viernes, 12 de enero de 2018

Domingo Tiempo Ordinario Ciclo B 14 enero de 2018


Ø Domingo Segundo del Tiempo Ordinario, Ciclo B. (2018). La vida como vocación: el proyecto de Dios para cada uno de nosotros. La vocación de Samuel (primera Lectura); la de Andrés y de Simón (Evangelio).  Este tiempo litúrgico que acaba de comenzar, nos invita a vivir nuestra vida ordinaria como un camino de santidad, es decir, de fe y de amistad con Jesús. Debemos redescubrir a Jesús  continuamente como Maestro y Señor, Camino, Verdad, y Vida del hombre. Dios tiene un proyecto para todos, llama a todos, todos tenemos una vocación. Nuestra respuesta a esa llamada: ajustarnos al proyecto que Dios ha querido para cada uno de nosotros. Dios siempre tiene la iniciativa gratuita, y a veces se sirve de intermediarios para comunicar su proyecto.

v  Cfr. 2 Domingo Tiempo Ordinario Ciclo B 14 enero de 2018

1 Samuel 3, 3-11; 1 Corintios  6, 13-15.17-20; Juan 1, 35-42.

1 Samuel 3, 3b-10. 19: En aquellos días, 3 Samuel estaba acostado en el templo del Señor, donde estaba el arca de Dios. 4 El Señor llamó a Samuel, y él respondió: «Aquí estoy.» 5 Fue corriendo a donde estaba Elí y le dijo: - «Aquí estoy; vengo porque me has llamado.» Respondió Elí: - «No te he llamado; vuelve a acostarte.» Samuel volvió a acostarse. 6 Volvió a llamar el Señor a Samuel. Él se levantó y fue a donde estaba Elí y le dijo: - «Aquí estoy; vengo porque me has llamado.» Respondió Elí: - «No te he llamado, hijo mío; vuelve a acostarte.» 7 Aún no conocía Samuel al Señor, pues no le había sido revelada la palabra del Señor. 8 Por tercera vez llamó el Señor a Samuel, y él se fue a donde estaba Elí y le dijo: - «Aquí estoy; vengo porque me has llamado.» El comprendió que era el Señor quien llamaba al muchacho, 9 y dijo a Samuel: «Anda, acuéstate; y si te llama alguien, responde: "Habla, Señor, que tu siervo te escucha"» Samuel fue y se acostó en su sitio. 10 El Señor se presentó y le llamó como antes: - «¡Samuel, Samuel!» Él respondió: - «Habla, Señor, que tu siervo te escucha.» Samuel crecía, y el Señor estaba con él; ninguna de sus palabras dejó de cumplirse. 19 Samuel creció. El Señor estaba con él, y no dejó que se frustrara ninguna de sus palabras.
Salmo responsorial  Sal 39, 2 y 4ab. 7. 8~9. 10 (vv: 8a y 9a) Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.
Yo esperaba con ansia al Señor; él se inclinó y escuchó mi grito; me puso en la boca un cántico nuevo, un himno a nuestro Dios. R. Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, y, en cambio, me abriste el oído; no pides sacrificio expiatorio. R
Entonces Yo digo: «Aquí estoy - como está escrito en mi libro para hacer tu voluntad.» Dios mío, lo quiero, y llevo tu ley en las entrañas. R He proclamado tu salvación ante la gran asamblea; no he cerrado los labios; Señor, tú lo sabes. R.
Juan 1, 35-42: 35 En aquel tiempo, estaba Juan con dos de sus discípulos y, fijándose en Jesús que pasaba, dice: - «Éste es el Cordero de Dios.» Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús. Jesús se volvió y, al ver que lo seguían, les pregunta: - «¿Qué buscáis?» Ellos le contestaron: - «Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives?» 39 Él les dijo: - «Venid y lo veréis.» Entonces fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día; serían las cuatro de la tarde. Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron a Juan y siguieron a Jesús; encuentra primero a su hermano Simón y le dice: «Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo).» Y lo llevó a Jesús. Jesús se le quedó mirando y le dijo: - «Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que se traduce Pedro).»

Habla, Señor, que tu siervo escucha.
(Primera Lectura, 1 Samuel 3, 10)
Aquí estoy, para hacer tu voluntad
(Salmo Responsorial, 39)
Hemos encontrado al Mesías, al Cristo
(Aleluya antes del Evangelio, Juan 1, 41)
Vieron donde vivía y se quedaron con él
(Evangelio, Juan 1, 39)

1. La vocación de Samuel (primera Lectura) y de los primeros Apóstoles.

     Cfr. San Juan Pablo II, Homilía en la parroquia romana de Santa Mª Liberadora (14-I-1979)
·         Dios llama por su nombre a un joven; lo llama con voz perceptible, pronunciando su nombre.
Samuel oye la voz y despierta tres veces del sueño, y por tres veces no logra comprender de quién es la voz que lo llama por su nombre. Sólo la cuarta vez, aleccionado por Helí, da una respuesta oportuna: “Habla Yavé, que tu siervo escucha” (1 Samuel 3,9).
Este pasaje del libro de Samuel nos permite comprender más a fondo la vocación de los primeros Apóstoles: de Andrés y de Pedro, llamados por Jesucristo. También ellos aceptan la llamada, siguen a Jesús; primero Andrés que anuncia a su hermano: “Hemos hallado al Mesías”; luego, a su vez, Simón, a quien Jesús, en este primer encuentro, predice su nuevo nombre: “Cefas” (“que quiere decir Pedro”, Juan 1,42). (…)
Dios que llama al hombre a su servicio y le asigna una tarea, tiene sobre él el derecho fundamental, porque es Creador y Redentor de cada uno de nosotros. Si nos llama, si nos invita a seguir un determinado camino, lo hace para que no desvirtuemos su obra, para que respondamos con nuestra misma vida al don que recibimos de Él, para que vivamos de manera digna del hombre que es “templo de Dios”, para que seamos capaces de cumplir el deber particular que quiere confiarnos.

v  Sólo a la cuarta vez Samuel descubre la vocación.

Cfr. Gianfranco Ravasi, Secondo le Scritture, Anno B, p. 152
·         Se trata de una llamada progresiva, con varias etapas, no de una irrupción tempestuosa y
deslumbrante, como fue para Pablo el camino hacia Damasco; se trata de un lento aprendizaje que inicia con una primera llamada en la paz nocturna del Templo «cuando la lámpara del arca todavía no se había apagado» y el joven Samuel se había dejado llevar por el sueño sencillo y sereno de los jóvenes. (…).
            La adhesión de Samuel es fresca, juvenil pero todavía ciega y, por tanto, decepcionante: Fue corriendo a donde estaba Elí y le dijo: - «Aquí estoy; vengo porque me has llamado.» Respondió Elí: - «No te he llamado; vuelve a acostarte.» Samuel volvió a acostarse. Será solamente  a la cuarta vez, después de tres fracasos, cuando Samuel descubre su verdadera vocación,  la de no ser un simple siervo de un sacerdote  sino ministro del Dios viviente, su profeta y portavoz. Del seno de aquella noche resurge un nuevo hombre con un nuevo destino; en aquella  alba, como Jacob en las orillas del río Yaboc (Génesis 32), también Samuel nace de modo pleno y auténtico.  

v  Introducción a la liturgia de este domingo, y al tiempo ordinario en general, que acaba de comenzar.  

                  Cfr. Benedicto XVI: Un año para buscar y encontrar a Cristo – En el rezo del Angelus, al
                  Inicio del tiempo ordinario del año litúrgico Ciclo B,  domingo 15 de enero del 2006.

o   Este tiempo nos invita a vivir nuestra vida ordinaria como un camino de santidad, es decir, de fe y de amistad con Jesús.

§  Debemos redescubrirlo continuamente como Maestro y Señor, Camino, Verdad, y Vida del hombre.
El domingo pasado, en el que celebramos el Bautismo del Señor, comenzó el tiempo ordinario del año litúrgico. La belleza de este tiempo consiste en el hecho de que nos invita a vivir nuestra vida ordinaria como un camino de santidad, es decir, de fe y de amistad con Jesús, continuamente descubierto y redescubierto como Maestro y Señor, Camino, Verdad, y Vida del hombre. Es lo que nos sugiere el Evangelio de Juan en la liturgia de este día, al presentarnos el primer encuentro entre Jesús y algunos de los que se convirtieron en sus apóstoles.
Eran discípulos de Juan Bautista, y él precisamente les acercó a Jesús, cuando, tras el Bautismo en el Jordán, le presentó como el «Cordero de Dios» (Juan 1, 36). Dos de sus discípulos, entonces, siguieron al Mesías, quien les preguntó: «¿Qué buscáis?». Los dos le preguntaron: «Maestro, ¿dónde vives?». Y Jesús respondió: «Venid y lo veréis», es decir, les invitó a seguirle y a pasar un momento con Él. Quedaron tan impresionados en las pocas horas pasadas con Jesús, que inmediatamente uno de ellos, Andrés, se fue a ver a su hermano Simón para decirle: «Hemos encontrado al Mesías». Nos encontramos con dos palabras particularmente significativas: «buscar», «encontrar».

o   La alegría de buscar y encontrar al Señor.

§  Él nos sale al paso para darnos su comunión y su plenitud de vida.
            Podemos extraer de este pasaje evangélico de hoy estos dos verbos y sacar una indicación fundamental para el año nuevo, un tiempo en el que queremos renovar nuestro camino espiritual con Jesús, con la alegría de buscarlo y encontrarlo incesantemente. La alegría más auténtica, de hecho, está en la relación con Él al haberlo encontrado, seguido, conocido, amado, gracias a una continua tensión de la mente y del corazón. Ser discípulo de Cristo: esto le basta al cristiano. La amistad con el Maestro asegura al alma paz profunda y serenidad incluso en los momentos oscuros y en las pruebas más difíciles. Cuando la fe atraviesa noches oscuras, en las que se deja de «oír» y «ver» la presencia de Dios, la amistad de Jesús garantiza que en realidad no hay nada que nos pueda separar de su amor (Cf. Romanos 8, 39).

o   Al inicio del nuevo año retomamos este camino de fe que nunca acaba.

Buscar y encontrar a Cristo, manantial inagotable de verdad y de vida: la palabra de Dios nos invita a retomar, al inicio de un nuevo año este camino de fe que nunca acaba. «Maestro, ¿dónde vives?», preguntamos también nosotros a Cristo y Él nos responde: «Venid y lo veréis». Para el creyente, se trata siempre de una incesante búsqueda y de un nuevo descubrimiento, pues Cristo es el mismo ayer, hoy y siempre, pero nosotros, el mundo, la historia, no somos nunca los mismos, y Él nos sale al paso para darnos su comunión y su plenitud de vida. Pidamos a la Virgen María que nos ayude a seguir a Jesús, experimentando cada día la alegría de penetrar cada vez más en su misterio.

2. Dios tiene un proyecto para todos, llama a todos, todos tenemos una vocación.


v  Un equívoco: cuando pensamos que la vocación es exclusivamente la sacerdotal o la religiosa

·         Cuando se habla de vocación, a veces se suele reducir este hecho - erróneamente – a la vocación de los
Apóstoles; o se hace referencia exclusivamente a la vocación del sacerdote, o del religioso/a, o del misionero/a, etc. Sin embargo, existe una vocación para todos los  hombres y mujeres: es común a todos, aunque muchísimos no lo sepan o encuentren dificultades en descubrirla. Por ello, vamos a ver algunas pistas que nos da  el Catecismo de la Iglesia Católica sobre el proyecto de Dios para todos los hombres y mujeres, que tiene connotaciones específicas, dependiendo de las circunstancias de la vida de cada uno. A través de esas pistas,  más fácilmente podamos encontrar  nuestro lugar en la vida y, también, ayudar a otros a encontrarlo.  
·         Gianfranco Ravasi, o.c. p. 154: “En realidad existe una «vocación» que precede y alimenta esa y todas
las otras vocaciones:  es la llamada a la fe en Cristo, raíz y soporte de toda otra elección de vida espiritual” .

3. Dios siempre tiene la iniciativa gratuita, y a veces se sirve de intermediarios para comunicar su proyecto.


o   La vocación es llamada gratuita de Dios, que tiene siempre la iniciativa.

·         Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1998: “(...) La vocación depende enteramente de la iniciativa
gratuita de Dios, porque sólo Él puede revelarse y darse a sí mismo. Sobrepasa las capacidades de la inteligencia y las fuerzas de la voluntad humana, como las de toda criatura (Cf 1 Corintios 2, 7-9).”

o   A veces, se sirve de intermediarios - es la mediación -  para comunicar ese proyecto.

·         Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2578: (...) “El niño Samuel aprendió de su madre Ana cómo «estar
ante el Señor» (Cf 1 Samuel 1, 9-18) y del sacerdote Elí cómo escuchar su Palabra: «Habla, Señor, que tu siervo escucha» (Cf 1 Samuel 3, 9-10)  (...) ”.
§  Primera lectura (de este domingo 2º del tiempo ordinario). Samuel: «Habla, Señor, que tu siervo escucha».  Ana y  Elí son los mediadores de los que se sirve el Señor para que Samuel le reconozca.
·         Samuel vivió aproximadamente entre los años 1050 a.C. y el 970 a.C., en los reinados de Saúl y David.
Samuel fue hijo de Ana, una mujer que era estéril hasta que, después de muchas oraciones por parte de
ella, el Señor le curó de la esterilidad (cfr. 1 Samuel 1). Su madre le consagró al Señor, y Samuel desde pequeño servía a Yahvé en el templo, a las órdenes del sacerdote Elí (cfr. 1 Samuel 2, 11).
Cierto día, como relata el párrafo de la primera Lectura, cuando Samuel estaba acostado, le llamó el Señor. Samuel pensó que le llamaba el sacerdote Elí, y “corrió donde Elí diciendo: «Aquí estoy porque me has llamado»”.Elí  le respondió que no le había llamado y le ordenó que fuese a acostarse. Esto sucedió por tres veces (1 Samuel 3, 4-9); la Escritura dice que la tercera vez Elí “comprendió que era el Señor quien llamaba al muchacho, y dijo a Samuel: «Anda, acuéstate; y si te llama alguien, responde: «Habla, Señor, que tu siervo te escucha»” (1 Samuel 3,9). Elí, por tanto, instruyó a Samuel  - le ayudó – para que el joven reconociese la voz del Señor, pues, como dice la misma Escritura, las tres primeras veces no había reconocido la voz del Señor: “Samuel todavía no había reconocido al Señor”(1 Samuel 3,7). A partir de entonces, el Señor indicó a Samuel la misión para la que le había llamado, le indicó su vocación: fue el primer profeta del que se sirvió el Señor para instruir a su pueblo, a sus sacerdotes y a sus reyes. La Escritura nos dice, como acabamos de escuchar en la primera Lectura, que Samuel “crecía, y el Señor estaba con él; ninguna de sus palabras dejó de cumplirse” (v. 19); es decir, que Samuel fue fiel a su vocación, a la misión que el Señor le había encomendado.
§  Elí es modelo del verdadero educador espiritual.
Cfr. Gianfranco Ravasi, Secondo le Scritture Anno B, Piemme 4ª Edizione
1996, p. 155
·         “Elí es modelo del verdadero educador espiritual, el cual no se pone como sustituto en el asunto personal
del joven Samuel sino que lo sostiene y lo ilumina: «si te llama alguien, responde: «Habla, Señor, que tu siervo te escucha».
                El encuentro con un guía espiritual es un don extraordinario; el testimonio ofrecido a los demás es un compromiso fundamental del creyente;  la mediación límpida del hermano es frecuentemente el camino para descubrir nuestra meta, nuestra vocación. Es sugerente la representación de Juan el Bautista en la Crucifixión de Grünewald: él tiene un enorme dedo índice que apunta hacia la cruz de Jesús.  Ciertamente la meta está más allá del dedo, está más allá del maestro, más allá del hermano que nos guía. En efecto, la confesión de Juan el Bautista es iluminadora: «Es necesario que Él crezca y yo disminuya». El verdadero educador debe ser capaz de retirarse, de convertirse  hasta en un «inútil», repitiendo al final de su misión aquella frase áspera pero decisiva de Jesús: «Somos siervos inútiles; hemos hecho solamente lo que debíamos hacer»”.  
§  La mediación de su madre Ana      
·         También se puede resaltar, en la vocación de Samuel, cómo el Señor se sirve de su madre Ana – que
implora sin cesar al Señor que le cure de su esterilidad y le conceda descendencia -  para que el joven aprenda cómo estar ante el Señor. (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, como se acaba de señalar).
§  Evangelio: los primeros discípulos del Señor. Oyeron las palabras de Juan el Bautista – que fue el mediador -  y siguieron a Jesús. Pedro es conducido a Jesús por su hermano Andrés, que fue su mediador.
·         Después de reflexionar sobre la vocación de Samuel, ahora consideramos la vocación de los primeros
discípulos del Señor Jesús. Se ha escrito que las palabras más bellas y sugestivas de la Biblia son las que nos presentan la vocación de hombres concretos; en el Antiguo Testamento encontramos - junto a la de Samuel -  tantas otras: Abrahán, Moises, David, Isaías, Jeremías, etc.; en el Nuevo Testamento encontramos también muchas Zaqueo, la Samaritana, Nicodemo ... pero seguramente las “más importantes” son las de los apóstoles  que el Señor escoge directamente, sirviéndose a veces de la mediación de otros discípulos o apóstoles. En el Evangelio que se ha leído encontramos también una mediación – la de Juan el Bautista – en la elección de dos de ellos;  a su vez uno de éstos - Andrés – es el mediador de su hermano Simón a quien el Señor cambia el nombre por Pedro; en los versículos sucesivos Jesús llama a Felipe y éste lleva Natanael a Jesús ... (43-51). Los otros tres evangelistas (Mateo, Marcos y Lucas), también nos hablan del llamamiento por parte de Jesús de los primeros discípulos, señalando algunos datos diferentes de  los que hemos leído hoy.
  

Vida Cristiana

sábado, 6 de enero de 2018

Solemnidad de la Epifanía del Señor, 6 de enero de 2018.


Ø Fiesta de la Epifanía del 6 de enero de 2018. Conmemoración de la primera manifestación al mundo pagano del Hijo de Dios hecho hombre. Esa manifestación tuvo lugar con la adoración de los Magos referida por S. Mateo.  Esta fiesta subraya el destino y el significado universales del nacimiento de Jesús: vino no sólo para el pueblo de Israel, representado por los pastores de Belén, sino también para toda la humanidad, representada por los Magos. Hoy proponemos una homilía de Benedicto XVI, pronunciada el 6 de enero de 2011. Acerca de los encuentros que tuvieron en Jerusalén (con Herodes, con expertos en las Escrituras y con la Estrella) cuando iban hacia Belén para adorar al Niño Dios.  

v  Cfr. Solemnidad de la Epifanía del Señor, 6 de enero de 2018.

Isaías 60, 1-6; Efesios 3, 2-3.5-6; Mateo 2, 1-12
·                     Isaías 60, 1-6- La gloria del Señor amanece sobre ti! - ¡Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti! Mira: las tinieblas cubren la tierra, y la oscuridad los pueblos, pero sobre ti amanecerá el Señor, su gloria aparecerá sobre ti. Y caminarán los pueblos a tu luz, los reyes al resplandor de tu aurora. Levanta la vista en torno, mira: todos ésos se han reunido, vienen a ti; tus hijos llegan de lejos, a tus hijas las traen en brazos. Entonces lo verás, radiante de alegría; tu corazón se asombrará, se ensanchará, cuando vuelquen sobre ti los tesoros del mar y te traigan las riquezas de los pueblos. Te inundará una multitud de camellos, de dromedarios de Madián y de Efá. Vienen todos de Saba, trayendo incienso y oro, y proclamando las alabanzas del Señor.
·         Salmo responsorial  - Sal 71, 1-2. 7-8. 10-11. 12-13 (R.: cf. 11)  - R. Se postrarán ante ti, Señor, todos los
pueblos de la tierra. Dios mío, confía tu juicio al rey, tu justicia al hijo de reyes, para que rija a tu pueblo con justicia, a tus humildes con rectitud. R. Que en sus días florezca la justicia y la paz hasta que falte la luna; que domine de mar a mar, del Gran Río al confín de la tierra. R. Que los reyes de Tarsis y de las islas le paguen tributo. Que los reyes de Saba y de Arabia le ofrezcan sus dones; que se postren ante él todos los reyes, y que todos los pueblos le sirvan. R. Él librará al pobre que clamaba, al afligido que no tenía protector; él se apiadará del pobre y del indigente, y salvará la vida de los pobres. R.
·         Efesios 3, 2-3a. 5-6 - Ahora ha sido revelado que también los gentiles son coherederos de la promesa
Hermanos: Habéis oído hablar de la distribución de la gracia de Dios que se me ha dado en favor vuestro.
Ya que se me dio a conocer por revelación el misterio, que no había sido manifestado a los hombres en otros tiempos, como ha sido revelado ahora por el Espíritu a sus santos apóstoles y profetas: que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la promesa en Jesucristo, por el Evangelio.
·         Aleluya Mt 2, 2 - Hemos visto salir su estrella y venimos a adorar al Señor.
Mateo 2, 1-12: Venimos de Oriente a adorar al Rey. Jesús nació en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes. Entonces, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: -« ¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo.» Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó, y todo Jerusalén con él; convocó a los sumos sacerdotes y a los escribas del país, y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías. Ellos le contestaron: -«En Belén de Judea, porque así lo ha escrito el profeta: "Y tú, Belén, tierra de Judea, no eres ni mucho menos la última de las ciudades de Judea, pues de ti saldrá un jefe que será el pastor de mi pueblo Israel."» Entonces Herodes llamó en secreto a los magos para que le precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén, diciéndoles: -«Id y averiguad cuidadosamente qué hay del niño y, cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo.»  Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y de pronto la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño. Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Y habiendo recibido en sueños un oráculo, para que no volvieran a Herodes, se marcharon a su tierra por otro camino.

Una meditación sobre los Magos:
sobre su camino en busca del Mesías.
Tres encuentros que tuvieron,
en la gran ciudad de Jerusalén.
Su deseo de dejarse guiar
por los signos de Dios.

v  Cfr. Benedicto XVI, Homilía en la Epifanía del Señor, 6 de enero de 2011.

Queridos hermanos y hermanas:

Los Magos: personas en busca de una luz capaz de indicar el camino que es preciso

recorrer en la vida.  


v  Tenían la certeza de que en la creación existe lo que podríamos definir la «firma» de Dios.

o   Lo que encontraron en  su camino, en la gran ciudad de Jerusalén.

En la solemnidad de la Epifanía la Iglesia sigue contemplando y celebrando el misterio del nacimiento de Jesús salvador. En particular, la fiesta de hoy subraya el destino y el significado universales de este nacimiento. Al hacerse hombre en el seno de María, el Hijo de Dios vino no sólo para el pueblo de Israel, representado por los pastores de Belén, sino también para toda la humanidad, representada por los Magos. Y la Iglesia nos invita hoy a meditar y orar precisamente sobre los Magos y sobre su camino en busca del Mesías (cf. Mt 2, 1-12). En el Evangelio hemos escuchado que los Magos, habiendo llegado a Jerusalén desde el Oriente, preguntan: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Hemos visto su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarlo» (v. 2). ¿Qué clase de personas eran y qué tipo de estrella era esa? Probablemente eran sabios que escrutaban el cielo, pero no para tratar de «leer» en los astros el futuro, quizá para obtener así algún beneficio; más bien, eran hombres «en busca» de algo más, en busca de la verdadera luz, una luz capaz de indicar el camino que es preciso recorrer en la vida. Eran personas que tenían la certeza de que en la creación existe lo que podríamos definir la «firma» de Dios, una firma que el hombre puede y debe intentar descubrir y descifrar. Tal vez el modo para conocer mejor a estos Magos y entender su deseo de dejarse guiar por los signos de Dios es detenernos a considerar lo que encontraron, en su camino, en la gran ciudad de Jerusalén.

v  A. Ante todo encontraron al rey  Herodes

o   Éste consideraba a Dios como un rival.

§  ¿También nosotros somos ciegos ante los signos de Dios, sordos a sus palabras, porque pensamos que pone límites a nuestra vida y no nos permite disponer de nuestra existencia como nos plazca?
Ante todo encontraron al rey Herodes. Ciertamente, Herodes estaba interesado en el niño del que hablaban los Magos, pero no con el fin de adorarlo, como quiere dar a entender mintiendo, sino para eliminarlo. Herodes es un hombre de poder, que en el otro sólo ve un rival contra el cual luchar. En el fondo, si reflexionamos bien, también Dios le parece un rival, más aún, un rival especialmente peligroso, que querría privar a los hombres de su espacio vital, de su autonomía, de su poder; un rival que señala el camino que hay que recorrer en la vida y así impide hacer todo lo que se quiere. Herodes escucha de sus expertos en las Sagradas Escrituras las palabras del profeta Miqueas (5, 1), pero sólo piensa en el trono. Entonces Dios mismo debe ser ofuscado y las personas deben limitarse a ser simples peones para mover en el gran tablero de ajedrez del poder. Herodes es un personaje que no nos cae simpático y que instintivamente juzgamos de modo negativo por su brutalidad. Pero deberíamos preguntarnos: ¿Hay algo de Herodes también en nosotros? ¿También nosotros, a veces, vemos a Dios como una especie de rival? ¿También nosotros somos ciegos ante sus signos, sordos a sus palabras, porque pensamos que pone límites a nuestra vida y no nos permite disponer de nuestra existencia como nos plazca? Queridos hermanos y hermanas, cuando vemos a Dios de este modo acabamos por sentirnos insatisfechos y descontentos, porque no nos dejamos guiar por Aquel que está en el fundamento de todas las cosas. Debemos alejar de nuestra mente y de nuestro corazón la idea de la rivalidad, la idea de que dar espacio a Dios es un límite para nosotros mismos; debemos abrirnos a la certeza de que Dios es el amor omnipotente que no quita nada, no amenaza; más aún, es el único capaz de ofrecernos la posibilidad de vivir en plenitud, de experimentar la verdadera alegría.

v  B. Encontraron también a estudiosos, teólogos, expertos.

o   La tentación de considerar   las  S. Escrituras más como objeto de estudio y de debate de especialistas que como el Libro que nos enseña el camino para llegar a la vida.

§  Queremos construir nuestra existencia sobre la roca y no sobre la arena.
Los Magos, luego, se encuentran con los estudiosos, los teólogos, los expertos que lo saben todo sobre las Sagradas Escrituras, que conocen las posibles interpretaciones, que son capaces de citar de memoria cualquier pasaje y que, por tanto, son una valiosa ayuda para quienes quieren recorrer el camino de Dios. Pero, afirma san Agustín, les gusta ser guías para los demás, indican el camino, pero no caminan, se quedan inmóviles. Para ellos las Escrituras son una especie de atlas que leen con curiosidad, un conjunto de palabras y conceptos que examinar y sobre los cuales discutir doctamente. Pero podemos preguntarnos de nuevo: ¿no existe también en nosotros la tentación de considerar las Sagradas Escrituras, este tesoro riquísimo y vital para la fe la Iglesia, más como un objeto de estudio y de debate de especialistas que como el Libro que nos señala el camino para llegar a la vida? Creo que, como indiqué en la exhortación apostólica Verbum Domini, debería surgir siempre de nuevo en nosotros la disposición profunda a ver la palabra de la Biblia, leída en la Tradición viva de la Iglesia (n. 18), como la verdad que nos dice qué es el hombre y cómo puede realizarse plenamente, la verdad que es el camino a recorrer diariamente, junto a los demás, si queremos construir nuestra existencia sobre la roca y no sobre la arena.

v  C. Encontraron una estrella.

o   Lo esencial para conocer esa estrella, más allá de los estudios de los astrónomos, es que esos hombres buscaban la “firma” de la creación, el sentido último de la realidad. El lenguaje de la creación.

Pasemos ahora a la estrella. ¿Qué clase de estrella era la que los Magos vieron y siguieron? A lo largo de los siglos esta pregunta ha sido objeto de debate entre los astrónomos. Kepler, por ejemplo, creía que se trataba de una «nova» o una «supernova», es decir, una de las estrellas que normalmente emiten una luz débil, pero que pueden tener improvisamente una violenta explosión interna que produce una luz excepcional. Ciertamente, son cosas interesantes, pero que no nos llevan a lo que es esencial para entender esa estrella. Debemos volver al hecho de que esos hombres buscaban las huellas de Dios; trataban de leer su «firma» en la creación; sabían que «el cielo proclama la gloria de Dios» (Sal 19, 2); es decir, tenían la certeza de que es posible vislumbrar a Dios en la creación. Pero, al ser hombres sabios, sabían también que no es con un telescopio cualquiera, sino con los ojos profundos de la razón en busca del sentido último de la realidad y con el deseo de Dios, suscitado por la fe, como es posible encontrarlo, más aún, como resulta posible que Dios se acerque a nosotros. El universo no es el resultado de la casualidad, como algunos quieren hacernos creer. Al contemplarlo, se nos invita a leer en él algo profundo: la sabiduría del Creador, la inagotable fantasía de Dios, su infinito amor a nosotros. No deberíamos permitir que limiten nuestra mente teorías que siempre llegan sólo hasta cierto punto y que —si las miramos bien— de ningún modo están en conflicto con la fe, pero no logran explicar el sentido último de la realidad. En la belleza del mundo, en su misterio, en su grandeza y en su racionalidad no podemos menos de leer la racionalidad eterna, y no podemos menos de dejarnos guiar por ella hasta el único Dios, creador del cielo y de la tierra. Si tenemos esta mirada, veremos que el que creó el mundo y el que nació en una cueva en Belén y sigue habitando entre nosotros en la Eucaristía son el mismo Dios vivo, que nos interpela, nos ama y quiere llevarnos a la vida eterna.

o   La estrella desapareció en Jerusalén.

§  Tuvieron que constatar que aquel recién nacido no se encontraba en los lugares del poder y de la cultura, aunque en esos lugares se daban valiosas informaciones sobre él. Los criterios de Dios.
Herodes, los expertos en las Escrituras, la estrella. Sigamos el camino de los Magos que llegan a Jerusalén. Sobre la gran ciudad la estrella desaparece, ya no se ve. ¿Qué significa eso? También en este caso debemos leer el signo en profundidad. Para aquellos hombres era lógico buscar al nuevo rey en el palacio real, donde se encontraban los sabios consejeros de la corte. Pero, probablemente con asombro, tuvieron que constatar que aquel recién nacido no se encontraba en los lugares del poder y de la cultura, aunque en esos lugares se daban valiosas informaciones sobre él. En cambio, se dieron cuenta de que a veces el poder, incluso el del conocimiento, obstaculiza el camino hacia el encuentro con aquel Niño. Entonces la estrella los guió a Belén, una pequeña ciudad; los guió hasta los pobres, hasta los humildes, para encontrar al Rey del mundo. Los criterios de Dios son distintos de los de los hombres. Dios no se manifiesta en el poder de este mundo, sino en la humildad de su amor, un amor que pide a nuestra libertad acogerlo para transformarnos y ser capaces de llegar a Aquel que es el Amor. Pero incluso para nosotros las cosas no son tan diferentes de como lo eran para los Magos. Si se nos pidiera nuestro parecer sobre cómo Dios habría debido salvar al mundo, tal vez responderíamos que habría debido manifestar todo su poder para dar al mundo un sistema económico más justo, en el que cada uno pudiera tener todo lo que quisiera. En realidad, esto sería una especie de violencia contra el hombre, porque lo privaría de elementos fundamentales que lo caracterizan. De hecho, no se verían involucrados ni nuestra libertad ni nuestro amor. El poder de Dios se manifiesta de un modo muy distinto: en Belén, donde encontramos la aparente impotencia de su amor. Y es allí a donde debemos ir y es allí donde encontramos la estrella de Dios.

o   La Palabra de Dios es la verdadera estrella. Escuchar la voz de las Escrituras.

§  Nuestro camino estará siempre iluminado por una luz que ningún otro signo puede darnos.  
Y también nosotros podremos convertirnos en estrellas para los demás.
Así resulta muy claro también un último elemento importante del episodio de los Magos: el lenguaje de la creación nos permite recorrer un buen tramo del camino hacia Dios, pero no nos da la luz definitiva. Al final, para los Magos fue indispensable escuchar la voz de las Sagradas Escrituras: sólo ellas podían indicarles el camino. La Palabra de Dios es la verdadera estrella que, en la incertidumbre de los discursos humanos, nos ofrece el inmenso esplendor de la verdad divina. Queridos hermanos y hermanas, dejémonos guiar por la estrella, que es la Palabra de Dios; sigámosla en nuestra vida, caminando con la Iglesia, donde la Palabra ha plantado su tienda. Nuestro camino estará siempre iluminado por una luz que ningún otro signo puede darnos. Y también nosotros podremos convertirnos en estrellas para los demás, reflejo de la luz que Cristo ha hecho brillar sobre nosotros. Amén.




Vida Cristiana


viernes, 5 de enero de 2018

Mi preferida: Santiago Agrelo


Tú eres mi elegida a quien prefiero

Celebramos el misterio del Bautismos del Señor: “Apenas se bautizó el Señor se abrió el cielo, y el Espíritu se posó sobre él como una paloma. Y se oyó la voz del Padre, que decía: Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto”.
Ahora, Iglesia de Cristo, entra en ese misterio que celebras.
Abre los ojos de la fe y verás que se te ha abierto la morada misma donde Dios habita, pues oyes la voz del Padre, ves al Espíritu Santo, y se te revela la presencia del Hijo predilecto del Padre.
Me dirás con razón que tal cosa es imposible.
Es verdad: nosotros no podemos traspasar la frontera de Dios, pero él puede traspasar nuestras fronteras: es él quien ha venido a tu morada, a tu tierra, a tu pobreza.
El misterio de Dios se ha hecho tan cercano al hombre que pasa por la vida del hombre Cristo Jesús. El cielo se ha hecho tan cercano a la tierra que la Trinidad Santa la ilumina con la claridad de su luz.
Escucha ahora el evangelio de este día: “Tú eres mi Hijo amado, mi preferido”.
En Dios, ésas son palabras de un diálogo eterno de amor.
Pero ahora son también palabras de un diálogo con el hombre, palabras pronunciadas en nuestra tierra, en nuestro tiempo, sobre uno de nosotros, sobre uno como nosotros, sobre un pobre.
Recuerda, Iglesia santa, con cuánta insistencia se te ha dicho durante el tiempo de Navidad que hoy termina: “El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”.
Recuérdalo y admira lo que eso significa. A ese hombre, a ese hijo que nos ha nacido, a ese niño que se nos ha dado, a esa carne de nuestra carne, a ese humillado que se bautiza entre los humillados del mundo, el Padre Dios puede decirle con toda verdad: “Tú eres mi Hijo amado, mi preferido”.
Lo que era verdad sólo en el cielo, lo es ya también y para siempre en la tierra.
Ése es, Iglesia santa, el fondo luminoso de tu fiesta de hoy.
A ese fondo, añade luego los detalles del misterio que contemplas: “Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero. Sobre él he puesto mi espíritu… Promoverá fielmente el derecho”.
Ves que en ese hombre nuevo se dan la mano el Hijo y el Siervo, el amado de Dios y el que Dios ha enviado a promover el derecho entre los hombres, el que es elegido de Dios y el que es luz de las naciones.
Aún no has considerado, sin embargo, lo más asombroso del misterio que celebras, pues a Cristo Jesús, al Siervo de Dios, al Hijo preferido del Padre Dios, tú has sido unida en admirable comunión por la fe, de tal modo que puedes decir con verdad: Él se bautiza y yo soy purificada; él se bautiza, y yo soy santificada; él se bautiza, y sobre mí baja el Espíritu Santo; él se bautiza, y yo oigo la voz del Padre que me dice: “Tú eres mi elegida a quien prefiero”.
De esa comunión admirable y dichosa es sacramento la eucaristía que estamos celebrando. No olvides tu pobreza, Esposa de Cristo, que hoy haces comunión con el Hijo de Dios. Dichosa tú, que has creído, porque hoy los cielos se abren para ti, y baja sobre ti el Espíritu del Señor, y la voz del Padre te penetra con su declaración de amor. Dichosa tú, humanidad nueva, que el Señor ha llamado con justicia, que tu Dios ha tomado de la mano, para hacerte luz de las naciones.
No olvides tu pobreza, no olvides que eres amada, no olvides a los pobres.

sábado, 30 de diciembre de 2017

Domingo de la S. Familia 31 de diciembre de 2017, Ciclo B


Ø La familia. Es escuela de fe, y también y no menos importante, escuela del más rico humanismo.

v  Cfr. Domingo de la S. Familia 31 de diciembre de 2017, Ciclo B

Eclesiástico 3, 2-6.12-14; Sal 127, 1-2.3.4-5; Colosenses  3, 12-21; Lucas 2,22-40
Lucas 2, 22-40: 22 Cuando llegó el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor, 23 de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: «Todo primogénito varón será consagrado al Señor», 24 y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: «un par de tórtolas o dos pichones.» Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo. Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: - «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel.» Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño. Simeón los bendijo,diciendo a María, su madre: - «Mira, éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti, una espada te traspasará el alma.» Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana; de jovencita había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Acercándose en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén. Y cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. 40 El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba.
“El hogar es la primera escuela de la vida cristiana
y «escuela del más rico humanismo»”
(Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1657)

1. El horizonte de la fe en la familia.

v  A modo de introducción.

o   ¿Es posible creer hoy y cultivar hoy una idea de la familia alta, sin parecer ilusos que viven fuera del tiempo? 

Cfr. Raniero Cantalamessa, La Parola e la Vita, Anno B, Città Nuova, 9ª Edizione
Junio 2001, pp. 40-45
·         “Es posible que dos jóvenes se conozcan, se den cuenta de que se quieren, un bien
especial, diverso de cualquier otro sentimiento que han experimentado hasta hoy.  Es posible que su amor madure hasta tomar posesión de su ser y transformarles , como el fuego que hace incandescente lo que penetra. Es posible que lleguen un día ante el altar para pedir a Dios, con la confianza de hijos, que consagre su amor que, a pesar de la fragilidad de su carne, se han esforzado por mantenerse castos, o hacer de modo que, caminando, puedan presentarlo para consagrar toda su vida. Es posible que a su alrededor, o mejor de ellos, broten otras vidas, que pasen los años, que llamen a la puerta los más profundos dolores, sin que su familia y su amor se endurezcan. Todo esto es posible, por la sencilla razón de que de hecho existe, y todos nosotros hemos conocido algún ejemplo” .
            [Para que suceda esto] El secreto real es éste: no perder jamás el contacto y no separarse de la raíz de la que nace un día la familia, es decir del amor.  (pp. 42-43).
            Esto parece imposible  (…) pero no lo es si tal amor es “elevado” progresivamente por la caridad (…) que constituye “el primero y más grande mandamiento” donde encontrar el primer y principal campo de acción en la familia. Es extraño que por amor al prójimo se entienda el amor por los pobres del tercer mundo, por los leprosos, por los lejanos, y  no se entienda, normalmente, por el amor del prójimo más próximo, es decir, aquél que está cercano, aquel que es vecino.
            Cuando la caridad (aquella que la Escritura llama ágape)  completa el amor humano  (lo que los griegos llamaban eros), entonces los frutos son maravillosos. San Pablo los enumera en una Carta suya: la caridad, dice, es paciente, es amable, no es envidiosa, no se irrita, no busca lo suyo, no se irrita … (Cf. 1 Corintios 13, 4ss.). Lo recuerda bajo la forma de consejo también en la Lectura de hoy: revestíos de entrañas de misericordia, de bondad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia. Sobrellevaos mutuamente y perdonaos  cuando alguno tenga queja contra otro; como el Señor os ha perdonado, hacedlo así también vosotros. (p. 43).
            Sólo este tipo de amor, que ya no es pura atracción física, ni sentimentalismo, sino verdadero don de sí mismo al otro, puede hacer superar la contraposición que hoy destroza tantas familia y divide una generación de la otra, es decir, los hijos de los padres. Estos, en efecto, no hacen otra cosa que hablar de obediencia; aquellos, los jóvenes, no entienden otra  palabra que libertad. Una antítesis que crea con frecuencia fosos de incomprensión, de amargura y desilusión, y hace que se pierda el amor entre unos y otros en la vida de familia, y que induce a los jóvenes a buscar en otra parte, por ejemplo en la doga, una evasión. (pp. 43-44).
            Según la palabra de Dios, hay una salida a esa alternativa entre obediencia y libertad, que es, precisamente, la caridad.  (…)
            ¿Cómo se  adquiere la disposición que sabe perdonar, dar en silencio u olvidar?  (…) sobre todo es fruto de la gracia y de la ayuda de Dios. Hay un himno que cantamos frecuentemente en la comunión que dice: «Donde hay caridad y amor aquí está Dios». También lo contrario es verdad profundamente: «Donde está Dios, hay caridad y amor». En la familia en la que Dios está presente por la fe de los padres, por la escucha de la palabra, por la oración hecha en común y por la observancia de su ley, no faltará el amor, o podrá renacer después de las crisis. (p. 44).  

o   Las familias creyentes tienen una importancia primordial en cuanto faros de una fe viva e irradiadora.

·         Es muy importante que la familia viva su vida en la fe, de modo que a la luz de ésta los miembros
de la familia interpreten todas las etapas y los sucesos que miden la misma vida. “Las familias creyentes tienen una importancia primordial en cuanto faros de una fe viva e irradiadora. Por eso el Concilio Vaticano II llama a la familia, con una antigua expresión, «Ecclesia doméstica» (Lumen Gentium, 11; cf  Familiaris consortio, 21)”. (Cfr. CEC 1656).

o   Fe, esperanza, caridad

·         “La fe y la esperanza se han de manifestar en el sosiego con que se enfocan los problemas,
pequeños o grandes, que en todos los hogares ocurren, en la ilusión con que se persevera en el cumplimiento del propio deber. La caridad lo llenará así todo, y llevará a compartir las alegrías y los posibles sinsabores; a saber sonreír, olvidándose de las propias preocupaciones para atender a los demás; a escuchar al otro cónyuge o a los hijos, mostrándoles que de verdad se les quiere y comprende; a pasar por alto menudos roces sin importancia que el egoísmo podría convertir en montañas; a poner un gran amor en los pequeños servicios de que está compuesta la convivencia diaria  (Es Cristo que pasa, n. 23).

v  Los hijos aprenden en la familia a descubrir su vocación, lo que Dios quiere de ellos: los padres han de fomentar la vocación personal de cada hijo (cfr. CEC 1656; Lumen gentium, 11 [1]).

·         Familiaris consortio, n. 53:  La familia debe formar a los hijos para la vida, de manera que
cada uno cumpla en plenitud su cometido, de acuerdo con la vocación recibida de Dios. (…).

o   Las diversas circunstancias de la vida de familia son vistas como vocación/llamada de Dios y son realizadas como respuesta filial a su llamada.

·         Familiaris consortio, n. 59: La vida de oración en la familia “tiene como contenido original la
misma vida de familia que en las diversas circunstancias es interpretada como vocación de Dios y es actuada como respuesta filial a su llamada: alegrías y dolores, esperanzas y tristezas, nacimientos y cumpleaños, aniversarios de la boda de los padres, partidas, alejamientos y regresos, elecciones importantes y decisivas, muerte de personas queridas, etc., señalan la intervención del amor de Dios en la historia de la familia, como deben también señalar el momento favorable de acción de gracias, de imploración, de abandono confiado de la familia al Padre común que está en los cielos.”

2. Familia y sociedad: el hogar es «escuela del más rico humanismo» (Cfr. Gaudium et spes, 52,1; Catecismo de la Iglesia Católica, nn.  1657. 2207)

v  En la familia se aprenden los valores morales; la vida de familia es iniciación a la vida de la sociedad. La familia es escuela del más rico humanismo.

·         Catecismo de la …, n. 1657: “El hogar es así la primera escuela de la vida cristiana y «escuela
del más rico humanismo» (Gaudium et spes 52, 1). Aquí se aprende la paciencia y el gozo del trabajo, el amor fraterno, el perdón generoso, incluso reiterado, y sobre todo el culto divino por medio de la oración y la ofrenda de su vida.”   
·         Catecismo de la … , n. 2207: “La familia es la «célula original de la vida social». Es la sociedad
natural en que el hombre y la mujer son llamados al don de sí en el amor y en el don de la vida. La autoridad, la estabilidad y la vida de relación en el seno de la familia constituyen los fundamentos de la libertad, de la seguridad, de la fraternidad en el seno de la sociedad. La familia es la comunidad en la que, desde la infancia, se pueden aprender los valores morales, se comienza a honrar a Dios y a usar bien de la libertad. La vida de familia es iniciación a la vida en sociedad”.
·         San Juan Pablo II, Familiaris consortio,  64: “Animada y sostenida por el mandamiento nuevo
del amor, la familia cristiana vive la acogida, el respeto, el servicio a cada hombre, considerado siempre en su dignidad de persona y de hijo de Dios.”

v  La tarea educativa de los padres es esencial, original y primaria, insustituible e inalienable

·         Familiaris consortio, 36. “La tarea educativa tiene sus raíces en la vocación primordial de los
esposos a participar en la obra creadora de Dios; ellos, engendrando en el amor y por amor una nueva persona, que tiene en sí la vocación al crecimiento y al desarrollo, asumen por eso mismo la obligación de ayudarla eficazmente a vivir una vida plenamente humana. Como ha recordado el Concilio Vaticano II: «Puesto que los padres han dado la vida a los hijos, tienen la gravísima obligación de educar a la prole, y por tanto hay que reconocerlos como los primeros y principales educadores de sus hijos. Este deber de la educación familiar es de tanta transcendencia que, cuando falta, difícilmente puede suplirse. Es, pues, deber de los padres crear un ambiente de familia animado por el amor, por la piedad hacia Dios y hacia los hombres, que favorezca la educación íntegra personal y social de los hijos. La familia es, por tanto, la primera escuela de las virtudes sociales, que todas las sociedades necesitan» (Declaración sobre la educación cristiana de la juventud, Gravissimum educationis, 3).
El derecho-deber educativo de los padres se califica como esencial, relacionado como está con la transmisión de la vida humana; como original y primario, respecto al deber educativo de los demás, por la unicidad de la relación de amor que subsiste entre padres e hijos; como insustituible e inalienable y que, por consiguiente, no puede ser totalmente delegado o usurpado por otros.”

v  Valores esenciales de la vida humana en los que hay que educar a los hijos cfr. Familiaris consortio, 37

o   Justa libertad ante los bienes materiales.

            “Aun en medio de las dificultades, hoy a menudo agravadas, de la acción educativa, los padres deben formar a los hijos con confianza y valentía en los valores esenciales de la vida humana. Los hijos deben crecer en una justa libertad ante los bienes materiales, adoptando un estilo de vida sencillo y austero, convencidos de que «el hombre vale más por lo que es que por lo que tiene» (Conc. Vaticano II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, 35)”.

o   b) Los hijos deben enriquecerse no sólo con el sentido de la verdadera justicia sino, más aún, del verdadero amor.

“En una sociedad sacudida y disgregada por tensiones y conflictos a causa del choque entre los diversos individualismos y egoísmos, los hijos deben enriquecerse no sólo con el sentido de la verdadera justicia, que lleva al respeto de la dignidad personal de cada uno, sino también y más aún del sentido del verdadero amor, como solicitud sincera y servicio desinteresado hacia los demás, especialmente a los más pobres y necesitados. La familia es la primera y fundamental escuela de socialidad; como comunidad de amor, encuentra en el don de sí misma la ley que la rige y hace crecer. El don de sí, que inspira el amor mutuo de los esposos, se pone como modelo y norma del don de sí que debe haber en las relaciones entre hermanos y hermanas, y entre las diversas generaciones que conviven en la familia. La comunión y la participación vivida cotidianamente en la casa, en los momentos de alegría y de dificultad, representa la pedagogía más concreta y eficaz para la inserción activa, responsable y fecunda de los hijos en el horizonte más amplio de la sociedad.”

o   c) Los padres están llamados a ofrecer a los hijos una educación sexual clara y delicada. Es una riqueza de toda la persona – cuerpo, sentimiento y espíritu – que lleva a la persona hacia el don de sí misma en el amor, frente a una cultura que «banaliza» en gran parte la sexualidad humana.

§  Esta educación llevará a los hijos  a conocer y estimar las normas morales como garantía necesaria y preciosa para un crecimiento personal y responsable en la sexualidad humana.
“La educación para el amor como don de sí mismo constituye también la premisa indispensable para los padres, llamados a ofrecer a los hijos una educación sexual clara y delicada. Ante una cultura que «banaliza» en gran parte la sexualidad humana, porque la interpreta y la vive de manera reductiva y empobrecida, relacionándola únicamente con el cuerpo y el placer egoísta, el servicio educativo de los padres debe basarse sobre una cultura sexual que sea verdadera y plenamente personal. En efecto, la sexualidad es una riqueza de toda la persona —cuerpo, sentimiento y espíritu— y manifiesta su significado íntimo al llevar la persona hacia el don de sí misma en el amor.
La educación sexual, derecho y deber fundamental de los padres, debe realizarse siempre bajo su dirección solícita, tanto en casa como en los centros educativos elegidos y controlados por ellos. En este sentido la Iglesia reafirma la ley de la subsidiaridad, que la escuela tiene que observar cuando coopera en la educación sexual, situándose en el espíritu mismo que anima a los padres.
En este contexto es del todo irrenunciable la educación para la castidad, como virtud que desarrolla la auténtica madurez de la persona y la hace capaz de respetar y promover el «significado esponsal» del cuerpo. Más aún, los padres cristianos reserven una atención y cuidado especial —discerniendo los signos de la llamada de Dios— a la educación para la virginidad, como forma suprema del don de uno mismo que constituye el sentido mismo de la sexualidad humana.
Por los vínculos estrechos que hay entre la dimensión sexual de la persona y sus valores éticos, esta educación debe llevar a los hijos a conocer y estimar las normas morales como garantía necesaria y preciosa para un crecimiento personal y responsable en la sexualidad humana.
Por esto la Iglesia se opone firmemente a un sistema de información sexual separado de los principios morales y tan frecuentemente difundido, el cual no sería más que una introducción a la experiencia del placer y un estímulo que lleva a perder la serenidad, abriendo el camino al vicio desde los años de la inocencia.”




Vida Cristiana






[1] Concilio Vaticano II, Lumen Gentium, 11: «(…) Por fin, los cónyuges cristianos, en virtud del sacramento del matrimonio, por el que manifiestan y participan del misterio de la unidad y del fecundo amor entre Cristo y la Iglesia (Efesios, 5, 32), se ayudan mutuamente a santificarse en la vida conyugal y en la procreación y educación de los hijos, y, de esta manera, tienen en su condición y estado de vida su propia gracia en el Pueblo de Dios (cf. 1 Corintios, 7, 7) [1 Cor., 7, 7: "Cada uno recibe del Señor su propio don: uno de una manera y otro de otra". Cf. S. Agustín, De Dono Persev., 14, 37]».

viernes, 29 de diciembre de 2017

Aprendiendo la paz: Santiago Agrelo

A los fieles de la Iglesia de Tánger: PAZ Y BIEN.
Lo habéis oído en la noche de Navidad: En el campo de los pastores, en torno al ángel que les traía la buena noticia, “apareció una legión del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: «Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad”.
Ahora, al comienzo del año, en el día que para ti, Iglesia en Navidad, es la solemnidad de Santa María, Madre de Dios, el día octavo del nacimiento de tu Señor, el día del nacimiento de aquel cuyo nombre es “Admirable, Dios, Príncipe de la paz, Padre perpetuo”, oirás un mandato de bendición que recae sobre la aspiración más profunda del hombre, sobre el bien que Dios le puede ofrecer: “El Señor se fije en ti y te conceda la paz”.
Haciéndose eco de ese mandato divino, el Papa Francisco abre el nuevo año con palabras que nos alcanzan como un clamor de bendición: “Paz a todas las personas y a todas las naciones de la tierra”.
Y yo, queridos, os pido que, con la determinación de quienes han conocido el amor que Dios nos tiene, llenemos de paz y bien este tiempo –el de nuestra vida- que se nos ha dado para amar.
De qué hablamos cuando decimos paz:
Se lo podemos preguntar al Señor, que manda bendecir a su pueblo con la paz. Se lo podemos preguntar a los ángeles de Dios que, en la noche del nacimiento de Jesús, anuncian la paz a los hombres de buena voluntad. Se lo podemos preguntar al mismo Jesús que, cuando se despide de sus discípulos, les da la paz, les deja en herencia su paz. Y se lo podemos preguntar al Resucitado que, al hacerse presente entre los suyos, los envuelve familiarmente en un saludo de paz.
La paz se nos muestra así inseparable de la cercanía de Dios a nuestra vida, del amor que Dios nos tiene, de la misericordia con que nos abraza, de la esperanza con que nos enriquece, de la gracia con que nos visita, de la salvación que nos ofrece, de la justicia con que nos une a él, de la plenitud a la que nos llama, plenitud que sólo Dios puede dar, fundamentar, sostener, acreditar, consolidar… La paz es todo el bien que podemos desear.
Busca la paz:
Para ti, Iglesia en Navidad, la paz –esa plenitud del bien- es inseparable de tu fe en Cristo Jesús.
Él es el sacramento del amor que Dios nos tiene, él es la misericordia con que Dios nos abraza, él es nuestra esperanza, nuestra justicia, nuestra redención, nuestra gracia, nuestra vida. Dicho todo en una vez: Él es nuestra paz.
Pudiéramos pensar que, si somos cristianos, ya somos hombres y mujeres en paz, hombres y mujeres de paz. Pero no hace falte que yo sobresalte a nadie diciendo que eso no es así, pues cada uno de nosotros es testigo de la paz que nos falta, de la paz que no damos, de la paz que no sabemos construir.
Condición primera para que busquemos la paz es reconocer que la necesitamos, como se necesita para vivir el alimento con que nos nutrimos o el aire que respiramos.
Es cierto que la paz es don de Dios, como lo es la fe en Cristo Jesús, como lo es la comunión con Cristo Jesús. Pero igualmente cierto es que el don aceptado es el comienzo de una tarea que hemos de realizar: La fe ha de ser mantenida viva, la comunión ha de ser fortalecida, Cristo ha de crecer en nosotros, y por la paz hemos de trabajar cada día hasta que ella se adueñe de nosotros, hasta que entremos en el descanso de Dios.
Tenemos tarea y tenemos dificultades, muchas dificultades, que vencer.
A vosotros, que aprendisteis la historia de la salvación en el regazo de la Iglesia y que, por eso mismo, estáis familiarizados con las páginas de la Sagrada Escritura, no os será difícil dar nombre a los enemigos que la paz ha tenido desde el principio en el corazón del hombre: La ambición del que quiere ser como Dios, la frustración del que se siente menos que su hermano, la arrogancia del que se siente más que los demás, el mal que se adueña del corazón humano, la soberbia que nos confunde para que no nos entendamos unos con otros… Enemigos de la paz son la injusticiala opresiónla exclusiónla mentirala desigualdad.
Si fuésemos conscientes de la facilidad con que nos ausentamos de la paz, creo que la recordaríamos como el hambriento recuerda el pan del que carece, o el enfermo recuerda la salud que ha perdido.
Busca la paz, Iglesia amada de Dios; búscala, como busca la cierva corrientes de agua; búscala, como buscas en la contemplación el rostro de Dios; apréndela como aprendes a creer, a esperar, a amar.
Paz para los pobres:
Pero hoy no es en la paz de nuestro corazón en lo que quiero fijarme. Sé que la buscáis y que la ofrecéis, la deseáis y la cultiváis, la amáis y la pedís.
Hoy necesito hablaros de “migrantes y refugiados”, “hombres y mujeres, niños, jóvenes y ancianos que buscan un lugar donde vivir en paz”. Hoy quiero hacerme eco de las palabras del Papa Francisco para la LI Jornada Mundial de la Paz y aprender con vosotros a llevar paz a la vida de los pobres.
Porque nos amó, el Hijo de Dios se hizo hombre para ser nuestra paz.
Como si hubiese sentido en lo hondo de su divinidad el hambre de paz que atormenta las entrañas de la humanidad, Dios, con disposición propia de su sabiduría, a todos nos acogió, a todos nos ayudó, a todos nos atendió, a todos nos abrazó. Y de él aprendemos nosotros a llevar paz a la vida de todos. Del Hijo de Dios que, hecho hombre, se hizo nuestra paz, aprendemos a acoger, a ayudar, a atender, a amar, a perder la vida para que los demás puedan vivir.
Quien olvidado de los demás vive para sí mismo, ése se alía con la violencia, renuncia a ser dichoso y se pierde a sí mismo.
Compromiso con los pobres:
Puede que jamás lleguen a saberlo, pero habremos estado eficazmente al lado de los pobres si nuestra palabra, nuestras opciones políticas, nuestra forma de vida, contribuyen a erradicar las múltiples formas de violencia que ellos padecen.
Eso implica que se nos ha de hallar enfrentados a toda pretensión de justificar guerras, conflictos, genocidios…
Se nos hallará despiertos y activos contra toda forma de trata de seres humanos, de explotación, de esclavitud, de negación de la dignidad inalienable de la persona humana… contra el enriquecimiento de unos a costa del empobrecimiento de otros, contra el expolio de unos países por parte de otros, contra un sistema que supedita la dignidad de los personas a razones de seguridad o de beneficio económico.
Una moral políticamente correcta, halagada para dar una seguridad engañosa, ha hecho que nuestra sensibilidad ponga el grito en el cielo por un gato atrapado en un árbol o en un tejado, y duerma sueños tranquilos ante miles de hombres y mujeres concentrados sin piedad en el horror de los caminos de una emigración forzada y no regulada.
Nuestro compromiso con los pobres exige que denunciemos, tanto esa moral de salón como la moral desencarnada que con demasiada frecuencia predicamos los que nos sentamos en la cátedra de Moisés.
“Una mirada contemplativa”:
Queridos: muchas veces he intentado ejercitar con vosotros esa mirada: la que pone a la luz de la fe la vida de los pobres.
Contemplados bajo esa luz, ellos son los hijos para los que Dios reclama la mayor atención; ellos son nuestra propia carne; ellos son el cuerpo de Cristo; ellos son el Señor que llama a nuestra puerta y nos pide ayuda; ellos son ocasión inesperada y sorprendente que se nos da de acoger a Dios.
Esa mirada contemplativa anula en nosotros toda justificación para la indiferencia o el rechazo de los pobres. Esa mirada contemplativa nos sitúa en los caminos de los emigrantes y los refugiados, en las fronteras que se les cierran, en las pateras a las que suben, en los infiernos a los que son condenados.
Esa mirada contemplativa va más allá de razones económicas, políticas o religiosas.
Sí, he dicho también “religiosas”. Pues –somos testigos de ello- se han hecho escandalosamente numerosos los que, por mantener la supuesta identidad religiosa –la identidad cristiana- de una sociedad, de una nación o de un continente, justifican el sufrimiento de los pobres, el abandono al que son entregados los hijos de Dios.
Pobres razonadores ciegos; ¿cómo se puede mantener una supuesta identidad cristiana maltratando realmente a Cristo en sus hermanos pobres?
“El Señor os bendiga y os guarde”:
Ya sólo me queda, hermanos míos muy queridos, cumplir con vosotros el mandato del Señor y bendeciros:
“El Señor os bendiga y os proteja, ilumine su rostro sobre vosotros y os conceda su favor. El Señor se fije en vosotros y os conceda la paz”.
La paz que lleváis en el corazón es evidencia de la presencia de Dios en vuestra vida.
Tánger, 27 de diciembre de 2017.
Festividad de San Juan evangelista.

jueves, 28 de diciembre de 2017

El Tribunal Constitucional italiano no admite la maternidad subrogada



Ø La maternidad subrogada. “Alquilar un vientre” está prohibido en la mayor parte de los países
desarrollados. No obstante, no faltan quienes utilizan ese sistema e intenta luego registrar civilmente al nacido, apelando al “superior interés del menor”, prioritario en las convenciones internacionales. Pero en una sentencia reciente, el Tribunal Constitucional italiano ha rehusado convalidar la maternidad subrogada por respeto a la realidad biológica y a la dignidad de las personas.

El Tribunal Constitucional italiano
no admite la maternidad subrogada
Aceprensa - SALVADOR BERNAL - 26.DIC.2017

En el caso de Italia, esa fórmula fue ya rechazada para una pareja que había encargado un niño en Rusia; además, se le quitó la custodia. El criterio fue confirmado por una sentencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos. La Corte de Casación francesa ha optado por una solución intermedia, que consiste en aceptar la paternidad de uno de los miembros de la pareja, a pesar de la contravención de la ley: para evitar que el hijo sea apátrida.

o   Un caso típico de fraude de ley

Ahora, el Tribunal Constitucional italiano, ante un caso planteado por los jueces de apelación de Milán, insiste en que el juez que debe pronunciarse sobre la inscripción de un niño concebido mediante subrogación de la maternidad está obligado a evaluar conjuntamente el interés en la verdad (favor veritatis) y el interés superior del niño, de acuerdo con el artículo 263 del Código Civil. Así, el criterio fijado por el Tribunal excluye el reconocimiento si existe falta de verdad en quien lo solicita, porque “la verdad biológica de la procreación constituye un elemento esencial de la identidad personal del menor”, aunque no sea el único.

“La verdad biológica de la procreación constituye un elemento esencial de la identidad personal del menor”
La historia resumida es la de un niño, reconocido como hijo por una mujer que dice ser su madre. Pero el juez encargado del registro no lo entiende así, y la mujer acude al tribunal de apelación de Milán, que eleva su duda a la Corte Constitucional. Esa mujer estaba casada con un hombre, padre biológico del hijo, que nació de un útero alquilado en la India. El nacido tiene una madre genética, que donó el óvulo, y otra subrogada, que le dio a luz tras el correspondiente embarazo. Pero quien quería inscribirlo era una tercera persona, distinta de las dos madres biológicas (la donante y la subrogada), que lo tomó como propio desde el nacimiento.
Antes de que existiera esta técnica de gestación, el Código Civil italiano estableció el requisito de la veracidad biológica. En algunos casos, la evaluación se realiza directamente por la ley (por ejemplo, en el supuesto de fecundación heteróloga); en otros, “el legislador impone, por el contrario, el reconocimiento ineludible de la verdad, con prohibiciones como la de la maternidad subrogada. Pero sin cancelar el interés del menor”.
Cuando hay una laguna legal, como en el caso planteado por los jueces de Milán, la evaluación es más compleja: no se limita a dilucidar “la alternativa verdadero / falso”. Se deben tener en cuenta más variables: además de “la duración de la relación con el menor y, por lo tanto, la identidad adquirida, en la actualidad tiene una importancia particular el modo de la concepción y la gestación”. La ley incluye además la posibilidad, para el “progenitor social”, de establecer, por medio de la adopción en casos especiales, un vínculo jurídico que garantice al menor una tutela adecuada.

o   No hay espacio jurídico para la maternidad subrogada

En la valoración del juez, precisa la sentencia, importa mucho la consideración del valor muy negativo que el ordenamiento jurídico da a la subrogación de la maternidad, que “ofende en términos intolerables la dignidad de la mujer y socava la raíz de las relaciones humanas”. Por lo tanto, la Corte declara infundada la cuestión de legitimidad constitucional planteada por el Tribunal de Apelación de Milán sobre el artículo 263 del Código Civil. Y confirma que, en Italia, la filiación sólo puede ser natural o adoptiva; no hay espacio jurídico para la maternidad subrogada. El criterio resulta decisivo para evitar el fraude de ley cometido por parejas italianas (heterosexuales o del mismo sexo), que tratan de esquivar la prohibición legal recurriendo a países en que se admite de hecho o de derecho esa praxis.
La maternidad subrogada “ofende en términos intolerables la dignidad de la mujer y socava la raíz de las relaciones humanas”
Como señalaba Assuntina Morresi en Avvenire, “la verdad es que la única madre es la que ha concebido a su hijo, lo ha llevado en el vientre y lo ha dado a luz”; sólo cabe otra maternidad distinta, la adoptiva, cuando ha desaparecido la primera o no está en condiciones de cuidar de su hijo biológico. En definitiva, el reconocimiento jurídico del deseo de parentalidad no implica admitir procesos que lesionan la dignidad de la persona, mercantilizan a madres e hijos, y niegan el derecho de estos a conocer sus orígenes.




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