viernes, 8 de febrero de 2019

5 Domingo Tiempo Ordinario Ciclo C - 10 de febrero 2019




[Chiesa/Omelie1/Vocazione/5C19VocaciónVerdaderaReligiosidad]

Ø 5º Domingo del tiempo ordinario, Año C (2019). La vocación: nos llama por nuestro nombre.

«Aquí estoy, mándame» (1ª Lectura) «Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron.» (Evangelio). A lo largo de nuestra vida Cristo nos llama por nuestro nombre. Pensamos que tuvo lugar en los tiempos de los apóstoles, pero no creemos que la llamada nos ataña a nosotros, no la esperamos. El Señor nos purifica para prepararnos a cada uno a la misión que Él ha proyectado, para la que pedirá nuestra colaboración. La verdadera religiosidad nos lleva a adherir a la voluntad del Señor cuando solicita un compromiso de nosotros en esta vida. En definitiva, a tener una profunda amistad con Él, a “estar con él”.  La vida cristiana es comunión con Jesús. Desde el comienzo, Jesús asoció a sus discípulos a su vida. Si falta el encuentro con Cristo no habrá auténtica existencia cristiana, aunque haya devociones y prácticas.


v  Cfr. 5 Domingo Tiempo Ordinario Ciclo C - 10 de febrero 2019

Isaías 6, 1-2a.3-8; 1 Corintios 15, 1-11; Lucas 5, 1-11
Cfr. Gianfranco Ravasi, Secondo le Scritture, Anno C, Piemme 1999, V Domenica del Tiempo Ordinario, pp. 169-174.

Isaías 6, 1-2a.3-8: 1 El año de la muerte del rey Ozías vi al Señor sentado en un trono excelso y elevado, y sus haldas llenaban el templo.2 Unos serafines se mantenían erguidos por encima de él. 3 Y se gritaban el uno al otro: "Santo, santo, santo, Yahveh  Sebaot: llena está toda la tierra de su gloria.". 4 Se conmovieron los quicios y los dinteles a la voz de los que clamaban, y la Casa se llenó de humo. 5 Y dije: "¡Ay de mí, que estoy perdido, pues soy un hombre de labios impuros, y entre un pueblo de labios impuros habito: que al rey Yahveh Sebaot han visto mis ojos!". 6 Entonces voló hacia mí uno de los serafines con una brasa en la mano, que con las tenazas había tomado de sobre el altar,7 y tocó mi boca y dijo: "He aquí que esto ha tocado tus labios: se ha retirado tu culpa, tu pecado está perdonado." 8 Entoces, escuché  la voz del Señor que decía: "¿A quién mandaré? ¿ Quién irá por mí"? Contesté: - «Aquí estoy, mándame».
Lucas 5, 1-11: 1 Sucedió que, estando Jesús junto al lago de Genesaret, la multitud se agolpaba a su alrededor para oír la palabra de Dios.2 Y vio dos barcas que estaban a la orilla del lago; los pescadores habían bajado de ellas y estaban lavando las redes.3 Entonces, subiendo en una de las barcas, que era de Simón, le rogó que la apartase un poco de tierra. Y sentado enseñaba desde la barca a la multitud.4 Cuando terminó de hablar, dijo a Simón: Guía mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca.5 Simón le contestó: Maestro, hemos estado fatigándonos durante toda la noche y nada hemos pescado; pero, no obstante, sobre tu palabra echaré las redes.6 Y habiéndolo hecho recogieron gran cantidad de peces, tantos que las redes se rompían.7 Entonces hicieron señas a los compañeros que estaban en la otra barca, para que vinieran y les ayudasen. Vinieron, y llenaron las dos barcas, de modo que casi se hundían.8 Cuando lo vio Simón Pedro, se arrojó a los pies de Jesús, diciendo: Apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador.9 Pues el asombro se había apoderado de él y de cuantos estaban con él, por la gran cantidad de peces que habían capturado. 10 Lo mismo sucedía a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Entonces Jesús dijo a Simón: No temas; desde ahora serán hombres los que has de pescar. 11 Ellos sacaron las barcas a tierra, dejándolo todo, lo siguieron.

La vocación: nos llama por nuestro nombre.
«Aquí estoy, mándame»
(Primera Lectura, Isaías 6,8)
La verdadera religiosidad nos lleva a adherir a la voluntad del Señor cuando solicita un compromiso de nosotros en esta vida.

1.    A lo largo de nuestra vida Cristo nos llama por nuestro nombre.


v  Pensamos que tuvo lugar en los tiempos de los apóstoles, pero no creemos que la llamada nos ataña a nosotros, no la esperamos.

Cfr. Beato John Henry Newman (1801-1890)[1]. Sermones parroquiales: PPS vol. 8, sermón 2.
                (En Magnificat, n. 147, febrero 2016, pp. 122-123).
·         “A lo largo de toda nuestra vida Cristo nos llama. Estaría bien tener conciencia de ello, pero
somos lentos en comprender esta gran verdad: que Cristo camina a nuestro lado y con su mano, sus ojos y su voz nos invita a seguirle. En cambio, nosotros ni siquiera alcanzamos a oír su llamada, que se sigue dando ahora. Pensamos que tuvo lugar en los tiempos de los apóstoles, pero no creemos que la llamada nos ataña a nosotros, no la esperamos. No tenemos ojos para ver al Señor, muy al contrario del apóstol al que Jesús amaba, que distinguía a Cristo cuando los demás discípulos no lo reconocían.
            No obstante, estate seguro: Dios te mira, seas quien seas. Dios te llama por tu nombre. Te ve y te comprende,  él, que te hizo. Todo lo que hay en ti le es conocido; todos tus sentimientos y tus pensamientos, tus inclinaciones, tus gustos, tu fuerza y tu debilidad. Te ve en los días de alegría y en los tiempos de pena. Se interesa por todas tus angustias y tus recuerdos, todos tus ímpetus y los desánimos de tu espíritu. Dios te abraza y te sostiene; te levanta o te deja descansar en el suelo. Contempla tu rostro cuando lloras y cuando ríes, en la salud y en la enfermedad. Mira tus manos y tus pies, escucha tu voz, el latido de tu corazón y hasta tu aliento. No te amas tú más de lo que te ama él”.  

2.    El Señor nos purifica para prepararnos a cada uno a la misión que Él ha proyectado, para la que pedirá nuestra colaboración.

·         Vemos en la primera Lectura que el profeta Isaías es liberado de sus pecados: uno de los ángeles
le toca la boca con un carbón ardiente diciendo: “Mira, esto ha tocado tus labios, tu culpa ha sido quitada, y tu pecado, perdonado” (Is 5, 7). Se trata de la intervención salvadora de Dios. Y cuando el Señor pregunta “¿A quién enviaré?, ¿quién irá de nuestra parte?”, Isaías responde “Aquí estoy. Envíame a mí” ” (Is 6,8).

v  En el Catecismo de la Iglesia Católica (n. 2584) se nos dice que la oración de los profetas es siempre una intercesión que espera la intervención del Dios salvador.

·         En el "cara a cara" con Dios, los profetas sacan luz y fuerza para su misión. Su oración no es
una huida del mundo infiel, sino una escucha de la palabra de Dios, a veces un litigio o una queja, siempre una intercesión que espera y prepara la intervención del Dios salvador, Señor de la historia (cf Amós 7, 2. 5; Isaías 6, 5. 8. 11; Jeremías 1, 6; Jeremías 15, 15 - 18; Jeremías 20, 7 - 18).
·         En el caso de Simón Pedro,  cuando él se arroja a los pies del Señor, y le dice que es un pecador,
Jesús le responde afirmando que será pescador de hombres, junto a los otros apóstoles: “No temas, desde ahora serán hombres los que pescarás” (Lucas 5, 10).

v  Nuestra colaboración: unos requisitos indispensables e la vocación cristiana.

o   El desprendimiento auténtico, la pobreza, la elección total  del Reino de Dios.

·         “Y ellos, sacando las barcas a tierra, dejadas todas las cosas, le siguieron” (Lc 5, 11). “En la
vocación cristiana son requisitos indispensables el desprendimiento auténtico, la pobreza, la elección total  del Reino de Dios. Es un paso difícil de dar, ya que estamos ligados a una maraña de intereses, de posesiones, de afectos y de cosas. Sin embargo, como descubrirán los discípulos, la vocación es un “dejar”, es un “perder” más bien sorprendente porque después ellos “encontrarán cien hermanos y hermanas” precisamente entre los hombres de los que serán pescadores” (cfr. G. Ravasi o.c. p. 171). 

3.    Algunas enseñanzas que se pueden deducir de la llamada del Señor y de

nuestra respuesta.

v  Sobre la verdadera religiosidad

o   a) Nos lleva a adherir a la voluntad del Señor cuando solicita un compromiso de nosotros en esta vida. 

  • Si hay verdadera religiosidad, cada uno descubrirá su propia vocación, es decir, el
compromiso que Dios solicita de nosotros en esta vida. El Señor nos hará saber que cuenta con nosotros para realizar su proyecto de salvación.
§  El Señor nos purifica para hacernos capaces de responder a sus exigencias. 
                Si alguien piensa que no le sucederá que un ángel del Señor toque su boca con un carbón para purificarle, como hemos visto en el caso de Isaías, que recuerde que, en la vida cristiana, hay algo más que un “ángel y un carbón ardiente para purificar”... El Señor nos purifica en el sacramento de la reconciliación. “Toda la virtud de la penitencia reside en que nos restituye a la gracia de Dios y nos une con Él con profunda amistad” (Catecismo Romano 2,5, 18) (cfr. CEC n. 1468).

o   b) Nos lleva a tener confianza en él cuando también a nosotros nos diga: “guía mar adentro y echad  vuestras redes para la pesca”

                Se puede añadir que la verdadera religiosidad no acaba en un erróneo sentido de culpabilidad, en la culpa que lleva a la angustia, sino que acaba en un acto de amor, de disponibilidad ante las exigencias del Señor, de caridad hacia Dios, de liberación de las culpas.
            Pediremos al Señor fe, confianza en él cuando también a nosotros nos diga: “guía mar adentro y echad  vuestras redes para la pesca” (Lucas 5, 4);  a veces también a nosotros nos parecerá no razonable su exigencia: “Maestro hemos estado bregando toda la noche y no hemos pescado nada .... pero sobre tu palabra echaré las redes”(Lucas 5, 5).

o   c) En definitiva, nos llevará a compartir  la vida de Jesús, a tener una profunda    amistad con Él, a “estar con él”.  La vida cristiana es comunión con Jesús.

§  El estilo de vida de los cristianos, hijos de la luz: Dios nos ha destinado para vivir juntos con él.
·         1 Tesalonicenses 5, 4-10: Pero vosotros, hermanos, no vivís en la oscuridad, para que ese
Día os sorprenda como ladrón,  pues todos vosotros sois hijos de la luz e hijos del día. Nosotros no somos de la noche ni de las tinieblas. Así pues, no durmamos como los demás, sino velemos y seamos sobrios. Pues los que duermen, de noche duermen, y los que se embriagan, de noche se embriagan. Nosotros, por el contrario, que somos del día, seamos sobrios; revistamos la coraza de la fe y de la caridad, con el yelmo de la esperanza de salvación. Dios no nos ha destinado para la cólera, sino para obtener la salvación por nuestro Señor Jesucristo, que murió por nosotros, para que, velando o durmiendo, vivamos juntos con él.
§  La Iglesia es comunión con Jesús. Desde el comienzo, Jesús asoció a sus discípulos a su vida.
"Quien come mi carne y bebe mi sangre permanece en Mí y Yo en él" (Juan 6, 56).
·         Catecismo de la Iglesia Católica, 787: La Iglesia es comunión con Jesús. Desde el comienzo,
Jesús asoció a sus discípulos a su vida (cf. Marcos 1, 16 - 20; Marcos 3, 13 - 19); les reveló el Misterio del Reino (cf. Mateo 13, 10  - 17); les dio parte en su misión, en su alegría (cf. Lucas 10, 17  - 20) y en sus sufrimientos (cf. Lucas 22, 28  - 30). Jesús habla de una comunión todavía más íntima entre él y los que le sigan: "Permaneced en Mí, como yo en vosotros … Yo soy la vid y vosotros los sarmientos" (Juan 15, 4-5). Anuncia una comunión misteriosa y real entre su propio cuerpo y el nuestro: "Quien come mi carne y bebe mi sangre permanece en Mí y Yo en él" (Juan 6, 56).
§  A pesar de ser siervos inútiles, Jesús nos hace sus amigos.
a) No hay secretos entre amigos
·         Card. Joseph Ratzinger, Homilía en la Misa por la elección del Papa, 18 de abril de 2005:
Pasemos ahora al Evangelio, de cuya riqueza quisiera sacar tan sólo dos pequeñas observaciones. El Señor nos dirige estas maravillosas palabras: «No os llamo ya siervos… a vosotros os he llamado amigos» (Juan 15, 15). Muchas veces no sentimos simplemente siervos inútiles, y es verdad (Cf. Lucas 17, 10). Y, a pesar de ello, el Señor nos llama amigos, nos hace sus amigos, nos da su amistad. El Señor define la amistad de dos maneras. No hay secretos entre amigos: Cristo nos dice todo lo que escucha al Padre; nos da su plena confianza y, con la confianza, también el conocimiento. Nos revela su rostro, su corazón. Nos muestra su ternura por nosotros, su amor apasionado que va hasta la locura de la cruz. Nos da su confianza, nos da el poder de hablar con su yo: «este es mi cuerpo…», «yo te absuelvo…». Nos confía su cuerpo, la Iglesia. Confía a nuestras débiles mentes, a nuestras débiles manos su verdad, el misterio del Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo; el misterio del Dios que «tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único» (Juan 3, 16). Nos ha hecho sus amigos y, nosotros, ¿cómo respondemos?
b) La amistad es la comunión de las voluntades, donde tiene lugar nuestra redención
            El segundo elemento con el que Jesús define la amistad es la comunión de las voluntades. «Idem velle – idem nolle», era también para los romanos la definición de la amistad. «Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando» (Juan 15, 14). La amistad con Cristo coincide con lo que expresa la tercera petición del Padrenuestro: «Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo». En la hora de Getsemaní, Jesús transformó nuestra voluntad humana rebelde en voluntad conformada y unida con la voluntad divina. Sufrió todo el drama de nuestra autonomía y, al llevar nuestra voluntad en las manos de Dios, nos da la verdadera libertad: «pero no sea como yo quiero, sino como quieras tú» (Mateo 26, 39). En esta comunión de las voluntades tiene lugar nuestra redención: ser amigos de Jesús, convertirse en amigos de Dios. Cuanto más amamos a Jesús, más le conocemos, más crece nuestra auténtica libertad, la alegría de ser redimidos. ¡Gracias, Jesús, por tu amistad!

o   d) Si falta el encuentro con Cristo no habrá auténtica existencia cristiana, aunque haya devociones y prácticas. La compenetración con Cristo.

  • Es Cristo que pasa, 134: Vivir según el Espíritu Santo es vivir de fe, de esperanza, de
caridad; dejar que Dios tome posesión de nosotros y cambie de raíz nuestros corazones, para hacerlos a su medida. Una vida cristiana madura, honda y recia, es algo que no se improvisa, porque es el fruto del crecimiento en nosotros de la gracia de Dios. En los Hechos de los Apóstoles, se describe la situación de la primitiva comunidad cristiana con una frase breve, pero llena de sentido: perseveraban todos en las instrucciones de los Apóstoles, en la comunicación de la fracción del pan y en la oración.
Fue así como vivieron aquellos primeros, y como debemos vivir nosotros: la meditación de la doctrina de la fe hasta hacerla propia, el encuentro con Cristo en la Eucaristía, el diálogo personal — la oración sin anonimato — cara a cara con Dios, han de constituir como la substancia última de nuestra conducta. Si eso falta, habrá tal vez reflexión erudita, actividad más o menos intensa, devociones y prácticas. Pero no habrá auténtica existencia cristiana, porque faltará la compenetración con Cristo, la participación real y vivida en la obra divina de la salvación.
Vida Cristiana



[1] Nació en Londres el 21 de febrero de 1801; murió en Birmingham, el 11 de agosto de 1890. Fue un presbítero anglicano que se convirtió al catolicismo en 1845.  Fue ordenado sacerdote en la Iglesia Católica el 1 de junio de 1847 y hecho Cardenal por León XIII. Fue beatificado el 19 de septiembre de 2010 por Benedicto XVI en el Reino Unido. Cuando era joven participó en el Movimiento de Oxford, que aspiraba a que la Iglesia de Inglaterra volviese a sus raíces católicas.  Entre sus publicaciones se encuentran: La fe y la razón; Persuadido por la Verdad; Carta al Duque de Norfolk; Esperando a Cristo; Sermones parroquiales,  8 volúmenes; Las arma de los santos; Discursos sobre la fe; Calixta (novela); Apología “pro vita sua”; Historia de mis ideas religiosas, etc. 

«Apártate» y «quédate», verbos para la comunión: por Santiago Agrelo



Uno vio “al Señor sentado sobre un trono alto y excelso”; el otro vio sólo la redada de peces que había cogido después de echar las redes “en la palabra de Jesús”; y los dos, Isaías y Pedro, el profeta y el pescador, se asomaron al misterio de la grandeza de Dios y de la propia pequeñez, se vieron perdidos en la santidad de Dios y en la realidad inquietante del propio pecado.
El profeta expresó así lo que había experimentado: “¡Ay de mí, estoy perdido! Yo, hombre de labios impuros, que habito en medio de un pueblo de labios impuros, he visto con mis ojos al Rey y Señor de los ejércitos”.
El pescador expresó con una súplica y un gesto lo que había aprendido viendo peces en las redes: “Se arrojó a los pies de Jesús, diciendo: _Apártate de mí, Señor, que soy un pecador”.
Cada domingo nos reunimos para escuchar la palabra del Señor. Cada domingo nos acercamos a la mesa del Señor. Se supone que en la eucaristía escuchamos y comemos para mejor conocer la voluntad del Señor, obedecer sus mandatos, acoger su salvación y seguir sus caminos.
Cada domingo, como el profeta, nos acercamos al templo del Señor. Cada domingo, como el pescador, también nosotros echamos la red “en la palabra de Jesús”. Cada domingo es una ocasión que la gracia nos ofrece para el asombro por lo que se nos revela, para el santo temor de Dios por lo que Dios es, para la humildad del corazón por lo que nosotros somos.
Cada domingo, allí donde el profeta dijo: _ “¡ay de mí, estoy perdido!”; y donde el apóstol dijo: _ “apártate de mí, Señor, que soy un pecador”, nosotros decimos, robando las palabras a un soldado romano: “Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa”.
Hoy, con vosotros, quiero robarlas todas: las del profeta, las del pescador, las del soldado, por si se me agarra al alma el conocimiento de la grandeza de Dios, de su santidad, con la sabiduría de mi indignidad para ir hasta Dios o para recibirle si él viene a mi casa.
Hoy, con vosotros y con el apóstol, le diré «apártate», porque soy un pecador; mientras todo mi ser, con vosotros y con los discípulos en el camino de Emaús, le pediremos «quédate»: Quédate, porque anochece, y se oscurece la fe; quédate, porque tú tienes palabras de vida eterna; quédate, porque te necesitamos; quédate, porque sabemos que nos amas.
Y si la Eucaristía nos remite, Señor, a la entrega de tu vida por nuestro amor, mientras te digo «apártate» pues mi pecado es de muerte, mientras te digo «quédate» pues tu voz es de infinita misericordia, te diré también: “acuérdate de mí en tu reino”, entregando así mi pecado a tu misericordia.
Feliz domingo.

sábado, 2 de febrero de 2019

Domingo 4º del tiempo ordinario, Año C.



[Chiesa/Omelie1/Vocazione/4C19CaracterísticasVocaciónLlamadaJeremíasJesucristo]

Ø Domingo 4º del tiempo ordinario, Año C (2019). Primera Lectura: la vocación del profeta

Jeremías. El Señor nos conoce y nos ha constituido antes de que seamos concebidos y hayamos nacido. La vocación o llamada de parte de Dios precede a la concepción y nacimiento del profeta, el cual observa una incapacidad o ineptitud para cumplir un compromiso tan alto. Pero dado que es un mensajero de Dios, el Señor elige las palabras que debe decir, y le protegerá. Pero no obstante el origen de su misión, encontrará dificultades e graves peligros. Y el mensaje de Jesús está destinado a “plantear problemas” en la vida de cada uno de los seres humanos. Nuestra conciencia encuentra fatiga para convertirse al Señor. Sólo la acción salvadora del Espíritu Santo - que transforma esa fatiga en amor salvífico - realiza la fatigosa y salvadora conversión del corazón. Se sabe que reconocer el mal en uno mismo a menudo cuesta mucho.


v  Cfr. Domingo 4º del tiempo ordinario, Año C.

Jeremías 1, 4-5.17-19; Salmo 70; 1 Corintios 12, 31-13,13; Lucas 4, 21-30
3 de febrero de 2019
Jeremías 1: 4 Entonces me fue dirigida la palabra de Yahveh en estos términos: 5 Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía, y antes que nacieses, te tenía consagrado: yo profeta de las naciones te constituí. 17 Por tu parte, te apretarás la cintura, te alzarás y les dirás todo lo que yo te mande. No desmayes ante ellos, y no te haré yo desmayar delante de ellos; 18 pues, por mi parte, mira que hoy te he convertido en plaza fuerte, en pilar de hierro, en muralla de bronce frente a toda esta tierra, así se trate de los reyes de Judá como de sus jefes, de sus sacerdotes o del pueblo de la tierra. 19 Te harán la guerra, mas no podrán contigo, pues contigo estoy yo -oráculo de Yahveh- para salvarte."
Lucas 4, 21-30: 21 Y comenzó a decirles: Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír. 22 Todos daban testimonio en favor de él, y se admiraban de las palabras de gracia que procedían de su boca, y decían: ¿No es éste el hijo de José? 23 Entonces les dijo: Sin duda me aplicaréis aquel proverbio: Médico, cúrate a ti mismo. Cuanto hemos oído que has hecho en Cafarnaún, hazlo también aquí en tu patria. 24 Y añadió: En verdad os digo que ningún profeta es bien recibido en su patria. 25 Os digo de verdad que muchas viudas había en Israel en tiempo de Elías, cuando durante tres años y seis meses se cerró el cielo y hubo gran hambre por toda la tierra; 26 y a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda en Sarepta de Sidón. 27 Muchos leprosos había también en Israel en tiempo del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue curado, sino Naamán el Sirio. 28 Al oír estas cosas, todos en la sinagoga se llenaron de ira, 29 y se levantaron, le echaron fuera de la ciudad, y lo llevaron hasta la cima del monte sobre el que estaba edificada su ciudad para despeñarle. 30 Pero él, pasando por medio de ellos, seguía su camino.

Ciertamente el mensaje de Jesús está destinado a “plantear problemas”
en la vida de cada uno de los seres humanos
(San Juan Pablo II, Homilía, 3 de febrero de 1980, domingo 4 del tiempo ordinario ciclo C )
La fatiga de la conciencia humana:
reconocer el mal en uno mismo a menudo cuesta mucho.
Mediante esta conversión en el Espíritu Santo,
el hombre se abre al perdón y a la remisión de los pecados.
(San Juan Pablo II, Enc. Dominum et vivificantem, n. 45)

1. Primera Lectura: primera lectura: la vocación del profeta Jeremías (1, 4-5.17-19).


·         Se trata de una de las diversas “confesiones” que hace el profeta. Encontramos otras en otros
capítulos de su libro (cfr. 11, 18-23; 12,1-8; 13,11-18; 15,10-21; 18,18-23; 20,7-18).

v  Características del convencimiento del profeta que ha sido llamado por Dios para realizar una tarea.

                        Cfr. Temi di Predicazione – Omelie, Editrice Domenicana Italiana, 20 gennaio – 10 febbraio 2013,
                          domeniche II a 5 del tempo ordinario, Napoli, p. 38

o   La vocación o llamada de parte de Dios precede a la concepción y nacimiento del profeta.

El profeta está tan convencido de la llamada de Dios que afirma que ella precede  a su concepción y a su nacimiento (v. 5). Dios le ha «formado» en el seno materno con una finalidad; y así le ha «conocido» (v. 5), es decir , le ha preferido y elegido, y, por tanto, le ha «consagrado» (v. 5) y «establecido», o sea, le ha «constituido» (v. 5) portavoz ante su pueblo.
            La misma cosa dirá sobre sí mismo el siervo de Yahveh 0F[1], y lo repetirá refiriéndose también a sí mismo Pablo 1F[2].

o   Este lenguaje señala el origen sobrenatural de la vocación.

§  El profeta se encuentra ante una propuesta sin alternativas y aunque su respuesta parezca como predeterminada permanece libre.
            Se trata de un lenguaje teológico destinado a señalar el origen sobrenatural de la vocación profética. No es una elección del hombre; es más él se encuentra ante una propuesta sin alternativas, y su respuesta parece como predeterminada, aunque permanece libre.
§  El profeta observa una incapacidad o ineptitud para cumplir un compromiso tal alto.
            Si el elegido tiene algo que observar ante la decisión divina es una incapacidad, y hasta una ineptitud para cumplir un compromiso tan alto. Ni siquiera Moisés se sentía capaz de afrontar al faraón porque era “torpe de boca y de lengua” (Éxodo 4, 10).

o   Pero dado que es un mensajero de Dios, el Señor elige las palabras que debe decir, y le protegerá.

§  Y no obstante el origen de su misión, encontrará dificultades e graves peligros.
                Pero el profeta es un mensajero de Dios; habla en su nombre y en su lugar, y por ello no le corresponde a él elegir las palabras oportunas sino que es obligación de quien le manda (Éxodo 4, 12): “Así pues, vete, que yo estaré en tu boca y te enseñaré lo que debes decir”.
Lo mismo repite a Jeremías (1,7): “Y me dijo Yahveh: No digas: "Soy un muchacho", pues adondequiera que yo te envíe irás, y todo lo que te mande dirás”. Y el Señor añade (Jeremías 1,8):  “No les tengas miedo, que contigo estoy yo para protegerte”. Esta aclaración le hace comprender al profeta que, no obstante el origen de su misión, encontrará dificultades e graves peligros. De hecho, se alzarán contra él los reyes, los cortesanos, los falsos profetas, nobles y gentes del pueblo. No estará siempre su vida al seguro, pero no se echará atrás en la tarea que le ha sido encomendada.
A veces también parece que vacila la fe en su vocación (Jeremías 20, 7-18)2F[3]: 
·         “7 Me has seducido, Yahveh, y me dejé seducir; me has agarrado y me has podido. He sido la irrisión cotidiana:
 todos me remedaban. 8 Pues cada vez que hablo es para clamar: "¡Atropello!", y para gritar: "¡Expolio!". La palabra de Yahveh ha sido para mí oprobio y befa cotidiana.9 Yo decía: "No volveré a recordarlo, ni hablaré más en su Nombre." Pero había en mi corazón algo así como fuego ardiente, prendido en mis huesos, y aunque yo trabajada por ahogarlo, no podía. 10 Escuchaba las calumnias de la turba: "¡Terror por doquier!, ¡denunciadle!, ¡denunciémosle!" Todos aquellos con quienes me saludaba estaban acechando un traspiés mío: "¡A ver si se distrae, y le podremos, y tomaremos venganza de él!". 11 Pero Yahveh está conmigo, cual campeón poderoso. Y así mis perseguidores tropezarán impotentes; se avergonzarán mucho de su imprudencia: confusión eterna, inolvidable”. 12 ¡Oh Yahveh Sebaot, juez de lo justo, que escrutas los riñones y el corazón!, vea yo tu venganza contra ellos, porque a ti he encomendado mi causa. 13 Cantad a Yahveh, alabad a Yahveh, porque ha salvado la vida de un pobrecillo de manos de malhechores. 14 ¡Maldito el día en que nací! ¡el día que me dio a luz mi madre no sea bendito! 15 ¡Maldito aquel que felicitó a mi padre diciendo: "Te ha nacido un hijo varón", y le llenó de alegría! 16 Sea el hombre aquel semejante a las ciudades que destruyó Yahveh sin que le pesara, y escuche alaridos de mañana y gritos de ataque al mediodía.17 ¡Oh, que no me haya hecho morir desde el vientre, y hubiese sido mi madre mi sepultura, con seno preñado eternamente! 18 ¿Para qué haber salido del seno, a ver pena y aflicción, y a consumirse en la vergüenza mis días?  
Pero el profeta conseguirá reprenderse (Jeremías 20,9): 

2. El Salmo Responsorial (70,1-2; 3-4; 5-6; 15.17)

v  El salmista se dirige a Dios en la dificultad.

  • “A ti, Señor, me acojo: no quede yo derrotado para siempre;  tú que eres justo, líbrame y ponme a
salvo, inclina a mí tu oído y sálvame. Sé tú mi roca de refugio, al alcázar donde me salve, porque mi pena y mi alcázar eres tú, Dios, Dios mío, líbrame de la mano perversa.Por que tú, Dios mío, fuiste mi esperanza y mi confianza, Señor, desde mi juventud. En el vientre materno ya me apoyaba en ti, en el seno tú me sostenías. Mi boca contaré tu auxilio, y todo el día tu salvación.  Dios mío, me instruiste desde mi juventud, y hasta hoy relato tus maravillas”.
  • El salmista se dirige al Dios en la dificultad, en el que siempre ha confiado, para pedir ayuda
y protección. También es una oración de agradecimiento por los beneficios que el Señor le ha concedido siempre. 

3. Algunas de las manifestaciones de Jesús sobre la vocación del profeta, un sábado, en la Sinagoga.

     Lucas 4, 21-30 (cfr. Marcos 6, 1-6).
      Cfr. Temi di Predicazione – Omelie, Editrice Domenicana Italiana, 20 gennaio – 10 febbraio 2013, domeniche II  a
      V del tempo ordinario, Napoli, pp. 3-38

v  Las dificultades que encuentra en la realización de su tarea.

Lucas pone en boca de Jesús las razones por las que quienes le escuchaban rechazan sus palabras. Aparte de que su conciudadanos de Nazaret , aunque se admirasen de su doctrina no acabasen de creer (v. 22: «¿No es éste el hijo de José?»),  se habían sentido ofendidos porque no había hecho en su tierra lo mismos milagros que en Cafarnaún. Con esta expresión  - que equivaldría a querer resaltar algo así como que pertenece a la familia de un “común carpintero” - parece que dan a entender que se trata de una familia de poca importancia que no justifica la doctrina y los poderes de un sedicente profeta. 
En cualquier caso, se sentían descuidados (Lucas 4, 23). Había socorrido a otros antes que a ellos mismos. Si tenía virtudes terapéuticas, como parecía, los familiares, amigos y conocidos de su tierra, deberían haber sido los primeros beneficiarios. Jesús recurre, para explicar ese enfado, a un refrán de la sabiduría popular: “ningún profeta es bien recibido en su patria” (v. 24).  
La discusión se hace incandescente cuando Jesús ilustra su comportamiento recurriendo a algunos ejemplos de la Escritura, citando el caso de Elías y Eliseo que socorren al hijo de una viuda de Zarepta y a un leproso de Siria ( 1 Reyes 17,17; 2 Reyes 5).    

v  Cfr. Juan Pablo II, Homilía en la Parroquia de la Ascensión (3-II-1980), Domingo IV del Tiempo ordinario, Ciclo C.

o   La contradicción que Cristo encontró al comienzo mismo de su misión.

Ciertamente el mensaje de Jesús está destinado a “plantear problemas” en la vida de cada uno de los seres humanos. Nos lo recuerdan también las lecturas de la liturgia de hoy, y sobre todo el texto del Evangelio de Lucas, que acabamos de oír. Él nos induce a volver una vez más con el pensamiento (...) al momento de la Presentación de Jesús en el templo, que tuvo lugar a los 40 días de su nacimiento, el anciano Simeón pronunció sobre el Niño las siguientes palabras: “Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: Este está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción” (Lucas 2:34).
            Hoy somos testigos de la contradicción que Cristo encontró al comienzo mismo de su misión - en su Nazaret -. Efectivamente: cuando, basándose en las palabras del profeta Isaías, leídas en la sinagoga de Nazaret, Jesús hace entender a sus paisanos que la predicción se refería precisamente a Él, esto es, que Él era el anunciado Mesías de Dios (el Ungido en la potencia del Espíritu Santo), surgió primero el estupor, luego la incredulidad y finalmente los oyentes “se llenaron de cólera” (Lucas 4,28), y se pusieron de acuerdo en la decisión de tirarlo desde el monte sobre el que estaba construida la ciudad de Nazaret... “Pero Él, atravesando por medio de ellos, se fue” (Lucas 4,30).
            Y he aquí que la liturgia de hoy - sobre el fondo de este acontecimiento - nos hace oír en la primera lectura la voz lejana del profeta Jeremías: “Ellos te combatirán, pero no te podrán, porque yo estaré contigo para protegerte” (Jeremías 1,19). (…)
El amor es exigente. Es difícil. Es atrayente, ciertamente, pero también es difícil. Y por eso encuentra resistencia en el hombre. Y esta resistencia aumenta cuando desde fuera actúan también programas en los que está presente el principio del odio y de la violencia destructora. Cristo, cuya misión mesiánica, encuentra desde el primer momento la contradicción de los propios paisanos en Nazaret, vuelve a afirmar la veracidad de las palabras que pronunció sobre Él el anciano Simeón el día de la Presentación en el templo: “Puesto está para caída y levantamiento de muchos en Israel, y para signo de contradicción” (Lucas. 2,34).
            Estas palabras acompañan a Cristo por todos los caminos de su experiencia humana, hasta la cruz.
            Esta verdad sobre Cristo es también la verdad sobre el amor. También el amor encuentra la resistencia, la contradicción. En nosotros, y fuera de nosotros. Pero esto no debe desalentarnos. El verdadero amor -como enseña San Pablo- todo lo “excusa” y “todo lo tolera” (1 Corintios 13,7).

4. Catecismo de la Iglesia Católica: algunos puntos sobre Jesús, signo de contradicción.

·  CEC n. 529: (…) Jesús es reconocido como el Mesías tan esperado, «luz de las naciones» y «gloria de Israel», pero también «signo de contradicción». La espada de dolor predicha a María anuncia otra oblación, perfecta y única, la de la Cruz que dará la salvación que Dios ha preparado «ante todos los pueblos».
·  CEC 569: Jesús ha subido voluntariamente a Jerusalén sabiendo perfectamente que allí moriría de muerte violenta a causa de la contradicción de los pecadores. (Cf Hebreos 12, 3)
·  CEC 575: Muchas de las obras y de las palabras de Jesús han sido, pues, un «signo de contradicción» (Lucas 2, 34) para las autoridades religiosas de Jerusalén, aquéllas a las que el Evangelio de S. Juan denomina con frecuencia «los judíos» (Cf Juan 7, 48-49), más incluso que a la generalidad del pueblo de Dios (Cf Juan 7, 48-49). Ciertamente, sus relaciones con los fariseos no fueron solamente polémicas. Fueron unos fariseos los que le previnieron del peligro que corría (Cf Lucas 13, 31). Jesús alaba a alguno de ellos como al escriba de Marcos 12, 34 y come varias veces en casa de fariseos (Cf Lucas 7, 36; 14, 1). Jesús confirma doctrinas sostenidas por esta élite religiosa del pueblo de Dios: la resurrección de los muertos (Cf Mateo 22, 23-34; Lc 20, 39), las formas de piedad (limosna, ayuno y oración) (Cf Mateo 6, 18) y la costumbre de dirigirse a Dios como Padre, carácter central del mandamiento del amor a Dios y al prójimo (Cf Marcos 12, 28-34).
·  CEC 587: Si la Ley y el Templo pudieron ser ocasión de «contradicción» (Cf Lucas 2, 34) entre Jesús y las autoridades religiosas de Israel, la razón está en que Jesús, para la redención de los pecados -obra divina por excelencia-, acepta ser verdadera piedra de escándalo para aquellas autoridades (Cf Lucas 20, 17-18; Salmo 118, 22).

 

5. Además de la posibilidad de una respuesta positiva al don de la fe, existe también el riesgo del rechazo del Evangelio, de la no acogida del encuentro vital con Cristo.

     Cfr. Cfr. Benedicto XVI, Catequesis sobre la fe (2).  24 de octubre de 2012
·         Con todo, a nuestro alrededor vemos cada día que muchos permanecen indiferentes o rechazan
acoger este anuncio. Al final del Evangelio de Marcos, hoy tenemos palabras duras del Resucitado, que dice: «El que crea y sea bautizado se salvará; el que no crea será condenado» (Mc 16, 16), se pierde él mismo. Desearía invitaros a reflexionar sobre esto. La confianza en la acción del Espíritu Santo nos debe impulsar siempre a ir y predicar el Evangelio, al valiente testimonio de la fe; pero, además de la posibilidad de una respuesta positiva al don de la fe, existe también el riesgo del rechazo del Evangelio, de la no acogida del encuentro vital con Cristo. Ya san Agustín planteaba este problema en un comentario suyo a la parábola del sembrador: «Nosotros hablamos —decía—, echamos la semilla, esparcimos la semilla. Hay quienes desprecian, quienes reprochan, quienes ridiculizan. Si tememos a estos, ya no tenemos nada que sembrar y el día de la siega nos quedaremos sin cosecha. Por ello venga la semilla de la tierra buena» (Discursos sobre la disciplina cristiana, 13,14: PL 40, 677-678). El rechazo, por lo tanto, no puede desalentarnos. Como cristianos somos testigos de este terreno fértil: nuestra fe, aún con nuestras limitaciones, muestra que existe la tierra buena, donde la semilla de la Palabra de Dios produce frutos abundantes de justicia, de paz y de amor, de nueva humanidad, de salvación. Y toda la historia de la Iglesia con todos los problemas demuestra también que existe la tierra buena, existe la semilla buena, y da fruto.

6. Dos sencillas conclusiones

v  1. Unas advertencias del salmo sobre la necesidad de estar atentos

·         En el salmo 18 (vv. 10-14) , se nos advierte sobre la necesidad de estar atentos a las
inadvertencias, a la falta oculta, a la arrogancia: “Los juicios del Señor son veraces, son enteramente justos, más preciosos que el oro, que el oro más fino, más dulces que la miel que destila el panal. Aunque tu siervo se instruya en ellos, y encuentra provecho en observarlos, las inadvertencias, ¿quién las puede discernir? De las faltas ocultas, absuélveme. Preserva a tu siervo de las arrogancias, que no me dominen. Así podré ser íntegro y libre de grave delito”

v  2. La fatiga del corazón humano y de  la conciencia para convertirse.

Cfr. San Juan Pablo II, Enc. Dominum et vivificantem  

o   Sólo la acción salvadora del Espíritu Santo - que transforma en amor salvífico esa fatiga – realiza la fatigosa y salvadora conversión del corazón. 

§  «Se sabe que reconocer el mal en uno mismo a menudo cuesta mucho»; la conciencia juzga; es también fuente de remordimiento: sufre interiormente por el mal cometido.
·         DV, n. 45: “El Espíritu de la verdad, que « convence al mundo en lo referente al pecado », se
encuentra con aquella fatiga de la conciencia humana, de la que los textos conciliares hablan de manera tan sugestiva. Esta fatiga de la conciencia determina también los caminos de las conversiones humanas: el dar la espalda al pecado para reconstruir la verdad y el amor en el corazón mismo del hombre. Se sabe que reconocer el mal en uno mismo a menudo cuesta mucho. Se sabe que la conciencia no sólo manda o prohibe, sino que juzga a la luz de las órdenes y de las prohibiciones interiores. Es también fuente de remordimiento: el hombre sufre interiormente por el mal cometido. ¿No es este sufrimiento como un eco lejano de aquel « arrepentimiento por haber creado al hombre », que con lenguaje antropomórfico el Libro sagrado atribuye a Dios; de aquella « reprobación » que, inscribiéndose en el « corazón » de la Trinidad, en virtud del amor eterno se realiza en el dolor de la Cruz y en la obediencia de Cristo hasta la muerte? Cuando el Espíritu de la verdad permite a la conciencia humana la participación en aquel dolor, entonces el sufrimiento de la conciencia es particularmente profundo y también salvífico. Pues, por medio de un acto de contrición perfecta, se realiza la auténtica conversión del corazón: es la « metanoia » evangélica.
            La fatiga del corazón humano y la fatiga de la conciencia, donde se realiza esta «metanoia» o conversión, es el reflejo de aquel proceso mediante el cual la reprobación se transforma en amor salvífico, que sabe sufrir. El dispensador oculto de esa fuerza salvadora es el Espíritu Santo, que es llamado por la Iglesia « luz de las conciencias », el cual penetra y llena « lo más íntimo de los corazones » humanos.(176) Mediante esta conversión en el Espíritu Santo, el hombre se abre al perdón y a la remisión de los pecados”.



Vida Cristiana


[1] Isaías 49, 1: ¡Oídme, islas, atended, pueblos lejanos! Yahveh desde el seno materno me llamó; desde las entrañas de mi madre recordó mi nombre.
[2] Gálatas 1, 15-16: “15 Pero cuando Dios, que me eligió desde el vientre de mi madre y me llamó por su gracia, tuvo a bien 16 revelar en mí a su Hijo para que le anunciara entre los gentiles”.
[3] Traducción de la redacción de Vida Cristiana.

viernes, 1 de febrero de 2019

«Hoy» y «aquí», adverbios para la gracia y la fiesta: por Santiago Agrelo

“En aquel tiempo, comenzó Jesús a decir en la sinagoga: _Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír”. Queda atrás la profecía, queda fuera la reflexión moral, quedan allí sin sentido la exposición doctrinal y la exhortación piadosa. Las palabras de Jesús son revelación de un acontecimiento turbador. Cuando Jesús dice, “hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír”, sus palabras, no sólo desvelan el misterio de la profecía que acaba de leer, sino que empiezan a desvelar también su misterio personal, el de un hombre que ha sido ungido por el Espíritu Santo, y ha sido enviado para que lleve a los pobres la buena noticia de la gracia de Dios.
Una reflexión moral, una exposición doctrinal, una exhortación piadosa son intemporales. Los acontecimientos están necesariamente anclados a un «ahora» en el tiempo, y a un «aquí» en el espacio. De ahí la importancia que tiene en las palabras de Jesús el adverbio de tiempo «hoy», y la locución espacial “en vuestros oídos”, que la traducción oficial lamentablemente ignoró y substituyó por un desubicado “que acabáis de oír”.
«Aquí» acontece. «Hoy» se cumple. «Hoy, aquí» es salvación cumplida –evangelio- lo que hasta hoy era sólo salvación prometida –profecía-.
A donde llega Jesús la salvación se hace cosa de «aquí» y de «hoy»: “Hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un salvador” –dice el ángel a los pastores en la noche de Belén-. “Hoy tengo que alojarme en tu casa…Hoy ha llegado la salvación a esta casa” –le dice Jesús a Zaqueo, el publicano de Jericó-. “Hoy estarás conmigo en el paraíso” –le dice Jesús a uno de los malhechores ajusticiados con él-.
Jesús es la salvación. Lo fue para los pastores de Belén, para Zaqueo, para el ladrón del paraíso. Lo es para nosotros, que hoy nos encontramos con el Señor y escuchamos su palabra en la asamblea litúrgica de la comunidad cristiana.
La salvación que es Jesús, es gracia de Dios para enfermos y pecadores, para publicanos y malhechores; y porque es gracia, es también alegría, fiesta en el corazón, para enfermos y pecadores, para recaudadores y bandidos.
Feliz domingo. Feliz encuentro con Cristo Jesús, hoy, en la celebración eucarística.

miércoles, 30 de enero de 2019

Ángelus de Papa Francisco, en la Casa Hogar Buen Samaritano Domingo, 27 de enero de 2019




Ø ¿Quién es el prójimo? Ángelus d Papa Francisco en Panamá – Hogar de Buen Samaritano


v  Cfr. Ángelus de Papa Francisco, en la Casa Hogar Buen Samaritano

Domingo, 27 de enero de 2019

Queridos jóvenes, estimados directores, colaboradores, agentes de pastoral, amigas y amigos.

Gracias padre Domingo por las palabras que, en nombre de todos, me ha dirigido. Quise este encuentro con ustedes, que están aquí en el hogar El Buen Samaritano, y también con los demás jóvenes presentes del Centro Juan Pablo II, del Hogar San José de las Hermanas de la Caridad y de la “Casa del Amor”, de la Congregación Hermanos de Jesús Kkottonngae. Estar hoy con ustedes
es para mí un motivo para renovar la esperanza. Gracias por permitirlo.

v  Nacer de nuevo. Ver a los demás como prójimo

o   Nacemos  de nuevo cuando el Espíritu Santo nos regala los ojos para ver a los demás como nuestros prójimos.

§  La parábola del Buen Samaritano
Preparando este encuentro pude leer el testimonio de un miembro de este hogar que me tocó el corazón porque decía: «aquí yo nací de nuevo». Este hogar, y todos los centros que ustedes representan, son signo de esa vida nueva que el Señor nos quiere regalar. Es fácil confirmar la fe de unos hermanos cuando se la ve actuar ungiendo heridas, sanando esperanza y animando a creer.  Acá no nacen de nuevo solo los que podríamos llamar “beneficiarios primeros” de vuestros hogares; aquí la Iglesia y la fe nacen; aquí la Iglesia y la fe se recrean continuamente por medio de la caridad.
Comenzamos a nacer de nuevo cuando el Espíritu Santo nos regala los ojos para ver a los demás, como nos decía el P. Domingo, no solo como nuestros vecinos ―que eso es ya decir  mucho― sino como nuestros prójimos. Ver a los demás como prójimo.
El Evangelio nos dice que una vez le preguntaron a Jesús: ¿Quién es mi prójimo? (cf. Lc 10,29). Él no respondió con teorías, tampoco hizo un discurso bonito o elevado, sino que usó una parábola ―la del Buen Samaritano―, un ejemplo concreto de la vida real que todos ustedes conocen y viven muy bien.
El prójimo es una persona, un rostro que encontramos en el camino, y por el cual nos dejamos mover, nos dejamos conmover: mover de nuestros esquemas y prioridades y conmover entrañablemente por lo que esa persona vive para darle lugar y espacio en nuestro andar. Así lo entendió el buen Samaritano ante el hombre que había quedado medio muerto al borde del
camino no solo por unos bandidos sino también por la indiferencia de un sacerdote y de un levita que no se animaron a ayudar, y que, saben, la indiferencia también mata, hiere y mata. Unos por unas míseras monedas, los otros por miedo a contaminarse, por desprecio o disgusto social no tuvieron problema en dejar tirado en la calle a ese hombre. El buen Samaritano, así como todas vuestras casas, nos muestran que el prójimo es en primer lugar una persona, alguien con rostro concreto, con rostro real y no algo a saltear o ignorar, sea cual sea su situación. Es rostro que revela nuestra humanidad tantas veces sufriente e ignorada.
El prójimo es rostro que incomoda hermosamente la vida porque nos recuerda y pone en el camino de lo verdaderamente importante y nos libra de banalizar y volver superfluo nuestro seguimiento del Señor.
Estar aquí es tocar el rostro silencioso y maternal de la Iglesia que es capaz de profetizar y crear hogar, crear comunidad. El rostro de la Iglesia que normalmente no se ve y pasa desapercibido, pero es signo de la concreta misericordia y ternura de Dios, signo vivo de la buena nueva de la resurrección que actúa hoy en nuestras vidas.

v  Crear “hogar” es crear familia; es aprender a sentirse unidos a los otros más allá de vínculos utilitarios o funcionales, unidos de tal manera que sintamos la vida un poco más humana.

o   Y eso implica pedirle al Señor que nos regale la gracia de aprender a tenernos paciencia, de aprender a perdonarse; aprender todos los días a volver a empezar.

Crear “hogar” es crear familia; es aprender a sentirse unidos a los otros más allá de vínculos utilitarios o funcionales, unidos de tal manera que sintamos la vida un poco más humana. Crear hogar es permitir que la profecía tome cuerpo y haga nuestras horas y días menos inhóspitos, menos indiferentes y anónimos. Es crear lazos que se construyen con gestos sencillos, cotidianos y que todos podemos realizar. Un hogar, y lo sabemos todos muy bien, necesita de la colaboración de todos. Nadie puede ser indiferente o ajeno, ya que cada uno es piedra necesaria en su construcción.
Y eso implica pedirle al Señor que nos regale la gracia de aprender a tenernos paciencia, de aprender a perdonarse; aprender todos los días a volver a empezar. Y, ¿cuántas veces perdonar o volver a empezar? Setenta veces siete, todas las que sean necesarias. Crear lazos fuertes exige de la confianza que se alimenta todos los días de la paciencia y el perdón.
Y así se produce el milagro de experimentar que aquí se nace de nuevo, aquí todos nacemos de nuevo porque sentimos actuante la caricia de Dios que nos posibilita soñar el mundo más humano y, por tanto, más divino.
Gracias a todos ustedes por el ejemplo y generosidad; gracias a sus Instituciones, a los voluntarios y a los bienhechores. Gracias a cuantos hacen posible que el amor de Dios se haga cada vez más concreto, más real, mirando a los ojos de los que están a nuestro alrededor y reconociéndonos como prójimos.
Ahora vamos a rezar el Ángelus, los confío a nuestra Madre la Virgen. Le pedimos a Ella, que como buena Madre que sabe de ternura y de proximidad, nos enseñe a estar atentos para descubrir cada día quién es nuestro prójimo y nos anime a salir con rapidez a su encuentro, y así poder darle un hogar, un abrazo donde encuentre cobijo y amor de hermanos. Una misión en la que
todos estamos involucrados.
Los invito ahora a poner bajo su manto todas las inquietudes que tengan, todas las necesidades, aquellos dolores que llevan, las heridas que padecen, para que, como Buena Samaritana, venga a nosotros y nos auxilie con su maternidad, con su ternura, con su sonrisa de Madre.



Vida Cristiana

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