miércoles, 21 de agosto de 2019

«Ven, Señor Jesús» por Santiago Agrelo


Cada día, al comenzar la oración de la Liturgia de las Horas, la comunidad eclesial repite una súplica apremiante: Dios mío, ven en mi auxilio. Al decir, “ven”, el orante bíblico pedía la irrupción de la divinidad en su historia, en su contexto vital.
Sobre el hombre vienen, sin que él los llame, el temor y el terror, la desgracia, el sufrimiento y la muerte. De ahí la apelación del creyente al Dios de su vida: “Vendate prisa en socorrerme”. Con Dios vendrá la misericordia y la compasión, la luz y la alegría, el auxilio y la liberación, el juicio y la salvación. Si él viene, vendrán todas las naciones; él las reunirá; vendrán para ver la gloria del Señor.
Habéis oído lo que dice el Señor: “Yo vendré para reunir a las naciones”. Mientras lo oíais, evocabais el misterio de la encarnación, por el que Dios ha visitado y redimido a su pueblo; recordabais la vida de Jesús de Nazaret, enviado por el Padre a las ovejas perdidas de la casa de Israel; pensasteis en la entrega del Señor, en el misterio de la muerte y resurrección de Cristo Jesús, de quien el evangelista Juan dice que “murió para reunir a los hijos de Dios dispersos”.
Mientras oíais la palabra del Señor que decía “Yo vendré”, hacíais memoria de su venida a vuestra vida. Él os visitó en el bautismo para hacer de vosotros criaturas nuevas, una humanidad nueva de la que Cristo era el Primogénito, el primero de muchos hermanos. Él os visitó para ungir vuestro cuerpo y vuestro espíritu con óleo de alegría y hacer de vosotros los “ungidos-cristos de la nueva alianza”, un pueblo de sacerdotes, profetas y reyes. El que había dicho: “Yo vendré”, os visitó con la unción de su Espíritu Santo para enviaros a evangelizar a los pobres. El que había dicho: “Yo vendré”, viene hoy a nuestra vida, nos visita con su palabra en esta celebración eucarística, nos visita con su Hijo, a quien acogemos por la fe cuando acogemos, escuchando, la palabra de Dios y cuando acogemos, comulgando, el cuerpo y la sangre del Señor.
El que había dicho: “Yo vendré”, dijo también: “Las naciones vendrán”. Y os contáis a vosotros entre los que el Señor ha convocado de entre todas las gentes, para que fueseis su Iglesia una, su Iglesia sin fronteras, su Iglesia católica, el pueblo de su heredad, la asamblea convocada por la fuerza de su gracia, por la fidelidad del Señor a sus promesas, por la misericordia del que es misericordia. Él dijo: “Las naciones vendrán”, y vosotros habéis venido, habéis acudido hoy a la casa del Señor, al banquete de bodas del cordero, a la cena pascual de la Nueva Alianza, a la presencia del que os ha llamado porque es fiel.
Habéis oído la palabra de Dios, y vuestro corazón se llenó de gozo por lo que ya contempláis cumplido en la Historia de la Salvación, en la vida de vuestra comunidad de fe, y en la vida de cada uno de vosotros.
Sin embargo, también halláis en vuestro corazón, junto con la certeza de la esperanza en los bienes que el Señor os tiene reservados, la nostalgia de la manifestación definitiva de la gloria de Cristo nuestro salvador. Pues, siendo mucho lo que la fe nos permite conocer y gozar como ya cumplido, es también mucho, muchísimo, lo que esperamos ver consumado en el futuro, en el último día, en el día de la manifestación gloriosa de Cristo Jesús. Por eso, agradecemos lo que hemos recibido, damos gracias por lo que se nos ha manifestado, confesamos nuestra fe en la última venida del Señor en su gloria, la preparamos con el ardor de la caridad y la fuerza de la oración.
En la historia, en el tiempo, en este tiempo nuestro, se está haciendo realidad ese sueño de Dios que el profeta Isaías nos contó con las palabras de su mensaje: la misericordia de Dios y su fidelidad alcanzan a todos los pueblos, y de todas las naciones llega hasta Dios un canto de alabanza. Es como si por todos los caminos de la casa del Padre estuviesen llegando, no un único hijo que se había perdido, sino caravanas ininterrumpidas de hijos, que vienen días tras día, llenan de alegría el corazón del Padre, y llenan de música la sala de su banquete de fiesta.
Vosotros, queridos, sois los mensajeros que él envía para convocar a los ausentes.  Con vosotros va el que os envía. Id al mundo entero, proclamad el Evangelio, llenad el mundo con la luz de Cristo, trabajad para que se llene de comensales la casa del Padre, llenad el cielo de alegría, adelantad con vuestra fe y vuestro amor la venida del Día del Señor, el cumplimiento pleno del “sueño de Dios”. ¡Ven, Señor Jesús! ¡Feliz domingo!

lunes, 19 de agosto de 2019

Excursión parroquial a las edades del hombre. Del 9 al 10 de Noviembre de 2019


EXCURSION PARROQUIAL
 A LAS
PARROQUIA SANTA MONICA
09-10 DE NOVIEMBRE
VISITAREMOS: Burgos, Sto. Domingo de Silos, Yecla y Lerma.
Precio por persona en doble 155 €
Suplemento individual 35 €
Pensión Completa
Información e inscripciones en:
- Sacristía
- Mail: jesutol@gmail.com





domingo, 18 de agosto de 2019

Bautizados con Cristo para hacer un mundo nuevo: por Santiago Agrelo

Hundidos en el lodo: primero Jeremías, luego Jesús.
Bautizados en la muerte: Jeremías y Jesús, sumergidos en un abismo de rechazo humano, de incomprensión, de odio, destinados a morir.
Crucificados como Jeremías, como Jesús, los emigrantes, siempre los pobres: Empujados a la muerte por la miseria; abandonados a su suerte por nuestro egoísmo; dejados como plástico a la deriva por nuestra indiferencia.
Sus vidas son un grito: “Dios mío, sálvame, que me llega el agua al cuello: me estoy hundiendo en un cieno profundo y no puedo hacer pie; he entrado en la hondura del agua, me arrastra la corriente”.
Jeremías, Jesús, los emigrantes, los pobres: nosotros los vemos como un incordio a las puertas de nuestra abundancia, pero son voceros de Dios, son sus profetas, una alarma activada por el amor de Dios en nuestro mundo de frivolidades, una llamada a la conciencia de los distraídos por si todavía queremos darnos una oportunidad de salvación.
Todos tenemos nuestras buenas razones para el abandono de los pobres al frío de la muerte, pero son las mismas buenas razones con las que dejo a Dios fuera de mi vida, fuera de mi rosario –perverso- y de mi eucaristía –escandalosa- y de mi corazón –petrificado-…
La Iglesia que hoy celebra la Eucaristía sabe que pertenece a Cristo, y hace suya la palabra de Cristo y comulga con su Señor.
Tú sabes que eres un solo cuerpo con Cristo; sabes que tu destino es el de los pobres, el de los profetas, el de Cristo.
Bautizada, olvidada, desechada, crucificada, estás llamada a ser siempre presencia viva de Cristo pobre entre los pobres, pobre tú también y enviada a los pobres como evangelio de salvación.
Habrás de desear ese bautismo por el que pasó Jesús; habrás de desearlo como lo deseó Jesús, habrás de desear con todo el corazón verte entregada con él, seguirlo a él abrazada a tu cruz…
Ese bautismo, esa comunión con Cristo Jesús en su entrega de amor hasta la muerte, es la chispa que encenderá el fuego que él vino a prender en el mundo. Por esa puerta de la entrega amorosa entrará el Espíritu de Jesús que hará posible un mundo nuevo, un mundo hijos de Dios, el reino de Dios, un mundo en el que los pobres podrán decir con verdad –lo podrán decir a una con Jesús-: “Yo esperaba con ansia al Señor; él se inclinó y escuchó mi grito. Me levantó de la fosa fatal, de la charca fangosa; afianzó mis pies… aseguró mis pasos… El Señor se cuida de mí”.
Feliz domingo, Iglesia de Cristo. Feliz bautismo en la muerte de Cristo. Feliz comunión con Cristo resucitado.

jueves, 15 de agosto de 2019

20 tiempo ordinario ciclo C 18 de agosto 2019





[Chiesa/Omelie1/Gesucristo/20C19SeñorTraeFuegoEspírituSantoParaPurificarConcienciasCorazones]

Ø Domingo 20 del tiempo ordinario (2019). El fuego que Jesucristo ha traído a la tierra es símbolo de la acción del Espíritu Santo que nos hace partícipes de la vida divina. El Espíritu Santo purifica las conciencias (corazones). Las raíces del pecado y de los desequilibrios (injusticias, etc.)  en el mundo proceden de los desequilibrios en el corazón humano. El hombre, aunque ha sido redimido y le ha sido dado el Espíritu, puede volver a ser «carne»: es decir, puede ser dominado por el propio egoísmo. Por «carne» se entiende el hombre natural, decaído, irredento, dominado por el propio egoísmo que pone todo, idolátricamente, en referencia a sí mismo. La moral cristiana es el modo «connatural» de actuar del hombre «espiritualizado», de quien ha llegado a ser, en el Espíritu, «otro Cristo». No es una moral de esclavos, no consiste en un conjunto de normas éticas impuestas desde fuera. El creyente es llevado a vivir según la lógica de la «nueva vida en Cristo» (cf. Efesios 4,17-30) y a tener los «sentimientos de Cristo». La vida del cristiano tiene la experiencia de la derrota y del pecado. El Espíritu solicita el arrepentimiento y concede el perdón de los pecados, y tiene el poder de renovar  la vida divina, especialmente en el sacramento de la penitencia. 

v  Cfr. 20 tiempo ordinario ciclo C  18 de agosto 2019  

Jeremías 38, 4-6.8-10; Salmo 29;  Hebreos 12, 1-4; Lucas 12, 49-53.  

Lucas 12, 49-53: 49 Fuego he venido a traer a la tierra, y ¿qué quiero sino que ya arda? 50 Tengo que ser bautizado con un bautismo, y ¡cómo me siento urgido hasta que se lleve a cabo! 51 ¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No, os digo, sino división. 52 Pues desde ahora, habrá cinco en una casa divididos: tres contra dos y dos contra tres, 53 se dividirán el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra.

EL FUEGO QUE JESUCRISTO HA TRAÍDO A LA TIERRA
SIMBOLIZA LA ENERGÍA TRANSFORMADORA
DE LOS ACTOS TRANSFORMADORES DEL ESPÍRITU SANTO,
QUE PURIFICA LAS CONCIENCIAS,
LOS CORAZONES DE LOS HOMBRES.
COMO EL FUEGO TRANSFORMA EN SÍ TODO LO QUE TOCA,
ASÍ EL ESPÍRITU SANTO TRANSFORMA EN VIDA DIVINA
LO QUE SE SOMETE A SU PODER.
EL ESPÍRITU SANTO ES LA POTENCIA INTERIOR QUE ARMONIZA
LOS CORAZONES DE LOS FIELES CON EL CORAZÓN DE CRISTO.

 “Fuego he venido a traer a la tierra, y ¿qué quiero sino que ya arda?  (Lucas 12, 49)

1.    El símbolo del  fuego

v  Ya en el AT simboliza la soberana intervención de Dios y de su Espíritu, para purificar las conciencias, los corazones.

·         El fuego “simboliza ya en el AT (ver Isaías 1,25; Zacarías 13,9; Malaquías 3,2-3; Sirácida
2,5etc.), la intervención soberana de Dios y de su Espíritu para purificar las conciencias” (Biblia de Jerusalén  Mateo 3,12). El fuego purifica los corazones.
·         Tiene valores comunes con el agua. Ya en el Antiguo Testamento el agua es signo de fertilidad, de
benevolencia y de bendición de Dios. Cae sobre la tierra y el desierto se convierte en un jardín [1]. Evoca a la Sabiduría y al Espíritu: “Os rociaré con agua pura y os purificaré de todas vuestras inmundicias y de todos vuestros ídolos (…) os infundiré un nuevo espíritu. Infundiré mi espíritu en vosotros(…), os libraré de todas vuestras inmundicias” (Ezequiel 36, 25-29).

v  En el Catecismo de la Iglesia Católica


o   La tradición espiritual conservará el simbolismo del fuego como uno de los más expresivos de la acción del Espíritu Santo.

§  Simboliza la energía transformadora de los actos del Espíritu Santo.
·         n. 696: El fuego. Mientras que el agua significaba el nacimiento y la fecundidad de la Vida dada
en el Espíritu Santo, el fuego simboliza la energía transformadora de los actos del Espíritu Santo. El profeta Elías que "surgió como el fuego y cuya palabra abrasaba como antorcha" (Si 48, 1), con su oración, atrajo el fuego del cielo sobre el sacrificio del monte Carmelo (cf. 1R 18, 38 - 39), figura del fuego del Espíritu Santo que transforma lo que toca. Juan Bautista, "que precede al Señor con el espíritu y el poder de Elías" (Lc 1, 17), anuncia a Cristo como el que "bautizará en el Espíritu Santo y el fuego" (Lc 3, 16), Espíritu del cual Jesús dirá: "He venido a traer fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviese encendido!" (Lc 12, 49). Bajo la forma de lenguas "como de fuego", como el Espíritu Santo se posó sobre los discípulos la mañana de Pentecostés y los llenó de él (Hch 2, 3 - 4). La tradición espiritual conservará este simbolismo del fuego como uno de los más expresivos de la acción del Espíritu Santo (cf. San Juan de la Cruz, Llama de amor viva). "No extingáis el Espíritu"(1Ts 5, 19).

o   El Espíritu Santo transforma en Vida divina lo que se somete a su poder, nos hace partícipes de la vida divina. La tradición de la Iglesia llama a esta obra santificadora del Espíritu “divinización” o “deificación”.

·         n. 1127: « (…) Como el fuego transforma en sí todo lo que toca, así el Espíritu Santo transforma
en Vida divina lo que se somete a su poder».
·         Cfr. nn. 1987-1989.  Por el poder del Espíritu Santo participamos en la pasión de Cristo, muriendo al
pecado y, en su Resurrección, naciendo a una vida nueva; somos miembros de su cuerpo que es la Iglesia ( cf. 1 Corintios 12), sarmientos unidos a la vid que es él mismo. La tradición de la Iglesia llama a esta obra santificadora del Espíritu “divinización” o “deificación”, expresión, esta última, usada especialmente por la tradición del cristianismo oriental que la enlaza expresamente con la acción del Espíritu Santo [2].
·         Dos textos, de San Ireneo y de San Josemaría, sobre el hombre espiritual[3].

v  Juan Pablo II, Catequesis, 17 de octubre de 1990

o   Fuente de calor y de luz; fuego purificador que expresa la exigencia de santidad y de pureza que trae el Espíritu de Dios.

§  El fuego del amor de Dios que “ha sido derramado en nuestro corazones por el Espíritu Santo” (Romanos 5,5).  
·         «Sabemos que Juan Bautista anunciaba en el Jordán: “Él (o sea, Cristo) os bautizará en Espíritu Santo y
fuego” (Mt 3, 11). El fuego es fuente de calor y de luz, pero es también una fuerza que destruye. Por esto, en los evangelios se habla de “arrojar al fuego” al árbol que no da frutos (Mateo 3, 10; cf. Juan 15, 6); se habla también de quemar la paja con fuego que no se apaga (Mateo 3, 12). El bautismo “en Espíritu y fuego” indica el poder purificador del fuego: de un fuego misterioso, que expresa la exigencia de santidad y de pureza que trae el Espíritu de Dios.
Jesús mismo decía: “He venido a arrojar un fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera encendido!” (Lucas 12, 49). En este caso se trata del fuego del amor de Dios, de aquel amor que “ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo” (Romanos 5, 5). Las “lenguas como de fuego” que aparecieron el día de Pentecostés sobre la cabeza de los Apóstoles significaban que el Espíritu traía el don de la participación en el amor salvífico de Dios. Un día, santo Tomás dirá que la caridad, el fuego traído por Jesucristo a la tierra, es “una cierta participación del Espíritu Santo” (participatio quaedam Spiritus Sancti: Summa Theologiae, II-II, q. 23, a. 3, ad 3). En este sentido, el fuego es un símbolo del Espíritu Santo, Persona que es Amor en la Trinidad divina».

v  Juan Pablo II, Catequesis, 6 de septiembre de 1989

o   Un medio usado por Dios para purificar las conciencias (corazones).

·         “El vínculo entre el Espíritu Santo y el fuego se ha de colocar en el contexto del lenguaje bíblico, que ya
en el Antiguo Testamento presentaba el fuego como el medio usado por Dios para purificar las conciencias (cf Isaías 1, 25; 6, 5-7; Zacarías 13, 9; Malaquías 3, 2-3; Sirácida 2, 5, etc.)”. (…)

o   Purifica a los hombres bien dispuestos, y quema “la paja con fuego que no se apaga” a todo aquel que no se ha dejado purificar.

·         Juan el Bautista proclamaba «que si con el fuego del Espíritu el Mesías iba a purificar a fondo a los
hombres bien dispuestos, recogidos como “trigo en el granero”, sin embargo quemaría “la paja con fuego que no se apaga”, como el “fuego de la gehenna” (cf. Mateo 18, 8-9), símbolo de la consumación a la que está destinado todo lo que no se ha dejado purificar (cf. Isaías 66, 24; Judit 16, 17; Sirácide 7, 17; Sofonías 1, 18; Salmo 21, 10, etc.)».

v  Benedicto XVI, Deus caritas est, n. 19:

o   El Espíritu Santo es esa potencia interior que armoniza los corazones de los fieles con el corazón de Cristo

(...) Al morir en la cruz - como narra el evangelista  - , Jesús «entregó el espíritu» (cf. Juan 19, 30), preludio del don del Espíritu Santo que otorgaría después de su resurrección (cf. Juan 20, 22). Se cumpliría así la promesa de los «torrentes de agua viva» que, por la efusión del Espíritu, manarían de las entrañas de los creyentes (cf. Juan 7, 38-39). En efecto, el Espíritu es esa potencia interior que armoniza su corazón con el corazón de Cristo y los mueve a amar a los hermanos como Él los ha amado, cuando se ha puesto a lavar los pies de sus discípulos (cf. Juan 13, 1-13) y, sobre todo, cuando ha entregado su vida por todos (cf. Juan 13, 1; 15, 13).

2.    La importancia de la conciencia (corazón) en el hombre

o   a) La conciencia es «la propiedad clave del sujeto personal». 

·         Juan Pablo II, Enc. Dominum et vivificantem, n, 43: «El Concilio Vaticano II ha recordado la enseñanza
católica sobre la conciencia, al hablar de la vocación del hombre y, en particular, de la dignidad de la persona humana. Precisamente la conciencia decide de manera específica sobre esta dignidad. En efecto, la conciencia es « el núcleo más secreto y el sagrario del hombre », en el que ésta se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo. Esta voz dice claramente a « los oídos de su corazón advirtiéndole ... haz esto, evita aquello ». Tal capacidad de mandar el bien y prohibir el mal, puesta por el Creador en el corazón del hombre, es la propiedad clave del sujeto personal». 
§  Aunque no es una fuente autónoma y exclusiva para decidir lo que es bueno o malo.
Pero, al mismo tiempo, « en lo más profundo de su conciencia descubre el hombre la existencia de una ley que él no se dicta a si mismo, pero a la cual debe obedecer ».165 La conciencia, por tanto, no es una fuente autónoma y exclusiva para decidir lo que es bueno o malo; al contrario, en ella está grabado profundamente un principio de obediencia a la norma objetiva, que fundamenta y condiciona la congruencia de sus decisiones con los preceptos y prohibiciones en los que se basa el comportamiento humano, como se entrevé ya en la citada página del Libro del Génesis.166 Precisamente, en este sentido, la conciencia es el « sagrario íntimo » donde « resuena la voz de Dios ». Es « la voz de Dios » aun cuando el hombre reconoce exclusivamente en ella el principio del orden moral del que humanamente no se puede dudar, incluso sin una referencia directa al Creador: precisamente la conciencia encuentra siempre en esta referencia su fundamento y su justificación.
165
 Const past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 16.
166 Cf. Génesis 2, 9. 17.

o   b) Las raíces del pecado y de los desequilibrios (injusticias, etc.)  en el mundo proceden de los desequilibrios en el corazón humano.

·         Juan Pablo II, Enc. Dominum et vivificantem, n. 44: De este modo se llega a la demostración de
las raíces del pecado que están en el interior del hombre, como pone en evidencia la misma Constitución pastoral: « En realidad de verdad, los desequilibrios que fatigan al mundo moderno están conectados con ese otro desequilibrio fundamental que hunde sus raíces en el corazón humano. Son muchos los elementos que se combaten en el propio interior del hombre. A fuer de criatura, el hombre experimenta múltiples limitaciones; se siente, sin embargo, ilimitado en sus deseos y llamado a una vida superior. Atraído por muchas solicitaciones, tiene que elegir y que renunciar. Más aún, como enfermo y pecador, no raramente hace lo que no quiere y deja de hacer lo que querría llevar a cabo » (Const. Pastoral Gaudium et spes, 10).El texto conciliar se refiere aquí a las conocidas palabras de San Pablo (Cf. Romanos 7, 14-15.19).

o   c) Los condicionamientos de la libertad de las conciencias

·         Se ve necesaria la acción de ese fuego purificador de las conciencias/corazones si se tienen en
cuenta los condicionamientos de la conciencias, admitidos universalmente: salud, enfermedad, hábitos, temperamentos, ignorancia, pasiones, dificultades patológicas, violencia, etc.  

3.    La lucha contra la «carne» para conseguir el «fruto» del Espíritu

Cfr. El Espíritu del Señor, BAC Madrid 1997, cap. VIII, El Espíritu en la vida del cristiano, pp. 137-169

v  a) El hombre, aunque ha sido redimido y le ha sido dado el Espíritu, puede volver a ser «carne»: es decir, puede ser dominado por el propio egoísmo. Vive su condición filial solamente gracias a la intervención del Espíritu. La contradicción entre «carne» y Espíritu.

o   Por «carne» se entiende el hombre natural, decaído, irredento, dominado por el propio egoísmo que pone todo, idolátricamente, en referencia a sí mismo [4].

Este proceso de purificación cumplido en el Espíritu es llamado en las cartas a los Gálatas (cf. 5,13.16-18) y a los Romanos (cf. 8,1-12) lucha contra la carne. Aunque, de hecho, el hombre ya ha sido redimido y el Espíritu ya le ha sido dado, sin embargo permanece en él la triste posibilidad de volver a ser carne, es decir, hombre natural, decaído, irredento, dominado por el propio egoísmo que pone todo, idolátricamente, en referencia a sí mismo. El Espíritu Santo, entonces, ayuda al creyente a liberarse de esta radical fuerza negativa, lo hace capaz de adherirse a la ley fundamental de la vida, que consiste en abrirse a Dios y a los hermanos, orientando la propia existencia según los criterios del amor. El cristiano, que está «llamado a la libertad» (Gál 5,13), puede permanecer en esta gloriosa condición filial sólo gracias a la intervención del Espíritu, garantía y principio activo de su libertad. He aquí el motivo de la exhortación de San Pablo a «caminar según el Espíritu», a «dejarse guiar por el Espíritu»: «Os digo, pues, andad según el Espíritu y no realicéis los deseos de la carne; pues la carne desea contra el Espíritu y el Espíritu contra la carne. Hay entre ellos un antagonismo tal, que no hacéis lo que quisierais. Pero si os guía el Espíritu, no estáis bajo el dominio de la ley» (Gál 5,16-18). Es conocido que la contradicción entre carne y Espíritu está dentro de cada fiel; él es ya hijo de Dios y tiene el Espíritu, pero persisten en él posibilidades nefastas y centrífugas - las obras de la carne, que son: «fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, enemistades, contiendas, envidias, rencores, rivalidades, partidismos, sectarismos, discordias, borracheras, orgías y cosas por el estilo» (Gálatas 5, 19-20)- capaces de devolverlo a la vieja condición de esclavitud y sofocar las obras del Espíritu.

v  b) La moral cristiana es el modo «connatural» de actuar del hombre «espiritualizado», de quien ha llegado a ser, en el Espíritu, «otro Cristo». Los frutos del Espíritu.

o   No es una moral de esclavos, no consiste en un conjunto de normas éticas impuestas desde fuera. El creyente es llevado a vivir según la lógica de la «nueva vida en Cristo» (cf. Efesios 4,17-30) y a tener los «sentimientos de Cristo».

La moral cristiana, por el contrario, no es una moral de esclavos, no consiste en un conjunto de normas éticas impuestas desde fuera, sino que es el modo «connatural» de actuar del hombre «espiritualizado», del creyente que ha llegado a ser, en el Espíritu, «otro Cristo», llevado a vivir según la lógica de la «nueva vida en Cristo» (cf. Efesios 4,17-30) y a tener los «sentimientos de Cristo» (Filipenses 2,5). De esta manera, el Espíritu abre al hombre a la lógica del Sermón del monte y de las Bienaventuranzas, en cuya perspectiva será fácil servir a Dios «en Espíritu nuevo, no en la letra vieja» (Romanos 7,6). En este caso el fruto del Espíritu resplandecerá en la vida del cristiano auténtico, el fruto original y esencial que es el ágape-amor cristiano: «la caridad de Dios ha sido derramada en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado» (Romanos 5,5). El don del Espíritu es, por tanto, el germen de una vida moralmente armoniosa que el cristiano está invitado a realizar, caracterizándola como vida animada por el Espíritu. Las diversas manifestaciones que signan la vida del cristiano no son otra cosa que la irradiación del don original y fundamental, que es la caridad. El Catecismo de la Iglesia Católica, sirviéndose de la Vulgata, explica y enumera los frutos del Espíritu: «Los frutos del Espíritu son perfecciones que forma en nosotros el Espíritu Santo como primicias de la gloria eterna. La tradición de la Iglesia enumera doce: "caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia, castidad" (Gálatas 5,22-23 Vulgata)» (n. 1832).

v  c) La vida del cristiano tiene la experiencia de la derrota y del pecado. El Espíritu solicita el arrepentimiento y concede el perdón de los pecados, y renueva la vida divina.

o   Solicita el arrepentimiento y concede el perdón de los pecados

La vida en Cristo, el «caminar en el Espíritu» no siempre está coronado por el éxito; más bien, el cristiano con frecuencia tiene la experiencia de la derrota y del pecado. Pero es aquí precisamente cuando el Espíritu no abandona al creyente e interviene con dulzura para levantar a quien ha caído y ponerlo de nuevo en camino, solicitando el arrepentimiento y concediéndole el perdón de los pecados: una consoladora verdad que la Escritura y la Tradición de la Iglesia atestiguan abundantemente.  (…)

o   Tiene el poder de dar y renovar la vida divina, especialmente en el sacramento de la penitencia.

El Espíritu, por tanto, no sólo mueve al cristiano a arrepentirse, sino que tiene el poder de dar y renovar la vida divina, además de perdonar los pecados cuando existe arrepentimiento, especialmente en el sacramento de la Penitencia. Este sacramento no es el resultado de un mecanismo absolutorio, sino un prodigio de conversión que sólo el Espíritu puede realizar y que se puede verificar en tanto el sacerdote como el penitente estén invadidos por el Espíritu Santo. Es El quien cumple todo esto, creando y donando el «corazón nuevo», instaurando una nueva condición en el amor hacia Dios y de aceptación de su voluntad.

Vida Cristiana


[1] Isaías 35, 6-8: 6 Entonces saltará el cojo como un ciervo y cantará la lengua del mudo, porque han brotado aguas en el desierto y corrientes en la estepa. 7 El páramo se convertirá en estanque, el suelo sediento en manantial. En el lugar donde se echan los chacales habrá hierbas, cañas y juncos.
[2] Cfr. El Espíritu del Señor, BAC, Madrid 1997, cap. VIII: El Espíritu en la vida del cristiano, pp. 137-169. 
[3]- «La unión del alma y de la carne, recibiendo el Espíritu de Dios, constituye al hombre espiritual», afirma San Ireneo (Contra las herejías, V, 8,2), concepto que se encuentra todavía más explícitamente en la misma obra: «Estos son los hombres que el Apóstol llama espirituales (I Corintios 2, 15; 3, 1 ), siendo espirituales gracias a la participación del Espíritu, no gracias a la privación y eliminación de la carne» (Contra las herejías, V, 6,1).
- Es Cristo que Pasa, 103: Cristo vive en el cristiano. La fe nos dice que el hombre, en estado de gracia, está endiosado. Somos hombres y mujeres, no ángeles. Seres de carne y hueso, con corazón y con pasiones, con tristezas y con alegrías. Pero la divinización redunda en todo el hombre como un anticipo de la resurrección gloriosa. Cristo ha resucitado de entre los muertos y ha venido a ser como las primicias de los difuntos; porque así como por un hombre vino la muerte, por un hombre debe venir la resurrección de los muertos. Que así como en Adán mueren todos, así en Cristo todos serán vivificados (1 Corintios 15, 20-21).

[4] Nota de la redacción de Vida Cristiana: también se puede decir que la «carne» designa el hombre en su condición de debilidad y de mortalidad, de fragilidad.



sábado, 10 de agosto de 2019

Domingo 19 del Tiempo ordinario, Ciclo C. (11 de agosto de 2019). Vigilancia, discernimiento y vida cristiana.







[Chiesa/Omelie1/Vigilanza/19C19VigilanciaYDiscernimientoEnVidaCristiana]
  • Domingo 19 del Tiempo ordinario, Ciclo C. (11 de agosto de 2019). Vigilancia, discernimiento y vida cristiana. La venida de Cristo en nuestra vida, cada día, de muchas maneras. El Señor nos habla de la vigilancia con tres parábolas: la del dueño de la casa que vuelve de una boda y encuentra a sus siervos esperándole; la del ladrón que llega de sorpresa a la casa y perfora los muros de la misma; la del administrador fiel. Dos imágenes de lo que es estar vigilantes para reconocerle: la cintura ceñida, las lámparas encendidas. La vida drogada y la estrategia de la evasión. La vigilancia en el Catecismo de la Iglesia Católica.


  • Cfr. Domingo 19 Tiempo Ordinario Ciclo C

11/08/2019 - Lucas 12, 32-48
Cfr. Raniero Cantalamessa, Passa Gesù di Nazaret, Piemme 1999, pp. 220-224; Echad las redes, Reflexiones sobre los Evangelios Ciclo C, Edicep 2007, pp. 274-278. Cfr. Gianfranco Ravasi, Secondo le Scritture Anno C, Piemme 1999, pp. 249-254.

Lucas 12, 32-48: 32 No temas, pequeño Rebaño, porque el Padre de ustedes ha querido darles el Reino. 33 Vended vuestros bienes y dadlos como limosna. Haceos bolsas que no se desgasten y acumulad un tesoro inagotable en el cielo, donde no se acerca el ladrón ni destruye la polilla. 34 Porque allí donde tengáis su tesoro, tendréis también su corazón. 35 Estad preparados, ceñidos y con las lámparas encendidas. 36 Sed como los hombres que esperan el regreso de su señor, que fue a una boda, para abrirle apenas llegue y llame a la puerta. 37 ¡Felices los servidores a quienes el señor encuentra velando a su llegada! Les aseguro que él mismo recogerá su túnica, los hará sentar a la mesa y se pondrá a servirlos. 38 ¡Felices ellos, si el señor llega a medianoche o antes del alba y los encuentra así! 39 Entendedlo bien: si el dueño de casa supiera a qué hora va a llegar el ladrón, no dejaría perforar las paredes de su casa. 40 Vosotros también estad preparados, porque el Hijo del hombre llegará a la hora menos pensada». 41 Pedro preguntó entonces: «Señor, ¿esta parábola la dices para nosotros o para todos?». 42 El Señor le dijo: «¿Cuál es el administrador fiel y previsor, a quien el Señor pondrá al frente de su personal para distribuirle la ración de trigo en el momento oportuno? 43 ¡Feliz aquel a quien su señor, al llegar, encuentre ocupado en este trabajo! 44 Les aseguro que lo hará administrador de todos sus bienes. 45 Pero si este servidor piensa: “Mi señor tardará en llegar”, y se dedica a golpear a los servidores y a las sirvientas, y se pone a comer, a beber y a emborracharse, 46 su señor llegará el día y la hora menos pensada, lo castigará y le hará correr la misma suerte que los infieles. 47 El servidor que, conociendo la voluntad de su señor, no tuvo las cosas preparadas y no obró conforme a lo que él había dispuesto, recibirá un castigo severo. 48 Pero aquel que sin saberlo, se hizo también culpable, será castigado menos severamente. Al que se le dio mucho, se le pedirá mucho; y al que se le confió mucho, se le reclamará mucho más.

LA VIGILANCIA Y EL DISCERNIMIENTO EN LA VIDA CRISTIANA

Sed como los hombres que esperan el regreso de su señor, que fue a una boda,
para abrirle apenas llegue y llame a la puerta.
(Lucas 12, 37)
¡Felices los servidores a quienes el señor encuentra velando a su llegada!
(Lucas 12,38)
Vosotros también estad preparados,
porque el Hijo del hombre llegará a la hora menos pensada
(Lucas 12, 41)

  1. Varias advertencias acerca de la vigilancia en el Catecismo de la Iglesia Católica.

  • A) Jesús llama a la vigilancia en la oración.
  • n. 2612. En Jesús "el Reino de Dios está próximo", llama a la conversión y a la fe pero también a
la vigilancia. En la oración, el discípulo espera atento a aquél que "es y que viene", en el recuerdo de su primera venida en la humildad de la carne, y en la esperanza de su segundo advenimiento en la gloria (cf Marcos 13; Lucas 21, 34-36). En comunión con su Maestro, la oración de los discípulos es un combate, y velando en la oración es como no se cae en la tentación (cf Lucas 22, 40. 46).
  • B) El primer mandamiento de la Ley de Dios: vigilancia es alimentar y custodiar la fe.
  • n. 2088: “El primer mandamiento nos pide que alimentemos y guardemos con prudencia y
vigilancia nuestra fe y que rechacemos todo lo que se opone a ella” (…)

  • C) La vigilancia del corazón
  • n. 2849 (…) La vigilancia del corazón es recordada con insistencia en comunión con la suya (cf
Marcos 13,9; 13,33-37;14,38; Lucas 12,35-40). La vigilancia es "guarda del corazón", y Jesús pide al Padre que "nos guarde en su Nombre" (Juan 17,11). El Espíritu Santo trata de despertarnos continuamente a esta vigilancia (cf 1Corintios 16,13 Colosenses 4,2; 1Th 5,6; 1Pedro 5,8). Esta petición adquiere todo su sentido dramático referida a la tentación final de nuestro combate en la tierra; pide la perseverancia final. "Mira que vengo como ladrón. Dichoso el que esté en vela" (Apocalipsis 16,15).

  • D) Vigilar es combatir contra el yo posesivo y dominador, en la espera de la venida del Señor el último día y en el “hoy”.
  • n. 2730 «Mirado positivamente, el combate contra el yo posesivo y dominador consiste en la
vigilancia. Cuando Jesús insiste en la vigilancia, es siempre en relación a Él, a su Venida, al último día y al "hoy". El esposo viene en mitad de la noche; la luz que no debe apagarse es la de la fe: "Dice de ti mi corazón: busca su rostro" (Sal 27, 8)».
  • n. 672: (…) «El tiempo presente es un tiempo de espera y de vigilia» (Cfr. Mateo 25, 1-13;
Marcos 13, 33-37).

2. La necesidad, en la vida cristiana, del discernimiento y de la vigilancia.

Cfr. Homilía de Papa Francisco de la Misa en Santa Marta, 9 de octubre de 2015

  • Se trata de saber discernir las situaciones en las que nos encontramos: lo que viene de Dios y lo que viene del maligno.

    • A) El discernimento

En la vida cristiana «debemos cuidar dos cosas: el discernimiento y la vigilancia. Saber discernir las situaciones: lo que viene de Dios y lo que viene del maligno que siempre intenta engañar, hacernos escoger un camino equivocado. El cristiano no puede estar tranquilo de que todo vaya bien, debe discernir las cosas y mirar bien de dónde vienen, cuál es su raíz.
    • B) La vigilancia

Cfr. Lucas 11,15-26
        • El diablo convence para hacer las cosas con relativismo, tranquilizando la conciencia. ¡Tranquilizar la conciencia! ¡Anestesiar la conciencia! Y eso es un gran mal.
Y luego la vigilancia, porque en un camino de fe las tentaciones siempre vuelven, el mal espíritu nunca se cansa. Si ha sido expulsado, tiene paciencia, espera para volver, y se le deja entrar se cae en una situación peor. De hecho, antes se sabía que era el demonio el que atormentaba. Después, el Maligno está escondido, viene con sus amigos muy educados, llama a la puerta, pide permiso, entra y convive con aquel hombre su vida ordinaria y, gota a gota, da las instrucciones. Con esta modalidad educada el diablo convence para hacer las cosas con relativismo, tranquilizando la conciencia. ¡Tranquilizar la conciencia! ¡Anestesiar la conciencia! Y eso es un gran mal. Cuando el mal espíritu logra anestesiar la conciencia, se puede hablar de una auténtica victoria suya, se hace el dueño de aquella conciencia: ¡Y esto pasa en todas partes! Sí, a todos, todos tenemos problemas, todos somos pecadores, todos… Y en ese ‘todos’ está el ‘ninguno’: ‘todos, pero yo no’. Y así se vive esa mundanidad que es hija del mal espíritu.
    • C) La Iglesia nos aconseja siempre el ejercicio del examen de conciencia: ¿qué ha pasado hoy en mi corazón?

Así pues, vigilancia y discernimiento. Vigilancia. La Iglesia nos aconseja siempre el ejercicio del examen de conciencia: ¿qué ha pasado hoy en mi corazón? ¿Ha venido ese demonio educado con sus amigos?  Discernimiento. ¿De dónde vienen los comentarios, las palabras, las enseñanzas, quién dice eso? Discernir y vigilar, para no dejar entrar al que engaña, al que seduce, al que cautiva. Pidamos al Señor esta gracia, la gracia del discernimiento y la gracia de la vigilancia. 

  1. Para explicar lo que es la vigilancia cristiana, el Señor usa, en el evangelio de hoy, varias imágenes.


  • A) La cintura ceñida (v. 35)

    • El cristiano es un peregrino

  • Los judíos usaban amplias vestiduras y se ceñían a la cintura para realizar algunos trabajos, al
    emprender un viaje ... por lo cual tener las cinturas ceñidas era como estar preparados, disponibles para emprender un trabajo o el viaje (cfr. Éxodo 12, 11).
  • La recomendación del Señor presenta el perfil del cristiano como un peregrino que está en camino
    y en espera.
    San Pedro, en su primera Carta, exhorta a los cristianos a vivir como «forasteros y peregrinos» (2,11), en el sentido de vivir con una conducta ejemplar, con buenas obras con el fin de que Dios sea glorificado (2,12). Una de las virtudes del peregrino es el desprendimiento, tan importante en la vida cristiana. Ésta es «como un viaje que no debe ser recargado por el estorbo de las cosas» (G. Ravasi).
Se trata de una peregrinación que no es vagabundear, sino que tiene una meta y un final alegre y original: “habrá una grande fiesta, ante nosotros se celebrará el banquete del Reino, es decir, la comunión serena y gozosa con Dios. «Una sola cosa he pedido al Señor, y esto es lo que quiero: vivir en la Casa del Señor todos los días de mi vida, para gozar de la dulzura del Señor y contemplar su Templo». (Salmo 27,4) (G. Ravasi). Es lo que dice el mismo Señor hoy en el Evangelio: a los siervos que encuentre esperándole, velando, vigilando, “los hará sentar a la mesa y se pondrá a servirlos” (v. 37).

  • B) La lámparas encendidas (v. 35)

  • La lámpara encendida indica que estamos esperando la venida de alguien, o nos disponemos a
    pasar la noche vigilando por otras razones. Recuérdese la parábola de las diez vírgenes que esperan la llegada del esposo en las bodas (Cfr. Mateo 25,1ss).
  • San Pedro expone la misma actitud ante la misma meta, con otras palabras (2 Pedro 1, 10-11):
    Por tanto, hermanos, poned el mayor empeño en fortalecer vuestra vocación y elección; comportándoos de este modo, no tropezaréis jamás. Así se os abrirá de par en par la entrada en el reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo”.
  • San Lucas, por su parte, llama a la vigilancia con estas palabras (21, 34-36): “Vigilad sobre
    vosotros mismos, para que vuestros corazones no estén ofuscados por la crápula, la embriaguez y los afanes de esta vida, y no sobrevenga aquel día de improviso sobre vosotros, pues caerá como un lazo sobre todos aquellos que habitan en la faz de toda la tierra. Vigilad orando en todo tiempo, a fin de que podáis evitar todos estos males que van a suceder, y estar en pie delante del Hijo del Hombre”.
    • La lámpara encendida de la fe, de la oración, del amor, o la lámpara apagada del pecado.

  • Benedicto XVI, Homilía en Lourdes, durante la procesión de las antorchas, el 13 de
    septiembre de 2008: Al caer la noche, hoy Jesús nos dice: “Tened encendidas vuestras lámparas” (cf. Lucas 12,35); la lámpara de la fe, de la oración, de la esperanza y del amor. El gesto de caminar de noche llevando la luz, habla con fuerza a nuestra intimidad más honda, toca nuestro corazón y es más elocuente que cualquier palabra dicha u oída. El gesto resume por sí solo nuestra condición de cristianos en camino: necesitamos la luz y, a la vez, estamos llamados a ser luz. El pecado nos hace ciegos, nos impide proponernos como guía para nuestros hermanos, y nos lleva a desconfiar de ellos para dejarnos guiar. Necesitamos ser iluminados y repetimos la súplica del ciego Bartimeo: Maestro, que pueda ver (Marcos 10,51). Haz que vea el pecado que me encadena, pero sobre todo, Señor, que vea tu gloria. Sabemos que nuestra oración ya ha sido escuchada y damos gracias porque, como dice San Pablo en su Carta a los Efesios, “Cristo será tu luz” (Efesios 5,14), y San Pedro y añade: “[Dios] os llamó a salir de la tiniebla y a entrar en su luz maravillosa” (1Pedro 2,9).
  • C) Los siervos que esperan el regreso de su señor, que fue a una boda, para

abrirle apenas llegue y llame a la puerta. (v. 36).

    • La venida de Cristo no se refiere solamente a su venida al fin del mundo o, para cada uno de nosotros, con ocasión de nuestra muerte.

Puede darse un equívoco en nuestra vida: pensar que esta advertencia del Señor acerca de su venida se refiere solamente a su venida al fin del mundo, y, para cada uno de nosotros, con ocasión de nuestra muerte.
    • La venida de Cristo cada día, de muchas maneras.

Siempre que llama a nuestra puerta: con su palabra, en los sacramentos, con algún sucedido, con una inspiración, con una alegría o con un sufrimiento, etc.
  • Hay una venida de Cristo cada día, y es la venida silenciosa en la que Cristo llama a nuestra
    puerta, con su palabra y con sus sacramentos, con algún sucedido, con una inspiración, con un sufrimiento, o con una alegría, etc. A ellos se refiere el Señor cuando nos dice en el libro del Apocalipsis (3,20): “Mira, estoy a la puerta y llamo: si alguno escucha mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él, y él conmigo”.
  • Como hay muchos acontecimientos en nuestras vidas que llaman a nuestra puerta, tendremos que
    pedir a Él mismo ayuda, para que reconozcamos su voz entre los muchos golpes que suenan.
  • Se presentará con frecuencia no vestido de nazareno, sino de incógnito o, incluso, disfrazado: con
    el disfraz del pobre, del enfermo, del necesitado.
Acostumbraos a ver a Dios detrás de todo.
  • Amigos de Dios, Homilía “La esperanza del cristiano”, n. 218: “Acostumbraos a ver a Dios
    detrás de todo, a saber que El nos aguarda siempre, que nos contempla y reclama justamente que le sigamos con lealtad, sin abandonar el lugar que en este mundo nos corresponde. Hemos de caminar con vigilancia afectuosa, con una preocupación sincera de luchar, para no perder su divina compañía”.
  1. Dos anotaciones interesantes


  • A) El Señor respeta nuestra libertad, no fuerza la puerta.

  • El cuadro de un pintor inglés, Golman Hunt (1827-1910), en la Catedral de S. Pablo en Londres.
  • Jesús está delante de una puerta, donde han crecido arbustos y hierbas. Acaba de llamar y está
    esperando la respuesta. Al ser un pintor meticuloso en los detalles, alguien le hizo notar que en su cuadro había cometido un olvido: poner una manilla en la puerta. Y él respondió que lo había hecho a posta: en esa puerta hay una sola manilla que está en la parte interna. Porque debemos ser nosotros quienes abrimos a Cristo que llama. Él respeta nuestra libertad: llama y espera, no entra forzando la puerta.
  • Jesús se presenta de diversos modos
No sólo como en el cuadro de este pintor inglés (con la corona de espinas, con los cabellos del nazareno, con el manto real ...), sino también de incógnito, incluso disfrazado: con el disfraz del pobre, del enfermo, del necesitado.
  • Podemos abrir diversas puertas:
La puerta de nuestra inteligencia: con la lectura de la Escritura; con aceptación del don la fe, de sus misterios: Eucaristía, Pasión y muerte en cruz..... etc. O la puerta de nuestro corazón (de nuestros sentimientos), o la puerta de nuestros dineros .....

  • B) Una célebre frase de San Agustín

  • Es muy conocida la frase de San Agustín “Tengo miedo al Jesús que pasa”. Ciertamente, no se
    refería a tener miedo al Señor, sino a algo muy diferente y también muy preciso: él quería decir que tenía miedo a que pasase junto a él el Señor y que no se diese cuenta, que ese paso del Señor fuese en vano.
  1. Es ya casi un lugar común identificar la falta de vigilancia con dos realidades que se aceptan sin algún sentido crítico: la vida drogada y la estrategia de la evasión.


  • Se trata del abandono de la fatiga de pensar, de la incapacidad de proyectar un propio futuro; de una especie de disponibilidad para aceptar cualquier experiencia, juzgándola únicamente por las sensaciones más o menos fuertes que conlleva.
a) con la imagen de la vida drogada se entiende el abandono de la fatiga de pensar, la incapacidad de proyectar un propio futuro; una especie de disponibilidad para aceptar cualquier experiencia, juzgándola únicamente por las sensaciones más o menos fuertes que conlleva, para demostrar ante uno mismo y ante los demás que – supuestamente – se es señor del tiempo;
b) por estrategia de la evasión se entiende que el ser humano se abandona por completo al consumo - casi siempre irresponsable - del tiempo, que transcurre con un agradable aturdimiento que facilita la insensibilidad ante las necesidades del prójimo, sobre todo si es débil;
c) vigilar no es sólo una actitud propia del hombre atento y responsable, sino que adquiere un significado particular para el cristiano.
d) el vigilante es no sólo el hombre despierto, que se opone al hombre somnoliento, que se queda en la superficie de las relaciones, sino que es también el hombre luminoso capaz de irradiar luz.
Se ha escrito 1 que “la persona vigilante se aferra a la realidad y no se refugia en la imaginación, en la idolatría; trabaja y no vagabundea; ama y no es indiferente; asume con responsabilidad su compromiso histórico y lo vive en la espera del Reino que vendrá. El apóstol Pablo avisa a los cristianos de Tesalónica: «No durmamos como los demás, sino estemos en vela y mantengámonos sobrios»” (1Tesalonicenses 5, 6) 2.


Vida Cristiana


1 Redacción de Vida Cristiana: por diversas razones no ha sido posible anotar la fuente.
2 Cfr. también: Mateo 22, 1-14; 24, 42-51; Lucas 12, 35-48; 21, 5-36; 2 Pedro 3, 5-10.

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