también remedios contra la desorientación, y el juez misericordioso no te ha negado la esperanza del perdón (S. Ambrosio, Expositio Evangelii secundum Lucam, 7).

o   El descubrimiento de la misericordia de Dios es la diferencia entre el arrepentimiento de Pedro  y el de Judas

·         Benedicto XVI, Audiencia del miércoles 18 de octubre de 2006: “Tras su caída, Pedro se arrepintió y
encontró perdón y gracia. También Judas se arrepintió, pero su arrepentimiento degeneró en desesperación y de este modo se convirtió en autodestrucción. Es para nosotros una invitación a recordar siempre lo que dice san Benito al final del capítulo V, fundamental, de su «Regla»: «no desesperar nunca de la misericordia de Dios». En realidad, «Dios es mayor que nuestra conciencia», como dice san Juan (1 Juan 3, 20)”.

Vida Cristiana




[1] A. Sacchi, Enseñanza, en Nuevo Diccionario de Teología Bíblica, Ed. Paulinas 1990. Otras traducciones dicen: “sabedor de dolores”.
[2] Fil 2, 8 ss:  Y más aún: juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo...
[3] Enc. Dives in misericordia, n. 13.
[4] Cf. 1 Co 13,4
[5] 2 Co 1,3
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