sábado, 4 de mayo de 2019

Tangibles como el pan: por Santiago Agrelo


La hora es de pasión.
Es de noche.
Es hora y noche de traiciones y cobardías, ambiciones y miedos, lágrimas y desesperanzas.
¡Pobres discípulos de Jesús! ¡Pobre Iglesia!: Comunidad de ilusos, asamblea ridícula de galileos fatuos, pescadores crédulos ¡y mujeres!
La cruz del amigo, aquella cruz en la que fue clavado el Maestro, el Señor, aquella cruz envuelve en luz negra lo que a los discípulos les queda de la vida.
El Nazareno se ha llevado consigo a la cruz, a la muerte, las esperanzas de todos, y les ha dejado en herencia frustración, amargura y miedo.
El templo mantendrá intactos su velo y sus atrios, la muerte su chantaje, ¡y el corazón sus divisiones!: habrá todavía esclavo y libre, judío y gentil, hombre y mujer, explotado y explotador.
Con aquel Nazareno, en su cruz, no moría una nueva religión sino una nueva creación: moría una humanidad nueva, un mundo de hermanos, un mundo sin fronteras. Moría un sueño.
Pero algo irrumpió en la oscuridad de la noche.
Los testigos dejaron noticia de ello en unas palabras: “No está aquí. Ha resucitado”. Ha resucitado el amigo. Y con él ha resucitado la esperanza.
Luego, aquellos testigos añadieron otras palabras: “El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús a quien vosotros matasteis colgándolo de un madero”.
En la noche se difunde la noticia: hay mundo nuevo y nueva humanidad.
Aquella es hora y noche de libertad conquistada, de salvación ofrecida, de gracia derramada, de Espíritu desatado sobre la faz de la tierra, de viento celeste que remueve las losas de las tumbas.
Resuena en la noche la voz del Nazareno que pone novedad en las viejas palabras del salmista: “Te ensalzaré, Señor, porque me has librado”.
Oigo la voz de la humanidad redimida que, unida a Cristo su Señor, evoca su propio éxodo desde la muerte a la vida: “Sacaste me vida del abismo; me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa”.
El mundo, la humanidad, las palabras, todo es nuevo si el Nazareno se acerca y lo ilumina con la luz de su presencia, todo es verdadero si Cristo ha resucitado.
Todo, también mi vida y la tuya, mi esperanza y tu esperanza, tu paz y la mía, son nuevas y verdaderas si Cristo vive, si “Jesús se acerca, toma el pan y nos lo da”.
Por eso hoy, los pobres nos reunimos en asamblea eucarística, porque necesitamos extender la mano y recibir el pan de Cristo Jesús, el pan que es Cristo Jesús. Necesitamos comulgar con Cristo resucitado.
Tangibles como ese pan serán para nosotros la dicha, la paz, la esperanza y la vida.
Feliz domingo para todos los moradores del mundo nuevo.


jueves, 2 de mayo de 2019

3º Pascua Ciclo C 5 de mayo de 2019





[Chiesa/Omelie1/Pasqua/3PascuaC19CBúsquedaRostroCristoEsElSeñor]

Ø Tercer Domingo de Pascua, Ciclo C (2019). Jesús es llamado «Señor». Con mucha frecuencia en los evangelios hay personas que se dirigen a Jesús, llamándole “Señor”. Es el Espíritu Santo quien revela a los hombres quién es Jesús. Porque "nadie puede decir: 'Jesús es Señor' sino bajo la acción del Espíritu Santo" (1 Cor 12,3). La afirmación del Señorío de Jesús significa también reconocer que el hombre no debe someter la  libertad personal, de modo absoluto, a ningún poder terrenal sino sólo a Dios Padre y al Señor Jesucristo. Ciertamente no fue fácil creer. Los discípulos de Emaus y Tomás. Es necesaria una gracia de « revelación » que viene del Padre. Sólo la experiencia del silencio y de la oración ofrece el horizonte adecuado en el que puede madurar y desarrollarse el conocimiento auténtico, fiel y coherente de ese misterio. Para reconocer al Señor es necesario ser amigo suyo: los amigos de Dios en el AT y en el NT. También a nosotros se nos une el misterioso Compañero de viaje


v  Cfr. 3º Pascua Ciclo C  5 de mayo de 2019 –

Hechos 5, 27b-32.40b-41; Apocalipsis 5, 11-14; Juan 21, 1-19

cfr. Gianfranco Ravasi, Secondo le Scritture Anno C, Piemme 1999

Juan 21 1 Después se apareció de nuevo Jesús a sus discípulos junto al mar de Tiberíades. Se apareció así:
2 estaban juntos Simón Pedro y Tomás, llamado Dídimo, Natanael, que era de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo y otros dos de sus discípulos. 3 Les dijo Simón Pedro: Voy a pescar. Le contestaron: Vamos también nosotros contigo. Salieron, pues, y subieron a la barca, pero aquella noche no pescaron nada.4 Llegada ya la mañana, se presentó Jesús en la orilla; pero sus discípulos no sabían que era Jesús. 5 Les dijo Jesús: Muchachos, ¿tenéis algo de comer? Le contestaron: No.6 El les dijo: Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis. La echaron, y ya no podían sacarla por la gran cantidad de peces. 7 Aquel discípulo a quien amaba Jesús dijo a Pedro: ¡Es el Señor! Al oír Simón Pedro que era el Señor se ciñó la túnica, porque estaba desnudo, y se echó al mar. 8 Los otros discípulos vinieron en la barca, pues no estaban lejos de tierra, sino a unos doscientos codos, arrastrando la red con los peces.9 Cuando descendieron a tierra vieron unas brasas preparadas, un pez puesto encima y pan. 10 Jesús les dijo: Traed algunos de los peces que habéis pescado ahora.11 Subió Simón Pedro y sacó a tierra la red llena de ciento cincuenta y tres peces grandes. Y aunque eran tantos no se rompió la red.12 Jesús les dijo: Venid y comed. Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: ¿Tú quién eres?, pues sabían que era el Señor. 13 Vino Jesús, tomó el pan y lo distribuyó entre ellos, y lo mismo el pez. 14 Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a sus discípulos, después de resucitar de entre los muertos. 15 Después de comer, dice Jesús a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?». Él le contestó: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Jesús le dice: «Apacienta mis corderos». 16 Por segunda vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?». Él le contesta: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Él le dice: «Pastorea mis ovejas».
17 Por tercera vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?». Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez: «¿Me quieres?» y le contestó: «Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero». Jesús le dice: «Apacienta mis ovejas. 18 En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras». 19 Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios. Dicho esto, añadió: «Sígueme».

(Evangelio de hoy: Juan 21,7)

1.    Con mucha frecuencia en los evangelios hay personas que se dirigen a Jesús llamándole “Señor”.

v  Este título expresa el respeto y la confianza de los que se acercan a Jesús y esperan de él socorro y curación. 

·         Catecismo de la Iglesia Católica,  n. 448: Con mucha frecuencia, en los evangelios, hay
personas que se dirigen a Jesús llamándole "Señor". Este título expresa el respeto y la confianza de los que se acercan a Jesús y esperan de El socorro y curación. Bajo la moción del Espíritu Santo, expresa el reconocimiento del misterio divino de Jesús. En el encuentro con Jesús resucitado, se convierte en adoración: "Señor mío y Dios mío" (Juan 20,28). Entonces toma una connotación de amor y de afecto que quedará como propio de la tradición cristiana: "¡Es el Señor!" (Juan 21,7).  

2.    Otras afirmaciones del Catecismo de la Iglesia Católica sobre la proclamación de que Jesucristo “es el Señor”.


v  Es el Espíritu Santo quien revela a los hombres quién es Jesús. Porque "nadie puede decir: 'Jesús es Señor' sino bajo la acción del Espíritu Santo" (1 Cor 12,3).

quien revela a los hombres quién es Jesús. Porque "nadie puede decir: 'Jesús es Señor' sino bajo la acción del Espíritu Santo" (1 Cor 12,3). "El Espíritu todo lo sondea, hasta las profundidades de Dios...Nadie conoce lo íntimo de Dios, sino el Espíritu de Dios" (1 Cor 2,10-11). Sólo Dios conoce a Dios enteramente. Nosotros creemos en el Espíritu Santo porque es Dios.

v  Jesús mismo confirma que Dios es "el único Señor" y que es preciso amarle con todo el corazón, con toda el alma, con todo el espíritu y todas las fuerzas (cf. Mc 12,29-30)

todo el corazón, con toda el alma, con todo el espíritu y todas las fuerzas (cf. Mc 12,29-30). Deja al mismo tiempo entender que él mismo es "el Señor" (cf. Mc 12,35-37). Confesar que "Jesús es Señor" es lo propio de la fe cristiana. Esto no es contrario a la fe en el Dios Unico. Creer en el Espíritu Santo, "que es Señor y dador de vida", no introduce ninguna división en el Dios único.

v  Sus actos de dominio sobre la naturaleza, sobre las enfermedades, sobre los demonios, sobre la muerte y el pecado, demostraban su soberanía divina

  • n. 447: El mismo Jesús se atribuye de forma velada este título cuando discute con los
fariseos sobre el sentido del Salmo 109 (Mt 22,41-46; cf. también Hch 2, 34-36; Hb 1, 13), pero también de manera explícita al dirigirse a sus apóstoles (Jn 13, 13). A lo largo de toda su vida pública sus actos de dominio sobre la naturaleza, sobre las enfermedades, sobre los demonios, sobre la muerte y el pecado, demostraban su soberanía divina.  

v  La afirmación del Señorío de Jesús significa también reconocer que el hombre no debe someter la  libertad personal, de modo absoluto, a ningún poder terrenal sino sólo a Dios Padre y al Señor Jesucristo 

  • n. 450: Desde el comienzo de la historia cristiana, la afirmación del señorío de Jesús sobre el
mundo y sobre la historia (Ap 11, 15) significa también reconocer que el hombre no debe someter su libertad personal, de modo absoluto, a ningún poder terrenal sino sólo a Dios Padre y al Señor Jesucristo: César no es el "Señor" (Mc 12, 17; Hch 5, 29). " La Iglesia cree.. que la clave, el centro y el fin de toda historia humana se encuentra en su Señor y Maestro" (GS 10, 2; 45, 2).  

3. Acerca del reconocimiento del rostro de Cristo.


v  A) La falta de reconocimiento del Cristo resucitado, se da constantemente en las apariciones pascuales: es clamoroso el caso de María Magdalena que confunde a Cristo con el hortelano.

o   Hay que recorrer el camino de la fe, que no está privado de signos sensibles, como el de la pesca milagrosa con sus «153 peces grandes» del Evangelio de hoy.

  • Cfr. G. Ravasi, o.c. p. 118: “La falta de reconocimiento del Cristo resucitado, se da constantemente
en las apariciones pascuales: es clamoroso el caso de María Magdalena que confunde a Cristo con el hortelano.  Por tanto, hay que recorrer un camino diverso para encontrar y reconocer a Cristo glorioso. Ese camino no puede seguir siendo el de la simple costumbre familiar, el de los ojos y los sentimientos, sino que es el camino de la fe. Un camino que, sin embargo, no está privado de signos comprensibles: como en el caso de la pesca milagrosa con sus «153 peces grandes». También en este dato cuantitativo probablemente no se esconden grandes secretos, no obstante las muy agudas y frenéticas  investigaciones de los lectores del Evangelio de todos los siglos, sino, sencillamente, un recuerdo histórico y ocular. Y  es precisamente a partir de este signo cuando la narración  de Juan empieza a orientarse hacia una dimensión más alta y completa. (...) Pedro reconoce a su Señor y se echa al agua y se dirige  hacia él con todo el impulso de su amor”. Cfr. Gianfranco Ravasi o.c. pp. 115-116

v  B) Juan Pablo II, en su Carta Novo millennio ineunte, 6 de enero de 2001

o   Ciertamente no fue fácil creer. Los discípulos de Emaus y Tomás

19. « Los discípulos se alegraron de ver al Señor » (Jn 20,20). El rostro que los Apóstoles contemplaron después de la resurrección era el mismo de aquel Jesús con quien habían vivido unos tres años, y que ahora los convencía de la verdad asombrosa de su nueva vida mostrándoles « las manos y el costado » (ibíd.). Ciertamente no fue fácil creer. Los discípulos de Emaús creyeron sólo después de un laborioso itinerario del espíritu (cf. Lc 24,13-35). El apóstol Tomás creyó únicamente después de haber comprobado el prodigio (cf. Jn 20,24-29). En realidad, aunque se viese y se tocase su cuerpo, sólo la fe podía franquear el misterio de aquel rostro. Ésta era una experiencia que los discípulos debían haber hecho ya en la vida histórica de Cristo, con las preguntas que afloraban en su mente cada vez que se sentían interpelados por sus gestos y por sus palabras.

o   Cómo llega Pedro a la fe

A Jesús no se llega verdaderamente más que por la fe, a través de un camino cuyas etapas nos presenta el Evangelio en la bien conocida escena de Cesarea de Filipo (cf. Mt 16,13-20). A los discípulos, como haciendo un primer balance de su misión, Jesús les pregunta quién dice la « gente » que es él, recibiendo como respuesta: « Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o uno de los profetas » (Mt 16,14). Respuesta elevada, pero distante aún —¡y cuánto!— de la verdad. El pueblo llega a entrever la dimensión religiosa realmente excepcional de este rabbí que habla de manera fascinante, pero que no consigue encuadrarlo entre los hombres de Dios que marcaron la historia de Israel. En realidad, ¡Jesús es muy distinto! Es precisamente este ulterior grado de conocimiento, que atañe al nivel profundo de su persona, lo que él espera de los « suyos »: « Y vosotros ¿quién decís que soy yo? » (Mt 16,15). Sólo la fe profesada por Pedro, y con él por la Iglesia de todos los tiempos, llega realmente al corazón, yendo a la profundidad del misterio: « Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo » (Mt 16,16).

o   Es necesaria una gracia de « revelación » que viene del Padre.

·          Sólo la experiencia del silencio y de la oración ofrece el horizonte adecuado en el que puede madurar y desarrollarse el conocimiento auténtico, fiel y coherente de ese misterio.
20. ¿Cómo llegó Pedro a esta fe? ¿Y qué se nos pide a nosotros si queremos seguir de modo cada vez más convencido sus pasos? Mateo nos da una indicación clarificadora en las palabras con que Jesús acoge la confesión de Pedro: « No te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos » (16,17). La expresión « carne y sangre » evoca al hombre y el modo común de conocer. Esto, en el caso de Jesús, no basta. Es necesaria una gracia de « revelación » que viene del Padre (cf. ibíd.). Lucas nos ofrece un dato que sigue la misma dirección, haciendo notar que este diálogo con los discípulos se desarrolló mientras Jesús « estaba orando a solas » (Lc 9,18). Ambas indicaciones nos hacen tomar conciencia del hecho de que a la contemplación plena del rostro del Señor no llegamos sólo con nuestras fuerzas, sino dejándonos guiar por la gracia. Sólo la experiencia del silencio y de la oración ofrece el horizonte adecuado en el que puede madurar y desarrollarse el conocimiento más auténtico, fiel y coherente, de aquel misterio, que tiene su expresión culminante en la solemne proclamación del evangelista Juan: « Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad » (Jn 1,14).

v  C) La comida con sus discípulos (Juan 21,13),  «signo de comunión y de intimidad», es una  experiencia que se repite «cada vez que parte con nosotros el pan eucarístico».

·         Cfr. Gianfranco Ravasi, o.c, p. 116: “Aquella pobre comida de pescadores, a causa de la presencia
extraordinaria del Señor evoca otras cenas, sobre todo aquella celebrada en el cenáculo o aquella con los discípulos de Emaús. Se delinea una dimensión nueva y simbólica que los Padres de la Iglesia frecuentemente han exaltado, entreviendo en aquella comida sencilla y frugal  la alegre Cena del Señor que nosotros celebramos también en este domingo” .

v  D) Para reconocer al Señor es necesario ser amigo suyo: los amigos de Dios en el AT y en el NT:

·         S.A. Panimolle, Amor, en Nuevo Diccionario de Teología Bíblica, Ed, Paulinas 1990:  c) Los
amigos de Dios. En el pueblo de Dios algunas personas en particular son amadas por el Señor porque desempeñan una misión salvífica y han amado con todo el corazón a su Dios, adhiriéndose a él por completo, escuchando su voz y viviendo su palabra: tales son los padres de Israel, Moisés, los justos, el rey David; se les llama amigos de Dios. / Abrahán es el primer padre de Israel, presentado como amigo del Señor (2Ch 20,7 Is 41,8 Da 3,35 Jc 2,23). Dios conversó afablemente con este siervo suyo y le manifestó sus proyectos, lo mismo que se hace con un amigo íntimo (Gen 18,17ss). También Benjamín fue considerado de tal modo porque fue amado por el Señor (Dt 33,12). / Moisés es otro gran amigo de Dios: hablaba con él cara a cara, lo mismo que habla un hombre con su amigo (Ex 33,11). Moisés fue amado por Dios y por los hombres; su memoria será bendita (Si 45,1); en efecto, él fue el gran mediador de la revelación del amor misericordioso del Señor (Ex 34,6s; Núm 14,18s; Dt 5,9s). También / Samuel fue amado por el Señor (Si 46,13), lo mismo que / David y Salomón (2S 12,24 lCrón 2S 17,16 [LXX]; Si 47,22 Ne 13,26), y lo mismo el siervo del Señor (Is 48,14). Finalmente, todos los hombres fieles y piadosos son amigos de Dios (Ps 127,2).
            En el NT los amigos de Dios y de su Hijo son los creyentes (cf 1 Tes 1,4; 2Th 2,13 Col 3,12), y de manera especial los apóstoles y los primeros discípulos, que son amados por el Padre y por Jesús (Jn 14,21 Jn 17,23). Pero es preciso merecer esta amistad divina, observando y guardando la palabra del Hijo de Dios (Jn 14,23s), es decir, creyendo vitalmente en él (Jn 17,26). En el grupo de los primeros seguidores de Cristo hay uno que es designado especialmente por el cuarto evangelista como "el discípulo amado", es decir, el amigo de Jesús (Jn 21,7 Jn 21,20), que se reclinó sobre el pecho del maestro (Jn 13,23), es decir, vivió en profunda intimidad con el Hijo de Dios, lo siguió hasta el Calvario (Jn 18,15 19,26s) y lo amó intensamente (Jn 20,2-5). ( Diccionario RAVASI 153)

4. Importancia objetiva y subjetiva del reconocimiento de Jesucristo como «Señor».

v  La proclamación de Jesús como «Señor» nos salva. Este conocimiento lo hace posible sólo el Espíritu Santo.

  • Cfr. Raniero Cantalamessa, El Canto del Espíritu (Meditaciones sobre el Veni Creator), PPC
1999,Cap. XXI pp. 377-391: “San Pablo habla de un conocimiento «superior», y hasta «sublime», de Cristo, que consiste en conocerlo y proclamarlo «Señor» (cfr.  Flp 3,8).  Es la proclamación que, unida a la fe en la resurrección de Cristo, nos salva (cfr.  Rom 10,9).  Y este conocimiento lo hace posible sólo el Espíritu Santo:
«Nadie puede decir: "Jesús es Señor", si no está movido por el Espíritu Santo» (1 Cor 12,3).
Cualquiera puede decir estas palabras con los labios, incluso sin el Espíritu Santo, pero entonces no sería eso tan grandioso que acabamos de decir; no nos salvaría.

o   La fuerza objetiva y subjetiva de la afirmación  «Jesús es Señor»

·         Fuerza objetiva
            ¿Qué es lo que hay de especial en esta afirmación, que la hace ser tan determinante?  Podemos explicarlo desde distintos puntos de vista, objetivos o subjetivos.  La fuerza objetiva de la frase: «Jesús es Señor» está en el hecho de que hace presente la historia y en particular el misterio pascual.  Es el resultado de dos eventos: Cristo ha muerto por nuestros pecados; ha resucitado para nuestra justificación; por tanto es el Señor.
    «Para eso murió y resucitó Cristo: para ser Señor de vivos y muertos» (Rom 14,9).
            Los acontecimientos que lo han preparado están como encerrados en esta conclusión y en ella se hacen presentes y operantes.  En este caso, la palabra es verdaderamente «la casa del ser». «Jesús es Señor» es la semilla de la que se ha desarrollado todo el kerigma y el sucesivo anuncio cristiano.  Con esta proclamación, Pedro concluye su discurso el día de Pentecostés (cfr.  Hech 2,36).

o   Fuerza subjetiva. Es decir, en lo que depende de nosotros,  la fuerza de esa proclamación está en que supone también una decisión.

·    Desde el punto de vista subjetivo - es decir, en lo que depende de nosotros - la fuerza de
esa proclamación está en que supone también una decisión.  Quien la pronuncia decide sobre el sentido de su vida.  Es como si dijera: «Tú eres mí Señor; yo me someto a ti, te reconozco libremente como mi salvador, mi jefe, mi maestro, aquel que tiene todos los derechos sobre mí».
            Este «para mí», es el motivo por el cual los demonios, en los Evangelios, no tienen dificultad en proclamar a Jesús como «Hijo de Dios» y «Santo de Dios», pero jamás dicen: «Sabemos quién eres: ¡eres el Señor!».  En el primer caso, no hacen otra cosa que reconocer un dato de hecho que no depende de ellos y que no pueden cambiar; en el segundo, llegarían a someterse a Cristo, cosa que no pueden hacer.

5. También a nosotros se nos une el misterioso Compañero de viaje

·         Juan Pablo II, Catequesis, Audiencia General del 18 de abril de 2001: “Aunque sea con
dificultad, el camino de Emaús lleva del sentido de desolación y extravío a la plenitud de la fe pascual. Al recorrer este itinerario, también a nosotros se nos une el misterioso Compañero de viaje. Durante el trayecto, Jesús se nos acerca, se une a nosotros en el punto donde nos encontramos y nos plantea las preguntas esenciales que devuelven al corazón la esperanza. Tiene muchas cosas que explicar a propósito de su destino y del nuestro. Sobre todo revela que toda existencia humana debe pasar por su cruz para entrar en la gloria. Pero Cristo hace algo más: parte para nosotros el pan de la comunión, ofreciendo la Mesa eucarística en la que las Escrituras cobran su pleno sentido y revelan los rasgos únicos y esplendorosos del rostro del Redentor.
Después de reconocer y contemplar el rostro de Cristo resucitado, también nosotros, como los dos discípulos, somos invitados a correr hasta el lugar donde se encuentran nuestros hermanos, para llevar a todos el gran anuncio: "Hemos visto al Señor" (Juan 20, 25) ”




Vida Cristiana

viernes, 26 de abril de 2019

Que ilumine a los pobres la luz de la resurrección: por Santiago Agrelo

Es el día octavo de nuestra fiesta de Pascua. La comunidad reunida en torno a Cristo resucitado, vuelve a entonar con él su salmo de alabanza al Dios de la vida: “Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia”.
Puedes decirlo con la casa de Israel; puedes decirlo con la casa de Aarón; puedes decirlo con los fieles del Señor; pero no dejes de decirlo con Cristo resucitado: “Eterna es su misericordia”.
Si confiesas que “Cristo ha resucitado”, vas diciendo que Cristo está en Dios; vas diciendo que aquel a quien viste crucificado, vive para siempre con la vida de Dios; vas diciendo que Cristo  está sentado a la derecha de Dios en el cielo; ¡y todo “porque el Señor es bueno, porque es eterna su misericordia”!
Si confiesas que “Cristo ha resucitado”, vas diciendo que Cristo está en ti; que aquel a quien tu fe contempla glorificado, vive contigo para siempre, vive en ti por su Espíritu, y por medio de ti continúa llevando a los pobres la buena noticia del Reino de Dios, ¡y todo “porque el Señor es bueno, porque es eterna su misericordia”!
Si confiesas que “Cristo ha resucitado”, vas diciendo que tu vida –tu pequeñez, tu debilidad, tu fragilidad, tu pobreza, tu miseria, tu noche- está escondida con Cristo en Dios; y que la vida de Dios –su grandeza, su fuerza, su poder, su gloria, su misericordia, su luz- está escondida con Cristo en ti.
Por eso, Iglesia cuerpo de Cristo, tu salmo es el de tu Señor, pues es de los dos la alegría y el gozo de este día en el que Dios hizo maravillas de amor, es de los dos la salvación cumplida en este día, es de los dos la prosperidad alcanzada.
Tú lo vas diciendo con Cristo resucitado, y él ya nunca lo dirá sin ti: “Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia”. Y a vuestro canto se unirá en todo tiempo el coro de los que van siendo iluminados por la caridad de la Iglesia con la luz de la resurrección de Cristo.
A vuestro canto se unirán los que crean sin haber visto, los que creyendo reciban de Cristo resucitado la paz y el Espíritu, los que se hayan acogido en ti a  la misericordia de Dios y hayan recibido de ti su perdón, lo que hayan conocido que Cristo vive porque tú los has amado.
“Alegraos en vuestra gloria, dando gracias a Dios, que os ha llamado al reino celestial”, a la vida con Cristo, a la gloria de su resurrección.
Feliz Pascua, queridos.

Papa Francisco, Catequesis, El sacramento de la confesión, Audiencia General del 19 de febrero de 2014.




[Chiesa/Testi/Confessione/ConfesiónAbrazoCalurosoDeLaMisericordiaDeDiosPadreFrancisco]

La confesión es un abrazo caluroso
de la misericordia de Dios Padre

v  Cfr. Papa Francisco, Catequesis, El sacramento de la confesión, Audiencia General del 19 de febrero de 2014.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

o   El sacramento de la Reconciliación es un sacramento de curación. Cuando yo voy a confesarme es para sanarme, curar mi alma, sanar el corazón y algo que hice y no funciona bien.

§  El perdón de nuestros pecados no es algo que podamos darnos nosotros mismos. Yo no puedo decir: me perdono los pecados. El perdón se pide, se pide a otro, y en la Confesión pedimos el perdón a Jesús.
A través de los sacramentos de iniciación cristiana, el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía, el hombre recibe la vida nueva en Cristo. Ahora, todos lo sabemos, llevamos esta vida «en vasijas de barro» (2 Cor 4, 7), estamos aún sometidos a la tentación, al sufrimiento, a la muerte y, a causa del pecado, podemos incluso perder la nueva vida. Por ello el Señor Jesús quiso que la Iglesia continúe su obra de salvación también hacia los propios miembros, en especial con el sacramento de la Reconciliación y la Unción de los enfermos, que se pueden unir con el nombre de «sacramentos de curación». El sacramento de la Reconciliación es un sacramento de curación. Cuando yo voy a confesarme es para sanarme, curar mi alma, sanar el corazón y algo que hice y no funciona bien. La imagen bíblica que mejor los expresa, en su vínculo profundo, es el episodio del perdón y de la curación del paralítico, donde el Señor Jesús se revela al mismo tiempo médico de las almas y los cuerpos (cf. Mc 2, 1-12; Mt 9, 1-8; Lc 5, 17-26).
El sacramento de la Penitencia y de la Reconciliación brota directamente del misterio pascual. En efecto, la misma tarde de la Pascua el Señor se aparece a los discípulos, encerrados en el cenáculo, y, tras dirigirles el saludo «Paz a vosotros», sopló sobre ellos y dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados» (Jn 20, 21-23). Este pasaje nos descubre la dinámica más profunda contenida en este sacramento. Ante todo, el hecho de que el perdón de nuestros pecados no es algo que podamos darnos nosotros mismos. Yo no puedo decir: me perdono los pecados. El perdón se pide, se pide a otro, y en la Confesión pedimos el perdón a Jesús. El perdón no es fruto de nuestros esfuerzos, sino que es un regalo, es un don del Espíritu Santo, que nos llena de la purificación de misericordia y de gracia que brota incesantemente del corazón abierto de par en par de Cristo crucificado y resucitado. En segundo lugar, nos recuerda que sólo si nos dejamos reconciliar en el Señor Jesús con el Padre y con los hermanos podemos estar verdaderamente en la paz. Y esto lo hemos sentido todos en el corazón cuando vamos a confesarnos, con un peso en el alma, un poco de tristeza; y cuando recibimos el perdón de Jesús estamos en paz, con esa paz del alma tan bella que sólo Jesús puede dar, sólo Él.

o   Uno puede decir: yo me confieso sólo con Dios. Sí, tú puedes decir a Dios «perdóname», y decir tus pecados, pero nuestros pecados son también contra los hermanos, contra la Iglesia. Por ello es necesario pedir perdón a la Iglesia, a los hermanos, en la persona del sacerdote.

A lo largo del tiempo, la celebración de este sacramento pasó de una forma pública —porque al inicio se hacía públicamente— a la forma personal, a la forma reservada de la Confesión. Sin embargo, esto no debe hacer perder la fuente eclesial, que constituye el contexto vital. En efecto, es la comunidad cristiana el lugar donde se hace presente el Espíritu, quien renueva los corazones en el amor de Dios y hace de todos los hermanos una cosa sola, en Cristo Jesús. He aquí, entonces, por qué no basta pedir perdón al Señor en la propia mente y en el propio corazón, sino que es necesario confesar humilde y confiadamente los propios pecados al ministro de la Iglesia. En la celebración de este sacramento, el sacerdote no representa sólo a Dios, sino a toda la comunidad, que se reconoce en la fragilidad de cada uno de sus miembros, que escucha conmovida su arrepentimiento, que se reconcilia con Él, que le alienta y le acompaña en el camino de conversión y de maduración humana y cristiana. Uno puede decir: yo me confieso sólo con Dios. Sí, tú puedes decir a Dios «perdóname», y decir tus pecados, pero nuestros pecados son también contra los hermanos, contra la Iglesia. Por ello es necesario pedir perdón a la Iglesia, a los hermanos, en la persona del sacerdote.

v  «Pero padre, yo me avergüenzo...».

o   Incluso la vergüenza es buena, es salud tener un poco de vergüenza, porque avergonzarse es saludable.

§  Incluso la vergüenza hace bien, porque nos hace humildes, y el sacerdote recibe con amor y con ternura esta confesión, y en nombre de Dios perdona.
«Pero padre, yo me avergüenzo...». Incluso la vergüenza es buena, es salud tener un poco de vergüenza, porque avergonzarse es saludable. Cuando una persona no tiene vergüenza, en mi país decimos que es un «sinvergüenza». Pero incluso la vergüenza hace bien, porque nos hace humildes, y el sacerdote recibe con amor y con ternura esta confesión, y en nombre de Dios perdona. También desde el punto de vista humano, para desahogarse, es bueno hablar con el hermano y decir al sacerdote estas cosas, que tanto pesan a mi corazón. Y uno siente que se desahoga ante Dios, con la Iglesia, con el hermano. No tener miedo de la Confesión. Uno, cuando está en la fila para confesarse, siente todas estas cosas, incluso la vergüenza, pero después, cuando termina la Confesión sale libre, grande, hermoso, perdonado, blanco, feliz. ¡Esto es lo hermoso de la Confesión! Quisiera preguntaros —pero no lo digáis en voz alta, que cada uno responda en su corazón—: ¿cuándo fue la última vez que te confesaste? Cada uno piense en ello... ¿Son dos días, dos semanas, dos años, veinte años, cuarenta años? Cada uno haga cuentas, pero cada uno se pregunte: ¿cuándo fue la última vez que me confesé? Y si pasó mucho tiempo, no perder un día más, ve, que el sacerdote será bueno. Jesús está allí, y Jesús es más bueno que los sacerdotes, Jesús te recibe, te recibe con mucho amor. Sé valiente y ve a la Confesión.

o   Celebrar el sacramento de la Reconciliación significa ser envueltos en un abrazo caluroso: es el abrazo de la infinita misericordia del Padre.

Queridos amigos, celebrar el sacramento de la Reconciliación significa ser envueltos en un abrazo caluroso: es el abrazo de la infinita misericordia del Padre. Recordemos la hermosa, hermosa parábola del hijo que se marchó de su casa con el dinero de la herencia; gastó todo el dinero, y luego, cuando ya no tenía nada, decidió volver a casa, no como hijo, sino como siervo. Tenía tanta culpa y tanta vergüenza en su corazón. La sorpresa fue que cuando comenzó a hablar, a pedir perdón, el padre no le dejó hablar, le abrazó, le besó e hizo fiesta. Pero yo os digo: cada vez que nos confesamos, Dios nos abraza, Dios hace fiesta. Sigamos adelante por este camino. Que Dios os bendiga.



Vida Cristiana

Domingo 2º de Pascua, Ciclo C. (2019). Domingo de la Misericordia Divina.




[Chiesa/Omelie1/Pasqua/2PascuaC19MisericordiaDivinaConfesiónCruz]

Ø Domingo 2º de Pascua, Ciclo C. (2019). Domingo de la Misericordia Divina. El Sacramento de la Confesión o del Perdón es el Sacramento de la Misericordia Divina. En el evangelio de hoy, el mensaje más importante transmitido a sus discípulos comprende tres elementos: a) la misión apostólica v. 21 («Como el Padre me envió, así os envío yo»);  b) el don del Espíritu v. 22 («Dicho esto sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo»); c) y el poder de perdonar los pecados v. 23 («a quienes les perdonareis los pecados les son  perdonados»). Cuántos desiertos debe atravesar hoy el ser humano, sobre todo el desierto que está dentro de él, cuando falta el amor de Dios  y del prójimo. Pero la misericordia de Dios puede hacer florecer hasta la tierra más árida, puede hacer revivir incluso a los huesos secos. He aquí, pues, la invitación que hago a todos: acojamos la gracia de la Resurrección de Cristo.

v  Cfr. 2º Pascua, Ciclo C, 28 de abril de 2019

            Todos los ciclos, A-B-C,  de este domingo tienen el mismo evangelio: Juan 20, 19-31.
Cfr. Temi di predicazione – omelie, Editrice Domenicana Italiana, n. 49 N uova Serie, Ciclo C, Napoli – Bari,  pp.8-16; Sagrada Biblia, Nuevo Testamento, Universidad de Navarra 1999;  Vincenzo Raffa, Liturgia Festiva, Anni A-B-C, Tipografia Poliglota Vaticana  1983, p. 953.

Juan 20, 19-31: 19 Al anochecer del día de la resurrección, estando cerradas las puertas de la casa donde se hallaban los discípulos, por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: "La paz esté con vosotros". 20 Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Cuando los discípulos vieron al Señor, se llenaron de alegría. 21 De nuevo les dijo Jesús: "La paz esté con vosotros. Como el Padre me ha enviado, así os envío yo". 22 Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: "Recibid al Espíritu Santo. 23 A quienes les perdonéis los pecados, les quedarán perdonados; a quienes se los retengáis, les serán retenidos". 24 Tomás, uno de los Doce, a quien llamaban el Gemelo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. 25 Los otros discípulos le dijeron: "Hemos visto al Señor". Pero él les contestó: "Si no veo en sus manos la señal de los clavos y si no meto mi dedo en los agujeros de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré". Ocho días después, estaban reunidos los discípulos a puerta cerrada y Tomás estaba con ellos. Jesús se presentó de nuevo en medio de ellos y les dijo: "La paz esté con vosotros". Luego le dijo a Tomás: "Aquí están mis manos; acerca tu dedo. Trae acá tu mano, métela en mi costado y no sigas dudando, sino cree". Tomás le respondió: '¡Señor mío y Dios mío!' 29 Jesús añadió: "Tú crees porque me has visto. Dichosos los que creen sin haber visto". 30 Muchos otros signos hizo también Jesús en presencia de sus discípulos, pero no están escritas en este libro. 31 Sin embargo, éstos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre.

El 5 de mayo del 2000 la Congregación del Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede declaró el Segundo Domingo de Pascua, es decir, el domingo siguiente al Domingo de Resurrección, como “Segundo Domingo de Pascua o de la Divina Misericordia”.
Juan Pablo II: “En todo el mundo el Segundo Domingo de Pascua recibirá el nombre de Domingo de la Divina Misericordia. Una invitación perenne para el mundo cristiano a afrontar, con confianza en la benevolencia divina, las dificultades y las pruebas que esperan al género humano en los años venideros”.
Así, lo que era una devoción privada, muy extendida ya en muchas partes del mundo católico, pasó a ser Fiesta oficial de la Iglesia. El Papa dispuso que se conservaran los mismos textos tanto en el Misal Romano, como en la Liturgia de las Horas.

El don de «perdonar los pecados»:
una ola de misericordia inunda toda la humanidad.

1. La institución del sacramento de la Misericordia Divina

·         El Sacramento de la Confesión o del Perdón es el Sacramento de la Misericordia Divina.
·         El texto evangélico de ese domingo (Juan. 20, 19-31) es elocuente en cuanto a la Misericordia Divina:
narra la institución del Sacramento de la Confesión o del Perdón. Es el Sacramento de la Misericordia Divina.
·         Sagrada Biblia, Nuevo Testamento, Universidad de Navarra 2004, nota 20, 19-23 “La misión  que el Señor da a
los  Apóstoles (vv. 22-23), similar al final del Evangelio de Mateo (Mt 28, 18ss), manifiesta el origen divino de la misión de la Iglesia y su poder para perdonar los pecados. «El Señor, principalmente entonces, instituyó el sacramento de la Penitencia, cuando, resucitado de entre los muertos, sopló sobre sus discípulos diciendo
‘Recibid el Espíritu Santo...’. Por este hecho tan insigne y por tan claras palabras, el común sentir de todos
Lo Padres entendió siempre que fue comunicada a los Apóstoles y a sus legítimos sucesores la potestad de
perdonar y retener los pecados para reconciliar a los fieles caídos en pecado después del bautismo» (C. De
Trento, De Penit.1).

o   Catecismo de la Iglesia Católica

·         n. 976: El Símbolo de los Apóstoles vincula la fe en el perdón de los pecados a la fe en el Espíritu Santo,
pero también a la fe en la Iglesia y en la comunión de los santos. Al dar el Espíritu Santo a sus apóstoles, Cristo resucitado les confirió su propio poder divino de perdonar los pecados: "Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos" (Juan  20,22-23).
·         n. 1422: Artículo 4: El sacramento de la Penitencia y de la Reconciliación.   «Los que se acercan al
sacramento de la Penitencia obtienen de la misericordia de Dios el perdón de los pecados cometidos contra El
y, al mismo tiempo, se reconcilian con la Iglesia, a la que ofendieron con sus pecados. Ella les mueve a
conversión con su amor, su ejemplo y sus oraciones» (Lumen gentium 11).
·         La Segunda parte del Catecismo tratará explícitamente del perdón de los pecados por el Bautismo, el
sacramento de la Penitencia y los demás sacramentos, sobre todo la Eucaristía. Aquí basta con evocar
brevemente, por tanto, algunos datos básicos.

2. Diversos aspectos del don de Jesús a los Apóstoles de “perdonar los pecados”.


v  A) El gesto de Jesús de mostrar las manos y el costado (v. 27): el don de «perdonar los pecados» brota de las heridas de sus manos y de sus pies, y de su costado traspasado. Una ola de misericordia inunda toda la humanidad.

·         Juan Pablo II, 22 abril 2001: “El evangelio, que acabamos de proclamar, nos ayuda a captar
plenamente el sentido y el valor de este don. El evangelista san Juan nos hace compartir la emoción que experimentaron los Apóstoles durante el encuentro con Cristo, después de su resurrección. Nuestra atención se centra en el gesto del Maestro, que transmite a los discípulos temerosos y atónitos la misión de ser ministros de la misericordia divina. Les muestra sus manos y su costado con los signos de su pasión, y les comunica: "Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo" (Jn 20, 21). E inmediatamente después "exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: "Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos"" (Jn 20, 22-23). Jesús les confía el don de "perdonar los pecados", un don que brota de las heridas de sus manos, de sus pies y sobre todo de su costado traspasado. Desde allí una ola de misericordia inunda toda la humanidad.”

v  B) En el evangelio de hoy, el mensaje más importante transmitido a sus discípulos comprende tres elementos:

a)      la misión apostólica v. 21 («Como el Padre me envió, así os envío yo»);  
b)      el don del Espíritu v. 22 («Dicho esto sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu  Santo»);
c)      y el poder de perdonar los pecados v. 23 («a quienes les perdonareis los pecados les son
     perdonados»).
·         Los discípulos continuarán en la Iglesia la misma misión de Jesús. Les da un “don inefable que
tan estrechamente los incorporaba a la obra divina, porque sólo Dios posee el poder de perdonar los pecados” [1]. Se harán guiar por el mismo Espíritu Santo que Jesús les transmitió soplando sobre ellos. Se debe notar que el gesto de soplar (v. 22) sobre ellos evoca el gesto creativo de Dios, que dio la vida al primer hombre plasmado del fango de la tierra: “e insufló en sus narices aliento de vida, y resultó el hombre un ser viviente” (Gén. 2,7). La remisión de los pecados supone la  vuelta de todo hombre a la original y perdida intimidad con Dios Padre, supone un nuevo comienzo, como una re-creación de la humanidad [2].

v  C) Jesús trae el Espíritu Santo en virtud de su crucifixión.

                                          Cfr. Juan Pablo II, Enc. Dominum et vivificantem, n. 24:
“La venida del Señor llena de gozo a los presentes: « Su tristeza se convierte en gozo » (Cf Juan 16,20), como ya había prometido antes de su pasión. Y sobre todo se verifica el principal anuncio del discurso de despedida: Cristo resucitado, como si preparara una nueva creación, « trae » el Espíritu Santo a los apóstoles. Lo trae a costa de su « partida »; les da este Espíritu como a través de las heridas de su crucifixión: « les mostró las manos y el costado ». En virtud de esta crucifixión les dice: « Recibid el Espíritu Santo ».
Se establece así una relación profunda entre el envío del Hijo y el del Espíritu Santo. No se da el
envío del Espíritu Santo (después del pecado original) sin la Cruz y la Resurrección: « Si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito ».(Juan 16,7) Se establece también una relación íntima entre la misión del Espíritu Santo y la del Hijo en la Redención. La misión del Hijo, en cierto modo, encuentra su « cumplimiento » en la Redención: « Recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros ».(Juan  16,15) La Redención es realizada totalmente por el Hijo, el Ungido, que ha venido y actuado con el poder del Espíritu Santo, ofreciéndose finalmente en sacrificio supremo sobre el madero de la Cruz. Y esta Redención, al mismo tiempo, es realizada constantemente en los corazones y en las conciencias humanas —en la historia del mundo— por el Espíritu Santo, que es el « otro Paráclito ».”        

v  D)  Juan Pablo II: La Misericordia revelada en la cruz y en la resurrección.

                            Cfr. Enc. Dives in misericordia, nn. 7-8
El mensaje mesiánico de Cristo y su actividad entre los hombres terminan con la cruz y la  resurrección. (...)
El misterio pascual es el culmen de esta revelación y actuación de la misericordia, que es capaz de justificar al hombre, de restablecer la justicia en el sentido del orden salvífico querido por Dios desde el principio para el hombre y, mediante el hombre, en el mundo. Cristo que sufre, habla sobre todo al hombre, y no solamente al creyente. También el hombre no creyente podrá descubrir en El la elocuencia de la solidaridad con la suerte humana, como también la armoniosa plenitud de una dedicación desinteresada a la causa del hombre, a la verdad y al amor. (...)

o   Creer en el Hijo crucificado significa « ver al Padre », (Cf. Juan 14,9) significa creer que el amor está presente en el mundo y que este amor es más fuerte que toda clase de mal, en que el hombre, la humanidad, el mundo están metidos. Creer en ese amor significa creer en la misericordia.

Creer en el Hijo crucificado significa « ver al Padre », (Cf. Juan 14,9) significa creer que el amor está presente en el mundo y que este amor es más fuerte que toda clase de mal, en que el hombre, la humanidad, el mundo están metidos. Creer en ese amor significa creer en la misericordia. En efecto, es ésta la dimensión indispensable del amor, es como su segundo nombre y a la vez el modo específico de su revelación y actuación respecto a la realidad del mal presente en el mundo que afecta al hombre y lo asedia, que se insinúa asimismo en su corazón y puede hacerle « perecer en la gehenna ».(Mateo 10, 28)

v  E) Un amor más fuerte que la muerte, más fuerte que el pecado.

                                    Cfr. Juan Pablo II, Enc. Dives in misericordia, n. 8:

o   La cruz es como un toque del amor eterno sobre las heridas más dolorosas de la existencia terrena del hombre

La cruz es la inclinación más profunda de la Divinidad hacia el hombre y todo lo que el hombre —de modo especial en los momentos difíciles y dolorosos— llama su infeliz destino. La cruz es como un toque del amor eterno sobre las heridas más dolorosas de la existencia terrena del hombre, es el cumplimiento, hasta el final, del programa mesiánico que Cristo formuló una vez en la sinagoga de Nazaret (Lucas 4, 18-31) y repitió más tarde ante los enviados de Juan Bautista(Lucas 7, 20-23). Según las palabras ya escritas en la profecía de Isaías,(Isaías 35,5; 61, 1-3) tal programa consistía en la revelación del amor misericordioso a los pobres, los que sufren, los prisioneros, los ciegos, los oprimidos y los pecadores. (...)
Cristo, a quien el Padre « no perdonó » (Romanos 8,32) en bien del hombre y que en su pasión así como en el suplicio de la cruz no encontró misericordia humana, en su resurrección ha revelado la plenitud del amor que el Padre nutre por El y, en El, por todos los hombres. « No es un Dios de muertos, sino de vivos »(Marcos 12,27). En su resurrección Cristo ha revelado al Dios de amor misericordioso, precisamente porque ha aceptado la cruz como vía hacia la resurrección. Por esto —cuando recordamos la cruz de Cristo, su pasión y su muerte— nuestra fe y nuestra esperanza se centran en el Resucitado: en Cristo que « la tarde de aquel mismo día, el primero después del sábado... se presentó en medio de ellos » en el Cenáculo, « donde estaban los discípulos,... alentó sobre ellos y les dijo: recibid el Espíritu Santo; a quienes perdonéis los pecados les serán perdonados y a quienes los retengáis les serán retenidos » (Juan 20, 19-23).

o   El Hijo de Dios en su resurrección ha experimentado radicalmente la misericordia,  es decir, el amor del Padre que es más fuerte que la muerte y se revela a sí mismo como fuente inagotable de la misericordia.

Este es el Hijo de Dios que en su resurrección ha experimentado de manera radical en sí mismo la misericordia, es decir, el amor del Padre que es más fuerte que la muerte. Y es también el mismo Cristo, Hijo de Dios, quien al término —y en cierto sentido, más allá del término— de su misión mesiánica, se revela a sí mismo como fuente inagotable de la misericordia, del mismo amor que, en la perspectiva ulterior de la historia de la salvación en la Iglesia, debe confirmarse perennemente más fuerte que el pecado. El Cristo pascual es la encarnación definitiva de la misericordia, su signo viviente: histórico-salvífico y a la vez escatológico. En el mismo espíritu, la liturgia del tiempo pascual pone en nuestros labios las palabras del salmo: « Cantaré eternamente las misericordias del Señor » (Cf Sal 89[88],2).

3. El salmo responsorial de hoy: 117

R. La misericordia del Señor es eterna. Aleluya.
L. Diga la casa de Israel: "Su misericordia es eterna". Diga la casa de Aarón: "Su misericordia es eterna". Digan los que temen al Señor: "'Su misericordia es eterna" /R.
L. La piedra que desecharon los constructores, es ahora la piedra angular. Esto es obra de la mano del Señor, es un milagro patente. Este es el día del triunfo del Señor, día de júbilo y de gozo /R.
L. Libéranos, Señor, y danos tu victoria. Bendito el que viene en nombre del Señor. Que Dios desde su templo nos bendiga. Que el Señor, nuestro Dios, nos ilumine/ /R.

 

v  La piedra que descartaron los constructores, es ahora la piedra angular

Cfr. Vincenzo Raffa, Liturgia Festiva, Anni A-B-C, Tipografia Poliglota –Vaticana  1983, p. 953.

“El Antiguo Testamento recurre a veces a la metáfora de la piedra para indicar el punto de fuerza de un nuevo orden querido por Dios, y para delinear  también la suerte feliz de cuantos se inscriben y la desgracia de los que lo repudian. Isaías 28, 16:  «He aquí que yo pongo por fundamento en Sión una piedra elegida, angular, preciosa y fundamental: quien tuviere fe en ella no vacilará». Isaías 8,14-15: «Dios 14 Será piedra de tropiezo, la roca desde la que se despeñen ... 15 Muchos tropezarán en ella, caerán y se harán pedazos,  quedarán atrapados y presos»
            En conformidad con la imagen profética de la piedra como fundamento, el Mesías fue matado por los Hebreos («piedra descartada») y resucitado por Dios para ser la cabeza de un nuevo pueblo de elegidos, santos, sacerdotes del Altísimo («convertido en piedra angular»). (...)
            En el ámbito de la salvación total del hombre no existe otro fundamento que Cristo (Hechos 4,12; 1 Corintios 3, 11; cfr. Romanos 15, 20-21).
            La seguridad de una construcción depende del fundamento. Quien pone a Cristo como fundamento con fe operativa, tiene la garantía de la vida eterna (Romanos 9,33; 1 Pedro 2, 6-11). Pero es fatal precipitar sobre un bloque o ser golpeado por él. Quien se arroja sobre Cristo, o quien es golpeado por su condena, está contra Dios y, por tanto, se pierde (Mateo 21, 44; Romanos 9, 32-33; 1 Pedro 2,8).
            A este propósito se podría recordar la comparación de la casa fundada sobre la roca y  la fundada sobre la arena (Mateo 7, 24-27; Lucas 6, 47-49).” (Vincenzo Raffa, o.c. p. 953).

4. Cuántos desiertos debe atravesar hoy el ser humano, sobre todo el desierto que está dentro de él, cuando falta el amor de Dios  y del prójimo.

     Cfr. Papa Francisco, Mensaje de Pascua de 2013

o   Pero la misericordia de Dios puede hacer florecer hasta la tierra más árida, puede hacer revivir incluso a los huesos secos. He aquí, pues, la invitación que hago a todos: acojamos la gracia de la Resurrección de Cristo.

·         Pidamos a Jesús resucitado, que transforma la muerte en vida, que cambie el odio en amor, la venganza en perdón, la guerra en paz. Sí, Cristo es nuestra paz, e imploremos por medio de él la paz para el mundo entero.

Cuántos desiertos debe atravesar el ser humano también hoy. Sobre todo el desierto que está dentro de él, cuando falta el amor de Dios y del prójimo, cuando no se es consciente de ser custodio de todo lo que el Creador nos ha dado y nos da. Pero la misericordia de Dios puede hacer florecer hasta la tierra más árida, puede hacer revivir incluso a los huesos secos. He aquí, pues, la invitación que hago a todos: Acojamos la gracia de la Resurrección de Cristo. Dejémonos renovar por la misericordia de Dios, dejemos que la fuerza de su amor transforme también nuestras vidas; y hagámonos instrumentos de esta misericordia, cauces a través de los cuales Dios pueda regar la tierra, custodiar toda la creación y hacer florecer la justicia y la paz. Así, pues, pidamos a Jesús resucitado, que transforma la muerte en vida, que cambie el odio en amor, la venganza en perdón, la guerra en paz. Sí, Cristo es nuestra paz, e imploremos por medio de él la paz para el mundo entero.

5. San Josemaría Escrivà

v  Cfr. Amigos de Dios, 215: Dios no se cansa de perdonar

“Advierte la Escritura Santa que hasta el justo cae siete veces [Proverbios 24, 16.]. Siempre que he leído estas palabras, se ha estremecido mi alma con una fuerte sacudida de amor y de dolor. Una vez más viene el Señor a nuestro encuentro, con esa advertencia divina, para hablarnos de su misericordia, de su ternura, de su clemencia, que nunca se acaban. Estad seguros: Dios no quiere nuestras miserias, pero no las desconoce, y cuenta precisamente con esas debilidades para que nos hagamos santos.
   Una sacudida de amor, os decía. Miro mi vida y, con sinceridad, veo que no soy nada, que no valgo nada, que no tengo nada, que no puedo nada; más: ¡que soy la nada!, pero Él es el todo y, al mismo tiempo, es mío, y yo soy suyo, porque no me rechaza, porque se ha entregado por mí. ¿Habéis contemplado amor más grande?
      Y una sacudida de dolor, pues repaso mi conducta, y me asombro ante el cúmulo de mis negligencias. Me basta examinar las pocas horas que llevo de pie en este día, para descubrir tanta falta de amor, de correspondencia fiel. Me apena de veras este comportamiento mío, pero no me quita la paz. Me postro ante Dios, y le expongo con claridad mi situación. Enseguida recibo la seguridad de su asistencia, y escucho en el fondo de mi corazón que El me repite despacio: meus es tu! [Isaías 43, 1]; sabía -y sé- cómo eres, ¡adelante!
      No puede ser de otra manera. Si acudimos continuamente a ponernos en la presencia del Señor, se acrecentará nuestra confianza, al comprobar que su Amor y su llamada permanecen actuales: Dios no se cansa de amarnos. La esperanza nos demuestra que, sin Él, no logramos realizar ni el más pequeño deber; y con El, con su gracia, cicatrizarán nuestras heridas; nos revestiremos con su fortaleza para resistir a los ataques del enemigo, y mejoraremos. En resumen: la conciencia de que estamos hechos de barro de botijo nos ha de servir, sobre todo, para afirmar nuestra esperanza en Cristo Jesús.


Vida Cristiana


[1] Louis Claude de Fillion, Nuestro Señor Jesucristo según los Evangelios, Edibesa 2000, p. 434
[2] Cf. Biblia de Jerusalén, Desclée De Brouwer, Bilbao 1998, nota a Juan 20,22

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