sábado, 15 de julio de 2017

Comienzo del curso de catequesis 2017 / 2018

Calendario de inicio











La Palabra de Dios y nuestra libertad para aceptarla o rechazarla (Domingo 15 del tiempo ordinario, Ciclo A). Una homilía de San Juan Pablo II (el 15 de julio de 1990).



Ø     La Palabra de Dios y nuestra libertad para aceptarla o rechazarla (Domingo 15 del tiempo ordinario, Ciclo A).  Una homilía de San Juan Pablo II (el 15 de julio de 1990). Dios puede modificar cualquier situación, incluso la más dramática y compleja: “la palabra que sale de mi boca no volverá a mí de vacío, sino que hará lo que Yo quiero y realizará la misión que le haya confiado” (Primera Lectura). Pero el hombre tiene la posibilidad tremenda de volver vana la iniciativa divina y rechazar su amor. (Evangelio). Depende de nosotros ser la tierra buena: “el que oye la palabra y la entiende, y fructifica y produce el ciento, o el sesenta, o el  treinta” (Mateo 13,23).


Isaías 55, 10-11: 10 Como descienden la lluvia y la nieve de los cielos y no vuelven  allá, sino que riegan la tierra, la fecundan , la hacen germinar, y dan simiente al sembrador y pan a quien ha de comer,  así será la palabra  que sale de mi boca: no volverá a mí de vacío, sino que hará lo que Yo quiero  y realizará la misión que le haya confiado.

Mateo 13, 18-23: Explicación de la palabra del sembrador. 18 “Escuchad pues la parábola del sembrador. 19 A todo el que oye la palabra del Reino y no entiende, viene el Maligno y arrebata lo sembrado en su corazón: es esto lo sembrado junto al camino. 20 Lo sembrado sobre terreno pedregoso es el que oye la palabra, y al momento la recibe con alegría; 21 pero no tiene en sí raíz, sino que es inconstante y, al venir una tribulación o persecución por causa de la palabra, enseguida tropieza y cae. 22 Lo sembrado entre espinos es el que oye la palabra, pero las preocupaciones de este mundo y la seducción de las riquezas ahogan la palabra y queda estéril. 23 Y lo sembrado en buena tierra es el que oye la palabra y la entiende, y fructifica y produce el ciento, o el sesenta o el treinta

Una homilía de san Juan Pablo II

 En el Santuario alpino de Nuestra Señora de Barmasc, Valle d’Aosta (Italia), (15-VII-1990)
 Isaías 55, 10-11; Salmo 64; Romanos 8, 18-23; Mateo 13, 1-23.

v     A) Las palabras del profeta Isaías son una invitación a creer que Dios puede modificar cualquier situación, incluso la más dramática y compleja. (Primera Lectura)

“Así será mi palabra, la que salga de mi boca, que no tornará a mí de vacío, sin que haya cumplido aquello para lo que que la envié” (Isaías 55,11).
Como la lluvia baña la tierra, así Dios con su gracia da nuevamente vigor al hombre abrumado por el peso del pecado y de la muerte. Él es fiel y mantiene siempre la palabra dada.
Ningún poder logrará frenar la fuerza irresistible de su misericordia.
Las palabras del Deutero-Isaías que hemos escuchado en la primera lectura subrayan de manera significativa la promesa que Yavé renueva al pueblo de Israel afligido y desorientado. Ellas se dirigen también a nosotros como un llamamiento a la esperanza y como un estímulo a la confianza. Se dirigen al hombre de nuestro tiempo, sediento de felicidad y bienestar, que va en busca de la verdad y de la paz, pero que, por desgracia, experimenta la decepción del fracaso.
Las palabras del profeta son una invitación a creer que Dios puede modificar cualquier situación, incluso la más dramática y compleja.
En efecto, ¿quién puede oponerse a su obrar? Él, que es omnipotente y bueno, ¿nos abandonará quizá a nuestra fragilidad y nos dejará vagar a merced de nuestra infidelidad?
En los textos de este domingo el Omnipotente se nos presenta revestido de ternura y atención, prodigando a la humanidad dones de salvación. Él acompaña con paciencia al pueblo que eligió; guía fielmente a lo largo de los siglos a la Iglesia, el “nuevo Israel”, que caminando en el tiempo presente busca la ciudad futura y perenne” (Lumen gentium n.9).
Habla y obra, dona sin medida y sin arrepentimiento, interviene en nuestra realidad diaria incluso cuando somos débiles y no correspondemos a su amor gratuito y generoso.

v     B) Pero el hombre tiene la posibilidad tremenda de volver vana la iniciativa divina y rechazar su amor. (Evangelio)

o     Depende de nosotros ser la tierra buena en la que “da fruto y produce uno ciento, otro sesenta, otro treinta” (Mateo 13,23).

Pero el hombre tiene la posibilidad tremenda de volver vana la iniciativa divina y rechazar su amor. Nuestro “sí”, adhesión libre a su propuesta de vida, es indispensable para que el proyecto de salvación se cumpla en nosotros.
Reflexionemos sobre la parábola del sembrador. Ella nos ayuda a comprender mejor esta realidad providencial y a ponderar sabiamente la responsabilidad que nos corresponde a cada uno de nosotros de hacer madurar la semilla de la Palabra, difundida ampliamente en nuestro corazón. La semilla de la que hablamos es la Palabra de Dios; es Cristo, el Verbo de Dios vivo. Se trata de una semilla en sí misma fecunda y eficaz, surgida de la fuente inextinguible del Amor trinitario. Sin embargo, el hecho de hacerla fructificar depende de nosotros, depende de la acogida de cada uno de nosotros. A menudo, el hombre es distraído por demasiados intereses, le llegan innumerables estímulos desde muchas partes, y le resulta difícil distinguir, entre tantas voces, la única Verdad que hace libre.
Es necesario convertirse en terreno disponible sin abrojos y sin piedras, sino arado y escardado con cuidado. Depende de nosotros ser la tierra buena en la que “da fruto y produce uno ciento, otro sesenta, otro treinta” (Mateo 13,23).
Os exhorto a crecer en deseos de Dios; os aliento a acoger generosamente la invitación que os dirige la liturgia de este día. Ojalá correspondáis siempre a los impulsos de la gracia y produzcáis frutos abundantes de santidad.
El mundo, “sometido a la vanidad” (Romanos 8,20), grita que tiene sed de Cristo. Invoca la paz, pero no sabe dónde hallarla plenamente. ¿Quién podrá transformar este terreno pedregoso y lleno de abrojos en un campo ubérrimo, sino la lluvia y la nieve que bajan desde arriba?

v     C) La Virgen nos sostiene

Virgo potens, erige pauperem” - “Virgen poderosa, alza al pobre”. Es verdad: la Virgen sostiene al pobre que confía en Ella. Ayuda al cristiano, día tras día, a seguir los pasos de Jesús, a gastar por Él todo tipo de recursos físicos y espirituales, realizando de este modo la misión que le fue confiada por el bautismo. El creyente se transforma así, a su vez, en una semilla de vida ofrecida, junto a Cristo, por la salvación de sus hermanos.
(…)




Vida Cristiana

La Palabra de Dios (2017). Domingo 15 del tiempo ordinario, Ciclo A (16 de julio de 2017).



Ø     La Palabra de Dios (2017). Domingo 15 del tiempo ordinario, Ciclo A (16 de julio de 2017).

La Palabra de Dios es, por sí misma, eficaz. Es más, puede modificar cualquier situación, incluso la más dramática y compleja (cfr. Primera Lectura). Pero el hombre tiene la posibilidad tremenda de volver vana la iniciativa divina y rechazar su amor. Depende de nosotros ser la tierra buena en la que “da fruto y produce uno ciento, otro sesenta, otro treinta” (cfr. Evangelio).

v     Cfr. Domingo 15 del tiempo ordinario, 16 de julio de 2017

                  Isaías 55, 10-11 - Mateo 13, 1-23
Isaías 55, 10-11: 10 Como descienden la lluvia y la nieve de los cielos y no vuelven  allá, sino que riegan la tierra, la fecundan , la hacen germinar, y dan simiente al sembrador y pan a quien ha de comer,  así será la palabra  que sale de mi boca: no volverá a mí de vacío, sino que hará lo que Yo quiero  y realizará la misión que le haya confiado.
Mateo 13, 18-23: Explicación de la palabra del sembrador. 18 “Escuchad pues la parábola del sembrador. 19 A todo el que oye la palabra del Reino y no entiende, viene el Maligno y arrebata lo sembrado en su corazón: es esto lo sembrado junto al camino. 20 Lo sembrado sobre terreno pedregoso es el que oye la palabra, y al momento la recibe con alegría; 21 pero no tiene en sí raíz, sino que es inconstante y, al venir una tribulación o persecución por causa de la palabra, enseguida tropieza y cae. 22 Lo sembrado entre espinos es el que oye la palabra, pero las preocupaciones de este mundo y la seducción de las riquezas ahogan la palabra y queda estéril. 23 Y lo sembrado en buena tierra es el que oye la palabra y la entiende, y fructifica y produce el ciento, o el sesenta o el treinta

1. Como la lluvia fecunda la tierra, la Palabra transforma el corazón del hombre.

v     Pero así como la simiente cae a veces en un terreno árido, o pedregoso, o lleno de maleza, la Palabra de Dios puede caer en un corazón distraído, lleno de otros intereses, superficial.

·         En la primera Lectura el profeta compara la Palabra que sale de la boca de Dios con la lluvia y la nieve,
que caen para regar y fecundar la tierra. Dios difunde su Palabra en el corazón de cada hombre para transformarlo interiormente, y Jesús  - en el Evangelio de hoy -, nos invita a limpiarlo de zarzas y piedras, con el fin de que, acogiendo la Palabra libremente, demos los frutos que Dios quiere. El ser tierra buena que acoge la semilla es una elección de libertad que corresponde a cada uno de nosotros. Porque Dios no coacciona, Él dona y espera nuestro sí. Así como la simiente cae a veces en un terreno árido, o pedregoso, o lleno de maleza, la Palabra de Dios puede caer en un corazón distraído, lleno de otros intereses, superficial.

2. El misterio de nuestra libertad: la  cooperación con la Palabra  de Dios.

v     Varias actitudes ante la palabra de Dios

o     Se trata de examinar el compromiso moral de cada cristiano,  de cómo ejercitamos nuestra libertad.

a)      Desde el principio, los cristianos han estado preocupados por la suerte que corría la Palabra de
Dios, que es la semilla que el Señor siembra, dependiendo de la actitud con que era acogida. Y se ha explicado esta parábola, por tanto, como una exhortación para que la Palabra de Dios no sea ahogada por los diversos tipos de dificultades. Se trata de examinar el compromiso moral de cada cristiano,  de cómo ejercitamos nuestra libertad, de conocer y poner en práctica las enseñanzas de Jesús.  
Como se ha escrito abundantemente, se trata de entender que la propuesta de la Palabra exige una roturación, una limpieza y un abono de la tierra que somos  cada uno de nosotros para que la semilla dé fruto, o, también, dicho con otras palabras, exige ablandar el propio corazón y que se abran los ojos y los oídos (cfr. Mateo 13, 15: «Se ha embotado el corazón de este pueblo, han hecho duros sus oídos y han cerrado sus ojos…»). 
b)      Y así se han dado diversas explicaciones
-          “Los pájaros que devoran la semilla tienen la función de desvelar un corazón poseído por el maligno que
arranca el bien que se ha sembrado. Los terrenos pedregosos que dejan que crezca solamente un fruto tísico, revelan a los inconstantes, a los frágiles, a los débiles que se postran enseguida ante las pruebas. Las espinas son el emblema de los superficiales y de los inestables que están atados a los mitos del fácil bienestar y del orgullo”. (cfr. Gianfranco Ravasi, Secondo le Scritture Anno A, Piemme novembre 1995 III edición  XV Domenica, p. 208).

o     Una actitud específica según el apóstol Santiago (1, 21-25): los desmemoriados, los distraídos,  que no la ponen en práctica. Es una de las actitudes más difundidas.

c)  “Recibid con mansedumbre la palabra sembrada en vosotros, capaz de salvar vuestras almas. Pero tenéis que ponerla en práctica y no sólo escucharla engañándoos a vosotros mismos. Porque quien se contenta con oír la palabra, sin ponerla en práctica, es como un hombre que contempla la figura de su rostro en un espejo: se mira, se va e inmediatamente se olvida de cómo era. En cambio, quien considera atentamente la ley perfecta de loa libertad y persevera en ella - no como quien la oye y luego se olvida, sino como quien la pone por obra – ese será bienaventurado al llevarla a la práctica”.

 

2. Una llamada a la conversión

·         Raniero Cantalamessa, La parola e la vita, Anno A, Città Nuova XI edicione giugno 2001, XV
Domenica, p. 205: El capítulo 55 de Isaías también contiene una invitación a convertirse al Señor, que encontramos en los versículos inmediatamente precedentes a los que  se leen hoy en la liturgia: “Buscad al Yahvé mientras se deja encontrar, llamadle mientras está cercano. Deje el malo su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Yahvé, que tendrá compasión de él, a nuestro Dios, que será grande en perdonar” (vv. 6-7).  “Seremos buen terreno en la medida de nuestra capacidad  para dejarnos penetrar por el Evangelio, de adecuar a él nuestro modo de pensar, de juzgar los valores; en una palabra, de convertirnos”.  

3. Algunos de los textos del Catecismo de la Iglesia Católica sobre la Palabra de Dios.  

o     Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre, es la Palabra única, perfecta e insuperable del Padre. En Él lo dice todo, no habrá otra palabra más que ésta.

·         n. 65.  III CRISTO JESUS - "MEDIADOR Y PLENITUD DE TODA LA REVELACION" (Dei Verbum,  2)
Dios ha dicho todo en su Verbo
"De una manera fragmentaria y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por su Hijo" (Hebreos 1, 1  - 2). Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre, es la Palabra única, perfecta e insuperable del Padre. En El lo dice todo, no habrá otra palabra más que ésta. S. Juan de la Cruz, después de otros muchos, lo expresa de manera luminosa, comentando Hebreos 1, 1  - 2:
Porque en darnos, como nos dio a su Hijo, que es una Palabra suya, que no tiene otra, todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra, y no tiene más que hablar; porque lo que hablaba antes en partes a los profetas ya lo ha hablado en el todo, dándonos al Todo, que es su Hijo. Por lo cual, el que ahora quisiese preguntar a Dios, o querer alguna visión o revelación, no sólo haría una necedad, sino haría agravio a Dios, no poniendo los ojos totalmente en Cristo, sin querer otra alguna cosa o novedad (San Juan de la Cruz, Subida al monte Carmelo 2, 22, 3 - 5: Biblioteca Mística Carmelitana, v. 11 (Burgos 1929), p. 184.).
§         La palabra de Dios es alimento del alma, fuente de vida espiritual, sustento y vigor de la Iglesia.
·         n. 131: La Sagrada Escritura en la vida de la Iglesia - «Es tan grande el poder y la fuerza de la palabra
de Dios, que constituye sustento y vigor de la Iglesia, firmeza de fe para sus hijos, alimento del alma, fuente límpida y perenne de vida espiritual» (DV 21). «Los fieles han de tener fácil acceso a la Sagrada Escritura» (DV 22).
§         Todos los hombres estamos llamados a entrar en el Reino de Dios: para entrar en él, es necesario acoger la palabra de Jesús.
·         n. 543: El anuncio del Reino de Dios - Todos los hombres están llamados a entrar en el Reino.
Anunciado en primer lugar a los hijos de Israel (Cf Mt 10, 5-7), este reino mesiánico está destinado a acoger a los hombres de todas las naciones (Cf Mt 8, 11; 28, 19). Para entrar en él, es necesario acoger la palabra de Jesús:
La Palabra de Dios se compara a una semilla sembrada en el campo: los que escuchan con fe y se unen al pequeño rebaño de Cristo han acogido el Reino; después la semilla, por sí misma, germina y crece hasta el tiempo de la siega (LG 5).

4. Algunos textos de Papa Francisco sobre la Palabra, en su documento «Evangelii  gaudium».

v      Se comienza a ser cristiano por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva».

7. No me cansaré de repetir aquellas palabras de Benedicto XVI que nos llevan al centro del Evangelio: «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva» (Benedicto XVI, Enc. Deus caritas est, 1).

v     La Palabra tiene una potencialidad que no podemos predecir. Es vital que hoy la Iglesia salga a anunciar el Evangelio a todos, en todos los lugares, en todas las ocasiones, sin demoras, sin asco y sin miedo.

o     La alegría del Evangelio es para todo el pueblo, no puede excluir a nadie.

22. La Palabra tiene en sí una potencialidad que no podemos predecir. El Evangelio habla de una semilla que, una vez sembrada, crece por sí sola también cuando el agricultor duerme (cf. Marcos 4,26-29). La Iglesia debe aceptar esa libertad inaferrable de la Palabra, que es eficaz a su manera, y de formas muy diversas que suelen superar nuestras previsiones y romper nuestros esquemas.
23. La intimidad de la Iglesia con Jesús es una intimidad itinerante, y la comunión «esencialmente se configura como comunión misionera».[Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Christifideles laici (30 diciembre 1988), 32] Fiel al modelo del Maestro, es vital que hoy la Iglesia salga a anunciar el Evangelio a todos, en todos los lugares, en todas las ocasiones, sin demoras, sin asco y sin miedo. La alegría del Evangelio es para todo el pueblo, no puede excluir a nadie. Así se lo anuncia el ángel a los pastores de Belén: «No temáis, porque os traigo una Buena Noticia, una gran alegría para todo el pueblo» (Lc 2,10). El Apocalipsis se refiere a «una Buena Noticia, la eterna, la que él debía anunciar a los habitantes de la tierra, a toda nación, familia, lengua y pueblo» (Apocalipsis 14,6).

v     El testimonio de fe, del amor salvífico del Señor, que todo cristiano está llamado a ofrecer, en la medida en que se ha encontrado con el amor de Dios en Cristo.  

o     Todos somos llamados a ofrecer a los demás el testimonio explícito del amor salvífico del Señor, que más allá de nuestras imperfecciones nos ofrece su cercanía, su Palabra, su fuerza, y le da un sentido a nuestra vida.

120. (…) Todo cristiano es misionero en la medida en que se ha encontrado con el amor de Dios en Cristo Jesús; ya no decimos que somos «discípulos» y «misioneros», sino que somos siempre «discípulos misioneros». Si no nos convencemos, miremos a los primeros discípulos, quienes inmediatamente después de conocer la mirada de Jesús, salían a proclamarlo gozosos: «¡Hemos encontrado al Mesías!» (Juan 1,41). La samaritana, apenas salió de su diálogo con Jesús, se convirtió en misionera, y muchos samaritanos creyeron en Jesús «por la palabra de la mujer» (Jn 4,39). También san Pablo, a partir de su encuentro con Jesucristo, «enseguida se puso a predicar que Jesús era el Hijo de Dios» (Hechos 9,20). ¿A qué esperamos nosotros?
121. Por supuesto que todos estamos llamados a crecer como evangelizadores. Procuramos al mismo tiempo una mejor formación, una profundización de nuestro amor y un testimonio más claro del Evangelio. En ese sentido, todos tenemos que dejar que los demás nos evangelicen constantemente; pero eso no significa que debamos postergar la misión evangelizadora, sino que encontremos el modo de comunicar a Jesús que corresponda a la situación en que nos hallemos. En cualquier caso, todos somos llamados a ofrecer a los demás el testimonio explícito del amor salvífico del Señor, que más allá de nuestras imperfecciones nos ofrece su cercanía, su Palabra, su fuerza, y le da un sentido a nuestra vida. Tu corazón sabe que no es lo mismo la vida sin Él, entonces eso que has descubierto, eso que te ayuda a vivir y que te da una esperanza, eso es lo que necesitas comunicar a los otros. Nuestra imperfección no debe ser una excusa; al contrario, la misión es un estímulo constante para no quedarse en la mediocridad y para seguir creciendo. El testimonio de fe que todo cristiano está llamado a ofrecer implica decir como san Pablo: «No es que lo tenga ya conseguido o que ya sea perfecto, sino que continúo mi carrera [...] y me lanzo a lo que está por delante» (Filipenses 3,12-13).

Vida Cristiana

Como la lluvia sobre tu tierra. Monseñor Agrelo (Arzobispo de Tánger)

De la mano, así es como la madre Iglesia nos lleva a gustar el misterio de la celebración eucarística: ella prepara para sus hijos la mesa de la palabra que escuchamos, ella nos ayuda a contemplar las cosas divinas, ella nos dispone para que, en la mesa del Cuerpo de Cristo, comulguemos, comiendo y bebiendo, lo que en la mesa de la Palabra habíamos comulgado escuchando y contemplando.
El de la homilía es un tiempo para la contemplación.
Tres imágenes ofrece hoy a la mirada de la fe la mesa de la palabra: Una representa la palabra que sale de la boca de Dios; otra muestra a Dios ocupado en trabajos de labranza; la tercera nos acerca al misterio de la palabra del Reino sembrada en el corazón de los hombres.

La palabra que sale de la boca de Dios:
Para todos resulta familiar aquella cita de la Sagrada Escritura que hizo Jesús en el desierto: “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios1. “Palabra que sale de la boca de Dios” es la palabra creadora que da consistencia al universo, es la palabra de la promesa a Abrahán y a su descendencia, es la palabra de la ley divina entregada a Israel en el Sinaí. “Palabra que sale de la boca de Dios” es la que divide el mar para dar libertad a un pueblo de esclavos, es la que convoca el maná en las mañanas del desierto para saciar el hambre de su pueblo, es la que saca de la roca manantiales de agua para apagar la sed de los rebeldes. “Palabra que sale de la boca de Dios” es la que da esperanza a los pobres, consuelo a los afligidos, fortaleza a los que ya se doblan. De esa palabra decimos que “sale de la boca de Dios”, pues es en la boca donde resuenan y de donde parecen salir nuestras palabras; entendemos, sin embargo, que la palabra de Dios sale de Dios, sale de su intimidad, de sus entrañas de madre, de su corazón de padre, de su voluntad, del amor que es su propio ser: ese amor es nuestra fuerza, esa voluntad es nuestra luz, esa palabra es nuestra vida: ¡Es verdad, el hombre vive de toda palabra que sale de la boca de Dios!
Pero hoy, en nuestra eucaristía, el profeta nos ha invitado a contemplar la palabra de Dios, no como un sonido en el aire, ni como escritura en las páginas de un libro sagrado, sino como lluvia y nieve que bajan del cielo a la tierra y no vuelven al cielo sino después de haber cumplido su misión, que es la de empapar la tierra, fecundarla y hacerla germinar para que dé semillas y pan. Así, la palabra que viene de Dios, no vuelve a Dios sin haber cumplido su encargo.
La imagen de la lluvia y la nieve que bajan del cielo y vuelven al cielo, evoca el misterio de la encarnación y también el de nuestra celebración eucarística.
Por la encarnación del Hijo de Dios, lluvia y nieve del cielo, la palabra divina empapó la tierra de esperanza, la fecundó de santidad, para que el árbol viejo de la humanidad caída diese de nuevo frutos de vida eterna. Si le preguntas a Jesús de Nazaret cuál es el encargo que ha recibido del Padre, él te dirá: “Yo he venido en nombre de mi Padre”; “yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia”; “yo he venido para servir, y dar la vida en rescate por muchos”; “he venido a buscar y salvar lo que estaba perdido”.
Ya sé que no podemos encerrar en palabras, aunque sean infinitas palabras, el misterio revelado en la encarnación del Hijo de Dios. Por eso a cada uno de nosotros se le ha dado la gracia y la tarea de entrar cada día de nuestra vida en esa historia de amor para conocer el encargo que el Hijo de Dios ha recibido y cumplido.
Quiere ello decir que tampoco se podrá nunca encerrar en palabras el misterio de la eucaristía; sólo se nos concede la gracia y se nos confía la tarea de entrar en él, gustar de él, ahondar en él, pues es en la eucaristía donde de modo real y verdadero alcanza a los hijos de la Iglesia la lluvia y la nieve del cielo, es en la eucaristía donde se nos ofrece la palabra divina, el Hijo de Dios, que viene a empapar nuestra tierra, a fecundarla y hacerla germinar.

Dios, solícito labrador:
Por su parte el salmista ha propuesto a la mirada contemplativa de nuestra fe la imagen de Dios, labrador solícito de su tierra. Considera los múltiples aspectos de la acción divina que en el Salmo se describen: “Tú cuidas de la tierra, la riegas, la enriqueces… preparas los trigales, riegas los surcos, igualas los terrones… coronas el año con tus bienes”. Las palabras evocan aquel paraíso terrenal plantado por Dios para el hombre que había creado; evocan también la tierra prometida, aquella tierra que manaba leche y miel, la tierra en la que Dios colocó a Israel para que en ella viviese con libertad de hijo. Pero, sobre todo, aquellas palabras de nuestra oración traen a la memoria de la fe el misterio de la encarnación, e iluminan con luz nueva el misterio de nuestra eucaristía. Hoy hemos cantado con el salmista y dijimos: “Tú cuidas de la tierra, la riegas, la enriqueces”; nuestras voces se unieron a la suya en el canto porque habíamos escuchado la revelación de “la palabra que sale de la boca de Dios” para que la tierra dé semilla al sembrador y pan al que come; pero las palabras de aquel canto a Dios labrador nosotros las dijimos también y sobre todo porque el Padre Dios nos ha dado a Cristo, y Cristo es para nosotros sacramento que oculta y desvela todo el cuidado de Dios por su tierra.
Al darnos a su Hijo –encarnación y eucaristía-, Dios ha preparado para nosotros los trigales, ha regado los surcos, ha igualado los terrones. En Cristo la acequia de Dios va llena de agua para el mundo entero; en nuestra eucaristía Dios corona con sus bienes el año de la salvación.

La palabra del Reino:
La tercera imagen de esta liturgia festiva hace referencia al destino de la palabra del Reino. Pudiera parecernos una palabra desaprovechada, pues a nadie se le oculta que, sembrada generosamente por el sembrador –los mensajeros del evangelio-, puede malograrse de muchas maneras; pero algo en esa parábola nos está diciendo que aquel ciento por uno y aquel sesenta y aquel treinta que la semilla produce en la tierra buena, compensan con creces la semilla que haya podido perderse caída al borde del camino, abrasada en terreno pedregoso, o ahogada entre zarzas.
Antes, sin embargo, de que consideréis la parábola del sembrador como una promesa de fruto abundante para la siembra del Reino de Dios, creo que a todos nos ayudará gustar de esta narración evangélica y verla como anuncio profético de lo que estamos viviendo en la eucaristía dominical, pues la palabra del Reino hoy ha sido sembrada ya en nuestra tierra, y nos disponemos además a recibir en la santa comunión la semilla de la humanidad celeste que es Cristo resucitado. Es buena la semilla, es cuidadoso el labrador; sólo cabe esperar una cosecha de fruto abundante para el Reino de Dios.

Bajo el signo de la cruz:
Es hermoso todo lo que hemos contemplado en el misterio de la palabra de Dios, pero vosotros, iluminados por la fe, sabéis que nada hay verdadero y espiritual, tampoco belleza, que no esté marcado con el signo de la cruz.
Por eso os invito todavía a discernir ese sello de autenticidad divina en todo lo que hoy hemos admirado y gustado.
Mira cómo baja la lluvia a empapar tu tierra, mira a Cristo, “el cual, siendo de condición divina… se despojó de sí mismo… y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz”. Mira cómo prepara el Padre Dios esta tierra suya que es cada uno de nosotros: “Él nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo”, él, “por el grande amor con que nos amó, estando muertos a causa de nuestros delitos, nos vivificó juntamente con Cristo… y con él nos resucitó y nos hizo sentar en los cielos en Cristo Jesús”. Mira cómo siembra Dios la palabra del Reino en nuestra vida: “Tanto amó Dios al mundo que le dio a su propio Hijo”.
Nada hay en nosotros verdadero y espiritual que no sea trabajado con la cruz de Cristo, nada que no sea mullido con el Espíritu de Cristo, nada que no sea regado con la sangre de Cristo.
Hemos contemplado tres imágenes. En todas hemos visto el sello de la cruz. La luz que todas las ilumina es el amor que Dios nos tiene.
Feliz domingo.

1 Mt 4, 4; cf. Dt 8, 3.

viernes, 14 de julio de 2017

Solemnidad de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo (2013). Homilía de Francisco el 29 de junio. El ministerio de Pedro está llamado a confirmar la fe, el amor y la unidad.



1 Solemnidad de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo (2013). Homilía de Francisco el 29 de junio. El ministerio de Pedro está llamado a confirmar la fe, el amor y la unidad. Cfr. Francisco, Homilía en la Solemnidad de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo. 29 de junio de 2013 Señores cardenales, Su Eminencia, el Metropolita Ioannis, venerados hermanos en el episcopado y el sacerdocio, queridos hermanos y hermanas: Celebramos la solemnidad de los santos apóstoles Pedro y Pablo, patronos principales de la Iglesia de Roma: una fiesta que adquiere un tono de mayor alegría por la presencia de obispos de todo el mundo. Es una gran riqueza que, en cierto modo, nos permite revivir el acontecimiento de Pentecostés: hoy, como entonces, la fe de la Iglesia habla en todas las lenguas y quiere unir a los pueblos en una sola familia. Saludo cordialmente y con gratitud a la delegación del Patriarcado de Constantinopla, guiada por el Metropolita Ioannis. Agradezco al Patriarca ecuménico Bartolomé I por este Nuevo gesto de fraternidad. Saludo a los señores embajadores y a las autoridades civiles. Un gracias especial al Thomanerchor, el coro de la Thomaskirche, de Lipsia, la iglesia de Bach, que anima la liturgia y que constituye una ulterior presencia ecuménica. Tres ideas sobre el ministerio petrino, guiadas por el verbo «confirmar». ¿Qué está llamado a confirmar el Obispo de Roma? Tres ideas sobre el ministerio petrino, guiadas por el verbo «confirmar». ¿Qué está llamado a confirmar el Obispo de Roma? o A. Confirmar en la fe La fe en Cristo es la luz de nuestra vida de cristianos y de ministros de la Iglesia. Cuando dejamos que prevalezcan nuestras Ideas, nuestros sentimientos, la lógica del poder humano, y no nos dejamos instruir y guiar por la fe, por Dios, nos convertimos en piedras de tropiezo. 1. Ante todo, confirmar en la fe. El Evangelio habla de la confesión de Pedro: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo» (Mt, 16,16), una confesión que no viene de él, sino del Padre celestial. Y, a raíz de esta confesión, Jesús le dice: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia» (v. 18). El papel, el servicio eclesial de Pedro tiene su fundamento en la confesión de fe en Jesús, el Hijo de Dios vivo, en virtud de una gracia donada de lo alto. En la segunda parte del Evangelio de hoy vemos el peligro de pensar de manera mundana. Cuando Jesús habla de su muerte y resurrección, del camino de Dios, que no se corresponde con el camino humano del poder, afloran en Pedro la carne y la sangre: «Se puso a increparlo: “¡Lejos de ti tal cosa, Señor!”» (16,22). Y Jesús tiene palabras duras con él: «Aléjate de mí, Satanás. Eres para mí piedra de tropiezo» (v. 23). Cuando dejamos que prevalezcan nuestras Ideas, nuestros sentimientos, la lógica del poder humano, y no nos dejamos instruir y guiar por la fe, por Dios, nos convertimos en piedras de tropiezo. La fe en Cristo es la luz de nuestra vida de cristianos y de ministros de la Iglesia. o B. Confirmar en el amor San Pablo se dejó consumar por el evangelio al hacerse todo para todos, sin reservas. Salir de sí para servir al santo pueblo fiel de Dios. 2. Confirmar en el amor. En la Segunda Lectura hemos escuchado las palabras conmovedoras de san Pablo: «He luchado el noble combate, he acabado la carrera, he conservado la fe» (2 Tm 4,7). ¿De qué combate se trata? No el de las armas humanas, que por desgracia todavía ensangrientan el mundo; sino el combate del 2 martirio. San Pablo sólo tiene un arma: el mensaje de Cristo y la entrega de toda su vida por Cristo y por los demás. Y es precisamente su exponerse en primera persona, su dejarse consumar por el evangelio, el hacerse todo para todos, sin reservas, lo que lo ha hecho creíble y ha edificado la Iglesia. El Obispo de Roma está llamado a vivir y a confirmar en este amor a Jesús y a todos sin distinción, límites o barreras. Y no sólo el Obispo de Roma: todos vosotros, nuevos arzobispos y obispos, tenéis la misma tarea: dejarse consumir por el Evangelio, hacerse todo para todos. El cometido de no escatimar, de salir de sí para servir al santo pueblo fiel de Dios. o C. Confirmar en la unidad La variedad en la Iglesia, que es una gran riqueza, se funde siempre en la armonía de la unidad, como un gran mosaico en el que las teselas se juntan para formar el único gran diseño de Dios. Esto debe impulsar a superar siempre cualquier conflicto que hiere el cuerpo de la Iglesia. 3. Confirmar en la unidad. Aquí me refiero al gesto que hemos realizado. El palio es símbolo de comunión con el Sucesor de Pedro, «principio y fundamento, perpetuo y visible, de la unidad de la fe y de la comunión» (Lumen gentium, 18). Y vuestra presencia hoy, queridos hermanos, es el signo de que la comunión de la Iglesia no significa uniformidad. El Vaticano II, refiriéndose a la estructura jerárquica de la Iglesia, afirma que el Señor «con estos apóstoles formó una especie de Colegio o grupo estable, y eligiendo de entre ellos a Pedro lo puso al frente de él» (ibíd. 19). Confirmar en la unidad: el Sínodo de los Obispos, en armonía con el primado. Hemos de ir por este camino de la sinodalidad, crecer en armonía con el servicio del primado. Y el Concilio prosigue: «Este Colegio, en cuanto compuesto de muchos, expresa la diversidad y la unidad del Pueblo de Dios» (ibíd. 22). La variedad en la Iglesia, que es una gran riqueza, se funde siempre en la armonía de la unidad, como un gran mosaico en el que las teselas se juntan para formar el único gran diseño de Dios. Y esto debe impulsar a superar siempre cualquier conflicto que hiere el cuerpo de la Iglesia. Unidos en las diferencias: no hay otra vía católica para unirnos. Este es el espíritu católico, el espíritu cristiano: unirse en las diferencias. Este es el camino de Jesús. El palio, siendo signo de la comunión con el Obispo de Roma, con la Iglesia universal, con el Sínodo de los Obispos, supone también para cada uno de vosotros el compromiso de ser instrumentos de comunión. Confesar al Señor dejándose instruir por Dios; consumarse por amor de Cristo y de su evangelio; ser servidores de la unidad. Queridos hermanos en el episcopado, estas son las consignas que los santos apóstoles Pedro y Pablo confían a cada uno de nosotros, para que sean vividas por todo cristiano. Que la santa Madre de Dios nos guíe y acompañe siempre con su intercesión:Reina de los apóstoles, reza por nosotros. Amén. www.parroquiasantamonica.com Vida Cristiana

Solemnidad de San Pedro y San Pablo, 29 de junio de 2014. La vocación: la llamada por parte de Jesús y el itinerario de la fidelidad de estos dos Apóstoles. Su fidelidad es compatible con fallos y pecados, debilidades y flaquezas. La enseñanza para nosotros: esperamos que Dios transforme el mundo inmediatamente, y Dios opta por el camino de la transformación de nuestros corazones. La escuela de la fe no es una marcha triunfal, sino un camino salpicado de sufrimientos y de amor, de pruebas y fidelidad que hay que renovar todos los días. Pedro sigue a Jesús - acepta la misión – con la conciencia de la propia fragilidad. El llanto de Pedro. También Pedro tiene que aprender que es débil y que necesita perdón. La vocación de san Pablo: el encuentro con Cristo debido a que «fue alcanzado» por iniciativa gratuita del Señor. Las dificultades que Pablo tuvo que afrontar en su apostolado. Jesucristo es la razón por la que pudo afrontarlas.



1 Solemnidad de San Pedro y San Pablo, 29 de junio de 2014. La vocación: la llamada por parte de Jesús y el itinerario de la fidelidad de estos dos Apóstoles. Su fidelidad es compatible con fallos y pecados, debilidades y flaquezas. La enseñanza para nosotros: esperamos que Dios transforme el mundo inmediatamente, y Dios opta por el camino de la transformación de nuestros corazones. La escuela de la fe no es una marcha triunfal, sino un camino salpicado de sufrimientos y de amor, de pruebas y fidelidad que hay que renovar todos los días. Pedro sigue a Jesús - acepta la misión – con la conciencia de la propia fragilidad. El llanto de Pedro. También Pedro tiene que aprender que es débil y que necesita perdón. La vocación de san Pablo: el encuentro con Cristo debido a que «fue alcanzado» por iniciativa gratuita del Señor. Las dificultades que Pablo tuvo que afrontar en su apostolado. Jesucristo es la razón por la que pudo afrontarlas. Cfr. Solemnidad de los santos Pedro y Pablo – 29 de junio 2014 Hechos 12, 1-11; 2 Timoteo 4, 6-8.17-18; Mateo 16, 13-19 De la Catequesis sobre San Pedro de Benedicto XVI, del 17 de mayo de 2006 Primera Lectura: Lectura de los Hechos de los Apóstoles 12,1-11. En aquellos días, el rey Herodes se puso a perseguir a algunos miembros de la Iglesia. Hizo decapitar a Santiago, hermano de Juan. Al ver que esto agradaba a los judíos, mandó detener a Pedro. Era la semana de Pascua. Mandó prenderlo y meterlo en la cárcel, encargando su custodia a cuatro piquetes de cuatro soldados cada uno: tenía intención de ejecutarlo en público, pasadas las fiestas de Pascua. 5 Mientras Pedro estaba en la cárcel bien custodiado, la Iglesia oraba insistentemente a Dios por él. 6 La noche antes de que lo sacara Herodes estaba Pedro durmiendo entre dos soldados, atado a ellos con cadenas. Los centinelas hacían guardia a la puerta de la cárcel. 7 De repente se presentó el ángel del Señor, y se iluminó la celda. Tocó a Pedro en el hombro, lo despertó y le dijo: -Date prisa, levántate. Las cadenas se le cayeron de las manos y el ángel añadió: -Ponte el cinturón y las sandalias. Obedeció, y el ángel le dijo: - Échate la capa y sígueme. Pedro salió detrás, creyendo que lo que hacía el ángel era una visión y no realidad. Atravesaron la primera y la segunda guardia, llegaron al portón de hierro que da a la calle, y se abrió solo. Salieron, y al final de la calle se marchó el ángel. Pedro recapacitó y dijo: -Pues era verdad: el Señor ha enviado a su ángel para librarme de las manos de Herodes y de la expectación de los judíos. Salmo responsorial - Sal 33,2-3. 4-5. 6-7. 8-9 R/. El ángel del Señor librará a los que temen a Dios. Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca; mi alma se gloría en el Señor: que los humildes lo escuchen y se alegren. Proclamad conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre. Yo consulté al Señor y me respondió, me libró de todas mis ansias. Contempladlo y quedaréis radiantes, vuestro rostro no se avergonzará. Si el afligirlo invoca al Señor, él lo escucha y lo salva de sus angustias. El ángel del Señor acampa en torno a sus fieles y los protege. Gustad y ved qué bueno es el Señor; dichoso el que se acoge a él. Lectura de la segunda carta del Apóstol San Pablo a Timoteo 4,6-8.17-18. Querido hermano: Yo estoy a punto de ser sacrificado y el momento de mi partida es inminente. He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe. Ahora me aguarda la corona merecida, con la que el Señor, juez justo, me premiará en aquel día; y no sólo a mí, sino a todos los que tienen amor a su venida. 17 El Señor me ayudó y me dio fuerzas para anunciar íntegro el mensaje, de modo que lo oyeran todos los gentiles. El me libró de la boca del león. 18 El Señor seguirá librándome de todo mal, me salvará y me llevará a su reino del cielo. ¡A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén! Lectura del santo Evangelio según San Mateo 16,13-19. En aquel tiempo, llegó Jesús a la región de Cesarea de Felipe y preguntaba a sus discípulos: -¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre? Ellos contestaron: -Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas. El les preguntó: -Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Simón Pedro tomó la palabra y dijo: -Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Jesús le respondió: -¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. 18 Ahora te digo yo: -Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. 19 Te daré las llaves del Reino de los Cielos; lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo. 2 1. La solemnidad de hoy, 29 de junio Bebieron el cáliz del Señor y lograron ser amigos de Dios (Antífona de entrada de la Misa del día) o a) Celebración del martirio de los dos apóstoles • Celebramos hoy el martirio de los Apóstoles Pedro y Pablo, en la persecución de Nerón del año 64 d.C. Celebramos también el fundamento apostólico de la Iglesia, gracias al cual llegamos a la piedra angular que es Cristo. “Ya no sois extraños y advenedizos sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios, edificados sobre el cimiento de los apóstoles y los profetas, siendo piedra angular el mismo Cristo Jesús” (Efesios 2, 19-20). Pedro y Pablo son como los dos últimos anillos de una cadena que nos une a Cristo mismo. o b) Su vocación: gratuidad y correspondencia • Pedro y Pablo, el pescador y el perseguidor de los cristianos, experimentaron en su vida la fuerza transformadora de Cristo. La llamada gratuita de estos dos apóstoles - reconocidos como las columnas de la Iglesia - por parte del Señor no representa sólo el encargo de una misión, sino la transformación de sus personas en dos criaturas nuevas - cambia su corazón -, porque han sido tocados por la bondad y a misericordia de Dios. No cambian de carácter, de fisonomías, no se convierten en santos improvisamente y su fidelidad es compatible con fallos y pecados como el de negar al Señor (vid. La negación de Pedro en Juan 18, 13ss), u otras debilidades y flaquezas (cfr. las debilidades de Pablo en 2 Corintios 12, 7-10). 2. La figura de Pedro Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. (Mateo 16, 18) • Pedro era un pescador de Galilea quien, con Andrés, su hermano, y con su padre pasaba los días en el lago de Tiberiades realizando el mismo trabajo: la pesca. Una tarde, mientras lanzaba las redes pasó Jesús por allí y dijo a los dos hermanos: “Seguidme y haré que seáis pescadores de hombres” (Mc 1, 17). Así comenzó una extraordinaria aventura. Siguió al Maestro por Galilea y Judea; después de la muerte de Jesús recorrió Palestina, se transfirió a Antioquia y acabó en Roma. En Roma encontramos su tumba, y la “cátedra de Pedro” hasta el actual 266 Papa, Benedicto XVI. Los Papas sucesores continúan siendo “la roca” (kefa, Petrus) sobre la cual Cristo edifica misteriosamente la Iglesia, signo de unidad para todos los que “invocan el nombre del Señor”. Benedicto XVI, Catequesis del 17 mayo 2006 o Breve biografía Después de Jesús, Pedro es el personaje más conocido y citado en el Nuevo Testamento: es mencionado 154 veces con el sobrenombre de «Pétros», «piedra», «roca», que es la traducción griega del nombre arameo que le dio directamente Jesús, «Kefa», testimoniado en nueve ocasiones, sobre todo en las cartas de Pablo. Hay que añadir, además, el nombre de Simón, usado frecuentemente (75 veces), que es la forma adaptada al griego de su nombre hebreo original, Simeón (dos veces: Hechos 15, 14; 2 Pedro 1, 1). Hijo de Juan (Cf. Juan 1, 42) o, en la forma aramea, «bar-Jona», hijo de Jonás (Cf. Mateo 16, 17), Simón era de Betsaida, (Juan 1, 44), localidad que se encontraba a oriente del mar de Galilea, de la que venía también Felipe y, claro está, Andrés, hermano de Simón. Al hablar tenía acento galileo. Como su hermano, era pescador: con la familia de Zebedeo, padre de Santiago y de Juan, dirigía una pequeña empresa de pesca en el lago de Genesaret (Cf. Lucas 5, 10). Por este motivo, debía disfrutar de un cierto desahogo económico y estaba animado por un sincero interés religioso, por un deseo de Dios - deseaba que Dios interviniera en el mundo -, un deseo que le llevó a dirigirse con su hermano hasta Judea para seguir la predicación de Juan el 3 Bautista (Juan 1, 35-42). Era un judío creyente y observante, confiado en la presencia activa de Dios en la historia de su pueblo, y a quien le dolía el no ver la acción poderosa en las vicisitudes de las que en ese momento era testigo. Estaba casado y su suegra, curada un día por Jesús, vivía en la ciudad de Cafarnaúm, en la casa en la que también se alojaba Simón, cuando se encontraba en esa ciudad (Cf. Mateo 8, 14s; Marcos 1, 29ss; Lucas 4, 38s). Recientes excavaciones arqueológicas han permitido sacar a la luz, bajo el suelo de mosaico en forma octogonal de una pequeña Iglesia bizantina, los restos de una iglesia más antigua, edificada en esa casa, como testimonian los «grafiti» con invocaciones a Pedro. Los Evangelios nos dicen que Pedro se encuentra entre los primeros cuatro discípulos del Nazareno (Cf. Lucas 5, 1-11), a quienes se les une el quinto, según la costumbre de todo Rabbí de tener cinco discípulos (Cf. Lucas 5, 27: la llamada de Leví). Cuando Jesús pasa de cinco a doce discípulos (Cf. Lucas 9, 1-6), quedará clara la novedad de su misión: no es uno de los muchos rabinos, sino que ha venido para reunir al Israel escatológico, simbolizado por el número doce, el de las tribus de Israel. o Su itinerario espiritual. El punto de partida. La llamada por parte de Jesús. Benedicto XVI, Catequesis del 17 de mayo del 2006 a) El inicio: abrirse a un proyecto que supera toda expectativa. • En los Evangelios, Simón presenta un carácter decidido e impulsivo. Está dispuesto a hacer prevalecer sus razones, incluso con la fuerza (usó la espada en el Huerto de los Olivos, Cf. Juan 18, 10s). Al mismo tiempo, a veces es también ingenuo y temeroso, así como honesto, hasta llegar al arrepentimiento más sincero (Cf. Mateo 26, 75). Los Evangelios permiten seguir paso a paso su itinerario espiritual. El punto de inicio es la llamada por parte de Jesús. Tuvo lugar en un día como cualquier otro, mientras Pedro realizaba su trabajo de pescador. Jesús se encuentra en el lago de Genesaret y la muchedumbre le rodea para escucharle. El número de los que le oían creaba ciertas dificultades. El maestro ve dos barcas amarradas a la orilla. Los pescadores han bajado de ellas y están lavando las redes. Les pide poder subir a una barca, la de Simón, y le pide que se aleje un poco de tierra. Sentado en esa cátedra improvisada, enseña desde la barca a la muchedumbre (Cf. Lucas 5, 1-3). De este modo, la barca de Pedro se convierte en la cátedra de Jesús. Cuando terminó de hablar, le dice a Simón: «Boga mar adentro, y echad vuestras redes para pescar». Simón responde: «Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos pescado nada; pero, en tu palabra, echaré las redes» (Lucas 5, 4-5). Jesús, que era un carpintero, no era un experto de pesca y, sin embargo, Simón el pescador se fía de este Rabbí, que no le da respuestas sino que le invita a fiarse. Su reacción ante la pesca milagrosa es de asombro y estremecimiento: «Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador» (Lucas 5, 8). Jesús responde invitándole a tener confianza y a abrirse a un proyecto que supera toda expectativa: «No temas. Desde ahora serás pescador de hombres» (Lucas 5,10). Pedro no se podía imaginar todavía que un día llegaría a Roma y que aquí sería «pescador de hombres» para el Señor. Acepta esta llamada sorprendente a dejarse involucrar en esta gran aventura: es generoso, reconoce sus límites, pero cree en quien le llama y sigue el sueño de su corazón. Dice «sí», un «sí» valiente y generoso, y se convierte en discípulo de Jesús. b) Para conocer a Jesús no basta una respuesta de oídas, pues Él quiere una toma de posición personal. Otro momento significativo. La gran alternativa, ante el anuncio de la pasión: privilegiar las propias expectativas rechazando a Jesús o acoger a Jesús en la verdad de su misión y arrinconar las expectativas demasiado humanas. Pedro vivirá otro momento significativo en su camino espiritual en las inmediaciones de Cesarea de Filipo, cuando Jesús plantea a los discípulos una pregunta concreta: «¿Quién dicen los hombres que soy yo?» (Marcos 8,27). A Jesús no le basta una respuesta de oídas. De quien ha aceptado comprometerse personalmente con Él, quiere una toma de posición personal. Por eso, insiste: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» (Marcos 8, 29). Es Pedro quien responde también por cuenta de los demás: «Tú eres el Cristo» (ibídem), es decir, el Mesías. Esta respuesta, que no ha sido revelada ni por «la carne ni la sangre» de él, sino que ha sido ofrecida por el Padre que está en los cielos (Cf. Mateo 16, 17), contiene como la semilla de la futura confesión de fe de la Iglesia. Sin embargo, Pedro no había comprendido todavía el contenido profundo de la misión mesiánica de Jesús, el nuevo sentido de la palabra: Mesías. Lo demuestra poco a poco, dando a entender que el Mesías al que está siguiendo en sus sueños es muy diferente al auténtico proyecto de Dios. Ante el anuncio de la pasión, se escandaliza y protesta, suscitando la fuerte reacción de Jesús (Cf. Marcos 4 8, 32-33). Pedro quiere un Mesías «hombre divino», que responda a las expectativas de la gente, imponiendo a todos su potencia: nosotros también deseamos que el Señor imponga su potencia y transforme inmediatamente el mundo; Jesús se presenta como el «Dios humano», el siervo de Dios, que trastorna las expectativas de la muchedumbre, abrazando un camino de humildad y de sufrimiento. Es la gran alternativa, que también nosotros tenemos que volver a aprender: privilegiar las propias expectativas rechazando a Jesús o acoger a Jesús en la verdad de su misión y arrinconar las expectativas demasiado humanas. Pedro, que es impulsivo, no duda en tomarle aparte y reprenderle. La respuesta de Jesús derrumba todas las falsas expectativas, llamándole a la conversión y a su seguimiento: «¡Quítate de mi vista, Satanás! porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres» (Marcos 8,33). No me indiques tú el camino, yo sigo mi camino y tú ponte detrás de mí. c) Segunda llamada. La ley del seguimiento: saber renunciar, si hace falta, a todo el mundo para salvar los verdaderos valores. De este modo, Pedro aprende lo que significa verdaderamente seguir a Jesús. Es la segunda llamada, como la de Abraham en Génesis capítulo 22, después de la de Génesis capítulo 12. «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará» (Marcos 8, 34-35). Es la ley exigente del seguimiento: es necesario saber renunciar, si hace falta, a todo el mundo para salvar los verdaderos valores, para salvar el alma, para salvar la presencia de Dios en el mundo (Cf. Marcos 8, 36-37). Aunque le cuesta, Pedro acoge la invitación a seguir su camino tras las huellas del Maestro. o La enseñanza para nosotros: esperamos que Dios transforme el mundo inmediatamente, y Dios opta por el camino de la transformación de nuestros corazones. Benedicto XVI, Catequesis del 17 de mayo del 2006 Me parece que estas diferentes conversiones de san Pedro y toda su figura son motivo de gran consuelo y una gran enseñanza para nosotros. También nosotros deseamos a Dios, también queremos ser generosos, pero también nosotros esperamos que Dios sea fuerte en el mundo y transforme inmediatamente el mundo, según nuestras ideas, según las necesidades que vemos. Dios opta por otro camino. Dios escoge el camino de la transformación de los corazones en el sufrimiento y en la humildad. Y nosotros, como Pedro, siempre tenemos que convertirnos de nuevo. Tenemos que seguir a Jesús y no precederle: Él nos muestra el camino. Pedro nos dice: tú piensas que tienes la receta y que tienes que transformar el cristianismo, pero quien conoce el camino es el Señor. Es el Señor quien me dice a mí, quien te dice a ti: «¡sígueme!». Y tenemos que tener la valentía y la humildad para seguir a Jesús, pues Él es el Camino, la Verdad y la Vida. o La generosidad impetuosa de Pedro y la debilidad humana. La escuela de la fe no es una marcha triunfal, sino un camino salpicado de sufrimientos y de amor, de pruebas y fidelidad que hay que renovar todos los días. También Pedro tiene que aprender que es débil y que necesita perdón. Benedicto XVI, Catequesis del 24 de mayo de 2006 • La generosidad impetuosa de Pedro no le libra, sin embargo, de los peligros ligados a la debilidad humana. Es lo que también nosotros podemos reconocer basándonos en nuestra vida. Pedro siguió a Jesús con empuje, superó la prueba de la fe, abandonándose en él. Llega sin embargo el momento en que también él cede al miedo y cae: traiciona al Maestro (Cf. Marcos 14, 66-72). La escuela de la fe no es una marcha triunfal, sino un camino salpicado de sufrimientos y de amor, de pruebas y fidelidad que hay que renovar todos los días. Pedro, que había prometido fe absoluta, experimenta la amargura y la humillación del que reniega: el orgulloso aprende, a costa suya, la humildad. También Pedro tiene que aprender que es débil y que necesita perdón. Cuando finalmente se le cae la máscara y entiende la verdad de su corazón débil de pecador creyente, estalla en un llanto de arrepentimiento liberador. Tras este llanto ya está listo para su misión. o Jesús encomienda a Pedro la misión de pastor de la Iglesia universal Benedicto XVI, Catequesis del 24 de mayo de 2006 Pedro sigue a Jesús - acepta la misión – con la conciencia de la propia fragilidad. En una mañana de primavera, esta misión le será confiada por Jesús resucitado. El encuentro tendrá lugar en las orillas del lago de Tiberíades. El evangelista Juan nos narra el diálogo que en aquella 5 circunstancia tuvo lugar entre Jesús y Pedro. Se puede constatar un juego de verbos muy significativo. En griego, el verbo filéo expresa el amor de amistad, tierno pero no total, mientras que el verbo agapáo significa el amor sin reservas, total e incondicional. La primera vez, Jesús le pregunta a Pedro: «Simón…, ¿me amas más que éstos (agapâs-me)?», ¿con ese amor total e incondicional? (Cf. Juan 21, 15). Antes de la experiencia de la traición, el apóstol ciertamente habría dicho: «Te amo (agapô-se) incondicionalmente». Ahora que ha experimentado la amarga tristeza de la infidelidad, el drama de su propia debilidad, dice con humildad: «Señor, te quiero (filô-se)», es decir, «te amo con mi pobre amor humano». Cristo insiste: «Simón, ¿me amas con este amor total que yo quiero?». Y Pedro repite la respuesta de su humilde amor humano: «Kyrie, filô- se», «Señor, te quiero como sé querer». A la tercera vez, Jesús sólo le dice a Simón: «Fileîs-me?», «¿me quieres?». Simón comprende que a Jesús le es suficiente su amor pobre, el único del que es capaz, y sin embargo está triste por el hecho de que el Señor se lo haya tenido que decir de ese modo. Por eso le responde: «Señor, tú lo sabes todo, tu sabes que te quiero (filô-se)». ¡Parecería que Jesús se ha adaptado a Pedro, en vez de que Pedro se adaptará a Jesús! Precisamente esta adaptación divina da esperanza al discípulo, que ha experimentado el sufrimiento de la infidelidad. De aquí nace la confianza, que le hace ser capaz de seguirle hasta el final: «Con esto indicaba la clase de muerte con que iba a glorificar a Dios. Dicho esto, añadió: "Sígueme"» (Juan 21, 19). Jesús se adapta también a nuestra debilidad, a nuestra pobre capacidad de amor. Tenemos que recorrer un largo camino para convertirnos en testigos seguros. Desde aquel día, Pedro «siguió» al Maestro con la conciencia precisa de su propia fragilidad; pero esta conciencia no le desalentó. Él sabía, de hecho, que podía contar a su lado con la presencia del Resucitado. De los ingenuos entusiasmos de la adhesión inicial, pasando a través de la experiencia dolorosa de la negación y del llanto de la conversión, Pedro llegó a fiarse de ese Jesús que se adaptó a su pobre capacidad de amor. Y nos muestra también a nosotros el camino, a pesar de toda nuestra debilidad. Sabemos que Jesús se adapta a esta debilidad nuestra. Nosotros le seguimos, con nuestra pobre capacidad de amor y sabemos que Jesús es bueno y nos acepta. Pedro tuvo que recorrer un largo camino para convertirse en testigo seguro, en «piedra» de la Iglesia, al quedar constantemente abierto a la acción del Espíritu de Jesús. Pedro mismo se presentará como «testigo de los sufrimientos de Cristo y partícipe de la gloria que está para manifestarse (1 Pedro 5, 1). Cuando escribe estas palabras ya es anciano, abocado a la conclusión de su vida, que sellará con el martirio. Será capaz, entonces, de describir la alegría verdadera y de indicar dónde puede encontrarse: el manantial es Cristo, en quien creemos y a quien amamos con nuestra fe débil pero sincera, a pesar de nuestra fragilidad. Por ello, escribirá a los cristianos de su comunidad estas palabras que también nos dirige a nosotros: «Le amáis sin haberle visto; creéis en él, aunque de momento no le veáis, rebosando de alegría inefable y gloriosa; y alcanzáis la meta de vuestra fe, la salvación de las almas» (1 Pedro 1, 8-9). o Jesús cambió el nombre de Simón, llamándole «Cefas», Pedro. Significado de este cambio. Benedicto XVI, Catequesis del 7 de junio de 2006 Reanudamos las catequesis semanales que hemos comenzado en esta primavera. En la última de hace quince días había hablado de Pedro como el primer apóstol; hoy queremos volver una vez más sobre esta grande e importante figura de la Iglesia. El evangelista Juan, al narrar el primer encuentro de Jesús con Simón, hermano de Andrés, constata un dato singular: «Jesús, fijando su mirada en él, le dijo: "Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas", que quiere decir, "Piedra"» (Juan 1, 42). Jesús no acostumbraba a cambiar el nombre de sus discípulos. A excepción del apelativo de «hijos del trueno», dirigido en una circunstancia precisa a los hijos de Zebedeo (Cf. Marcos 3, 17), y que después no utilizará, nunca atribuyó un nuevo nombre a uno de sus discípulos. Lo hizo sin embargo con Simón, llamándole Cefas, nombre que después fue traducido en griego como «Petros», en latín «Petrus». Y fue traducido precisamente porque no sólo era un nombre; era un «mandato» que Petrus recibía de ese modo del Señor. El nuevo nombre «Petrus» volverá en varias ocasiones en los Evangelios y acabará sustituyendo a su nombre original, Simón. Este dato alcanza particular importancia si se tiene en cuenta que, en el Antiguo Testamento, el cambio de nombre anunciaba en general la entrega de una misión (Cf. Génesis 17,5; 32,28 siguientes, etc.). De hecho, la voluntad de Cristo de atribuir a Pedro un especial relieve dentro del colegio apostólico se manifiesta con numerosos indicios: en Cafarnaúm el Maestro se aloja en la casa de Pedro (Marcos 1, 29); cuando la muchedumbre se agolpa en la orilla del lago de Genesaret, entre las dos barcas amarradas, Jesús escoge la de Simón (Lucas 5, 3); cuando en circunstancias particulares Jesús sólo se queda en compañía de 6 tres discípulos, Pedro siempre es recordado como el primero del grupo: así sucede en la resurrección de la hija de Jairo (Cf. Marcos 5, 37; Lucas 8,51), en la Transfiguración (Cf. Marcos 9, 2; Mateo 17, 1; Lucas 9, 28), y por último durante la agonía en el Huerto de Getsemaní (Cf. Marcos 14, 33; Mateo 16, 37). A Pedro se dirigen los recaudadores del impuesto para el Templo y el Maestro paga por él y por Pedro y nada más que por él (Cf. Mateo 17, 24-27); fue el primero a quien lavó los pies en la última Cena (Cf. Juan 13, 6) y sólo reza por él para que no desfallezca en la fe y pueda confirmar después en ella a los demás discípulos (Cf. Lucas 22, 30-31). El sentido último del Primado de Pedro: ser el custodio de la comunión con Cristo Este contexto del Primado de Pedro en la Última Cena, en el momento de la institución de la Eucaristía, Pascua del Señor, indica también el sentido último de este Primado, para todos los tiempos: Pedro tiene que ser el custodio de la comunión con Cristo; tiene que guiar en la comunión con Cristo de modo que la red no se rompa, sino que sostenga la gran comunión universal. Sólo juntos podemos estar con Cristo, que es el Señor de todos. La responsabilidad de Pedro consiste en garantizar así la comunión con Cristo con la caridad de Cristo, guiando a la realización de esta caridad en la vida de todos los días. Recemos para que el primado de Pedro, confiado a pobres seres humanos, sea siempre ejercido en este sentido original deseado por el Señor y para que lo puedan reconocer cada vez más en su significado verdadero los hermanos que todavía no están en comunión con nosotros. o Edificación de la Iglesia: es la comunidad de los que se unen a Pedro para proclamar la fe en Jesucristo. • Del conocido episodio del diálogo de Jesús con los discípulos en Cesarea, que se lee en el evangelio de hoy, el punto fundamental es la afirmación del Señor “tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi iglesia” (Mt 16,18). • La Iglesia es la comunidad de los que se unen a Pedro para proclamar la fe en Jesucristo . Pedro es solamente un instrumento, la primera piedra de un edificio, y Cristo es quien pone la primera piedra. Las demás piedras del edificio, para ser piedras vivas deben estar en comunión y bajo la autoridad de esa primera piedra. • Por otra parte, Pedro está al servicio de Jesús. El Señor le encargó que pastorease sus ovejas (cfr. Juan 21, 15ss). Y para que entendiese hasta el fondo esta misión de pastorear, Jesús permitió que Pedro le renegase. ¡No le conozco! (cfr. Juan 18, 15 ss). Más tarde escribiría a los cristianos pidiendo que se acerquen a Cristo “piedra viva desechada por los hombres y escogida por Dios”, y “pastor de sus almas” (1 Pedro 2, 4.25). Como diciendo que sólo Cristo es la piedra que no falla y el pastor que no desilusiona. La oración por Pedro • En la primera Lectura de hoy, se recuerda el episodio de cuando Pedro estaba en la cárcel, tal vez en espera de ser entregado a la muerte como su Maestro, y “la Iglesia oraba insistentemente a Dios por él” (Hechos 12,5). • También hoy rezar por el sucesor de Pedro es urgente. También “está en la cárcel y bajo Proceso” de la hostilidad y de la crítica. 2. La figura de Pablo • Vivía en Jerusalén cuando Jesús fue condenado a muerte. Era hijo de un hebreo de Tarso, y se encontraba en la ciudad santa para perfeccionar los estudios bíblicos. Por su ardiente celo por la Ley, pensaba que daba gloria a Dios persiguiendo a la Iglesia. Pero Jesús le esperaba en el camino hacia Damasco: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” (Hechos 9,4). • Más tarde: - pensando en esa experiencia, le pareció como si ese día el Señor “le hubiese alcanzado” (Filipenses 3, 12); - llegó a ser de Cristo hasta el punto de decir: “Vivo, pero ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí” (Gálatas 2,20); - El Señor se convirtió en una llama interior, en su pasión: “El amor de Cristo nos urge …” (2 Corintios 5,14) - Recorrió el mundo civil de entonces, predicando a judíos y gentiles. En la segunda Lectura se ve su testamento con un pleno reconocimiento al Jesús que un día le alcanzó: “El Señor me ayudó y me dio fuerzas para anunciar íntegro el mensaje, de modo que lo oyeran todos los gentiles”. (2 Timoteo 4, 17). 7 o La vocación de san Pablo: el encuentro con Cristo debido a que «fue alcanzado» por iniciativa gratuita del Señor. Benedicto XVI, Catequesis del 25 0ctubre 2006 • “Para él fue decisivo conocer la comunidad de quienes se profesaban discípulos de Jesús. Por ellos tuvo noticia de una nueva fe, un nuevo «camino», como se decía, que no ponía en el centro la Ley de Dios, sino la persona de Jesús, crucificado y resucitado, a quien se le atribuía la remisión de los pecados. Como judío celoso, consideraba este mensaje inaceptable, es más escandaloso, y sintió el deber de perseguir a los seguidores de Cristo incluso fuera de Jerusalén. Precisamente, en el camino hacia Damasco, a inicios de los años treinta, Saulo, según sus palabras, fue « alcanzado por Cristo Jesús» (Filipenses 3, 12). Mientras Lucas cuenta el hecho con abundancia de detalles --la manera en que la luz del Resucitado le alcanzó, cambiando fundamentalmente toda su vida-- en sus cartas él va directamente a lo esencial y habla no sólo de una visión (Cf. 1 Corintios 9,1), sino de una iluminación (Cf. 2 Corintios 4, 6) y sobre todo de una revelación y una vocación en el encuentro con el Resucitado (Cf. Gálatas 1, 15-16). De hecho, se definirá explícitamente «apóstol por vocación» (Cf. Romanos 1, 1; 1 Corintios 1, 1) o «apóstol por voluntad de Dios» (2 Corintios 1, 1; Efesios 1,1; Colosenses 1, 1), como queriendo subrayar que su conversión no era el resultado de bonitos pensamientos, de reflexiones, sino el fruto de una intervención divina, de una gracia divina imprevisible. A partir de entonces, todo lo que antes constituía para él un valor se convirtió paradójicamente, según sus palabras, en pérdida y basura (Cf. Filipenses 3, 7-10). Y desde aquel momento puso todas sus energías al servicio exclusivo de Jesucristo y de su Evangelio. Su existencia se convertirá en la de un apóstol que quiere «hacerse todo a todos» (1 Corintios 9,22) sin reservas”. o Las dificultades que Pablo tuvo que afrontar en su apostolado. Benedicto XVI, Catequesis 25 octubre 2006 Jesucristo es la razón por la que pudo afrontarlas. • “En el apostolado de Pablo no faltaron dificultades, que él afrontó con valentía por amor a Cristo. Él mismo recuerda que tuvo que soportar «trabajos…, cárceles…, azotes; peligros de muerte, muchas veces…Tres veces fui azotado con varas; una vez apedreado; tres veces naufragué… Viajes frecuentes; peligros de ríos; peligros de salteadores; peligros de los de mi raza; peligros de los gentiles; peligros en ciudad; peligros en despoblado; peligros por mar; peligros entre falsos hermanos; trabajo y fatiga; noches sin dormir, muchas veces; hambre y sed; muchos días sin comer; frío y desnudez. Y aparte de otras cosas, mi responsabilidad diaria: la preocupación por todas las Iglesias» (2 Corintios 11,23-28). En un pasaje de la Carta a los Romanos (Cf. 15, 24.28) se refleja su propósito de llegar hasta España, hasta el confín de Occidente, para anunciar el Evangelio por doquier hasta los confines de la tierra entonces conocida. ¿Cómo no admirar a un hombre así? ¿Cómo no dar gracias al Señor por habernos dado un apóstol de esta talla? Está claro que no hubiera podido afrontar situaciones tan difíciles, y a veces tan desesperadas, si no hubiera tenido una razón de valor absoluto ante la que no podía haber límites. Para Pablo, esta razón, lo sabemos, es Jesucristo, de quien escribe: «El amor de Cristo nos apremia… murió por todos, para que ya no vivan para sí los que viven, sino para aquel que murió y resucitó por ellos» (2 Corintios 5,14-15), por nosotros, por todos”. o La identidad cristiana: el encuentro con Cristo revolucionó literalmente la vida de San Pablo. Dos momentos. Benedicto XVI, Catequesis del 8 noviembre 2006 Primer momento. El contenido fundamental de la conversión de San Pablo. La nueva orientación de su vida: el hombre se justifica por la fe en Jesucristo. “En primer lugar, Pablo nos ayuda a comprender el valor fundamental e insustituible de la fe. En la Carta a los Romanos escribe: «Pensamos que el hombre es justificado por la fe, sin las obras de la ley» (3, 28). Y en la Carta a los Gálatas: «el hombre no se justifica por las obras de la ley sino sólo por la fe en Jesucristo, por eso nosotros hemos creído en Cristo Jesús a fin de conseguir la justificación por la fe en Cristo, y no por las obras de la ley, pues por las obras de la ley nadie será justificado» (2,16). «Ser justificados» significa ser hechos justos, es decir, ser acogidos por la justicia misericordiosa de Dios, y entrar en comunión con Él, y por tanto poder establecer una relación mucho más auténtica con todos nuestros hermanos: y esto en virtud de un perdón total de nuestros pecados. Pues bien, Pablo dice con toda claridad que esta condición de vida no depende de nuestras posibles buenas obras, sino de la pura gracia de Dios: «Somos justificados por el don de su gracia, en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús» (Romanos 3, 24)”. 8 “Con estas palabras, san Pablo expresa el contenido fundamental de su conversión, la nueva dirección que tomó su vida como resultado de su encuentro con Cristo resucitado. Pablo, antes de la conversión, no era un hombre alejado de Dios ni de su Ley. Por el contrario, era un observante, con una observancia que rayaba en el fanatismo. Sin embargo, a la luz del encuentro con Cristo comprendió que con ello sólo se había buscado hacerse a sí mismo, su propia justicia, y que con toda esa justicia sólo había vivido para sí mismo. Comprendió que su vida necesitaba absolutamente una nueva orientación. Y esta nueva orientación la expresa así: «la vida, que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Gálatas 2, 20)”. “Pablo, por tanto, ya no vive para sí mismo, para su propia justicia. Vive de Cristo y con Cristo: dándose a sí mismo; ya no se busca ni se hace a sí mismo. Esta es la nueva justicia, la nueva orientación que nos ha dado el Señor, que nos da la fe. ¡Ante la cruz de Cristo, expresión máxima se su entrega, ya no hay nadie que pueda gloriarse de sí, de su propia justicia! En otra ocasión, Pablo, haciendo eco a Jeremías, aclara su pensamiento: «El que se gloríe, gloríese en el Señor» (1 Corintios 1, 31; Jeremías 9,22s); o también: «En cuanto a mí ¡Dios me libre gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo es para mí un crucificado y yo un crucificado para el mundo!» (Gálatas 6,14)”. Segundo momento o elemento que define la vida cristiana: revestirse de Cristo y entregarse a Cristo, para participar en la vida del mismo Cristo, compartiendo así también su muerte. Al reflexionar sobre lo que quiere decir no justificarse por las obras sino por la fe, hemos llegado al segundo elemento que define la identidad cristiana descrita por san Pablo en su propia vida. Identidad cristiana que se compone precisamente de dos elementos: no buscarse a sí mismo, sino revestirse de Cristo y entregarse con Cristo, y de este modo participar personalmente en la vida del mismo Cristo hasta sumergirse en Él y compartir tanto su muerte como su vida. Bautizados en Cristo: muertos al pecado y vivos para Dios. Pablo lo escribe en la Carta a los Romanos: «Fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte… Fuimos con él sepultados… somos una misma cosa con él… Así también vosotros, consideraos como muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús» (Romanos 6, 3.4.5.11). Precisamente esta última expresión es sintomática: para Pablo, de hecho, no es suficiente decir que los cristianos son bautizados, creyentes; para él es igualmente importante decir que ellos «están en Cristo Jesús» (Cf. también Romanos 8,1.2.39; 12,5; 16,3.7.10; 1 Corintios 1, 2.3, etcétera). En otras ocasiones invierte los términos y escribe que «Cristo está en nosotros/vosotros» (Romanos 8,10; 2 Corintios 13,5) o «en mí» (Gálatas 2,20). Esta compenetración mutua entre Cristo y el cristiano, característica de la enseñanza de Pablo, completa su reflexión sobre la fe. La fe, de hecho, si bien nos une íntimamente a Cristo, subraya la distinción entre nosotros y Él. Pero, según Pablo, la vida del cristiano tiene también un elemento que podríamos llamar «místico», pues comporta ensimismarnos en Cristo y Cristo en nosotros. En este sentido, el apóstol llega a calificar nuestros sufrimientos como los «sufrimientos de Cristo en nosotros» (2 Corintios 1, 5), de manera que «llevamos siempre en nuestros cuerpos por todas partes el morir de Jesús, a fin de que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo» (2 Corintios 4,10). La fe: a) es una actitud constante de humildad antes Dios, de adoración y de alabanza; b) la radical pertenencia a Cristo infunde actitud de total confianza y de inmensa alegría. Todo esto tenemos que aplicarlo a nuestra vida cotidiana siguiendo el ejemplo de Pablo que vivió siempre con este gran horizonte espiritual. Por una parte, la fe debe mantenernos en una actitud constante de humildad ante Dios, es más, de adoración y de alabanza en relación con Él. De hecho, lo que somos como cristianos sólo se lo debemos a Él y a su gracia. Dado que nada ni nadie puede tomar su lugar, es necesario por tanto que a nada ni a nadie rindamos el homenaje que le rendimos a Él. Ningún ídolo tiene que contaminar nuestro universo espiritual, de lo contrario en vez de gozar de la libertad alcanzada volveremos a caer en una forma de esclavitud humillante. Por otra parte, nuestra radical pertenencia a Cristo y el hecho de que «estamos en Él» tiene que infundirnos una actitud de total confianza y de inmensa alegría. En definitiva, tenemos que exclamar con san Pablo: «Si Dios está por nosotros ¿quién contra nosotros?» (Romanos 8, 31). Y la respuesta es que nada ni nadie «podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro» (Romanos 8,39). Nuestra vida cristiana, por tanto, se basa en la roca más estable y segura que puede imaginarse. De ella sacamos toda nuestra energía, como escribe precisamente el apóstol: «Todo lo puedo en Aquel que me conforta» (Fi1ipenses 4,13). 9 Afrontemos por tanto nuestra existencia, con sus alegrías y dolores, apoyados por estos grandes sentimientos que Pablo nos ofrece. Haciendo esta experiencia, podemos comprender que es verdad lo que el mismo apóstol escribe: «yo sé bien en quién tengo puesta mi fe, y estoy convencido de que es poderoso para guardar mi depósito hasta aquel día», es decir, hasta el día definitivo (2 Timoteo 1,12) de nuestro encuentro con Cristo, juez, salvador del mundo y nuestro. www.parroquiasantamonica.com Vida Cristiana

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