viernes, 30 de marzo de 2018

Domingo de Resurrección (2018), Misa del día.




Ø Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor. Misa del día (1 de abril de 2018). La fiesta de
las fiestas. La Pascua del Señor y la nuestra: «paso» de la muerte a la vida. Jesucristo murió y resucitó. Nosotros podemos «pasar» de una vida vieja  (de la muerte por el pecado) a una vida nueva, la de los hijos de Dios. El reino del pecado y el reino del amor de Dios. Las obras de la carne y los frutos  del Espíritu. Distinguir entre vida biológica y vida según el Espíritu El reino del pecado y el del amor de Dios. Esclavitud y libertad. Obras de la carne y frutos del Espíritu. (Cfr. Gálatas 5, 13-26). Se llama obra de la carne todo lo que proviene del desordenado amor a sí mismo.  Renacimiento en una vida nueva. Jesús piedra y fundamento de la nueva vida.

v  Cfr. Domingo de Resurrección (2018),  Misa del día.

1 de abril - Hechos 10, 34a.37-43; Sal 117; Colosenses 3, 1-4; Juan 20, 1-9


1. La Pascua, introducción.

v  La Pascua «Fiesta de las fiestas»

-  Catecismo de la Iglesia Católica,  n. 1169: (…) “No es simplemente una fiesta entre otras: es la «Fiesta de las fiestas», «Solemnidad de las solemnidades»,… San Atanasio la llama «el gran domingo»[1].

v  La Eucaristía hace memoria de la Pascua de Cristo  y realiza la obra de nuestra redención.

o   El sacrificio que Cristo ofreció de una vez para siempre en la cruz permanece siempre actual.


- La Eucaristía es el memorial de la Pascua de Cristo (Cfr. Catecismo, n. 1362).

- Catecismo … n. 1364: “El memorial recibe un sentido nuevo  en el Nuevo Testamento. Cuando la Iglesia celebra la Eucaristía, hace memoria de la Pascua de Cristo y esta se hace presente: el sacrificio que Cristo ofreció de una vez para siempre en la cruz, permanece siempre actual (cf Hebreos 7, 25  - 27): «Cuantas veces se renueva en el altar el sacrificio de la cruz, en el que Cristo, nuestra Pascua, fue inmolado, se realiza la obra de nuestra redención» (Conc. Vaticano II, Lumen Gentium 3).  

o   Por tanto, memorial, en este caso, no es un simple recuerdo: es un memorial-sacrificial- presencia. Memoria del sacrificio de Cristo que se hace presente.


§  Memorial en el lenguaje común y en el lenguaje bíblico o litúrgico
-          En el lenguaje común, «memorial» indica una recolección de datos sobre hechos importantes
que se han de comunicar, como un grande pro-memoria; por tanto se trata de una actividad de la mente: haciendo un esfuerzo de memoria, hacemos presente en la mente determinados elementos de un dato o sucedido del pasado. Se hace revivir la realidad solo “intencionalmente”, en la memoria.
Sin embargo, el memorial litúrgico, la celebración eucarística, hace revivir la realidad “realmente”; es un recuerdo y una presencia, que se explica por la fuerza de las palabras del Señor: «haced esto en memoria mía».

Así nos lo explican algunos textos del Magisterio de la Iglesia:
§  Conc. Vaticano II, Constitución sobre la sagrada liturgia, n. 47, 4/12/1963
-          “Nuestro Salvador, en la última Cena, la noche en que fue entregado, instituyó el sacrificio
eucarístico de su cuerpo y de su sangre para perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el sacrificio de la cruz y confiar a su Esposa amada, la Iglesia, el memorial de su muerte y resurrección, sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de amor, banquete pascual en el que se recibe a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da la prenda de la gloria futura”.
§  Catecismo de la Iglesia Católica n. 1363
El memorial no es solamente el recuerdo del pasado, sino que los acontecimientos se hacen, en cierta forma, presentes.
-          “En el sentido empleado por la Sagrada Escritura, el memorial no es solamente el recuerdo de
los acontecimientos del pasado, sino la proclamación de las maravillas que Dios ha realizado en favor de los hombres (Cf Ex 13, 3). En la celebración litúrgica, estos acontecimientos se hacen, en cierta forma, presentes y actuales” (...).

v  La Pascua del Señor y la nuestra: «paso» de la muerte a la vida


o   Jesucristo murió y resucitó.

·         Pascua del Señor se refiere al Paso, de la muerte a la vida: Jesucristo murió y resucitó. Es lo
que explicó  San Pedro, según nos relatan los Hechos de los Apóstoles, en el párrafo que se ha leído hoy - en la primera Lectura -  (10, 34a.37-43): «Nosotros, los apóstoles, somos testigos de que lo mataron colgándolo de un madero y de que Dios lo resucitó al tercer día». Murió y después de tres días hay testigos que nos dicen que le vieron en una nueva vida: hombres y mujeres, sus discípulos.

o   Nosotros podemos «pasar» de una vida vieja  (de la muerte por el pecado) a una vida nueva, la de los hijos de Dios. 

§  El reino del pecado y el reino del amor de Dios. Las obras de la carne y los frutos  del Espíritu.
·         Pero hay otra Pascua que es el Paso en nosotros de una vida vieja a una vida nueva, como
consecuencia  de la identificación de nuestra vida con la vida de Jesucristo y  que san Pablo llamó la  «vida en Cristo Jesús»,  es la realidad de la que habla en su carta a los Gálatas (2, 20) cuando dice, después de su conversión: «Vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí. Y mi vida de ahora en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí».
            Esta afirmación de San Pablo no es ciencia ficción, o fantasía, o fruto de la imaginación que no corresponde a la realidad. Es algo que nos atañe también a nosotros, cuando se nos pide que  dejemos transformar nuestras vidas por la gracia de Dios, de modo que, efectivamente, vivamos en Cristo Jesús, es decir, identificados con Él, con su pensamiento, con sus propuestas, dejándonos moldear por Él, y entonces renacemos (volvemos a nacer) a una nueva vida,  se renueva nuestra vida …
            Nos ayuda a entender esto lo que sucede entre personas conocidas (amigos, de la familia, colegas de trabajo, etc), cuando tantas veces nos damos cuenta y lo comentamos: ha cambiado de vida, es otro u otra, antes era un perezoso, un vago, y ahora trabaja, se preocupa de su familia, etc. etc. Ha habido un cambio, hay una nueva vida.
§  Distinguir entre vida biológica y vida según el Espíritu
            Es el paso (Pascua) a una nueva vida, porque admitimos que no sólo existe la vida biológica, sino también la vida según el Espíritu, según la fuerza Cristo que nos transforma, nos hace mejores, nos da una calidad de vida que es distinta a la calidad biológica …
¿Acaso no distinguimos todavía entre vida biológica y vida según el Espíritu?
¿Acaso no distinguimos entre el paso (nuestra pascua) del vicio a la virtud, del pecado a la vida de gracia? ¿Acaso no distinguimos entre una vida biológica (¡estoy sano!, ¡no necesito del médico!, podemos decir) y esa otra vida en la que puede haber degradación aunque no necesitemos del médico, en la que hay envidia, odio, individualismo, venganza, manipulación de los demás, mentira, etc. etc. (y no añado más posibles degradaciones, para que no nos pongamos a llorar en el día de Pascua)?
¿Acaso no distinguimos entre salud física y salud moral? ¿Acaso no nos damos cuenta de que a veces cuidamos nuestra calidad biológica de la vida, haciendo deporte, dejándonos cuidar por el dietista, y eso está bien, pero moralmente hacemos mucho mal a nosotros mismos y al prójimo, porque somos corruptos, vengativos, individualistas, mentirosos, vagos, vamos sólo a lo nuestro, sin preocuparnos de los demás?  
§  El reino del pecado y el del amor de Dios. Esclavitud y libertad. Obras de la carne y frutos del Espíritu. (Cfr. Gálatas 5, 13-26). Se llama obra de la carne todo lo que proviene del desordenado amor a sí mismo.  
-          ¿Acaso no nos damos cuenta de que en nuestra vida puede reinar  el pecado que es esclavitud
(la  esclavitud de los pecados de la envidia, del odio, de la mentira, de la calumnia, de la pereza, etc.   …) o puede reinar el amor de Dios, su fuerza, que nos lleva a ser libres,  tal como  lo describe san Pablo en su Carta a los Gálatas.
-          “13 Vosotros, hermanos, fuisteis llamados a la libertad. Pero que esta libertad no sea pretexto
para la carne, sino servíos unos a otros por amor.  14 Pues toda la Ley se resume en este único precepto: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. 15 Y si os mordéis y os devoráis unos a otros, mirad que acabaréis por destruiros. 16 Y os digo: caminad en el Espíritu y no deis satisfacción a la concupiscencia de la carne. 17 Porque la carne tiene deseos contrarios al espíritu, y el espíritu tiene deseos contrarios a la carne, porque ambos se oponen entre sí, de modo que no podéis hacer lo que os gustaría ”.
Nuevo Testamento, EUNSA 2004,  Comentario a Gálatas 5, 13-26. pp. 1109-1111
“Para Pablo la libertad cristiana no significa libertinaje. (…) La libertad quiere decir que el hombre es capaz de caminar hacia Dios, su verdadero y último fin. Se es libre cuando se es conducido por el espíritu de Dios. Éste da fuerza al espíritu humano para superar las inclinaciones de la carne, denunciadas por la Ley, y para producir los frutos que están por encima de ella. De ahí que, cuando no se vive conforme al espíritu, la persona se deja llevar por las apetencias de la carne. 
            “«Se dice que alguien vive según la carne cuando vive para sí mismo. En este caso,
            por ´carne´se entiende todo el hombre. Ya que todo lo que proviene del desordenado
            amor a sí mismo se llama obra de la carne» (S. Agustín, De civitate  Dei 14, 2). Por
            eso se incluyen entre las obras de la carne no sólo los pecados de impureza (v. 19),
            sino también los pecados que van contra la religión y la caridad (v. 20). En cambio,
            cuando una persona deja actuar al Espíritu Santo en su vida se transforma en una
           vida «según el Espíritu» (v. 25), en una vida sobrenatural  que ya no es una vida
            simplemente humana, sino divina”.     

-          Las obras de la carne son conocidas:  “19 La fornicación, la impureza, la lujuria, 20 la idolatría,
la hechicería, las enemistades, los pleitos,  los celos, las iras, las riñas, las discusiones, las divisiones, 21 las envidias, las embriagueces, las orgías y cosas semejantes.  Sobre ellas os prevengo, como ya os he dicho, que los que  hacen esas cosas no heredarán el Reino de Dios”. 
-          “22 En cambio, los frutos  del Espíritu son: la caridad, el gozo, la paz, la longanimidad, la
benignidad, la bondad, la fe, 23 la mansedumbre, la continencia. 24 Los que son de Jesucristo han crucificado su carne con sus pasiones y concupiscencias, 25 Si vivimos por el Espíritu, caminemos también según el Espíritu. 26 No seamos ambiciosos de vanagloria, provocándonos unos a otros, envidiándonos recíprocamente ”.

2. Oración colecta de la Misa.


v  Pedimos ser renovados por el Espíritu, para renacer en una vida nueva.

·         “Señor Dios, (…) concede a los que celebramos la solemnidad de la resurrección de Jesucristo,
      ser renovados por tu Espíritu, para resucitar en el reino de la luz y de la vida”.  
·         Se nos habla en esta oración de la resurrección de Jesucristo, de renovación de nuestras vidas,
      de nuestra resurrección en el reino de la luz y de la vida 
·         Junto a estas expresiones, en el tiempo de Pascua podemos recordar  otras palabras o expresiones, como: renacer a una nueva vida, la Pascua del Señor y nuestra Pascua …

v  Si dejamos, si decimos o si queremos que.……..


- Si dejamos que el Señor nos transforme y vivimos entonces una vida nueva;
- Si queremos revestirnos del Señor, queremos resucitar a una vida nueva;
- Si decimos al Señor Jesús: apiádate mis miserias humanas, y haz que tome parte en tu victoria de
  la resurrección, porque quiero resucitar a una nueva vida;
- Si le decimos líbrame de las esclavitudes del pecado, líbrame de toda tiniebla, haz que viva con la
  luz en mi  vida;
- Si le decimos Señor, sálvame, haz que muera a las esclavitudes para vivir contigo …
- Si le decimos: Señor haz que busque tu Palabra que es para mí luz y fuerza, leyendo el Evangelio
  y algún libro que me ayude a conocerte mejor, tu vida y tu predicación; que busque tus
  sacramentos, donde tú me concedes participar de tu vida, participando periódicamente en los
  sacramentos  de la reconciliación   y de la Eucaristía.

o   Unas palabras de san Pedro en una de sus primeras predicaciones después de la resurrección de Cristo: Jesús piedra y fundamento de la nueva vida.

-          Hechos 4, 11-12: «Él es la piedra que desechasteis vosotros, los arquitectos, y que se ha
convertido en piedra angular;  no hay salvación en ningún otro, pues bajo el cielo no se ha dado a los hombres otro nombre por el que debamos salvarnos». Todos entendemos la imagen: el Señor es la piedra, el fundamento, sobre el que queremos construir nuestras vidas;
           

3. «Que tengas una feliz Pascua, o felices Pascuas»

-     Si lo decimos como cristianos, queremos decir algo parecido a te deseo que te encuentres con el Señor, que él te transforme a una vida mejor con su fuerza, que te ayude a dar pasos en la calidad de vida moral, a parecerte más a Él …. Nuestro augurio no se reduce a «te deseo que tengas una buena vida biológica, que duermas bien, que tengas apetito, etc. etc.». No reducimos nuestra vida a la salud física, que también deseamos para los demás.
-          La fe en Cristo resucitado transforma la existencia, actuando en nosotros una resurrección
continua, como escribía san Pablo a los primeros creyentes: «Antes sí erais tinieblas, pero ahora sois luz por el Señor. Vivid como hijos de la luz; pues toda bondad, justicia y verdad son  fruto de la luz» (Efesios 5, 8-9). (cfr. Benedicto XVI, Catequesis, 27 de abril de 2011).
-          Encomendemos a la Virgen estos deseos del  paso/Pascua a una nueva vida. Que interceda ante
su Hijo para que Él, con su fuerza, con su Espíritu, nos conceda una vida nueva.  




Vida Cristiana




[1] San Atanasio de Alejandría, Epístula festivitatis 1 (año 329), 10. Fue obispo de Alejandría (296-373). Doctor de la Iglesia católica y padre de la Iglesia Oriental. Desterrado cinco veces por el emperador por influjo de los arrianos, escribió mucho a pesar de la dureza de su vida, defendiendo, entre otras cosas, el Concilio de Nicea frente a los arrianos.

“Hemos comido y bebido con él”: por Santiago Agrelo

Cuando se habla de resurrección, el primer comentario suele ser que de allá nadie volvió para decir lo que pasa.
Esa constatación con aires de evidente, lo sería si la resurrección se entendiese como un regreso de los muertos a la vida, un desandar el camino desde la oscuridad de la tumba a la luz acostumbrada de nuestras vidas.
Pero no es eso lo que entendemos quienes celebramos que Cristo ha resucitado.
¡La resurrección de Cristo no es regreso a su pasado sino entrada en su futuro! ¡Su Pascua no es recaída en el mundo viejo sino comienzo de un mundo nuevo!
Por la resurrección, no recobra el hombre la vida perdida sino que se abre a una vida nueva, a la vida de Dios. Resucitado, no regresa el hombre a la mortalidad sino que se le reviste de inmortalidad.
“Habéis muerto –dice el Apóstol- y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios”, o, lo que es lo mismo, la vida de Dios está escondida con Cristo en nosotros.
Así que, si alguien nos pregunta por la resurrección, no decimos: De allá nadie volvió. Sino que confesamos: ¡Cristo Jesús vive!, y somos sus testigos, pues “hemos comido y bebido con él después de su resurrección”, más aún, hemos resucitado con él, y estamos con él a la derecha de Dios en el cielo.
Es cierto: De allá nadie volvió. Pero es más cierto aún que allá, en la vida nueva, ya hemos entrado misteriosamente los que creemos en Cristo Jesús.
Con él nos encontramos y comemos siempre que, conforme a su mandato, escuchamos su palabra, hacemos nuestra su acción de gracias y recibimos los sacramentos de su vida entregada.
Arrodillados como el Señor a los pies de la humanidad, de él aprendemos a servir a los pequeños, a curar heridas, a limpiar miserias, a entregar como un pan nuestras vidas a los pobres.
Con Cristo resucitado comemos y bebemos siempre que los pobres se sientan a nuestra mesa. Y aunque sea poco lo que haya para compartir y guardemos silencio mientras lo compartimos, sabemos muy bien que es el Señor quien está con nosotros.
Porque comemos y bebemos con él, llevamos en el corazón su paz, la que él nos ha dado, su alegría, en la que él nos envuelve, su Espíritu, con el que él nos unge, nos transforma, nos fortalece, nos consuela, nos vivifica, nos justifica, nos santifica, nos resucita.
Su paz, su alegría, su Espíritu, son en nosotros los voceros de suresurrección.
Sabemos que él vive, porque vive en nosotros, porque espera con nosotros, porque ama en nosotros, y, en este cuerpo suyo que es la Iglesia, él va llenando la tierra de humanidad humilde, de humanidad pacificada, de humanidad reconciliada, de humanidad nueva, recia, libre y justa, de humanidad resucitada, de humanidad divinizada.
Sólo tu vida, Iglesia de Cristo, puede dar testimonio de que Cristo vive.
El mundo te necesita para salvarse de su resignación a la nada. El mundo te necesita para estrenar humanidad, para entrar en el día de la resurrección.
Deja que se transparente en ti la luz de Cristo resucitado.

miércoles, 28 de marzo de 2018

La Eucaristía (2018). La Santa Misa (13). Liturgia eucarística: III. El Padrenuestro y la fracción del Pan.




[Chiesa/Testi/Eucaristía/Misa(13)LiturgiaEucarísticaIIIPadrenuestroYFracciónPanFrancisco]

Ø  La Eucaristía (2018). La Santa Misa (12).  Liturgia eucarística: III. El Padrenuestro y la
fracción del Pan. 

v  Cfr. Audiencia general de Papa Francisco

 Miércoles, 14 de marzo de 2018
La Santa Misa - 13. Liturgia eucarística: III. Padrenuestro y fracción del Pan.

o   Comienzo de los ritos de la Comunión.

Continuamos con la Catequesis sobre la Santa Misa. En la Última Cena, después de que Jesús tomase el pan y el cáliz del vino, y diese gracias a Dios, sabemos que «partió el pan». A esta acción corresponde, en la Liturgia eucarística de la Misa, la fracción del Pan, precedida por la oración que el Señor nos enseñó, el “Padrenuestro”.

o   Rezo del Padrenuestro: oración de los hijos de Dios que nos enseñó Jesús.

Y así comienzan los ritos de la Comunión, prologando la alabanza y la súplica de la Plegaria eucarística con el rezo en común del “Padrenuestro”. No es una más de las muchas oraciones cristianas, sino la oración de los hijos de Dios: la gran oración que nos enseñó Jesús.
Entregado el día de nuestro Bautismo, el “Padrenuestro” hace resonar en nosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús. Cuando rezamos el “Padrenuestro”, oramos como rezaba Jesús. Es la oración que hizo Jesús y que nos enseñó cuando los discípulos le dijeron:
“Maestro, enséñanos a rezar como rezas tú”.  
§   ¡Es tan bonito rezar como Jesús!
Nos atrevemos a llamar a Dios “Padre”: por inspiración del Espíritu Santo, porque hemos renacido como hijos suyos. Nos unimos a Dios que nos ama.
Y Jesús rezaba así. ¡Es tan bonito rezar como Jesús! Siguiendo su divina enseñanza, nos atrevemos a dirigirnos a Dios llamándolo “Padre”, porque hemos renacido como hijos suyos mediante el agua y el Espíritu Santo (cfr. Ef 1,5). Nadie, en realidad, podría llamarlo familiarmente “Abbà” –“Padre”– sin haber sido engendrado por Dios, sin la inspiración del Espíritu, como enseña san Pablo (cfr. Rm 8,15). Debemos pensar: nadie puede llamarlo “Padre” sin la inspiración del Espíritu. Cuántas veces hay gente que reza el “Padrenuestro”, y no sabe qué dice. Porque sí, es
el Padre, pero ¿tú sientes, cuando dices “Padre”, que Él es el Padre, tu Padre, el Padre de la humanidad, el Padre de Jesucristo? ¿Tú tienes un trato con este Padre? Cuando rezamos el “Padrenuestro”, nos unimos al Padre que nos ama, pero es el Espíritu quien nos da esa unión, ese sentimiento de ser hijos de Dios.
¿Qué mejor oración que la enseñada por Jesús puede disponernos a la Comunión sacramental con Él? Además de en la Misa, el “Padrenuestro” se reza, por la mañana y por la noche, en Laudes y Vísperas; de ese modo, la actitud filial con Dios y de fraternidad con el prójimo contribuyen a dar forma cristiana a nuestras jornadas.
Pedimos el pan de cada día con una referencia al Pan Eucarístico.  Imploramos perdón por nuestras ofensas, y pedimos que nos libre del mal que nos separa de Él y de nuestros hermanos. 
En la Oración del Señor –en el “Padrenuestro”– pedimos el «pan de cada día», en el que advertimos una particular referencia al Pan eucarístico, del que tenemos necesidad para vivir como hijos de Dios. Imploramos también «perdona nuestras ofensas», y para ser dignos de recibir el perdón de Dios nos comprometemos en perdonar a los que nos ofenden. Y eso no es fácil. Perdonar a las personas que nos han ofendido no es fácil; es una gracia que debemos pedir: “Señor, enséñame a perdonar como tú me has perdonado”. Es una gracia. Con nuestras fuerzas no podemos: es una gracia del Espíritu Santo perdonar. Así, mientras nos abre el corazón a Dios, el “Padrenuestro” nos
dispone también al amor fraterno. Finalmente, pedimos también a Dios «líbranos del mal» que nos separa de Él y nos divide de nuestros hermanos.

§  Peticiones adecuadas para prepararnos a la Comunión.
El rito de la paz. No es posible comulgar con el único Pan que nos hace un solo Cuerpo en Cristo, sin reconocerse pacificados por el amor fraterno.
Comprendemos bien que estas son peticiones muy adecuadas para prepararnos a la sagrada Comunión (cfr. Ordenación General del Misal Romano, 81). 
En efecto, cuanto pedimos en el “Padrenuestro” se prolonga por la oración del sacerdote que, en nombre de todos, suplica: «Líbranos, Señor, de todos los males, y concédenos la paz en nuestros días». Y luego recibe una especie de sello en el rito de la paz: primero se invoca de Cristo que el don de su paz (cfr. Jn 14,27) –tan distinta de la paz del mundo– haga crecer a la Iglesia en la
unidad y en la paz, según su voluntad; luego, con el gesto concreto de la paz, expresamos «la comunión eclesial y el amor mutuo, antes de comulgar el Sacramento» (OGMR, 82).
En el Rito romano el signo de la paz, situado desde la antigüedad antes de la Comunión, está ordenado a la Comunión eucarística. Según la advertencia de san Pablo, no es posible comulgar con el único Pan que nos hace un solo Cuerpo en Cristo, sin reconocerse pacificados por el amor fraterno (cfr. 1Cor 10,16-17; 11,29). La paz de Cristo no puede arraigar en un corazón incapaz de vivir la fraternidad y de recomponerla tras haberla herido. La paz la da el Señor: Él nos da la gracia de perdonar a los que nos han ofendido.
§  Al gesto de la paz le sigue la Fracción del Pan.
Es el gesto revelador que permitió a los discípulos reconocerlo tras su resurrección.
Al gesto de la paz le sigue la Fracción del Pan, que desde el tiempo apostólico dio nombre a toda la celebración de la Eucaristía (cfr. OGMR, 83; Catecismo de la Iglesia Católica, 1329). Realizado por Jesús durante la Última Cena, partir el Pan es el gesto revelador que permitió a los discípulos reconocerlo tras su resurrección. Recordemos a los discípulos de Emaús que, hablando del encuentro con el Resucitado, cuentan «que lo habían reconocido al partir el pan» (cfr. Lc 24,30-31.35).
La Fracción del Pan va acompañada por la invocación del «Cordero de Dios»,  «que quita el pecado del mundo»
La fracción del Pan eucarístico va acompañada por la invocación del «Cordero de Dios», figura con la que Juan Bautista señaló a Jesús «como el que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29). La imagen bíblica del cordero habla de la redención (cfr. Ex 12,1-14; Is 53,7; 1Pe 1,19; Ap 7,14).
Y suplicamos a Cristo Redentor que tenga piedad de nosotros, para disponernos para participar en el convite eucarístico.
En el Pan eucarístico, partido por la vida del mundo, la asamblea orante reconoce al verdadero Cordero de Dios, es decir el Cristo Redentor, y le suplica: «Ten piedad de
nosotros… danos la paz». «Ten piedad de nosotros», «danos la paz» son invocaciones que, desde la oración del “Padrenuestro” hasta la fracción del Pan, nos ayudan a disponer el ánimo para participar en el convite eucarístico, fuente de comunión con Dios y con los hermanos. No olvidemos la gran
oración: la que enseñó Jesús, y que es la oración con la que Él rezaba al Padre. Y esa oración nos prepara a la Comunión.

Vida Cristiana

La Eucaristía (2018). La Santa Misa (12). Liturgia eucarística: II. La Plegaría eucarística.




[Chiesa/Testi/Eucaristía/Misa(12)LiturgiaEucarísticaIIPlegariaEucarística]
Ø  La Eucaristía (2018). La Santa Misa (12).  Liturgia eucarística: II. La Plegaría eucarística.
Constituye el momento central , ordenado a la Comunión. «El sentido de esta oración es que toda la asamblea de los fieles se una con Cristo en la confesión de las maravillas de Dios y en la ofrenda del sacrificio». «El sacrificio de Cristo y el sacrificio de la Eucaristía son un único sacrificio». Elementos característicos de la Plegaria: primero está el Prefacio, que es una acción de gracias por los dones de Dios, en concreto por el envío de su Hijo como Salvador. Luego está la invocación al Espíritu para que, con su poder, consagre el pan y el vino. Invocamos al Espíritu para que venga, y en el pan y en el vino esté Jesús. Celebrando el memorial de la muerte y resurrección del Señor, la Iglesia ofrece al Padre el sacrificio que reconcilia cielo y tierra: ofrece el sacrificio pascual de Cristo ofreciéndose con Él y pidiendo, en virtud del Espíritu Santo, ser «en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu». Nadie es olvidado. Y si tengo alguna persona, parientes, amigos, que pasan necesidad o ya han pasado de este mundo al otro, puedo nombrarlos en ese momento, interiormente y en silencio o encargar que el nombre se diga. Esta Plegaria central de la Misa nos educa, poco a poco, a hacer de toda nuestra vida una “eucaristía”, o sea una acción de gracias.

v  Cfr. Audiencia general de Papa Francisco

 Miércoles, 7 de marzo de 2018
La Santa Misa - 12. Liturgia eucarística: II. Plegaria eucarística

Continuamos las catequesis sobre la Santa Misa y con esta catequesis nos detenemos en la Plegaria eucarística. Concluido el rito de la presentación del pan y del vino, comienza la Plegaria eucarística, que cualifica la celebración de la Misa y constituye el momento central, ordenado a la sagrada Comunión. Corresponde a lo que el mismo Jesús hizo, en la mesa con los Apóstoles en la
Última Cena, cuando «dio gracias» sobre el pan y luego sobre el cáliz del vino  cfr. Mt 26, 27; Mc 14, 23: Lc, 22,17.19; 1Cor 11,24): su agradecimiento revive en cada una de nuestras Eucaristías, asociándonos a su sacrificio de salvación.

Y en esta solemne Plegaria –la Plegaria eucarística es solemne– la Iglesia expresa lo que hace cuando celebra la Eucaristía y el motivo por el que la celebra, o sea estar en comunión con Cristo realmente presente en el pan y en el vino consagrados. Después de haber invitado al pueblo a levantar los corazones al Señor y darle gracias, el sacerdote pronuncia la Plegaria en voz alta, en nombre de todos los presentes, dirigiéndose al Padre por medio de Jesucristo en el Espíritu Santo. «El sentido de esta oración es que toda la asamblea de los fieles se una con Cristo en la confesión de las maravillas de Dios y en la ofrenda del sacrificio» (Ordenación General del Misal Romano, 78).

Y para unirse debe comprender. Por eso, la Iglesia ha querido celebrar la Misa en la lengua que la gente entiende, de modo que cada uno pueda unirse a esta alabanza y a esta gran oración con el sacerdote. En realidad, «el sacrificio de Cristo y el sacrificio de la Eucaristía son un único sacrificio» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1367).

En el Misal hay varias fórmulas de Plegaria eucarística, todas constituidas por  elementos característicos, que quisiera ahora recordar (cfr. OGMR, 79; CCC, 1352-1354). Son bellísimas todas. Primero está el Prefacio, que es una acción de gracias por los dones de Dios, en concreto por el envío de su Hijo como Salvador. El Prefacio concluye con la aclamación del «Santo»,  normalmente cantada. Es bonito cantar el “Santo”: “Santo, Santo, Santo es el Señor”. Es bonito cantarlo. Toda la asamblea une su propia voz a la de los Ángeles y los Santos para alabar y glorificar a Dios.

Luego está la invocación al Espíritu para que, con su poder, consagre el pan y el vino. Invocamos al Espíritu para que venga, y en el pan y en el vino esté Jesús. La acción del Espíritu Santo y la eficacia de las mismas palabras de Cristo pronunciadas por el sacerdote, hacen realmente presente, bajo las especies del pan y del vino, su Cuerpo y su Sangre, su sacrificio ofrecido en la
cruz una vez por todas (cfr. CCC, 1375). Jesús en esto fue clarísimo. Hemos escuchado al inicio cómo San Pablo relata las palabras de Jesús: “Esto es mi cuerpo, esta es mi sangre”. “Esta es mi sangre, esto es mi cuerpo”. Jesús mismo fue quien lo dijo. No debemos tener pensamientos extraños: “Pero, cómo es posible que…”. ¡Es el cuerpo de Jesús, y se acabó! La fe: viene en nuestra ayuda la fe; con un acto de fe creemos que es el cuerpo y la sangre de Jesús. Es el «misterio de la fe», como decimos tras la consagración. El sacerdote dice: “Misterio de la fe” y respondemos con una aclamación.

Celebrando el memorial de la muerte y resurrección del Señor, en espera de su regreso glorioso, la Iglesia ofrece al Padre el sacrificio que reconcilia cielo y tierra: ofrece el sacrificio pascual de Cristo ofreciéndose con Él y pidiendo, en virtud del Espíritu Santo, ser «en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu» (PE III; cfr. Sacrosanctum Concilium, 48; OGMR, 79f). La Iglesia quiere unirnos a Cristo y ser, con el Señor, un solo cuerpo y un solo espíritu. Esa es la gracia y
el fruto de la Comunión sacramental: nos alimentamos del Cuerpo de Cristo para ser, nosotros que lo comemos, su Cuerpo vivo hoy en el mundo.

Misterio de comunión es esto: la Iglesia se une a la ofrenda de Cristo y a su intercesión y en esa luz, «En las catacumbas, la Iglesia es con frecuencia representada como una mujer en oración, los brazos extendidos en actitud de orante». Es bonito pensar que la Iglesia ora, reza. Hay un pasaje en el Libro de los Hechos de los Apóstoles; cuando Pedro estaba en la cárcel, y la comunidad
cristiana dice: “Oraba incesantemente por Él”. La Iglesia que ora, la Iglesia orante. Y cuando vamos a Misa es para hacer eso: hacer Iglesia orante. «Como Cristo que extendió los brazos sobre la cruz, por él, con él y en él, la Iglesia se ofrece e intercede por todos los hombres» (CCC, 1368).

La Plegaria eucarística pide a Dios que recoja a todos sus hijos en la perfección del amor, en unión con el Papa y el Obispo, mencionados por su nombre, signo que celebramos en comunión con la Iglesia universal y con la Iglesia particular. La súplica, como la ofrenda, es presentada a Dios por todos los miembros de la Iglesia, vivos y difuntos, en espera de la bienaventuranza esperanza de compartir la herencia eterna del cielo, con la Virgen María (cfr. CCC, 1369-1371).

Nadie ni nada es olvidado en la Plegaria eucarística, sino que todo se reconduce a Dios, como recuerda la doxología que la concluye. Nadie es olvidado. Y si tengo alguna persona, parientes, amigos, que pasan necesidad o ya han pasado de este mundo al otro, puedo nombrarlos en
ese momento, interiormente y en silencio o encargar que el nombre se diga. “Padre, ¿cuánto debo pagar para que mi nombre se diga ahí?”—“Nada”. ¿Está claro esto? ¡Nada! La Misa no se paga. La Misa es el sacrificio de Cristo, que es gratuito. La redención es gratuita. Si quieres hacer una ofrenda hazla, pero no se paga. Esto es importante entenderlo.

Esta fórmula codificada de plegaria quizá podemos sentirla un poco lejana –es verdad, es una fórmula antigua– pero, si comprendemos bien el significado, entonces seguramente participaremos mejor. Porque expresa todo lo que hacemos en la celebración eucarística; y además nos enseña a cultivar tres actitudes que nunca deberían faltar en los discípulos de Jesús. Las tres
actitudes: primera, aprender a “darte gracias, siempre y en todo lugar”, y no solo en ciertas ocasiones, cuando todo va bien; segunda, hacer de nuestra vida un don de amor, libre y gratuito; tercera, construir la concreta comunión, en la Iglesia y con todos. Así pues, esta Plegaria central de la Misa nos educa, poco a poco, a hacer de toda nuestra vida una “eucaristía”, o sea una acción de
gracias.



Vida  Cristiana


domingo, 25 de marzo de 2018

Juan Pablo II, audiencia general – comentario al himno a Cristo del primer capítulo de la Carta de san Pablo a los Colosenses (versículos 3, 12-20), 5 de mayo de 2004.



 

Ø Cristo, Señor del cosmos y de la historia. Catequesis, Audiencia General de San Juan Pablo II, sobe el himno a Cristo en Colosenses, capítulo 1. En el proyecto de Dios Padre: Cristo es también

el Señor de la historia de la salvación.  

      

v  Cfr.Juan Pablo II, audiencia general – comentario al himno a Cristo del primer capítulo de la Carta de san Pablo a los Colosenses (versículos 3, 12-20), 5 de mayo de 2004.

Colosenses 3, 12-20

12 Damos gracias a Dios Padre,
que nos ha hecho capaces de compartir
la herencia del pueblo santo en la luz.

13 Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas,
y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido,
14 por cuya sangre hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.

15 Él es imagen de Dios invisible,
primogénito de toda criatura;
16 porque por medio de él
fueron creadas todas las cosas:
celestes y terrestres, visibles e invisibles,
Tronos, Dominaciones, Principados, Potestades;
todo fue creado por él y para él.

17 Él es anterior a todo, y todo se mantiene en él.
18 Él es también la cabeza del cuerpo: de la Iglesia.
Él es el principio, el primogénito de entre los muertos,
y así es el primero en todo.

19 Porque en él quiso Dios que residiera toda la plenitud.
20 Y por él quiso reconciliar consigo todos los seres:
los del cielo y los de la tierra,
haciendo la paz por la sangre de su cruz.

o   Posiblemente un canto conocido        

1. Hemos escuchado el admirable himno cristológico de la Carta a los Colosenses. La Liturgia de las Vísperas lo presenta a los fieles en las cuatro semanas en la que se articula como un cántico, carácter que quizá tenía desde sus orígenes. De hecho, muchos estudiosos consideran que el himno podría ser la cita de un canto de las Iglesias de Asia menor, incluido por Pablo en la carta dirigida a la comunidad cristianas de Colosas, que entonces era una ciudad floreciente y populosa.

        El apóstol, sin embargo, nunca viajó a este centro de la Frigia, región de la actual Turquía. La Iglesia local había sido fundada por un discípulo suyo, originario de aquellas tierras, Epafras. Éste aparece al final de la carta junto al evangelista Lucas, «el médico querido», como lo llama san Pablo (4, 14), y junto a otro personaje, Marcos, «primo de Bernabé» (4, 10), en referencia quizá al compañero de Pablo (Cf. Hechos 12, 25; 13, 5.13), que después se convertiría en evangelista.

o   Inmensidad y creación divinas        

2. Dado que tendremos la oportunidad de volver en varias ocasiones a comentar este cántico, nos contentamos ahora con ofrecer una mirada de conjunto y evocar un comentario espiritual, escrito por un famoso Padre de la Iglesia, san Juan Crisóstomo (IV sec. d.C.), famoso orador y obispo de Constantinopla. En el himno emerge la grandiosa figura de Cristo, Señor del cosmos. Al igual que la divina Sabiduría creadora exaltada por el Antiguo Testamento (Cf. por ejemplo Proverbios 8, 22-31), «él existe con anterioridad a todo, y todo tiene en él su consistencia»; es más «todo fue creado por él y para él» (Colosenses 1, 16-17).

        Por tanto, en el universo, se despliega un designio trascendente que Dios actúa a través de la obra de su Hijo. Lo proclama también el «Prólogo» del Evangelio de Juan, cuando afirma que «todo se hizo por la Palabra y sin ella no se hizo nada de cuanto existe» (Juan 1, 3). También la materia con su energía, la vida y la luz llevan la huella del Verbo de Dios, «su Hijo amado». La revelación del Nuevo Testamento ofrece una nueva luz sobre las palabras del sabio del Antiguo Testamento, quien declaraba que «de la grandeza y hermosura de las criaturas se llega, por analogía, a contemplar a su Autor» (Sabiduría 13, 5).

o   En el proyecto de Dios Padre: Cristo es también el Señor de la historia de la salvación.         

3. El Cántico de la Carta a los Colosenses presenta otra función de Cristo: él es también el Señor de la historia de la salvación, que se manifiesta en la Iglesia (Cf. Colosenses 1, 18) y se realiza en «la sangre de su cruz» (versículo 20), manantial de paz y de armonía para toda historia humana.

        Por tanto, no sólo el horizonte exterior a nuestra existencia está marcado por la presencia eficaz de Cristo, sino también la realidad más específica de la criatura humana, es decir, la historia. Ésta no está a la merced de fuerzas ciegas e irracionales, sino que, a pesar del pecado y el mal, se rige y está orientada –por obra de Cristo– hacia la plenitud. Por medio de la Cruz de Cristo, toda la realidad está «reconciliada» con el Padre (Cf. versículo 20).

        El himno traza, de este modo, un estupendo cuadro del universo y de la historia, invitándonos a la confianza. No somos una mota de polvo inútil, perdida en un espacio y en un tiempo sin sentido, sino que formamos parte de un proyecto surgido del amor del Padre.

o   Una existencia gratuita y benevolente         

4. Como habíamos anunciado, damos ahora la palabra a san Juan Crisóstomo para que sea él quien culmine esta reflexión. En su «Comentario a la Carta a los Colosenses» se detiene ampliamente en este cántico. Al inicio, subraya el carácter gratuito de Dios, al «compartir la suerte del pueblo santo en la luz» (v. 12). «¿Por qué la llama "suerte"?», se pregunta Crisóstomo, y responde: «Para demostrar que nadie puede conseguir el Reino con sus propias obras. También en este caso, como en la mayoría de las veces, la "suerte" tiene el sentido de "fortuna". Nadie puede tener un comportamiento capaz de merecer el Reino, sino que todo es don del Señor. Por eso dice: "Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer"» (Patrología Griega 62, 312).

        Esta gratuidad benévola y poderosa vuelve a emerger más adelante, cuando leemos que por medio de Cristo se han creado todas las cosas (Cf. Colosenses 1, 16). «De él depende la sustancia de todas las cosas –explica el obispo–. No sólo las hizo pasar del no ser al ser, sino que las sigue sosteniendo de manera que si quedaran sustraídas a su providencia, perecerían y se disolverían... Dependen de él. De hecho, sólo el hecho de inclinarse hacia él es suficiente para sostenerlas y reforzarlas» (Patrología Griega 62, 319).

        Con mayor motivo es signo de amor gratuito lo que Dios realiza por la Iglesia, de la que es Cabeza. En este sentido (Cf. versículo 18), Juan Crisóstomo explica: «después de haber hablado de la dignidad de Cristo, el apóstol habla también de su amor por los hombres: "Él es la cabeza de su cuerpo, que es la Iglesia", para mostrar su íntima comunión con nosotros. Quien está tan alto se unió a quienes están abajo» (Patrología Griega, 62, 320).


Vida Cristiana

Domingo de Ramos (2018). Conmemoración del ingreso solemne de Jesús en Jerusalén, y su pasión y muerte.




Ø Domingo de Ramos (2018). Conmemoración del ingreso solemne de Jesús en Jerusalén, y su pasión y muerte. Corramos no para extender por el suelo a su paso ramos de olivo, vestiduras o palmas, sino para que pueda llevarnos a la familiaridad con él. Acerca de la aclamación al Señor llevando ramos, saliendo a su encuentro en la procesión….: los frutos de buenas obras. Aquel asno somos nosotros. Nos prosternamos a los pies de Cristo, para revestirnos de su gracia. Si dejamos que Cristo reine en nuestra alma, también los cristianos seremos  servidores de todos los hombres. Decir “¡Jesús es el Señor!” significa entrar libremente en el ámbito de su dominio. Vivir “para el Señor”, y no para “nosotros mismos”.   Dios quiere comunicar en Cristo  su propia vida divina a los hombres.


Filipenses 2, 6-11: 6 Cristo Jesús, siendo de condición divina, no consideró como presa codiciable el ser igual a Dios, 7 sino que se anonadó a sí mismo tomando la forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y, mostrándose igual que los demás hombres, 8 se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.  9 Y por eso Dios lo exaltó y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre; 10 para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, 11 y toda lengua confiese: «¡Jesucristo es el Señor!», para gloria de Dios Padre.

 

Marcos 11, 1-10 [Evangelio en la conmemoración de la entrada del Señor en Jerusalén]: 1 Cuando se acercaban a Jerusalén, por Betfagé y Betania, junto al monte de los Olivos, mandó a dos de sus discípulos, 2 diciéndoles: «Id a la aldea de enfrente y, en cuanto entréis, encontraréis un pollino atado, que nadie ha montado todavía. Desatadlo y traedlo. 3 Y si alguien os pregunta por qué lo hacéis, contestadle: “El Señor lo necesita, y lo devolverá pronto”». 4 Fueron y encontraron el pollino en la calle atado a una puerta; y lo soltaron. 5 Algunos de los presentes les preguntaron: «¿Qué hacéis desatando el pollino?». 6 Ellos les contestaron como había dicho Jesús; y se lo permitieron. 7 Llevaron el pollino, le echaron encima los mantos, y Jesús se montó. 8 Muchos alfombraron el camino con sus mantos, otros con ramas cortadas en el campo. 9 Los que iban delante y detrás, gritaban: «¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! 10 ¡Bendito el reino que llega, el de nuestro padre David! ¡Hosanna en las alturas!».

 

¡Bendito el reino que llega!
(Marcos 1, 10)
Y toda lengua confiese: «¡Jesucristo es el Señor!»,
para gloria de Dios Padre.
(Filipenses 2, 11)

 

v  Cfr. Domingo de Ramos, 25 de maro de 2018,  Ciclo B

Isaias 50,4-7; Filipenses 2,6-11; Marcos 14,1-15,47  


1.    En la liturgia del Domingo de Ramos la Iglesia propone la conmemoración del ingreso solemne de Jesús en Jerusalén, y su pasión y muerte.


·         El domingo próximo nos propondrá la resurrección, que abre el acceso a la nueva vida. 

v  Así lo explica el Catecismo de la Iglesia Católica, n. 654

o   Por su muerte nos libera del pecado, por su Resurrección nos abre el acceso a una nueva vida.

§  Realiza la adopción filial porque los hombres se convierten en hermanos de    Cristo, como Jesús mismo llama a sus discípulos después de su Resurrección: «Id, avisad a mis hermanos».
·         Hay un doble aspecto en el misterio pascual: por su muerte nos libera del pecado, por su Resurrección
nos abre el acceso a una nueva vida. Esta es, en primer lugar, la justificación que nos devuelve a la gracia de Dios (Cf Romanos 4, 25) «a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos... así también nosotros vivamos una nueva vida» (Romanos 6, 4). Consiste en la victoria sobre la muerte y el pecado y en la nueva participación en la gracia (Cf Efesios 2, 4-5; 1 Pedro 1, 3). Realiza la adopción filial porque los hombres se convierten en hermanos de Cristo, como Jesús mismo llama a sus discípulos después de su Resurrección: «Id, avisad a mis hermanos» (Mateo 28, 10; Juan 20, 17). Hermanos no por naturaleza, sino por don de la gracia, porque esta filiación adoptiva confiere una participación real en la vida del Hijo único, la que ha revelado plenamente en su Resurrección.”  

v  Acerca de la aclamación al Señor llevando ramos, saliendo a su encuentro en la procesión….

o   Los frutos de buenas obras. Aquel asno somos nosotros.

·         Oración en la conmemoración de la entrada de Jerusalén: “Acrecienta, Señor, la fe de los
que en ti esperan y escucha las plegarias de los que a ti acuden, para que quienes alzamos hoy los ramos en honor de Cristo victorioso, permanezcamos en él dando fruto abundante de  buenas obras”.
·         San Agustín, Sermón 189,4, comentario al Evangelio de la Bendición de los ramos, aquel
asno somos  nosotros: “No te avergüences de ser jumento para el Señor. Llevarás a Cristo, no errarás la marcha por el camino: sobre ti va sentado el Camino. ¿Os acordáis de aquel asno presentado al Señor? Nadie sienta vergüenza: aquel asno somos nosotros. Vaya sentado sobre nosotros el Señor y llámenos para llevarle a donde él quiera. Somos su jumento y vamos a Jerusalén. Siendo él quien va sentado, no nos sentimos oprimidos, sino elevados. Teniéndole a él por guía, no erramos: vamos a él por él; no perecemos”.

o   Corramos no para extender por el suelo a su paso ramos de olivo, vestiduras o palmas, sino para que pueda llevarnos a la familiaridad con él.

              De los sermones de san Andrés de Creta  [Nació en Damasco (Siria) a mediados del siglo
              VII], Arzobispo de Gortina (Creta), Padre de la Iglesia.
§  Nos prosternamos a los pies de Cristo, para revestirnos de su gracia.
·         Sermón 9 sobre el Domingo de  Ramos: Corramos a una con quien se apresura a su pasión, e imitemos
a quienes salieron a su encuentro. Y no para extender por el suelo, a su paso, ramos de olivo, vestiduras o palmas, sino para prosternarnos nosotros mismos, con la disposición más humillada de que seamos capaces y con el más limpio propósito, de manera que acojamos al Verbo que viene, y así logremos captar a aquel Dios que nunca puede ser totalmente captado por nosotros.
Alegrémonos, pues, porque se nos ha presentado mansamente el que es manso y que asciende sobre el ocaso de nuestra ínfima vileza, para venir hasta nosotros y convivir con nosotros, de modo que pueda, por su parte, llevarnos hasta la familiaridad con él.
Ya que, si bien se dice que, habiéndose incorporado a las primicias de nuestra condición, ascendió, con ese botín, sobre los cielos, hacia el oriente (cfr. Salmo 67,34), es decir, se me parece, hacia su propia gloria y divinidad, no abandonó, con todo, su propensión hacia el género humano hasta haber sublimado al hombre, elevándolo progresivamente desde lo más ínfimo de la tierra hasta lo más alto los cielos.
Así es como nosotros deberíamos prosternarnos a los pies de Cristo, no poniendo bajo sus pies nuestras túnicas o unas ramas inertes, que muy pronto perderían verdor, su fruto y su aspecto agradable, sino revistiéndonos de su gracia, es decir, de él mismo, pues los que os habéis incorporado a Cristo por el bautismo os ha revestido de Cristo (Cfr. Gálatas 3,27). Así debemos ponernos a sus pies como si fuéramos unas túnicas.
Y sí antes, teñidos como estábamos de la escarlata del pecado, volvimos a encontrar la blancura de la lana gracias al saludable baño del bautismo, ofrezcamos ahora al vencedor de la muerte no ya ramas de palma, sino trofeos de victoria.
Repitamos cada día aquella sagrada exclamación que los niños cantaban, mientras agitamos los ramos espirituales del alma: Bendito el que viene, como rey, en nombre del Señor.

o   Si dejamos que Cristo reine en nuestra alma, también los cristianos seremos  servidores de todos los hombres.

·         San Josemaría, Es Cristo que pasa, 182: “Si dejamos que Cristo reine en nuestra alma, no nos
convertiremos en dominadores, seremos servidores de todos los hombres. Servicio. ¡Cómo me gusta esta palabra! Servir a mi Rey y, por El, a todos los que han sido redimidos con su sangre. ¡Si los cristianos supiésemos servir! Vamos a confiar al Señor nuestra decisión de aprender a realizar esta tarea de servicio, porque sólo sirviendo podremos conocer y amar a Cristo, y darlo a conocer y lograr que otros más lo amen”.

2. “Toda lengua confiese: «¡Jesucristo es el Señor»

     Filipenses 2, 11 – Segunda Lectura de la Misa

v  Decir “¡Jesús es el Señor!” significa entrar libremente en el ámbito de su dominio [1].

o    Vivir “para el Señor”, y no para “nosotros mismos”.     

·         Raniero Cantalamessa, La fuerza de la Cruz, Ed. Monte Carmelo 2000, cap. I: “Toda lengua
proclame: Jesucristo es el Señor. «En la frase "¡Jesús es el Señor!» hay también un aspecto subjetivo, que depende de quien la pronuncia.  Varias veces me he preguntado por qué los demonios, en los evangelios, nunca pronuncian este título de Jesús.  Llegan hasta a decirle a Jesús: «Tú eres el Hijo de Dios», o también «Tú eres el Santo de Dios» (cf Mateo 4,3; Marcos 3,1 1; 5,7; Lucas  4,41); pero nunca los oímos exclamar: '¡Tú eres el Señor!" La respuesta más plausible me parece ésta: Decir «Tú eres el Hijo de Dios» es reconocer un dato real que no depende de ellos y que ellos no pueden cambiar.  Pero decir «¡Tú eres el Señor!» es algo muy distinto.  Implica una decisión personal.  Significa reconocerlo como tal, someterse a su dominio.  Si lo hiciesen, dejarían en ese mismo momento de ser lo que son y se convertirían en ángeles de luz.
            Esa expresión divide realmente dos mundos.  Decir «¡Jesús es el Señor!» significa entrar libremente en el ámbito de su dominio.  Es como decir: Jesucristo es «mi» Señor; él es la razón de mi vida; yo vivo «para él», y ya no «para mí».  «Ninguno de nosotros - escribía Pablo a los Romanos - vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo.  Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; en la vida y en la muerte somos del Señor»  (Romanos 14,7-8).  La suprema contradicción que el hombre experimenta desde siempre - la contradicción entre la vida y la muerte - ya ha sido superada.  Ahora la contradicción más radical no se da entre el vivir y el morir, sino entre el vivir «para el Señor» y el vivir «para sí mismos».  Vivir para sí mismos es el nuevo nombre de la muerte.”

v  Hagamos nuestra la ley fundamental, la norma constitutiva de nuestra vida: sin el «sí» a la Cruz, sin caminar día tras día en comunión con Cristo, no se puede lograr la vida.

            Benedicto XVI, Homilía, Domingo de Ramos, 5 de abril de 2009

o   Quien quiere guardar su vida para sí mismo, la pierde. Quien da su vida – cotidianamente – a encuentra.

(…) “Queridos amigos. Al término de esta liturgia, los jóvenes de Australia entregarán la Cruz de la Jornada Mundial de la Juventud a sus coetáneos de España. La Cruz está en camino de una a otra parte del mundo, de mar a mar. Y nosotros la acompañamos. Avancemos con ella por su camino y así encontraremos nuestro camino. Cuando tocamos la Cruz, más aún, cuando la llevamos, tocamos el misterio de Dios, el misterio de Jesucristo: el misterio de que Dios ha tanto amado al mundo, a nosotros, que entregó a su Hijo único por nosotros (cf. Jn 3,16). Toquemos el misterio maravilloso del amor de Dios, la única verdad realmente redentora.
»Pero hagamos nuestra también la ley fundamental, la norma constitutiva de nuestra vida, es decir, el hecho que sin el «sí» a la Cruz, sin caminar día tras día en comunión con Cristo, no se puede lograr la vida. Cuanto más renunciemos a algo por amor de la gran verdad y el gran amor — por amor de la verdad y el amor de Dios —, tanto más grande y rica se hace la vida. Quien quiere guardar su vida para sí mismo, la pierde. Quien da su vida — cotidianamente, en los pequeños gestos que forman parte de la gran decisión —, la encuentra. Esta es la verdad exigente, pero también profundamente bella y liberadora, en la que queremos entrar paso a paso durante el camino de la Cruz por los continentes. Que el Señor bendiga este camino. Amén”.

3.    Dios quiere comunicar en Cristo  su propia vida divina a los hombres.

      Algunos puntos del Catecismo de la Iglesia Católica.

·         n. 52: Dios, que «habita una luz inaccesible» (1 Tm 6, 16), quiere comunicar su propia vida
divina a los hombres libremente creados por él, para hacer de ellos, en su Hijo único, hijos adoptivos (Cf Efesios l, 4-5). Al revelarse a sí mismo, Dios quiere hacer a los hombres capaces de responderle, de conocerle y de amarle más allá de lo que ellos serían capaces por sus propias fuerzas.
·         n. 541: (…)   La voluntad del Padre es «elevar a los hombres a la participación de la vida divina» (Lumen Gentium 2) Lo hace reuniendo a los hombres en torno a su Hijo Jesucristo. (…)
·         n. 759: (...) «El Padre eterno creó el mundo por una decisión totalmente libre y misteriosa de su
sabiduría y bondad.
Decidió elevar a los hombres a la participación de la vida divina» a la cual llama a todos los hombres en su Hijo: «Dispuso convocar a los creyentes en Cristo en la santa Iglesia»
·         n. 760: (...)«El mundo fue creado en orden a la Iglesia», decían los cristianos de los primeros
tiempos (Hermas, vis. 2, 4, 1; cf Arístides, apol. 16, 6; Justino, apol. 2, 7). Dios creó el mundo en orden a la comunión en su vida divina, «comunión» que se realiza mediante la «convocación» de los hombres en Cristo, y esta «convocación» es la Iglesia.
·         n. 458: El Verbo se encarnó para que nosotros conociésemos así el amor de Dios: «En esto
se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él» (1 Jn 4, 9). «Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3, 16).
·         n. 163: La fe es, pues, ya el comienzo de la vida eterna.





Vida Cristiana





[1] Filipenses 2, 6-11 (Segunda Lectura de la Misa): “Jesucristo es Señor” (v. 11). Cf. Raniero Cantalamessa, La fuerza de la Cruz, Ed. Monte Carmelo 2000, cap. I: Toda lengua proclame: Jesucristo es el Señor.

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