miércoles, 1 de noviembre de 2017

Desacato al silencio (Santiago Agrelo)

El pasado miércoles, día 25, presenté en Madrid, en la sede de la editorial Perpetuo Socorro, el libro «Desacato al silencio», una mirada desde la fe al mundo de los emigrantes.
La liturgia de la palabra del próximo Domingo se abre con una declaración solemne, inapelable: “Así dice el Señor: «No oprimirás al forastero, porque forasteros fuisteis vosotros en Egipto». Y, en el evangelio, oirás, saliendo de los mismos labios, las palabras del mandamiento: “Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser… Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.
Esta vez, servirá de comentario a la liturgia dominical la nota que utilicé en la presentación del libro. Fue ésta:
«A las páginas de este libro –Desacato al silencio- se asoma una humanidad condenada, no por un destino fatal  ni por una providencia descuidada sino por nosotros, a sufrimientos atroces que, si alguien los procurase a un animal, a cualquier animal, sería señalado como inhumano por toda la sociedad.
Sobre esa humanidad, además de la condena al sufrimiento –intemperie, hambre, vejaciones, enfermedades, esclavitud, explotación, miedo-, pesa la condena al silencio, al aislamiento, a la invisibilidad. Si quieren aparecerse –como fantasmas-, habrán de  arriesgarse a morir.
Cada página de este libro quiere ser un acto de desacato al silencio en que la crueldad ha enclaustrado la desdicha de los pobres.
Fe contra silencio:
La legalidad ha declarado la guerra a los pobres y pone cerco de día y de noche a sus míseros refugios. Esa legalidad es un monstruo, que burla las exigencias de la justicia e impide el ejercicio de la caridad.
Todo mi ser se presenta entonces en rebeldía delante de Dios: “Levanto mis ojos a los montes: ¿de dónde me vendrá el auxilio?”  Y dado que mi fe calla, me responde la fe de los emigrantes: “El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra”. Ellos, a su manera, aun sin conocer esas palabras del salmo, las han pronunciado muchas veces en mi presencia: “Dios nos ayudará”; “confiamos en Dios”… Que es como decir: “¡El auxilio me viene del Señor!”
Los que “se hacen llamar bienhechores” de las naciones, los que ejercen la autoridad sobre ellas, tienen poder para privar de pan y de abrigo a los pobres, pero no pueden quitarles la fe. Y eso significa que ellos, los pobres, serán los vencedores aunque parezcan ser siempre los vencidos.
Para ser más fuertes que un ejército, más fuertes que el frío, la lluvia y el viento, más fuertes que el hambre y las enfermedades, más fuertes que la desdicha y la muerte, a los pobres les basta la fe. Esa fe mantiene en alto los brazos para la lucha. Esa fe hace perseverante la palabra que reclama justicia. Esa fe mueve montañas. Y puede que esa fe les permita vislumbrar sufrimiento también en la cara de los soldados que los persiguen, pues “no existen fronteras entre la gente que sufre” (Etty Hillesum).
Y si todavía me pregunto: “¿de dónde me vendrá el auxilio?”, alguien –el salmista, los emigrantes, la comunidad eclesial, mi propio yo, Cristo resucitado- alguien pronunciará un oráculo de respuesta: “No permitirá que resbale tu pie, tu guardián no duerme… El Señor te guarda a su sombra, está a tu derecha… El Señor te guarda de todo mal”….
Y el que ha cruzado ya la frontera del enigma, añadirá: “¡Dios les hará justicia sin tardar!”
Aprendiendo a amarlos:
Aprendiendo de Simone Weil: “El benefactor de Cristo, en presencia de un desdichado, no siente ninguna distancia entre la persona que tiene delante y él mismo; proyecta hacia el otro todo su ser; y desde ese momento el impulso a dar de comer es tan instintivo, tan inmediato, como el de comer uno mismo cuando tiene hambre. Y cae enseguida en el olvido, como caen en el olvido las comidas de días pasados.
A quien así actúa no se le ocurriría decir que se ocupa de los desdichados por el Señor: esto le parecería tan absurdo como decir que come por el Señor. Se come porque no se puede no comer. Aquellos a quienes Cristo mostrará su agradecimiento son los que dan de la misma forma que comen”.
Aprendiendo de San Vicente de Paúl –recomendaciones a una aspirante a Hija de la Caridad-: “Ámalos tanto (a los pobres) que te perdonen la escudilla de sopa que les das”.
Amar a alguien, servirlo, hacerse pobre por él, dar la vida por él, es darle consistencia, es decirle que existe, es darle vida.”
Y aquí quiero traer otra cita –de Eduardo Galeano, El libro de los abrazos- que nos ayudará a entrar en esta dimensión del servicio de la caridad:
Fernando Silva dirige el hospital de niños en Managua. En vísperas de Navidad, se quedó trabajando hasta muy tarde. Ya estaban sonando los cohetes, y empezaban los fuegos artificiales a iluminar el cielo, cuando Fernando decidió marcharse. En su casa lo esperaban para festejar. Hizo una última recorrida por las salas, viendo si todo quedaba en orden, y en eso estaba cuando sintió que unos pasos lo seguían… se volvió y descubrió que uno de los enfermitos le andaba detrás. En la penumbra, lo reconoció. Era un niño que estaba solo. Fernando reconoció su cara ya marcada por la muerte y esos ojos que pedían disculpas o quizá pedían permiso. Fernando se acercó y el niño lo rozó con la mano: _Decile a… -susurró el niño-, decile a alguien que yo estoy aquí”.
Recaudadores y descreídos, mujeres conocidas en la ciudad como pecadoras, adúlteras, mujeres con flujo impuro de sangre, leprosos que llevan en la piel la evidencia de la corrupción interior, sordos que no podrán oír la palabra de Dios, ciegos que lo son por sus pecados, ladrones y asesinos a quienes sólo se puede asignar una cruz para que mueran en ella, todos ellos, al lado de Jesús de Nazaret, se sabrán reconocidos por Dios, acogidos, interpelados y respetados, porque todos se sabrán amados de Dios. Este reconocimiento divino redime de la humillación; la acogida aleja la violencia; el abrazo anula la clandestinidad.”
Conclusión:
Si no vemos a los pobres, no veremos a Dios. La ceguera –la indiferencia- ante el dolor humano es una forma radical de negar a Dios, pues es negación de lo que Dios dice de sí mismo, de lo que Dios es: amor compasivo, amor misericordioso, simplemente amor.
Señor, “que pueda ver”, sólo por la dicha de cuidar de ti.»

martes, 31 de octubre de 2017

Solemnidad de Todos los Santos (2017). Textos de homilías de San Juan Pablo II, de Benedicto XVI y de Papa Francisco.





Ø Solemnidad de Todos los Santos (2017). Textos de homilías de San Juan Pablo II, de Benedicto XVI y de Papa Francisco.

La fiesta de Todos los Santos nos invita
 a no replegarnos nunca sobre nosotros mismos;
a no considerar nuestras pobres virtudes, sino la gracia de Dios
que siempre nos confunde; 
a no presumir de nuestras fuerzas,
sino a confiar filialmente en Aquel que nos ha amado
cuando todavía éramos pecadores, etc.

v  Cfr. San Juan Pablo II, Homilía el 1 de noviembre de 1980


1.   Dios mismo, no sólo nos llama a la santidad, sino que también y sobre todo nos la da magnánimamente en la sangre de Cristo, venciendo así nuestros pecados.

v  Nosotros debemos cantar siempre al Señor un himno de gratitud y de adoración, como hizo María con su Magníficat para reconocer y proclamar gozosamente la magnificencia y la bondad del "Padre que nos ha hecho capaces de participar de la herencia de los santos en la luz... y nos trasladó al reino del Hijo de su amor" (Col 1, 12.13).

o   La fiesta de Todos los Santos nos invita a no replegarnos nunca sobre nosotros mismos, sino a mirar al Señor para ser radiantes; a no considerar nuestras pobres virtudes, sino la gracia de Dios que siempre nos confunde;  a no presumir de nuestras fuerzas, sino a confiar filialmente en Aquel que nos ha amado cuando todavía éramos pecadores; a no cansarnos jamás de obrar el bien, puesto que en todo caso nuestra santificación es "voluntad de Dios".

(…) Hoy nosotros estamos inmersos con el espíritu entre esta muchedumbre innumerable de santos, de salvados, los cuales, a partir del "justo Abel" (Mt 23, 35), hasta el que quizá está muriendo en este momento en alguna parte del mundo, nos rodean, nos animan, y cantan todos juntos un poderoso himno de gloria a Aquel a quien los salmistas llaman con razón "el Dios de mi salvación" (Sal 25, 5) y "el Dios de mi alegría y de mi júbilo" (Sal 43, 4).
Efectivamente, este día, en el que vivimos con acentos especiales la realidad vivificante de la comunión de los santos, debemos tener firmemente presente que en el comienzo, en la base, en el centro de esta comunión está Dios mismo, que no sólo nos llama a la santidad, sino que también y sobre todo nos la da magnánimamente en la sangre de Cristo, venciendo así nuestros pecados. He aquí por qué los santos del Apocalipsis "clamaban con grande voz diciendo: Salud a nuestro Dios... y al Cordero" (Ap 7, 10), y luego "cayeron sobre sus rostros delante del trono y adoraron a Dios, diciendo: Amén. Bendición, gloria y sabiduría, acción de gracias, honor, poder y fortaleza a nuestro Dios por los siglos de los siglos" (7, 11-12). También nosotros debemos cantar siempre al Señor un himno de gratitud y de adoración, como hizo María con su Magníficat para reconocer y proclamar gozosamente la magnificencia y la bondad del "Padre que nos ha hecho capaces de participar de la herencia de los santos en la luz... y nos trasladó al reino del Hijo de su amor" (Col 1, 12.13). Por esto, la fiesta de Todos los Santos nos invita también a no replegarnos nunca sobre nosotros mismos, sino a mirar al Señor para ser radiantes (cf. Sal 34, 6); a no considerar nuestras pobres virtudes, sino la gracia de Dios que siempre nos confunde (cf. Lc 19, 5-6); a no presumir de nuestras fuerzas, sino a confiar filialmente en Aquel que nos ha amado cuando todavía éramos pecadores (cf. Rom 5, 8); y también a no cansarnos jamás de obrar el bien, puesto que en todo caso nuestra santificación es "voluntad de Dios" (1 Tes 4, 3).

2.   Todos los santos han sido siempre y son actualmente, aunque en medida diversa, pobres de espíritu, mansos, afligidos, hambrientos y sedientos de justicia, misericordiosos, limpios de corazón, obradores de paz, perseguidos a causa del Evangelio. Y así debemos ser también nosotros.

v  La bienaventuranza cristiana, como sinónimo de santidad, no está separada de un cierto sufrimiento o al menos dificultad: no resulta fácil ser, o querer ser, pobres, mansos, puros; no se quisiera ser perseguidos, ni siquiera por causa de la justicia.

Por su parte, el Evangelio que acaba de ser leído nos recuerda un aspecto esencial de nuestra identidad cristiana y del constitutivo de la santidad. Las bienaventuranzas pronunciadas tan solemnemente por Jesús, están, por un lado, en antítesis con algunos valores que, en cambio, aprecia mucho el mundo y, por otro, en la perspectiva de un destino futuro y definitivo, donde las situaciones son trastocadas. Se mantienen o caen todas juntas; no se puede tomar una sola de ellas, con menoscabo de las otras. Todos los santos han sido siempre y son actualmente, aunque en medida diversa, pobres de espíritu, mansos, afligidos, hambrientos y sedientos de justicia, misericordiosos, limpios de corazón, obradores de paz, perseguidos a causa del Evangelio. Y así debemos ser también nosotros. Además, basándonos en esta página evangélica, es evidente que la bienaventuranza cristiana, como sinónimo de santidad, no está separada de un cierto sufrimiento o al menos dificultad: no resulta fácil ser, o querer ser, pobres, mansos, puros; no se quisiera ser perseguidos, ni siquiera por causa de la justicia. Pero el Reino de los cielos es para los anticonformistas (cf. Rom 12, 2), y también para nosotros valen las palabras de San Pedro: "Bienaventurados vosotros si por el nombre de Cristo sois ultrajados, porque el Espíritu de la gloria, que es el Espíritu de Dios, reposa sobre vosotros. Que ninguno padezca por homicida, o por ladrón, o por malhechor, o por entrometido; mas si por cristiano padece, no se avergüence, antes glorifique a Dios en este nombre" (1 Pe 4, 14-16). (…)

Elevamos nuestra mirada a los bautizados
de todas las épocas y naciones
que se han esforzado
por cumplir con amor y fidelidad la voluntad divina.

 

v  Cfr. Benedicto XVI, Homilía el 1 de noviembre de 2006


1.   Los santos son una muchedumbre innumerable, hacia la que la Liturgia nos exhorta hoy a elevar nuestra mirada.

v  No sólo los santos reconocidos de una forma oficial, sino también los bautizados de todas las épocas y naciones que se han esforzado por cumplir con amor y fidelidad la voluntad divina.

Nuestra celebración eucarística se inició con la exhortación "Alegrémonos todos en el Señor". La liturgia nos invita a compartir el gozo celestial de los santos, a gustar su alegría. Los santos no son una exigua casta de elegidos, sino una muchedumbre innumerable, hacia la que la liturgia nos exhorta hoy a elevar nuestra mirada. En esa muchedumbre no sólo están los santos reconocidos de forma oficial, sino también los bautizados de todas las épocas y naciones, que se han esforzado por cumplir con amor y fidelidad la voluntad divina. De gran parte de ellos no conocemos ni el rostro ni el nombre, pero con los ojos de la fe los vemos resplandecer, como astros llenos de gloria, en el firmamento de Dios.
Hoy la Iglesia celebra su dignidad de "madre de los santos, imagen de la ciudad celestial" (A. Manzoni), y manifiesta su belleza de esposa inmaculada de Cristo, fuente y modelo de toda santidad. Ciertamente, no le faltan hijos díscolos e incluso rebeldes, pero es en los santos donde reconoce sus rasgos característicos, y precisamente en ellos encuentra su alegría más profunda.

o   A todos los une la voluntad de encarnar en su vida el Evangelio, bajo el impulso del eterno animador del pueblo de Dios, que es el Espíritu Santo.

§  Su ejemplo suscita en nosotros el gran deseo de vivir cerca de Dios, de vivir su luz, en la gran familia de los amigos de Dios.
En la primera lectura, el autor del libro del Apocalipsis los describe como "una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua" (Ap 7, 9). Este pueblo comprende los santos del Antiguo Testamento, desde el justo Abel y el fiel patriarca Abraham, los del Nuevo Testamento, los numerosos mártires del inicio del cristianismo y los beatos y santos de los siglos sucesivos, hasta los testigos de Cristo de nuestro tiempo. A todos los une la voluntad de encarnar en su vida el Evangelio, bajo el impulso del eterno animador del pueblo de Dios, que es el Espíritu Santo.
Pero, "¿de qué sirve nuestra alabanza a los santos, nuestro tributo de gloria y esta solemnidad nuestra?". Con esta pregunta comienza una famosa homilía de san Bernardo para el día de Todos los Santos. Es una pregunta que también se puede plantear hoy. También es actual la respuesta que el Santo da:  "Nuestros santos ―dice― no necesitan nuestros honores y no ganan nada con nuestro culto. Por mi parte, confieso que, cuando pienso en los santos, siento arder en mí grandes deseos" (Discurso 2:  Opera Omnia Cisterc. 5, 364 ss).
Este es el significado de la solemnidad de hoy: al contemplar el luminoso ejemplo de los santos, suscitar en nosotros el gran deseo de ser como los santos, felices por vivir cerca de Dios, en su luz, en la gran familia de los amigos de Dios. Ser santo significa vivir cerca de Dios, vivir en su familia.
Esta es la vocación de todos nosotros, reafirmada con vigor por el concilio Vaticano II, y que hoy se vuelve a proponer de modo solemne a nuestra atención.

o   No es preciso realizar acciones y obras extraordinarias; es necesario ante todo, escuchar a Jesús y seguirlo sin desalentarse ante las dificultades.

§  Como el grano de trigo sepultado en la tierra, se acepta morir a sí mismo, pues sabemos que quien quiere guardar su vida para sí mismo la pierde, y quien se entrega, quien se pierde, encuentra así la vida
Pero, ¿cómo podemos llegar a ser santos, amigos de Dios? A esta pregunta se puede responder ante todo de forma negativa: para ser santos no es preciso realizar acciones y obras extraordinarias, ni poseer carismas excepcionales. Luego viene la respuesta positiva: es necesario, ante todo, escuchar a Jesús y seguirlo sin desalentarse ante las dificultades. "Si alguno me quiere servir ―nos exhorta―, que me siga, y donde yo esté, allí estará también mi servidor. Si alguno me sirve, el Padre le honrará" (Jn12, 26).
Quien se fía de él y lo ama con sinceridad, como el grano de trigo sepultado en la tierra, acepta morir a sí mismo, pues sabe que quien quiere guardar su vida para sí mismo la pierde, y quien se entrega, quien se pierde, encuentra así la vida (cf. Jn 12, 24-25). La experiencia de la Iglesia demuestra que toda forma de santidad, aun siguiendo sendas diferentes, pasa siempre por el camino de la cruz, el camino de la renuncia a sí mismo.
§  El ejemplo de los santos es para nosotros un estímulo a seguir el mismo camino, a experimentar la alegría de quien se fía de Dios, porque la única verdadera causa de tristeza e infelicidad para el hombre es vivir lejos de él.
Las biografías de los santos presentan hombres y mujeres que, dóciles a los designios divinos, han afrontado a veces pruebas y sufrimientos indescriptibles, persecuciones y martirio. Han perseverado en su entrega, "han pasado por la gran tribulación ―se lee en el Apocalipsis― y han lavado y blanqueado sus vestiduras con la sangre del Cordero" (Ap 7, 14). Sus nombres están escritos en el libro de la vida (cf. Ap 20, 12); su morada eterna es el Paraíso. El ejemplo de los santos es para nosotros un estímulo a seguir el mismo camino, a experimentar la alegría de quien se fía de Dios, porque la única verdadera causa de tristeza e infelicidad para el hombre es vivir lejos de él.
§  Es posible a todos, porque, más que obra del hombre, es ante todo don de Dios, tres veces santo.
La santidad exige un esfuerzo constante, pero es posible a todos, porque, más que obra del hombre, es ante todo don de Dios, tres veces santo (cf. Is 6, 3). En la segunda lectura el apóstol san Juan observa: "Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!" (1 Jn 3, 1). Por consiguiente, es Dios quien nos ha amado primero y en Jesús nos ha hecho sus hijos adoptivos. En nuestra vida todo es don de su amor. ¿Cómo quedar indiferentes ante un misterio tan grande? ¿Cómo no responder al amor del Padre celestial con una vida de hijos agradecidos? En Cristo se nos entregó totalmente a sí mismo, y nos llama a una relación personal y profunda con él.
Por tanto, cuanto más imitamos a Jesús y permanecemos unidos a él, tanto más entramos en el misterio de la santidad divina. Descubrimos que somos amados por él de modo infinito, y esto nos impulsa a amar también nosotros a nuestros hermanos. Amar implica siempre un acto de renuncia a sí mismo, "perderse a sí mismos", y precisamente así nos hace felices. 

 

2.   Las Bienaventuranzas: muestran la fisonomía espiritual de Jesús.

v  En la medida en que acogemos su propuesta y lo seguimos, cada uno con sus circunstancias, también nosotros podemos participar de su bienaventuranza.

o   Con él lo imposible resulta posible e incluso un camello pasa por el ojo de una aguja (cf. Mc 10, 25); con su ayuda, sólo con su ayuda, podemos llegar a ser perfectos como es perfecto el Padre celestial (cf. Mt 5, 48).

Ahora pasemos a considerar el evangelio de esta fiesta, el anuncio de las Bienaventuranzas, que hace poco hemos escuchado resonar en esta basílica. Dice Jesús:  "Bienaventurados los pobres de espíritu, los que lloran, los mansos, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los puros de corazón, los artífices de paz, los perseguidos por causa de la justicia" (cf. Mt 5, 3-10).
En realidad, el bienaventurado por excelencia es sólo él, Jesús. En efecto, él es el verdadero pobre de espíritu, el que llora, el manso, el que tiene hambre y sed de justicia, el misericordioso, el puro de corazón, el artífice de paz; él es el perseguido por causa de la justicia.
Las Bienaventuranzas nos muestran la fisonomía espiritual de Jesús y así manifiestan su misterio, el misterio de muerte y resurrección, de pasión y de alegría de la resurrección. Este misterio, que es misterio de la verdadera bienaventuranza, nos invita al seguimiento de Jesús y así al camino que lleva a ella.
En la medida en que acogemos su propuesta y lo seguimos, cada uno con sus circunstancias, también nosotros podemos participar de su bienaventuranza. Con él lo imposible resulta posible e incluso un camello pasa por el ojo de una aguja (cf. Mc 10, 25); con su ayuda, sólo con su ayuda, podemos llegar a ser perfectos como es perfecto el Padre celestial (cf. Mt 5, 48). (…)

LAS BIENAVENTURANZAS:

LA MANSEDUMBRE

 

v  Cfr. Papa Francisco Homilía en la solemnidad de Todos los Santos. En Malmö (Suecia), el 1 de noviembre de 2018.


1.   Recordamos a quienes han sido declarados santos a lo largo de la historia.

v  Y también a tantos hermanos nuestros que han vivido su vida cristiana en la plenitud de la fe y del amor, en medio de una existencia sencilla y oculta.

Con toda la Iglesia celebramos hoy la solemnidad de Todos los Santos. Recordamos así, no sólo a aquellos que han sido proclamados santos a lo largo de la historia, sino también a tantos hermanos nuestros que han vivido su vida cristiana en la plenitud de la fe y del amor, en medio de una existencia sencilla y oculta. Seguramente, entre ellos hay muchos de nuestros familiares, amigos y conocidos.

2.   La santidad, tal vez, no se manifiesta en grandes obras o en sucesos extraordinarios, sino que se sabe vivir fielmente día a día, con amor a Dios y a los hermanos.

Celebramos, por tanto, la fiesta de la santidad. Esa santidad que, tal vez, no se manifiesta en grandes obras o en sucesos extraordinarios, sino la que sabe vivir fielmente y día a día las exigencias del bautismo. Una santidad hecha de amor a Dios y a los hermanos. Amor fiel hasta el olvido de sí mismo y la entrega total a los demás, como la vida de esas madres y esos padres, que se sacrifican por sus familias sabiendo renunciar gustosamente, aunque no sea siempre fácil, a tantas cosas, a tantos proyectos o planes personales.

3.   Lo santos son realmente felices. El secreto anida en el fondo del alma y tiene su fuente en Dios.

v  A los santos se les llama bienaventurados. Las bienaventuranzas son el camino de vida que el señor nos enseña.

Pero si hay algo que caracteriza a los santos es que son realmente felices. Han encontrado el secreto de esa felicidad auténtica, que anida en el fondo del alma y que tiene su fuente en el amor de Dios. Por eso, a los santos se les llama bienaventurados. Las bienaventuranzas son su camino, su meta, su patria. Las bienaventuranzas son el camino de vida que el Señor nos enseña, para que sigamos sus huellas. En el Evangelio de hoy, hemos escuchado cómo Jesús las proclamó ante una gran muchedumbre en un monte junto al lago de Galilea.

4.   Las bienaventuranzas son, de alguna manera, el carné de

identidad del cristiano

v  Bienaventurados los mansos. La mansedumbre.

o   Nos acerca a Jesús y nos hace vivir unidos dejando los que nos divide y enfrenta.

§  Bienaventurados los que soportan con fe los males que otros les infligen y perdonan de corazón; los que miran a los ojos a los descartados …; los que reconocen a Dios en cada persona; los que protegen y cuidan la casa común; los que renuncian al propio bienestar por el bien de otros; los que rezan y trabajan por la plena comunión de los cristianos...
Las bienaventuranzas son el perfil de Cristo y, por tanto, lo son del cristiano. Entre todas ellas, quisiera destacar una: «Bienaventurados los mansos». Jesús dice de sí mismo: «Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11,29). Este es su retrato espiritual y nos descubre la riqueza de su amor. La mansedumbre es un modo de ser y de vivir que nos acerca a Jesús y nos hace estar unidos entre nosotros; logra que dejemos de lado todo aquello que nos divide y enfrenta, y se busquen modos siempre nuevos para avanzar en el camino de la unidad, como hicieron hijos e hijas de esta tierra, entre ellos santa María Elisabeth Hesselblad, recientemente canonizada, y santa Brígida, Brigitta Vadstena, copatrona de Europa. Ellas rezaron y trabajaron para estrechar lazos de unidad y comunión entre los cristianos. Un signo muy elocuente es el que sea aquí, en su País, caracterizado por la convivencia entre poblaciones muy diversas, donde estemos conmemorando conjuntamente el quinto centenario de la Reforma. Los santos logran cambios gracias a la mansedumbre del corazón. Con ella comprendemos la grandeza de Dios y lo adoramos con sinceridad; y además es la actitud del que no tiene nada que perder, porque su única riqueza es Dios.
Las bienaventuranzas son de alguna manera el carné de identidad del cristiano, que lo identifica como seguidor de Jesús. Estamos llamados a ser bienaventurados, seguidores de Jesús, afrontando los dolores y angustias de nuestra época con el espíritu y el amor de Jesús. Así, podríamos señalar nuevas situaciones para vivirlas con el espíritu renovado y siempre actual: Bienaventurados los que soportan con fe los males que otros les infligen y perdonan de corazón; bienaventurados los que miran a los ojos a los descartados y marginados mostrándoles cercanía; bienaventurados los que reconocen a Dios en cada persona y luchan para que otros también lo descubran; bienaventurados los que protegen y cuidan la casa común; bienaventurados los que renuncian al propio bienestar por el bien de otros; bienaventurados los que rezan y trabajan por la plena comunión de los cristianos... Todos ellos son portadores de la misericordia y ternura de Dios, y recibirán ciertamente de él la recompensa merecida.  (…)


VIDA CRISTIANA

martes, 24 de octubre de 2017

Calendario de catequesis: curso 2017 / 2018

Amor y miedo: Santiago Agrelo

El escriba preguntó: “¿Qué mandamiento es el primero de todos?” Y Jesús le respondió: “El primero es: «Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser»”. Si entras en el misterio de la divina unidad, te habrás asomado al misterio de la divina plenitud, y allí se llenan de luz las palabras de aquel mandato primero que reclama la plenitud de tu amor: amarás… con todo el corazón, con toda el alma… Hoy, en la asamblea eucarística, la palabra de Dios proclama y la fe confiesa la unidad divina “Yo soy el Señor y no hay otro”. Y la palabra escuchada se nos vuelve exigencia de que, en la relación con Dios, vivamos la plenitud del amor. Un amor así es necesariamente perturbador, inquietante, peligroso; un amor así es vida que da muerte, es muerte que da vida. Quienes niegan a Dios, como quienes viven ignorándolo, no rechazan la verdad de un enunciado doctrinal sino que huyen de un amor intuido como amenaza por su evidente pretensión de totalidad. Aunque no lo confesemos, el amor nos da miedo, ¡a todos! Denominador común de ateísmo, agnosticismo, relativismo, indiferentismo, ritualismo, fundamentalismo, moralismo, fariseísmo, magia, es el miedo al amor. Lo inaceptable de Dios no es que exista, sino que sea Uno, pues esa unicidad lleva aparejada la plenitud de su gloria, de su poder, de su grandeza, de su soberanía, de su dignidad. Por eso “dar a Dios lo que es de Dios” significa necesariamente “amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente, con todo el ser”. Todos lo intuimos, también los ateos, y así multiplicamos los dioses para dividir el amor. Ahora, a ti que crees, te pido que recuerdes el misterio de tu comunión por la fe con Cristo Jesús, con el Hijo de Dios hecho carne, con el hombre en el que se nos ha manifestado el amor que Dios nos tiene, con el hombre en el que los pecadores le decimos a Dios el amor que le tenemos. Recuérdalo, pues sólo en Cristo podemos amar como tenemos que amar. No te apartes del amor de este Hijo si quieres guardar el precepto del amor al Padre. Hoy, recibiendo a Cristo en comunión sacramental, recibes la moneda que el Espíritu de Dios acuñó para tu tributo, recibes el amor eterno con que has de amar a tu Dios. Con todo, no es la de Dios la única imagen que has de reconocer en Cristo Jesús, pues en él se halla grabada también la imagen del hombre. Y si has de tributar a Dios todo tu amor, el hombre no ha de quedar fuera de ese tributo: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. No tengas miedo: el que te pide amar es el que te da, con su Hijo, su Espíritu, para que ames a Dios con todo tu ser, y al prójimo como a ti mismo.

lunes, 23 de octubre de 2017

Domingo 29 del Tiempo Ordinario Año A. (2017) Celebramos hoy la Jornada Mundial de las Misiones para este año.






Ø Domingo 29 del Tiempo Ordinario Año A. (2017) Celebramos hoy la Jornada Mundial de las Misiones para este año. La misión de la Iglesia está fundada sobre la fuerza transformadora del Evangelio, que ofrece una vida nueva: la de Cristo resucitado, que se convierte en Camino, Verdad y Vida. Jesús entraña una fuerza de vida que ha penetrado el mundo. El Evangelio es una persona, que continuamente se ofrece y continuamente invita a los que la reciben con fe humilde y laboriosa a compartir su vida mediante la participación efectiva en su misterio pascual de muerte y resurrección. Dios nos ha concedido a los hombres el poder participar libremente en su providencia; podemos llegar a ser plenamente colabores de Dios y,  a menudo,  somos cooperadores inconscientes de la voluntad divina, como sucedió en el caso de Ciro, rey de Persia. El mundo necesita el Evangelio de Jesucristo como algo esencial. Él, a través de la Iglesia, continúa su misión de Buen Samaritano, curando las heridas sangrantes de la humanidad, y de Buen Pastor, buscando sin descanso a quienes se han perdido por caminos tortuosos y sin una meta.


v  Cfr. Domingo 29 del Tiempo Ordinario, Año A

22 de octubre  2017 – Isaías 45, 1.4-6; Salmo 95; 1 Tesalonicenses 1, 1-5b; Mateo 22,
15-21
Jornada Mundial de las Misiones 2017 y colecta por la Evangelización de los Pueblos.
Día del Domund: el lema de este año es: “Sé valiente, la misión te espera”. Es una Invitación a comprometerse a fondo con la labor misionera de la Iglesia.
Con la Jornada Mundial de las Misiones, Domund, se apoya económica y espiritualmente a
los territorios de misión, aquellos lugares del mundo donde el Evangelio está en sus comienzos y la Iglesia aún no está asentada. Estos territorios están confiados a la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, y dependen de la labor de los misioneros y del sostenimiento económico de las Obras Misionales Pontificias (OMP) de todo el mundo. Es el día en que toda la Iglesia universal reza por la actividad evangelizadora de los misioneros y misioneras, y colabora económicamente con ellos en su labor, especialmente entre los más pobres y necesitados.

Isaías 45, 1.4-6: “1 Así dice el Señor a su ungido, a Ciro, a quien he tomado por su diestra, para someter ante él las naciones y desatar las cinturas de los reyes, par abrir ante él las puertas, y que no se cierren las puertas de las ciudades. 4 A favor de mi siervo Jacob y de Israel, mi elegido, te he llamado por tu nombre, te he dado una alcurnia, aunque tú no me conozcas. 5 Yo soy el Señor, y no hay ningún otro, fuera de mí no hay dios. Yo te he ceñido, aunque tú no me conozcas, 6 para que sepan, desde la salida del sol hasta el ocaso, que no hay otro fuera de mí: Yo soy el Señor, y no hay ningún otro.
Tesalonicenses 1, 1-5b: Pablo, Silvano y Timoteo a la Iglesia de los Tesalonicenses, en Dios Padre y en el Señor Jesucristo. A vosotros, gracia y paz. Siempre damos gracias a Dios por todos vosotros y os tenemos presentes en nuestras oraciones. Ante Dios, nuestro Padre, recordamos sin cesar la actividad de vuestra fe, el esfuerzo de vuestro amor y el aguante de vuestra esperanza en Jesucristo nuestro Señor. Bien sabemos, hermanos amados de Dios, que él os ha elegido y que cuando se proclamó el Evangelio entre vosotros no hubo sólo palabras, sino además fuerza del Espíritu Santo y convicción profunda.
Yo soy el Señor, y no hay ningún otro
(Primera Lectura de hoy, Isaías 45, 6)
Contad a los pueblos su gloria, sus maravillas a todas las naciones
(Salmo Responsorial de hoy, n. 95)
Decid a los pueblos:
«El Señor gobierna a los pueblos rectamente»
(Salmo Responsorial de hoy, n. 95)

1. Mensaje de Papa Francisco (4 de junio de 2017) con ocasión del Domund, Día de las misiones, de 2017 Algunos párrafos de este documento.

o   La misión de la Iglesia está fundada sobre la fuerza transformadora del Evangelio, que ofrece una vida nueva: la de Cristo resucitado, que se convierte en Camino, Verdad y Vida.

Dios Padre desea esta transformación existencial de sus hijos e hijas; transformación que se expresa como culto en espíritu y en verdad (cf. Jn 4,23-24), en una vida animada por el Espíritu Santo en la imitación del Hijo Jesús, para gloria de Dios Padre.
1. La misión de la Iglesia, destinada a todas las personas de buena voluntad, está fundada sobre la fuerza transformadora del Evangelio. El Evangelio es la Buena Nueva que trae consigo una alegría contagiosa, porque contiene y ofrece una vida nueva: la de Cristo resucitado, el cual, comunicando su Espíritu dador de vida, se convierte en Camino, Verdad y Vida por nosotros (cf. Jn 14,6). Es Camino que nos invita a seguirlo con confianza y valor. Al seguir a Jesús como nuestro Camino, experimentamos la Verdad y recibimos su Vida, que es la plena comunión con Dios Padre en la fuerza del Espíritu Santo, que nos libera de toda forma de egoísmo y es fuente de creatividad en el amor.
2. Dios Padre desea esta transformación existencial de sus hijos e hijas; transformación que se expresa como culto en espíritu y en verdad (cf. Jn 4,23-24), en una vida animada por el Espíritu Santo en la imitación del Hijo Jesús, para gloria de Dios Padre. «La gloria de Dios es el hombre viviente» (Ireneo, Adversus haereses IV, 20,7). De este modo, el anuncio del Evangelio se convierte en palabra viva y eficaz que realiza lo que proclama (cf. Is 55,10-11), es decir Jesucristo, el cual continuamente se hace carne en cada situación humana (cf. Jn 1,14).

o   La misión de la Iglesia no es la propagación de una ideología religiosa, ni tampoco la propuesta de una ética sublime. Muchos movimientos del mundo saben proponer grandes ideales o expresiones éticas sublimes.

§  Jesús entraña una fuerza de vida que ha penetrado el mundo.
Recordemos siempre que «no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva».
El Evangelio es una persona [Jesús], que continuamente se ofrece y continuamente invita a los que la reciben con fe humilde y laboriosa a compartir su vida mediante la participación efectiva en su misterio pascual de muerte y resurrección.
3. La misión de la Iglesia no es la propagación de una ideología religiosa, ni tampoco la propuesta de una ética sublime. Muchos movimientos del mundo saben proponer grandes ideales o expresiones éticas sublimes. A través de la misión de la Iglesia, Jesucristo sigue evangelizando y actuando; por eso, ella representa el kairos, el tiempo propicio de la salvación en la historia. A través del anuncio del Evangelio, Jesús se convierte de nuevo en contemporáneo nuestro, de modo que quienes lo acogen con fe y amor experimentan la fuerza transformadora de su Espíritu de Resucitado que fecunda lo humano y la creación, como la lluvia lo hace con la tierra. «Su resurrección no es algo del pasado; entraña una fuerza de vida que ha penetrado el mundo. Donde parece que todo ha muerto, por todas partes vuelven a aparecer los brotes de la resurrección. Es una fuerza imparable» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 276).
4. Recordemos siempre que «no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva» (Benedicto XVI, Carta enc. Deus caritas est, 1). El Evangelio es una persona, que continuamente se ofrece y continuamente invita a los que la reciben con fe humilde y laboriosa a compartir su vida mediante la participación efectiva en su misterio pascual de muerte y resurrección. El Evangelio se convierte así, por medio del Bautismo, en fuente de vida nueva, libre del dominio del pecado, iluminada y transformada por el Espíritu Santo; por medio de la Confirmación, se hace unción fortalecedora que, gracias al mismo Espíritu, indica caminos y estrategias nuevas de testimonio y de proximidad; y por medio de la Eucaristía se convierte en el alimento del hombre nuevo, «medicina de inmortalidad» (Ignacio de Antioquía, Epístola ad Ephesios, 20,2).

o   El mundo necesita el Evangelio de Jesucristo como algo esencial. Él, a través de la Iglesia, continúa su misión de Buen Samaritano, curando las heridas sangrantes de la humanidad, y de Buen Pastor, buscando sin descanso a quienes se han perdido por caminos tortuosos y sin una meta.

5. El mundo necesita el Evangelio de Jesucristo como algo esencial. Él, a través de la Iglesia, continúa su misión de Buen Samaritano, curando las heridas sangrantes de la humanidad, y de Buen Pastor, buscando sin descanso a quienes se han perdido por caminos tortuosos y sin una meta. Gracias a Dios no faltan experiencias significativas que dan testimonio de la fuerza transformadora del Evangelio. Pienso en el gesto de aquel estudiante Dinka que, a costa de su propia vida, protegió a un estudiante de la tribu Nuer que iba a ser asesinado. Pienso en aquella celebración eucarística en Kitgum, en el norte de Uganda, por aquel entonces, ensangrentada por la ferocidad de un grupo de rebeldes, cuando un misionero hizo repetir al pueblo las palabras de Jesús en la cruz: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?», como expresión del grito desesperado de los hermanos y hermanas del Señor crucificado. Esa celebración fue para la gente una fuente de gran consuelo y valor. Y podemos pensar en muchos, numerosísimos testimonios de cómo el Evangelio ayuda a superar la cerrazón, los conflictos, el racismo, el tribalismo, promoviendo en todas partes y entre todos la reconciliación, la fraternidad y el saber compartir.

o   Se trata de «salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio»

§  La misión de la Iglesia estimula una actitud de continua peregrinación a través de los diversos desiertos de la vida, a través de las diferentes experiencias de hambre y sed, de verdad y de justicia.
6. La misión de la Iglesia está animada por una espiritualidad de éxodo continuo. Se trata de «salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 20). La misión de la Iglesia estimula una actitud de continua peregrinación a través de los diversos desiertos de la vida, a través de las diferentes experiencias de hambre y sed, de verdad y de justicia. La misión de la Iglesia propone una experiencia de continuo exilio, para hacer sentir al hombre, sediento de infinito, su condición de exiliado en camino hacia la patria final, entre el «ya» y el «todavía no» del Reino de los Cielos.

2. Primera lectura: Dios es uno, es único, no hay otros dioses fuera del Señor

v  Los cambios de época, el sucederse de las grandes potencias, están bajo el supremo dominio de Dios; ningún poder terreno puede ponerse en su lugar.

Benedicto XVI, Homilía, Domingo 29 del tiempo ordinario, Misa para la Nueva Evangelización, 16 de octubre de 2011

o   No hay otros dioses fuera del Señor. Incluso el poderoso Ciro, emperador de los persas, forma parte de un plan más grande que sólo Dios conoce y lleva adelante.

Pasemos ahora a las lecturas bíblicas, en las que hoy el Señor nos habla. La primera, tomada del libro de Isaías, nos dice que Dios es uno, es único; no hay otros dioses fuera del Señor, e incluso el poderoso Ciro, emperador de los persas, forma parte de un plan más grande, que sólo Dios conoce y lleva adelante. Esta lectura nos da el sentido teológico de la historia: los cambios de época, el sucederse de las grandes potencias, están bajo el supremo dominio de Dios; ningún poder terreno puede ponerse en su lugar. La teología de la historia es un aspecto importante, esencial de la nueva evangelización, porque los hombres de nuestro tiempo, tras el nefasto periodo de los imperios totalitarios del siglo XX, necesitan reencontrar una visión global del mundo y del tiempo, una visión verdaderamente libre, pacífica, esa visión que el concilio Vaticano II transmitió en sus documentos, y que mis predecesores, el siervo de Dios Pablo VI y el beato Juan Pablo II, ilustraron con su magisterio.

v  Ciro, rey de los persas, es elegido por Dios como instrumento para la liberación del pueblo de Israel de la esclavitud en Babilonia. Dios se vale, para realizar sus designios, de situaciones históricas que pueden parecernos paradójicas.

·         Después de la caída  de Jerusalén (en el año 586 antes de Cristo) por obra de los babilonios, los
israelitas  son deportados a Babilonia, y comienza su cautividad. 47 años después ( en el año 539 antes de Cristo), Ciro rey de los persas se apodera de Babilonia, y un año después  - en el 538 – hace un Decreto por el que  autoriza a  los israelitas a  regresar a  sus hogares, a Jerusalén, y a reconstruir el Templo. Así se describe al final del Libro Segundo de las Crónicas este hecho: “En el año primero de Ciro, rey de Persia, en cumplimiento de la palabra de Yahvé, por boca de Jeremías, movió Yahvé el espíritu de Ciro, Rey de Persia, que mandó publicar de palabra y por escrito en todo su reino: «Así habla Ciro, rey de Persia: Yahvé, el Dios de los cielos, me ha dado todos los reinos de la tierra. Él me ha encargado que le edifique un templo en Jerusalén, en Judá. Quien de entre vosotros pertenezca a su pueblo, ¡sea su Dios con él y suba!»” (36, 22-23).
·         Este hecho histórico  es una paradoja - notable y que llama la atención -  de la historia de la salvación del
pueblo de Israel: Ciro el  libertador, que ejecutará la voluntad salvífica de Dios con Israel sirviéndole de instrumento, es un rey extranjero, que es calificado por Isaías, en la profecía que leemos hoy en la liturgia eucarística, nada menos que  como “ungido de Dios” (Isaías 45, 1), un título reservado a los reyes de Israel. Y en los versículos  4 y 5, del mismo texto de Isaías, queda subrayada la paradoja, cuando se dice que ese título de “ungido” se da a un soberano extranjero que no conocía al Dios del pueblo elegido. En los versículos 2 y 3, que no recoge la liturgia de hoy, se afirma, incluso, que “la misión y los éxitos del conquistador persa son debidos a una especial providencia de Dios, que lo ha designado para liberar a Israel de la opresión de otros pueblos”. Vale la pena que veamos estos dos versículos:
-          “2 Yo iré delante de ti, // y allanaré los terrenos abruptos; //romperé los portones de bronce, // y
 partiré los cerrojos de hierro. // 3 Te daré tesoros  ocultos // y riquezas secretas, // para que sepas que Yo soy el Señor, // el que te ha llamado por tu nombre, el Dios de Israel”
·         Todo esto,  “a la vuelta de los siglos, no deja de llamar nuestra atención sobre los designios de Dios, que
a veces se vale de situaciones históricas que pueden parecernos paradójicas”. (Sagrada Biblia, Libros proféticos, Eunsa  2002, Isaías 45, 1-13). 

3. Dios nos ha concedido a los hombres el poder participar libremente en su providencia; podemos llegar a ser plenamente colabores de Dios y,  a menudo,  somos cooperadores inconscientes de la voluntad divina, como sucedió en el caso de Ciro, rey de Persia.   

·         Catecismo de la Iglesia Católica, n. 373: (...) A imagen del Creador, «que ama todo lo que existe»
(Sabiduría 11, 24), el hombre y la mujer son llamados a participar en la providencia divina respecto a las otras cosas creadas. De ahí su responsabilidad frente al mundo que Dios les ha confiado.
·         Catecismo …, n.  307: Dios concede a los hombres incluso poder participar libremente en su
providencia confiándoles la responsabilidad de «someter» la tierra y dominarla (Cf Génesis l, 26-28). Dios da así a los hombres el ser causas inteligentes y libres para completar la obra de la Creación, para perfeccionar su armonía para su bien y el de sus prójimos. Los hombres, cooperadores a menudo inconscientes de la voluntad divina, pueden entrar libremente en el plan divino no sólo por su acciones y sus oraciones, sino también por sus sufrimientos (Cf Colosenses l, 24). Entonces llegan a ser plenamente «colaboradores de Dios» (l Corintos 3, 9; 1 Ts 3, 2) y de su Reino (Cf Colosenses 4, 11).
·         Es Cristo que pasa, 113: “La obra de Cristo, la tarea que su Padre le encomendó, se está realizando, su
fuerza atraviesa la historia trayendo la verdadera vida, y cuando ya todas las cosas estén sujetas a El, entonces el Hijo mismo quedará sujeto en cuanto hombre al que se las sujetó todas, a fin de que en todas las cosas todo sea Dios (1 Corintios 15, 28).
En esa tarea que va realizando en el mundo, Dios ha querido que seamos cooperadores suyos, ha querido correr el riesgo de nuestra libertad”.

4. Una exhortación de San Pablo a los primeros cristianos: que sepan valorar bien sus días, su tiempo, la historia de su vida, descubriendo la voluntad del Señor, su designio para cada uno de nosotros.  


·         Efesios 5, 15-17: 15 Así pues, mirad cómo vivís: no como necios sino como sabios; 16 Aprovechando [1]
bien el tiempo presente, porque los días son malos. 17 Por tanto, no seáis insensatos, sino entended cuál es la voluntad de Señor.
·         Cfr. Nuevo Testamento, Eunsa 2004, Efesios 5, 8-20: “La vida nueva recibida en el Bautismo se
caracteriza por la sensatez, frente a la necedad de quienes se empeñan en vivir de espaldas a Dios  (cfr. 1 Corintios 1,18). La consecuencia inmediata es la de hacer buen uso del tiempo que Dios nos da para santificarnos (v. 16). ”


Vida Cristiana




[1]  Biblia de Jerusalén: v. 16, literalmente “rescatando el tiempo”. Otras traducciones: “redimiendo el tiempo”. 

domingo, 22 de octubre de 2017

Discurso de Papa Francisco a Pontificio Colegio Pío-Brasileño de Roma Sábado, 21 de octubre de 2017




Ø Los cuatro pilares que sostienen la vida de un presbítero: la dimensión espiritual, la dimensión académica, la dimensión humana y la dimensión pastoral.


v  Cfr. Discurso de Papa Francisco a Pontificio Colegio Pío-Brasileño de Roma

                  Sábado, 21 de octubre de 2017

Eminencias, Excelencias, queridos hermanos y hermanas, os recibo hoy, con ocasión de los 300 años del hallazgo de la venerada Imagen de Nuestra Señora de Aparecida. Agradezco al Cardenal Sérgio da Rocha las palabras que me ha dirigido en nombre de toda la comunidad sacerdotal del Pontificio Colegio Pío-brasileño, así como a las religiosas y empleados que colaboran para hacer de
esa casa “un pedacito de Brasil en Roma”.

v  Los cuatro pilares que sostienen la vida de un presbítero: la dimensión espiritual, la dimensión académica, la dimensión humana y la dimensión pastoral.


¡Qué importante es sentirse en un ambiente acogedor, cada vez que nos encontramos lejos de nuestra tierra y llenos de nostalgia, de “saudades”! Un ambiente así ayuda también a superar las dificultades para adaptarse a una situación donde la actividad pastoral no es el centro del día. Ahora no sois párrocos ni vicarios parroquiales, sino curas estudiantes. Y esta nueva condición puede acarrear el peligro de producir un desequilibrio entre los cuatro pilares que sostienen la vida de un presbítero: la dimensión espiritual, la dimensión académica, la dimensión humana y la dimensión pastoral.

v  Cultivo de la vida espiritual

Naturalmente, en este particular periodo de vuestra vida, la dimensión académica cobra protagonismo. Pero eso no puede significar un descuido de las otras dimensiones. Es necesario cuidar la vida espiritual: la Misa de cada día, la oración cotidiana, la lectio divina, el encuentro personal con el Señor, el rezo del rosario.

v  Dimensión pastoral y dimensión humana

También la dimensión pastoral debe cuidarse: según las posibilidades, es bueno y aconsejable realizar alguna actividad apostólica. Y respecto a la dimensión humana, sobre todo hay que evitar, ante cierto vacío provocado por la soledad –porque ahora se goza menos del consuelo del pueblo de Dios que cuando se está en la diócesis–, que se pierda la perspectiva eclesial y misionera de los estudios.

v  «Enfermedades» posibles del sacerdote estudiante: el “academicismo” y los estudios simplemente como medio de afirmación personal

El descuido en esas dimensiones abre las puertas a algunas “enfermedades” que pueden afectar al sacerdote estudiante, como por ejemplo el “academicismo” y la tentación de hacer de los estudios simplemente un medio de afirmación personal.

o   Se ahoga la fe. ¡Antes de ser maestros y doctores, sois y debéis seguir siendo sacerdotes, pastores del pueblo de Dios!

En ambos casos, se acaba ahogando la fe que, por el contrario, tenemos la misión de proteger, como san Pablo pedía a Timoteo: «Protege lo que se te ha encomendado; evita las conversaciones vanas y perversas, y los argumentos de la falsa ciencia. Algunos, por haberla seguido, se han desviado de la fe» (1Tm 6,20-21). ¡No olvidéis, por favor, que antes de ser maestros y doctores, sois y debéis seguir siendo sacerdotes, pastores del pueblo de Dios!

v  El mantenimiento del l equilibrio entre esos cuatro pilares fundamentales de la vida sacerdotal

o   El remedio más eficaz es la fraternidad sacerdotal

§  La murmuración, el chismorreo
¿Y cómo es posible entonces mantener el equilibrio entre esos cuatro pilares fundamentales de la vida sacerdotal? Diría que el remedio más eficaz contra el riesgo del desequilibrio es la fraternidad sacerdotal. Esto no estaba escrito, pero quiero decirlo ahora, porque Pablo habla de conversaciones vanas y perversas, de murmuraciones: lo que más destruye la fraternidad sacerdotal es murmurar.

¡El chismorreo es un “acto terrorista”, porque con la murmuración tiras una bomba, destruyes al otro y te vas tan tranquilo! Por eso, hay que proteger la fraternidad sacerdotal. Por favor, nada de murmurar. Sería bueno poner un cartel en la entrada: “No se murmura”. Aquí tenemos la imagen de la Virgen del Silencio, en la planta baja del ascensor; la Virgen que dice: “No se murmura”. Ese
es el mensaje para la Curia. Haced algo por el estilo para vosotros.

o   «El primer ámbito donde se realiza la formación permanente es la fraternidad presbiteral»: eje principal de la formación permanente.

§  Mediante la Ordenación sacerdotal, participamos en el único sacerdocio de Cristo y formamos una verdadera familia.
De hecho, la nueva Ratio Fundamentalis para la formación sacerdotal, al afrontar el tema de la formación permanente, afirma que «el primer ámbito donde se realiza la formación permanente es la fraternidad presbiteral» (n. 82). Ese es pues, en cierto modo, el eje principal de la formación permanente.

Y eso se basa en que, mediante la Ordenación sacerdotal, participamos en el único sacerdocio de Cristo y formamos una verdadera familia. La gracia del sacramento asume y eleva nuestras relaciones humanas, psicológicas y afectivas y «se revela y se concreta en las más variadas formas de ayuda mutua, no solo espirituales sino también materiales» (San Juan Pablo II, Pastores dabo vobis, 74).

o   El primer objeto de nuestra caridad pastoral debe ser nuestro hermano en el sacerdocio.

En la práctica, esto significa saber que el primer objeto de nuestra caridad pastoral debe ser nuestro hermano en el sacerdocio –es el primer prójimo que tenemos–: «llevad los unos las cargas de los otros –nos exhorta el Apóstol–: así cumpliréis la ley de Cristo» (Gal 6,2). Rezar juntos, compartir las alegrías y los retos de la vida académica, celebrar las fiestas, beber una “cachacinha” 1* …

Todo eso está bien, muy bien; ayudar a los que sufren más la nostalgia; salir justos a dar un paseo; vivir como una familia, como hermanos, sin dejar a nadie de lado, incluidos los que están en crisis o quizá han tenido actitudes censurables, porque «la fraternidad presbiteral no excluye a nadie» (Pastores dabo vobis, 74).

v  El pueblo de Dios desea ver y necesita ver que sus curas se quieren y viven como hermanos

Queridos sacerdotes, el pueblo de Dios desea ver y necesita ver que sus curas se quieren y viven como hermanos; y eso es aún más cierto pensando en Brasil y en los retos, tanto religiosos como sociales, que os esperan a la vuelta. De hecho, en este momento difícil de su historia nacional, cuando tantas personas parecen haber perdido la esperanza en un futuro mejor a causa de los enormes problemas sociales y de una escandalosa corrupción, Brasil necesita que sus curas sean un signo de esperanza. Los brasileños necesitan ver un clero unido, fraterno y solidario, donde los sacerdotes puedan afrontar juntos los obstáculos, sin ceder a las tentaciones del protagonismo o de hacer carrera. ¡Estad atentos a esto! Estoy seguro de que Brasil superará su crisis y confío en que vosotros seréis protagonistas en esto.

v  Invocación a la Virgen

Para eso, contad siempre con una ayuda particular: la ayuda de nuestra Madre del Cielo, que vosotros brasileños llamáis Nuestra Señora de Aparecida. Me vienen a la cabeza las palabras de ese canto con que la saludáis: «Virgen santa, Virgen bella; Madre amable, Madre querida; ampáranos, socórrenos, oh Señora de Aparecida» («Virgem santa, Virgem bela; Mãe amável, mãe querida; Amparai-nos, socorrei-nos; Ó Senhora Aparecida»). Que estas palabras puedan hallar confirmación en la vida de cada uno de vosotros. Quiera la Virgen María, con su amparo y socorro, ayudaros a vivir la fraternidad presbiteral, haciendo que vuestro periodo de estudios en Roma produzca abundantes frutos, además del título académico.

Que la Reina del Colegio Pío-brasileño ayude a hacer de esta comunidad una escuela de fraternidad, haciendo de cada uno de vosotros fermento de unidad en el seno de la respectiva diócesis, ya que la diocesanidad del sacerdote secular se nutre directamente de la experiencia de fraternidad entre los presbíteros.  

Como confirmación de esos deseos, imparto de corazón a la dirección, a los estudiantes, a las religiosas y a los empleados, a todos, junto a todos vuestros familiares, la Bendición Apostólica, y os pido, por favor, que no olvidéis de rezar por mí. Gracias.


* La cachaza (en portugués, cachaça) es una bebida alcohólica destilada de Brasil. Se obtiene
como producto de la destilación del jugo de la caña de azúcar fermentado (ndt).





VIDA CRISTIANA

Discurso de Papa Francisco al Pontificio Consejo para la Nueva Evangelización. Sábado, 21 de octubre de 2017

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Ø La Nueva Evangelización: la catequesis y las personas con discapacidad. Discurso de Papa Francisco (Octubre 2017). La dignidad de toda persona: asunción de posiciones valientes par la inclusión de cuantos viven con formas de discapacidad. Todavía hay expresiones que lesionan la dignidad de las personas discapacitadas. Una visión de la vida narcisista y utilitarista, sin ver en ellas su multiforme riqueza humana y espiritual. La fe es una gran compañera de vida cuando nos permite palpar la presencia de un Padre que nunca deja solas a sus criaturas, en ninguna condición de su vida. La catequesis, de modo particular, está llamada a descubrir y experimentar formas coherentes para que cada persona, con sus dones, sus límites y sus discapacidades, incluso graves, pueda encontrar en su camino a Jesús y abandonarse en Él con fe. El reconocimiento de la exigencia de la fuerza de la gracia que viene de los Sacramentos de la iniciación cristiana.


v  Cfr. Discurso de Papa Francisco al Pontificio Consejo para la Nueva Evangelización.

Sábado, 21 de octubre de 2017

Queridos hermanos y hermanas, me alegra recibiros, sobre todo porque en estos días habéis afrontado un tema de gran importancia para la vida de la Iglesia en su labor de evangelización y de formación cristiana: La catequesis y las personas con discapacidad. Agradezco a S.E. Mons. Fisichella su introducción, al Dicasterio por él presidido por su servicio y a todos vosotros por
vuestro trabajo en este campo.

1.    La dignidad de toda persona: asunción de posiciones valientes par la inclusión

de cuantos viven con formas de discapacidad.

v  Todavía ha expresiones que lesionan la dignidad de las personas discapacitadas.

o   Una visión de la vida narcisista y utilitarista. Sin ver en ellas su multiforme riqueza humana y espiritual

Conocemos el gran desarrollo que, en el curso de los últimos años, se ha producido respecto a la discapacidad. El crecimiento en la conciencia de la dignidad de toda persona, sobre todo de las más débiles, ha llevado a asumir posiciones valientes para la inclusión de cuantos viven con diversas formas de discapacidad, para que nadie se sienta extranjero en su casa.

Sin embargo, a nivel cultural todavía hay expresiones que lesionan la dignidad de estas personas por el prevalecer de una falsa concepción de la vida. Una visión a menudo narcisista y utilitarista lleva, desgraciadamente a no pocos, a considerar como marginales a las personas con discapacidad, sin ver en ellas su multiforme riqueza humana y espiritual. Aún es muy fuerte en la mentalidad
común una actitud de rechazo a esa condición, como si impidiese ser felices y realizarse a sí mismos. Lo prueba la tendencia eugenésica a suprimir a los nascituros que presentan alguna forma de imperfección.

En realidad, todos conocemos a muchas personas que, con sus fragilidades, incluso graves, han
encontrado, aun con esfuerzo, el camino de una vida buena y rica en significado. ¡Como, por otra parte, conocemos personas aparentemente perfectas y desesperadas! Además, es un peligroso engaño pensar que somos invulnerables.

Como me decía una chica que encontré en mi reciente viaje a Colombia, la vulnerabilidad pertenece a la esencia del hombre. La respuesta es el amor: no el falso, blando y pietista, sino el verdadero,
concreto y respetuoso. En la medida en que se es acogido y amado, incluido en la comunidad y acompañado a mirar al futuro con confianza, se desarrolla el verdadero camino de la vida y se experimenta la felicidad duradera. Esto –lo sabemos– vale para todos, pero las personas más frágiles son como la prueba.

2.    La fe es una gran compañera de vida cuando nos permite palpar la presencia de

un Padre que nunca deja solas a sus criaturas, en ninguna condición de su vida.


La fe es una gran compañera de vida cuando nos permite palpar la presencia de un Padre que nunca deja solas a sus criaturas, en ninguna condición de su vida. La Iglesia no puede ser “afónica” ni “desafinada” en la defensa y promoción de las personas con discapacidad. Su cercanía a las familias les ayuda a superar la soledad en que a menudo tienden a encerrarse por falta de atención y ayuda.

Esto vale aún más para la responsabilidad que posee en la generación y en la formación de la vida cristiana. No pueden faltar en la comunidad las palabras y sobre todo los gestos para encontrar y acoger a las personas con discapacidad. Especialmente la liturgia dominical tendrá que saberlas incluir, para que el encuentro con el Señor Resucitado y con la misma comunidad pueda ser fuente de esperanza y de valor en el camino nada fácil de la vida.

v  La catequesis, de modo particular, está llamada a descubrir y experimentar formas coherentes para que cada persona, con sus dones, sus límites y sus discapacidades, incluso graves, pueda encontrar en su camino a Jesús y abandonarse en Él con fe.

o   El reconocimiento de la exigencia de la fuerza de la gracia que viene de los Sacramentos de la iniciación cristiana.


La catequesis, de modo particular, está llamada a descubrir y experimentar formas coherentes para que cada persona, con sus dones, sus límites y sus discapacidades, incluso graves, pueda encontrar en su camino a Jesús y abandonarse en Él con fe. Ningún límite físico y psíquico podrá jamás ser un
impedimento para ese encuentro, porque el rostro de Cristo brilla en lo más íntimo de cada persona.

Además, estemos atentos, especialmente nosotros los ministros de la gracia de Cristo, a no caer en el error neo-pelagiano de no reconocer la exigencia de la fuerza de la gracia que viene de los Sacramentos de la iniciación cristiana.

Aprendamos a superar el malestar y el miedo que a veces se pueden sentir con las personas con discapacidad. Aprendamos a buscar y también a “inventar” con inteligencia instrumentos adecuados para que a nadie le falte la ayuda de la gracia. Formemos –ante todo con el ejemplo– catequistas cada vez más capaces de acompañar a esas personas para que crezcan en la fe y den su aportación genuina y original a la vida de la Iglesia. Por último, espero que en la comunidad cada vez más las personas con discapacidad puedan ser ellas mismas catequistas, también con su testimonio, para trasmitir la fe de modo más eficaz.

Os agradezco vuestro trabajo de estos días y vuestro servicio a la Iglesia. Que la Virgen os acompañe. Os bendigo de corazón. Y os pido, por favor, que no os olvidéis de rezar por mí. Gracias.


VIDA CRISTIANA
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