domingo, 8 de diciembre de 2019

CELEBRACIONES EN ADVIENTO 2019

VIERNES 13 
- 19:30h Eucaristía 
- 20:00h Concierto de la orquesta de flautas. 

SÁBADO 14
 - 20h Misa seguida de Adoración y oración por los enfermos.

DOMINGO 15 

VIERNES 20 
 - 20:30h Bendición del Belén parroquial. Después copa de Navidad en los salones parroquiales 

SÁBADO 21 
- 19h Eucaristía 
- 20h Coros Navidad 

DOMINGO 22 
- 17:30H Concurso familiar de Villancicos 











sábado, 7 de diciembre de 2019

Homilía de Papa Francisco a la Comunidad católica congolesa de Roma Domingo, 1 de diciembre de 2019 – 1º del Tiempo de Adviento – Ciclo A




Cfr. Homilía de Papa Francisco a la Comunidad católica congolesa de Roma

                  Domingo, 1 de diciembre de 2019 – 1º del Tiempo de Adviento – Ciclo A

En las Lecturas de hoy aparece a menudo un verbo, venir, presente tres veces en la primera Lectura, mientras el Evangelio concluye diciendo que «viene el Hijo del hombre» (Mt 24,44). Jesús viene: el Adviento nos recuerda esa certeza ya con el nombre, porque la palabra Adviento significa venida. El Señor viene: esa es la raíz de nuestra esperanza, la seguridad que entre las tribulaciones del mundo trae a nosotros el consuelo de Dios, un consuelo que no está hecho de palabras, sino de presencia, de su presencia que viene en medio de nosotros.
El Señor viene; hoy, primer día del Año litúrgico, ese anuncio marca nuestro punto de partida: sabemos que, más allá de cada hecho favorable o contrario, el Señor no nos deja solos. Vino hace dos mil años y volverá al fin de los tiempos, pero también viene hoy a mi vida, a tu vida. Sí, esta vida nuestra, con todos sus problemas, angustias e incertidumbres, es visitada por el Señor. Esa es la fuente de nuestra alegría: el Señor no se ha cansado y nunca se cansará
de nosotros, desea venir, visitarnos.
Hoy el verbo venir no se conjuga solo para Dios, sino también para nosotros. Pues en la primera Lectura Isaías profetiza: «caminarán pueblos numerosos y dirán: venid, subamos al monte del Señor» (2,3). Mientras el mal en la tierra deriva de que cada uno sigue su camino sin los demás, el profeta ofrece una visión maravillosa: todos vienen juntos al monte del Señor. En el monte estaba
el templo, la casa de Dios. Isaías nos trasmite pues una invitación de parte de Dios a su casa. Somos los invitados de Dios, y quien está invitado es esperado, deseado. “Venid –dice Dios– porque en mi casa hay sitio para todos. Venid, porque en mi corazón no hay un solo pueblo, sino todo pueblo”.
Queridos hermanos y hermanas, habéis venido de lejos. Habéis dejados vuestras casas, habéis dejado vuestros afectos y cosas queridas. Llegados aquí, habéis hallado acogida junto a dificultades e imprevistos. Pero para Dios sois siempre invitados bienvenidos. Para Él nunca somos extranjeros, sino hijos esperados. Y la Iglesia es la casa de Dios: aquí, pues, sentíos siempre en
casa. Aquí venimos para caminar juntos hacia el Señor y realizar las palabras con las que concluye la profecía de Isaías: «venid; caminemos a la luz del Señor» (v. 5).

¿Qué pasó en los días de Noé?

Pero a la luz del Señor se pueden preferir las tinieblas del mundo. Al Señor que viene y a su invitación para ir a Él se puede responder “no, no voy”. A menudo no se trata de un “no” directo, descarado, sino disimulado. Es el no de quien nos pone en guardia Jesús en el Evangelio, exhortándonos a no hacer como en los «días de Noé» (Mt 24,37). ¿Qué pasó en los días de Noé? Pues que, mientras algo nuevo y impactante se acercaba, nadie le prestó atención,  porque todos pensaban solo en comer y beber (cfr. v. 38). En otras palabras, todos reducían la vida a sus necesidades, se contentaban con una vida plana, horizontal, sin impulso. No esperaban a nadie, solo la pretensión de tener algo para sí mismos, para consumir. Espera del Señor que viene, y no pretensión de tener algo para consumir nosotros. Eso es el consumismo.

El consumismo

§ El Señor viene, pero sigues más los gustos que te apetecen; el hermano llama a tu puerta, pero te molesta porque perturba tus planes, y esa es la actitud egoísta del consumismo.
Se vive de cosas y ya no se sabe por qué; se tienen muchos bienes pero ya no se hace el bien; las casas se llenan de cosas pero se vacían de hijos. Ese es el drama de hoy: casas llenas de cosas pero vacías de hijos, el invierno demográfico que estamos sufriendo. Se pierde el tiempo en pasatiempos, pero no se tiene tiempo para Dios y para los demás. Y cuando se vive para las cosas, las cosas nunca bastan, la avidez crece y los demás se convierten en obstáculos en la carrera y así se acaba sintiéndose amenazados y, siempre insatisfechos y enfadados, se alza el nivel del odio.
El consumismo es un virus que afecta la fe de raíz, porque te hace creer que la vida depende solo de lo que tienes, y así te olvidas de Dios que viene a tu encuentro y al de quien está a tu lado.  El Señor viene, pero sigues más los gustos que te apetecen; el hermano llama a tu puerta, pero te molesta porque perturba tus planes, y esa es la actitud egoísta del consumismo. En el Evangelio, cuando Jesús señala los peligros por la fe, no se preocupa de los enemigos poderosos, de las hostilidades y persecuciones. Todo esto pasó, pasa y pasará, pero no debilita la fe. El auténtico peligro, en cambio, es el que anestesia el corazón: es depender del consumo, es dejarse pesar y disipar el corazón por las necesidades (cfr. Lc 21,34).
Entonces se vive de cosas y ya no se sabe por qué; se tienen muchos bienes pero ya no se hace el bien; las casas se llenan de cosas pero se vacían de hijos. Ese es el drama de hoy: casas llenas de cosas pero vacías de hijos, el invierno demográfico que estamos sufriendo. Se pierde el tiempo en pasatiempos, pero no se tiene tiempo para Dios y para los demás. Y cuando se
vive para las cosas, las cosas nunca bastan, la avidez crece y los demás se convierten en obstáculos en la carrera y así se acaba sintiéndose amenazados y, siempre insatisfechos y enfadados, se alza el nivel del odio. “Yo quiero más, quiero más, quiero más...”. Lo vemos hoy donde el consumismo impera: ¡cuánta violencia, aunque sea solo verbal, cuánta rabia y ganas de buscar un enemigo a toda costa! Así, mientras el mundo está lleno de armas que provocan muertes, no nos damos cuenta de que seguimos armando el corazón de rabia.

De todo esto Jesús quiere despertarnos. Velar es no ceder al sueño que envuelve a todos. Vencer la tentación de que el sentido de la vida sea acumular

De todo esto Jesús quiere despertarnos. Lo hace con un verbo: «Velad» (Mt 24,42). “Estad atentos, velad”. Velar era el trabajo del centinela, que vigilaba estando despierto mientras todos dormían. Velar es no ceder al sueño que envuelve a todos. Para poder velar hay que tener una esperanza cierta: que la noche no durará siempre, que pronto llegará el alba. Y así es también para
nosotros: Dios viene y su luz iluminará incluso las tinieblas más espesas. Y a nosotros hoy nos toca vigilar, velar: vencer la tentación de que el sentido de la vida sea acumular –esa es una tentación; el sentido de la vida no es acumular–, a nosotros nos toca desenmascarar el engaño de que se es feliz si se tienen muchas cosas, resistir las luces deslumbrantes del consumo, que brillarán en todas partes este mes, y creer que la oración y la caridad no son tiempo perdido, sino los tesoros más grandes.
Cuando abrimos el corazón al Señor y a los hermanos, viene el bien precioso que las cosas nunca podrá darnos, y que Isaías anuncia en la primera Lectura, la paz: «De las espadas forjarán arados, de las lanzas, podaderas. No alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra» (Is 2,4). Son palabras que nos hacen pensar también en vuestra patria. Hoy rezamos por la
paz, gravemente amenazada en el este del país, especialmente en los territorios de Beni y de Minembwe, donde estallan conflictos, alimentados también desde fuera, en el silencio cómplice de tantos. Conflictos alimentados por los que se enriquecen vendiendo armas.

Hoy recordáis a una figura bellísima, la Beata Marie-Clémentine Anuarite Nengapeta, violentamente asesinada no antes de haber dicho a su verdugo, como Jesús: «¡Te perdono, porque no saben lo que haces!». Pidamos por su intercesión que, en nombre de Dios-Amor y con la ayuda de las poblaciones vecinas, se renuncie a las armas, por un futuro que ya no sea de los unos
contra los otros, sino los unos con los otros, y nos convirtamos de una economía que se sirve de la guerra a una economía que sirva a la paz.


Vida Cristiana

Rezo del Ángelus de Papa Francisco Jueves, 8 de diciembre de 2016 – Solemnidad de la Inmaculada



Ø Un no y un sí a Dios. El primer no, el no de los orígenes, el no humano, cuando el hombre prefirió
mirarse a sí mismo antes que a su Creador, quiso actuar por su cuenta, decidió ser autosuficiente. El  gran sì -  el del pecado era el no; este es el sí, es un gran sí -, el de María en el momento de la Anunciación. Por ese  Jesús comenzó su camino por las sendas de la humanidad; lo comenzó en María. El sí de María es un sí pleno, total, para toda la vida, sin condiciones.

Cfr. Rezo del Ángelus de Papa Francisco

Jueves, 8 de diciembre de 2016 – Solemnidad de la Inmaculada

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz fiesta! Las lecturas de la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María presentan dos pasajes cruciales en la historia de las relaciones entre hombre y Dios: podríamos decir que nos conducen al origen del bien y del mal. Esos dos pasajes nos llevan al origen del bien y del mal.

El Libro del Génesis muestra el primer no, el no de los orígenes, el no humano, cuando el hombre prefirió mirarse a sí mismo antes que a su Creador, quiso actuar por su cuenta, decidió ser autosuficiente. Pero, haciendo eso, saliendo de la comunión con Dios, se perdió a sí mismo y comenzó a tener miedo, a esconderse y a acusar a quien tenía al lado (cfr. Gen 3,10.12). Esos son los síntomas: el miedo es siempre un síntoma de no a Dios, indica que estoy diciendo no a Dios; acusar a los demás sin fijarse en sí mismo indica que me estoy alejando de Dios. Eso hace el pecado. Pero el Señor no deja al hombre a merced de su mal; en seguida lo busca y le dirige una pregunta llena de cariño: «¿Dónde estás?» (v. 9). Como si dijese: “Quieto, piensa: ¿dónde estás?”. Es la pregunta de un padre o de una madre que busca al hijo perdido: “¿Dónde estás? ¿En qué situación te has metido?”. Y eso lo hace Dios con mucha paciencia, hasta colmar la distancia creada desde los orígenes. Este es uno de los pasajes.

El segundo pasaje crucial, narrado hoy en el Evangelio, es cuando Dios viene a habitar entre nosotros, se hace hombre como nosotros. Y esto fue posible por medio de un gran sì —el del pecado era el no; este es el sí, es un gran sí—, el de María en el momento de la Anunciación. Por ese  Jesús comenzó su camino por las sendas de la humanidad; lo comenzó en María, transcurriendo los primeros meses de vida en el seno de su madre: no apareció ya adulto y fuerte, sino que siguió todo el recorrido de un ser humano. Se hizo en todo igual a nosotros, excepto una cosa, aquel no, excepto el pecado. Por eso eligió a María, la única criatura sin pecado, inmaculada. En el Evangelio, con una sola palabra, es llamada «llena de gracia» (Lc 1,28), es decir, colmada de gracia. Quiere decir que, en Ella, desde siempre llena de gracia, no hay sitio para el pecado. Y también nosotros, cuando nos dirigimos a Ella, reconocemos esa belleza: la invocamos “llena de gracia”, sin sombra de mal.

María respondió a la propuesta de Dios diciendo: «He aquí la esclava del Señor» (v. 38). No dice: “bueno, esta vez haré la voluntad de Dios, estoy disponible, pero luego ya veremos…”. No. El suyo es un sí pleno, total, para toda la vida, sin condiciones. Y así como el no de los orígenes cerró el paso del hombre a Dios, así el sí de María abrió el camino a Dios entre nosotros. Es el sí más importante de la historia, el sí humilde que da la vuelta al no soberbio de los orígenes, el sí fiel que cura la desobediencia, el sí disponible que rompe el egoísmo del pecado.

También para cada uno de nosotros hay una historia de salvación hecha de sí y de no a Dios. A veces, sin embargo, somos expertos en los medios sí: somos buenos para disimular no entender bien lo que Dios quiere y la conciencia nos sugiere. Somos incluso astutos, y para no decir un no rotundo a Dios decimos: “Perdona, pero no puedo”, “hoy no, quizá mañana”; “Mañana será mejor, mañana rezaré, haré el bien mañana”.


También para cada uno de nosotros hay una historia de salvación hecha de sí y de no a Dios. A veces, sin embargo, somos expertos en los medios sí: somos buenos para disimular no entender bien lo que Dios quiere y la conciencia nos sugiere. Somos incluso astutos, y para no decir un no rotundo a Dios decimos: “Perdona, pero no puedo”, “hoy no, quizá mañana”; “Mañana será mejor, mañana rezaré, haré el bien mañana”. Y esa argucia nos aleja del sí, nos aleja de Dios y nos lleva al no, al no del pecado, al no de la mediocridad. El famoso “sí, pero…”; “sí, Señor, pero….”. Y así cerramos la puerta al bien, y el mal se aprovecha de esos sí que faltan. Cada uno tiene una colección dentro. Pensemos, y encontraremos tantos sí que faltan. En cambio, cada sí pleno a Dios da origen a una historia nueva: decir sí a Dios es verdaderamente “original”, es origen; no el pecado, que nos hace viejos por dentro. ¿Habéis pensado esto, que el pecado nos envejece por dentro? ¡Nos envejece pronto! Cada sí a Dios origina historias de salvación para nosotros y para los demás. Como María con su sí.

En este camino de Adviento, Dios desea visitarnos y espera nuestro sí. Pensemos: ¿yo, hoy, qué sí debo decir a Dios? Pensémoslo, nos hará bien. Y encontraremos la voz del Señor dentro de Dios, que nos pide algo, un paso adelante. “Creo en Ti, espero en Ti, Te amo; cúmplase en mí tu voluntad de bien”. Eso es el sí. Con generosidad y confianza, como María, digamos hoy, cada uno, ese sí personal a Dios.



Vida Cristiana

Solemnidad de la Inmaculada Concepción (8 de diciembre de 2019).



[Chiesa/Omelie1/Madonna/Immacolata/InmaculadaY2ºAdvA19SíAlSeñorEncuentroCristo]

Ø Solemnidad de la Inmaculada Concepción (8 de diciembre de 2019). Ella dijo sí al proyecto del Señor.

La lucha en la historia entre el hombre y las fuerzas del mal y la victoria de Dios en el linaje de la mujer. El hombre vive con la sospecha de que el amor de Dios crea una dependencia, y que necesita desembarazarse de esta dependencia para ser plenamente él mismo. 2º Domingo de Adviento Ciclo A. (8 de diciembre de 2019). El.  encuentro con Jesús. Algunas características. Lugares de encuentro con Cristo. El cristianismo es una persona, una experiencia, un rostro. No os dejaré huérfanos… Yo estaré con vosotros hasta el fin del mundo.  


INTRODUCCIÓN: Este año coinciden, el 8 de diciembre, la solemnidad de la Inmaculada Concepción y el segundo domingo de Adviento, ciclo A. Los años en que  sucede esta coincidencia, se aplica en España la concesión que hizo la Santa Sede el año 2013, según fue solicitado por la Conferencia Episcopal española: en vez de trasladar la solemnidad de la Inmaculada al lunes siguiente, se permitió que se celebrase la solemnidad de la Inmaculada el día 8, pero, para no perder el sentido del domingo segundo, la segunda lectura de la Misa debía ser la correspondiente el segundo domingo de Adviento. También: a) en la homilía se debe hacer mención del Adviento b) en la Oración universal, una petición con el sentido del Adviento,  y concluir asimismo con la oración colecta del domingo.

Primera Lectura, de la Solemnidad: Génesis 3, 9-15.20;  segunda Lectura del 2º domingo de Adviento, Ciclo A: Romanos 15, 4-9; Evangelio de la Solemnidad  Lucas 1, 26-38.

La Virgen dice "sí" al Señor, se pone plenamente a su disposición,
y así se convierte en el templo vivo de Dios.
(Benedicto XVI, Homilía, 8 de diciembre de 2005)
Dijo entonces María: He aquí la esclava del Señor,
hágase en mí según tu palabra.
(Evangelio, Lucas 1, 38)

1. Significado de la “Inmaculada”: dos imágenes

     8 de diciembre 2005.

Primera imagen. El relato del anuncio a María: el Señor está en ella; ella dice sí al Señor.

Ella es la casa viva de Dios, que no habita en edificios de piedra, sino en el corazón del hombre vivo.

Pero ahora debemos preguntarnos: ¿Qué significa "María, la Inmaculada"? ¿Este título tiene algo que decirnos? La liturgia de hoy nos aclara el contenido de esta palabra con dos grandes imágenes. Ante todo, el relato maravilloso del anuncio a María, la Virgen de Nazaret, de la venida del Mesías.
El saludo del ángel está entretejido con hilos del Antiguo Testamento, especialmente del profeta Sofonías. Nos hace comprender que María, la humilde mujer de provincia, que proviene de una estirpe sacerdotal y lleva en sí el gran patrimonio sacerdotal de Israel, es el "resto santo" de Israel, al que hacían referencia los profetas en todos los períodos turbulentos y tenebrosos. En ella está presente la verdadera Sión, la pura, la morada viva de Dios. En ella habita el Señor, en ella encuentra el lugar de su descanso. Ella es la casa viva de Dios, que no habita en edificios de piedra, sino en el corazón del hombre vivo.

Ella dice "sí" al Señor, se pone plenamente a su disposición, y así se convierte en el templo vivo de Dios.

Ella es el retoño que, en la oscura noche invernal de la historia, florece del tronco abatido de David. En ella se cumplen las palabras del salmo: "La tierra ha dado su fruto" (Sal 67, 7). Ella es el vástago, del que deriva el árbol de la redención y de los redimidos. Dios no ha fracasado, como podía parecer al inicio de la historia con Adán y Eva, o durante el período del exilio babilónico, y como parecía nuevamente en el tiempo de María, cuando Israel se había convertido en un pueblo sin importancia en una región ocupada, con muy pocos signos reconocibles de su santidad. Dios no ha

fracasado. En la humildad de la casa de Nazaret vive el Israel santo, el resto puro. Dios salvó y salva a su pueblo. Del tronco abatido resplandece nuevamente su historia, convirtiéndose en una nueva fuerza viva que orienta e impregna el mundo. María es el Israel santo; ella dice "sí" al Señor, se pone plenamente a su disposición, y así se convierte en el templo vivo de Dios.

Segunda imagen, del libro del Génesis: se predice que, durante la historia, continuará la lucha entre el hombre y la serpiente, es decir entre el hombre y las fuerzas del mal y de la muerte; y se anuncia que “el linaje” de la mujer un día vencerá y así, mediante el hombre, Dios vencerá. .

La lucha en la historia entre el hombre y las fuerzas del mal. El hombre vive con la sospecha de que el amor de Dios crea una dependencia, y no se fía de él.

§ El hombre, tentado por las palabras de la serpiente, abriga la sospecha de que Dios, en definitiva, le quita algo de su vida, de que es un competidor que limita nuestra libertad.
La segunda imagen es mucho más difícil y oscura. Esta metáfora, tomada del libro del Génesis, nos habla de una gran distancia histórica, que sólo con esfuerzo se puede aclarar; sólo a lo largo de la historia ha sido posible desarrollar una comprensión más profunda de lo que allí se refiere. Se predice que, durante toda la historia, continuará la lucha entre el hombre y la serpiente, es decir, entre el hombre y las fuerzas del mal y de la muerte. Pero también se anuncia que "el linaje" de la mujer un día vencerá y aplastará la cabeza de la serpiente, la muerte; se anuncia que el linaje de la mujer —y en él la mujer y la madre misma— vencerá, y así, mediante el hombre, Dios vencerá. Si junto con la Iglesia creyente y orante nos ponemos a la escucha ante este texto, entonces podemos comenzar a comprender qué es el pecado original, el pecado hereditario, y también cuál es la defensa contra este pecado hereditario, qué es la redención.
¿Cuál es el cuadro que se nos presenta en esta página? El hombre no se fía de Dios. Tentado por las palabras de la serpiente, abriga la sospecha de que Dios, en definitiva, le quita algo de su vida, que Dios es un competidor que limita nuestra libertad, y que sólo seremos plenamente seres humanos cuando lo dejemos de lado; es decir, que sólo de este modo podemos realizar plenamente nuestra libertad.
El hombre vive con la sospecha de que el amor de Dios crea una dependencia y que necesita desembarazarse de esta dependencia para ser plenamente él mismo. El hombre no quiere recibir de Dios su existencia y la plenitud de su vida. Él quiere tomar por sí mismo del árbol del conocimiento el poder de plasmar el mundo, de hacerse dios, elevándose a su nivel, y de vencer con sus fuerzas a la muerte y las tinieblas. No quiere contar con el amor que no le parece fiable; cuenta únicamente con el conocimiento, puesto que le confiere el poder. Más que el amor, busca el poder, con el que quiere dirigir de modo autónomo su vida. Al hacer esto, se fía de la mentira más que de la verdad, y así se hunde con su vida en el vacío, en la muerte.

La libertad de un ser humano es la de un ser limitado, por tanto es limitada.

Amor no es dependencia, sino don que nos hace vivir. La libertad de un ser humano es la libertad de un ser limitado y, por tanto, es limitada ella misma. Sólo podemos poseerla como libertad compartida, en la comunión de las libertades: la libertad sólo puede desarrollarse si vivimos, como debemos, unos con otros y unos para otros. Vivimos como debemos, si vivimos según la verdad de nuestro ser, es decir, según la voluntad de Dios. Porque la voluntad de Dios no es para el hombre una ley impuesta desde fuera, que lo obliga, sino la medida intrínseca de su naturaleza, una medida que está inscrita en él y lo hace imagen de Dios, y así criatura libre.
Si vivimos contra el amor y contra la verdad —contra Dios—, entonces nos destruimos recíprocamente y destruimos el mundo. Así no encontramos la vida, sino que obramos en interés de la muerte. Todo esto está relatado, con imágenes inmortales, en la historia de la caída original y de la expulsión del hombre del Paraíso terrestre.

2. En el relato del Génesis no sólo se describe la historia del inicio, sino también la historia de todos los tiempos. Todos llevamos dentro de nosotros una gota del veneno de ese modo de pensar.

 Cfr. Benedicto XVI, Homilía en la Misa de la celebración de los cuarenta años de la clausura del Concilio Vaticano II,
 8 de diciembre 2005.
Queridos hermanos y hermanas, si reflexionamos sinceramente sobre nosotros mismos y sobre nuestra historia, debemos decir que con este relato no sólo se describe la historia del inicio, sino también la historia de todos los tiempos, y que todos llevamos dentro de nosotros una gota del veneno de ese modo de pensar  reflejado en las imágenes del libro del Génesis. Esta gota de veneno la llamamos pecado original.

La sospecha de que quien no peca es aburrido; de que un poco de mal es bueno para experimentar la plenitud del ser.

Precisamente en la fiesta de la Inmaculada Concepción brota en nosotros la sospecha de que una persona que no peca para nada, en el fondo es aburrida; que le falta algo en su vida: la dimensión dramática de ser autónomos; que la libertad de decir no, el bajar a las tinieblas del pecado y querer actuar por sí mismos forma parte del verdadero hecho de ser hombres; que sólo entonces se puede disfrutar a fondo de toda la amplitud y la profundidad del hecho de ser hombres, de ser verdaderamente nosotros mismos; que debemos poner a prueba esta libertad, incluso contra Dios, para llegar a ser realmente nosotros mismos. En una palabra, pensamos que en el fondo el mal es bueno, que lo necesitamos, al menos un poco, para experimentar la plenitud del ser.
Pensamos que Mefistófeles —el tentador— tiene razón cuando dice que es la fuerza "que siempre quiere el mal y siempre obra el bien" (Johann Wolfgang von Goethe, Fausto I, 3). Pensamos que pactar un poco con el mal, reservarse un poco de libertad contra Dios, en el fondo está bien, e incluso que es necesario.

Pero hemos de reconocer que no es así: el mal envenena.

§ El mal envilece y humilla; quien se abandona en Dios no se convierte en un títere de Dios, en una persona aburrida y conformista, no pierde su libertad. 
Pero al mirar el mundo que nos rodea, podemos ver que no es así, es decir, que el mal envenena siempre, no eleva al hombre, sino que lo envilece y lo humilla; no lo hace más grande, más puro y más rico, sino que lo daña y lo empequeñece. En el día de la Inmaculada debemos aprender más bien esto: el hombre que se abandona totalmente en las manos de Dios no se convierte en un títere de Dios, en una persona aburrida y conformista; no pierde su libertad. Sólo el hombre que se pone totalmente en manos de Dios encuentra la verdadera libertad, la amplitud grande y creativa de la libertad del bien. El hombre que se dirige hacia Dios no se hace más pequeño, sino más grande, porque gracias a Dios y junto con él se hace grande, se hace divino, llega a ser verdaderamente él mismo. El hombre que se pone en manos de Dios no se aleja de los demás, retirándose a su salvación privada; al contrario, sólo entonces su corazón se despierta verdaderamente y él se transforma en una persona sensible y, por tanto, benévola y abierta.
§ Cuanto más cerca está el hombre de Dios, tanto más cerca está de los hombres.
Cuanto más cerca está el hombre de Dios, tanto más cerca está de los hombres. Lo vemos en María. El hecho de que está totalmente en Dios es la razón por la que está también tan cerca de los hombres. Por eso puede ser la Madre de todo consuelo y de toda ayuda, una Madre a la que todos, en cualquier necesidad, pueden osar dirigirse en su debilidad y en su pecado, porque ella lo comprende todo y es para todos la fuerza abierta de la bondad creativa.
En ella Dios graba su propia imagen, la imagen de Aquel que sigue la oveja perdida hasta las montañas y hasta los espinos y abrojos de los pecados de este mundo, dejándose herir por la corona de espinas de estos pecados, para tomar la oveja sobre sus hombros y llevarla a casa.
§ María nos dice que hay que ser valientes: osar con Dios, no tenerle miedo.
Como Madre que se compadece, María es la figura anticipada y el retrato permanente del Hijo. Y así vemos que también la imagen de la Dolorosa, de la Madre que comparte el sufrimiento y el amor, es una verdadera imagen de la Inmaculada. Su corazón, mediante el ser y el sentir con Dios, se ensanchó. En ella, la bondad de Dios se acercó y se acerca mucho a nosotros. Así, María está ante nosotros como signo de consuelo, de aliento y de esperanza. Se dirige a nosotros, diciendo: "Ten la valentía de osar con Dios. Prueba. No tengas miedo de él. Ten la valentía de arriesgar con la fe. Ten la valentía de arriesgar con la bondad. Ten la valentía de arriesgar con el corazón puro. Comprométete con Dios; y entonces verás que precisamente así tu vida se ensancha y se ilumina, y no resulta aburrida, sino llena de infinitas sorpresas, porque la bondad infinita de Dios no se agota jamás".
En este día de fiesta queremos dar gracias al Señor por el gran signo de su bondad que nos dio en María, su Madre y Madre de la Iglesia. Queremos implorarle que ponga a María en nuestro camino como luz que nos ayude a convertirnos también nosotros en luz y a llevar esta luz en las noches de la historia. Amén.

3. María acoge con fidelidad  la misión que Dios le encomienda.

Esta adhesión a Dios al proyecto de Dios se llama, en la Iglesia Católica, la «obediencia de la fe», que es la cooperación  libre y activa con el proyecto salvífico de Dios.

La autodefinición de «sierva»/«esclava» es expresión de la radical adhesión al Señor.   

· Es llamada por el ángel Gabriel «llena de gracia» (Lc 1, 28), y ella responde llamándose a sí misma «la
esclava del Señor» (Lc 1, 38).
· Alguien ha escrito que esa autodefinición de María, sierva, en el lenguaje bíblico no es “tanto una
expresión de humildad como la alegre y solemne decisión de adherir radicalmente, sin reservas y reticencias, al Señor. En su vida ha adherido siempre totalmente al proyecto de Dios”.
· Catecismo de la Iglesia Católica, n.  149: “Durante toda su vida, y hasta su última prueba (Cf Lucas
2,35), cuando Jesús, su hijo, murió en la cruz, su fe no vaciló. María no cesó de creer en el «cumplimiento» de la palabra de Dios.  Por todo ello, la Iglesia venera en María la realización más pura de la fe.”
· San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 172. Con  otras palabras: por  esa obediencia a la palabra de Dios,
María es considerada como prototipo ideal del creyente. “El valor sobrenatural de nuestra vida no depende de que sean realidad las grandes hazañas que a veces forjamos con la imaginación, sino de la aceptación fiel de la voluntad divina”.
· S. Biblia, antiguo Testamento, Libros poéticos y sapienciales, Eunsa 2001, Salmo 123,2.  En la
Escritura, y más concretamente en el Antiguo Testamento, con la palabra siervo o esclavo se quiere
resaltar - más allá de la resonancia que esas palabras puedan tener en nuestra época – “la total dependencia del pueblo respecto a Dios, su único Señor, del que le viene todo bien. En la actitud del esclavo podemos ver también una invitación a estar pendientes del Señor en toda circunstancia, a buscar su presencia de continuo y vivir con el corazón puesto en él”.
Valga como ejemplo, lo que se nos dice en el Salmo 123: “Como los ojos de los esclavos miran a las manos de sus señores, como los ojos de la esclava, a la mano de su señora, así miran nuestros ojos al Señor nuestro Dios, hasta que se apiade de nosotros”. Se ha escrito que aquí lo que cuenta es la actitud,  “la espera continua, el recurso confiado y el anhelo permanente” (cfr  La Casa de la Biblia, Comentario al Antiguo Testamento, 1997, Salmo 123), una actitud necesaria para cooperar con el proyecto de Dios.

La «obediencia de la fe», o adhesión de la fe, en la Virgen al proyecto de Dios.

· En la Iglesia Católica esa actitud de adhesión al proyecto de Dios,  se llama «obediencia de la fe»
(Romanos 1,5), o adhesión de fe,  que viene así descrita por lo que se refiere a la Virgen en el Catecismo, n.  148: “La Virgen María realiza de la manera más perfecta la obediencia de la fe. En la fe, María acogió el anuncio y la promesa que le traía el ángel Gabriel, creyendo que «nada es imposible para Dios» (Lucas 1, 37) (Cf Gn 18, 14) y dando su asentimiento: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 38). Isabel la saludó: «¡Dichosa la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!» (Lc 1, 45).  Por esta fe todas las generaciones la proclamarán bienaventurada (Cf Lucas 1,48).”

El Concilio Vaticano II, expresa de este modo sintético la cooperación activa de María a los planes de Dios

· “Abrazando la voluntad salvífica de Dios, con generoso corazón y sin el impedimento de pecado alguno,
se consagró totalmente a sí misma, cual esclava del Señor, a la Persona y a la obra de su Hijo, sirviendo bajo El y con El, por la gracia de Dios omnipotente, al misterio de la Redención. Con razón, pues, los Santos Padres consideran a María, no como un mero instrumento pasivo en las manos de Dios, sino como cooperadora a la salvación humana por la libre fe y obediencia. Porque ella, como dice San Ireneo (Ad. Haer., III, 22, 4: PG 7, 959 A; Harvey, 2, 123), "obedeciendo fue causa de su salvación propia y de la de todo el género humano" . Por eso no pocos Padres antiguos en su predicación, gustosamente afirman con él: "El nudo de la desobediencia de Eva fue desatado por la obediencia de María: lo que ató la virgen Eva por la incredulidad, la Virgen María lo desató por la fe"(S. Ireneo, ibidem; Harvey, 2, 124); y comparándola con Eva, llaman a María "Madre de los vivientes" (S. Epifanio, Haer., 78, 18: PG 42, 728 CD-729 AB), y afirman con mucha frecuencia: "la muerte vino por Eva, por María la vida" (S. Jerónimo, Epist., 22, 21: PL 22, 408. Cf. S. Agustín, Serm., 51, 2, 3: PL 38, 335; Serm., 232, 2: col. 1.108. S. Cirilo de Jer., Catech., 12, 15: PG 33, 741 AB. S. Juan Crisóstomo, In Ps., 44, 7: PG 55, 193. S. Juan Damasceno, Hom., 2 in dorm., B. M. V., 3: PG 96, 728)”. (Lumen gentium, 56).

La grandeza  y repercusión  de la cooperación de María al proyecto de Dios, es descrita de modo muy elocuente y breve por Juan Pablo II, en el documento sobre el tercer milenio:  

· “La respuesta de María al mensaje angélico fue clara: « He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu
palabra » (1, 38). Nunca en la historia del hombre tanto dependió, como entonces, del consentimiento de la criatura humana. (Tertio millenio adveniente, 2).

Esa obediencia en la fe, «haced lo que él os diga», es el «telón de fondo» de los Misterios de Luz, propuestos por Juan Pablo II, para el rezo del Rosario.

· «Haced lo que él os diga» (Juan 2,5) “se convierte en su gran invitación materna dirigida a la Iglesia de
todos los tiempos. Es una exhortación que introduce muy bien las palabras y signos de Cristo durante su vida pública, siendo como el telón de fondo mariano de todos los «misterios de luz».” (Juan Pablo II, Carta Apostólica Rosarium Virginis Mariae, 16/10/02, n. 21)







Segundo domingo de Adviento, Ciclo A
8 de diciembre de 2019
Isaías 11, 1-10; Romanos 15, 4-9; Mateo 3, 1-12

INTRODUCCIÓN: Este año coinciden, el 8 de diciembre, la solemnidad de la Inmaculada Concepción y el segundo domingo de Adviento, ciclo A. Los años en que  sucede esta coincidencia, se aplica en España la concesión que hizo la Santa Sede el año 2013, según fue solicitado por la Conferencia Episcopal española: en vez de trasladar la solemnidad de la Inmaculada al lunes siguiente, se permitió que se celebrase la solemnidad de la Inmaculada el día 8, pero, para no perder el sentido del domingo segundo, la segunda lectura de la Misa debía ser la correspondiente el segundo domingo de Adviento. También: a) en la homilía se debe hacer mención del Adviento b) en la Oración universal, una petición con el sentido del Adviento,  y concluir asimismo con la oración colecta del domingo.

Segunda Lectura, Romanos 15, 4-9: 4 Todo lo que se escribió en el pasado, se escribió para enseñanza nuestra,
a fin de que a través de nuestra paciencia y del consuelo que dan las Escrituras mantengamos la esperanza. 5 Que el Dios de la paciencia y del consuelo os conceda tener entre vosotros los mismos sentimientos, según Cristo Jesús; 6 de este modo, unánimes, a una voz, glorificaréis al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo. 7 Por eso, acogeos mutuamente, como Cristo os acogió para gloria de Dios. 8 Es decir, Cristo se hizo servidor de la circuncisión en atención a la fidelidad de Dios, para llevar a cumplimiento las promesas hechas a los patriarcas 9 y, en cuanto a los gentiles, para que glorifiquen a Dios por su misericordia; como está escrito: Por esto te alabaré entre los gentiles y cantaré para tu nombre.
Oración Colecta del 2º domingo de Adviento: Señor todopoderoso, rico en misericordia, cuando salimos animosos
al encuentro de tu Hijo, no permitas que lo impidan  los afanes de este mundo; guíanos hasta él con sabiduría divina  para que podamos  participar  plenamente de su vida.

Que el Dios de la paciencia y del consuelo
os conceda tener entre vosotros los mismos sentimientos,
según Cristo Jesús
(Segunda Lectura)
Salir animosos al encuentro de Jesús
para poder participar plenamente de su vida
(Oración colecta)

ALGUNAS CARACTERÍSTICAS DEL ENCUENTRO CON JESÚS
Cfr. Un texto del Catecismo de la Iglesia Católica: n. 65
Algunos textos de Juan Pablo II
 sobre lugares de encuentro con Cristo

CRISTO ES LA PALABRA ÚNICA, PERFECTA E INSUPERABLE DEL PADRE

 

4. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 65 - 11 octubre 1992 [nueva redacción]

CRISTO JESUS, «MEDIADOR Y PLENITUD DE TODA LA REVELACION» (DV 2) -
Dios ha dicho todo en su Verbo
«De una manera fragmentaria y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por su Hijo» (Hb 1, 1-2). Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre, es la Palabra única, perfecta e insuperable del Padre. En El lo dice todo, no habrá otra palabra más que ésta. S. Juan de la Cruz, después de otros muchos, lo expresa de manera luminosa, comentando Hb 1, 1-2:
Porque en darnos, como nos dio a su Hijo, que es una Palabra suya, que no tiene otra, todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra, y no tiene más que hablar. Porque lo que hablaba antes en partes a los profetas ya lo ha hablado todo en El, dándonos al Todo, que es su Hijo. Por lo cual, el que ahora quisiese preguntar a Dios, o querer alguna visión o revelación,  no sólo haría una necedad, sino haría agravio a Dios, no poniendo los ojos totalmente en Cristo, sin querer otra alguna cosa o novedad (San Juan de la Cruz, Subida del monte Carmelo 2,22, 3-5: Biblioteca Mística Carmelitana, v.11 (Burgos 1929), p. 184).

LUGARES DE ENCUENTRO CON CRISTO


5. Juan Pablo II: Exhortación apostólica  postsinodal  «Ecclesia in America», 22 enero 1999

n.12. Contando con el auxilio de María, la Iglesia en América desea conducir a los hombres y mujeres de este Continente al encuentro con Cristo, punto de partida para una auténtica conversión y para una renovada comunión y solidaridad. Este encuentro contribuirá eficazmente a consolidar la fe de muchos católicos, haciendo que madure en fe convencida, viva y operante.
Para que la búsqueda de Cristo presente en su Iglesia no se reduzca a algo meramente abstracto, es necesario mostrar los lugares y momentos concretos en los que, dentro de la Iglesia, es posible encontrarlo. La reflexión de los Padres sinodales a este respecto ha sido rica en sugerencias y observaciones.
Ellos han señalado, en primer lugar, « la Sagrada Escritura leída a la luz de la Tradición, de los Padres y del Magisterio, profundizada en la meditación y la oración ».(24) Se ha recomendado fomentar el conocimiento de los Evangelios, en los que se proclama, con palabras fácilmente accesibles a todos, el modo como Jesús vivió entre los hombres. La lectura de estos textos sagrados, cuando se escucha con la misma atención con que las multitudes escuchaban a Jesús en la ladera del monte de las Bienaventuranzas o en la orilla del lago de Tiberíades mientras predicaba desde la barca, produce verdaderos frutos de conversión del corazón.
Un segundo lugar para el encuentro con Jesús es la sagrada Liturgia.(25) Al Concilio Vaticano II debemos una riquísima exposición de las múltiples presencias de Cristo en la Liturgia, cuya importancia debe llevar a hacer de ello objeto de una constante predicación: Cristo está presente en el celebrante que renueva en el altar el mismo y único sacrificio de la Cruz; está presente en los Sacramentos en los que actúa su fuerza eficaz. Cuando se proclama su palabra, es Él mismo quien nos habla. Está presente además en la comunidad, en virtud de su promesa: « Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos » (Mt 18, 20). Está presente « sobre todo bajo las especies eucarísticas ».(26) Mi predecesor Pablo VI creyó necesario explicar la singularidad de la presencia real de Cristo en la Eucaristía, que « se llama “real” no por exclusión, como si las otras presencias no fueran “reales”, sino por antonomasia, porque es substancial ».(27) Bajo las especies de pan y vino, « Cristo todo entero está presente en su “realidad física” aún corporalmente ».(28)
La Escritura y la Eucaristía, como lugares de encuentro con Cristo, están sugeridas en el relato de la aparición del Resucitado a los dos discípulos de Emaús. Además, el texto del Evangelio sobre el juicio final (cf. Mt 25, 31-46), en el que se afirma que seremos juzgados sobre el amor a los necesitados, en quienes misteriosamente está presente el Señor Jesús, indica que no se debe descuidar un tercer lugar de encuentro con Cristo: « Las personas, especialmente los pobres, con los que Cristo se identifica ».(29) Como recordaba el Papa Pablo VI, al clausurar el Concilio Vaticano II, « en el rostro de cada hombre, especialmente si se ha hecho transparente por sus lágrimas y por sus dolores, podemos y debemos reconocer el rostro de Cristo (cf. Mt 25, 40), el Hijo del hombre ».(30)

(24) Propositio 4; (25) Cf. ibíd.;(26) Conc. Ecum. Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, 7; (27) Enc. Mysterium fidei (3 de septiembre de 1965): AAS 57 (1965), 764; (28) Ibíd., l.c., 766; (29) Propositio 4; (30) Discurso en la última sesión pública del Concilio Vaticano II (7 de diciembre de 1965): AAS 58 (1966), 58.



EL ENCUENTRO DECISIVO CON CRISTO, PALABRA HECHA CARNE

6. Juan Pablo II: Audiencia general, miércoles 9 agosto 2000 


1. En nuestras precedentes reflexiones, hemos seguido a la humanidad en su encuentro con Dios quien la ha creado y se ha echado a sus caminos para buscarla. Hoy meditaremos en el encuentro supremo entre Dios y el hombre, que tiene lugar en Jesucristo, la Palabra divina, que se hace carne y pone su morada entre nosotros (cf. Juan 1, 14). La revelación definitiva de Dios --como observaba en el siglo II san Ireneo, obispo de Lyón--, se cumplió «cuando el verbo se hizo hombre, haciéndose semejante al hombre y al hombre semejante a él, para que, a través de la semejanza con el Hijo, el hombre llegara a ser precioso ante los ojos del Padre» («Adversus Haereses» V, 16, 2). Este abrazo íntimo entre la divinidad y la humanidad, que san Bernardo compara con el «beso» del que habla el Cantar de los Cantares (cf. «Sermones super Cantica canticorum» II), se extiende de la persona de Cristo a quienes entran en contacto con él. Este encuentro de amor manifiesta varias dimensiones que ahora trataremos de ilustrar.

2. Es un encuentro que tiene lugar en la vida cotidiana, en el tiempo y  en el espacio. Es sugerente, en este sentido, el pasaje del Evangelio de Juan que acabamos de leer (cf. Juan 1, 35-42). En él encontramos una indicación cronológica precisa de un día y de una hora, de una localidad y de una casa, en la que residía Jesús. Hombres de vida sencilla que son transformados, incluso en su mismo nombre, por aquel encuentro. Una vida atravesada por Cristo significa, de hecho, un profundo cambio en la propia historia y en los propios proyectos. Cuando aquellos pescadores de Galilea se encuentran con Jesús en la playa del lago y escuchan su llamada, «llevaron a tierra las barcas y, dejándolo todo, le siguieron» (Lucas 5, 11). Es un cambio radical que no admite titubeos y encamina por una senda llena de dificultades, pero es sumamente liberador: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame» (Mateo 16, 24).

3. Cuando se cruza con la vida de una persona, Cristo provoca inquietud en su conciencia, lee en su corazón, como sucede con la Samaritana, a quien le dice «todo lo que ha hecho» (cf. Juan 4, 29). En especial, hace brotar el arrepentimiento y el amor, como le sucede a Zaqueo, quien da la mitad de sus bienes a los pobres y restituye cuatro veces más de lo que ha defraudado (cf. Lucas 19, 8). Esto mismo le sucede a la pecadora arrepentida a la que se le perdonan los pecados «porque mucho ha amado» (Lucas 7, 47) y a la adúltera a quien, en lugar de juzgarla, le exhorta a llevar una nueva existencia lejos del pecado (cf. Juan 8, 11). El encuentro con Jesús es semejante a una regeneración: da origen a la nueva criatura, capaz de un verdadero culto, que consiste en la adoración del Padre «en espíritu y en verdad» (Juan 4, 23-24). Encontrar a Cristo en la senda de la propia vida significa con frecuencia encontrar la curación física. A sus mismos discípulos Jesús les confiará la misión de anunciar el reino de Dios, la conversión y el perdón de los pecados (cf. Lucas 24, 47), pero también la de curar a los enfermos, liberar de todo mal, consolar y apoyar. De hecho, los discípulos «predicaban la conversión; expulsaban a muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban» (Marcos 6, 12-13). Cristo ha venido para buscar, encontrar y salvar al hombre entero. Como condición para la salvación, Jesús exige la fe, con la que uno se abandona plenamente en Dios, que actúa en él. De hecho, a la mujer que padecía flujo de sangre y, que como última esperanza había tocado la orla de su manto, le dice «Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu enfermedad» (Marcos, 5, 34).

4. La venida de Cristo entre nosotros tiene el objetivo de llevarnos al Padre. De hecho, «A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha revelado» (Juan 1, 18). Esta revelación histórica, cumplida por Jesús con gestos y palabras, nos alcanza profundamente a través de la acción interior del Padre (cf. Mateo 16, 17; Juan 6, 44-45) y la iluminación del Espíritu Santo (cf. Juan 14, 26; 16,13). Por eso, Jesús resucitado la difunde como principio de remisión de los pecados (cf. Juan 20, 22-23) y manantial del amor divino en nosotros (cf. Romanos 5, 5). De este modo, se da una comunión trinitaria que comienza ya durante la existencia terrena y que tiene como meta la plenitud de la visión, cuando «seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es» (1 Juan 3, 2). 5. Ahora, Cristo sigue caminando junto a nosotros a través de los senderos de la historia, en virtud de su promesa: «he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mateo 28, 20). Está presente a través de su Palabra, «Palabra que llama, que invita, que interpela personalmente, como sucedió en el caso de los apóstoles. Cuando la Palabra toca a una persona, nace la obediencia, es decir la escucha que cambia la vida. Cada día (el fiel) se alimenta del pan de la Palabra. Privado de él, está como muerto, y ya no tiene nada que comunicar a sus hermanos, porque la Palabra es Cristo» («Orientale lumen», n. 10). Cristo está presente, además, en la Eucaristía, fuente de amor, de unidad y de salvación. Resuenan constantemente en nuestras iglesias las palabras que él pronunció un día en la sinagoga de la ciudad de Cafarnaúm, en el lago Tiberíades. Son palabras de esperanza y de vida: «El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día [...] El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él» (Juan 6, 54.56).


ENCUENTRO CON CRISTO: CONDICIONES Y CARACTERÍSTICAS

 

7. Juan Pablo II: Audiencia general del 06/09/2000

1. El encuentro con Cristo cambia radicalmente la vida de una persona, la impulsa a la metánoia o conversión profunda de la mente y del corazón, y establece una comunión de vida que se transforma en seguimiento. En los evangelios el seguimiento se expresa con dos actitudes: la primera consiste en "acompañar" a Cristo (akoloutheîn); la segunda, en "caminar detrás" de él, que guía, siguiendo sus huellas y su dirección (érchesthai opíso). Así, nace la figura del discípulo, que se realiza de modos diferentes. Hay quien sigue de manera aún genérica y a menudo superficial, como la muchedumbre (cf. Mc 3, 7; 5, 24; Mt 8, 1. 10; 14, 13; 19, 2; 20, 29). Están los pecadores (cf. Mc 2, 14-15); muchas veces se menciona a las mujeres que, con su servicio concreto, sostienen la misión de Jesús (cf. Lc 8, 2-3; Mc 15, 41). Algunos reciben una llamada específica por parte de Cristo y, entre ellos, una posición particular ocupan los Doce.
Por tanto, la tipología de los llamados es muy variada: gente dedicada a la pesca y a cobrar impuestos, honrados y
 pecadores, casados y solteros, pobres y ricos, como José de Arimatea (cf. Jn 19, 38), hombres y mujeres. Figura incluso el zelota Simón (cf. Lc 6, 15), es decir, un miembro de la oposición revolucionaria antirromana. También hay quien rechaza la invitación, como el joven rico, el cual, al oír las palabras exigentes de Cristo, se entristeció y se marchó pesaroso, "porque era muy rico" (Mc 10, 22).

2. Las condiciones para recorrer el mismo camino de Jesús son pocas pero fundamentales. Como hemos escuchado en el pasaje evangélico que acabamos de leer, es necesario dejar atrás el pasado, cortar con él de modo determinante y realizar una metánoia en el sentido profundo del término: un cambio de mentalidad y de vida. El camino que propone Cristo es estrecho, exige sacrificio y la entrega total de sí: "El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga" (Mc 8, 34). Es un camino que conoce las espinas de las pruebas y de las persecuciones: "Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán" (Jn 15, 20). Es un camino que transforma en misioneros y testigos de la palabra de Cristo, pero exige de los apóstoles que "nada tomen para el camino: (...) ni pan, ni alforja, ni calderilla en la faja" (Mc 6, 8; cf. Mt 10, 9-10).

3. Así pues, el seguimiento no es un viaje cómodo por un camino llano. También pueden surgir momentos de desaliento, hasta el punto de que, en una circunstancia, "muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él" (Jn 6, 66), es decir, con Jesús, que se vio obligado a formular a los Doce una pregunta decisiva: "¿También vosotros queréis marcharos?" (Jn 6, 67). En otra circunstancia, cuando Pedro se rebela a la perspectiva de la cruz, Jesús lo reprende bruscamente con palabras que, según un matiz del texto original, podrían ser una invitación a "retirarse de su vista", después de haber rechazado la meta de la cruz: "¡Quítate de mi vista, Satanás! Tú piensas como los hombres, no como Dios" (Mc 8, 33).
Aunque Pedro corre siempre el riesgo de traicionar, al final seguirá a su Maestro y Señor con el amor más generoso. En efecto, a orillas del lago de Tiberíades, Pedro hará su profesión de amor: "Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero". Y Jesús le anunciará "la clase de muerte con que iba a glorificar a Dios", repitiendo dos veces: "Sígueme" (Jn 21, 17. 19. 22).
El seguimiento se expresa de modo especial en el discípulo amado, que entra en intimidad con Cristo, de quien recibe como don a su Madre y a quien reconoce una vez resucitado (cf. Jn 13, 23-26; 18, 15-16; 19, 26-27; 20, 2-8; 21, 2. 7. 20-24).
4. La meta última del seguimiento es la gloria. El camino consiste en la "imitación de Cristo", que vivió en el amor y murió por amor en la cruz. El discípulo "debe, por decirlo así, entrar en Cristo con todo su ser, debe "apropiarse" y asimilar toda la realidad de la Encarnación y de la Redención para encontrarse a sí mismo" (Redemptor hominis, 10). Cristo debe entrar en su yo para liberarlo del egoísmo y del orgullo, como dice a este propósito san Ambrosio: "Que Cristo entre en tu alma y Jesús habite en tus pensamientos, para cerrar todos los espacios al pecado en la tienda sagrada de la virtud" (Comentario al Salmo 118, 26).

5. Por consiguiente, la cruz, signo de amor y de entrega total, es el emblema del discípulo llamado a configurarse con Cristo glorioso. Un Padre de la Iglesia de Oriente, que es también un poeta inspirado, Romanos el Melódico, interpela al discípulo con estas palabras: "Tú posees la cruz como bastón; apoya en ella tu juventud. Llévala a tu oración, llévala a la mesa común, llévala a tu cama y por doquier como tu título de gloria. (...) Di a tu esposo que ahora se ha unido a ti: Me echo a tus pies. Da, en tu gran misericordia, la paz a tu universo; a tus Iglesias, tu ayuda; a los pastores, la solicitud; a la grey, la concordia, para que todos, siempre, cantemos nuestra resurrección" (Himno 52 "A los nuevos bautizados", estrofas 19 y 22).

LA CONTEMPLACIÓN DEL ROSTRO DE CRISTO

SE CENTRA EN LO QUE DE ÉL DICE LA SAGRADA ESCRITURA


8. 5. Juan Pablo II, Novo millennio ineunte, 17   6 enero 2001


17. La contemplación del rostro de Cristo se centra sobre todo en lo que de él dice la Sagrada Escritura que, desde el principio hasta el final, está impregnada de este misterio, señalado oscuramente en el Antiguo Testamento y revelado plenamente en el Nuevo, hasta el punto que san Jerónimo afirma con vigor: « Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo mismo ».8 Teniendo como fundamento la Escritura, nos abrimos a la acción del Espíritu (cf. Jn 15,26), que es el origen de aquellos escritos, y, a la vez, al testimonio de los Apóstoles (cf. ibíd., 27), que tuvieron la experiencia viva de Cristo, la Palabra de vida, lo vieron con sus ojos, lo escucharon con sus oídos y lo tocaron con sus manos (cf. 1 Jn 1,1). 

UNA PRESENCIA MUY ESPECIAL

 

9. Juan Pablo II, Encíclica “Ecclesia de Eucharistia”, 17 abril 2003, n. 15


15. La representación sacramental en la Santa Misa del sacrificio de Cristo, coronado por su resurrección, implica una presencia muy especial que –citando las palabras de Pablo VI– «se llama “real”, no por exclusión, como si las otras no fueran “reales”, sino por antonomasia, porque es sustancial, ya que por ella ciertamente se hace presente Cristo, Dios y hombre, entero e íntegro».22 Se recuerda así la doctrina siempre válida del Concilio de Trento: «Por la consagración del pan y del vino se realiza la conversión de toda la sustancia del pan en la sustancia del cuerpo de Cristo Señor nuestro, y de toda la sustancia del vino en la sustancia de su sangre. Esta conversión, propia y convenientemente, fue llamada transustanciación por la santa Iglesia Católica».23 Verdaderamente la Eucaristía es «mysterium fidei», misterio que supera nuestro pensamiento y puede ser acogido sólo en la fe, como a menudo recuerdan las catequesis patrísticas sobre este divino Sacramento. «No veas –exhorta san Cirilo de Jerusalén– en el pan y en el vino meros y naturales elementos, porque el Señor ha dicho expresamente que son su cuerpo y su sangre: la fe te lo asegura, aunque los sentidos te sugieran otra cosa».24
«Adoro te devote, latens Deitas», seguiremos cantando con el Doctor Angélico. Ante este misterio de amor, la razón humana experimenta toda su limitación. Se comprende cómo, a lo largo de los siglos, esta verdad haya obligado a la teología a hacer arduos esfuerzos para entenderla.
Son esfuerzos loables, tanto más útiles y penetrantes cuanto mejor consiguen conjugar el ejercicio crítico del pensamiento con la «fe vivida» de la Iglesia, percibida especialmente en el «carisma de la verdad» del Magisterio y en la «comprensión interna de los misterios», a la que llegan sobre todo los santos.25 La línea fronteriza es la señalada por Pablo VI: «Toda explicación teológica que intente buscar alguna inteligencia de este misterio, debe mantener, para estar de acuerdo con la fe católica, que en la realidad misma, independiente de nuestro espíritu, el pan y el vino han dejado de existir después de la consagración, de suerte que el Cuerpo y la Sangre adorables de Cristo Jesús son los que están realmente delante de nosotros».26

22 Carta. enc. Mysterium fidei (3 septiembre 1965): AAS 57 (1965), 764.
23 Ses. XIII, Decr. de ss. Eucharistia, cap. 4: DS 1642.
24 Catequesis mistagógicas, IV, 6: SCh 126, 138.
25 Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Dei Verbum, sobre la divina revelación, 8.
26 El «credo» del Pueblo de Dios (30 junio 1968), 25: AAS 60 (1968), 442-443.

JESUCRISTO VIVO EN LA IGLESIA


10.   Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Postsinodal «Ecclesia in Europa», 28 junio

2003, n. 22


22. Mirando a Cristo, los pueblos europeos podrán hallar la única esperanza que puede dar plenitud de sentido a la vida. También hoy lo pueden encontrar, porque Jesús está presente, vive y actúa en su Iglesia: Él está en la Iglesia y la Iglesia está en Él (cf. Jn 15, 1ss; Ga 3, 28; Ef 4, 15-16; Hch 9, 5). En ella, por el don del Espíritu Santo, continúa sin cesar su obra salvadora.39
Con los ojos de la fe podemos ver la misteriosa acción de Jesús en los diversos signos que nos ha dejado. Está presente, ante todo, en la Sagrada Escritura, que habla de Él en todas sus páginas (cf. Lc 24, 27.44-47). Pero de una manera verdaderamente única está presente en las especies eucarísticas. Esta « presencia se llama “real”, no por exclusión, como si las otras no fueran “reales”, sino por antonomasia, ya que es sustancial, ya que por ella ciertamente se hace presente Cristo, Dios y hombre, entero e íntegro ».40 En efecto, en la Eucaristía « se contiene verdadera, real y sustancialmente, el Cuerpo y la Sangre, juntamente con el alma y la divinidad, de nuestro Señor Jesucristo y, por ende, Cristo entero ».41 « Verdaderamente la Eucaristía es mysterium fidei, misterio que supera nuestro pensamiento y puede ser acogido sólo en la fe ».42 También es real la presencia de Jesús en las otras acciones litúrgicas que, en su nombre, celebra la Iglesia. Así ocurre en los Sacramentos, acciones de Cristo, que Él realiza a través de los hombres.43
Jesús está verdaderamente presente también en el mundo de otros modos, especialmente en sus discípulos que, fieles al doble mandamiento de la caridad, adoran a Dios en espíritu y en verdad (cf. Jn 4, 24), y testimonian con la vida el amor fraterno que los distingue como seguidores del Señor (cf. Mt 25, 31-46; Jn 13, 35; 15, 1-17).44

39 Carta. enc. Dominum et vivificantem (18 mayo 1986), 7: AAS 78 (1986), 816; Congregación para la Doctrina de la Fe, Decl. Dominus Iesus (6 agosto 2000), 16: AAS 92 (2000), 756-757.
40  Pablo VI, Carta enc. Mysterium fidei (3 septiembre 1965): AAS 57 (1965) 762-763. Cf. S. Congregación de ritos, Instr. Eucharisticum mysterium (25 mayo 1967), 9: AAS 59 (1967) 547; Catecismo de la Iglesia Católica, 1374.
41  Concilio Ecum. Tridentino, Decr. De SS. Eucharistia, can. 1: DS, 1651; cf. cap. 3: DS, 1641.
42  Carta enc. Ecclesia de Eucharistia (17 abril 2003), 15: L'Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, 18 abril 2003, p. 9.
43 Cf. San Agustín, In Ioannis Evangelium, Tractatus VI, cap. I, n. 7: PL 35,1428; San Juan Crisóstomo, Sobre la traición de Judas, 1, 6: PG 49, 380C.
44  Cf. Conc. ecum. Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, 7; Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 50; Pablo VI, Carta. enc. Mysterium fidei (3 septiembre 1965): AAS 57 (1965) 762-763; S. Congregación de ritos, Instr. Eucharisticum mysterium (25 mayo 1967), 9: AAS 59 (1967) 547; Catecismo de la Iglesia Católica, 1373-1374.

TOMEMOS  ESTE  LIBRO .... DEVORÉMOSLO (CF. AP 10,9) ......  ES ALIMENTO Y FUERZA


11. Juan Pablo II, Exhortación Apostólica “Ecclesia in Europa”, 28 junio 2003, n. 65

¨ El Evangelio: libro para la Europa de hoy y de siempre

65.  Al principio del Gran Jubileo del año 2000, al pasar por la Puerta Santa levanté ante la Iglesia y al mundo el libro de los Evangelios. Este gesto, realizado por cada Obispo en las diversas catedrales del mundo, debe indicar el compromiso que la Iglesia tiene hoy y siempre en nuestro Continente.
Iglesia en Europa, ¡entra en el nuevo milenio con el libro de los Evangelios! Que todos los fieles acojan la exhortación conciliar a « la lectura asidua de la Escritura para que adquieran la “sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús” (Flp 3, 8), “pues desconocer la Escritura es desconocer a Cristo” ».118 Que la Sagrada Biblia siga siendo un tesoro para la Iglesia y para todo cristiano: en el estudio atento de la Palabra encontraremos alimento y fuerza para llevar a cabo cada día nuestra misión.
¡Tomemos este Libro en nuestras manos! Recibámoslo del Señor que lo ofrece continuamente por medio de su Iglesia (cf. Ap 10, 8). Devorémoslo (cf. Ap 10, 9) para que se convierta en vida de nuestra vida. Gustémoslo hasta el fondo: nos costará, pero nos proporcionará alegría porque es dulce como la miel (cf. Ap 10, 9-10). Estaremos así rebosantes de esperanza y capaces de comunicarla a cada hombre y mujer que encontremos en nuestro camino.

«EL CRISTIANISMO ES UNA PERSONA, UNA PRESENCIA, UN ROSTRO»


12. Discurso de Juan Pablo II  a los jóvenes suizos, en el Palacio del Hielo de Berna, el

6 junio 2004


Yo os digo a vosotros, queridos jóvenes: no tengáis miedo de encontraros con Jesús. Es más, buscadle en la lectura atenta y disponible de la Sagrada Escritura, en la oración personal y comunitaria; buscadle en la participación activa en la Eucaristía; buscadle al encontraros con un sacerdote en el sacramento de la Reconciliación; buscadlo en la Iglesia, que se os manifiesta en los grupos parroquiales, en los movimientos y en las asociaciones; buscadlo en el rostro del hermano que sufre, que tiene necesidad o que es extranjero.
Esta búsqueda caracteriza la existencia de muchos jóvenes de vuestra edad en camino hacia la Jornada Mundial de la Juventud, que se celebrará en Colonia en verano del próximo Ya desde ahora os invito también a vosotros a esta gran cita de fe y de testimonio.
Como vosotros, yo también tuve veinte años. Me gustaba el deporte, esquiar, hacer teatro. Estudiaba y trabajaba. Tenía deseos y preocupaciones. En aquellos años que ya son lejanos, en tiempos en los que mi tierra natal estaba herida por la guerra y después por el régimen totalitario, buscaba el sentido que debía dar a mi vida. Lo encontré en el seguimiento del Señor Jesús.

NO OS DEJARÉ HUÉRFANOS ...

YO ESTARÉ CON VOSOTROS HASTA EL FIN DEL MUNDO


13.  Juan 14, 18: No os dejaré huérfanos, yo volveré a vosotros.

         Mateo 28,20: Sabed que yo estoy con vosotros hasta el fin del mundo.

14. Juan Pablo II, Encíclica «Dominum et vivificantem», n. 61

Esta nueva  «venida de Cristo, este continuo venir para estar con los apóstoles y con la Iglesia, este yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» ... se cumple por obra del Espíritu Santo, el cual hace que Cristo, que se ha ido, venga ahora y siempre de un modo nuevo. Esta nueva venida de Cristo por obra del Espíritu Santo y su constante presencia y acción en la vida espiritual, se realizan en la realidad sacramental. En ella Cristo, que se ha ido en su humanidad visible, viene, está presente y actúa en la Iglesia de una manera tan íntima que la constituye como Cuerpo suyo.


Vida Cristiana
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