viernes, 15 de diciembre de 2017

Ángelus del Papa Francisco Domingo, 11 de diciembre de 2016



Ø «Estad siempre alegres en el Señor». Dios ha entrado en la historia para liberarnos de la esclavitud

del pecado; ha puesto su tienda en medio de nosotros para compartir nuestra existencia, curar nuestras llagas, vendar nuestras heridas y darnos la vida nueva. La alegría es el fruto de esa intervención de salvación y de amor de Dios.

Ángelus del Papa Francisco
Domingo, 11 de diciembre de 2016

Queridos hermanos y hermanas, buenos días. Hoy celebramos el tercer domingo de Adviento, caracterizada por la invitación de san Pablo: «Estad siempre alegres en el Señor: os lo repito, estad alegres, el Señor está cerca» (Fil 4,4-5). No es una alegría superficial o puramente emotiva, a la que nos exhorta el Apóstol, y mucho menos la mundana o la alegría del consumismo. No, no es esa, sino que se trata de una alegría más auténtica, de la que estamos llamados a descubrir su sabor. El sabor de la verdadera alegría. Es una alegría que toca lo íntimo de nuestro ser, mientras esperamos a Jesús que ya vino a traer la salvación al mundo, el Mesías prometido, nacido en Belén de la Virgen María. La liturgia de la Palabra nos ofrece el contexto adecuado para comprender y vivir esta alegría. Isaías habla de desierto, de tierra árida, de estepa (cfr. 35,1); el profeta tiene ante sí manos débiles, rodillas vacilantes, corazones cobardes, ciegos, sordos y mudos (cfr. vv. 3-6). Es el cuadro de una situación de desolación, de un destino inexorable sin Dios.

Pero finalmente la salvación es anunciada: «Ánimo, no temáis —dice el Profeta— […] Mirad a vuestro Dios […] que viene a salvaros» (cfr. Is 35,4). Y en seguida todo se transforma: el desierto florece, el consuelo y la alegría invaden los corazones (cfr. vv. 5-6). Estas señales anunciadas por Isaías como reveladoras de la salvación ya presente, se realizan en Jesús. Él mismo lo afirma respondiendo a los mensajeros enviados por Juan Bautista. ¿Qué dice Jesús a esos mensajeros? «Los ciegos ven, y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios, y los sordos oyen; los muertos resucitan» (Mt 11,5). No son palabras, son hechos que demuestran que la salvación, traída por Jesús, llega a todo ser humano y lo regenera. Dios ha entrado en la historia para liberarnos de la esclavitud del pecado; ha puesto su tienda en medio de nosotros para compartir nuestra existencia, curar nuestras llagas, vendar nuestras heridas y darnos la vida nueva. La alegría es el fruto de esa intervención de salvación y de amor de Dios.

Estamos llamados a dejarnos involucrar por el sentimiento de exultación. Ese alborozo, esa alegría… Pero un cristiano que no esté alegre, algo le falta a ese cristiano, ¡o no es cristiano! La alegría del corazón, la alegría dentro que nos lleva adelante y nos da el valor. El Señor viene, viene a nuestra vida como liberador, viene a liberarnos de todas las esclavitudes interiores y externas. Es Él quien nos indica la senda de la fidelidad, de la paciencia y de la perseverancia porque, a su vuelta, nuestra alegría será plena. La Navidad está cerca, las señales de su aproximarse son evidentes por nuestras calles y en nuestras casas; también aquí en la Plaza se ha puesto el pesebre con el árbol al lado. Esas señales externas nos invitan a acoger al Señor que siempre viene y llama a nuestra puerta, llama a nuestro corazón, para estar con nosotros; nos invitan a reconocer sus pasos entre los hermanos que nos pasan al lado, especialmente los más débiles y necesitados.

Hoy estamos invitados a gozar por la venida inminente de nuestro Redentor; y estamos llamados a compartir esa alegría con los demás, dando consuelo y esperanza a los pobres, a los enfermos, a las personas solas e infelices. Que la Virgen María, la “sierva del Señor”, nos ayude a escuchar la voz de Dios en la oración y a servirle con compasión en los hermanos, para llegar dispuestos a la cita con la Navidad, preparando nuestro corazón para acoger a Jesús.



Vida Cristiana

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